Zacatecas, 1841 — La luna de miel donde el amor no era humano

La niebla bajaba cada madrugada desde las montañas de Zacatecas como un sudario. Y en el invierno de 1841, cuando Celestina Durán regresó al pueblo con su nuevo esposo, esa niebla parecía más espesa, más fría, como si la tierra misma presintiera que algo antinatural había cruzado sus umbrales. El carruaje que los trajo desde la ciudad llegó al amanecer, sus ruedas crujiendo sobre el empedrado húmedo, y las pocas almas despiertas a esa hora, aguadores, panaderos, beatas camino a misa, se detuvieron a mirar no por

curiosidad ordinaria, sino porque Celestina, que había partido seis meses atrás como la hija más hermosa del hacendado don Fermín Durán, regresaba transformada. más delgada, la piel cetrina, los ojos hundidos pero brillantes, con una luz que no era alegría. Si estás disfrutando esta historia desde cualquier rincón de México o Latinoamérica, suscríbete y déjanos tu ciudad en los comentarios.

Estas leyendas nos pertenecen a todos. Junto a ella venía su esposo Rodrigo Santillán, un hombre que nadie en el pueblo conocía antes de aquel verano, cuando apareció en la hacienda los azaares pidiendo trabajo. de facciones angulosas y ojos claros que parecían atravesar a quien miraba. Rodrigo había llegado sin antecedentes, sin familia conocida, con apenas una carta de recomendación de un comerciante de la capital que nadie pudo verificar.

Don Fermín, hombre práctico, pero también orgulloso de su ojo para el talento, lo había contratado como administrador de las minas de plata que explotaba en las afueras del pueblo. En tres meses, Rodrigo demostró ser eficiente, meticuloso, capaz de sacar rendimiento donde otros veían agotamiento. En 6 meses se había casado con Celestina en una ceremonia privada en la ciudad de México, sin la presencia de la familia, sin la bendición del obispo local, sin las tres amonestaciones que la costumbre exigía.

Aquella mañana de diciembre, cuando el carruaje se detuvo frente a la casona colonial de los Durán, paredes de cantera rosa, balcones de hierro forjado, el escudo familiar tallado sobre el portón, don Fermín salió a recibirlos con expresión grave. Su esposa, doña Remedios, permaneció en el umbral retorciendo un pañuelo entre las manos.

No hubo abrazos, apenas unas palabras formales, frías como el aire de montaña. Celestina entró a la casa que había sido su hogar durante 20 años, como si fuera una extraña, caminando tres pasos detrás de Rodrigo, la mirada baja, las manos entrelazadas sobre el vientre, en un gesto que podía ser humildad o miedo. El pueblo, como todos los pueblos pequeños donde la vida transcurre entre la misa, el mercado y la tertulia nocturna en la plaza, comenzó a hablar.

Se hablaba en los lavaderos comunales, donde las mujeres golpeaban la ropa contra las piedras, mientras el agua helada les entumecía las manos. Se hablaba en la cantina de donabundio entre tragos de mezcal y humo de tabaco. Se hablaba en el atrio de la parroquia de San Francisco, después de la misa dominical, cuando las familias se congregaban a intercambiar noticias bajo la sombra de los laureles.

¿Qué había sucedido durante esos se meses en la capital? ¿Por qué Celestina, que siempre había sido vivaz, risueña, devota de la Virgen de Guadalupe y aficionada a abordar manteles para el ajuar que esperaba formar algún día con un pretendiente digno, regresaba convertida en una sombra silenciosa. Las primeras semanas, los Durán intentaron mantener las apariencias.

Don Fermín anunció que Rodrigo asumiría la administración completa de la hacienda, incluyendo las tierras de cultivo y el ganado, no solo las minas. Era una decisión insólita entregar tal poder a un yerno recién llegado, desplazando a los mayordomos que llevaban décadas al servicio de la familia.

Pero don Fermín, hombre de pocas palabras y carácter férreo, no dio explicaciones. Doña Remedios organizó una cena de bienvenida para presentar formalmente a Rodrigo ante las familias principales del pueblo. Los Mendoza, dueños de la otra gran hacienda, los Villarreal, comerciantes prósperos. El padre Anselmo Cortés, párroco que había bautizado a tres generaciones de zacatecanos, el alcalde, don Severo Aguirre, veterano de las guerras de independencia, que todavía llevaba en el hombro la marca de un sable realista. La cena transcurrió

con la rigidez de un ritual funerario. Rodrigo habló poco, respondió con monosílabos corteses, sonrió sin que la sonrisa alcanzara sus ojos. Celestina no pronunció palabra alguna durante toda la velada, sentada a su lado con las manos sobre el regazo, comiendo apenas la mirada perdida en algún punto indefinido de la pared, donde colgaba un retrato al óleo de su abuelo materno.

Cuando doña Eufemia de Mendoza, señora de caridad, reconocida y lengua afilada, intentó conversar con ella sobre los preparativos de la próxima festividad de la Candelaria. Celestina tardó tanto en responder que Rodrigo intervino porella, explicando con voz suave que su esposa se encontraba aún débil del viaje, que el cambio de clima la había afectado, que necesitaba reposo.

Lo dijo con tal solicitud, con tal aparente preocupación, que nadie pudo objetar nada. Pero varios de los presentes notaron como al hablar Rodrigo había posado su mano sobre la muñeca de Celestina y como los dedos largos y pálidos se cerraban alrededor de la carne delicada con una presión que parecía excesiva para ser un gesto de afecto.

El padre Anselmo, hombre de 60 años que conocía cada alma de su parroquia como un pastor, conoce sus ovejas. observó aquello con inquietud creciente. Había algo en Rodrigo Santillán que le producía desasosiego, una sensación difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. No era que el hombre fuera irrespetuoso o arrogante, al contrario, se mostraba diferente, educado, bien versado en las escrituras cuando conversaban.

Pero había en sus ojos una frialdad, una distancia, como si mirara el mundo desde muy lejos o desde muy adentro, desde un lugar al que la luz del sol no llegaba. Y había en su devoción hacia Celestina algo enfermizo, la forma en que la llamaba mi alma, mi vida, mi único bien en cada frase, la manera en que rechazaba cualquier sugerencia de que ella saliera sola, ni siquiera a misa, argumentando que el frío invernal podría enfermarla.

El hecho de que había dado órdenes estrictas a los sirvientes de la hacienda de informarle inmediatamente si Celestina pedía algo, necesitaba algo, o, y esto era lo más extraño, si parecía triste. En febrero, cuando las lluvias tempranas comenzaron a caer sobre Zacatecas, convirtiendo los caminos en lodazales y las tardes en sesiones de telar y rosario dentro de las casas, Celestina desapareció de la vida social del pueblo por completo.

Ya no asistía a misa, ya no visitaba a sus antiguas amigas, ya no bordaba en el corredor de la casona como solía hacerlo, cantando canciones de cuna que había aprendido de su nana tarasca. Las pocas veces que alguien la veía era por casualidad, una silueta detrás de las cortinas de encaje de su habitación, un rostro pálido asomado brevemente a la ventana antes de retirarse.

Los sirvientes, interrogados con discreción por las comadres del pueblo, contaban historias perturbadoras. Decían que Rodrigo había hecho instalarse rojos en el exterior de la puerta de la recámara matrimonial. Decían que a veces se escuchaban llantos quedos en medio de la noche, pero que cuando acudían, Rodrigo les cerraba la puerta en la cara, asegurando que su esposa solo tenía pesadillas, que él la cuidaba, que no necesitaban ayuda.

Decían que Celestina había adelgazado tanto que sus vestidos colgaban sobre su cuerpo como arapos y que cuando la mucama le preguntó si deseaba que le ajustaran la ropa, ella había mirado hacia la puerta con terror antes de negar con la cabeza. Doña Remedios intentó intervenir. Era marzo cuando finalmente reunió el coraje de enfrentarse a su yerno, entrando a la biblioteca donde Rodrigo revisaba los libros de cuentas de la hacienda con meticulosidad obsesiva, anotando cada peso gastado, cada fanega de maíz vendida, cada onza de plata extraída. Le

exigió ver a su hija. Rodrigo levantó la vista de los legajos. La observó con aquellos ojos claros que parecían no pestañear nunca y sonró. Una sonrisa cordial, razonable, que de algún modo era más aterradora que cualquier gesto de ira. le explicó que Celestina estaba descansando, que el médico de la capital, un tal doctor Verastegui, del que nadie había oído hablar, había diagnosticado una condición nerviosa que requería reposo absoluto, que cualquier agitación podría empeorar su estado.

mostró incluso una carta supuestamente firmada por dicho médico, escrita en papel con membrete elegante, recomendando aislamiento, quietud, ausencia de visitas que pudieran alterar a la paciente. Doña Remedios, mujer devota, pero también temerosa de los escándalos públicos, de las habladurías que podían manchar el honor familiar, se retiró sin haber visto a su hija.

Pero esa noche lloró en los brazos de don Fermín y su esposo, cuyo orgullo era legendario, comprendió que había entregado a su hija algo que no comprendía. El padre Anselmo decidió actuar. Una tarde de abril, cuando las jacarandas florecían, tiñiendo el pueblo de violeta, y el aire olía a tierra mojada y copal, quemado en los altares domésticos, se presentó en la hacienda a los azahares sin previo aviso.

Llevaba el santo viático, argumentando que deseaba dar la comunión a Celestina, dado que no había podido asistir a la iglesia durante la cuaresma. Rodrigo lo recibió en el saguán. bloqueándole el paso con su cuerpo alto y rígido. Le agradeció la visita, la consideración pastoral, pero explicó que Celestina se encontraba dormida, que no sería prudente despertarla, que quizás en otra ocasión.

El sacerdote insistió. Era su deber, dijo, velar por las almasde su rebaño. Y Celestina Durán había sido desde niña una de las más devotas. Rodrigo no levantó la voz, no mostró enojo, simplemente repitió con la paciencia de quien habla a un niño obstinado que su esposa no podía recibir visitas. Cuando el padre Anselmo intentó avanzar hacia el interior de la casa, Rodrigo extendió el brazo, plantó la mano en el marco de la puerta y por primera vez su máscara de cortesía se resquebrajó lo suficiente para dejar entrever algo

oscuro, algo hambriento. “Ella es mía,” dijo en voz baja, casi susurrando, “Usted no entiende lo que es amarla como yo la amo. Nadie puede. Ella me necesita a mí y solo a mí. No hay espacio para nadie más en su vida, ni siquiera para Dios, si eso significa alejarla de mi lado. El padre Anselmo regresó a la parroquia con el corazón golpeándole el pecho.

Esa noche no durmió. Rezó el rosario tres veces buscando discernimiento. Lo que había visto en los ojos de Rodrigo Santillán no era amor. Al menos no el amor que Cristo enseñaba. El amor como caridad, como entrega generosa, como voluntad del bien del otro. Lo que había visto era posesión, hambre, una necesidad tan absoluta y devoradora que no dejaba espacio para la persona amada, solo para la idea de ella, para su presencia física, como si fuera un objeto necesario para la supervivencia de quien ama. Al día siguiente convocó a

don Fermín, al alcalde don Severo y a don Rafael Mendoza a una reunión privada en la sacristía. Les habló con franqueza. Celestina Durán estaba en peligro. No podía probarlo ante un tribunal. No tenía evidencia que sostuviera una acusación formal. Pero como pastor de almas, como hombre que había presenciado suficiente maldad humana disfrazada de virtud, sabía reconocer cuando el demonio se vestía con ropajes de devoción.

Los hombres escucharon en silencio. Don Fermín, cuyo orgullo había sido herido al entregar a su hija y ver cómo su autoridad en su propia casa era usurpada, confesó sus propios temores. Don Severo habló de rumores que circulaban entre los peones de la hacienda, que Rodrigo había despedido a todos los trabajadores antiguos y los había reemplazado con hombres traídos de fuera, hombres sin raíces en el pueblo, sin lealtades previas.

Don Rafael mencionó que en las minas Rodrigo había instituido castigos brutales por infracciones menores. Un minero que llegó tarde recibió 10 latigazos. Otro que fue sorprendido conversando durante el trabajo fue encerrado tres días en un cuarto sin ventanas. Pero cuando las víctimas intentaron quejarse ante las autoridades, Rodrigo presentó contratos firmados, documentos legales impecables, argumentos de que esos hombres habían violado términos previamente acordados.

Todo técnicamente legal, todo moralmente atroz. Decidieron que necesitaban un testigo directo, alguien que pudiera entrar a la casa, ver a Celestina, confirmar su estado. Doña Remedio se ofreció, pero el padre Anselmo negó con la cabeza. Rodrigo ya había demostrado que podía rechazarla. Necesitaban una estratagema.

Fue entonces cuando recordaron a Soledad, la nana de Celestina, una mujer zapoteca que había criado a la niña desde su nacimiento y que ahora vivía en una choa en las afueras del pueblo, dedicada a curar con hierbas y rezos, a quienes los médicos no podían ayudar. Soledad amaba a Celestina como a una hija.

Si alguien podía encontrar la manera de entrar, sería ella. La anciana escuchó su petición con los ojos empañados. Ella también había intentado ver a Celestina dos veces desde su regreso y en ambas ocasiones Rodrigo la había despachado con excusas educadas pero firmes. Pero Soledad conocía todos los secretos de la casona de los Durán. Había pasajes, puertas de servicio, ventanas que se abrían desde afuera si sabías dónde presionar.

Una noche de mayo, cuando la luna menguante apenas iluminaba y los perros de la hacienda dormían después de haber sido alimentados con carne condimentada con valeriana, Soledad entró por la ventana de la cocina. Atravesó los corredores oscuros como un fantasma. subió las escaleras cuyas maderas conocía lo suficiente para evitar las que crujían y llegó a la puerta de la recámara de Celestina.

Estaba cerrada, pero no con el cerrojo nuevo del que hablaban los sirvientes. Rodrigo debía estar ausente, quizás revisando las minas nocturnas como acostumbraba. Soledad empujó la puerta. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por la brasa moribunda de una vela. El aire olía a encierro, a enfermedad, a algo dulzón y podrido que no supo identificar.

En la cama una figura yacía inmóvil. “Niña”, susurró soledad. “Niña mía, soy yo.” La figura se movió. Celestina se incorporó lentamente y cuando la luz de la vela iluminó su rostro, Soledad tuvo que contener un grito. La muchacha hermosa que había partido seis meses atrás ya no existía. En su lugar había una criatura demacrada con el cabello enmarañado cayendo sobrehombros huesudos, la piel cetrina pegada al cráneo, los ojos hundidos pero enormes, brillantes con fiebre o locura.

Sus labios estaban agrietados, sus manos temblaban. Alrededor de sus muñecas, Soledad distinguió marcas circulares, hematomas viejos que sugerían ataduras. “Nana”, murmuró Celestina, y su voz era apenas un hilo. “No debiste venir, él se va a enojar.” Soledad se arrodilló junto a la cama.

Tomó las manos frías de la muchacha entre las suyas. “¿Qué te ha hecho, hija? ¿Qué te está haciendo? Celestina comenzó a llorar sin sonido, las lágrimas resbalando por sus mejillas hundidas. Me ama, dijo, “me ama tanto que no puedo respirar. Me ama tanto que ya no sé dónde termino yo y dónde empieza él. dice que sin mí se moriría, que su alma está atada a la mía, que si intento dejarlo, él me seguirá hasta el infierno.

Dice que nunca nadie me ha amado como él, que nunca nadie podrá amarme como él, que el amor verdadero es así, que duele, que consume, que no deja nada más. Y yo le creo, Nana. Debe ser verdad, porque no conozco otro amor que este. Así no se siente el amor. Soledad sintió que algo se partía dentro de su pecho.

No, niña, eso no es amor, eso es Pero no terminó la frase porque escuchó pasos en el corredor, pesados, medidos. Rodrigo regresaba. Celestina se puso rígida, el terror transformando su rostro. Vete, imploró. Por favor, vete si te encuentra aquí, si descubre que hablaste conmigo. Soledad quiso quedarse. Quiso arrancar a la muchacha de aquella cama, de aquella casa, de aquel infierno disfrazado de matrimonio.

Pero los pasos se acercaban y su instinto de supervivencia venció. se escurrió hacia la ventana, bajó por el enrejado de bugambilia que trepaba por la pared y desapareció en la noche. Detrás de ella escuchó la puerta de la recámara abrirse. Escuchó la voz de Rodrigo suave, como terciopelo, preguntar, “¿Estabas despierta, amor mío? ¿Te sentías sola sin mí? Ya sabes que no me gusta dejarte sola.

Sufro cada minuto que estamos separados. Al día siguiente, Soledad contó todo al padre Anselmo y a don Fermín. El padre decidió que era hora de actuar con autoridad eclesiástica. Escribió una carta al obispo de Guadalajara relatando sus sospechas, pidiendo intervención. Don Fermín, por su parte, consultó con un abogado de la capital sobre las posibilidades legales de anular el matrimonio o al menos obtener una orden para examinar el estado de Celestina.

Pero ambas acciones tomaban tiempo y el tiempo era lo que Celestina no tenía. La muchacha se estaba apagando, consumiéndose como una vela dejada arder sin interrupción. El pueblo entero vibraba con tensión. Las mujeres rezaban el rosario en grupos pidiendo por la salvación de Celestina. Los hombres hablaban en voz baja de justicia, de hacer algo.

Pero, ¿qué? Rodrigo no había cometido ningún crimen reconocido por la ley. No había golpeado visiblemente a su esposa, no le había robado, no la había repudiado. Al contrario, profesaba amarla con una devoción que muchos en su ignorancia consideraban admirable. Ese hombre adora a su mujer, decían algunos. No la deja ni a sol ni a sombra.

Eso sí es matrimonio cristiano, no como estos jóvenes modernos que dejan a sus esposas solas. Pero otros, los que tenían ojos para ver, sabían que aquello no era amor. Era hambre disfrazada de ternura, era cadenas pintadas de oro. Junio llegó con calor seco y cielos despejados. Las fiestas patronales de San Juan Bautista se acercaban y con ellas la feria anual que atraía a comerciantes, músicos y peregrinos de toda la región.

Era la época más alegre del año en Zacatecas. Procesiones, fuegos artificiales, bailes en la plaza, corridas de toros en la improvisada arena de madera. Don Fermín, en un acto de desesperación anunció que ofrecería un baile en su hacienda para celebrar las fiestas y que esperaba la presencia de su hija y su yerno.

No era una invitación, era un desafío. Rodrigo no podía rechazarlo sin causar escándalo. Si quería mantener la fachada de normalidad de ser el esposo devoto que profesaba ser, tendría que llevar a Celestina. La noche del baile, todo el pueblo estaba presente, las familias principales en el salón ataviadas con sus mejores galas, los peones y sirvientes en el patio, donde también había música y ponche.

Las velas iluminaban los corredores como constelaciones. Una banda de mariachis tocaba sones y jarabes. el aire olía a aares, a cera de abeja, a ponche de frutas especiado. Fue entonces cuando Rodrigo entró con Celestina del brazo. Un silencio ondulante recorrió el salón. Celestina llevaba un vestido de seda azul que había sido de su madre, alterado a toda prisa para disimular cuánto había adelgazado.

Habían intentado arreglar su cabello, aplicar colorete en sus mejillas, pero nada podía ocultar los estragos en su cuerpo y su espíritu. Caminaba como sonámbula, sosteniéndose del brazo de Rodrigo, no con afecto,sino con necesidad, como si sin él sus piernas se dieran. Rodrigo, en cambio, lucía impecable.

Traje oscuro, corbata de seda, el cabello peinado hacia atrás, revelando esa frente alta y esos ojos que no reflejaban luz. Sonreía, la paseaba por el salón como quien exhibe una posesión preciada. Mi esposa decía a cada persona que se acercaba, “Mi amada esposa, ¿no es hermosa, es todo para mí. Mi vida, mi alma no podría existir sin ella.

El padre Anselmo observaba desde un rincón el corazón doliéndole. Doña Remedios intentó acercarse a su hija, pero Rodrigo interpuso su cuerpo con sutileza, manteniendo a Celestina siempre a su lado, siempre bajo su mano. Cuando don Rafael Mendoza invitó a Celestina a bailar un gesto de cortesía social ordinaria, Rodrigo rehusó por ella.

Mi esposa está débil, no puede bailar con nadie más que conmigo. Y entonces, con toda naturalidad, la llevó al centro del salón y bailó con ella. Un bals lento, melancólico. Celestina se movía mecánicamente en sus brazos, la cabeza reclinada contra su hombro, los ojos cerrados. A los presentes les pareció una escena de devoción romántica, pero aquellos que miraron con atención vieron los dedos de Rodrigo clavados en la espalda de Celestina, sosteniéndola no con ternura, sino con el agarre con que se sostiene a un prisionero.

Fue Soledad quien rompió la ilusión. La anciana había entrado al salón por la puerta de servicio, empujada por el padre Anselmo, quien sabía que necesitaban un testigo con coraje. Soledad, atravesó la multitud, ignorando las miradas escandalizadas, una india zapoteca interrumpiendo un baile de la alta sociedad y se plantó frente a Rodrigo.

“Suéltala”, dijo en voz alta y clara. “suelta a mi niña ahora.” La música se detuvo. Rodrigo dejó de bailar, pero no soltó a Celestina. La miró y en su mirada había sorpresa, casi diversión. Señora, no sé de qué habla. Estoy bailando con mi esposa. Soledad alzó la voz. Tú no la amas. La estás matando. Llámalo como quieras. Pero eso no es amor.

El amor no encierra, el amor no consume, el amor no destruye. El salón estalló en murmullos. Don Fermín se adelantó. El alcalde don Severo también. El padre Anselmo alzó la mano pidiendo silencio. Rodrigo finalmente soltó a Celestina, pero solo para colocarse delante de ella, protegiéndola o usándola como escudo. Esta mujer no sabe lo que dice.

Habló con voz tranquila, pero proyectada, asegurándose de que todos oyeran. Yo amo a mi esposa más que a mi vida. Cada decisión que he tomado es por su bien. La he cuidado, la he protegido, la he salvado de un mundo cruel que no la merece. Si la he mantenido en casa, es porque el mundo es peligroso. Si he rechazado visitas es porque necesita paz. Todo lo hago por amor.

¿Acaso no es eso lo que Dios manda? Amar a tu esposa como Cristo amó a la Iglesia. El padre Anselmo dio un paso al frente. Su voz cuando habló tenía la autoridad de décadas en el púlpito. Cristo dio su vida por la iglesia. No la encadenó, no la encerró, no le quitó su voluntad. El amor verdadero, señor Santillán, es libre.

Lo que usted profesa no es amor, es idolatría. Ha convertido a esta muchacha en un ídolo para su propia necesidad. Y eso es pecado. Un murmullo de asentimiento recorrió el salón. Rodrigo palideció, pero no de vergüenza, de furia. Por primera vez la máscara cayó completamente. “Ustedes no entienden”, dijo entre dientes.

Ustedes con sus matrimonios tibios, sus afectos mediocres, sus vidas pequeñas. Lo que siento por Celestina es absoluto, es total, es lo único realiste. Sin ella yo soy nada y ella sin mí también es nada. Nos pertenecemos. Es un amor que trasciende vuestras comprensiones mezquinas. Fue entonces cuando Celestina habló. Su voz era débil, pero en el silencio del salón todos la oyeron.

No es cierto. Rodrigo se volvió hacia ella conmocionado. ¿Qué? Celestina levantó la vista y por primera vez en meses había algo de vida en sus ojos, algo de resistencia. Dices que me amas, pero yo no sé qué es lo que amas. No a mí, a algo que crees que soy, a algo que necesitas que sea. Me miras y no me ves.

Me hablas y no me oyes. Me tocas y solo sientes tu propia necesidad. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Al principio, cuando nos conocimos, creí que tu intensidad era pasión. Luego pensé que era devoción, pero ahora sé que es hambre. Un hambre que nunca se sacia, que nunca termina, que me está devorando pedazo a pedazo.

Dices que morirías sin mí, pero yo estoy muriendo contigo. Rodrigo extendió la mano hacia ella, el rostro descompuesto. No digas eso. Tú me amas. Sé que me amas. Eres mía, siempre serás mía. Celestina retrocedió. Fue solo un paso, pero en ese gesto estaba contenida toda una rebelión. No soy tuya, no soy de nadie, soy de Dios y de mí misma.

Don Fermín y don Severo se movieron entonces colocándose entre Rodrigo y Celestina. El padre Anselmo tomó a la muchacha delbrazo alejándola. Rodrigo intentó seguirla, pero los hombres lo detuvieron. Se acabó, dijo don Fermín con voz rota. No volverás a acercarte a mi hija. Lo que siguió fue caos.

Rodrigo gritó, luchó, apeló a los contratos matrimoniales, a los derechos del esposo, a las leyes de Dios y de los hombres. Pero el pueblo había visto suficiente. La máscara había caído y lo que quedaba expuesto era algo monstruoso. No un demonio literal, sino algo quizás peor. Un ser humano que había confundido su necesidad con amor, su hambre con devoción, su posesión con cuidado.

Los hombres lo sacaron del salón. Las mujeres rodearon a Celestina envolviéndola en rebozo y oraciones. El médico del pueblo, don Ignacio Torres, la examinó esa misma noche y confirmó lo que todos sospechaban. Desnutrición severa, hematomas en diversas etapas de curación, signos de privación de sueño y extrema angustia emocional.

El alcalde, con la autoridad que le confería su cargo, decretó la separación inmediata del matrimonio y abrió una investigación sobre las condiciones en las minas de Rodrigo. Rodrigo desapareció aquella noche. Algunos dijeron que huyó hacia el norte, hacia los territorios salvajes. Otros susurraban que se había arrojado por un barranco en las montañas, incapaz de soportar la existencia sin aquello que consideraba su razón de vivir.

Nunca se encontró su cuerpo. Pero semanas después, un arriero reportó haber visto un hombre que coincidía con su descripción vagando por los caminos, hablando solo, repitiendo un nombre una y otra vez. Celestina. Celestina. Celestina. Celestina sobrevivió, si es que aquello podía llamarse sobrevivir. Recuperó peso.

Su salud física se restableció, pero algo en ella había sido quebrado de manera irreparable. Nunca volvió a hablar de aquellos meses, nunca se casó de nuevo. Vivió el resto de sus días en la hacienda de su padre, dedicada a obras de caridad, bordando manteles para las iglesias pobres. Rezando el rosario al amanecer, las mujeres jóvenes del pueblo acudían a ella cuando sufrían en sus matrimonios, cuando sus esposos las celaban excesivamente, cuando confundían control amor.

Celestina les hablaba con voz tranquila, les enseñaba a distinguir entre devoción y posesión, les recordaba que el amor verdadero no encadena. Los años pasaron. Zacatecas continuó su vida entre sequías y lluvias, fiestas y duelos, nacimientos y muertes. La historia de Celestina y Rodrigo se convirtió en leyenda, contada en voz baja para advertir a las muchachas sobre los peligros de confundir intensidad con amor.

La casona de los Durán permaneció en pie hasta que don Fermín murió y luego Celestina se mudó a una casa más pequeña en el pueblo. Pero en la recámara que había sido su prisión, en un cajón de la cómoda de madera tallada, guardó algo que nunca mostró a nadie. Una carta. La única carta que Rodrigo le había escrito durante su noviazgo antes de que se casaran, cuando todavía la cortejaba.

una carta que comenzaba, “Eres todo para mí. Sin ti no soy nada. Mi alma solo existe porque tú existes. Te necesito más que el aire.” Cuando Celestina murió, a los 60 años, en la paz de su sueño, encontraron la carta. Las mujeres que prepararon su cuerpo para el entierro la leyeron y comprendieron. Aquellas palabras que una vez parecieron románticas, apasionadas, hermosas, ahora revelaban su verdadera naturaleza.

No eran una promesa de amor, sino una amenaza. No eran una entrega, sino una demanda. Quemaron la carta como Celestina probablemente habría deseado, y sus cenizas se mezclaron con el incienso que perfumaba la habitación mortuoria. Todavía hoy en Zacatecas, cuando alguien profesa amar con una intensidad que ahoga, que exige, que no permite espacio para que el ser amado respire, los ancianos recuerdan, cuidado, dicen, eso no es amor.

Es lo que sentía el hombre de la luna de miel, donde el amor no era humano.