Mi hijo lloraba cada domingo antes de visitar a su abuela, y yo creí que solo eran berrinches. Diego repetía que su madre sabía cuidar niños porque había trabajado treinta años en una farmacia de barrio. Pero cada lunes Mateo amanecía doblado por <, pálido, cansado y con miedo de volver a verla. Una noche lo encontré temblando en su cama, y entendí que mi instinto nunca me había mentido. Cuando la doctora preguntó qué le estaban dando a escondidas, todo empezó a derrumbarse frente a Diego. Y la abuela que todos defendían dejó de parecer cariñosa para verse como el verdadero peligro.
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