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A LOS 18 AÑOS, SU PADRASTRO LA ENTREGÓ A UN GANADERO VIUDO CON TRES HIJOS… PERO CUANDO ÉL DESCUBRIÓ QUE ELLA NUNCA HABÍA DICHO “SÍ”, TOMÓ UNA DECISIÓN QUE NADIE ESPERABA

PARTE 2

Santa Rita apareció al anochecer.

No era una hacienda lujosa.

Era una finca grande de trabajo.

Casa de piedra y adobe.

Tejado de teja vieja.

Un patio central.

Corrales.

Granero.

Pozo.

Huerto castigado por la sequía.

Campos de trigo y cebada más allá.

Tomás detuvo el carro.

—Llegamos.

Catalina bajó.

Tres niños aparecieron bajo el corredor.

Ana tenía cuatro años y sostenía una muñeca de trapo.

Juan, siete, agarraba la mano de su hermana.

Gabriel, nueve, estaba un poco detrás.

Brazos cruzados.

Exactamente como su padre.

Catalina sonrió.

—Buenas noches.

Ana escondió la cara.

Juan bajó los ojos.

Gabriel preguntó:

—¿Es nuestra nueva madre?

Tomás se puso rígido.

Catalina también.

—No.

respondió él.

Demasiado rápido.

Gabriel pareció aliviado.

Y Catalina, contra toda lógica, sintió una pequeña punzada.

Tomás continuó:

—Catalina trabajará con nosotros.

—Ayudará en la casa.

—Eso es todo.

Gabriel asintió.

—Bien.

Se marchó.

Catalina miró a Tomás.

—Es simpático.

—Está mejorando.

La habitación de Catalina estaba al final del pasillo.

Cama individual.

Arcón.

Mesa.

Ventana.

Y una pequeña llave.

Tomás se la entregó.

—Es su habitación.

—Nadie entra sin permiso.

Catalina miró la llave.

—¿Ni los niños?

—Especialmente los niños.

Por primera vez sonrió.

Muy poco.

Tomás señaló el corredor.

—Mañana hablaremos del trabajo.

—Esta noche descanse.

—¿Y la cena?

—Ya comieron.

—Yo…

Se detuvo.

Catalina esperaba una orden.

No llegó.

—Rosario, una vecina, dejó comida preparada.

dijo él.

—Hay sopa.

—Sírvase.

—Gracias.

Cuando Catalina cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella.

Después giró la llave.

El sonido fue minúsculo.

Clic.

Se quedó escuchándolo.

Una puerta que podía cerrar desde dentro.

Aquella noche casi lloró solo por eso.

A las dos de la madrugada escuchó a una niña.

—Mamá.

—Mamá.

Catalina se incorporó.

Ana lloraba.

Abrió la puerta.

Juan estaba intentando calmarla.

—Ana.

susurraba.

—Duérmete.

La pequeña sollozaba.

—Mamá.

Catalina dio un paso.

Después se detuvo.

No sabía si debía entrar.

Tomás apareció desde su habitación.

No encendió luces.

Entró.

Se sentó en el borde de la cama.

Y empezó a cantar.

Una canción bajísima.

Mal afinada.

Pero tierna.

Ana dejó de llorar lentamente.

Tomás permaneció allí hasta que volvió a dormirse.

Cuando salió, vio a Catalina.

Los dos quedaron incómodos.

—Lo siento.

dijo ella.

—No quería entrometerme.

—No lo ha hecho.

Pausa.

—Pasa muchas noches.

—¿Desde que murió su madre?

Tomás asintió.

—Beatriz.

Era la primera vez que Catalina escuchaba el nombre.

—¿De qué murió?

—Fiebre.

Solo una palabra.

Pero el dolor fue visible.

Tomás regresó a su habitación.

Catalina entendió entonces que aquella casa no estaba vacía.

Estaba llena.

De alguien que ya no estaba.

PARTE 3

Los primeros días fueron desastrosos.

Catalina había trabajado toda su vida.

Pero no en una finca como Santa Rita.

La cocina funcionaba diferente.

Quemó el café.

Dejó las judías duras.

Una hogaza salió tan compacta que Gabriel la golpeó contra la mesa.

—Podemos usarla para reparar la pared.

Juan se rio.

Catalina lo miró.

Gabriel creyó que se enfadaría.

Ella tomó el pan.

Golpeó también.

—Demasiado blando.

—Quizá para tapar una ventana.

Gabriel intentó no reír.

No lo consiguió.

Fue la primera grieta.

Las cabras eran peores.

Una le dio una coz.

Otra volcó el cubo.

Catalina terminó cubierta de leche.

Tomás apareció.

La miró.

Ella esperaba crítica.

Él dijo:

—Esa se llama Marquesa.

—Odia a todo el mundo.

—¿Y la conservan?

—Gabriel la quiere.

Desde el corral, el niño gritó:

—¡Porque da la mejor leche!

Catalina señaló su vestido mojado.

—También la distribuye con generosidad.

Tomás casi sonrió.

A la mañana siguiente encontró una nota junto al cubo.

“Acérquese por el lado izquierdo. Háblele antes de tocarla.”

No había firma.

No hacía falta.

Dos noches después, después de un día agotador, Catalina dejó sin llenar dos cántaros de agua.

Por la mañana estaban llenos.

Otra vez:

ninguna explicación.

El mango roto de una escoba apareció reparado.

Las maderas junto al horno, ordenadas por tamaño.

Una manta extra sobre su silla durante una noche fría.

Tomás no hablaba.

Pero arreglaba.

Catalina tampoco preguntaba.

Empezaron a desarrollar una conversación sin frases.

Los niños tardaron más.

Ana observaba.

Juan escuchaba.

Gabriel desconfiaba.

Catalina no obligó a ninguno a llamarla.

Ni a besarla.

Ni a quererla.

Simplemente estuvo.

A Juan le contó cuentos mientras desgranaban habas.

Él fingía que no prestaba atención.

Después corregía cuando olvidaba una parte.

A Gabriel le dejaba pan y queso cuando salía temprano con su padre.

Nunca decía gracias.

Nunca dejaba comida.

Ana era la más difícil.

Hasta una tarde.

Catalina estaba barriendo y cantando.

Una canción que su madre le había enseñado.

Ana apareció con la muñeca.

Escuchó.

Cuando Catalina terminó:

—Otra.

Catalina siguió barriendo.

—¿La misma?

Ana asintió.

Cantó otra vez.

La niña se acercó.

Al final estaba a medio metro.

No la tocó.

No hacía falta.

Dos semanas después ocurrió la primera gran prueba.

Ana amaneció con fiebre.

Catalina tocó su frente.

Caliente.

Tomás estaba desayunando.

—Tomás.

Era la primera vez que utilizaba su nombre sin “señor”.

Él levantó la mirada.

—Ana tiene fiebre.

La cuchara quedó suspendida.

—Cuánto.

—No sé.

—Pero está caliente y decaída.

Tomás se levantó.

Entró.

Miró a su hija.

Y algo en él se rompió.

Catalina lo vio.

No al hombre fuerte.

Al viudo.

Beatriz había empezado con fiebre.

—Voy a buscar al médico.

dijo.

—Ahora.

Ensilló un caballo.

Desapareció.

El médico de Zalamea tardó horas en llegar.

Examinó a Ana.

—Parece una infección respiratoria.

—Hay que vigilarla.

—Que beba.

—Reposo.

—Si empeora esta noche, mandad buscarme otra vez.

No prometió nada.

Gracias.

Catalina se quedó.

Tomás también.

Pero desde la puerta.

Cada vez que Ana tosía, él se tensaba.

—Puede entrar.

le dijo Catalina.

—Estoy bien aquí.

—No.

—No está bien.

Él la miró.

—No necesito que me diga…

—Su hija sí.

Tomás se quedó inmóvil.

Catalina bajó la voz.

—Ella no es Beatriz.

—Y esta noche no es aquella noche.

Pausa.

—Entre.

Tomás lo hizo.

Se sentó.

Tomó la mano de Ana.

Temblaba más que la niña.

La fiebre duró dos días.

No hubo milagro.

El médico regresó.

La auscultó.

Indicó cuidados.

Poco a poco empezó a mejorar.

La tercera mañana Ana pidió leche.

Catalina casi lloró.

Tomás sí.

Se dio la vuelta.

Pero demasiado tarde.

Catalina lo vio.

Ana también.

—Papá llora.

Tomás se secó la cara.

—Polvo.

Ana miró la habitación.

—No hay polvo.

Juan rio.

Gabriel también.

Tomás terminó riendo con ellos.

Sonaba extraño.

Oxidado.

Como una puerta que llevaba años cerrada.

Aquella noche Gabriel se acercó a Catalina.

—Gracias.

Una palabra.

Nada más.

Para ella fue enorme.

PARTE 4

Después de la enfermedad, la casa cambió.

Ana empezó a seguir a Catalina.

—¿Qué haces?

—Pan.

—¿Puedo?

—Puedes poner harina.

La niña echaba demasiada.

—Eso ha sido media cosecha.

Ana se reía.

Juan se sentaba junto a Catalina durante los cuentos.

Gabriel empezó a enseñarle cosas.

—No dejes el saco ahí.

—Las gallinas lo rompen.

Otro día:

—La Marquesa no te odia ya.

—Me ha pateado esta mañana.

—Antes te pateaba dos veces.

—Progreso.

Tomás seguía distante.

Pero hablaba más.

—Ha llegado carta del molino.

—Mañana iré al pueblo.

—¿Necesita algo?

Catalina decía:

—Hilo.

—Sal.

—Una nueva sartén.

Él regresaba exactamente con eso.

Nada más.

Nunca regalos.

Ella lo agradecía.

Precisamente porque el dinero seguía claro.

Cada fin de mes Tomás pagaba su salario.

En monedas.

Delante de ella.

Catalina guardaba la mayor parte en una pequeña caja.

Empezó a tener algo que nunca había tenido.

Ahorros.

Una tarde contó.

Podría marcharse.

No muy lejos.

No todavía para siempre.

Pero podría.

Esa certeza cambió la manera en que miraba Santa Rita.

Ya no estaba allí porque no pudiera irse.

Estaba allí porque todavía elegía quedarse.

Lo que más la acercó a Gabriel ocurrió un domingo.

En una esquina del comedor había una pequeña fotografía de Beatriz.

Cubierta de polvo.

Nadie la tocaba.

Catalina limpió cuidadosamente la mesa.

No movió la foto.

Solo retiró polvo.

Después recogió unas flores silvestres y las colocó en un vaso.

Gabriel apareció.

Su cara se endureció.

Catalina inmediatamente dijo:

—Si no quieres que toque esto, lo retiro.

El niño miró las flores.

—A mamá le gustaban.

—No sabía.

—Plantaba algunas junto al pozo.

Catalina asintió.

Gabriel continuó:

—No tienes que quitar las tuyas.

Silencio.

Catalina dijo:

—No quiero ocupar su lugar.

Gabriel la miró.

—Ya sé.

Pausa.

—Tampoco creo que ella quisiera que la casa siguiera triste para siempre.

Se marchó.

Catalina se quedó frente a la fotografía.

—Tu hijo es más listo que todos nosotros.

susurró.

Aquella noche Tomás tuvo visita.

Un ganadero vecino.

Leandro.

Bebieron vino en el patio.

Catalina no intentaba escuchar.

Hasta que oyó su nombre.

—Así que la muchacha sigue aquí.

dijo Leandro.

—Sí.

—Bonita.

Tomás no respondió.

—No me digas que la tienes durmiendo sola después de meses.

Catalina se quedó quieta.

Tomás habló.

—Mide tus palabras.

Leandro rio.

—Vamos.

—Todo el mundo sabe cómo llegó.

—Una joven a cambio de tierras y ganado.

—No hubo intercambio.

—Cancelé aquello.

—Ahora trabaja aquí.

—Pues peor me lo pones.

—¿Qué eres, su patrón o su marido?

Silencio.

Después Tomás respondió:

—La traje porque necesitaba ayuda con los niños y la casa.

—Ella necesitaba salir de donde estaba.

—Tenemos un acuerdo justo.

—Nada más.

Catalina se alejó.

No escuchó el resto.

Nada más.

Aquellas dos palabras se clavaron.

Ridículo.

Tomás nunca había prometido otra cosa.

Ella era trabajadora.

Él patrón.

Todo claro.

¿Entonces por qué dolía?

Porque en algún momento había empezado a imaginar que aquellas notas significaban algo.

Que los cántaros llenos.

La madera preparada.

La forma en que él se quedaba cerca cuando ella cosía.

Las conversaciones pequeñas.

La confianza.

Quizá todo era simplemente:

mantener funcionando la casa.

Aquella noche abrió su caja.

Contó el dinero.

Suficiente para alquilar una habitación varios meses en Mérida o Badajoz si encontraba trabajo.

Escribió una nota.

No dramática.

“Tomás:

Gracias por cumplir siempre nuestro acuerdo.

He ahorrado suficiente para empezar por mi cuenta.

Creo que ha llegado el momento.

No me voy enfadada con los niños.

Dígales que regresaré a verlos cuando podamos organizarlo.

Le dejo la llave.

Catalina.”

No dejó el rosario.

Esa vez no.

El rosario era suyo.

Y si se marchaba, se llevaba consigo todo lo que le pertenecía.

Al amanecer caminó hasta el cruce donde pasaba una diligencia hacia el pueblo.

No huyó descalza.

No desapareció.

Tenía dinero.

Una bolsa.

Y una decisión.

Pero la diligencia todavía tardaría horas.

Se sentó bajo una encina.

Por primera vez después de meses dejó que el llanto llegara.

No porque Tomás no la amara.

Porque había descubierto que ella sí empezaba a amarlo.

Y no quería quedarse en un lugar esperando algo que nunca se había ofrecido.

PARTE 5

Juan encontró la habitación vacía.

—¡Catalina!

Nadie respondió.

Gabriel leyó la nota.

Ana empezó a llorar.

—Se ha ido.

—Va a volver.

dijo Juan.

Gabriel negó.

—No lo pone.

Tomás apareció.

Leyó.

Una vez.

Dos.

Después vio la llave.

Algo dentro de él cayó.

—Por qué.

preguntó Gabriel.

Tomás no respondió.

El niño insistió.

—¿Qué hiciste?

—Gabriel.

—Mamá murió.

—Después llegó Catalina.

—Y ahora ella también se va.

—¿Qué hiciste?

Tomás apretó la nota.

Recordó la conversación con Leandro.

Nada más.

Comprendió.

—Soy un imbécil.

Gabriel lo miró.

—Eso no es respuesta.

—No.

—Pero es bastante exacto.

Ana lloraba.

Tomás se agachó.

—Escúchame.

—Catalina tiene derecho a marcharse.

—No podemos enfadarnos con ella por hacerlo.

—¿Va a volver?

La niña preguntó.

Tomás no mintió.

—No lo sé.

Pausa.

—Pero voy a ir a hablar con ella.

Gabriel dijo:

—No la obligues.

Tomás lo miró.

Su hijo había aprendido demasiado.

—No.

—Nunca.

Tomás montó.

Encontró a Catalina cerca del cruce.

Ella lo vio llegar.

Se puso de pie.

—Si viene a decirme que incumplo algo…

—No.

Él bajó del caballo.

No se acercó demasiado.

—He venido a pedir perdón.

Catalina sostuvo su bolsa.

—No tiene que.

—Sí.

—Leandro hizo comentarios vulgares.

—Intenté cortar la conversación diciendo que nuestra relación era un acuerdo de trabajo.

Pausa.

—Dije “nada más”.

—Lo escuché.

—Ya.

Tomás bajó la mirada.

—Lo que no escuchó fue lo siguiente.

—Qué.

—Le dije que mi vida no era asunto suyo.

—Y que usted era la primera persona en dos años que había conseguido que mis hijos rieran en la mesa.

—Y que cada vez que pensaba en eso me asustaba.

Catalina lo miró.

Tomás continuó:

—No porque sea una trabajadora útil.

—Porque me importa.

—Mucho.

Silencio.

—No sé qué hacer con eso.

—Ese no es mi problema.

respondió ella.

Tomás asintió.

—Tiene razón.

Catalina parecía sorprendida.

—No he venido a pedirle que regrese para cuidar la casa.

—Ni porque Ana esté llorando.

—Ni porque yo no pueda arreglármelas.

Pausa.

—He venido porque usted merece saber que no interpretó mal todo.

—Los cántaros.

—Las notas.

—La escoba.

—La madera.

Tomás se puso rojo como un adolescente.

—Eran míos.

Catalina casi sonrió.

—Ya lo sabía.

—¿Sí?

—Su letra es horrible.

Él rio.

Se puso serio otra vez.

—Cuando Beatriz murió me convencí de que querer a alguien era darle al destino otra oportunidad para destruirte.

—Entonces usted llegó.

—Y yo seguí manteniéndola a distancia porque podía decirme:

“Es un contrato.”

—“Algún día se irá.”

—“No importa.”

Pausa.

—Mentí.

Catalina tragó saliva.

—¿Qué quiere de mí?

La pregunta era fundamental.

Tomás respondió lentamente.

—Nada que usted no quiera dar.

Pausa.

—Si quiere marcharse, la llevaré hasta la estación.

—Si necesita una recomendación, la tendrá.

—Si quiere volver únicamente como trabajadora, volverá en las mismas condiciones.

—Si necesita aumentar el salario, lo hablamos.

Catalina levantó una ceja.

—Eso último es oportunista.

—Estoy negociando mal.

Ella rio entre lágrimas.

Tomás respiró.

—Y si algún día usted quisiera algo más conmigo…

Se detuvo.

—Entonces tendría que pedírselo.

—Y usted podría decir que no.

Catalina lo miró durante mucho tiempo.

—Los niños creen que me he ido para siempre.

—Tienen miedo.

—Eso no puede ser la razón para regresar.

—Lo sé.

—No voy a prometerles que nunca me marcharé.

—Bien.

—Porque si algún día deja de tratarme con respeto, me iré.

Tomás asintió.

—Bien.

—Y mi dinero sigue siendo mío.

—Todo.

—Mi habitación sigue teniendo llave.

—Sí.

—Y no quiero matrimonio.

—No ahora.

Tomás respiró.

—Entendido.

Catalina miró el camino.

La diligencia aparecía a lo lejos como una pequeña nube de polvo.

Podía subir.

Podía irse.

Eso era lo importante.

Finalmente tomó una decisión.

—Quiero volver.

Tomás cerró los ojos un instante.

—Bien.

—Pero no porque usted haya venido de rodillas a buscarme.

Él miró sus botas.

—Ni siquiera me he arrodillado.

—Es una expresión.

—Ah.

Catalina sonrió.

—Quiero volver porque todavía no he terminado de decidir qué quiero que sea mi vida.

Pausa.

—Y Santa Rita sigue siendo el primer lugar donde puedo decidirlo.

Regresaron.

Cuando entraron en el patio, Ana corrió.

Catalina se agachó.

La niña la abrazó.

Juan llegó después.

Gabriel caminó más lentamente.

—¿Te quedas?

preguntó.

Catalina respondió:

—Hoy sí.

Gabriel entendió.

No pidió eternidad.

—Bien.

Después la abrazó.

Tomás observó.

Y aprendió aquella tarde que una persona que tiene libertad para marcharse y aun así decide volver ofrece algo mucho más valioso que obediencia.

Elección.

PARTE 6

Pasaron cuatro meses.

Catalina siguió cobrando.

Siguió ahorrando.

Y empezó a viajar una vez cada dos semanas al pueblo para recibir clases de costura avanzada con una viuda llamada doña Mercedes Valdés.

Quería aprender mejor.

Quizá montar algún día un pequeño taller.

Tomás pagó inicialmente una parte del transporte.

Catalina se negó.

—Puedo hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces.

—Entonces pensé que podía ayudar.

—Pregunte antes.

Él se quedó inmóvil.

—Tiene razón.

A partir de entonces preguntaba.

—¿Quieres que lleve esto?

—¿Necesitas ayuda?

—¿Puedo entrar?

Pequeñas cosas.

Catalina también cambió.

Cuando algo le dolía, hablaba.

No desaparecía.

No esperaba hasta romperse.

Una noche:

—No me gustó cómo me presentó al tratante.

Tomás preguntó:

—Qué dije.

—“La mujer que lleva la casa.”

—¿Y qué quiere que diga?

Catalina pensó.

—Catalina.

Tomás sonrió.

—Puedo recordar eso.

Los niños florecían.

Ana volvió a dormir noches enteras.

Juan dejó de revisar cada mañana si Catalina seguía allí.

Gabriel empezó a jugar más.

Eso quizá fue lo más importante.

Un niño de nueve años no debía pensar constantemente en ganado, leña y sus hermanos.

Tomás empezó a llevarlo con menos frecuencia a tareas duras.

—Quiero ayudar.

protestaba Gabriel.

—Ayudarás.

—Después de la escuela.

—Papá.

—No eres mi capataz.

—Todavía.

—Nunca.

La tragedia que en la historia de aquella familia siempre parecía estar esperando no llegó de la forma que temían.

Pero sí hubo un accidente.

Gabriel estaba cerca del corral cuando un caballo joven se asustó.

El niño intentó cerrar una puerta.

El animal chocó contra la madera.

Gabriel cayó y se golpeó la cabeza.

No quedó atrapado.

No fue pisoteado.

Pero perdió el conocimiento.

Catalina escuchó el grito de Juan.

Corrió.

—¡Tomás!

Él apareció inmediatamente.

Vio a su hijo.

Durante un segundo volvió a ser el hombre paralizado por la enfermedad de Ana.

Catalina lo agarró del brazo.

—Míreme.

Tomás la miró.

—Respira.

—Sí.

—No lo mueva más de lo necesario.

—Mandamos buscar al médico.

La rapidez importó.

Un mozo salió a caballo.

El médico llegó.

Examinó a Gabriel.

—Ha recibido un golpe fuerte.

—Respira bien.

—El pulso es estable.

—Hay que vigilarlo.

—Si vomita repetidamente, empeora la respiración o no despierta, enviáis a buscarme inmediatamente.

Se quedó varias horas.

Gabriel comenzó a reaccionar aquella noche.

Abrió los ojos.

Confundido.

—Papá.

Tomás soltó el aire.

—Aquí.

Gabriel miró alrededor.

—Catalina.

Ella estaba junto a la ventana.

—Aquí también.

El niño cerró los ojos.

—Bien.

No la llamó madre.

No aquel día.

No necesitaba.

El médico obligó a Tomás a mantenerlo en reposo durante semanas.

Catalina aprovechó para leerle.

Gabriel protestaba.

—No soy Ana.

—Gracias a Dios.

—Yo escucho historias mejores.

—Entonces empieza.

Una noche, después de un cuento particularmente absurdo, Gabriel dijo:

—Si alguna vez te casas con papá…

Catalina casi se atragantó.

—Qué.

—No tienes que responder.

—Bien.

—Solo quería decir que no me molestaría.

Pausa.

—Antes sí.

Catalina se sentó.

—Gracias.

—Pero eso lo decidimos él y yo.

—Ya sé.

—Y si nunca ocurre.

Gabriel pensó.

—Seguirás siendo Catalina.

—Exacto.

Él sonrió.

—Eso también está bien.

PARTE 7

Un año después de su llegada a Santa Rita, Catalina tenía diecinueve años.

Una caja con ahorros.

Clientes de costura propios.

Y una oferta de una familia de Mérida para trabajar como modista interna con salario superior.

Tomás leyó la carta porque Catalina se la entregó.

—Es buena oportunidad.

dijo.

Ella lo miró.

—Eso es todo.

—Qué quieres que diga.

—No sé.

—Algo.

Tomás dejó la carta.

—Quiero que te quedes.

Catalina se quedó quieta.

Él continuó.

—Pero quiero que puedas marcharte.

—Las dos cosas son verdad.

Aquello era exactamente lo que necesitaba.

—Rechazaré la oferta.

Tomás levantó la cabeza.

—Por mí.

Catalina negó.

—No únicamente.

—Tengo encargos aquí.

—Doña Mercedes quiere asociarse conmigo para abrir un pequeño taller en el pueblo.

—Los niños.

Pausa.

—Y usted.

Tomás sonrió.

—Yo al final.

—Depende del día.

Tres semanas después él le pidió que caminara con él.

Fueron hasta una colina detrás de la finca.

Había una pequeña cruz de madera.

Catalina sabía qué era.

Lugar donde Tomás había esparcido parte de las cenizas de Beatriz según su voluntad familiar.

Él se sentó.

—Durante mucho tiempo pensé que querer a otra persona sería traicionar esto.

Catalina no respondió.

Tomás continuó:

—Después entendí que mantener una casa congelada tampoco honraba a Beatriz.

Sacó una pequeña cajita.

Catalina inmediatamente levantó una mano.

—Tomás.

—No abras eso todavía.

Él casi rio.

—De acuerdo.

—Antes pregunte.

Tomás cerró la caja.

Respiró.

—Catalina Santos.

—¿Quieres casarte conmigo?

Silencio.

Un año antes nadie había preguntado.

Ahora el mundo entero parecía contenido en aquella pregunta.

Catalina respondió:

—Todavía no.

Tomás palideció ligeramente.

Pero asintió.

—Bien.

Ella sonrió.

—No he terminado.

—Ah.

—Quiero casarme contigo.

—Pero no todavía.

—Quiero abrir el taller primero.

—Quiero saber que puedo mantenerme sola incluso después de casada.

—Quiero que el dinero que gane siga siendo mío.

—Quiero que dejemos por escrito qué pertenece a cada uno.

Tomás la miraba como si estuviera hablando con un banquero.

—Algo más.

—Sí.

—No quiero que el matrimonio signifique que vuelvo a convertirme automáticamente en responsable de toda la casa.

Tomás parpadeó.

—Los niños ayudan.

—Tú ayudas.

—Contratamos a alguien en temporadas de mucho trabajo si podemos.

Tomás sonrió lentamente.

—¿Esto es un sí con condiciones?

—Es un sí informado.

—Mucho más difícil que el primero.

—El primero nunca existió.

Él asintió.

—Cierto.

Abrió la caja.

Dentro no había un anillo enorme.

Había una medalla pequeña de plata que había pertenecido a su abuela.

—Beatriz la llevó.

dijo.

Catalina inmediatamente negó.

—Entonces es de Ana.

Tomás se sorprendió.

—Pensé…

—No quiero heredar el lugar de Beatriz.

Pausa.

—Quiero construir el mío.

Tomás cerró la caja.

—Tienes razón.

Meses después entregó la medalla a Ana para guardarla cuando fuera mayor.

Catalina nunca la llevó.

Aquello, curiosamente, hizo que Tomás la amara todavía más.

Porque no necesitaba convertirse en la mujer anterior para ser importante.

Se casaron seis meses después.

Catalina ya había abierto su pequeño taller con doña Mercedes.

Tenía ingresos.

Ahorros.

Contrato de participación.

Y una vida que no dependía completamente de Tomás.

La boda fue sencilla.

Iglesia pequeña.

Vecinos.

Niños.

Gabriel acompañó a su padre.

Juan llevó las alianzas.

Ana sostuvo flores.

Cuando el sacerdote preguntó a Catalina:

—¿Consientes libremente?

Ella miró a Tomás.

Después a Benito, su padrastro, que observaba desde el fondo de la iglesia.

Había aparecido sin invitación.

Catalina volvió al sacerdote.

—Sí.

Clara.

Firme.

Sin miedo.

Por primera vez aquella palabra le pertenecía.

PARTE 8

Benito esperó después de la ceremonia.

Había envejecido.

No mucho físicamente.

Pero parecía más pequeño.

—Catalina.

Ella se detuvo.

Tomás estaba a varios metros.

No intervino.

Eso también era nuevo.

Catalina podía hablar sola.

—Qué quiere.

Benito bajó la mirada.

—Pedirte perdón.

—Por qué parte.

La pregunta lo sorprendió.

—Por haberte tratado como…

No terminó.

Catalina sí.

—Como ganado.

Él cerró los ojos.

—Sí.

—Necesitaba las tierras.

—No las necesitaba.

—Las quería.

Benito tragó saliva.

—Sí.

—Y pensó que mi vida era un precio razonable.

—Sí.

Catalina miró hacia la iglesia.

Los niños estaban comiendo dulces.

Ana llevaba flores torcidas en el cabello.

—Lo perdono.

Benito levantó la cabeza.

—De verdad.

—Sí.

Pausa.

—Pero no confunda perdón con volver a tener autoridad sobre mi vida.

Él asintió.

—No.

—Nunca.

Se marchó.

No se convirtió en abuelo querido.

No empezó a visitar cada domingo.

Algunas relaciones no necesitan transformarse en algo bonito para cerrarse.

Catalina simplemente dejó de cargarlo dentro.

Los años siguientes no fueron un cuento perfecto.

Hubo sequías.

Malas cosechas.

Una enfermedad de las ovejas que casi arruinó una temporada.

Discusiones.

Tomás seguía teniendo la costumbre de encerrarse cuando tenía miedo.

Catalina seguía teniendo la costumbre de preparar una maleta mental cada vez que alguien la decepcionaba.

Aprendieron.

Una noche discutieron por dinero.

Tomás había pagado una reparación del taller sin preguntar.

Catalina se enfadó.

—Era ayuda.

—No te la pedí.

—El tejado se caía.

—Entonces me dices:

“Catalina, el tejado se cae. ¿Quieres que lo pague?”

—¿Y si dices que no?

—Entonces es no.

Tomás se quedó callado.

Al día siguiente le entregó el recibo.

—Considéralo préstamo.

—Qué interés.

—Ninguno.

—Entonces no es un préstamo serio.

Él se echó a reír.

—Eres imposible.

—Y me preguntaste si quería casarme contigo sabiendo eso.

—Error mío.

La besó.

Catalina terminó devolviendo cada peseta.

No porque Tomás la exigiera.

Porque a ella le importaba.

El taller creció.

Primero cuatro mujeres.

Después siete.

Dos eran viudas.

Una había escapado de un marido violento y necesitaba empezar de nuevo con familiares.

Catalina nunca preguntaba más de lo necesario.

Solo decía:

—El trabajo se paga.

—Aquí nadie debe gratitud por cobrar lo que ha ganado.

Las palabras viajaron.

Santa Rita también cambió.

Gabriel creció.

A los dieciocho decidió estudiar veterinaria.

Juan quiso quedarse en la finca.

Ana sorprendió a todos diciendo que quería ser maestra.

Tomás preguntó:

—En serio.

Ana respondió:

—Sí.

—¿Problema?

Catalina empezó a reír.

—Es culpa tuya.

dijo Tomás.

—Qué.

—Las enseñaste a responder.

—A ella no le hacía falta ayuda.

A los dos años de matrimonio Catalina quedó embarazada.

La noticia produjo alegría.

Y miedo.

Especialmente en los tres niños.

Gabriel tenía once.

Preguntó:

—Cuando nazca, cambiará algo.

Catalina comprendió inmediatamente.

—Sí.

Los niños se tensaron.

Ella continuó:

—Dormiré menos.

—Habrá pañales.

—Llorará.

—Probablemente todos estaremos de mal humor.

Juan rio.

—Pero no dejaréis de ser mis hijos.

Gabriel bajó los ojos.

—No somos tuyos.

Catalina se acercó.

—No necesito haberlos parido para haberlos elegido.

Silencio.

Ana preguntó:

—Entonces puedo llamarte mamá.

Catalina se arrodilló.

—Puedes llamarme como quieras.

—Catalina.

—Mamá.

—Tía.

—Señora insoportable.

Ana rio.

—Mamá.

Juan dijo:

—Yo también.

Gabriel se quedó callado.

Catalina no presionó.

Tres meses después, una tarde cualquiera, él entró al taller.

—Mamá.

Catalina dejó caer una aguja.

Gabriel puso los ojos en blanco.

—No voy a repetirlo.

—Lo has dicho demasiado bajo.

—Olvídalo.

—Gabriel.

El muchacho salió corriendo.

Catalina lo persiguió riendo.

Tomás observaba desde el patio.

Años atrás pensó que traer una joven a Santa Rita solucionaría un problema doméstico.

Qué poco había entendido.

Catalina no había llegado para reparar su casa.

Había obligado a todos a reconstruir la forma en que se relacionaban.

La hija que nació se llamó Elena.

No Beatriz.

No la madre de Catalina.

No una mujer del pasado.

Elena.

Su propio nombre.

Cuando Tomás la sostuvo por primera vez, lloró.

—Otra.

dijo Gabriel.

—Otra qué.

—Otra mujer que va a mandarnos.

Catalina respondió desde la cama:

—Exacto.

Pasaron los años.

Tomás dejó de tener treinta y ocho.

Catalina dejó de ser aquella muchacha de dieciocho.

Santa Rita sobrevivió a sequías, tormentas y cambios que ninguno podía imaginar.

Un día, muchos años después, Ana encontró la antigua nota que Catalina había dejado cuando estuvo a punto de marcharse.

“No me voy enfadada con los niños…”

La leyó.

—Mamá.

Catalina levantó la mirada.

—Qué.

—De verdad ibas a irte.

—Sí.

—Qué habría pasado.

Catalina pensó.

—No lo sé.

—Tal vez habría trabajado en Mérida.

—Quizá habría abierto el taller allí.

—Quizá nunca habría vuelto.

Ana se quedó seria.

—Me alegro de que papá fuera a buscarte.

Catalina sonrió.

—Yo también.

Pausa.

—Pero hay algo importante.

—Qué.

—No volví porque él me encontrara.

—Volví porque después de encontrarme me dejó elegir.

Ana entendió.

Aquello se convirtió en una de las frases que Catalina repetiría a sus hijas y nietas.

Que alguien te necesite no es amor.

Que alguien pague por ti no es amor.

Que alguien te dé una casa no es amor.

Que una familia dependa de tu trabajo tampoco.

El amor empieza a parecerse a algo verdadero cuando puedes marcharte y la otra persona, aunque desee que te quedes, respeta tu derecho a irte.

Tomás aprendió aquello tarde.

Catalina, demasiado temprano.

Pero lo aprendieron juntos.

Cuando Catalina cumplió sesenta años, todavía conservaba la primera llave de su habitación en Santa Rita.

Estaba oxidada.

La puerta ya ni siquiera existía.

La antigua habitación se había convertido en biblioteca.

Tomás preguntó una vez:

—Por qué guardas eso.

Catalina sostuvo la llave.

—Porque fue la primera puerta que pude cerrar desde dentro.

Él quedó en silencio.

—Yo pensaba que lo importante de aquella noche era haberte dado techo.

—No.

respondió ella.

—Lo importante fue que me diste una llave.

Tomás sonrió.

—No sabía lo que estaba haciendo.

—Claramente.

—¿Eso es insulto?

—Descripción histórica.

Los dos rieron.

Tomás murió años después rodeado por sus hijos.

Todos.

Gabriel.

Juan.

Ana.

Elena.

Y Catalina.

Nunca dejó de recordar a Beatriz.

Nunca necesitó hacerlo.

La fotografía de su primera esposa siguió en la casa.

Junto a ella aparecieron otras.

Bodas.

Nietos.

Graduaciones.

Catalina nunca reemplazó a nadie.

Añadió vida donde el duelo había detenido el tiempo.

Cuando finalmente fue enterrado, Catalina llevó a la tumba una pequeña nota.

No la leyó a nadie.

Decía:

“Llegué a tu casa porque otros decidieron por mí.

Me quedé porque tú aprendiste a preguntarme.

Esa diferencia fue nuestra vida entera.”

Años después, Elena encontró la nota entre los papeles de su madre.

Preguntó:

—¿Te arrepientes de cómo empezó todo?

Catalina pensó mucho.

—Me arrepiento de lo que Benito hizo.

—No voy a convertir su abuso en algo bueno solo porque después mi vida tuvo cosas hermosas.

Pausa.

—Una injusticia no se vuelve correcta por producir accidentalmente un buen resultado.

Elena asintió.

—Entonces.

Catalina sonrió.

—Lo bueno empezó cuando la injusticia terminó.

—Cuando Tomás descubrió que yo nunca había aceptado casarme con él y dijo:

“No hay trato.”

Pausa.

—Ese fue el primer momento.

No la boda.

No el primer beso.

No el nacimiento de Elena.

El momento en que un hombre que podía haberse beneficiado del silencio decidió que un sí obtenido por otros no era un sí.

Catalina había llegado a Santa Rita siendo presentada como solución.

Una muchacha joven para una casa sin madre.

Manos para cocinar.

Cuidar.

Lavar.

Criar.

Pero terminó siendo algo que nadie había previsto.

Dueña de su trabajo.

Madre porque eligió serlo.

Esposa porque decidió serlo.

Empresaria.

Compañera.

Y, sobre todo, una mujer cuya vida dejó de ser una negociación entre hombres.

Durante décadas guardó tres objetos.

El rosario de su madre.

La primera moneda que ganó trabajando para Tomás.

Y aquella llave oxidada.

Fe.

Independencia.

Elección.

Si alguien le preguntaba cuál valía más:

la llave.

Siempre la llave.

Porque antes de aprender qué significaba amar una casa, Catalina Santos necesitó descubrir algo todavía más importante.

Que una puerta también podía abrirse hacia fuera.

Y que quedarse solo tenía valor cuando marcharse seguía siendo posible.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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