
16 de abril de 1988. Playa de Raued, Tunes, 010 AM. La noche es perfecta para un paseo romántico. La luna está alta sobre el Mediterráneo y el aire de la costa tunecina huele a sal y a jaes en flor. A lo lejos, las luces de la ciudad turística de Sid Bow Said parpadean con calma. Es un paraíso de paz, lejos, muy lejos de las bombas y los gritos de Oriente Medio.
Pero si te fijas bien en la orilla, verás que la oscuridad del mar se mueve. De la espuma negra emergenas silenciosas. No son amantes ni turistas perdidos. Son sombras vestidas de neopreno negro goteando agua salada. Son comandos de la Shayet 13, la unidad naval de élite de Israel. Acaban de asegurar la playa. Detrás de ellos, botes de goma zodiac tocan la arena suavemente.
De ellos bajan hombres que comienzan una transformación extraña y macabra. Uno de ellos es el capitán Nahum Lev, un oficial de la legendaria unidad Sayeret Matkal. Lev es un hombre alto, de hombros anchos y mirada fría, pero en la oscuridad saca algo de una bolsa impermeable que no parece un arma. Una peluca de mujer con cabello negro y rizado. Se la coloca.
Se ajusta un vestido holgado sobre su ropa. Se aplica maquillaje en los labios con la ayuda de un espejo de mano y una linterna de luz roja. Su compañero, otro comando de élite, se pone una gorra y una chaqueta casual. Ahora parecen una pareja de turistas europeos disfrutando de la noche.
Lef se cuelga un bolso de mujer grande al hombro. Dentro de ese bolso no hay cosméticos ni dinero. Hay una caja de bombones de lujo y debajo de la caja, ocultando su peso mortal, hay una pistola vereta de 9 mm con un silenciador largo y una subametralladora UI micro. A solo 500 metros de allí, en una lujosa villa blanca con ventanas azules, duerme el hombre que ha diseñado las peores pesadillas de Israel durante tres décadas.
Él cree que la distancia lo protege. Cree que el Mossat no puede tocarlo en su propia casa rodeado de guardias y policía. Se equivoca en la playa la pareja comienza a caminar hacia los coches aparcados. La muerte ha desembarcado en Tunes y lleva pintalabios. Bienvenidos a la sombra de la historia. Hoy vamos a diseccionar una de las operaciones de asesinato selectivo más audaces, complejas y cinematográficas jamás ejecutadas por una agencia de inteligencia.
Esta es la historia de la operación Presentación de Fuerza. Corría el año 1988. Israel estaba en llamas. La primera intifada había estallado en Gaza y Sis Jordania. Las calles estaban llenas de humo, piedras y cócteles molotov. El ejército israelí, diseñado para luchar contra tanques, se encontraba impotente ante niños con ondas.
Pero la inteligencia en Telib sabía que ese caos no era espontáneo. Había una mente maestra detrás, un hombre que desde una oficina segura al otro lado del mar movía los hilos de la violencia como un marionetista macabro. Su nombre era Calil Alasir, pero el mundo lo conocía por su nombre de guerra, Abu Jihad, el padre de la lucha.
Israel decidió que tenía que morir. Pero, ¿cómo matas a un hombre que vive en un país enemigo soberano a 2400 km de tus fronteras, protegido por la OLP y la policía tune? La respuesta fue una movilización masiva que desafió la lógica militar. Una armada fantasma de barcos civiles, aviones de mando volando en la estratosfera y un escuadrón de asesinos disfrazados.
En este documental de larga duración entraremos en los detalles operativos que la censura ocultó durante 25 años. Veremos como el futuro primer ministro de Israel, Ejud Barac, dirigió la operación desde el cielo. Entenderemos la psicología de los hombres que apretaron el gatillo 75 veces en un dormitorio familiar y nos haremos la pregunta difícil.
¿Es esto justicia o es una ejecución extrajudicial que viola todas las leyes internacionales? Si te apasionan las historias de espionaje real, donde la realidad supera a la ficción, suscríbete ahora mismo a La sombra de la historia. Ayúdanos a desclasificar el pasado dándole un me gusta a este vídeo y respóndenos en los comentarios.
Si un hombre dirige ataques terroristas contra tu país desde el extranjero, ¿crees que tu gobierno tiene derecho a ir a buscarlo a su casa? Ajusten susilenciadores. Entramos en la boca del lobo. Para entender por qué el Estado de Israel estaba dispuesto a arriesgar una crisis internacional y la vida de sus mejores soldados para matar a un solo hombre.
Primero tenemos que mirar las manos de ese hombre y ver la sangre que las cubría. Kalil Alwasir no soldado de trinchera, era un intelectual de la violencia. Nacido en Ramla en 1935 y refugiado tras la guerra del 48, conoció a Yaser Arafat en los años 50. Puntos fundaron Fata, la columna vertebral de la OLP, Organización para la Liberación de Palestina.
La división del trabajo entre ellos era clara y letal. Arafat era la cara pública, el político que viajaba a la ONU con una rama de olivo en una mano y una pistola en la otra. Abujihad era la mano quesostenía la pistola. Abujihad era el jefe del sector occidental de la OLP, el departamento encargado de planificar operaciones dentro de Israel.
Su currículum de terror era extenso. Fue el cerebro detrás de la toma del hotel Saboy en Telaviv en 1975. Pero su obra más sangrienta, la que grabó su nombre en la lista negra del Mossad para siempre, fue la masacre de la carretera costera en 1978. Bajo sus órdenes directas, un comando palestino desembarcó en una playa israelí, secuestró un autobús lleno de civiles y lo convirtió en una trampa mortal.
En el tiroteo posterior, el autobús estalló en llamas. Murieron 38 israelíes, entre ellos 13 niños. Abujihad no solo planeó el ataque, lo celebró. Para él la lucha armada era la única vía. Era el Klausevit del terrorismo palestino, metódico, carismático y despiadado. Sin embargo, en 1987, Abuhadó, se volvió aún más peligroso. Cuando estalló la primera intifada, Israel se encontró desorientado.
No eran ejércitos árabes invadiendo fronteras. Era una revuelta popular interna. Desde su exilio dorado en Tunes, donde la cúpula de la OLP se había refugiado tras ser expulsada del Líbano en 1982, Abuihad demostró su genio organizativo. Transformó la rabia callejera en una estrategia política sincronizada. Usaba el teléfono y el fax como armas de guerra.
Desde su despacho en Sid Bow Said, coordinaba el flujo de dinero a los comités populares en Nablus y Gaza. Redactaba los panfletos que dictaban qué días había huelga y qué días había violencia. daba instrucciones tácticas sobre cómo emboscar patrullas israelíes. El ministro de Defensa de Israel, Jitsac Rabin, un hombre que prefería soluciones militares contundentes, golpeó la mesa en una reunión secreta del gabinete.
“No estamos luchando contra una turba desorganizada”, dijo Ravin. “Estamos luchando contra él. Mientras Abu Jihad siga respirando y levantando el teléfono, la intifada no se detendrá. La decisión política estaba tomada. Eliminarlo, cortar la cabeza de la Hidra. El Mossad, bajo la dirección de Nahumatmoni, recibió el encargo, pero el desafío era geográfico y logístico.
Tún no era el Líbano. Estaba a más de 2,000 km de Israel. Era un país soberano, estable, lejos de la zona de guerra habitual. Abujihad vivía en Sid Bowid, un barrio de artistas, diplomáticos y gente adinerada, famoso por sus casas blancas y puertas azules, colgado sobre un acantilado frente al mar. La inteligencia tenía que ser perfecta.
Un error significaría la captura de agentes israelíes en el norte de África. Un desastre diplomático total. El Mossad desplegó a sus CATS agentes de campo. Se infiltraron en Túnez meses antes del ataque. Utilizaron identidades falsas, turistas europeos, arqueólogos, hombres de negocios. Alquilaron coches y pasearon por el barrio de Sid Busaid, tomando fotos pintorescas que en realidad eran estudios de seguridad.
Descubrieron la rutina de la presa. Abujihad vivía en una villa grande, pero discreta. Vivía con su esposa Intizar, conocida como Umjihad, y sus hijos, incluida su hija adolescente Hanan, y un bebé de 2 años. La casa estaba protegida, pero no era un búnker. Tenía dos guardias armados de la fuerza 17, la guardia pretoriana de Arafat, estacionados permanentemente, uno en un coche afuera y otro en el vestíbulo o el jardín.
Además, la policía tunecina patrullaba el barrio regularmente. Los agentes del Mossad lograron lo imposible. Consiguieron los planos arquitectónicos de la casa. Sabían dónde estaba el despacho, primer piso, dónde estaba el dormitorio principal y qué grosor tenían las puertas. También descubrieron su talón de aquiles, su horario de trabajo.
Abujihad era un adicto al trabajo. Se quedaba despierto en su despacho leyendo informes y escribiendo cartas hasta las 3 o 4 de la madrugada. Sus guardias, confiados por la tranquilidad de Tunes y la lejanía de Israel, solían relajarse pasada la medianoche. A veces dormitaban en el coche. Con esta información, la caja de oro, como la llaman en inteligencia, el Mossad volvió a Telviv.
Presentaron el plan al primer ministro Yits Shamir. La opción de un ataque aéreo fue descartada. Bombardear una zona residencial en Tunes mataría a decenas de vecinos inocentes y convertiría a Israel en un paria. Tenía que ser quirúrgico, tenía que ser personal, tenían que entrar en su casa, mirarlo a los ojos y matarlo sin tocar a su familia.
El jefe del Estado Mayor, Dan Shomron, miró los mapas y se dio cuenta de que el Mossad no podía hacerlo solo. Necesitaban fuerza bruta y precisión militar. Necesitaban a la Sayered Matcal, la unidad de élite más prestigiosa del ejército, la misma que rescató a los rehenes enve. Pero, ¿cómo llevas a 30 comandos armados hasta las puertas de una casa en Tunes sin ser detectados por los radares de Egipto, Libia o la propia Tunes? La respuesta fue una locura logística.
No usarían aviones de transporte, no usaríansubmarinos demasiado pequeños. Usarían el mar, pero no barcos de guerra grises. Crearían una armada fantasma de barcos civiles, cargueros oxidados que cruzarían el Mediterráneo a plena vista, escondiendo en sus bodegas a los asesinos más letales del mundo. El nombre en clave de la misión fue aprobado. Mifsa Hatich.
Operación presentación de fuerza. La cacería había comenzado 13 de abril. de 1988, puerto de Aifa, norte de Israel. La noche cubre los muelles militares, pero la actividad es frenética. Bajo la luz amarillenta de las lámparas de sodio, sombras largas se mueven cargando cajas pesadas y bolsas impermeables. No es un despliegue habitual.
No hay desfiles, no hay banderas. Israel está a punto de lanzar al mar una flota que no debería existir. Para llegar a Tunes, el ejército no puede usar sus barcos de guerra convencionales de manera abierta. Cruzar todo el Mediterráneo con destructores o corbetas con bandera israelí alertaría a todas las marinas de la OTAN, a los soviéticos y, por supuesto, a los árabes.
La solución es el camuflaje y la audacia. La fuerza naval se compone de cinco buques principales, entre ellos destacan dos barcos lanzamisiles de la clase Saar 4.5, el INS Ali y el INS Geula. Pero estos no son barcos normales, han sido modificados. El tiene una plataforma de aterrizaje para helicópteros, algo inusual para un barco de su tamaño.
Para esta misión, los barcos navegan en silencio electrónico total. se mueven como fantasmas, disfrazando su firma de radar para parecer tráfico comercial civil que cruza las rutas mercantes hacia Europa. A bordo de estos barcos de acero frío viajan los hombres más letales de Israel. Está la Sayeret Matcal, la unidad de reconocimiento del Estado Mayor, encargada del asesinato.
Está la Shayet 13, los comandos navales encargados de llevarlos a la playa y asegurar la retirada. Y están los oficiales de inteligencia del Mossad, los enlaces que conectarán el mar con la tierra. El viaje de 2,400 km, unas 1300 millas náuticas se convierte en una prueba de resistencia física brutal. El Mediterráneo en abril puede ser traicionero.
Los barcos de la clase Sahar son rápidos y letales, pero son relativamente pequeños, apenas 60 m de eslora. No están diseñados para la comodidad en alta mar. En cuanto salen de las aguas territoriales y entran en mar abierto, el oleaje golpea sin piedad. Los comandos de élite, hombres capaces de correr maratones con 40 kg a la espalda y disparar con precisión milimétrica bajo fuego, caen rendidos ante un enemigo invisible, el mareo cinético.
Durante 4 días interminables, la élite del ejército israelíce tirada en los pasillos metálicos y en las bodegas de los barcos. El olor es una mezcla náuseabunda de gasoil, aceite de armas, salitre y vómito. Comen poco, duermen mal, abrazados a sus fusiles y subfusiles Uzi. El teniente coronel Moshe Bogi Jaalon, el comandante de la fuerza de asalto y futuro ministro de defensa, camina entre sus hombres intentando mantener la moral alta.
sabe que deben llegar a la playa de Túnez no solo vivos, sino en condiciones de combatir. Si llegan demasiado débiles para correr, la misión fracasará. Pero la operación no se limita al mar. En el cielo ocurre algo igual de impresionante. La Fuerza Aérea Israelí IAF lanza dos aviones Boeing 707. Son aviones de pasajeros convertidos en herramientas de guerra.
El primero es un avión cisterna gigante volando en círculos en algún punto sobre el Mediterráneo central, listo para reabastecer a una escolta secreta de cazas F15 que vuelan por si acaso la Fuerza Aérea de Libia o Tunes decide intervenir. El segundo Boeing 707 es el cerebro de la operación. Está pintado como un avión civil de la aerolínea El Al con matrícula comercial.
En su interior, las filas de asientos de clase turista han desaparecido. En su lugar hay consolas de radar, pantallas de comunicaciones encriptadas y analistas de inteligencia con auriculares. Al mando de este centro de control volante está el general de división Ehud Barack. Barack, que años más tarde sería primer ministro de Israel, es el arquitecto supremo de la misión.
Desde una altitud de 30,000 pies volando en el espacio aéreo internacional cerca de Sicilia y Malta, Barack tiene una visión de Dios. Ve los barcos israelíes como puntos verdes en sus pantallas. Ve el tráfico aéreo civil. escucha las comunicaciones de la torre de control de Tunes. Él es el director de orquesta que debe sincronizar el movimiento de los barcos, los coches en tierra y los asesinos con una precisión de segundos.
Noche del 15 al 16 de abril de 1988. La flota llega al punto X, una coordenada en aguas internacionales, justo fuera del límite de las 12 millas náuticas de Tunes. Los motores de los barcos reducen la potencia. El silencio cae sobre la cubierta. El mar está oscuro y relativamente tranquilo. La luna ofrece la luz justa.
Es el momento de la verdad. Las grúas de los barcosbajan al agua. Las lanchas neumáticas Zodiac Mark V son botes negros, rápidos y bajos, equipados con motores silenciados. Los comandos de la Shayet XI son los primeros en bajar. Se deslizan en el agua fría como focas. Su misión es nadar hasta la playa de Rawet, al norte de las ruinas de Cartago.
Esta playa fue elegida por el Mossat porque es solitaria, lejos de los hoteles principales, pero lo suficientemente cerca de la carretera costera. Los hombres rana llegan a la orilla, emergen con visores nocturnos, escanean las dunas, no hay policías, no hay amantes, no hay perros callejeros. Uno de los buzos saca una linterna infrarroja y hace una señal invisible al mar. Playa verde.
En los barcos, la Sayered Matcal recibe la luz verde. Los asesinos suben a los zodiacs. El viaje desde los barcos nodriza hasta la costa dura unos 20 minutos de tensión absoluta. El zumbido de los motores es apenas un susurro perdido entre el sonido de las olas. Si una patrullera guardacostas tuneina pasara en ese momento, se desataría una guerra naval.
Pero la inteligencia del Mossad ha calculado los horarios de las patrullas. El camino está despejado, los botes tocan la arena, los comandos saltan. Inmediatamente comienza una escena surrealista. Hombres armados hasta los dientes empiezan a desnudarse en la playa. Se quitan los trajes de goma mojados.
Debajo llevan ropa seca protegida por bolsas de plástico, pantalones vaqueros, camisas de lino, zapatos de calle. No parecen soldados, parecen turistas o locales adinerados. Mientras se visten, ven luces que se acercan por la carretera de tierra que da a la playa. El corazón se les detiene un segundo. La policía no son tres coches Peot y una furgoneta Volkswagen Transporter.
Los vehículos se detienen, las luces se apagan. De los coches bajan agentes del Mossad, CATzas que llevan semanas en Túez. Han alquilado los vehículos legalmente en agencias locales. No hay saludos efusivos, solo miradas y traspaso de llaves. El paquete está en casa susurra uno de los agentes del Mossad, Amoshe y Alón.
Confirman que Abuijad está en su villa. Naum Lev, el líder del equipo de asalto, termina de ajustarse la peluca de mujer. Se mira en el espejo retrovisor del pelló. En la oscuridad da el pego, se sienta en el asiento del copiloto. Su compañero se pone al volante. El resto del equipo de asalto, 20 hombres, se apila en la parte trasera de la furgoneta Volkswagen.
Van apretados, sudando, con el olor a miedo y adrenalina llenando el espacio cerrado. Los motores arrancan. La caravana de la muerte sale de la playa y entra en la carretera. asfaltada mezclándose con el escaso tráfico nocturno de Tunes. Faltan 20 minutos para llegar a Sid Bowid. Faltan 20 minutos para que el arquitecto del terror despierte por última vez.
La caravana de vehículos alquilados se desliza por las carreteras asfaltadas de la costa tuneina. Son las 01:30 de la madrugada, la furgoneta Volkswagen y los tres coches Peot 305. Avanzan con una normalidad aterradora, respetan los semáforos, usan los intermitentes. Si un coche de policía tune pasara a su lado, solo vería a un grupo de turistas o locales regresando de una fiesta tardía.
Nadie podría imaginar que dentro de esa furgoneta familiar viajan 20 de los hombres más peligrosos del planeta, apretando sus subfusiles UI micro y revisando por enésima vez los silenciadores. El destino es Sid Bow Said. Este no es un barrio cualquiera, es la joya de Tunes, un pueblo colgado sobre un acantilado azul que mira al Mediterráneo, famoso por su arquitectura andalucí, paredes de un blanco cegador, puertas de madera azul intenso, bugambillas trepando por los balcones y calles empedradas.
Es el hogar de diplomáticos, artistas y millonarios. el último lugar del mundo donde esperarías un tiroteo. Abu Jihad eligió este lugar precisamente por eso, por su silencio, por su seguridad. La caravana se detiene a unos 500 m de la villa del objetivo. Apagan las luces. El silencio vuelve a la calle.
Es el momento de la actuación. La puerta del primer coche se abre. De él baja el capitán Naun Lev. A la luz amarillenta de las farolas, la transformación es convincente. La peluca negra de mujer enmarca su rostro. El maquillaje oculta sus rasgos duros. El vestido holgado disimula su complexión muscular y el chaleco antibalas ligero que lleva debajo.
A su lado camina otro comando vestido con ropa casual, interpretando el papel del marido. Nahum Lev se cuelga el bolso grande al hombro derecho. Su mano izquierda se entrelaza con el brazo de su compañero. Empiezan a caminar por la acera. Se ríen suavemente, susurran, parecen una pareja de amantes disfrutando del aire fresco de la noche, pero bajo la tela del bolso, la mano derecha de Leev no suelta la empuñadura de su vereta 9 mm modificada.
El seguro está quitado, su ritmo cardíaco es bajo, controlado por años de entrenamiento en la unidad, como llaman los israelíes a la Sayeret Matcal.saben que están caminando hacia la boca del lobo. A medida que se acercan a la villa de Abuijad, la ven. Es una casa grande, rodeada por un muro blanco bajo y un jardín frondoso.
Justo enfrente de la puerta principal, aparcado en la calle, hay un Peugeot 504 negro. Es el coche de seguridad. Dentro hay dos hombres, el chóer de Abujihad y un guardaespaldas de la fuerza 17. Están allí para proteger al líder, pero la rutina y el aburrimiento son veneno para la seguridad.
El chóer tiene la cabeza echada hacia atrás, roncando suavemente. El guardaespaldas está leyendo un periódico o dormitando, confiado en la paz de la noche tuneina. Leev y su compañero se acercan, no corren, no se esconden, caminan directamente hacia el coche como si fueran a pasar de largo. Cuando están a 2 metros, Lev suelta el brazo de su compañero, se gira hacia la ventanilla del conductor, levanta el bolso, no saca el arma, apunta a través de la tela y la caja de bombones que lleva dentro para dar forma, aprieta el gatillo.
El sonido es ridículamente suave, como el corcho de una botella de champán saltando o un libro cayendo sobre una alfombra. El cristal de la ventanilla se rompe en mil pedazos. El conductor recibe un impacto directo en la 100. Muere sin despertarse. Su cabeza cae sobre el volante. Casi simultáneamente el marido saca su UI silenciada de debajo de la chaqueta y dispara una ráfaga corta y precisa al guardaespaldas en el asiento del copiloto.
El hombre se sacude violentamente y queda inmóvil. Todo ha durado 3 segundos. No hubo gritos, no hubo vocinazos. La calle sigue en silencio, los grillos siguen cantando. Lev mira a su alrededor. Las ventanas de las casas vecinas siguen oscuras. Nadie ha visto nada. Saca un pequeño transmisor de radio de su bolsillo y susurra una sola palabra en hebreo. Huevo.
Código para guardias eliminados. Al final de la calle, los motores de la furgoneta Volkswagen y los otros coches rugen, aceleran y llegan a la puerta de la villa en segundos. Las puertas correderas de la furgoneta se abren de golpe. El equipo de asalto principal se despliega como una mancha de aceite negro.
20 comandos con pasamontañas, uniformes tácticos negros y botas de suela de goma blanda toman posiciones. La comedia ha terminado. Ahora es una operación militar pura. Un equipo liderado por el capitán Hagai Pelet rodea el perímetro del jardín para asegurarse de que nadie escape y de interceptar a la policía si aparece. Otro agente del Mossad estacionado cerca de una caja de conexiones telefónicas del barrio, corta los cables.
La villa de Abujihad queda incomunicada. Nadie puede llamar a emergencias. Nadie puede pedir ayuda. Están solos en una isla de silencio. El comandante en tierra, Moshe Yaalon, observa desde el coche de mando y da la orden final. Palo verde. Iniciar asalto. Cuatro comandos corren hacia la puerta principal de la villa.
Es una puerta de madera maciza, tallada con motivos árabes, hermosa y pesada. No usan explosivos para abrirla. El ruido despertaría a todo el barrio. Sacan una herramienta hidráulica especializada, silenciosa, pero capaz de ejercer toneladas de presión. o según otras versiones, simplemente fuerzan la cerradura con una técnica experta en segundos.
La madera cruje levemente y sede. La puerta se abre hacia la oscuridad del vestíbulo. Entran. El vestíbulo es amplio, decorado con gusto, con alfombras persas y cuadros de la causa palestina. Hay un tercer guardia dentro sentado en una silla cerca de la escalera con un fusil kalashnikov AK47 apoyado en las rodillas. Está medio dormido.
Al oír la puerta abrirse, abre los ojos. Ve figuras negras entrando. Intenta levantar su fusil demasiado lento. Dos comandos de la Sayeret Matcal le disparan simultáneamente con sus armas silenciadas. El guardia cae hacia atrás arrastrando la silla consigo. El ruido del cuerpo cayendo es el primer sonido fuerte de la noche. Arriba, en el primer piso, en su despacho lleno de mapas y faxes, Abuijad levanta la cabeza.
Ha oído algo, un golpe seco abajo. No es el viento. Deja su pluma sobre el escritorio. Su instinto de superviviente, afilado por años de guerra en Jordania y Líbano, se activa, abre el cajón de su escritorio y saca su pistola personal, una Browning de 9 ml. Se levanta, camina hacia la puerta del despacho.
Su esposa Intisar y sus hijos duermen en las habitaciones del pasillo. Abu Jihad sale al pasillo oscuro con la pistola en la mano, listo para defender su castillo, pero no sabe que su castillo ya ha caído. En la escalera de Caracol, subiendo de tres en tres peldaños con una velocidad aterradora, vienen las máscaras de la muerte. 16 de abril de 1988.
0145 am. Pasillo del primer piso de la villa en Cid Bowid. El tiempo parece detenerse. En un extremo del pasillo oscuro, iluminado apenas por la luz que sale de su despacho, está Abuhad. Viste pijama o ropa de casa. En su mano derecha sostiene su pistola Browning de 9 mm.
Su rostro muestra la confusión delmomento, pero sus ojos ya han entendido lo que está pasando. En el otro extremo, subiendo los últimos escalones de la escalera de Caracol, está el capitán Nahum Lev. Levaba por la calle. Se ha arrancado la peluca. Su rostro está sudado y tenso. El enfrentamiento dura menos de un segundo. Abujihad intenta levantar su arma para disparar.
Es demasiado lento o quizás dura un milisegundo al ver a los intrusos. Nahum Llev no duda. Levanta su sub ametralladora UI micro equipada con silenciador y mira láser. Una tecnología rara en esa época. Aprieta el gatillo. Una ráfaga larga y controlada rompe el silencio del pasillo. Los destellos de la boca del cañón iluminan el pasillo como una luz estroboscópica macabra.
Abu jihad recibe los primeros impactos en el pecho y el hombro. La fuerza de las balas lo empuja hacia atrás. Gira sobre sí mismo como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Su pistola sale volando de su mano y golpea la pared. Cae al suelo de espaldas gimiendo. La sangre empieza a manchar su ropa rápidamente.
Ya está neutralizado. Ya no es una amenaza. En cualquier operación policial normal, esto sería el final. Se le arrestaría o se llamaría a una ambulancia. Pero esto no es una operación policial, esto es una eliminación selectiva. Y aquí ocurre el acto más controvertido, brutal y despiadado de toda la misión. El protocolo de la Sayered Matcal para objetivos de alto valor es estricto.
Bidu Harigue, confirmación de muerte. No pueden permitirse dejarlo herido. No pueden permitirse que sobreviva y se convierta en un mártir viviente que dirija la intifada desde una silla de ruedas. tiene que morir. Nahum Leev se hace a un lado, detrás de él suben los otros comandos del equipo de asalto. El segundo comando se acerca al cuerpo que yace en el suelo y dispara una ráfaga corta a la cabeza y el torso.
El tercer comando hace lo mismo. El cuarto comando también. Es una ejecución ritual casi mecánica. Uno tras otro, los soldados de élite de Israel descargan sus armas silenciadas sobre el cuerpo inerte del líder palestino. El sonido es sordo, rítmico, aterrador. Los casquillos de bala calientes caen sobre el suelo de mármol y la alfombra tintineando como monedas.
Cuando los forenses tuneinos examinen el cuerpo a la mañana siguiente, encontrarán un total de 75 orificios de bala. No fue solo un asesinato, fue una aniquilación física, un mensaje escrito con plomo. No hay lugar donde puedas esconderte. De repente, el silencio vuelve al pasillo. El aire está denso, cargado con el olor acre de la cordita, pólvora quemada y la sangre. Una puerta se abre de golpe.
Es el dormitorio principal. Intizar al wazir Umjihad, la esposa de Abu Jihad, sale corriendo al pasillo, grita el nombre de su marido. Detrás de ella aparece su hija adolescente Hanan, de 14 años. La escena que encuentran es una pesadilla. Su padre y esposo, destrozado en el suelo, rodeado de hombres altos vestidos de negro, con los rostros cubiertos por pasamontañas, apuntándoles con armas humeantes.
Intiszar se lanza sobre el cuerpo de su marido llorando. Su ropa se mancha de sangre. Levanta la vista hacia los asesinos. Espera morir, abraza a su hija, cierra los ojos y espera el disparo final. Los comandos levantan sus armas, apuntan a las mujeres. La tensión es insoportable. Un movimiento en falso, un grito mal interpretado y podría haber una masacre de civiles.
Pero Naum Lev levanta la mano izquierda y hace una señal. Alto. La orden de inteligencia era sagrada. Solo el objetivo, no se toca a la familia. Lev mira a la mujer a los ojos por un segundo. No hay palabras, no hay disculpas. Con un movimiento de cabeza ordena la retirada. Los comandos giran sobre sus talones. Bajan las escaleras de caracol corriendo, saltando los peldaños de dos en dos.
En la planta baja pasan junto al cadáver del guardia del vestíbulo. Salen de la villa hacia la noche fresca de Tunes. Paquete entregado susurra el comandante por radio. Suben a los coches y la furgoneta, los motores rugen, la huida es frenética. Saben que cada segundo que pasan en tierra es un segundo que la policía tunecina o el ejército pueden cerrar las carreteras.
conducen de vuelta a la playa de Rahet a toda velocidad, ignorando ahora los semáforos. En el camino lanzan abrojos, clavos metálicos detrás de ellos por si alguien los persigue, aunque nadie lo hace. La ciudad sigue durmiendo. Llegan a la playa, abandonan los coches allí mismo con las puertas abiertas y las llaves puestas.
No intentan esconderlos ni quemarlos. Ya no importa, corren hacia la orilla. Los zodiacs de la Shayet 13 están esperando con los motores al ralentí. Suben a los botes. Los hombres rana empujan las embarcaciones hacia el agua profunda y saltan dentro. Los motores aceleran. La espuma blanca se levanta detrás de ellos.
La costa de Tunes se aleja en la oscuridad. Las luces de Sid y Busaid vuelven a ser solo puntos parpadeantes en el horizonte. A las 02:30 AM comandosestán de vuelta a bordo de los barcos nodriza en aguas internacionales. No falta nadie. No hay heridos israelíes. La operación ha sido técnicamente perfecta. En el cielo a 30 00 pies.
En el Boeing 707 de mando, Ejud Barak recibe la confirmación. El objetivo ha sido eliminado. Barak ordena a la flota virar hacia el este, hacia casa. A la mañana siguiente, el mundo despertó con la noticia. Las imágenes de la villa acribillada y la alfombra empapada en sangre dieron la vuelta al mundo. Túnez acusó a Israel de terrorismo de estado y violación de soberanía.
El Consejo de Seguridad de la ONU condenó el asesinato. En los territorios palestinos la muerte de Abuhad no detuvo la intifada. Al contrario, su funeral se convirtió en una manifestación masiva de rabia. La violencia en Gaza y Sis Jordania se disparó. Nuevos líderes, más jóvenes y radicales, ocuparon su lugar.
Israel había logrado una victoria táctica brillante, pero una derrota estratégica. Habían matado al hombre, pero no a la idea. Años más tarde, Nahum Lev, el hombre que disparó primero, rompería su silencio en una entrevista poco antes de morir en un accidente de tráfico en Israel. Cuando el periodista le preguntó si sentía remordimientos por matar a un hombre en su propia casa frente a su familia, Lef respondió con la frialdad de un profesional.
Le disparé sin dudar, ¿era él o nosotros? Él tenía las manos manchadas con la sangre de nuestros niños, pero no me sentí un héroe. Solo fui un soldado haciendo un trabajo sucio en la oscuridad. Hoy la villa de Sidibu Saidid sigue en pie, blanqueada por el sol, guardando el secreto de aquella noche de abril.
Y en los libros de historia militar, la operación Presentación de Fuerza se estudia como el ejemplo definitivo de lo lejos que puede llegar una nación para vengarse. La primera intifada duró 5 años más. Abu Jihad es considerado hoy un mártir nacional en Palestina.















