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PAGÓ 3.200 EUROS POR 14 HECTÁREAS DE BARRO QUE SE INUNDABAN CADA PRIMAVERA… HASTA QUE UNA GEÓLOGA LAVÓ UNA MUESTRA DEL ANTIGUO CAUCE Y PREGUNTÓ: «¿SABES QUÉ ES ESTO?»

PARTE 2

La primera campaña de muestreo destruyó casi todas las fantasías.

Eso fue bueno.

Elena diseñó un recorrido.

Nada de excavar al azar buscando una pepita.

Tomaron muestras de:

varios puntos,

distintas profundidades,

antiguas terrazas,

zonas de grava,

bordes secos.

Resultados:

muchos puntos sin oro detectable.

Algunos:

trazas.

Tres sectores:

concentraciones algo mayores de oro fino.

Nada parecido a una veta.

Era oro aluvial.

Partículas transportadas durante miles de años por agua y depositadas donde la velocidad del flujo cambiaba.

Alba preguntó:

—¿Entonces el cuaderno tenía razón?

—Sobre el antiguo cauce, probablemente sí.

—¿Y cuánto hay?

—Todavía no podemos decirlo.

—¿Un kilo?

Elena rio.

—Esta es la fase donde aprendes que preguntar “cuánto oro hay” demasiado pronto es peligroso.

También apareció otro problema.

Propiedad.

Alba era dueña del terreno superficial.

Eso no significaba:

“todo mineral bajo mis pies es mío.”

Los recursos minerales estaban sujetos al régimen minero correspondiente.

Cualquier investigación o aprovechamiento necesitaría:

procedimiento,

derechos,

permisos,

compatibilidad ambiental.

Y A Veiga Morta tenía otra complicación:

parte del terreno estaba vinculada funcionalmente a una zona inundable.

Alterar:

cauces,

vegetación,

sedimentos,

podía afectar al sistema fluvial.

Alba preguntó:

—¿Entonces haber encontrado oro puede servir únicamente para complicarme la vida?

Elena respondió:

—También es una posibilidad.

La respuesta le gustó menos.

Pero siguió.

No porque creyera que había comprado una mina.

Porque quería saber qué había visto su abuelo.

Encontró otro documento.

No en casa.

En un archivo familiar de su tía.

Fotografía de 1973.

Manuel Souto.

Más joven.

Botas altas.

Dentro de una zona embarrada.

Detrás:

la misma línea de sauces de A Veiga Morta.

En el reverso:

“MANUEL MIRANDO LAS ARENAS DESPUÉS DE LA RIADA.”

Alba preguntó a su madre.

—¿El abuelo buscaba oro?

Su madre frunció el ceño.

—Hablaba de eso.

—¿Por qué nunca nos contó?

—Porque vuestro abuelo hablaba de muchas cosas.

Setas.

Piedras.

Agua.

Una vez quiso construir un molino con una lavadora rota.

—¿Llegó a sacar oro?

—No lo sé.

Después recordó.

—Tenía un frasco.

—¿Qué frasco?

—Pequeño.

Con arena negra.

Tu abuela le obligó a quitarlo de la cocina.

Alba empezó a reír.

Quizá todo el misterio familiar había terminado sobre un estante del cobertizo.

PARTE 3

El frasco apareció tres semanas después.

No contenía una fortuna.

Ni nuggets.

Ni monedas.

Tenía:

arena negra,

grava fina,

y una pequeña cantidad de partículas amarillas.

Peso total de oro estimado después del análisis:

menos de dos gramos.

Alba lo sostuvo.

—Treinta años y esto es todo.

Elena respondió:

—Puede haberlo recogido en una tarde.

No sabemos.

Dentro del frasco había un papel enrollado.

“PUNTO 3.

DESPUÉS DE AVENIDA 1978.

MEJOR QUE ARRIBA.”

Nada más.

No había:

mapa de tesoro,

coordenadas,

cajas enterradas.

Pero sí confirmaba que Manuel había reconocido el patrón.

Elena preguntó:

—¿Qué quieres hacer?

Alba respondió:

—Primero saber si merece la pena pedir algo.

Contrataron asesoramiento.

La conclusión inicial fue prudente.

Una investigación más profunda solo tendría sentido si:

las concentraciones preliminares,

la continuidad de las gravas,

el volumen estimado

justificaban el gasto.

Una pequeña empresa gallega de investigación minera se interesó.

No ofreció millones.

Ofreció asumir parte del coste de una campaña a cambio de estudiar conjuntamente la posibilidad de solicitar los derechos correspondientes.

Alba llevó el contrato a un abogado.

Primera versión:

demasiado favorable a la empresa.

Control amplio de accesos.

Compensación baja.

Opción larga.

Alba respondió:

—No.

Segunda:

mejor.

La empresa tendría:

acceso limitado,

restauración obligatoria de catas,

responsabilidad definida,

compensación por ocupación,

y ningún derecho sobre actividades no incluidas.

Firmaron.

Gonzalo vio las máquinas pequeñas de sondeo.

Apareció al día siguiente.

—¿Qué buscas?

—Grava.

—Para hacer caminos.

—No.

Gonzalo la miró.

Después miró a Elena.

—Oro.

Alba no dijo nada.

El silencio fue respuesta suficiente.

—Tu abuelo hablaba de oro.

Dijo Gonzalo.

—¿Lo sabías?

—Todo el pueblo sabía que Manuel lavaba arenas.

—Nadie me lo dijo.

—Porque nadie creyó que encontrara nada.

—¿Tú tampoco?

—Encontrar, sí.

Hacer dinero…

no.

Gonzalo tenía una razón.

Durante generaciones se habían encontrado partículas de oro en algunos cursos del noroeste.

Eso no convertía cualquier ribera en una mina rentable.

El abuelo podía haber visto oro auténtico…

y seguir teniendo razón el pueblo al pensar que extraerlo era económicamente absurdo.

Eso era exactamente lo que la nueva campaña intentaba saber.

PARTE 4

Los resultados tardaron cinco meses.

La antigua red fluvial era mucho más compleja de lo que Alba imaginaba.

No había:

una única franja rica.

Había canales antiguos.

Barras de grava.

Depósitos cortados.

Capas superpuestas.

En algunas zonas, la inundación moderna había erosionado antiguos sedimentos.

En otras, los había enterrado.

El sector más interesante ocupaba menos de tres hectáreas.

Profundidad variable.

Oro:

muy fino.

Eso era importante.

Cuanto más fino:

más difícil y costosa podía ser su recuperación.

El responsable técnico de la empresa se llamaba:

Santiago Varela.

Explicó:

—Si esto fuera oro grueso y concentrado, la conversación sería distinta.

—¿Entonces no sirve?

—No he dicho eso.

Pero necesitamos probar recuperación.

Y costes.

El ensayo se hizo con métodos gravimétricos.

Sin mercurio.

Sin reactivos improvisados.

Separación por:

densidad,

clasificación,

concentración mecánica.

Parte del oro era tan fino que se perdía en las primeras pruebas.

Mejoraron el circuito piloto.

Recuperación:

aumentó.

Pero seguía sin estar claro que una explotación convencional compensara.

Además existían:

restricciones ambientales,

agua,

restauración.

Un proyecto grande resultaba difícil de justificar.

Alba preguntó:

—¿Entonces se acabó?

Santiago respondió:

—Quizá el proyecto grande.

No necesariamente todo.

Propuso otra idea.

Investigación piloto de escala muy pequeña.

Volumen limitado.

Sin desviar el cauce actual.

Trabajando únicamente determinados depósitos fuera del flujo activo y sujetos a autorización.

Objetivo:

conocer recuperación,

impacto,

economía.

Alba dijo:

—¿Y puedo ganar algo?

—Puede.

No suficiente para comprar un Ferrari.

—No sé conducir uno.

—Perfecto.

PARTE 5

La autorización tardó casi dos años.

Eso fue lo que las historias posteriores siempre eliminaban.

Preferían:

“encontró oro y empezó a sacarlo.”

No.

Hubo:

informes,

alegaciones,

consultas,

delimitaciones,

condiciones,

cambios.

Un sector inicialmente previsto quedó fuera porque tenía mayor valor ecológico.

Otro se redujo.

Las operaciones solo podían realizarse en determinados periodos.

Restauración:

por fases.

Control de sedimentos.

Nada de trabajar durante crecidas.

Nada de modificar cauce activo.

La prueba comenzó en 2019.

Alba tenía treinta y tres años.

Procesaron un volumen pequeño comparado con minería real.

Resultado:

oro.

Real.

Pero no espectacular.

La primera campaña recuperó menos de lo que las estimaciones optimistas sugerían.

Costes altos.

Alba recibió poco.

Gonzalo apareció.

—¿Entonces?

Alba mostró un pequeño recipiente con concentrado metálico ya procesado.

—Eso.

—¿Cuánto vale?

—Menos de lo que cuesta mirar la cara que has puesto.

—¿Te vas a hacer rica?

—Este año no.

Segunda campaña:

mejor.

Habían aprendido dónde estaba el material económicamente más interesante.

También dónde no tocar.

Eso redujo:

movimiento inútil,

coste,

impacto.

El oro recuperado se enviaba a refinado mediante canales documentados.

No se guardaba debajo del fregadero.

No se vendía en secreto.

No había razones para esconderlo de Hacienda.

Al contrario.

La trazabilidad terminó convirtiéndose en parte del valor.

Una pequeña joyería de Santiago de Compostela se interesó.

Su propietaria:

Marina Figueroa.

Cuarenta y uno.

Preguntó:

—¿Podéis separar una partida con origen documentado de aquí?

Santiago respondió:

—Sí.

—¿Cuántos kilos?

Todos rieron.

—Kilos no.

Marina quería elaborar una serie pequeña de piezas con:

oro gallego de recuperación aluvial,

trazabilidad,

volumen limitado.

Alba preguntó:

—¿Eso vale más?

—Al cliente correcto, sí.

Aquella frase cambió otra vez el proyecto.

No intentar competir por:

toneladas.

Competir por:

origen,

trazabilidad,

pequeña escala.

PARTE 6

En 2021 aparecieron los primeros curiosos.

Alguien publicó una fotografía:

“LA CHICA QUE COMPRÓ UN PANTANO Y ENCONTRÓ ORO.”

La palabra “pantano” molestó a Alba.

No era un pantano.

Era una vega inundable.

Pero eso fue lo menos grave.

Durante un fin de semana encontraron:

huellas,

dos pequeños agujeros,

restos de una batea de plástico.

Alguien había entrado.

No había robado una fortuna.

Probablemente ni siquiera consiguió un gramo.

El problema era otro.

Cavar sin control en un terreno húmedo podía:

dañar márgenes,

abrir erosión,

entrar en áreas restringidas.

Alba instaló:

mejores cierres en accesos,

señalización,

cámaras en puntos concretos.

No un muro de tres metros.

No guardias armados.

También habló públicamente.

—Si alguien piensa que puede venir con una pala y salir con cien mil euros, se va a llevar barro y quizá una denuncia.

Las visitas disminuyeron.

Gonzalo comentó:

—Eso sonó antipático.

—Era el objetivo.

—Bien.

PARTE 7

La verdadera sorpresa llegó en 2023.

No fue una pepita.

Fue el agua.

Durante años de estudios habían acumulado:

mapas,

perfiles de sedimentos,

topografía,

información sobre antiguos cauces.

Alba descubrió que aquellos datos servían para otra cosa.

Gestionar la finca.

A Veiga Morta seguía inundándose.

Pero ahora entendían mejor:

por dónde entraba el agua,

dónde almacenaba sedimentos,

qué zonas debían permanecer sin ganado durante ciertos periodos,

qué partes podían utilizarse como pasto estacional.

La explotación ganadera, que había sido la razón original de la compra, empezó a funcionar mejor.

No usaba catorce hectáreas todo el año.

Utilizaba:

sectores secos en verano,

pastoreo puntual,

zonas de siega en años favorables,

otras como humedal permanente.

Alba dijo a Elena:

—Resulta que compré la finca por vacas.

Encontré oro.

Y el oro terminó enseñándome cómo usarla para vacas.

Elena respondió:

—Eso es demasiado largo para un titular.

—Entonces no lo publiques.

La pequeña producción aurífera continuaba algunos años.

Otros no.

Dependía de:

autorizaciones,

condiciones,

campaña,

economía.

No era un sueldo asegurado.

Pero había generado suficiente ingreso acumulado para:

cancelar parte de una deuda,

mejorar cierres,

comprar una segadora usada,

construir un pequeño cobertizo fuera de la zona inundable.

No millones.

Algo mejor para Alba:

menos dependencia.

PARTE 8

En 2026 Alba Souto tenía cuarenta años.

A Veiga Morta seguía costando:

3.200 euros en la vieja escritura.

La gente preguntaba:

—¿Cuánto vale ahora?

Alba respondía:

—Depende de qué estés valorando.

La finca como tierra inundable:

una cosa.

El uso ganadero:

otra.

Los derechos y proyectos mineros vigentes:

otra.

El conocimiento acumulado:

otra.

No existía una cifra mágica.

Un grupo de estudiantes de geología visitó.

Elena dirigía la parte técnica.

Uno preguntó:

—¿Aquí sacaste el primer kilo de oro?

Alba rio.

—Nunca he tenido un kilo junto en mi mano.

—¿Pero cuánto habéis sacado?

Elena dio cifras agregadas de campañas autorizadas.

Mucho menos de lo que el alumno esperaba.

—¿Eso es todo?

—Eso es mucho si empiezas con partículas microscópicas repartidas por grava.

—En internet dicen que había millones.

Alba respondió:

—Internet nunca paga el gasóleo.

Continuaron.

Llegaron al punto donde Alba había hecho la primera pequeña excavación en 2016.

Ya no existía.

Restaurado.

Vegetación.

—¿Aquí estaba?

—Más o menos.

—¿No lo marcaste?

—Tengo coordenadas.

No necesito un monumento.

Otro alumno preguntó:

—¿Y el oro de tu abuelo?

Alba enseñó una fotografía del frasco.

El original se conservaba en casa.

—Menos de dos gramos.

—¿Nada más?

—Nada que hayamos encontrado.

—Pero el relato dice que dejó latas llenas.

—No.

Mi abuelo dejó cuadernos.

—¿No escondió monedas?

—Que yo sepa, escondía tornillos porque mi abuela le tiraba cualquier cosa oxidada que encontraba.

Risas.

—Entonces no heredaste un tesoro.

Alba pensó.

—Depende de lo que llames tesoro.

El alumno sonrió.

—Los cuadernos.

—Los datos.

No necesito poner música triste para decirlo.

Manuel había registrado:

crecidas,

gravas,

lugares,

fechas.

Sus observaciones no demostraban un yacimiento.

Pero llevaron a Alba a preguntar en el lugar correcto.

Eso había ahorrado:

tiempo,

muestreos,

dinero.

Un estudiante preguntó:

—¿Por qué no explotó él?

Elena respondió:

—No lo sabemos.

Alba tenía hipótesis.

Tal vez:

no había dinero,

tecnología,

permisos,

interés.

Tal vez entendió que las cantidades eran pequeñas.

Tal vez simplemente lo hacía por curiosidad.

No hacía falta inventar una explicación heroica.

Llegaron a una franja de sauces.

El agua brillaba entre las hierbas.

—¿Todavía se inunda?

preguntó una chica.

—Todos los años en algún grado.

—¿No estropea la mina?

—No tenemos una mina convencional.

Y la zona donde trabajamos se planifica precisamente teniendo en cuenta la dinámica del agua.

—¿No sería mejor drenar todo?

Alba negó.

—Probablemente destruiría parte de lo que hace que esta finca funcione como humedal.

Además cambiaría el transporte de sedimentos que creó los depósitos en primer lugar.

No quiero convertir la finca en otra cosa solo porque pueda.

—Pero podrías tener más pasto.

—Y quizá más problemas aguas abajo.

Una finca inundable no está defectuosa porque se inunde.

Está situada donde está situada.

Eso era algo que Alba no entendía en 2016.

Entonces veía:

tierra barata con un problema de agua.

Ahora veía:

un sistema fluvial.

La inundación que limitaba agricultura había sido la misma fuerza que durante miles de años:

movió,

clasificó,

depositó

los minerales pesados.

El problema y el valor tenían el mismo origen.

Una estudiante tomó una muestra de arena bajo supervisión.

La concentraron para demostración.

Al fondo aparecieron:

magnetita,

minerales pesados,

y una partícula amarilla diminuta.

La chica abrió los ojos.

—¿Eso es oro?

Elena utilizó la lupa.

—Probablemente.

—¿Puedo quedármelo?

—No.

Todos rieron.

Alba añadió:

—Ahora entiendes por qué necesito señales.

Terminaron en el cobertizo.

Sobre una mesa había tres objetos.

El cuaderno de Manuel.

Una réplica del frasco de arena.

Una pequeña pieza de joyería realizada con una de las partidas documentadas de oro local.

No una corona.

Un anillo sencillo.

La estudiante preguntó:

—¿Ese oro salió de aquí?

—Parte.

—¿Lo llevas puesto?

—No.

—¿Por qué?

—Porque era caro.

Más risas.

En una pared había un mapa.

2016:

las catorce hectáreas como una superficie casi uniforme.

2026:

colores.

Zonas húmedas permanentes.

Pasto estacional.

Antiguos cauces.

Áreas de conservación.

Sectores investigados.

Accesos.

Alba señaló.

—Esto es lo más valioso que tenemos ahora.

Un alumno miró el mapa.

—¿Más que el oro?

—Para gestionar la finca, sí.

—Eso es muy poco cinematográfico.

—La agricultura y la geología tienen ese problema.

Cuando la visita terminó, Gonzalo apareció.

Setenta y tres años ya.

Caminaba con bastón.

—¿Has contado que compraste barro?

preguntó.

—Sí.

—¿Y que me reí?

—También.

—Yo no me reí.

Alba lo miró.

—Dijiste que había tirado el dinero al río.

—Eso es una observación económica.

—Con carcajada incluida.

Gonzalo sonrió.

Un estudiante preguntó:

—¿Usted habría comprado la finca por 3.200 euros?

—No.

—¿Ahora?

Gonzalo pensó.

—Tampoco.

Alba empezó a reír.

—¿Por qué?

—Porque no tengo cuarenta años para aprender qué hacer con ella.

Eso era probablemente la mejor respuesta.

A Veiga Morta no se había convertido en:

un campo perfecto,

una mina de oro,

un parque turístico.

Seguía siendo complicada.

Había zonas donde una vaca podía hundirse.

Mosquitos.

Inundaciones.

Restricciones.

Mantenimiento.

Y una pequeña cantidad de oro cuya recuperación solo tenía sentido dentro de un proyecto muy específico.

La decisión de Alba había salido bien.

Eso no convertía cualquier terreno barato en oportunidad.

Podía haber comprado exactamente las mismas catorce hectáreas…

sin una sola partícula aprovechable.

Por eso, cuando alguien le preguntaba:

—¿Cómo supiste que había oro?

Respondía:

—No lo sabía.

—Pero los cuadernos.

—Me hicieron sospechar.

No saber.

—Entonces fue suerte.

—En parte.

—¿Y el resto?

—No estropear la suerte después de encontrarla.

Esa parte era menos visible.

No excavar sin permiso.

No vender humo.

No destruir el humedal buscando una fortuna que quizá no existía.

No aceptar el primer contrato.

No confundir:

oro presente

con oro rentable.

No confundir:

propiedad del terreno

con derecho automático a explotar minerales.

No creer que un brillo amarillo dentro de una bandeja pagaría las deudas.

Durante los años siguientes el proyecto produjo dinero.

También produjo:

gastos,

informes,

esperas,

campañas que no compensaron.

Alba nunca se convirtió en millonaria.

Tampoco volvió a preocuparse por perder todas sus tierras arrendadas.

A Veiga Morta terminó sirviendo para:

ganado,

conservación,

investigación,

una producción mineral limitada.

Mucho más de lo que imaginó el día de la subasta.

Aquella tarde, después de que los estudiantes se marcharan, Alba caminó hasta el borde del antiguo cauce.

Había llovido.

El agua empezaba a extenderse sobre una depresión.

No intentó impedirlo.

Se quedó observando.

Durante miles de años, aquella corriente había hecho exactamente lo mismo.

Entrar.

Perder velocidad.

Mover arena.

Dejar grava.

Volver a marcharse.

Su abuelo lo había visto.

Ella tardó décadas en entender sus dibujos.

Y la gente del pueblo se había equivocado solo en una cosa.

No era cierto que Alba hubiera comprado tierra inútil.

Tampoco había comprado una mina de oro.

Había comprado:

un lugar con una función que nadie estaba intentando aprovechar.

Cuando por fin comprendió cuál era…

el barro dejó de parecer un defecto.

En algún punto debajo de aquella agua seguían existiendo partículas amarillas.

Pequeñas.

Pesadas.

Moviéndose mucho menos de lo que se movía el resto del río.

Alba sonrió.

Manuel había escrito una sola frase que todavía conservaba enmarcada:

“EL AGUA SE LLEVA LO LIGERO.

LO PESADO ESPERA.”

Quizá hablaba de oro.

Quizá no.

A los cuarenta años, Alba había decidido que daba igual.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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TODOS SE RIERON CUANDO PLANTÓ 486 CASTAÑOS EN MEDIO DE SUS PRADOS Y DIJERON QUE ESTABA «QUITÁNDOLE COMIDA A LAS VACAS»… SEIS VERANOS DESPUÉS, DURANTE LA OLA DE CALOR DE 2003, LOS MISMOS VECINOS FUERON A MIRAR POR QUÉ SU GANADO SEGUÍA PASTANDO A LAS CINCO DE LA TARDE PARTE 1 La primera persona que dijo que Manuel Castaño estaba arruinando una buena pradera fue su propio hermano. —Plantas árboles donde deberían comer las vacas. Manuel no levantó la cabeza. Seguía midiendo. Veintidós metros. Clavó una estaca. Volvió a caminar. Era febrero de 1997. Interior de Lugo. Una explotación familiar de algo menos de cuarenta y siete hectáreas. Treinta y cuatro vacas de carne. Principalmente cruces de Rubia Gallega y algunas madres más rústicas que Manuel llevaba años seleccionando por: facilidad de parto, patas, capacidad para aprovechar pasto. Tenía cuarenta y dos años. Su esposa, Carmen, cuarenta. Una hija: Iria, catorce. Un hijo: Xoán, diez. La finca principal se llamaba A Veiga Longa. Un conjunto de prados ligeramente ondulados, con bastante lluvia la mayor parte del año pero veranos que podían dejar varias semanas de hierba parada. El padre de Manuel había hecho exactamente lo contrario a lo que él estaba haciendo. Había eliminado árboles. Sauces. Robles jóvenes. Castaños dispersos. Todo lo que: dificultaba segar, ocupaba superficie, sombreaba hierba, entorpecía el tractor. Durante los años setenta aquello tenía sentido. La prioridad era abrir. Mecanizar. Producir más forraje. Manuel no despreciaba esa decisión. Pero después de veinte años manejando ganado había empezado a observar otro problema. En julio y agosto: las vacas se concentraban bajo los pocos árboles que quedaban. No veinte minutos. Horas. En días calurosos dejaban de pastar durante buena parte de la tarde. Se amontonaban junto a: setos, paredes, una pequeña nave, cualquier sombra. El resultado no era solamente comportamiento. Al concentrarse: pisoteaban, embarraban puntos concretos, acumulaban estiércol, castigaban raíces de los cuatro árboles supervivientes. Un verano especialmente caluroso en 1995 le hizo empezar a tomar notas. No científicas. Temperatura del aire. Hora. Dónde estaban las vacas. Cuándo volvían a pastar. El 18 de julio escribió: “16:20. TODAS BAJO DOS ROBLES.” “18:05. SALEN.” Otro día: “PRADO NORTE SIN SOMBRA. SE JUNTAN EN CIERRE.” Un técnico de extensión agraria llamado Pablo Varela revisó el cuaderno. —¿Qué quieres demostrar? —Nada. Quiero saber si estoy perdiendo horas de pastoreo por calor. —Probablemente en algunos días sí. —Entonces quiero sombra distribuida. Pablo respondió: —¿Con árboles? —Sí. —¿Cuántos? —Todavía no sé. El primer borrador de Manuel tenía: casi novecientos. Pablo tachó la cifra. —Esto no es una plantación forestal. Si quieres mantener pasto, necesitas pensar: distancia, orientación, copa futura, raíces, maquinaria. Después consultaron a una ingeniera forestal: Elena Souto. Treinta y seis años. Elena miró la finca. —¿Qué especie? Manuel respondió: —Castaño. —¿Por qué? —Está adaptado aquí. Da sombra. Madera. Puede dar fruto. Elena asintió, pero corrigió: —Puede. No vamos a contar tres ingresos futuros antes de que sobreviva el primer verano. También había que considerar: tinta del castaño, chancro, material vegetal, drenaje. No cualquier zona servía. Eligieron principalmente terrenos: bien drenados, con profundidad suficiente, sin encharcamiento persistente. Diseño: calles amplias. Distancias variables según sector. Árboles suficientemente separados para conservar: entrada de luz, paso de maquinaria, superficie herbácea. Número final: No todos en una sola parcela. Repartidos en varios prados. El hermano de Manuel, Ramón, llegó cuando estaban marcando. —¿Cuánto te cuestan? Manuel dijo la cifra aproximada. Árboles. Protectores. Tutores. Mano de obra. Ramón silbó. —Y además pierdes hierba. —Algo. —¿Cuánta? —Todavía no sé. —Gran plan. Carmen también estaba preocupada. No por árboles. Por dinero. —Tenemos el préstamo del establo. —Lo sé. —Y quieres gastar ahora en algo que quizá produzca madera cuando tengamos setenta años. —No los planto solo por madera. —¿Entonces? —Sombra. —Tenemos árboles en las lindes. —No suficiente. Carmen miró los planos. —¿Cuánto tiempo quieres probar? Manuel respondió: —Seis años antes de juzgar demasiado pronto. Ella rio. —Qué práctico. Para entonces ya habrás tenido seis años para inventar otra excusa. Plantaron. 486 castaños jóvenes. Menos de metro y medio. Desde lejos parecían: palos con tubo protector. En el bar alguien preguntó: —¿Manuel ahora cría árboles o vacas? Otro respondió: —Ninguna de las dos bien. Manuel lo escuchó. No discutió. El primer verano murieron setenta y tres. Y durante varias semanas pareció que los vecinos habían tenido razón.