
Maradona hizo dedo en ruta y Renault 12 se detuvo — Lo que Diego hizo después nunca lo esperaban
22 de abril de 1995. Ruta 2, camino a Mar del Plata. El Mercedes de Maradona se quedó sin combustible en medio de la nada. Diego hizo dedo. Una Renault 12 oxidada se detuvo. Adentro había familia de cuatro que apenas podía pagar nafta. No sabían quién era hasta dos horas después. Lo que Diego hizo tres semanas más tarde, esa familia lo cuenta llorando durante 30 años.
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vista. Sin casas, sin nada, excepto pasto y cielo y silencio. Diego había salido de Buenos Aires a las 2 de la tarde para ir a Mar del Plata, donde tenía cena con sponsors esa noche. Había planeado parar para cargar nafta en Chascomous, pero se había distraído hablando por su teléfono móvil Motorola Gigante, con su abogado sobre demanda que la prensa le había puesto por declaraciones que había hecho sobre periodistas corruptos.
La conversación había sido tan intensa que había pasado directo por la estación de servicio sin darse cuenta. Y ahora, 40 km después, el motor había torcido, había tartamudeado, se había apagado. Diego había logrado mover el Mercedes al costado de la ruta. Había intentado llamar a asistencia en ruta, pero era 1995.
Los celulares funcionaban mal fuera de Buenos Aires. No había señal. Había intentado hacer señas a autos que pasaban. Tres autos lo habían ignorado completamente. Uno había reducido velocidad. Había visto que era Mercedes caro. Había asumido que Diego tenía dinero para resolver sus propios problemas. Había acelerado otra vez.
Diego estaba solo, sin combustible, sin forma de llamar ayuda, a 80 km de Mar del Plata, con cena importante en 3 horas, se quedó parado allí por 15 minutos, decidiendo qué hacer. Podía caminar, pero no había nada en kilómetros. Podía esperar que eventualmente alguien se detuviera, pero podían ser horas.
O podía hacer algo que no había hecho en 10 años. hacer dedo, pedir raida a extraños, como cuando era pibe pobre en Villafiorito tratando de llegar a entrenamientos sin dinero para colectivo. Diego sacó su chaqueta de cuero del auto, cerró las puertas con llave, caminó al borde de la ruta, levantó su pulgar.
Los primeros cinco autosaron sin detenerse. El sexto redujo velocidad, pero aceleró cuando vio que Diego estaba parado junto a Mercedes. Probablemente pensó que era trampa, que Diego iba a robarlos. El séptimo auto, una camioneta Ford, se detuvo. Pero cuando el conductor vio el Mercedes, le gritó por ventana.
Si tenés Mercedes, tenés plata para grúa. Y se fue. Diego comenzó a caminar mientras hacía dedo. Tal vez si estaba más lejos del Mercedes, alguien se detendría. Caminó medio kilómetro. Siguió levantando pulgar. 20 minutos después, cuando Diego había perdido casi toda esperanza, cuando estaba considerando simplemente caminar los 80 km o dormir al lado de la ruta, un auto viejo apareció en horizonte.
Era Renault 12 blanco, modelo de principios de los 80, oxidado, con escape que largaba humo negro, haciendo ruidos que sugerían que el motor estaba a punto de explotar en cualquier momento. El Renault redujo velocidad, se detuvo. La ventana del conductor bajó haciendo sonido terrible de metal contra metal.
El conductor era hombre de unos 40 años, delgado, con camisa de trabajo manchada de grasa, manos callosas. Junto a él estaba mujer de misma edad con vestido simple. En asiento trasero había dos niños, niño de unos 8 años y niña de seis, ambos mirando a Diego con ojos grandes curiosos. ¿A dónde vas? El conductor preguntó con acento del interior.
Vos amable. Mar del Plata. Diego dijo. Mi auto se quedó sin nafta. ¿Podés llevarm? El conductor miró a su esposa. Ella asintió. El conductor se giró hacia Diego. Subí. Vamos a Mar del Plata. También hay lugar. Diego abrió puerta trasera. Los niños se apretujaron para hacer espacio. Diego se deslizó entre ellos.
El auto arrancó con sacudida violenta. Gracias, Diego dijo sinceramente. Me salvaron la vida. ¿Cómo te llamas? Juan. Juan Fernández. Ella es mi señora María y estos son nuestros hijos Martín y Sofía. Mucho gusto. Yo soy Diego. Diego notó que Juan no lo había reconocido. María tampoco. Los niños lo miraban con curiosidad, pero sin reconocimiento.
Diego llevaba gorra, lentes de sol, ropa casual. Y esta familia claramente no veía mucha televisión. No seguían fútbol, no sabían quién era y Diego sintió alivio enorme. Por primera vez en Minos podía ser solo Diego, no Maradona, solotipo normal que necesitaba Ride. Juan conducía lentamente.
El Renault no podía ir más de 80 km porh sin temblar como si fuera a desintegrarse. María se giró desde asiento delantero. Perdón por el auto. Sé que no es cómodo, pero es lo que tenemos. Diego sonrió. Es perfecto. Me recuerda al auto de mi viejo cuando era chico. Teníamos Fiat 600 que hacía ruidos peores que este. ¿De dónde sos? Juan preguntó.
Buenos Aires, zona sur, Villa Fiorito. Juan miró sorprendido por espejo retrovisor. Yo soy de Kilmes, barrio humilde también. Trabajé en astilleros hasta que cerraron el año pasado. Ahora trabajo en taller mecánico en Mar del Plata. Ganamos poco, pero alcanza. Diego sintió conexión inmediata. eran del mismo mundo, del mundo donde trabajo era incierto, donde dinero era escaso, donde cada peso contaba.
Y vos, Diego, preguntó, ¿a dónde van? Vamos a visitar a mi hermana, María explicó. Vive en Mar del Plata. No, la vemos hace dos años porque no tenemos plata para viajes. Pero este mes Juan cobró extra por trabajar domingos y decidimos gastar en nafta para ir. Los nenes nunca han visto el mar. Diego miró a los niños.
Nunca vieron el mar. Martín, el de 8 años, negó con la cabeza. Vivimos en provincia, no hay plata para viajes. Mamá dice que el mar es grande como cielo, pero con agua. Es verdad. Sofía, la niña, preguntó con voz pequeña. Vos has visto el mar. Diego sonró. Sí, muchas veces. He visto océanos en todo el mundo, en Italia, en España, en Estados Unidos.
Los niños lo miraron con asombro. Sos rico entonces. Diego vaciló. Tengo algo de plata ahora, pero cuando era tu edad era pobre como ustedes. No veía mar, no tenía nada. Durante siguiente hora, mientras Renault avanzaba lentamente por ruta 2, Diego habló con esta familia, no como Maradona el famoso, solo como Diego. Contó sobre Villa Fiorito, sobre cómo su familia de ocho hermanos vivía en casa de dos cuartos, sobre cómo su padre trabajaba en fábrica ganando casi nada.
Sobre cómo su madre limpiaba casas. Sobre cómo pasaban hambre algunos días. Juan contó su historia también sobre cómo había trabajado en astilleros desde los 18 años, sobre cómo cuando cerraron había pensado que su vida había terminado, sobre cómo había encontrado trabajo en taller mecánico, pero ganaba tercio de lo que ganaba antes.
Sobre cómo María trabajaba limpiando casas para ayudar. sobre cómo los niños usaban ropa de segunda mano, sobre cómo nunca iban a cine, nunca comían en restaurantes, nunca tenían lujos, pero tenían amor, tenían familia, tenían dignidad. María se giró otra vez. Diego, perdón por preguntar, pero ¿por qué estabas haciendo dedo? Dijiste que tu auto se quedó sin nafta.
¿Qué tipo de auto tenés? Diego vaciló. No quería mentir, pero tampoco quería romper esta burbuja de normalidad. Es Mercedes, dijo simplemente. Juan silvó. Mercedes, esos son caros. Debes tener buen trabajo. Tuve suerte en mi carrera. ¿Qué haces? Martín, preguntó. Diego pensó cómo responder. Juego fútbol. Martín se emocionó.
Yo también juego fútbol en potrero cerca de casa. Soy bueno. Papá dice que tal vez podría jugar profesionalmente algún día. Juan se rió suavemente. Le digo eso para darle esperanza, pero sabemos que es difícil. Fútbol profesional es para pibes de familias con plata, que pueden pagar entrenadores, que tienen tiempo para entrenar en lugar de trabajar.
Pibes como Martín, de familias como la nuestra, no llegan lejos. No es verdad. Diego dijo firmemente. Yo llegué y vengo de familia más pobre que la tuya. Si Martín tiene talento, puede llegar. No importa de dónde viene. Juan lo miró por espejo retrovisor con expresión escéptica pero esperanzada. Vos llegaste realmente, jugás profesionalmente, juego o jugaba.
Ahora estoy medio retirado, pero sí jugué profesionalmente. ¿En qué equipo? Martín preguntó. Diego sabía que si decía cualquier equipo grande lo reconocerían. Jugué en varios equipos, en Argentina y afuera. Sofía preguntó. ¿Sos famoso? Diego se rió. Algunas personas me conocen. El renult continuó. El sol comenzaba a ponerse pintando cielo de naranja y rosa.
Llegaron a zona donde podían ver Mar Plata en distancia. Juan señaló, “Miren, nenes, el mar.” Martín y Sofía presionaron sus rostros contra ventanas. Martín gritó, “¡Es enorme, es más grande que todo.” Sofía estaba sin palabras, solo miraba con boca abierta. Diego los observaba y sintió lágrimas formándose en sus ojos.
recordó primera vez que había visto océano. Tenía 12 años. Argentinos Juniors lo había llevado a Mar del Plata para torneo juvenil. Había corrido a playa, había tocado agua, había llorado de alegría porque finalmente había visto algo más grande que Villafi Fiorito, algo que le mostraba que Mundo era enorme y lleno de posibilidades.
Llegaron a Mar del Plata cerca de las 6:30. Juan preguntó, “¿A dónde te dejo, Diego?” Diego había estado pensando enesto. Su cena era en hotel exclusivo en zona cara de ciudad. Si Juan lo dejaba allí, sabrían que era rico. Sabrían que era alguien importante y Diego no quería que eso cambiara cómo lo veían.
“¿Podés dejarme en terminal de buses? Puedo tomar taxi de ahí. ¿Estás seguro? Sí, muchas gracias. Me salvaron. Juan lo dejó en terminal. Diego bajó, se inclinó por ventana. Juan, María, gracias otra vez. Este viaje significó más de lo que saben. De nada, Diego. María dijo, que te vaya bien. Diego miró a los niños. Martín, seguí jugando fútbol.
Practica todos los días. No dejes que nadie te diga que no podés por de dónde venís. Martín asintió solemnemente. Lo prometo. El Renault se alejó. Diego los observó hasta que desaparecieron en tráfico. Entonces sacó su teléfono. Ahora tenía señal. Llamó a su asistente. Necesito que hagas algo para mí. Es urgente.
Tres semanas después, 15 de mayo de 1995, Juan Fernández estaba trabajando en taller mecánico cuando recibió llamada de concesionario Ford en centro de Mar del Plata. Señor Fernández, soy del concesionario Ford. tiene que venir a recoger su auto. Juan frunció el seño. No compré ningún auto. Debe ser error. No es error.
Alguien compró Ford Escort 19950 km a su nombre. Ya está pago. Solo necesita venir a firmarlo y llevárselo. Juan pensó que era estafa, pero después del trabajo fue al concesionario de todos modos. Cuando llegó, vendedor lo llevó al lote. Allí estaba Ford Escort nuevo, rojo, brillante, hermoso. Este es su auto, señor Fernández.
Juan estaba confundido. ¿Quién lo compró? No puedo revelar eso. Pero dejaron carta para usted. El vendedor le dio sobre. Juan lo abrió con manos temblorosas. Adentro había carta escrita a mano. Decía Juan, María, Martín y Sofía. El 22 de abril ustedes me dieron right cuando nadie más se detuvo.
No porque sabían quién era yo, sino porque vieron a persona que necesitaba ayuda. Me trataron con dignidad, me hicieron sentir humano otra vez. Me recordaron de dónde vengo. Durante dos horas fui solo Diego otra vez. No Maradona, solo tipo de Villa Fiorito hablando con familia de Kilmes sobre vida, sobre lucha, sobre esperanza. Este auto es gracias, no por el ride, sino por recordarme que mejores personas en Argentina son las que tienen menos, pero dan más. Cuiden este auto.
Y Martín, seguí jugando fútbol. Tal vez algún día nos veamos en cancha. Tu amigo Diego Armando Maradona. Pet, Martín, incluí algo más para vos en baúl. Juan leyó carta tres veces, entonces corrió a casa. María estaba preparando cena. Los niños hacían tarea. Juan, ¿qué pasó? María preguntó viendo su rostro.
Tenemos auto nuevo. María parpadeó. ¿Qué? ¿Y sabes quién era el tipo que levantamos hace tres semanas? El Diego que pidió Ride era Maradona. Diego Maradona. Los niños gritaron, “¡Maradona! Viajamos con Maradona!” Fueron al concesionario juntos, firmaron papeles, condujeron su Ford Escort nuevo a casa. Entonces abrieron baúl, “Aentro había caja, la abrieron.
Dentro había par de botines Nike profesionales, talla pequeña para niño. Y otra carta, Martín. Estos son botines que usé en entrenamiento con selección argentina. Están firmados por todo el equipo. Úsalos cuando juegues y recordá, no importa de dónde venís, importa cuánto querés llegar. Diego. Martín lloró. Juan lloró. María lloró. Sofía preguntó, “¿Por qué lloran si están felices?” Durante siguientes 20 años, Juan condujo ese Ford Escort.
Lo cuidó como si fuera Ferrari. Nunca lo vendió, aunque tuvieron momentos difíciles donde dinero habría ayudado, porque no era solo auto, era recordatorio de que bondad existe, de que gente famosa puede ser humana, de que acto simple de ayudar extraño puede cambiar vidas. Martín usó esos botines hasta que sus pies crecieron demasiado.
Nunca se convirtió en futbolista profesional, pero jugó en ligas amater durante años y cada vez que jugaba recordaba palabras de Diego. No importa de dónde venís, importa cuánto querés llegar. En 2010, periodista de Mar del Plata, escribió artículos sobre actos de bondad de Maradona que nadie conocía. encontró historia de Juan, entrevistó a familia.
Juan, ahora de 55 años, dijo, “Ese día levantamos a Tipo haciendo dedo porque parecía necesitar ayuda. No sabíamos que era Maradona y honestamente, si hubiéramos sabido, tal vez no lo habríamos levantado. Tal vez habríamos pensado que no necesitaba nuestra ayuda, pero porque no sabíamos, lo tratamos como igual, como familia.” Y él nos devolvió eso 100 veces.
No solo con auto, sino con recordarnos que todos somos iguales en ruta. Todos necesitamos ayuda a veces y ayudar no cuesta nada, excepto tiempo y bondad. María añadió, Diego pudo haber esperado Gruara. pudo haber llamado a chóer, pero hizo dedo. Se subió a nuestro Renault roto, habló con nosotros como amigos y después nos dio auto.
Pero regalo real no fue auto. Fue esas dos horas dondenos hizo sentir importantes, donde escuchó nuestras historias como si importaran, donde fue solo Diego, no Maradona el famoso. Eso fue regalo real. Si esta historia sobre bondad inesperada te conmovió, suscríbete a Historias de Maradona. Dale like si has ayudado a Extraño sin saber quién era.
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