Por Qué los Arellano Félix DESTRUYERON a Rafael: La Verdad sobre Fin de Guadalajara Oculta 35 Años

Por Qué los Arellano Félix DESTRUYERON a Rafael: La Verdad sobre Fin de Guadalajara Oculta 35 Años

Hay una fotografía que nunca se publicó. En ella, cinco hombres jóvenes posan junto a un Ferrari testarosa rojo, el metal brillando bajo el sol de Tijuana como una herida abierta. Llevan camisas de seda italiana, relojes demasiado pesados para quienes nunca han pagado el precio de nada y sonrisas de muchachos convencidos de que el futuro les pertenece por apellido, no por mérito.

Al fondo, borrosa, la ciudad que juraban dominar antes siquiera de entender sus reglas. Esa foto se tomó en 1987. Dos años después, el hombre que les había enseñado el juego aparecería esposado en Costa Rica. No caería por una jugada brillante de la DEA, ni por un ataque repentino de conciencia del gobierno mexicano.

Caería porque esos mismos juniors que brindaban con champán francés, gracias al dinero que él les enseñó a ganar, decidieron que ya no necesitaban pedirle permiso a nadie. Rafael Caro Quintero levantó un imperio cuando esos muchachos todavía jugaban con carritos en mansiones de Culiacán. Convirtió Guadalajara en la capital invisible de un negocio que movía más dinero que el presupuesto de varios países.

No solo traficaba droga, diseñó un sistema. Inventó la idea moderna de plaza, de territorio como activo, de respeto entre capos como seguro de vida. De hectáreas de desierto, sacó plantaciones que parecían no tener fin y convirtió polvo en oro, pero cometió un error imperdonable. Les enseñó todo a los hijos equivocados. Los arellanos Félix no llegaron al negocio huyendo del hambre, sino aburridos del lujo.

No buscaban estabilidad, sino adrenalina. Para Rafael, el narcotráfico era un negocio que exigía paciencia, diplomacia y código. Negociar antes que disparar, respetar familias, entender que demasiado ruido atrae tormentas. Para ellos era un campo de batalla donde solo importaba quién disparaba primero y quién sobrevivía para contarlo.

Lo que conoces es la versión pulida para Expediente, que Rafael ordenó el secuestro y asesinato de Kiki Camarena, que la DEA se obsesionó con su captura, que el gobierno mexicano presionado reaccionó. una narrativa perfectamente armada para noticieros y discursos oficiales, donde todo encaja y la historia se cierra en un caso.

Esa no es esta historia, esta es la historia incómoda. Cómo un grupo de juniors arrogantes, con más coca en la nariz que estrategia en la cabeza, fue desmontando pieza por pieza la estructura que Rafael tardó una década en construir. como su soberbia transformó Tijuana en un matadero a cielo abierto y dejó a Guadalajara reducida a un recuerdo agrio como el gobierno mexicano decidió mirar hacia otro lado y a veces aplaudir en silencio, mientras los nuevos salvajes destrozaban el pacto de caballeros que había mantenido el negocio en las

sombras sin convertir las calles en ríos de sangre. Es la crónica del fin de una era y empieza con el rugido de un motor italiano en la noche de Tijuana, llevando a cinco hermanos hacia un destino que terminaría devorándolos a todos. Pero antes de tragárselos a ellos, tenía que morder al hombre que les entregó las llaves del reino.

Guadalajara, 1984. El aire huele a tierra mojada y dinero recién lavado. En el jardín de una mansión en Zapopan, bajo árboles viejos que han escuchado más secretos que cualquier iglesia, Rafael Caro Quintero sostiene un vaso de whisky escocés que vale más que el sueldo mensual de un policía judicial.

Tiene 32 años y la tranquilidad peligrosa de quien sabe que por ahora todo se mueve a su favor. A su alrededor, hombres mayores escuchan cuando él habla. Miguel Ángel Félix Gallardo, el jefe de jefes, inclina la cabeza con atención. Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto, fuma una mano con la calma del veterano, que ha sobrevivido a demasiadas balas para impresionarse fácilmente.

Ellos no se llaman a sí mismos cártel de Guadalajara. Para ellos sigue siendo simplemente el negocio. Mover producto del sur al norte, convertir plantas en billetes, transformar geografía en rutas. Rafael es el más joven de los tres, pero también el más visionario. Mientras los otros cuentan toneladas, él diseña estructuras.

Mientras ellos piensan en cargamentos, él piensa en control. es el primero que entiende que el verdadero poder no está en vender droga, sino en poseer y organizar el territorio por donde pasa. Esa intuición se condensa en una palabra que él lanza casi sin darse cuenta y que definirá décadas. Plaza. Esa tarde llegan cinco hermanos de Sinaloa, sobrinos de Jesús, Labra Avilés, el Chui, un hombre que Rafael respeta.

Aparecen con ropa demasiado elegante para novatos. Camisas bien cortadas, relojes vistosos, pistolas brillando discretamente en la cintura. El mayor no llega a los 30. Los menores apenas han dejado de ser adolescentes. Tienen apellido, conexiones y ninguna cicatriz. Se llaman Arellano Félix. Rafael los observa acercarse con la mezcla de curiosidad y condendencia de un rey medieval mirando a los hijos deun vasallo leal.

sabe de dónde vienen, no de la miseria, sino de la comodidad. No han sembrado con las manos rajadas bajo el sol de Sinaloa. No han cruzado cargas rezando para que un retén improvisado no los mande al penal o a la fosa. No conocen aún el sabor metálico del miedo real. Lo único que traen es hambre. Miguel Ángel hace las presentaciones.

Francisco Rafael el Mayor aprieta la mano de Rafael con exceso de firmeza. intentando compensar la falta de historia con actitud. Benjamín el segundo sonríe con amabilidad estudiada, ojos que calculan mientras agradecen. Ramón el tercero no se molesta en fingir simpatía. Mira, memoriza, mide jerarquías a partir de quién habla primero y quién sirve el whisky sin pedir permiso.

Rafael repara en Ramón al instante. Ese muchacho no ha venido a aprender. Ha venido a medirse con el maestro, pero esa tarde Rafael está generoso. El negocio está en su mejor momento. Hay cocaína suficiente, rutas suficientes, dinero de sobra. Lo que necesita es gente de confianza en la frontera, alguien que entienda que Tijuana no es solo una línea en el mapa, sino una mina de oro que exige discreción. Les ofrece una oportunidad.

Tijuana puede ser su plaza siempre que respeten las reglas. Pagan el porcentaje pactado. No matan sin permiso. No tocan familias. No convierten la frontera en espectáculo. El negocio prospera en las sombras, les recuerda, la luz debe ser para los políticos y sus discursos, no para ellos.

Los arellanos Félix asienten. Benjamín promete lealtad con palabras bonitas como gratitud y confianza. Francisco asegura que mantendrán Tijuana tranquila. Ramón calla, pero en su silencio hay algo que Rafael debería escuchar con más cuidado que cualquier promesa. Cuando la reunión termina y los hermanos se alejan por la alameda de la mansión, alguien alcanza a oír a Ramón murmurarle a Benjamín sin siquiera voltear atrás.

Algún día nosotros no vamos a pedirle permiso a nadie. Benjamín se ríe. Piensa que es fanfarronería juvenil. No lo es. Tijuana, 1985. La ciudad huele distinto al resto de México. Huele a dólares húmedos que cambian de mano en los bares, a neón parpade sobre avenidas cansadas, a turistas americanos cruzando la línea en busca de lo que no pueden comprar legalmente en casa.

Tijuana es desespero y oportunidad comprimidos en pocas cuadras. Los arellanos Félix no llegan discretamente, llegan en caravana de suburban negras, vidrios ahumados reflejando el sol como espejos de amenaza. Traen hombres armados que los veteranos locales no reconocen. Traen maletas de dólares y una arrogancia que hace que los viejos traficantes de Mota sientan un escalofrío que no saben explicar.

Benjamín, el cerebro, empieza a tejer la red, se sienta con políticos, jefes policiales, empresarios al borde de la quiebra que necesitan lavar dinero y cerrar la boca. Descubre quién tiene campaña cara, quién mantiene amante a escondidas, quién tiene hijos con vicios caros. En pocos meses sabe más de Tijuana que muchos expedientes oficiales.

Francisco Rafael se encarga de la logística. rutas, bodegas, puntos de cruce. Habla con coyotes que llevan años pasando gente para aprender horarios, brechas, turnos de guardias. Convierte el tráfico en un organigrama, entradas, salidas, mercancía, pagos. Pero es Ramón quien marca a fuego el carácter de la nueva plaza. Ramón no manda recado. Ramón es el recado.

Cuando un distribuidor local decide que no va a pagar el porcentaje que le exigen, Ramón no lo manda a llamar. Entra personalmente al restaurante donde el hombre está comiendo con su familia. Cruza el salón sin prisa, saca una pistola cromada y le dispara tres veces en la cara delante de la esposa y los hijos paralizados.

guarda el arma, se da la vuelta y sale caminando. Nadie lo detiene, ni la patrulla a dos cuadras, ni los soldados que supuestamente patrullan la zona. En pocos meses, la ciudad entiende el nuevo mapa. En Tijuana quien manda ahora son ellos. Desde Guadalajara, Rafael empieza a escuchar los reportes ejecutados en público, cuerpos abandonados como mensaje, apodos nuevos para miedos viejos, frunce el seño, hace comentarios aislados, pero está demasiado ocupado con algo mucho más grande.

La DEA se acerca. El nombre de Camarena pesa como amenaza. Hay plantaciones que quemar, rutas que mover, políticos que calmar. comete su mayor error, no hace nada. Cree que es entusiasmo juvenil, que con el tiempo entenderán que la violencia excesiva solo trae luz indeseada. Piensa que cuando maduren seguirán viendo el negocio como él, un maratón, no una carrera suicida.

¿No ve que en Tijuana están haciendo otra lógica? No la del negocio discreto, sino la del espectáculo armado. Culiacán, 1986. La reunión en teoría es de rutina. Los grandes se juntan cada cierto tiempo para alinear territorios, resolver disputas, asegurarse de que nadie esté poniendo en riesgo el negocio de todos. Es una junta de socios sin actas nifirmas, con más pistolas que lapiceros, pero el objetivo sigue siendo el mismo, que el dinero fluya.

Miguel Ángel Félix Gallardo preside. Rafael está allí, aún poderoso, aunque ya siente la presión de los gringos como peso en la nuca. Don Neto también. Y por primera vez como iguales y no como aprendices los hermanos Arellano Félix. Solo eso ya anuncia que algo cambió. Desde que entran, Rafael nota el desplazamiento. Benjamín se sienta sin esperar indicación.

Ramón saluda sin bajar la mirada. El maletín con el dinero del porcentaje se coloca sobre la mesa con un golpe seco que suena más a aquí está lo que les toca que a gracias por la protección. Miguel Ángel habla de las rutas del Pacífico, de un cargamento perdido en Sonora, de la necesidad de reorganizar la conexión con Colombia. Rafael escucha, aporta soluciones, hace lo que siempre ha hecho.

Mantener el tablero completo funcionando. Entonces Benjamín suelta la frase que parte la sala en dos. Tijuana ya no necesita pasar por Guadalajara. El silencio pesa más que el humo de cigarro. Rafael deja el vaso de whisky sobre la mesa. Despacio. Perdón. Benjamín no se mueve un centímetro. Sonríe con esa cortesía fría.

Tenemos contactos directos en Colombia. Podemos recibir, procesar y cruzar sin intermediarios. Tijuana está lista para operar de manera independiente. Independiente. En ese contexto, la palabra es una declaración de guerra envuelta en papel de eficiencia. Miguel Ángel trata de salvar el orden. Habla de unidad, de estructura, de cómo la fuerza siempre estuvo en la federación.

Su voz suena cansada, como la de alguien que sabe que el viejo mundo se está desmoronando y no tiene fuerzas para sostenerlo. Rafael no está dispuesto a soltar tan fácil. Tijuana opera bajo las reglas de la federación. Siempre ha sido así. El día que cada plaza trabaje sola, nos convertimos en enemigos y cuando eso pase, todos perdemos.

Ramón, que ha estado en silencio, se inclina hacia delante o todos ganamos más sin tener que compartir. Los ojos de Rafael se clavan en los suyos. Lo que ve no es simple ambición, es desprecio. Para Ramón Rafael ya no es el arquitecto del sistema, es un obstáculo decorado. Si quieren independencia, dice Rafael con voz de navaja, pueden irse, pero se van sin nuestra protección, sin nuestras rutas, sin los años de relaciones que construimos.

Y cuando los colombianos se cansen de tratar con Junior sin respaldo, no vengan a llorar. Benjamín asiente como si aceptara la advertencia. Ramón sonríe. No es acuerdo, es promesa. La reunión termina con cordialidad impostada. Manos que se estrechan, palabras de respeto, fórmulas de aquí estamos para lo que se ofrezca. Pero cuando los Arellanos Félix salen de aquella casa en Culiacán, ya no son parte de una federación, son la grieta que anuncia el derrumbe.

Esa noche, en el vuelo de regreso a Tijuana, Ramón le dice a sus hermanos, Rafael tuvo su tiempo, ahora es el nuestro y nosotros no vamos a terminar esposados como él. Se equivocan. Algunos morirán baleados en calles cualquiera. Otros acabarán en prisiones donde su nombre ya no intimida a nadie. Alguno recibirá una inyección letal lejos de su tierra.

Pero en 1986, en ese avión se sienten intocables. Por primera vez desde que dejó de ser un campesino pobre en Sinaloa, Rafael siente algo nuevo. No miedo a morir, sino miedo a ver cómo el mundo que construyó está a punto de devorarse a sí mismo y de intuir que esta vez no habrá forma de detenerlo. Guadalajara, 24 de mayo de 1993.

El sol pega contra el asfalto del aeropuerto internacional Miguel Hidalgo, como si quisiera derretirlo. Son las 4:10 de la tarde y el terminal está lleno de turistas regresando de vacaciones, ejecutivos con portafolios, familias completas arrastrando maletas. Nadie sabe que están a minutos de presenciar el momento que dividirá la historia del narcotráfico mexicano en un antes y un después.

En el estacionamiento, Ramón Arellano Félix espera dentro de una gran marquí negra. Lleva lentes oscuros, camisa blanca de lino, un radio Motorola en la mano. A su lado, tres sicarios revisan sus armas con la tranquilidad de quien está a punto de ir al supermercado, no a cometer un asesinato en público. El objetivo, Joaquín Guzmán lo era, el Chapo, el hombre que se ha atrevido a desafiar el dominio de los arellanos Félix.

El hombre que está moviendo producto en Tijuana sin pedir permiso. El hombre que cometió el error imperdonable de creer que puede jugar en la liga mayor sin pagar respeto a quienes llegaron primero. El plan es simple. El Chapo aterriza en 20 minutos. Esperan a que salga del terminal, se acercan, vacían los cargadores, se van. No es la primera vez que Ramón ejecuta este tipo de operación.

Ya perdió la cuenta de cuántos cadáveres lleva en su currículum, pero este es diferente. Matar a el Chapo no es solo eliminar competencia, es enviar un mensaje que retumbará desde Tijuana hasta Bogotá.Los arellanos Félix no negocian territorio, lo toman y quien se oponga muere. A las 4:35 pm, uno de los sicarios señala hacia la puerta principal del terminal. Ahí viene Ramón.

Sigue la mirada. Ve a un hombre de estatura baja, complexión robusta saliendo del aeropuerto hacia una camioneta blanca. Lleva gorra de béisbol, camina rápido, como quien sabe que no debería estar ahí. Ese es. Los sicarios bajan del carro, caminan hacia el hombre con la precisión de profesionales, sacan las armas.

AK47 de cuerno dorado, pistolas nueve Mimiro, una escopeta recortada. Empiezan a disparar. El ruido es ensordecedor, vidrios que estallan, metal que se perfora, gritos de pánico de civiles que se tiran al suelo o corren sin dirección. Una mujer con un bebé en brazos cae de rodillas llorando. Un anciano recibe un balazo perdido en el hombro y se desploma contra una columna.

Los sicarios vacían cargadores completos contra la camioneta blanca. Cuando el humo se disipa y el silencio regresa, ese silencio artificial que llega después de la violencia extrema, Ramón camina hacia la camioneta destrozada. Necesita confirmar el cadáver. Se acerca, mira adentro y siente algo que no ha sentido en años. Pánico puro.

El hombre muerto en el asiento del conductor no es Joaquín Guzmán Lo era, es Juan Jesús Posadas Ocampo, cardenal de la Iglesia Católica. El error que Ramón acaba de cometer no se mide en balas, se mide en consecuencias que destruirán todo. Ciudad de México, 25 de mayo de 1993. El presidente Carlos Salinas de Gortari está en una reunión con inversionistas extranjeros.

Cuando le informan se pone pálido, cancela todo, convoca reunión de emergencia con su gabinete de seguridad. Lo que acaba de pasar en Guadalajara no es solo un asesinato, es un sacrilegio político. Matar políticos se puede manejar, matar policías se puede negociar. Matar periodistas se puede silenciar. Pero matar a un cardenal de la Iglesia Católica en un país donde 80 millones de personas se persignan antes de comer es cruzar una línea que ni los más salvajes se atrevían a cruzar.

La presión es instantánea y total. El Vaticano exige explicaciones. Estados Unidos amenaza con sanciones. Los medios internacionales convierten a México en sinónimo de narcoestado fallido. CNN transmite imágenes del cadáver del cardenal en loop las 24 horas. Y lo peor, el pueblo mexicano que había tolerado con resignación el narcotráfico mientras no los tocara directamente, ahora está furioso.

Salinas no tiene opción. ordena la cacería más grande en la historia del narcotráfico mexicano. Quiero a los arellanos félix, vivos o muertos, pero los quiero ya. Se despliegan miles de soldados, se activan todos los informantes, se ofrecen recompensas millonarias, se tortura a decenas de personas que ni siquiera conocen a los hermanos, solo para demostrar que el gobierno está haciendo algo.

En Tijuana, los Arellanos Félix entienden de inmediato que todo cambió. Benjamín reúne a sus hermanos en una casa de seguridad. Por primera vez que empezaron se ve genuinamente preocupado. Tenemos que desaparecer, Ramón. Tu cara va a estar en todos los periódicos, en todas las televisiones. Van a poner recompensas, van a presionar a todos nuestros contactos.

Ramón increíblemente sonríe. Que vengan. Benjamín lo mira como si estuviera viendo a un extraño. ¿Entiendes lo que acabas de hacer? Mataste a un [ __ ] cardenal. Fue un error. Creí que era el Chapo. Eso no importa. La gente no va a entender que fue error. Van a pensar que somos psicópatas que matan sacerdotes. Francisco Rafael, siempre el más pragmático, interviene.

Necesitamos una narrativa, algo que le diga a la gente que no fue intencional, que fue fuego cruzado, que el Chapo también estaba ahí y por eso pasó. Es mentira. El Chapo ni siquiera estaba en Guadalajara ese día. Pero la mentira se repite tanto en los siguientes meses que algunos terminan creyéndola.

Los Arellanos Félix se esconden, dejan Tijuana, se mueven entre ranchos en Sinaloa, casas de seguridad en Sonora, búnkeres en Baja California. Ramón se deja crecer la barba, Benjamín usa pelucas. Francisco Rafael se somete a cirugía plástica que lo deja irreconocible, pero siguen operando. Porque para los arellanos félix detenerse significaría admitir debilidad.

Y la debilidad en este negocio es una sentencia de muerte. Penal de Puente Grande, junio de 1993. Rafael Caro Quintero lee los periódicos en su celda. La muerte del cardenal ocupa todas las portadas. Hay fotos del cuerpo, testimonios de testigos, análisis de expertos que debaten si México se está convirtiendo en Colombia. Rafael dobla el periódico lentamente, sonríe con amargura.

Se los dije. Les dije que esto pasaría. Un guardia que escucha desde afuera pregunta, “¿Qué dijo don Rafael?” Nada. Solo que algunos no aprenden hasta que es demasiado tarde. Rafael entiende lo que los arellanos Félix todavía no comprenden. En este negocio, laviolencia extrema no es poder, es desesperación.

Es el último recurso de quien ya no tiene inteligencia suficiente para mantener las cosas bajo control. Cuando Rafael operaba había muertes, claro que las había, pero eran muertes estratégicas calculadas. necesarias. No eran espectáculos públicos diseñados para inflaros. Los Arellano Félix convirtieron el narcotráfico en reality show de sangre y ahora están pagando el precio.

Esa noche, en su celda iluminada apenas por una luz fluorescente que parpadea, Rafael escribe una carta que nunca enviará. Va dirigida a Ramón Arellano Félix. Muchacho, te enseñé que el poder verdadero es invisible, que el narcotraficante exitoso es aquel cuyo nombre nunca aparece en periódicos, que la violencia es herramienta, no identidad. No me escuchaste.

Quisiste ser famoso. Quisiste que tu nombre diera miedo. Quisiste ser leyenda. Felicidades, lo lograste. Pero las leyendas en este negocio terminan muertas o en celdas como esta. Y cuando termines así, vas a recordar este momento. Vas a recordar que pudiste construir un imperio duradero, pero elegiste construir un incendio.

Los incendios son hermosos mientras arden, pero siempre se consumen a sí mismos. Qué resecu. Rafael guarda la carta bajo el colchón. Nunca la enviará. Pero años después, cuando Ramón Arellano Félix caiga acribillado en las calles de Mazatlán durante un operativo mal planeado, alguien encontrará esa carta entre las pertenencias de Rafael y entenderá que fue profecía, no consejo.

Tijuana 1994-197. El asesinato del cardenal no detiene a los arellanos Félix, los hace más violentos, más paranoicos, más impredecibles. Ramón especialmente se convierte en algo cercano a psicópata funcional. Ya no mata solo por estrategia, mata por diversión, por demostrar poder, por sentir el subidón de adrenalina que viene después de vaciar un cargador en la cara de alguien.

crea un ejército de sicarios jóvenes, algunos apenas adolescentes, reclutados de las colonias más pobres de Tijuana. Les paga mejor que cualquier trabajo legal, les da armas, drogas, mujeres, respeto instantáneo, los entrena personalmente en ranchos del desierto, les enseña técnicas de tortura, les muestra videos de ejecuciones para desensibilizarlos.

Estos muchachos no tienen código, no tienen límites, no tienen futuro más allá de los próximos 6 meses de vida. Son la evolución final de lo que los Arellanos Félix representan. Violencia como marca registrada. En 1994 matan a un candidato presidencial del PRI en Tijuana. El gobierno responde con redadas masivas que no capturan a nadie importante, pero llenan las cárceles de chivos expiatorios.

En 1995 ejecutan a un procurador de justicia en plena zona turística. Lo dejan colgado de un puente con un mensaje escrito en el pecho. Esto les pasa a los que traicionan. En 1996 intentan matar a el Chapo por segunda vez. Fallan, pero en el intento asesinan a familiares suyos y a tres niños que estaban jugando en la calle.

Cada acción genera reacción. El Chapo responde matando distribuidores de los Arellano Félix. Los Arellano Félix responden quemando bodegas del Chapo. El Chapo responde poniendo bombas en discotecas. Es un círculo vicioso que convierte el noroeste de México en zona de guerra. Y Rafael desde su celda lee cada reporte como alguien leyendo sobre la extinción de los dinosaurios.

inevitable, trágico, merecido. Ciudad de México. Septiembre de 1997. El gobierno mexicano, presionado por Estados Unidos, organiza una conferencia de prensa internacional. Presentan lo que llaman evidencia definitiva contra los Arellanos Félix. Fotos de vigilancia, videos granulados, testimonios de informantes protegidos. Pero lo más devastador son las grabaciones, conversaciones telefónicas interceptadas, donde Ramón habla de ejecuciones como si estuviera ordenando pizza, donde Benjamín negocia sobornos con políticos que después aparecerán en

cámaras jurando que nunca tuvieron contacto con narcotraficantes. Las grabaciones se filtran a todos los medios, CNN las transmite con subtítulos en inglés, Televisa las pasa en horario estelar. Los arellanos Félix, que habían construido su reputación sobre ser intocables, de pronto son expuestos como criminales torpes, vulgares, predecibles.

La humillación es peor que cualquier operativo porque destruye el mito. Y en el narcotráfico, cuando pierdes el mito, pierdes el respeto. Y cuando pierdes el respeto, tus propios hombres empiezan a considerarte prescindible. Benjamín entiende el peligro inmediatamente convoca reunión de emergencia con sus lugarenientes. Vamos a hacer algo que nadie espera.

Vamos a retirarnos. Ramón lo mira como si hubiera perdido la cabeza. Retirarnos. Ahora, cuando más nos necesitan ver fuertes, nos necesitan ver inteligentes. Si seguimos peleando, nos van a casar uno por uno. Necesitamos desaparecer, dejar que las cosas se enfríen, volver cuando nadie nos esté buscando.

Francisco Rafael asiente, ve la lógica, pero Ramón, no. Yo no me escondo. Yo no soy Rafael Caro Quintero huyendo como perro. Mencionar ese nombre es un error. Benjamín se pone de pie, mira a Ramón directo a los ojos. Rafael se escondió porque era inteligente. Nosotros nos vamos a esconder porque no queremos terminar como él. En una celda, viendo como todo lo que construimos se desmorona.

Rafael terminó en una celda porque era débil. Rafael terminó en una celda porque lo traicionaron. Igual que nosotros, vamos a terminar si no empezamos a confiar en la inteligencia más que en las balas. Es el primer desacuerdo serio entre los hermanos, no será el último. Esa noche todos aceptan el plan de Benjamín. Se dividen, se esconden, dejan a lugarenientes manejando las operaciones mientras ellos se vuelven fantasmas.

Durante se meses, los Arellanos Félix casi desaparecen del mapa. Los periódicos especulan que están muertos, que huyeron a Sudamérica, que se entregaron en secreto. Ninguna teoría es cierta. Están en Tijuana, siempre en Tijuana, pero moviéndose cada noche, durmiendo en casas diferentes, comunicándose solo por mensajeros, operando como guerrilleros urbanos en la ciudad que alguna vez controlaron abiertamente.

Es durante ese periodo que algo dentro de Ramón se rompe definitivamente. La inactividad lo está volviendo loco, la paranoia lo consume, empieza a sospechar de sus propios hermanos y cuando un hombre con el historial de violencia de Ramón empieza a creer esas cosas, el final está escrito. Solo falta que alguien lo lea. Los Pinos, Ciudad de México, febrero de 1985.

Hay una reunión que no aparece en ninguna agenda oficial, sin actas, sin testigos formales, sin registro de quién entró o salió por la puerta trasera de la residencia presidencial esa noche de invierno. Pero sucedió. En esa habitación con olor a tabaco cubano y whisky importado, se sientan cinco hombres que definen el destino de México desde las sombras.

Ninguno de sus nombres aparecerá jamás vinculado con lo que están a punto de decidir, pero sus decisiones moldearán las próximas tres décadas de violencia. Uno de ellos es subsecretario de Gobernación, otro comandante de la Policía Judicial Federal. Un tercero representa intereses de la CIA en México. Oficialmente es agregado cultural.

Extraoficialmente coordina operaciones encubiertas desde Tijuana hasta Chiapas. El cuarto es empresario de Monterrey con conexiones que van desde Washington hasta Medellín. El quinto permanecerá siempre anónimo, aunque hay quienes juran que su apellido rima con el de una familia que ha gobernado México por generaciones. El tema de discusión, Rafael Caro Quintero, es un problema, dice el subsecretario limpiándose los lentes.

Los gringos quieren su cabeza. Después de lo de Camarena, no van a parar hasta verlo en una celda. El comandante de la PJF asiente. Podemos entregarlo. Tenemos su ubicación en Costa Rica, una llamada y en 24 horas está en territorio mexicano. No es tan simple. Interviene el hombre de la CIA con acento tejano apenas perceptible.

Camarena era uno de los nuestros. Washington quiere justicia pública, quiere ver que México coopera. El empresario de Monterrey enciende un puro, exhala humo lentamente. ¿Y qué pasa con la estructura? Rafael no opera solo. Tiene a Félix Gallardo, tiene a Fonseca Carrillo. Tiene conexiones con los colombianos que mueven 80% de la cocaína que entra a Estados Unidos.

Si lo tumbamos, el sistema completo puede colapsar. Exactamente, dice el hombre anónimo con voz que suena como cascajo rodando. Por eso no vamos a tumbar todo el sistema. Vamos a reemplazar una pieza. Silencio. El subsecretario se inclina hacia adelante. ¿Qué propones? Rafael se ha vuelto demasiado visible, demasiado poderoso, demasiado autónomo.

Ya no acepta órdenes, ya no comparte porcentajes. Cree que es intocable. Eso es peligroso para todos. El comandante sonríe con entendimiento. Estás diciendo que Rafael se convirtió en el chivo expiatorio perfecto. Estoy diciendo que Rafael no sirve más preso que libre. Lo entregamos a los gringos. Ellos quedan satisfechos.

Nosotros demostramos que cooperamos y en el proceso abrimos espacio para gente nueva, gente más flexible. Los Arellano Félix, pregunta el hombre de la CIA. entre otros, son jóvenes, ambiciosos, hambrientos y lo más importante, no tienen la estatura de Rafael, nunca la tendrán, lo cual los hace controlables.

El empresario de Monterrey sacude ceniza de su puro y si se salen de control, hemos visto lo que hacen en Tijuana. No son exactamente discretos. El hombre anónimo sonríe. Es una sonrisa que no llega a los ojos. Entonces los reemplazamos también. Ese es el punto. Rafael construyó un sistema donde él era irreemplazable.

Eso le daba poder sobre nosotros. Los Arellano Félix van a construir un sistema donde nosotros tenemos poder sobre ellos. Porque siempre habrá alguien más joven,más violento, más hambriento esperando su turno. El subsecretario asiente lentamente, empieza a ver la imagen completa. Divide y vencerás. Exactamente.

Mientras estén peleándose entre ellos, Tijuana contra Sinaloa, Juárez contra Golfo, nunca serán lo suficientemente fuertes para desafiarnos. Y nosotros seguimos cobrando nuestra parte. El comandante pregunta lo que todos están pensando. ¿Y qué hacemos con Félix Gallardo? Él entiende el juego. Félix Gallardo es inteligente, por eso sobrevivirá más que Rafael, pero eventualmente él también se convertirá en un problema y cuando eso pase, ya tendremos lista su reemplazo.

Es un plan simple en su crueldad, brutal en su eficiencia y completamente funcional. Esa noche, sin votos, sin documentos, sin testigos oficiales, cinco hombres deciden el destino de Rafael Caro Quintero. No lo deciden por justicia, lo deciden por conveniencia. Y en el proceso desatan décadas de violencia que convertirán a México en sinónimo de guerra contra el narcotráfico.

Pero esa violencia es parte del plan, porque mientras haya guerra habrá necesidad de protectores y los protectores siempre cobran su precio. Tijuana, marzo de 1987. Benjamín Arellano Félix se reúne con tres hombres en un restaurante cerrado de playas de Tijuana. Oficialmente el lugar está en remodelación. En realidad es una de las docenas de propiedades que los arellanos Félix usan para reuniones que no pueden suceder en público.

Los tres hombres representan lo que llaman intereses institucionales. Uno es comandante de policía municipal, otro es procurador de justicia del estado. El tercero no tiene título oficial, pero todos saben que trabaja directamente para gobernación. Benjamín llega sin guardaespaldas visibles, aunque hay seis sicarios en autos estacionados a una cuadra.

Se sienta, ordena una botella de vino francés que cuesta más que el salario mensual de un policía. Caballeros, gracias por venir. El hombre de gobernación va directo al punto. Tu hermano mató a tres distribuidores de Sinaloa la semana pasada en plena avenida Revolución, frente a turistas americanos. ¿Sabes cuánta presión estamos recibiendo? Benjamín asiente.

Ramón puede ser entusiasta, pero los de Sinaloa estaban operando en nuestro territorio sin permiso. No me importa, interrumpe el comandante. Me importa que CNN está transmitiendo imágenes de Tijuana como zona de guerra. Me importa que los gringos amenazan con cerrar la frontera. Me importa que el gobernador me está respirando en la nuca exigiendo resultados.

¿Y qué resultados quiere? Quiere que pares la violencia pública. Quiere que si van a matar gente lo hagan donde las cámaras no los vean. Quiere que Tijuana vuelva a ser destino turístico, no ejemplo de estado fallido. Benjamín toma un sorbo de vino. Saborea el momento. Puedo hacer eso, pero necesito algo a cambio. Los tres hombres se miran entre sí. Saben que esto viene.

¿Qué quieres?, pregunta el procurador. Quiero que dejen de fingir que van a arrestarnos. Estas redadas que hacen cada mes, arrestando a 10 [ __ ] que no saben nada, solo para salir en las noticias diciendo que están combatiendo el narcotráfico. Eso tiene que parar. No podemos simplemente sí pueden, interrumpe Benjamín con voz educada pero firme.

Pueden porque ya lo están haciendo. Llevan dos años avisándonos antes de cada operativo. Llevan 2 años desviando investigaciones. Llevan 2 años aceptando nuestro dinero. Silencio incómodo. Lo que estoy proponiendo es formalizar lo que ya existe. Ustedes dejan de molestarnos con operativos de teatro. Nosotros bajamos el perfil de violencia. Todos ganamos.

El hombre de gobernación se frota las cienes. Y si otros grupos intentan entrar a Tijuana, el Chapo, los de Juárez. Benjamín sonríe. Ese es nuestro problema, no el suyo. Ustedes solo asegúrense de no interferir cuando los eliminemos. Es un pacto diabólico disfrazado de pragmatismo. El gobierno deja de perseguir activamente a los arellanos Félix.

A cambio, los arellanos Félix controlan la violencia o al menos la hacen menos visible. Y cuando hay que eliminar competencia, el gobierno simplemente mira hacia otro lado. Necesito garantías, dice finalmente el hombre de Gobernación. Nada de asesinatos públicos, nada de atentados contra funcionarios, nada que obligue al gobierno federal a intervenir.

Tienen mi palabra. Tu palabra no vale nada si Ramón sigue haciendo lo que le da la gana. Benjamín se pone serio. Yo controlo a Ramón. Es mentira. Nadie controla a Ramón. Ni siquiera Ramón se controla a sí mismo. Pero el hombre de gobernación quiere creer la mentira. Necesita creerla. Porque la alternativa es admitir que el gobierno mexicano perdió el control de Tijuana.

Se estrechan manos, se firman acuerdos invisibles, se sella el destino de miles de personas que morirán en los próximos años, sin saber que su muerte fue autorizada en una reunión donde se sirvió vino francés. Cuando Benjamínsale del restaurante esa noche, le dice a su chóer, “Rafael construyó un imperio.

Nosotros estamos construyendo un estado dentro del estado.” Y la diferencia es que Rafael necesitaba permiso para existir. Nosotros ya no necesitamos permiso de nadie. Ciudad de México, noviembre de 1989. Miguel Ángel Félix Gallardo está en su celda cuando recibe una visita inesperada. Es un abogado que dice representar intereses gubernamentales.

Trae un maletín de cuero italiano. Se sienta con la comodidad de quien visita cárceles frecuentemente. Don Miguel Ángel, vengo a hacerle una propuesta. Félix Gallardo, que ya lleva meses preso y entiende que su tiempo se acabó, escucha con la resignación de quien conoce el final de la película. El gobierno necesita reorganizar ciertas operaciones.

Después de la caída de Rafael, después de su captura, hay vacío de poder. Ese vacío está generando violencia, guerras territoriales, atención mediática que nadie quiere. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? El abogado sonríe, saca documentos del maletín. Usted tiene autoridad, respeto, conoce a todos los jugadores. Lo que proponemos es simple.

Usted divide las plazas, oficializa territorios. Tijuana para Los Arellano Félix, Juárez para Carrillo Fuentes, Sinaloa para Guzmán, Golfo para los García Abrego. Félix Gallardo entiende inmediatamente lo que le están pidiendo. Quieren que legitime la desintegración de todo lo que él y Rafael construyeron. Y si me niego, entonces la guerra continúa.

Cientos mueren, miles. Y usted pasa el resto de su vida en esta celda sabiendo que pudo haber evitado ese baño de sangre. Es chantaje emocional, pero efectivo. Félix Gallardo acepta, no porque quiera, sino porque ya no tiene opciones. En los siguientes meses, desde su celda coordina lo que después llamarán la división de plazas.

Es como repartir un pastel, excepto que el pastel es México y cada rebanada viene bañada en sangre. Los arellano Félix reciben Tijuana oficialmente. Ya la controlaban de facto, pero ahora tienen bendición implícita del sistema y con esa bendición su violencia se multiplica porque ahora saben que el gobierno no los va a tocar.

No mientras sean útiles, no mientras mantengan el dinero fluyendo hacia las cuentas correctas. Penal de Puente Grande, 1992. Rafael recibe una carta sin firma ni remitente, pero reconoce la letra. Es de un viejo amigo que ahora trabaja para el gobierno en alguna capacidad que prefiere no especificar. La carta cuenta cosas que Rafael sospechaba, pero nunca confirmó.

le habla de la reunión de 1985, de cómo su caída fue orquestada, de cómo los arellanos félix no son rebeldes que se salieron de control, son herramientas útiles que el sistema decidió promover. Le cuenta que Camarena no fue coincidencia, que su arresto fue negociado con meses de anticipación, que todo el teatro de búsqueda internacional fue exactamente eso, teatro.

le cuenta que los millones que él pagaba en sobornos durante años fueron usados para construir el sistema que eventualmente lo traicionó. Rafael lee la carta tres veces, la quema en el lavabo de su celda. Observa como el papel se convierte en ceniza y las palabras desaparecen, pero la verdad ya está grabada en su mente como cicatriz.

No cayó porque cometió errores, cayó porque era demasiado exitoso, demasiado poderoso, demasiado independiente. Y en un sistema donde el poder real pertenece a políticos y generales que operan desde las sombras, nadie puede ser más poderoso que el sistema mismo. Los Arellano Félix entendieron esa lección mejor que él.

Ellos nunca trataron de ser más poderosos que el sistema. Trataron de ser indispensables para el sistema. Y esa es la diferencia entre construir un imperio y sobrevivir en un narcoestado. Esa noche Rafael escribe en un cuaderno que guarda escondido. Me pregunto si los muchachos de Tijuana entienden que son peones, que el gobierno los está usando igual que me usó a mí, que cuando ya no sean útiles los van a tirar como basura.

Probablemente lo entienden, probablemente no les importa porque prefieren ser peones poderosos durante 5 años que campesinos pobres durante 50. Y tal vez tengan razón. Tal vez yo fui el ingenuo por creer que podía construir algo duradero en un país donde nada dura, donde todo se vende, incluso la justicia, especialmente la justicia.

Tijuana, febrero de 1998. Algo imposible. suede. Benjamín Arellano Félix, el cerebro, el estratega, toma un avión privado a Guadalajara. Nadie sabe de este viaje. Ni sus hermanos, ni sus lugarenientes, ni los políticos que tiene en nómina. Va solo, con un guardaespaldas a visitar el penal donde Rafael Caro Quintero lleva 13 años preso, usa contactos, paga fortunas, arregla que la visita no quede registrada.

Cuando finalmente se sienta frente a Rafael en una sala de visitas vacía, hay un silencio incómodo. Son el pasado y el presente mirándose, el maestro y el alumno que superó al maestro destruyendo todo lo que elmaestro valoraba. ¿Por qué estás aquí? Pregunta Rafael. Benjamín tarda en responder. Porque necesito saber si hice lo correcto.

Rafael suelta una risa seca. Lo correcto. Destruir todo lo que construimos. Convertir Tijuana en matadero. Matar cardenales. Eso es lo correcto. Sobrevivir. Eso es lo correcto. Tú construiste un sistema hermoso, elegante, civilizado y te metieron aquí por 30 años. Nosotros construimos un sistema brutal, salvaje, efectivo y seguimos libres. Libres.

Rafael se inclina hacia delante. Benjamín, tú no eres libre. Eres prisionero de tu propia violencia, de tu propia paranoia. Te escondes, te mueves cada noche, no confías en nadie, vives esperando la bala que sabes que viene. Eso es libertad. Es mejor que esto. Rafael asiente. En eso tienes razón. Después de un silencio largo, Rafael habla nuevamente.

¿Sabes por qué realmente viniste? Porque sabes que tu tiempo se está acabando. Porque ves las señales. Los políticos que te protegen están siendo reemplazados. Los gringos están presionando más. Tus propios hermanos se están volviendo incontrolables. Y querías mirar a los ojos del hombre que pasó por esto antes que tú para ver si hay salida.

Benjamín no responde, porque es verdad. Y hay salida. Rafael sonríe, pero es sonrisa triste. No, no para hombres como nosotros. Elegimos este camino sabiendo cómo termina. Solo hay dos finales, celda o tumba. Tú elegiste apostar por más tiempo libre antes de uno de esos finales. Yo elegí construir algo que durara. Ambos perdimos.

Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto? ninguno. Pero ese es el punto. Esto nunca tuvo sentido. Es solo dinero, poder, ego. Nos convencimos de que éramos emperadores cuando solo éramos criminales bien vestidos. Y el sistema nos dejó jugar a emperadores mientras fuimos útiles. Cuando dejamos de serlo, nos recordaron quiénes realmente mandan.

Benjamín se pone de pie. La visita terminó. ¿Algún consejo? Rafael lo mira largamente. Sí. Cuando vengan por ti y van a venir, no resistas. No hagas que tu captura sea espectáculo. No les des el placer de arrastrarte sangrando frente a cámaras. Entrégate con dignidad. Es lo único que nos queda. Benjamín asiente. Se estrechan manos.

Es la última vez que se ven. 4 años después, Benjamín será capturado en su propia casa, casi sin resistencia, como si parte de él hubiera estado esperando ese momento desde aquella visita. Y cuando le pongan las esposas, recordará las palabras de Rafael y entenderá demasiado tarde que el verdadero poder nunca estuvo en las armas ni en el dinero.

Estuvo en saber cuándo retirarse y ellos nunca supieron. Penal de Puente Grande 2001. Rafael Caro Quintero lleva 16 años preso cuando empieza a coleccionar recortes de periódico. No es nostalgia, es antropología del desastre. Pega cada noticia en las paredes de su celda como si fuera curador de museo macabro, un museo dedicado a todo lo que él construyó y los arellanos félix destruyeron.

Un museo del legado convertido en cenizas. Primera noticia. Ramón Arellano Félix. Muerto en Mazatlán, febrero de 2002. Baleado por policías después de un tiroteo. 37 años. Murió como vivió, disparando hasta el último cartucho. Rafael lee el reportaje tres veces. Estudia la foto del cadáver cubierto con sábana blanca manchada de sangre.

Ramón, el más salvaje, el más predecible. Sabía que terminarías así. Lo único sorprendente es que duraste tanto. Segunda noticia. Benjamín Arellano Félix, capturado en Puebla, marzo de 2002, sin un solo disparo. Traicionado por un lugar teniente que negoció inmunidad a cambio de coordenadas exactas. Rafael sonríe con amargura al leer esto.

Benjamín, el cerebro, el estratega, el que vino a visitarlo años atrás buscando respuestas. capturado no por inteligencia gubernamental, sino por traición interna, exactamente como Rafael le advirtió que pasaría. Te lo dije, Benjamín. Te dije que este negocio devora a sus hijos, que la lealtad que compras con dinero se evapora cuando aparece mejor oferta. Tercera noticia.

Francisco Javier Arellano Félix, capturado en altamar por la Guardia Costera estadounidense, agosto de 2006. Pescando, literalmente pescando en un yate cuando los helicópteros aparecieron. Rafael ríe al leer esto. Risa genuina que hace que los guardias se asomen preocupados. Francisco, el logístico, el práctico, capturado haciendo turismo.

¿Dónde quedó toda esa paranoia, toda esa inteligencia operativa? Cuarta noticia. Eduardo Arellano Félix, capturado en Tijuana, octubre de 2008. El doctor, el más discreto, el que heredó lo que quedaba de la organización cuando sus hermanos cayeron. Para cuando capturan a Eduardo, el cártel de Tijuana ya no existe como fuerza dominante, es sombra de sí mismo, residuo, nostalgia armada.

Rafael pega esta última noticia en el centro de su colección. Se sienta en el borde de su cama metálica, mira su museo de fracasos, cinco hermanos. Todoscaídos, algunos muertos, otros en celdas similares a la suya, todos derrotados por el mismo sistema que creyeron dominar. Y lo peor, lo que realmente duele, aunque nunca lo admitirá en voz alta, es que su propia caída abrió el camino para este desastre.

Pero los si hubiera son el lujo de los prisioneros con demasiado tiempo para pensar. Penal de Puente Grande, 2013. trasladan a un prisionero nuevo a la celda vecina de Rafael. Es joven, 27 años, cubierto de tatuajes que cuentan historias de violencia. Fue sicario de Los setas. Mató a 32 personas antes de cumplir 25 años. No muestra remordimiento.

Durante las primeras semanas no hablan. Se observan con la cautela de animales salvajes compartiendo territorio. Hasta que una tarde durante el recreo en el patio, el joven se acerca. Usted es Rafael Caro Quintero, ¿verdad? Rafael asiente. ¿Y tú eres? Nadie. Un soldado más de los miles que hay. ¿Por qué entraste? Dinero, respeto, poder, las mismas pendejadas que todos.

¿Y valió la pena? El joven tarda en responder. Mira las paredes de concreto, las torres de vigilancia, el cielo reducido a rectángulo azul enmarcado por alambre de púas. No sé, todavía no termina mi historia. Sí, terminó. Terminó el día que entraste. Lo que viene después solo es epílogo. El joven se sienta en una banca oxidada.

Rafael se sienta junto a él. Dos generaciones de criminales separadas por 30 años, pero unidas por el mismo destino. ¿Qué hubiera hecho diferente? Rafael piensa largamente. Todo. Nada. No sé. Tal vez hubiera estudiado. Me hubiera quedado en el campo. Hubiera aceptado ser pobre con dignidad en lugar de rico con sangre en las manos. Pero usted fue leyenda.

Las leyendas son mentiras románticas que contamos sobre gente que cometió crímenes. No hay nada legendario en despertar cada día en una celda de 3 por 3 met preguntándote si valió la pena. Y no valió. Rafael lo mira directamente. Tuve dinero que nunca pude gastar, poder que no pude usar, respeto que se evaporó en cuanto caí.

Construí imperio que se derrumbó antes de que yo cumpliera 40. ¿Eso te parece que valió la pena? El joven no responde. Los que me siguieron, los Arellano Félix, el Chapo, los Zas, todos creyeron que podían mejorar mi fórmula, ser más violentos, más salvajes, más impredecibles y cayeron más rápido que yo. Porque mientras más alto subes en este negocio, más dolorosa es la caída.

Entonces, no hay salida, solo una, no entrar. Pero ya entramos. Entonces, la única salida es la misma para todos, celda o tumba. Y ambos destinos son igualmente crueles. Ese es el último día que hablan. Dos meses después trasladan al joven a otro penal. Rafael nunca vuelve a saber de él, pero apuesta a que terminará como todos los demás, muerto antes de cumplir 35 o vivo hasta los 80 en celdas como esta, Guadalajara, agosto de 2013.

Sucede algo que Rafael había dejado de esperar hace años. Un juez federal ordena su liberación por tecnicismos legales, errores procesales en su juicio original, violaciones al debido proceso. Son las mismas trampas legales que él pagó fortunas por crear décadas atrás, finalmente funcionando. Rafael sale de prisión a los 60 años, 28 años después de entrar. Las cámaras lo persiguen.

Los reporteros gritan preguntas. Las víctimas de camarena protestan afuera del juzgado exigiendo justicia que nunca llegará. Rafael no dice nada. Sube a un carro con vidrios polarizados. Desaparece en el tráfico de Guadalajara. Durante los primeros días de libertad, Rafael no reconoce el mundo. Guadalajara cambió.

Las mansiones donde organizaba fiestas son ahora oficinas corporativas. Los restaurantes donde cenaba con políticos están cerrados. Las calles que controlaba ahora las controla el cártel Jalisco Nueva Generación, herederos directos del caos que él ayudó a crear. Nadie lo reconoce cuando camina por el centro. Es solo otro viejo de pelo blanco, encorbado y relevante.

Los sicarios jóvenes que patrullan las esquinas no saben quién es. Rafael Caro Quintero, el príncipe de Guadalajara, se convirtió en fantasma en su propia ciudad. Una tarde maneja hasta Caborca, Sonora, su tierra natal, el lugar donde todo comenzó cuando era muchacho pobre, con hambre y ambiciones que no sabía que lo destruirían.

Se sienta bajo un árbol cerca del rancho donde creció. El árbol todavía está ahí. El rancho no. Alguien construyó gasolinera en ese terreno. Rafael fuma cigarro tras cigarro. Mira el horizonte. Probablemente hubiera muerto igual de viejo, pero más feliz, murmura para sí mismo. Un niño se acerca.

10 años, ojos brillantes, sucio, pobre. Exactamente como Rafael a esa edad. Señor, ¿tiene un peso? Rafael saca billete de 100 pesos, se lo da al niño. El niño lo mira con asombro. Nunca había visto tanto dinero junto. ¿De dónde sacó tanto dinero, señor? Rafael sonríe con tristeza que el niño no puede entender. De vender mi alma.

No lo recomiendo. El niño no entiende. Seva corriendo con su billete y Rafael sabe con certeza absoluta que ese niño probablemente terminará en el mismo negocio. Porque el ciclo nunca se rompe, porque la pobreza empuja, porque el dinero se duce. Porque la historia se repite hasta que todos los protagonistas están muertos o presos y nuevos actores ocupan sus lugares recitando el mismo guion trágico.

Sinaloa, 2022. Rafael vive escondido en un rancho remoto, solo, sin guardaespaldas, sin lujos, con lo mínimo necesario para existir. Tiene 70 años. El gobierno estadounidense ofrece 20 millones de dólares por su captura. Pero nadie lo busca realmente porque Rafael ya no importa, es reliquia. Museo ambulante de una época que el narcotráfico moderno considera prehistoria.

Una mañana de julio, helicópteros aparecen sobre el rancho. Marines mexicanos rodean la propiedad. Francotiradores toman posiciones. Megáfonos ordenan rendición. Rafael podría resistir. Tiene arma. podría convertir esto en tiroteo glorioso. Morir como Ramón murió peleando hasta el último cartucho, pero no lo hace. Sale con manos en alto, sin esposas puestas, con dignidad intacta, porque finalmente entendió lo que Benjamín vino a preguntarle años atrás en aquella celda.

La lección no es cómo ganar, es como perder sin destruirte completamente en el proceso. Los marines lo esposan, lo suben al helicóptero, las cámaras capturan todo. Rafael mira por la ventana mientras se alejan del rancho. Ve los campos de Sinaloa extendiéndose hasta el horizonte. Ve los pueblos pobres donde todavía nacen niños que soñarán con ser narcos.

ve el futuro repitiéndose infinitamente. Y en ese momento, Rafael Caro Quintero, el príncipe de Guadalajara, el hombre que construyó imperio, el mentor involuntario de generaciones de criminales, siente algo que no había sentido en 50 años. paz no porque se rinda, sino porque finalmente acepta la única verdad que importa en este negocio.

Todos pierden siempre, sin excepciones. La única variable es cuánto destruyes antes de caer. Y Rafael, a pesar de todo, destruyó menos que quienes vinieron después. Esa es su única victoria, pequeña, insignificante, pero suya. Penal del altiplano 2023. Rafael está de vuelta en prisión, esta vez probablemente para siempre. Tiene 71 años y sabe que morirá aquí.

Pero hay una diferencia entre este encarcelamiento y el anterior. Esta vez, Rafael no está enojado, no está resentido, no está planeando venganzas imposibles. Esta vez simplemente acepta. Un periodista joven logra entrevista breve. 5 minutos supervisados, grabados. le pregunta si tiene remordimientos. Rafael piensa largamente, “Remordimientos.

Claro, cada día, pero no del tipo que ustedes esperan. ¿Qué tipo entonces? No me arrepiento de haber entrado al negocio. Eso sería hipocresía. Entré porque quería salir de la pobreza y este era el camino disponible. Me arrepiento de haber creído que podía controlar algo que, por definición es incontrolable. El narcotráfico, la violencia.

Una vez que la desatas desarrolla vida propia, yo creía que podía usar violencia estratégicamente. Los arellanos Félix me enseñaron que la violencia no es herramienta, es virus, se replica, se expande, se convierte en cultura y eventualmente consume a quien la liberó. ¿Y si pudiera regresar, ¿qué haría diferente? Rafael sonríe.

No entraría. Pero sé que eso es mentira. Si tuviera 20 años otra vez, con las mismas opciones, probablemente haría exactamente lo mismo. Porque cuando eres joven y pobre, el futuro abstracto no importa, solo importa el presente concreto. Entonces, ¿cuál es la lección? Rafael se inclina hacia adelante, mira directamente a la cámara.

La lección es simple. En este juego no gana quien siembra, gana quien está dispuesto a quemar el campo entero. Los arellanos Félix estaban dispuestos a quemar México si era necesario para mantenerse en la cima. Yo no estaba dispuesto a eso. Por eso ellos me superaron, pero ellos también cayeron. Exacto. Esa es la segunda parte de la lección.

Los que queman todo eventualmente se queman a sí mismos. Ramón murió baleado. Benjamín está preso de por vida. Los demás cayeron como fichas porque el fuego no distingue entre enemigos y aliados, consume todo. Entonces es inevitable la violencia, las guerras de cárteles. Mientras haya demanda en Estados Unidos y pobreza en México, es inevitable.

Yo fui una versión. Los Arellano Félix fueron otra. Los setas fueron la evolución siguiente y después de ellos vendrán otros más salvajes, porque cada generación tiene que ser más violenta que la anterior para destacarse. Hasta que llegamos a un punto donde ya no es negocio, es guerra perpetua. La entrevista termina ahí.

Los guardias se llevan a Rafael de regreso a su celda. Esa noche, acostado en su litera, Rafael piensa en todos los nombres que conoció. Miguel Ángel Félix Gallardo, preso de por vida. Ernesto Fonseca Carrillo, arresto domiciliario.Los cinco hermanos Arellano Félix, muertos o presos. Amado Carrillo Fuentes, muerto en mesa de operaciones.

Joaquín el Chapo Guzmán, cadena perpetua en Estados Unidos. La lista continúa. Cientos de nombres, miles de muertos, décadas de violencia y ni uno solo ganó al final, ni uno. Rafael cierra los ojos. Mañana cumplirá otro día en esta celda y otro después de ese, hasta que su corazón deje de latir y su nombre se convierta en nota al pie en libros de historia que nadie leerá.

Pero al menos a diferencia de los Arellano Félix, Rafael puede decir algo. Intentó construir con método, con código, con reglas. Falló, pero al menos intentó algo más que solo destruir. Y en un negocio donde la única moneda es destrucción, incluso el fracaso de intentar algo mejor cuenta como victoria microscópica. Es pensamiento patético para consolarse, pero es todo lo que le queda.

Eso y la certeza absoluta de que después de él, después de los Arellanos Félix, después de todos los que cayeron, vendrán otros y repetirán los mismos errores y caerán de las mismas maneras. Porque la historia del narcotráfico no es historia de individuos, es historia de sistema diseñado para crear, usar y destruir individuos en ciclos infinitos.

Y contra sistemas, los individuos siempre pierden. Siempre. Rafael Caro Quintero aprendió esa lección. La aprendió demasiado tarde para salvarse, pero no demasiado tarde para entenderla. Y el entendimiento, por amargo que sea, es la única libertad que nadie puede quitarle. ni siquiera los barrotes, ni siquiera el tiempo, ni siquiera la historia que convertirá su nombre en advertencia ignorada por la siguiente generación de jóvenes hambrientos que creen que ellos sí serán diferentes, que ellos sí ganarán, que ellos sí durarán, hasta que

descubran demasiado tarde que nadie gana, nadie dura. Y todos, absolutamente todos, terminan como Rafael en celdas o tumbas, contando pérdidas disfrazadas de victorias, mientras el sistema que los usó ya está buscando reemplazos.