MISION SUICIDA A 4.000 KM: Cómo Israel Rescató a 102 Rehenes en el Infierno

4 de julio de 1976. Aeropuerto de Enteve, Uganda. 23081 horas. La noche africana es espesa y húmeda. En la pista de aterrizaje las luces están apagadas, pero un gigante de metal acaba de tocar tierra en la oscuridad total. Es un C130, Hércules israelí. No ha sido invitado. La rampa trasera del avión se abre mientras todavía está rodando por la pista.

De su vientre no salen soldados corriendo, sino algo mucho más extraño, un Mercedes-Benz negro. Es una réplica exacta del coche personal del dictador de Uganda, Idi Amin. Detrás de él, dos Land Rovers llenos de comandos del Sayeret Matcal, disfrazados con uniformes hugandeses. El plan es una locura.

conducir el Mercedes directamente hasta la terminal donde están los rehenes. Fingir que es una visita sorpresa del presidente Amín y acercarse lo suficiente para matar a los guardias antes de que puedan disparar a los civiles. Tienen el elemento sorpresa, pero tienen un problema. La inteligencia israelí no sabía que Idi Amin había comprado un coche nuevo la semana pasada de color blanco.

A medida que el Mercedes negro se acerca al puesto de control hugandés, un centinela levanta su rifle. No saluda. Apunta. El comandante de la operación, el teniente coronel Jonathan Netanyahu, toma una decisión de fracción de segundo. Disparad. Las pistolas con silenciador escupen fuego. El guardia cae, pero no muere. Al instante.

Se levanta y trata de disparar. Los comandos de los Land Rovers abren fuego con sus AK47 sin silenciador. Ratatatá. El ruido rompe el silencio de la noche. La sorpresa perfecta se ha perdido. Están a 50 m de la terminal. Dentro los terroristas alemanes y palestinos escuchan los disparos y corren hacia los rehenes con granadas en las manos.

El reloj empieza a correr. Tienen 90 minutos para salvar a 106 personas, destruir la fuerza aérea de Uganda y salir de allí antes de que el ejército de Idiamin los masacre. La operación Thunderball acaba de comenzar y la primera bala ya lleva el nombre de una leyenda. Bienvenidos a la sombra de la historia. Hoy viajamos al rescate más imposible jamás intentado.

En este documental de larga duración viviremos la operación en TV. Viajaremos al vuelo 139 de Air France. Veremos como dos terroristas alemanes de ultraizquierda, Wilfred B y Brigitte Cullman, secuestraron un avión lleno de judíos y los llevaron al corazón de África. reviviendo las pesadillas del holocausto al separar a los pasajeros por su religión en una macabra selección.

Entraremos en la sala de guerra de Israel. Seremos testigos de la agonía de Yitsac Rabin y Shimón Pérez, debatiendo entre negociar con terroristas algo que Israel juró no hacer jamás, o lanzar una misión suicida a 4,000 km de casa sin posibilidad de reabastecimiento ni apoyo. Subiremos a los Hércules C130. Sentiremos la tensión de volar 7 horas a ras del Mar Rojo para evitar los radares enemigos.

con soldados vomitando por las turbulencias y el miedo, sabiendo que si son derribados, nadie vendrá a buscarlos. Y finalmente viviremos los 90 minutos en tierra, el asalto frenético a la terminal, el tiroteo a quemarropa con los terroristas, la destrucción de los casas miguugandeses y la trágica muerte de Johnny Netañahu, el hermano mayor del actual primer ministro de Israel, quien murió liderando a sus hombres desde el frente.

Esta es la historia de cómo una nación se negó a dejar a su gente atrás sin importar las fronteras, las leyes o las probabilidades. Para subir a este avión no necesitas pasaporte, necesitas agallas. Si te apasionan las operaciones especiales y la historia militar de alto riesgo, suscríbete al canal ahora mismo y activa la campana. Ayúdanos a despegar.

Dale un me gusta, like a este vídeo y dinos en los comentarios, ¿crees que hoy en día algún país se atrevería a realizar una misión tan arriesgada como en TV? Motores en marcha. Nos vamos a África, 27 de junio de 1976, Atenas, Grecia, el vuelo 139 de Air France, procedente de Tel Aviv y con destino a París, hace una escala rutinaria.

En la sala de tránsito, la seguridad es laxa. Cuatro pasajeros esperan nerviosos, no pasan por detectores de metales exhaustivos. En esa época, la seguridad aeroportuaria era casi una formalidad. Suben al Airbus A300. Dos son árabes, miembros del Frente Popular para la Liberación de Palestina, FPLP. Los otros dos son alemanes, miembros de las células revolucionarias RZ, un grupo de extrema izquierda.

Él es Wilfrid Bisy, un intelectual de gafas gruesas que se ve a sí mismo como un luchador por la libertad. Ella es Brigit Cullman, una mujer de mirada dura y nervios de acero. 8 minutos después del despegue, el infierno se desata. Gritos, armas. V se irrumpe en la cabina con una pistola y una granada de mano sin el pasador.

Cullman toma el control de la cabina de pasajeros, gritando órdenes en alemán e inglés, golpeando a cualquiera que se mueva demasiado lento. Manos arriba, esto es un secuestro. El avióncambia de rumbo. Primero aterriza en Bengasi, Libia, para repostar. Allí el régimen de Gaddafi los recibe con los brazos abiertos enviando comida y combustible.

Una pasajera embarazada finge un aborto involuntario y logra ser liberada. Ella será la primera fuente de inteligencia para el Mossad sobre cuántos terroristas hay y qué armas llevan. Pero el destino final no es Libia. El avión vuelve a despegar volando hacia el sur, adentrándose en el corazón de África. En la madrugada del 28 de junio, el Airbus aterriza en el aeropuerto de Enteve, Uganda.

Los pasajeros, agotados y aterrorizados, miran por las ventanillas. Ven, soldados ugandeses armados rodeando el avión. Al principio sienten alivio. El ejército está aquí. Nos rescatarán. Piensan qué equivocados estaban los soldados ugandeses. No estaban allí para detener a los terroristas, estaban allí para ayudarlos.

El presidente de Uganda, el mariscal de Campo y Día Mind Dada, había abrazado la causa palestina y roto relaciones con Israel años atrás. Amin, un hombre corpulento, carismático y profundamente inestable, conocido por rumores de canibalismo y por asesinar a sus oponentes, vio el secuestro no como una crisis, sino como un escenario para su ego.

Los 248 rehenes fueron bajados del avión y llevados a la vieja terminal del aeropuerto, un edificio en desuso, sucio y lleno de mosquitos. Y Diam llegó poco después en su jeep, vestido con uniforme de camuflaje y boina, se paseó entre los rehenes como un padre benevolente, prometiéndoles que los liberaría si Israel cumplía las demandas de los terroristas.

Liberar a 53 militantes presos en cárceles de medio mundo. Soy vuestro Salvador, les dijo Amín. Pero debéis presionar a vuestro gobierno sionista. Entonces ocurrió lo impensable, el momento que transformó este secuestro en un trauma histórico. El 29 de junio, Wilfred Bosse y Brigit Cullman tomaron el mando de la sala.

Anunciaron que iban a liberar a una parte de los rehenes, pero no a todos. Tenían que hacer una selección. La palabra selección, selección tiene una carga eléctrica para cualquier judío. Era el término usado por los nazis en las rampas de Auschwitz para decidir quién iba a la cámara de gas y quién a trabajos forzados.

Busse, con una lista de pasajeros en la mano, empezó a gritar nombres. Goldberg, Levi, Cohen. Los terroristas separaron a los pasajeros en dos grupos. A un lado los israelíes y los judíos no israelíes. Al otro lado los gentiles, no judíos. La escena fue grotesca. Un alemán y una alemana pistola en mano, ordenando a judíos que se apartaran del resto 30 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, un sobreviviente del holocausto, que tenía un número tatuado en el brazo, se acercó a Wilfrid Be y le mostró la marca. Yo ya pasé por esto, le

dijo el anciano. ¿Cómo puedes hacernos esto tú, un alemán, Bese, que se consideraba un marxista antisionista y no un antisemita, respondió defensivamente, no soy un nazi, soy un idealista. Pero sus acciones decían lo contrario. Brigit Cullman, por su parte, no tenía tales dilemas. insultaba a los rehenes judíos y los trataba con una crueldad que recordaba a las guardias de las SS.

El grupo de los no judíos fue liberado y enviado a París en un vuelo de Air France, pero ocurrió un acto de heroísmo silencioso que merece ser recordado. El capitán del avión, el francés Michelle Bacos y toda su tripulación, 12 personas se negaron a irse. “Somos responsables de todos los pasajeros, dijo Bacos.

No nos iremos hasta que el último de ellos sea libre. Los terroristas los empujaron hacia el grupo de los judíos. Bacos y su equipo se quedaron voluntariamente en el infierno de Entebe, arriesgando sus vidas por solidaridad humana. Ahora quedaban 106 rehenes en la terminal, 85 judíos, israelíes, la tripulación francesa y algunos pasajeros más.

Estaban acinados en el suelo, durmiendo sobre alfombras sucias, comiendo poco, vigilados por terroristas nerviosos que habían colocado explosivos en los pilares del edificio. Idiamin los visitaba a diario, alternando entre amenazas de muerte y discursos delirantes. Mientras tanto, en Jerusalén, la noticia de la selección golpeó al gobierno como un mazo.

El primer ministro Jitsac Rabin y el ministro de defensa Shimon Pérez, rivales políticos eternos, se enfrentaban a un dilema imposible. La doctrina de Israel era clara. Nunca negociar con terroristas. Si pagas rescate o liberas presos una vez, invitas a más secuestros. Pero en TV estaba a 4,000 km. No tenían aviones con suficiente alcance para ir y volver sin repostar.

No tenían mapas de la terminal. No sabían dónde estaban los guardias. Los países vecinos, Kenia, Tanzania, tenían miedo de Iamin y no garantizaban ayuda. Rabin, un hombre pragmático y cauto, estaba dispuesto a ceder. No tenemos opción militar, dijo en las reuniones secretas. Si intentamos un rescate y fallamos, será una masacre.Matarán a los 100 rehenes.

La sangre estará en mis manos. Se prepararon para liberar a los terroristas presos. Se redactaron las órdenes de indulto. Pero Shimon Pérez no se rendía. Presionaba a los jefes militares. Traedme un plan, cualquier plan. Israel no puede arrodillarse ante un dictador y dos alemanes locos. Los planificadores del Mossad y del ejército FDI trabajaron 48 horas seguidas sin dormir.

Descartaron ideas absurdas. Lanzar paracaidistas al lago Victoria. Los cocodrilos se los comerían. Infiltrar agentes como turistas. Finalmente, el comandante de la Fuerza Aérea, Benny Peled, propuso lo imposible. Aterrizamos, no en secreto, sino con descaro. Aterrizamos con Hércules, cargados de tropas. Matamos a los terroristas, cargamos a la gente y nos vamos. Era una locura.

Requería volar 7 horas a baja altura para evitar el radar egipcio y saudí. Requería aterrizar en una pista oscura sin luces, pero tenían una carta oculta. Una empresa de construcción israelí, Solel Bone, había construido la terminal de Enve años antes, cuando Israel y Uganda eran amigos. El Mossad localizó a los ingenieros y consiguió los planos originales del edificio.

Sabían dónde estaban las puertas, las ventanas y los muros. El viernes 2 de julio, los terroristas dieron un ultimátum. Si no liberaban a sus camaradas para el domingo a las 140, empezarían a ejecutar a los rehenes. Rabin miró a sus generales. ¿Podéis hacerlo? El jefe del Estado Mayor, Motagur, miró a Johnny Netanyahu, el comandante de la unidad de élite Sayered Matcal, que lideraría el asalto en tierra.

Johnny asintió. Podemos hacerlo. Rabin firmó la orden. La operación Thunderbolt estaba en marcha. Esa misma tarde, cuatro aviones Hércules despegaron del Sinaí hacia la tormenta. Los judíos habían sido separados de nuevo, pero esta vez no iban a esperar a que el mundo los salvara. Esta vez el ejército de Israel iba en camino y llevaban un Mercedes negro en la bodega.

3 de julio de 1976. Sharm El SIS, península del Sinaí, entonces bajo control israelí. 130 horas. Bajo el sol abrasador del desierto, cuatro aviones de transporte C130 Hércules están alineados en la pista. Sus motores turboélice giran lentamente levantando nubes de polvo dentro de las bodegas de carga. La escena es surrealista.

El primer avión pilotado por el teniente coronel Joshua Shani lleva la carga más extraña jamás vista en una misión de combate. Un Mercedes-Benz 220D negro. El coche no es un vehículo militar, es una limusina civil. Agentes del Mossat lo habían conseguido días antes. Algunos dicen que era el coche de un civil israelí al que le pintaron la carrocería con spray negro apresuradamente.

Otros dicen que era un coche diplomático. Le colocaron banderas hugandesas en el parachoques y matrículas falsas vs1. El objetivo, hacer creer a los guardias de Enteve que el mismísimo Idiamin venía a visitar a los rehenes una táctica de caballo de Troya para llegar hasta la puerta de la terminal sin disparar.

Detrás del Mercedes se apiñaban dos Land Rovers, llenos de comandos del Sayeret Matcal, la unidad de élite del Estado Mayor. Llevaban uniformes de camuflaje de estilo leopardo, idénticos a los que usaba el ejército de Uganda, y portaban rifles AK47 soviéticos en lugar de sus habituales UI o Galil, para completar el disfraz sonoro y visual.

Al mando de esta fuerza de asalto estaba el teniente coronel Jonathan Johnny Netaniaahu. Johnny, de 30 años, era un líder nato, intelectual, poeta y guerrero, hermano mayor del futuro, primer ministro Benjamin Netañahu. Estaba tranquilo, repasando los mapas una última vez. Sabía que las probabilidades de éxito eran bajas.

Sabía que si fallaban no habría rescate para los rescatadores. Serían masacrados en África. A las 15:30 los cuatro Hércules despegaron. La ruta era una pesadilla de navegación. tenían que volar 4,000 km hasta el lago Victoria para evitar ser detectados por los radares de Egipto, Arabia Saudí y Sudán, países enemigos que habrían derribado los aviones sin dudarlo, los pilotos israelíes tuvieron que volar peligrosamente bajo.

Durante horas, los Hércules rozaron las olas del Mar Rojo a una altitud de apenas 30 m. Dentro de los aviones el viaje fue un infierno físico. Las turbulencias del aire caliente a baja altura hacían que los enormes aviones se sacudieran como juguetes. Los soldados, cargados con equipo pesado, munición y estrés empezaron a vomitar.

El olor a combustible quemado y vómito llenaba la cabina. Mantened la calma, bebed agua”, ordenaban los oficiales. Cruzaron Etiopía, luego Kenia. Nadie sabía que Israel había llegado a un acuerdo secreto con el gobierno de Kenya para permitirle repostar en Nairobi la vuelta, si es que había vuelta. Pero la ida era un salto al vacío.

A las 2300 horas, el lago Victoria apareció en el horizonte. El cielo estaba negro. Una tormenta tropical se estaba formando con relámpagos iluminando las nubes a lolejos. Los pilotos apagaron todas las luces de navegación. Iban a aterrizar a ciegas. El avión líder con Johnny y el Mercedes se alineó con la pista de Enéve.

El teniente coronel Shanni, un piloto con nervioso, bajó el gigante de 70 toneladas en silencio absoluto, sin comunicaciones de radio con la torre. Las ruedas tocaron el asfalto. No hubo chirridos, no hubo luces. El avión rodó hasta el final de la pista, donde paracaidistas saltaron rápidamente para colocar luces de emergencia portátiles por si los hugandeses apagaban las luces principales del aeropuerto.

La rampa trasera se abrió. El Mercedes negro salió, seguido de los Land Rovers. El convoy se puso en marcha hacia la vieja terminal que estaba a unos 2 km de distancia. Las luces de la terminal brillaban en la oscuridad. Allí estaban los rehenes. Los comandos iban tensos con los dedos en los gatillos. La inteligencia del Mossad había dicho que Idi Amin tenía un Mercedes negro, pero había un detalle que la inteligencia no captó a tiempo.

Idi había comprado un coche nuevo la semana anterior, un Mercedes blanco. Si los guardias hugandeses eran observadores, el disfraz fallaría. El convoy avanzó. A unos 200 metros de la terminal vieron el primer puesto de control. Dos centinelas hugandeses estaban bajo una farola. Uno de ellos vio el Mercedes negro.

En lugar de cuadrarse y saludar, el soldado levantó su rifle G3 y gritó una orden alto. Quizás sabía lo del coche blanco o quizás simplemente seguía el protocolo de seguridad. Johnny Netanahu, sentado en el asiento del copiloto del Mercedes, tomó una decisión en una fracción de segundo. Si se detenían, los descubrirían. Si aceleraban, dispararían.

Disparad”, ordenó Johnny a Muki Betzer, su segundo al mando. Johnny y otro comando dispararon con pistolas vereta equipadas con silenciadores. El guardia cayó hacia atrás, herido, pero no muerto. Intentó levantar su rifle de nuevo. Fue un momento crítico. El silenciador no había hecho el trabajo completo.

del Land Rover que venía detrás. Otro comando vio al guardia moverse y reaccionó por instinto. Disparó una ráfaga con su AK47 sin silenciador. Ra ta ta ta. El sonido fue un trueno en la noche silenciosa. El elemento sorpresa, la joya de la operación se había roto. Estaban todavía a 50 m de la terminal. Adelante, adelante, rápido”, gritó Johnny por la radio.

El Mercedes aceleró a fondo chirreando ruedas. Los Land Rovers lo siguieron. Ya no había engaño. Ahora era una carrera pura y dura. En la torre de control, los controladores aéreos hugandeses se despertaron. En la vieja terminal, los terroristas alemanes Wilfrid Bosse y Brigit Cullman escucharon los disparos. Son los israelíes!”, gritó alguien.

Los terroristas cogieron sus kalashnikovs y granadas y corrieron hacia la sala principal donde dormían los rehenes. Tenían órdenes claras. Si había un intento de rescate, debían matar a todos. Para los comandos del Sayered Matcal, los siguientes segundos eran vida o muerte. Tenían que recorrer esos 50 m, saltar de los coches en movimiento, correr hacia las puertas y entrar antes de que los terroristas apretaran los gatillos.

Si tardaban 5 segundos más, encontrarían una sala llena de cadáveres. El Mercedes frenó bruscamente frente a la entrada. Johnny saltó el primero. Rifle en mano. Seguidme a las puertas. El aire se llenó de trazadoras verdes, munición ugandesa y rojas, munición israelí. La operación Thunderbolt había dejado de ser una misión de infiltración.

Se había convertido en un asalto frontal. Jonin Netanu corría hacia la historia sin saber que una bala perdida ya estaba buscando su nombre en la oscuridad. El reloj marcaba las 2304. La batalla por Enteve había comenzado. El secreto se había perdido. Ahora solo quedaba la velocidad. 50 m separaban a los soldados de los rehenes.

50 m para evitar una masacre o morir intentándolo. Aeropuerto de Enéve. 4 de julio de 1976, 23.04 horas. El Mercedes negro frenó con un chirrido agónico frente a la entrada de la vieja terminal. Las puertas se abrieron y el aire se llenó inmediatamente de olor a cordita y gritos. Los comandos del sayeret matcal no perdieron ni un milisegundo.

Tenían una ventaja psicológica. Conocían el edificio mejor que los propios terroristas. Gracias a los planos de la empresa constructora israelí. Sabían exactamente qué pasillos llevaban a la sala de los rehenes y dónde debían estar las ventanas. El plan original de entrar en silencio había muerto con los disparos en el puesto de control.

Ahora, la única estrategia era la velocidad bruta. El comandante Johnny Netanu, fusil en mano, saltó del vehículo y se colocó junto a un muro bajo para cubrir el avance de sus hombres. Muki, Amnon, entrad, entrad ya!”, gritó, dirigiendo a los equipos de asalto hacia las puertas de cristal.

El equipo liderado por Muki Betzer corrió hacia la entrada principal. Un guardia hugandés aparecióen la puerta levantando su rifle. Muki disparó dos veces mientras corría. El guardia cayó. Los soldados israelíes irrumpieron en la sala principal. Era una escena de pesadilla. La sala estaba iluminada por luces fluorescentes parpadeantes.

Cientos de colchones y mantas cubrían el suelo. Los rehenes, despertados por el tiroteo exterior, estaban en estado de pánico, algunos gritando, otros paralizados. Los comandos israelíes llevaban megáfonos. Mientras corrían entre las filas de gente aterrorizada, gritaban una orden simple y vital en hebreo e inglés. Tiskabu, Tiskabu, al suelo.

Somos israelíes. La mayoría de los rehenes obedeció instintivamente, pegándose al suelo, protegiéndose la cabeza con las manos. Pero en el caos del combate, el instinto humano es impredecible. Un joven inmigrante francés de 19 años, Jean Jacks Maimoní, se puso de pie, quizás por la emoción de ver a sus salvadores, quizás por pánico.

Un comando israelí con la adrenalina disparada y viendo una figura masculina levantarse bruscamente en medio de la zona de fuego, reaccionó como le habían entrenado para neutralizar amenazas. Disparó Maimón y cayó herido mortalmente por fuego amigo. Fue una tragedia instantánea en medio del rescate. Otros dos rehenes, Pasco Cohen e Ida Borchovic, también murieron en el fuego cruzado inicial.

Mientras tanto, los terroristas reaccionaban. Wilfred B, el líder alemán, estaba al fondo de la sala. tenía su Kalashnikov en la mano. Aquí es donde la historia diverge entre el mito y la realidad. Algunas versiones dicen que Bose tuvo un momento de humanidad y decidió no lanzar la granada que tenía a los rehenes.

La realidad táctica sugiere que simplemente no tuvo tiempo. Vio a los soldados israelíes entrar. Giró su arma hacia ellos. Mukibetzer y otro soldado lo vieron. Bang. Bang. Bese recibió varios impactos en el pecho y la cabeza. Cayó muerto sin haber matado a un solo reen durante el asalto. A pocos metros, Brigit Cullman, la terrorista alemana, que había sido tan cruel durante la selección, también intentó disparar.

Fue abatida al instante por una ráfaga precisa. Murió junto a sus camaradas del FPLP. En menos de 90 segundos, los siete terroristas que estaban en la sala principal habían sido eliminados. El tiroteo dentro de la terminal cesó. Un silencio extraño, roto solo por los soylozos de los rehenes, llenó la sala. “Estáis a salvo, levanta.

¡Vamos a casa!”, gritaron los soldados, ayudando a la gente a ponerse de pie. Pero fuera de la terminal, la batalla aún no había terminado y la tragedia estaba a punto de golpear al corazón de la unidad. Johnny Netanyahu no había entrado en la sala. Como comandante de la fuerza conjunta, se había quedado fuera cerca de la entrada, coordinando el perímetro y vigilando la llegada de refuerzos ugandeses desde la torre de control o los barracones cercanos.

Era una posición expuesta desde la torre de control de la terminal o quizás desde un almacén cercano, un soldado hugandés que había sobrevivido al tiroteo inicial vio la silueta del comandante israelí bajo la luz de los focos. Apuntó, disparó una sola bala. El proyectil golpeó a Johnny en el pecho, justo encima del chaleco antibalas o en el cuello, según otras versiones.

La bala atravesó su cuerpo dañando la médula espinal y el corazón. Johnny cayó al asfalto sin un sonido. Un soldado que estaba a su lado lo vio caer. Johnny, Johnny. Muky Betzer, que acababa de asegurar la sala de los rehenes, escuchó el grito por la radio o salió corriendo al oír los gritos.

Vio a su comandante y mejor amigo tirado en el suelo sangrando profusamente. Los médicos de combate se lanzaron sobre él. Intentaron detener la hemorragia, intentaron reanimarlo, pero la herida era catastrófica. Johnny Netañahu estaba inconsciente, su vida escapándose en la pista de aterrizaje de Enéve. Muky Betzer tuvo que tomar la decisión más difícil de su carrera.

No podía permitirse el lujo del duelo. La misión no había terminado. Asumió el mando al instante. Evacuad a Johnny al avión médico. El resto seguid asegurando el perímetro. Que nadie se detenga. Si los soldados sabían que su líder había caído, la moral podría colapsar. Muki mantuvo la disciplina de hierro. Mientras los médicos cargaban el cuerpo de Johnny en una camilla hacia el Hércules, el resto de la fuerza, incluyendo vehículos blindados BTR que habían descargado de los otros aviones, se desplegó para la fase defensiva.

Tenían que destruir la amenaza que podía impedir su escape, la Fuerza Aérea de Uganda. Idi Amin tenía una escuadrilla de cazas MIG1 y MIG21 de fabricación soviética. estacionados en la pista adyacente. Si los israelíes despegaban, esos cazas podían perseguirlos y derribar los lentos Hércules llenos de rehenes en cuestión de minutos.

Un equipo de comandos del Sayeret Matcal montó en sus Land Rovers y condujo hacia la línea de Migs. Con ametralladoras pesadas ylanzagranadas RPG abrieron fuego contra los aviones aparcados. Boom, boom. Uno por uno, los orgullosos cazas de Idiam Amín estallaron en llamas. 11 aviones fueron destruidos en tierra. Fue una humillación militar total para el dictador y un seguro de vida para la huida israelí.

Dentro de la terminal, el proceso de evacuación era frenético. Corred al avión, dejad las maletas. Los rehenes, todavía en shock, corrían por la pista oscura hacia la rampa abierta del Hércules de Rescate, el cuarto avión que había aterrizado vacío para llevarse a la gente. Algunos iban descalzos, otros lloraban.

El piloto francés Michel Bacos ayudaba a sus pasajeros a subir. En 53 minutos desde el primer disparo, los rehenes estaban a bordo. Los comandos hicieron un recuento final. Faltaba una reen. Dora Blosh, una mujer de 74 años que había sido trasladada al hospital de Campala días antes porque se había atragantado con un hueso de pollo.

Los oficiales preguntaron, “¿Podemos ir a buscarla?” La respuesta fue dura, pero realista. “No, Campala está demasiado lejos. perderemos los aviones. Tuvieron que dejarla atrás sabiendo que su destino estaba sellado. Dora Block sería asesinada brutalmente por órdenes de I como venganza.

A la C 040, el primer C130, cargado con los rehenes y el cuerpo moribundo de Johnny Netañahu, rugió por la pista y levantó el vuelo hacia la tormenta. Detrás de ellos, el aeropuerto de Enteve ardía. La torre de control estaba en silencio. Los mix eran chatarra humeante. Habían logrado lo imposible. Pero en el suelo de la bodega de carga, cubierto con una manta, yacía el hombre que lo había hecho posible.

La euforía de los rehenes, que se abrazaban y lloraban de alegría, contrastaba con el silencio sombrío de los soldados en la parte trasera del avión. Habían salvado a sus hermanos, pero habían perdido a su padre. El precio de la libertad se pagó en sangre en una pista africana. Johnny Netañahu no volvería a ver Jerusalén, pero gracias a él 102 personas cenarían con sus familias esa noche.

Mientras los 130 Hércules trepaban hacia el cielo nocturno, dejando atrás el infierno de Enverebe. Una mezcla de emociones llenaba las bodegas de carga. Los rehenes estaban eufóricos, incrédulos, tocándose para asegurarse de que estaban vivos. Pero en la sección médica el silencio era absoluto. El cuerpo de Johnny Netañahu yacía cubierto.

El médico jefe se acercó a Mukibetzer, el segundo al mando que ahora lideraba la fuerza, y negó con la cabeza. Johnny se había ido. La primera parada fue Nairobi, Kenia. Gracias a la diplomacia secreta del Mossad, el gobierno de Kenya permitió que los aviones israelíes aterrizaran para repostar y trasladar a los heridos más graves a un hospital de campaña.

Fue allí, bajo las luces de la pista de Nairobi, donde la realidad del coste de la misión golpeó a todos. Habían salvado a 102 personas, pero habían perdido a su líder y a tres rehenes en el fuego cruzado. El vuelo final hacia Israel fue largo y silencioso. El 4 de julio de 1976, mientras Estados Unidos celebraba su bicentenario con fuegos artificiales, Israel se preparaba para recibir a sus propios fuegos artificiales humanos.

Cuando los aviones entraron en el espacio aéreo israelí, fueron escoltados por casas F4 Phantom en señal de honor. Aterrizaron en el aeropuerto Bengurion de Tela Aviv. Lo que sucedió en la pista fue una explosión de alegría nacional sin precedentes. Miles de familiares rompieron los cordones policiales y corrieron hacia los aviones.

Hubo lágrimas, gritos, abrazos que rompían costillas. El primer ministro Jitsc Rabin estaba allí para recibirlos. Pero cuando bajó el ataú de Johnny Netanu, la multitud se cayó. Su hermano menor, Benjamin Bibi Netanahu, futuro primer ministro, recibió la noticia devastadora. La muerte de Johnny cambiaría para siempre la trayectoria de su familia y la política de Israel.

La operación fue rebautizada oficialmente como operación Jonathan. en su honor. Pero a 4,000 km de distancia, la historia tenía un epílogo sangriento. En el hospital Mulago de Campala, Dora Block, la anciana de 74 años que se había quedado atrás, estaba a punto de pagar el precio de la humillación de Idi Amin.

Cuando el dictador se enteró de que los israelíes habían entrado en su país, destruido su fuerza aérea y robado a sus prisioneros, entró en un ataque de furia psicótica. Ordenó a sus agentes de la policía secreta que fueran al hospital. Sacaron a Dora Blog de su cama gritando, a pesar de las protestas de los médicos y enfermeras. La arrastraron fuera, la metieron en el maletero de un coche y la llevaron a un lugar desconocido en el bosque.

Allí fue ejecutada brutalmente. Su cuerpo fue quemado y enterrado en una tumba anónima. Sus restos no fueron recuperados hasta 1979 después de la caída de Amín. La venganza de Amín no terminó ahí. Furioso por la colaboración de Kenya, ordenó la masacrede cientos de kenianos que vivían en Uganda.

Fue el último espasmo de violencia de un régimen que se desmoronaba. El legado de Enébe reescribió las reglas del juego global contra el terrorismo. Hasta ese día la norma era negociar. Los terroristas sentían que tenían el poder. En TV demostró que ninguna distancia era demasiado grande y ninguna fortaleza demasiado segura.

envió un mensaje claro. Si tocas a nuestros ciudadanos, iremos a por ti. No importa dónde estés ni cuánto tardemos, iremos las unidades de fuerzas especiales de todo el mundo, desde la delta force de EEU hasta el GSG9 de Alemania, que usaría las lecciones de Enve para su propio rescate en Mogadicio. Un año después estudiaron la operación israelí como el estándar de oro.

Sin embargo, para los soldados del sayeret matcal, el recuerdo de esa noche siempre tendrá un sabor agridulce. Ganaron la batalla imposible. Humillaron a los terroristas y a un dictador, pero dejaron a su mejor hombre en la pista negra de África. Johnny Netanyahu escribió una vez en una carta a su familia, no quiero marcharme y no dejar ninguna huella atrás de mí.

Creo que no hay nada más noble que salvar vidas humanas. Esa noche en TV hizo ambas cosas: 90 minutos para cambiar el mundo, 4000 km para salvar una vida. En TV nos enseñó que la esperanza tiene alas, pero la libertad siempre tiene un precio. Gracias por volar con nosotros en esta misión histórica.

Si crees que el mundo necesita más héroes como Johnny, suscríbete a la sombra de la historia. Comparte este vídeo para que la valentía nunca se olvide. Shalom.