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TODOS SE RIERON CUANDO UNA JOVEN DE 20 AÑOS CLAVÓ 3.600 VARAS «MUERTAS» EN EL ARROYO SECO DE SU FINCA… CUATRO VERANOS DESPUÉS, CUANDO LA SEQUÍA QUEMÓ LOS PASTOS VECINOS, UNA FRANJA VERDE SIGUIÓ VIVA DONDE NADIE ESPERABA ENCONTRAR FORRAJE

PARTE 2

En abril brotaron las primeras.

No todas.

Ni cerca.

Elena había imaginado líneas verdes.

Aparecieron puntos.

Uno aquí.

Tres allá.

Un grupo completo en una zona baja.

Nada en otra franja.

Ana contó.

—No celebres todavía.

—Han prendido.

—Algunas.

En junio estimaron supervivencia.

Algo superior al sesenta por ciento en las mejores zonas.

Menos del treinta en otras.

En un tramo:

casi fracaso total.

Elena estaba furiosa.

—Seguí el método.

—¿Y?

—Deberían haber agarrado.

Ana clavó una sonda.

La humedad estaba demasiado profunda.

—Aquí plantamos donde no debíamos.

—Tú también lo aprobaste.

—Sí.

Entonces ambas aprendemos.

La segunda lección llegó con una tormenta de mayo.

En menos de una hora cayó agua suficiente para llenar el cauce.

Elena llegó cuando ya bajaba marrón.

Varias pequeñas estructuras de ramas que había colocado para frenar flujo:

desaparecieron.

Sesenta y siete estacas:

arrancadas.

Un talud cedió.

La cerca temporal cayó en un punto.

Dos vacas entraron.

Pisotearon parte de una plantación.

Cuando Elena las sacó, se sentó sobre una piedra.

Rosa la encontró.

—¿Cuánto has perdido?

—No sé.

—Entonces no lo llames todo perdido.

—Mamá.

—¿Qué?

—No necesito frases.

—Perfecto.

Necesitas arreglar la cerca.

Elena se echó a reír aunque no quería.

Al día siguiente volvió.

No reconstruyó exactamente lo mismo.

Eso fue importante.

Ana explicó:

—Si una estructura sale flotando en la primera tormenta, el agua ya nos ha dicho que estaba mal colocada o mal dimensionada.

Cambió:

ubicaciones,

anclajes,

cantidad de material,

geometría.

En algunos puntos no colocó nada.

Dejó que la vegetación hiciera el trabajo con el tiempo.

Las nuevas estacas se plantaron más profundamente.

La segunda campaña se concentró únicamente donde los registros de humedad indicaban posibilidades razonables.

Ya no importaba llegar exactamente a 3.600 vivas.

Importaba dejar de contar cantidad plantada como si fuera éxito.

En agosto Elena escribió:

“PLANTADAS ≠ ESTABLECIDAS.”

Debajo:

“NO VOLVER A PRESUMIR DEL NÚMERO.”

Eusebio pasó.

—¿Cuántas quedan?

—No sé exacto.

—¿No llevabas hasta la última?

—Ahora cuento porcentajes.

—Eso suena a forma elegante de admitir que se murieron muchas.

—Exactamente.

Eusebio rio.

—Al menos no eres tonta.

—Gracias por la evaluación.

La finca económicamente seguía apretada.

Elena hacía trabajos de cercado los fines de semana.

Rosa vendió seis vacas.

Pasaron de treinta y una a veinticinco.

No por el arroyo.

Por:

forraje,

deuda,

capacidad de trabajo.

A Elena le dolió.

—Papá llegó a tener treinta y siete.

—Tu padre también compraba heno cuando estaba barato.

Dijo Rosa.

—Ahora no lo está.

Una explotación no tenía obligación de conservar el número de animales de una persona muerta para demostrarle respeto.

Aquello tardó meses en aceptarlo.

PARTE 3

El segundo año el cambio seguía siendo decepcionante desde la carretera.

Los sauces eran pequeños.

El arroyo seguía seco en agosto.

No había lagunas.

No aparecieron peces.

Pero a escala de botas comenzaron a verse cosas.

Detrás de algunos grupos de ramas:

sedimento fino.

Taludes donde antes caía tierra:

raíces nuevas.

Zonas valladas:

hierba más alta.

Dos pequeñas depresiones conservaron agua tres días después de una tormenta, en vez de desaparecer aquella misma tarde.

Elena tomó fotografías desde postes marcados.

Mismo ángulo.

Mismo mes.

Ana llevó un nivel.

Compararon sección del cauce.

No podían afirmar que el lecho hubiera subido de forma general.

En dos puntos:

unos centímetros de sedimento acumulado.

En otro:

ningún cambio.

En uno:

erosión todavía activa.

Elena quería intervenir.

Ana dijo:

—No todo se arregla añadiendo cosas.

Primero averigua por qué sigue erosionando.

Encontraron una salida de agua procedente de una pista superior.

Durante tormentas concentraba escorrentía exactamente sobre ese punto.

La solución no estaba dentro del arroyo.

Estaba arriba.

Rediseñaron la descarga para repartir mejor el agua y reducir la erosión concentrada, dentro de las actuaciones permitidas.

Elena escribió:

“EL PROBLEMA PUEDE ESTAR FUERA DEL SITIO DONDE SE VE.”

En otoño llegó un técnico de la Confederación Hidrográfica y otro del programa de conservación local para revisar actuaciones.

Eso recordó a Elena algo esencial.

Un cauce no era simplemente una zanja dentro de su propiedad donde podía hacer cualquier obra.

Había normativa.

Autorizaciones.

Limitaciones.

Algunas estructuras que ella imaginaba no podían ejecutarse sin procedimiento.

Aquello ralentizó.

También evitó errores mayores.

Eusebio comentó:

—Tanto papel para plantar cuatro ramas.

Elena respondió:

—El papel aparece cuando empiezas a mover cauces.

—Antes nuestros abuelos hacían lo que querían.

—Y también dejaron algunos problemas que ahora estamos arreglando.

Eusebio guardó silencio.

Su propio arroyo, aguas arriba, tenía dos taludes desnudos.

Empezaba a mirar de otra manera.

PARTE 4

En 2011, tercer año, llegó una primavera húmeda.

Muchos sauces crecieron con fuerza.

Algunos superaron los dos metros.

Las raíces empezaron a consolidar tramos.

Los juncos y cárices reaparecieron espontáneamente en ciertos puntos.

Elena estaba encantada.

Demasiado.

Decidió ampliar rápidamente.

Otros 700 metros.

Ana preguntó:

—¿Con qué dinero?

—Hay una ayuda.

—¿Y mantenimiento?

—Lo hacemos.

—¿Quién?

Silencio.

Rosa.

Elena.

Dos personas.

Una explotación.

Ganado.

Cercas.

Cereal.

Maquinaria.

Ana dijo:

—Restaurar más de lo que puedes mantener también es una forma de fracaso.

Redujeron ampliación a 280 metros.

Aquella decisión salvó tiempo.

En el otoño siguiente descubrieron que un tramo vallado estaba acumulando demasiada vegetación seca.

Elena había pasado de:

“ganado destruye ribera”

a casi:

“ganado nunca debe entrar.”

Ana corrigió.

—Depende del objetivo y del momento.

En determinadas zonas una gestión controlada puede ser útil.

No necesitamos convertir toda la ribera en una vitrina.

Diseñaron accesos concretos.

Abrevaderos fuera del cauce donde era posible.

Pastoreo limitado en algunas franjas cuando la vegetación estaba establecida.

La solución no era:

ganado sí

o

ganado no.

Era evitar concentración permanente en los puntos vulnerables.

Aquello hizo que Eusebio prestara atención.

—Entonces ahora dejas entrar vacas donde llevas tres años echándolas.

—En partes.

Con tiempo y carga controlados.

—Esto cada día tiene menos reglas sencillas.

—Bienvenido.

PARTE 5

La sequía llegó en 2012.

Primero nadie la llamó sequía.

Invierno con poca nieve.

Marzo seco.

Abril irregular.

Mayo casi sin precipitación útil.

Junio:

calor.

En julio el pasto de las laderas empezó a agotarse.

Los depósitos bajaron.

El heno subió.

Elena tenía veintidós vacas entonces.

Había mantenido un pequeño colchón de forraje.

No suficiente para meses.

Eusebio tenía cuarenta y seis cabezas.

Su finca era mayor.

También necesitaba más.

A mediados de julio ambos empezaron a calcular ventas.

Elena recorrió la finca.

Arriba:

amarillo.

Las zonas de cereal ya cosechadas:

polvo.

La ribera:

todavía presentaba una línea verde.

No toda.

Algunas hojas de sauce empezaban a mostrar estrés.

Pero debajo:

hierba.

Cárices.

Juncos.

Vegetación más fresca.

Elena no abrió inmediatamente.

Había protegido el área durante años.

Si metía las vacas demasiado pronto podían:

pisotear márgenes,

destruir nuevos brotes,

consumir en días lo que quizá necesitara en agosto.

Rosa preguntó:

—¿Cuánto heno tenemos?

—Veintitrés días si suplementamos igual.

—¿Precio nuevo?

Elena respondió.

Rosa cerró los ojos.

Comprar un camión completo significaría utilizar dinero reservado al siguiente pago.

Elena sacó la oferta antigua de Eusebio.

Seguía guardada.

Había caducado.

Pero él había dicho varias veces que continuaba interesado.

Once hectáreas.

Podía vender.

Aquella noche casi no durmió.

A las cinco de la mañana fue al arroyo.

Cavó con una pala pequeña.

En la ladera alta:

seca.

Bajo sauce:

superficie seca.

Cinco centímetros:

fresca.

Quince:

húmeda.

No empapada.

No acuífero.

Humedad disponible.

Había además parches de forraje que seguían verdes.

Elena llamó a Ana.

—Quiero abrir parte al ganado.

—¿Qué parte?

—Los sectores más estables.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé.

—Entonces antes de abrir, calcula.

Estimaron superficie.

Biomasa aproximada.

Estado de orillas.

Eligieron un primer sector.

No toda la ribera.

El 19 de julio Elena abrió el cierre.

Las vacas bajaron.

Primero lentamente.

Después comenzaron a comer.

Elena observó.

No lloró.

No había tiempo.

Tenía que controlar que no se concentraran demasiado.

Cuatro horas después las sacó.

Al día siguiente:

otro sector.

Rotación.

Acceso limitado.

La franja verde no alimentó al rebaño durante todo el verano.

Le dio días.

Después más días.

Finalmente algo más de dos semanas de reducción importante del consumo de heno combinado con otras parcelas.

Eso significó dinero.

No fortuna.

Margen.

Eusebio pasó con un remolque ganadero.

Llevaba animales a vender.

Se detuvo.

Desde la carretera podía verse:

laderas marrones,

ribera verde,

vacas pastando.

Bajó.

—¿Cuánto te está dando?

—No lo sé hasta que termine.

—Pero comen.

—Sí.

Eusebio se agachó.

Tocó suelo.

—Está húmedo.

—Un poco.

—¿Hay una surgencia?

—No hemos encontrado ninguna.

—Entonces.

Elena señaló:

sauces,

vegetación,

pequeñas zonas de sedimentación.

—No hicimos aparecer agua.

Hicimos que una parte de la que llega en invierno y primavera se vaya menos deprisa.

Eusebio miró durante mucho tiempo.

Después hacia su remolque.

—Voy a vender ocho.

Elena no dijo nada.

Él añadió:

—No por ti.

—No pensaba adjudicármelo.

—Pero el otoño que viene quiero que mires mi arroyo.

Aquello fue todo.

No disculpa.

No discurso.

Una petición.

PARTE 6

La sequía duró más.

Elena terminó vendiendo tres vacas.

No salvó todo el rebaño.

Tampoco pretendió.

El fondo de ribera dio un pequeño corte tardío en una zona donde el terreno lo permitió.

No enorme.

Suficiente para añadir reservas.

A finales de verano, algunos sauces murieron.

Otros sufrieron.

Elena registró.

El año no fue una victoria ecológica perfecta.

Fue una prueba bajo estrés.

Cuando hicieron cuentas, el beneficio no aparecía en una línea llamada:

“SAUCES.”

Estaba repartido.

Menos heno comprado.

Más días de pastoreo.

Menos pérdida de suelo en determinados tramos.

Mayor estabilidad de algunas orillas.

Más humedad residual.

El banco recibió su pago.

La finca siguió teniendo deuda.

Pero no vendieron las once hectáreas.

Eso era suficiente.

En octubre Eusebio apareció con:

mapa,

fotos,

un cuaderno.

—No te rías.

Dijo.

—Nunca.

—Quiero empezar con doscientos metros.

Elena revisó.

Su finca era distinta.

Un tramo más pendiente.

Menos suelo profundo.

Mayor presión de ganado.

Le dijo:

—No plantes donde planté yo.

—¿Cómo?

—No copies densidad ni estructura.

Primero mira profundidad de humedad y erosión.

—He venido a preguntarte cómo hiciste lo tuyo.

—Y yo he tardado cuatro años en aprender que lo mío tampoco funcionó igual en toda mi finca.

Eusebio resopló.

—Tu padre era más fácil.

—Mi padre habría metido una excavadora.

—Probablemente.

Ambos rieron.

Contrataron asesoramiento.

Eusebio empezó más pequeño.

Al año siguiente perdió casi la mitad de las primeras estacas de un tramo.

Llamó.

—Tus palos se mueren.

—Son tus palos.

—Me dijiste que plantara sauce.

—También te dije que esa zona estaba demasiado seca.

—No recuerdo esa parte.

—Está escrita.

Eusebio colgó.

Volvió a llamar dos minutos después.

—La he encontrado.

PARTE 7

En 2015 Elena retomó sus estudios.

No dejó la explotación.

Los terminó poco a poco.

Su trabajo final no se tituló:

“Cómo 3.600 estacas salvaron una finca.”

Se tituló aproximadamente:

“Seguimiento de actuaciones de estabilización y recuperación de vegetación riparia en un cauce estacional degradado.”

Rosa dijo:

—Nadie va a leer eso.

—Mi tutor.

—Pobre hombre.

Los datos mostraban algo interesante.

Supervivencia desigual.

Mayor éxito donde las estacas alcanzaban humedad fiable.

Fracaso en zonas demasiado secas o erosionadas.

Reducción de erosión lateral en determinados tramos vegetados.

Aumento de cobertura vegetal.

Mayor persistencia de humedad superficial/subsuperficial en algunas zonas restauradas respecto a sectores degradados comparables.

No podían afirmar:

“la restauración aumentó el agua de la cuenca.”

No habían medido eso.

Tampoco:

“el arroyo volvió a ser permanente.”

Seguía secándose.

Pero la vega baja se comportaba diferente.

En 2017 una tormenta fuerte arrancó una estructura de ramas que llevaba años instalada.

Elena no reconstruyó.

Al observar, descubrió que la vegetación ya hacía suficiente trabajo en ese punto.

Aquello fue casi una graduación.

Al principio necesitaba construir.

Después aprendió cuándo dejar de hacerlo.

PARTE 8

En 2026 Elena tenía treinta y siete años.

La finca seguía con Rosa.

Aunque Rosa decía estar jubilada desde hacía cinco años y seguía opinando sobre cada vaca.

El rebaño:

veinticuatro cabezas.

No las treinta y siete de su padre.

No querían.

La deuda:

prácticamente resuelta años atrás.

No porque los sauces hubieran producido dinero.

Por:

reducción de ganado cuando hizo falta,

trabajos externos,

mejor planificación de forraje,

precios buenos en algunos años,

malos en otros,

y evitar vender tierra en un momento de presión.

El Arroyo del Fresno seguía sin parecer un río.

En agosto de muchos años:

apenas agua superficial.

Pero la diferencia física era visible.

Tramos con:

sauces,

raíces,

cárices,

pequeñas terrazas de sedimento,

orillas menos desnudas.

Una franja más verde persistía durante más tiempo que en 2009.

Un grupo de estudiantes visitó.

Un chico preguntó:

—¿Aquí plantaste cuatro mil árboles?

Elena respondió:

—No.

—Pero he visto una historia sobre eso.

—Plantamos alrededor de 3.600 estacas en la primera fase.

Muchas murieron.

Y una estaca de sauce no es exactamente “un árbol” en ese momento.

—¿Cuántas sobrevivieron?

—Dependía muchísimo del sector.

En algunos, bastante bien.

En otros fracasamos.

—¿Entonces no fueron 3.600 sauces?

—Si alguien te vende una restauración contando cuántos palos puso y no cuántos se establecieron, pregúntale otra vez.

La profesora sonrió.

Otro estudiante preguntó:

—¿Es verdad que durante la gran sequía este arroyo siguió lleno de agua?

—No.

—¿Se secó?

—Sí.

La parte superficial en muchos tramos.

—Entonces ¿cómo ayudó?

Elena los llevó hasta un sauce adulto.

Apartó hierba.

—La pregunta no era únicamente si había agua corriendo.

Era cuánto tiempo permanecía humedad en el suelo y cuánto forraje podía mantenerse en la vega.

—¿Por las raíces?

—Por varias cosas.

Vegetación que estabiliza.

Más rugosidad.

Menos velocidad en ciertos episodios.

Sedimento retenido.

Sombra.

Menos pisoteo permanente.

Conexión progresiva de pequeños sectores con la vega.

Pero no quiero que salgáis diciendo “planta sauces y tendrás pasto en una sequía.”

—¿Por qué?

—Porque puedes plantar en un sitio demasiado seco y perderlos.

Puedes colocar estructuras mal y provocar erosión.

Puedes bloquear un cauce donde no debes.

Puedes tener un problema que requiere actuar aguas arriba.

Y necesitas permisos para determinadas intervenciones.

No hay receta universal.

Eusebio apareció conduciendo un todoterreno.

Setenta y cinco años.

Oficialmente jubilado.

—¿Ya les has contado que yo fui el único que creyó en ti?

Elena levantó la voz.

—¡TÚ QUERÍAS COMPRARME ONCE HECTÁREAS!

Los estudiantes rieron.

Eusebio bajó.

—Era para ayudarte.

—Claro.

—Y era buena oferta.

—Eso sí.

Eusebio nunca había intentado engañarla.

Con los años Elena había aprendido a contarlo de forma justa.

En 2008, vender podía haber sido una decisión razonable.

Él vio:

deuda,

una joven de veinte años,

una finca cansada,

un arroyo degradado.

Y ofreció una salida.

Se equivocó al pensar que la restauración no tendría valor.

Elena también se equivocó muchas veces creyendo que cualquier tramo podía recuperarse igual.

La diferencia fue que ambos cambiaron cuando aparecieron pruebas.

Una estudiante preguntó:

—¿Cuándo admitió usted que Elena tenía razón?

Eusebio respondió:

—Nunca.

—Eusebio.

—Bueno.

Cuando vi sus vacas comiendo abajo mientras yo llevaba ocho a subasta.

No hizo falta mucha teoría.

Elena añadió:

—Eso tampoco demuestra que toda la diferencia viniera de la restauración.

Mi finca tenía:

menos ganado,

otra orientación,

más reserva de heno.

Eusebio levantó las manos.

—Treinta años y sigue estropeando mis historias.

Caminaron hasta el primer sector.

Los sauces superaban varios metros.

No todos eran de las estacas originales.

Algunos habían rebrotado.

Otros se habían extendido vegetativamente.

También había reposiciones.

Elena mostró una pequeña estaca gris todavía visible dentro de un tronco engrosado.

—Esta sí es de 2009.

El estudiante tocó.

—Parece muerta por arriba.

—La parte original expuesta se secó parcialmente.

El crecimiento salió más abajo.

—Entonces el palo estaba vivo.

—El tejido capaz de rebrotar estaba vivo cuando lo plantamos.

No clavamos madera muerta esperando resurrección.

Eso también conviene decirlo.

La profesora preguntó:

—¿Cuál es el dato del que estás más orgullosa?

Elena pensó.

No:

supervivencia.

No:

forraje.

No:

deuda.

Respondió:

—El mapa de fracasos.

—¿Por qué?

Sacó una carpeta.

Puntos rojos.

Muchas zonas.

—Estas son plantaciones que fallaron o intervenciones que tuvimos que corregir.

—Parece bastante.

—Lo es.

—¿Y por qué orgullo?

—Porque después dejamos de repetirlas.

El primer año Elena había pensado que restaurar significaba:

hacer más.

Más estacas.

Más estructuras.

Más metros.

Después comprendió que a veces significaba:

sacar ganado temporalmente,

reparar una escorrentía arriba,

no tocar un talud,

esperar a que una planta colonizara sola,

retirar una estructura que ya no necesitaba estar.

La mejor intervención podía ser menor que la anterior.

Llegaron a un punto donde el cauce continuaba bastante encajado.

Un alumno preguntó:

—¿Por qué no arreglasteis este?

—Porque habría requerido una actuación mucho mayor y no teníamos ni la justificación ni los medios.

—Entonces quedó mal.

—Quedó como estaba.

No tenemos obligación de convertir cada metro en una fotografía bonita.

Ese era otro problema de las historias.

Necesitaban transformación completa.

El campo real no.

El Arroyo del Fresno seguía teniendo:

tramos buenos,

tramos regulares,

tramos problemáticos.

Eso era aceptable.

La visita terminó cerca del antiguo cierre que Elena había abierto durante la sequía de 2012.

Rosa estaba allí.

Setenta años.

Una alumna preguntó:

—¿Usted apoyó el proyecto desde el principio?

Rosa respondió inmediatamente:

—No.

Elena empezó a reír.

—Gracias, mamá.

—Yo quería pagar facturas.

Mi hija quería plantar palos.

—¿Cuándo cambió de opinión?

Rosa miró la ribera.

—Nunca tuve que cambiar completamente.

Las dos teníamos razón en algo.

La finca necesitaba caja.

Y también necesitaba que alguien pensara dentro de diez años.

—¿Entonces qué hicieron?

—Intentar sobrevivir al mes sin destruir el año siguiente.

Esa frase hizo que Elena quedara callada.

Nunca la había oído formularlo así.

Cuando todos se marcharon, madre e hija caminaron lentamente hacia la casa.

Eusebio se había ido.

Elena se quedó un momento.

Agosto.

Los altos estaban amarillos.

No por una sequía extraordinaria.

Simplemente verano.

La ribera mantenía manchas verdes.

Metió los dedos en el suelo.

Superficie:

seca.

Más abajo:

fresca.

El mismo gesto de diecisiete años antes.

No significaba que hubiera “agua escondida.”

Significaba que aquel suelo estaba perdiendo humedad a otra velocidad.

Eso era suficiente.

En la casa seguían guardadas tres cosas.

La oferta de compra de Eusebio.

La libreta de Anselmo.

Y el primer cuaderno de Elena.

En una página:

“3.600 OBJETIVO.”

Más adelante, tachado.

“NO IMPORTA CUÁNTAS PLANTÉ.

IMPORTA CUÁNTAS SOBREVIVEN Y QUÉ CAMBIA.”

Después:

“TORRIJAS DE BARRO. MAL DISEÑO.”

Rosa siempre preguntaba qué significaba.

Elena tampoco recordaba por qué había escrito “torrijas.”

Otra página:

“VACAS ENTRARON. CERCA FALLÓ.”

“NO PLANTAR AQUÍ. DEMASIADO SECO.”

“2012. ABRIR SECTOR 3. CUATRO HORAS.”

“NO CREAR AGUA. RETENER TIEMPO.”

Aquella última frase era técnicamente imperfecta.

Pero Elena la conservó.

Porque expresaba lo que había aprendido.

No podía ordenar a la lluvia que llegara.

No podía impedir una sequía.

No podía fabricar un manantial.

Podía cambiar, en una parte pequeña de su finca, la velocidad con la que:

agua,

suelo,

sedimento

y humedad

abandonaban el sistema.

Y a veces unos días más de humedad producían:

unos días más de hierba.

Unos días más de hierba producían:

menos heno comprado.

Menos heno comprado podía convertirse en:

un pago realizado.

Un pago realizado:

otro año con la finca todavía en manos de la familia.

Eso era mucho más modesto que descubrir un río.

También era suficiente para cambiar una vida.

Años atrás todos habían visto a una chica de veinte años clavando miles de varas grises en barro frío.

Algunos vieron:

desesperación.

Otros:

pérdida de tiempo.

Eusebio vio una joven intentando evitar una venta que quizá terminaría aceptando.

Elena tampoco sabía realmente qué estaba construyendo.

Por debajo, sin embargo, algunas estacas empezaron a emitir raíces.

Luego brotes.

Después ramas.

Las raíces no detuvieron el verano.

Solo ayudaron a que una pequeña franja de terreno llegara a él con algo más de humedad.

Cuando la sequía finalmente puso el sistema a prueba, no apareció ningún milagro.

Apareció margen.

Y en agricultura, muchas veces, sobrevivir depende exactamente de eso.

No de tener agua infinita.

No de no cometer errores.

No de demostrar que todos los vecinos estaban equivocados.

Sino de conseguir que una pequeña ventaja permanezca suficiente tiempo para llegar a la siguiente lluvia.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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