
Sábado 21 de abril de 2018, 0600 de la mañana. Las calles del barrio residencial de Gombac, en las afueras de Cualalumpur, están desiertas. Es la hora sagrada antes del amanecer, cuando los fieles caminan hacia la mezquita para la oración del fagr. Entre las sombras de un callejón sin salida, dos hombres esperan.
No son ladrones, no son pandilleros locales. Están sentados sobre una motocicleta de alta cilindrada, una Kawasaki negra, con los cascos puestos y las viseras bajadas. Llevan esperando 20 minutos en silencio absoluto. No se mueven, no hablan. Son estatuas de paciencia letal. Su objetivo aparece en la acera. Es F Mohamad Albach, un hombre de familia, profesor universitario respetado y miembro devoto de su comunidad.
Camina tranquilo con la mente puesta en Dios, sin saber que ha sido condenado por un tribunal secreto a 7000 km de distancia. Cuando Fad pasa junto a la motocicleta, el tiempo se acelera. El conductor no apaga el motor. El pasajero levanta una pistola semiautomática con silenciador. No hay advertencia. No hay esto es un atraco. Pop pop.
10 disparos rápidos profesionales agrupados en el pecho y la cabeza. Fad cae al suelo, muriendo al instante sobre el asfalto mojado. Los asesinos no miran atrás. La motocicleta ruge una vez y desaparece en la niebla de la mañana malaya. Cuando la policía llegue, solo encontrarán un cadáver, casquillos de bala y una pregunta imposible.
¿Cómo turistas europeos, que pasaron semanas fingiendo ser simples pescadores aficionados, lograron ejecutar un asesinato de estado y desvanecerse en el aire? A primera vista parecía un ajuste de cuentas local, un crimen callejero en el sudeste asiático. Pero la víctima no era un simple profesor. Fad Albach era un ingeniero eléctrico brillante y según los servicios de inteligencia occidentales era el hombre clave en el programa de drones y cohetes de Jamás.
Lo que ocurrió en Cualalumpur no fue un asesinato, fue una operación de neutralización estratégica ejecutada en suelo extranjero. La policía de Malasia lanzó una cacería humana masiva. Cerraron las fronteras, publicaron retratos, robot, pero perseguían fantasmas. Los asesinos habían entrado en el país meses antes.
Se hacían llamar pescadores. Alquilaron barcos, compraron cañas, se tomaron fotos con peces tropicales y se mezclaron con los turistas. vivieron entre sus enemigos vigilando, cronometrando, esperando el momento perfecto. Y cuando apretaron el gatillo, tenían una ruta de escape tan audaz que dejó a la Interpol en ridículo.
En este episodio de la sombra de la historia reconstruimos la operación Qualalumpur. Analizaremos cómo el Mossad presuntamente infiltró a sus agentes en un país musulmán hostil. la tecnología de drones que Fad estaba diseñando y la huida cinematográfica a través de la jungla hacia Tailandia. Esta es la anatomía de un hit moderno, limpio, rápido y neg.
Si te obsesionan las historias de espionaje real donde los asesinos no llevan smoking, sino chanclas y cañas de pescar, suscríbete ahora. Activa la campanita, dale a me gusta si quieres saber cómo se escapa de un país después de matar a un objetivo de alto valor. Bienvenidos a la pesca mortal.
Para entender por qué el Mossad decidió enviar un escuadrón de la muerte al otro lado del mundo, a un país tropical con el que no tiene relaciones diplomáticas y donde ser israelí es casi un crimen capital. Debemos mirar dentro de la mente de Fadi Mohamad Albach. A simple vista, Fadi era el vecino perfecto, 35 años. Palestino de Gaza, padre de tres hijos, profesor de ingeniería eléctrica en la Universidad de Cualalumpur, UNICL, imán a tiempo parcial que dirigía las oraciones en la mezquita local.
Sus vecinos en el condominio Idam Puteri lo describían como un hombre amable, sonriente y devoto. Pero Fadi tenía una segunda vida, una vida en la sombra. En los archivos de la inteligencia israelí, Fadi no era un simple académico, era un activo estratégico de nivel uno. Fad era un genio de la ingeniería. Su especialidad no eran los circuitos domésticos, eran los sistemas de control de potencia y la microelectrónica.
Según informes de inteligencia occidentales, Fad era el hombre que estaba solucionando el mayor problema de jamás, la precisión. Durante años, los cohetes CAM de Hás eran artillería ciega. Fy estaba trabajando en sistemas de guiado para drones, UAB y en la mejora de la autonomía de los cohetes. Estaba diseñando la próxima generación de la guerra aérea palestina desde la seguridad de su laboratorio en Malasia.
Malasia era su santuario. El gobierno malacio es un firme defensor de la causa palestina. opera allí con relativa libertad, recaudando fondos y reclutando talento lejos de los ojos de los drones israelíes que patrullan Gaza. Fadi se sentía intocable. Creía que la distancia geográfica, 7000 km desde Telvividad política de Malasia eran su escudo.
Caminaba sin escolta, no cambiaba susrutas, vivía con la confianza de quien cree que la guerra se quedó en casa. Pero esa confianza fue su error fatal, porque para el Mossad el mundo no tiene fronteras. En 2018, la orden de neutralización fue aprobada en Jerusalén, pero no podían enviar un equipo kidon estándar.
Malasia es territorio hostil. Si los atrapaban, no serían deportados, serían colgados. Necesitaban una operación fantasma. Necesitaban agentes que pudieran moverse a plena luz del día sin levantar una sola ceja. Aquí es donde entra la genialidad de la tapadera. Los pescadores. A finales de enero de 2018, dos hombres de aspecto caucásico, atléticos y bronceados aterrizaron en el aeropuerto internacional dealumpur, KIA.
Entraron por separado. Utilizaron pasaportes falsos, presuntamente de Serbia y Montenegro con nombres que sonaban auténticos, Anton y Vladimir. Nombres ficticios basados en la investigación. Su historia de cobertura era aburrida y perfecta. Eran turistas europeos apasionados por la pesca deportiva tropical. Nadie sospecha de un pescador.
La pesca es una afición de paciencia, de esperar horas en silencio, de madrugar antes del amanecer. Esta coartada les permitía dos cosas cruciales. Justificar su presencia en la costa. Alquilaron barcos y pasaron tiempo cerca del mar estudiando las corrientes y las rutas marítimas hacia Tailandia. Estaban ensayando su fuga a la vista de todos.
Justificar sus horarios. Podían salir de sus hoteles a las 4 o 5 de la mañana, la hora del asesinato, sin que el recepcionista pensara que eran ladrones. Van a pescar, pensaría el guardia nocturno. Durante tres meses, los pescadores se convirtieron en sombras en cualalumpur. Alquilaron un apartamento modesto, pagando siempre en efectivo.
Cambiaron de tarjetas SIM constantemente, pero necesitaban un vehículo para el golpe. Un coche se atasca en el tráfico infernal de Qualalumpur. Una moto es ágil, rápida y anónima con el casco puesto. Compraron una Kawasaki Versis 650 de segunda mano. No usaron sus nombres. Pagaron en efectivo a un vendedor local que no hizo preguntas.
La moto era potente, negra, capaz de acelerar de 0 a 100 en segundos, ideal para una extracción rápida. Empezaron la vigilancia. Fadial Bach era un hombre de hábitos religiosos. Y la religión, irónicamente es el mejor amigo de un asesino. La oración del fager amanecer tiene una hora fija dictada por el sol. Los asesinos sabían que cada mañana alrededor de las 5:50 a Fadi saldría de su edificio, cruzaría la calle y caminaría los 400 m hasta la mezquita.
Era un blanco móvil, pero predecible como un reloj suizo. Lo observaron durante semanas. Cronometraron sus pasos, estudiaron la iluminación de la calle, las cámaras de seguridad de los comercios cercanos y la densidad del tráfico a esa hora. Descubrieron que el sábado era el día perfecto, menos tráfico, callejuelas vacías.
Para mediados de abril, la fase de pesca había terminado. Los hombres guardaron las cañas, sacaron las pistolas, limpiaron la Kawasaki, llenaron el depósito. Bad Albach dio su última clase en la universidad, besó a sus hijos y se preparó para el fin de semana, sin saber que dos depredadores europeos estaban a pocas calles de distancia, repasando el plan de una ejecución que duraría menos de 10 segundos. La trampa estaba lista.
El pescador estaba a punto de atrapar su pieza más grande. 21 de abril de 2018, 055 de la madrugada, barrio de Gombach, Qualalumpur. El aire es espeso, saturado de una humedad del 90% que pega la ropa a la piel. La oscuridad todavía cubre el callejón frente al condominio y Damá Puteri, pero el silencio está a punto de romperse.
Fad Albarch. sale del edificio, lleva una túnica tradicional y una gorra de oración, cuffi. Camina con paso ligero, concentrado en llegar a la mezquita cercana para el subu, oración del alba. No mira a los lados, no ve la Kawasaki negra aparcada en la sombra con el motor ronroneando al ralentí como un animal a punto de saltar.
Sobre la moto, los dos pescadores europeos se tensan. Han esperado este momento durante tres meses. Han memorizado cada bache del asfalto. Cuando Fad pasa a su lado, la coreografía de la muerte se activa. El conductor gira el puño del acelerador suavemente. La moto se desliza hacia la víctima. No gritan, no le piden dinero. No hay teatro.
A 2 metros de distancia, el pasajero levanta el brazo derecho, empuña una pistola semiautomática. Cra, crack, crack. El sonido de los disparos retumba contra las paredes de hormigón de los edificios, amplificado por el silencio de la mañana. Fad recibe los primeros impactos en el pecho y gira sobre sí mismo cayendo de rodillas.
Pero los asesinos no se detienen. No es un aviso, es una aniquilación. El tirador vacía el cargador sobre el hombre caído. 10, 12, 14 disparos. Las balas destrozan el cuerpo del ingeniero, asegurando que ningún equipo médico pueda salvarlo. Es lo que en el argot militar se llama overkill, fuerza excesiva.
No basta conmatar, hay que confirmar la destrucción del objetivo. Fad Albatch yace muerto en un charco de sangre mezclada con agua de lluvia con su libro de oración estirado a unos metros. La ejecución ha durado menos de 5 segundos. Antes de que el eco del último disparo se apague, la Kawasaki ya está acelerando. Los vecinos, despertados por el estruendo, se asoman a las ventanas.
Solo ven una luz trasera roja alejándose a toda velocidad y desapareciendo en el laberinto de autopistas de Cualalumpur. El caos estalla en Gombac. Gritos, sirenas. La multitud se reúne alrededor del cuerpo. La policía llega minutos después. Acordonan la escena. Encuentran casquillos de bala calibre 9 micro esparcidos por el suelo.
El inspector general de la policía, Tan Sri Mohamad Fusi Harun comprende de inmediato la gravedad de la situación. Esto no es un robo. Alguien muy profesional acaba de ejecutar a un extranjero protegido. Se activa la alerta roja, se cierran las carreteras, se notifica a los puestos fronterizos. Buscamos a dos hombres caucásicos en una moto de alta cilindrada.
Es el mensaje que se transmite a todas las patrullas, pero los asesinos ya no están en la moto. A pocos kilómetros de la escena del crimen, en un lugar apartado y previamente seleccionado cerca de un lago, los pescadores hacen su movimiento maestro de desaparición. abandonan la Kawasaki Bersis, la dejan allí enfriándose, se quitan los cascos, las chaquetas de motorista y los guantes.
Probablemente se cambian de ropa en cuestión de segundos. Y aquí es donde la pista se enfría. La policía Malasia cree que subieron a una furgoneta o un coche alquilado previamente estacionado allí. De repente, los motoristas asesinos dejan de existir. Vuelven a ser Anton y Vladimir, los turistas.
Mientras la policía busca una moto negra en las autopistas del sur, ellos viajan tranquilamente hacia el norte. Su destino no es el aeropuerto. Saben que KL, el aeropuerto internacional, estará plagado de agentes de inteligencia facial y cámaras biométricas. El Mossat no saca a sus hombres por la puerta principal después de un trabajo así.
Se dirigen a la frontera con Tailandia. Es un viaje de unas 5 horas por carretera hasta el estado de Quedaj o Perlis. La frontera entre Malasia y Tailandia es porosa. Hay selva, hay ríos y hay pasos de contrabandistas que se pueden cruzar con un barco pequeño o simplemente caminando por la jungla si sabes dónde no miran los guardias.
Aquí es donde su coartada de pescadores cobra todo el sentido táctico. Conocen la zona, han estudiado los mapas, cruzaron la frontera ilegalmente, deslizándose a través de la línea verde de la jungla, dejando atrás Malasia y entrando en la provincia tailandesa de Satun o Soncla. Una vez en Tailandia, la presión baja. Ya no son los hombres más buscados del país, son solo dos occidentales más en el paraíso de los mochileros, en Cualpur, la policía encuentra la moto abandonada días después.
Es demasiado tarde. Publican los retratos robot, dos hombres de rasgos fuertes, europeos, con barba de pocos días. Las imágenes dan la vuelta al mundo. La familia de Fadi acusa directamente al Mossad. Aás jura venganza. Pero los asesinos ya son fantasmas. Desde Tailandia probablemente volaron a un tercer país seguro usando otro juego de pasaportes limpios que nunca habían sido utilizados en Malasia.
La operación fue una caja negra. Entraron, mataron y salieron sin dejar una sola huella dactilar. una sola muestra de ADN o una sola imagen clara de sus rostros reales. Dejaron a la policía Malasia con un cadáver, una moto robada y la humillación de saber que su soberanía había sido violada por un escuadrón de la muerte que los trató como si fueran invisibles.
Mientras el cuerpo de Fadi Albatch yacía en la morgue del hospital Selayang, esperando una autopsia que confirmaría lo obvio, la verdadera batalla comenzaba en los despachos de inteligencia. La policía Malasia encontró finalmente la Kawasaki Versis abandonada cerca de un lago a solo nueve minutos de la escena del crimen.
Debajo del asiento o cerca se halló una pista que confirmaba la naturaleza internacional del golpe. Rastros de identidades falsas, pero ningún rastro biológico útil. Los asesinos habían limpiado la escena con productos químicos o simplemente no dejaron nada. El inspector general publicó los retratos robot. Dos hombres de rasgos europeos, mandíbulas cuadradas, piel clara.
Parecían sacados de un casting de villanos de Hollywood, pero estos rostros no tenían nombre. En los ordenadores de la Interpol, Anton y Vladimir, no existían. Eran fantasmas digitales creados para matar y desaparecer. ¿Por qué, Fadi? ¿Por qué arriesgar a agentes de élite en una operación tan lejos de casa? La respuesta no estaba en sus clases universitarias, sino en lo que investigaba por las noches.
Fad Albach no era solo un ingeniero, era la llave tecnológica de jamás para romper el bloqueo de Gaza. Israel tiene el domo dehierro, un escudo antimisiles casi impenetrable. Los cohetes caseros de jamás son inútiles contra él. Fad había entendido que la fuerza bruta no funcionaba. La respuesta era la precisión y los drones.
Según informes filtrados por inteligencia occidental y confirmados tácitamente por el Shinbet, Fad estaba desarrollando protocolos de comunicación encriptada para enjambres de drones UAB. Imaginad 100 drones baratos cargados con explosivos atacando una central eléctrica israelía al mismo tiempo, comunicándose entre sí para evadir las defensas.
Fadi estaba a punto de dar a Hamás la capacidad de guiar sus cohetes con precisión de GPS, convirtiendo armas tontas en misiles inteligentes. Israel no mató a un hombre, mató un programa de armamento entero. Fue un asesinato preventivo en su forma más pura. calcularon que la vida de Fadi valía menos que la seguridad de las ciudades israelíes en el futuro.
La reacción política fue el teatro habitual de las sombras. En Israel, el ministro de Defensa, Abigdor Liberman, apareció en la radio con un tono de burla cínica. “Nosotros no lo matamos”, dijo conteniendo una media sonrisa. Probablemente fue un ajuste de cuentas interno entre facciones palestinas. Ya sabes cómo son, se matan por dinero o poder.
Es la doctrina clásica del Mossad, ambigüedad y negación plausible. Nunca admitas nada, pero deja que todos sepan que fuiste tú. Aás, por su parte, no pudo ocultar la verdad. Le dieron af de un funeral de comandante mártir. Su ataúd fue cubierto con la bandera verde del movimiento. Ismail Hani, el líder supremo de Jamás, visitó la tienda de duelo en Gaza.
Confirmaron en su dolor lo que Israel afirmaba en su silencio. Fad era uno de los suyos y era vital. Pero la historia tiene un epílogo inquietante que ocurrió lejos de los focos. Semanas después del asesinato, la policía Malasia admitió en voz baja que los sospechosos probablemente ya habían abandonado el país.
Se cree que cruzaron a Tailandia y de allí volaron a Europa o Israel, mezclados con miles de turistas, bebiendo cócteles en el avión, celebrando el éxito de la misión. Nunca fueron atrapados. La operación fue perfecta, limpia. Sin embargo, el objetivo final no era solo matar a Fadi, era enviar un mensaje de terror psicológico a cualquier científico árabe que trabajara contra Israel. El mensaje era claro.
No importa si estás en Gaza, en Tunes, donde mataron al ingeniero Mohamed Suari en 2016 o en Cualalumpur. No importa si eres profesor, padre o imán. Si cruzas la línea roja tecnológica, te encontraremos y no verás venir la bala. Hoy la calle de Gombach, donde Fad murió, ha vuelto a la normalidad. La lluvia ha lavado la sangre.
Pero en los laboratorios de ingeniería de Beirut, Teerán y Estambul, los científicos miran dos veces antes de salir a la calle. Miran a las motos que pasan despacio, miran a los turistas que parecen demasiado interesados en pescar. El miedo es el arma más duradera del Mossad. Fadi Albach pensó que estaba a salvo en el paraíso tropical.
Los pescadores le demostraron con 10 balas de 9 mmiru que en la guerra moderna el campo de batalla es todo el planeta Tierra. El gobierno de Malasia nunca logró identificar a los asesinos. Adás prometió venganza, pero el programa de drones sufrió un retraso de años tras la muerte de Fad.
En 2022 se reportó que un presunto agente del Mossad fue detenido en Malasia, sugiriendo que la guerra en las sombras continúa.















