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SE BURLARON AL DEJARLE EN HERENCIA “LA CASA DE LA BRUJA” DEL PUEBLO… UN AÑO DESPUÉS, TODOS LLAMABAN DESESPERADOS A SU PUERTA

PARTE 2

Con luz, todo parecía diferente.

Las plantas del jardín no estaban abandonadas.

Estaban organizadas.

Había pequeñas piedras marcando zonas.

Una para aromáticas.

Otra para plantas utilizadas tradicionalmente para molestias leves.

Otra para flores.

Otra para experimentos que Mercedes etiquetaba cuidadosamente como:

“NO UTILIZAR SIN CONFIRMACIÓN.”

Catalina sonrió.

Hasta muerta seguía dando órdenes.

Dentro había estanterías enteras.

Frascos.

Morteros.

Jarras.

Libros antiguos.

Manuales de botánica.

Cuadernos con observaciones.

Pero el verdadero tesoro estaba dentro de un arcón al pie de la cama.

Diecinueve cuadernos.

Numerados.

Con fechas.

El primero empezaba cuarenta años atrás.

Encima:

uno nuevo.

Vacío.

Y una carta.

“Catalina.”

La joven se sentó en el suelo.

Abrió.

“Hija:

Si estás leyendo esto, significa que Bautista probablemente está enfadado y medio pueblo se está riendo.

Déjalos.

El desprecio es una forma muy cómoda de ignorancia.

No soy bruja.

Nunca lo fui.

Tampoco soy médica.

Eso debes recordarlo siempre.

He pasado mi vida observando.

Aprendiendo de comadronas.

De médicos que quisieron enseñar.

De libros.

De mujeres mayores.

De campesinos.

De errores.

También de personas que murieron a pesar de todo lo que hicimos.

No confundas experiencia con omnipotencia.

Aquí encontrarás cosas útiles.

También cosas que quizá ya no lo sean.

Cuestiona.

Compara.

Pregunta.

Cuando puedas, trabaja con quien sepa más que tú.

Y nunca uses el sufrimiento de alguien para hacerte parecer sabia.”

Catalina siguió.

Mercedes explicaba que había dejado que el pueblo la llamara bruja porque la mala fama había terminado protegiendo su independencia.

—Venían quienes realmente necesitaban algo.

—Los demás me dejaban tranquila.

Después:

“Te he elegido porque fuiste la única persona de nuestra familia que vino aquí para aprender, no para buscar dinero.

Los diecinueve cuadernos contienen lo que he visto.

El vigésimo es tuyo.

No copies mis errores.

Escribe los tuyos.

Si algún día descubres algo que pueda proteger a muchas personas, dilo aunque se rían.

El conocimiento que no se comparte cuando puede evitar daño termina convirtiéndose en otra forma de egoísmo.”

Catalina cerró la carta.

Tizón estaba sentado delante.

—Sabes que esto es demasiada responsabilidad.

El gato se lamió una pata.

—Gracias.

Empezó a estudiar.

No se convirtió en sanadora de un día para otro.

Trabajaba.

Vendía jabón sencillo.

Ramilletes de hierbas aromáticas.

Pomadas para manos secas preparadas siguiendo fórmulas suaves.

Cosía.

Reparaba ropa.

Y por las noches leía.

Cuando un cuaderno mencionaba algo que no entendía, lo marcaba.

Cuando pasaba por el pueblo preguntaba al maestro.

A veces al médico.

El médico titular se llamaba doctor Esteban Valera.

Cincuenta y dos años.

No era hombre especialmente cálido.

Pero tampoco tonto.

La primera vez Catalina apareció con una pregunta sobre fiebre, la miró.

—¿Esto viene de los cuadernos de Mercedes?

—Sí.

—¿Piensas convertirte en curandera?

—No.

—Entonces qué.

—Quiero saber cuándo debo mandarle a alguien a usted.

Eso cambió la conversación.

Valera suspiró.

—Buena pregunta.

Le explicó signos de alarma.

Fiebre persistente.

Dificultades respiratorias.

Confusión.

Sangrados.

Deshidratación.

—Y otra cosa.

dijo.

—No des sustancias que no conoces.

—Mercedes dejó varias fórmulas.

—Mercedes sabía más de unas cosas que de otras.

—Tú tienes veintiún años.

—Lo sé.

—Perfecto.

—Ya eres más prudente que algunos boticarios.

Catalina no preguntó a quién se refería.

No hacía falta.

Don Aurelio Pardo tenía la única botica del pueblo.

Era elegante.

Hablaba con palabras largas.

Vendía un “Tónico Pardo” que supuestamente servía para:

debilidad.

nervios.

tos.

dolor de estómago.

fiebre.

“falta de vitalidad.”

Catalina desconfiaba de cualquier frasco que curara demasiadas cosas.

Pero no tenía pruebas de fraude.

Así que no habló.

Hasta que una noche golpearon su puerta.

Era Genaro Álvarez.

Leñador.

Llevaba a su hijo de doce años.

Una herida en la pierna.

Inflamada.

Caliente.

El niño tenía fiebre.

—La botica me dio un líquido.

dijo Genaro.

—No mejora.

Catalina observó.

Después dijo:

—Necesita médico.

El hombre palideció.

—No puedo pagar otra consulta.

—Yo llamaré al doctor Valera.

—Después arreglará con él lo que pueda.

El médico llegó.

Revisó al niño.

Limpió adecuadamente la herida.

Dio instrucciones.

Catalina ayudó.

Hervía agua.

Preparaba paños limpios.

Sujetaba la lámpara.

No cobró.

Tres días después la inflamación había bajado.

Dos semanas después el niño caminaba bien.

Genaro fue contando una versión ligeramente equivocada.

—Catalina le salvó la pierna.

Ella lo corrigió cada vez.

—El doctor Valera lo trató.

—Yo ayudé.

Pero los pueblos adoran historias sencillas.

La puerta de la casa empezó a recibir visitas.

Una madre con un bebé inquieto.

Catalina escuchaba.

Si parecía algo menor, ofrecía cuidados básicos.

Si no:

—Doctor.

Una anciana con tos.

—Doctor si empeora.

Una joven con una quemadura.

—Primero limpiamos.

—Después la revisará Valera.

La gente empezó a verla de otra manera.

No respetada completamente.

Todavía no.

Pero útil.

Y utilidad es una grieta poderosa en el prejuicio.

La visita más inesperada llegó en diciembre.

Casilda Ortega.

Comadrona.

Sesenta y un años.

Una de las mujeres que más veces había llamado bruja a Mercedes.

Entró con la mandíbula apretada.

—Necesito mirar un cuaderno.

Catalina levantó una ceja.

—Buenas noches también.

Casilda bufó.

—Hay una mujer con un parto complicado.

—Ya he enviado a buscar al doctor.

—Pero tardará.

—Mercedes tenía anotaciones sobre posiciones y señales de peligro.

Catalina inmediatamente tomó el cuaderno.

—Voy con usted.

Casilda la miró.

—No necesito aprendiz.

—No.

—Pero el cuaderno es mío.

La vieja comadrona resopló.

—Igualita que Mercedes.

Trabajaron juntas.

No hubo milagros.

No hubo una niña de veintiún años sustituyendo décadas de experiencia.

Casilda dirigió.

Catalina iluminó.

Preparó material limpio.

Leyó anotaciones cuando la comadrona preguntó.

El médico llegó después.

Madre e hijo sobrevivieron.

Cuando todo terminó, Casilda dijo:

—No voy a decir que tu tía fuera santa.

—Bien.

—Porque no lo era.

—Muy bien.

—Pero tampoco volveré a permitir que delante de mí la llamen bruja.

Catalina sonrió.

—Eso ya es bastante.

Algo empezó a cambiar.

Y alguien empezó a perder dinero.

Don Aurelio.

PARTE 3

La primera vez que Aurelio Pardo comprendió que Catalina se estaba convirtiendo en un problema fue al contar botellas.

Antes vendía treinta unidades de su tónico en una semana mala.

Ahora:

dieciocho.

Después quince.

Preguntó.

—¿Qué está utilizando la gente?

Su ayudante respondió:

—Muchos dicen que antes de comprar vienen a preguntar a Catalina.

Aurelio dejó de escribir.

—¿La bruja?

—La sobrina.

—Es lo mismo.

No era.

Eso precisamente lo irritaba.

Catalina nunca afirmaba curar todo.

Cuando algo parecía serio:

médico.

Cuando era leve:

descanso.

agua.

higiene.

observación.

A veces ninguna compra.

Eso era terrible para un hombre cuyo negocio dependía de que cada miedo terminara en una botella.

Empezaron los rumores.

—Catalina prepara cosas a oscuras.

—Tiene libros prohibidos.

—Mercedes dejó fórmulas peligrosas.

—Tizón nunca envejece.

Ese último rumor hizo reír incluso a Catalina.

El gato tenía quizá catorce años y parecía tener cuarenta.

Aurelio habló con Bautista.

—Tu sobrina está manchando vuestro apellido.

Bautista respondió:

—Ya no vive conmigo.

—Pero sigue siendo Robles.

Herminia añadió:

—Nosotros advertimos que esa casa acabaría mal.

Catalina se enteró.

No reaccionó.

No podía construir una vida contestando cada chisme.

Llegó la primavera.

Después el verano de 1886.

Caluroso.

Seco.

El pozo de la plaza bajó varios palmos.

El olor cerca de los corrales se volvió más intenso.

A finales de junio enfermó una niña.

Fiebre.

Dolor abdominal.

Diarrea.

Después el hermano.

Después tres vecinos.

El doctor Valera empezó a recorrer casas.

Una semana más tarde había enfermos en cuatro calles.

El alcalde convocó reunión.

—¿Es cólera?

preguntó alguien.

Valera respondió:

—No voy a poner nombre sin seguridad.

—Pero tenemos un brote intestinal serio.

Don Aurelio vendía tónico como nunca.

Subió el precio.

—Los ingredientes llegan caros.

decía.

Las familias pagaban.

Los pacientes seguían enfermos.

Algunos morían.

Catalina ayudaba donde podía.

No repartía “cura”.

Preparaba agua hervida y enfriada.

Paños limpios.

Ayudaba a que los enfermos bebieran pequeñas cantidades cuando podían.

Mandaba buscar a Valera en casos graves.

Y anotaba.

Nombre.

Calle.

Fuente de agua.

Fecha.

Era hábito de Mercedes.

Una noche, después de registrar el duodécimo enfermo, Catalina se detuvo.

Once de los doce bebían habitualmente del pozo de la plaza.

El único que no:

había enfermado después de visitar durante varios días a familiares que sí lo utilizaban.

Buscó.

Cuaderno uno.

Nada.

Cuaderno seis.

Año 1871.

Título:

“Fiebres del agua de verano.”

Catalina leyó.

Mercedes había registrado un brote parecido quince años atrás.

No sabía qué microorganismo lo causaba.

Pero había observado algo esencial.

Casi todos los enfermos utilizaban el mismo pozo.

Varias familias que hervían el agua durante aquel periodo habían enfermado mucho menos.

Había escrito:

“El pozo está por debajo de corrales y desagües. Cuando el nivel baja, el agua parece clara pero huele diferente. Sospecho filtraciones.”

Catalina levantó la cabeza.

Exactamente.

Sacó el mapa.

El pozo de la plaza.

Corrales en terreno más alto.

Zona de sacrificio de animales también por encima.

Años después habían añadido más ganado.

Peor.

Corrió a casa de Valera.

El médico abrió medio dormido.

—Catalina.

—Lea.

—Son las dos.

—Lo sé.

Leyó.

Después la miró.

—¿Has registrado los casos actuales?

Ella entregó su cuaderno.

Valera empezó a despertarse.

—Mañana.

dijo.

—Vamos a comprobar esto.

A primera hora visitaron casas.

Veintiséis.

Preguntaron:

—¿De dónde beben?

Pozo de la plaza.

Pozo de la plaza.

Pozo de la plaza.

Una familia tenía todos sanos.

—¿Agua?

—Tenemos pozo propio.

Otra:

—Hervimos desde que nuestra hija pequeña estuvo enferma el invierno pasado.

Todos sanos.

Valera quedó serio.

—Necesitamos al alcalde.

El alcalde escuchó.

Don Aurelio también estaba.

—Cerrar el pozo principal.

dijo Aurelio.

—¿Están locos?

Catalina habló:

—Temporalmente.

—Hasta confirmar.

—El pueblo necesita agua.

—Podemos traerla del manantial alto y de otros pozos.

Aurelio rio.

—Todo por un cuaderno de una muerta.

Valera respondió:

—No.

—Por veintiséis entrevistas que acabamos de hacer.

Aurelio se volvió hacia Catalina.

—Esto es tu oportunidad.

—La bruja murió y ahora quieres ser importante.

Catalina respiró.

—Quiero que deje de enfermar gente.

—Nada más.

El alcalde dudó.

Cerrar el pozo era admitir problema.

Era caro.

Impopular.

Catalina comprendió que necesitaría algo más.

—Déjeme hablar en la plaza.

Aurelio rio.

—Perfecto.

—Que todos escuchen.

Valera miró al alcalde.

—Y después decidiremos.

Aquella mañana Catalina llegó con dos cuadernos.

El de Mercedes.

Y el suyo.

No se puso junto a la iglesia.

Se puso junto al pozo.

Exactamente donde estaba el problema.

PARTE 4

La noticia recorrió Valdearenas.

“La sobrina de la bruja va a decir que el agua está maldita.”

A mediodía había decenas de personas.

Catalina empezó:

—No está maldita.

Algunos rieron.

—Y no he venido a decir que yo cure esta fiebre.

Silencio.

—He venido porque hemos encontrado un patrón.

Abrió su cuaderno.

—De las veintiséis casas revisadas esta mañana, veintiuna tienen enfermos.

—Diecinueve de esas veintiuna utilizan principalmente este pozo.

—Las familias que usan otras fuentes o hierven el agua tienen muchos menos casos.

Aurelio apareció.

Perfectamente vestido.

—¿Y desde cuándo una muchacha sin estudios decide qué agua puede beber un pueblo?

Catalina respondió:

—No lo decido sola.

Señaló al doctor Valera.

—El médico está aquí.

Valera habló:

—Lo que dice Catalina merece una intervención sanitaria inmediata.

—Hasta descartar contaminación, recomiendo no beber agua de este pozo.

Eso golpeó mucho más que cualquier cuaderno.

Aurelio no esperaba que el médico estuviera con ella.

Cambió.

—Esteban.

—No puedes apoyar supersticiones.

—No apoyo supersticiones.

—Apoyo observaciones repetidas.

El boticario señaló el cuaderno viejo.

—¿Eso es ciencia?

Valera respondió:

—Observar patrones es precisamente una forma de empezar a entender un problema.

Catalina añadió:

—Mercedes escribió sobre un brote parecido hace quince años.

—El mismo pozo.

—El mismo verano seco.

—Las mismas calles.

Un anciano levantó la mano.

—Yo recuerdo aquello.

Todos miraron.

—Mi madre hervía el agua.

—Decía que Mercedes se lo había mandado.

Otra mujer:

—En mi casa también.

Aurelio elevó la voz.

—¿Y cuántas personas hervían porque estaban sanas y no al revés?

Valera respondió:

—Por eso necesitamos comprobar el pozo.

El alcalde finalmente dijo:

—Lo cerramos dos días.

Protestas.

—Dos días.

—Traeremos agua desde el manantial de San Roque.

—El médico tomará muestras y revisaremos los alrededores.

Aurelio estaba perdiendo.

Entonces utilizó la palabra.

—Brujería.

La plaza se congeló.

—¿No lo veis?

dijo.

—Primero Mercedes.

—Ahora ella.

—Justo cuando la casa vuelve a abrirse aparece una enfermedad.

Catalina lo miró.

—La casa lleva abierta más de un año.

—La fiebre empezó hace tres semanas.

Algunas personas rieron.

Aurelio se puso rojo.

—Casualidad.

—Entonces hablemos de otra.

Catalina señaló las cajas de la botica.

—Si su tónico cura esta enfermedad, ¿por qué hay familias que llevan tres botellas compradas y siguen llamando al médico?

Aurelio palideció.

—Eso es difamación.

—He hecho una pregunta.

—Mi fórmula alivia…

Valera intervino.

—Aurelio.

—¿Qué contiene exactamente ese producto?

Silencio.

—Es fórmula de la casa.

—No te estoy pidiendo cantidades.

—Quiero saber si existe algún principio que justifique las promesas con las que lo vendes.

Aurelio cambió de tema.

—Esto es un ataque comercial.

El alcalde dijo:

—Traiga mañana la documentación de composición.

—No tengo obligación…

—Si está vendiéndolo como remedio durante una emergencia, la Junta local puede pedir explicaciones.

El rostro de Aurelio cambió.

Catalina comprendió que había algo.

Aquella tarde cerraron el pozo.

El resultado no fue instantáneo.

Los enfermos ya enfermos siguieron enfermos.

Hubo nuevas complicaciones.

Murieron dos ancianos.

Un niño pequeño.

Catalina lloró por cada uno.

No permitió que nadie dijera:

—La medida no funciona.

Valera explicaba:

—Una enfermedad no desaparece porque hoy cambiemos el agua.

—Debemos esperar.

Tres días.

Cuatro.

Los nuevos casos empezaron a bajar.

En las casas que utilizaban el agua traída desde el manantial y la hervían:

casi ninguno.

El alcalde ordenó inspeccionar el terreno.

Encontraron grietas.

Filtraciones.

Suciedad procedente de corrales situados más arriba.

Nada sobrenatural.

Algo mucho peor.

Mala ubicación.

Costumbre.

Falta de saneamiento.

El pueblo empezó a creer.

Aurelio empezó a tener miedo.

PARTE 5

El rumor nuevo era distinto.

—Catalina tenía razón.

Los rumores también pueden salvar reputaciones.

Pero llegan tarde.

Genaro empezó a contar cómo ella había enviado a buscar al médico cuando su hijo estaba enfermo.

Casilda decía:

—No vende milagros.

—Eso ya la hace más fiable que muchos.

El maestro llevó a sus alumnos a escuchar una pequeña explicación sobre agua limpia.

Valera pidió al Ayuntamiento medidas.

Cerrar definitivamente el viejo pozo hasta repararlo.

Abrir otro en terreno más seguro.

Limpiar depósitos.

Separar ciertos residuos de las fuentes.

Aurelio veía desaparecer clientes.

Entonces apareció una noche en la casa de Catalina.

No llamó educadamente.

Golpeó.

—Abra.

Catalina abrió solo una hoja.

—Qué quiere.

—Que deje de hablar de mi tónico.

—No hablo de él.

—Lo hizo en la plaza.

—Porque usted afirmó que curaba una epidemia.

Aurelio bajó la voz.

—No sabes con quién estás jugando.

—Con un boticario.

—Con un hombre respetado.

—Eso está cambiando.

Mala frase.

Él se acercó.

—Ten cuidado.

Tizón apareció.

Bufó.

Catalina cerró.

A la mañana siguiente fue al alcalde.

Después a Valera.

No convirtió una amenaza en secreto heroico.

Eso también lo había aprendido de Mercedes.

—Si alguien intenta asustarte, deja constancia.

Dos días después alguien escribió en la puerta:

BRUJA.

Catalina lo encontró al amanecer.

No limpió inmediatamente.

Fue a buscar testigos.

Después lo borró.

Aquella misma tarde varias mujeres aparecieron con pintura blanca.

Casilda.

La madre del niño del parto complicado.

La esposa de Genaro.

Una lavandera.

Sin hablar empezaron a pintar la puerta.

Catalina dijo:

—No hace falta.

Casilda respondió:

—Ya lo sé.

—Por eso hemos venido.

Fue quizá la primera vez que Catalina entendió que ya no estaba sola.

Aurelio cometió entonces su peor error.

Convenció a varios hombres de que los cuadernos eran peligrosos.

—Tiene recetas.

—Veneno.

—Cosas que ninguna mujer debería guardar.

—Quemamos eso y se acaba.

No reunió treinta hombres.

Ni medio pueblo.

Solo seis.

Pero seis personas asustadas pueden hacer mucho daño.

Caminaron de noche hacia la casa.

Uno llevaba una antorcha.

Otro un palo.

Un vecino los vio.

Avisó.

Cuando llegaron a la verja encontraron a Catalina.

Detrás:

Casilda.

Genaro.

Valera.

El maestro.

Y el párroco, padre Lucio.

No porque Catalina hubiera organizado una milicia.

Porque el vecino había recorrido casas.

Aurelio se detuvo.

—Apártense.

Padre Lucio respondió:

—No.

—Padre.

—No voy a permitir que quemen la casa de nadie.

Aurelio señaló.

—Esos libros están causando pánico.

Valera rio sin humor.

—El agua contaminada causó la enfermedad.

—Los libros ayudaron a encontrarla.

Aurelio gritó:

—¡No sabéis eso!

Catalina salió hasta la verja.

—Hagamos una cosa.

Miró a los seis hombres.

—Cada uno diga de qué casa viene.

—Y si en esa casa siguen bebiendo del pozo viejo o utilizan agua segura.

Nadie respondió.

Padre Lucio dijo:

—Es buena pregunta.

Uno finalmente habló.

—Mi hermano está enfermo.

Catalina preguntó:

—Cuándo empezó.

—Hace ocho días.

—Antes de que se cerrara el pozo.

El hombre bajó la mirada.

Otro:

—En mi casa nadie está enfermo.

—Mi mujer empezó a hervir el agua cuando Valera lo dijo.

Otro dejó bajar el palo.

La verdad no convirtió a nadie en santo.

Simplemente hizo difícil continuar fingiendo.

Genaro habló:

—Mi hijo casi pierde una pierna.

—Catalina no me vendió nada.

—Llamó al médico.

Señaló a Aurelio.

—Tú sí me vendiste un frasco.

Pausa.

—Ahora dime quién de los dos estaba pensando en mi hijo y quién en mi bolsillo.

Aurelio perdió el control.

—¡Ignorantes!

Aquello terminó de destruirlo.

Las personas aceptan durante mucho tiempo que alguien las engañe.

Lo que soportan peor es descubrir que además las desprecia.

Los seis hombres se marcharon.

Sin quemar nada.

Aurelio quedó solo frente a la verja.

Padre Lucio dijo:

—Váyase.

Aurelio miró a Catalina.

—Esto no termina aquí.

Ella respondió:

—Para mí sí.

Pausa.

—Lo siguiente será asunto del Ayuntamiento y de quien revise su botica.

Y lo fue.

PARTE 6

La investigación sobre Aurelio Pardo fue menos espectacular que los rumores.

También más dañina para él.

No encontraron un sótano lleno de venenos.

Ni una conspiración gigantesca.

Encontraron algo mucho más común.

Publicidad engañosa.

Fórmulas de eficacia dudosa.

Alcohol.

Azúcar.

Extractos amargos en cantidades sin relación con las promesas que hacía.

Y precios inflados durante la epidemia.

El Ayuntamiento retiró públicamente su respaldo.

El médico dejó de recomendar la botica.

Varios clientes reclamaron.

Aurelio vendió el negocio meses después y se marchó a Madrid.

No terminó arruinado.

La vida real rara vez distribuye castigos con tanta perfección.

Pero perdió aquello de lo que había vivido durante años.

Confianza.

Mientras tanto Valdearenas cavó un nuevo pozo.

Más lejos de corrales.

El antiguo quedó clausurado hasta completar obras.

La epidemia disminuyó.

No por milagro.

Por agua más segura.

Higiene.

Atención médica.

Cuidados.

Tiempo.

Catalina no permitió que construyeran alrededor de ella otra leyenda falsa.

Cuando alguien decía:

—Catalina salvó el pueblo.

respondía:

—No.

—Mercedes dejó observaciones.

—Yo las encontré.

—Valera las comprobó.

—El alcalde cerró el pozo.

—Los vecinos cambiaron hábitos.

—Todos hicieron algo.

A algunos les decepcionaba.

Querían heroína.

Bruja buena.

Milagro.

Catalina prefería verdad.

Empezó a trabajar formalmente con Valera y Casilda.

No como médica.

Como ayudante sanitaria y responsable de una pequeña sala de cuidados instalada en su propia casa.

El Ayuntamiento le pagaba una cantidad modesta para preparar material limpio, registrar casos y mantener un pequeño almacén.

Eso cambió otra cosa.

Dinero.

Catalina ya no dependía de vender jabones.

Ni de caridad.

Tenía oficio.

Una tarde Bautista apareció.

Solo.

Catalina abrió.

—Tío.

Él miró el jardín.

—Ha cambiado.

—Lo he ordenado.

—El pueblo habla mucho de ti.

—Siempre lo hizo.

Bautista tragó saliva.

—Herminia está enferma.

Catalina quedó quieta.

—Qué tiene.

—Fiebre.

—Dolor.

—El doctor está fuera atendiendo una familia.

Pausa.

—Necesito que vengas.

Durante un segundo Catalina vio todo.

El hatillo.

La puerta.

La risa.

“Una casa rara para una huérfana rara.”

Podía decir no.

Y tendría razones.

Después recordó la carta.

“El conocimiento que puede evitar daño.”

Cogió su abrigo.

—Vamos.

No fue sola.

Mandó buscar a Casilda.

Herminia tenía una infección que requería al doctor cuanto antes.

Catalina se quedó hasta que Valera regresó.

Preparó agua.

Ayudó a mantenerla cómoda.

Nada más.

Herminia abrió los ojos.

—Por qué.

preguntó.

Catalina sabía exactamente qué quería decir.

—Porque está enferma.

—Después de lo que hicimos.

—Eso no cambia que esté enferma.

Herminia lloró.

Catalina no dijo:

La perdono.

Todavía no.

Ayudar no obliga a reconciliarse.

Herminia se recuperó.

Días después Bautista llegó con una bolsa.

—Dinero.

Catalina negó.

—El Ayuntamiento ya me paga por determinados servicios.

—Entonces…

—Compre comida para la familia de Andrés Molina.

—Su mujer murió durante el brote.

Bautista asintió.

Antes de marcharse:

—Mercedes sabía lo que hacía dejándote la casa.

Catalina respondió:

—Sí.

—Mucho mejor que ustedes.

Él aceptó el golpe.

Lo merecía.

PARTE 7

Pasaron seis años.

Valdearenas dejó de llamarla Casa de la Bruja.

Primero fue:

La casa de Catalina.

Después:

La casa del jardín.

Finalmente:

La Casa de Salud.

Nada oficial al principio.

Simple costumbre.

Catalina había llenado su cuaderno.

Después otro.

Y otro.

Pero introdujo una diferencia fundamental respecto a Mercedes.

En cada página separaba:

“Observado.”

“Supuesto.”

“Confirmado por médico.”

“Sin confirmar.”

Valera insistía.

—Eso es lo más importante.

—Distinguir lo que crees de lo que sabes.

Catalina empezó a enseñar a tres jóvenes.

No para fabricar curanderas.

Para crear mujeres capaces de leer.

Registrar.

Reconocer urgencias.

Mantener limpieza.

Preparar materiales.

Ayudar a comadronas y médicos.

Una era huérfana.

Lucía.

Dieciséis años.

Otra hija de jornalero.

Dolores.

La tercera:

Pilar.

La hija de Genaro.

El padre preguntó:

—¿De verdad puede tener oficio con esto?

Catalina respondió:

—Si aprende bien.

—Sí.

Crearon algo parecido a una pequeña escuela informal de cuidados.

Padre Lucio aportó libros.

Valera enseñaba anatomía básica.

Casilda obstetricia práctica dentro de lo que correspondía a una comadrona.

Catalina enseñaba:

observación.

higiene.

registro.

plantas de uso tradicional limitado.

Y, sobre todo:

—Nunca digáis “sé” cuando significa “creo”.

Los diecinueve cuadernos de Mercedes quedaron en una estantería.

No reliquias sagradas.

Material de estudio.

Algunas páginas tenían una marca roja.

“NO RECOMENDADO.”

Porque habían aprendido que algunas prácticas antiguas no eran buenas.

Catalina consideraba aquello la mejor forma de honrar a Mercedes.

No obedecerla.

Continuar aprendiendo.

El doctor Valera envejeció.

Un día anunció:

—Me jubilo.

Catalina se quedó quieta.

—No puede.

—Mira cómo puede.

—Quién vendrá.

—Un médico joven.

—De Madrid.

—Se llama Andrés Salcedo.

—¿Sabe dónde viene?

—Le he advertido.

Andrés llegó.

Treinta años.

Educado.

Demasiado limpio para los caminos de Valdearenas.

Vio los cuadernos.

Vio a las aprendices.

Frunció el ceño.

Catalina pensó:

Problemas.

Preguntó:

—¿Usted es la famosa Catalina?

—Depende de qué fama.

Andrés sonrió.

—Valera dice que si no escucho sus registros soy idiota.

Catalina relajó un poco los hombros.

—Suena a él.

Andrés revisó el sistema.

—Esto está muy bien.

—No esperaba que dijera eso.

—Yo esperaba frascos de sangre de gallina.

Catalina levantó una ceja.

—Puede marcharse.

Él rio.

Terminaron trabajando juntos.

No hubo romance obligatorio.

Eso sorprendió al pueblo.

Una mujer de treinta años y un médico soltero podían compartir trabajo sin terminar casados.

Valdearenas tardó bastante en aceptarlo.

Catalina nunca se casó.

No porque Mercedes le hubiera enseñado a desconfiar.

Simplemente no encontró una relación que quisiera más que la vida que ya tenía.

Y eso también era una vida completa.

PARTE 8

Catalina tenía sesenta y ocho años cuando volvió a abrir el primer cuaderno de Mercedes después de muchos meses.

Sus manos habían cambiado.

Más venas.

Más arrugas.

Seguían firmes.

Tizón llevaba décadas muerto.

Había habido otros gatos.

Tizón II.

Tizón III.

El nombre se convirtió en tradición absurda.

Frente a ella estaba Lucía.

La primera aprendiz.

Ahora comadrona titulada.

Dolores había trabajado años con el médico.

Pilar dirigía un pequeño puesto de cuidados en otro pueblo.

Y había nuevas jóvenes.

El conocimiento ya no dependía de una sola casa.

Eso era precisamente lo que Catalina quería.

Lucía señaló la carta antigua.

—¿Todavía la lees?

—A veces.

—Qué dice esa parte.

Catalina sabía.

—“La gente volverá el día que el miedo sea mayor que el desprecio.”

Lucía sonrió.

—Acertó.

—Sí.

Pausa.

—Pero se equivocó en otra cosa.

—Cuál.

—Pensaba que proteger el conocimiento significaba esconderlo detrás de una mala reputación.

—En su época quizá le funcionó.

—Pero yo quería otra cosa.

Miró la puerta abierta.

Pacientes entrando de día.

Niños corriendo por el jardín.

Aprendices anotando.

Nada secreto.

—Quería que nadie tuviera que venir avergonzado por pedir ayuda.

Valdearenas había cambiado.

No convertido en paraíso.

Seguía habiendo chismes.

Orgullo.

Errores.

Personas que preferían creer historias sencillas.

Pero había agua canalizada desde una fuente más segura.

Normas sobre corrales cercanos a pozos.

Un pequeño consultorio.

Una comadrona reconocida.

Y una casa en las afueras donde se enseñaba.

Bautista murió años antes.

Catalina asistió al entierro.

Herminia vivió mucho más.

Nunca fueron cercanas.

Pero dos veces al año llevaba huevos.

Siempre decía:

—No es por agradecer nada.

Catalina respondía:

—Perfecto.

Las dos sabían que sí.

Un otoño, una niña de doce años visitó la casa.

Era bisnieta de Herminia.

Miró las estanterías.

—¿Es verdad que aquí vivía una bruja?

Catalina sonrió.

—No.

—Pero mi abuela dice que todo el pueblo lo decía.

—El pueblo decía muchas tonterías.

La niña señaló los frascos.

—Entonces qué era Mercedes.

Catalina pensó.

—Una mujer que sabía algunas cosas.

—Ignoraba otras.

—Y tuvo suficiente disciplina para escribir ambas.

—Eso no suena interesante.

—La verdad suele ser menos entretenida que los rumores.

La niña encontró los cuadernos.

—Diecinueve.

—Sí.

—Y estos.

—Míos.

—Cuántos.

Catalina miró.

Treinta y uno.

—Parece que hablo demasiado.

La pequeña rio.

—Cuál es el más importante.

Catalina sacó uno.

Vacío.

—Este.

—No tiene nada.

—Exactamente.

—Entonces por qué.

—Porque es para quien venga después.

La niña la miró.

—Yo.

Catalina levantó una ceja.

—Sabes leer bien.

—Sí.

—¿Tienes paciencia?

—A veces.

—Mala respuesta.

—Puedo aprender.

Catalina sonrió.

Mercedes habría hecho exactamente lo mismo.

—Ven mañana.

—A las siete.

La niña abrió los ojos.

—¿Tan temprano?

—La enfermedad no duerme hasta las diez.

—Eso lo decía Mercedes.

—Cómo sabe.

—Porque lo escribió catorce veces.

Aquella noche Catalina se quedó sola.

Sacó el primer papel del testamento.

El documento que había convertido una burla en una vida.

Recordó a Bautista.

“Por fin tienes algo propio.”

Tenía razón.

Pero no de la forma que imaginaba.

La casa nunca fue valiosa por sus paredes.

Ni siquiera por las plantas.

Lo importante era que, dentro de aquel lugar que nadie quería, había quedado almacenado algo que el desprecio no había sabido reconocer.

Memoria.

Observación.

Errores.

Preguntas.

Método.

Y una responsabilidad.

Catalina caminó hasta la puerta.

En la calle había una placa instalada años atrás por el Ayuntamiento.

Ella había protestado.

Perdió.

Decía:

CASA DE MERCEDES Y CATALINA ROBLES
CENTRO DE CUIDADOS Y ENSEÑANZA

Nada de brujas.

Nada de heroínas.

Perfecto.

Una mujer joven pasó con una cesta.

—Buenas noches, doña Catalina.

—Buenas noches.

—Mi madre siempre cuenta que usted salvó Valdearenas.

Catalina resopló.

—Tu madre exagera.

—Dice que cerró el pozo.

—El alcalde lo cerró.

—Porque usted lo descubrió.

—Mercedes había visto el patrón.

—Pero usted encontró el cuaderno.

Catalina pensó.

—Eso sí.

—Entonces algo hizo.

—Algo.

La muchacha rio y siguió.

Catalina volvió dentro.

Abrió su último cuaderno.

Escribió:

“3 de octubre de 1933.

Hoy una niña preguntó si Mercedes era bruja.

Le dije que no.

Quizá esa sea nuestra victoria más grande.

No que el pueblo haya dejado de tener miedo.

Siempre habrá miedo.

Sino que ahora tenemos palabras mejores para las cosas.”

Pausa.

Después escribió una última línea.

“Cuando no entiendas algo, no lo llames maldición.

Míralo otra vez.”

Cerró.

Durante décadas, la gente se había burlado de Catalina porque había heredado aquello que nadie deseaba.

Una casa aislada.

Una anciana despreciada.

Un jardín extraño.

Papeles viejos.

La llamaron pobre.

Rara.

Bruja.

Después llegó un verano en que el pueblo tuvo fiebre.

Y descubrieron que dentro de la casa que habían evitado durante cuarenta años había información que podía protegerlos.

Pero Catalina nunca creyó que esa fuera la verdadera ironía.

La verdadera ironía era otra.

No habían despreciado una casa.

Habían despreciado el trabajo de una mujer porque no sabían cómo nombrarlo.

Habían confundido independencia con peligro.

Conocimiento con superstición.

Pobreza con falta de valor.

Y cuando finalmente necesitaron lo que Mercedes sabía, Catalina podría haber cerrado la puerta.

No lo hizo.

No porque aquellos vecinos merecieran premio.

Porque los enfermos necesitaban ayuda.

Esa diferencia definió toda su vida.

Años después, cuando Catalina murió dormida en la misma habitación donde había encontrado los diecinueve cuadernos, el pueblo entero acudió.

No hubo una tumba enorme.

Ella había dejado instrucciones.

Piedra sencilla.

Su nombre.

Fechas.

Y una frase.

No la que Mercedes escribió.

Otra.

Una que Catalina había repetido durante décadas:

CATALINA ROBLES

PREGUNTÓ ANTES DE CREER
Y AYUDÓ ANTES DE JUZGAR.

La casa no se cerró.

Lucía recibió las llaves.

No como propiedad personal.

Catalina había creado años antes una pequeña fundación local con el Ayuntamiento y varias familias.

Las aprendices continuaron.

Los cuadernos permanecieron.

El jardín también.

Y sobre una mesa, esperando a una muchacha que todavía no sabía cuánto cambiaría su vida al abrirlo, había un nuevo cuaderno en blanco.

Porque Mercedes había tenido razón en una cosa.

Una herencia verdadera no siempre es dinero.

A veces es una pregunta que alguien te enseña a seguir haciendo cuando esa persona ya no está.

Y aquella pregunta, transmitida de mujer en mujer, terminó siendo más poderosa que cualquier superstición:

¿Qué está ocurriendo realmente?

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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