
A los 82 años, Arnaldo André Finalmente admite lo que todos sospechábamos
La mayoría de las personas recuerdan a Arnaldo André por lo que veían en la pantalla, pero detrás de esa imagen había una infancia marcada por la pérdida, la responsabilidad y un silencio que llevó consigo durante demasiado tiempo. A los 11 años, tras perder a su padre, dice que se convirtió en el padre de toda la familia y a los 12 ya estaba trabajando para sobrevivir.
Entonces, ¿por qué está hablando ahora? y qué es lo que finalmente está dispuesto a admitir después de tantos años, porque la verdad detrás de la vida de Arnaldo André es mucho más compleja que los papeles que lo hicieron famoso. Sus comienzos. Su historia no empezó bajo las luces, empezó con un nombre que casi nadie conoce, Andrés Pacuá Saracho.
Pisó Buenos Aires por primera vez siendo niño, pero no fue hasta los 17 años que regresó para quedarse. Solo con un propósito, estudiar teatro y trabajar para ayudar a la familia que había dejado en Paraguay. Porque para entonces todo ya había cambiado. A los 11 años, tras la muerte de su padre Justino, asumió un rol que ningún niño debería cargar, el de sostener a toda su familia.
En Paraguay quedaron su madre, Fernanda, un ejemplo de fuerza, tenacidad y firmeza, y sus hermanas Lina, Irma, Graciela y Mariné. Y aún cuando construyó su vida al otro lado de la frontera, nunca rompió ese vínculo. Volvía una y otra vez a sus raíces, como si una parte de él nunca se hubiera ido realmente. Empecé a trabajar a los 12 años para mantener a mi familia.
Fui cartero y trabajé en varias radios. En mi tiempo libre iba al cine con un pase que me daban. Vi muchas películas. Me identificaba con esos personajes. Salía a la calle y era el protagonista caminando por ella. Ahí me di cuenta de que quería ser actor, que no podía hacer otra cosa. Ese fue mi punto de partida. Recuerda, ese sueño no fue fácil.
Cruzó fronteras, dudas y años de sacrificio. Una oportunidad abrió la puerta y paso a paso fue construyendo una carrera que terminaría definiendo toda una era de la televisión. Desde películas como Los muchachos de mi barrio y mi amigo Luis hasta telenovelas icónicas que lo hicieron inolvidable, fue subiendo una escalera que, como él mismo dice, todavía está en construcción.
Y aún así, incluso en la cima del éxito, cuando los ratings alcanzaban cifras con las que la mayoría de los actores solo sueñan, nunca confió en él, nunca lo vio como algo permanente, porque para él todo siempre había sido frágil desde el principio. Cuando llegué a Argentina, mi idea era que mi familia pudiera estar conmigo en Buenos Aires.
Sigo devolviendo el amor de mis padres y de mis hermanas con mi trabajo y con mi presencia. Al igual que el público, mi familia sigue siendo mi sostén. Y quizás esa es la parte que nadie entendió realmente de él hasta ahora. El éxito es fugaz, no es eterno. No puedes garantizar tu futuro. Siempre tienes que empezar de nuevo.
Arnaldo André en Argentina, de Galán de Mirta Legrán a estrella de telenovelas. El ascenso de Arnaldo André en Argentina no fue silencioso. Comenzó con un momento que pocos podrían haber imaginado. A principios de los años 70 subió al escenario en 40 kilates, compartiendo protagonismo con uno de los nombres más poderosos de la industria, Mirtha Legrand.
En ese momento él aún era desconocido y ese contraste hacía la situación aún más llamativa. Como recordaría más tarde, fue todo un acontecimiento que Mirta fuera a tener como galán a alguien que nadie conocía, rodeado de un elenco de primer nivel. Esa oportunidad lo cambió todo. Estar junto a una figura como Legrand no solo le dio visibilidad, le dio legitimidad.
La prensa comenzó a fijarse en él. Los productores empezaron a tenerlo en cuenta y el público se interesó por saber quién era. Mirando atrás, entendió lo decisivo que había sido ese momento. Así fue como obtuve una exposición mediática que me ha beneficiado toda la vida. El público y los productores comenzaron a reconocerme y para mí fue un acontecimiento que creo que no se va a repetir.
A partir de ahí, su camino se volcó rápidamente hacia la televisión. donde construiría la imagen que definiría toda una época. se convirtió en galán protagonizando una serie de telenovelas exitosas que consolidaron su lugar en la industria. Sus primeros trabajos en Rolando Rivas, taxista 1972 a 1973, Pobre Diabla, 1973 y Piel Naranja, 1975 lo posicionaron como un rostro reconocible.
Pero eso solo era el comienzo. Con los años su presencia se expandió a producciones como Rafaela, amor gitano, amo y Señor, el infiel, amándote, soy gitano, se dice amor. Valientes y los únicos, entre muchas otras. La década de 1980 marcó el punto más alto de ese ascenso. Durante esos años, su popularidad alcanzó un nivel que pocos actores logran sostener.
Un proyecto en particular, amo y señor, se convirtió en un punto de inflexión. Junto a Luisa Kuliocok, la serie destacó por su intensidad, combinando romance con elementos poco habituales para la época, incluyendo conflictos físicos y emocionales muy marcados. Emitida por Canal 9 pocos meses después del fin de la dictadura militar en Argentina, llegó en un momento de cambios profundos en la sociedad y logró captar la atención de una forma que trascendió la televisión.
Con los años su carrera siguió evolucionando. Se movió entre géneros, entre roles, atravesando distintas etapas como actor. En 2009, su trabajo en Valientes le valió el premio Martín Fierro a mejor actor de telenovela, un reconocimiento que no reflejaba solo un papel, sino décadas de trayectoria. También recibiría varias nominaciones a lo largo de los años, incluyendo por los únicos, piel naranja y gerente de familia, superando complejos.
Es difícil reconciliar la imagen que el público recuerda con la realidad que él vivió. Arnaldo André, el hombre que fue visto como el galán ideal, admirado en distintos países por su presencia y lo que muchos llamaban una belleza exótica, pasó años dudando en silencio de aquello mismo que otros elogiaban. Ese sentimiento no comenzó con la fama.
Empezó mucho antes, en la infancia, en algo tan simple como formar fila en la escuela. Por ser más alto que los demás, siempre lo colocaban al final y en lugar de sentirse especial sentía fuera de lugar. No me gustaba eso. Veía a las personas de estatura promedio y pensaba, “¿Por qué yo no soy así?” Fue un detalle pequeño, pero suficiente para marcar la forma en que se veía a sí mismo, mucho antes de que existieran las cámaras.
Lo más sorprendente es que esas inseguridades no desaparecieron con el éxito. Incluso cuando comenzó a trabajar en televisión, cuando su rostro ya era familiar para millones, él seguía sin ver lo que otros veían. No me gustaba mi cara, no me gustaban mis rasgos físicos. A pesar de eso, era consciente de que funcionaba porque seguía trabajando, confesó.
Había una contradicción silenciosa en su vida. ser constantemente elegido, admirado y aún así no terminar de convencerse frente al espejo. Años después, algo cambió de una manera inesperada. Mientras preparaba su libro autobiográfico For What you and I K en 2018, comenzó a revisar fotografías antiguas, imágenes de una vida ya vivida, y por primera vez se vio desde afuera sin el peso de la inseguridad.
Fui a mi valija, miré varias fotos y me dije, “Ah, sí, era lindo. Este chico debería estar en Hollywood, pero en el pasado sufrí de gran inseguridad”, reflexionó. Era casi irónico darse cuenta de lo que otros habían visto siempre, solo después de que el tiempo le diera distancia. Y sin embargo, hubo una parte de sí mismo que nunca cuestionó. Su voz.
Mientras su apariencia era una fuente de dudas, su voz se convirtió en algo firme, algo en lo que confiaba. Fue lo que lo llevó a estudiar locución, a trabajar en radio, a construir una base antes de que la televisión definiera su carrera. Incluso hoy esa voz sigue siendo inconfundible. La gente lo reconoce sin verlo, solo por el tono, el timbre, algo familiar que hace que se den vuelta de inmediato.
Muchos aún se preguntan, ¿por qué no volvió a la radio? ¿Por qué no aprovechó más ese don? Quizás porque en una vida marcada por la incertidumbre sobre su apariencia, su voz fue lo único que siempre sintió verdaderamente suyo. Lo hizo prácticamente todo. Para Arnaldo André hay una idea que ha guiado toda su carrera.
No detenerse nunca, no esperar a que las cosas sucedan, trabajar y dejar que las oportunidades lo encuentren en movimiento. Y con los años, esa forma de pensar lo llevó a algo que pocos actores pueden decir con certeza. probó prácticamente todo dentro de su oficio. Más allá de la televisión, el cine, el teatro y la radio, incluso se adentró en formatos que no siempre le resultaban naturales.
Uno de ellos fueron las fotonovelas, algo que para él tenía un valor especial porque había crecido leyéndolas en Paraguay. Llegué a hacer fotonovelas en la última etapa de su existencia, cuando ya estaban desapareciendo. Yo las leía mucho en Paraguay cuando era chico y pude actuar en ellas, pero no era lo que más me gustaba”, admitió.
La razón era simple y muy personal. No me gustaba posar para fotos y hasta hoy no estoy acostumbrado ni me siento cómodo haciéndolo. Era una contradicción poco común, un actor completamente cómodo actuando, pero no posando frente a una cámara. Luego, casi como recordando un capítulo olvidado, hizo una pausa y añadió algo inesperado. Ah, hice ópera.
No es algo que la gente asocie fácilmente con él y sin embargo fue una de las experiencias más particulares de su carrera. Se refería a su participación en El Inglés de los Huesos, una ópera de Felipe Boero donde interpretó un personaje que hablaba en lugar de cantar. Me llamaron del Teatro Argentino de La Plata.
Yo estaba disponible, pero les dije, “No canto.” Y me respondieron, “Es una ópera donde hay personajes que no cantan como el tuyo. Fue una experiencia muy linda, recordó. Y lo que más le quedó no fue solo la actuación, sino todo el mundo que descubrió detrás. Por primera vez entró en una disciplina completamente distinta a todo lo que conocía.
Primero experimenté el espíritu que existe dentro del mundo de la ópera, que es muy diferente al del teatro, explicó. La estructura, el ritmo, incluso la forma en que se relacionaban las personas seguían otra lógica. ensayaban todos los días durante semanas viajando constantemente solo para terminar haciendo unas pocas funciones.
Otro detalle, teníamos que ensayar con y sin la orquesta, porque la orquesta, según su sindicato, podía ensayar ciertas horas, contó. Todo estaba organizado con precisión. dos elencos para el coro, horarios estrictos, sistemas que se sentían casi mecánicos en comparación con la fluidez del teatro, pero lo que más le llamó la atención fue algo mucho más silencioso.
No había comunicación entre los actores y los músicos. Los actores veían a los músicos en el foso como mucho. Podías saludarlos y era algo muy extraño, realmente muy extraño. Y aún así, esa distancia desconocida también pasó a formar parte de su camino. Otra experiencia, otro mundo explorado, otra capa añadida a una carrera que nunca se trató de quedarse en un solo lugar.
Porque para Arnaldo André nunca se trató solo de éxito, sino de seguir avanzando, de probar, de descubrir, incluso en lugares donde al principio no parecía encajar del todo. Ficción televisiva. Para Arnaldo André, el declive de la ficción televisiva no es algo que haya ocurrido de un día para otro, ni algo que pueda atribuirse únicamente a hechos recientes.
En su opinión, el cambio comenzó mucho antes de que el mundo siquiera oyera hablar del COVID. Cree que la verdadera transformación vino desde detrás de escena de quienes deciden qué historias se cuentan. Los que tienen el poder de elegir una historia dejaron de apostar por el amor, afirma. Y para alguien que construyó su carrera en más de 50 telenovelas, ese cambio no fue solo técnico, fue profundamente personal.
Observó como la narrativa fue alejándose poco a poco de las historias emocionales y románticas, inclinándose más hacia formatos costumbristas y comedias ligeras. Está muy bien, es lindo, la gente se divierte y todo eso reconoce, pero lo que pasa es que ese tipo de historia no engancha al público. A sus ojos se perdió algo esencial, la capacidad de hacer esperar al espectador, de hacer que le importe, de lograr que regrese al día siguiente con preguntas en la cabeza.
Porque para él una verdadera novela no era solo entretenimiento, era expectativa. Era el espectador preguntándose, ¿cuándo van a estar juntos? ¿Por qué ese personaje es tan cruel? Sin ese vínculo emocional explica la conexión se debilita. El público se aleja, el rating cae y finalmente los anunciantes también. Así fue como la ficción se fue apagando, dice, no fue un colapso repentino, sino una desaparición lenta.
Lo que más le frustra es que la prueba sigue ahí. Las producciones extranjeras, especialmente las telenovelas turcas y brasileñas, siguen teniendo éxito, incluso compitiendo con grandes programas de entretenimiento. Él mismo las vio durante la cuarentena y reconoció algo familiar. De inmediato. Las veía y decía, “Esto es lo que nosotros hacíamos.
” La estructura no había cambiado. La fórmula seguía siendo simple, casi repetitiva, pero efectiva. Es como ese dicho, es la misma historia, pero con otro color. distintos actores, distintos escenarios, pero el mismo núcleo emocional que atrapa al público y ahí para él es donde la ficción argentina perdió el rumbo.
A menudo recuerda a autores como Alberto Migré, con quien trabajó de cerca y evoca una época en la que las palabras realmente importaban. Él le daba valor a la palabra, señala Arnaldo. Los diálogos no eran solo funcionales, eran poéticos. intencionales, capaces de llegar al público de una manera más profunda. Los personajes hablaban de una forma que permanecía en la memoria mucho después de que terminara el episodio.
La ficción servía para muchas cosas, para hablar de amor, para hablar de poesía, dice. A veces incluso se incorporaban versos que despertaban la curiosidad del espectador, llevándolo a interesarse más allá de la pantalla. No era solo televisión, era algo que conectaba emoción, cultura e imaginación. Eran otros tiempos que, lamentablemente hoy no estamos viviendo, admite.
Y aún así no cree que todo esté perdido. No del todo, porque incluso después de construir una carrera en distintos países, trabajando en Venezuela, México, Perú, siempre regresó a Argentina, no por comodidad ni por oportunidad, sino por algo mucho más simple. Quería seguir haciendo novelas en Argentina. se adaptó cuando la industria cambió, cuando las comedias semanales se volvieron populares, las aceptó, aunque al principio la industria no lo llamara para ese tipo de proyectos.
Con el tiempo encontró su lugar también en la comedia y luego en nuevos roles, incluso en algo que el público no esperaba de él. un villano. Me gustó hacerlo y sí, hice drama, comedia, fui galán, fui villano. Y ahí ocurrió algo interesante. La gente no solo lo recordaba a él, recordaba a los personajes.
A veces me llegan mensajes, “No seas tan malo con los sosas.” Y yo me pregunto, “¿De qué me están hablando?” Dice con una sonrisa. Y entonces lo recuerda, los nombres, las historias, el impacto que esos roles dejaron cerca del público. Arnaldo André nunca ha visto a su público como algo distante. Para él siempre ha sido algo personal.
Incluso hoy, después de una función de teatro, no se retira en silencio ni elige el camino más fácil. sale por la puerta principal donde la gente lo espera. Se detiene, se toma fotos con quien se lo pida, firma libros y alguien se los acerca y entrega su tiempo sin dudarlo. A menudo le dicen que podría salir por una puerta trasera, evitar a la gente, hacer todo más sencillo, pero él nunca elige eso.
Para él esos momentos importan. Es su manera de devolver algo a quienes lo han acompañado durante tantos años. Aquellos que no solo fueron a verlo, sino a sentirse cerca de él, aunque sea por un instante. Esa conexión no surgió de la noche a la mañana. Se construyó a lo largo de décadas, especialmente durante los años 80 y 90, cuando su presencia en la televisión era constante y su popularidad alcanzó su punto más alto.
Pero cuando mira hacia atrás no habla primero de ratings ni de éxito. Lo que más destaca para él es otra cosa completamente distinta. Mi relación con el público dice. Parte de ese vínculo nació de los proyectos que marcaron esa época, especialmente los que compartió con la actriz argentina Luisa Culok. Juntos crearon una química en pantalla que el público no solo disfrutaba, creía en ella.
Series como El infiel, Amor gitano, Amo y Señor y Amándote los convirtieron en una de las duplas más recordadas de aquel tiempo. Y a veces esa conexión borraba la línea entre ficción y realidad. Recuerda cómo reaccionaba la gente cuando lo veía en la vida cotidiana. veían al personaje, ni siquiera al actor. Cuenta.
Los fans se acercaban como si la historia siguiera en curso, haciéndole preguntas sobre los personajes, sobre lo que había pasado o lo que iba a pasar. Esfuerzo con placer. Durante los años más intensos de su carrera, Arnaldo André nunca sintió realmente el peso de lo exigente que era su ritmo de trabajo. Hoy, al mirar atrás, sabe que era agotador, días largos, demandantes, que iban mucho más allá de lo que la mayoría imagina, pero en ese momento para él era simplemente su vida.
Eran muchas horas de trabajo, recuerda, y esas horas no se quedaban en un solo lugar. Su carrera lo llevó a cruzar fronteras, Argentina, México, Venezuela, Puerto Rico, Perú, moviéndose constantemente, adaptándose, trabajando donde surgiera la oportunidad. Pero lo más llamativo es que nunca lo vio como un sacrificio.
La rutina, la disciplina, incluso las pequeñas restricciones, como acostarse temprano porque al día siguiente tenía grabación, nunca se sintieron como una renuncia. Era parte de mi trabajo, me gustaba hacerlo dice. Al mismo tiempo, era consciente de que la vida que llevaba era muy distinta a la de los demás. No había pausas reales, no existía una separación clara entre el trabajo y el descanso.
Era un ritmo que solo tenía sentido dentro de ese mundo. Lo que el público veía en pantalla, esos 45 minutos de un episodio terminado, era solo la superficie. Detrás había entre 8 y 10 horas de trabajo continuo. Nunca te relajabas del todo, explica. Para él la televisión era especialmente exigente de una forma que el teatro o el cine no eran.
En el teatro ensayas, preparas, construyes con tiempo. En el cine tienes espacio para estudiar tus escenas. Pero en televisión todo sucede rápido. Te lo dan en el momento y tienes que hacerlo ya. Ya, ya. Esa presión nunca desaparecía, incluso durante las grabaciones, cada detalle importaba. Había que cuidar no mancharse la ropa mientras comías entre tomas, mantener intacto el maquillaje, el peinado exactamente igual.
Durante horas permanecías completamente concentrado, atento a todo al mismo tiempo. Esas 8 o 9 horas estás enfocado en tu trabajo. No te relajas realmente agradecido. Arnaldo André no mira su vida con arrepentimiento. Incluso con las largas jornadas, la presión y todo lo que tuvo que dejar de lado en el camino, habla con gratitud.
Para él, haber sido parte de la televisión en sus años más fuertes no fue solo una carrera, fue una oportunidad que siente que tuvo la suerte de vivir. Después de décadas en la industria, hay muy pocas cosas que no haya hecho. Teatro, televisión, de Galana villano, cine, dirección y más tarde la escritura de su libro autobiográfico For what You and I K en 2018.
Aún así, cuando reflexiona, hay ciertos caminos que le habría gustado explorar más. Me hubiera gustado haber tenido la capacidad, las ganas de estudiar canto y baile. Si mañana me llaman para hacer una comedia musical. admite, no es exactamente un arrepentimiento, más bien una curiosidad silenciosa por lo que pudo haber sido.
En aquel tiempo, el teatro musical no tenía tanta presencia en Argentina y el incentivo no era suficiente, pero la idea nunca desapareció. Me hubiera gustado hacer una comedia musical, desarrollar más mi voz y poder cantar, pero no es algo de lo que me arrepienta. Hubo otro camino que alguna vez consideró uno muy distinto al escenario.
En cierto momento, al ver la realidad a su alrededor, las desigualdades, la gente luchando por salir adelante, pensó en involucrarse en la política. Incluso le ofrecieron la posibilidad de postularse como candidato a intendente, pero al final decidió no hacerlo. Por suerte no lo hice, dice hoy con perspectiva.
Sabía que cruzar hacia ese mundo significaba mezclar dos vidas muy distintas, su camino artístico y las exigencias de la política. Y para él esa era una línea que no quería difuminar. Otros lo habían hecho. Figuras como Arnold Schwarzenegger o Ronald Reagan lograron pasar del entretenimiento a la política con éxito, pero Arnaldo André decidió quedarse donde sentía que pertenecía, violencia o no en las telenovelas.
Cuando a Arnaldo André le preguntan por esas escenas intensas que compartió con Luisa Culioc, las bofetadas, las discusiones, los momentos cargados que el público aún recuerda, no intenta sobreexplicarlas. Como ella misma ha dicho en entrevistas anteriores, lo resume de forma simple. Era parte del juego. Para él esas escenas no buscaban impactar ni provocar.
Se trataba de dar vida a los personajes. En ese momento era un juego para nosotros, explica. Era divertido ver como a la gente le gustaba todo eso. Era la pasión de los personajes y esa energía no surgía de la nada. Ambos estaban completamente comprometidos con lo que hacían. Ella era muy apasionada y yo no me quedaba atrás, dice.
Lo que tenían era algo difícil de definir, pero fácil de sentir, una química que hacía que todo resultara creíble. También deja algo muy claro. Nunca hubo intención de promover la violencia. No se trataba de transmitir ese tipo de mensaje, sino de contar una historia de una forma que se sintiera real, intensa y emocionalmente atractiva para el público.
Y esa idea de la verdad sigue siendo lo que lo guía hoy. Cuando le preguntan qué tipo de historias elegiría ahora, su respuesta no gira en torno a tendencias ni formatos. Para él todo se reduce a algo mucho más esencial. Teniendo en cuenta que la intriga es muy necesaria en una historia, siempre la combinaría con la verdad, porque eso es lo que atrapa a la gente.
Cuando me siento a leer algo o a ver una película, siempre estoy convencido de que eso sucede y puede suceder en la vida real, dice. Y si una historia puede sentirse así de real para él, entonces debería poder llegar al público de la misma manera. Entonces escribiría o cuando recibo un guion busco que el contenido lleve la verdad al público.
Explica algo que haga que las personas se reconozcan a sí mismas o a alguien que conocen, un personaje, una situación, una emoción que no se sienta inventada, sino familiar. Pero incluso con esa convicción admite que hoy existe un desafío que antes no estaba. La realidad misma se ha vuelto tan intensa que la ficción lucha por alcanzarla.
En Argentina prendes la televisión por la mañana y es todo tragedia, dice. Y eso lo deja con una pregunta que no tiene una respuesta sencilla. ¿Cómo contar una historia cuando la gente siente que ya está viviendo una todos los días? Y hasta aquí el video de hoy. Gracias por acompañarnos. Si te gustó y quieres ver más contenido como este, no olvides suscribirte al canal y activar la campanita para no perderte los próximos videos.
Nos vemos en el siguiente.
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