TODOS SE RIERON CUANDO LA VIUDA VOLVIÓ A SEMBRAR LA MISMA PARCELA SECA POR TERCERA VEZ… HASTA QUE UNA VENTISCA ARRANCÓ TIERRA DE LAS FINCAS VECINAS Y DEJÓ LA SUYA EXACTAMENTE DONDE ESTABA
PARTE 2
Durante casi nueve horas sopló viento del noroeste.
Seco.
Fuerte.
Continuo.
Nada extraordinario para Tierra de Campos.
Pero suficiente para levantar partículas de los terrenos recién trabajados.
Carmen salió al amanecer.
La mitad no sembrada de La Loma había perdido tierra en algunos puntos.
Pequeñas acumulaciones aparecían junto a lindes y piedras.
En la mitad cubierta, parte del cultivo estaba doblado.
Algunas plantas arrancadas.
Otras enterradas.
Pero el terreno tenía más rugosidad.
Los tallos frenaban movimiento.
Las raíces sujetaban.
No perfectamente.
Mejor.
Miguel preguntó:
—¿Ha funcionado?
—Algo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Carmen tomó una vara graduada que Arturo le había enseñado a utilizar para comparar cambios en puntos fijos.
Marcó cuatro lugares.
No era investigación científica sofisticada.
Era observación consistente.
Parcela cubierta.
Parcela desnuda.
Humedad.
Aspecto.
Pérdida visible.
Fotografías no tenía.
Pero sí libreta.
Basilio volvió.
—Veo que también te ha arrancado.
—Sí.
—Entonces.
—Mira el otro lado.
Basilio miró.
La diferencia existía.
No era espectacular.
Pero existía.
—Puede ser casualidad.
Dijo.
—Puede.
Carmen lo escribió.
Basilio frunció el ceño.
—¿Qué has escrito?
—“Basilio dice que puede ser casualidad.”
—Bórralo.
—No.
—Voy a terminar siendo famoso.
—Por pesado.
El verdadero problema llegó una semana después.
Una helada fuerte dañó parte de la mezcla.
La veza sufrió.
El centeno resistió mejor.
Carmen había esperado más vegetación.
Obtuvo una cubierta irregular.
Miguel dijo:
—Entonces se ha muerto.
—Una parte.
—¿La quitamos?
—No.
Los restos seguían cubriendo.
Eso también era útil.
Carmen dejó tallos.
Nada de quemarlos.
Nada de pasar rastra para que la parcela quedara “limpia”.
Aquello provocó más comentarios.
En diciembre la mitad sembrada parecía abandonada.
Hierba baja.
Restos secos.
Pequeños matojos.
Basilio tenía su terreno perfectamente trabajado.
Liso.
Oscuro.
Sin una planta.
—Así se prepara una finca.
Dijo.
Carmen respondió:
—Así se ve bonita.
—¿Y eso es malo?
—No.
Pero no sé si es lo mismo.
Arturo regresó en enero.
Caminó.
Se agachó.
—¿Vas a sembrar cereal encima?
—Eso estaba pensando.
—Puedes probar en una franja.
No trabajes toda la superficie igual.
Compara.
—¿Sin arar profundamente?
—Con la maquinaria que tienes no vamos a hacer inventos imposibles.
Pero puedes reducir laboreo en esa zona y conservar parte del residuo.
Carmen tenía arado.
Sembradora simple.
Mulas.
Nada de maquinaria moderna.
Adaptaron.
Un pase mucho menos agresivo.
No volteó completamente.
Dejó parte del residuo.
Sembró cereal de primavera en una pequeña parcela.
Basilio se quedó horrorizado.
—¡Estás sembrando encima de basura!
Carmen levantó un tallo seco.
—Esto fue una raíz hasta hace poco.
—Precisamente.
—Y sigue aquí.
—¿Por qué quieres que esté?
—Porque cuando sopla, no vuela.
Basilio señaló su finca.
—La mía tampoco vuela.
Carmen miró.
—Todavía.
Aquella palabra molestó.
Se marchó sin responder.
El invierno terminó frío.
Poca precipitación.
La parcela de Carmen no parecía mejor.
Eso fue importante.
No hubo transformación visible.
En febrero, cualquiera que pasara veía un campo feo.
Rastrojo.
Vegetación seca.
Cereal nuevo naciendo irregular.
La finca de Basilio parecía mucho más preparada.
Uniforme.
Limpia.
Perfecta.
Miguel preguntó:
—¿Y si todos tienen razón?
Carmen respondió:
—Entonces el próximo año no lo hago.
—¿Así de fácil?
—No.
Habré perdido dinero.
Pero sí.
—Pensaba que ibas a decir que nunca te rindes.
—La gente que nunca cambia de opinión termina pagando por demostrar que es cabezota.
Aquella respuesta tranquilizó a Miguel.
Carmen no estaba defendiendo una creencia.
Estaba probando una forma de manejo.
Si fallaba, la abandonaría.
Pero antes necesitaba darle la oportunidad de enfrentarse precisamente al problema para el que la había creado.
Y aquel problema llegó el 17 de marzo de 1955.
PARTE 3
El día empezó amarillo.
No negro.
Eso fue lo extraño.
El cielo tenía un tono sucio.
El viento soplaba desde primera hora.
A mediodía se hizo más fuerte.
Las mujeres cerraron ventanas.
Los hombres aseguraron puertas de pajares.
En los caminos la tierra empezó a levantarse.
Primero una capa baja.
Después nubes.
Arturo estaba en otro municipio.
Más tarde diría que el episodio combinó suelo muy seco, viento intenso y demasiadas parcelas expuestas.
No fue un Dust Bowl americano.
No hacía falta.
Para agricultores que dependían de pocos centímetros fértiles, perder incluso pequeñas cantidades repetidamente era serio.
A las tres de la tarde Carmen ya no veía la linde opuesta de La Loma con claridad.
Miguel quiso salir.
—No.
—Solo mirar.
—Desde la ventana.
El viento arrastraba polvo.
La casa crujía.
No por peligro estructural.
Por presión.
Carmen miraba La Loma.
No podía distinguir gran cosa.
Pensó:
“Se lo llevará.”
Todo.
Meses.
Semilla.
Trabajo.
Rastrojo.
La parcela.
A las cinco un golpe hizo temblar una contraventana.
Carmen la aseguró.
Miguel preguntó:
—¿Y si no funciona?
—Entonces mañana tendremos una respuesta.
No durmieron bien.
El viento disminuyó de madrugada.
Por la mañana salieron.
La finca de Basilio estaba diferente.
No destruida.
Pero había zonas donde se veía cambio de color.
Surcos parcialmente rellenados.
Pequeñas depresiones.
Tierra acumulada contra la linde.
Una parte superficial se había movido.
En otro campo cercano aparecía una acumulación de polvo de varios centímetros contra un seto.
Carmen caminó hacia La Loma.
Primero la mitad que había dejado desnuda meses atrás.
Había pérdida visible.
Después la mitad cubierta.
Se detuvo.
El cereal joven estaba inclinado.
Restos secos entre líneas.
Polvo depositado alrededor de los tallos.
Pero las marcas de terreno seguían.
Los puntos medidos conservaban mejor nivel.
No había “cero erosión”.
Había menos.
Mucho menos en algunos sectores.
Miguel se agachó.
—Está aquí.
Dijo.
Carmen casi rio.
—¿Qué?
—La tierra.
Era exactamente la frase que ella había utilizado en septiembre.
Que siguiera allí.
Basilio apareció dos horas después.
No llevaba sombrero.
El viento se lo había llevado la tarde anterior.
Se quedó al borde.
Miró.
Después caminó hasta su propia parcela.
Regresó.
—La tuya ha aguantado mejor.
Carmen asintió.
Nada de:
“Te lo dije.”
Porque no estaba segura de por qué todas las diferencias eran atribuibles únicamente a la cobertura.
Había pendientes.
Exposición.
Microrelieve.
Distintas labores.
No quería convertir una observación en ley universal.
—Tenemos que hablar con Arturo.
Dijo.
Basilio se sorprendió.
—¿Para qué?
—Para saber cuánto fue la cubierta y cuánto otras cosas.
—¿No vas a disfrutar ni cinco minutos?
Carmen sonrió.
—Cinco.
Se quedaron mirando.
Después de cinco minutos dijo:
—Ahora llamamos a Arturo.
PARTE 4
Arturo llegó dos días más tarde.
Comparó.
No prometió conclusiones perfectas.
—La cubierta ha ayudado.
Dijo.
—Eso está bastante claro aquí.
—¿Cuánto?
—No puedo darte un porcentaje serio con estas mediciones.
—Entonces.
—Entonces sabemos suficiente para repetir mejor.
Basilio estaba presente.
—¿Mejor cómo?
Arturo señaló.
—Más continuidad.
La cubierta de Carmen era irregular.
Donde había huecos grandes, hay más movimiento.
—¿Y dejar rastrojo?
—Ayuda también.
No solo raíces.
Los residuos reducen velocidad del viento junto al suelo.
Atrapan partículas.
Protegen impacto de lluvia cuando llega.
Conservan algo de humedad.
Basilio frunció el ceño.
—Toda la vida hemos arado después.
—Y toda la vida algunas prácticas se adaptan cuando cambian condiciones.
No significa que arar sea “malo” siempre.
Significa que dejar suelo desnudo en una parcela muy expuesta durante meses puede tener costes.
Carmen decidió ampliar.
No toda la finca.
Cuatro hectáreas más.
Esta vez con mezcla distinta.
Más centeno.
Menos veza.
Una pequeña prueba con otra leguminosa donde pudiera.
Arturo recomendó no comprar grandes cantidades sin ver adaptación.
Otra vez:
prueba.
No fe.
La campaña 1955 fue mediocre.
Cereal:
poco.
La Loma produjo algo mejor que el año anterior.
Pero no espectacularmente.
Eso decepcionó a algunos vecinos.
—Entonces todo ese trabajo para esto.
Dijo Pascual Mena.
Carmen respondió:
—No lo hice para duplicar cosecha en un año.
—¿Para qué?
—Para dejar de perder suelo cada invierno.
—Eso no se vende.
—El suelo sí se vende.
Una vez.
Y después ya no lo tienes.
Pascual rio.
No entendió la frase.
O no quiso.
Basilio sí.
Dejó una pequeña franja con rastrojo después de cosechar.
Solo media hectárea.
No lo contó a nadie.
Miguel lo vio.
—Te está copiando.
Carmen negó.
—Está probando.
—Es lo mismo.
—No.
Copiar significa creer que funcionará porque funcionó aquí.
Probar significa comprobar si funciona allí.
Miguel puso los ojos en blanco.
—Hablas como Arturo.
—Eso me preocupa.
El otoño fue diferente.
Llovió algo más.
La cubierta nació mejor.
Carmen permitió pastoreo muy ligero en una parcela antes de cerrar acceso para no destruir cobertura.
Aquello generó otro aprendizaje.
Demasiados animales eliminaban justamente la protección que buscaba.
Tuvo que ajustar.
No existía una receta única.
Más cobertura no significaba siempre más beneficio si competía por agua con el cultivo siguiente en un año extremadamente seco.
Ese fue el problema de 1956.
Una primavera con poca lluvia.
La cubierta había consumido humedad.
Carmen la mantuvo demasiado tiempo en una parcela.
El trigo siguiente sufrió.
Arturo fue claro.
—Aquí te has pasado.
—Lo sé.
—Debías haberla terminado antes.
—Lo sé.
—Bien.
Carmen lo miró.
—¿No vas a explicármelo veinte minutos?
—Ya has entendido.
—Qué decepción.
Aquella campaña perdió parte de la ventaja.
Los vecinos aprovecharon.
—La manta de Carmen se bebe el agua.
Dijo uno.
Ella respondió:
—Este año, en esa parcela, demasiado.
Nada de negar.
Ajustó.
Ese reconocimiento hizo más por convencer a algunos agricultores que cualquier éxito anterior.
No estaba vendiendo una doctrina.
Estaba aprendiendo un sistema.
Y los sistemas reales tienen errores.
PARTE 5
Para 1958 seis explotaciones del entorno hacían alguna forma de cobertura o conservación de rastrojo en parcelas muy expuestas.
Ninguna exactamente igual.
Basilio utilizaba centeno.
Pascual dejó rastrojo más alto.
Otra familia alternaba con leguminosas donde podía.
Un agricultor probó y abandonó porque en sus condiciones concretas no le compensó.
Aquello era normal.
El nombre “manta de Carmen” desapareció.
La práctica dejó de resultar graciosa.
No porque todo el mundo reconociera a Carmen como pionera.
Simplemente porque cuando una idea empieza a funcionar deja de pertenecer a una persona.
Eso le gustaba.
Miguel cumplió quince.
Empezó a manejar más tareas.
Una tarde aró una franja que su madre quería conservar.
Carmen llegó.
Miró.
—¿Qué has hecho?
Miguel se quedó blanco.
—Pensé que tocaba.
—Habíamos marcado esa parcela.
—Lo siento.
Carmen estaba furiosa.
Cuatro años atrás habría gritado.
Ahora respiró.
—Vale.
—¿Vale?
—Ya está.
No puedes volver a poner la raíz.
—¿Qué hacemos?
—La usamos como comparación.
Miguel empezó a sonreír.
—¿Entonces mi error sirve?
—No te emociones.
Sigue siendo un error.
Pero podemos aprender.
Ese invierno la zona labrada perdió más humedad superficial y mostró más movimiento durante varios días ventosos que el sector contiguo.
No era un experimento perfecto.
Pero Miguel jamás volvió a olvidar una marca.
Carmen empezó a enseñar algo más importante que una técnica.
Registrar.
Fecha de siembra.
Lluvia.
Tipo de cubierta.
Momento de eliminación.
Producción posterior.
Problemas.
—¿Para qué tanto?
preguntó Miguel.
—Porque nuestra memoria hace trampas.
—Yo recuerdo bien.
—Todos creemos eso.
La libreta de Tomás seguía en la cocina.
Al lado había tres nuevas.
Una de Carmen.
Una de Miguel.
Otra solo para La Loma.
En 1960 Arturo llevó a dos jóvenes técnicos.
Querían ver.
Carmen se sintió incómoda.
—No hay nada especial.
Dijo.
—Precisamente.
Respondió Arturo.
—No queremos enseñar un milagro.
Queremos enseñar una explotación que ha ido ajustando manejo.
Caminaron.
Suelo.
Rastrojo.
Raíces.
Parcelas.
Un técnico preguntó:
—¿Qué práctica recomendaría como fundamental?
Carmen negó.
—No recomiendo una práctica sin conocer la finca.
El joven se sorprendió.
—Pero usted…
—Yo recomiendo no dejar de mirar el suelo porque estamos mirando la cosecha.
Eso sí.
Arturo sonrió.
No dijo nada.
PARTE 6
El mayor cambio llegó en 1962.
No por viento.
Por lluvia.
Una tormenta de verano descargó mucho agua en poco tiempo.
La cobertura ya no estaba viva en algunas parcelas.
Pero quedaba residuo.
La superficie protegida absorbió mejor parte de la lluvia.
En la finca de un vecino recién trabajada, el agua corrió más rápido por una pequeña pendiente y formó surcos.
No una catástrofe.
Pero visible.
Carmen entendió algo.
Había empezado pensando únicamente en viento.
La protección servía también frente a impacto de gotas y escorrentía.
No siempre.
Dependía de pendiente, intensidad, suelo y cobertura.
Pero el principio era el mismo.
No dejar la superficie completamente expuesta cuando no era necesario.
La Loma dejó de ser su peor parcela.
Tampoco se convirtió en la mejor.
Aquello era importante.
Producción media.
Menor pérdida visible.
Mejor infiltración en ciertos años.
Más materia orgánica con el tiempo, aunque lentamente.
Diez años para notar cambios consistentes en algunas características.
Nada de “un invierno y tierra fértil.”
Carmen envejeció junto a aquello.
A los cincuenta años tenía más canas que tiempo.
Miguel quería estudiar peritaje agrícola.
—Vete.
Dijo.
—¿Y la finca?
—No se va a escapar.
—Tú no puedes sola.
—Llevo mucho tiempo oyendo eso.
—No quiero decir…
—Ya sé.
Estudia.
Miguel se marchó a Palencia.
Volvía.
Preguntaba.
Discutía.
Traía ideas.
Algunas buenas.
Otras caras.
Una vez propuso comprar maquinaria para reducir laboreo.
Carmen preguntó precio.
—No.
—Pero ahorramos pasadas.
—En diez años quizá.
—Precisamente.
—No tenemos el dinero.
—Podemos financiar.
Carmen pensó.
No rechazaba crédito por principio.
Hizo números.
Finalmente compraron una máquina usada mucho más económica.
No perfecta.
Suficiente para probar.
Miguel dijo:
—Siempre eliges la cosa menos emocionante.
—Por eso todavía tenemos finca.
Era una exageración.
Habían tenido también suerte.
Años decentes.
Precios aceptables algunas campañas.
Ayuda familiar.
No todo era resultado de prudencia.
Carmen jamás quiso convertir su historia en mérito absoluto.
Eso también se lo había enseñado el clima.
PARTE 7
En febrero de 1971 llegó otra gran ventisca.
No tan seca como la de 1955.
Trajo nieve.
Viento intenso.
La nieve cruzó campos casi horizontal.
Las carreteras tuvieron problemas.
Las lindes acumularon grandes ventisqueros.
Miguel tenía veintiocho años y ya trabajaba buena parte de la explotación.
Carmen observó desde la casa.
—¿Qué?
preguntó.
—Nada.
—Estás pensando en 1955.
—Sí.
Cuando el tiempo permitió salir, caminaron.
El rastrojo y la cobertura redujeron de nuevo movimiento superficial.
Pero ocurrió algo que Carmen no esperaba.
La nieve quedó atrapada de forma distinta entre tallos.
En parcelas desnudas, parte se desplazó hacia lindes.
En las cubiertas, una proporción mayor permaneció distribuida.
Al fundirse, aquella nieve aportaría humedad allí.
Miguel sonrió.
—Otra cosa.
—Otra.
—¿Ves?
Tenías razón.
Carmen negó.
—No.
—Mamá.
—Teníamos una hipótesis útil.
Fuimos corrigiéndola.
No es lo mismo.
—Después de diecisiete años todavía no quieres decir que tenías razón.
—Porque cada vez que lo digo aparece una campaña para demostrarme que no.
Ese mismo año Basilio murió.
Setenta y tres.
Su hijo continuó la finca.
Durante el funeral Miguel recordó:
—Él fue el primero que se rio.
Carmen respondió:
—También fue el primero que probó después.
—Nunca te pidió perdón.
—No tenía nada que perdonar.
—Te llamaba loca.
—Eso tampoco era completamente falso.
Miguel rio.
Carmen había dejado de necesitar que los demás reconocieran quién empezó.
El campo no llevaba firmas.
PARTE 8
En 1984 Carmen tenía sesenta y siete años.
Miguel administraba la explotación.
La Loma seguía cultivándose.
Ya nadie la llamaba “muerta.”
La práctica había evolucionado.
Rotaciones.
Cubiertas ocasionales.
Leguminosas.
Conservación de residuos.
Laboreo reducido cuando condiciones lo permitían.
Nada idéntico a 1954.
Eso también era éxito.
Una tarde llegó un grupo de estudiantes.
Miguel había aceptado una visita.
Carmen protestó.
—No soy una atracción.
—Solo quieren escuchar.
—Que escuchen a Arturo.
—Murió hace cuatro años.
Carmen se quedó quieta.
Había olvidado por un segundo.
—Entonces peor.
Terminó aceptando.
Caminaron hasta La Loma.
Un estudiante preguntó:
—¿Por qué volvió a sembrar una parcela que había fallado dos veces?
Carmen respondió:
—Porque no estaba intentando obtener otra cosecha inmediatamente.
—¿Entonces qué quería?
—Raíces.
—¿Raíces?
—Y tallos.
Algo entre el viento y la tierra.
Otra estudiante preguntó:
—¿Sabía que funcionaría?
—No.
—Pero siguió.
—Dos hectáreas.
No toda la finca.
Eso es importante.
La gente cuenta la historia como si hubiera apostado todo.
No.
Hice una prueba que podía permitirme perder.
—¿Y cuándo supo que tenía razón?
Carmen sonrió.
—Nunca exactamente.
Los estudiantes parecieron confundidos.
—Vi menos pérdida.
Repetí.
Me equivoqué con fechas.
Cambié mezcla.
Algunos años funcionó mejor.
Otros peor.
Después fuimos entendiendo más.
Eso es agricultura.
No una escena donde una tormenta demuestra que una persona es genial.
Miguel se apoyó en una cerca.
Había escuchado esa explicación muchas veces.
—Pero la ventisca de 1955…
insistió el estudiante.
—Fue importante.
Sí.
Nos mostró una diferencia muy clara.
Pero una sola tormenta no convierte una práctica en ley.
La chica miró el campo.
—Entonces ¿cuál es la lección?
Carmen pensó.
Se agachó.
Tomó un puñado de suelo.
—Esto tarda muchísimo en formarse.
Y muy poco en irse.
Eso es lo único que nunca olvidé.
Abrió la mano.
La tierra cayó.
No había viento suficiente para llevársela.
—Una cosecha mala duele un año.
Perder suelo puede doler durante generaciones.
Por eso a veces haces una cosa que parece improductiva.
Porque estás protegiendo la producción de alguien que todavía no ha sembrado.
La estudiante escribió.
Carmen la miró.
—No pongas eso como si fuera poesía.
—Pero es bueno.
—Pon también que gasté semilla y que en 1956 me equivoqué dejándola demasiado tiempo.
Todos rieron.
—Eso no queda tan bien.
—Entonces no habéis aprendido nada.
Años después Miguel encontró las libretas de su madre.
La primera tenía la anotación de septiembre de 1954:
“LA LOMA. DOS HECTÁREAS. NO BUSCAR COSECHA. BUSCAR QUE NO VUELE.”
Miguel la conservó.
No en un museo.
En el despacho.
Su hija, Elena, terminó estudiando agronomía.
Una mañana de 1998 preguntó:
—¿La abuela inventó los cultivos de cobertura?
Miguel empezó a reír.
—Dios, no.
—Eso decía un artículo.
—Tu abuela habría incendiado ese artículo.
—Entonces ¿qué hizo?
—Aplicó una idea antigua a un problema que tenía delante.
Observó.
Midió.
Y siguió corrigiendo.
Elena miró la libreta.
—Eso suena menos heroico.
—Es mucho más útil.
Décadas después, La Loma seguía allí.
El sistema había cambiado otra vez.
Maquinaria diferente.
Nuevas variedades.
Más información sobre erosión, materia orgánica y manejo.
Algunas campañas utilizaban cubierta.
Otras no.
Dependía de agua, cultivo, objetivos y condiciones.
Nadie defendía dejar un campo “sucio” porque Carmen lo hubiera hecho en 1954.
Defendían comprender qué función cumplía cada residuo y cada raíz antes de eliminarlo.
Ese era el legado real.
No la idea de que todo rastrojo debe conservarse siempre.
Ni que una cubierta soluciona cualquier suelo.
Ni que una tormenta convierte a una viuda en profeta.
La enseñanza era mucho más sencilla.
Un campo no está vacío cuando no lleva una cosecha comercial.
Puede estar:
protegiéndose,
reconstruyendo estructura,
capturando humedad,
alimentando vida del suelo,
o simplemente evitando que el viento se lleve parte de lo que necesitará el cultivo siguiente.
Carmen murió en 1992.
Setenta y cinco años.
Su funeral fue pequeño.
Basilio ya no estaba.
Arturo tampoco.
Miguel dejó sobre la mesa de la cocina la vieja libreta de Tomás.
La misma donde todo había empezado.
“Menos erosión donde dejó rastrojo alto.”
Una observación.
No una teoría.
No un descubrimiento mundial.
Solo una persona que miró un campo después del viento y escribió algo.
Carmen hizo lo mismo.
Miguel también.
Y después Elena.
Porque quizá esa era la parte más importante.
El conocimiento agrícola no siempre aparece como una gran revelación.
A veces pasa de una persona a otra en una línea escrita a lápiz.
Alguien la prueba.
La corrige.
Descubre dónde falla.
La adapta.
Y cuando finalmente se vuelve normal, casi nadie recuerda que alguna vez pareció ridícula.
La Loma dejó de ser “la parcela muerta.”
Después dejó de ser “la parcela de Carmen.”
Terminó siendo simplemente un campo.
Verde algunos años.
Amarillo otros.
Difícil siempre.
Real.
Pero cuando soplaba viento fuerte y las hojas secas temblaban entre las líneas, Miguel recordaba exactamente lo que su madre había dicho la primera vez que todos pensaron que estaba desperdiciando semilla.
No estoy intentando que produzca ahora.
Estoy intentando que la tierra siga aquí cuando vuelva a necesitarla.
Y décadas después, esa seguía siendo una razón suficientemente buena.
FIN
