
La luz de la tarde caía sobre el pueblo de San Jerónimo del Valle como una sábana de oro viejo y polvo, envolviendo las calles de tierra en un silencio pesado que parecía aguardar algo. Era el verano de 1871 y la gente caminaba despacio bajo la sombra de los portales, observando desde sus ventanas entornadas el carruaje que avanzaba hacia la casa de los Mendoza.
Dentro iba Leonora, recién casada, con su vestido de viaje arrugado y las manos apretadas sobre el regazo. A su lado, su esposo Vicente la miraba con una intensidad que no era cariño ni protección, sino algo más antiguo y frío, posesión. Nadie lo había dicho en voz alta durante la boda tres semanas atrás, pero todos lo habían visto, la forma en que él le tocaba la muñeca con demasiada fuerza y como la guiaba con la mano firme en la espalda baja, como sus ojos nunca dejaban de seguirla, ni siquiera cuando ella miraba hacia otro lado. Había algo
enfermo en aquella devoción, algo que la familia de Leonora había preferido ignorar, porque Vicente Mendoza era el hijo mayor de una familia respetable, con tierra sin nombre, y ella ya tenía 23 años. ¿Desde qué país o ciudad estás viendo esta historia? Si te gusta este tipo de relatos oscuros, suscríbete y comenta tu país para saber dónde nos escuchan.
El carruaje se detuvo frente a la casa grande de piedra gris que Vicente había heredado de su padre. Era una construcción maciza, con ventanas estrechas y rejas de hierro forjado que parecían diseñadas para mantener algo adentro más que para proteger de lo que pudiera venir de afuera. Leonora bajó sin esperar ayuda, pero Vicente ya estaba allí, ofreciéndole su brazo con una sonrisa tensa que no alcanzaba sus ojos.
Ella aceptó porque no tenía opción, porque ya había pronunciado los votos, porque su madre le había dicho aquella mañana de la boda, “El matrimonio es para siempre, Leonora. Aprende a ser obediente y todo será más fácil.” Dentro la casa olía a cerrado y a algo más que Leonora no podía identificar, una mezcla de humedad, flores marchitas y un toque metálico que le recordaba al hierro oxidado.
Las habitaciones eran amplias, pero oscuras, con muebles pesados de caoba y cortinas de terciopelo verde que bloqueaban la luz del sol. Vicente la condujo directamente al segundo piso, ignorando las miradas curiosas de las dos sirvientas que aguardaban en el vestíbulo. Una de ellas, una mujer mayor con el rostro marcado por líneas profundas de preocupación, le dirigió a Leonora una mirada que podría haber sido compasión o advertencia.
Pero antes de que pudiera interpretar su significado, Vicente cerró la puerta del dormitorio principal y giró la llave en la cerradura. Estamos en casa”, dijo él con suavidad, pero sus manos ya estaban sobre los hombros de ella apretando. “Nuestra casa, nuestro refugio.” Leonora quiso sonreír. Quiso creer que aquello era normal, que todos los matrimonios comenzaban con esa tensión extraña en el aire, pero cuando intentó apartarse para quitarse el sombrero, Vicente no la soltó.
Sus dedos se hundieron más en sus hombros, manteniéndola en su lugar. “No te alejes de mí”, susurró él, su aliento caliente contra su oído. “Nunca te alejes de mí.” Esa noche, Leonora descubrió que la puerta del dormitorio no tenía cerradura del lado interior. Descubrió también que Vicente dormía con un sueño ligero, despertándose cada vez que ella se movía.
cada vez que respiraba demasiado fuerte y descubrió con un escalofrío que le recorrió la columna vertebral que su esposo había mandado a retirar todos los espejos de la habitación. “No quiero que te mires a ti misma”, le explicó cuando ella preguntó. “Quiero que solo me mires a mí.” Los primeros días en San Jerónimo del Valle transcurrieron en una extraña rutina de aislamiento.
Vicente no permitía que Leonora saliera de la casa. Cuando ella sugirió visitar a su prima, que vivía a pocas calles de distancia, él frunció el seño y dijo que no era apropiado que una mujer casada anduviera sola por el pueblo. Cuando ella propuso que la acompañara, él respondió que tenía asuntos que atender y que ella debía quedarse donde estaba segura.
¿Segura de qué? preguntó Leonora sintiendo por primera vez una chispa de rebeldía. Del mundo respondió Vicente como si eso lo explicara todo. Del mundo y de ti misma. Las sirvientas entraban y salían de las habitaciones como sombras silenciosas, evitando el contacto visual con Leonora. Solo la mayor, que se llamaba refugio, se atrevía a mirarla directamente y en esas miradas había algo que Leonora no quería. reconocer lástima.
Una tarde, cuando Vicente salió a supervisar el trabajo en las tierras, refugio le llevó té a Leonora y permaneció un momento más de lo necesario. “Señora, dijo en voz baja, mirando hacia la puerta. Hay cosas que usted debe saber.” Leonora se inclinó hacia delante, su corazón latiendo más rápido.
“¡Quécosas! Pero antes de que refugio pudiera responder, se oyeron pasos en el pasillo. La mujer palideció y salió apresuradamente de la habitación, dejando a Leonora con una taza de té frío y una sensación creciente de pavor. Esa noche, Vicente regresó con un regalo, un collar de perlas que había pertenecido a su madre. Era hermoso, con perlas perfectas que brillaban con una luz iridicente bajo las lámparas de aceite, pero cuando lo colocó alrededor del cuello de Leonora, lo apretó tanto que ella tosió.
“Te queda perfecto”, murmuró él mirando su reflejo en la ventana oscura. Mi madre también lo usaba así, apretado. “Me está lastimando, susurró Leonora llevando las manos al collar.” Vicente sonrió y aflojó el cierre, pero solo un poco. El amor duele a veces, ¿no es cierto? Pero es un dolor dulce, un dolor que significa pertenencia.
Leonora comenzó a notar otros detalles extraños. Las ventanas de la planta alta estaban cerradas con clavos. La puerta principal tenía tres cerraduras y Vicente guardaba todas las llaves en su bolsillo. El único lugar donde ella podía estar sola era el baño. Pero incluso allí, Vicente esperaba justo afuera contando los minutos.
Una vez, cuando ella tardó más de lo usual, él golpeó la puerta con el puño cerrado. “¿Qué estás haciendo ahí dentro?” Solo un momento más, respondió ella tratando de mantener la voz firme. Ya has tenido suficiente tiempo. Sal ahora. Cuando ella abrió la puerta, Vicente la examinó de pies a cabeza como si buscara evidencia de alguna transgresión invisible.
Luego, satisfecho, la tomó de la mano y la condujo de vuelta al dormitorio. Las semanas se convirtieron en un mes y Leonora sentía que la casa se cerraba sobre ella como un puño. Vicente no la golpeaba, nunca levantaba la voz, pero su presencia era constante, asfixiante, como una manta húmeda sobre su rostro.
Él le decía que la amaba docenas de veces al día. que ella era su razón de existir, que sin ella se volvería loco y cada declaración de amor sonaba más como una amenaza. “Sin ti no soy nada”, le decía mientras le acariciaba el cabello con dedos que temblaban. “Y sin mí tú no eres nada. Somos uno solo, Leonora, una sola alma en dos cuerpos.
” Ella intentó escribir una carta a su madre, pero cuando Vicente la encontró escondida bajo el colchón, la leyó en voz alta con una expresión de profunda tristeza. ¿Por qué quieres hablar con ella? Preguntó suavemente. No te hago feliz. No te doy todo lo que necesitas. Solo quería saludarla, respondió Leonora sintiendo lágrimas calientes en sus mejillas.
Vicente rompió la carta en pedazos pequeños y los dejó caer al suelo. Tu familia me la entregó a mí. Ahora yo soy tu familia. Yo soy todo lo que necesitas. Una noche, Leonora despertó y encontró a Vicente sentado en una silla junto a la cama, observándola en la oscuridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, vio que él tenía algo en las manos, un cuchillo pequeño, el que usaba para pelar frutas.
“¿Qué haces?”, preguntó ella, su voz apenas un susurro. “Admirándote”, respondió él tranquilamente, pensando en lo perfecta que eres, en lo mucho que te amo. Hizo girar el cuchillo entre sus dedos, la luz de la luna reflejándose en la hoja. A veces pienso que si te amo demasiado podrías desaparecer, como si el amor fuera demasiado fuerte y te consumiera.
Vicente, me estás asustando. Él se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una intensidad febril. No debes tener miedo de mí, nunca de mí. Yo nunca te haría daño, pero tampoco dejaría que nadie más te tuviera, ni siquiera tú misma. Al día siguiente, Leonora descubrió que Vicente había mandado a cubrir todos los espejos restantes de la casa con tela negra.
Cuando preguntó por qué, él respondió que los espejos eran peligrosos, que mostraban versiones falsas de la realidad, que la hacían pensar que existía aparte de él. Cuando te miras en un espejo, explicó con seriedad, te ves como un individuo separado, pero no lo eres. Eres parte de mí como yo soy parte de ti.
Refugio comenzó a dejarle mensajes ocultos en la comida, pequeñas notas escritas en papel delgado, envueltas alrededor de las semillas de las frutas o escondidas bajo el borde de los platos. La primera decía simplemente la anterior murió aquí. La segunda, él nunca la dejó ir. La tercera, busquen el desván.
Leonora esperó hasta una tarde en que Vicente tuvo que salir urgentemente para resolver un problema en una de las propiedades. Le prometió que volvería en dos horas y le advirtió que no saliera del dormitorio. Pero en cuanto escuchó el carruaje alejarse, Leonora salió corriendo hacia el desván. La puerta estaba cerrada, pero refugio apareció en las sombras con una llave.
Rápido! Susurró la mujer mayor. Él tiene espías en el pueblo. Sabrá si tarda mucho. El desván era un espacio largo y bajo, lleno de baúles viejos y muebles cubiertos con sábanas polvorientas. Peroen el fondo, iluminada por la luz gris que entraba por una clarabolla sucia, había algo que hizo que Leonora se detuviera en seco.
Un altar improvisado con fotografías, mechones de cabello atados con cintas y objetos personales cuidadosamente dispuestos, y en el centro un retrato al óleo de una mujer joven de ojos oscuros y expresión melancólica. Carolina, dijo refugio detrás de ella, su primera esposa. Leonora se acercó lentamente al altar, su corazón latiendo con tanta fuerza que podía oírlo en sus oídos.
Las fotografías mostraban a la misma mujer en diferentes etapas, sonriente en su boda, seria en un retrato formal y, finalmente, en una fotografía que hizo que Leonora sintiera náuseas, demacrada y con los ojos vacíos. como si algo dentro de ella hubiera muerto mucho antes que su cuerpo. ¿Qué le pasó?, preguntó Leonora. Refugio miró hacia la puerta nerviosa.
Él la amaba demasiado. La amaba de una manera que no era amor, sino hambre. No la dejaba salir. No la dejaba ver a nadie. No la dejaba ni siquiera mirarse en el espejo. Decía que si ella se veía a sí misma, podría recordar que existía sin él. Y poco a poco ella comenzó a desaparecer.
Primero su sonrisa, luego su voz, después su voluntad. Y cuando ya no quedaba nada de ella más que un cuerpo vacío, su corazón simplemente se detuvo. ¿Por qué nadie hizo nada? ¿Quién iba a creerlo? Él nunca le puso una mano encima, nunca la golpeó, solo la amó hasta que no quedó nada que amar. refugio tomó a Leonora por los hombros y ahora está haciendo lo mismo con usted.
Tiene que irse. Tiene que huir antes de que sea demasiado tarde. Leonora quiso responder. Quiso decir que sí, que huiría esa misma noche. Pero entonces escucharon el sonido de un carruaje acercándose. Vicente había regresado antes de tiempo. Vuelva al dormitorio”, susurró refugio urgentemente. “Yo cerraré aquí y destruya esto.
” Le entregó a Leonora un papel doblado. “Es la dirección de mi hermana en el pueblo vecino. Si logra escapar, vaya allí.” Leonora corrió escaleras abajo, guardando el papel en su zapato, y llegó al dormitorio justo cuando escuchó la puerta principal abrirse. Se sentó en la cama tratando de controlar su respiración, tratando de lucir como si nunca se hubiera movido.
Vicente entró momentos después. La miró largamente, sus ojos recorriendo cada detalle de su rostro, de su postura, de sus manos. ¿Qué hiciste mientras no estaba? Preguntó con voz suave. Nada. Estuve aquí como me pediste. Él se acercó lentamente, se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas. Eran frías y húmedas, como las manos de un hombre que acabara de salir del agua.
“Mentira”, susurró, “ero con enojo, sino con algo peor. Decepción. Puedo oler el desván en ti, el polvo, las cosas viejas. Leonora sintió que su sangre se convertía en hielo. Yo no. No mientas, apretó sus manos con más fuerza. Nunca me mientas. El engaño es una forma de alejarse de mí y no puedo permitir que te alejes.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. ¿Qué viste allá arriba sin nada importante? ¿Viste a Carolina? No era una pregunta. ¿Viste lo que queda de ella? Su altar se volvió hacia Leonora y en su rostro había una expresión de dolor genuino. Y ahora me tienes miedo. Leonora no respondió. No podía.
Vicente suspiró. No debería darte miedo. Debería darte esperanza. Porque ves, yo amaba a Carolina con todo mi ser. la amaba con una intensidad que ella no podía comprender ni soportar. Y cuando se fue, cuando su corazón dejó de latir, pensé que moriría también, pero entonces te conocí a ti y supe que Dios me había dado una segunda oportunidad.
Vicente, por favor, sh, puso un dedo sobre sus labios. No hables, solo escucha. Voy a amarte mejor de lo que amé a Carolina. Voy a aprender de mis errores. No dejaré que te desvanezcas como ella. Te mantendré aquí conmigo segura y perfecta para siempre. Esa noche, Vicente mandó a clavar tablas sobre la puerta del desván y esa noche Leonora decidió que no se quedaría para convertirse en el próximo retrato en el altar de los muertos.
Pero escapar no sería fácil. Vicente había intensificado su vigilancia. Ahora comía con ella en el dormitorio. Dormía con un brazo siempre sobre su cintura y había despedido a refugio, reemplazándola con una mujer joven y silenciosa, que nunca miraba a Leonora a los ojos. Los días se arrastraban con una lentitud insoportable.
Leonora comenzó a sentir lo que Carolina debió haber sentido. La sensación de estar disolviéndose, de perder los bordes de sí misma. Sin espejos, comenzó a olvidar cómo era su rostro. Sin conversaciones con nadie más que Vicente, comenzó a olvidar cómo sonaba su propia voz cuando no estaba respondiendo a sus preguntas.
Sin salir de la casa, comenzó a olvidar que existía un mundo más allá de esas paredes grises. Una tarde, mientras Vicente dormía una siesta, Leonora se acercó a la ventanaclavada y miró a través de las rendijas entre las tablas. Abajo, en la calle vio a las mujeres del pueblo caminando con sus cestas, charlando, riendo.
Una de ellas era su prima Elena. Leonora quiso gritar. golpear el vidrio, hacer cualquier cosa para llamar su atención, pero sabía que si lo hacía, Vicente despertaría y entonces todo sería peor. En lugar de eso, presionó su frente contra la madera fría y lloró en silencio. Vicente despertó media hora después y la encontró todavía junto a la ventana.
“¿Qué miras?”, preguntó todavía medio dormido. “Nada, solo la luz. Él se acercó y la abrazó por detrás, su barbilla descansando sobre su hombro. La luz de afuera es falsa. La única luz verdadera está aquí entre nosotros. Besó su cuello. ¿Por qué no puedes entenderlo? ¿Por qué te resistes a algo tan hermoso? Porque no puedo respirar”, susurró Leonora antes de poder detenerse.
Vicente se quedó inmóvil, luego lentamente la soltó y se alejó. Se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos. “Estoy tratando de salvarte”, dijo con voz rota. “Estoy tratando de mantenerte perfecta y pura. ¿Por qué no puedes ver eso?” Leonora se volvió hacia él y por un momento, por un segundo fugaz, sintió algo parecido a la compasión, porque vio en él no un monstruo, sino algo tal vez peor, un hombre tan roto por dentro que confundía el control con el amor, la posesión con la devoción, la jaula con
el refugio. Pero la compasión se desvaneció rápidamente cuando Vicente levantó la vista y ella vio las lágrimas en sus ojos. Lágrimas que no eran de arrepentimiento, sino de autocompasión. “Si sigues resistiéndote”, dijo él suavemente. “Solo te lastimarás a ti misma”. Carolina se resistió al principio también y mira lo que pasó.
Se consumió en su propia terquedad. se puso de pie y caminó hacia ella. No quiero que eso te pase a ti. Quiero que vivas, pero solo puedes vivir si dejas de luchar. Eso no es vivir, respondió Leonora, sorprendida por la firmeza en su voz. Eso es existir como una sombra. El rostro de Vicente se endureció. Si prefieres ser una sombra libre que una mujer amada y protegida, entonces eres más tonta de lo que pensaba.
Esa noche él la ató a la cama con tiras de tela suave. Es por tu propio bien, explicó mientras aseguraba los nudos. Para que no te hagas daño mientras duermes, para que no intentes irte. Leonora no gritó, no suplicó. Sabía que sería inútil. En lugar de eso, esperó. Esperó hasta que Vicente se durmió profundamente, roncando suavemente a su lado.
Entonces, con movimientos lentos y cuidadosos, comenzó a trabajar en los nudos. Le tomó horas, horas durante las cuales tuvo que detenerse cada vez que Vicente se movía o murmuraba en sueños. Pero finalmente, cuando el cielo comenzaba a aclararse con el primer indicio del amanecer, logró liberarse.
Se puso de pie junto a la cama, mirando a Vicente dormir. Podría haberlo golpeado, podría haber tomado algo pesado y haber terminado con aquella pesadilla de una vez por todas, pero no lo hizo. No porque le importara, sino porque sabía que eso la convertiría en parte de su obsesión para siempre. En lugar de eso, tomó las llaves de su pantalón colgado en una silla y caminó hacia la puerta.
La casa estaba en silencio. La nueva sirvienta dormía en el piso de abajo. Leonora bajó las escaleras descalza, cada escalón crujiendo bajo su peso como una acusación. Cuando llegó a la puerta principal, sus manos temblaban tanto que le tomó tres intentos abrir la primera cerradura, luego la segunda, luego la tercera y entonces estuvo afuera.
El aire fresco de la mañana golpeó su rostro como una bofetada. Había olvidado cómo se sentía el viento, cómo olía la tierra mojada por el rocío, cómo sonaban los pájaros al despertar. Por un momento se quedó paralizada, casi incapaz de creer que estaba libre, pero entonces escuchó un grito desde arriba.
Vicente había despertado y había encontrado la cama vacía. Leonora corrió. Corrió por las calles vacías del pueblo, sus pies descalzos golpeando la tierra dura, su camisón de dormir revoloteando detrás de ella como un fantasma. No sabía exactamente hacia dónde iba. Solo sabía que tenía que alejarse.
Atrás escuchó la puerta de la casa abrirse de golpe y la voz de Vicente gritando su nombre, no con enojo, sino con algo peor. Dolor como si ella le hubiera arrancado el corazón. Leonora, vuelve, te necesito. Pero ella no se detuvo. Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta que sus pies sangraron, hasta que no pudo dar un paso más.
Se detuvo frente a una casa que no reconoció. golpeó la puerta con ambos puños y cuando una mujer mayor abrió, susurró, “Por favor, ayúdeme.” La mujer, viendo su estado, la hizo entrar rápidamente y cerró la puerta con llave. Era la hermana de refugio. Vicente buscó a Leonora durante tres días, recorriendo cada calle, golpeando cada puerta, ofreciendo recompensas aquien le dieración.
Pero el pueblo que había presenciado en silencio el sufrimiento de Carolina había decidido que no sería cómplice una segunda vez. Nadie le dijo nada, nadie lo ayudó. Al cuarto día, la familia de Leonora llegó desde la capital, advertida por un mensaje que la hermana de refugio había logrado enviar. Hubo una confrontación en la casa de piedra gris, palabras fuertes dichas en voz baja y al final Vicente no tuvo más opción que firmar los papeles de anulación.
La iglesia nunca lo aprobaría, pero legalmente el matrimonio quedaría disuelto. Cuando Leonora regresó por última vez a la casa para recoger sus pertenencias, acompañada por su padre y dos primos, Vicente estaba sentado en el dormitorio mirando la cama vacía. “No puedo vivir sin ti”, dijo sin mirarla. Entonces, aprende”, respondió ella fríamente, pero mientras empacaba sus pocas cosas notó algo extraño.
Vicente había vuelto a poner el collar de perlas sobre la almohada, en el lugar exacto donde solía reposar su cabeza, y junto a él había colocado un mechón de su cabello que debía haber cortado mientras ella dormía. No te vayas”, susurró él mientras ella salía de la habitación por última vez. “Si te vas, no quedará nada de mí.
” Leonora no respondió, simplemente cerró la puerta detrás de ella. Vicente Mendoza nunca se volvió a casar. Los años pasaron y él se convirtió en una figura cada vez más recluida y extraña, raramente visto fuera de su casa. La gente del pueblo hablaba de él en sus surros, contando historias sobre cómo había convertido el dormitorio en un santuario con retratos de Carolina y Leonora colgados lado a lado como si fueran hermanas o versiones diferentes de la misma mujer.
Decían que había comenzado a hablarles a las paredes, a cocinar comida para dos y dejarla intacta sobre la mesa hasta que se pudriera. Decían que de noche se le podía escuchar caminando por los pasillos, murmurando nombres, buscando algo que nunca podría encontrar. Refugio, quien había regresado brevemente después de la partida de Leonora para recoger sus propias cosas, contó una historia que hizo que más de una persona se santiguara.
dijo que había entrado al desván por última vez y había encontrado que Vicente había agregado un nuevo elemento al altar, una muñeca de tamaño real vestida con ropas que pertenecían a Leonora, con un mechón de su cabello real pegado a la cabeza de porcelana y sobre el pecho de la muñeca había grabado con un cuchillo pequeño, nunca libre.
Leonora nunca regresó a San Jerónimo del Valle. se mudó a otra ciudad donde nadie conocía su historia y con el tiempo se casó nuevamente, esta vez con un hombre bueno y gentil que entendía que el amor debía dar alas, no cadenas. tuvo hijos, tuvo una vida, pero en las noches a veces todavía despertaba con el corazón acelerado, sintiendo el fantasma de las manos de Vicente sobre sus hombros, escuchando su voz susurrar, “Eres mía, siempre serás mía.
” 20 años después de aquella fuga desesperada, llegó la noticia. Vicente Mendoza había muerto. Lo encontraron en el dormitorio, acostado en la cama, con las muñecas atadas con las mismas tiras de tela que había usado con Leonora, como si en sus últimos momentos hubiera querido experimentar lo que les había hecho sentir a ellas.
No había señales de violencia, ninguna evidencia de enfermedad. Su corazón simplemente se había detenido como si finalmente hubiera consumido toda su capacidad de latir. Cuando fueron a limpiar la casa, encontraron algo que hizo que incluso los más escépticos se estremecieran. En el desván el altar había crecido. Ahora había docenas de fotografías, no solo de Carolina y Leonora, sino también de otras mujeres del pueblo.
Mujeres que Vicente había observado desde lejos. Mujeres que nunca supieron que sus rostros habían sido capturados y guardados en aquel espacio oscuro. Había diarios llenos de observaciones detalladas sobre sus rutinas, sus vestidos, sus conversaciones. Había mechones de cabello de origen desconocido.
Había cartas de amor nunca enviadas, dirigidas a mujeres que nunca le habían dirigido la palabra. Y en el centro de todo había un baúl cerrado con llave. Cuando lo abrieron encontraron el vestido de novia de Carolina, cuidadosamente preservado, y debajo de él el camisón que Leonora había usado la noche de su escape, que Vicente debía haber guardado como una reliquia.
Pero lo más perturbador era lo que había en el fondo del baúl, un pequeño diario con tapas de cuero negro lleno de páginas escritas. con letra pequeña y apretada. Nadie quiso leer todo el contenido, pero los que se atrevieron a ojear algunas páginas dijeron que era un registro obsesivo de cada momento que Vicente había pasado con sus esposas, cada palabra que habían dicho, cada gesto que habían hecho, pero también contenía algo más oscuro, planes.
Planes para mantenerlas con él para siempre. planesque incluían palabras como preservar y eternizar, de maneras que sugerían pensamientos que ningún ser humano cuerdo debería tener. La última entrada, escrita con letra temblorosa poco antes de su muerte decía simplemente, “Sin ellas no existe el mundo, sin ellas no existo yo.
Pero si no puedo tenerlas en vida, las tendré en memoria y en memoria nunca me abandonarán. La casa fue vendida eventualmente, pero nadie quiso vivir en ella. se convirtió en un lugar de paso, habitada brevemente por familias que invariablemente se mudaban después de pocas semanas, quejándose de ruidos extraños, de sensaciones de ser observados, de sueños perturbadores en los que manos invisibles los sostenían con demasiada fuerza.
Con los años, la historia de Vicente Mendoza y sus esposas se convirtió en una leyenda local contada en voz baja en las noches. Una advertencia sobre los peligros del amor que se convierte en hambre, de la devoción que se transforma en posesión. Las madres la usaban para advertir a sus hijas sobre ciertos tipos de pretendientes.
Esos que sonríen demasiado gentilmente, pero cuyos ojos nunca parpadean. Ellos que dicen, “Te amo, pero lo que realmente quieren decir es te poseo.” Y Leonora, viviendo su vida tranquila en una ciudad lejana, nunca volvió a usar collares de perlas. Nunca dejó que nadie, ni siquiera su amable segundo esposo, cerrara una puerta con llave cuando ella estaba del otro lado.
Y cada vez que pasaba frente a una casa con ventanas clavadas o cortinas perpetuamente cerradas, apresuraba el paso, sintiendo un eco de aquellos días oscuros en San Jerónimo del Valle, cuando casi se convirtió en un fantasma dentro de su propia vida. murió a los 80 años, rodeada de sus hijos y nietos en una habitación llena de luz y flores frescas.
Pero cuando sus hijas limpiaron sus pertenencias, encontraron una cosa extraña guardada en el fondo de su ropero, una llave pequeña y oxidada atada con un listón rojo desgastado. Nadie supo nunca qué cerradura habría o por qué Leonora la había guardado durante tantos años. Tal vez era la llave del dormitorio de la casa de piedra gris.
Tal vez era un recordatorio de que había logrado escapar. O tal vez en algún rincón oscuro de su corazón era la prueba de que algunos cautiverios nunca terminan del todo, que algunas jaulas permanecen cerradas en la memoria mucho después de que las puertas físicas se abren. La casa de los Mendoza finalmente fue demolida en 1920, casi 50 años después de aquella luna de miel que escondió un marido inhumano.
Pero cuando los trabajadores comenzaron a derribar las paredes del dormitorio principal, encontraron algo que hizo que detuvieran el trabajo por un día entero. Grabadas en la madera, detrás de la cabecera de la cama, con letra pequeña y obsesiva estaban escritas tres palabras, una y otra y otra vez, cientos de veces, hasta cubrir toda la superficie.
Mía para siempre, mía para siempre, mía para siempre. Y debajo de la última repetición, escrito con una letra diferente, más temblorosa y desesperada, probablemente por Carolina antes de su muerte, había una sola palabra grabada con lo que debió haber sido una uña o un pedazo de metal. Socorro. Hoy en día, en el lugar donde una vez estuvo la casa, hay un pequeño parque con bancas de hierro y un jardín de rosas blancas.
Los niños juegan allí durante el día, pero cuando cae la noche, el lugar queda desierto. La gente del pueblo dice que si pasas por allí después de medianoche, cuando el viento sopla entre los árboles, puedes escuchar un susurro que suena casi como una voz: “No te alejes de mí. Y si eres muy desafortunado, dicen, puedes ver una figura en las sombras, un hombre con los ojos demasiado brillantes y las manos extendidas, buscando todavía a alguien que hace mucho dejó de correr.
El listón rojo atado a la llave oxidada que encontraron entre las pertenencias de Leonora, fue guardado por su hija mayor en una caja junto con otras reliquias familiares. Pero una noche, sin razón aparente, la caja se abrió sola y el listón desapareció. Nunca fue encontrado como si algo o alguien hubiera venido a reclamarlo.















