Lo Mato en el Cine | La trágica historia de Los Rufino

Lo Mato en el Cine | La trágica historia de Los Rufino

Ah, enamorme, señores, eh, loselitos.  Amigos, imagínense esto. Es noviembre de 1943. Está sentado cómodamente en la butaca de un cine. La pantalla ilumina la oscuridad con imágenes en blanco y negro. A tu alrededor, parejas susurran, alguien come palomitas, todo es normal. De repente escuchas pasos subiendo al segundo piso, una voz, levántate, pero no hay tiempo para reaccionar.

El primer disparo rompe el silencio como un trueno. El proyectil perfora el corazón de un hombre indefenso. Intenta decir algo, no puede. Se desploma  gravemente herido. Y entonces vienen los otros cuatro disparos, uno de ellos directo al cráneo. Gritos, pánico.  Una mujer grita con voz desgarradora.

Luz, luz. Cuando las luces se encienden en el cine orfón, en la céntrica calle de Luis Moya, cerca de la antigua radiodifusora XCW, la escena es dantesca. Un hombre yace moribundo sobre una butaca de la segunda fila. Una mujer hermosa trata desesperadamente de reanimarlo mientras se desangra horriblemente. Grita pidiendo un médico y el asesino, con la pistola aún humeante en la mano, pregunta con voz extrañamente calmada.

Me mato. Bienvenidos amigos a este su canal. Antes de continuar con este relato escalofriante, quiero pedirles su apoyo suscribiéndose, dándole  like y compartiendo este video. Sin más preámbulos, vamos al punto.  Porque esta historia tiene todos los elementos de una pesadilla. Amistad traicionada, celos enfermizos, amor prohibido, un asesinato a sangre fría y un final que nadie pudo imaginar.

En esta tragedia hay dos hombres. Uno era actor, el otro cantante. Entre ellos primero hubo una grata amistad, pero todo cambió cuando Carlos Rufino se separó de su esposa y ahí es donde entra el tercero en discordia,  Mario Tenorio. Según aseguró el asesino, Mario aprovechó la separación para cortejar a la esposa de su  amigo y por eso lo mató.

Pero antes de llegar a esa noche sangriente en el cine Orfón, tienes que conocer la historia completa, porque lo que pasó después del asesinato es aún más perturbador que el crimen mismo. Y a la Virgen Macarena.  En esta tragedia hay dos hombres. Uno era actor, el otro cantante. Entre ellos primero hubo una grata amistad, pero todo cambió cuando Carlos Rufino se separó de su esposa y ahí es donde entra el tercero en discordia, Mario Tenorio.

Según aseguró el asesino, Mario aprovechó la separación para cortejar a la esposa de su amigo y por eso lo mató. Pero antes de llegar a esa noche sangrienta en el cine Orfeón, tienes que conocer la historia completa, porque lo que pasó después del asesinato es aún más perturbador que el crimen mismo. Pero amigos, déjenme contarles algo que les va a volar la cabeza.

En la década de los años 60 hubo una canción que sonaba en todas las radios de México. Triana Morena, la cantaba El cuarteto rufino. Padres e hijos, una familia unida por la música. Sus voces armónicas eran pura magia. Pero lo que nadie sabía era que detrás de esa combinación perfecta de sonidos vocales existía una historia de abusos, mentiras, celos, homicidio y prisión.

Sí, escucharon bien. El padre de esa familia, el hombre que cantaba con su esposa y sus hijos en los escenarios más importantes de México era un asesino y su esposa, la mujer que sonreía a su lado mientras cantaban, era la viuda del hombre que él había matado a sangre fría. Buena, pero qué buena. Espérenme, déjenme explicarles.

Regresemos a esa noche de noviembre de 1943. Eran las 21:20 horas. El cine Orfeón estaba lleno. En la pantalla se proyectaban dos películas, impostor y amante con Carry Grant y La Rain Day, donde al conocerse conocieron el amor que solo llega una vez en la vida y Crepúsculo de Muerte  con Randall Scott y Ann Shirley.

Un conflicto que solo la muerte pudo resolver. La entrada costaba 1.50 pesos. Qué irónico, ¿no? Las películas hablaban de amor y muerte. Y esa noche, en ese mismo cine, ambas cosas se encontrarían de la forma más brutal. Cuando las luces se encendieron tras los disparos, la escena era caótica. La hermosa cubana nacionalizada mexicana Mercedes Villaverde reaccionaba con desesperación.

pedía a gritos una ambulancia para salvar a su amigo. El herido era Mario Tenorio, artista de cine y radio, considerado en México como el doble de Rodolfo Valentino, guapo, carismático,  adorado por el público. Y el hombre que sostenía la pistola humeante era Carlos Ignacio Rufino García, de 38 años de edad, nacionalidad mexicana.

el esposo de Mercedes, o mejor dicho su pronto exesposo. Una ambulancia de la Cruz Roja llegó rápidamente. Colocaron a Mario con suma delicadeza en su interior y salieron disparados hacia el hospital de las calles Durango y Monterrey. Pero fue en vano. Mario Tenorio no pudo sobrevivir a las heridas de bala. murió antes de llegar al hospital con el corazón perforado y una bala en elcráneo.

Los policías preventivos llevaron al detenido a la cercana sexta delegación. Carlos Ignacio Rufino no intentó huir, no se resistió, no lloró, simplemente preguntó con esa voz extrañamente calmada. Me mato como si estuviera preguntando por el clima. Pero retrocedamos un poco porque para encender esta tragedia necesitas conocer quiénes eran realmente estas personas.

Mercedes Villaverde no era una mujer cualquiera. Era hija de un conocido magistrado cubano en La Habana. hermosa, elegante, talentosa. Un poco antes de la tragedia había cantado ante los micrófonos de Radio 1000, una de las estaciones más importantes de México. Y Mario  Tenorio tampoco era cualquier hombre, era el Valentino Mexicano, un galán de cine y radio que hacía suspirar a las mujeres.

Cuando la noticia del asesinato corrió de boca en boca, con razón o sin ella, se comentó que Mercedes Villaverde era la causante directa de la tragedia pasional que tronchaba una vida en plena Lozanía. Porque así era en esa época. A la mujer siempre se le culpaba, siempre. Y ahora, díganme ustedes, ¿creen que actualmente ha cambiado esta manera de pensar? ¿Aún se sigue culpando a las mujeres por estas tragedias? Bueno,  pues continuemos.

Ya en la delegación, Carlos Ignacio fue llevado por dos policías y ahí, con una calma que elaba la sangre hizo su relato. Dijo que él y su mujer formaban una pareja artística. Habían empezado en carpas de barrio, luego pasaron a teatros mejores y más tarde a Radio 1000, donde cada noche eran ovvacionados como Rufino y Mercedes.

El público los adoraba. Tenían dos hijos, Carlos Ignacio y María Julia, de 11 y 5 años, una familia aparentemente perfecta. Pero en los dos últimos meses antes de la tragedia, todo se vino abajo. Los esposos se separaron. El divorcio estaba en proceso. Llegaría de un día a otro al conocerse el fallo judicial.

Y Carlos no podía soportarlo. Comentó que no podía vivir sin su mujer, que le profesaba un gran amor, pero sobre todo, y esto es revelador, no podía vivir sin sus hijos. Eso, dijo, lo llevaba al delirio, a la muerte en vida. Un cantejón. intentó reconciliarse en variadas ocasiones.

El resultado siempre fue el mismo, la negativa rotunda de Mercedes. Entonces, Carlos comenzó a desesperarse. Mercedes no cedía. Exigía el divorcio a la mayor brevedad. Y ahí fue cuando empezó a pensar que había un triángulo amoroso, que había otro hombre, alguien que no facilitaba la reconciliación, así que decidió cerciorarse por sus propios ojos.

comenzó a ligilarla, a seguirla, a espiarla como un depredador acecha a su presa. Y esa vigilancia estrecha le dio, según él, la clave del supuesto desvío de ella. Mario Tenorio, su amigo, el hombre en quien confiaba,  el hombre que había traído a su propio hogar. Ahora, díganme ustedes, ¿eran justificados los celos de este hombre? Justificaba el haberlos encontrado mancharse de sangre en las manos.

Déjenme saber lo que piensan en los comentarios. Como les decía amigos, Mario Tenorio, a quien apodaban el Valentino Mexicano, era amigo de todas las confianzas del matrimonio rufino Villaverde. Era de esos amigos que entran a tu casa como si fuera suya, que cenan con tu familia, que juegan con tus hijos, que conocen tus secretos.

Pero según Carlos Ignacio, Mario se extralimitó en esa amistad. De buena manera, Carlos le pidió que dejara de frecuentar su casa, que no volviera jamás. Aquella asiduidad suya era motivo de murmullos por parte de los vecinos. La gente hablaba y en esa época el que dirán lo era todo. Pero Mario Tenorio hacía honor a su apellido.

Galanteaba a cuanta mujer se le ponía enfrente. Era un seductor nato, un don Juan de carne y hueso. Y así las cosas, al sobrevenir la separación de Rufino y Mercedes, Mario siguió galante con la mujer de su amigo. O al menos eso es lo que Carlos creía.  No hacía mucho tiempo, una riña se había suscitado entre Carlos y Mario a las afueras del cine Regis, donde se reunían cantantes y artistas.

Hubo empujones, gritos, amenazas. Los celos ya estaban ahí envenenándolo todo. Finalmente, Carlos Ignacio comentó que en el Orfeón vio a su esposa y a Mario muy acaramelados. Y entonces algo se rompió dentro de él. Comenzó a disparar sobre la persona que según él había destruido su hogar o que él creía que había destruido su hogar porque no contaba con pruebas contundentes que demostraran sus sospechas.

Solo vio algo que creyó que podía ser, una mirada, un gesto,  una cercanía que le quemó por dentro. Y eso fue suficiente para condenar a muerte a un hombre. Con lágrimas en los ojos, Rufino relató a los investigadores que al llegar al Orfeón y ver a la pareja como tórtolos, no pudo contenerse. Se acercó a ellos.

La sangre le hervía, el corazón le latía como tambor de guerra. Al estar frente a Mario, le dijo con voz temblorosa de rabia, “Salga usted a la calle allí. Loquiero ver si es tan hombre. Una respuesta de mala gana del galán. Los nervios destrozados del esposo celoso fue la mezcla perfecta para desencadenar la tragedia.

Rufino sacó su pistola y  disparó una vez, dos veces, tres, cuatro, cinco veces. Después quiso aprovechar la confusión para huir, pero corrió con mala suerte. Dos policías lo detuvieron casi de inmediato y entonces un testigo de la escena mortal escuchó algo que le heló la sangre. El asesino, todavía con la pistola en la mano,  dijo con voz firme, “Hice lo que el deber me mandaba. Vengué mi honor mancillado.

” Y enseguida se echó a llorar como un niño, conmoviendo a todos cuantos lo oyeron expresarse así. Porque en esa época un honor mancillado era justificación suficiente para matar. En esa época los celos eran una excusa aceptable para el asesinato. En esa época la vida de un hombre valía menos que el orgullo herido de otro.

Ahora díganme ustedes, el honor y los celos y esas creencias justifican acciones extremas como el asesinato? ¿Creen que los actos de Mario Tenorio fueron responsables de la tragedia? O es más bien el sentimiento de inseguridad y posesividad de Carlos Ignacio lo que desencadenó la violencia. Los estaré leyendo en los comentarios.

Pero la historia no terminó ahí. Porque resulta que Jorge Negrete, el charro cantor, uno de los artistas más importantes de México, se presentó a la sexta delegación. Venía a apoyar a su compañero de canto porque Rufin no era cantante de ópera, igual que lo había sido Negrete en sus inicios. Había una hermandad entre ellos, un código de honor entre artistas, pero ni siquiera la influencia de Jorge Negrete pudo hacer nada por evitar su consignación ante un juez penal en Lecunderry.

la cárcel más temida de México. Días después, en el soleado patio de visitas de la penitenciaría del distrito se encontraba Carlos Ignacio Rufino. Era la hora de visitas para los reos de reciente ingreso. Un mar de gente, familias enteras, llanto, desesperación. Y en medio de todo ese caos, algo llamaba la atención.

El reciente criminal también estaba llorando, rodeado de un grupo de artistas y familiares que lo consolaban. Porque Carlos Ignacio no era un criminal común y corriente, era una estrella, un cantante reconocido y el mundillo artístico no lo había abandonado. Después, Rufino declaró ante periodistas con cierta influencia reporteros que tenían el poder de moldear la opinión pública.

“Aquí me tiene usted”, exclamó quejumbroso, con voz declinante, “leno de lodo y con un crimen a cuestas. Mi vida está deshecha. La hora de visitas terminó, pero no para los influyentes enviados del periódico.  Se apartaron del grupo para conversar sobre los hechos ocurridos y Carlos Ignacio parecía estar abatido por la tragedia que él mismo había creado, o al menos eso quería hacer creer.

Alejados ya del grupo, reportero y presunto criminal se miraron como si ambos trataran de conocerse de un vistazo o de adivinar sus pensamientos. Usted y su esposa, preguntó el reportero para romper el hielo. ¿Son legítimamente casados?  Sí, señor. Casados desde hace 13 años. Ella es cubana y yo mexicano, pero nos conocimos en Los Ángeles, California.

Y es verdad que el padre de su esposa le dejó una fortuna que usted se encargó de dilapidar. La pregunta cayó como una bomba directa.  sin anestesia. Su rostro se contrajo, pero luego permaneció de nuevo inmutable. Que tenía una fortuna a su padre, el padre de Mercedes, dice usted, respondió con tono defensivo.

No tenía un solo centavo cuando lo conocí. Y luego, tras una pausa, como mirando en retrospectiva en su memoria, añadió, “Yo no conocí a su padre porque él radicaba en la habana. Sin embargo, supe que era listo, abogado y magistrado que ganaba buen dinero, pero nunca supe que fuera adinerado, ni mucho menos que le gara fortuna a su hija.

El reportero no le dio tregua. ¿Sabía usted que su esposa afirma que le daba una vida de perros? Dice que usted la golpeaba, que no le daba para sus más indispensables gastos. En ese instante, Carlos Ignacio estalló en cólera. Su voz se volvió cortante,  fría, pero con un tono que quizá pudo ser sincero.

A la mujer más v, a la peor, no sería yo capaz de ponerle un dedo encima. Pero esa afirmación quedaría en el aire porque pronto se conocería la otra versión,  la versión de Mercedes. Y esa versión pintaba un cuadro completamente diferente.  Y ese día llegó. La noche del crimen, relató Mercedes, se encontraban en el segundo piso del cine, su hermano Mario y ella.

El hermano estaba sentado entre ambos. Rufino era un tirador experto. El disparo dio directo al corazón.  Después se volvió hacia ella y preguntó si debía matarse. En ese momento intervino la hija de Carlos Ignacio Rufino, murmurando entre dientes una sola palabra: ojalá. Para concluir,Mercedes juró por la vida de sus hijos que entre Mario Tenorio y ella jamás existió algo más que una amistad sincera.

Pero también aseguró que Rufino no dudaría en lanzar todo el lodo posible sobre ella y los niños, con tal de salvarse a sí mismo. Pero mientras una versión intentaba imponerse, en los pasillos del medio artístico ya circulaban otras voces, otros juicios, otras interpretaciones. El compositor Chucho Palacios fue uno de los primeros en opinar  y lo que dijo dejó a muchos desconcertados.

Para todos fue una sorpresa, aseguró. A simple vista, Mercedes y Rufino parecían una pareja estable. Su vida transcurría sin sobresaltos visibles. Trabajaban juntos todos los días en el mismo programa de radio y se marchaban juntos en su automóvil puntualmente como un matrimonio normal. Fue entonces cuando el reportero agregó con audacia, “Sin embargo, hay antecedentes de que no eran felices. Eso es verdad.

admitió Palacios. Pero lo sabíamos por él, no por ella. Mercedes jamás comentó con nadie los problemas de su matrimonio. ¿Tenían conocimiento de que estaban  en proceso de divorcio? Sí, respondió sin titubeos. El compositor explicó que Mercedes y Mario Tenorio se habían conocido apenas unos meses antes. Coincidieron porque los tres, Mercedes, Rufino y Mario, participarían en una misma película.

Es evidente que a Mario le agradó Mercedes, continuó. Además, coincidió con el divorcio de Mario con Adelita Sequeiros, su esposa durante 12 años, una mujer a la que había querido profundamente. Palacios no afirmaba nada de manera categórica. hablaba en términos de suposiciones de deducciones personales. Sin embargo, sí sostuvo algo que según él era un secreto a voces, que entre Mario y Mercedes existía un sentimiento fuerte.

“¿Llegó Mario a hablarle directamente de su amor por ella?”, preguntó el reportero. “Nunca”, respondió. éramos amigos cercanos, pero Mario era extremadamente reservado en asuntos sentimentales. Todo lo que supe de este caso lo conocí por boca del propio Rufino.  Mario siempre negó cualquier relación con Mercedes.

En cambio, Rufino estaba completamente obsesionado con lo que llamaba la traición de su amigo. Ya lo había amenazado de muerte. Incluso el mismo día del crimen estuvo conmigo y con Armengot. Ambos intentamos sacarlo de ese estado,  arrancarlo de esa idea fija que lo dominaba, los supuestos amores entre Mario y Mercedes. Y entonces el compositor lanzó una frase que marcaría  la opinión pública.

Ella es culpable de haber provocado esta tragedia. Quiero  arrancar. Mientras Carlos Ignacio lloraba en Lecumberry y se declaraba inocente de cualquier maltrato, Mercedes Villaverde ofrecía una versión completamente diferente ante el juez Rafael García de León. Una versión mucho más dura, mucho más oscura.

declaró que su esposo dilapidaba el dinero en el juego, que era un apostador compulsivo que quemaba todo lo que ganaban, que incluso le había pedido fondos para sobornar a gente influyente y así ser aceptado como cantante de ópera en el teatro Metropolitan de Nueva York, pero fracasó rotundamente en las audiciones  porque el talento no se compra y el talento de Carlos, aunque existía, no era suficiente para los grandes escenarios. que él soñaba.

Los excesos y despilfarros acabaron rápidamente con los recursos de la familia Villaverde. La pareja artística, que alguna vez soñó con grandes escenarios de ópera, se vio obligada a sobrevivir cantando en cabarets y teatros de segunda categoría. La caída fue brutal y había hechos que Mercedes, según dijo, prefería no detallar públicamente, cosas que eran demasiado vergonzosas, demasiado dolorosas.

El célebre maestro Ernesto Lecuona, autor inmortal de Sibonei, llegó incluso a ofrecerles trabajo como cantantes en La Habana, Cuba. Era una oportunidad de oro, un respiro, una salida digna. Pero Rufino rechazó la propuesta. ¿Por qué? Soy lo que Según Mercedes, su intención no era trabajar en igualdad.

No quería ser un compañero artístico. Quería sacar provecho de la beba, como la llamaban cariñosamente en su familia, explotar su talento, su voz, su imagen, porque Mercedes era la estrella y Carlos lo sabía. Y mientras las versiones se acumulaban, la verdad parecía deluirse entre rumores, prejuicios y pasiones desbordadas. ¿Quién decía la verdad? El esposo traicionado que vengó su honor o la esposa maltratada que finalmente encontró una salida.

Nadie lo sabía  y quizá nadie lo sabría nunca, pero lo que pasó después  es lo que realmente te va a dejar sin aliento. Pasó el tiempo. En 1944, apenas un año después del asesinato, el homicida recuperó su libertad. Sí, escuchaste bien.  Un año pagó una fianza en un juzgado penal y salió caminando de Lecumberry como si nada hubiera pasado, como si no hubiera matado a un hombre a sangre fría en uncine lleno de gente y de alguna manera recuperó a su familia.

Los niños comenzaron a crecer sin aborrecer al padre. Aprendieron a tocar instrumentos musicales, a cantar, a armonizar sus voces. Su voz de bajo profundo hizo progresar en canciones populares  al papá rufino. Y llegaron los años de triunfo. Al lado de Mercedes Villaverde, la mujer cuyo amante había asesinado y sus hijos Carlos Ignacio y María Julia  comenzaron a cantar juntos.

Canciones como Sibonei y Triana Morena prolongaron el éxito del cuarteto rufino. Hicieron giras por el extranjero.  Trabajaron en cine y televisión. Eran una familia unida, exitosa, admirada, como si el cine Orfeón nunca hubiera existido,  como si Mario Tenorio nunca hubiera existido. La joven María era judoca y karateca.

Su hermano también sabía artes marciales. El padre era buen tirador y ostentaba una credencial de la Dirección Federal de Seguridad, una familia de artistas y de guerreros. El tiempo no perdonó a los Rufino. Paulatinamente fueron desapareciendo del ojo público. Sus canciones dejaron de sonar en las radios.

Sus presentaciones se espaciaron y con ellos el episodio del cine Orfeón fue quedando enterrado bajo capas y capas de olvido. Resuelto  pocos meses después de la tragedia mediante el pago de una fianza, el caso se cerró sin que nadie volviera a hablar de élos. Todos serán para ti.  Nunca más abusó del poder papá rufino, según se dice, y su libertad dio paso a la creación del casi inolvidable conjunto músico vocal, cuyas canciones dieron la vuelta al mundo.

Pero las preguntas quedaron flotando en el aire. ¿Cómo pudo Mercedes perdonarlo? ¿Cómo pudo volver con el hombre que mató a su amigo? tal vez a su amante delante de sus ojos.  ¿Fue por los niños? ¿Por miedo, por necesidad económica? ¿O hubo algo más oscuro en esa reconciliación? Déjenme saber qué piensan.

La verdad murió con ellos. Y Mario Tenorio, el Valentino mexicano, quedó enterrado en el olvido mientras su asesino cantaba en los escenarios más importantes de México. Si esta historia te impactó, compártela, porque estas son las historias que no se cuentan en los documentales oficiales. Estas son las sombras que se esconden detrás del glamur del cine de oro.

Si aún no te has suscrito, este es el momento. Dale like si quieres que siga contando estas historias olvidadas y déjame en los comentarios, ¿crees que Mercedes fue víctima o cómplice? ¿Crees que realmente había una relación entre ella y Mario? Porque esta historia merece ser debatida. Mario Tenorio merece ser recordado y la verdad, aunque esté enterrada, merece ser buscada.

Nos vemos en el próximo video, amigos. Y recuerden, detrás de cada canción hermosa puede haber una historia terrible. Hasta la próxima. M.