Nadie pudo arreglar el camión… hasta que un mecánico anciano desempleado lo dejó como nuevo.

Nadie pudo arreglar el camión… hasta que un mecánico anciano desempleado lo dejó como nuevo.

Nadie logró reparar el tracto camión hasta que un mecánico anciano llegó y lo puso en marcha. Eran las tres enas en el centro de servicio Automotriz Méndez, en la zona industrial de Monterrey. Cinco técnicos rodeaban un camión Peterbilt color azul marino. La unidad llevaba 20 días inmovilizada en la bahía número 3.

El motor estaba desmontado parcialmente con conectores marcados con cinta y charolas llenas de tornillería. Carlos Méndez, el propietario de 55 años, revisó el presupuesto acumulado. El vehículo pertenecía a Logística Vargas. Don Felipe Vargas, el dueño de la transportista, había llamado una hora antes.

Si la unidad no estaba operativa para el martes, cancelaría la cuenta corporativa con el taller. Patrón, ya verificamos los circuitos. Dijo Pedro, el técnico principal. El escáner no arroja códigos de falla. El motor da marcha, pero no enciende. Carlos revisó la factura de proveedores, inyectores, bomba de alta presión, arnés eléctrico y sensores.

Habían invertido 55,000 pes en refacciones. El motor continuaba inoperativo. También habían purgado líneas, probado presión de riel y revisado tierras sin cambios. El teléfono de la oficina sonó. Era don Felipe Vargas. Carlos contestó, Carlos, necesito ese camión en la ruta Alaredo. Si no sale el lunes por la tarde, buscaré otro proveedor de servicio.

¿Estará listo, don Felipe? Afirmó Carlos y cortó la llamada. Miró a sus empleados. No tenían un plan de acción. Cierren por hoy, ordenó Carlos. Mañana empezamos el diagnóstico desde el principio. Quiero datos, no suposiciones. Los empleados limpiaron el área y se retiraron. Carlos permaneció junto al camión.

Minutos después escuchó pasos en la entrada principal. Buenas tardes. Un hombre de unos 72 años estaba parado junto al portón. Tenía el cabello gris, la piel quemada por el sol y caminaba con dificultad, apoyándose en un bastón de aluminio. Vestía un pantalón de mezclilla deslavado y una camisa de botones azul. Sus manos estaban manchadas de grasa vieja, como si no hubiera dejado el oficio.

“Ya no estamos atendiendo,” dijo Carlos. “He visto el Peterbilt desde la avenida”, comentó el anciano señalando el vehículo. “Paso diario y veo que sigue en los gatos hidráulicos. Soy mecánico diésel. Me llamo Tomás Vega.” “No, hey, vacantes, respondió Carlos. Aquí cargamos piezas pesadas y usamos herramienta neumática.

No puedo cargar culatas ni transmisiones, aclaró Tomás, pero sé diagnóstico. Necesito trabajar. Sé cuál es la falla de ese motor. Carlos miró su reloj. Eran las 18:30. Pase. Le doy 15 minutos. Tomás caminó despacio hacia el motor usando su bastón. no solicitó la computadora de diagnóstico, pidió una lámpara de mano, se inclinó sobre el bloque del motor y revisó el conector del sensor de posición del árbol de levas con los dedos.

Luego siguió el arnés con calma, buscando juego, falso contacto o un pin ligeramente abierto. ¿Reemplazaron este sensor?, preguntó Tomás. Sí, hace 10 días. Pieza nueva, contestó Carlos. ¿Es marca original del fabricante o repuesto alternativo? Alternativo. El original tardaba una semana en llegar de Estados Unidos. Tomás se enderezó haciendo una mueca de dolor por su espalda. Esa es la causa.

Estos motores Peterbilt con más de medio millón de kilómetros tienen una holgura en los engranajes de tiempo. El sensor alternativo tiene una tolerancia de lectura estándar. El sensor original tiene un rango de captación más amplio. La computadora recibe voltaje, por eso no marca código de error. Pero la sincronización de la inyección está atrasada a 2 grados por el desgaste físico de los engranajes.

Para confirmarlo, pidió que diera en marcha un par de segundos y escuchó el pulso irregular del arranque, como si el motor intentara prender fuera de punto. Carlos analizó la explicación. Era técnicamente viable. ¿Tienes solución sin pedir la pieza a la fábrica?, preguntó Carlos. ¿Puedo modificar la posición del sensor alternativo usando láminas calibradas y monitoreando el voltaje en tiempo real? Respondió Tomás. Me llevará 5 horas.

Necesito una silla para trabajar sentado. Y cuando lo ajustemos, lo validamos con lectura en vivo para que no quede al tanteo. ¿Cuál es su tarifa? 200 pesos. Necesito comprar insulina para mi esposa, Marta”, dijo Tomás. Trato hecho. Si el motor arranca, le pago 3000 pesos. Carlos trajo un banco alto y el multímetro.

Tomás se sentó frente al motor, conectó las puntas de prueba y comenzó a ajustar la profundidad del sensor milímetro a milímetro mientras observaba la lectura de voltaje. Entre ajuste y ajuste, pidió que giraran el motor y comparó el comportamiento del pulso buscando repetibilidad. Trabajó de manera continua hasta las 23:30 horas.

Cerca de la medianoche, Tomás desconectó el equipo. Intente el encendido ahora. Carlos subió a la cabina y accionó el interruptor. El motor arrancó en elsegundo intento. El sonido de la combustión era uniforme. El tacómetro marcaba 6 RPM estables. La presión del aceite subió a 40 PSI. Carlos lo dejó estabilizar unos segundos y dio un par de acelerones suaves. No hubo titubeos.

Carlos apagó el motor y descendió. Fue a la caja chica y contó 3000 pesos. Se los entregó a Tomás. Preséntese mañana a las 14:10 horas, le indicó Carlos. Tengo otra unidad con problemas. Al día siguiente, Tomás llegó al taller Automotriz Méndez. Caminaba lento. Carlos reunió a los cinco técnicos. El señor Tomás Vega reparó el Peter belt anoche, trabajará con nosotros como asesor de diagnóstico.

Tomás dibujó el esquema del sensor en una hoja para explicar el ajuste. Después, Carlos le asignó una camioneta Ford Lobo 2018. El cliente reportaba que la transmisión automática se neutralizaba en pendientes pronunciadas. En las pruebas de ciudad funcionaba correctamente. Además, el problema aparecía después de varios minutos de exigencia.

No, al inicio. Tomás revisó la camioneta, permaneció de pie. Pedro instruyó al técnico principal, verifica la temperatura de la tubería de entrada al radiador de aceite. Pedro se deslizó bajo la camioneta con un termómetro infrarrojo. Marca 110ºC, reportó Pedro. Está muy por encima de lo normal. El intercambiador de calor está saturado de sedimentos”, diagnosticó Tomás.

El flujo es insuficiente, en plano circula, pero al exigir torque en su vida, el fluido se calienta y la transmisión entra en modo de protección. Por eso se siente como si se neutralizara. Reemplacen el intercambiador y purguen bien el circuito. Cambiaron la pieza y realizaron la prueba de ruta. La falla quedó resuelta.

El viernes, Logística Vargas envió tres Tracto Camiones International para servicio preventivo urgente. El taller estaba a su máxima capacidad. Carlos distribuyó las labores. Los técnicos jóvenes realizaban el trabajo físico, desmontaje de ruedas, cambios de filtros y engrasado. Tomás supervisaba desde una silla con una libreta y una tabla de pares de apriete abierta junto a él.

Tomás daba instrucciones precisas. indicó el par de apriete correcto para los inyectores y detectó un rodamiento de alternador ruidoso usando un estetoscopio mecánico. Incluso pidió que compararan el sonido en frío y en caliente para no confundirlo con vibración de banda. En el tercer camión, el operador reportaba que la dirección hidráulica se endurecía después de 2 horas de uso.

Los técnicos buscaban obstrucciones en las mangueras. Tomás pidió que encendieran el motor y observó la bomba de dirección. Luego se inclinó lo justo para mirar el recorrido de la banda y el alineado de poleas. “Apaguen el motor”, ordenó Tomás. Señaló la placa de montaje de la bomba con su dedo.

La base de aluminio tiene una fractura fina. Con el calor del motor, el aluminio dilata y la fractura se abre, aflojando la tensión de la banda impulsora. Por eso el síntoma aparece tarde. La banda patina y la bomba pierde caudal. Necesitan una base nueva. Para dejarlo claro, marcó con un plumón la zona y mostró el polvillo negro de la banda alrededor de la polea.

Sustituyeron la base de aluminio. La dirección operó con normalidad. Al finalizar la jornada, las tres unidades estaban listas. Don Felipe Vargas acudió personalmente a retirarlas y liquidó la factura total de la semana. El contrato de servicio se mantuvo vigente. Carlos llamó a Tomás a su oficina privada. “Hablé con el gerente de un laboratorio de inyección en San Nicolás”, le informó Carlos.

“Necesitan un técnico para calibrar bombas en banco de pruebas. Es trabajo sentado en interior y con prestaciones de ley. Les envié sus referencias.” Tomás asintió. El traslado en el taller es difícil para mis piernas. Iré a la entrevista. Puede trabajar allá de lunes a jueves, propuso Carlos. Pero vengan aquí los viernes.

Necesito su supervisión en los casos complejos. De acuerdo, aceptó Tomás. Tres meses después, un viernes por la tarde. El taller operaba con flujo constante. Tomás estaba sentado en su banco alto revisando especificaciones de Torque con Pedro. Don Felipe Vargas había enviado comida para el personal como bono por la disponibilidad de la flota.

Carlos revisó los indicadores de productividad. El Peterbilt azul estaba en ruta hacia la frontera. Los gastos operativos estaban cubiertos. Tomás, a sus 72 años tenía un ingreso seguro y la insulina para Marta estaba comprada. El taller funcionaba mediante la aplicación estricta de conocimientos mecánicos y la asignación eficiente de recursos humanos basada en la capacidad técnica. M.