LA VIUDA QUE COMPRÓ 15 ESCLAVOS JÓVENES Y LOS ENTRENÓ SOLO PARA SU PLACER – Sevilla 1840

Era el año 1840 y en Sevilla, señoras y señores, una ciudad caliente de pasiones, secretos y el olor dulce de Asaar, vivía una mujer que lo tenía todo. Bueno, casi todo. Le faltaba lo más importante, la vida que ella realmente quería vivir. Se llamaba doña Elvira de Montalbán. Imaginen ustedes a una mujer de 30 y pocos años con una belleza que no necesitaba de abanicos para llamar la atención, alta, de ojos oscuros y una melena que parecía tejida con tinta negra.

Pero lo que realmente la hacía poderosa no era su belleza, sino su estatus. Era una viuda reciente. Su marido, don Rodrigo, había sido un hombre de negocios. Tan rico que su fortuna se medía en leguas de olivos y lingotes de oro. Había muerto, dicen los chismosos, de un atracón de jamón ibérico y vino de Jerez, dejando a Elvira como única heredera.

Y si don Rodrigo era rico, también era más aburrido que un sermón de cuaresma. Un hombre que entendía de números y tierras, pero que ignoraba por completo el mapa del corazón de su esposa. Elvira pasó el primer mes de luto vestida de negro riguroso, como mandaban las reglas de la alta sociedad sevillana. Recibía condolencias, fingía lágrimas y escuchaba los susurros de las otras damas que ya le estaban buscando un nuevo marido.

Pero Elvira no quería un marido. Dios la libre. había probado esa fruta y le había sabido a nada. Ella tenía sed, una sed profunda y quemante que el dinero y las joyas no podían saciar. Sed de control, sedulpa, sin la necesidad de rendir cuentas a nadie. Ella miraba su inmensa hacienda, los Olivos, un palacio rodeado de campos dorados y sentía que estaba encerrada en una jaula de oro.

Una tarde, mientras el sol se ponía tiñiendo el cielo de naranja y púrpura, Elvira estaba sola en su patio andaluz bebiendo una copita de vino dulce. Reflexionó sobre su nueva libertad. El dinero le daba poder para comprar casi cualquier cosa. Pero, ¿qué era lo que realmente quería? Quería compañía, no compañía de tertulia, sino compañía dedicada, entrenada, exclusiva.

Quería arcilla fresca que moldeara su antojo sin las costumbres ni los egos de los hombres libres de Sevilla. Y ahí, mis amigos, es donde la idea prohibida, la idea escandalosa, se instaló en su mente como una semilla venenosa. Ella compraría esclavos. Ahora, miren ustedes, estamos en 1840. Aunque el comercio de esclavos estaba mal visto en la península ibérica y había regulaciones, la compra y venta de personas, especialmente jóvenes, traídos de las colonias o de rutas comerciales clandestinas, seguía siendo una realidad

oscura en los puertos grandes como Sevilla. Si tenías el dinero y los contactos, podías encontrar lo que buscabas. Elvira no era una mujer que se conformara con la fachada. Si iba a hacer algo, lo haría a lo grande y en secreto. Su primer paso fue contactar a la persona adecuada. Había oído hablar en voz baja en los salones y entre el servicio de un tal señor Vargas, un hombre que se dedicaba a la importación de mercancías exóticas.

Y cuando decimos mercancías exóticas, ustedes ya me entienden, una noche oscura. Elvira hizo que su cochero de más confianza, un hombre mudo llamado Gaspar, la llevara a las afueras, cerca del puerto, a un almacén que apestaba a salitre y humedad. Ella iba cubierta con un mantón grueso que le ocultaba el rostro. No quería ser reconocida.

La reputación en esa época era todo. El señor Vargas era un hombre gordo, con ojos pequeños y brillantes como monedas. vestía de forma pulcra, pero la avaricia le chorreaba por los poros. “Doña Elvira”, dijo Vargas haciendo una reverencia demasiado profunda. “Es un honor recibirla, aunque en circunstancias tan discretas.

Vargas”, cortó ella sin rodeos. Elvira no toleraba la adulación. “Sé a que te dedicas, no estoy aquí para comprar seda china. Necesito mercancía específica.” Vargas sonró. mostrando unos dientes amarillentos. Mi clientela suele buscar fuerza para el campo o quizás alguna doncella para el servicio doméstico. No busco ni fuerza bruta ni fregonas, replicó Elvira, su voz baja pero firme.

Busco juventud, muchachos, cuerpos sin la dureza del trabajo pesado, hombres que puedan ser entrenados, que no tengan vicios ni mala educación previa, que sean maleables. Vargas se frotó las manos con entusiasmo. Este era un pedido caro. Tengo un lote que acaba de llegar de la costa africana y de algunas islas del Caribe, jóvenes muy bien conservados, sin daños.

La mayoría no habla castellano, lo cual para propósitos de control es excelente. Elvira asintió. La falta de idioma significaba una dependencia total de ella. Vargas la condujo a una zona del almacén apenas iluminada por una linterna de aceite. El aire era pesado y olía a miedo y a paja sucia. Ahí estaban alineados contra la pared.

Había un grupo de muchachos. Eran jóvenes, algunos apenas saliendo de la adolescencia. Sus cuerpos eran delgados, pero firmes, marcados por el viaje, perono por el trabajo duro. Sus ojos eran grandes, llenos de terror y confusión. Venían de mundos diferentes y ahora estaban parados en la oscuridad de Sevilla esperando su destino.

Elvira caminó lentamente frente a ellos, como si estuviera inspeccionando caballos de pura raza. Ella no sentía culpa ni pena, solo veía potencial. veía 15 lienzos en blanco. Ella no quería dos o tres. Quería un ejército privado, una corte personal. Quería variedad y abundancia.

“¿Cuántos tienes que cumplan con mis requisitos de edad y complexión?”, preguntó Elvira. Vargas hizo un recuento mental señalando con un bastón. 17 doña Elvira. Pero dos de ellos tienen una cicatriz en la pierna producto de la travesía. Quizás no sean aptos para el servicio más delicado. Descartamos a los heridos, dijo Elvira fríamente.

Me quedo con los 15 restantes. Quiero que sean perfectos. Cuerpos que no hayan sido tocados por el látigo ni por la miseria del campo. Vargas se quedó boquia abierto. 15. Era una cantidad inaudita para el uso personal de una sola mujer. 15 jóvenes. Es una inversión considerable, doña Elvira. Estamos hablando de un precio especial.

Elvira sacó una pequeña bolsa de tercio pelo de su capa, la tiró sobre una caja. El sonido del oro chocando resonó en el almacén. El precio no es un problema, Vargas. El problema será, si esto se sabe. Si alguien pregunta, “Estos hombres son sirvientes de mi prima, la marquesa de Almanza, y están de paso hacia el norte.

” ¿Entendido? Se les debe transportar con discreción absoluta hasta mi hacienda, los Olivos. No deben ver la ciudad, no deben hablar con nadie. Vargas, al ver el brillo de las monedas, se puso pálido de la emoción. Absoluta discreción, doña Elvira. Serán envueltos y transportados en carros cerrados como si fueran barriles de aceite.

Nadie sabrá que salieron de aquí. Elvira miró de nuevo a los 15 muchachos. Había uno de piel muy oscura, con unos ojos que parecían de obsidiana, que la miraba con una mezcla de desafío y miedo. Había otro más claro, con el cabello rizado que temblaba visiblemente. Todos eran desconocidos, todos eran suyos.

La sensación de propiedad la inundó. Un calor que no había sentido desde la muerte de su marido. No era solo control, era la promesa de un proyecto, de una vida dedicada enteramente a su satisfacción. Empaca la mercancía a Vargas, ordenó Elvira dándose la vuelta. Mañana al amanecer deben estar en los Olivos. Si alguno intenta escapar, si alguno se daña en el camino, pagarás con tu propia carne. El trato estaba hecho.

Elvira regresó a su palacio, la mente ya trabajando. 15 hombres jóvenes. Necesitaría un plan, necesitaría un sistema. Los Olivos era grande, pero la mansión principal estaba llena de ojos curiosos. Ella tenía que construir un mundo dentro de su propio mundo. A la mañana siguiente, Elvira se levantó mucho antes que el sol.

Se puso una bata de seda y se dirigió a una parte olvidada de la hacienda. Detrás del jardín de naranjos había una casa de invitados antigua que don Rodrigo usaba para almacenar herramientas viejas. Era grande, estaba apartada y tenía muros altos. Perfecta. Elvira llamó a su capataz. Un hombre viejo y leal llamado Pedro.

Pedro, dijo Elvira con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Necesito que limpies la casa del huerto. Necesito 15 camas sencillas, ropa de lino nueva y una cocina bien abastecida. Y lo más importante, necesito un muro que nadie pueda escalar y una puerta que nadie pueda cruzar sin mi permiso. Pedro, que había servido a la familia Montalbán toda su vida, no preguntó por qué.

Cuando la viuda de Montalbán pedía algo, se hacía. Elvira supervisó personalmente la transformación de la casa del huerto. Quería que fuera cómoda, pero espartana. No quería lujos que pudieran darles ideas equivocadas. Quería que entendieran que su única comodidad venía de ella.

Al mediodía llegaron los carros de Vargas. Iban cubiertos con lonas gruesas y el cochero de Vargas parecía más nervioso que un novio en el altar. Gaspar, el cochero mudo de Elvira y Pedro se encargaron de la descarga. Los 15 muchachos salieron de los carros aturdidos por la luz del sol sevillano. Estaban desorientados, cansados, pero por primera vez estaban en un lugar que parecía limpio y tranquilo.

Elvira los esperaba en el patio de la casa del huerto. Ella se había vestido con un vestido sencillo, pero imponente, de color crema. Su cabello estaba recogido, su presencia era total. Los muchachos se alinearon torpemente. No entendían el idioma, pero entendían el poder que emanaba de ella. Ella era su dueña.

Elvira habló en castellano, lento y claro, aunque sabía que no la entendían. quería que el sonido de su voz fuera lo primero que grabaran en sus mentes. “Bienvenidos a Los Olivos”, dijo ella, paseándose frente a ellos. “A partir de hoy, vuestra vida anterior ha terminado. Aquí solo existe mi voluntad. Sois míos, vuestros cuerpos, vuestras mentes,vuestro tiempo.

” Todo se detuvo frente al muchacho de ojos de obsidiana, el que había mostrado desafío en el almacén. Él la miró fijamente. “Aprenderéis rápido”, continuó ella con una sonrisa helada. “Aprenderéis a obedecer, a servir y, sobre todo, a complacer. Vuestra vida dependerá de ello.” Elvira se dio cuenta de que necesitaba un sistema para identificarlos.

Nombres. No usaría los nombres que traían de sus tierras. Eso era demasiado personal. Pedro llamó Elvira a su capataz. Tráeme la pintura y el pincel. Pedro, sin entender, obedeció. Elvira tomó el pincel, lo mojó en pintura negra y se acercó al primer muchacho. Él se encogió ligeramente. Elvira le pintó un número grande en el hombro derecho, justo sobre la clavícula.

Tú serás el uno”, dijo Elvira marcándolo. Y así, uno por uno, fue marcando a los 15 jóvenes. 1, dos, tres, hasta el 15. El muchacho de ojos de obsidiana recibió el número siete. Cuando terminó, Elvira observó su nueva adquisición. 15 cuerpos, jóvenes, desnudos de identidad, marcados con números, eran suyos.

Y el entrenamiento estaba a punto de empezar, pero no sería un entrenamiento para el campo ni para la casa. Sería un entrenamiento para el placer absoluto de doña Elvira de Montalbán. Un secreto que Sevilla jamás se atrevería a imaginar. Y ella sabía que para lograrlo primero tenía que romperlos y luego reconstruirlos exactamente como ella quería.

El primer paso era la limpieza y el segundo establecer la disciplina. Y para eso, Elvira tenía un plan muy específico que empezaba con el silencio y la obediencia total. Continuará. Note, this ending is purely for narrative flow and is not a formal part X marker. Mis amigos, si ustedes hubieran podido ver la casa del huerto en esos días, habrían entendido que doña Elvira no solo había comprado 15 cuerpos, había comprado 15 almas para rehacerlas a su imagen y semejanza.

Elvira sabía que la disciplina no podía esperar. El miedo del viaje y del almacén de Vargas era una ventaja que no podía desperdiciar. Tenía que transformar ese miedo en respeto y el respeto en devoción. El primer día, después de marcarlos con la pintura, Elvira ordenó la limpieza. Pedro y otro par de sirvientes leales y muy bien pagados para mantener la boca cerrada se encargaron de rasurarles la cabeza.

Esto fue un golpe duro, un acto de borrado total. Ya no tenían sus cabellos, que a veces son la única conexión que uno tiene con su tierra. Ahora eran 15 cabezas rapadas, idénticas, con sus números brillando en el hombro. Luego vinieron los baños largos con jabón fuerte y agua fría para quitarles el olor a barco, a Salitre y a miseria. Elvira supervisó todo desde la distancia.

observando cómo se movían, cómo reaccionaban al agua y a la presencia de los otros sirvientes. Quería ver quién se encogía y quién mantenía la postura. Cuando terminaron, les entregaron túnicas de lino blanco simples que llegaban hasta la rodilla, nada más. Sin intas joyas, sin zapatos, sin bolsillos donde esconder nada. La desnudez de identidad era total.

La casa del huerto se convirtió en un convento, pero uno dedicado a la diosa del placer, que era Elvira. La regla de oro, la que se estableció desde el primer atardecer, fue el silencio absoluto. Elvira sabía que si los muchachos podían hablar entre ellos, podrían conspirar, podrían compartir su dolor y, peor aún, podrían recordar quiénes eran.

El silencio era el cemento que sellaba su nueva prisión. Para imponerlo, Elvira se apoyó en Pedro el Capataz, un hombre de pocas palabras y mucha presencia. Pedro no era cruel por naturaleza, pero era leal a la fortuna de Montalbán. Y doña Elvira le había prometido una jubilación de oro, si mantenía el secreto y el orden.

Cuando la cena fue servida, un caldo espeso y pan duro, los muchachos intentaron comunicarse con gestos. Pedro, con un látigo de cuero que nunca llegó a usar, solo tenía que dar un golpe seco en el suelo de piedra. El sonido era suficiente. Si alguien intentaba susurrar, Pedro lo sacaba del comedor y lo dejaba de pie. Inmóvil mirando la pared hasta el amanecer.

Elvira observaba estos castigos desde el balcón superior a través de una celocía. No tenía que ensuciarse las manos. La disciplina se aplicaba por medio de terceros, pero la autoridad emanaba solo de ella. Pasaron los primeros tres días en un mutismo forzoso. Los 15 números comían, dormían y se movían en formación, siempre en silencio. La tensión era palpable.

Pero, ¿recuerdan ustedes al número siete? El muchacho de ojos de obsidiana que había mirado a Elvira con desafío en el almacén. Él era diferente. Los demás, por el terror o el agotamiento, habían caído en una obediencia gris. El siete no. Él mantenía una chispa de fuego en la mirada, incluso cuando su cuerpo obedecía.

Elvira lo notó y sabía que tenía que doblegarlo primero. Si el siete caía, los demás se desmoronarían.Al cuarto día, Elvira comenzó la fase de la reeducación. Ella no quería esclavos que movieran sacos de aceitunas. Quería compañía refinada, que entendiera sus deseos antes de que ella los verbalizara. Necesitaban aprender castellano, pero solo el necesario para el servicio íntimo.

Las lecciones eran impartidas por Elvira misma. Ella se sentaba en un sillón elegante y tranquila y los hacía sentarse en el suelo formando un semicírculo. Ella señalaba objetos y decía la palabra lentamente: “Mano, agua, mío, tú.” La repetición era agotadora. Si un muchacho se equivocaba o no repetía la palabra con la entonación que ella quería, no había latigazos.

El castigo de Elvira era más sutil y mucho más efectivo. La privación. Número cuatro, decía Elvira señalando la jarra de agua. Agua. Si el cuatro lo decía bien, se le permitía beber un sorbo. Si lo decía mal, el cuatro se quedaba sin beber hasta la próxima lección. En el calor de Sevilla, la sed era un castigo poderoso.

El siete era inteligente. Aprendía rápido las palabras, pero su voz era áspera, su tono renuente. Un día, Elvira le ordenó que repitiera una frase crucial. Soy vuestro y solo vuestro, mi dueña. El siete repitió las primeras palabras con la boca seca. Soy vuestro. Pero se detuvo antes de pronunciar mi dueña. Elvira lo miró.

La sala se quedó en un silencio tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. “Continúa siete”, dijo ella, su voz baja, casi un susurro. El siete tragó saliva. Sus ojos, llenos de esa extraña mezcla de desafío y humillación se clavaron en los de ella. Él no quería decir la palabra, no quería entregarle ese último vestigio de su voluntad.

“Continúa”, repitió Elvira sin levantar la voz. No había ira en su rostro, solo una paciencia fría y terrible. El siete apretó la mandíbula. El silencio se prolongó. Los otros 14 números miraban al suelo, temblando por él. Sabían lo que venía. Elvira no lo castigó físicamente. Eso habría sido demasiado fácil.

Pedro llamó Elvira. El número siete no comerá ni beberá durante dos días y dormirá atado a la viga central de pie sin que sus rodillas toquen el suelo. Que vea a los demás comer. Que sienta el hambre y la sed. Y que sepa que la única llave para su comodidad es esa palabra que se niega a pronunciar. El castigo fue ejemplar.

Ver al siete, fuerte y orgulloso, colgado de la viga, forzado a mantenerse despierto por el dolor constante en sus brazos y hombros, mientras los otros números comían su ración, fue una lección brutal de la jerarquía. El siete era la prueba de que el desafío no era tolerado. Al final del segundo día, el siete estaba exhausto, pálido, con los ojos inyectados en sangre.

Elvira se acercó a él una copa de agua fresca en la mano. Siete, dijo ella, dime la frase y beberás. El siete la miró. Su resistencia se había roto, no por el dolor, sino por la humillación y la desesperación de la sed. Su voz salió como un grasnido seco. Soy vuestro y solo vuestro, mi dueña. Elvira sonrió. una sonrisa pequeña de satisfacción absoluta.

Le dio el agua, solo un sorbo pequeño para mantenerlo vivo, no para reconfortarlo. Bien, dijo ella, ahora sabes que incluso tu dolor me pertenece. A partir de ese momento, la disciplina se instaló firmemente. Elvira había logrado la sumisión mental, que era mucho más valiosa que la física. Una vez que la obediencia básica estuvo asegurada, Elvira se centró en la apariencia y los modales.

Ellos no solo tenían que ser obedientes, tenían que ser hermosos y gráciles en su servicio. Elvira contrató a una vieja maestra de baile, doña Inés, una mujer discreta y con fama de mano dura, para que viniera a Los Olivos tres veces por semana. Ella le dijo a Inés que los muchachos eran jóvenes sirvientes de origen noble, que debían aprender la postura adecuada para servir en la corte.

Las lecciones de doña Inés eran agotadoras. Los muchachos pasaban horas practicando cómo caminar sin hacer ruido, cómo inclinarse sin torpeza, cómo sostener la cabeza alta. Aprendieron a moverse como sombras, a anticipar el movimiento de un abanico o la caída de un pañuelo. Elvira observaba estas sesiones con deleite. Veía como los cuerpos, que habían sido salvajes y toscos, se iban puliendo.

Los músculos se alargaban, las espaldas se enderezaban. El número de ellos, 15, creaba una coreografía de obediencia que la fascinaba. Pero el entrenamiento más importante era el que Elvira impartía sola en las noches. Ella había mandado a construir en la casa del huerto una pequeña sala privada lejos de las miradas de Pedro y los otros sirvientes.

Era una habitación sencilla con cojines de seda y un brasero donde el aire se mantenía cálido y perfumado con incienso. Elvira no iba a elegir a sus favoritos al azar. quería evaluar las aptitudes de cada uno para el servicio íntimo. Una noche, cuando la luna estaba escondida, Elvira se dirigió a la casadel huerto vestida con un batín de tercio pelo.

Pedro, ordenó, “Tráeme al número tres y que nadie se acerque a esta ala hasta el amanecer.” El número tres era uno de los más dóciles, un joven de piel clara y ojos asustados. había demostrado una obediencia casi ansiosa. Elvira lo había elegido porque era el menos propenso a la rebelión, el más fácil de moldear en las primeras etapas.

Cuando el tres entró en la sala, Elvira estaba sentada en el centro, bañada por la luz suave de una lámpara de aceite. “Tres”, dijo Elvira usando el castellano básico que ya habían memorizado. “Acércate!” El muchacho se acercó lentamente, temblando en su túnica de lino. Elvira no estaba allí para el placer inmediato, estaba allí para la instrucción.

Ella quería que el tres entendiera que el servicio a ella era la cumbre de su existencia y que la recompensa por la obediencia era infinitamente superior a la miseria de la desobediencia. Ella le enseñó a masajear a un ritmo lento y metódico las tensiones de su cuello. Le enseñó a servir el vino con una mano firme y sin derramar una sola gota.

Le enseñó a arrodillarse, a esperar, a respirar, y luego le enseñó sobre el tacto. El cuerpo de tu dueña le explicó Elvira con su voz baja y seductora. Es un templo que solo tú o tus hermanos podréis tocar, pero el tacto debe ser ligero, reverente, buscando siempre mi comodidad. Ella le permitió tocarle las manos, los brazos, siempre bajo su estricta dirección.

El tres, al principio rígido por el miedo, empezó a relajarse ante la ausencia de dolor o castigo. Por primera vez en meses sentía una conexión que no era de terror, sino de intimidad controlada. Y la recompensa llegó. Elvira le ofreció un plato de fruta fresca y un vaso de leche con miel, un lujo que no se compartía con los demás.

Cuando el tres regresó a su dormitorio esa noche, los otros números lo miraron en la oscuridad. El tres no dijo nada. La regla del silencio se mantenía, pero el brillo de satisfacción en sus ojos y el olor dulce de la leche en su aliento hablaban más fuerte que cualquier palabra. Los otros 14 entendieron el mensaje.

La obediencia lleva al favor y el favor lleva a la comodidad. Elvira había creado una competencia silenciosa entre ellos. Las noches de instrucción continuaron. Elvira rotó a los números dedicando una noche a cada uno, evaluando sus talentos naturales. El número nueve era sorprendentemente hábil con las manos, con un toque suave y preciso.

El número 12. Tenía una memoria prodigiosa y aprendía las rutinas de servicio con una perfección militar. Y luego estaba el siete. Elvira había dejado al siete para el final. Sabía que él sería el más difícil, pero también el más valioso si lograba domarlo. Había en él una pasión reprimida que, una vez liberada y dirigida hacia ella, sería una fuente inagotable de placer.

Cuando el siete entró en la sala de seda, su postura era perfecta, su cabeza erguida. había aprendido la lección de la viga. Elvira le ordenó que se arrodillara. Él obedeció sin dudar, pero sus ojos no se desviaron de los de ella. Ya no había desafío, sino una intensidad que la hacía sentir incómoda y excitada a la vez. Siete. Dijo Elvira.

Tu cuerpo es fuerte, pero tu mente debe ser más fuerte. Tu único propósito es servirme. ¿Lo entiendes? Lo entiendo, mi dueña, respondió él. su voz ya más entrenada, aunque aún con un matiz de aspereza. Esa noche, Elvira no se centró en la sumisión, sino en la conexión. Ella le enseñó al siete a leer su estado de ánimo a través de gestos mínimos, el parpadeo de sus ojos, la forma en que sostenía su abanico, la ligereza de su respiración.

Ella le permitió tocar su rostro, un gesto de intimidad que no había concedido a los demás. Fue una prueba. Si él mostraba miedo, si vacilaba, si intentaba tomar control, sería castigado. Pero el siete, al tocarla, demostró una concentración absoluta. Sus dedos se movieron con una precisión que no era de amor, sino de un servicio intensamente enfocado.

Era como si estuviera resolviendo un enigma. El cuerpo de Elvira. Elvira se dio cuenta de que el siete no la temía tanto como la estudiaba. Él había aceptado que era su dueña y ahora estaba aprendiendo a ser el mejor esclavo posible, no por su misión, sino por una extraña forma de orgullo. Quería ser el favorito. Esta revelación emocionó a Elvira.

Ella no quería corderos, quería un lobo domesticado. Siete. Dijo Elvira acariciándole la mejilla. Eres diferente y la diferencia será recompensada. Esa noche el siete recibió una recompensa mucho mayor que la fruta o la leche. Elvira le entregó un pequeño brazalete de cuero, sencillo, pero que solo él poseía. Era una marca de distinción.

A medida que las semanas se convirtieron en meses, el sistema de Elvira se consolidó. Los 15 números estaban perfectamente entrenados. Se movían con la gracia de bailarines. Hablaban solocuando se les preguntaba y entendían que su vida se medía en la satisfacción de su dueña. La casa del huerto era ahora un oasis de obediencia perfecta, pero Elvira no había comprado 15 esclavos solo para tenerlos encerrados.

Los Olivos era grande y ella era la viuda más rica de Sevilla. Su proyecto tenía que formar parte de su vida social, aunque nadie supiera su verdadera naturaleza. Era hora de sacar a su corte de sombras y presentarlos al mundo, disfrazados de algo aceptable para la mojigata sociedad sevillana. Elvira tenía un plan audaz.

iba a usar a sus números como un símbolo de estatus, una extravagancia que nadie se atrevería a cuestionar por miedo a la envidia. Iba a organizar la fiesta más suntuosa que Sevilla hubiera visto y sus 15 muchachos serían el centro de la atención. Pero antes de eso tenían que ser vestidos y no con lino. Tenían que parecer príncipes orientales, sirvientes exóticos traídos de tierras lejanas.

Lo suficientemente diferentes para ser una novedad, pero lo suficientemente hermosos para ser deseados. Elvira llamó a su costurera personal, una mujer francesa que entendía de secretos y buen gusto. Madame Dubo dijo Elvira con un brillo en los ojos que la costurera nunca le había visto. Necesito 15 uniformes, ropa de seda y tercio pelo, pero que parezcan ligeros, casi como una segunda piel.

colores ricos, borgoña, verde esmeralda, azul noche y deben dejar los hombros descubiertos. Los hombros, doña Elvira, preguntó Duba, sorprendida. Sí, replicó Elvira tocándose el hombro. Es una costumbre de su tierra. Los hombros deben mostrarse. Es un símbolo de su servicio y deben ser numerados. Elvira sonríó.

Quería que los números fueran visibles. Quería que la gente se preguntara, que susurrara, pero que nunca entendiera la verdad. La verdad era que esos números no eran una decoración exótica, eran su propiedad, su creación. Mientras Madame Duboa se dedicaba a las telas y los hilos, Elvira se dedicaba al calendario social.

iba a organizar un baile en Los Olivos, un evento tan grande que eclipsaría cualquier otro en Sevilla, y ese sería el debut de sus 15 números. El día del baile se acercaba. Los Olivos se preparaba con un frenecí de actividad. Cientos de velas, flores de todos los colores, músicos traídos de Cádiz. Elvira estaba radiante.

Ya no era la viuda aburrida, era la anfitriona, la dueña del espectáculo, la maestra de ceremonias y en el centro de su plan estaban sus muchachos. La noche del baile, Elvira se vistió con un vestido de tercio pelo rojo, un color que solo una viuda rica podía permitirse usar. Su presencia era magnética. Cuando los primeros invitados llegaron, la sorpresa fue total.

Alrededor del patio principal, en posiciones estratégicas estaban los 15 números, vestidos con sus uniformes exóticos, los hombros desnudos, sus números negros destacando sobre la piel pulida. Parecían estatuas de bronce y seda. Eran perfectos. Su entrenamiento había dado sus frutos.

Estaban inmóviles con la mirada baja, solo reaccionando a las órdenes silenciosas de Elvira. El número uno estaba en la puerta sosteniendo una bandeja de plata. El número siete. Con su brazalete de cuero estaba justo detrás de Elvira, sosteniendo su abanico. Su postura era la de un guerrero que había aceptado la paz, pero que no había perdido su filo.

Los susurros comenzaron inmediatamente. ¿Quiénes son esos jóvenes, doña Elvira? Qué belleza. Son mis pajes personales, respondía Elvira con una sonrisa enigmática. Una tradición de mi difunto marido. Los trajimos de un viaje lejano. Son mudos para la sociedad sevillana. Solo hablan para servir a su dueña. Los invitados aceptaron la explicación.

Eran demasiado hermosos, demasiado exóticos para ser cuestionados. Eran una extravagancia, una prueba de la inmensa fortuna de Elvira. Pero la verdadera prueba vendría cuando Elvira comenzara a usarlos no solo como pajes, sino como extensiones de su propia voluntad en público y en privado.

Elvira levantó la mano ligeramente. El número siete, sin que ella dijera una palabra, se acercó para servirle una copa de vino. El movimiento fue tan fluido, tan anticipatorio, que la marquesa de Almanza, que estaba al lado se quedó boquiabierta de la envidia. ¿Qué servicio? Elvira parece que le lee la mente. Lo hacen, respondió Elvira.

Es parte de su entrenamiento. La obediencia total es un arte. Esa noche, mientras los invitados bebían y bailaban, Elvira disfrutó de su poder. Ella era la única persona en la hacienda que podía comandar a 15 hombres jóvenes con solo un parpadeo. Ella había roto sus espíritus, había entrenado sus cuerpos y ahora los había presentado como el pináculo de su riqueza y su misterio.

Pero el verdadero placer de Elvira no estaba en el espectáculo público, estaba en la noche que se acercaba. Cuando el último invitado se hubo marchado y la hacienda quedó en silencio, Elvira regresó a su dormitorio.Mandó llamar al siete. El número siete entró y se arrodilló a los pies de su cama.

“La noche ha sido larga, siete”, dijo Elvira quitándose un pendiente. “Pero ahora es el momento de mi comodidad”. Muéstrame que tu entrenamiento ha sido perfecto. Demuéstrame que tu lealtad ha superado tu orgullo. Y en ese momento, mis amigos, el siete, el más desafiante de todos, se levantó. Ya no era un esclavo asustado, era un servidor dedicado y sabía exactamente lo que su dueña deseaba.

El entrenamiento había terminado, la era del placer había comenzado y ese secreto sellado entre los muros de los Olivos era el tesoro más preciado de doña Elvira de Montalbán. La historia de cómo ella usó su corte personal uno por uno y a veces en combinaciones que desafiaban la moral de la época, es lo que Sevilla jamás supo ni se atrevió a imaginar.

Continuará. Note, this ending is purely for narrative flow and is not a formal partex marker. Mis amigos, si el silencio pudiera hablar, las paredes de la hacienda Los Olivos y especialmente las de la Casa del Huerto habrían gritado historias que harían palidecer a los curas de Sevilla. La noche en que Elvira llamó al siete a su dormitorio marcó el verdadero inicio de su reinado.

Ya no era solo la dueña de una fortuna. era la dueña de 15 voluntades y estaba lista para cosechar los frutos de su disciplina. El siete, el que había sido el más difícil de quebrar, se convirtió en su favorito, no por su misión ciega, sino por la calidad de su servicio. Él había entendido que Elvira no buscaba un amante, buscaba una extensión perfecta de su deseo.

Y en esa primera noche él demostró que era capaz de anticipar sus necesidades con una precisión casi mágica. Elvira no tuvo que pedir, solo tuvo que desear. Elvira, después de años de sequía emocional junto a don Rodrigo, se encontró inmersa en una abundancia de atención y placer. Era como si hubiera abierto una fuente que nunca se agotaba.

Ella estableció lo que internamente se conoció como el calendario de la dueña. No había un orden fijo y esa era parte de su estrategia. Elvira no quería que nadie se sintiera seguro o especial, salvo cuando ella lo decidía. Cada noche, al caer el sol, Elvira enviaba a Pedro el capataz con una tablilla de cera a la casa del huerto.

En ella, Elvira grababa los números de los muchachos que deseaba para esa noche. A veces era uno para un servicio íntimo y concentrado. Otras veces eran dos o tres para rutinas más elaboradas donde la gracia y la coordinación de su entrenamiento de baile se ponían a prueba. El siete, por su inteligencia y su brazalete de distinción, rara vez era el único.

Él se convirtió en el maestro de ceremonias silencioso. Si Elvira pedía al cinco y al 12, el siete era el encargado de supervisar que el servicio de sus hermanos fuera impecable y de responder a las órdenes más complejas de la dueña. Imaginen ustedes la vida de esos 15 jóvenes encerrados en la casa del huerto durante el día.

manteniendo el silencio, practicando sus posturas con doña Inés y en la noche, esperando la tablilla de cera, sabiendo que la selección no solo significaba el servicio íntimo, sino también la única oportunidad de recibir un trato mejor, un mejor corte de carne en la cena, un pañuelo de seda o la promesa de no tener que realizar las tareas más pesadas al día siguiente.

Esto generó una competencia feroz, pero completamente silenciosa entre los números. El siete, siendo el favorito, era el blanco de una envidia sorda. Pero Elvira se aseguró de que esa envidia nunca se convirtiera en rebelión. Si alguien mostraba el más mínimo signo de resentimiento o falta de cooperación, Elvira lo sabía.

El siete era su espía no oficial, porque su propia comodidad dependía de la perfección del sistema. Si el número cuatro, por ejemplo, dudaba en una tarea de servicio, el siete se encargaba de corregirlo con una mirada que era más fría que el acero de Toledo. Y si la corrección no funcionaba, Elvira simplemente castigaba al cuatro con la privación total, sin fruta, sin vino, solo pan y agua, hasta que su servicio fuera restaurado a la perfección.

Elvira disfrutaba de esta dinámica de poder. Había comprado 15 cuerpos, pero había diseñado un ecosistema de obediencia donde la supervivencia dependía de su aprobación. Pero doña Elvira no era una mujer que guardara sus mejores joyas bajo llave. Había entrenado a su corte personal para exhibirlos y así lo hizo.

Ella paseaba su poder por las calles de Sevilla, o al menos por los caminos que llevaban a las haciendas vecinas. Su carruaje era siempre seguido por dos o tres de los números vestidos con sus uniformes de seda, caminando con esa gracia entrenada que hipnotizaba a la gente. Cuando Elvira iba a misa, no iba sola.

El siete y el tres la esperaban en la puerta, sosteniendo su misal y su abanico. La gente no podía dejar de mirar. Los números eran como figuras de arteviviente, demasiado perfectos para ser simples sirvientes. Las damas de Sevilla, vestidas con sus mantillas negras y su falsa piedad, hervían de envidia y de chismorreo.

“¿Has visto a los pajes de Elvira? Son como estatuas griegas. Dicen que los compró a un sultán de Oriente, por eso están marcados con números. Es una costumbre bárbara, pero no es demasiado para una viuda solitaria. Tantos jóvenes en la casa. Elvira, por supuesto, escuchaba los susurros y la verdad era que esos susurros eran el combustible de su placer.

Ella había logrado el equilibrio perfecto. La sociedad se escandalizaba lo suficiente como para hablar de ella, pero no lo suficiente como para intervenir. Su estatus y su riqueza eran su escudo. Nadie quería enfrentarse a la viuda de Montalbán y su ejército silencioso. Elvira utilizaba a sus números en público para demostrar su control absoluto.

en las tertulias. Si ella quería una copa de Jerez, no hacía una seña con la mano, simplemente pensaba en ello y el número que estuviera más cerca, generalmente el siete, se movía antes de que ella abriera la boca. Esta anticipación era el resultado de meses de entrenamiento en la lectura de sus gestos y sus estados de ánimo.

Para el mundo era magia exótica. Para Elvira era la prueba de que podía moldear la mente humana. Un día, en una visita a la marquesa de Almanza, Elvira demostró su poder de la manera más sutil y humillante para la marquesa. La marquesa tenía a su propio paje, un muchacho libre y torpe que servía el té.

El paje de la marquesa se tropezó ligeramente. El siete, que estaba de pie como una sombra detrás de Elvira, no se movió, pero su expresión fue de un desprecio tan calibrado que el paje de la marquesa se puso pálido. Luego la marquesa, para probar a Elvira, le pidió al siete que le sirviera una taza de té, esperando que, al ser propiedad de Elvira, el siete la ignorara.

Elvira solo asintió con un movimiento imperceptible de la cabeza. El siete se movió, sirvió el té a la marquesa con la elegancia de un cisne y se retiró sin hacer el menor ruido. La marquesa, humillada por la perfección del siete, no pudo decir nada, salvo qué exquisito servicio. Elvira lo es, respondió Elvira bebiendo su propio té.

La excelencia no tiene precio, mi querida. Pero el verdadero deleite de Elvira, el que justificaba toda la inversión y el riesgo, se vivía en la intimidad de los Olivos. A medida que pasaban los meses, Elvira se volvió más audaz en sus rutinas nocturnas. Ella había comprado 15 hombres y no iba a limitar su uso a las costumbres aburridas de un matrimonio.

Ella comenzó a experimentar con combinaciones. A veces elegía a dos números por su contraste. El uno, de piel clara y maneras suaves, y el siete, oscuro y con esa intensidad de depredador domesticado. La yuxtaposición de sus servicios, la coreografía de sus movimientos silenciosos, se convirtió en una forma de arte para Elvira.

Había una regla no escrita, pero fundamental en la casa del huerto. La cooperación total. Los números debían trabajar juntos sin celos, sin fallos. para el placer de su dueña. Una noche, Elvira pidió a los números tres, 5 y nu ella quería un servicio de masaje que cubriera todo su cuerpo simultáneamente. Los tres se movieron alrededor de ella, sus manos trabajando al unísono, guiados por el ritmo invisible que Elvira había inculcado en ellos.

El tres se encargaba de las piernas, el cinco de la espalda y el nueve de los hombros y el cuello. Si uno de ellos se equivocaba en el ritmo, si una mano era más fuerte o más débil de lo que Elvira deseaba, ella simplemente hacía un pequeño sonido con la garganta y los tres se detenían al instante esperando la corrección.

Elvira no necesitaba gritar. Su autoridad se había vuelto tan absoluta que un suspiro de decepción era más aterrador que mil latigazos. Ella se dio cuenta de que su verdadero placer no era solo el físico, sino la sensación de orquestar esta sinfonía de obediencia. Ella era la compositora y ellos eran sus instrumentos perfectamente afinados.

Sin embargo, mantener un secreto de esta magnitud en la chismosa Sevilla de 1840 era una tarea que requería nervios de acero. Elvira confiaba en Pedro y Gaspar, pero eran hombres mortales. Pedro, el capataz estaba envejeciendo y el peso de su lealtad lo estaba doblando. Una tarde, Pedro se acercó a Elvira con el rostro pálido.

Toña Elvira”, dijo Pedro con la voz apenas un susurro. El panadero de la villa, el señor Mateo, ha preguntado por qué estamos comprando tanta harina si solo somos usted y el servicio de la casa grande. Son raciones para 20 hombres, dueña. Elvira no se inmutó. La logística era el punto débil de su secreto. “¿Y qué le dijiste, Pedro?”, preguntó Elvira con calma.

Le dije que estamos alimentando a los cerdos de don Rodrigo, que los va a vender a la ciudad para la feria de primavera. Pero Mateo es un hombre curioso, dueña y su esposa habla mucho.Elvira se levantó de su silla. La curiosidad era un veneno que podía matarla. Si el secreto de los 15 números salía a la luz, no solo enfrentaría la condena social, sino quizás la intervención de la iglesia, o peor, de las autoridades que podían confiscar su fortuna bajo la excusa de prácticas inmorales o el mantenimiento de esclavos

prohibidos. Pedro, dijo Elvira con una frialdad que el heló la sangre del capataz. A partir de mañana el panadero no viene a la hacienda. Gaspar irá a comprar al pueblo vecino a Carmona y a partir de hoy la casa del huerto cultivará sus propias verduras. Nadie debe saber lo que comen ni cuánto comen. Y luego Elvira tomó una decisión más drástica respecto al panadero.

No era suficiente con evitarlo. En cuanto a Mateo, continuó Elvira, necesitas asegurarte de que él y su esposa no tengan nada que decir. ¿Entiendes? Un buen regalo, una bolsa de oro. Y si el oro no funciona, Pedro, la amenaza sí lo hará. Recuérdale que los campos de los Olivos son grandes y la tierra es profunda. Pedro asintió tragando saliva.

Sabía que Elvira hablaba en serio. La viuda no solo protegía su placer, protegía su vida y su fortuna. El incidente del panadero sirvió como un recordatorio para Elvira. La perfección de su pequeño mundo dependía de la invisibilidad del mismo. Ella redobló las medidas de seguridad en la casa del huerto.

Las ventanas fueron cubiertas con celosías más gruesas y el patio interior se convirtió en el único lugar donde los números podían tomar el sol. Los números, por su parte, estaban tan profundamente inmersos en su nueva existencia que su mundo exterior había dejado de importar. Su pasado era un recuerdo borroso. Su futuro era la voluntad de Elvira.

Habían aceptado que su única identidad era el número que llevaban en el hombro y su único propósito, el placer de su dueña. Elvira, sin embargo, comenzó a notar una evolución inesperada en su relación con el siete. El siete no solo servía, él la entendía. Cuando Elvira estaba de mal humor, él no se acobardaba.

intensificaba su atención buscando la causa de su molestia y ofreciendo soluciones silenciosas. Un masaje más profundo, un cambio de perfume en la habitación. Una noche, mientras el siete la ayudaba a vestirse después de una de sus rutinas, Elvira notó su intensidad. No era deseo, era algo más cercano a una devoción obsesiva. “Siete.

” dijo Elvira mirándolo directamente a los ojos. ¿Qué piensas de tu vida aquí? El siete. Entrenado para la obediencia, sabía que no debía responder con la verdad de su corazón, sino con la verdad que ella quería escuchar. “Mi vida es vuestro servicio, mi dueña”, respondió él con la voz grave. “¿Pero eres feliz, siete?” Elvira preguntó sabiendo que la palabra felicidad era ridícula en su contexto.

El siete vaciló por un instante, el único número que se atrevía a hacerlo. “La comodidad es la felicidad, dueña”, dijo él finalmente. “Y mi comodidad viene de vuestra aprobación.” Elvira sonríó. Era la respuesta perfecta. El siete había aprendido a manipular la filosofía de su cautiverio.

Había aceptado la jaula, pero solo si esa jaula era de oro y él era el pájaro más preciado. Esta relación de entendimiento mutuo llevó a Elvira a confiarle al siete más responsabilidades. Él era el único que podía entrar a sus aposentos sin ser llamado, el único que podía tocar sus joyas y sus prendas sin supervisión directa.

se había convertido en el guardián de su intimidad. Y con esa confianza, el siete ganó una posición de poder silencioso sobre los otros 14. Elvira había logrado lo imposible. Había creado una corte de placer perfectamente funcional, donde la moralidad de Sevilla no tenía cabida. Ella vivía en una burbuja de hedonismo, donde cada día era una celebración de su libertad y su control.

Pero como toda burbuja, la de Elvira era frágil. Y en Sevilla los secretos, por muy bien guardados que estuvieran, siempre encontraban una grieta por donde escapar. La historia de la viuda y sus 15 números no podía permanecer enterrada para siempre. El riesgo de la exposición crecía con cada día de placer.

Elvira había desafiado a Dios y a la sociedad. y la sociedad tarde o temprano exigiría un precio por esa audacia. La pregunta no era si su secreto saldría a la luz, sino cuándo y a través de quién continuará. Note, this ending is purely for narrative flow and is not a formal part X marker.

Mis amigos, si el silencio pudiera hablar, las paredes de la hacienda, los Olivos y especialmente las de la Casa del Huerto habrían gritado historias que harían palidecer a los curas de Sevilla. La noche en que Elvira llamó al siete a su dormitorio, marcó el verdadero inicio de su reinado. Ya no era solo la dueña de una fortuna. era la dueña de 15 voluntades y estaba lista para cosechar los frutos de su disciplina.

El siete, el que había sido el más difícil de quebrar, se convirtió en sufavorito, no por su misión ciega, sino por la calidad de su servicio. Él había entendido que Elvira no buscaba un amante, buscaba una extensión perfecta de su deseo. Y en esa primera noche él demostró que era capaz de anticipar sus necesidades con una precisión casi mágica.

Elvira no tuvo que pedir, solo tuvo que desear. Elvira, después de años de sequía emocional junto a don Rodrigo, se encontró inmersa en una abundancia de atención y placer. Era como si hubiera abierto una fuente que nunca se agotaba. Ella estableció lo que internamente se conoció como el calendario de la dueña. No había un orden fijo y esa era parte de su estrategia.

Elvira no quería que nadie se sintiera seguro o especial, salvo cuando ella lo decidía. Cada noche, al caer el sol, Elvira enviaba a Pedro, el capataz con una tablilla de cera a la casa del huerto. En ella, Elvira grababa los números de los muchachos que deseaba para esa noche.

A veces era uno para un servicio íntimo y concentrado. Otras veces eran dos o tres para rutinas más elaboradas, donde la gracia y la coordinación de su entrenamiento de baile se ponían a prueba. El siete, por su inteligencia y su brazalete de distinción, rara vez era el único. Él se convirtió en el maestro de ceremonia silencioso.

Si Elvira pedía al cinco y al 12, el siete era el encargado de supervisar que el servicio de sus hermanos fuera impecable y de responder a las órdenes más complejas de la dueña. Imaginen ustedes la vida de esos 15 jóvenes encerrados en la casa del huerto durante el día. manteniendo el silencio, practicando sus posturas con doña Inés y en la noche, esperando la tablilla de cera, sabiendo que la selección no solo significaba el servicio íntimo, sino también la única oportunidad de recibir un trato mejor, un mejor corte de carne

en la cena, un pañuelo de seda o la promesa de no tener que realizar las tareas más pesadas al día siguiente. Esto generó una competencia feroz, pero completamente silenciosa entre los números. El siete, siendo el favorito, era el blanco de una envidia sorda. Pero Elvira se aseguró de que esa envidia nunca se convirtiera en rebelión.

Si alguien mostraba el más mínimo signo de resentimiento o falta de cooperación, el vira lo sabía. El siete era su espíal porque su propia comodidad dependía de la perfección del sistema. Si el número cuatro, por ejemplo, dudaba en una tarea de servicio, el siete se encargaba de corregirlo con una mirada que era más fría que el acero de Toledo.

Y si la corrección no funcionaba, Elvira simplemente castigaba al cuatro con la privación total, sin fruta, sin vino, solo pan y agua, hasta que su servicio fuera restaurado a la perfección. Elvira disfrutaba de esta dinámica de poder. Había comprado 15 cuerpos, pero había diseñado un ecosistema de obediencia donde la supervivencia dependía de su aprobación.

Pero doña Elvira no era una mujer que guardara sus mejores joyas bajo llave. había entrenado a su corte personal para exhibirlos y así lo hizo. Ella paseaba su poder por las calles de Sevilla, o al menos por los caminos que llevaban a las haciendas vecinas. Su carruaje era siempre seguido por dos o tres de los números, vestidos con sus uniformes de seda, caminando con esa gracia entrenada que hipnotizaba a la gente.

Cuando Elvira iba a misa, no iba sola. El siete y el tres la esperaban en la puerta, sosteniendo su misal y su abanico. La gente no podía dejar de mirar. Los números eran como figuras de arte viviente, demasiado perfectos para ser simples sirvientes. Las damas de Sevilla, vestidas con sus mantillas negras y su falsa piedad, hervían de envidia y de chismorreo.

¿Has visto a los pajes de Elvira? Son como estatuas griegas. Dicen que los compró a un sultán de Oriente, por eso están marcados con números. Es una costumbre bárbara, pero no es demasiado para una viuda solitaria. Tantos jóvenes en la casa. Elvira, por supuesto, escuchaba los susurros.

Y la verdad era que esos susurros eran el combustible de su placer. Ella había logrado el equilibrio perfecto. La sociedad se escandalizaba lo suficiente como para hablar de ella, pero no lo suficiente como para intervenir. Su estatus y su riqueza eran su escudo. Nadie quería enfrentarse a la viuda de Montalbán y su ejército silencioso.

Elvira utilizaba a sus números en público para demostrar su control absoluto. en las tertulias. Si ella quería una copa de Jerez, no hacía una seña con la mano, simplemente pensaba en ello. Y el número que estuviera más cerca, generalmente el siete, se movía antes de que ella abriera la boca. Esta anticipación era el resultado de meses de entrenamiento en la lectura de sus gestos y sus estados de ánimo.

Para el neos mundo, era magia exótica. Para Elvira era la prueba de que podía moldear la mente humana. Un día, en una visita a la marquesa de Almanza, Elvira demostró su poder de la manera más sutil y humillante para la marquesa. Lamarquesa tenía a su propio paje, un muchacho libre y torpe que servía el té. El paje de la marquesa se tropezó ligeramente.

El siete, que estaba de pie como una sombra detrás de Elvira, no se movió. Pero su expresión fue de un desprecio tan calibrado que el paje de la marquesa se puso pálido. Luego la marquesa, para probar a Elvira, le pidió al siete que le sirviera una taza de té, esperando que, al ser propiedad de Elvira, el siete la ignorara.

Elvira solo asintió con un movimiento imperceptible de la cabeza. El siete se movió, sirvió el té a la marquesa con la elegancia de un cisne y se retiró sin hacer el menor ruido. La marquesa, humillada por la perfección del siete, no pudo decir nada, salvo que exquisito servicio. Elvira lo es, respondió Elvira bebiendo su propio té.

La excelencia no tiene precio, mi querida. Pero el verdadero deleite de Elvira, el que justificaba toda la inversión y el riesgo, se vivía en la intimidad de los Olivos. A medida que pasaban los meses, Elvira se volvió más audaz en sus rutinas nocturnas. Ella había comprado 15 hombres y no iba a limitar su uso a las costumbres aburridas de un matrimonio.

Ella comenzó a experimentar con combinaciones. A veces elegía a dos números por su contraste, el uno de piel clara y maneras suaves, y el siete oscuro y con esa intensidad de depredador domesticado. La yuxtaposición de sus servicios, la coreografía de sus movimientos silenciosos se convirtió en una forma de arte para Elvira.

Había una regla no escrita, pero fundamental en la Casa del Huerto. La cooperación total. Los números debían trabajar juntos, sin celos, sin fallos, para el placer de su dueña. Una noche, Elvira pidió a los números tres, 5 y nu. Ella quería un servicio de masaje que cubriera todo su cuerpo simultáneamente. Los tres se movieron alrededor de ella, sus manos trabajando al unísono, guiados por el ritmo invisible que Elvira había inculcado en ellos.

El tres se encargaba de las piernas, el cinco de la espalda y el nueve de los hombros y el cuello. Si uno de ellos se equivocaba en el ritmo, si una mano era más fuerte o más débil de lo que Elvira deseaba, ella simplemente hacía un pequeño sonido con la garganta y los tres se detenían al instante esperando la corrección.

Elvira no necesitaba gritar. Su autoridad se había vuelto tan absoluta que un suspiro de decepción era más aterrador que mil latigazos. Ella se dio cuenta de que su verdadero placer no era solo el físico, sino la sensación de orquestar esta sinfonía de obediencia. Ella era la compositora y ellos eran sus instrumentos perfectamente afinados.

Sin embargo, mantener un secreto de esta magnitud en la chismosa Sevilla de 1840 era una tarea que requería nervios de acero. Elvira confiaba en Pedro y Gaspar, pero eran hombres mortales. Pedro, el capataz estaba envejeciendo y el peso de su lealtad lo estaba doblando. Una tarde, Pedro se acercó a Elvira con el rostro pálido.

Toña Elvira”, dijo Pedro con la voz apenas un susurro. El panadero de la villa, el señor Mateo, ha preguntado por qué estamos comprando tanta harina si solo somos usted y el servicio de la Casa Grande? Son raciones para 20 hombres, dueña. Elvira no se inmutó. La logística era el punto débil de su secreto. “¿Y qué le dijiste, Pedro?”, preguntó Elvira con calma.

Le dije que estamos alimentando a los cerdos de don Rodrigo, que los va a vender a la ciudad para la feria de primavera. Pero Mateo es un hombre curioso, dueña y su esposa habla mucho. Elvira se levantó de su silla. La curiosidad era un veneno que podía matarla. Si el secreto de los 15 números salía a la luz, no solo enfrentaría la condena social, sino quizás la intervención de la iglesia, o peor, de las autoridades que podían confiscar su fortuna bajo la excusa de prácticas inmorales o el mantenimiento de esclavos

prohibidos. Pedro, dijo Elvira con una frialdad que heló la sangre del capataz. A partir de mañana el panadero no viene a la hacienda. Gaspar irá a comprar al pueblo vecino a Carmona y a partir de hoy la casa del huerto cultivará sus propias verduras. Nadie debe saber lo que comen ni cuánto comen. Y luego Elvira tomó una decisión más drástica respecto al panadero.

No era suficiente con evitarlo. En cuanto a Mateo, continuó Elvira, necesitas asegurarte de que él y su esposa no tengan nada que decir, ¿entiendes? un buen regalo, una bolsa de oro. Y si el oro no funciona, Pedro, la amenaza sí lo hará. Recuérdale que los campos de los olivos son grandes y la tierra es profunda.

Pedro asintió tragando saliva. Sabía que Elvira hablaba en serio. La viuda no solo protegía su placer, protegía su vida y su fortuna. El incidente del panadero sirvió como un recordatorio para Elvira. La perfección de su pequeño mundo dependía de la invisibilidad del mismo. Ella redobló las medidas de seguridad en la casa del huerto.

Las ventanas fueron cubiertas con celosías más gruesas y elpatio interior se convirtió en el único lugar donde los números podían tomar el sol. Los números, por su parte, estaban tan profundamente inmersos en su nueva existencia que su mundo exterior había dejado de importar. Su pasado era un recuerdo borroso.

Su futuro era la voluntad de Elvira. Habían aceptado que su única identidad era el número que llevaban en el hombro y su único propósito, el placer de su dueña. Elvira, sin embargo, comenzó a notar una evolución inesperada en su relación con el siete. El siete no solo servía, él la entendía. Cuando Elvira estaba de mal humor, él no se acobardaba.

intensificaba su atención buscando la causa de su molestia y ofreciendo soluciones silenciosas. Un masaje más profundo, un cambio de perfume en la habitación. Una noche, mientras el siete la ayudaba a vestirse después de una de sus rutinas, Elvira notó su intensidad. No era deseo, era algo más cercano a una devoción obsesiva. “Siete.

” dijo Elvira mirándolo directamente a los ojos. ¿Qué piensas de tu vida aquí? El siete entrenado para la obediencia, sabía que no debía responder con la verdad de su corazón, sino con la verdad que ella quería escuchar. “Mi vida es vuestro servicio, mi dueña”, respondió él con la voz grave. “¿Pero eres feliz, siete?” Elvira preguntó sabiendo que la palabra felicidad era ridícula en su contexto.

El siete vaciló por un instante, el único número que se atrevía a hacerlo. “La comodidad es la felicidad, dueña”, dijo él finalmente. “Y mi comodidad viene de vuestra aprobación.” Elvira sonríó. Era la respuesta perfecta. El siete había aprendido a manipular la filosofía de su cautiverio.

Había aceptado la jaula, pero solo si esa jaula era de oro y él era el pájaro más preciado. Esta relación de entendimiento mutuo llevó a Elvira a confiarle al siete más responsabilidades. Él era el único que podía entrar a sus aposentos sin ser llamado, el único que podía tocar sus joyas y sus prendas sin supervisión directa.

se había convertido en el guardián de su intimidad. Y con esa confianza, el siete ganó una posición de poder silencioso sobre los otros 14. Elvira había logrado lo imposible. Había creado una corte de placer perfectamente funcional, donde la moralidad de Sevilla no tenía cabida. Ella vivía en una burbuja de hedonismo, donde cada día era una celebración de su libertad y su control.

Pero como toda burbuja, la de Elvira era frágil. Y en Sevilla los secretos, por muy bien guardados que estuvieran, siempre encontraban una grieta por donde escapar. La grieta, mis amigos, no vino del panadero ni de Pedro. Vino de la envidia de la alta sociedad que no podía soportar tanta perfección.

La marquesa de Almanza, humillada por el servicio del siete, no se detuvo en el chismorreo. Ella contrató a un hombre, un rufián con contactos en los bajos fondos, para que investigara la misteriosa casa del huerto. El rufián no tardó en conseguir lo que quería. Trepó los muros una noche y vio a los 15 jóvenes, todos rapados e idénticos, con los números visibles en sus hombros, durmiendo en formación espartana.

Vio los uniformes de seda guardados, vio la disciplina y lo más importante, vio que eran demasiado jóvenes y demasiado numerosos para ser simples sirvientes de campo. La marquesa tomó esta información y la presentó al corregidor de Sevilla, el más alto funcionario de la ciudad. No lo acusó de libertinaje, lo cual era difícil de probar y fácil de desmentir.

Lo acusó de un crimen mucho más serio, tráfico y posesión ilegal de esclavos para fines no productivos y de mantener un burdel de facto que deshonraba a la familia Montalbán y a la ciudad. El corregidor, un hombre que temía a la marquesa tanto como codiciaba la fortuna de Elvira, no pudo ignorar la acusación.

La mañana de la catástrofe fue una mañana de primavera, radiante y cruel. Elvira estaba tomando su chocolate en el patio principal con el siete, el tres y el 12, sirviéndola con su acostumbrada precisión. De repente se escuchó un fuerte golpe en las puertas de hierro de los Olivos. Elvira levantó la mirada.

El siete, sin esperar órdenes, se tensó. Pedro, pálido como la cera, se acercó corriendo. Dueña, es el corregidor. Trae a la guardia civil. Dicen que vienen a inspeccionar la propiedad. Elvira mantuvo la calma, aunque sintió un frío glacial en el estómago. La hora de la verdad había llegado. “Que entre”, ordenó Elvira con una voz que no tembló.

“Y que nadie, nadie levante la voz.” 7 3 12 Permanezcan en sus puestos. Comportamiento perfecto. El corregidor don Fernando, entró en el patio acompañado de una docena de hombres armados. Su rostro era grave, pero sus ojos, al ver la riqueza del lugar, brillaban con avaricia. “Doña Elvira de Montalbán”, dijo el corregidor haciendo una reverencia forzada.

Lamento molestarla, pero hemos recibido informes graves sobre prácticas ilegales en su hacienda, concernientes a la posesión yel trato de personas. “Prácticas ilegales, corregidor”, preguntó Elvira con una sonrisa de incredulidad. “Solo tengo a mis sirvientes como cualquier noble de Sevilla. Me refiero a los 15 jóvenes que usted mantiene encerrados en la casa del huerto.” Los números, doña Elvira.

Elvira suspiró como si el corregidor estuviera siendo increíblemente grosero. Ah, mis pajes, los exóticos, sí, son una extravagancia, pero son sirvientes personales, corregidor, y están bien cuidados. Son libres de irse, por supuesto, si así lo desean. Elvira mintió con la convicción de una santa. Era su única defensa, negar la esclavitud y presentar la situación como un empleo, aunque inusual.

Necesito verlos”, insistió el corregidor, “y necesito hablar con ellos” su presencia. Elvira guió al corregidor y a los guardias hacia la casa del huerto. Ella caminaba con la cabeza alta, su vestido rojo contrastando con el uniforme gris de los soldados. Cuando llegaron, los 14 números restantes estaban alineados en el patio, inmóviles.

Se habían puesto sus túnicas blancas de lino. Elvira había previsto este momento desde el inicio. Había entrenado a sus numbers para que, en caso de interrogatorio, su silencio y su aparente sumisión fueran su mejor defensa. El corregidor se quedó helado al verlos. eran exactamente como los habían descrito, jóvenes, idénticos, y los números en sus hombros eran innegables.

¿Por qué están marcados así?, preguntó el corregidor señalando al número cinco. Es una costumbre de su tierra, corregidor, respondió Elvira sin inmutarse. Son identificadores de su rango en su tribu. Yo mantengo sus costumbres por respeto. El corregidor intentó interrogar a varios en un castellano brusco.

Eres libre. ¿Quieres irte de aquí? Los números, entrenados para el silencio absoluto y para responder solo a Elvira, se quedaron en silencio. Sus ojos permanecieron fijos en el suelo o en el horizonte, ignorando al corregidor como si fuera un mosquito molesto. El corregidor se frustró. intentó separarlos, amenazarlos, pero los números no se movían, no hablaban, no reaccionaban, eran estatuas de obediencia.

La verdad de la esclavitud era imposible de ocultar, pero la verdad de lo que pasaba en las noches era imposible de probar. Elvira, viendo la frustración del corregidor, hizo su jugada maestra. Corregidor”, dijo Elvira con un tono de voz que implicaba que el hombre estaba perdiendo el tiempo. “Estos hombres son libres de irse.

Si usted cree que estoy violando alguna ley, lléveselos, pero sepa que yo los saqué de la miseria. Si los libera, volverán a la mendicidad o a la delincuencia, porque no conocen otro mundo que el servicio. Elvira sabía que la ley era ambigua y que el corregidor no quería el problema de liberar a 15 jóvenes extranjeros y sin hogar en Sevilla.

“Los confisco”, declaró el corregidor sudando bajo el sol. “Serán puestos bajo custodia del Estado para determinar su origen y su estatus legal. Pero usted, doña Elvira, está bajo investigación por la compra ilegal de estas personas. Elvira asintió con una calma espeluznante. Había perdido a sus números, pero no su fortuna ni su honor.

Mientras los guardias se preparaban para llevarse a los 14 numbers, Elvira se acercó al siete, que seguía de pie inamovible. “Siete”, dijo ella en voz baja solo para él. Te he entrenado mejor que a ellos. Ahora demuestra tu lealtad. Puedes irte con ellos o puedes quedarte conmigo. Si te quedas, tu vida será de oro.

Si te vas, serás uno más en la calle. El siete, que había escuchado todo, miró a los ojos de su dueña. En ese instante, él no vio a su captora. Vio a la única persona que le había dado un propósito, un lujo y una identidad. aunque fuera un número, había aceptado su jaula. Los otros 14 numbers comenzaron a ser escoltados fuera del patio.

El siete se mantuvo firme en su lugar. “Mi dueña”, respondió el siete. Su voz clara y perfecta, el resultado de meses de entrenamiento. Soy vuestro y solo vuestro. El siete se arrodilló no ante el corregidor, sino ante el vira. El corregidor al ver esto se quedó estupefacto. Este hombre está bajo hipnosis, llévenselos a todos.

Pero el siete se levantó y caminó hacia Elvira, poniéndose detrás de ella en su posición habitual de guardia. “Él es mi paje personal corregidor”, declaró Elvira poniendo una mano en el hombro del siete, justo encima del número. Él ha elegido quedarse. Es un hombre libre. Si lo toca, lo acusaré de asalto a mi servicio doméstico.

El corregidor, temeroso de enredarse en un pleito legal con la viuda más rica de Sevilla por un solo paje, se dio a regañadientes. Se llevó a los otros 14. El escándalo fue monumental. Sevilla habló durante meses de los pajes orientales de doña Elvira. Elvira fue obligada a pagar una multa enorme, un precio por la negligencia.

en el manejo de su servicio exótico. Usó sus contactos en Madrid y su inmensa fortuna para asegurarse de que lainvestigación se centrara en el tráfico de Vargas, quien desapareció misteriosamente y no en sus prácticas personales. La sociedad la condenó en voz baja, pero nadie se atrevió a cerrarle las puertas.

Su riqueza la había salvado. Los Olivos quedó en silencio. Los 14 numbers confiscados se perdieron en la burocracia del Estado, algunos liberados, otros reasignados a trabajos forzados. Pero Elvira no había perdido todo, se había quedado con el siete. El siete se convirtió en la única pieza de su corte. Ya no era solo un número, era la prueba viviente de su poder absoluto, el hombre que había elegido la servidumbre de oro sobre la libertad incierta.

Elvira vendió los olivos. Sevilla se había vuelto aburrida y demasiado peligrosa para sus placeres. Con su fortuna intacta y el siete a su lado, Elvira se mudó a una villa costera en el sur de Italia, un lugar donde el control social era menos estricto y el sol era más cálido. Y ahí mis amigos, en la intimidad de su nueva villa, doña Elvira de Montalbán, la viuda que lo había comprado todo, continuó su vida de placer.

Solo necesitaba uno, el mejor, el siete, para recordarle que su voluntad era la única ley en su mundo. El siete continuó sirviéndola con esa perfección entrenada, el brazalete de cuero en su muñeca, el número en su hombro, el último vestigio de una corte que Sevilla jamás olvidó, aunque nunca entendió la verdadera naturaleza de su placer.

Y así termina, señoras y señores, la historia de la viuda y sus 15 números. un cuento de control, audacia y el precio que la riqueza puede pagar por el deseo.