
La novia que siguió a un niño antes de la boda… y su rastro terminó en un cementerio
La noche del 30 de octubre de 1915 cayó sobre Guadalajara con una densidad que pocos recordaban haber visto antes. No era simplemente oscuridad, sino algo más profundo, más antiguo, como si las sombras mismas hubieran cobrado peso y sustancia. En la hacienda de San Sebastián del Valle, situada en las afueras de la ciudad, donde los campos de agendían como un mar plateado bajo la luna menguante, la familia Santiváñez ultimaba los preparativos para el acontecimiento social más importante de la década.
Don Rodrigo Santibáñez y Mendoza, patriarca de una de las familias más antiguas y acaudaladas de Jalisco, caminaba por los corredores de su hacienda con paso firme pero pesado. A sus 63 años conservaba la postura militar de su juventud cuando había servido brevemente bajo las órdenes del general Porfirio Díaz antes de heredar las vastas propiedades familiares.
Su rostro curtido por el sol de décadas, supervisando los campos de agilerías de tequila, que habían hecho la fortuna de los antibáñes, mostraba una expresión de satisfacción apenas contenida. Al día siguiente, su única hija, Isabela María, contraería matrimonio con don Aurelio Villarreal, heredero de otra gran dinastía Tapatía, uniendo así dos de las fortunas más considerables del occidente mexicano.
Los salones de la hacienda resplandecían con la luz de cientos de velas de cera importada. Los criados, vestidos con sus mejores galas, corrían de un lado a otro bajo las órdenes de doña Socorro, el ama de llaves que llevaba 40 años al servicio de la familia. En la cocina, las cocineras preparaban los últimos detalles del banquete que alimentaría a más de 300 invitados.
Mole poblano preparado con una receta de 200 años de antigüedad, carnitas de cerdo criado en la propia hacienda, pescado traído desde Chapala y dulces de leche y guayaba que harían las delicias de los comensales. Pero mientras la hacienda bullía de actividad y anticipación, algo en el aire mismo parecía murmurar advertencias que nadie quería escuchar.
Los perros de la propiedad aullaban con una insistencia perturbadora desde el atardecer, mirando fijamente hacia el antiguo cementerio familiar que se alzaba en una colina a medio kilómetro de la casa principal. Los caballos en los establos pateaban nerviosos sus compartimentos, relinchando con una agitación que ningún mozo podía calmar.
y en la capilla privada de los antibáñes, donde al día siguiente se celebraría la ceremonia, las velas que el padre Anselmo había encendido para la vigilia se apagaban una y otra vez sin razón aparente, a pesar de que no corría ni el más mínimo viento. Don Rodrigo se detuvo frente a uno de los grandes retratos que adornaban el corredor principal.
La pintura mostraba a su abuela, doña Esperanza Santbáñez de Monteforte, una mujer de belleza severa que lo miraba desde el lienzo con ojos que parecían seguir cada movimiento. Había muerto en circunstancias extrañas en 1847, apenas tres días después de su boda con el entonces joven patriarca de los antibáñes.
La historia oficial hablaba de fiebres repentinas, pero los murmullos entre los criados más viejos contaban otra cosa, algo que don Rodrigo había aprendido desde niño a ignorar, a enterrar bajo capas de racionalidad y progreso. Lo que don Rodrigo no sabía, lo que se había negado a saber, lo que había decidido olvidar con la misma determinación con que había construido su imperio de agquila.
era que la boda de su hija no sería la celebración triunfal que imaginaba, sería, en cambio, el momento en que todos los secretos enterrados en el cementerio de la colina, todos los pactos olvidados y todas las promesas rotas regresarían para reclamar lo que les pertenecía. Sería la noche en que Isabela María Santibáñez seguiría los pasos de un niño pálido que no debería existir y su rastro la conduciría directamente al corazón de una maldición que había esperado generaciones para manifestarse.
Si esta historia te está cautivando tanto como a nosotros al investigarla, no olvides suscribirte al canal y cuéntanos desde qué país nos estás escuchando. Tu apoyo nos ayuda a seguir trayéndote las leyendas más oscuras de México y Latinoamérica en el ala este de la hacienda, en una habitación que había pertenecido a tres generaciones de novias Santibáñez, Isabela María permanecía frente al espejo de su tocador, mientras Doña Remedios, la anciana que había sido su nana desde la infancia, peinaba sus largos cabellos castaños con movimientos
lentos y rituales. Isabela tenía 21 años, una edad considerada casi tardía para el matrimonio en su círculo social, pero don Rodrigo había esperado pacientemente el partido adecuado y en Aurelio Villarreal había encontrado no solo riqueza y linaje, sino también conexiones políticas que serían invaluables en los tiempos turbulentos que México atravesaba.
La habitación de Isabela era un santuario de elegancia y tradición. Lasparedes estaban cubiertas con papel tapiz francés en tonos crema y dorado, importado especialmente para ella cuando cumplió 15 años. Los muebles de caó batallada habían llegado desde España dos siglos atrás. Sobre la cama de Dosel, cubierta con sábanas de lino egipcio, descansaba el vestido de novia, una creación magistral llegada desde París apenas dos semanas antes, después de meses de correspondencia y ajustes.
El vestido era de seda marfil con bordados de perlas auténticas en el corpiño, mangas abullonadas de encaje de Alenson y una cola de 4 m adornada con flores de azar. preservadas en cera. La tiara que Isabela llevaría había pertenecido a su bisabuela y las esmeraldas que adornaban su cuello eran las mismas que lucieron las novias Santibáñez desde 1780.
Pero mientras Isabela observaba su reflejo en el espejo de Marco Dorado, un espejo que según la tradición familiar había presenciado la preparación de todas las novias antibáñez desde hacía más de 100 años, notó algo extraño en la expresión de doña Remedios. La anciana, que normalmente cantaba suavemente mientras peinaba a su niña, como todavía la llamaba, permanecía en un silencio pesado, casi temeroso.
¿Qué sucede, remedios?, preguntó Isabela girando levemente la cabeza. ¿Has estado callada toda la tarde? ¿No te alegra verme finalmente casada? Doña Remedios dejó de peinar por un momento. Sus manos, arrugadas y manchadas por la edad temblaban ligeramente. Tenía 72 años y había servido en la hacienda de San Sebastián del Valle desde que era una niña de 10.
Había visto cosas, sabía cosas, cosas que los antibáñes preferían olvidar. Niña Isabela”, dijo finalmente con voz tan baja que era casi un susurro, “Hay cosas que una vieja como yo no debería decir, especialmente en vísperas de una boda tan importante. Pero vas a decírmelas de todas formas”, respondió Isabela, conociendo bien a su nana.
“Te conozco desde que tengo memoria remedios. Sé cuando algo te preocupa. La anciana dejó el cepillo sobre el tocador y se sentó pesadamente en el pequeño taburete junto a la ventana. Afuera, la noche continuaba espesándose y desde la distancia llegaba el aullido persistente de los perros. ¿Escuchas a los perros, niña?, preguntó doña Remedios.
Sí, han estado así toda la tarde. Papá dice que debe ser algún animal salvaje en los campos. No es ningún animal”, dijo la anciana moviendo la cabeza con expresión sombría. Los perros saben. Los animales siempre saben cuando algo no está bien, cuando algo viejo y oscuro se despierta. Isabela sintió un escalofrío recorrer su espalda a pesar del calor que todavía emanaba del brasero en la esquina de la habitación.
“¿De qué hablas, remedios? Me estás asustando. La anciana guardó silencio durante un largo momento, como si estuviera debatiendo internamente cuanto revelar. Finalmente, con un suspiro que parecía cargar el peso de décadas, comenzó a hablar. Tu bisabuela, doña Esperanza, era la mujer más hermosa que jamás había visto Guadalajara.
Tenía tu edad cuando se casó con don Sebastián Santibáñez en 1847. La boda fue magnífica. Dicen que vinieron invitados desde la Ciudad de México y hasta desde Veracruz. Todo parecía perfecto. Doña Remedios hizo una pausa, sus ojos perdidos en memorias que no eran suyas, pero que había heredado de otros criados más viejos.
Tres días después de la boda, doña Esperanza estaba muerta. “Sí, lo sé”, dijo Isabela. “Murió de fiebres. Es muy triste, pero esas cosas pasaban mucho en aquellos tiempos. Eso es lo que dicen los antibáñes”, respondió la anciana con un tono que dejaba claro que no creía esa versión. Pero mi abuela, que entonces era doncella en esta casa, me contó otra historia antes de morir.
Me hizo prometer que nunca la repetiría, pero ahora, viéndote así, a punto de casarte, no puedo guardar silencio. Isabela se levantó del tocador y se acercó a doña Remedios, tomando asiento en el suelo junto a ella, como cuando era niña, y la anciana le contaba cuentos antes de dormir. Cuéntame”, dijo simplemente la noche de bodas de doña Esperanza.
Comenzó doña Remedios con voz temblorosa. Ella empezó a tener sueños, sueños terribles, donde veía a una mujer vestida de novia enterrada viva en el cementerio de la colina. La mujer golpeaba el interior de su ataúd, arañaba la madera hasta que sus uñas se arrancaban, gritaba pidiendo ayuda que nunca llegó. Doña Esperanza despertaba cada noche empapada en sudor, llorando y gritando.
Don Sebastián le decía que eran solo nervios de recién casada, pero ella insistía en que eran visiones, mensajes. Al tercer día, continuó la anciana. Doña Esperanza le dijo a mi abuela que la mujer del sueño le había hablado por fin. le dijo que ella era doña Catalina, la primera esposa de don Sebastián, a quien todos creían muerta de cólera dos años antes.
Pero la verdad era otra. Doña Catalina no había muerto de cólera. Había sidoenvenenada con un veneno que simulaba la muerte, que detenía el corazón y enfriaba el cuerpo, pero que dejaba a la persona consciente atrapada dentro de sí misma. y había sido enterrada así, viva, pero paralizada en el panteón familiar.
El corazón de Isabela latía ahora con fuerza. ¿Por qué? ¿Por qué harían algo tan horrible? Porque doña Catalina no podía darle hijos a don Sebastián, respondió doña Remedios. Y en aquellos tiempos, para familias como los Santibáñes, un heredero lo era todo. Don Sebastián necesitaba casarse de nuevo, pero para eso necesitaba estar viudo y el divorcio era imposible para una familia católica de su posición.
Eso es una locura susurró Isabela. Es un cuento de terror, remedios, no puede ser verdad. Esa misma tarde del tercer día, continuó la anciana ignorando la protesta de Isabela. Doña Esperanza insistió en ir al cementerio. Quería ver la tumba de doña Catalina. Don Sebastián se negó, pero ella fue de todas formas, acompañada solo por mi abuela.
Y allí, frente a la tumba de mármol de doña Catalina, doña Esperanza escuchó algo. ¿Qué escuchó?, preguntó Isabela, aunque parte de ella no quería saberlo. “Golpes,” dijo doña Remedios, “Golpes desde el interior de la tumba. Débiles, desesperados, imposibles. Doña Catalina llevaba 2 años enterrada.
Nadie podía sobrevivir tanto tiempo, pero los golpes estaban ahí. Mi abuela los escuchó también.” Y entonces comprendieron lo que estaba en esa tumba ya no era la doña Catalina que había sido enterrada, sino algo más, algo que había nacido del horror y la injusticia de su muerte. Doña Esperanza regresó a la hacienda transformada”, continuó la anciana.
Le exigió a don Sebastián que le dijera la verdad. Hubo una discusión terrible. Él lo negó todo, la llamó histérica, amenazó con encerrarla. Pero esa noche doña Esperanza cenó con la familia por última vez. A la mañana siguiente la encontraron muerta en su cama, con los ojos abiertos y una expresión de terror absoluto en el rostro.
Dijeron que fueron fiebres, pero mi abuela vio las marcas en el cuello de Doña Esperanza. marcas como de manos, pero manos que habían estado bajo tierra demasiado tiempo. Isabela se puso de pie bruscamente, alejándose de la anciana. Basta, remedios. No puedes contarme estas historias la noche antes de mi boda. ¿Qué pretendes asustarme? Pretendo advertirte, niña, dijo doña Remedios, levantándose también con dificultad.
Desde entonces, cada generación de los Santibáñez ha tenido su tragedia. La hija de doña Esperanza murió en su luna de miel. La siguiente generación perdió tres esposas en circunstancias extrañas. Tu propia madre. Mi madre murió en el parto, interrumpió Isabela con firmeza. Fue una complicación natural. Natural, repitió doña Remedios con amargura.
Natural que una mujer perfectamente sana muera de repente después de un parto sin complicaciones. Natural que antes de morir dijera que veía a una mujer de blanco parada junto a su cama, una mujer con las manos llenas de tierra. Isabela sintió que la habitación giraba ligeramente. No quería creer las palabras de su nana, pero había algo en ellas, algo en la forma en que resonaban con sus propios miedos secretos.
que la hacía dudar. “¿Y qué quieres que haga?”, preguntó finalmente con voz tensa. “Que cancele la boda, que huya. Mi padre nunca lo permitiría. Los Villarreal nunca lo perdonarían. Sería el escándalo del siglo. “Solo quiero que tengas cuidado, niña”, dijo doña Remedios, acercándose para tomar las manos de Isabela entre las suyas.
Si ves algo extraño, si algo te parece fuera de lugar, si alguien te pide que hagas algo que no te parezca correcto, no lo hagas. Y sobre todo, mantente alejada del cementerio de la colina, especialmente mañana, especialmente después de la ceremonia. Hay cosas allí que es mejor no despertar. En ese momento, tres golpes sonaron en la puerta de la habitación.
Era una de las doncellas más jóvenes anunciando que la cena estaba servida. Isabela se miró una última vez en el espejo antes de salir. Su reflejo le devolvió la mirada, pero por un instante, solo un instante, le pareció ver detrás de ella, en el fondo del espejo, la figura borrosa de una mujer vestida de blanco con las manos extendidas hacia ella.
sacudió la cabeza apartando el pensamiento. Eran solo nervios, se dijo a sí misma. Nervios y las historias de terror de una anciana supersticiosa. Mañana se casaría con Aurelio, comenzaría su nueva vida y todas estas tonterías quedarían atrás. Pero mientras bajaba las escaleras hacia el comedor, donde su padre y los últimos invitados que habían llegado esa tarde la esperaban, Isabela no pudo evitar mirar hacia la ventana que daba a la colina.
Allá arriba, apenas visible en la oscuridad, el cementerio familiar parecía brillar con una luz extraña, una fosforescencia pálida que no provenía de ninguna fuente natural. Y por unmomento, solo por un momento, le pareció ver la silueta de un niño pequeño parado en el camino que conducía a la colina, mirando directamente hacia la hacienda, directamente hacia ella.
La cena transcurrió con la elegancia formal que caracterizaba todos los eventos de los Santibáñes. La mesa principal, que podía acomodar a 20 comensales, estaba puesta con la vajilla de porcelana francesa, que solo se usaba en ocasiones excepcionales, cada plato decorado con el escudo de armas familiar, un águila dorada sosteniendo una planta de agreo azul.
Los cubiertos eran de plata maciza, pulidos hasta brillar como espejos bajo la luz de las arañas de cristal que pendían del techo de vigas de cedro. Don Rodrigo presidía la mesa desde la cabecera con Isabela a su derecha y el padre Anselmo, el sacerdote que oficiaría la ceremonia a su izquierda. También estaban presentes don Eusebio Villarreal, padre del novio, un hombre corpulento de 58 años, cuya fortuna en Haciendas ganaderas complementaba perfectamente el imperio tequilero de los Santibáñes.
su esposa, doña Clemencia, una mujer menuda y nerviosa que apenas probaba su comida, y algunos tíos y primos de ambas familias que habían llegado desde Colima y Michoacán para la celebración. Aurelio Villarreal, el novio, estaba sentado frente a Isabela. Tenía 28 años y su apariencia era la de un caballero perfecto, alto de facciones regulares, bigote bien cuidado, traje oscuro impecable.
Había estudiado leyes en la Ciudad de México y tenía reputación de ser serio, trabajador y devotamente católico. Era en todos los sentidos el partido ideal. Sin embargo, mientras Isabela lo observaba durante la cena, notó algo que nunca antes había percibido. Una cierta dureza en sus ojos cuando sonreía, una tensión en sus mandíbulas cuando su padre hablaba, como si estuviera constantemente controlando alguna emoción que prefería mantener oculta.
Mañana”, declaró don Rodrigo levantando su copa de vino tinto. Uniremos dos de las familias más ilustres de Jalisco, los Antibáñez y los Villarreal. Juntos seremos una fuerza que ni siquiera estos tiempos turbulentos podrán doblegar. Se refería, por supuesto, a la revolución que todavía sacudía al país. Aunque Guadalajara había permanecido relativamente tranquila, los ecos de los conflictos llegaban constantemente, noticias de batallas, de haciendas saqueadas, de fortunas perdidas.
Las familias como los Santibáñez y los Villarreal habían logrado mantener su posición mediante una combinación de influencia política, sobornos estratégicos y la capacidad de parecer neutrales mientras apoyaban discretamente al bando que pareciera más probable de ganar. Por las nuevas generaciones, brindó don Eusebio, y por los herederos que vendrán a continuar nuestros linajes.
Todos bebieron y la conversación continuó fluyendo sobre temas seguros, los precios de la gabe, las nuevas regulaciones sobre la producción de tequila, los chismes sociales de Guadalajara. Pero Isabela apenas participaba, su mente seguía regresando a las palabras de doña Remedios, a la historia de doña Esperanza y doña Catalina, a la imagen del niño en el camino.
“¿Te encuentras bien, hija?”, preguntó don Rodrigo notando su silencio. Sí, papá, solo son nervios de novia, naturales, completamente naturales. Intervino el padre Anselmo con una sonrisa benévola. El sacerdote tenía 60 años y había bautizado a Isabela cuando era bebé. Mañana, cuando estés frente al altar, todos esos nervios desaparecerán.
El sacramento del matrimonio es una bendición de Dios, hija mía. Isabela asintió, pero algo en las palabras del padre Anselmo le pareció forzado, como si él mismo no creyera completamente lo que decía. Recordó entonces que el padre Anselmo había sido también el sacerdote que ofició el funeral de su madre hacía ya 18 años.
¿Habría escuchado él las palabras delirantes de su madre antes de morir? ¿Sabría algo sobre las historias que contaba doña Remedios? Después de la cena, mientras los hombres se retiraban a la biblioteca para fumar puros y beber coñac, Isabela salió al patio interior de la hacienda necesitando aire fresco y un momento de soledad.
El patio, con su fuente central de cantera rosa y sus corredores adornados con macetas de geranios y bugambilias, era su lugar favorito de la casa. Pero esa noche incluso ese espacio familiar le parecía extraño, como si las sombras fueran más profundas y las estatuas de santos que adornaban los nichos la miraran con expresión acusadora.
se acercó a la fuente y hundió sus manos en el agua fría, sintiendo el alivio momentáneo que le proporcionaba. El agua corría constantemente desde la boca de un delfín de piedra, produciendo un sonido que normalmente encontraba relajante. Pero esa noche, por debajo del murmullo del agua, le pareció escuchar otra cosa, una voz o quizás varias voces susurrando palabras que no podía distinguir. Se enderezóbruscamente, mirando alrededor.
El patio estaba desierto, iluminado apenas por algunas velas en los faroles de hierro forjado que colgaban de las columnas. Y entonces lo vio al otro lado del patio, en la entrada del corredor que conducía hacia la parte trasera de la hacienda. Y eventualmente al camino de la colina había un niño. No podía tener más de 8 o 9 años, vestido con ropas anticuadas, pantalones cortos hasta la rodilla, camisa blanca, chaleco oscuro, todo del estilo que se usaba décadas atrás.
Su piel era extraordinariamente pálida, casi luminiscente en la penumbra y su cabello negro caía sobre su frente en mechones desordenados. ¿Quién eres?, preguntó Isabela, sorprendida. ¿Qué haces aquí? El niño no respondió, simplemente la miraba con unos ojos que parecían demasiado viejos, demasiado tristes para su edad.
Y entonces, sin previo aviso, se dio vuelta y comenzó a caminar hacia el corredor, desapareciendo en las sombras. “Espera”, llamó Isabela, sin saber bien por qué sentía la urgencia de seguirlo. “Quizás era el hijo de algún criado, pensó, aunque no recordaba haber visto nunca a ese niño antes. No deberías estar aquí solo a esta hora.
” caminó rápidamente hacia el corredor, sus faldas susurrando contra las piedras del patio. Al llegar al corredor, vio al niño más adelante, caminando con pasos lentos, pero constantes, hacia la parte trasera de la hacienda. La luz de la luna, que había logrado abrirse paso entre las nubes, creaba patrones extraños en el suelo, y la figura del niño parecía moverse entre luz y oscuridad de una manera que desafiaba las leyes naturales.
“Niño, detente”, volvió a llamar Isabela apresurando el paso, pero el niño no se detuvo. Siguió caminando, atravesó el corredor y salió por una pequeña puerta lateral que conducía a los jardines traseros de la hacienda. Isabela lo siguió, su corazón latiendo ahora con fuerza, una mezcla de preocupación y algo más, algo que no podía nombrar, pero que se sentía como un presentimiento de peligro.
Los jardines traseros no eran tan cuidados como el patio principal. Aquí crecían árboles frutales, duraznos, ciruelos, higueras, junto con hierbas medicinales que doña Remedios cultivaba para sus remedios. Más allá de los jardines, el terreno comenzaba a elevarse suavemente hacia la colina donde se encontraba el cementerio familiar.
El niño caminaba ahora entre los árboles y la luz de la luna se filtraba a través de las ramas, creando patrones cambiantes de luz y sombra. Isabela lo seguía manteniendo cierta distancia, comenzando a sentir que algo no estaba bien, que debería regresar a la casa, pero incapaz de detenerse. ¿A dónde vas?, preguntó, aunque sabía que el niño no respondería.
Y entonces el niño se detuvo, se volvió para mirarla y bajo la luz de la luna, Isabela pudo ver su rostro con mayor claridad. Era un rostro hermoso, pero terriblemente triste, con lágrimas que parecían haber dejado surcos permanentes en sus mejillas. Levantó una mano y señaló hacia adelante, hacia el camino que ascendía la colina.
No,” susurró Isabela, comprendiendo de repente lo que el niño quería que hiciera. “No puedo ir allí. Me dijeron que no fuera allí.” Pero el niño siguió señalando y en sus ojos había una súplica tan profunda, tan desesperada, que Isabela sintió que su corazón se partía. Y entonces el niño habló. Su voz era extraña, como si viniera desde muy lejos, como el eco de un eco.
“Ayúdame”, dijo simplemente. “por favor ayúdame.” Y dicho esto, el niño se dio vuelta y comenzó a subir el camino hacia el cementerio. Isabela se quedó paralizada durante un momento, debatiendo consigo misma. Todas las advertencias de doña Remedios resonaban en su mente, pero la súplica en los ojos del niño, la profunda tristeza que emanaba de él eran más fuertes que su miedo.
Comenzó a subir la colina siguiendo la figura pequeña que se movía adelante, siempre manteniéndose a cierta distancia, siempre apenas visible en la oscuridad. El camino era de tierra apisonada, bordeado de nopales y maguelles. A ambos lados, el terreno descendía en pendientes irregulares. Era un camino que Isabela había recorrido muchas veces durante su infancia, cuando era pequeña, y todavía no comprendía el peso de la muerte cuando visitaba las tumbas de sus antepasados, los días de muertos con brazadas de sempazuchil y calaveras de
azúcar. Pero esa noche el camino parecía diferente, más largo, más sinuoso, como si la colina misma se hubiera expandido. Los sonidos de la hacienda, las voces, la música distante de los músicos que ensayaban para mañana se desvanecieron rápidamente, reemplazados por un silencio profundo roto, solo por el susurro del viento entre las plantas y el sonido de sus propios pasos.
Subió y subió siguiendo al niño. Y entonces, después de lo que le pareció mucho más tiempo del que normalmente tomaba llegar a la cima, se encontrófrente a las puertas de hierro forjado del cementerio familiar de los Santibáñes. El cementerio ocupaba la cima aplanada de la colina rodeado por un muro de piedra de 2 m de altura.
Las puertas principales estaban coronadas por el escudo de armas santibáñes y una inscripción en latín. Memento Mori, recuerda que morirás. Las puertas estaban cerradas con cadenas y un candado grande, como siempre lo estaban, excepto en los días de visita autorizados. Pero el niño no se detuvo en las puertas.
caminó directamente hacia ellas y ante los ojos atónitos de Isabela las atravesó como si fueran humo, desapareciendo al otro lado. Isabela se acercó lentamente a las puertas, su corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Tomó las barras de hierro con sus manos y tiró, esperando que se mantuvieran firmemente cerradas. Pero para su sorpresa, las cadenas cayeron con un sonido metálico y las puertas se abrieron suavemente como si hubieran estado esperando su llegada.
El interior del cementerio era un jardín de muerte. Los Santibáñez habían enterrado a sus muertos aquí durante casi 200 años y las tumbas se extendían en filas ordenadas, algunas simples cruces de piedra, otras elaborados mausoleos de mármol con ángeles llorosos y vírgenes dolorosas. Cipreses centenarios se alzaban como centinelas oscuros contra el cielo nocturno, y el olor a tierra húmeda y flores marchitas flotaba en el aire.
La luna llena había logrado finalmente liberarse de las nubes, bañando el cementerio en una luz plateada que hacía que las lápidas brillaran como huesos blanqueados. Isabela avanzó lentamente entre las tumbas buscando al niño. Lo encontró parado frente al mausoleo más grande del cementerio, la cripta familiar principal de los Santibáñes.
Era una estructura impresionante construida en 1780 por el primer Santibáñez en llegar a estas tierras. De mármol blanco importado de Italia, con columnas corintias que flanqueaban la entrada de hierro forjado, el mausoleo se alzaba 3 m sobre el suelo circundante. Las puertas de hierro estaban decoradas con escenas bíblicas.
La resurrección de Lázaro, Cristo llamando a los muertos de sus tumbas. Una inscripción sobre la puerta rezaba, aquí descansan los Santibáñez hasta que el arcángel llame. El niño estaba parado frente a las puertas, mirándolas fijamente. Cuando Isabela se acercó, él se volvió hacia ella y volvió a hablar con esa voz que parecía venir de muy lejos.
Están aquí”, dijo. Todas ellas están aquí esperando. ¿Quiénes?, preguntó Isabela, aunque parte de ella sabía la respuesta. ¿Quién eres tú? Soy Rafael, respondió el niño. Rafael Santibáñez, morí en 1882. Tenía 8 años. Isabela sintió que las rodillas le flaqueaban. 1882. Eso fue 33 años atrás. Este niño no podía ser, pero lo era.
De alguna manera imposible lo era. ¿Por qué me trajiste aquí? Preguntó su voz apenas un susurro. Porque ellas me pidieron que lo hiciera”, respondió Rafael señalando las puertas del mausoleo. “Las novias, las que fueron sacrificadas, quieren que sepas la verdad antes de que sea demasiado tarde, antes de que te conviertas en una de ellas.
” “No entiendo,” dijo Isabela, aunque la verdad comenzaba a formarse en su mente como una pesadilla que no quería reconocer. Abre las puertas, dijo Rafael, ellas te lo mostrarán. Las manos de Isabela temblaban mientras se acercaba a las puertas de hierro del mausoleo. Como las puertas del cementerio, estas también estaban cerradas con candado.
Pero cuando tocó el metal frío, el candado se abrió solo, cayendo al suelo con un sonido que resonó entre las tumbas. Las puertas se abrieron lentamente, revelando la oscuridad del interior. Isabela dio un paso hacia delante cruzando el umbral y sintió que la temperatura descendía dramáticamente. Su aliento se volvió visible en el aire helado.
El interior del mausoleo estaba iluminado por una luz extraña, una fosforescencia pálida que parecía emanar de las paredes mismas. Los nichos se alineaban a ambos lados, cada uno sellado con una placa de mármol grabada con un nombre, fechas de nacimiento y muerte y a menudo un epitafio. Isabela reconoció los nombres de sus antepasados, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, extendiéndose hacia atrás en el tiempo.
Pero fue un nicho en particular el que capturó su atención. Estaba casi al fondo del mausoleo, a la izquierda, a la altura de sus ojos. La placa rezaba Catalina Mercedes Montes de Oca de Santibáñez 18231845. Esposa amada, descansa en paz. Isabela se acercó lentamente a la placa. 1845. Eso significaba que doña Catalina había muerto 22 años antes de que naciera doña Esperanza.
Pero doña Remedios había dicho que doña Catalina era la primera esposa de don Sebastián y que él se había casado con doña Esperanza en 1847, solo dos años después. Mientras Isabela miraba la placa, comenzó a escuchar algo, un sonido suave al principio, casi imperceptible, peroque crecía gradualmente en intensidad. Era un rasguño, como de uñas contra madera y venía de detrás de la placa.
No! Susurró Isabela retrocediendo. No puede ser. Pero el sonido continuó, ahora acompañado de otro. Golpes suaves, rítmicos. desesperados. Y entonces, para horror absoluto de Isabela, comenzaron a aparecer palabras en la placa de mármol, como si alguien las escribiera desde el interior con un dedo ensangrentado.
Ayúdanos. Las letras aparecían lentamente, trazadas en una sustancia oscura que parecía sangre vieja. Isabela gritó y se alejó chocando contra Rafael, que había entrado silenciosamente detrás de ella. “No tengas miedo”, dijo el niño, aunque su voz temblaba ligeramente. Ellas no quieren lastimarte, solo quieren que sepas, que entiendas.
“¿Entender qué?”, preguntó Isabela con lágrimas corriendo por sus mejillas. La verdad, respondió Rafael, la verdad sobre los antibañes, sobre lo que han hecho durante generaciones. Y entonces, como si sus palabras hubieran sido una señal, las puertas de los nichos comenzaron a abrirse una tras otra, y de cada uno emergió una figura translúcida como el humo, pero terrible en su solidez espiritual.
eran mujeres, todas vestidas de novias, con vestidos de diferentes épocas, pero todas compartiendo la misma expresión de horror y sufrimiento. Algunas tenían las manos destrozadas, las uñas arrancadas de tanto arañar. Otras mostraban marcas en el cuello, huellas de estrangulamiento. Todas las miraban con ojos que habían visto horrores inimaginables.
Una de ellas se adelantó. Era joven, quizás de la edad de Isabela, con un vestido de novia del estilo de mediados del siglo XIX. Su rostro, aunque translúcido, conservaba rastros de belleza, pero estaba marcado por líneas de sufrimiento profundo. “Soy Catalina”, dijo la aparición con una voz que sonaba como el viento entre las tumbas.
La primera, pero no la última. Isabela quería correr, quería gritar, pero descubrió que no podía moverse. Estaba como paralizada, obligada a escuchar, obligada a presenciar. Los Santibáñes, continuó Catalina, han mantenido su fortuna durante generaciones mediante un pacto. Un pacto hecho en 17880 por el primer Santibáñez que llegó a estas tierras, Sebastián el Viejo.
Era un hombre desesperado, arruinado en España, huyendo de deudas y vergüenza. Llegó a México con nada más que su nombre y su ambición. Otra figura se adelantó. una mujer mayor vestida con ropas aún más antiguas. Yo soy Josefina”, dijo esta segunda aparición, “La madre de Sebastián el viejo. Fui la primera sacrificada, aunque no lo supe hasta que fue demasiado tarde.
Mi hijo encontró algo aquí en esta tierra que entonces era salvaje. Encontró una cueva y en la cueva algo antiguo, algo que los pueblos originarios habían adorado y temido durante siglos. Era un ídolo, continuó Catalina tomando la narración. Una figura de piedra negra tallada en forma de una mujer con serpientes por cabello.
Los indígenas que vivían aquí antes de la conquista la llamaban Siwacoatl, la mujer serpiente, diosa de la muerte y el parto. Decían que aceptaba sacrificios, que daba poder y riqueza a cambio de sangre. Sebastián el viejo estaba desesperado”, dijo Josefina. Hizo un trato. Ofreció a su propia madre, a mí como primer sacrificio.
Me drogó con póimas que consiguió de un curandero local. Simuló mi muerte por enfermedad y me enterró viva aquí, en esta colina donde construyó esta cripta. Desperté en la oscuridad, en el ataúd, y arañé y grité hasta que se me acabó el aire. Y la diosa cumplió su parte del trato. Continuó Catalina. Sebastián el viejo prosperó más allá de sus sueños más salvajes.
Los campos de agrecían donde no debían crecer. El tequila que producía era superior a cualquier otro. Los negocios que tocaba se convertían en oro. Pero había un precio. Cada generación, dijeron las voces al unísono, todas las mujeres espectrales hablando como una sola. Debe ofrecer un sacrificio. Una mujer joven, una novia enterrada viva en la noche de su boda.
Así se renueva el pacto. Así continúa la fortuna. Isabela finalmente encontró su voz. No, eso es imposible. Mi padre nunca él me ama. Nunca permitiría algo así. Tu padre, preguntó Catalina con tristeza. Tu padre sabe. Todos los patriarcas santiváñez lo saben. Es el secreto que se pasa de padre a hijo primogénito cuando este alcanza la mayoría de edad.
Algunos lo aceptan de inmediato, seducidos por la promesa de riqueza y poder infinitos. Otros luchan contra él, se revelan, pero eventualmente ceden. Porque rechazar el pacto significa perder todo. La fortuna, las tierras, la posición social significa la ruina completa para toda la familia. Don Rodrigo, dijo otra de las apariciones, una mujer con un vestido de novia de principios del siglo XIX recibió esta verdad de su propio padre cuando tenía 21 años.
Al principio se horrorizó, amenazó con exponer el secreto, condestruir el ídolo, pero su padre le mostró lo que sucedería si lo hacía. Documentos que probaban que cada fortuna de los Santibáñes estaba construida sobre el pacto. Sin él, bancos reclamarían deudas que no podrían pagar. Socios comerciales los abandonarían, enemigos políticos los destruirían.
Y entonces dijo Catalina, “Tu madre, la dulce María del Carmen, fue elegida. No porque don Rodrigo no la amara, sino precisamente porque la amaba. El sacrificio debe ser genuino, debe doler para que la diosa lo acepte.” Don Rodrigo la amó, se casó con ella y en la noche de bodas cumplió el pacto. “¡Mentira!”, gritó Isabela.
Mi madre murió en el parto. Murió al darme a luz. Murió antes dijo Catalina suavemente, enterrada viva la noche de su boda hace 21 años. Pero la diosa es cruel en su generosidad. Mantuvo el cuerpo de tu madre vivo el tiempo suficiente para que el embarazo continuara. 9 meses en la oscuridad, 9 meses sintiendo crecer en su vientre, sin poder moverse, sin poder gritar.
Y cuando finalmente llegó el momento del parto, cuando tú naciste dentro de ese ataúd, ella murió, pero tú sobreviviste el tiempo suficiente para que te encontraran. Don Rodrigo sabía exactamente cuándo ir a abrir el ataúd. Es parte del ritual. Isabela cayó de rodillas soyozando. Era demasiado, demasiado horrible para ser verdad, pero en lo profundo de su corazón sabía que era cierto.
Explicaba tantas cosas. ¿Por qué su padre nunca volvió a casarse? ¿Por qué siempre parecía cargar un peso invisible? ¿Por qué a veces la miraba con una mezcla de amor y culpa devastadora? ¿Y ahora? preguntó finalmente, levantando la vista hacia las apariciones. “¿Qué quieren de mí? ¿Por qué me muestran esto?” “Porque eres diferente”, dijo Rafael el niño, acercándose.
“Yo también fui un sacrificio, aunque de otro tipo. Los antibáñes no solo sacrifican novias. Cuando no hay una boda conveniente, cuando pasa demasiado tiempo, la diosa acepta niños. Yo fui uno de esos. Pero antes de morir toqué el ídolo y recibí un don, la habilidad de caminar entre los vivos y los muertos, de traer mensajes, de intentar romper el ciclo.
El ciclo puede romperse, dijo Catalina, pero solo por voluntad propia. Solo si la siguiente víctima designada rechaza conscientemente el rol, expone el secreto y destruye el ídolo. Pero debe hacerse antes de que se consume el matrimonio, antes de la medianoche de la noche de bodas. Después de eso, el pacto se renueva automáticamente por otra generación.
¿Dónde está el ídolo?, preguntó Isabela poniéndose de pie con decisión. Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas, pero había una nueva determinación en su voz. Debajo de la hacienda, respondió Catalina, hay una cripta secreta, más antigua que la casa misma, accesible solo desde el sótano. Tu padre la visita cada año en el aniversario del pacto original para renovar sus votos a la diosa.
El ídolo está allí sobre un altar de piedra. rodeado de ofrendas, joyas de las víctimas, mechones de cabello, dientes, huesos de dedos. Entonces iré allí, dijo Isabela, “lo destruiré.” No será fácil, advirtió otra de las apariciones. El ídolo está protegido y don Rodrigo no está solo en esto. Los Villarreal también conocen el secreto. Es por eso que aceptaron tan fácilmente esta unión.
Ellos también tienen sus propios pactos oscuros. Isabela se quedó helada. Aurelio lo sabe. Aurelio ha estado esperando este momento durante años, dijo Catalina con tristeza. Fue él quien sugirió a su padre que propusiera esta unión. Los Villarreal ganan algo de este matrimonio también. Acceso a la magia del pacto Santibáñez a cambio de proporcionar asistencia en el ritual.
El mundo de Isabela se derrumbó por completo. Todo en lo que había creído, todos en quienes había confiado, todo era una mentira. Su padre, su prometido, incluso la sociedad que la rodeaba, todos estaban cómplices de esta monstruosidad. Entonces, ¿qué puedo hacer?, preguntó, sintiéndose de repente muy pequeña, muy sola.
¿Cómo puedo luchar contra todos ellos? No estás sola”, dijeron las voces de las mujeres al unísono. Somos muchas y nuestro dolor ha creado su propio poder. Podemos ayudarte, guiarte, pero debes actuar ahora. La boda es mañana. Después de la ceremonia no podremos hacer nada. El ritual te consumirá. Te convertirás en una de nosotras. Primero, dijo Catalina acercándose más, debes regresar a la hacienda sin que nadie sepa que has estado aquí.
Segundo, debes encontrar la entrada a la cripta secreta. Está en el sótano, detrás de una pared falsa cerca de la bodega de vinos. Busca el escudo de armas Santibáñez tallado en la piedra. Presiónalo y la pared se abrirá. Tercero, continuó otra aparición. Debes destruir el ídolo. No será fácil. La piedra es extraordinariamente dura, casi indestructible.
Pero hay una manera. El ídolo debe ser destruido con un objeto de fe genuina. La cruz deplata que perteneció a la primera víctima real, a Josefina, está colgada sobre el altar. Usa esa cruz para golpear el ídolo en el punto donde el corazón debería estar. Allí la piedra es más delgada. Y cuarto, dijo Catalina, su voz volviéndose más urgente.
Debes hacerlo todo antes de la medianoche de mañana. Una vez que el reloj marque las 12 campanadas después de la ceremonia, el ritual comenzará automáticamente. Tu padre y Aurelio te drogarán durante el banquete. Despertarás paralizada, consciente, pero incapaz de moverte o hablar. Y entonces te llevarán al mausoleo, te colocarán en un ataúd preparado especialmente y te sellarán dentro.
Pero si destruyes el ídolo antes, dijo Rafael tomando la mano de Isabela, el pacto se romperá. La fortuna de los antibáñes desaparecerá gradualmente, sí, pero tú vivirás y nosotras finalmente podremos descansar. Isabela miró alrededor del mausoleo a todas esas mujeres que habían sido víctimas de la avaricia y el miedo de generaciones de hombres santiváñes.
Vio sufrimiento, su esperanza, su desesperación y tomó su decisión. Lo haré, dijo con voz firme. Lo haré por todas ustedes, por mi madre y por todas las mujeres que vendrán después si no detengo esto ahora. Las apariciones comenzaron a desvanecerse, sus formas volviéndose cada vez más translúcidas. Pero antes de desaparecer completamente, Catalina le dijo una última cosa.
Ten cuidado, Isabela. Don Rodrigo y Aurelio no son los únicos que protegen el secreto. Hay otros en la Hacienda que se benefician del pacto. Sirvientes leales que han sido recompensados generosamente por su silencio. Aliados políticos que comparten secretos similares. Confía solo en aquellos que has conocido toda tu vida y cuyo corazón sabes que es puro.
Y con eso las apariciones se desvanecieron completamente. Dejando a Isabela sola con Rafael. “¿Tú también te irás?”, preguntó Isabela al niño. “Estaré cerca”, respondió Rafael. “Siempre estoy cerca cuando me necesitan, pero debes regresar ahora antes de que noten tu ausencia.” Isabela asintió y salió del mausoleo. Las puertas se cerraron suavemente detrás de ella.
El candado, volviéndose a cerrar solo, caminó entre las tumbas. Pasó por las puertas del cementerio, que también se cerraron, y encadenaron tras ella y comenzó el descenso de la colina. El camino de regreso fue mucho más rápido que el ascenso. La luna todavía brillaba intensamente, iluminando el camino, y pronto Isabela pudo ver las luces de la hacienda.
Todo parecía igual que cuando había salido. Las mismas voces, la misma música distante. Era como si el tiempo no hubiera pasado, aunque para ella habían transcurrido horas en ese mausoleo escuchando verdades terribles. Entró por la misma puerta lateral por la que había salido, cruzó los jardines y los corredores y regresó a su habitación sin que nadie la viera.
O eso creyó doña Remedios estaba sentada en la silla junto a la ventana claramente esperándola. La anciana levantó la vista cuando Isabela entró y su expresión pasó de preocupación a alivio y luego a algo más complejo. Comprensión mezclada con temor. “Fuiste allá”, dijo simplemente. No era una pregunta. Isabela cerró la puerta con llave y se acercó a la anciana.
Lo sé todo”, susurró cayendo de rodillas frente a doña Remedios. “Sé sobre el pacto, sobre las mujeres, sobre mi madre, y sé lo que planean hacerme.” Las lágrimas corrían libremente por las mejillas arrugadas de doña Remedios. “Yo también lo sé, niña. Siempre lo he sabido. Mi abuela me lo contó y su abuela a ella.
Las sirvientas más viejas siempre saben. Es nuestro propio peso que cargar, conocer la verdad, pero ser impotentes para detenerla. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué nadie dice nada? ¿A quién le diríamos?”, respondió doña Remedios con amargura. “¿A las autoridades? Los Santibáñez controlan al alcalde, al jefe de policía, al juez, a la iglesia.
El padre Anselmo sabe también, ha sabido durante años, es parte del engranaje. Recibe generosas donaciones para mantener su silencio, para bendecir matrimonios que son en realidad sentencias de muerte. Entonces, todos son cómplices”, susurró Isabela, sintiendo que la traición se profundizaba aún más.
“No todos”, dijo doña Remedios, tomando las manos de Isabela entre las suyas. Hay algunos que resistimos como podemos. Por eso te conté lo que te conté esta tarde, aunque sabía que no sería suficiente. Por eso he estado aquí esperándote, preparada para ayudarte a hacer lo que debes hacer. ¿Me ayudarás? Preguntó Isabela con esperanza brillando en sus ojos.
Hasta donde pueda, niña, pero debes entender. Si descubren que te estoy ayudando, me matarán. No de forma espectacular, pero me matarán. Un accidente en las escaleras, un veneno en la comida, algo que parezca natural para una mujer de mi edad. Así han silenciado a otros que intentaron intervenir. No dejaré que te pase nada, prometióIsabela.
No hagas promesas que no puedes cumplir, respondió doña Remedios con suavidad. Solo concéntrate en lo que debes hacer. Necesitas destruir el ídolo. Te dijeron cómo encontrarlo. Isabela asintió y le explicó las instrucciones que Catalina le había dado. La entrada secreta en el sótano, el escudo de armas, la cruz de plata. El sótano, murmuró doña Remedios pensativa, es uno de los lugares más vigilados de la hacienda, especialmente estos días antes de la boda.
Don Rodrigo ha estado bajando allí con frecuencia, preparando todo para el ritual y Aurelio también ha estado haciendo visitas nocturnas. Será difícil bajar sin ser vista. ¿Cuándo sería el mejor momento?, preguntó Isabela. Mañana durante la ceremonia, respondió doña Remedios después de pensarlo. Todos estarán en la capilla.
La casa estará relativamente vacía con solo algunos sirvientes preparando el banquete, pero tendrías que escaparte de la ceremonia misma, lo cual sería notorio. Entonces, ¿cuándo? Esta noche, dijo doña Remedios con decisión. Ahora mismo, mientras todos están reunidos en la biblioteca o ya se han retirado a sus habitaciones, es nuestra mejor oportunidad.
Pero dijeron que debía hacerlo antes de la medianoche de mañana después de la ceremonia. No, corrigió doña Remedios. Dijeron antes de que el ritual comenzara. El ritual comienza a la medianoche, pero nada te impideir el ídolo esta misma noche. De hecho, sería mejor. Así tu padre no tendrá oportunidad de detenerte mañana.
Isabela comprendió la sabiduría en las palabras de la anciana. Si esperaba hasta después de la ceremonia, estaría bajo vigilancia constante. Esta noche, ahora era realmente su mejor oportunidad. ¿Cómo llegaremos al sótano sin ser vistas? Preguntó. Hay un pasaje, dijo doña Remedios, levantándose con dificultad de su silla. Un pasaje secreto que conecta esta ala de la casa con el sótano.
Fue construido hace muchos años como ruta de escape en caso de ataque. Pocas personas lo conocen ahora, pero yo sí. Mi abuela me lo mostró. La anciana se acercó al armario grande que ocupaba una pared entera de la habitación de Isabela. Era un mueble antiguo de madera oscura, tallada con escenas bíblicas. Doña Remedios buscó con sus dedos a lo largo del marco interior, presionando varios puntos en una secuencia que evidentemente había memorizado décadas atrás.
Con un clic suave, la pared posterior del armario se deslizó hacia un lado, revelando una abertura estrecha y oscura. Este pasaje baja directamente al sótano, explicó doña Remedios. Es empinado y estrecho, construido para una sola persona. Tendrás que llevar una vela. Doña Remedios encendió una vela de cebo y se la entregó a Isabela junto con una pequeña bolsa de lona.
Aquí hay cerillas adicionales por si la vela se apaga. Y esto sacó de su delantal un cuchillo de cocina largo y afilado para tu protección. No sé que puedas encontrar allá abajo. Isabela tomó el cuchillo sintiendo el peso del metal en su mano. Nunca había sostenido un arma con intención de usarla. Esperaba no tener que hacerlo.
¿Cuánto tiempo llevará?, preguntó. El descenso. 15 minutos. Si vas con cuidado. Encontrar la entrada secreta, destruir el ídolo. No lo sé, niña. Depende de lo que encuentres allá abajo, pero debes estar de regreso antes del amanecer. Los sirvientes comienzan a moverse a las 5 de la mañana para preparar el desayuno.
Isabela abrazó a la anciana. Gracias. remedios por todo, por criarme, por cuidarme, por confiar en mí. “Ve con Dios, niña”, susurró doña Remedios. “y si ves a tu madre, dile que nunca dejé de llorarla.” Con el corazón latiendo fuerte, Isabela entró en el armario y luego en la abertura secreta. El pasaje era efectivamente muy estrecho, apenas lo suficiente para que ella pasara de lado.
Las paredes eran de piedra desnuda, húmedas y frías al tacto. Escaleras irregulares descendían en una espiral cerrada, desapareciendo en la oscuridad más allá del alcance de su vela. Escuchó el sonido del panel cerrándose detrás de ella y de repente se sintió completamente sola. comenzó a descender paso a paso con cuidado de no resbalar en los escalones húmedos.
La vela proyectaba sombras danzantes en las paredes, creando formas que parecían moverse con vida propia. Bajó y bajó contando los escalones para mantener su mente enfocada. 50 escalones, 100 150. El aire se volvía cada vez más frío y húmedo, con un olor a tierra y mo que se intensificaba con cada paso. Ocasionalmente escuchaba sonidos, el goteo de agua en algún lugar, el chillido distante de ratas y algo más, algo que no podía identificar, pero que sonaba casi como respiración.
Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, pero probablemente fueron los 15 minutos que doña Remedios había prometido, llegó al fondo de las escaleras. Se encontraba en un pasillo estrecho con el techo bajo tallado directamente en la roca. Elpasillo se extendía en ambas direcciones, perdiéndose en la oscuridad.
Isabela se detuvo desorientada. Doña Remedios no le había dicho hacia dónde ir desde aquí. Levantó la vela intentando ver alguna marca o señal que pudiera guiarla. Y entonces lo vio tallado en la pared a su derecha, apenas visible bajo décadas de suciedad y telarañas, el escudo de armas de los Santibáñes. Comenzó a caminar en esa dirección siguiendo el pasillo.
Cada pocos metros encontraba otro escudo tallado en la pared como marcadores que señalaban el camino. El pasillo se bifurcaba ocasionalmente, pero ella siempre seguía la ruta marcada por los escudos. Después de varios minutos de caminar, el pasillo se ensanchó y Isabela se encontró en una cámara más grande. Reconoció el lugar.
Era parte del sótano regular de la hacienda, donde se guardaban los barriles de tequila y vino, las reservas de alimentos y diversos objetos que no se usaban con frecuencia. Grandes toneles de roble se alineaban contra las paredes, cada uno marcado con fechas de cosecha y tipos de age. Estantes de madera sostenían botellas de vino importado, algunas cubiertas con tanto polvo que sus etiquetas eran ilegibles.
El olor aquí era diferente al del pasaje secreto, a madera húmeda, alcohol y algo más dulce, casi empalagoso. Isabela recordó las instrucciones de Catalina, buscar el escudo de armas Santibáñez tallado en la piedra cerca de la bodega de vinos. Miró alrededor levantando su vela para examinar las paredes. Había varias estanterías contra diferentes paredes, todas llenas de botellas.
¿Cuál sería la correcta? comenzó a moverse sistemáticamente alrededor de la cámara, examinando cada sección de pared. En la tercera pared que revisó, detrás de una estantería particularmente vieja, cubierta de telarañas que sugerían que no había sido movida en años, encontró lo que buscaba, el escudo de armas antibáñez tallado en relieve en la piedra del tamaño aproximado de un plato.
extendió su mano y presionó el escudo como Catalina le había indicado. Al principio no pasó nada, presionó más fuerte y entonces sintió que algo cedía, como un mecanismo interno activándose. escuchó un sonido de molienda de piedra contra piedra y lentamente la sección de pared que incluía el escudo comenzó a deslizarse hacia adentro y luego hacia un lado, revelando una abertura oscura del tamaño de una puerta.
Del otro lado de la abertura, unas escaleras descendían aún más profundo. Isabela sintió una oleada de miedo. Esta no era la cripta secreta todavía, sino solo el camino hacia ella. ¿Qué tan profundo iba? ¿Qué encontraría allá abajo? No tenía opción. Había llegado demasiado lejos para retroceder. Ahora respiró profundo, ajustó su agarre en la vela y el cuchillo y comenzó a descender las nuevas escaleras.
Estas escaleras eran diferentes a las del pasaje secreto. Eran más anchas, más ceremoniales, talladas con mayor cuidado en la roca viva. Las paredes a ambos lados estaban decoradas con relieves, escenas que Isabela no podía identificar completamente a la luz vacilante de su vela, pero que parecían representar rituales antiguos, figuras humanas arrodilladas ante algo que podría ser un ídolo o una deidad.
El aire aquí era diferente también, más pesado, más denso, con un olor que le recordaba a copal quemado y algo más, algo que hacía que su estómago se revolviera. Era un olor dulzón y enfermizo, como carne descompuesta mezclada con perfume. Descendió aproximadamente 30 escalones más antes de llegar al fondo. se encontró en una cámara circular mucho más grande que cualquier habitación que hubiera visto en la hacienda arriba.
El techo era una bóveda que se arqueaba a varios metros de altura, sostenida por pilares de piedra tallados con símbolos que Isabela no reconocía. Serpientes entrelazadas, rostros humanos con expresiones de agonía, lunas y estrellas en configuraciones imposibles. En el centro de la cámara había un altar de piedra negra y sobre el altar el ídolo.
Isabela se acercó lentamente, su vela proyectando luz temblorosa sobre la figura. Era exactamente como Catalina lo había descrito, una mujer tallada en piedra negra brillante del tamaño aproximado de una niña de 10 años con serpientes por cabello. Los ojos eran de obsidiana incrustada que parecían seguir cada movimiento de Isabela.
La boca estaba abierta en lo que podría ser una sonrisa o un grito, revelando dientes también de obsidiana. Las manos estaban extendidas hacia delante, las palmas hacia arriba, como esperando recibir ofrendas. Y alrededor del altar, tal como Catalina había dicho, había ofrendas, montones de ellas acumuladas durante generaciones.
Joyas que brillaban débilmente a la luz de la vela, collares de perlas, aretes de diamantes, anillos de oro y esmeraldas. Mechones de cabello atados con listones descoloridos, cada uno con una pequeña etiqueta que llevaba un nombre y unafecha y cosas más perturbadoras. Pequeños huesos que parecían ser falanges de dedos, dientes, lo que podría haber sido un mechón de piel seca. Isabela sintió náuseas.
Estas eran las últimas posesiones de las víctimas, los pedazos de ellas que habían sido tomados como trofeos para alimentar a esta cosa horrible. Pero también vio lo que había venido a buscar. Colgada en la pared detrás del altar, suspendida de un gancho de hierro oxidado, había una cruz de plata.
Era grande, aproximadamente del antebrazo y a pesar de la capa de suciedad que la cubría, Isabela podía ver que estaba intrincadamente trabajada. En el centro de la cruz, donde se cruzaban los brazos, había una inscripción en latín que logró leer a la luz de su vela. Josefina María Rodríguez, sierva fiel de Dios. 1745-1780. La fecha de muerte, 1780, era el mismo año en que, según las apariciones, Sebastián el Viejo había hecho el primer pacto.
Esta cruz había pertenecido a su madre, la primera víctima. Isabela dejó la vela en el suelo y se acercó al altar. tuvo que trepar sobre él para alcanzar la cruz, lo que significaba estar peligrosamente cerca del ídolo. Mientras se estiraba para tomar la cruz, sus ojos quedaron al nivel de los del ídolo y por un momento horrible le pareció que las pupilas de obsidiana se movían enfocándose en ella.
Tomó la cruz y saltó hacia atrás, lejos del altar. El metal estaba sorprendentemente frío, casi congelado, a pesar de haber estado en esta cámara cerrada. Pesaba más de lo que esperaba, sólida y real en sus manos. Ahora venía la parte difícil, destruir el ídolo. Catalina le había dicho que golpeara el punto donde debería estar el corazón, que allí la piedra era más delgada.
Isabela miró el torso del ídolo buscando alguna marca o indicación. Al principio no vio nada, pero entonces acercando su vela, notó una línea fina que recorría el pecho de la figura, casi invisible, como una grieta que había sido cuidadosamente sellada. levantó la cruz sobre su cabeza, sosteniéndola por el brazo largo como si fuera un martillo.
Y entonces, con toda la fuerza que pudo reunir, la dejó caer sobre el punto marcado en el pecho del ídolo. El impacto produjo un sonido como de campana rota, un tono discordante que resonó en la cámara y pareció propagarse más allá de ella, vibrando en la piedra misma de la hacienda arriba. La cruz rebotó en sus manos casi haciéndola caer.
Miró el ídolo esperando ver un daño significativo, pero solo había una pequeña marca blanca donde la cruz había golpeado. No susurró Isabela. Tiene que funcionar. Golpeó de nuevo y de nuevo, cada impacto produciendo ese mismo sonido de campana rota, cada uno dejando solo una pequeña marca en la piedra negra. Sus brazos comenzaban a doler y lágrimas de frustración corrían por sus mejillas.
“Por favor”, suplicó hablándole a la cruz, al recuerdo de Josefina, a cualquier poder divino que pudiera estar escuchando. “Ayúdame, ayúdame a terminar con esto.” Y entonces, en el séptimo golpe, algo cambió. La cruz pareció calentarse en sus manos, brillando con una luz suave pero creciente. Y cuando cayó sobre el ídolo, esta vez no rebotó.
Se hundió en la piedra como si esta se hubiera vuelto blanda. Isabela sintió algo quebrarse bajo el impacto. Una grieta apareció en el pecho del ídolo, extendiéndose rápidamente hacia arriba y hacia abajo. Y de la grieta comenzó a emanar algo, un humo negro y espeso que olía a azufre y carne quemada.
El humo se arremolinaba en el aire, formando formas que Isabela no quería mirar demasiado de cerca, formas que sugerían rostros retorcidos en agonía. El ídolo comenzó a temblar sobre el altar. Las grietas se multiplicaban, extendiéndose como una red sobre toda su superficie. Los ojos de obsidiana se rajaron y de ellos brotó un líquido oscuro que podría haber sido aceite o podría haber sido sangre antigua.
Isabela retrocedió asustada por lo que había desencadenado. El humo negro se espesaba llenando la cámara, haciendo difícil respirar. Y entonces, con un sonido como un grito de mil voces, el ídolo explotó. Fragmentos de piedra negra volaron en todas direcciones. Isabela se lanzó al suelo cubriéndose la cabeza con los brazos.
Los fragmentos golpearon las paredes, el techo, el suelo, algunos pasando peligrosamente cerca de ella. El altar mismo se rajó por la mitad con un estruendo que sacudió toda la cámara. Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, todo se detuvo. El humo comenzó a disiparse, absorbido hacia arriba, como si una ventana invisible se hubiera abierto en el techo.
Los sonidos de gritos se desvanecieron. La cámara quedó en silencio, excepto por el sonido del polvo y pequeños pedazos de piedra cayendo. Isabela se levantó lentamente temblando. Donde había estado el ídolo, ahora solo quedaban fragmentos de piedra negra esparcidos sobre los restos del altar. La cruz de plata estaba en el suelo aunos metros de distancia, intacta, pero ahora brillando con un resplandor suave y plateado, como si se hubiera limpiado de siglos de corrupción. lo había hecho.
Había destruido el ídolo. El pacto estaba roto. Pero antes de que pudiera sentir alivio, escuchó voces arriba, voces de hombres gritando, corriendo. El sonido de la destrucción del ídolo había despertado a la hacienda. El sótano, el sonido vino del sótano. Era la voz de su padre llena de pánico y rabia.
Y luego otra voz, la de Aurelio, la cripta secreta. Alguien está en la cripta secreta. Isabela tomó la vela que milagrosamente seguía encendida y corrió hacia las escaleras. Tenía que salir de allí antes de que la encontraran. Subió los escalones de dos en dos, su corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos.
llegó a la cámara del sótano regular, justo cuando escuchaba pasos bajando por las escaleras principales del otro lado. No tenía tiempo de cerrar la entrada secreta. Corrió hacia el pasaje por el que había venido, el que conectaba con su habitación, esperando que pudiera llegar antes de que la vieran. Allí vi una luz, la voz de Aurelio más cerca ahora.
Isabela no se detuvo. Entró en el pasaje secreto y comenzó a subir las escaleras en espiral, sus pulmones ardiendo, sus piernas temblando de esfuerzo. Detrás de ella escuchaba pasos en el sótano, voces gritando órdenes. Busquen en todos los pasajes, revisen cada rincón. Subió y subió sin atreverse a mirar atrás.
La vela se apagó en algún punto, dejándola en oscuridad casi total, pero no le importó. Conocía este pasaje ahora. Contaba los escalones, tocaba las paredes para orientarse. 150 escalones. 100 50. Estaba cerca. Podía escuchar a alguien siguiéndola pisadas pesadas resonando en el pasaje detrás de ella. Un hombre por el sonido.
Su padre, Aurelio, un sirviente, finalmente llegó a la parte superior. Buscó a tias el mecanismo que abriría el panel en el armario. Sus dedos encontraron lo que parecía ser un pestillo. Lo levantó y el panel se deslizó hacia un lado. Isabela salió tambaleándose al armario y luego a su habitación.
Doña Remedios estaba allí despierta y esperando su rostro pálido de preocupación. “Rápido”, dijo la anciana ayudando a Isabela a salir del armario. “Debemos cerrar el pasaje.” Juntas empujaron el panel de vuelta a su lugar. Justo cuando se cerraba, escucharon a alguien llegando al otro lado. Puños golpearon la pared. Voces amortiguadas maldecían.
Cambiate rápido”, ordenó doña Remedios, ayudando a Isabela a quitarse el vestido manchado de polvo y tierra. “Ponte tu camisón, acuéstate en la cama. Debemos hacer parecer que has estado aquí toda la noche.” Isabela obedeció mecánicamente, su mente todavía procesando lo que había hecho. Doña Remedios escondió el vestido sucio bajo el colchón y luego apagó las lámparas.
Dejando solo una vela tenue encendida en la mesita de noche. Ahora finge que duermes susurró la anciana. No importa lo que pase, no importa quién venga, finge que has estado durmiendo toda la noche. Isabela se metió bajo las sábanas cerrando los ojos. Su corazón todavía latía salvajemente y estaba segura de que cualquiera que la mirara sabría que estaba despierta.
Pero se forzó a respirar lenta y regularmente, a mantener su cuerpo inmóvil. No tuvo que esperar mucho. Momentos después, golpes fuertes sacudieron la puerta de su habitación. Isabela, abre esta puerta. Era su padre, su voz ronca de ira. Doña Remedios fue a la puerta y la abrió una rendija.
Don Rodrigo dijo con voz somnolienta, como si la hubieran despertado. ¿Qué sucede? Es muy tarde. ¿Dónde está Isabela? Exigió don Rodrigo empujando la puerta para abrirla más. Durmiendo, señor, donde debe estar, preparándose para su gran día mañana. Don Rodrigo entró en la habitación. Llevando una lámpara de aceite que iluminó el espacio.
Isabela podía sentir sus ojos sobre ella estudiándola. Se mantuvo inmóvil, respirando regularmente. “Hubo un disturbio”, dijo don Rodrigo. Su voz más controlada ahora. Un sonido del sótano. Pensé que tal vez la niña Isabela ha estado aquí toda la noche, señor, dijo doña Remedios con firmeza. Yo no la he dejado. Los nervios de la boda ya sabe.
He estado velando su sueño. Isabela escuchó a su padre acercarse a la cama. Sintió su presencia cerca. Podía oler el cigarro y coñaque en él. Hubo un largo momento de silencio y entonces sintió su mano sobre su frente, un gesto sorprendentemente tierno que casi la hace romper su actuación. “Duerme, hija”, susurró. Pero había algo extraño en su voz.
Tristeza, alivio, sospecha. Mañana comienza tu nueva vida. Se retiró y ella escuchó sus pasos alejándose. La puerta se cerró suavemente. Solo entonces Isabela abrió los ojos. Doña Remedios estaba sentada en la silla junto a la ventana, su rostro iluminado por la primera luz gris del amanecer que comenzaba a filtrarse.
La anciana lamiraba con una expresión que mezclaba orgullo, miedo y algo más. Esperanza. Lo hiciste susurró doña Remedios. Realmente lo hiciste sí, respondió Isabela, su propia voz apenas audible. Pero, ¿y ahora qué? Esa era la pregunta, ¿verdad? Había destruido el ídolo, roto el pacto, pero todavía estaba programada para casarse en unas pocas horas.
Su padre y Aurelio todavía creían que el ritual se llevaría a cabo. ¿Qué harían cuando descubrieran que el ídolo había sido destruido? ¿Qué harían cuando se dieran cuenta de que había sido ella? Ahora, dijo doña Remedios con determinación, te preparas para tu boda. Actúas como si nada hubiera pasado y esperamos. Esperar qué.
A ver qué hace tu padre cuando descubra la verdad completa, cuando se dé cuenta de que el pacto está roto y que tú eres quien lo rompió. El resto de esa mañana pasó en una especie de sueño febril. Isabela durmió unas pocas horas de sueño agitado, plagado de pesadillas sobre ídolos que se rompían y mujeres que gritaban desde ataúdes.
Cuando Doña Remedios la despertó al mediodía, el sol brillaba intensamente fuera, un día perfecto para una boda. Las doncellas entraron en tropel después, trayendo bandejas de comida que Isabela no podía ni mirar y comenzando el largo proceso de prepararla para la ceremonia. La bañaron en agua perfumada con aceites de rosas y lavanda.
Peinaron su cabello en un elaborado arreglo, entrelazando perlas y flores frescas. La ayudaron a ponerse el magnífico vestido de novia, abrochando los cientos de pequeños botones de perla que recorrían la espalda. Durante todo esto, Isabela se movía como una muñeca, dejándolas hacer su trabajo, su mente en otro lugar. seguía esperando que en cualquier momento su padre entrara furioso, la acusara, cancelara la boda, pero no vino.
Doña Remedios permanecía cerca, supervisando cada detalle, pero también vigilando a Isabela, asegurándose de que no se derrumbara bajo la presión. Sus ojos se encontraban ocasionalmente comunicándose sin palabras. Valor, resistencia, todavía no termina. Finalmente, cuando Isabela estaba completamente vestida, con el velo cubriendo su rostro y la cola de su vestido extendida detrás de ella, doña Remedios despidió a las otras doncellas y se quedó a solas con ella un momento.
“Estás hermosa niña”, dijo con lágrimas en sus viejos ojos. “Tu madre estaría orgullosa.” “¿Qué pasará ahora?”, preguntó Isabela. “Debería detener la boda? ¿Debería exponer todo? No, todavía aconsejó doña Remedios. Deja que la ceremonia proceda. Tu padre todavía no sabe con certeza que fuiste tú quien destruyó el ídolo.
Y Aurelio tampoco. Si cancelas ahora sin pruebas contra ellos, solo parecerás una novia histérica. Necesitamos que se revelen a sí mismos. Pero, ¿y si intentan completar el ritual de todos modos? ¿Y si me drogan el banquete? Como dijeron las apariciones, no lo harán, dijo doña Remedios con más confianza de la que sentía.
Sin el ídolo, el ritual no puede completarse. Ellos lo saben, pero necesitan tiempo para procesar lo que ha sucedido, para decidir su próximo movimiento. Y ese tiempo es durante la ceremonia. Mientras estés en la iglesia frente a testigos, estás segura. Un golpe en la puerta anunció que era hora.
Don Rodrigo había venido a llevar a su hija al altar. Cuando Isabela salió de su habitación y vio a su padre esperándola en el corredor, casi no lo reconoció. Don Rodrigo parecía haber envejecido 10 años en una noche. Su rostro estaba pálido con profundas ojeras bajo los ojos. Sus manos temblaban ligeramente mientras le ofrecía su brazo. “Estás hermosa”, dijo su voz ronca.
Igual que tu madre el día que nos casamos. Isabela tomó su brazo sin saber qué decir. Parte de ella quería confrontarlo aquí y ahora, gritarle, acusarlo, pero se mantuvo en silencio, dejando que la guiara por los corredores de la hacienda, bajando las escaleras principales y saliendo al patio donde los esperaba el carruaje que los llevaría a la capilla.
La capilla de los Santibáñes estaba a solo 500 met de la casa principal en un terreno elevado que ofrecía vistas de los campos de age. Era una estructura del siglo XVII de piedra blanca con techo de tejas rojas y un campanario que se alzaba hacia el cielo azul. Mientras se acercaban, Isabela podía escuchar las campanas repicando, anunciando la llegada de la novia.
El interior de la capilla estaba repleto. Isabela reconoció rostros familiares en los bancos, tíos y tías, primos, amigos de la familia, socios comerciales de su padre, otras familias prominentes de Guadalajara y regiones cercanas. Todos vestidos con sus mejores galas, todos sonriendo, todos esperando presenciar la unión de dos grandes dinastías.
Pero mientras caminaba por el pasillo del brazo de su padre, con el coro cantando el Ave María y el olor del incienso llenando el aire, Isabel anotaba los detalles que otros no verían. Notaba como Aurelio, esperándola al piedel altar, tenía el mismo aspecto demacrado que su padre. Notaba como don Eusebio Villarreal evitaba mirar directamente hacia ella.
Notaba como el padre Anselmo, quien oficiaría la ceremonia, sostenía su misal con manos que temblaban visiblemente. Sabían, quizás no todos los detalles, quizás no que había sido exactamente ella quien destruyó el ídolo, pero sabían que algo fundamental había cambiado, que el pacto que había sostenido sus fortunas durante generaciones estaba roto.
La ceremonia comenzó. El padre Anselmo habló sobre el sacramento del matrimonio, sobre el amor y el compromiso, sobre los deberes de esposa y esposo. Isabela respondía automáticamente cuando era necesario, pronunciando los votos que había memorizado. Aurelio hacía lo mismo, pero su voz era tensa. Sus ojos mirando más allá de ella hacia las sombras de la capilla, como si esperara ver algo aparecer allí.
Y entonces llegó el momento, el intercambio de anillos, el momento en que deberían convertirse en marido y mujer. Aurelio, Ricardo Villarreal y Mendoza, dijo el padre Anselmo, ¿aceptas a Isabela María Santibáñez como tu legítima esposa para amarla y respetarla todos los días de tu vida? Hubo un momento de silencio.
Aurelio miraba fijamente a Isabela y ella pudo ver en sus ojos un conflicto intenso. Finalmente, con voz apenas audible, respondió, “Sí, acepto. E Isabela María Santibáñez”, continuó el padre Anselmo girándose hacia ella. ¿Aceptas a Aurelio Ricardo como tu legítimo esposo para amarlo y respetarlo todos los días de tu vida? Isabela abrió la boca para responder, pero en ese momento algo extraordinario sucedió.
Las velas de la capilla, cientos de ellas colocadas en candelabros y nichos alrededor del espacio, se apagaron todas simultáneamente. Un viento helado sopló a través de la capilla, a pesar de que todas las puertas y ventanas estaban cerradas y el olor cambió. El dulce aroma del incienso fue reemplazado por otro olor, el olor a tierra húmeda y flores marchitas.
Gasps y gritos de sorpresa surgieron de los invitados. El padre Anselmo retrocedió, su rostro pálido como la cera. Aurelio se tambaleó como si algo invisible lo hubiera golpeado. Y entonces Isabela las vio, las apariciones de las novias. Catalina a la cabeza, seguida por Josefina y todas las demás, materializándose en el aire de la capilla.
No eran las figuras translúcidas y etéreas del cementerio. Aquí, en este lugar sagrado, en este momento crucial, eran casi sólidas, casi reales, y todos en la capilla podían verlas. No! gritó Catalina, su voz resonando con un poder que hizo temblar las vigas del techo. Este matrimonio no se consumará. Este ciclo termina aquí. El caos estalló en la capilla.
Los invitados gritaban. Algunos intentaban huir hacia las puertas, pero encontraban que estas no se abrían. Otros se arrodillaban en oración. Algunos simplemente se quedaban paralizados de terror. Don Rodrigo se adelantó. su rostro rojo de ira. Esto es un ultraje. Padre Anselmo, haga algo. Bendiga este lugar. Exorcice estos demonios.
No son demonios dijo el padre Anselmo con voz temblorosa, pero creciendo en fuerza. Son almas en pena, víctimas de una injusticia terrible. Se volvió hacia don Rodrigo con expresión acusadora. Una injusticia que ustedes, los Santibáñes, perpetraron durante generaciones. ¿De qué habla? Exigió don Eusebio Villarreal.
¿Qué son estas acusaciones? Pregúntale a tu hijo! Gritó Catalina señalando a Aurelio. Pregúntale qué planeaba hacer con su nueva esposa esta noche. Pregúntale sobre el veneno que ya llevaba en su bolsillo. Todos los ojos se volvieron hacia Aurelio, quien retrocedió. su mano moviéndose instintivamente hacia su chaleco. Sus dedos tocaron algo allí y su rostro se puso del color de la ceniza. No susurró.
No es. No pueden. Muéstrales ordenó otra de las apariciones. Muéstrales lo que llevas. Con manos temblorosas, Aurelio sacó de su bolsillo interior un pequeño frasco de cristal lleno con un líquido claro. Lo sostuvo como si quemara. Es solo para los nervios, tartamudeó. Un tónico que mi padre me dio.
Mentira, rugió Catalina. Es el mismo veneno que se ha usado durante generaciones. El veneno que paraliza el cuerpo, pero deja consciente la mente. El veneno con el que planeabas drogar a Isabela durante el banquete para luego llevarla al mausoleo y enterrarla viva, completando así el ritual que renovaría el pacto demoníaco de tu familia política.
Horror y repulsión se extendieron por la capilla como una ola. Los invitados que habían estado paralizados ahora encontraban su voz gritando preguntas, acusaciones, negaciones. Don Rodrigo intentó tomar el control. Esto es absurdo. Son alucinaciones. Trucos. ¿Alguien ha puesto algo en el incienso? Trucos.
Preguntó Josefina flotando hacia don Rodrigo. Trucos como los que usaste en tu propia esposa. En mi nieta. La madre de Isabela. No, susurró don Rodrigo retrocediendo.No es María del Carmen murió en el parto. Después de 9 meses enterrada viva gritó Josefina, después de que la pararizaras con tu veneno, la enterraras en el mausoleo y la dejaras allí para que diera a luz en la oscuridad y la soledad.
Solo entonces sacaste a la niña dejando que su madre muriera finalmente. Isabela sintió que sus rodillas cedían. Era demasiado, demasiado horrible. Doña Remedios apareció a su lado, sosteniéndola, manteniéndola de pie. La verdad, continuó Catalina, su voz llenando la capilla, es esta. Durante más de un siglo santibáñes han mantenido su fortuna.
mediante un pacto con una deidad antigua y oscura. Cada generación sacrificaban a una mujer joven, enterrándola viva en la noche de su boda. Y durante más de un siglo, la sociedad que los rodea miraba hacia otro lado. Aceptaba las mentiras sobre fiebres y complicaciones en el parto, porque era conveniente, porque los antibáñez eran poderosos y generosos con aquellos que guardaban sus secretos.
Pero el pacto ha sido roto, declaró otra de las apariciones. El ídolo ha sido destruido y ahora exigimos justicia.















