
Por Qué Pedro Avilés SECUESTRÓ al Estado Antes que Rafael: El Pecado Original del Narco Mexicano
La historia del narcotráfico mexicano que todos conocen comienza con una fotografía. Rafael Caro Quintero saliendo de prisión en 2013, rodeado de abogados bajo el sol de Jalisco. La historia que todos recuerdan tiene un nombre propio, el cártel de Guadalajara. Y tiene un momento exacto, febrero de 1985, cuando Enrique Camarena fue secuestrado, torturado y asesinado.
Esa es la narrativa oficial, el punto de inflexión, el momento en que el narcotráfico mexicano cruzó una línea y el Estado perdió el control. Pero esa narrativa está incompleta, porque la verdadera pregunta nunca fue por qué Rafael se atrevió a tanto. La pregunta real es, ¿quién le enseñó que era posible? La respuesta está 15 años antes, en Sinaloa, en una pista de aterrizaje clandestina, en el nombre de un hombre que casi nadie menciona cuando habla del origen del narcotráfico moderno. Pedro Avilés Pérez. No hay
serie de Netflix sobre Pedro Avilés. No hay corridos famosos, no hay mitos que lo conviertan en antihéroe romántico. Murió en 1978 en un enfrentamiento con la policía federal y su nombre desapareció de los titulares, pero lo que construyó no murió con él. Se convirtió en el manual operativo del narcotráfico mexicano durante décadas.
Pedro Avilés no fue solo un narcotraficante exitoso, fue el primer arquitecto de algo más peligroso, un modelo estable de cooperación entre crimen organizado y estado mexicano, un modelo donde las instituciones no combatían el tráfico, lo administraban. Cuando Rafael Caro Quintero comenzó a operar en los 80, cuando Miguel Ángel Félix Gallardo organizó el cártel de Guadalajara, cuando los capos sinaloenses expandieron sus rutas, no inventaban nada, heredaban.
Usaban el modelo que Pedro Avilés había perfeccionado 15 años antes y ese modelo tenía una lógica impecable: protección institucional a cambio de discreción operativa, rutas estables, violencia controlada, respeto a las jerarquías políticas, invisibilidad pública, funcionaba porque había equilibrio. Pedro Avilés entendió algo que muchos después olvidaron.
El poder criminal no es autónomo, es condicional, depende de que el Estado decida tolerarlo. Y esa tolerancia tiene límites invisibles, pero absolutos. Rafael heredó el modelo, pero no el contexto. El mundo de 1985 ya no era el de 1970. La presión internacional había cambiado. La guerra contra las drogas de Rigan había redefinido las reglas.
La DEA ya no era una agencia menor, era una fuerza geopolítica y México ya no podía darse el lujo de la tolerancia que había permitido el ascenso de Pedro. Cuando Rafael decidió secuestrar a una gente de la DEA, no estaba siendo audaz, estaba aplicando un manual obsoleto. Cruzaba una línea que Pedro jamás habría cruzado porque Pedro sabía dónde estaba esa línea.
El asesinato de camarena no fue un acto de poder, fue un error estratégico fatal. Y ese error no fue personal, fue estructural. Rafael heredó un sistema con fecha de vencimiento y cuando colapsó, el Estado hizo lo que siempre hace cuando un acuerdo invisible se rompe. Recalibró, sacrificó operadores, rediseñó reglas. Este documental no es sobre quién fue más violento o más despiadado, es sobre cómo se construye un modelo de poder criminal que funcione, cómo ese modelo depende de condiciones políticas específicas y cómo cuando esas condiciones cambian el modelo se
desmorona. La historia del narcotráfico mexicano no empieza con Rafael Caro Quintero, empieza con Pedro Avilés Pérez y empieza con una idea letal. Si quieres controlar un mercado ilegal, primero tienes que secuestrar al Estado, pero no con violencia, con inteligencia, no con amenazas, con acuerdos, no con confrontación, con invisibilidad.
Pedro Avilés no derrotó al Estado mexicano, hizo algo peor. Lo convirtió en su socio. Y cuando Rafael intentó hacer lo mismo 15 años después, descubrió que las reglas habían cambiado, que el Estado ya no necesitaba socios. que la tolerancia institucional tenía precio y que ese precio eventualmente siempre se cobra.
Esta es la historia de cómo se construyó el primer modelo estable de narcotráfico institucional en México, de cómo funcionó durante años, de por qué dejó de funcionar y de por qué Rafael no inventó nada, solo heredó un sistema ya condenado. Porque el verdadero pecado original del narcotráfico mexicano no fue matar a una gente de la DEA en 1985.
Fue haber creído 15 años antes que el Estado podía ser secuestrado sin consecuencias. Para entender lo que Pedro Avilés construyó, hay que abandonar la imagen popular del narcotraficante, olvidar los corridos, las camionetas blindadas, los enfrentamientos espectaculares, porque Pedro no operaba como un criminal común, operaba como un empresario clandestino con visión de largo plazo.
Su verdadero logro no fue mover drogas, fue diseñar un sistema donde mover drogas fuera predecible, sostenible y protegido. Pedro Avilés Pérez nació enSinaloa en los años 30, en una región donde la producción de amapola y marihuana ya existía desde hacía décadas, pero esa producción era artesanal, desorganizada, vulnerable.
Los campesinos cultivaban, los intermediarios compraban y eventualmente alguien cruzaba la frontera con un cargamento que podía o no llegar. No había infraestructura real, no había rutas estables, no había garantías. Pedro vio el problema con claridad. El verdadero cuello de botella no era la producción, era la logística.
Y la logística en un país como México dependía de una variable crítica, protección institucional. Cualquiera podía cultivar amapola en la sierra, cualquiera podía cruzar droga a pie, pero solo alguien con conexiones reales podía operar rutas aéreas durante años sin ser interceptado. Y ahí Pedro innovó.
A finales de los 60 comenzó a usar avionetas para transportar drogas desde Sinaloa hacia la frontera. No era el primero, pero fue el primero en sistematizarlo, en convertir el transporte aéreo en operación industrial. Las avionetas despegaban de pistas clandestinas en la sierra, volaban bajo evitando radares, aterrizaban en zonas controladas cerca de la frontera, descargaban y volvían una y otra vez.
con regularidad casi industrial. Eso requería más que pilotos hábiles, requería pistas funcionales, combustible disponible, mantenimiento de aeronaves, coordinación logística y, sobre todo, garantía de que nadie iba a interceptar esos vuelos. Esa garantía no venía de la suerte, venía de acuerdos. Pedro entendió que para operar a esa escala necesitaba algo que ningún narcotraficante mexicano había conseguido antes, legitimidad operativa dentro del sistema.
No se trataba de sobornar ocasionalmente a un policía municipal. Se trataba de construir una red de protección que incluyera mandos policiales, autoridades estatales, militares de rango medio, funcionarios aduanes, una red donde cada actor tuviera incentivo claro para mantener el sistema funcionando. Y Pedro diseñó esa red con lógica empresarial impecable.
Primero, pagos regulares, no esporádicos ni caso por caso, pagos mensuales fijos a cada actor relevante. Eso generaba previsibilidad. Los funcionarios sabían cuánto recibirían y sabían que recibirlo dependía de que el sistema operara sin problemas. Segundo, discreción absoluta. Pedro no buscaba publicidad, no alardeaba, no generaba titulares.
Su nombre casi no aparecía en periódicos, no había corridos populares, no había ostentación pública, eso era estratégico. Mientras menos visible fuera, menos presión política habría para detenerlo. Tercero, violencia controlada. Pedro usaba violencia cuando era necesario, pero siempre de forma quirúrgica. Nunca masacres públicas, nunca ataques contra autoridades de alto perfil, nunca operaciones que generaran escándalo nacional.
La violencia era herramienta de gestión interna, no instrumento de terror público. Cuarto, respeto a las jerarquías. Pedro nunca intentó desafiar abiertamente al Estado, nunca buscó autonomía territorial completa, operaba dentro de los márgenes que el sistema permitía y esos márgenes en los 60 y 70 eran amplios porque México en esa época tenía una lógica política muy específica. El PRI controlaba todo.
Había gobernadores con poder absoluto en sus estados. Había comandantes policiales y militares con autonomía operativa real. Y había una cultura política donde muchas cosas se resolvían mediante acuerdos informales, no procesos legales transparentes. En ese contexto, alguien como Pedro no era una anomalía, era un actor más dentro de una economía política compleja, donde lo formal y lo informal coexistían constantemente.
Pedro pagaba, operaba discretamente, no generaba problemas políticos y a cambio recibía algo invaluable, previsibilidad operativa. Sus avionetas volaban, sus cargamentos llegaban, sus rutas funcionaban y todo sucedía no porque fuera invencible, sino porque había construido un sistema donde su éxito era conveniente para muchas personas con poder real.
Ese es el modelo que heredaron los grandes capos posteriores. Miguel Ángel Félix Gallardo estudió ese modelo, lo entendió y lo expandió. Cuando organizó el cártel de Guadalajara en los 80, no inventaba una estructura nueva, escalaba una estructura que Pedro había probado durante años. Rafael Caro Quintero operaba dentro de ese mismo modelo.
Sus plantaciones masivas de marihuana en el desierto de Chihuahua no habrían sido posibles sin protección institucional y esa protección seguía la misma lógica: pagos regulares, discreción, violencia controlada, respeto aparente a las jerarquías. Pero había una diferencia crítica. Pedro construyó ese modelo en los 60 y 70, cuando el mundo no estaba mirando, cuando la DEA era todavía una agencia menor, cuando Estados Unidos no había declarado guerra formal contra las drogas, cuando México podía darse ellujo de tolerar operaciones clandestinas
sin enfrentar presión internacional real, Rafael heredó el modelo en los 80 cuando todo eso había cambiado y esa diferencia de contexto lo cambió todo. El modelo de Pedro no era intrínsecamente defectuoso, era contextualmente dependiente. Funcionaba bajo condiciones políticas específicas y cuando esas condiciones cambiaron dejó de ser sostenible.
Pero antes de explicar por qué colapsó, hay que entender por qué funcionó tamban bien. Pedro no fue un genio criminal solitario. Fue alguien que leyó correctamente el momento histórico en que vivía. Entendió que México en los 60 y 70 tenía espacios de tolerancia institucional donde ciertas actividades ilegales podían operar siempre y cuando no amenazaran la estabilidad política del régimen.
Entendió que el Estado no estaba interesado en erradicar el narcotráfico, estaba interesado en controlarlo. Y controlar no significa eliminar, significa administrar. Pedro ofreció algo simple, un negocio predecible, discreto, rentable para todos y que no generaba costos políticos significativos. El Estado aceptó ese trato no formalmente, no mediante documentos, pero sí mediante acción y omisión sistemáticas, y durante años funcionó perfectamente.
Las avionetas de Pedro volaban sin ser interceptadas. Sus cargamentos cruzaban la frontera, su dinero circulaba y su nombre permanecía en las sombras, hasta que en 1978 algo cambió. Según la versión oficial, Pedro murió en un enfrentamiento con la policía federal en Culiacán. Otras versiones sugieren que fue una ejecución coordinada.
Hay quienes indican que Pedro estaba volviéndose demasiado visible, demasiado poderoso, demasiado difícil de controlar. Lo claro es esto, Pedro murió, pero su modelo no. Para ese momento, su modelo ya había sido adoptado por una nueva generación de narcotraficantes que entendieron la lección fundamental. El verdadero poder en el narcotráfico no viene de la violencia, viene de la invisibilidad institucional.
Y esa lección se convirtió en la base operativa del narcotráfico mexicano durante los siguientes 15 años, hasta que alguien olvidó la segunda parte, que esa invisibilidad tiene límites absolutos y que cruzar esos límites no es audacia, es suicidio. Para entender por qué el modelo de Pedro funcionó, hay que entender el México de los 60 y 70, no el de los libros de historia, sino el real, un sistema político donde el poder formal y el poder informal eran dos caras de la misma moneda.
México en esa época era un país con estabilidad aparente y contradicciones profundas. El PRI llevaba décadas en el poder. Había elecciones, pero todos sabían quién ganaría. Había instituciones, pero todos sabían que las decisiones reales se tomaban en otras instancias. Había leyes, pero todos sabían que se aplicaban selectivamente.
Era un sistema que funcionaba mediante acuerdos informales, lealtades personales, negociaciones discretas y una comprensión tácita de que muchas cosas podían suceder siempre y cuando no amenazaran la estabilidad del régimen. El narcotráfico en ese contexto no era amenaza existencial, era un problema de gestión.
La prioridad del sistema no era la legalidad abstracta, era la gobernabilidad concreta. Y un narcotraficante discreto que pagaba regularmente, que no generaba escándalos, que no desafiaba abiertamente al Estado, no era visto como enemigo del sistema, era visto como un actor más. Pedro entendió eso perfectamente. Operaba en Sinaloa, un estado donde la producción de amapola y marihuana era parte de la economía local desde hacía décadas.
Los campesinos cultivaban porque era más rentable que el maíz o el frijol. Los intermediarios compraban porque había demanda en Estados Unidos y las autoridades toleraban porque era más fácil administrar el problema que eliminarlo. No había presión internacional real para erradicar el narcotráfico. Estados Unidos consumía drogas en cantidades crecientes, pero todavía no había lanzado una guerra formal.
La DEA existía, pero era una agencia pequeña con recursos limitados y jurisdicción restringida. Richard Nixon había declarado que las drogas eran el enemigo público número uno en 1971, pero esa retórica no se tradujo inmediatamente en acciones masivas contra México. La presión diplomática existía, pero era manejable.
México podía hacer operativos ocasionales, destruir algunos campos, arrestar a traficantes menores y eso satisfacía las expectativas estadounidenses. Dentro de ese margen había espacio para que alguien como Pedro operara. Y Pedro no solo aprovechó ese espacio, lo maximizó. Su modelo operativo tenía lógica económica clara.
Él controlaba la logística, no la producción. No era dueño de los campos de Amapola, no empleaba directamente a los campesinos. Él era el intermediario que conectaba la producción rural con el mercado estadounidense y su valor agregado era simple. garantizaba que ladroga llegara a su destino. Eso requería infraestructura, avionetas, pilotos, pistas de aterrizaje, mecánicos, redes de distribución en la frontera y, sobre todo, protección institucional en cada punto de la cadena.
Pedro construyó esa infraestructura pagando a las personas correctas y las personas correctas en el México de los 60 y 70 eran muchas comandantes de la policía judicial estatal, oficiales del ejército destacados en zonas rurales, presidentes municipales, autoridades ejidales, funcionarios aduanes. Cada uno recibía pagos regulares y cada uno tenía incentivo claro para mantener el sistema funcionando.
Porque el sistema no solo beneficiaba a Pedro, beneficiaba a todos los que participaban en él. Un comandante de policía que recibía pagos mensuales ganaba más que su salario oficial y sabía que seguir recibiendo esos pagos dependía de que Pedro siguiera operando sin problemas. Entonces, cuando había que hacer un operativo para satisfacer expectativas políticas, ese comandante se aseguraba de que el operativo no afectara las operaciones de Pedro.
Destruía campos de cultivadores independientes, arrestaba a traficantes menores sin conexiones y Pedro seguía operando. Esa era la lógica del sistema. No era corrupción esporádica, era corrupción sistémica y funcional. Y era posible porque el Estado en esa época no tenía ni la capacidad ni la voluntad política para combatirla.
La capacidad institucional era limitada. No había sistemas modernos de inteligencia, no había coordinación efectiva entre agencias, no había controles internos robustos. Un comandante en Sinaloa tenía autonomía operativa casi total y nadie en la Ciudad de México monitoreaba qué hacía ese comandante día a día. Pero más importante que la falta de capacidad era la falta de voluntad.
El sistema priista no estaba diseñado para la transparencia, estaba diseñado para la discreción. Las decisiones importantes se tomaban en privado. Los acuerdos se hacían mediante negociaciones informales y muchas veces tolerar ciertas actividades ilegales era más conveniente que intentar eliminarlas. El narcotráfico generaba dinero, ese dinero circulaba y parte terminaba en manos de actores políticos locales que a su vez mantenían estabilidad territorial.
En una lógica perversa, pero funcional, el narcotráfico era parte del mecanismo que mantenía el control político en ciertas regiones. Pedro no amenazaba ese equilibrio, lo reforzaba, no competía con los políticos locales, no intentaba construir poder territorial autónomo, no desafiaba las jerarquías del PRI, operaba dentro del sistema y el sistema lo toleraba porque su existencia no generaba costos políticos significativos.
Además, había otra variable crítica. La violencia era relativamente baja. En los 60 y 70 el narcotráfico mexicano no era sinónimo de masacres, decapitaciones o enfrentamientos en las calles. Había violencia, sí, pero era selectiva, dirigida, controlada. Pedro eliminaba competidores, castigaba traiciones, protegía su territorio, pero no generaba el tipo de violencia espectacular que obligara al Estado a responder con fuerza.
Y esa fue otra de sus innovaciones estratégicas, entender que la violencia excesiva es contraproducente. La violencia espectacular genera titulares. Los titulares generan presión política y la presión política obliga al Estado a actuar. Pedro evitó ese ciclo, mantuvo la violencia en niveles que no amenazaban la narrativa oficial de estabilidad que el PRI necesitaba proyectar.
En ese contexto, el modelo de Pedro era casi perfecto. Operaba en una región donde la producción de drogas era parte de la economía local. Pagaba a las personas correctas para garantizar protección. Mantenía la violencia controlada, no generaba escándalos públicos y no enfrentaba presión internacional significativa. Todo funcionaba porque había equilibrio.
El Estado toleraba a Pedro y Pedro respetaba los límites invisibles del sistema. Pero ese equilibrio dependía de condiciones históricas específicas. Y cuando esas condiciones comenzaron a cambiar en los 70 y 80, el modelo que Pedro había construido comenzó a volverse insostenible. El mundo estaba cambiando.
Estados Unidos estaba endureciendo su postura contra las drogas. La DEA estaba creciendo, la presión diplomática sobre México estaba aumentando y el espacio de tolerancia institucional que había permitido el ascenso de Pedro estaba cerrándose. Pedro murió en 1978, justo cuando ese cambio estaba comenzando.
Y los narcotraficantes que heredaron su modelo no entendieron algo fundamental, que el modelo no era universalmente aplicable, era contextualmente dependiente. Funcionaba en los 60 y 70 porque el contexto geopolítico lo permitía, pero en los 80 ese contexto había cambiado radicalmente y aplicar el mismo modelo en un contexto diferente no era estrategia, era negligencia.
Miguel Ángel Félix Gallardo entendió esoparcialmente, mantuvo la discreción, evitó la confrontación directa, organizó el cártel de Guadalajara como una federación que buscaba estabilidad operativa, pero Rafael Caro Quintero no lo entendió y esa falta de comprensión tuvo consecuencias catastróficas. Rafael heredó el manual de Pedro, pero no el contexto que había hecho funcionar ese manual.
Y cuando intentó aplicar tácticas de los 70 en el mundo de los 80, descubrió que las reglas invisibles habían cambiado y que violar esas nuevas reglas no tenía perdón. Entre la muerte de Pedro Avilés en 1978 y el asesinato de Enrique Camarena en 1985, sucedió algo que raramente se analiza con precisión. El narcotráfico mexicano no colapsó, se organizó y el arquitecto de esa organización fue Miguel Ángel Félix Gallardo.
Félix Gallardo no era como Pedro, no venía de la sierra, no era hombre de acción directa, era exagente de la Policía Judicial de Sinaloa, había trabajado como guardaespaldas del gobernador Leopoldo Sánchez Celis. Conocía el sistema desde dentro y entendía algo que muchos narcotraficantes no comprendían, que el verdadero poder no estaba en controlar territorio, sino en controlar relaciones.
Cuando Pedro murió, dejó un vacío operativo, pero también dejó algo más valioso, un modelo probado. Félix Gallardo lo estudió, lo refinó y lo expandió. Su innovación no fue logística, fue organizacional. Pedro había construido una operación eficiente. Félix Gallardo construyó una federación.
Reunió a los principales narcotraficantes de Sinaloa, Sonora y Jalisco. Estableció acuerdos de cooperación. dividió territorios, organizó rutas y creó algo que no había existido antes, una estructura coordinada que minimizaba la competencia violenta y maximizaba la eficiencia operativa. Esa estructura se conoció después como el cártel de Guadalajara, pero ese nombre es engañoso.
No era un cártel en el sentido tradicional, era una federación de operadores independientes que aceptaban ciertas reglas comunes para beneficio mutuo y las reglas que Félix Gallardo estableció eran casi idénticas a las que Pedro había aplicado. Discreción, pagos regulares, violencia controlada, respeto aparente a las jerarquías políticas.
Félix Gallardo heredó el modelo, pero también heredó el contexto cambiante. En los 80, México ya no era el mismo país. La economía estaba en crisis. El petróleo había generado expectativas que no se cumplieron. La deuda externa era insostenible. La presión social aumentaba y el sistema priista, aunque todavía controlaba el poder, comenzaba a mostrar grietas.
Pero más importante, Estados Unidos había cambiado su estrategia. Ronald Rean llegó a la presidencia en 1981 con un discurso agresivo sobre las drogas. Nancy Rigan lanzó la campaña Justo y la DEA comenzó a recibir presupuestos significativamente mayores. Ya no era una agencia menor, era una prioridad de seguridad nacional. La presión sobre México se intensificó.
Ya no bastaba con operativos cosméticos. Estados Unidos quería resultados concretos, extradiciones, desmantelamiento de redes, arrestos de figuras importantes. Félix Gallardo entendió que el margen de tolerancia se estaba cerrando y adaptó su estrategia, mantuvo la discreción, evitó titulares, operó a través de intermediarios y, sobre todo, nunca desafió abiertamente al Estado mexicano ni a Estados Unidos.
Esa fue su inteligencia estratégica. Pero Félix Gallardo no operaba solo. La federación incluía a otros actores y no todos tenían su misma visión. Rafael Caro Quintero era uno de esos actores. Rafael venía de Sinaloa. Había comenzado en el narcotráfico como muchos, cultivando, traficando, ascendiendo mediante audacia y violencia.
No tenía la educación institucional de Félix Gallardo. No había sido policía, no tenía las mismas conexiones políticas de alto nivel, pero Rafael tenía algo que Félix Gallardo respetaba. Capacidad operativa excepcional. Rafael entendía la logística, sabía organizar cultivos masivos, sabía coordinar transportes, sabía mover producto y, sobre todo, no tenía miedo de pensar en grande.
Cuando Rafael estableció el rancho El búfalo en Chihuahua, a principios de los 80, no hacía algo completamente nuevo. Estaba escalando algo que ya existía, pero la escala importaba. El búfalo no era un campo de cultivo normal, era una operación industrial. Según investigaciones posteriores, el rancho tenía entre 1000 y 3000 hectáreas de plantaciones de marihuana.
empleaba a cientos de trabajadores, tenía infraestructura, pozos de agua, sistemas de riego, bodegas, viviendas, pistas de aterrizaje. Era literalmente una empresa agrícola dedicada exclusivamente a la producción de droga y operaba abiertamente. Eso requería protección institucional masiva. No se puede operar una plantación de ese tamaño sin que las autoridades locales lo sepan, sin que el ejército lo sepa, sin que funcionariosfederales lo sepan y todos lo sabían.
Rafael aplicaba el mismo modelo que Pedro había diseñado. Pagos regulares a todos los actores relevantes, comandantes militares de la zona, autoridades estatales, policía federal. Cada uno recibía su parte y a cambio el búfalo operaba sin interferencias. Durante meses funcionó. Rafael producía cantidades masivas de marihuana, la transportaba hacia Estados Unidos, generaba ganancias enormes y compartía esas ganancias con suficientes personas para mantener el sistema funcionando.
Félix Gallardo observaba con una mezcla de admiración y preocupación. Admiración porque la escala era impresionante. Rafael generaba más dinero que cualquier operación anterior. Demostraba que el mercado estadounidense podía absorber cantidades casi ilimitadas, pero también preocupación, porque la escala del búfalo violaba uno de los principios fundamentales del modelo de Pedro, la discreción.
Una plantación de 3000 hectáreas no es discreta, es visible desde el aire, es imposible de ocultar y genera el tipo de visibilidad que eventualmente obliga al Estado a responder. Félix Gallardo, según testimonios posteriores, advirtió a Rafael sobre ese riesgo. Le sugirió reducir la escala, diversificar las operaciones, bajar el perfil, pero Rafael no escuchó.
Y aquí aparece una diferencia fundamental de personalidad y estrategia. Pedro había construido su modelo desde la comprensión íntima del sistema político mexicano. Sabía dónde estaban los límites, sabía cuándo detenerse. Sabía que el éxito no era solo cuestión de capacidad operativa, sino de inteligencia política. Félix Gallardo había heredado esa comprensión, por eso mantenía la discreción, por eso evitaba los escándalos, por eso nunca desafiaba abiertamente al Estado.
Pero Rafael operaba con una lógica diferente. Rafael había ascendido mediante audacia, mediante la capacidad de hacer lo que otros consideraban demasiado arriesgado y había aprendido que esa audacia funcionaba. El búfalo era la prueba, una operación que otros habrían considerado demasiado visible, demasiado grande, demasiado arriesgada y, sin embargo, funcionaba.
Eso generó en Rafael una falsa sensación de invulnerabilidad. El búfalo funcionaba. Las autoridades mexicanas no lo tocaban, los pagos fluían. Los cargamentos llegaban a Estados Unidos y Rafael se estaba convirtiendo en uno de los narcotraficantes más ricos de México. Pero lo que Rafael no entendía era que esa invulnerabilidad era condicional, dependía de que el Estado decidiera seguir tolerándolo.
Y esa decisión no era permanente, era situacional y la situación estaba cambiando rápidamente. Mientras Rafael operaba el búfalo, la DEA estaba intensificando sus operaciones en México, estaba presionando al gobierno, estaba exigiendo acciones concretas y estaba comenzando a poner nombres específicos en su lista de objetivos prioritarios.
Uno de esos nombres era Rafael Caro Quintero y otro era Enrique Camarena. Camarena era un agente de la DEA asignado a Guadalajara. Era persistente, era efectivo y estaba investigando las operaciones del cártel de Guadalajara con un nivel de detalle que comenzaba a generar incomodidad. Según investigaciones posteriores, Camarena había identificado el búfalo, había reunido evidencia, había coordinado con autoridades mexicanas para planear un operativo y en noviembre de 1984 ese operativo se ejecutó. El ejército
mexicano destruyó el búfalo, quemó las plantaciones, arrestó a trabajadores y confiscó equipos y vehículos. Fue un golpe masivo, no solo operativo, sino simbólico. Demostró que ni siquiera una operación del tamaño del búfalo era intocable. Rafael perdió millones, pero perdió algo más importante, la ilusión de invulnerabilidad.
Y su respuesta a esa pérdida fue el error estratégico más grave en la historia del narcotráfico mexicano. Rafael decidió que Enrique Camarena era responsable y decidió que Camarena debía pagar. Félix Gallardo, según testimonios, intentó disuadirlo. Le explicó que matar a una gente de la DEA no era como eliminar a un competidor local, que las consecuencias serían catastróficas, que el Estado mexicano no podría ignorar ese acto, que Estados Unidos respondería con fuerza total, pero Rafael no escuchó.
Aplicaba el manual de Pedro Avilés y según ese manual, cuando alguien amenaza tu operación, lo eliminas. Era lógica criminal básica. Había funcionado durante años. Había funcionado para Pedro. había funcionado para él mismo en docenas de ocasiones. Pero lo que Rafael no entendía era que Camarena no era un actor más dentro del sistema mexicano, era un representante del gobierno estadounidense.
Y matar a un representante del gobierno estadounidense no era un problema de gestión criminal, era un problema geopolítico. Pedro Avilés nunca habría cruzado esa línea porque Pedro entendía que había límites invisibles, peroabsolutos, que el modelo de cooperación dependía de que ciertos actos nunca se cometieran.
Rafael heredó el modelo, pero no esa comprensión y esa falta de comprensión estaba a punto de destruir todo lo que Pedro Avilés había construido. El 7 de febrero de 1985, Enrique Camarena salió de las oficinas del consulado estadounidense en Guadalajara. Caminó hacia su coche y nunca llegó a casa. fue secuestrado en plena calle, en pleno día, en una ciudad donde el cártel de Guadalajara operaba con suficiente impunidad como para ejecutar ese tipo de operación sin temor.
Lo que sucedió después está documentado en informes de la DEA, testimonios judicales y grabaciones de audio recuperadas años más tarde. Camarena fue llevado a una casa de seguridad. fue interrogado durante más de 30 horas, fue torturado y eventualmente fue asesinado. Su cuerpo fue encontrado semanas después en un rancho en Michoacán.
Ese acto cambió todo, no porque fuera particularmente violento. El narcotráfico mexicano ya había producido violencia considerable. No porque fuera inesperado, la DEA sabía que sus agentes corrían riesgos. Lo cambió todo porque violó una regla fundamental, nunca tocar a representantes directos del gobierno estadounidense. Rafael no mató a un informante local, no eliminó a un competidor, no ejecutó a un traidor interno, secuestró, torturó y asesinó a un agente federal estadounidense y con ese acto transformó un problema de seguridad pública en una
crisis diplomática internacional. La reacción de Estados Unidos fue inmediata y devastadora. La DEA lanzó la operación leyenda, la mayor investigación en su historia hasta ese momento. Centenares de agentes fueron asignados al caso. Se ofreció una recompensa millonaria. Se presionó al gobierno mexicano a nivel diplomático, económico y político.
Estados Unidos dejó claro un mensaje. Esto no se negocia. Esto no se administra. Esto se resuelve para el gobierno mexicano. La situación era insostenible. Durante años había manejado el narcotráfico mediante una lógica de administración silenciosa, tolerancia selectiva, acuerdos informales, operativos cosméticos cuando la presión internacional lo requería.
Ese modelo dependía de que el problema no escalara a niveles que obligaran a respuestas institucionales totales. El asesinato de Camarena hizo exactamente eso. Miguel de la Madrid, presidente de México, enfrentaba presión sin precedentes. Estados Unidos no estaba pidiendo cooperación, estaba exigiendo resultados, extradiciones, arrestos, desmantelamiento total del cártel de Guadalajara y México no podía negarse.
En 1985, México estaba en medio de una crisis económica profunda, dependía de préstamos internacionales, dependía de relaciones comerciales con Estados Unidos y no podía darse el lujo de una ruptura diplomática seria. El Estado mexicano hizo lo que siempre hace cuando un acuerdo informal se rompe de forma irreparable. Recalibró.
Y recalibrar significaba sacrificar a los operadores. Rafael Caro Quintero fue arrestado en Costa Rica en abril de 1985. Ernesto Fonseca Carrillo, otro líder del cártel de Guadalajara, fue arrestado en México. Miguel Ángel Félix Gallardo permaneció libre algunos años más, pero su federación estaba colapsando y aquí la historia revela su lección más importante.
Rafael no cometió un error táctico, cometió un error estructural. aplicó un modelo diseñado para los 60 y 70 en el contexto de los 80 y no entendió que el contexto lo era todo. El modelo de Pedro funcionaba bajo condiciones específicas. Primero, baja presión internacional. En los 60 y 70, Estados Unidos no había convertido el narcotráfico en prioridad de seguridad nacional.
La DEA era pequeña, el presupuesto era limitado, la presión diplomática era manejable. En los 80 todo había cambiado. Rean había declarado la guerra contra las drogas. La DEA había crecido exponencialmente y Estados Unidos estaba dispuesto a usar su poder económico y político para forzar cooperación. Segundo, tolerancia institucional amplia.
En los 60 y 70 el sistema político mexicano tenía espacios de tolerancia donde ciertas actividades ilegales podían operar siempre y cuando no amenazaran la estabilidad del régimen. En los 80 esos espacios se estaban cerrando, no porque el sistema se hubiera vuelto más honesto, sino porque la presión externa obligaba a respuestas institucionales que antes eran opcionales.
Tercero, ausencia de escándalos internacionales. Pedro operaba en las sombras, no generaba titulares, no producía crisis diplomáticas. El modelo funcionaba precisamente porque era invisible. El asesinato de Camarena destruyó esa invisibilidad, generó cobertura mediática internacional, generó presión política en Washington y obligó al gobierno mexicano a actuar de formas que antes habría evitado.
Rafael heredó el modelo operativo de Pedro, pero no la comprensión política quehacía funcionar ese modelo. Y esa falta de comprensión no era solo un problema personal, era un problema generacional. La generación de narcotraficantes que ascendió en los 80 había aprendido las tácticas del modelo de Pedro, pero no había internalizado su lógica estratégica fundamental.
Habían aprendido que se podía sobornar a autoridades, pero no habían aprendido a quienes nunca se debía tocar. Habían aprendido que se podía usar violencia, pero no cuando esa violencia se volvía contraproducente. Habían aprendido que el Estado toleraba el narcotráfico, pero no que esa tolerancia era condicional y revocable.
Cuando Rafael decidió secuestrar a Camarena, demostraba exactamente esa falta de comprensión. Aplicaba lógica criminal básica a un problema geopolítico complejo. Según el modelo de Pedro, cuando alguien amenaza tu operación, lo eliminas. Era una regla simple y efectiva. Había funcionado durante años, pero esa regla tenía excepciones invisibles y una de esas excepciones era nunca tocar a representantes oficiales del gobierno estadounidense.
Pedro conocía esa excepción, por eso nunca la violó. Rafael no la conocía. O creyó que no aplicaba o pensó que su nivel de protección institucional era suficiente para manejar las consecuencias. y en cualquier caso estaba equivocado. Lo que Rafael no entendió era que el modelo de cooperación entre narcotráfico y estado dependía de un equilibrio delicado.
El Estado toleraba el narcotráfico porque los costos políticos de tolerarlo eran menores que los costos de combatirlo realmente. Pero cuando el narcotráfico generaba una crisis internacional de la magnitud del caso Camarena, ese cálculo se invertía. De repente, tolerar el narcotráfico generaba costos políticos enormes, presión diplomática, amenazas económicas, escándalo mediático internacional y combatir el narcotráfico, aunque fuera parcialmente, se volvía políticamente necesario.
El Estado mexicano no destruyó el cártel de Guadalajara porque de repente desarrollara un compromiso ético con la legalidad. lo destruyó porque mantenerlo se había vuelto políticamente insostenible. Esa es la lección que Rafael aprendió demasiado tarde. El poder criminal no es autónomo, es condicional, existe porque el Estado decide tolerarlo.
Y cuando el Estado decide que ya no puede tolerarlo, ese poder se desmorona. No importa cuánto dinero tengas, no importa cuántos funcionarios hayas comprado, no importa cuánta protección hayas construido, cuando cruzas ciertas líneas, el sistema entero se recalibra y tú te conviertes en el precio que el sistema paga para reestablecer el equilibrio.
Rafael fue arrestado, el cártel de Guadalajara fue desmantelado y el modelo de cooperación estable, el modelo que Pedro había construido y que había funcionado durante casi dos décadas, colapsó. Pero el colapso no fue total. Aunque el cártel de Guadalajara desapareció, el modelo no murió. Mutó. Miguel Ángel Félix Gallardo, antes de ser arrestado en 1989, organizó una reunión con los principales narcotraficantes mexicanos y en esa reunión dividió el país en territorios, asignó rutas, estableció acuerdos.
Esa división creó lo que eventualmente se convertiría en los grandes cárteles mexicanos, Tijuana, Juárez, Sinaloa, Golfo. Y todos operaban bajo versiones modificadas del mismo modelo que Pedro había diseñado 30 años antes, pero con una diferencia crítica. Ahora todos sabían cuáles eran las líneas que no se podían cruzar porque Rafael había cruzado una y había pagado el precio.
Y ese precio no fue solo su arresto, fue el fin de una era, la era en que el narcotráfico mexicano podía operar con la ilusión de que el Estado era su socio. Después de Camarena, esa ilusión era imposible de mantener. El Estado no era socio, era administrador. Y cuando la administración fallaba, el Estado se convertía en juez, jurado y verdugo.
Rafael heredó el manual de Pedro, pero aplicó ese manual en un mundo donde las reglas habían cambiado y descubrió demasiado tarde que en el narcotráfico la ignorancia estratégica no se castiga con fracaso, se castiga con destrucción total. El arresto de Rafael Caro Quintero en abril de 1985 no fue solo la captura de un narcotraficante, fue el cierre de un ciclo histórico.
Durante casi dos décadas, desde que Pedro Avilés comenzó a operar rutas aéreas a finales de los 60, el narcotráfico mexicano había funcionado bajo una lógica específica: cooperación silenciosa con el Estado, discreción operativa, violencia controlada, respeto a las jerarquías políticas. Ese modelo había generado estabilidad, no la estabilidad de los discursos oficiales, sino la estabilidad que realmente importa.
previsibilidad operativa. Los narcotraficantes sabían qué podían hacer y qué no. El estado sabía hasta dónde podía tolerar y cuándo debía intervenir, y ambos lados respetaban ese equilibrio tácito. Elasesinato de camarena destruyó ese equilibrio y lo que vino después no fue simplemente represión, fue reconfiguración estructural.
El Estado mexicano enfrentaba un problema complejo. No podía eliminar el narcotráfico. Eso era operativamente imposible y económicamente indeseable. El narcotráfico generaba dinero. Ese dinero circulaba en la economía. Y en un país con crisis económica profunda, eliminar completamente esa fuente de ingresos habría generado consecuencias sociales graves, pero tampoco podía seguir tolerándolo de la misma forma.
La presión estadounidense era demasiado intensa, la crisis diplomática era demasiado seria y el margen de maniobra política se había cerrado. Entonces, el Estado hizo lo que hace cuando enfrenta problemas estructurales sin soluciones claras. Improvisó una respuesta que satisfiera las presiones inmediatas sin resolver realmente el problema de fondo.
Arrestó a las figuras más visibles del cártel de Guadalajara. demostró que estaba tomando acción y permitió que la estructura subyacente se reorganizara bajo nuevas formas. Rafael Caro Quintero fue juzgado. Ernesto Fonseca Carrillo fue arrestado. Miguel Ángel Félix Gallardo permaneció operando algunos años más, pero sabía que su tiempo estaba contado.
Y Félix Gallardo, que siempre había sido más estratégico que Rafael, tomó una decisión que cambiaría permanentemente la estructura del narcotráfico mexicano. decidió que si el modelo centralizado de Guadalajara había colapsado, la solución era descentralización. En una serie de reuniones entre 1987 y 1989, Félix Gallardo convocó a los principales operadores del narcotráfico mexicano y organizó lo que algunos testimonios describen como una partición territorial del país.
La plaza de Tijuana fue asignada a los hermanos Arellano Félix. La plaza de Ciudad Juárez quedó bajo control de Rafael Aguilar Guajardo y posteriormente Amado Carrillo Fuentes. La plaza de Sonora quedó con Miguel Caro Quintero, el Golfo de México quedó bajo Juan García Ábrego y Sinaloa quedó dividido entre varios operadores que eventualmente formarían el cártel de Sinaloa.
Esa división no fue arbitraria, fue estratégica. Cada operador recibía control de una ruta específica hacia Estados Unidos y a cambio se comprometía a no invadir las rutas de otros. La lógica era simple. Minimizar la competencia violenta, maximizar la eficiencia operativa, reducir la visibilidad pública.
Era en esencia el mismo principio que Félix Gallardo había aplicado al crear la Federación de Guadalajara, pero ahora adaptado a un contexto donde la centralización se había vuelto insostenible. Y durante algunos años ese modelo descentralizado funcionó. Los nuevos cárteles operaban con relativa independencia. Había competencias, sí, había conflictos ocasionales, pero no había el tipo de violencia masiva que forzaría respuestas institucionales totales.
Cada cártel mantenía sus propias redes de protección. Pagaban a comandantes locales, negociaban con gobernadores, establecían acuerdos con policías federales. El modelo de Pedro seguía vivo, solo que ahora multiplicado en múltiples organizaciones en lugar de concentrado en una sola. Pero había una diferencia crítica entre el modelo original de Pedro y estas nuevas estructuras.
Pedro había operado en una época donde el narcotráfico era un fenómeno marginal. Las cantidades eran menores, el dinero era menor, el impacto social era menor. En los 90 el narcotráfico mexicano ya no era marginal, era masivo. La demanda estadounidense había crecido exponencialmente, el mercado de cocaína había explotado y México se había convertido en la ruta principal para la cocaína colombiana hacia Estados Unidos. Eso cambió todo.
Cuando el dinero crece, el poder crece y cuando el poder crece, la violencia crece. Los cárteles mexicanos ya no eran operaciones discretas que movían algunas toneladas de marihuana al año. Eran organizaciones que movían cientos de toneladas de cocaína, que generaban miles de millones de dólares, que empleaban a miles de personas, que controlaban territorios enteros.
Y ese nivel de poder era incompatible con la discreción que el modelo de Pedro requería. Además, la estructura descentralizada que Félix Gallardo había creado tenía una falla inherente. Dependía de que todos los actores respetaran los acuerdos y eventualmente alguien siempre viola los acuerdos. En los 90 comenzaron las guerras entre cárteles, Tijuana contra Sinaloa, Juárez contra otros operadores.
El golfo expandiéndose agresivamente. La violencia escaló y cuando la violencia escala, el Estado tiene que responder. Pero el Estado mexicano de los 90 ya no tenía la capacidad de administrar el problema de la misma forma que en los 70. El narcotráfico ya no era un problema de gestión local, era un fenómeno nacional con implicaciones internacionales y las herramientas que el Estado tenía paramanejarlo eran inadecuadas.
La policía estaba profundamente infiltrada. El ejército tenía capacidad operativa, pero poca experiencia en seguridad pública. Las instituciones de justicia eran débiles y la coordinación entre agencias era casi inexistente. Entonces, el Estado comenzó a usar la única herramienta que tenía disponible de forma masiva, la fuerza militar.
Y esa decisión cambió fundamentalmente la naturaleza del conflicto. Cuando usas el ejército para combatir el narcotráfico, estás convirtiendo un problema criminal en un problema de seguridad nacional. Estás militarizando el conflicto y estás creando incentivos para que los cárteles se militaricen.
También lo que había comenzado como organizaciones criminales empresariales comenzó a transformarse en grupos armados con capacidad casi militar. Los cárteles empezaron a reclutar exmilitares, empezaron a comprar armamento de grado militar, empezaron a entrenarse en tácticas de combate y empezaron a enfrentar al Estado no como criminales que buscan evadir la ley, sino como organizaciones que buscan controlar territorio mediante la fuerza.
Esa transformación destruyó completamente el modelo de Pedro, porque el modelo de Pedro dependía de invisibilidad. Y es imposible ser invisible cuando estás librando batallas con el ejército mexicano. Dependía de discreción y es imposible ser discreto cuando estás decapitando rivales y colgando cuerpos en puentes.
Dependía de violencia controlada y es imposible controlar la violencia cuando estás en una guerra abierta por control territorial. Y sobre todo dependía de cooperación con el Estado y es imposible cooperar con un Estado que te está combatiendo militarmente. El narcotráfico mexicano en el siglo XXI se convirtió en algo que Pedro nunca habría reconocido.
Ya no se trataba de mover drogas discretamente y pagar a las personas correctas. Se trataba de control territorial violento, de enfrentamientos armados, de masacres públicas, de intimidación masiva, de desafío abierto al Estado. Y ese modelo es insostenible, no porque sea moralmente inaceptable, sino porque genera costos políticos, sociales y económicos que eventualmente obligan a respuestas institucionales que destruyen a los actores involucrados.
Rafael aprendió esa lección cuando mató a Camarena. generó una crisis que obligó al Estado a destruir el cártel de Guadalajara. Los cárteles del siglo XXI aprendieron la misma lección, pero a una escala mucho mayor. Cuando la violencia escaló a niveles de guerra abierta, el Estado mexicano tuvo que responder, no porque quisiera, sino porque no responder habría significado el colapso total de la legitimidad institucional.
Y esa respuesta ha sido brutal, caótica e inefectiva, pero ha sido respuesta. Miles de operadores han sido arrestados, decenas de líderes han sido extraditados, organizaciones enteras han sido desmanteladas y el ciclo continúa porque el problema estructural nunca se resuelve. Pero hay una lección profunda en este colapso.
El modelo de Pedro funcionó durante casi dos décadas porque respetaba un equilibrio fundamental. El narcotráfico podía existir siempre y cuando no amenazara la estabilidad política del régimen. Cuando Rafael violó ese equilibrio matando a Camarena, el modelo comenzó a colapsar. Cuando los cárteles del siglo XXI violaron ese equilibrio con violencia masiva y desafío territorial, el modelo colapsó completamente y lo que quedó no fue un sistema de cooperación silenciosa, fue una guerra, una guerra que nadie puede ganar porque el Estado no puede eliminar
el narcotráfico mientras exista demanda masiva en Estados Unidos. Y los cárteles no pueden derrotar al Estado porque eventualmente el Estado siempre tiene más recursos y más legitimidad. Entonces, lo que existe ahora no es un modelo, es un ciclo de violencia y represión sin resolución clara. Y ese ciclo existe porque en algún momento alguien olvidó la lección fundamental que Pedro entendió perfectamente.
El poder criminal es condicional, depende de la tolerancia del Estado y esa tolerancia tiene límites absolutos. Cuando cruzas esos límites, no importa cuán poderoso seas, no importa cuánto dinero tengas, no importa cuántos funcionarios hayas comprado, el sistema se recalibra y tú pagas el precio. Rafael lo pagó en 1985.
Los cárteles mexicanos lo están pagando ahora y seguirán pagándolo mientras no entiendan que el verdadero poder no viene de la violencia, viene de comprender las reglas invisibles que estructuran el juego. Hay una pregunta que este documental debe responder con precisión. ¿Qué enseña realmente la historia de Pedro Avilés y Rafael Caro Quintero? No es una lección moral, no es una historia de buenos contra malos, no es una advertencia simple sobre las consecuencias del crimen.
Es algo mucho más complejo, una lección sobre la naturaleza del poder ilegal en sistemas políticos autoritarios. Lo que Pedro construyó no fue unaanomalía, fue la consecuencia lógica de un sistema político específico, operando bajo condiciones históricas específicas. El México de los 60 y 70 era un país donde el poder formal y el poder real funcionaban en niveles diferentes, donde las leyes existían en papel, pero se aplicaban selectivamente, donde muchas decisiones importantes se tomaban mediante negociaciones informales, donde
la corrupción no era una desviación del sistema, sino parte de su funcionamiento normal. En ese contexto, alguien como Pedro no era un criminal que operaba contra el Estado, era un actor económico ilegal que operaba dentro de los márgenes que el Estado permitía. Y el Estado permitía esos márgenes porque administrar el narcotráfico era más conveniente que intentar eliminarlo.
Esa es la primera lección estructural. En sistemas autoritarios con instituciones débiles, el crimen organizado no existe a pesar del Estado, existe con la tolerancia del Estado. Y esa tolerancia no es pasiva, es activa y negociada. El Estado tolera ciertas actividades ilegales a cambio de que esas actividades respeten límites invisibles, no generar escándalo público, no desafiar abiertamente la autoridad política, no crear problemas diplomáticos internacionales.
Mientras esos límites se respeten, el sistema funciona. El narcotráfico opera, el Estado recibe beneficios económicos indirectos, los funcionarios corruptos se enriquecen y la narrativa oficial de orden y legalidad se mantiene intacta. Pedro entendió perfectamente ese sistema, por eso su modelo funcionó durante años, pero ese sistema tiene una falla fundamental.
Depende de que todos los actores entiendan dónde están los límites. Y cuando una nueva generación entra al negocio, esa comprensión se pierde. Rafael no creció viendo como Pedro negociaba con el Estado. Creció viendo los resultados. Avionetas que volaban sin ser interceptadas, cargamentos que cruzaban la frontera, dinero que fluía sin obstáculos.
Vio el modelo en acción, pero no vio la lógica profunda que lo sostenía. Entonces, cuando Rafael aplicó ese modelo, lo hizo mecánicamente. Copió las tácticas sin entender la estrategia, usó las herramientas sin comprender el contexto y cuando el contexto cambió, el modelo dejó de funcionar.
Esa es la segunda lección estructural. Los modelos de poder criminal son contextualmente dependientes, funcionan bajo condiciones específicas y cuando esas condiciones cambian, el modelo debe adaptarse o colapsar. Rafael heredó un modelo diseñado para un mundo de baja presión internacional y alta tolerancia institucional e intentó aplicarlo en un mundo de alta presión y tolerancia decreciente.
No adaptó, no recalibró, no entendió que las reglas habían cambiado y el resultado fue predecible. Colapso total. Pero hay una tercera lección más profunda y más perturbadora. El modelo de Pedro colapsó. El cártel de Guadalajara fue desmantelado, Rafael fue arrestado y sin embargo el narcotráfico mexicano no desapareció, se transformó, porque el problema nunca fue el modelo específico que Pedro diseñó.
El problema era la estructura económica y política que hacía ese modelo posible. Mientras exista demanda masiva de drogas en Estados Unidos, habrá oferta desde México. Mientras el Estado mexicano tenga instituciones débiles e infiltradas, habrá espacios para que el narcotráfico opere. Mientras los funcionarios públicos estén mal pagados y el sistema político tolere la corrupción, habrá cooperación entre estado y crimen organizado.
Mientras la economía informal sea una parte significativa de la economía real, habrá incentivos para que comunidades enteras participen en el narcotráfico. Arrestar a Rafael no resolvió ninguno de esos problemas estructurales, solo removió a un operador específico y cuando un operador es removido, otro lo reemplaza.
Esa es la lección que los gobiernos mexicanos han aprendido dolorosamente durante décadas. No puedes resolver un problema estructural con soluciones individuales. Puedes arrestar a todos los capos que quieras. Puedes desmantelar todos los cárteles, puedes militarizar la seguridad pública, puedes desplegar al ejército en las calles, pero si no cambias las condiciones estructurales que hacen posible el narcotráfico, solo estás administrando síntomas y los síntomas siempre regresan.
En las décadas posteriores al colapso del cártel de Guadalajara, México ha visto surgir decenas de organizaciones criminales. Algunas crecen, algunas son desmanteladas, algunas se fragmentan, algunas se fusionan. Pero el fenómeno continúa, porque el fenómeno no depende de líderes carismáticos ni de organizaciones específicas, depende de condiciones estructurales que siguen intactas.
La demanda estadounidense de drogas no ha disminuido, si acaso ha aumentado. Las instituciones mexicanas no se han fortalecido significativamente. La corrupción sigue siendo endémica. Laeconomía informal sigue siendo enorme. Millones de mexicanos dependen de actividades económicas que operan fuera del marco legal formal.
Y mientras esas condiciones existan, habrá narcotráfico. La única diferencia entre el narcotráfico de Pedro y el actual es la escala y la violencia. Pedro operaba en las sombras. Los cárteles actuales operan con niveles de violencia que hacen imposible la invisibilidad. Pedro mantenía la violencia controlada. Los cárteles actuales han militarizado el conflicto.
Pedro cooperaba con el Estado. Los cárteles actuales a veces enfrentan al Estado abiertamente, pero la lógica fundamental es la misma. Grupos ilegales que controlan mercados lucrativos mediante una combinación de capacidad operativa y protección institucional. Y mientras esa lógica exista, el problema continuará. Entonces, ¿qué enseña realmente el caso de Pedro y Rafael? Enseña que el poder criminal nunca es autónomo, siempre es condicional, siempre depende de que el Estado decida tolerarlo y esa tolerancia tiene límites invisibles pero absolutos.
Enseña que los modelos de poder criminal son contextualmente dependientes. Lo que funciona en una época puede ser suicida en otra. enseña que las soluciones individuales no resuelven problemas estructurales. Puedes arrestar a todos los capos, pero si las condiciones que generan el narcotráfico siguen intactas, solo estás cambiando nombres.
Y enseña algo más profundo y más incómodo, que la relación entre estado y crimen organizado en México nunca ha sido simple confrontación. Ha sido durante décadas una relación compleja de tolerancia negociada, cooperación informal y represión selectiva. El Estado no ha sido incapaz de combatir el narcotráfico.
Ha sido selectivo en cuándo y cómo lo combate. Y esa selectividad responde a cálculos políticos, no a imperativos legales. Cuando el narcotráfico opera discretamente, se tolera. Cuando genera escándalos, se reprime. Cuando cruza líneas que generan crisis internacionales, se sacrifican operadores.
Y cuando la violencia escala demasiado, se militariza la respuesta. Pero en todos esos casos, lo que está en juego no es la eliminación del narcotráfico, es la administración del problema a niveles políticamente sostenibles. Esa es la verdadera lección del caso Pedro Avilés. no construyó un modelo criminal, construyó un modelo de cooperación entre criminalidad y estado que fue políticamente sostenible durante años.
Y cuando ese modelo dejó de ser políticamente sostenible, el Estado lo destruyó, no porque el modelo fuera inmoral, sino porque se había vuelto inconveniente. Rafael aprendió esa lección cuando mató a Camarena. Su acto hizo que el modelo se volviera políticamente insostenible. y el Estado lo sacrificó. Los cárteles mexicanos siguen aprendiendo esa lección cada vez que la violencia escala a niveles que obligan a respuestas institucionales y seguirán aprendiéndola mientras no entiendan que en el narcotráfico, como en cualquier forma de poder ilegal, la
verdadera habilidad no es ser más violento o más rico, es entender dónde están los límites del sistema y nunca cruzarlos. Porque cuando cruzas esos límites, no importa cuán poderoso seas, el sistema se recalibra y tú desapareces. Pedro lo entendió. Por eso duró años. Rafael no lo entendió. por eso fue destruido.
Y esa diferencia no fue cuestión de suerte ni de circunstancias, fue cuestión de inteligencia política, la capacidad de leer el momento histórico, de entender el contexto geopolítico, de reconocer los límites invisibles del poder y de nunca, bajo ninguna circunstancia, cruzarlos. Porque en el mundo del poder ilegal, la línea entre el éxito y la destrucción no está marcada, está invisible y solo los más inteligentes la ven.
Hay una imagen que resume toda esta historia. No está en un archivo, no aparece en documentales, no ha sido fotografiada, pero existe en la lógica profunda del poder mexicano. Es la imagen de un acuerdo que nunca se firma, de una regla que nunca se enuncia, de un límite que nunca se marca, pero que todos conocen. Pedro operó durante años porque entendía dónde estaba ese límite.
Rafael fue destruido porque lo cruzó y entre esos dos momentos, entre 1970 y 1985, se jugó algo mucho más importante que el destino de dos narcotraficantes. Se jugó la definición del narcotráfico mexicano moderno. Lo que Pedro construyó no era solo un modelo operativo, era una demostración de que el Estado mexicano podía ser administrado, que sus instituciones podían ser negociadas.
que su autoridad podía ser compartida no mediante revolución, no mediante confrontación abierta, sino mediante acuerdos silenciosos que beneficiaban a suficientes actores como para mantener el sistema estable. Durante años ese modelo funcionó porque ambos lados respetaban el equilibrio. El narcotráfico operaba, el estado toleraba y nadie cuestionaba públicamente esearreglo.
Pero ese equilibrio dependía de variables que estaban fuera del control de cualquier actor individual, dependía del contexto geopolítico, de las prioridades estadounidenses, de la capacidad del Estado mexicano para administrar presiones externas. de que la violencia se mantuviera en niveles tolerables y cuando esas variables cambiaron, el modelo colapsó no porque fuera moralmente insostenible, sino porque se volvió políticamente imposible.
Rafael heredó ese modelo en el peor momento posible, cuando Estados Unidos había convertido el narcotráfico en prioridad de seguridad nacional, cuando la DEA tenía recursos masivos, cuando México no podía darse el lujo de crisis diplomáticas y cuando Rafael mató a Camarena no estaba siendo particularmente brutal o irracional. Estaba aplicando lógica criminal estándar. Eliminas las amenazas.
Esa lógica había funcionado durante décadas. Había funcionado para Pedro, había funcionado para innumerables narcotraficantes, pero tenía una excepción crítica que Rafael no conocía o no respetó. Nunca tocas a representantes oficiales del gobierno estadounidense. Esa excepción no estaba escrita en ningún manual, no era parte de ningún acuerdo formal, pero era absolutamente real y violarla tuvo consecuencias que destruyeron no solo a Rafael, sino a toda la estructura que Pedro había construido. El cártel de Guadalajara fue
desmantelado, los operadores fueron arrestados y el modelo de cooperación silenciosa se volvió insostenible. Pero lo que vino después no fue mejor, fue fragmentación, fue violencia escalada, fue militarización del conflicto, fue guerra abierta entre cárteles y contra el Estado. Y esa transformación ha costado decenas de miles de vidas, ha desestabilizado regiones enteras, ha corrompido instituciones completas y ha convertido a México en un país donde el narcotráfico no es un problema criminal marginal, sino un fenómeno estructural
que permea la economía, la política y la sociedad. Y todo eso tiene su origen en el momento en que alguien olvidó la lección fundamental de Pedro, que el poder criminal es condicional, que depende de la tolerancia del Estado y que esa tolerancia tiene límites absolutos. Ahora, 40 años después del asesinato de Camarena, México sigue atrapado en las consecuencias de ese error.
Los cárteles han cambiado de nombre, los líderes han sido arrestados o asesinados y reemplazados. Las rutas han evolucionado, las tácticas se han sofisticado, pero la dinámica fundamental sigue siendo la misma. Grupos criminales que controlan mercados lucrativos mediante violencia y corrupción.
Un estado que responde con represión selectiva y un ciclo interminable donde nadie gana pero todos siguen jugando. Porque el problema nunca fue Pedro o Rafael o Félix Gallardo o cualquier capo específico. El problema es la estructura que hace posible que alguien como Pedro pueda secuestrar al Estado durante años. Y esa estructura sigue intacta.
Las instituciones mexicanas siguen siendo débiles. La corrupción sigue siendo endémica, la economía informal sigue siendo masiva y la demanda estadounidense de drogas sigue siendo insaciable. Mientras esas condiciones existan, habrá narcotráfico. La única pregunta es, ¿qué forma tomará? ¿Volverá a surgir alguien con la inteligencia política de Pedro que entienda cómo operar dentro de los límites del sistema? o seguirá la tendencia actual de violencia escalada y confrontación militarizada.
La historia sugiere que los sistemas tienden hacia el equilibrio y que eventualmente alguien redescubrirá la lección de Pedro, que la verdadera habilidad en el narcotráfico no es la violencia, sino la invisibilidad. No es el poder, sino la discreción. No es la confrontación, sino la negociación.
Porque al final el modelo de Pedro funcionó no porque fuera particularmente violento o audaz, sino porque era inteligente, entendía el sistema, respetaba sus límites y operaba dentro de los márgenes que el contexto permitía. Rafael lo olvidó y pagó el precio. Los cárteles mexicanos actuales parecen haberlo olvidado también y están pagando ese precio cada día, pero la lección sigue ahí, esperando a que alguien la aprenda nuevamente.
Y cuando eso suceda, cuando surja un nuevo Pedro que entienda cómo operar en las sombras, cómo negociar con el Estado, cómo mantener la violencia controlada, cómo respetar los límites invisibles del poder, el ciclo comenzará de nuevo. Porque esa es la verdadera advertencia de esta historia. No es que el narcotráfico sea inevitable, es que mientras existan las condiciones estructurales que lo hacen posible, siempre habrá alguien dispuesto a aprovecharse de ellas.
Y mientras el Estado mexicano siga teniendo instituciones débiles, corrupción endémica y tolerancia selectiva hacia la ilegalidad, esas condiciones seguirán existiendo. Pedro no inventó el narcotráfico mexicano, pero inventó elmodelo que lo hizo sostenible durante décadas. Rafael no destruyó ese modelo, pero demostró sus límites.
Y entre esos dos momentos, entre la construcción del modelo y su colapso, está la historia real narcotráfico mexicano. No es una historia de villanos y héroes, es una historia de estructuras de poder, equilibrios políticos y límites invisibles. Es la historia de cómo se construye un sistema donde el crimen organizado y el Estado no son enemigos absolutos.
sino actores en una negociación compleja. Y es la historia de qué sucede cuando alguien olvida que esa negociación tiene reglas. Reglas que nunca se escriben, reglas que nunca se discuten abiertamente, pero reglas absolutas. Y la primera regla, la más importante, la que Pedro entendió perfectamente y Rafael ignoró fatalmente es esta: Puedes operar en las sombras del Estado, puedes negociar con sus instituciones, puedes corromper a sus funcionarios, puedes construir imperios criminales que duran décadas, pero nunca, bajo ninguna
circunstancia puedes olvidar que ese poder es prestado, que existe porque el Estado lo tolera y que cuando el Estado decide y de que ya no puede tolerarlo, ese poder desaparece no gradualmente, instantáneamente. Rafael lo aprendió en 1985 cuando fue arrestado en Costa Rica. Lo confirmó en 2013 cuando fue liberado brevemente, solo para descubrir que el mundo había cambiado y que su nombre seguía en las listas de los más buscados.
y lo está aprendiendo nuevamente ahora extraditado a Estados Unidos, enfrentando cargos que lo mantendrán en prisión el resto de su vida, porque esa es la verdadera consecuencia de cruzar los límites invisibles del poder. No es solo el arresto, no es solo la prisión, es la demostración absoluta de que el poder criminal siempre fue una ilusión.
Una ilusión que funcionaba mientras el Estado decidía mantenerla y que se desmorona en el momento exacto en que el Estado cambia de opinión. Pedro murió en 1978, pero su modelo vivió 15 años más. Rafael fue arrestado en 1985 y su arresto marcó el fin de una era, la era en que era posible creer que se podía secuestrar al Estado sin consecuencias.
Esa era terminó. Pero la pregunta que nos deja esta historia sigue abierta. ¿Aprendimos la lección o estamos condenados a repetir el ciclo? La historia del narcotráfico mexicano sugiere que la respuesta es clara. No aprendemos. Repetimos una y otra vez con nombres diferentes, con organizaciones diferentes, con niveles de violencia diferentes, pero siempre la misma estructura fundamental, poder criminal que depende de tolerancia estatal, tolerancia estatal que depende de cálculos políticos y cálculos políticos que cambian cuando alguien
cruza los límites invisibles. Pedro entendió eso. Rafael no. Y esa diferencia explica todo, no solo sus destinos individuales, sino la historia completa del narcotráfico mexicano moderno, desde sus orígenes silenciosos en las sierras de Sinaloa hasta su transformación en una guerra que lleva décadas sin resolución.
Todo comenzó con un hombre que aprendió a volar bajo el radar y colapsó con otro que voló demasiado alto. Esa es la lección. Simple, brutal. absoluta.















