
“Limpiadora Justiciera” : Guadalupe Herrera Env3n3nó A 19 Sicarios Del CJNG Que M4t4ron A Su Hija
Cuando encontré a mi hija Lupita colgando de ese árbol en el rancho de los cuates, con las manos atadas y señales de tortura en todo su cuerpo, supe que mi vida como la conocía había terminado para siempre. Tenía 19 años. Era estudiante de enfermería y la mataron porque uno de los comandantes del Mencho quiso usarla y ella se negó.
Yo llevaba 12 años limpiando las casas de seguridad del cártel Jalisco Nueva Generación. 12 años. lavando sangre de pisos, recogiendo casquillos, desinfectando cuartos donde torturaban gente, preparando comida para sicarios, lavando la ropa de hombres que volvían de jornadas de muerte. Yo sabía todo, conocía cada casa, cada rutina, cada debilidad del sistema y nunca dije nada porque me pagaban bien, porque tenía miedo, porque pensaba que mientras yo no me metiera con ellos, ellos no se meterían conmigo. Qué equivocada estaba.
Lo que voy a confesar hoy me puede costar la vida. Probablemente ya la tengo perdida, pero necesito que el mundo sepa lo que hice, por qué lo hice y como una mujer de 54 años, madre de tres hijos, abuela de dos nietos, cristiana que iba a misa todos los domingos, se convirtió en la asesina de 19 hombres del cártel más poderoso de México.
Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza, me decían doña Lupe y esta es mi confesión. Nací en un pueblito que se llama El Limón, municipio de Autlán, Jalisco, en 1970. Mi padre era jornalero en los campos de caña y mi madre lavaba ropa ajena para completar el gasto. Éramos siete hermanos y yo era la cuarta. Desde los 8 años ya ayudaba a mi mamá a lavar, a planchar, a limpiar casas de los patrones ricos del pueblo.
Nunca fui a la escuela más allá del tercer año de primaria porque no había dinero y porque las niñas de mi época no estudiaban, trabajaban. Mi infancia fue dura, pero no triste. Teníamos amor en la casa, teníamos fe, teníamos la esperanza de que algún día las cosas mejorarían. Mi mamá siempre me decía que el trabajo honrado era la única forma de salir adelante, que Dios premiaba a los que se esforzaban.
Yo le creía, le creí durante muchos años. Recuerdo que los domingos íbamos todos a misa en la parroquia de El Limón. Mi mamá nos ponía nuestros mejores vestidos, nos peinaba con trenzas apretadas y nos llevaba de la mano por el camino de tierra hasta la iglesia. El padre juventino nos daba la comunión y yo sentía que Dios estaba cerca, que nos protegía, que todo iba a estar bien.
Me casé a los 16 años con Aurelio Sánchez, un hombre 12 años mayor que yo, que trabajaba como chóer de camiones de carga. Lo conocí en una feria del pueblo, me invitó un elote con chile y limón. Me hizo reír con sus chistes tontos. Tres meses después le pidió mi mano a mi papá y nos casamos en la misma parroquia donde me bautizaron.
Era buen hombre, Aurelio, trabajador, responsable, no tomaba mucho. Nunca me levantó la mano, nunca me faltó al respeto. Me dio tres hijos, Aurelio Junior, que nació en 1987, Fernando en 1990 y mi niña, mi Lupita, en 1995. Lupita fue mi última hija, la que llegó cuando yo ya creía que no iba a poder tener más.
Había perdido dos embarazos antes de ella y los doctores me dijeron que probablemente ya no podría concebir, pero le recé a la Virgen de Talpa, le hice una manda, caminé descalza hasta su santuario y 9 meses después nació mi Lupita. Fue mi milagro. Vivíamos en Guadalajara, en la colonia Oblatos, en una casita humilde pero digna, dos cuartos, una cocina pequeña, un patio donde tendía la ropa.
Yo seguía limpiando casas mientras Aurelio manejaba sus camiones por todo el país. A veces pasaba semanas sin verlo, pero siempre regresaba con dinero, con regalos para los niños, con historias de los lugares que había conocido. Mis hijos iban a la escuela pública de la colonia. Aurelio Junior era travieso, pero inteligente.
Fernando era callado y estudioso, y Lupita era la luz de la casa. Desde chiquita fue diferente. Tenía una sonrisa que iluminaba todo, una bondad natural que hacía que todos la quisieran. Las vecinas me decían que esa niña iba a ser alguien importante, que tenía algo especial. Teníamos para comer, para vestir, para lo básico. No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba.
Los domingos íbamos a misa en la parroquia de Oblatos, después comíamos pozol en el mercado, los niños jugaban en la plaza. Era una vida sencilla, pero era nuestra vida, era felicidad. Todo cambió en 2006 cuando Aurelio tuvo el accidente. Era un martes de septiembre. Me acuerdo porque ese día había ido al mercado a comprarlo del mole para el cumpleaños de Fernando.
Estaba picando el chocolate cuando sonó el teléfono. Era el patrón de Aurelio. Me dijo que había habido un accidente en la carretera a Colima, que un tráiler había perdido los frenos y había investido el camión de mi esposo. Me dijo que Aurelio había muerto en el acto, que no había sufrido. No sufrió él, pero yo sí. Sufrí como nunca habíasufrido en mi vida.
me dejó viuda a los 36 años con tres hijos que mantener, una casa medio pagar y ningún ahorro. El patrón de Aurelio me dio 50,000 pesos de liquidación y ya. Eso fue todo lo que valió la vida de mi esposo después de 15 años de servicio. 50,000 pesos que se fueron en el funeral, en las deudas, en los gastos del mes.
Los meses siguientes fueron los más difíciles. Tuve que buscar más trabajo, limpiar más casas, trabajar más horas. Salía a las 5 de la mañana y regresaba a las 10 de la noche, pero no alcanzaba. Aurelio Junior ya tenía 19 años y trabajaba de ayudante en una refaccionaria, pero ganaba el mínimo. Fernando tenía 16 y seguía estudiando.
Yo no quería que dejara la escuela y mi Lupita apenas tenía 11 años. Empecé a atrasarme con la hipoteca. El banco mandaba cartas amenazando con quitarnos la casa. La luz la cortaron dos veces. Hubo semanas en que solo comíamos frijoles y tortillas. Mis hijos me veían llorar en las noches cuando creía que estaban dormidos.
Fue entonces cuando doña Carmela, una señora que conocía del mercado de oblatos, me habló de un trabajo especial. Doña Carmela era una mujer de unos 60 años, siempre vestida de negro, con cara de pocos amigos. Vendía verduras en un puesto cerca de donde yo compraba. Nunca habíamos sido amigas, pero ella sabía de mi situación. Todo el mercado sabía.
Un día me jaló del brazo cuando pasé frente a su puesto. Me dijo que conocía gente que pagaba muy bien por servicios de limpieza, que eran personas discretas que necesitaban a alguien de confianza. Me dijo que pagaban 500 pesos por día, más de lo que yo ganaba en una semana limpiando casas normales. Me dijo que si me interesaba ella podía recomendarme.
Yo no era tonta. Sabía que 500 pesos diarios por limpiar no era normal. sabía que tenía que haber algo raro detrás de ese trabajo. En Guadalajara todos sabíamos cómo funcionaban las cosas, todos sabíamos que había gente que se dedicaba a negocios turbios, pero también sabía que mi hija necesitaba útiles escolares, que el recibo de la luz estaba atrasado tres meses, que la despensa se acababa cada vez más rápido, que el banco iba a quitarnos la casa si no pagaba.
Le pregunté a doña Carmela qué tipo de gente era. Ella me miró con esos ojos fríos y me dijo, “Gente que paga bien y que no hace preguntas. Usted tampoco haga preguntas y todo va a estar bien.” Entendí el mensaje. Sabía exactamente en qué me estaba metiendo. Pero cuando tienes tres hijos que alimentar y ninguna otra opción, la moral se vuelve un lujo que no puedes pagar. Le dije que sí a doña Carmela.
me dijo que al día siguiente pasarían por mí a las 6 de la mañana, que no le dijera a nadie, ni a mis hijos, ni a mis vecinas, ni al padre de la parroquia que el silencio era parte del trabajo. Esa noche no dormí. Me la pasé rezando, pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba a punto de hacer, pidiéndole a Aurelio que me perdonara desde el cielo.
Pero también le pedí a la Virgen que me protegiera, que protegiera a mis hijos. Le prometí que solo sería temporal, que en cuanto juntara suficiente dinero me saldría. Mentiras que uno se dice para poder dormir. Esa primera vez llegó una camioneta suburba negra con vidrios polarizados.
Eran las 6 de la mañana exactas, todavía estaba oscuro. El chóer era un tipo joven de unos 25 años con tatuajes en los brazos y una mirada que daba miedo. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y mascaba chicle con la boca abierta. No me dijo nada, solo me hizo una seña para que subiera.
Viajamos como 40 minutos hacia las afueras de Guadalajara, hacia la zona de Tlajomulco. Yo iba en el asiento de atrás, mirando por la ventana, viendo cómo la ciudad se iba quedando atrás, cómo entrábamos a zonas que yo no conocía. La camioneta entró a una colonia residencial de casas grandes, con bardas altas y cámaras de seguridad, casas que costaban más de lo que yo ganaría en toda mi vida.
Cuando llegamos a la casa entendí todo. Era una mansión de dos pisos con alberca, jardines enormes, camionetas de lujo estacionadas afuera. Había una fuente en la entrada con un ángel de piedra, plantas tropicales por todos lados, un portón eléctrico que se abrió automáticamente cuando llegamos y adentro había como 10 hombres armados con rifles, radios, chalecos tácticos.
Unos estaban durmiendo en sillones de piel. Otros jugando cartas en una mesa de mármol, otros limpiando armas en el piso de la sala. Había botellas de whisky vacías por todos lados, ceniceros llenos de colillas, platos sucios apilados en la cocina. El lugar apestaba a cigarro, alcohol, a sudor de hombre. Me recibió un hombre mayor como de 50 años con lentes de pasta y camisa de vestir.
Todos lo llamaban el contador. Tenía cara de oficinista, de burócrata, no de criminal. Me habló con educación, casi con amabilidad. Me explicó las reglas. Yo venía a limpiar, a cocinar si hacíafalta, a lavar ropa. No podía hablar con nadie de lo que veía. No podía usar teléfono dentro de la casa, no podía preguntar nada.
No podía mirar a los ojos a nadie a menos que me hablaran primero. Si cumplía, me pagarían bien y me tratarían con respeto. Si no cumplía, bueno, el contador no especificó qué pasaría, solo me miró fijamente por unos segundos y eso fue suficiente. La amenaza estaba clara, sin necesidad de palabras.
Ese primer día limpié la casa entera. Barrí, trapé, lavé trastes, tendí camas, limpié baños, recogí basura, organicé la cocina, todo normal, como cualquier casa rica. Pero cuando llegué a uno de los cuartos del fondo, un cuarto que estaba cerrado con llave y que el contador me abrió personalmente, encontré algo que me heló la sangre.
El cuarto estaba vacío, excepto por una silla de metal en el centro y en el piso alrededor de la silla había manchas oscuras, manchas que yo sabía perfectamente que eran. Había limpiado sangre de pollo cuando ayudaba a mi mamá a desplumar animales en el limón. Había limpiado sangre de puerco cuando matábamos para las fiestas.
Conocía el olor, conocía la textura, conocía cómo se secaba y se ponía café con el tiempo. Esa mancha era sangre humana, mucha sangre humana. No dije nada. Sentí que las piernas me temblaban, que el estómago se me revolvía, que quería salir corriendo de ahí y nunca volver. Pero pensé en Lupita, en su sonrisa, en sus útiles escolares, en la casa que íbamos a perder.
Respiré hondo, fui por la cubeta, eché cloro y tallé hasta que no quedó rastro. Tardé dos horas en limpiar ese cuarto. Cuando terminé, el piso de cemento estaba impecable, como si nunca hubiera pasado nada ahí. El contador vino a revisar mi trabajo, asintió con aprobación y me dio un sobre con 500 pesos en efectivo. Hizo buen trabajo, doña Lupe me dijo.
La esperamos mañana a la misma hora. Así empezó todo. Así empezaron 12 años de mi vida que quisiera borrar de mi memoria, pero que tengo grabados para siempre como si fueran ayer. Durante los primeros meses solo limpiaba esa casa de tlajomulco. Iba tres o cuatro veces por semana, siempre temprano, siempre en la suburban negra, siempre con diferentes chóeres.
Eh, los hombres de la casa me empezaron a a conocer, a tratarme con cierto respeto. Me decían doña Lupe o jefa, algunos hasta me pedían que les preparara comida especial. Tamales de puerco, pozole rojo, birria de res. Yo cocinaba para ellos como si fueran mis hijos. Les preparaba sus platillos favoritos, les ponía la mesa bonita, les servía con una sonrisa, no porque los quisiera, sino porque aprendí rápido que en ese mundo ser útil era ser intocable.
Mientras yo le sirviera, mientras yo limpiara su mugre y guardara sus secretos, ellos me protegerían. Pero también vi cosas que ninguna persona debería ver. Vi cómo traían hombres amarrados en la cajuela de camionetas con bolsas negras en la cabeza, gritando y suplicando. Vi cómo los bajaban a golpes, cómo los arrastraban por el piso, cómo los metían al cuarto del fondo.
Escuché gritos que duraban horas, súplicas que me partían el alma, llantos que todavía escucho en mis pesadillas y después silencio. Un silencio terrible, pesado, que significaba que todo había terminado. Y después yo entraba con mi cubeta y mi cloro a limpiar lo que quedaba. Nunca pregunté quiénes eran esas personas. Nunca pregunté qué habían hecho, por qué estaban ahí, si tenían familia que los buscara.
Solo limpiaba, solo cerraba los ojos y rezaba un Padre Nuestro por sus almas mientras tallaba sus sangres del piso. Era lo único que podía hacer por ellos. Era lo único que me mantenía cuerda. En 2008, dos años después de empezar, me ascendieron. El contador me citó en la oficina que tenía en el segundo piso de la casa, me ofreció un café y me dijo que mis jefes estaban muy contentos con mi trabajo.
Dijo que era discreta, eficiente, confiable, que en dos años nunca había dado problemas, nunca había hecho preguntas, nunca había faltado un día. “Me iban a asignar a más casas”, me dijo. “Me iban a pagar más. Ahora ganaría 1,000 pesos diarios, más propinas, más regalos ocasionales. Pero también me advirtió que ahora iba a haber cosas más delicadas, conocer gente más importante, que el nivel de silencio que se esperaba de mí era absoluto.
Acepté, por supuesto, qué otra opción tenía. Para entonces ya había pagado la casa, ya había sacado a mis hijos adelante, ya me había acostumbrado al dinero. Volver a ganar 500 pesos a la semana limpiando casas normales ya no era una opción. Fue entonces cuando supe para quién trabajaba realmente. Una mañana de marzo llegué a una casa nueva en Zapopan, en una zona residencial todavía más exclusiva que Tlajomulco.
La casa era enorme, tres pisos, con una barda de 4 m de altura y cámaras por todos lados. Había más seguridad que nunca. Conté por lo menos 20 hombresarmados, algunos con uniformes que parecían militares. Cuando entré a la sala, había un hombre sentado en un sillón de cuero tomando café y leyendo el periódico.
Era de estatura media, moreno, con bigote bien recortado, ojos pequeños y fríos. Vestía ropa normal, jeans y camisa a cuadros como cualquier ranchero, pero había algo en su presencia, algo en la forma en que todos los demás lo miraban, que te decía que no era cualquier persona. Lo reconocí de las noticias. Era Nemesio o Ceguera Cervantes, el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación, el hombre más buscado de México.
No era como lo pintaban en la televisión, no era un monstruo con cuernos. No era un demonio sediento de sangre, era un hombre tranquilo, casi educado. Cuando me vio entrar con mis cosas de limpieza, me miró unos segundos con esos ojos fríos y luego le dijo a uno de sus hombres, “Que la señora desayune antes de empezar y que le den fruta para que lleve a su casa.” Eso fue todo.
No me amenazó, no me intimidó, no me habló directamente, solo me trató como lo que era la señora que limpiaba. Y eso en cierta forma era lo más aterrador de todo, que para él yo era completamente invisible, que podía ordenar la muerte de decenas de personas y al mismo tiempo preocuparse porque la señora de la limpieza desayunara bien.
Ese día desayuné huevos rancheros con frijoles, tortillas recién hechas, jugo de naranja natural. Me atendieron como si fuera una invitada de honor y cuando terminé de limpiar la casa me dieron una bolsa con mangos, papayas y plátanos para que llevara a mis hijos. Así era ese mundo, violencia y amabilidad, horror y cortesía, todo mezclado en una realidad que desafiaba toda lógica.
Desde ese día me convertí en parte del círculo cercano. No era importante, claro, era solo la limpiadora, pero estaba ahí. Veía entrar y salir a los comandantes, a los contadores, a los abogados. Escuchaba conversaciones sobre territorios, sobre rutas de droga, sobre competidores que había que eliminar. Conocía las caras de todos los que importaban en el CJNG.
Y ellos confiaban en mí porque llevaba años sin abrir la boca, porque nunca había dado problemas, porque era la doña Lupe que les hacía tamales de puerco y les dejaba las casas impecables. Para ellos, yo era parte del mobiliario, tan inofensiva como la mesa del comedor o el sillón de la sala. Con el dinero que ganaba pude pagar la casa completamente, pude mantener a mis hijos, pude darle educación a mi Lupita.
Cuando ella me dijo que quería estudiar enfermería, lloré de orgullo. Mi niña iba a ser profesionista. Mi niña iba a tener una vida diferente a la mía, una vida limpia, una vida honrada. Nunca le dije para quién trabajaba, nunca le conté lo que hacía realmente. Ella pensaba que yo limpiaba casas de empresarios ricos, gente de la televisión, políticos y en cierta forma así era, solo que estos empresarios traficaban drogas y mataban gente.
Los años pasaron. 2009, 2010, 2011, 2012. El CJNG crecía, se volvía más poderoso, más violento. Empezaron las guerras con otros cárteles, los enfrentamientos con el gobierno, las masacres que salían en las noticias y yo seguía limpiando sus casas, lavando su ropa manchada, cocinando para sus icarios. Me acostumbré al horror.
Me volví insensible. Cuando veía sangre en un piso, ya no sentía nada. Era solo trabajo, era solo lo que tenía que hacer para sobrevivir, para darle un futuro a mis hijos. Llegué a limpiar hasta 15 casas de seguridad diferentes a lo largo de esos años. Casas en Tlajomulco, Zapopan, Tlaquepaque, El Salto, Chapala, incluso algunas en Michoacán.
Conocía cada escondite, cada ruta, cada protocolo de seguridad. sabía dónde guardaban las armas, dónde escondían el dinero, dónde tenían los cuartos de interrogatorio, dónde enterraban a los muertos. Esa información valía millones. Cualquier autoridad, cualquier cártel rival habría pagado fortunas por saber lo que yo sabía, pero nunca hablé, nunca traicioné.
Porque tenía miedo, sí, pero también porque de alguna forma retorcida me sentía parte de algo. Me sentía protegida, me sentía importante. Qué estúpida fui, qué ciega estuve todos esos años. Porque mientras yo les era leal, mientras yo les lavaba la sangre de sus crímenes, ellos ya tenían los ojos puestos en lo único que me importaba en el mundo. Mi hija.
Mi Lupita creció hermosa, alta, morena, clara, con los ojos grandes de su padre y una sonrisa que iluminaba cualquier cuarto. Tenía el pelo largo hasta la cintura, negro como ala de cuervo, que se peinaba en una trenza gruesa todos los días. Era delgada, pero fuerte, de esas mujeres que parecen frágiles, pero tienen un carácter de acero por dentro.
Era buena estudiante, responsable, respetuosa, nunca me dio problemas. Mientras sus amigas andaban de noviecitas y fiestas, mientras escapaban de la escuela para ir a los antros del centro, Lupita se quedaba en casaestudiando, ayudándome con los queaceres, yendo a la iglesia conmigo los domingos.
era la hija que toda madre sueña tener. Desde chiquita supo que quería ser enfermera. Me decía que quería ayudar a la gente, cuidar a los enfermos, aliviar el dolor de los que sufrían. Yo la veía jugar con sus muñecas, poniéndoles vendas, dándoles medicinas imaginarias y me llenaba de orgullo. Mi niña iba a ser alguien. Mi niña iba a romper el ciclo de pobreza que había marcado a nuestra familia por generaciones.
En 2013, cuando cumplió 18 años, entró a la escuela de enfermería en la Universidad de Guadalajara. Pasó el examen de admisión con una de las calificaciones más altas de su generación. Cuando me dio la noticia, me solté llorando como Magdalena en medio de la cocina. Mi hija, la hija de una mujer que apenas había terminado la primaria, iba a ser profesionista.
Le hice una fiesta en la casa para celebrar. Invité a toda la familia, a los vecinos, a sus amigas de la secundaria. Maté un puerco. Contraté un mariachi de tres músicos. Compré una tarta de tres pisos con su nombre escrito en betún rosa. Fue el día más feliz de mi vida. verla ahí rodeada de gente que la quería con ese vestido blanco que le había comprado especial para la ocasión, sonriendo como solo ella sabía sonreír.
Si hubiera sabido lo que venía, habría detenido el tiempo en ese momento. La habría abrazado y nunca la habría soltado. Lupita no sabía nada de mi trabajo real. Para ella, yo era una señora de limpieza que trabajaba para familias adineradas. Nunca le mentí directamente, solo omití a las partes feas.
Cuando me preguntaba por qué siempre me recogían en camionetas polarizadas, le decía que los patrones eran muy privados, que les gustaba mantener un perfil bajo. Cuando me preguntaba por qué a veces llegaba tan tarde, le decía que las casas eran muy grandes y que había mucho trabajo. Ella me creía porque me quería creer, porque no podía imaginar que su madre, la mujer que la llevaba a misa y le rezaba el rosario antes de dormir, trabajara para asesinos.
Pero en este mundo los secretos no duran para siempre y los monstruos siempre terminan encontrando a los inocentes. El problema empezó en marzo de 2014. Uno de los comandantes del CJNG, un tipo al que todos llamaban el chivo, llegó a la casa de Tlajomulco mientras yo estaba limpiando la cocina. El chivo era un hombre de unos 35 años, alto, fornido, con cara de pocos amigos y una cicatriz que le cruzaba el cuello de lado a lado.
Dicen que se la hizo un rival que intentó degollarlo, pero falló. Dicen que el chivo lo encontró después y lo mantuvo vivo tres días mientras lo despellejaba pedazo a pedazo. Era uno de los comandantes de plaza más violentos del CJNG. controlaba la zona de Uruapan en Michoacán, donde se producía la mayor parte del aguacate del país.
Extorsionaba a los productores, cobraba cuotas a los transportistas, mataba a cualquiera que se negara a pagar. Dicen que había ejecutado a más de 50 personas con sus propias manos. Dicen que le gustaba torturar, que disfrutaba el sufrimiento ajeno, que a veces grababa videos de sus víctimas suplicando y los veía después para entretenerse.
Era el tipo de hombre que todos en la organización temían. Incluso los otros comandantes le tenían miedo. Cuando el chivo llegaba a una casa, el ambiente cambiaba. Los icarios bajaban la mirada, hablaban en voz baja, trataban de no llamar su atención. Ese día de marzo, el chivo se sentó en la cocina mientras yo preparaba unos chilaquiles para los muchachos.
Me miraba mientras cocinaba, sin decir nada, solo mirándome con esos ojos de víbora que tenía. Yo trataba de ignorarlo, de concentrarme en lo que estaba haciendo, pero sentía su mirada quemándome la espalda. De repente me habló. Doña Lupe, ¿usted tiene familia? Le dije que sí, que tenía tres hijos ya grandes.
Traté de mantener la voz tranquila, de no mostrar nerviosismo y tiene fotos de ellos. Le dije que sí, que siempre llevaba fotos en mi cartera. En ese entonces todavía no existían los celulares con cámara como ahora, así que cargaba fotografías impresas de mis hijos. “Enséñemelas”, me ordenó. Fui por mi bolsa y saqué la cartera.
Tenía tres fotos. Una de Aurelio Junior en su trabajo de la refaccionaria, una de Fernando en su graduación de preparatoria y una de Lupita en su uniforme de enfermería, recién tomada unas semanas antes. Era una foto hermosa. Lupita sonreía la cámara con esa sonrisa suya, el pelo recogido en un chongo, la bata blanca impecable.
El chivo las miró una por una. Cuando llegó a la de Lupita, se detuvo. La miró por varios segundos acercándosela a la cara, estudiando cada detalle. Esta es su hija. Le dije que sí con orgullo en la voz. Le conté que estaba estudiando enfermería, que iba a ser una profesionista, que era la luz de mis ojos.
El chivo sonrió de una manera que me heló la sangre, una sonrisa queno le llegaba a los ojos, una sonrisa de depredador que ha encontrado a su presa. “¡Qué bonita está!”, me dijo, “Parece artista de televisión. ¿Tiene novio?” Le dije que no, que estaba muy ocupada con la escuela, que no tenía tiempo para esas cosas.
“Qué bueno”, dijo el chivo devolviéndome las fotos. Las muchachas de ahora se echan a perder muy rápido con tanto noviecito. Está bien que se enfoque en sus estudios. Guardé las fotos en mi cartera, agradecí el cumplido y seguí cocinando. Pero algo en mi interior me gritaba que había cometido un error terrible. La forma en que había mirado esa foto, la forma en que había sonreído, conocía esa mirada, la había visto en los ojos de hombres que miraban a mujeres como si fueran carne en una carnicería.
Las semanas siguientes, el chivo empezó a hacerme preguntas sobre Lupita. Cada vez que llegaba a alguna de las casas donde yo estaba limpiando, me buscaba para preguntarme por ella, que dónde estudiaba exactamente, que en qué turno iba a la escuela, que si tenía novio, que en qué colonia vivíamos. que cuál era su comida favorita, que qué música le gustaba.
Yo le daba respuestas vagas, evasivas. Le decía que Lupita estaba muy ocupada con la escuela, que casi no salía de la casa, que no tenía tiempo para nada. Trataba de no darle información específica, de proteger a mi hija de alguna forma, pero el chivo no se rendía. Cada vez sus preguntas eran más directas, más insistentes y cada vez yo sentía más miedo.
Un día, como en mayo de 2014, el chivo me acorraló en un pasillo de la casa de Zapopan. me agarró del brazo con fuerza, apretándome hasta que sentí que me iba a romper el hueso, y me habló al oído. Doña Lupe, quiero conocer a su hija. Quiero que me la presente. Le dije que no era posible, que Lupita estaba muy enfocada en sus estudios, que no andaba buscando novio, que era una muchacha seria.
El chivo apretó más fuerte. Sentí que se me entumía la mano. No le estoy preguntando, doña Lupe, le estoy diciendo. Yo puedo darle una buena vida a su hija. Puedo darle todo lo que quiera, ropa, joyas, carros, una casa grande. La voy a tratar como reina. Solo tiene que presentármela. Le dije que lo iba a pensar, que iba a hablar con Lupita cualquier cosa para que me soltara.
El chivo sonrió otra vez con esa sonrisa de víbora y me soltó el brazo. Piénselo bien, doña Lupe. Usted sabe quién soy yo. Usted sabe lo que puedo hacer. Le estoy pidiendo por las buenas. No me haga pedírselo por las malas. Esa noche llegué a mi casa con el brazo morado. Lupita me preguntó qué me había pasado y le dije que me había golpeado con una puerta.
Otra mentira para la lista de mentiras que le había contado toda su vida. No dormí esa noche. Me quedé sentada en la sala, en la oscuridad pensando en qué hacer. Sabía que el chivo no iba a aceptar un no por respuesta. Sabía que en ese mundo cuando un comandante quería algo, lo tomaba. Había visto cómo trataban a las mujeres que les gustaban, las secuestraban, las violaban, las usaban hasta que se aburrían y después las desechaban.
Algunas terminaban en fosas, otras terminaban en las calles vendiéndose, otras simplemente desaparecían. Pensé en huir. Pensé en tomar a Lupita y a mis hijos y largarnos de Guadalajara esa misma noche. Irnos a otro estado, a otro país donde el chivo no pudiera encontrarnos. Pero sabía que era imposible. El Cilla Neg tenía ojos en todas partes.
Tenían contactos en las terminales de autobuses, en el aeropuerto, en las carreteras. Si desaparecíamos nos encontrarían y entonces sería peor. Pensé en hablar con el contador, pedirle que intercediera, pero sabía que no serviría de nada. El chivo era comandante, tenía poder real. El contador era solo un empleado, igual que yo.
No podía meterse en asuntos personales de un superior. Pensé en ir a la policía, pero la mitad de la policía de Jalisco trabajaba para el CJNG. Si iba a denunciar, la denuncia llegaría a oídos del chivo antes de que saliera de la estación. Estaba atrapada, completamente atrapada. Durante los siguientes meses viví en pánico constante.
Le dije a Lupita que tuviera cuidado, que no hablara con extraños, que no aceptara ventones de nadie, que siempre anduviera acompañada. Ella me preguntaba por qué estaba tan asustada y yo le inventaba excusas. Le decía que había muchos robos en la zona, que tenía que protegerse. Traté de mantenerla encerrada en la casa lo más posible.
No quería que saliera, no quería que la vieran. Pero Lupita tenía que ir a la escuela. Tenía que hacer sus prácticas en el hospital. Tenía que vivir su vida, no podía encerrarla para siempre. El chivo no esperó mi permiso. Empezó a seguir a Lupita por su cuenta. Mandaba a sus hombres a vigilarla fuera de la escuela de enfermería, fuera de la casa.
fuera del hospital donde hacía sus prácticas. Un día, Lupita llegó asustada diciéndome que un tipo en una camionetanegra le había gritado cosas mientras caminaba a la parada del camión. Le había dicho que estaba muy bonita, que porque andaba sola, que él podía llevarla a donde quisiera. Otro día me dijo que había encontrado un ramo de rosas rojas en la puerta de la casa.
No tenía tarjeta, no decía de quién era, solo las flores envueltas en papel celofán con un listón rojo. Lupita pensó que era de algún admirador secreto de la escuela y hasta le dio risa. Yo tuve que fingir que también me parecía gracioso mientras por dentro me moría de terror. Una semana después llegó otro ramo, este con una nota.
Decía, “Para la enfermera más bonita de Jalisco. Pronto nos conoceremos.” Lupita se asustó esa vez. me preguntó quién podía ser, si debíamos llamar a la policía. Le dije que probablemente era una broma de alguien de la escuela, que no se preocupara, pero esa noche escondí todos los cuchillos de la cocina debajo de mi colchón, por si acaso.
En septiembre de 2014, el chivo perdió la paciencia. Era un viernes por la noche. Lupita regresaba de la escuela como a las 8, ya estaba oscuro. Yo estaba en la casa preparando la cena, esperándola como todas las noches. Cuando dieron las 8:30 y no llegaba, empecé a preocuparme. Le llamé al celular, pero no contestaba. Salí a la calle a buscarla, pero no la vi por ningún lado.
A las 9 de la noche, una vecina llegó corriendo a mi casa. Estaba pálida, temblando. Me dijo que había visto como una camioneta negra se detuvo junto a Lupita a tres cuadras de la casa, que dos hombres se bajaron, la agarraron de los brazos, le taparon la boca y la subieron a la fuerza mientras ella pataleaba y trataba de gritar, que todo pasó en menos de un minuto, que ella no pudo hacer nada, solo mirar desde su ventana paralizada de miedo.
Sentí que el mundo se me venía encima, que las piernas me fallaban, que no podía respirar, que algo se rompía dentro de mi pecho. Mi niña, mi Lupita, se la habían llevado. Corrí a buscar al contador. Sabía dónde vivía, en una casa en la colonia Providencia. Llegué como loca, golpeando la puerta, gritando que me ayudara.
El contador salió en pijama, confundido, preguntándome qué pasaba. Le conté todo entre lágrimas. Le supliqué que intercediera, que hablara con el chivo, que le dijera que me devolviera mi hija. Me arrodillé frente a él, le besé las manos, le ofrecí todo lo que tenía, mis ahorros, mi casa, mi vida. El contador me miró con lástima, una lástima genuina, de esas que duelen más que el desprecio.
“Doña Lupe”, me dijo con voz suave, “Usted sabe cómo son las cosas. El chivo es comandante, tiene poder. Yo no puedo meterme en sus asuntos personales, nadie puede. Le rogué más. Le dije que haría lo que fuera, que trabajaría gratis el resto de mi vida, que nunca pediría nada. Él solo negó con la cabeza.
Lo siento, doña Lupe. De verdad, lo siento, pero no hay nada que yo pueda hacer. Váyase a su casa y espere. Tal vez el chivo se aburra pronto y la regrese. Me fui de ahí arrastrándome, destruida. Regresé a mi casa y me quedé sentada en la sala toda la noche abrazando la foto de Lupita, rezando a todos los santos que conocía.
A las 3 de la mañana sonó mi celular. Era un número desconocido. Contesté con las manos temblando. Doña Lupe era la voz del chivo, tranquila, casi amable. No se preocupe, su hija está conmigo. La estoy tratando como reina. Como le prometí. Tiene su propio cuarto, su propia ropa, todo lo que necesita. Pronto ella va a entender que yo soy un buen hombre, que la voy a hacer feliz.
Le supliqué que me la devolviera. Le dije que haría lo que quisiera, que le daría lo que pidiera. El chivo se rió. Una risa suave, casi tierna. Doña Lupe, lo que yo quiero ya lo tengo. Solo le llamo para que esté tranquila, para que sepa que su hija está bien. Siga haciendo su trabajo como siempre y todo va a estar bien.
Pero si hace alguna tontería, si va la policía, si le cuenta a alguien, entonces las cosas se van a poner feas. ¿Me entiende? Le dije que sí, que entendía, que no haría nada. Muy bien, dijo el chivo. Que descanse doña Lupe y no se preocupe por Lupita. Está en buenas manos. Colgó. Tres días después me llegó un video al celular.
Era Lupita sentada en una cama grande con sábanas de seda en un cuarto que parecía de hotel de lujo. Tenía la cara hinchada de tanto llorar, los ojos rojos, el pelo revuelto, pero no tenía golpes visibles, no tenía marcas. Hablaba mirando a la cámara con voz temblorosa pero controlada. Decía que estaba bien, que el chivo la trataba bien, que tenía todo lo que necesitaba.
Decía que yo no me preocupara, que pronto iba a poder ir a visitarla, pero yo veía sus ojos. Detrás de las palabras ensayadas, detrás de la fachada de tranquilidad, veía terror puro. Veía a mi niña rogándome en silencio que la salvara y yo no podía hacer nada, absolutamente nada. Pasaron dos semanas, dos semanas de infierno absoluto, dossemanas sin dormir, sin comer, sin poder pensar en otra cosa que no fuera mi hija encerrada en algún lugar con ese monstruo.
Mis otros hijos querían ir a buscarla, querían enfrentar a a el chivo, querían hacer algo, pero yo les dije que no, que los matarían. Les conté la verdad sobre mi trabajo, sobre para quién trabajaba, sobre el poder que tenía esa gente. Aurelio Junior lloró de rabia. Fernando se quedó en silencio mirando la pared, pero al final entendieron que no había nada que pudiéramos hacer.
Y entonces, el 3 de octubre de 2014, recibí la llamada que terminó de destruir mi vida. era uno de los hombres del chivo. Me dijo que fuera a un rancho cerca de Tala, que ahí encontraría a mi hija. Me dio la dirección exacta y colgó sin decir más. Su voz era plana, sin emoción, como si estuviera dando indicaciones para llegar a una tienda.
Algo en esa voz me dijo que que algo estaba muy mal. Algo me dijo que no iba a encontrar a mi hija viva. Pedí prestado un carro a un vecino y manejé hacia Tala. El rancho estaba en medio de la nada. A unos 20 minutos del pueblo por un camino de terracería lleno de baches. Cuando llegué, vi la camioneta del chivo estacionada afuera de una casa de adobe.
Había varios de sus hombres fumando y platicando bajo un árbol como si estuvieran en un día de campo. Cuando me vieron llegar, uno de ellos señaló hacia el fondo del terreno, donde había un árbol grande, un mezquite viejo de tronco grueso y ramas retorcidas. Caminé hacia allá. Cada paso se sentía como caminar en arenas movedizas.
Cada paso me acercaba a algo que no quería ver, que no podía ver, que iba a destruirme para siempre. Y entonces la vi, mi lupita colgada de una rama con una soga gruesa al cuello, las manos atadas a la espalda con cinta gris, el cuerpo completamente desnudo, cubierto de moretones, cortadas, quemaduras de cigarro. Tenía marcas de mordidas en los hombros, en los pechos.
en los muslos. Tenía los ojos abiertos, mirando al cielo, vacíos de todo. Me caí de rodillas en la tierra. Grité hasta que se me desgarró la garganta. Vomité todo lo que tenía dentro. Golpeé el suelo con los puños hasta que me sangraron los nudillos. Uno de los hombres del chivo se acercó a mí sin prisa, se paró a mi lado, encendió un cigarro y me habló sin mirarme.
El comandante manda decir que la chamaca no quiso cooperar. que se puso muy difícil, que él trató de ser paciente, de tratarla bien, pero ella no entendía. Se la pasaba llorando, gritando, intentando escaparse. Hasta lo rasguñó en la cara una vez. Mire. Señaló hacia la casa, donde el chivo estaba saliendo por la puerta.
Tenía tres arañazos profundos en la mejilla izquierda, todavía frescos. Mi Lupita se había defendido. Mi niña había peleado hasta el final. El comandante dice que usted puede llevarse el cuerpo, continuó el hombre, que no la va a molestar más, que puede seguir trabajando como siempre, que todo olvidado. Me quedé ahí tirada en la tierra no sé cuánto tiempo.
Pudieron ser minutos, pudieron ser horas. Solo miraba el cuerpo de mi hija meciéndose suavemente con el viento, como una muñeca de trapo abandonada. Al final, uno de los hombres cortó la soga y bajó el cuerpo. Lo envolvieron en una sábana sucia y lo metieron en la cajuela de mi carro.
Me dieron unas palmadas en el hombro, me dijeron que lo sentían y se fueron a seguir fumando bajo el árbol. Manejé de regreso a Guadalajara con el cuerpo de mi hija en la cajuela. No recuerdo el camino, no recuerdo haber llegado. Solo recuerdo que cuando abrí la cajuela frente a mi casa, mis hijos salieron corriendo y vieron lo que quedaba de su hermana.
Enterramos a Lupita tres días después en el panteón de Mesquitán. No hubo investigación policial, no hubo justicia, no hubo nada, solo una tumba con una cruz blanca y el nombre de mi niña grabado en piedra. María Guadalupe Sánchez Herrera. 1995 hasta 2014. Amada hija, hermana y amiga, descansa en paz.
Tenía 19 años, toda una vida por delante, y se la arrebataron porque un monstruo la quiso y ella se negó. El chivo nunca pagó por lo que hizo. Siguió siendo comandante, siguió controlando su plaza, siguió matando y torturando como si nada hubiera pasado. Y yo tuve que seguir trabajando para ellos, seguir limpiando sus casas, cocinando para sus hombres, lavando su [ __ ] ropa manchada de sangre, porque si me iba, si huía, si hablaba, matarían a mis otros hijos, a mis nietos, a toda mi familia.
Así que me quedé. Seguí siendo doña Lupe, la limpiadora de confianza. Seguí sonriendo cuando ellos sonreían, agachando la cabeza cuando pasaban, agradeciéndoles las propinas que me daban. Pero por dentro algo murió conmigo ese día junto con mi Lupita y algo más nació en su lugar. Algo oscuro, frío, paciente, algo que no sentía miedo, que no sentía compasión, que no sentía nada, excepto una cosa, venganza.
Los meses que siguieron a la muerte de Lupita fueron los más oscuros de mivida. Por fuera seguía siendo la misma doña Lupe de siempre, puntual, eficiente, discreta, siempre con una sonrisa para los muchachos, siempre con los tamales listos a tiempo. Por dentro era un cadáver que caminaba, un fantasma que solo respiraba porque el corazón no sabía detenerse.
Bajé 15 kg en dos meses. No podía comer. Todo me sabía a tierra, a ceniza, a muerte. No podía dormir más de una o dos horas seguidas, porque cada vez que cerraba los ojos veía a mi Lupita colgando de ese árbol, meciéndose con el viento, mirándome con esos ojos vacíos. Me despertaba gritando su nombre, empapada en sudor, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensaba que me iba a reventar.
Mis hijos estaban destrozados. Aurelio Junior quería venganza. Hablaba de conseguir una pistola, de ir a buscar al chivo, de matarlo con sus propias manos. Yo tuve que calmarlo. Tuve que explicarle que si hacía eso nos matarían a todos. El CJNG no perdonaba, no olvidaba. Si tocabas a uno de los suyos, te borraban del mapa junto con toda tu familia.
hasta los primos lejanos, hasta los vecinos que te caían bien. Fernando se encerró en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de comer, dejó de salir de su cuarto. Pasaba los días acostado mirando el techo, sin responder cuando le hablábamos. Un mes después de la muerte de Lupita, intentó ahorcarse en el baño con el cinturón de su pantalón. Lo encontré justo a tiempo.
Ya estaba morado, ya casi no respiraba. Lo llevamos al hospital, le salvaron la vida, pero algo en él se rompió para siempre. Hasta el día de hoy toma pastillas para la depresión y casi no sale de su casa. Yo cargaba con todo eso, con el dolor de haber perdido a mi hija, con la culpa de haberla puesto en peligro por mi trabajo, con la responsabilidad de mantener a mis otros hijos con vida y encima tenía que seguir yendo a trabajar, seguir limpiando las casas de los asesinos de mi niña, seguir cocinando para hombres que sabían lo que
el chivo había hecho y no habían movido un dedo para impedirlo. Hubo días en que pensé en matarme, en acabar con todo, en sufrir. tenía acceso a venenos, a cuchillos, a tantas formas de terminar con mi vida. Pero cada vez que pensaba en hacerlo, pensaba en Aurelio Junior y Fernando.
Pensaba en mis nietos que apenas estaban naciendo y me detenía. No podía abandonarlos. Ya habían perdido a su hermana, no podían perder también a su madre, pero sobre todo no podía morirme sin antes hacer pagar el chivo por lo que había hecho. La idea de la venganza llegó poco a poco, como una semilla que se planta en tierra fértil y va creciendo lentamente hasta convertirse en un árbol enorme que da sombra a todo lo demás.
Al principio era solo un pensamiento vago, un deseo imposible. Después se fue convirtiendo en una fantasía recurrente, en algo que imaginaba cada noche antes de dormir. Y finalmente se transformó en un plan concreto, detallado, meticuloso. Yo tenía algo que nadie más tenía, acceso. Llevaba casi 10 años entrando y saliendo de las casas de seguridad del CJNG.
Conocía las rutinas, los horarios, las debilidades del sistema. Sabía cuándo llegaban los cargamentos de droga, cuando había reuniones importantes, cuando los comandantes bajaban la guardia, sabía quién confiaba en quién, quién odiaba a quién, dónde estaban los puntos débiles y, sobre todo, yo preparaba su comida.
Durante años les había cocinado a estos hombres, les había preparado sus platillos favoritos, les había servido en sus fiestas. les había dado de comer en sus bocas. Confiaban en mí ciegamente. Nunca, ni una sola vez habían sospechado de la viejita que les hacía tamales. Era demasiado insignificante, demasiado inofensiva, demasiado invisible.
Esa invisibilidad iba a ser mi arma. La idea del veneno llegó una noche de diciembre de 2014 mientras limpiaba el cuarto de interrogatorios de la casa de Tlajomulco. Había sangre fresca en el piso, mucha sangre. y restos de lo que le habían hecho a alguien esa tarde. Mientras tallaba las manchas con cloro y agua caliente, pensé en todas las formas en que estos hombres mataban: balas, cuchillos, machetes, fuego, ácido, formas violentas, ruidosas, que dejaban rastros, que atraían atención, pero había otras formas de matar. Formas
silenciosas, lentas, que no dejaban rastro, formas que parecían naturales, accidentales, que nadie investigaba. El veneno era la forma de los débiles, de los que no tenían fuerza para enfrentar a sus enemigos directamente. Era la forma de las mujeres, de los esclavos, de los sirvientes. Era mi forma.
Empecé a investigar con cuidado. No podía buscar en internet porque sabía que me podían rastrear que el CJNG tenía gente en las compañías de teléfono que monitoreaba lo que buscaba la gente. Así que fui a la biblioteca pública de Guadalajara, la que está en el centro, cerca de la catedral. Saqué una credencial a nombre de mi hermana que vivía en Estados Unidos por si acasoalguien preguntaba después.
Pasé semanas leyendo libros de botánica, de química básica, de toxicología, de medicina forense. Leí sobre los venenos que usaban en la antigüedad, sobre las plantas tóxicas que crecían en México, sobre los síntomas de diferentes tipos de envenenamiento. Tomaba notas en una libretita que después quemaba en el patio de mi casa, memorizando la información antes de destruir la evidencia.
Descubrí que México era un paraíso de plantas venenosas. El toloache que los brujos usaban para hacer amarres y que en dosis altas causaba alucinaciones, convulsiones y paro cardíaco. La higuerilla, cuyas semillas contenían risina, uno de los venenos más potentes del mundo, el extramonio primo del toloache, igual de mortal, el colorín con sus semillas rojas brillantes que parecían dulces pero que destruían los riñones.
la Adelfa, cuyos flores rosadas escondían toxinas que paralizaban el corazón. Todas estas plantas crecían en Jalisco, en los patios de las casas, en los parques, en los caminos rurales, en los terrenos valdíos. Nadie les prestaba atención, nadie sabía lo peligrosas que eran. Para todos eran solo hierbas, solo flores bonitas, solo parte del paisaje.
Para mí eran armas. Empecé a recolectar plantas en mis días libres. Iba al campo con una bolsa de plástico y guantes de cocina. Cortaba hojas, semillas, raíces. Las llevaba a mi casa y las procesaba en la cocina cuando mis hijos no estaban. Secaba las hojas al sol, molía las semillas en el molcajete, preparaba extractos hirviendo las plantas en agua.
Era un trabajo lento, meticuloso, que requería paciencia y precisión. También experimenté con animales. Compré ratas en el mercado de animales de esas que venden para alimentar serpientes. Les daba diferentes dosis de mis preparaciones y observaba los efectos. Aprendí cuánto toloache se necesitaba para matar a una rata de 200 g, cuánto risino, cuánto extrramonio.
Hacía cálculos para extrapolar las dosis a humanos, tomando en cuenta el peso corporal, el metabolismo, la forma de administración. Sé que suena horrible, sé que suena como el trabajo de un monstruo, pero cuando pierdes a un hijo de la forma en que yo perdí a Lupita, algo se rompe dentro de ti. La compasión desaparece. La empatía se evapora.
Solo queda el dolor y la rabia y las ganas de hacer sufrir a los que te hicieron sufrir. Me tomó 6 meses estar lista. 6 meses de investigación, de preparación, de planificación. Para entonces ya tenía un arsenal de venenos escondido en el sótano de mi casa en frascos de mayonesa y botellas de salsa que nadie sospecharía.
Tenía tolo molido que parecía orégano, risino líquido que parecía aceite de cocina, extracto de Adelfa que parecía jarabe para la tos. También tenía una lista. Pasé semanas recordando cada cara, cada nombre, cada detalle de las personas involucradas en lo que le pasó a Lupita, los hombres que la habían secuestrado esa noche de septiembre, los que la habían vigilado durante meses antes del secuestro, los que la habían custodiado durante las dos semanas que estuvo cautiva, los que estaban en el rancho el día que la encontré fumando y platicando como si
nada mientras mi hija colgaba de un árbol y, por supuesto, el chivo. Hice una lista de 23 nombres. Algunos los conocía bien, otros solo de vista, otros solo por apodo, pero todos habían participado de alguna forma en la muerte de mi hija. Todos habían sabido lo que estaba pasando y no habían hecho nada para impedirlo. Todos merecían morir.
El primero de mi lista fue fácil. Un tipo al que llamaban el flaco, uno de los icarios de bajo nivel que había estado en el rancho ese día. Era un muchacho joven de unos 25 años. flaco como su apodo, con cara de ratón y dientes chuecos. No era nada importante, no tenía poder real, pero había estado ahí. Había visto el cuerpo de mi hija y no había sentido nada.
Había seguido fumando su cigarro como si fuera un día cualquiera. El flaco tenía una debilidad. Le encantaba el atole de arroz que yo preparaba. Cada vez que llegaba a la casa de Tlajomulco, me pedía que le hiciera un jarrito. “Doña Lupe, su atol de mi abuelita”, me decía siempre con esa sonrisa de rata. Y yo siempre se lo preparaba con canela extra como a él le gustaba y él siempre me daba 50 pesos de propina.
Un día de abril de 2015, el flaco llegó solo a la casa después de un trabajo. Venía cansado, sudado, con manchas de sangre en la camisa que yo sabía que tendría que lavar después. Me pidió su atole como siempre y yo se lo preparé con todo el cariño del mundo, pero esta vez le agregué un ingrediente especial. semillas de toloache finamente molidas, mezcladas con la canela para disimular cualquier sabor extraño.
Había calculado la dosis con cuidado, suficiente para matar a un hombre de su peso en unas horas, pero no tanto como para que el sabor fuera detectable. El flaco se tomó el atole completo mientras me platicabade su trabajo, de una muchacha que le gustaba, de los planes que tenía para comprarse una moto nueva. Yo lo escuchaba con paciencia, asintiendo en los momentos correctos, sonriendo cuando hacía chistes malos.
Por dentro contaba los minutos. Media hora después empezó a sentirse mal. Primero mareo, después sudoración, después confusión. Pensó que era el calor, que estaba cansado del trabajo de la noche anterior. Me dijo que se iba a acostar un rato en uno de los cuartos que me avisara si llegaba alguien. Lo vi subir las escaleras tambaleándose, agarrándose de la pared para no caerse.
Me quedé en la cocina lavando trastes esperando. Tres horas después, uno de los otros muchachos subió a buscarlo porque no contestaba el radio. Lo encontró tirado en la cama con espuma en la boca, sin pulso. Gritó que el flaco estaba muerto, que llamaran a alguien, que qué había pasado. Yo subí con los demás, fingiendo sorpresa, fingiendo horror.
Vi el cuerpo del flaco, sus ojos abiertos mirando al techo, su cara congelada en una mueca de dolor y por dentro, muy adentro donde nadie podía verlo, sentí algo que no había sentido desde la muerte de Lupita. Satisfacción. Llamaron a un doctor que trabajaba para la organización, examinó el cuerpo, hizo algunas preguntas y dictaminó que había sido un paro cardíaco.
“Estas cosas pasan”, dijo encogiéndose de hombros. El muchacho era joven, pero llevaba una vida de mucho estrés. El corazón no aguanta. Nadie sospechó nada. Nadie conectó la muerte de el flaco con el atole que le había preparado horas antes. ¿Por qué lo harían? Era solo la doña Lupe, la viejita que limpiaba y cocinaba. Llevaba casi 10 años trabajando para ellos sin dar problemas.
Era parte del mobiliario, tan inofensiva como las sillas del comedor. El funeral del flaco fue tres días después. Asistí como todos los demás. Le di el pésame a su madre. Recé un rosario por su alma. Nadie notó que por dentro estaba celebrando. Nadie notó que ya había tachado el primer nombre de mi lista. Quedaban 22.
Esa primera muerte me enseñó muchas cosas. Aprendí que podía hacerlo, que tenía el estómago para matar a sangre fría. Aprendí que el veneno funcionaba, que mis cálculos eran correctos y aprendí que nadie iba a sospechar de la viejita de la limpieza. Pero también aprendí que tenía que ser más cuidadosa.
No podía matar a todos en la misma casa con el mismo método en poco tiempo. Eso levantaría sospechas incluso entre gente tan descuidada como estos narcos. Tenía que espaciar las muertes, variar los venenos, hacerlo parecer accidental o natural cada vez. desarrolló un sistema. Nunca mataba a más de dos personas en el mismo mes. Nunca usaba el mismo veneno dos veces seguidas.
Nunca envenenaba a alguien el mismo día que cocinaba para ellos. Usaba venenos de efecto [ __ ] que tardaban horas o días en hacer efecto, para que cuando murieran yo estuviera en otro lugar con testigos que confirmaran que no había estado cerca. El segundo fue el perico, otro de los que estuvo en el rancho.
Le puse risino en el café que le servíó una mañana de mayo. Murió una semana después de lo que parecía insuficiencia renal. Los doctores dijeron que probablemente era por la diabetes que ni él sabía que tenía. El tercero fue el moreno, que había sido el chóer la noche que secuestraron a Lupita. Reconocí su cara de las descripciones que me dieron los vecinos que vieron el secuestro.
Le preparé unos tamales con extracto de sicuta silvestre que conseguí en un terreno valdío cerca de mi casa. Murió dos días después de aparente intoxicación alimentaria. Le echaron la culpa a unos tacos que había comido en un puesto callejero. El cuarto, el quinto, el sexto. Cada muerte era diferente.
Algunos morían rápido en horas, otros tardaban días, semanas. Algunos sufrían mucho, convulsiones y vómitos y dolor. Otros se iban tranquilos en su sueño sin saber lo que les estaba pasando. No me importaba el sufrimiento. De hecho, parte de mí lo disfrutaba. Cada vez que veía a uno de mis objetivos retorcerse de dolor, pensaba en Lupita.
Pensaba en lo que ella había sufrido durante esas dos semanas en manos del chivo. Pensaba en las marcas de tortura en su cuerpo, en los moretones, en las quemaduras. y pensaba que se lo merecían, que todos se lo merecían. La organización empezó a notar que estaba perdiendo gente. Entre 2015 y 2017, más de 10 icarios y operadores de bajo nivel murieron de causas aparentemente naturales.
Hubo reuniones, hubo investigaciones internas, hubo paranoia. Algunos pensaban que era una maldición, que alguien les había hecho brujería. Otros pensaban que era algo en el agua, en la comida de los restaurantes donde comían. en las drogas que consumían, pero nadie, absolutamente nadie, sospechó de Doña Lupe.
Hubo un momento de peligro en 2016, cuando tres de mis objetivos murieron en el mismo mes. Uno de los contadores, un tipo desconfiado al quellamaban el calculador, empezó a hacer preguntas. Quería saber qué tenían en común los muertos, dónde habían estado, qué habían comido, con quién habían hablado. Me llamó a su oficina y me interrogó durante una hora.
Me preguntó si había notado algo raro, si alguien había actuado sospechoso, si había visto algo fuera de lo normal. Yo le contesté con mi mejor cara de viejita inocente. Le dije que no había notado nada, que yo solo limpiaba y cocinaba, que no me metía en los asuntos de los muchachos. El calculador me miró fijamente por un largo rato tratando de detectar alguna mentira en mi cara, pero yo había pasado años perfeccionando mi máscara, años fingiendo que todo estaba bien mientras por dentro me moría.
Un interrogatorio de una hora no era nada comparado con eso. Al final me dejó ir. Nunca volvió a sospechar de mí. Y tr meses después el calculador también estaba en mi lista. No por lo de Lupita, sino porque durante el interrogatorio me había amenazado. Me había dicho que si descubría que yo tenía algo que ver con las muertes, me iba a despellejar viva.
Nadie me amenazaba y se salía con la suya. Ya no. Le puse extracto de Adelfa en el whisky que guardaba en su oficina. Murió de un infarto dos semanas después. El doctor dijo que era el estrés del trabajo. Para finales de 2017 ya había eliminado a 15 de los 23 nombres de mi lista. Quedaban ocho, incluyendo el más importante de todos, el chivo.
Pero el chivo era diferente a los demás. Era más paranoico, más cuidadoso, más difícil de alcanzar. No comía nada que no prepararan sus propias cocineras, mujeres que había traído de su pueblo natal y que vivían con él en su casa. tenía un catador que probaba todo antes que él, un muchacho [ __ ] que literalmente arriesgaba su vida cada vez que el chivo se sentaba a comer.
Casi nunca iba a las casas de seguridad donde yo trabajaba. Prefería moverse entre sus propias propiedades en Michoacán. Había intentado llegar a él varias veces sin éxito. Una vez logré que le sirvieran una botella de tequila que yo había contaminado, pero el catador la probó primero y se enfermó.
El chivo mandó investigar de dónde había salido esa botella. Y casi me descubren. Tuve que inventar una historia sobre un proveedor de licor que vendía producto adulterado y el pobre tipo terminó ejecutado, aunque no había hecho nada. Me sentí mal por él. Era inocente, solo un comerciante tratando de ganarse la vida, pero no lo suficiente como para confesar, no lo suficiente como para detener mi misión.
En esta guerra había daños colaterales. Yo lo había aceptado desde el principio. Pasaron los meses y el chivo seguía vivo, seguía respirando, seguía disfrutando de su poder mientras mi hija se pudría en una tumba. Cada día que pasaba era un insulto a su memoria, una burla a mi dolor. Pero yo era paciente. Había esperado años. Podía esperar más.
Tarde o temprano el chivo cometería un error. Tarde o temprano bajaría la guardia y yo estaría ahí esperando con mi veneno listo. La oportunidad llegó en diciembre de 2017 de la forma más inesperada. En diciembre de 2017, el CJNG organizó una fiesta grande en una de las casas de Zapopan. Era para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales, un tipo al que llamaban el ingeniero porque había estudiado dos años de ingeniería civil antes de dedicarse al narco.
El ingeniero cumplía 50 años y quería una celebración a lo grande con mariachi, con banda, con comida para 100 personas, con todo el lujo que el dinero del narco podía comprar. Me pidieron que ayudara con la preparación de la comida. Iban a venir comandantes de toda la región, gente importante de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima.
Necesitaban que preparara birria de res, pozole rojo, tamales de puerco, carnitas, todo un banquete digno de la ocasión. Me ofrecieron pagarme el triple de lo normal y yo acepté sin dudarlo, no por el dinero, sino porque sabía que el chivo iba a estar ahí. El chivo casi nunca asistía a eventos sociales de la organización.
Era demasiado paranoico, demasiado desconfiado. Prefería quedarse en sus territorios de Michoacán, rodeado de su gente de confianza, lejos de cualquier posible amenaza. Pero el ingeniero era su compadre, el padrino de uno de sus hijos. No podía faltar a su cumpleaños número 50 sin causar un insulto grave. Cuando me enteré de que el chivo iba a venir, sentí que el corazón se me aceleraba. 3 años.
3 años llevaba esperando esta oportunidad. tres años planeando, preparando, soñando con el momento en que finalmente podría cobrar la deuda que ese monstruo tenía con mi hija. Pero tenía un problema. El chivo no comía nada que yo preparara, siempre llevaba su propia comida, sus propias bebidas, sus propias cocineras.
Incluso en fiestas como esta se apartaba con su grupo y comía lo que le traían sus mujeres. Era casi imposible envenenarlo por la ruta tradicional.Pasé noches enteras pensando en cómo hacerlo. Repasé todo lo que sabía sobre el chivo, sus hábitos, sus rutinas, sus debilidades y entonces recordé algo que había observado en las pocas ocasiones en que lo había visto en fiestas anteriores.
El chivo tenía un ritual después de las celebraciones. Cuando la fiesta se extendía hasta tarde, cuando había bebido suficiente tequila y fumado suficientes puros, siempre subía al baño del segundo piso a refrescarse. Se encerraba ahí por 10 o 15 minutos, se echaba agua en la cara, se lavaba las manos, a veces hasta se cambiaba la camisa si estaba muy sudada.
Decía que le ayudaba a despejarse, a mantenerse alerta. Había observado este ritual tres veces en los últimos años. Siempre el mismo baño, siempre el mismo procedimiento y lo más importante, siempre usaba la crema para manos que estaba en ese baño. Era una crema cara, importada, que alguien había dejado ahí y que a el chivo le gustaba porque olía a la banda y dejaba las manos suaves.
Ahí estaba mi oportunidad. Durante mis investigaciones en la biblioteca había aprendido sobre venenos que se absorbían por la piel. El más potente era la conitina, un extracto de la planta llamada acónito o casco del [ __ ] Unas gotas en la piel eran suficientes para matar a un hombre en cuestión de horas.
El veneno entraba al torrente sanguíneo a través de los poros, atacaba el sistema nervioso, paralizaba el corazón y lo mejor de todo, los síntomas parecían un infarto común y corriente. El problema era conseguir aconitina. El acónito no crecía naturalmente en Jalisco. Era una planta de climas fríos, de montañas. Pero después de meses de búsqueda encontré a un herbolario en Guadalajara que vendía plantas exóticas para coleccionistas.
Le compré tres plantas de acón diciéndole que eran para decorar mi jardín. El viejo me advirtió que eran tóxicas, que no las tocara con las manos descubiertas. Le di las gracias y le pagué el doble de lo que pedía para que no hiciera preguntas. Pasé dos semanas procesando las plantas. Extraje el veneno de las raíces, que era donde estaba más concentrado, hirviéndolas en agua destilada y evaporando el líquido hasta que quedó un aceite espeso y amarillento.
Era conitina casi pura, suficiente para matar a 20 hombres. Guardé el aceite en un frasquito de esmalte de uñas que había lavado y esterilizado para que nadie sospechara si lo encontraban. La noche antes de la fiesta fui a la casa de Zapopan a preparar todo para el día siguiente. Llegué temprano, cuando todavía no había nadie más que los guardias de seguridad.
Les dije que necesitaba revisar la cocina, organizar los ingredientes, asegurarme de que no faltara nada. Subí al segundo piso con mi bolsa de limpieza, como si fuera a revisar que los baños estuvieran listos para los invitados. Entré al baño que usaba el chivo y cerré la puerta con seguro. Trabajé rápido, saqué el frasquito con la conitina y lo mezclé con la crema para manos que estaba en el ababo.
Usé un palito de madera para revolverlo bien, asegurándome de que el veneno quedara distribuido uniformemente. También puse un poco en el borde de la llave de la babo, en la toalla que el chivo usaba para secarse en el jabón líquido, múltiples puntos de contacto para asegurarme de que absorbiera suficiente veneno, aunque solo tocara una de las superficies.
Cuando terminé, lavé el frasquito y el palito en el escusado y los tiré a la basura envueltos en papel higiénico. Revisé que todo se viera normal, que no hubiera nada fuera de lugar. El baño se veía exactamente igual que antes, limpio, ordenado, inofensivo. Bajé a la cocina y seguí con mis preparativos como si nada hubiera pasado. Nadie sospechó nada.
Nadie me preguntó qué había estado haciendo arriba. Era solo doña Lupe revisando que todo estuviera limpio para la fiesta. El día de la celebración llegué a las 3 de la tarde para empezar a cocinar. La casa ya estaba llena de actividad. Hombres montando mesas, mujeres arreglando flores, técnicos instalando bocinas y luces.
El mariachi llegó a las 5, la banda a las 6. Los primeros invitados empezaron a llegar a las 7. Yo me quedé en la cocina, cocinando, sirviendo, organizando. Cada vez que podía me asomaba a la sala para ver quién había llegado, buscando la cara del chivo entre la multitud. Las horas pasaban y él no aparecía. Empecé a preocuparme y si no venía y si a última hora había decidido quedarse en Michoacán y si todo mi plan había sido en vano.
A las 11 de la noche, cuando ya estaba perdiendo la esperanza, escuché un alboroto en la entrada. Gritos de bienvenida, aplausos, música de banda tocando más fuerte. Me asomé por la puerta de la cocina y lo vi. El chivo había llegado. Venía con su séquito de guardaespaldas, unos 10 hombres armados que se desplegaron por la casa como si estuvieran tomando posiciones de combate.
Vestía una camisa de sedanegra, pantalón de vestir, botas de piel de cocodrilo, llevaba cadenas de oro en el cuello, anillos de diamantes en los dedos, un reloj que probablemente costaba más que mi casa. Se veía gordo, hinchado, con la cara roja de quien bebe demasiado y duerme poco. Me quedé observándolo desde la cocina con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que todos lo escucharían. Ahí estaba.
El hombre que había violado y torturado a mi hija, el hombre que la había colgado de un árbol como un trofeo, el hombre que me había destruido la vida y en unas horas estaría muerto. El chivo saludó a a el ingeniero con un abrazo de compadres. le dio un regalo envuelto en papel dorado, bromeó con los otros comandantes.
Se sentó en una mesa apartada con su grupo, rodeado de sus guardaespaldas, comiendo la comida que sus propias cocineras le habían traído. No tocó nada de lo que yo había preparado, como siempre, no importaba. Yo no necesitaba que comiera mi comida, solo necesitaba que subiera a ese baño. Las horas pasaron.
Medianoche, una de la mañana, 2 de la mañana, la fiesta seguía a todo lo que daba, con música a todo volumen, botellas de tequila por todas partes, hombres borrachos bailando con mujeres que habían traído quién sabe de dónde. El chivo bebía, fumaba, platicaba con sus compadres. Se veía relajado, tranquilo, sin ninguna preocupación en el mundo.
A las 3 de la mañana lo vi levantarse de su mesa. Dijo algo a uno de sus guardaespaldas y caminó hacia las escaleras. Mi corazón se detuvo por un segundo. Ahí iba hacia el baño del segundo piso, hacia mi trampa. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso. Uno de sus guardaespaldas subió detrás de él y se quedó parado afuera del baño vigilando.
Yo volví a la cocina y empecé a lavar trastes tratando de mantenerme ocupada, tratando de controlar los nervios. Pasaron 5 minutos, 10, 15. El chivo seguía arriba. Me imaginaba lo que estaba haciendo, echándose agua en la cara, lavándose las manos con el jabón envenenado, secándose con la toalla contaminada, poniéndose la crema de la banda que tanto le gustaba, cada acción metiendo más veneno en su cuerpo, cada minuto acercándolo más a la muerte.
20 minutos después, el chivo bajó las escaleras. Se veía fresco, despejado, con la camisa cambiada y el pelo húmedo. Se reunió con su grupo y siguió bebiendo como si nada. Yo lo observaba desde la cocina esperando. La conitina tardaba entre 30 minutos y 2 horas en hacer efecto, dependiendo de la dosis absorbida.
Los primeros síntomas eran hormigueo en las manos y la cara, seguidos de náusea, sudoración, debilidad. Después venía la arritmia cardíaca, la dificultad para respirar, el colapso del sistema nervioso. La muerte llegaba por paro cardíaco, generalmente entre 3 y 6 horas después de la exposición. A las 4 de la mañana, el chivo empezó a frotarse las manos.
Parecía incómodo e inquieto. Le dijo algo a uno de sus hombres y se sirvió un vaso de agua. A las 4:30 se levantó y fue al baño de la planta baja, probablemente pensando que se había mareado por el alcohol. Salió 10 minutos después, más pálido que antes. A las 5 de la mañana, mientras la mayoría de los invitados ya se habían ido o estaban dormidos en los sillones, el chivo se desplomó. fue repentino, violento.
Un momento estaba parado platicando con el ingeniero y al siguiente estaba en el suelo convulsionando con espumas saliendo de su boca. Sus guardaespaldas corrieron hacia él gritando que llamaran a un doctor, que trajeron agua, que qué estaba pasando. Yo salí de la cocina con los demás sirvientes, fingiendo sorpresa y preocupación.
Me quedé en una esquina observando cómo trataban de reanimar al chivo, cómo le daban golpes en el pecho, cómo le gritaban que reaccionara, pero yo sabía que no había nada que hacer. La aconitina ya había hecho su trabajo. Su corazón estaba fallando latido a latido y no había poder humano que pudiera salvarlo.
El chivo murió a las 5:43 de la mañana en el piso de esa casa de Zapopan, rodeado de sus hombres que no podían hacer nada por él. El doctor que llegó media hora después dictaminó parocardíaco fulminante. Demasiado alcohol, demasiado estrés, demasiados años de excesos, dijo el doctor mientras llenaba el certificado de defunción. El corazón simplemente no aguantó.
Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con el baño del segundo piso, con la crema de la banda, con la viejita de la cocina que había estado ahí desde el día anterior. Era solo otro narco que se había muerto de un infarto, otro comandante que había caído víctima de su propio estilo de vida. Me quedé para ayudar a limpiar después de que se llevaron el cuerpo.
Barrí el piso donde había caído, lavé los vasos que había usado, ordené las sillas que habían tirado cuando trataron de reanimarlo. Y mientras limpiaba, subí al baño del segundo piso una última vez. Tiré lacrema, el jabón, la toalla, los metí en una bolsa de basura que después tiré en un contenedor a kilómetros de la casa. Limpié cada superficie con cloro y agua caliente, borrando cualquier rastro de veneno que pudiera quedar.
Cuando terminé, el baño estaba impecable, sin ninguna evidencia de lo que había pasado ahí. El chivo estaba muerto. Finalmente, después de 3 años, el asesino de mi hija había pagado por lo que hizo. Pero no sentí la paz que esperaba. No sentí el alivio, la liberación, el cierre que había imaginado durante tantos años.
Solo sentí un vacío enorme, un agujero negro en el pecho que ninguna venganza podía llenar, porque el chivo estaba muerto, pero Lupita seguía muerta. Seguía en esa tumba fría en el panteón de Mesquitán. Seguía colgando de ese árbol en mis pesadillas. Ninguna cantidad de sangre derramada iba a traerla de vuelta, pero no podía detenerme.
Todavía quedaban hombres en mi lista. Todavía había hombres que habían participado en lo que le pasó a mi hija. Tenía que terminar lo que había empezado. Durante los siguientes meses eliminé a los últimos cuatro nombres de mi lista. El gerero que había sido uno de los guardias en el rancho, el pelón, que había ayudado a secuestrarla, el tuerto que había conducido la camioneta esa noche, el muelas que había acabado la tumba donde originalmente pensaban enterrarla antes de decidir colgarla como advertencia.
Cada uno murió de forma diferente. Envenenamiento por toloache, risino en el café, extracto de sicuta en la birria, extramonio en el atole. Cada muerte pareció natural, accidental, inexplicable. Y cada vez que uno de ellos caía, yo iba al panteón a contarle a Lupita. Otro más, mi niña le decía sentada frente a su tumba, limpiando las flores marchitas, poniendo flores frescas.
Otro más que pagó por lo que te hicieron. Pronto van a estar todos. Pronto vas a poder descansar en paz. El último de mi lista murió en febrero de 2019, casi 5 años después de la muerte de Lupita. En total maté a 19 personas. 19 hombres que directa o indirectamente habían participado en el secuestro, tortura y asesinato de mi hija.
Cuatro de mi lista original escaparon, dos murieron en enfrentamientos con fuerzas federales antes de que pudiera llegar a ellos. Uno fue asesinado por una célula rival del cártel de Sinaloa y uno simplemente desapareció. Probablemente huyó a Estados Unidos cuando vio que sus compañeros estaban cayendo uno tras otro.
Cuando terminé, cuando el último nombre de mi lista estuvo tachado, me senté en la sala de mi casa y esperé sentir algo. Paz, alivio, satisfacción, cualquier cosa, pero no sentí nada. Solo el mismo vacío de siempre, la misma oscuridad que me había acompañado desde el día que encontré a Lupita en ese rancho.
La venganza no sana nada, eso lo sé ahora. Puedes matar a todos los que te hicieron daño. Puedes hacerlos sufrir como ellos te hicieron sufrir. Puedes cobrar cada gota de sangre que derramaron. Pero al final el dolor sigue ahí, el vacío sigue ahí, los muertos siguen muertos y los vivos seguimos arrastrando sus fantasmas.
Seguí trabajando para el CJNG durante dos años más, no porque quisiera, sino porque no sabía cómo salir y porque una parte de mí ya no le importaba lo que pasara. Había cumplido mi misión, había vengado a mi hija. Lo que me pasara después no tenía importancia. En 2021, finalmente dejé el trabajo. Les dije que estaba muy vieja, muy cansada, que mis articulaciones ya no aguantaban las jornadas de limpieza.
No era mentira. Tenía 51 años y el cuerpo me dolía como si tuviera 80. Años de trabajo pesado, de estrés constante, de manipular veneno sin protección adecuada. Habían cobrado su precio. Me dejaron ir sin problemas. Después de 15 años de servicio leal, de nunca dar problemas, de guardar todos sus secretos, me dieron una liquidación de 200,000 pesos y me desearon buena suerte.
El nuevo contador, un tipo joven que había reemplazado a el calculador, me dio un abrazo y me dijo que siempre sería bienvenida si quería volver. No volví. Me fui de Guadalajara y me mudé a un pueblito de Nayarit, cerca de la costa, lejos de todo lo que me recordaba a esos años. Compré una casita pequeña con vista al mar, con un jardincito donde planto flores y hierbas.
No plantas venenosas, ya no. Solo bugambilias, margaritas, albaca, romero, plantas de vida, no de muerte. Mis hijos saben la verdad, se las conté hace un año. Una noche que estábamos los tres solos en mi casita después de cenar pozole como cuando eran niños. Les conté todo. Mi trabajo para el CJNG, lo que sabía sobre la muerte de Lupita, lo que hice para vengarla.
Les conté de cada uno de los 19 hombres que maté, cómo los maté. ¿Por qué los maté? Al principio no me creyeron. Pensaron que estaba inventando cosas, que la vejez me estaba afectando la mente. Pero cuando vieron mi cara, cuando vieron la seriedad en mis ojos, entendieron queera verdad. Aurelio Junior se levantó y salió de la casa sin decir nada.
Fernando se quedó sentado llorando en silencio. Me quedé sola en la mesa, esperando su juicio, esperando su condena. Aurelio volvió una hora después. Tenía los ojos rojos de llorar. se sentó frente a mí, me tomó las manos y me dijo, “Gracias, mamá. Gracias por hacer lo que yo no pude hacer.” Fernando me abrazó después.
Me dijo que entendía, que no me juzgaba, que Lupita estaría orgullosa de mí. No sé si Lupita estaría orgullosa. No sé si lo que hice estuvo bien o mal. Maté a 19 personas. Son 19 familias que perdieron a alguien, 19 madres que lloraron a sus hijos, como yo lloré a la mía. Algunos de esos hombres tenían esposas, tenían niños pequeños.
Niños que ahora crecen sin padre por mi culpa, igual que mis nietos crecen sin su tía Lupita. Eso me hace tan mala como ellos. Probablemente. Tal vez. No lo sé. Las líneas entre el bien y el mal se borran cuando te arrancan a un hijo de los brazos. La moral se vuelve un lujo que no puedes pagar cuando entierras a tu niña de 19 años y nadie paga por ello.
Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me dijeron hace 6 meses que tengo cáncer de estómago. Etapa cuatro, inoperable. Probablemente es por todos los años manipulando veneno sin protección adecuada, respirando los vapores, absorbiendo las toxinas a través de la piel. El mismo veneno que usé para matar a otros ahora me está matando a mí.
Dicen que me quedan meses, tal vez un año si tengo suerte. No tengo miedo de morir. Hace mucho que dejé de tenerle miedo a la muerte. Lo que me da miedo es morirme sin que nadie sepa lo que hice, sin que nadie entienda por qué lo hice. Quiero que el mundo sepa que hay consecuencias, que aunque el sistema de justicia no funcione, aunque los criminales crean que son intocables, siempre hay alguien observando, siempre hay alguien esperando el momento para cobrar las deudas.
A las madres que han perdido hijos por culpa del narco. A las madres que viven con el mismo dolor que yo viví, les digo esto. Las entiendo. Entiendo la rabia, la impotencia, las ganas de tomar la justicia en sus propias manos. Pero también les digo que la venganza no sana nada, solo te convierte en otro monstruo. Solo te roba lo poco de humanidad que te queda.
Yo maté a 19 hombres y sigo despertando cada noche viendo a mi Lupita colgando de ese árbol. Sigo oyendo sus gritos en mis sueños. Sigo sintiéndome vacía, rota, destruida. La venganza no me devolvió a mi hija. Solo me quitó la posibilidad de sanar, de seguir adelante, de encontrar paz. La única paz que he encontrado es en la fe.
Voy a misa todos los días ahora en la parroquita del pueblo donde vivo. Me siento en la última banca. Rezo el rosario. Prendo veladoras a la Virgen de Guadalupe. Le pido perdón por lo que hice. Le pido que cuide a mi Lupita en el cielo. Le pido que cuando me llegue la hora me permita verla otra vez. El Padre del Pueblo sabe mi historia.
Se la conté en confesión hace unos meses, cuando el cáncer ya estaba avanzado y sentí que necesitaba decirle a alguien. Me escuchó sin interrumpirme, sin juzgarme, sin condenarme. Cuando terminé, me dio la absolución y me dijo algo que nunca voy a olvidar. Hija, me dijo, solo Dios puede juzgar lo que hiciste. Yo no tengo ese poder.
Lo que sí sé es que el amor de una madre es la fuerza más poderosa del mundo y a veces esa fuerza nos lleva a lugares oscuros. Pero Dios es misericordioso. Dios perdona a los que se arrepienten de corazón. Y yo creo que tú te arrepientes. Me arrepiento. No de haber vengado a mi hija, sino de haberme convertido en lo que me convertí.
Me arrepiento de haber pasado años con el corazón lleno de odio, de haber dejado que la venganza consumiera mi vida, de haberle robado a mis otros hijos la madre que merecían mientras yo estaba ocupada planeando asesinatos. Pero ya es tarde para arrepentimientos. Lo hecho hecho está. Solo me queda esperar el final, rezar por perdón y confiar en que Dios es más misericordioso de lo que yo fui.
Mi nombre es Guadalupe Herrera Mendoza. Fui la limpiadora del CJNG durante 15 años. Maté a 19 hombres para vengar a mi hija y esta es mi confesión final. Si hay un cielo, espero que Lupita esté ahí esperándome. Espero que me perdone por no haberla protegido cuando más me necesitaba. Espero que me abrace como cuando era niña y me diga que todo está bien, que ya no hay dolor, que finalmente podemos descansar juntas.
Y si hay un infierno, bueno, probablemente me lo merezco, pero al menos iré sabiendo que los 19 hombres que maté llegaron ahí primero. Que Dios se apiade de mi alma. Amén.















