
Por Qué Caro Quintero MATÓ a Kiki Camarena: La VERDAD Oculta 40 Años
7 de febrero de 1985, Guadalajara, México. El sol de mediodía golpea el asfalto como un martillo. Hace calor. Ese tipo de calor que te empapa la camisa en segundos y te hace buscar sombra aunque no la haya. Enrique Kiki. Camarena camina rápido por la acera de la avenida saliendo del consulado americano.
Lleva una carpeta bajo el brazo. Documentos. Siempre documentos. no sabe que tiene 4 minutos de vida libre. Detrás de él, un Volkswagen Sedan Beige avanza despacio, demasiado despacio. Las ventanas polarizadas no dejan ver nada, pero adentro hay cinco hombres. Uno de ellos sostiene una pistola calibre pun 45 entre las piernas.
Otro mastica chicle con nerviosismo. El conductor respira por la boca, los nudillos blancos sobre el volante. Todos llevan credenciales de la policía judicial del estado de Jalisco. Kiki se detiene en la esquina. Mira su reloj. Las 2:30 pm. Espera a su compañero Alfredo Zavala, piloto de aviación mexicano que trabaja con la DEA.
Tienen una reunión. Rutina, nada especial. El Volkswagen se detiene a 3 m. Las puertas se abren. No hay gritos, no hay sirenas. Solo el sonido metálico de las puertas y el rechinar de suelas de goma contra el pavimento caliente. Los hombres se mueven como si hubieran ensayado esto mil veces porque lo han ensayado.
Kiki voltea, ve las caras, ve las armas y en ese segundo, ese único segundo antes de que todo se derrumbe, entiende algo que lo congela. conoce esas caras, ha trabajado con ellos, ha bebido café con algunos de estos tipos. Son policías que supuestamente están de su lado. ¿Qué pasa, muchachos? Nadie responde. Lo agarran de los brazos.
Fuerte, profesional. Kiki intenta zafarse, pero ya está tarde. Lo empujan hacia el carro. La carpeta cae al suelo. Los papeles se dispersan con el viento, como pájaros asustados. Un transeunte. ve todo desde la esquina opuesta. Una mujer con bolsas del mercado se detiene paralizada. Nadie hace nada porque en Guadalajara en 1985 cuando ves algo así, miras hacia otro lado y sigues caminando.
La puerta del Volkswagen se cierra con un golpe seco. El motor ruge y Kiki Camarena desaparece en plena luz del día. Retrocedamos. Porque para entender por qué ese día tuvo que pasar, necesitas conocer dos cosas. ¿Quién era el hombre dentro de ese carro? Y quién era el hombre que ordenó meterlo ahí. Enrique Camarena no era tu típico agente de la DEA con complejo de héroe.
No era el tipo que se ponea con chaqueta de cuero y lentes oscuros. Era un mexicano americano de Caléxico, California. un hijo de campesinos que conocía ambos lados de la frontera, no como turista, sino como alguien que creció con polvo en los zapatos y tortillas hechas a mano. Se unió a la DEA en 1974. Pasó años en Fresno trabajando casos pequeños de metanfetaminas, arrestos aburridos, laboratorios caseros, nada glamoroso.
Pero Kiki tenía algo que muchos agentes no tienen, paciencia. La paciencia del agricultor que siembra, espera y cosecha. No buscaba la gloria rápida, buscaba desmantelar el sistema completo. En 1981 lo transfirieron a Guadalajara y ahí fue donde todo cambió, porque Guadalajara no era solo otra ciudad mexicana, era el corazón palpitante del cártel de Guadalajara, la primera organización criminal moderna de México.
Y en ese corazón había tres nombres que controlaban todo. Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto y Rafael Caro Quintero. Kiki llegó a México con su esposa Geneva y sus tres hijos. Rentaron una casa tranquila en un vecindario de clase media. Los niños iban a la escuela americana. Geneva cocinaba en las tardes.
Desde afuera parecían una familia normal, pero Kiki prácticamente vivía en la oficina. Pasaba noches enteras revisando reportes de inteligencia, fotos aéreas. testimonios de informantes que desaparecían a los tres días de hablar. Construía casos como rompecabezas, pieza por pieza, sabiendo que una ficha mal colocada podía costarte la vida.
Y lentamente, obsesivamente, empezó a trazar el mapa del imperio. Descubrió las rutas, los políticos comprados, los bancos que lavaban millones, los jueces que archivaban casos. Guadalajara no era solo la capital del narcotráfico, era una ciudad estado criminal con policías, gobernadores y comandantes militares en la nómina.
Pero lo que realmente obsesionaba a Kiki era un rumor, un rumor sobre un lugar en medio del desierto, un lugar tan grande, tan descarado, que parecía imposible, un rancho donde cultivaban toneladas, literalmente toneladas, de marihuana a plena vista del cielo. El rancho búfalo. Ahora hablemos del hombre que ordenó el secuestro.
Rafael Caro Quintero no era un simple narco, era un fenómeno. A los 31 años ya era multimillonario. Tenía mansiones, aviones privados, políticos en su bolsillo y una reputación de tipo carismático, violento e impredecible. Rafa creció pobre en Sinaloa en una familia de 11 hermanos. Su padre murió cuando él era niño. Sumadre vendía tortillas para sobrevivir.
A los 15 años, Rafa ya estaba en el negocio. Primero como mula, luego como cultivador, después como jefe. Pero lo que lo separó de otros narcos. Mientras otros sembraban pequeñas parcelas escondidas en la sierra, Rafa pensaba en escala industrial. Quería hacer con la marihuana lo que Pablo Escobar estaba haciendo con la cocaína.
convertirla en un producto de exportación masiva hacia Estados Unidos y para eso necesitaba espacio. En 1984, con la protección del gobernador de Chihuahua, comandantes militares y la Dirección Federal de Seguridad, la CIA Mexicana, Rafa construyó el rancho búfalo. No era un rancho, era una corporación agrícola criminal.
10,000 hectáreas de plantaciones de marihuana, más de 10,000 campesinos trabajando como esclavos, sistemas de riego con tecnología de punta, pistas de aterrizaje clandestinas, barracas para los trabajadores, cocinas industriales, todo vigilado por hombres armados con AK47 y cuernos de chivo. La producción anual del rancho búfalo se estimaba en 8,000 millones de dólares.
Sí, 8000 millones. Era tan grande que los pilotos comerciales que volaban sobre Chihuahua podían ver las plantaciones desde 10,000 pies de altura. Pero nadie hacía nada porque todos, desde el alcalde hasta el general, estaban siendo pagados. Rafa se sentía invencible y con razón había sobornado a todos los que importaban.
Caminaba por Guadalajara con impunidad, iba a restaurantes caros, fiestas con políticos. Corridos norteños cantaban su nombre en la radio. Y entonces llegó Kiki Camarena. Octubre de 1984. Kiki finalmente consigue la información que necesitaba. Un informante, probablemente alguien dentro del mismo cártel, le da las coordenadas exactas del rancho búfalo.
Coordenadas, no rumores, no dicen que por ahí. Coordenadas GPS. Kiki organiza una misión conjunta entre la DEA y el ejército mexicano. Es arriesgado porque sabe que dentro del ejército hay gente en la nómina de Rafa, pero no tiene opción. Si no actúa ya, el rancho seguirá operando por años. El 7 de noviembre de 1984, 450 soldados mexicanos rodean el rancho Búfalo. Es un operativo masivo.
Helicópteros, camiones militares, agentes federales. Kiki Camarena está ahí en primera fila con chaleco antibalas y cámara en mano. Quiere documentar todo porque sabe que si no hay fotos, el gobierno mexicano negará que esto existió. Lo que encuentran los deja sin aliento. Hileras interminables de plantas de marihuana, kilómetros y kilómetros de cultivo verde brillante bajo el sol del desierto.
Es hermoso y aterrador al mismo tiempo, como ver una ciudad entera construida con dinero ilegal. Los soldados empiezan a arrancar plantas. Kiki toma fotos, graba testimonios de los campesinos que trabajaban ahí, muchos de ellos secuestrados y obligados a sembrar bajo amenaza de muerte. destruyen todo, queman las cosechas, arrestan a decenas de trabajadores, incautan armas, vehículos, equipos de comunicación.
El valor estimado de lo destruido, 2,500 millones de dólares, fue el golpe más grande contra el narcotráfico en la historia de México hasta ese momento. Y Rafael Caro Quintero lo vio todo por televisión. Imagina la escena. Rafa está en su mansión de Guadalajara. Tiene los pies sobre la mesa, una cerveza fría en la mano.
La televisión muestra imágenes aéreas del rancho búfalo en llamas. Columnas de humo negro subiendo al cielo. Soldados cargando fardos de marihuana hacia camiones militares. El locutor de noticias dice algo sobre un gran triunfo contra el narcotráfico. Rafa no se mueve, no grita, no avienta la cerveza contra la pared, solo mira fijamente la pantalla.
y entonces pregunta con voz calmada, ¿quién fue? Uno de sus hombres nervioso responde, un gringo de la DEA, Enrique Camarena. Silencio. Rafa apaga la televisión, se levanta despacio y dice algo que sus hombres nunca olvidarán. Ese güey ya está muerto, solo que todavía no lo sabe porque aquí está la verdad que nadie te dice en los documentales superficiales.
Kiki Camarena no fue asesinado por ser un buen agente. fue asesinado porque tocó algo que no debía tocar, porque el rancho Búfalo no era solo de Rafa, era un proyecto conjunto entre el cártel, políticos mexicanos de alto nivel y, según testimonios que saldrían años después, agentes de inteligencia estadounidenses que usaban las ganancias para financiar operaciones encubiertas en Centroamérica.
Kiki no lo sabía todavía, pero estaba a punto de descubrirlo de la peor manera posible. noviembre de 1984, enero de 1985, Guadalajara. Después del golpe al rancho búfalo, la ciudad cambió. No de forma visible, las calles seguían igual. Los vendedores ambulantes gritaban sus precios. Los niños jugaban fútbol en los parques, pero había algo en el aire, una electricidad, como esos segundos antes de que estalle una tormenta, cuando el viento se detiene y los pájaros dejan de cantar. La gente que sabía y mucha gentesabía, empezó a hablar en voz baja. Se
va a poner feo. El gringo se pasó de lanza. Alguien va a pagar. Kiki camarena lo sentía. No era tonto. Sabía que había cruzado una línea. Después del operativo empezó a notar cosas. Carros que aparecían demasiadas veces en su calle, tipos con periódicos fingiendo leer frente a su casa, llamadas telefónicas donde nadie hablaba, solo respiraban y colgaban.
Geneva, su esposa, lo notó también. Kiki, esto ya no me gusta. Deberíamos irnos. Él la abrazó. le prometió que todo estaría bien, que solo faltaban unos meses más para completar la investigación, que después pedirían el traslado de vuelta a California. Mentira. Kiki no tenía intención de irse porque había descubierto algo más, algo que lo tenía despierto hasta las 3 de la mañana, fumando cigarros en la terraza mientras revisaba archivos clasificados.
Durante los interrogatorios de los campesinos arrestados en el rancho Búfalo, varios mencionaron lo mismo. Los jefes hablaban con gringos. Gringos que llegaban en avionetas, gringos que no eran turistas, gringos con credenciales del gobierno que inspeccionaban los cargamentos y daban instrucciones sobre rutas.
Kiki empezó a tirar del hilo y ese hilo llevaba directo a Langli, Virginia. Pero eso vendría después. Primero tenía que sobrevivir a febrero, la reunión en la mansión enero de 1985, mansión de Rafael Caro Quintero, Guadalajara. La casa es obscenamente lujosa, pisos de mármol importado de Italia, fuentes con delfines de oro, una alberca con forma de guitarra.
Rafa tiene 32 años y vive como un emperador romano. Esa noche hay una reunión. No es una fiesta, es un consejo de guerra. Alrededor de la mesa están los pesos pesados del cártel de Guadalajara, Miguel Ángel Félix Gallardo, el cerebro, el padrino, el tipo que nunca levanta la voz porque no necesita hacerlo.
Todos lo obedecen por respeto, no por miedo. Ernesto Fonseca Carrillo, don Neto, el viejo lobo, veterano del negocio, un hombre que ha visto todo y no se sorprende por nada. Juan José el azul esparragosa, el estratega silencioso y por supuesto Rafael Caro Quintero, sentado a la cabecera, tenso, fumando un puro, los ojos rojos, no ha dormido bien desde noviembre.
También están presentes dos comandantes de la policía judicial del estado y un capitán del ejército. Sí, militares y policías sentados en la mesa con narcos como si estuvieran planeando una fusión empresarial. Félix Gallardo habla primero. Siempre habla primero. Rafael, necesitamos hablar del agente americano. Silencio.
Rafa da una calada larga al puro. El humo sube lento hacia las lámparas de cristal. Ese [ __ ] gringo nos costó más de 2000 millones de dólares. Don Neto interviene. La voz rasposa por años de whisky y cigarros. No es solo el dinero, mijo, es el mensaje. Si dejamos que una gente de la DEA nos chingue así sin consecuencias, todos van a querer venir a jugar a nuestro jardín.
El comandante de la policía se aclara la garganta. Tenemos sus movimientos vigilados. 247. Sabemos dónde come, dónde lleva a sus hijos, a qué hora sale de su casa. Podemos agarrarlo cuando quieras. Félix Gallardo levanta una mano. Gesto mínimo. Todos se callan. No podemos simplemente matarlo en la calle. Es un agente federal americano.
Si lo ejecutamos como a cualquier soplón, Estados Unidos va a caer sobre México con todo. Cierre de frontera, presión diplomática, extradiciones, nos van a [ __ ] a todos. Rafa se inclina hacia adelante. Entonces, ¿qué sugieres, Miguel? Félix Gallardo lo mira fijamente. Lo levantamos, lo interrogamos, averiguamos qué tanto sabe, quién más está involucrado, qué información tiene sobre nuestras rutas, nuestros contactos en el gobierno y después, pausa.
Después hacemos que parezca un accidente. Don Neto sonríe. Es una sonrisa terrible. O que simplemente desaparezca como tantos otros. El capitán del ejército interrumpe. Y si los gringos arman un desmadre de todos modos, Félix Gallardo se recarga en la silla relajado. Van a armar desmadre, pero sin cuerpo, sin evidencia clara de quién lo hizo, van a tener que negociar.
Y nosotros sabemos negociar. Rafa aplasta el puro contra el cenicero de plata. está decidido. Entonces lo levantamos, lo interrogamos y después que Dios lo perdone porque yo no voy a hacerlo. Febrero 7, 1985, el día. La mañana empieza normal. Kiki se levanta a las 6:30 a. Geneva ya está despierta preparando el desayuno.
Huevos revueltos. Café. El olor llena la casa. Los niños bajan corriendo las escaleras discutiendo sobre quién va a sentarse adelante en el carro. Rutina, vida familiar normal. Pero cuando Kiki sale a la entrada nota algo. El carro estacionado frente a su casa, un chebrolet azul, lleva ahí desde anoche y hay un tipo dentro fingiendo leer el periódico.
A las 7 de la mañana con lentes oscuros, Kiki memorizó la placa. Instinto de agente. Lleva a sus hijos a la escuela. Maneja revisando elretrovisor cada 30 segundos. El chebrolet azul lo sigue a dos cuadras de distancia. Deja a los niños. Ellos se despiden con besos. Te quiero, papá. Yo también, campeón. No sabe que es la última vez que los va a ver. 1:30 pm.
Oficina de la DEA, consulado americano. Kiki está en su escritorio revisando un informe sobre lavado de dinero. El teléfono suena. Es su contacto en la Ciudad de México. Un agente de la Procuraduría. Kiki, escucha, tengo información de que algo va a pasar hoy. Hay movimiento extraño entre los comandantes.
Gente que no debería estar en Guadalajara está aquí. ¿Qué tipo de movimiento? No sé, pero cúbrete las espaldas, no salgas solo. Kiki cuelga, siente un nudo en el estómago. Mira su reloj, 1:45 pm. Tiene una cita con Alfredo Zavala, el piloto mexicano, a las 2:30 van a almorzar y discutir nuevas coordenadas de vuelos de vigilancia.
Debería cancelar, quedarse en el consulado, llamar a refuerzos, pero no lo hace porque Kiki Camarena es era un hombre de palabra. y prometió encontrarse con Alfredo. 2:20 pm, calle Libertad, Guadalajara. Kiki sale del consulado. El sol está brutal. Guadalajara en febrero es un horno. Se afloja la corbata. Camina por la acera, la carpeta bajo el brazo.
A media cuadra ve el Volkswagen Beige. Está mal estacionado, motor encendido. Cuatro hombres adentro. El instinto le grita, “¡Corre! Regresa al consulado ahora, pero es tarde. Las puertas se abren. Cinco hombres salen. Uno de ellos, de unos 40 años, camisa blanca empapada en sudor, saca una credencial dorada. Policía judicial, venga con nosotros.
Kiki reconoce la cara. Es el comandante Pavón. Han trabajado juntos en casos antinarcóticos. Tomaron cerveza juntos hace tres meses. Pavón, ¿qué pasa? Órdenes superiores, no haga esto difícil. Los otros cuatro se acercan. Kiki mira alrededor. Hay gente, transeútes, un vendedor de elotes, una señora con bolsas del mercado.
Nadie hace nada. Soy agente federal de Estados Unidos. No tienen autoridad. Uno de los hombres lo agarra del brazo fuerte. Kiki intenta zafarse. Suéltenme, esto es un secuestro. Grita en español. En inglés no importa. El vendedor de elotes mira al suelo. La señora con las bolsas camina más rápido. Lo empujan hacia el carro.
Kiki se resiste, pero son cinco contra uno. Lo avientan al asiento trasero. La carpeta cae. Los papeles vuelan por la calle. Un niño de unos 10 años los recoge curioso. La puerta se cierra, el Volkswagen arranca y Enrique Kiki Camarena desaparece en pleno día a tres cuadras del consulado americano, secuestrado por policías mexican.
Dentro del carro Kiki está entre dos hombres. Ambos tienen pistolas presionadas contra sus costillas. Respira rápido. El corazón le late tan fuerte que cree que se le va a salir del pecho. ¿A dónde me llevan? Nadie responde. Soy agente de la DEA. Esto es un incidente diplomático. Van a ir a prisión.
El comandante Pavón, sentado adelante, voltea. Lo mira con algo parecido a Lástima. Debiste quedarte en Estados Unidos, Gerüero. Este no era tu país. Kiki siente el sudor corriéndole por la espalda. El calor dentro del carro es insoportable. Huele a cigarro, a sudor, a miedo. Intentar razonar es inútil. Estos tipos no están siguiendo órdenes de la policía, están siguiendo órdenes de Rafa.
El carro gira bruscamente. Entran a un vecindario residencial tranquilo. Casas bonitas, jardines bien cuidados. Parece un suburbio americano. Se detiene en frente a una casa de dos pisos, fachada beige, reja negra, ventanas con cortinas cerradas. Lóe de Vega, 881. El nombre de esa calle quedará grabado en la historia del narcotráfico, como el lugar donde murió la inocencia del sistema.
Kiki es arrastrado fuera del carro. Intenta gritar, pero uno de los hombres le presiona la boca con una mano que huele a tabaco y pólvora. Lo empujan hacia la puerta. Dentro de la casa hay más hombres, ocho, 10, armados, todos con credenciales de diferentes corporaciones policíacas. Y en el centro de la sala, sentado en un sillón de cuero fumando un cigarro, está un hombre joven de pelo rizado y ojos fríos.
Rafael Caro Quintero. Kiki lo reconoce de las fotos de vigilancia. Rafa lo mira de arriba a abajo, como si estuviera evaluando un carro usado. Así que tú eres el famoso Kiki camarena. Silencio. El héroe el que quemó mi rancho. Kiki trata de mantener la compostura. Su entrenamiento en la DEA le enseñó a manejar situaciones de alto estrés.
Pero esto es diferente. Esto no es un operativo controlado. Esto es una trampa de la que no hay salida. Si me hacen algo, Estados Unidos va a venir por ustedes. Rafa sonríe, pero no es una sonrisa amigable, es la sonrisa de alguien que ya tomó una decisión irreversible. Estados Unidos. Estados Unidos está ocupado financiando guerras en Nicaragua con el dinero de mi coca.
Tú no le importas a nadie, Gerüero. Eres solo un peón que se creyó rey. Kiki siente el frío recorriéndole la columna. Rafa selevanta. se acerca, le pone una mano en el hombro, amigable, paternal, aterrador. Vamos a tener una plática larga, tú y yo, muy larga, y me vas a contar todo lo que sabes. Le hace una señal a los hombres.
Llévenlo al cuarto de atrás y consíganme al doctor. Quiero que este güey dure. 6 pm. El pánico empieza. En el consulado americano, el jefe de estación de la DEA, James Quickendall, mira su reloj por décima vez. Kiki debería haber regresado hace 3 horas. Llama a su casa. Geneva contesta la voz temblorosa.
¿Está Kiki contigo? No, pensé que estaba contigo. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él? Esta mañana, cuando llevó a los niños a la escuela, Cuikendal siente el estómago cayendo. Llama a Alfredo Zavala, el piloto. No contesta. Llama a la oficina de la Procuraduría, a la policía judicial, a contactos en el gobierno estatal. Nadie sabe nada.
O peor, todos saben algo, pero nadie dice nada. A las 8 pm, Quickendal envía un cable urgente a la sede de la DEA en Washington. Agente Enrique Camarena desaparecido. Sospecha de secuestro. Solicito intervención inmediata. En Washington, el administrador de la DEA, John Lon, lee el mensaje y sabe con certeza absoluta que acaban de cruzar una línea que no tiene regreso, porque nunca, nunca, en la historia de la DEA, un agente en servicio activo había sido secuestrado por un cártel hasta ahora, esa noche, casa de los Camarena. Geneva
está sentada en la sala. Los niños duermen arriba. No les ha dicho nada todavía. El teléfono suena, se lanza a contestar. Kiki, silencio, solo respiración. Y entonces una voz, voz de hombre, acento sinalo dile a tu esposo que dejara de meter las narices donde no debe. Clic. Geneva deja caer el teléfono, se sienta en el piso y por primera vez llora porque sabe algo en su interior le grita que Kiki no va a volver a casa.
López de Vega 881C0 PM. En el cuarto trasero de la casa, Kiki está amarrado a una silla, las manos atadas con alambre, los tobillos también. Hay un hombre con bata blanca, un doctor, un médico del cártel revisándole el pulso. Está estable, puede aguantar. Rafa entra al cuarto, arrastra una silla, se sienta frente a Kiki cara a cara. Vamos a empezar simple.
¿Quién más en la DEA sabe sobre el rancho búfalo? Kiki no responde. Rafa asiente, como si esperara esa respuesta. Hace una señal. Uno de los hombres, un tipo enorme con tatuajes en los brazos, se acerca con una picana eléctrica y ahí empieza el infierno. Durante las siguientes 30 horas, Kiki Camarena será torturado sin parar.
Le romperán costillas, le quemarán la piel, le perforarán los tímpanos con un taladro y durante todo ese tiempo el doctor estará ahí inyectándole anfetaminas para mantenerlo despierto, porque no quieren que se desmaye, no quieren que muera rápido, quieren que hable. Y las preguntas que le hacen no son sobre marihuana, son sobre políticos, sobre agentes de la CIA, sobre vuelos nocturnos desde Costa Rica, sobre dinero lavado en bancos de Panamá.
Kiki Camarena no murió por quemar un campo de marihuana, murió porque estaba a punto de destapar la guerra sucia más grande de América Latina y eso simplemente no podía permitirse. López de Vega, 881. El matadero. Hay lugares en el mundo que absorben el mal, como una esponja absorbe agua. Casas donde algo terrible sucedió y que nunca vuelven a ser las mismas.
Lóe de Vega, 881 es uno de esos lugares. Desde afuera parece una casa normal de clase media alta en Guadalajara. Dos pisos, fachada beige, reja negra de hierro forjado, un pequeño jardín frontal con pasto bien cortado, el tipo de casa donde esperarías ver a una familia cenando junta, niños haciendo tarea, un perro ladrando.
Pero adentro, en febrero de 1985, esa casa se convirtió en un teatro de horror. El vecindario es tranquilo, demasiado tranquilo. Los vecinos dirán después, mucho después, cuando ya no tuvieran miedo de hablar, que durante esos días se escucharon cosas: gritos ahogados, ruidos metálicos, el sonido de motores de carros llegando a las 3 a, luces prendidas toda la noche.
Pero nadie llamó a la policía porque en Guadalajara en 1985, cuando veías cuatro patrullas estacionadas frente a una casa y hombres armados en la entrada, entendías algo fundamental. La policía no venía a ayudar. La policía era el problema. 8 de febrero 1985, 20 am. Primera sesión. Kiki está amarrado a una silla de metal en un cuarto trasero sin ventanas.
La habitación huele a humedad, a sudor, a miedo. Las paredes están cubiertas con paneles de espuma acústica, el tipo de espuma que usan los estudios de grabación para bloquear el sonido. Alguien preparó esto con anticipación. Alguien planeó que aquí se iba a gritar. Hay cuatro personas en el cuarto. Rafael Caro Quintero sentado en una silla plegable fumando. Los ojos rojos.
No por drogas. por falta de sueño y rabia contenida. Ernesto Fonseca, don Neto, de pie junto a la puerta, brazos cruzados, observandocomo quien evalúa una operación de negocios. Un hombre con bata blanca, el doctor. Nadie sabe su nombre real. Los agentes de la DEA lo identificarán después solo como delgado.
Tiene una maleta negra llena de jeringas, anfetaminas, analgésicos invertidos, drogas que amplifican el dolor en lugar de reducirlo y equipo de reanimación. Y un cuarto hombre, este es el que importa. Alto, pelo corto, complexión atlética, jeans y camisa de mezclilla, botas militares. No habla español como nativo, tiene acento.
Un acento que varios testigos describirán después como americano o centroamericano entrenado por americanos. Está parado en la esquina con los brazos cruzados, observando todo con una libreta en la mano. No dice su nombre, no participa directamente, solo observa. toma notas y ocasionalmente, muy ocasionalmente, le hace una señal a Rafa, quien hace una pregunta específica.
Kiki lo mira, incluso en su estado, labio partido, ojo izquierdo hinchado, sangre seca en la camisa. Reconoce algo en ese hombre. Postura militar, confianza operacional, el tipo de calma que solo tienen las personas entrenadas para situaciones extremas. ¿Quién [ __ ] eres tú? Kiki no lo dice en voz alta, pero piensa eso. Lo piensa todo el tiempo. Las cintas.
Aquí está lo que la mayoría de los documentales no te dicen. Todo fue grabado. Durante las 30 horas que Kiki estuvo en esa casa, alguien dejó una grabadora de carrete a carrete funcionando. Un Nakamichi de alta fidelidad. El tipo de equipo que usan los profesionales. ¿Por qué grabar tu propio crimen? Porque no era un crimen impulsivo, era un interrogatorio de inteligencia.
Y alguien, alguien fuera de esa habitación, alguien en una oficina en Ciudad de México o quizás más al norte quería escuchar exactamente qué sabía Enrique Camarena. Las tintas se recuperarán meses después y cuando los agentes de la DEA las escuchen, no podrán dormir durante semanas, porque lo que contienen no es solo violencia, es metodología, profesionalismo, un interrogatorio estructurado con técnicas militares de extracción de información.
Uno de esos agentes, Héctor Berreyz, dirá “Años después: “No sonaba como criminales torturando a alguien, sonaba como operadores de inteligencia. haciendo su trabajo. Primera pregunta. Rafa se inclina hacia adelante. El humo del cigarro sube en espirales lentas. ¿Quién más en la DEA sabe sobre el rancho búfalo? Kiki tiene la boca seca, labios partidos, sangre en los dientes.
Yo solo yo, coordiné. Mentira. Rafa hace una señal. Uno de los hombres, un tipo corpulento con manos como martillos, se acerca. Le da un puñetazo en el estómago seco, profesional. Kiki se dobla sobre sí mismo tratando de respirar. El doctor se acerca, le revisa el pulso. Está bien, puede continuar.
Rafa repite la pregunta más lento esta vez. ¿Quién más sabe? Kikitose. Escupe sangre. Quiikendal, mi jefe. Otros tres agentes en la oficina. El hombre en la esquina, el americano, hace una anotación en su libreta. Rafa asiente. Y en México, ¿qué mexicanos están trabajando contigo? No puedo, no voy a Otro golpe.
Esta vez en la cara el sonido es horrible, como romper una rama seca. Kiki grita y así empieza el patrón que se repetirá durante horas. Pregunta silencio o respuesta evasiva. Violencia. Intervención del doctor. Pregunta más específica. Es metódico, calculado, diseñado para romper resistencia sin matar al sujeto. Las preguntas extrañas, pero aquí está donde todo se pone raro.
Después de dos horas de preguntas estándar, nombres de informantes, ubicación de oficinas de la DEA, métodos de vigilancia, las preguntas cambian. Rafa se recarga hacia atrás, mira al americano en la esquina, el tipo asiente y entonces Rafa pregunta algo que no tiene sentido. ¿Qué sabes sobre los vuelos desde Ilopango? Kiki, incluso en su estado, se queda paralizado.
Ilopango es una base aérea en El Salvador. En 1985 está siendo usada por operaciones encubiertas de la CIA para apoyar a los contras en Nicaragua. Es parte de una operación masiva, después conocida como el escándalo Irán contra, donde la CIA vendía armas a Irán y usaba las ganancias para financiar guerrillas anticomunistas en Centroamérica.
¿Qué tiene que ver eso con un cártel mexicano de marihuana? Todo. Pero Kiki todavía no lo sabe completamente. No sé de qué hablas, don Neto interviene. Voz calmada, casi paternal. Mi hijo, no te hagas [ __ ] Sabemos que has estado rastreando aviones que salen de Guadalajara hacia el sur. Aviones que no son nuestros.
Aviones gringos. ¿Qué has descubierto? Kiki respira con dificultad. La cabeza le da vueltas. Solo solo vi reportes de tráfico aéreo irregular. El americano en la esquina se acerca. por primera vez habla inglés perfecto. Acento del medio oeste americano. ¿Qué archivos revisaste? ¿Con quién compartiste esa información? Kiki lo mira fijamente.
¿Quién eres tú? El hombre no responde, solo sostiene lamirada fría, profesional. Rafa se ríe, pero es una risa amarga. ¿Ves, Gerüero? No eres el único gringo en este cuarto. La diferencia es que él está del lado correcto. Las inyecciones. Hora cuatro. Kiki se está desmayando. El doctor se acerca con una jeringa líquido transparente.
¿Qué es eso?, pregunta Kiki. La voz apenas un susurro. Para mantenerte despierto. No queremos que te duermas todavía. Le inyectan anfetaminas directamente en la avena. El efecto es inmediato. El corazón de Kiki se acelera, los ojos se abren. El dolor, que antes estaba amortiguado por el shock, regresa con fuerza completa.
Cada nervio en su cuerpo está encendido. Es químicamente imposible desmayarse. Es una tortura diseñada por profesionales. Ahora dice Rafa encendiendo otro cigarro, hablemos de los politic, los nombres prohibidos. ¿Qué sabes sobre el gobernador Álvarez del Castillo? Kiki cierra los ojos. Respira.
Es es el gobernador de Jalisco y nada más. Mentira. Kiki tiene archivos sobre Álvarez del Castillo, fotografías de él en fiestas con Félix Gallardo, transferencias bancarias sospechosas, pero no va a decirlo. Todavía tiene entrenamiento, todavía tiene algo de resistencia. ¿Qué sabe sobre Manuel Bartlet? Bartlet es el secretario de Gobernación de México, el equivalente al ministro del Interior, uno de los hombres más poderosos del país.
Solo sé que es un funcionario. Otro golpe. Este en las costillas algo se rompe. Kiki grita. El hombre americano hace otra anotación. Rafa se acerca, le agarra el pelo, levanta la cabeza. Te voy a explicar algo, [ __ ] Nosotros no existimos sin protección. Y esa protección llega hasta arriba, hasta arriba.
El presidente sabe, los gobernadores saben, los generales saben y tus pinches jefes en Estados Unidos también saben porque estamos todos en el mismo negocio. Kiki lo mira, sangre corriendo por la cara. ¿Qué negocio? Rafa sonríe. El negocio de financiar guerras que sus políticos no pueden pagar con impuestos. La pregunta imposible. Hora 8.
Kiki ya no puede sentir las manos. Los dedos están azules por la falta de circulación. El alambre que lo ata ha cortado la piel. Sangre seca en las muñecas. El americano se acerca, se agacha frente a él cara a cara. Te voy a hacer una pregunta y necesito que pienses muy bien antes de responder. Pausa. ¿Le contaste a alguien sobre los vuelos C123? Kiki siente el estómago cayendo.
Los C123 son aviones de carga militar americanos. En 1985 varios están siendo usados por operaciones encubiertas de la CIA. Uno de ellos será derribado en Nicaragua en 1986, exponiendo todo el escándalo Irán contra. Pero en febrero de 1985, eso es información ultra clasificada. ¿Cómo sabe Kiki sobre los C123? porque los vio en el rancho búfalo antes de que fuera destruido.
Aviones militares americanos aterrizando en una pista clandestina en medio de un campo de marihuana cargando cajas que definitivamente no eran drogas. Kiki guardó esa información en un archivo sellado. Solo dos personas en la DEA lo sabían. ¿Cómo lo sabe este tipo? No sé de qué hablas. El americano se levanta, mira a Rafa, está mintiendo.
Rafa asiente, hace una señal y lo que sigue es indescriptible. La picana uno de los hombres trae una picana eléctrica, un dispositivo que envía descargas de alto voltaje, pero bajo amperaje. Diseñado para causar dolor extremo sin matar. Lo presionan contra el pecho de Kiki. El cuerpo entero se convulsiona, los músculos se contraen violentamente.
El grito que sale de su garganta no suena humano. El doctor revisa el pulso. Otra vez. Puede aguantar. Segunda descarga. Tercera. Cuarta. Kiki pierde el control de la vejiga. El olor a orina se mezcla con el olor a carne quemada. Los archivos. ¿Dónde están los archivos sobre los vuelos? Kiki llora, ya no puede evitarlo.
En en mi oficina, archivador gris, tercer cajón, llave en mi escritorio. El americano hace otra anotación, se da la vuelta y sale del cuarto. El taladro, hora 12. Kiki ya no sabe dónde está. La realidad se ha vuelto fragmentada. Momentos de claridad seguidos de oscuridad. El dolor es tan intenso que su cerebro ya no lo procesa correctamente.
Alguien trae un taladro eléctrico, lo encienden. El sonido llena el cuarto. Agudo, mecánico, aterrador. Don Neto habla, voz cansada. Ya estuvo, Rafael. Ya nos dijo lo que necesitábamos. Termina esto. Rafa lo mira. Todavía no. Quiero nombres de todos los informantes en Sinaloa. Le colocan el taladro cerca de la oreja. El sonido es ensordecedor y entonces lo presionan.
El grito de Kiki es tan fuerte que se escucha en la calle. Dos vecinos lo escucharán después. Uno de ellos dirá, “Sonaba como un animal herido, como algo que no debería existir. El tímpano se perfora, sangre corre por el cuello. Kiki se desmaya. El doctor lo reanima con más anfetaminas y continúa. Hora 20. La fractura final.
Kiki ya no puede hablar correctamente. La mandíbula está rota. Varios dientes faltan. Los ojoshinchados casi cerrados, pero todavía está vivo porque el doctor es bueno en su trabajo. Rafa está cansado. Ha estado despierto más de 24 horas. Fumó dos cajetillas de cigarros. Bebió medio litro de whisky. Última pregunta dice, “Voz rasposa, ¿le dijiste a tus jefes en Washington sobre los vuelos de coca desde Colombia pasando por México hacia Centroamérica?” Kiki mueve la cabeza.
Apenas perceptible. Sí. ¿A quién? Al subdirector. Lone. Rafa mira al doctor. ¿Cuánto más puede aguantar? El doctor revisa el pulso, levanta los párpados de Kiki. Examina las pupilas. No mucho, tal vez dos horas más. Rafa se levanta, camina hacia la puerta, se detiene. Entonces, acaben con esto, pero háganlo parecer un accidente.
Golpes compatibles con una caída o un accidente de auto. Sale del cuarto. Don Neto se queda un momento más. Mira a Kiki con algo parecido a la tristeza. Lo siento, mijo, de verdad, pero te metiste en algo más grande que tú. Sale también. Quedan solo tres hombres en el cuarto, el doctor y dos sicarios. Y Kiki Camarena, agente especial de la DEA, esposo, padre de tres hijos, a 30 horas de ser secuestrado, todavía consciente, todavía respirando, sabiendo que estos son sus últimos momentos.
No sabemos exactamente cómo murió. Los forenses dirán después que tiene fracturas en casi todos los huesos de la cara, costillas rotas. órganos internos dañados, marcas de quemaduras, perforaciones en los tímpanos y algo más. Un objeto metálico, posiblemente un destornillador o una varilla insertado en la base del cráneo penetrando el cerebro.
Muerte instantánea o casi instantánea, porque incluso en el acto final fueron eficientes. 9 de febrero de 1985. 60 AM. El cuerpo de Kiki Camarena es envuelto en una cobija. Lo meten en la cajuela de un carro. Junto a él cuerpo de Alfredo Zavala, el piloto mexicano, quien fue secuestrado el mismo día y torturado en un cuarto separado.
Los llevan a un rancho a 60 km de Guadalajara. Los entierran en fosas poco profundas. La casa en Lóe de Vega 881 es limpiada. Los vecinos verán una camioneta llegar con hombres que limpian con químicos industriales, lavan las paredes, queman los colchones, pero olvidan algo. Las cintas, las cintas de audio están escondidas en un compartimento falso en la pared.
Alguien las dejó ahí, probablemente para chantaje futuro o como seguro de vida. Y cuando la dea finalmente entre a esa casa meses después, encontrarán esas cintas y escucharán todo, los gritos, las preguntas y las voces de hombres que no deberían haber estado ahí. Hombres que hablaban inglés, hombres que hacían preguntas sobre operaciones de inteligencia, hombres que el gobierno de Estados Unidos negará durante décadas que existieron. 9 de febrero 1985.
Washington DC, sede de la DEA. John Lon, administrador de la DEA, no había dormido en 48 horas. Sentado en su oficina en el sexto piso con vista al Potomac, sostenía un teléfono en cada mano, uno conectado con el Departamento de Estado, el otro con la CÍA, y ninguno de los dos le estaba dando respuestas. ¿Qué quieres decir con que no pueden confirmar su ubicación? grita al teléfono del Estado.
Es un agente federal americano secuestrado en territorio extranjero. Necesito que el embajador llame al presidente de la Madrid ahora. Del otro lado, burocracia, lenguaje diplomático, preocupaciones sobre relaciones bilaterales y procedimientos apropiados. Lone azota el teléfono, se voltea hacia la ventana. La ciudad está despertando, tráfico, gente yendo al trabajo. Normalidad.
Mientras tanto, a 3,000 km al sur, uno de sus agentes está siendo torturado hasta la muerte y él lo sabe. Lo siente en los huesos. Agarra el teléfono nuevamente, marca directo a la oficina del fiscal general Edwin Mise. Edwin, necesito autorización para cerrar la frontera. Silencio del otro lado. John, no puedes estar hablando en serio.
Tienes idea del impacto económico de me vale madre el impacto económico. Secuestraron a mi agente y México no está haciendo nada. Así que o ellos cooperan o les cerramos la frontera hasta que nos den respuestas. Otra pausa. Déjame hablar con el presidente. Click. La se deja caer en su silla. Cierra los ojos. Piensa en Kiki.
En la última vez que lo vio hace 6 meses durante una conferencia en Houston. Kiki había presentado su investigación sobre el rancho búfalo. Estaba emocionado, orgulloso. Decía que estaban a punto de dar el golpe más grande en la historia de la DEA. Esto va a cambiar todo, jefe. Van a ver. Y ahora está desaparecido.
O peor, 10 de febrero 1985. La orden. A las 6ero am, hora del este, el presidente Ronald Rean autoriza la operación más agresiva contra México en décadas. Operación camarena. La orden es simple y brutal. Cerrar toda la frontera entre Estados Unidos y México hasta que el agente Enrique Camarena sea encontrado vivo o hasta que los responsables sean entregados.
No es un cierre parcial, no son inspeccionesaleatorias, es un cierre total. Cada carro que intenta cruzar desde México es revisado. Cada camión es desarmado pieza por pieza. Cada persona es interrogada. Perros entrenados olfatean cada vehículo. Agentes con linternas revisan debajo de los asientos, dentro de las llantas, bajo el chasis.
El tiempo promedio de espera para cruzar la frontera pasa de 20 minutos a 8 horas. En algunos cruces 12 horas. El impacto es inmediato y devastador. Camiones con comida perecedera se pudren bajo el sol de Texas. Flores frescas de Michoacán se marchitan. Trabajadores que cruzan diariamente para trabajar en California pierden sus empleos.
El comercio entre ambos países, miles de millones de dólares diarios, se detiene en seco. México pierde 30 millones de dólares por día, cada día, y Estados Unidos no tiene intención de detenerlo. El mensaje es claro. Nos devuelven a nuestro agente o destruimos su economía. 11 de febrero 1985, Ciudad de México. Oficina del presidente.
Miguel de la Madrid Hurtado, presidente de México, está furioso. No es un hombre que se enoja fácilmente. Es tecnócrata, abogado, racional, pero esto es demasiado. ¿Cómo [ __ ] permitieron que esto pasara? Grita a su gabinete de seguridad. Manuel Bartlet Díaz, secretario de Gobernación, el hombre a cargo de la seguridad interna, está sentado con los brazos cruzados.
Rostro de piedra. Señor presidente, estamos investigando. Tenemos operativos en Guadalajara. Operativos. Hace 3 días que la gente desapareció y no tienen nada. El procurador general interviene. Hemos interrogado a varios sospechosos. Creemos que puede estar relacionado con el cártel de Guadalajara. De la Madrid lo mira con incredulidad.
Creemos, creemos. Los americanos cerraron la frontera, toda la frontera. ¿Y ustedes creen que tal vez posiblemente quizás esté relacionado con narcos mitad de Jalisco comprada? Barlet habla a voz calmada, demasiado calmada. Señor presidente, con todo respeto, el agente camarena estaba operando fuera de su jurisdicción.
estaba realizando operaciones de inteligencia sin notificar apropiadamente a las autoridades mexicanas. A mí no me importa. Encuentren a la gente. Vivo o consíganme a los responsables, porque si no, Estados Unidos nos va a estrangular económicamente hasta que colapsemos. La reunión termina. Barlett sale de la oficina.
En el pasillo, uno de sus asistentes se acerca. Señor secretario, tenemos un problema. ¿Cuál? Caro Quintero está intentando salir del país. Barlet se detiene. Piensa por un segundo. ¿Dónde está? En tránsito hacia el aeropuerto de Guadalajara. Vuelo privado hacia Costa Rica. Bartlet asiente lentamente. Dejen que llegue al aeropuerto, pero asegúrense de que no salga del país. Todavía no.
El asistente parece confundido, señor. Bartlet lo mira fijamente. Necesitamos que alguien pague por esto. Y Rafael Caro Quintero es perfecto, pero primero necesitamos encontrar el cuerpo. Guadalajara, 12 de febrero. La huida. Rafael Caro Quintero está en pánico. Por primera vez en su vida adulta siente miedo real. Ha estado escondido en una casa de seguridad desde que mataron a Camarena.
No ha dormido bien. Cada ruido lo sobresalta. Cada carro que pasa frente a la casa lo hace saltar hacia la ventana. Sus contactos en el gobierno le han dicho la verdad. Estados Unidos no va a parar hasta encontrar a alguien y él es el objetivo número uno. Tenemos que irnos le dice a su hermano Miguel. Tenemos que salir del país ahora.
Han arreglado un vuelo privado, un lerget esperándolo en el aeropuerto internacional de Guadalajara. Destino San José, Costa Rica. De ahí conexión hacia Colombia o Panamá. Países sin tratado de extradición. El plan es simple. Llegar al aeropuerto, abordar el avión, desaparecer. Rafa sale de la Casa de Seguridad a las 4 a.
Dos camionetas, ocho hombres armados, credenciales de la policía judicial en caso de que los detengan. Las calles de Guadalajara están vacías, solo camiones de basura y algunos taxis nocturnos llegan al aeropuerto a las 5:15 a. El LAR Jet está ahí. Motores encendidos. Piloto listo. Rafa baja de la camioneta, respira profundo. Por primera vez en días sonríe. Lo logré.
me voy a salvar. Y entonces ve las patrullas, seis patrullas de la policía federal rodean el hangar. No son policías locales, no son la judicial del estado. Los mismos que ayudaron a secuestrar a Kiki son federales, enviados directamente desde Ciudad de México. Y no están ahí para proteger a Rafa, están ahí para arrestarlo.
Rafa se detiene en seco. La mano automáticamente va hacia la pistola en su cintura. Sus hombres hacen lo mismo. Tensión, silencio. Solo el sonido de los motores del Learjet. Un comandante federal baja de una de las patrullas, uniformado, rango alto. Se acerca con las manos visibles, sin arma desenfundada.
Rafael Caro Quintero, ¿está usted bajo arresto por el secuestro y asesinato de la gente Enrique Camarena? Rafa lo mira. Incrédulo. ¿Quién dio la orden?Órdenes directas de la Procuraduría General. Rafa se ríe, pero es una risa amarga, desesperada. Bartlet, Bartlet me manda a arrestar. Ese hijo de [ __ ] sabía del rancho búfalo. Todos sabían.
Yo solo era el operador. El comandante no responde. Rafa mira alrededor. Calcula. Tiene ocho hombres. Los federales tienen al menos 20 y probablemente hay más en camino. Podría intentar escapar, iniciar un tiroteo, correr hacia el avión, pero es inteligente. Sabe que eso solo terminaría de una forma. Lentamente levanta las manos.
Está bien, me entrego. Sus hombres hacen lo mismo. Los esposan, los meten en las patrullas. Mientras lo suben al carro, Rafa ve algo que lo deja helado. Otros dos comandantes de la policía judicial, los mismos que ayudaron a secuestrar a Kiki, están siendo arrestados también. Nos están limpiando a todos. Y en ese momento entiende la verdad.
No lo están arrestando para hacer justicia, lo están arrestando para cerrar la investigación, para darle a Estados Unidos un culpable y evitar que sigan escarvando, porque si siguen escarvando, van a encontrar cosas que nadie, ni México ni Estados Unidos, quiere que se encuentren. Primero de marzo 1985, Rancho El Mareño, Michoacán.
Tres semanas después del secuestro, un campesino anónimo llama a la policía estatal de Michoacán. Reporta haber encontrado algo extraño en un rancho abandonado llamado el mareño. La policía llega y descubre dos cuerpos enterrados en fosas poco profundas. Las identificaciones están convenientemente cerca de los cuerpos.
Enrique Camarena, Alfredo Zavala. Los medios mexicanos reportan el hallazgo como un gran éxito de las autoridades mexicanas. El gobierno de México emite un comunicado. Gracias a la colaboración entre las autoridades mexicanas y americanas, hemos localizado los cuerpos de los agentes desaparecidos. Los responsables ya están bajo custodia.
Estados Unidos levanta el bloqueo fronterizo. La crisis diplomática termina. Caso cerrado. Excepto que es mentira. Todo es mentira, porque cuando los forenses de la DEA examinan los cuerpos, encuentran inconsistencias masivas. Los cuerpos están demasiado bien preservados para haber estado enterrados durante tres semanas en un clima cálido.
Deberían estar en descomposición avanzada, pero están casi intactos. La tierra en la que fueron encontrados no coincide con la tierra en su ropa ni en sus heridas. Las heridas de tortura son consistentes con haber ocurrido en un espacio cerrado, no en un rancho abierto. Y lo más revelador, pelos y fibras encontrados en la ropa de Kiki coinciden con muestras tomadas después, mucho después, de una casa en Guadalajara. Lóe de Vega, 881.
Los cuerpos fueron plantados. Kiki y Alfredo no murieron en el rancho el Mareño, murieron en Guadalajara. en esa casa y alguien, alguien con acceso a los cuerpos durante semanas los movió para crear una escena conveniente, para controlar la narrativa, para evitar que la investigación siguiera hacia arriba. La pregunta que nadie hace Héctor Berry, agente de la DEA asignado para investigar el asesinato, años después dirá algo que lo resume todo.
¿Por qué el gobierno mexicano movería los cuerpos? ¿Por qué crear una escena falsa? Solo hay una razón, porque la escena real, la casa en López de Vega 881, contenía evidencia que no podían permitir que encontráramos. ¿Qué tipo de evidencia? Evidencia de quién más estuvo en esa casa. Evidencia de las preguntas que le hicieron a Kiki.
Evidencia de que esto no fue un simple asesinato por narcotráfico, fue un asesinato de estado y ambos estados, México y Estados Unidos, tenían razones para ocultarlo. Marzo de 1985, prisión de Reclusorio Sur, Ciudad de México. Rafael Caro Quintero está en una celda especial, aislado, sin contacto con otros prisioneros.
Le han asignado un abogado, un peso pesado del sistema legal mexicano con conexiones hasta Los Pinos, la residencia presidencial. El abogado le explica la situación. Rafael, vas a ser condenado. No hay forma de evitarlo. Estados Unidos necesita sangre. México necesita cerrar este capítulo. Eres el sacrificio. Rafa lo mira.
¿Y qué gano yo? El abogado sonríe. Protección. Tu familia estará segura. Tus propiedades no serán completamente confiscadas. Y si te portas bien, si no hablas de más, si no mencionas ciertos nombres, pausa. Podrías salir en 20, 25 años con vida, que es más de lo que pueden prometer otros. Rafa entiende el mensaje. Cállate y vive. Habla y muere. acepta el trato.
Y así Rafael Caro Quintero, el hombre que ordenó el asesinato más famoso en la historia de la guerra contra las drogas, se convierte en el chivo expiatorio perfecto. Culpable, sí, pero no el único. Ni siquiera el más importante, solo el más conveniente. 2013. Phoenix, Arizona. Héctor Berrey está sentado frente a una cámara.
Es un hombre de 60 años, cabello gris, rostro curtido por décadas en la DEA, ojos que han visto demasiado. Después deretirarse finalmente puede hablar y lo que dice destruye 30 años de narrativa oficial. Enrique Camarena no fue asesinado por Rafael Caro Quintero dice a la cámara. O mejor dicho, Caro Quintero dio la orden sí, pero no fue idea suya y no estaba solo en esa casa.
Pausa. Había agentes de la CIA presentes durante la tortura de Kiki y el gobierno de Estados Unidos lo supo desde el principio. El periodista que lo entrevista se queda paralizado. Está diciendo que la CIA estuvo involucrada en el asesinato de un agente de la DEA. Berryz respira profundo. Estoy diciendo que Kiki Camarena descubrió algo que no debía descubrir y cuando intentó reportarlo se convirtió en un problema.
Para los narcos, sí, pero también para ciertos elementos dentro de nuestro propio gobierno. La investigación que nunca debió existir. En 1990, 5 años después del asesinato, Héctor Berreyes fue asignado como agente principal de la operación leyenda, la investigación más grande que la DEA haya lanzado jamás.
Su objetivo, encontrar a todos los responsables del asesinato de Kiki Camarena. No solo a Caro Quintero, todos. Berryz era un sabueso, incorruptible, obsesivo, el tipo de agente que no suelta un caso aunque le cueste la carrera. Y lo que descubrió lo cambió para siempre. Primero, las cintas de audio de la tortura, las cintas que habían sido clasificadas y escondidas durante años.
Cuando finalmente las escuchó, notó algo que los reportes oficiales nunca mencionaron. Había voces en inglés en el fondo, no español con acento, inglés nativo, americanos, hablando, dando instrucciones. Berryz llevó las cintas a expertos en análisis de voz. Confirmaron. Al menos dos personas de habla inglesa estaban presentes durante el interrogatorio.
¿Quiénes eran? Berry empezó a tirar del hilo. Durante años, Berrey entrevistó a decenas de informantes, sicarios del cártel que habían volteado, policías corruptos que buscaban reducir sus sentencias, pilotos que trabajaron para operaciones encubiertas y todos, todos contaron la misma historia. El rancho búfalo no era solo una plantación de marihuana del cártel de Guadalajara, era un proyecto conjunto entre el cártel y la CIA.
¿Por qué la CIA trabajaría con narcos mexicanos? Porque necesitaban dinero. Dinero que el Congreso no les estaba autorizando. En los años 80, Estados Unidos estaba financiando a los contras guerrillas anticomunistas en Nicaragua, pero el Congreso había prohibido explícitamente el financiamiento directo después de varios escándalos.
Entonces la CIA buscó fuentes alternativas de ingreso y encontró socios perfectos en México. La cocaína colombiana pasaba por México rumbo a Estados Unidos. Parte de esas ganancias, millones de dólares, eran desviadas hacia operaciones encubiertas en Centroamérica. El arreglo era simple. Los cárteles movían la droga.
La CIA permitía que ciertos cargamentos pasaran sin ser interceptados. Las ganancias financiaban armas para los contras. Todo el mundo ganaba, excepto los agentes honestos de la DEA que no sabían del arreglo. Agentes como Kiki Camarena. Kiki no solo descubrió el rancho búfalo, descubrió los vuelos. Aviones militares estadounidenses registrados bajo compañías fantasma vinculadas a la CIA, aterrizando en pistas clandestinas en territorio controlado por los cárteles.
Descubrió que algunas de las rutas de tráfico de drogas estaban siendo protegidas activamente por agentes estadounidenses. descubrió cuentas bancarias en Panamá donde se lavaba dinero de cocaína para comprar armas que terminaban en manos de guerrillas centroamericanas y lo documentó.
Fotos aéreas, números de vuelo, registros bancarios, nombres, todo en archivos clasificados que guardaba en su oficina. Cuando fue secuestrado, una de las primeras cosas que hicieron sus captores fue enviar gente a su oficina a recuperar esos archivos. ¿Cómo sabían exactamente dónde buscar? Porque alguien se los dijo, alguien que tenía acceso a información interna de la DEA.
Berryz identificó a uno de los americanos presentes durante la tortura, un agente de la CIA. Veterano de operaciones en Vietnam y Centroamérica, especialista en interrogatorios mejorados, un eufemismo para tortura. Berry intentó arrestarlo, obtuvo una orden, preparó un operativo, pero antes de que pudiera ejecutarla recibió una llamada.
No de su supervisor en la DEA, de alguien más arriba, mucho más arriba. Agente Berreyes, necesita detener esta línea de investigación inmediatamente. ¿Por qué? Razones de seguridad nacional. Hay elementos clasificados en este caso que están fuera de su jurisdicción. Un agente federal fue asesinado. Nada está fuera de mi jurisdicción.
Silencio del otro lado. Después, su carrera, su pensión, su familia realmente quiere poner todo eso en riesgo por un caso que no va a ganar. Berryz colgó y supo en ese momento contra qué estaba luchando, no solo contra narcos mexicanos, contra supropio gobierno. En 2013, uno de los testigos clave de Berreyz finalmente habló públicamente.
Jorge Godoy, exicario del cártel de Guadalajara, que estuvo presente en Lóe de Vega 881, la noche de la tortura. En una entrevista grabada en video disponible hasta el día de hoy, Godoy describe la escena. Había dos gringos en la casa. No eran narcos, eran militares o algo así. Uno de ellos hacía preguntas específicas en inglés que otro traducía.
Preguntas sobre rutas de vuelo, sobre contactos en Washington, sobre quién más sabía. Le preguntan, “¿Estás seguro de que eran americanos?” Completamente. Hablaban inglés perfecto. Y cuando se fueron, uno de los comandantes mexicanos los llamó agentes. No señores, no gringos, agentes. Otra pieza del rompecabezas. ¿Por qué Kiki tenía que morir? Aquí está la verdad incómoda que nadie quiere aceptar.
Kiki Camarena no fue asesinado por quemar un campo de marihuana. Fue asesinado porque descubrió que la guerra contra las drogas era una mentira. Mientras públicamente Estados Unidos declaraba guerra total a los narcotraficantes, secretamente estaba utilizando esas mismas rutas de tráfico para financiar operaciones encubiertas. La CIA necesitaba dinero que el Congreso no autorizaba.
Los cárteles necesitaban protección y rutas seguras. Políticos mexicanos de alto nivel necesitaban mordidas y poder. Era un sistema perfecto. Hasta que llegó un agente idealista que creyó que su trabajo era arrestar a todos los criminales sin importar de qué lado de la frontera estuvieran. Y eso no podía permitirse.
Entonces lo dejaron morir o peor, participaron activamente en su muerte. En 1986, un año después de la muerte de Kiki, estalló el escándalo Irán contra. Se descubrió que la CÍ había estado vendiendo armas ilegalmente a Irán y usando las ganancias para financiar a los contras en Nicaragua. Audiencias en el Congreso, investigaciones, testimonios bajo juramento.
El teniente coronel Oliver North, uno de los arquitectos del esquema, admitió bajo juramento que habían usado fuentes alternativas de financiamiento. Cuando le preguntaron qué significaba eso, invocó la quinta enmienda. Nunca se mencionó explícitamente el tráfico de drogas, pero los investigadores independientes lo documentaron.
Aviones que llevaban armas hacia Centroamérica regresaban cargados de cocaína. Esa cocaína pasaba por México y los cárteles mexicanos, incluyendo el de Guadalajara, eran parte de la cadena. Todo conecta, todo tiene sentido, excepto que oficialmente nada de esto existe. En 2013, Rafael Caro Quintero fue liberado de prisión, 28 años de una sentencia de 40 años, liberado por un tecnicismo legal.
Fue juzgado en Corte federal cuando supuestamente debía ser juzgado en corte estatal. La DEA enloqueció. México inmediatamente emitió una nueva orden de arresto, pero Rafa desapareció. Durante 9 años vivió escondido en las montañas de Sinaloa, protegido, intocable. ¿Cómo un hombre con una recompensa de 20 millones de dólares sobre su cabeza puede esconderse durante casi una década en un país supuestamente cooperando con Estados Unidos? porque alguien lo estaba protegiendo.
Finalmente, en julio de 2022, fue capturado nuevamente, extraditado a Estados Unidos. Ahora, a sus 72 años enfrenta juicio en una corte federal americana. Pero aquí está la ironía cruel. Será juzgado solo por el asesinato de Kiki Camarena, no por el tráfico masivo de drogas, no por los miles de asesinatos que ordenó durante su carrera, solo por Kiki.
Porque ese es el único crimen que importa políticamente. Es el único que permite mantener la narrativa simple. narcomo mata a gente bueno. Las preguntas incómodas sobre quién más estuvo en esa casa, sobre por qué la CIA protegió ciertos aspectos de la investigación sobre cómo los cárteles y agentes estadounidenses trabajaban juntos, esas preguntas no serán respondidas en la corte porque no conviene a nadie que se respondan.
40 años después. Hoy en 2026, cuatro décadas después del asesinato, la familia camarena sigue buscando respuestas. Geneva Camarena, la viuda de Kiki, dijo en una entrevista reciente, “Sé que Rafa dio la orden, sé que él es culpable, pero también sé que no actuó solo y merecemos saber quién más traicionó a mi esposo.
” Sus hijos, ahora adultos, han presionado por la desclasificación completa de todos los archivos relacionados con el caso. Cada solicitud ha sido negada. Seguridad nacional. Información clasificada. Protección de fuentes. Las mismas excusas durante 40 años. Héctor Berreyz, ahora completamente retirado, lo resume mejor.
Kiki Camarena murió haciendo su trabajo. Murió siendo honesto en un sistema corrupto. Y la mayor tragedia no es que lo mataran, es que su propio país permitió que sucediera. La guerra contra las drogas no terminó con la muerte de Kiki Camarena. Se intensificó. Miles de millones de dólares invertidos, decenas de miles demuertos, militarización de la frontera y el resultado, los cárteles son más poderosos que nunca.
La cocaína fluye más libremente que en los años 80. El fentanilo, una droga que ni siquiera existía en la época de Kiki, mata ahora más americanos cada año que todas las guerras recientes combinadas. Porque la guerra nunca fue real, era un teatro, una narrativa para el público. Mientras detrás del escenario las mismas agencias que supuestamente combatían el narcotráfico negociaban con los traficantes cuando les convenía.
Kiki Camarena descubrió esa verdad y le costó la vida. Cuando piensas enrique Kiki Camarena, no pienses en un héroe de película. Piensa en un hombre real, un padre que llevaba a sus hijos a la escuela, un esposo que prometió volver a casa, una gente que creía en el sistema. Y pregúntate, ¿cuántos más como él han sido sacrificados en el altar de conveniencias políticas? ¿Cuántas verdades siguen enterradas bajo capas de clasificación y negación plausible? ¿Cuánto tiempo más seguiremos aceptando narrativas simples para crímenes
complejos? Porque 40 años después la verdad es clara. Rafael Caro Quintero es culpable, pero no es el único. y hasta que todos los culpables, incluyendo aquellos con credenciales oficiales y oficinas en Washington, sean expuestos, la muerte de Kiki Camarena seguirá siendo una herida abierta, un recordatorio de que a veces el enemigo no está solo del otro lado de la frontera, a veces está sentado en tu propia mesa tomando decisiones, protegiendo secretos y dejando que hombres buenos mueran para mantener esos secretos enterrados. Lóe de Vega 881
todavía existe. La casa fue demolida años después. Ahora es un lote vacío. Pero los vecinos dicen que nadie quiere construir ahí, que la tierra está que en las noches, cuando el viento sopla cierto, todavía puedes escuchar los gritos. Tal vez sea superstición. O tal vez algunos lugares nunca olvidan lo que pasó en ellos.
Algunos lugares recuerdan porque alguien tiene que recordar, alguien tiene que decir sus nombres. Enrique Camarena, Alfredo Zavala y todos los otros que murieron buscando la verdad en un sistema construido sobre mentiras. Sus muertes no fueron en vano. Nos mostraron exactamente quiénes somos y qué estamos dispuestos a sacrificar para proteger nuestros secretos más oscuros. M.















