
Un taxista anciano reconoció a Pedro Infante en su taxi, lo que pasó cambió su vida para siempre
Era 14 de marzo de 1956, una noche lluviosa en la Ciudad de México. Pedro Infante acababa de salir de una grabación que se había extendido más de lo planeado en los estudios de la XEW. Eran casi las 11 de la noche y su chóer regular, don Esteban, había tenido que irse temprano por un problema familiar.
Pedro le había insistido que se fuera, que él podía arreglársela solo. Después de todo, había tomado taxis toda su vida antes de ser famoso. Podía hacerlo una noche más. Levantó la mano cuando vio un taxi verde con blanco acercándose por paseo de la Reforma. El auto, un Ford Sedán del 48 con el cofre abollado y la pintura desgastada por años de servicio se detuvo junto a la acera.
Pedro abrió la puerta trasera y se metió rápidamente, escapando de la lluvia que comenzaba a arreciar. Buenas noches a la colonia del Valle, por favor. Le daré la dirección exacta cuando lleguemos más cerca, dijo Pedro sacudiéndose las gotas de agua del saco. Sí, señor, respondió el conductor sin voltear. Su voz era ronca, gastada, como si hubiera fumado 1000 cajetillas o gritado durante décadas.
El taxi arrancó con un traqueteo del motor que delataba sus años de uso. Pedro se recostó en el asiento, preparándose para el trayecto de media hora a través de la ciudad mojada. La lluvia golpeaba el parabrisas creando un ritmo hipnótico. Estaba cansado, las grabaciones lo agotaban, pero más que eso, últimamente sentía un cansancio diferente, como si el tiempo se le estuviera acabando, como si hubiera cosas importantes que aún no había hecho.
Fue entonces cuando vio al conductor mirarlo por el espejo retrovisor. El hombre tenía que tener al menos 70 años. Su rostro era un mapa de arrugas profundas. Surcos tallados por décadas de sol, viento y preocupaciones. Su cabello era completamente blanco, asomándose bajo una gorra de taxista tan vieja que el logo era apenas visible.
Sus manos en el volante eran nudosas, con venas prominentes y manchas de la edad, pero temblaban ligeramente, no del miedo, sino de puro agotamiento físico. Pero sus ojos, sus ojos en el espejo eran todavía brillantes, inteligentes, y en este momento estaban muy abiertos con una mezcla de asombro e incredulidad.
Usted, usted es Pedro Infante”, dijo el conductor. No era una pregunta, era un susurro de alguien que acababa de ver algo imposible. Pedro sonrió con esa sonrisa que había enamorado a medio México. “Sí, señor, soy Pedro. ¿Cómo está usted esta noche?” El conductor parpadeó varias veces, como si necesitara confirmar que esto era real.
Yo yo estoy bien, señor infante. Es solo que nunca pensé. Quiero decir, llevo 35 años manejando este taxi y nunca, Dios mío, espere hasta que le cuente a mi Lupita. Lupita es su esposa? Sí, señor. 52 años casados este mayo. Ella es su admiradora número uno. Tiene todos sus discos, ve todas sus películas.
cuando le diga que lo tuve en mi taxi. El hombre negó con la cabeza maravillado. Pedro se inclinó hacia adelante, genuinamente interesado. ¿Cómo se llama usted, señor? Ramiro. Ramiro TZ. Para servirle. Mucho gusto, don Ramiro. 35 años manejando taxi es mucho tiempo. 35 años este abril, confirmó Ramiro con un dejo de orgullo que luchaba contra algo más oscuro en su voz.
Empecé cuando tenía 36. Antes trabajaba en una fábrica de textiles, pero cerraron en el 21. Tenía cuatro hijos pequeños que alimentar y otro en camino. Vendí todo lo que teníamos de valor, hasta el reloj de bolsillo de mi padre para comprar este taxi. Y aquí sigo. Pedro observó las manos de Ramiro en el volante. Temblaban constantemente, no mucho, pero lo suficiente para notarse. 35 años.
Debe haber visto muchos cambios en la ciudad. Oh, señor infante, esta ciudad ha crecido como espuma en cerveza. Cuando empecé, podías manejar de Tacuba a Sochimilco en 20 minutos. Ahora con todo el tráfico, con todos los autos nuevos. Ramiro negó con la cabeza. Pero no me quejo. Este taxi alimentó a mis cinco hijos.
Los puse a todos en la escuela. Dos hasta llegaron a la preparatoria. Todo gracias a este viejo Ford. Había orgullo en su voz, pero Pedro también escuchó algo más, una fatiga que iba más allá del cansancio de un día largo. Era la fatiga de décadas de un cuerpo que había trabajado más allá de sus límites durante demasiado tiempo.
Todavía trabaja tiempo completo, don Ramiro. 14 horas al día, señor. 7 días a la semana. Antes trabajaba solo 12 horas, 6 días, pero ahora necesito más. Su voz se volvió más baja. Lupita está enferma. Tiene algo en el corazón. Los doctores dicen que necesita medicinas caras, reposo. Pero el reposo no paga las cuentas, ¿verdad? Y las medicinas.
Dios santo, las medicinas cuestan más que lo que ganaba en una semana completa cuando empecé. Pedro sintió que algo se apretaba en su pecho. A su edad, don Ramiro, usted debe tener 71. Cumplo 72 en junio. Lo dijo con una risa sin humor. Si llego a junio, ¿qué quieredecir con eso? Ramiro se encogió de hombros, sus ojos fijos en el camino mojado mientras navegaba por las calles desiertas.
Ando cansado, señor infante, muy cansado. El doctor me dijo que tengo presión alta, que mi corazón no está bien, que debo descansar. Descansar. Le dije, doctor, si descanso, mi esposa y yo no comemos. Es así de simple. El taxi se detuvo en un semáforo en rojo. En el silencio, Pedro podía escuchar la respiración pesada de Ramiro, un silvido leve en cada exhalación que sugería pulmones. luchando por aire.
La lluvia había amainado un poco, pero seguía cayendo en una cortina gris sobre la ciudad dormida. ¿Y sus hijos? Preguntó Pedro suavemente. Mencionó que tiene cinco. Por primera vez, la voz de Ramiro se quebró ligeramente. Mis hijos, ellos tienen sus propias familias, sus propias luchas.
Roberto, el mayor, trabaja en una fábrica de zapatos. Tiene seis hijos. Antonio está en Monterrey buscando trabajo. Las gemelas, Rosa y María, se casaron con hombres buenos pero pobres. Y el más chico, Pedrito. Ramiro sonrió por primera vez. Le pusimos así por usted, señor infante. Lupita insistió. Pedrito trabaja en una gasolinera. Todos trabajan duro, todos hacen lo que pueden.
A veces me mandan algo de dinero, pero yo no les puedo pedir más. Ellos apenas pueden con lo suyo. Les ofrecí que Lupita y yo nos mudáramos con uno de ellos para ahorrar la renta. Pero si te está gustando esta historia, no olvides suscribirte al canal, dale like y comenta tu opinión. Pero no quiero ser una carga”, continuó Ramiro.
“Toda mi vida he sido independiente. He cuidado de mi familia, he provisto. No puedo llegar ahora a los 71 años a pedirles que me mantengan. No está bien. Un hombre debe cuidar de los suyos hasta el final.” El semáforo cambió a verde. Ramiro condujo en silencio durante varios minutos, navegando por las calles mojadas con la habilidad de alguien que había manejado estas mismas rutas durante décadas.
Pedro observaba su perfil en la penumbra del taxi, viendo como el hombre apretaba la mandíbula contra el dolor que evidentemente sentía. “Don Ramiro,” dijo Pedro lentamente. ¿puedo preguntarle algo personal? Por supuesto, señor infante. Es un honor que siquiera me hable. Si no tuviera que preocuparse por el dinero, si de alguna manera tuviera suficiente para vivir cómodamente usted y doña Lupita, ¿qué haría? ¿Cómo pasaría sus días? Ramiro soltó una risa corta, casi amarga.
Esa es una pregunta extraña para un hombre como yo, señor. He trabajado todos los días desde que tenía 11 años. Mi padre murió cuando yo era niño. Tuve que dejar la escuela para ayudar a mi madre. No sé qué haría si no trabajara, pero si pudiera hacer cualquier cosa. El taxi pasó junto al monumento a la revolución, su silueta oscura recortada contra el cielo nublado.
Ramiro guardó silencio durante un largo momento, considerando la pregunta como si fuera un lujo que nunca se había permitido antes. Supongo dijo finalmente su voz apenas audible sobre el sonido de la lluvia y el motor. Que me gustaría pasar tiempo con Lupita. Tiempo real. No solo las 2 horas antes de dormir, cuando ambos estamos tan cansados que apenas podemos hablar.
Nos casamos cuando yo tenía 19 y ella 17. Eso fue hace 52 años, señor infante. 52 años. Y siento que apenas la he visto. Su voz se volvió más suave, casi soñadora, como si estuviera viendo algo muy lejano. Me gustaría cocinar para ella. Lupita cocinó para mí durante medio siglo. Cada mañana sin falta me preparaba algo antes de que saliera a manejar.
Pero ahora está demasiado cansada, demasiado enferma. Sería bonito poder cocinarle, cuidarla, solo estar con ella, sentarnos en el parque como hacíamos cuando éramos jóvenes. Ella siempre quiso ir al bosque de Chapultepec, subir al castillo, pero nunca tuvimos tiempo ni dinero. Me gustaría llevarla a misa los domingos sin preocuparme de perder el día de trabajo más rentable.
Me gustaría comprarle flores no solo el día de su cumpleaños con el dinero que me sobra, sino cuando yo quisiera, porque sí. Me gustaría sentarme con ella y no pensar en cuántas carreras necesito hacer mañana para pagar el aceite del motor o la renta o las medicinas. Ramiro se limpió los ojos con el dorso de la mano. Y me gustaría ver a mis nietos.
Tengo 17, señor infante. 17. y no los conozco. Sé sus nombres porque Lupita me los repite, pero sus caras cuando los veo en Navidad o en algún cumpleaños apenas los reconozco porque han crecido tanto desde la última vez. El más chico, Carlitos, tiene 5 años. Es hijo de mi Pedrito. Me llamó señor la última vez que lo vi porque no sabía quién era yo.
Su propio abuelo. La voz de Ramiro se quebró completamente. Me gustaría conocerlos antes de morirme. Me gustaría que supieran que su abuelo existió, que no fui solo un hombre que desapareció en un taxi todas las mañanas y regresaba cansado todas las noches. Pedro sintiólágrimas ardiendo en sus propios ojos. Este hombre, este hombre que había trabajado durante 60 años, que había criado cinco hijos contra todas las probabilidades, que a los 71 años todavía trabajaba 14 horas al día, no estaba pidiendo mansiones o lujos, solo
estaba pidiendo tiempo. Tiempo con su esposa, tiempo con sus nietos, tiempo para vivir antes de morir. Don Ramiro, dijo Pedro, su voz firme a pesar de la emoción que sentía. Le importaría detenerse en algún lugar. No tengo prisa por llegar a casa. Me gustaría hablar con usted un poco más. Ramiro miró a Pedro en el espejo retrovisor, confundido.
Detenernos, señor, pero la tarifa va a subir. No me importa la tarifa. Hay un café por aquí cerca, ¿verdad? El café imperial en la esquina de Insurgentes. Todavía está abierto a esta hora. Sí, señor. Don Joaquín siempre está abierto hasta las 2 de la mañana. Muchos taxistas paramos ahí. Perfecto. Vamos allá. El café imperial era exactamente el tipo de lugar que Pedro imaginaba, un establecimiento de esquina que había estado ahí durante décadas con paredes manchadas de humo de cigarrillo y mesas de fórmica ralladas por años de uso. A esta hora solo había
tres personas más, dos taxistas tomando café en una mesa del fondo y un señor mayor leyendo el periódico del día. Don Joaquín, el dueño, un hombre corpulento con un bigote impresionante, casi se cae de la sorpresa cuando vio a Pedro Infante entrar. Señor Infante, Dios santo, ¿qué lo trae por aquí? Vine a tomar un café con mi amigo Ramiro, dijo Pedro, poniendo una mano en el hombro del taxista.
Dos cafés, por favor, don Joaquín, y lo mejor que tenga para comer. Pan dulce, tamales, lo que sea. Enseguida, enseguida se sentaron en una mesa junto a la ventana donde podían ver la lluvia cayendo sobre la ciudad dormida. Ramiro estaba claramente nervioso, sus manos temblando más que antes mientras se quitaba la gorra y la sostenía contra su pecho.
Señor infante, yo no entiendo por qué hace esto. Soy solo un taxista viejo. Ustedes, usted es Pedro Infante. Precisamente por eso, don Ramiro. Pedro se inclinó hacia adelante, mirando directamente a los ojos cansados del anciano. Déjeme contarle algo que muy pocas personas saben, algo que quizás explique por qué estamos aquí.
Don Joaquín trajo los cafés y una canasta de pan dulce junto con dos platos de tamales humeantes. Luego contacto, se retiró a una distancia prudente, aunque Pedro notó que escuchaba cada palabra. Cuando yo tenía 20 años, comenzó Pedro, trabajaba como carpintero en Guamuchil. Mi padre había muerto y yo era el mayor de 15 hermanos.
15 hermanos, continuó Pedro y mi madre viuda, sin nada más que el rancho pequeño donde vivíamos. Yo trabajaba de sol a sol en la carpintería, ganando centavos, tratando de mantener a todos con vida. Conocí a un hombre, un señor de la ciudad que venía de vacaciones. Me vio trabajando un día, trabajando en una mesa que estaba haciendo y me preguntó lo mismo que yo le pregunté a usted.
Si no tuvieras que preocuparte por el dinero, ¿qué harías? Le dije que cantaría, que mi sueño era cantar. Pedro tomó un sorbo de café, la memoria tan vívida como si hubiera sido ayer. Ese hombre me cambió la vida, don Ramiro. Me prestó dinero para ir a la Ciudad de México para intentar mi sueño. Me dijo algo que nunca he olvidado.
Cuando tengas éxito y lo tendrás, recuerda hacer esto por alguien más. No me pagues a mí, págale a otro. Así es como cambiamos el mundo. ¿Y le pagó a ese hombre? Preguntó Ramiro en voz baja. Intenté hacerlo. Cuando finalmente tuve dinero, regresé a buscarlo. Había muerto 2 años antes. Nunca pude agradecerle, nunca pude pagarle.
Pedro sintió el familiar peso de esa deuda impagada, pero entendí lo que quiso decir. Desde entonces he estado buscando formas de pagar esa deuda. No a él. sino a otros, a personas como usted, don Ramiro. Pero, señor infante, yo no soy especial, soy solo. Solo que interrumpió Pedro con fiereza.
Solo un hombre que trabajó 60 años para cuidar a su familia. Solo un padre que puso a cinco hijos en la escuela con el sudor de su frente. Solo un esposo que todavía ama a su esposa después de 52 años. Don Ramiro, usted es exactamente el tipo de persona que ese hombre me dijo que buscara. Ramiro negó con la cabeza, lágrimas corriendo libremente por sus mejillas arrugadas.
No puedo aceptar caridad. He sido un hombre orgulloso toda mi vida y precisamente por eso lo respeto”, dijo Pedro. “Por eso no le estoy ofreciendo caridad, le estoy ofreciendo justicia, le estoy ofreciendo lo que debería haber estado ahí. todo el tiempo. Una pensión, seguridad, el derecho a descansar después de 60 años de trabajo, el derecho a conocer a sus nietos, el derecho a cuidar de Lupita en sus años finales.
Pero, ¿cómo? ¿Qué quiere decir? Pedro había estado pensando en esto durante todo el camino al café. Quiero comprarle su taxi. Le pagaré más de loque vale, suficiente para que usted y doña Lupita tengan un ingreso seguro. También quiero establecer un fondo que les pague mensualmente. Suficiente para renta, comida, medicinas, suficiente para vivir con dignidad.
No puedo. Es demasiado. Escúcheme, dijo Pedro firmemente. Usted trabajó 60 años. Se ganó. Esto no es caridad, es lo que merece, lo que siempre debió haber tenido. Ramiro cerró sus ojos, las lágrimas todavía fluyendo. Mi Lupita, susurró, está tan cansada, tan enferma, y yo no puedo cuidarla porque siempre estoy manejando.
Si pudiera estar en casa, entonces esté en casa. Pase cada día que le quede con ella. Eso es lo que debería estar haciendo. Ramiro abrió los ojos y miró directamente a Pedro. En esos ojos cansados, Pedro vio décadas de dolor, de sacrificio, de sueños pospuestos. Pero también vio algo más, una chispa de esperanza que probablemente había estado apagada durante años.
“Si acepto esto,” dijo Ramiro lentamente, “y no estoy diciendo que lo haga todavía, pero si lo hiciera, tiene que ser con una condición. ¿Cuál? Déjeme pagar algo hacia adelante. De alguna manera no puedo simplemente tomar y no dar nada a cambio. No es como fui criado. Pedro sonrió. Era exactamente la respuesta que esperaba. Don Ramiro, conozco a otros taxistas que están en su situación, ancianos que no pueden dejar de trabajar.
¿Qué le parecería si creamos algo juntos? Un programa donde usted ayuda a otros conductores, no con dinero necesariamente, sino con su experiencia, su sabiduría. Los ojos de Ramiro se iluminaron como maestro. Exactamente. Usted tiene 35 años de experiencia en estas calles. Eso vale oro. Podría enseñar a conductores jóvenes, ayudarlos a evitar los errores que usted cometió, compartir lo que aprendió dos veces por semana.
digamos suficiente para sentirse útil, pero no tanto que lo agote. Y podría ayudar a otros viejitos como yo, agregó Ramiro, su voz animándose por primera vez. Podría hablar con ellos, aconsejarlos, tal vez ayudarlos a encontrar recursos. Exactamente. Podemos llamarlo el círculo de conductores, donde los viejos ayudan a los jóvenes y entre todos se cuidan.
Ramiro se quedó en silencio durante un largo momento mirando su café. Luego lentamente extendió su mano temblorosa sobre la mesa. Acepto, señor infante, pero solo porque sé que lo voy a usar bien. Lo voy a usar para cuidar a mi Lupita, para conocer a mis nietos, para vivir los años que me quedan como debía haber vivido siempre.
Pedro tomó la mano del anciano entre las suyas. Era una mano áspera, callosa, marcada por décadas de trabajo duro. Era la mano de un hombre que había dado todo y nunca había pedido nada a cambio. “Gracias”, susurró Ramiro. “Gracias por verme, por escucharme, por tratarme como si importara”. “Usted importa, don Ramiro, nunca lo olvide.
” Pasaron las siguientes tres horas en ese café. Pedro aprendió todo sobre la vida de Ramiro, como había crecido en la pobreza extrema en un pueblo de Michoacán, como había llegado a la Ciudad de México con solo los pantalones que llevaba puestos, como había conocido a Lupita cuando ella trabajaba limpiando casas y él vendía periódicos en las esquinas.
Aprendió sobre los cinco hijos: Roberto, el serio y responsable, Antonio, el soñador, las gemelas Rosa y María, tan parecidas que ni su propia madre podía distinguirlas de bebés. y Pedrito, el consentido, el bebé de la familia que había llegado cuando Lupita ya tenía 40 años. Aprendió sobre los 17 nietos, sus nombres, sus personalidades según las historias que Lupita le contaba a Ramiro.
Aprendió sobre los sueños que Ramiro había tenido toda su vida. Aprender a leer mejor, escribir sus memorias, viajar a su pueblo natal. Una última vez, cuando finalmente salieron del café, ya pasaba de las 3 de la mañana. La lluvia había parado, dejando las calles mojadas y brillantes bajo las luces de la ciudad.
Don Joaquín se había negado a cobrarles, emocionado simplemente por haber tenido a Pedro Infante en su establecimiento. “Don Ramiro,” dijo Pedro, “en lugar de llevarme a casa, ¿me permite acompañarlo a la suya? Me gustaría conocer a doña Lupita.” Ramiro vaciló. Señor infante, vivimos en un lugar muy humilde. No es apropiado para alguien como usted, don Ramiro.
Crecí en un rancho donde dormíamos cuatro hermanos en una misma cama. No hay ningún lugar que sea inapropiado para mí. Me encantaría conocer a su esposa. El departamento de Ramiro y Lupita estaba en una vecindad en la colonia Morelos. Era un edificio viejo de dos pisos construido alrededor de un patio central. Las paredes necesitaban pintura, las escaleras crujían, pero el lugar estaba limpio y bien cuidado.
La puerta del departamento se abrió antes de que Ramiro pudiera sacar sus llaves. Una mujer pequeña, delgada como un pájaro, con cabello blanco recogido en un chongo, los recibió. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con inteligencia y calidez.Ramiro, son las 3 de la mañana. Estaba preocupad. Lupita se detuvo en seco cuando vio a Pedro detrás de su esposo.
Su mano voló a su boca. Dios santo. Ramiro, ¿qué hiciste? ¿Secuestraste a Pedro Infante. Los tres se rieron rompiendo la tensión del momento. Pedro tomó la mano de Lupita y la besó con la galantería que lo caracterizaba. Señora Lupita, su esposo no me secuestró. Él me salvó de la lluvia y luego me regaló su historia.
Soy yo quien debería agradecerle. Lupita miró a su esposo confundida. Ramiro le hizo una seña para que entraran. El departamento era pequeño, tal vez 30 m², dividido en dos habitaciones, pero estaba impecablemente limpio. Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares, bodas, bautizos, primeras comuniones.
En un lugar de honor estaba una foto de Pedro Infante de la película Nosotros los pobres, con un marco que claramente había sido hecho a mano. Lupita dijo Ramiro suavemente tomando las manos de su esposa. Tengo algo que contarte, algo que va a cambiar nuestras vidas. Durante la siguiente hora, mientras tomaban café que Lupita había preparado con manos temblorosas, Ramiro le contó todo a su esposa.
Le contó sobre reconocer a Pedro en el taxi, sobre la conversación, sobre el café, sobre la oferta. Lupita lloró. Lloró como no había llorado en décadas. Lágrimas de alivio, de gratitud, de incredulidad. ¿Esto es real? Preguntó finalmente, mirando a Pedro. ¿De verdad esto por nosotros? ¿Por qué? Porque alguien lo hizo por mí una vez, respondió Pedro.
Y porque ustedes se lo merecen, porque después de una vida de trabajo y sacrificio merecen descansar, merecen estar juntos, merecen vivir. Lupita se levantó de su silla y abrazó a Pedro. Era un abrazo fuerte a pesar de su fragilidad. Que Dios lo bendiga susurró. Que Dios lo bendiga por vernos. Pedro pasó dos horas más con Ramiro y Lupita esa noche, conociéndolos realmente.
Lupita le mostró el álbum familiar contándole la historia detrás de cada fotografía. Le mostró el pequeño altar que tenía en la esquina de la sala con una imagen de la Virgen de Guadalupe rodeada de velas. “Le rezo todas las noches por Ramiro,” dijo Lupita. Le pido que lo mantenga seguro en las calles, que lo traiga de vuelta a mí cada noche y también le pido perdón.
¿Perdón por qué? Preguntó Pedro. Por desear que esto termine. Por desear que Ramiro pueda descansar. Me siento culpable por desearlo porque significa que deseo que no tengamos dinero, que no podamos comer, pero lo veo tan cansado, tan enfermo y solo quiero que descanse. Las lágrimas corrieron por sus mejillas. Eso me hace mala persona, ¿no?, dijo Pedro firmemente.
Eso la hace una esposa amorosa y sus oraciones fueron escuchadas. Ramiro va a descansar. Ambos van a descansar. Cuando Pedro finalmente se fue, ya eran casi las 6 de la mañana. El sol comenzaba a asomarse sobre la ciudad. Ramiro insistió en llevarlo a casa en el taxi, pero Pedro se negó. Este es el último viaje de ese taxi con usted al volante. Don Ramiro.
Vaya a casa, estacione ese coche y nunca más tenga que preocuparse por él. Yo mandaré a alguien mañana para recogerlo. ¿Y luego qué hago? Preguntó Ramiro, de repente inseguro. Después de mañana, toda mi vida ha sido ese taxi. No sé qué hacer sin él. Pedro sonrió. Mañana se despierta tarde, desayuna con Lupita, se sienta con ella, hablan y luego si quiere comienza a pensar en cómo va a ayudar a otros conductores, en cómo va a compartir todo lo que aprendió, pero sobre todo vive, simplemente vive.
La semana siguiente fue un torbellino. Pedro trabajó con sus abogados para establecer un fideicomiso que proporcionaría a Ramiro y Lupita un ingreso mensual generoso por el resto de sus vidas. Compró el taxi de Ramiro por tres veces su valor de mercado y luego hizo algo más. Buscó a un joven de 26 años llamado Miguel, quien había estado luchando por encontrar trabajo después de que su fábrica cerró.
Miguel tenía una esposa embarazada y dos hijos pequeños. Pedro le dio el taxi de Ramiro con una condición. Cuando Miguel fuera viejo y ya no pudiera conducir, debía pasarlo a otro joven que lo necesitara. Así se crearía una cadena de ayuda. Pero Pedro no se detuvo ahí. Con la ayuda de Ramiro, creó el círculo de conductores.
Cada martes y jueves por la tarde, conductores veteranos se reunían con jóvenes que apenas comenzaban. Compartían rutas, consejos, historias, pero más que eso, creaban una comunidad. Ramiro se convirtió en el corazón de ese círculo. Dos veces por semana se presentaba en el pequeño local que Pedro había rentado para las reuniones.
Llegaba temprano, preparaba café, arreglaba las sillas y cuando los jóvenes llegaban, compartía no solo sus conocimientos sobre las calles, sino su sabiduría sobre la vida. Con su tiempo libre, Ramiro hizo todas las cosas que había soñado. Llevó a Lupita al bosque de Chapultepec.
Subieron al castillodespacio, parando cada pocos escalones porque ambos se cansaban, pero riendo todo el camino. Se sentaron en el parque a alimentar palomas. Fueron a misa todos los domingos y después se quedaban tomando café en el atrio hablando con otros feligreses sin prisa. Ramiro aprendió a cocinar. Lupita, delicada por años de trabajo y enfermedad, se sentaba en la cocina mirándolo preparar comidas sencillas.
Él le cantaba mientras cocinaba, canciones de Pedro Infante, por supuesto. Ella se reía diciéndole que desafinaba, pero sus ojos brillaban de felicidad. Pero lo más importante, conocieron a sus nietos. Cada domingo, rotando entre las casas de sus cinco hijos, Ramiro y Lupita pasaban el día con sus familias. Conocieron a los 17 nietos por nombre, por personalidad, por sueños.
Carlitos, el que había llamado señor a su abuelo, ahora corría a los brazos de Ramiro cada vez que lo veía, gritando, “¡Abuelito!” Lupita comenzó a escribir. Había sido maestra antes de casarse y siempre había amado las palabras. Ahora, con tiempo y energía, comenzó a escribir sus memorias. La historia de una vida de pobreza, sí, pero también de amor, de familia, de perseverancia.
4 meses después de esa noche lluviosa, Ramiro y Lupita estaban en su pequeño departamento cuando escucharon la noticia por la radio. Pedro Infante había muerto en un accidente aéreo. El avión en el que viajaba se había estrellado cerca de Mérida. No hubo sobrevivientes. Ramiro y Lupita lloraron. Lloraron como si hubieran perdido a un hijo, porque en cierto modo así era.
Pedro les había dado no solo seguridad financiera, sino dignidad. Les había dado tiempo, les había dado vida. Fueron al funeral. Miles de personas llenaban las calles, todos llorando al ídolo caído. Pero Ramiro y Lupita lloraban por algo más personal. Lloraban por el hombre que los había visto, que los había escuchado, que había cambiado sus vidas con un simple acto de bondad.
Después del funeral, Ramiro se dedicó a honrar la memoria de Pedro de la única manera que sabía, ayudando a otros. El círculo de conductores creció. De 20 miembros pasó a 50, luego a 100. Conductores ancianos que encontraban propósito en enseñar, conductores jóvenes que aprendían no solo a manejar. sino a vivir con integridad.
Ramiro contaba la historia en cada reunión. La noche lluviosa, la conversación, el café, el cambio. Pedro Infante me salvó la vida, decía, pero no solo me dio dinero, me dio algo más valioso. Me vio como persona, me trató con dignidad. Y ahora nosotros debemos hacer lo mismo por otros. Miguel, el joven que había recibido el taxi, visitaba a Ramiro regularmente.
Traía parte de sus ganancias cada mes, insistiendo en contribuir al fondo que ahora ayudaba a otros conductores. Don Ramiro, decía, “Usted y el señor Infante me enseñaron que recibir ayuda no es vergüenza, pero también me enseñaron que hay que pagarla adelante.” Ramiro Téz vivió hasta los 83 años. Murió en 1968.
12 años después de esa noche lluviosa que cambió todo, murió en su casa, en la cama que compartía con Lupita, rodeado por sus cinco hijos, sus 17 nietos y los seis bisnietos que había llegado a conocer. Sus últimas palabras fueron para Lupita, quien sostuvo su mano como lo había hecho durante 54 años de matrimonio. Gracias por esperarme.
Gracias por todos esos años, pero sobre todo gracias por estos últimos 12. Estos fueron los mejores. Lupita lo sobrevivió por 5 años. En ese tiempo terminó sus memorias. El libro se publicó en 1972, un pequeño volumen titulado Una vida en dos partes. La primera parte narraba 60 años de trabajo y lucha.
La segunda parte, mucho más corta, narraba 12 años de vida plena. En la dedicatoria escribió para Ramiro, quien trabajó durante 60 años y vivió durante 12, y para Pedro Infante, quien nos enseñó que nunca es demasiado tarde para comenzar a vivir. El círculo de conductores continuó durante décadas después de la muerte de Ramiro.
Se convirtió en un modelo que otros sindicatos de taxistas en toda América Latina adoptaron. Miles de conductores ancianos encontraron propósito y comunidad. Miles de jóvenes recibieron no solo entrenamiento, sino mentoría. Y el taxi, ese viejo Ford Sedán del 48 siguió en las calles de la Ciudad de México durante 50 años más.
Pasó de Miguel a un joven llamado Fernando en 1982, de Fernando a Luis en 1998, de Luis a una joven llamada Patricia en 2006, la primera mujer en recibir el taxi. Cada conductor que recibió ese taxi conocía la historia. La noche lluviosa, el cantante famoso y el taxista anciano. La conversación que cambió vidas y cada uno, cuando llegaba su momento, pasaba el taxi adelante con la misma condición. Ayuda a alguien más.
Dentro del taxi, pegado al tablero donde todos podían verlo, había una pequeña placa que Patricia colocó en 2006. Este taxi fue manejado por Ramiro Tellez, quien trabajó 35 años y vivió 12. Que suhistoria nos recuerde. Nunca es tarde para comenzar a vivir. Nunca es tarde para ayudar.
Nunca es tarde para ver realmente a las personas a nuestro alrededor. Hoy ese taxi está en un museo en la Ciudad de México. Un monumento no solo a Pedro Infante, sino a Ramiro Téz, a todos los Ramiros que trabajan hasta que ya no pueden, a todos los que merecen descanso, pero nunca lo obtienen, a todos los que son invisibles hasta que alguien elige verlos.
La lección de esa noche lluviosa de 1956 sigue resonando. Que detrás de cada rostro hay una vida de luchas, sueños y sacrificios. Que cuando elegimos ver a las personas, realmente verlas. Cuando elegimos preguntar, escuchar y cuidar, podemos cambiarlo todo. Pedro Infante tomó miles de taxis en su vida, pero ese viaje con Ramiro Tellez le enseñó algo que llevó consigo hasta su último día, que cada persona que encontramos es una oportunidad, una oportunidad para ver, para escuchar, para ayudar, para cambiar una vida y a veces solo se necesita un
viaje en taxi para hacerlo. Oh.















