
12 de enero de 1943. Gheto de Varsovia, Polonia. La noche tenía un sonido particular, un silencio lleno de respiraciones contenidas, pasos que nunca se atrevían a hacerse completos y ventanas que temblaban con cada ráfaga de viento helado que bajaba desde el vístula. En medio de ese mundo que se desmoronaba ladrillo a ladrillo, alma por alma, Miriam Halberstam, con apenas 18 años y una sola pierna, avanzaba apoyada en su muleta de madera de avedul, como si cada movimiento fuera un desafío al destino mismo. No había
nacido para ser heroína. Ningún niño nace soñando con convertirse en mártir, pero la guerra no preguntaba sobre sueños ni vocaciones, simplemente tomaba, arrancaba. obligaba a cada alma a decidir si vivía de rodillas o moría de pie. Su amputación, producto de una granada alemana modelo Steelh Granate, que estalló durante una redada brutal en la calle Miguel pasado 14 de julio de 1942, parecía haberla condenado a la inmovilidad perpetua, a convertirse en un peso para los demás, en una boca más que alimentar en un lugar donde el
hambre mataba más rápido que las balas. Los soldados de las SS habían disparado contra un grupo de siete niños que jugaban con piedras cerca de la muralla del sector norte. Eran niños pequeños. El mayor tenía 11 años, el menor apenas cinco. Jugaban a ser pájaros, a imaginar que podían volar por encima de los muros y escapar hacia un mundo donde aún existía la risa sin miedo.
Miriam, que pasaba por allí cargando un balde de agua para su padre, vio como los soldados apuntaban. No pensó, solo corrió. se lanzó sobre los niños cubriéndolos con su cuerpo delgado, gritándoles que se tiraran al suelo. La granada cayó a metro y medio de distancia. La explosión le arrancó la pierna izquierda por debajo de la rodilla, le destrozó el tímpano derecho y le dejó la espalda llena de esquirlas de metal que el Dr.
Aaron Lewin tuvo que extraer una por una durante tres noches seguidas sin anestesia, solo con bodca robado y trapos para morder. Cuando Miriam despertó en el sótano improvisado que servía como hospital clandestino, lo primero que sintió no fue dolor físico, sino un vacío aterrador donde antes había una pierna. Intentó moverla.
No estaba, gritó el Dr. Lewin, un hombre de 52 años con ojos cansados y manos que ya no temblaban después de haber visto demasiado horror, se sentó junto a ella y le tomó la mano con una ternura que contrastaba brutalmente con la dureza del mundo exterior. “Miriam”, le dijo con voz rota, “salvaste a cuatro niños, pero perdiste tu libertad de movimiento.
” Ella lo miró fijamente a través del dolor y la confusión. Sus labios estaban secos, agrietados. Tardó varios segundos en encontrar las palabras. Perdí una pierna, doctor. No perdí mi voluntad. El médico nunca olvidaría esa frase. La repetiría 20 años después en su exilio en Telviv. Cada vez que alguien le preguntaba qué era el verdadero coraje.
Desde aquel día de julio, cada paso que Miriam daba era una declaración silenciosa. Estoy viva, respiro, siento y no podrán matarme antes de que salve a los míos. Había descubierto algo que ningún manual militar enseñaba, algo que los generales con sus mapas y estrategias jamás comprenderían. Cuando el dolor se convierte en parte del cuerpo, cuando ya no es un visitante, sino un inquilino permanente, deja de ser un límite y empieza a ser un recordatorio.
Un recordatorio de que aún puede sentir, de que aún respira, de que aún puede actuar, de que estar viva, aunque sea con una pierna menos, es un privilegio que miles ya no tienen. Los primeros meses después de la amputación fueron un infierno silencioso. Miriam tuvo que aprender a caminar de nuevo, a equilibrarse con una muleta que el carpintero del gueto, un anciano llamado Smul, había tallado especialmente para ella usando madera de una cama vieja.
La muleta tenía grabadas en letras diminutas, las iniciales de los cuatro niños que había salvado. D K R Eb SG. Cuatro vidas, cuatro razones para no rendirse. Miriam pasaba horas frente a un espejo roto practicando cómo moverse sin hacer ruido, cómo subir escaleras, cómo correr si era necesario, porque sabía que en el gueto la lentitud significaba muerte.
Aquella madrugada helada del 12 de enero de 1943, mientras la luz amarillenta de una vela de cebo temblaba sobre las paredes descascaradas de su habitación en el edificio de la calle Naleuki, Miriam escuchó el golpe suave en la puerta que cambiaría todo. Era el código que habían establecido hacía meses. Tres golpes. Pausa de 2 segundos. Dos golpes más.
El Dr. Lewin entró envuelto en un abrigo gris que olía a humedad y desinfectante. Sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño y el rostro marcado por surcos profundos que no estaban allí un año atrás. Se arrodilló junto a ella con las rodillas crujiendo y susurró con voz quebrada. Miriam, escúchame bien.
Van a liquidar el sector este en dos días. 70personas están escondidas en el sótano del edificio Novolipki 42. Son familias enteras, 18 niños, tres mujeres embarazadas, ancianos que ya no pueden correr. Si no los movemos esta noche, los encontrarán cuando comiencen la operación. Y ya sabes lo que eso significa.
70 vidas, 70 almas que respiraban, soñaban, rezaban en la oscuridad de un sótano sin ventanas, compartiendo un solo balde como letrina, comiendo migajas de pan negro, esperando un milagro que no llegaría solo. y apenas quedaban 30 horas, quizás menos antes de que las CSS comenzaran la operación de limpieza sistemática que el Overstorm Futer Klaus Reinhard había planeado con precisión quirúrgica.
Miriam sintió un frío más profundo que el invierno polaco que se colaba por las grietas de las paredes, un frío que nacía desde dentro, desde ese lugar del alma donde vive el miedo verdadero. No tenía armas, no tenía poder político ni influencias, ni siquiera tenía dos piernas para correr si algo salía mal, pero tenía algo que ningún soldado nazi podía imaginar, algo que Reinhard y todos sus manuales tácticos jamás comprenderían.
un conocimiento íntimo de los pasadizos ocultos del geto, una red de túneles, alcantarillas y pasajes secretos que ella misma había ayudado a trazar durante 6 meses de trabajo nocturno, arrastrándose por lugares donde solo las ratas se atrevían a entrar, y tenía una determinación tan feroz que ya no cabía en su cuerpo frágil de 42 kg.
Una chica sin una pierna puede ser más peligrosa que un ejército entero cuando ya no teme a la muerte, cuando ha mirado al abismo y ha decidido que el abismo no se la llevará sin pelea. Y aquella noche, con la nieve comenzando a caer sobre las calles vacías del Geto, Miriam Halverstam decidió que los salvaría a todos, incluso si eso le costaba la vida, incluso si su nombre se perdiera para siempre en el silencio de la historia.
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No era simplemente un barrio cercado por muros de ladrillo de 3 m de altura coronados con alambre de púas y vidrios rotos. No era solo un lugar de confinamiento, era una máquina de exterminio disfrazada de geto. Un experimento nazi para ver cuánto sufrimiento podía soportar el ser humano antes de dejar de serlo, antes de convertirse en algo menos que un animal, antes de perder la última chispa de dignidad que separa al hombre de la bestia.
El geto había sido establecido el 16 de noviembre de 1940 por orden del gobernador general Hans Frank. En su momento de mayor población, entre abril y julio de 1941, 400,000 personas habían sido comprimidas en apenas 3.4 km². Eso significaba un promedio de 117,000 personas por kilómetro cuadrado, una densidad que superaba cualquier cosa vista antes en la historia urbana europea.
Familias de ocho o 10 personas vivían en habitaciones de 12 m². Los edificios de apartamentos que antes albergaban a 20 familias ahora contenían a 200. No había privacidad, no había espacio para moverse. El aire mismo parecía escaso, como si hasta el oxígeno hubiera sido racionado. Para ese enero de 1943, después de las deportaciones masivas a Treblinca que habían ocurrido entre el 22 de julio y el 21 de septiembre de 1942, quedaban apenas 60,000 almas atrapadas en ese laberinto de calles estrechas, edificios bombardeados y desesperación acumulada. 340,000 personas habían sido
subidas a trenes de ganado con el engaño de que serían reasentadas hacia el este para trabajar en granjas y fábricas. Ninguna volvió. Los rumores sobre cámaras de gas disfrazadas de duchas ya circulaban en susurros por los callejones oscuros deleto. Pero la mente humana se resiste a creer en el horror absoluto.
Muchos preferían la ilusión, la mentira reconfortante de que sus familiares estaban vivos en algún campo de trabajo remoto, cortando madera o cosiendo uniformes, sufriendo, pero respirando. Miriam conocía la verdad. Su hermano menor, David, un niño de 14 años con ojos curiosos y manos hábiles para reparar cualquier cosa, había sido subido a uno de esos trenes el 18 de agosto de 1942.
Miriam había corrido detrás del vagón gritando su nombre hasta quedarse sin voz, golpeando las puertas de madera con los puños hasta que los soldados la apartaron a culatazos. nunca volvió a verlo. Su madre, Rifka Halberstam, una mujer de 43 años que antes de la guerra había sido profesora de literatura Jidish, y que recitaba poemas de Pereet y Sholem Alehem mientras cocinaba.
Había muerto exactamente un mes después de ladeportación de David. No murió por enfermedad ni por violencia directa. Simplemente dejó de comer. Daba su ración de pan a Miriam y a Samuel, diciendo que no tenía hambre. Durante tres semanas repitió la mentira hasta que su cuerpo se consumió por completo. Una noche de septiembre cerró los ojos mientras sostenía una fotografía de David y decidió no abrirlos más.
Murió en silencio, sin quejas, como si el acto de seguir respirando le resultara insoportable. Su padre Samuel Halberstam, un reloj que alguna vez había reparado los relojes más finos de Varsovia, incluyendo el reloj de pared del ayuntamiento y los relojes de bolsillo de tres rabinos principales de la ciudad.
Ahora trabajaba 15 horas diarias en una fábrica de uniformes alemanes en la calle Lesno. Regresaba cada noche con las manos temblorosas y la mirada vacía, oliendo a tela áspera y sudor. Ya no hablaba del futuro, solo del siguiente día y luego del siguiente. Había dejado de usar verbos en futuro. Mañana iremos.
Se había convertido en si mañana llegamos. Cuando esto termine se transformó en si algo termina algún día. El lenguaje mismo se había rendido ante la realidad. El hambre en el geto mataba a 6,000 personas cada mes durante el invierno de 1942193. El tifus propagado por los piojos que infestaban cada rincón, cada prenda de ropa, cada cama compartida, se llevaba a otras 3000 y las ejecuciones aleatorias, los fusilamientos públicos diseñados para mantener el terror como herramienta de control.
Sumaban cientos más cada semana. Los cuerpos se apilaban en las esquinas cada amanecer. Carros tirados por hombres esqueléticos los recogían y los llevaban al cementerio judío de la calle Okopoga, donde las fosas comunes ya no tenían nombres, solo números y fechas. Fue en ese contexto de desesperación sistemática, de muerte industrializada, que Miriam se convirtió en algo inesperado, una líder clandestina de la resistencia del geteto.
No por ambición personal, no por heroísmo abstracto, ni por ideología política. simplemente porque alguien tenía que hacerlo y ella aún podía moverse, aún podía pensar, aún podía actuar. Miriam Halberstam había nacido el 3 de abril de 1924 en una familia de clase media del barrio judío de Varsovia, en un apartamento de cuatro habitaciones en la calle Francisca, que tenía ventanas grandes que daban a un patio interior con un cerezo que florecía cada primavera.
Su infancia había sido común, casi aburrida en su normalidad. Clases de piano los martes con una profesora austríaca llamada Frau Hoffman, que olía a violetas y que golpeaba las manos de Miriam con una regla cada vez que tocaba una nota falsa. Sinagogas los sábados donde su padre cantaba las oraciones con una voz profunda que hacía vibrar el piso de madera.
Tardes enteras leyendo los cuentos de Sholem Leishén bajo la sombra del cerezo, mientras su hermano David intentaba trepar las ramas y su madre les traía vasos de té con limón y terrones de azúcar. Miriam soñaba con estudiar medicina. Quería ser pediatra. Le gustaba la idea de curar a quienes aún no habían aprendido a temer al mundo, de ser la persona que quitaba el dolor antes de que el dolor se volviera permanente.
Tenía una libreta donde dibujaba el cuerpo humano copiando ilustraciones de libros de anatomía que pedía prestados en la biblioteca pública. Su padre la miraba con orgullo y decía, “Nuestra Miriam será doctora. La primera mujer doctora de la familia Halberstam. Pero el 1 de septiembre de 1939, cuando Miriam tenía 15 años y 4 meses, los tanques alemanes entraron en Polonia y convirtieron todos los sueños en cenizas, que el viento se llevó sin pedir permiso.
En octubre de 1940, cuando las autoridades nazis ordenaron la creación del geteto, su familia fue obligada a mudarse del apartamento amplio de Francisca a una habitación de 16 m² en la calle Nalevki, que compartían con otra familia de cinco personas. Dejaron atrás la casa de tres pisos, los 1200 libros de la biblioteca personal de su madre, el piano vertical que había pertenecido a la abuela de Miriam, los retratos al óleo de sus abuelos que colgaban en el comedor, las alfombras persas, las cortinas de terciopelo, los candelabros de plata
para Shabbat. Solo pudieron llevar una maleta por persona. Miriam metió ropa interior, dos vestidos, una fotografía de David sonriendo con un barrilete y un cuaderno en blanco para escribir cuando todo esto termine. Le dijo a su madre con una confianza que aún no había sido destruida.
Durante los dos primeros años en el Geto, entre noviembre de 1940 y julio de 1942, Miriam se dedicó a ayudar en el hospital clandestino que el Dr. Aaron Lewin había organizado en un sótano húmedo de la calle Gencia. No era realmente un hospital. Era una habitación de 20 m²ad con seis camillas improvisadas, trapos usados como vendajes, agujas que se esterilizaban hirviendo en agua cuando había agua para hervir y medicinas quellegaban de contrabando una vez cada dos meses si había suerte.
Limpiaba heridas infectadas con agua y sal, repartía las escasas aspirinas como si fueran diamantes, sostenía las manos de los moribundos y les decía palabras suaves en jidish, que no cambiaban nada. pero que al menos hacían que la muerte no fuera tan solitaria. Aprendió que la empatía no era una virtud abstracta mencionada en sermones religiosos.
Era una acción concreta. Era mirar a los ojos a alguien que sabía con certeza que moriría en las próximas horas y decirle con total honestidad y sin mentiras piadosas, no estás solo. Yo estoy aquí y te voy a acompañar hasta el final. Fue allí, en ese sótano lleno de sangre. Orina, sudor y oraciones murmuradas, donde Miriam conoció a otros jóvenes que no aceptaban la pasividad, que se negaban a morir como corderos camino al matadero.
estudiantes de la Universidad de Varsovia, cuyas aulas ahora eran ruinas, obreros metalúrgicos que habían trabajado en las fábricas que ahora producían municiones para el ejército que los oprimía. Maestros de escuela que enseñaban en secreto a niños que oficialmente no tenían derecho a educación. Formaron un grupo pequeño, sin nombre oficial, sin jerarquía formal, sin uniformes ni banderas, solo un propósito compartido, salvar a quienes pudieran.
documentar lo que veían para que el mundo algún día supiera y si llegaba el momento inevitable, luchar. Cuando Miriam perdió su pierna en julio de 1942, cuando la explosión le arrancó no solo la extremidad, sino también la ilusión de que su cuerpo era invulnerable, muchos creyeron que su papel en la resistencia había terminado.
Incluso su padre Samuel se lo suplicó una noche con lágrimas cayendo sobre su barba gris que ya no tenía tiempo de recortar. Miriam, hija mía, ya diste suficiente. Ya sufriste más que nadie debería sufrir. Quédate quieta, escóndete, hazte invisible, por favor. Miriam lo abrazó con la fuerza que le quedaba en sus brazos delgados y respondió con una voz que no admitía réplica ni negociación.
Papá, si me quedo quieta, si me escondo y me hago invisible, también estoy muerta. Quizás no físicamente, pero sí en todo lo que importa. Prefiero morir intentando salvar una vida que vivir viendo cómo las pierden todas sin hacer nada. Y así, con una sola pierna, con una muleta de madera de abedul tallada a mano y una determinación que asustaba incluso a quienes la conocían bien, Miriam se convirtió en la guía más efectiva de la red de escape del Geto.
Pasó tres meses memorizando el laberinto urbano. Conocía cada pasadizo, cada alcantarilla lo suficientemente ancha para que pasara un adulto, cada muro con ladrillos flojos que podían quitarse y volver a colocar sin dejar rastro. memorizó los horarios exactos de las patrullas alemanas. La del norte pasaba cada hora y cuarto, la del sur cada hora y media.
La del este era irregular, pero nunca antes de las 3 de la madrugada. Identificó los puntos ciegos de las cuatro torres de vigilancia principales. Aprendió los nombres, las familias, los vicios y las debilidades de los guardias polacos que vigilaban ciertas secciones del muro. Marek Bolski aceptaba sobornos en bodca.
Jank Kovalski tenía una hija enferma y a veces dejaba pasar a alguien por compasión. Piotr Noak era un sádico que disfrutaba golpeando y nunca se le podía confiar nada. se movía despacio, sí, pero con una precisión absoluta que convertía la lentitud en ventaja. Y precisamente porque cojeaba, porque parecía frágil y rota, porque su cuerpo gritaba víctima indefensa, los soldados la subestimaban.
Nadie sospechaba que aquella chica pálida de 42 kg con una muleta de madera y ojos hundidos pudiera ser peligrosa. Pudiera ser el cerebro detrás de docenas de fugas exitosas, pero lo era. Entre julio de 1942 y enero de 1943, en 6 meses de trabajo silencioso y nocturno, Miriam había ayudado a evacuar a 120 personas del gueto hacia escondites relativamente seguros en el lado de Varsovia.
Niños de 4 y 5 años que eran pasados por alcantarillas de medio metro de diámetro, ancianos que cruzaban disfrazados de obreros polacos con documentos falsificados por un grupo de resistentes que incluía a un antiguo empleado del registro civil. Familias enteras que desaparecían en mitad de la noche y reaparecían 48 horas después en conventos de monjas franciscanas, en granjas administradas por campesinos valientes, en sótanos de casas donde personas comunes decidían ser extraordinarias.
Hasta aquella noche del 12 de enero de 1943, cuando el Dr. Lewin llegó con la noticia que cambiaría todo, el médico le explicó la situación con la voz temblorosa de quien sabe que está pidiendo lo imposible. El edificio Novolipski 42 había sido un antiguo orfanato judío antes de la guerra, un lugar luminoso donde 150 niños habían crecido rodeados de maestros dedicados y patios con columpios.
Ahora era una estructura bombardeadaparcialmente, con las ventanas tapeadas y el techo colapsado en el ala oeste. Pero su sótano, profundo y sólido, construido en 1898 con piedra y concreto, había resistido. Desde hacía 5 días 70 personas vivían escondidas allí, sin luz natural, sin ventilación adecuada, con un solo balde de metal como letrina para todos.
con 200 g de pan negro por persona cada dos días, con agua que traían de noche en jarras que goteaban. Entre esas 70 almas había 18 niños menores de 10 años que no entendían por qué tenían que estar en silencio todo el tiempo, por qué no podían llorar cuando tenían hambre, por qué sus madres les tapaban la boca cada vez que querían preguntar algo.
Había tres mujeres embarazadas de siete, 8 y 9 meses que dormían sentadas porque acostarse era imposible por falta de espacio. Había dos ancianos con problemas cardíacos que respiraban con dificultad en el aire viciado del sótano. Y había el resto, adultos débiles, enfermos, aterrorizados, aferrados a la esperanza de que alguien vendría a salvarlos antes de que fuera demasiado tarde.
El overstorm fer Klaus Reinhard, un oficial de la CSS de 34 años conocido en el Gheto, por su crueldad metódica y sus ejecuciones públicas los domingos por la mañana, había ordenado una sonder acción, acción especial para el 14 de enero. Iban a revisar cada edificio del sector este, bloque por bloque, habitación por habitación, sótano por sótano, ático por ático.
Traerían perros pastor alemán entrenados para detectar el olor de seres humanos escondidos. Cualquier persona encontrada sería ejecutada en el acto sin preguntas, sin juicios, sin excepciones. Los edificios serían quemados después para eliminar cualquier posibilidad de escondites futuros. Reinhard había dicho durante una reunión con sus subordinados que fue escuchada por un infiltrado polaco que quería limpiar el sector este hasta que no quede ni una rata judía respirando.
Miriam tenía menos de 36 horas para mover a 70 personas a través de un geto vigilado por 300 soldados alemanes con toques de queda que comenzaban a las 8 de la noche y terminaban a las 6 de la mañana con torres de vigilancia equipadas con reflectores que barrían las calles cada 20 minutos, con perros que podían oler a un humano a 100 m de distancia y con la amenaza constante de delatores.
Personas desesperadas que vendían información sobre escondites a cambio de un kilo de pan, un trozo de salchicha, una promesa vacía de protección. Era matemáticamente imposible, pero Miriam ya no creía en lo imposible, solo en lo necesario. Y salvar a esas 70 personas era absolutamente necesario. Reunió a su grupo de confianza esa misma noche, exactamente a las 11:40 en el sótano del edificio donde funcionaba el hospital clandestino.
Eran seis personas en las que confiaba con su vida. El Dr. Aaron Lewin, que a sus 52 años había visto morir a más de 1000 pacientes y aún conservaba la capacidad de llorar. Jacob Finkelstein y Ester Rosenbaum, dos estudiantes de ingeniería de 23 y 21 años que habían estado en tercer año de la Universidad Politécnica de Varsovia cuando comenzó la guerra y que ahora usaban sus conocimientos de estructuras y túneles para diseñar rutas de escape.
Ferek Warsabski, un antiguo obrero de 60 años que había trabajado durante 30 años en el sistema de alcantarillado de Varsovia y que conocía cada tubería, cada conexión, cada tramo inundado como si fueran las venas de su propio cuerpo. Chaya Goldberg, una mujer de 40 años que antes de la guerra había sido trabajadora social y que conocía a cada familia del gueto.
Sabía quién tenía niños pequeños, quién tenía ancianos enfermos, quién podía confiar en quién. Y Hans Keller. Hans era el elemento más peligroso y más valioso del grupo. Era un soldado alemán de apenas 20 años, hijo de un herrero de Munich que había sido reclutado en la CSS en 1941 con la amenaza de que si no se unía, su familia sufriría consecuencias.
Durante 18 meses había seguido órdenes sin cuestionar, hasta que en junio de 1942 le ordenaron participar en una ejecución masiva de niños del orfanato del geto. 53 niños de entre 2 y 8 años fueron alineados contra una pared. Hans recibió la orden de disparar, levantó su rifle, apuntó a una niña de 5 años con trenzas rubias que lo miraba con ojos que no entendían lo que estaba pasando y no pudo apretar el gatillo.
Esa noche desertó, se quitó el uniforme, lo escondió en una maleta y se refugió en el gueto con documentos falsificados que lo identificaban como un trabajador polaco asignado a supervisar una fábrica. Durante seis meses había vivido con el miedo constante de ser descubierto, pero también había encontrado algo que nunca tuvo en el ejército, un propósito que no involucraba destruir vidas, sino salvarlas.
Miriam desplegó un mapa improvisado sobre una mesa de madera astillada llena de manchas de sangre seca que ninguna cantidad de fregarpodía quitar. Había dibujado cada calle del sector este con lápiz, marcando con cruces rojas las posiciones de las torres de vigilancia. Con círculos azules los puntos donde las patrullas se detenían a fumar, con líneas verdes las rutas de alcantarilla que habían verificado personalmente.
“Escúchenme bien”, dijo con voz firme, que contrastaba con su cuerpo frágil. “Tenemos 70 personas, no podemos moverlas juntas. Demasiado ruido, demasiado movimiento, demasiado riesgo de que alguien entre en pánico y nos delate a todos. Las dividiremos en tres grupos. Colocó tres piedras pequeñas sobre el mapa.
El primer grupo serán los más vulnerables, los 18 niños, las tres mujeres embarazadas y cuatro ancianas que no podrán soportar el túnel más largo. 25 personas en total saldrán esta noche en menos de 4 horas. A las 3 de la madrugada. Exactamente. Es la hora en que cambian las patrullas del sector norte. Hay una ventana de 12 minutos donde la calle Gencia queda sin vigilancia directa.
Berek los guiará por la alcantarilla principal que corre paralela a esa calle. Jacob, tú irás adelante con una linterna cubierta con tela roja. La luz roja no se ve desde lejos, pero ilumina lo suficiente para no tropezar. Ester, tú cerrarás la marcha. Si algo sale mal, si escuchan disparos o perros, se dispersan inmediatamente. Nadie espera a nadie.
Nadie vuelve atrás. Cada uno por su cuenta. ¿Quedó claro? Todos asintieron en silencio. Sabían que dispersarse significaba abandonar a los más lentos, a los que se caían, a los que no podían seguir el ritmo. Era una orden brutal, pero era la única que daba alguna posibilidad de sobrevivir. El segundo grupo continuó Miriam moviendo la segunda piedra.
Saldrá mañana al anochecer 30 personas, los más fuertes, adultos entre 20 y 40 años que puedan caminar rápido y seguir instrucciones sin cuestionarlas. Irán disfrazados como brigada de trabajo asignada a una fábrica del lado a áreo. Hans conseguirá permisos de salida falsificados y los escoltará personalmente hasta el muro norte.
Allí hay un hueco que abrimos hace dos semanas detrás del almacén de carbón. Está cubierto con tablones flojos. Chaya, tú los esperarás del otro lado con ropa civil y los llevarás en grupos de cinco al convento de las hermanas franciscanas en la calle Ynia. La madre superiora, soresa, ya sabe que llegarán. Tiene espacio en el sótano para 30 personas durante 48 horas.
Después tendrán que moverse a otros lugares. Hans apretó los labios hasta que se pusieron blancos. sabía perfectamente lo que estaba arriesgando. Si lo descubrían, si algún oficial notaba que los permisos eran falsos, si alguien lo reconocía como el soldado que había desertado 6 meses atrás, lo ejecutarían como traidor.
Y las ejecuciones por traición en las SS no eran rápidas, eran lentas, públicas, diseñadas para aterrorizar a otros potenciales desertores, pero asintió igual porque había una niña de 5 años con trenzas rubias que lo miraba cada noche en sus sueños y esta era su única forma de pedirle perdón. Y el tercer grupo dijo Miriam moviendo la última piedra hacia el edificio Nobolipki en el mapa.
Serán los 15 restantes, los ancianos, los enfermos, los que no pueden caminar rápido ni aguantar 8 horas en una alcantarilla. Ellos saldrán conmigo pasado mañana, justo antes del amanecer, a las 5:30 de la mañana. Existe un pasadizo subterráneo que conecta el sótano de Nobolipki con el edificio de enfrente. Fue construido antes de la guerra como refugio antiaéreo.
Desde allí hay un túnel que excavamos hace 3 meses. Sale a 200 m de la muralla en una bodega abandonada del lado ario, que pertenecía a una fábrica de zapatos. Una vez allí, tendrán 24 horas para dispersarse antes de que Reinhard comience su operación de limpieza. El Dr. Lewin la miró con ojos llenos de miedo, admiración y algo parecido al dolor de quien ve a su propia hija caminar hacia el peligro.
“Miriam, si te atrapan en ese túnel”, ella lo interrumpió con un gesto de la mano. “Si me atrapan, ustedes siguen. Siempre seguimos. Esa es la regla desde el principio. Nadie se queda atrás llorando a los muertos. Los muertos ya están muertos. Los vivos tienen que sobrevivir. La primera operación comenzó exactamente a las 3:1 minutos de la madrugada del 13 de enero de 1943.
Miriam lo sabía porque había sincronizado su reloj de bolsillo, el último objeto valioso que le quedaba de su vida anterior con el reloj de la torre de vigilancia del sector norte. La temperatura había bajado a -8ºC. El viento soplaba desde el este con ráfagas que levantaban remolinos de nieve sucia entre las calles vacías y oscuras del gueto.
El cielo estaba negro, sin luna, sin estrellas, como si hasta el universo hubiera decidido mirar hacia otro lado. Miriam observó desde una ventana del segundo piso del edificio de la calle Gencia, escondida detrás de una cortina rasgada, conteniendo la respiración hasta que ledolieron los pulmones. Abajo en la calle, Bereek Warszavski se arrodilló junto a una tapa de alcantarilla de hierro fundido que pesaba 50 kg.
La levantó con un esfuerzo que hizo crujir sus huesos de 60 años. El metal oó contra el pavimento, un sonido agudo que en el silencio de la noche sonó como un grito. Miriam se encogió, esperó, contó 5 segundos. 10 15. Ninguna luz se encendió. Ningún perro ladró, ninguna bota alemana resonó contra el suelo.
Uno por uno, 25 seres humanos descendieron hacia la oscuridad absoluta de la alcantarilla. Niños con los ojos muy abiertos que no entendían por qué tenían que meterse en ese agujero negro que olía tan mal. Mujeres con vientres abultados que apenas cabían por la abertura circular y que descendían de lado, ayudadas por manos que la sostenían desde abajo, ancianas de rostros arrugados que temblaban de frío y terror, pero que mordían trapos para no gemir de miedo.
La última en bajar fue Esther Rosenbaum, que antes de desaparecer en la oscuridad miró hacia arriba, hacia la ventana donde sabía que Miriam observaba, y levantó el pulgar. Un gesto pequeño, una promesa muda. Lo haremos. Jacob Finkelstein encendió la linterna cubierta con tela roja que había cortado de un vestido viejo. La luz apenas iluminaba un metro adelante, creando sombras rojas que bailaban contra las paredes circulares de concreto cubiertas de mo verdoso y excrementos secos.
El olor era insoportable, una mezcla de esces humanas, agua podrida, ratas muertas, gases tóxicos que subían desde las profundidades del sistema de drenaje. Varios niños vomitaron. Las madres les tapaban las bocas con las manos, susurrando palabras en jidish que sonaban como canciones de kuna. Sha shakind. Sha sha, ya casi termina.
Ya casi llegamos. Berek, que había trabajado en esas alcantarillas durante 30 años antes de la guerra, que había reparado tuberías rotas, que había rescatado a obreros atrapados en derrumbes, que conocía cada curva, cada bifurcación, cada tramo inundado, como si fueran las líneas de la palma de su mano, guiaba con pasos seguros, aunque lentos.
Cada 20 m se detenía, levantaba la mano, escuchaba. El agua llegaba hasta las rodillas en algunos tramos. Estaba helada. Los niños lloraban en silencio con lágrimas que se mezclaban con la inmundicia que les salpicaba la cara. Las mujeres embarazadas respiraban con dificultad, sosteniéndose del hombro de quien tenían adelante, rezando para que sus bebés no nacieran allí.
En la oscuridad, en la porquería, en el infierno bajo tierra. Tardaron 4 horas y 17 minutos en recorrer 800 m. 4 horas arrastrándose en la inmundicia más absoluta, respirando aire viciado que quemaba los pulmones, escuchando el eco de sus propios miedos amplificado por las paredes de concreto. 4 horas en las que cualquier ruido extraño podía significar que habían sido descubiertos, que soldados esperaban en la salida, que todo había sido en vano.
A las 7:29 minutos de la mañana emergieron en una bodega del lado Ario, en el sótano de una casa en la calle Bonifraterska. Una familia polaca los esperaba, Piotr y María Kowalski, un matrimonio de campesinos que había decidido que no podían quedarse sentados viendo el horror sin hacer nada. Tenían mantas limpias, sopa de papa caliente en una olla enorme, palabras de aliento susurradas con ternura.
25 personas habían cruzado, 25 vidas arrebatadas de las garras del infierno. Al menos por ahora, Jacob Finkelstein regresó al gueto al mediodía, exhausto, cubierto de mugre penetrado hasta su piel, con los ojos enrojecidos por el aire tóxico, pero con una sonrisa apenas perceptible que transformó su rostro demacrado. “Todos están a salvo”, susurró a Miriam.
Los 25, todos respirando. Miriam cerró los ojos y respiró hondo. Fue la primera vez en meses, quizás en un año, que sintió algo parecido a la esperanza, un pequeño punto de luz en medio de la oscuridad absoluta. Pero no había tiempo para celebrar, no había tiempo para sentarse a llorar de alivio.
Faltaban 45 personas y quedaban menos de 30 horas. La segunda operación se ejecutó al anochecer del 13 de enero, exactamente a las 6:40 de la tarde. Hans Keller apareció frente al edificio Novolipki 42, conduciendo un camión militar Opel Blitz de color gris oscuro con la cruz gamada pintada en las puertas laterales. Vestía su antiguo uniforme de las SS que había guardado durante meses, planchado cuidadosamente con las botas lustradas hasta brillar.
Llevaba en la mano una carpeta con documentos falsificados, una orden de traslado que supuestamente había sido firmada por el HSTM Futurer Wilhelm Müller, comandante de la fábrica de municiones Schulz en el distrito de Bola, solicitando una brigada de trabajo especial de 30 trabajadores judíos cualificados.
Los documentos estaban perfectamente forjados. Hans había robado el sello oficial tres semanas atrás de la oficina administrativa del Geto, donde trabajaba un escriba polacollamado Thomas Jankowski, que simpatizaba con la resistencia. El sello había sido usado solo dos veces, ambas con extremo cuidado para no despertar sospechas.
30 personas salieron del sótano del edificio Nobolipki en fila india, con las manos cruzadas a la espalda en señal de su misión. Las cabezas bajas, los ojos mirando al suelo como habían aprendido a hacer para evitar provocar a los guardias. Llevaban brazaletes blancos con la estrella de David azul cocida a mano. Vestían ropas raídas, rotas, sucias.
Parecían exactamente lo que se suponía que debían parecer. Trabajadores esclavos, derrotados, sin voluntad, sin esperanza, sin capacidad de revelarse. Nadie, absolutamente nadie, podía imaginar que bajo esas ropas de miseria llevaban mapas diminutos dibujados en pedazos de papel del tamaño de sellos postales, direcciones memorizadas de casas seguras, nombres de contactos en el lado documentos de identidad falsos cosidos dentro de los forros de sus chaquetas.
Hans gritó órdenes en alemán con voz autoritaria que hizo eco contra las paredes de los edificios bombardeados. Schneller, más rápido. Suban al camión ahora o los dejo aquí para que los fusilen. Dos guardias polacos observaron la escena con la indiferencia de quien ha visto la misma rutina 100 veces antes.
Fumaban cigarrillos baratos apoyados contra una pared con los rifles colgados del hombro. Ni siquiera se molestaron en acercarse. Estaban acostumbrados. Cada día pasaban columnas de trabajadores judíos hacia las fábricas. Nadie hacía preguntas. Hacer preguntas era peligroso. Era mejor no ver, no saber, no involucrarse. Han cerró las puertas traseras del camión con un golpe metálico.
Subió a la cabina, encendió el motor. El Opel Blitz tosió, vibró y arrancó con un rugido diesésel. Hans comenzó a conducir hacia el norte, hacia el muro, hacia la libertad o hacia la muerte. Las manos le temblaban sobre el volante. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que sentía que todos podían escucharlo, que el sonido atravesaba las paredes del camión y delataba su terror.
Tres cuadras después, exactamente en la esquina de las calles Gencia y Nalevki, un Jeep Cubelwagen de la CSS apareció de la nada, surgiendo de una calle lateral como un depredador que salta sobre su presa. Un oficial bajó del jeep y levantó la mano con un gesto autoritario que no admitía discusión.
Hans frenó en seco. Las llantas chirriaron contra el pavimento mojado. Dentro del camión, las 30 personas contuvieron la respiración. El mundo se detuvo. El oficial se acercó con paso calmado, sin prisa, disfrutando del poder que le daba el uniforme. Era joven, quizás 25 o 26 años, con ojos azul claro, cabello rubio cortado al estilo militar y una expresión de aburrimiento cultivado.
Golpeó la puerta del camión con los nudillos. Documentos. Hans le entregó la carpeta con la orden falsificada. Sus dedos temblaban ligeramente. Esperó que el oficial no lo notara. El oficial abrió la carpeta con lentitud exasperante, la lentitud de alguien que tiene todo el tiempo del mundo, mientras que otros sudan, tiemblan, rezan, revisó el sello, leyó la firma, verificó la fecha.
Segundos que parecían horas, segundos en los que Hans sintió que su corazón se detendría en cualquier momento. Adentro del camión, en la oscuridad completa, las 30 personas ni siquiera se atrevían a respirar profundamente. y abrían la parte trasera y descubrían que no eran una brigada real de trabajadores, sino fugitivos.
Si verificaban las identidades, si hacían cualquier pregunta que no tuviera respuesta preparada, todos morirían allí mismo. No habría juicio, no habría preguntas, solo balas. El oficial levantó la vista y miró directamente a los ojos de Hans. ¿A qué fábrica los llevas? Hans respondió sin titubear, usando exactamente las palabras que había memorizado, el código que habían establecido basándose en órdenes reales que habían estudiado.
A la planta de uniformes Schulz en el distrito de Bola, Herstorm Futter, orden del Hstromer Müller. Necesitan reemplazar a los trabajadores que murieron por tifus la semana pasada. 17 muertos. La producción se detuvo. El HSTM Futurer está furioso. Era un detalle perfecto. Los oficiales nazis odiaban los retrasos en la producción.
La guerra necesitaba uniformes, municiones, equipamiento. Cualquier interrupción era vista como sabotaje. El oficial asintió lentamente. Le devolvió los papeles. Continúa y diles a esos judíos que si no producen suficiente, los reemplazaremos a ellos también. Hans arrancó despacio, controlando cada músculo de su cuerpo para no delatar el pánico absoluto que lo inundaba, para no pisar el acelerador y salir huyendo a toda velocidad, como cada fibra de su ser le suplicaba que hiciera.
Condujo a velocidad normal, respetando las reglas, deteniéndose en cada intersección, aunque no hubiera tráfico. Solo cuando dejó atrás el muro del gueto, solo cuando llegó al punto deencuentro en la calle Yidnia, permitió que sus manos temblaran sin control, que su respiración se convirtiera en jadeos entrecortados.
Chaya Goldberg esperaba en la esquina, vestida con un abrigo oscuro y un pañuelo en la cabeza, que la hacía parecer una trabajadora polaca cualquiera. Las puertas traseras del camión se abrieron. 30 personas bajaron en silencio como sombras que se desprenden de la oscuridad, sin palabras, sin celebraciones, solo movimientos rápidos y eficientes.
En menos de 4 minutos, los 30 habían desaparecido en la noche, dispersándose en grupos de cinco hacia el convento de las hermanas franciscanas, donde Sor Teresa, una mujer de 62 años que había dedicado su vida a Dios y que ahora arriesgaba esa vida por hacer lo correcto, los esperaba con el sótano preparado.
Hans Keller regresó al geto con el camión vacío. Estacionó en el mismo lugar de donde había salido. se bajó con piernas que apenas lo sostenían. Caminó hacia el edificio donde vivía, subió las escaleras, entró en su habitación de 3 m² y se sentó en el colchón de paja. Solo entonces, en la privacidad de esa celda miserable, permitió que las lágrimas cayeran.
Nunca habló de lo que sintió en ese momento, de ese terror absoluto mezclado con algo parecido a la redención. Pero Miriam supo, cuando lo vio entrar horas después, tambaleándose como un borracho, que ese hombre había cruzado un límite del que no habría retorno. Había traicionado al ejército que lo reclutó. Había falsificado documentos oficiales, había engañado a sus antiguos camaradas, pero por primera vez en dos años podía mirarse en un espejo sin sentir asco de sí mismo.
Quedaban 15 personas y menos de 12 horas antes de que comenzara la sonderación de Reinhard. El 14 de enero de 1943 amaneció con un cielo gris plomo que prometía más nieve. A las 5:17 minutos de la madrugada, casi 2 horas antes del amanecer oficial, Miriam Halberstam se colocó el abrigo raído que olía a humedad y Mo ajustó su muleta de madera bajo el brazo izquierdo y caminó cojeando por las calles vacías del gueto hacia el edificio Novolipki 42.
Su pierna real le dolía con ese dolor sordo y constante que el frío convertía en agujas calientes. El muñón de la amputada ardía con una sensación fantasma, como si la pierna que ya no existía, le gritara que descansara. Pero el dolor ya no importaba. Había dejado de importar así a meses. Solo importaban esas 15 vidas que esperaban en un sótano oscuro. El Dr.
Aaron Lewin la acompañaba. había insistido en quedarse con ella hasta el final sin importar las consecuencias. Si te atrapan, me atrapan. Había dicho con voz firme. No voy a dejarte sola en esto. Los 15 que quedaban eran los más vulnerables, los más frágiles, los que cualquier estrategia militar racional hubiera abandonado como imposibles de salvar.
Tres hombres de más de 70 años con problemas respiratorios crónicos que tosían cada pocos minutos. Dos mujeres mayores de 60 que apenas podían caminar sin ayuda. Seis adultos debilitados por meses de hambre extrema que pesaban 40 kg o menos. Dos adolescentes de 15 y 16 años con tuberculosis avanzada que escupían sangre en trapos que guardaban en los bolsillos y dos hombres de mediana edad con heridas infectadas de redadas anteriores.
Moverse con ellos sería lento, muy lento, peligrosamente lento. Pero Miriam ya había decidido que la lentitud no sería una excusa para abandonarlos. Si moría intentando salvarlos, al menos moriría sabiendo que lo intentó. los guió hacia el pasadizo subterráneo que conectaba el sótano del edificio Nobolipki con el edificio contiguo de la calle Smocha.
Era un túnel estrecho excavado a mano durante seis semanas por voluntarios de la resistencia que trabajaban solo de noche quitando tierra con cucharas, con platos rotos, con las manos desnudas cuando no había nada más. El túnel tenía 1,20 de altura y 80 cm de ancho. Apenas cabía una persona de lado. Olía a tierra húmeda, mo negro y descomposición.
Las paredes eran de tierra compactada, reforzada con maderas viejas de camas y mesas destruidas. Pero era seguro, o al menos eso creían. Miriam entró primero, alumbrando con una vela de cebo que proyectaba sombras temblorosas. Su muleta golpeaba suavemente las paredes de tierra, produciendo un sonido sordo y rítmico.
Detrás de ella, los 15 avanzaban en fila, sosteniéndose unos a otros, respirando con dificultad el aire viciado del túnel. Nadie hablaba, solo se escuchaba la respiración entrecortada, el rose de la ropa contra las paredes, el latido colectivo del miedo que era casi audible. Habían recorrido casi 100 m. estaban a mitad de camino.
Cuando Miriam escuchó los ladridos, perros, se detuvo en seco. La vela casi se le cae de la mano. Su corazón se precipitó como un caballo desbocado. Los ladridos venían de atrás del edificio Nobolipki. Los perros significaban una sola cosa. Los alemanes habían comenzado la operación delimpieza antes de tiempo. Estaban revisando los edificios y habían encontrado el acceso al túnel.
Corran”, susurró Miriam con voz urgente. “Corran ahora! No miren atrás, solo corran.” Pero correr era imposible para esas personas. Los ancianos apenas podían arrastrarse, los enfermos tosían sin control, los adolescentes con tuberculosis escupían sangre y se doblaban de dolor. El Dr. Lewin tomó a una de las mujeres del brazo y trató de apurar el paso.
Miriam ayudó a un hombre que cojeaba aún más que ella, cargándolo casi en peso. Los ladridos se acercaban y con ellos las voces en alemán, órdenes gritadas, el sonido inconfundible de botas militares golpeando el suelo de concreto del sótano. Schneller, más rápido, los perros huelen algo. Llegaron al final del túnel.
Había una trampilla de madera gruesa que daba a la bodega del lado Ario. Miriam la empujó con toda su fuerza. No cedía. Estaba atascada, hinchada por la humedad. El Dr. Lewin dejó a la anciana que ayudaba y se unió a Miriam. Empujaron juntos. La madera crujió, pero no se movió. Los ladridos estaban ahora a menos de 50 m.
Podían escuchar las patas de los animales arañando la tierra del túnel. El jadeo rabioso de perros entrenados para matar. Miriam y el doctor empujaron una vez más con desesperación, con todo lo que les quedaba. La trampilla se abrió con un chasquido de madera rota. La luz gris del amanecer entró como una bofetada de realidad. Uno por uno.
Los 15 comenzaron a salir hacia la libertad. Miriam los ayudaba a subir, tirando de sus brazos con una fuerza que no sabía que tenía, con músculos que gritaban de agotamiento, pero que se negaban a rendirse. Uno, dos, tres. Los ancianos primero porque eran los más lentos. Cuatro, cinco, seis. Las mujeres después.
7 8 9 Los adolescentes tociendo sangre pero trepando con determinación. 10 11 12 Y entonces escuchó la voz detrás de ella, una voz tranquila, casi gentil, que sonó más aterradora que cualquier grito. Alto. Miriam se giró lentamente sabiendo lo que vería, pero esperando de alguna manera estar equivocada. Al final del túnel, a unos 20 m de distancia, iluminado por la luz de una linterna militar potente que convertía su figura en una silueta amenazante, estaba el Overstorm Futer Klaus Reinhard, alto más de 1,80, rubio con el cabello cortado con
precisión milimétrica, impecable en su uniforme negro de las SS, con las insignias de plata brillando incluso en la penumbra. A su lado, dos soldados jóvenes con rifles Mauser Cato 98K listos para disparar y un pastor alemán que gruñía mostrando los colmillos, tirando de la correa queriendo atacar. Reinhard la observó con una mezcla de sorpresa genuina y desprecio calculado.
Sus ojos, de un azul tan claro que parecían grises, bajaron lentamente hacia la muleta, hacia la pierna que faltaba, hacia el cuerpo demacrado de la chica. que temblaba de frío, agotamiento y adrenalina. “Tú”, dijo con voz tranquila, casi curiosa, como un científico observando un espécimen interesante, una tullida, una liciada inútil.
“¿Y aún así te atreves a desafiar al Rich?” Miriam no respondió. No había palabras que pudieran cambiar lo que vendría. Solo miró al Dr. Lewin y a los tres que aún faltaban por salir. Con un movimiento rápido, inesperado incluso para ella misma, empujó al hombre más cercano hacia la trampilla. Él trastabilló, cayó hacia arriba y logró salir.
El doctor Lewin intentó seguirlo, pero Reinhard levantó su Luger PS8 y disparó una ráfaga hacia el techo del túnel. El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado. Tierra y polvo cayeron sobre todos. He dicho alto. Nadie más se mueve o el siguiente disparo será a la cabeza. Miriam dio un paso al frente, colocándose entre Reinhard y la trampilla, usando su cuerpo frágil como escudo.
Su voz salió firme, sin temblor. Déjelo ir. Es un médico. No ha hecho nada. Yo organicé todo. Yo planifiqué las rutas. Yo di las órdenes. Él solo siguió instrucciones. Reinhart inclinó la cabeza ligeramente, estudiándola con esa curiosidad fría, de quien analiza un insecto bajo un microscopio. Y tú, ¿qué has hecho tú, pequeña liciada, que apenas puede caminar? ¿Creíste que podías engañar a la CSS? ¿Creíste que tu cojera te hacía invisible? Miriam levantó la barbilla.
En ese momento, en medio del terror y la certeza de la muerte inminente, sintió algo extraño. Paz, una paz absoluta que venía de saber que había hecho todo lo posible, que había dado todo lo que tenía. Salvé a 70 personas, 18 niños que crecerán libres, tres bebés que nacerán lejos de este infierno, ancianos que morirán en camas, no en cámaras de gas.
Y aunque me maten aquí mismo, aunque borre mi nombre de todos los registros, ya ganamos, porque cada vida salvada es una victoria que ustedes nunca podrán borrar. Reinhart la miró en silencio durante varios segundos. Había algo en los ojos de esa chica que lo perturbabaprofundamente, algo que no podía categorizar ni entender, una calma absoluta, como si ya hubiera aceptado su destino.
Y al hacerlo se hubiera vuelto intocable de una manera que ningún arma podía quebrar. Hizo un gesto brusco a los soldados. Agarraron a Miriam por los brazos con tanta fuerza que le dejaron moretones instantáneos. Ella no opuso resistencia. No tenía sentido. Le quitaron la muleta, perdió el equilibrio y habría caído si los soldados no la sostuvieran.
Pero cuando pasó junto al Dr. Lewin, cuando quedaron a centímetros de distancia, le susurró una sola palabra con los labios sin emitir sonido. Corre. Y el doctor corrió. Aprovechó el segundo de distracción cuando los soldados se concentraban en Miriam. Subió por la trampilla, saltó hacia la bodega y desapareció entre las sombras del amanecer.
Los soldados intentaron seguirlo, pero Reinhart levantó la mano con un gesto perezoso. Déjenlo, ya tenemos lo que necesitamos. Una liciada no puede correr lejos. Arrastraron a Miriam de vuelta a través del túnel, de vuelta al gueto, de vuelta al mundo que ella había intentado que 70 personas abandonaran. La llevaron directamente a la prisión de Paviak, una fortaleza de piedra gris en la calle Zielna, que era sinónimo de tortura, interrogatorios y ejecuciones.
Las celdas solían a sangre seca, orina y desesperación acumulada durante meses. Durante tr días completos, 72 horas que se sintieron como 72 años, intentaron que delatara a los demás. Le preguntaron nombres, lugares, contactos del lado ario, quién había falsificado los documentos, quién dirigía la red de escape, dónde estaban los túneles, cuántas personas habían escapado, a dónde las habían llevado Miriam guardó silencio, la golpearon.
Un oficial con puños como masas le rompió dos costillas con golpes calculados. Le dislocaron el hombro derecho jalándole el brazo hacia atrás hasta que escucharon el chasquido del hueso saliendo de su lugar. La sumergieron en agua helada hasta que perdió el conocimiento. La revivieron. Repitieron el proceso.
Le quemaron la planta de los pies con cigarrillos, le arrancaron dos uñas de las manos con alicates. Pero cada vez que le preguntaban, ella solo decía con voz rota, pero firme, “No sé nada. Actué sola. No hubo nadie más. Era mentira y Reinhard lo sabía perfectamente, pero también sabía, con una certeza que lo enfurecía, que esa chica jamás hablaría.
Podían romperle todos los huesos, podían quemarla viva, podían torturarla durante semanas y ella seguiría repitiendo la misma mentira, protegiendo a los demás con su silencio. Había algo en sus ojos, incluso cuando estaban hinchados y llenos de sangre, que lo perturbaba más que cualquier prisionero que hubiera interrogado antes.
Una determinación que iba más allá del miedo, más allá del dolor, más allá de la razón. El 17 de enero de 1943, a las 7 de la mañana exactamente, Miriam Halberstam fue sacada de su celda y llevada al patio central del gueto. Cientos de personas fueron obligadas a salir de sus casas, de sus escondites, de sus trabajos para presenciar la ejecución pública.
era la estrategia nazi perfeccionada, el terror público como herramienta de control, el castigo visible como advertencia a quienes pensaran en resistir. Levantaron una orca improvisada en medio de la plaza usando una viga de madera que habían arrancado de un edificio bombardeado. Miriam fue conducida hacia allí cojeando con su única pierna sin muleta, sostenida por dos soldados que la arrastraban más que la guiaban.
Su rostro estaba hinchado por los golpes, cubierto de moretones que iban del amarillo al negro. Su ropa estaba manchada de sangre seca. Tenía los labios partidos, el ojo izquierdo casi cerrado por la hinchazón, pero caminaba con la cabeza en alto, mirando al frente, negándose a bajar la mirada. Reinhard leyó la sentencia en voz alta, primero en alemán y luego en polaco para que todos entendieran perfectamente.
Esta mujer, Miriam Halberstam, ha sido condenada por los crímenes de traición al Rich Alemán, sabotaje de las políticas de reasentamiento, ayuda y encubrimiento de fugitivos, falsificación de documentos oficiales y resistencia armada contra la autoridad legítima. Su castigo, de acuerdo con las leyes militares del Reik, es la muerte por ahorcamiento.
Que su destino sirva de advertencia a todos aquellos que consideren desafiar la ley. Colocaron la soga de cáñamo grueso alrededor de su cuello. Era áspera, raspaba la piel. Miriam cerró los ojos por un momento, luego los abrió y miró hacia la multitud reunida a la fuerza. buscó los rostros que conocía y aunque no podía verlos claramente a través del ojo hinchado y las lágrimas que no derramaba, supo que entre esas personas había padres cuyos hijos habían escapado gracias a ella.
Ancianos que seguían respirando porque ella los guió a través de túneles oscuros. Madres que sostendrían a sus bebés en brazos porque ella decidió queesas vidas valían más que la propia. No gritó, no lloró, no suplicó clemencia, solo cerró los ojos una última vez. Y en el instante, antes de que tiraran de la palanca, en ese segundo eterno entre la vida y la muerte, susurró algo que solo ella escuchó.
Palabras en jidish que flotaron en el aire frío. David, mamá, ya voy, los veo pronto. La palanca se activó, su cuerpo cayó, la soga se tensó y todo terminó. El silencio que siguió fue absoluto. Ni un grito, ni un soyo, ni un gemido. Los nazis esperaban terror, querían llanto, deseaban ver el sometimiento total. Pero lo que obtuvieron fue algo completamente diferente, un silencio lleno de furia contenida, de promesas silenciosas, de una determinación que ninguna soga podría estrangular jamás, porque en ese momento todos los que miraban
entendieron algo fundamental. Miriam no había muerto derrotada, había muerto victoriosa. Miriam Halberstam no murió ese día de enero en el gueto de Varsovia. Su cuerpo murió, su corazón dejó de latir, sus pulmones dejaron de respirar. Pero ella, la esencia de quién era, la chispa que la convirtió en héroe, eso no murió, eso se multiplicó.
De las 70 personas que salvó, 18 eran niños que no entendían completamente lo que estaba pasando, pero que nunca olvidaron a la chica con la muleta que los guió hacia la libertad. Esos niños sobrevivieron la guerra escondidos en conventos, granjas, sótanos. Crecieron, se convirtieron en adultos, tuvieron hijos propios y nietos y bisnietos.
Hoy en 2024 más de 230 personas viven en Israel, Estados Unidos, Argentina, Polonia, Canadá y Australia, porque una chica de 18 años con una sola pierna decidió que el miedo no podía ser más grande que el amor, que la inacción no era una opción, que 70 vidas valían cualquier sacrificio. El Dr. Aaron Lewin sobrevivió la guerra.
Después de escapar aquella madrugada, se escondió en el lado ario durante 18 meses, cambiando de refugio cada tres semanas, viviendo con documentos falsos, trabajando como limpiador de calles para no levantar sospechas. Cuando Varsovia fue liberada en enero de 1945, lloró durante 3 días sin parar. En 1947 emigró a Palestina, que pronto se convertiría en Israel.
Trabajó como médico en Tel Aviv hasta 1982 y dedicó cada momento libre que tuvo durante 35 años a documentar las historias de resistencia del geteto de Varsovia. En 1961 publicó un libro titulado Los que no se rindieron, Testimonios de la resistencia judía en Varsovia, 1940-1943. En él dedicó un capítulo completo de 42 páginas a Miriam Halberstam.
Escribió: “Miriam no era soldado profesional, no tenía entrenamiento militar formal, no tenía acceso a armas modernas ni a recursos logísticos, solo tenía una muleta de madera, una pierna que le dolía cada día y un corazón más grande que todo el horror que la rodeaba. Y con eso, con solo eso, hizo más que muchos ejércitos bien equipados.
Salvó vidas cuando el mundo entero parecía dedicado a destruirlas. Y aunque murió con solo 18 años, vivió más intensamente que muchos que alcanzan los 80. Hans Keller, el joven desert alemán que arriesgó todo para escoltar a 30 personas hacia la libertad, fue capturado en febrero de 1943 durante una redada aleatoria.
Alguien lo reconoció. Lo entregaron a las SS. Fue juzgado por traición en un tribunal militar que duró exactamente 17 minutos. La sentencia fue fusilamiento antes de ser ejecutado en la prisión de Paguia. En la misma celda donde habían torturado a Miriam, Hans escribió una carta de dos páginas en papel robado. Logró contrabandeada fuera de la prisión a través de un guardia polaco que aceptó entregarla a cambio de nada solo porque la historia lo conmovió.
La carta decía, en parte, si hay algo que aprendí de Miriam Halverstam, es que el coraje no necesita un cuerpo entero ni un ejército detrás. Solo necesita un alma que se niegue a romperse, que diga no cuando todo el mundo dice sí, que elija la humanidad cuando la inhumanidad es más fácil. Muero sabiendo que traicioné a mi país, pero que permanecí fiel a mi conciencia.
Y eso al final es lo único que importa. La carta se conserva hoy en el museo del holocausto de Jerusalén en una vitrina de vidrio junto a otros testimonios de resistencia. Samuel Halberstam, el padre de Miriam, murió en el gueto en abril de 1943, 3 meses después de la ejecución de su hija. Algunos dicen que murió de hambre, otros que el tifus finalmente lo alcanzó.
Pero quienes lo conocieron dijeron que simplemente dejó de querer vivir, que después de perder a su esposa, a su hijo David y finalmente a Miriam, no encontraba razones para seguir respirando. Pero antes de morir, antes de que su corazón agotado dejara de latir, grabó algo en la pared de su habitación, usando un clavo oxidado que había encontrado en la calle.
Trabajó durante enteras tallando letra por letra con manos temblorosas por la edad y la desnutrición. Cuando terminó, laspalabras decían, “Miriam Halberstam, mi hija, salvó a 70 almas, héroe de Israel. El mundo la olvidará, pero Dios no.” Esa inscripción permaneció en la pared hasta que el edificio fue demolido en 1946 durante la reconstrucción de Varsovia.
Pero alguien la fotografió antes. La fotografía existe todavía. Hoy en el Jadbahem, el museo del holocausto de Jerusalén, hay una pequeña placa de bronce con el nombre de Miriam Halberstam. Está en el jardín de los justos, aunque ella no era gentil salvando judíos, sino judía salvando judíos. Hicieron una excepción.
La placa está junto a las de otros héroes anónimos del geto de Varsovia, cuyos nombres fueron rescatados del olvido por historiadores dedicados. No tiene fotografía porque no sobrevivió ninguna. No hay estatuas, no hay monumentos grandes, solo una placa pequeña y un nombre grabado en bronce que el tiempo no puede borrar.
La inscripción es simple. Miriam Halberstam 1924-1943 salvó a 70 almas. Murió para que otros vivieran. Y cada año, el 17 de enero, en el aniversario de su muerte, un grupo de descendientes de esas 70 personas se reúne en Varsovia. Vienen desde Israel, desde Estados Unidos, desde Argentina. Traen fotografías de sus hijos y nietos.
Encienden 70 velas en la plaza donde alguna vez estuvo la orca. Rezan en hebreo, en Jidish, en polaco y cuentan la historia de una chica de 18 años que perdió una pierna, pero nunca perdió la esperanza. Porque hay batallas que no se ganan con tanques, con bombarderos, con ejércitos de millones.
Se ganan con pasos lentos de una chica que cojea, con muletas de madera talladas a mano, con decisiones tomadas en la oscuridad de túneles subterráneos cuando nadie está mirando, cuando nadie aplaude, cuando el mundo entero parece haber olvidado lo que significa ser humano. Miriam Halberstam fue colgada por salvar vidas en lugar de aceptar la muerte pasivamente.
Fue ejecutada por creer que 70 vidas valían más que su propia seguridad. fue asesinada por tener el coraje de actuar cuando era más fácil esconderse. Pero su muerte no fue un final, fue un eco. Un eco que todavía resuena 81 años después en cada persona que elige la humanidad sobre el miedo, la acción sobre la pasividad, el amor sobre el odio.
un eco que vive en cada uno de esos 230 descendientes que respiran porque ella decidió que respirar era un derecho que valía la pena defender. Y ese eco, a diferencia de su cuerpo que fue enterrado en una fosa común sin nombre, nunca podrá ser silenciado. Porque los tiranos pueden matar personas, pero no pueden matar ideas, no pueden matar la memoria, no pueden matar el ejemplo.
y Miriam Halberstam fue las tres cosas: una persona, una memoria y un ejemplo, que el tiempo no borrará. Si conoces a alguien de tu ciudad y país cuya historia merezca ser contada, escríbela en los comentarios. Quizás el próximo héroe invisible sea el tuyo.















