¡Oaxaca tiembla! El oscuro secreto del mole: sobrina descubre una verdad aterradora. ¡Qué horror!

La lluvia caía lentamente en las afueras de la colonia La Candelaria en Oaxaca. Esa noche el aroma a chiles tostados y epazote de la fonda, La cocina de Elena se mezclaba con otro olor, un olor a hierro y tierra mojada. Detrás de una cortina de cuentas de plástico, una figura parecía arrastrar un pesado costal de yute hacia la parte trasera de la casa.
El sonido del rose contra el suelo de cemento era como un gemido bajo pero penetrante que se clavó en los oídos de Sofía. La sobrina de doña Elena se quedó helada en el umbral de la puerta. En la penumbra vio como un líquido oscuro, casi negro, goteaba de la esquina del costal, trazando una delgada línea sobre la tierra que se alargaba en dirección al arroyo seco.
La gente decía que el mole de doña Elena tenía un sabor que te hacía volver, que te ataba a su recuerdo. Pero esa noche, Sofía comenzó a sospechar que había algo más detrás de ese sabor, algo que nunca debió ser cocinado y mucho menos servido. La colonia La Candelaria, en la periferia polvorienta de la ciudad de Oaxaca, siempre se sumía en una calma perezosa.
Al caer la noche, las farolas de luz amarilla y mortesina apenas iluminaban los baches de las calles sin pavimentar. Solo se oía el canto incesante de los grillos y el goteo ocasional de una tubería rota. Sin embargo, al final de un callejón estrecho, había un lugar que nunca estaba vacío, la cocina de Elena. El aroma de su mole negro ya era una leyenda en el barrio.
Cualquiera que pasara por allí giraba la cabeza instintivamente. El perfume del chocolate, los chiles pasilla, el anísego lento era tan intenso que parecía adherirse al aire, a la ropa, a la piel. Doña Elena, la dueña, era conocida como una viuda fuerte y resiliente. Desde que su esposo falleció hacía 5 años, había sacado adelante la fonda por sí sola, sin mostrar jamás una pisca de cansancio.
Su cabello canoso siempre estaba recogido en una trenza impecable y su rostro, marcado por el sol y el tiempo, tenía una expresión serena pero firme. La gente del barrio decía que la sonrisa de doña Elena podía calmar a cualquiera que llegara a su fonda con el estómago vacío y el alma cansada. Pero detrás de esa mirada apacible había algo frío, como un secreto guardado bajo llave en el fondo de un pozo.
Esa noche, a pesar de la lluvia torrencial que azotaba los techos de lámina, la fonda seguía llena. Camioneros que hacían una parada en su ruta, mototaxistas empapados, obreros de una fábrica cercana. Todos se apiñaban bajo el techo improvisado, compartiendo el calor y el vapor que emanaba de la enorme olla de barro.
El bao caliente envolvía el pequeño local, haciendo que cualquiera que se sentara allí se sintiera atrapado en una niebla de especias embriagadora. En una esquina, una joven se movía con rapidez, entregando platos y sonriendo con timidez a los clientes. Era Sofía, la sobrina de doña Elena, que había llegado de Puebla hacía apenas tres semanas.
recién graduada de la carrera de comunicación, su plan era quedarse solo un tiempo antes de buscar trabajo en la ciudad de México, pero su tía le había insistido en que se quedara más tiempo. “Así me ayudas en la fonda y no te aburres, mi hija”, le había dicho con cariño. Sofía aceptó sin saber que la modesta casa detrás de la fonda guardaba un secreto que podría cambiar su vida para siempre.
Mija, a la mesa tres le falta salsa macha. Se oyó la voz de doña Elena desde la cocina. Sí, tía, ya voy, respondió Sofía con rapidez. Tomó un pequeño molcajete lleno de salsa roja y espesa y caminó deprisa hacia la mesa. A medio camino, sus ojos se desviaron por un instante hacia la puerta de la cocina que estaba entreabierta.
A través de la rendija vio la luz amarillenta y el vapor denso que giraba como una niebla. Pero lo que le provocó un escalofrío no fue eso, sino un vago olor metálico que se colaba entre el aroma de las especias. En cuanto doña Elena salió, cerró la puerta de la cocina con un candado. Sofía miró la llave que colgaba de un clavo en la pared y preguntó en voz baja, “Tía, ¿por qué cierras la cocina con candado por la noche?” Doña Elena sonrió levemente.
Es la receta secreta, mi amor. Si alguien la roba, se acaba el negocio. La cocina es el corazón de esta fonda. Sofía rió nerviosamente tratando de aceptar la explicación, pero en el fondo de su corazón sabía que esa no era toda la verdad. Cerca de las 10 de la noche, el último cliente se fue.
La lluvia había amainado a un goteo constante. Sofía ayudaba a limpiar las mesas mientras doña Elena cerraba la puerta principal. “Ya vete a descansar, mi hija.” “Yo termino de arreglar la cocina”, le dijo con suavidad. “Pero puedo ayudar a lavar las ollas, tía.” “No hace falta, ya estás cansada.” Su tono era amable pero firme y Sofía no insistió.
Mientras caminaba hacia su habitación, algo cerca de la puerta trasera captó su atención. Un gran costal de yute apoyadocontra la pared. Se veía pesado y en la base tenía manchas de lodo fresco. Doña Elena lo recogió y comenzó a arrastrarlo lentamente hacia afuera. El sonido del costal rozando el suelo, mezclado con el goteo de la lluvia creaba un ritmo extraño y tenso.
Sofía se quedó inmóvil. Le pareció que el costal se movía ligeramente, como si contuviera algo pesado y blando. Quiso preguntar, pero las palabras no le salían. “Mi tía ha sido demasiado buena conmigo”, pensó. No es justo sospechar de la persona que me ha dado un techo. Pero esa noche no pudo dormir. A la mañana siguiente todo parecía normal.
La fonda abrió temprano y los clientes comenzaron a llegar. Doña Elena se veía fresca como si nada hubiera pasado. Desojaba aguacate mientras tarareaba una vieja canción ranchera. Sofía la observaba desde lejos. La forma en que cortaba la carne era metódica, precisa. Sin embargo, el color de la carne que cocía en la olla le pareció extraño, más oscuro de lo habitual.
“Tía, ¿esto es carne de res?”, preguntó Sofía con cautela. “Claro que es de res”, respondió doña Elena sin mirarla. “¿O crees que a todo el mundo le gusta el chivo?” Río por lo bajo, pero su tono era plano. Oh, es que el color se ve un poco diferente. Es por el adobo secreto, mija. No andes haciendo tantas preguntas de la cocina.
El ambiente se volvió tenso de repente. Solo se oía el sonido del cuchillo contra la tabla de madera. Sofía bajó la mirada tratando de ignorar la inquietud que sentía en el pecho, pero con el paso de los días más cosas la perturbaban. Cada noche doña Elena cerraba la fonda alrededor de las 10. Después de eso, todavía se oían ruidos desde la cocina, el sonido del agua corriendo, el tintineo de metales y a veces el ruido de algo pesado siendo arrastrado.
Sofía intentaba no pensar en ello, pero la curiosidad la estaba consumiendo. Una noche se despertó por un ruido fuera de su ventana. espió a través de la cortina y bajo una lluvia fina vio a doña Elena cubierta con un impermeable gastado arrastrando otro costal grande hacia la parte trasera de la casa.
Sus movimientos eran lentos, pero seguros, como si estuviera acostumbrada. La lluvia amortiguaba los sonidos, pero Sofía podía oír el rose del costal contra la tierra. Contuvo la respiración mientras observaba a su tía desaparecer detrás del viejo gallinero. Unos minutos después, doña Elena regresó. Su rostro estaba impasible, sin expresión alguna.
Tenía las manos mojadas y bajo el destello momentáneo de un relámpago, Sofía creyó ver una mancha oscura en la punta de sus dedos como sangre seca. Sofía se apartó de la ventana temblando. En su mente surgió una pregunta aterradora. ¿Qué se cocinaba realmente en esa cocina? Y esa noche, por primera vez, el sabor exquisito del mole que antes la enorgullecía se transformó en algo nauseabundo, como si en cada cucharada goteara sangre.
Los días siguientes en la cocina de Elena transcurrieron con una normalidad casi insultante, al menos para los de afuera. Los clientes iban y venían elogiando el mole, que decían estaba cada vez más sabroso y la carne más tierna. Pero para Sofía cada plato servido era como una pesadilla que se volvía más real.
Ya no veía un tazón de comida, sino trozos de un secreto hervidos en una salsa de chiles y especias. Desde la noche en que vio a su tía arrastrar el costal bajo la lluvia, el sueño de Sofía se había vuelto un refugio frágil. A menudo se despertaba sobresaltada, escuchando el sonido de metales rozándose en la cocina. A veces era un ruido rítmico y pesado, como si alguien estuviera cortando algo lentamente.
Cuando intentaba espiar, doña Elena aparecía de repente en la oscuridad, mirándola con unos ojos penetrantes que la hacían estremecerse. “Ya te lo dije, mi hija”, le dijo una noche con una voz tranquila pero profunda. “Esa cocina es un lugar sagrado. Si entra alguien que no sea yo, todo se puede arruinar.” Sofía solo asintió, pero en su interior nació una determinación.
Tenía que saber que se escondía detrás de esa puerta. Esa mañana una llovisna caía desde el amanecer, dejando la tierra embarrada y el aire cargado de humedad. El cielo parecía contener algo pesado. La fonda aún no habría. Doña Elena se fue al mercado con un gran paraguas. Cuida la fonda, mi hija. No tardo dijo antes de desaparecer en la esquina.
En cuanto los pasos de su tía se perdieron, Sofía se quedó un largo rato frente a la puerta de la cocina, firmemente cerrada. Cerca del comedor, colgada de un clavo, estaba la pequeña llave plateada. Su corazón latía con fuerza. Sabía que lo que iba a hacer era peligroso, pero la curiosidad había vencido al miedo.
Sus manos temblaban al girar la llave. Se oyó un pequeño click. La puerta se abrió lentamente con un chirrido suave de las bisagras. El aire del interior la golpeó. No era solo el olor a especias, sino también algo más agudo, un olor a sangre y metal. Se tapó la narizinstintivamente. Dentro. Una pequeña bombilla colgaba del techo, iluminando débilmente una enorme olla de barro sobre un fogón de leña.
El vapor todavía subía, aunque el fuego estaba apagado. Sofía entró con cuidado, recorriendo la habitación con la mirada. Ollas grandes con mole, varios recipientes de plástico en el suelo y sobre una larga mesa de madera, una hilera de cuchillos de diferentes tamaños, todos afilados, ordenados y relucientes, demasiado limpios para la cocina de una fonda modesta.
se agachó para mirar un gran recipiente debajo de la mesa. Dentro había carne cruda de un color rojo oscuro, casi morado. Aún estaba húmeda, pero su forma era extraña. No parecía un corte de rezo de cerdo. La superficie era lisa, casi como la piel humana. Sofía tragó saliva intentando pensar con lógica. Quizás es algún animal exótico.
Quizás, murmuró, pero su propia voz sonaba insegura. De repente, sus ojos captaron algo en el fondo del recipiente. Un largo cabello negro pegado a un trozo de carne. Cabello humano. Sofía retrocedió de un salto, chocando contra la mesa y haciendo caer una cuchara de metal con un estruendo. Aterrada, cerró el recipiente y salió corriendo de la cocina, cerrando la puerta con fuerza.
Su respiración era agitada. Su corazón golpeaba con violencia contra sus costillas. corrió a su habitación, cerró la puerta y se sentó en el suelo sujetándose la cabeza. No es humano, no puede ser humano. Se repetía una y otra vez, pero la imagen del cabello pegado al trozo de carne la perseguía. Al mediodía, doña Elena regresó del mercado de abastos con varias bolsas grandes.
El mercado estaba lleno hoy dijo con una sonrisa. La carne está fresca. Seguro que esta noche se llena la fonda. Sofía fingió una sonrisa, aunque sus manos estaban heladas. Observó a su tía cortar la carne con destreza sobre una gran tabla. Sus movimientos eran tranquilos, demasiado tranquilos. Cada corte producía un sonido sordo y húmedo.
Esa noche la fonda volvió a llenarse. Un cliente elogió el mole diciendo que estaba más increíble que nunca. Doña Elena, ¿cuál es el secreto? La carne está tan suave, no parece de res. Comentó un camionero entre risas. Doña Elena solo sonrió. Secreto de la casa, patrón. Si se lo digo, ya no va a querer comer.
Todos rieron. Todos menos Sofía, que estaba de pie, rígida, cerca de la caja. Esas palabras resonaron en sus oídos como una amenaza velada. Cada vez que miraba un plato de mole caliente, sentía náuseas. recordaba el cabello negro en el recipiente. Casi vomitó, pero se contuvo. Días después, la noche cayó rápidamente.
El viento traía el olor a tierra húmeda y el sonido lejano de la lluvia. La fonda comenzaba a vaciarse. Solo quedaban dos clientes en una esquina comiendo y bromeando. Sofía limpiaba una mesa, pero sus ojos no dejaban de mirar hacia la cocina. Doña Elena estaba allí de pie. Mirando la gran olla con la vista perdida.
Sofía vio como su tía susurraba algo en voz baja, como si hablara con alguien invisible. Tranquilo, ya casi está. Les gusta tu sabor, verdad. Claro que les gusta. Esas palabras hicieron que la sangre de Sofía se helara. ¿Con quién hablaba su tía? En cuanto los últimos clientes se fueron, Sofía caminó hacia la sala.
Quería enfrentarla. preguntarle directamente. Pero antes de que pudiera abrir la boca, doña Elena la miró con una sonrisa amable. ¿Estás a gusto aquí, mija? Sí, tía, siempre está lleno. Su fonda es un éxito. Doña Elena sonrió débilmente. Si un día te enteras de algo que no debería saber, no me odies. Sí, mi amor.
El rostro de su tía parecía triste, pero sus ojos estaban vacíos, como si no le hablara a su sobrina, sino a sí misma. Esa noche, Sofía no pudo dormir. La lluvia volvió a caer, golpeando el techo de lámina con un ritmo monótono. A través de la ventana escuchó la puerta trasera abrirse. Oyó unos pasos lentos cruzando la sala.
se levantó y caminó descalza hacia la ventana de su cuarto. Desde allí vio una escena que le congeló la sangre. Doña Elena, con el mismo impermeable gastado, arrastraba un costal enorme desde la cocina hacia el patio trasero. El costal era más grande que los anteriores. Cada vez que se movía se oía un sonido húmedo, como de carne cruda.
Un relámpago iluminó el cielo y por un instante, Sofía vio manchas rojas goteando del costal. se tapó la boca para ahogar un grito. Doña Elena se detuvo cerca del gallinero en ruinas, se inclinó y comenzó a acabar con una pequeña pala. Luego enterró algo que sacó del costal. La lluvia ahogaba todos los sonidos, pero Sofía podía ver claramente sus movimientos lentos, metódicos, habituales.
Cuando terminó, se quedó de pie un momento mirando el hoyo en la tierra y luego regresó a la casa sin mirar atrás. Sofía cerró la ventana rápidamente. Su cuerpo temblaba sin control. Se sentó en la cama aferrada a la manta, mientras las lágrimas caían sin que sediera cuenta. “¿Qué acabo de ver?”, susurró. La noche se sentía larga y fría, y en su cabeza la misma pregunta giraba sin respuesta.
¿Qué cocinaba realmente doña Elena cada noche? A la mañana siguiente, el sol apareció tímidamente entre las nubes grises. Sofía miró la gran olla en la cocina, que ya estaba llena de nuevo con su salsa oscura y su aroma a especias. No había rastro de sangre ni de costales. Todo estaba impecable, como si nada hubiera pasado. Doña Elena la saludó con una sonrisa cálida como siempre.
Buenos días, mi hija. Hoy ayúdame en el mostrador. Sí, tengo que preparar la carne. Sofía solo asintió. sabía que detrás de esa sonrisa había un secreto terrible esperando a ser descubierto. Y se juró a sí misma que la noche siguiente averiguaría la verdad sin importar el riesgo. Esa noche el cielo de Oaxaca estaba cubierto de nubes grises.
El viento traía un pesado aroma a lluvia colándose por las rendijas del techo de la casa de doña Elena. En la sala, Sofía estaba sentada al borde de su cama, mirando el suelo en silencio. El tintineo de los cubiertos desde la cocina se oía de nuevo, bajo y repetitivo, como si alguien cortara algo con sumo cuidado.
Ya no podía soportar la mezcla de curiosidad y miedo que la consumía. Todas las señales eran claras, los costales, el olor a hierro en la cocina, el color inusual de la carne. Esa noche estaba decidida a descubrir la verdad. Ya no le importaba si doña Elena se enfadaría. Cuando el reloj marcó las 2 de la madrugada, los ruidos de la cocina cesaron.
La luz de la sala se apagó y solo la pálida luz de la luna se filtraba por una pequeña ventana. Sofía esperó unos minutos, asegurándose de que la casa estuviera en completo silencio. Luego se levantó abriendo la puerta de su cuarto sin hacer ruido. El suelo de baldosas estaba frío bajo sus pies.
Caminó conteniendo la respiración hacia la cocina. La llave colgaba en su lugar habitual, cerca del estante de los platos. Sus manos temblaban al tomarla. Esta vez no había vuelta atrás. giró la llave lentamente y abrió la puerta. Un aire frío salió del interior mezclado con un olor rancio y penetrante. La luz de la cocina seguía encendida, tenue.
Las grandes ollas estaban sobre la estufa, pero lo que llamó su atención no fue eso, sino un gran congelador horizontal en una esquina. Era blanco, viejo, con manchas de óxido en la parte inferior. El zumbido del motor era suave, pero le erizó la piel. se acercó paso a paso con el corazón latiéndole con fuerza, como si su cuerpo supiera que algo horrible le esperaba dentro.
Tragó saliva, agarró la manija y lentamente levantó la tapa. El aire helado le golpeó el rostro. Por un instante, el mundo pareció detenerse. Dentro, entre los bloques de hielo, Sofía vio algo que no debería estar en la cocina de nadie. una mano humana con las uñas intactas y los dedos rígidos por el frío. A su lado, grandes trozos de carne envueltos en plástico transparente revelaban formas demasiado parecidas a las de un cuerpo humano.
Había la curva de un hombro, fragmentos de piel, incluso un poco de bello pegado en un extremo. Sofía se tapó la boca reprimiendo un grito que estuvo a punto de estallar. Las lágrimas caían sin que se diera cuenta. Retrocedió varios pasos casi cayendo. No era posible. No era real. No podía ser. Pero el olor metálico, el frío del congelador y lo que sus propios ojos veían no podían mentir.
Era carne humana. Fue entonces cuando una voz grave sonó a sus espaldas. Mi hija, ¿por qué abriste eso? Sofía se giró lentamente. En el umbral de la puerta estaba doña Elena. Su rostro estaba medio cubierto por la sombra, pero sus ojos estaban fijos en ella, afilados. En su mano sostenía un pequeño cuchillo de cocina.
La punta brillaba bajo la luz. Tía, ¿qué es esto? La voz de Sofía era un temblor. ¿Quiénes son? Doña Elena no respondió. caminó lentamente y cerró el congelador con calma, como si nada hubiera pasado. Su voz era baja. Tú no entiendes, mija. El mundo es cruel. Si no eres fuerte, te comen vivo. Pero esto es gente, tía exclamó Sofía casi en un susurro.
Sus lágrimas caían. Le vendemos carne humana a la gente. Se comen a otras personas. Doña Elena la miró y por primera vez Sofía vio algo que nunca había visto en el rostro de su tía. Desesperación. Yo no maté a nadie”, dijo con voz temblorosa. “Yo solo cocino.” Al principio no sabía de dónde venía esa carne hasta que lo supe, pero ya era demasiado tarde.
Sofía se abrazó a sí misma temblando. Demasiado tarde. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? Doña Elena se acercó y le agarró los hombros con fuerza. Escúchame, tenía una deuda, mi hija, una deuda enorme. Un hombre, Ricardo. Él me trae la carne. Al principio pensé que era carne normal de un rastro clandestino, pero una noche vi que había en el costal y no pude hacer nada.
Si me detenía, me mataban. Si lo denunciaba, me acusaban a mí.Así que seguiste cocinando, dándole de comer a la gente. Con eso, Sofía casi gritó. Doña Elena cerró los ojos. Sus propias lágrimas rodaron por sus mejillas. Sé que es un pecado, pero no tenía opción. Esta fonda es lo único que me queda. Si me detengo, nos morimos de hambre.
Cuando llegaste, no quería que sufrieras por esto. El silencio se apoderó de la habitación, solo roto por el sonido de la lluvia que comenzaba a caer afuera. Sofía soyosaba. Tía, si la gente se entera, si la policía lo sabe, por eso no puedes decirle a nadie, la interrumpió doña Elena, su voz elevándose. Si la gente se entera, estamos acabadas.
¿Crees que alguien me va a creer? Yo no quería hacer daño. Su voz se quebró. Esa carne no es mía, pero el pecado ya es mío. Solo quería sobrevivir. Sofía retrocedió. Las lágrimas corrían libremente por su rostro. Pero lo que haces no es sobrevivir, tía, es matar, aunque no sea con tus propias manos. Doña Elena la miró durante un largo rato y luego su voz se suavizó como la de una madre aconsejando a su hija.
Si me quieres, mi hija, no abras la boca, por favor. Por las dos. Sofía quería negarse, pero su cuerpo estaba débil. Su mente daba vueltas. No podía imaginar la reacción del mundo si se supiera este secreto. Sin embargo, una cosa era segura. Nunca más podría volver a comer ese mole. Esa noche la lluvia se hizo más intensa.
Sofía estaba sentada en su habitación temblando. Desde la ventana vio como el agua mezclada con lodo corría por la parte trasera de la casa. El color del agua era extraño. Había un matiz rojizo oscuro entre los charcos. Ahora sabía que esa pequeña casa en la periferia de Oaxaca no era solo un hogar, era una tuma abierta que cada noche tragaba carne humana para devolverla en forma de un platillo exquisito, elogiado por muchos.
Y afuera la lluvia seguía cayendo como una oración sin respuesta, una oración para que todo fuera solo un sueño. Pero Sofía sabía que no era un sueño, era la realidad más cruel que jamás había experimentado. A la mañana siguiente, cuando el sol se colaba tímidamente entre las nubes, la fonda abrió como de costumbre.
Los clientes llegaban elogiando el sabor del mole, que decían estaba cada vez más bueno. Doña Elena sonreía amablemente, como si nada hubiera pasado, aunque sus manos temblaban ligeramente. “Mi hija, por favor, tráeme unas hojas de aguacate de la cocina”, le dijo suavemente. La petición hizo que Sofía se congelara.
La puerta de la cocina seguía cerrada con candado. Miró el rostro de su tía, que sonreía con dulzura, como si la noche anterior no hubiera ocurrido. Con pasos temblorosos, caminó hacia la cocina. Cada paso se sentía pesado. Dentro el congelador seguía allí, inmóvil como un monstruo dormido. Tomó las hojas rápidamente y salió sin mirar atrás.
Y a sus espaldas, doña Elena solo la observó y luego susurró, “Casiudible, no tengas miedo, mi hija, ya lo entenderás.” Desde la noche en que vio la mano humana en el congelador, Sofía no volvió a dormir tranquila. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen aparecía, los dedos congelados, la piel pálida bajo el hielo.
Pero lo que más la perturbaba eran las palabras de su tía: “Yo solo cocino”. Los días siguientes, Sofía actuó con normalidad frente a los clientes, pero en secreto comenzó a observar cada movimiento de su tía. Anotaba la hora en que salía por la noche, la dirección que tomaba, incluso el sonido del motor de un coche que llegaba alrededor de la 1 de la madrugada.
El patrón era siempre el mismo. Una camioneta con la caja cubierta por una lona se detenía brevemente. Se oía el ruido de un costal arrastrado hacia la cocina y luego hacia la parte trasera de la casa. Una noche, Sofía se atrevió a espiar por una rendija de la ventana. La luz del patio era tenue, pero suficiente para ver a un hombre delgado con una chaqueta negra y una gorra.
Le entregó algo a doña Elena, dinero, y luego dos costales grandes de la parte trasera de la camioneta. De uno de los costales goteaba un líquido rojo sobre la tierra. Sofía contuvo la respiración sintiendo una opresión en el pecho. Sabía que ese hombre debía ser Ricardo, la persona que su tía había mencionado, el que traía los envíos.
Pero, ¿envíos de dónde? A la mañana siguiente, doña Elena se fue al mercado más temprano de lo habitual. En cuanto la puerta se cerró, Sofía corrió a la parte trasera. Comenzó a acabar en la tierra cerca del gallinero, donde los costales habían sido enterrados. La lluvia de la noche anterior había ablandado la tierra.
Después de unas pocas paladas, un olor apodrido la golpeó. Se tapó la nariz, pero siguió cabando. Pronto, la punta de una tela blanca apareció. Tiró de ella lentamente y casi gritó. Dentro había un trozo de pierna humana ya parcialmente descompuesta. Sus manos temblaban violentamente. Cayó sentada en el lodo irritando. El mundo parecía dar vueltas.
Con las fuerzas que le quedaban, volvió a cubrir el hoyo, amontonando la tierra de cualquier manera. Por la tarde, una noticia del puesto de alado hizo que su sangre se detuviera. El dueño de una carnicería contaba que un joven repartidor llamado Diego, hijo de don Armando, un cliente fiel de la fonda, llevaba dos semanas desaparecido. La última vez que lo vieron fue conduciendo una camioneta negra por la zona de la Candelaria.
Sofía casi se desmayó al oírlo. Diego. El nombre apareció en su cabeza junto a la imagen del costal ensangrentado. De repente todo cobró sentido. Esa noche, cuando la fonda cerró, Sofía no se fue a dormir. Esperó a que los pasos de doña Elena cesaran, encendió su teléfono y comenzó a grabar el sonido que venía de la cocina.
Se oía claramente la voz de su tía hablando en voz baja. Ricardo, te mandaré la parte de adelante. La de atrás aún no está lista. No vengas tan temprano. Los vecinos empiezan a sospechar. Sofía contuvo el aliento. Siguió grabando hasta que la voz se detuvo. Después movió el archivo a una carpeta secreta. A la mañana siguiente se encontró con don Armando, que llegó solo a la fonda.
El rostro del hombre estaba pálido, sus ojos hinchados. “Doña Elena, mi hijo no ha vuelto”, dijo con voz débil. “Normalmente entrega la carne por la noche, pero ahora su teléfono está apagado.” Doña Elena lo miró con compasión tocándole el hombro. “Tenga paciencia, Dan Armando. El mundo es muy peligroso ahora.
Hay mucha gente mala. Sofía, de pie cerca de la caja, observaba el rostro de su tía. Esa sonrisa amable ahora le parecía una máscara fría. Cuando don Armando se fue, Sofía corrió a la parte de atrás conteniendo las lágrimas. Sabía la respuesta al misterio, pero su lengua estaba paralizada. La noche cayó rápidamente.
Afuera, la lluvia volvió a caer con fuerza. Sofía miraba su teléfono. La grabación seguía allí con la fecha y la hora. Sus manos temblaban mientras escribía un mensaje a un viejo amigo, Chilang, un periodista independiente de Puebla. Sé algo sobre una fonda en Oaxaca. Tengo pruebas, pero no me llames todavía.
Pulsó Enviar y se quedó mirando la pantalla. Su respiración era pesada. Afuera, el sonido de un trueno retumbó, seguido por el ruido de pasos lentos desde la sala. Sofía apagó rápidamente el teléfono y fingió estar dormida. Por la rendija de la puerta de su cuarto, vio la sombra de doña Elena. La estaba observando.
No salgas de noche, mi hija. Su voz era suave pero aterradora. La puerta se cerró lentamente. Afuera, la lluvia seguía cayendo y por primera vez Sofía supo que no solo vivía con una pecadora, sino en medio de una cadena de muerte que aún no se había detenido. Al día siguiente que Sofía enviara el mensaje a Gilang, el ambiente en la cocina de Elena cambió.
Los clientes empezaron a escasear. El rumor sobre la persona desaparecida en la colonia La Candelaria se extendió rápidamente. La gente comenzó a susurrar. Alguien dijo que el arroyo seco cercano al río Atoyac desprendía un olor extraño, como a carne podrida hervida durante mucho tiempo. Esa mañana, dos hombres con chaquetas de color café llegaron a la fonda.
Se presentaron educadamente el detective Morales y el oficial Castillo de la policía municipal de Oaxaca. Doña Elena los recibió con su habitual sonrisa amable. Oficiales, por favor, siéntense. ¿Les sirvo un poco de mole para el frío? El detective Morales sonrió levemente. Gracias, señora, pero solo venimos a hacer unas preguntas.
Sofía estaba de pie detrás del mostrador, mirando a los tres. Sus manos temblaban mientras sostenía un vaso. Las preguntas comenzaron de forma casual, desde cuando existía la fonda, quienes trabajaban allí de donde obtenía la carne. Doña Elena respondió a todo con fluidez. Desde hace mucho, oficial. La carne la compro en el mercado de abastos.
A veces me la trae un proveedor si hago un pedido grande, un cliente de años. ¿Cómo se llama?, preguntó el oficial Castillo. Doña Elena pareció pensarlo un momento. Si no me equivoco, se llama Don Dartto, aunque a veces le dicen Ricardo. Ese nombre hizo que Sofía bajara la cabeza rápidamente. Vio que los policías anotaban algo.
El detective Morales miró alrededor de la fonda. Luego sus ojos se detuvieron en la puerta de la cocina cerrada con candado. Podemos echar un vistazo a su cocina, señora. Solo por formalidad. La sonrisa de doña Elena no cambió, pero la mano con la que sostenía un trapo se tensó ligeramente. Claro, pero está un poco desordenada, oficial.
Si es necesario, adelante. Abrió la puerta lentamente. Desde la estrecha abertura, un fuerte olor a especias mezclado con un edor metálico se escapó. El detective Mes miró brevemente el interior, vio las grandes ollas, los utensilios de cocina y el congelador blanco en la esquina. No había nada obviamente extraño.
Está bien, señora, es suficiente, dijo cerrando su libreta.Unos minutos después se despidieron cortésmente, pero antes de salir el detective Morales miró directamente a Sofía. Fue una mirada breve, como si dijera, “Sé que ocultas algo.” En cuanto el coche de policía se alejó, doña Elena cerró la puerta de golpe, girando la llave dos veces.
Su rostro estaba tranquilo, pero sus ojos, normalmente serenos, ahora parecían afilados y oscuros. Sofía la llamó en voz baja. “¿Escuchaste lo que preguntaron?” Sofía tragó saliva. “No mucho, tía. Mejor”, dijo doña Elena dándole una palmada en el hombro. “No te metas en asuntos de adultos”. Sin embargo, esa noche Sofía no podía dejar de pensar en la mirada del detective Morales.
Era como si el policía supiera que había algo detrás de las paredes de esa cocina impecable. Cerca de la medianoche, doña Elena se sentó en la sala apagando las luces de la fonda más temprano de lo habitual. Desde su habitación, Sofía la vio sosteniendo un viejo teléfono hablando en voz baja pero tensa. No vengas todavía.
La policía ya anda rondando. Guarda la mercancía. Sí, en el lugar de siempre. Espero noticias. Su tono de voz era diferente, frío, presionado. Después de colgar, doña Elena miró hacia la habitación de Sofía. Por un instante, sus miradas se cruzaron. Sofía bajó rápidamente la vista, fingiendo dormir. Poco después oyó pasos acercándose.
Llamaron suavemente a la puerta de su cuarto. Mi hija. Sofía contuvo la respiración sin responder. No salgas de noche. El mundo de afuera es peligroso ahora. Los pasos se alejaron lentamente. Afuera, la lluvia caía a cántaros, ahogando todos los sonidos. Pero entre el golpeteo del agua, Sofía oyó algo más. El ruido de un motor de coche deteniéndose frente a la casa espió por la ventana.
Era la camioneta con la lona otra vez. Como las noches anteriores, un hombre bajó y le entregó algo a doña Elena. Pero esta noche, doña Elena no bajó ningún costal, solo recibió un sobre grande y luego señaló hacia el río detrás de la casa. El hombre asintió y se fue sin hacer ruido. Sofía lo grabó todo desde la ventana.
Su corazón latía con fuerza. Esto era más grande que un secreto de cocina. Esto involucraba una red criminal. Cuando doña Elena cerró la puerta con llave desde adentro, Sofía se apartó hacia su cama. Miró la pantalla del teléfono que seguía grabando y susurró casi inaudible entre el ruido de la lluvia.
Si no salgo de aquí, al menos alguien sabrá lo que pasó. Y afuera, entre la lluvia torrencial y los relámpagos, el río Atoyac fluía lentamente, arrastrando el olor a podrido desde la parte trasera de la fonda, como si guardara un secreto enterrado durante demasiado tiempo. A la mañana siguiente, el cielo de Oaxaca estaba gris. La cocina de Elena no estaba tan concurrida como de costumbre.
La gente comenzaba a evitar el lugar después de que la noticia del hallazgo de un costal con restos humanos en el río Atoyac se difundiera en la radio local. Aunque no había pruebas directas, el nombre de doña Elena comenzaba a mencionarse en los susurros de los vecinos. Ese día, Dona Elena abrió la fonda como si nada.
Cocinó el mole con una calma aterradora. Sofía ayudaba en el mostrador, pero su mirada estaba perdida. Sabía que la policía volvería. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Cerca del mediodía, dos coches de policía se detuvieron frente a la fonda. Esta vez no venían a comer. El detective Morales y su equipo entraron con rostros serios. Doña Elena, necesitamos inspeccionar su cocina con más detalle.
Hay nuevos informes de los vecinos, dijo con voz plana. Doña Elena miró a su alrededor. Por un instante, su mirada se encontró con la de Sofía. Había algo en sus ojos, no era ira, sino resignación. Asintió lentamente. Adelante, oficial. Mi cocina está abierta para quien quiera ver.
Caminó delante de ellos y abrió la puerta de la cocina con manos temblorosas. En cuanto la llave giró, el olor a especias mezclado con hierro volvió a inundar el aire. El gran congelador de la esquina seguía en su sitio, pero algo había cambiado. El cable de alimentación estaba desconectado y en el suelo había una pequeña mancha de inmctive Morales se agachó para examinarla y luego levantó la vista.
Señora, acaba de limpiar la cocina. Doña Elena sonrió débilmente. Solo quería ordenar un poco para que no pensaran que está sucia. ¿Y por qué está apagado el congelador? Se descompuso anoche oficial. Un corto circuito. Sofía, de pie en la puerta estaba rígida. Quería hablar, pero su boca no se abría. El detective Morales la miró de reojo y luego volvió a dirigirse a doña Elena.
Bien, tomaremos algunas muestras para analizarlas. Doña Elena solo asintió, pero Sofía vio que sus manos ocultas tras un trapo temblaban violentamente. Los policías tomaron algunas fotos y se fueron sin decir mucho más. En cuanto los coches se marcharon, doña Elena cerró la puerta con fuerza y giró la llave dos veces.La habitación quedó en silencio.
Sofía miró a su tía, que estaba de pie, inmóvil, frente al congelador. “Tía, ¿qué hiciste?” Su voz era un susurro. Doña Elena se giró con el rostro pálido. No pueden saberlo, mi hija. En cuanto habrán eso, estamos perdidas. Pero esas pruebas son importantes. La gente merece saber la verdad. Doña Elena se acercó con los ojos enrojecidos.
La verdad a veces es más peligrosa que la mentira. He vivido lo suficiente para saberlo. Esa noche, doña Elena no durmió. Se sentó en la cocina mirando la gran olla vacía. Sofía la observaba en silencio desde el pasillo. En sus manos, doña Elena sostenía una botella de gasolina y una caja de cerillos. Tía, ¿qué vas a hacer? Sofía corrió hacia ella, pero doña Elena la miró con la vista perdida.
Este pecado es demasiado grande, mi hija. Solo el fuego puede limpiarlo. No, tía, no lo hagas. Pero el sonido de un cerillo encendiéndose se oyó primero. En un instante, el fuego prendió en una cortina, saltó a un estante de madera y al combustible derramado. Las llamas crecieron rápidamente, salvajes. Sofía gritó tirando del brazo de doña Elena.
Tenemos que salir. Déjame aquí, se negó doña Elena, pero el fuego ya lamía el suelo, obligándolas a retroceder. El humo llenó la habitación. Los ojos le ardían, le costaba respirar. Con sus últimas fuerzas, Sofía arrastró el cuerpo de su tía hacia la puerta trasera. El calor le quemaba la piel, pero siguió tirando hasta que finalmente salieron al patio.
Algunos vecinos ya gritaban lanzando cubos de agua. En cuanto llegaron a la tierra húmeda, doña Elena tosió violentamente. Estaba pálida con parte del cabello quemado. Miró la fonda en llamas con los ojos llorosos. “Que todo se acabe aquí, mi hija. Que no quede nada”, susurró débilmente. Sofía le tomó la mano llorando. El fuego rugía a sus espaldas, devorando la cocina y el congelador que contenía.
Minutos después, el sonido de las sirenas de los bomberos resonó, pero ya era demasiado tarde. La cocina de Elena y todos sus secretos desaparecieron entre las llamas. Cuando el fuego se extingió, solo quedaron escombros ennegrecidos y entre las ruinas se encontró un cuerpo calcinado y reconocible. Sofía estaba de pie entre los vecinos con el rostro cubierto de lágrimas.
No sabía quién había muerto en el incendio, si su tía o algo más oscuro que intentaba borrar sus huellas. Pero en su corazón sabía una cosa, el fuego no había destruido la verdad, solo había cubierto temporalmente un pecado que aún no había sido pagado. A la mañana siguiente, un olor a quemado todavía flotaba en el aire de la colonia La Candelaria.
La cocina de Elena era ahora un montón de escombros negros y humeantes. Los vecinos se paraban en la calle susurrando, mirando las ruinas del que fuera el lugar más concurrido del barrio. Algunos sentían lástima, otros alivio. Sofía estaba sentada en el borde de una ambulancia envuelta en una manta gris. Su rostro estaba cubierto de ollin, sus ojos vacíos, fijos en el humo que aún se elevaba.
Frente a ella, dos policías investigaban el lugar del incendio. Uno de ellos, el detective Morales, se acercó con rostro serio. “Señorita Sofía.” Su voz era tranquila, pero penetrante. Encontramos un cuerpo en la cocina. Necesitamos identificarlo. Creemos que es doña Elena, pero no podemos estar seguros. Sofía miró al suelo, sus labios temblaban.
Era mi tía. Estaba dentro cuando empezó el fuego. Intenté sacarla, pero su voz se quebró. Las lágrimas cayeron. El detective Morales le dio una palmada en el hombro. Nos aseguraremos, pero hay algo extraño. También encontramos algo bajo el suelo de la cocina. La tierra había sido removida recientemente. Sofía levantó la cabeza.
Su corazón latía con fuerza. ¿Qué encontraron, oficial? El detective Morales suspiró. Fragmentos de huesos. Los estamos analizando en el laboratorio forense. Sofía se cubrió el rostro con las manos. Su cuerpo temblaba. Todo lo que había temido se estaba haciendo realidad. Dos días después, los resultados llegaron.
La policía confirmó que los huesos encontrados bajo el suelo eran humanos de un adulto. Y lo que era más impactante, el cuerpo calcinado en la cocina no era el de doña Elena. El rostro de Sofía palideció al oír la noticia. No es posible. Yo la vi. Estaba en la cocina. El detective Morales negó con la cabeza. Encontramos joyas y trozos de tela que no le pertenecían.
Parece que alguien preparó todo para que pareciera un accidente. Esas palabras se clavaron en Sofía como un cuchillo. Alguien había planeado el incendio no para matar a doña Elena, sino para hacer creer que estaba muerta y borrar todas las pruebas. Esa noche, Sofía regresó a la casa medio quemada, acompañada por la policía.
Entre los restos enegrecidos de la cocina, vio los restos derretidos del congelador, el metal retorcido como la boca de un monstruo muerto. Entre lascenizas algo brilló, un pequeño medallón en forma de flor. Lo recogió. Era de doña Elena. Siempre lo llevaba puesto. Su corazón dio un vuelco. Si el medallón estaba aquí, significaba que doña Elena no había muerto en la cocina.
Días después, Sofía fue llamada a la comisaría para declarar. Entregó la grabación de voz, las fotos de los costales y los mensajes de su tía. Todas las pruebas que había guardado en secreto salieron a la luz. La policía comenzó a investigar la red de proveedores de carne clandestina, supuestamente liderada por Ricardo.
Pero la investigación no fue fácil. El hombre había desaparecido sin dejar rastro y nadie sabía a dónde había ido doña Elena. Una noche, de vuelta en un pequeño cuarto que había alquilado, Sofía abrió su teléfono. Tenía un mensaje nuevo de un número desconocido. Mi hija, no me busques. Todo estará bien.
A veces el fuego no es para destruir, sino para salvar. E leyó el mensaje una y otra vez. La E al final no dejaba lugar a dudas. Doña Elena seguía viva. Miró por la ventana. La lluvia caía lentamente. Le recordaba las noches oscuras cuando el secreto aún estaba oculto. Ahora el secreto se había quemado con la fonda, pero no había desaparecido.
Solo se había movido siguiendo a alguien que todavía andaba suelto. Y a lo lejos, en la curva del camino que llevaba al río Aak, Sofía vio la silueta de una mujer con un reboso negro. de pie bajo un paraguas, mirándola fijamente por un momento antes de desaparecer entre la niebla y la lluvia. Sofía contuvo la respiración.
Conocía esa sombra. Su tía no estaba muerta y la historia del mole de sangre aún no había terminado. Una semana después del incendio, la vida de Sofía se convirtió en una serie de pesadillas interminables. Vivía en un pequeño cuarto alquilado en el borde de la carretera bajo protección policial. Pero cada noche oía los mismos sonidos, el ruido de un molcajete, cuchillos chocando y el olor a especias quemadas que se filtraba en sus sueños.
Esa tarde el detective Morales llegó con noticias. Señorita Sofía, hemos detectado actividad sospechosa en el mercado de la Merced México. Hay un nuevo puesto de carne que abre solo de noche y el proveedor se llama Ricardo. La sangre de Sofía se eló, así que sigue vivo. Morales asintió. Y es muy probable que doña Elena esté con él.
Esa noche, Sofía insistió en acompañarlos. No podía quedarse de brazos cruzados. Con una chaqueta y un cubrebocas, se hizo pasar por una compradora junto a dos oficiales vestidos de civil. El mercado nocturno era un caos de olores a pescado y carne cruda. En el rincón más oscuro, entre puestos viejos con luces tenues, vio un letrero de madera que decía: mole nocturno, receta antigua de Oaxaca.
Sus manos temblaron. La caligrafía era la misma que la del letrero de la fonda de su tía. Se acercaron detrás de una mesa de madera. Un hombre con una chaqueta de cuero pesaba carne. Tenía el rostro afilado y los ojos penetrantes. Ricardo. Pero lo que hizo que Sofía casi soltara el bolso fue la figura detrás de él.
Doña Elena. Se veía más delgada, con el rostro parcialmente cubierto por un cubrebocas, pero esos ojos, los mismos que antes la miraban con cariño, ahora estaban fríos y vacíos. Sofía se escondió detrás de un puesto de frutas. Desde allí escuchó una conversación en voz baja entre ellos. Ricardo, el cargamento de la sierra se acabó.
Si queremos seguir, necesitamos material nuevo. Tranquila, Elena. Esta noche llega un envío de Guerrero. Seguro. Nadie sabe nada. Sus voces hicieron que Sofía quisiera gritar. Todo lo que se había quemado en la fonda era solo una distracción. Seguían con su negocio prohibido en otro lugar. De repente, doña Elena dejó de pesar la carne.
Su mirada se desvió hacia la sombra donde se escondía Sofía, como si su instinto le dijera algo. Mi hija, ¿estás ahí? Su voz fue un susurro, pero claro. Sofía se congeló. El oficial a su lado le hizo una señal para que retrocediera. Pero antes de que pudieran moverse, Ricardo se giró sospechando. ¿Quién anda ahí? dijo agarrando un cuchillo de carnicero.
El ambiente del mercado cambió al instante, los compradores se alejaron. Algunos vendedores cerraron sus puestos. El detective Moras apareció entre la multitud mostrando su placa. Nadie se mueva. Ricardo intentó huir, pero otros dos oficiales lo interceptaron. Mientras tanto, doña Elena no se movió. Se quedó de pie mirando a Sofía.
que ahora salía de su escondite. Sus miradas se encontraron. El tiempo pareció detenerse. Tía, la voz de Sofía temblaba. ¿Por qué? ¿Por qué no te detuviste? Las lágrimas rodaron por las mejillas de Domia Elena, pero una leve sonrisa apareció en su rostro. No lo entiendes, mija. Una vez que entras en este mundo, no hay salida.
Ya estoy demasiado adentro. El detective Morales se acercó y le puso las esposas, pero ella no se resistió, solo miró a Sofía una última vez ysusurró, “Perdóname, pero hasta el pecado necesita un heredero.” Después de eso, bajó la cabeza y caminó hacia el coche de policía junto a Ricardo. Sofía se quedó inmóvil llorando en silencio.
Bajo las luces parpadeantes del mercado, dio los restos de manchas rojas en la mesa donde habían pesado la carne. El olor era el mismo, una mezcla de especias y metal. Y mientras la patrulla se los llevaba, Sofía supo una cosa. El incendio de la fonda no fue el final, fue solo un nuevo capítulo de una receta de mole que nunca moría.
Esa noche, en medio del bullicio del mercado que comenzaba a disolverse, se prometió a sí misma que este secreto tenía que terminar de verdad, aunque tuviera que descender a la misma oscuridad para borrarlo. Dos semanas después de la detención, el caso del mole de carne humana sacudió a todo el país.
Los medios de comunicación transmitían la noticia a todas horas. Los rostros de doña Elena y Ricardo aparecían en televisión, etiquetados como el dúo del mole satánico. Pero para Sofía las noticias no traían alivio, solo un vacío. Cada noche recordaba la última mirada de su tía, vacía, resignada, pero como si aún ocultara algo.
intentaba consolarse pensando que todo había terminado, pero cuando el detective Morales la visitó esa tarde, su rostro serio hizo que el pecho de Sofía se contrajera de nuevo. “Señorita Sofía”, dijo en voz baja, “acabamos de recibir los resultados de laboratorio. La carne que vendían en el mercado era humana, pero no de víctimas nuevas.
Proviene de un lote antiguo, de un almacén especial en Oaxaca.” Sofía lo miró sorprendida. Un almacén. Sí. Estamos seguros de que hay otro lugar además de la fonda. Un almacén frigorífico. Pero Elena no quiere hablar. Dos días después, la policía le pidió a Sofía que fuera a la comandancia para intentar hablar con doña Elena.
Esperaban que el vínculo familiar la hiciera confesar. La sala de interrogatorios era pequeña y fría. Doña Elena estaba sentada esposada, parecía mucho mayor. Cuando Sofía entró, sonrió débilmente. Mi hija, te ves delgada. ¿Todavía me tienes miedo? Sofía no respondió. Se sentó frente a ella mirándola fijamente.
Tía, necesitan saberlo todo. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? ¿Dónde está el resto de la carne? Doña Elena bajó la vista. ¿Crees que yo empecé todo esto? Yo solo cocino, mi hija. Nunca he matado a nadie. Entonces, ¿quién se quedó en silencio un largo rato y luego susurró, Ricardo es solo un intermediario.
Hay alguien por encima de él. Gente rica, gente con poder. Les encanta ese mole. Dicen que la carne humana cocinada lentamente con ciertas especias puede alargar la vida. Sofía se quedó helada. Sonaba como un cuento de locos, pero la forma en que doña Elena lo decía, tranquila y convencida, le erizó la piel.
Tía, ¿quién es esa gente? Doña Elena sonrió con amargura. Si te lo digo, tú serás la próxima en morir. El detective Morales, que observaba desde detrás del espejo, le hizo una seña a Sofía para que se detuviera, pero ella se negó a rendirse. Tía, por favor, solo quiero que todo esto termine. Doña Elena la miró fijamente y luego se reclinó en la silla.
Si quieres que todo termine, ve a la casa vieja junto al río Atoyac, almacén que está detrás. Pero ten cuidado, mi hija. Algunos secretos es mejor dejarlos enterrados. Fue lo último que dijo antes de que los oficiales sacaran a Sofía de la sala. Esa noche, desobedeciendo las órdenes de la policía, Sofía decidió ir sola al lugar.
La casa estaba en silencio, abandonada. Parte de las paredes estaban quemadas por el incendio. Detrás había un pequeño almacén con un candado viejo. Con manos temblorosas rompió el candado y abrió la puerta. Un aire helado y un olor familiar la golpearon. Dentro vio varios congeladores grandes, algunos todavía funcionando con un pequeño generador.
Abrió uno tras otro. El primero estaba vacío, el segundo también. Pero en el tercero dio grandes frascos de vidrio con un líquido espeso y algo flotando dentro, pequeños trozos de carne preservada. Sobre una mesa, entre un montón de notas, había un viejo libro de cuero negro. En la primera página decía: “Receta de la vida eterna, el secreto del mole”.
Sofía pasó las páginas temblando. Allí describía la mezcla de especias y carne humana de menos de 30 años. Su cuerpo se puso rígido. Cerró los ojos tratando de no vomitar, pero entre el miedo y el asco se dio cuenta de que esto no era solo un crimen, era un ritual. Afuera se oyó el motor de un coche. Las luces iluminaron el camino.
Alguien venía. Sofía apagó rápidamente la linterna y se escondió detrás de un congelador. Se oyeron pasos acercándose. La puerta se abrió. Luego una voz masculina baja pero clara. Elena ya fue capturada. Ahora es el turno del resto. Sofía contuvo la respiración. Conocía esa voz. Era la voz de Ricardo y esa noche, entre el olor a sangre yespecias en descomposición se dio cuenta de que su tía no mentía.
Había alguien mucho más peligroso detrás de todo esto. Los pasos de Ricardo se acercaban. Sofía contenía la respiración detrás del congelador. Su corazón martilleaba en su garganta. La puerta del almacén se abrió de par en par. La luz de una linterna cortó la oscuridad. Un olor a gasolina se mezcló con el edor a sangre.
“Elena ya habló”, dijo la voz fría de Ricardo. “Ahora solo queda borrar todas las huellas”. Ricardo caminaba lentamente, sus pasos resonando en el suelo de cemento húmedo. Llevaba un bidón de gasolina. Sofía se mordió el labio conteniendo el miedo. Sabía que si la encontraba todo terminaría para ella. El hombre se detuvo frente a la mesa, abrió el libro de cuero negro que Sofía acababa de leer.
Miró las páginas murmurando, “Receta de la vida eterna. Locos!” Luego arrojó el libro al suelo y empezó a rociar gasolina por todo el almacén. El olor penetrante llenó el aire. En ese momento, Sofía se dio cuenta de que Ricardo no planeaba salvar nada. quería destruirlo todo, pero antes de que pudiera encender el fuego, algo vibró en el bolsillo de Sofía, su teléfono.
Una notificación corta rompió el silencio. Ricardo se giró de golpe. ¿Quién anda ahí? Ella contuvo la respiración, pero ya era tarde. Ricardo corrió hacia el origen del sonido pateando el congelador. Dio a Sofía acurrucada en la sombra con el rostro pálido. Ah, así que eras tú. Una sonrisa fría apareció en su rostro.
La niña consentida de Elena la agarró bruscamente, tirándola al suelo. ¿Crees que puedes jugar a esto? ¿Sabes cuánta gente ha muerto por esta receta? Sofía intentó levantarse mirándolo directamente a los ojos. Tú los mataste a todos. Tú y mi tía sois iguales. Ricardo Río. No somos iguales, niña. Yo solo soy un trabajador.
Yo no cocino. Solo entrego la mercancía a quienes pagan bien. ¿Sabes quiénes comen este mole? Gente rica, gente poderosa. Acercó su rostro. Su voz se convirtió en un susurro. Si hablas, no solo morirás, serás eliminada, como todos los que lo supieron antes. Pero en medio de la amenaza, Sofía vio algo en una esquina, una gran botella de vidrio con un líquido transparente.
Recordó lo que leyó en el libro, una mezcla de etanol y especias para la conservación. Sin pensarlo, agarró la botella y golpeó a Ricardo en la cabeza con todas sus fuerzas. La botella se rompió. El líquido le salpicó la cara. Ricardo gritó retrocediendo a trompicones. Sofía corrió fuera del almacén, encendió su teléfono y envió un mensaje de emergencia al detective Morales.
Estoy en el almacén del río Atoyac. Ricardo está aquí. Detrás de ella. oyó los pasos pesados de nuevo. Ricardo se levantó gritando de rabia, con el rostro cubierto de sangre y productos químicos. ¿Crees que puedes escapar? Agarró una caja de cerillos y la encendió. El fuego prendió instantáneamente en la gasolina derramada.
En un segundo, el almacén estaba en llamas. Sofía corrió sin aliento. El humo negro se elevaba hacia el cielo, seguido de pequeñas explosiones desde el interior. Detrás de las llamas, la sombra de Ricardo pareció tamalearse y luego se derrumbó. Minutos después, las sirenas de la policía se acercaron. El detective Morales saltó del coche apartando a Sofía del fuego.
Estaba dentro, dijo ella débilmente. Ricardo lo quemó todo. Morales miró las llamas que seguían creciendo. Quizás este sea el final de todo. Sin embargo, Sofía miró hacia el río. En la orilla, entre la niebla del humo y la luz roja del fuego, había una silueta de pie. Una mujer con un reboso negro los observaba en silencio.
Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles. “Tía”, susurró Sofía, su voz apenas audible. Morales se giró. “¿Qué?” Sofía miró al vacío. “Elena, sigue viva.” El viento de la noche trajo el olor a quemado, mezclado con el perfume de las especias. El fuego del almacén seguía consumiendo los restos de un pecado que no podía borrarse por completo.















