
LA ESCLAVA y el hijo del patrón: un pecado que se pagó con sangre
En el año de 1748, en una hacienda perdida entre los cerros de Veracruz, donde el aire olía siempre a caña quemada y a tierra mojada por la sangre de quien la trabajaba, una mujer de manos curtidas y ojos hundidos guardaba un secreto que de salir a la luz la condenaría a morir azotada frente a toda la capilla.
llevaba en el vientre al hijo del patrón chico. Y nadie, ni siquiera el padre del niño, sabía todavía que ese pecado ya crecía dentro de ella como una sentencia. La hacienda San Jerónimo del Monte se alzaba como un reino cerrado sobre sí mismo. Tres generaciones de la familia Rivadeneira habían levantado esas paredes de adobe y cal, esos corrales inmensos, esos trapiches que gemían día y noche bajo el peso de la molienda.
El patrón grande, don Ignacio Rivadeneira, era un hombre endurecido por el sol y la administración severa, devoto de la Virgen del Carmen y capaz de ordenar 50 azotes por una falta menor. Su hijo, don Vicente tenía 23 años y una mirada que jamás se posaba en los rostros de los esclavos, como si no fueran más que sombras necesarias para que la tierra siguiera dando fruto.
Pero Jacinta, esclava nacida en la hacienda, hija de una mujer traída de las costas de Guinea y de un hombre cuyo nombre nunca conoció, había aprendido desde niña a no existir demasiado. Tenía 22 años, la piel oscura como el barro seco, las manos llenas de cicatrices por cortar caña y lavar ropa en el río, y una voz que casi nunca se escuchaba.
Trabajaba en la casa grande desde los 15, limpiaba los pisos de ladrillo, planchaba las camisas de lino, servía el chocolate en las mañanas. Sabía caminar sin hacer ruido, bajar la mirada cuando un patrón entraba. desaparecer cuando la conversación de los blancos se volvía íntima o peligrosa. Lo que nadie sabía, ni siquiera su madre enferma, que dormía en el barracón de las mujeres viejas, era que don Vicente la había tocado por primera vez tres meses atrás en la despensa oscura detrás de la cocina, sin decir una palabra, solo apretándole el
brazo hasta lastimarla y empujándola contra los sacos de maíz. Jacinta no gritó, no lloró, no se resistió. Sabía que resistirse significaba la muerte o algo peor. Cuando él terminó, se acomodó los pantalones, salió sin mirarla y ella se quedó ahí temblando, sintiendo el olor a humedad y a sudor mezclado con su propio miedo.
Eso ocurrió cuatro veces más. Siempre en lugares ocultos, siempre en silencio, siempre sin testigos. Don Vicente jamás le habló, jamás le dirigió una palabra antes o después, como si esos encuentros no existieran fuera de esos momentos robados. Y Jacinta aprendió a seguir trabajando, a limpiar, a servir el desayuno, a no mirar nunca a los ojos al hijo del patrón cuando él pasaba frente a ella en el corredor.
Hasta que una mañana al levantarse sintió la náusea y luego otra. Y después se dio cuenta de que su sangre no había llegado. Y supo, con la certeza de quien conoce el peso de una condena que estaba esperando un hijo de don Vicente. No se lo dijo a nadie, ni a su madre, ni a las otras mujeres del barracón, ni al padre Domingo, el cura que venía los domingos a decir misa en la capilla de la hacienda.
siguió trabajando, apretando el estómago cuando la náusea le subía a la garganta, disimulando el cansancio que le pesaba en los huesos. Sabía que si alguien se enteraba antes de tiempo, la acusarían de haber seducido al patrón chico de haber usado brujerías o artes diabólicas para corromper a un hombre blanco y cristiano.
Y eso en San Jerónimo del Monte se pagaba con la muerte. Las semanas pasaron lentas, pesadas, como el calor de mayo. Don Vicente seguía paseando por la hacienda con esa indiferencia que parecía natural en los hijos de los patrones. Montaba a caballo para revisar los cultivos. Comía con su padre en el comedor grande. Hablaba de números y de cosechas.
Jamás volvió a tocar a Jacinta, ni siquiera la miraba. Era como si ella nunca hubiera existido para él, como si esas cuatro veces en la despensa y en el cuarto de los aperos hubieran sido un sueño que él ya no recordaba. Pero Jacinta no podía olvidar. El vientre comenzaba a abultarse apenas un poco, lo suficiente para que ella lo notara cuando se lavaba en el río antes del amanecer.
Empezó a usar una faja apretada bajo la blusa de algodón a caminar encorbada. a evitar que las otras mujeres la vieran desnuda. Sabía que tenía poco tiempo. En dos meses más, tal vez tres, ya no podría ocultar la verdad. Fue entonces cuando llegó a San Jerónimo del Monte el nuevo administrador de la hacienda vecina, don Eulalio Mendoza, un hombre de unos 50 años, viudo, conocido por su severidad y por haber denunciado a tres esclavos fugitivos en la hacienda de su antiguo patrón.
Don Ignacio lo invitó a cenar para hablar de negocios, de la cosecha compartida, de los límites entre las tierras. Y durante esa cena, don Eulalio observó todo con esos ojos pequeños yfríos que parecían capaces de ver a través de las paredes. Jacinta sirvió el vino esa noche. Mantuvo la cabeza baja, los movimientos lentos, la respiración controlada, pero sintió la mirada de don Eulalio clavada en ella cuando se inclinó para llenar las copas.
Y cuando salió del comedor, escuchó su voz preguntando con tono casual, “¿Esa muchacha siempre ha trabajado en la casa grande?” Don Ignacio respondió que sí, que era una esclava confiable, discreta, nacida en la hacienda. Don Vicente no dijo nada, pero Jacinta desde la cocina sintió como el silencio de él pesaba más que cualquier palabra.
A partir de esa noche, don Eulalio comenzó a visitar San Jerónimo del Monte con frecuencia. Siempre tenía algún asunto que tratar con don Ignacio. Siempre encontraba una excusa para quedarse a comer o a tomar café en el corredor. Y siempre, siempre su mirada buscaba a Jacinta. Una tarde, mientras ella barría el patio trasero, don Eulalio se le acercó.
habló en voz baja, casi un susurro. Tienes el vientre hinchado, muchacha, y no es por comer demasiado. Jacinta dejó de barrer. El corazón le latía tan fuerte que creía que don Eulalio podía escucharlo. No sé de qué habla, patrón. Claro que sabes. Y yo también sé. La pregunta es, ¿quién es el padre? Ella no respondió, miró el suelo, apretó el mango de la escoba, sintió como el miedo le cerraba la garganta.
Don Eulalio se acercó más, tanto que ella pudo oler el tabaco en su aliento. Si no me lo dices a mí, se lo diré a don Ignacio y entonces será peor para ti, mucho peor. Jacinta levantó la mirada por un instante. Vio en los ojos de ese hombre una mezcla de curiosidad y poder, la misma expresión de quien disfruta ejerciendo control sobre lo que no tiene defensas.
y tomó una decisión que marcaría todo lo que vendría después. Fue un hombre de afuera, patrón, un arriero que pasó hace meses, ya no está aquí. Don Eulalio la estudió en silencio, luego sonríó, pero no era una sonrisa amable. Mentirosa, los arrieros no entran a la casa grande y tú nunca sales de aquí. Pero está bien, guardaré tu secreto por ahora.
y se alejó, dejándola temblando, sabiendo que acababa de empeorar las cosas. Esa noche Jacinta no durmió. Sabía que don Eulalio no dejaría el asunto así. Sabía que seguiría observándola, presionándola hasta descubrir la verdad o hasta que alguien más se diera cuenta. Y entonces sería el fin.
Al día siguiente, mientras lavaba la ropa en el río junto a las otras mujeres, una de ellas, una esclava vieja llamada Petrona, se sentó a su lado y habló sin mirarla. Sé lo que te pasa, niña. No soy ciega. Jacinta dejó de refregar la camisa que tenía en las manos. No me pasa nada, tía Petrona. No me mientas y no te culpo. Aquí todas hemos pasado por lo mismo.
La diferencia es que algunas tuvimos la suerte de perder al niño antes de que se notara, otras no. Jacinta sintió como las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó salir. ¿Qué hago? Petrona siguió lavando sus manos viejas y arrugadas moviendo la ropa con fuerza. Hay una mujer en el pueblo detrás de la iglesia, sabe de hierbas.
Puede ayudarte. No quiero matarlo. Entonces prepárate para morir tú. Jacinta cerró los ojos. Sabía que Petrona tenía razón. Sabía que no había salida, pero algo dentro de ella, algo más fuerte que el miedo, le impedía buscar a esa mujer del pueblo. No era amor por el niño, ni siquiera era instinto maternal.
era algo más profundo, más oscuro. La certeza de que ese niño era la única prueba de que ella había existido, de que su cuerpo había significado algo más que un objeto al servicio de otros. Los días siguieron pasando lentos y pesados, como el barro después de la lluvia. Don Eulalio seguía visitando la hacienda y su mirada seguía buscando a Jacinta en cada rincón.
Don Vicente continuaba con su vida como si nada hubiera pasado, como si ella fuera invisible. Y don Ignacio, cada vez más irritable por problemas con la cosecha y con los precios del azúcar, comenzaba a perder la paciencia con todo y con todos. Fue en junio durante la festividad de San Juan, cuando todo comenzó a desmoronarse.
La Hacienda organizaba cada año una misa especial en la capilla, seguida de una comida para los patrones y sus invitados. Los esclavos podían descansar ese día, pero debían asistir a la misa y trabajar en la preparación de la comida. Jacinta, que ya tenía casi 5 meses de embarazo y apenas podía ocultar el vientre bajo la faja y la blusa holgada, ayudaba en la cocina cuando sintió un mareo tan fuerte que tuvo que apoyarse en la mesa.
Una de las mujeres, Juana, la vio y corrió a sostenerla. ¿Estás bien? Sí, solo es el calor. Pero cuando Juana la ayudó a sentarse, su mano rozó el vientre de Jacinta y lo sintió. Jacinta vio en los ojos de Juana el momento exacto en que ella comprendió y supo que ya no había marcha atrás. Juana no dijo nada en ese momento, peroJacinta sabía que el secreto ya no era suyo.
Sabía que Juana hablaría, que las otras mujeres se enterarían y que eventualmente alguien llegaría hasta los oídos de don Ignacio. Esa noche, después de que todos se fueron a dormir, Jacinta caminó hasta el barracón donde dormía su madre. La encontró despierta, tosiendo, cubierta con una manta vieja. Mamá, tengo que decirte algo. Su madre, que se llamaba Felipa y que había sobrevivido a 30 años de esclavitud y a la muerte de cuatro hijos antes de que crecieran, la miró con esos ojos cansados que ya habían visto demasiado.
Ya sé, niña, todas lo saben. Jacinta se arrodilló junto a ella y por primera vez en meses se permitió llorar. ¿Qué voy a hacer, mamá? Felipa le acarició el pelo despacio con la ternura que solo una madre puede tener incluso en medio del sufrimiento. Vas a vivir todo lo que puedas y vas a tener a ese niño y si te matan por eso, al menos habrás dejado algo tuyo en este mundo.
No quiero morir. Nadie quiere, niña. Pero aquí no elegimos cómo vivir ni cómo morir. Solo podemos elegir si nos rendimos o no. Jacinta abrazó a su madre sintiendo como los huesos de ella se marcaban bajo la piel y se juró a sí misma que no se rendiría. A la mañana siguiente, don Eulalio llegó temprano a la hacienda.
Pidió hablar con don Ignacio en privado. Estuvieron encerrados en el despacho durante casi una hora. Cuando salieron, don Ignacio tenía el rostro enrojecido de furia. Mandó llamar a Jacinta. Ella entró al despacho con las piernas temblando, sabiendo que ese era el momento que había estado temiendo durante meses. Don Ignacio estaba de pie detrás de su escritorio con los puños apretados sobre la madera.
Don Eulalio estaba sentado en una silla con esa sonrisa satisfecha de quien acaba de ganar una apuesta. Y don Vicente, pálido y rígido, estaba parado junto a la ventana, sin mirar a nadie. Quítate la faja”, ordenó don Ignacio. Jacinta no se movió. “Quítate la faja o te la quito yo.” Con las manos temblando, Jacinta se desató la faja que le apretaba el vientre.
La tela cayó al suelo y el embarazo se hizo evidente bajo la blusa. Don Ignacio respiró hondo, como si tratara de controlar una furia que amenazaba con desbordarse. ¿Quién es el padre? Jacinta mantuvo la cabeza baja. Un hombre que ya no está aquí, patrón. Mentira! Gritó don Ignacio golpeando el escritorio. Los esclavos no tienen contacto con hombres de afuera.
Dime la verdad o te mando azotar hasta que hables. Jacinta cerró los ojos. Sabía que si decía la verdad, don Vicente negaría todo. Sabía que la palabra de un patrón valía infinitamente más que la de una esclava. Sabía que la culpa siempre recaería sobre ella sin importar lo que dijera. No puedo decirlo, patrón. No puedes o no quieres.
No puedo. Don Ignacio la miró con una mezcla de desprecio y algo más. Algo que Jacinta tardó un momento en reconocer. Era miedo. Miedo de que la verdad fuera peor de lo que imaginaba. Enciérrenla en el cuarto de castigo ordenó. Mañana decidiremos qué hacer con ella. Dos hombres la llevaron a un cuarto pequeño y oscuro detrás de los establos, un lugar donde encerraban a los esclavos que intentaban huir o que cometían faltas graves.
La dejaron ahí sin agua, sin comida, con solo un catre sucio y una ventana alta por donde entraba un rayo de luz. Jacinta se sentó en el suelo abrazándose las rodillas, sintiendo como el niño se movía dentro de ella, y por primera vez le habló en voz baja como si pudiera escucharla. No sé si vas a nacer, no sé si voy a vivir para verte, pero quiero que sepas que intenté protegerte, intenté darte una oportunidad.
Pasó la noche ahí escuchando los sonidos de la hacienda, los caballos en los establos, los perros ladrando, las voces de los hombres que hablaban en el patio. Y en algún momento de la madrugada escuchó pasos acercándose. La puerta se abrió. Era don Vicente. Entró despacio, cerró la puerta detrás de él y, por primera vez desde que todo comenzó, la miró a los ojos.
Lo siento”, dijo, y su voz sonaba extraña, rota. Jacinta no respondió, no sabía qué decir. “Mi padre sospecha que fui yo. Don Eulalio también lo sospecha, pero no pueden probarlo si tú no lo dices. No voy a decirlo.” Don Vicente se sentó en el catre con la cabeza entre las manos. No sé qué hacer. Si admito que es mío, mi padre me desheredará, me echará de la hacienda y mi madre morirá de vergüenza.
Jacinta lo miró y sintió algo extraño. No era lástima, ni odio, ni siquiera desprecio. Era algo más parecido al reconocimiento de que ambos estaban atrapados en un sistema que los superaba, que los controlaba, que les impedía ser más que roles asignados. ¿Alguna vez pensaste en mí?”, preguntó ella con voz suave.
“¿Alguna vez pensaste que yo también tengo madre? ¿Que yo también tengo miedo?” Don Vicente levantó la mirada. “Sí, pienso en ti todo el tiempo y me odio por ello. ¿Y eso qué cambia?” “Nada, nocambia nada.” Se quedaron en silencio, rodeados por la oscuridad del cuarto, por el peso de un secreto que los unía y los destruía al mismo tiempo.
Finalmente, don Vicente se levantó. Voy a intentar convencer a mi padre de que te deje vivir, pero no puedo prometer nada. Y se fue dejándola sola otra vez. Al día siguiente, don Ignacio mandó llamar al padre domingo. El cura llegó al mediodía con su sotana negra y su biblia bajo el brazo. Entró al cuarto donde estaba Jacinta, se sentó frente a ella y habló con esa voz que intentaba ser amable, pero que solo sonaba condescendiente.
Hija mía, estás en pecado mortal. has fornicado, has corrompido tu cuerpo y tu alma, pero Dios es misericordioso. Si confiesas la verdad, si dices, ¿quién es el padre de esa criatura, podrás recibir el perdón divino antes de recibir tu castigo terrenal? Jacinta lo miró fijamente. Y si confieso, padre, me perdonarán la vida. El padre Domingo bajó la mirada.
Eso no depende de mí, hija, depende de don Ignacio. Entonces, no hay perdón, solo hay castigo. El verdadero perdón está en el cielo, no en esta tierra. Jacinta sonríó. Una sonrisa amarga y triste. Entonces, prefiero guardarme mi confesión para cuando llegue allá. El padre Domingo se levantó indignado. Eres una pecadora obstinada.
Que Dios tenga piedad de tu alma. y salió dejándola sola otra vez. Los días siguieron pasando. Jacinta seguía encerrada, recibiendo solo agua y un poco de pan duro una vez al día. Su madre intentó visitarla, pero don Ignacio no se lo permitió. Petrona logró acercarse una noche y le pasó a través de la ventana un poco de comida envuelta en un trapo. “No hables, niña”, le dijo.
No les des el gusto. Y Jacinta no habló. Hasta que una mañana don Eulalio llegó con una propuesta, entró al cuarto, se paró frente a ella y habló con esa voz que pretendía ser razonable. Don Ignacio está dispuesto a perdonarte la vida si confiesas quién es el Padre. Y yo estoy dispuesto a comprarte a ti al niño cuando nazca. Trabajarás en mi hacienda.
Será duro, pero al menos estarás viva. Jacinta lo miró. Y si digo que el padre es don Vicente, don Eulalio sonríó. Entonces lo comprobaremos. Y si es verdad, don Vicente será castigado. Tal vez no con la muerte, porque es hijo de patrón, pero sí con la deshonra y tú vivirás. Jacinta respiró hondo.
Sabía que esa era su única oportunidad. Sabía que si decía la verdad, tal vez podría salvar su vida y la de su hijo, pero también sabía que estaría traicionando a don Vicente, que a pesar de todo había mostrado algo parecido al remordimiento, algo parecido a la humanidad, y aún así decidió hablar. El padre es don Vicente.
Don Eulio asintió satisfecho. Bien, ahora lo repetirás delante de don Ignacio. Y así fue como Jacinta al final rompió su silencio. La confrontación ocurrió esa misma tarde en el despacho de don Ignacio. Estaban todos presentes. Don Ignacio, don Eulalio, don Vicente, el padre Domingo y Jacinta de pie en el centro, sintiendo las miradas de todos clavadas en ella.
Repite lo que me dijiste”, ordenó don Eulalio. Jacinta miró a don Vicente. Él estaba pálido con los ojos fijos en el suelo. “El padre de mi hijo es don Vicente.” El silencio que siguió fue tan denso que parecía pesar sobre todos como una losa. Don Ignacio se volvió hacia su hijo. “¿Es verdad?” Don Vicente no respondió. responde.
Y entonces, en lugar de negar, don Vicente hizo algo que nadie esperaba. Levantó la mirada, miró a su padre a los ojos y dijo, “Sí, es verdad. Don Ignacio retrocedió como si su hijo acabara de golpearlo físicamente. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerle esto a tu familia? Es una esclava. Lo sé. Y aún así, no tengo excusa, padre.
No hay nada que pueda decir para justificarlo. Don Ignacio se dejó caer en su silla con el rostro descompuesto. El padre Domingo se acercó a don Vicente. Hijo mío, has cometido un pecado gravísimo. Has fornicado con una esclava. Has engendrado un bastardo. Has deshonrado a tu familia y a tu nombre.
Debes hacer penitencia. Debes arrepentirte ante Dios. Don Vicente asintió, pero no dijo nada más. Don Eulalio, que observaba todo con esa expresión de satisfacción apenas disimulada, habló entonces. Don Ignacio, mi oferta sigue en pie. Puedo comprar a la esclava y al niño cuando nazca. Eso resolvería el problema.
Don Ignacio levantó la mirada y en sus ojos había algo que Jacinta reconoció de inmediato. Era odio. Odio hacia ella, hacia su hijo, hacia la situación que él no podía controlar. No. La esclava será castigada públicamente. Recibirá 50 azotes en la plaza de la hacienda delante de todos. Eso servirá de ejemplo para que nadie más intente corromper a mi familia.
Y el niño preguntó don Eulalio, si sobrevive al castigo y al parto, se lo venderé, pero no quiero ver ni a ella ni a esa criatura en mi tierra. Jacinta sintió como las piernas le temblaban, pero no cayó, no lloró, nosuplicó, simplemente se mantuvo de pie con la cabeza en alto, aceptando su destino.
Don Vicente dio un paso adelante. Padre, por favor, no la castigues. Yo fui quien. Cállate. Tú serás enviado a la ciudad de México. Vivirás con tu tío y trabajarás en sus negocios. No quiero verte aquí durante los próximos años y no heredarás esta hacienda. Se la dejaré a tu hermano menor cuando tenga edad. Don Vicente cerró los ojos derrotado.
Y así se selló el destino de todos. El castigo público se llevó a cabo tres días después, un domingo después de la misa. Todos los esclavos de la hacienda fueron obligados a presenciar el castigo. Jacinta fue llevada a la plaza central, donde habían instalado un poste de madera. Le ataron las manos por encima de la cabeza, le quitaron la blusa dejando su espalda desnuda y su vientre abultado, expuesto para que todos lo vieran.
Don Ignacio leyó en voz alta la sentencia. Por el pecado de fornicación y por haber corrompido a un miembro de la familia Ribadeneira, la esclava Jacinta recibirá 50 azotes. El capataz, un hombre llamado Eusebio, que llevaba 20 años trabajando en la hacienda, levantó el látigo. El primer golpe resonó en el aire como un trueno. Jacinta apretó los dientes, pero no gritó.
El segundo golpe abrió la piel de su espalda. La sangre comenzó a correr. En el tercer golpe escuchó a su madre gritar su nombre, pero no podía mirarla. No podía hacer nada más que resistir. Los azotes siguieron cayendo uno tras otro, cada uno más doloroso que el anterior. Jacinta perdió la cuenta después del décimo. El mundo se volvió rojo, luego gris, luego negro.
Sentía como la sangre le corría por la espalda, como las piernas le fallaban, como el niño dentro de ella se movía, agitado, asustado. Cuando llegaron al azote número 30, sintió algo caliente entre las piernas y supo que estaba perdiendo al niño. Cuando llegaron al azote número 40, ya no sentía nada, solo un vacío inmenso, como si su cuerpo ya no le perteneciera.
Cuando llegaron al azote número 50, Jacinta ya había perdido el conocimiento. La desataron y la dejaron caer al suelo como un saco. Su madre corrió hacia ella gritando, llorando, tratando de levantarla. Petrona y otras mujeres la ayudaron a llevarla al barracón. La acostaron en un catre, le lavaron las heridas con agua y sal.
Le cubrieron la espalda destrozada con trapos limpios. Esa noche Jacinta abortó. El niño nació muerto, pequeño, deforme, con la piel azul. Felipa lo envolvió en una manta vieja y lo enterró detrás del barracón, sin cruz, sin nombre, solo una pequeña piedra para marcar el lugar. Jacinta sobrevivió, aunque todos esperaban que muriera.
Pasó tres semanas sin poder moverse, con fiebre, delirando, llamando a veces a su madre, a veces a don Vicente, a veces al niño que nunca llegó a conocer. Cuando finalmente pudo levantarse, don Eulalio llegó a la hacienda para cumplir su parte del trato. Pero don Ignacio, en un último acto de crueldad o tal vez de extraño remordimiento, se negó a venderla.
Ya recibió su castigo, dijo. Puede quedarse aquí y seguir trabajando. Pero si vuelve a mirar a mi hijo, si vuelve a causar problemas, la mataré yo mismo. Don Eulalio protestó, pero don Ignacio no cambió de opinión. Don Vicente se fue a la Ciudad de México dos días después, sin despedirse de nadie, sin mirar atrás.
Nunca volvió a San Jerónimo del Monte. Jacinta siguió trabajando en la hacienda. Su espalda quedó marcada para siempre. Un mapa de cicatrices que contaban una historia que nadie quería escuchar. Su madre murió se meses después, tosiendo sangre, llamándola hasta el final. Y Jacinta siguió viva. Pasaron los años, don Ignacio envejeció. Se volvió más severo, más amargado.
La hacienda siguió produciendo azúcar. Los esclavos siguieron trabajando. La vida siguió su curso como si nada hubiera pasado. Hasta que una tarde de 1763, 15 años después de aquel castigo público, llegó a la hacienda un hombre joven. Tenía unos 35 años. vestía ropa elegante, montaba un caballo fino. Pidió hablar con don Ignacio.
Jacinta, que ahora tenía 37 años y trabajaba en la cocina, lo vio pasar y reconoció en sus ojos, en la forma de caminar algo familiar. Era don Vicente. Había vuelto. Esa noche, mientras Jacinta lavaba los platos después de la cena, don Vicente entró a la cocina. estaba solo, se quedó parado en la puerta mirándola. Jacinta, no respondió, siguió lavando.
He pensado en ti todos estos años. ¿Para qué? No lo sé. Tal vez para castigarme. Tal vez para recordar lo que hice. Jacinta dejó de lavar, se secó las manos en el delantal y finalmente lo miró. Tu hijo murió por si te importa. Don Vicente cerró los ojos. Lo sé, mi padre me lo escribió. Y por eso volviste para pedir perdón.
Volví porque mi padre está muriendo y porque soy el único hijo que le queda. Mi hermano menor murió de fiebre hace dos años. Entonces, ¿vas a heredar lahacienda? Sí. Jacinta asintió sin expresión. Espero que al menos hayas aprendido algo en estos años. Aprendí que el pecado no se paga una sola vez, se paga todos los días con cada recuerdo, con cada remordimiento.
Yo no tengo el lujo de los remordimientos, don Vicente. Yo solo tengo las cicatrices. Y le dio la espalda, volviendo a lavar los platos. Don Vicente se quedó ahí un momento más, luego salió sin decir nada. Don Ignacio murió tres meses después. Don Vicente heredó San Jerónimo del Monte, tal como estaba escrito, y una de sus primeras decisiones como patrón fue liberar a Jacinta.
le dio papeles de libertad, una pequeña suma de dinero y la posibilidad de irse a donde quisiera. Pero Jacinta no se fue. Se quedó en la hacienda trabajando ahora como empleada libre, viviendo en una pequeña casa que don Vicente mandó construir para ella detrás de los barracones. No porque lo perdonara, no porque lo amara, sino porque esa tierra, con todo su dolor y su sangre era lo único que ella conocía.
Y porque las cicatrices en su espalda le recordaban todos los días que había sobrevivido a algo que debió matarla. Don Vicente nunca se casó. Administró la hacienda con severidad, pero sin crueldad. liberó a algunos esclavos viejos, mejoró las condiciones de trabajo, pero nunca volvió a dirigirle la palabra a Jacinta y ella nunca volvió a mirarlo a los ojos.
Pasaron más años, la hacienda cambió, el mundo cambió, las ideas de libertad e independencia comenzaron a soplar desde el norte y desde el sur. Y cuando finalmente estalló la guerra de independencia en 1810, don Vicente cerró la hacienda y se refugió en Veracruz. Jacinta, que entonces tenía 62 años, se quedó en San Jerónimo del Monte con un puñado de antiguos esclavos que tampoco tenían a dónde ir.
Cultivaron un poco de maíz, criaron algunas gallinas, sobrevivieron como pudieron. Y una noche, sentada frente al pequeño montículo donde estaba enterrado su hijo, Jacinta habló en voz baja, como si alguien pudiera escucharla. No sé si hice bien en sobrevivir. No sé si valió la pena todo este dolor, pero aquí estoy. Todavía estoy aquí y eso tiene que significar algo.
Murió 3 años después, en 1813, durante una fiebre que arrasó la región. La enterraron junto a su madre detrás de los viejos barracones, sin cruz, sin nombre, solo una piedra marcando el lugar. Don Vicente se enteró de su muerte 6 meses después. Para entonces la guerra había terminado y México era independiente. Volvió a la hacienda, que estaba casi en ruinas y caminó hasta la tumba de Jacinta.
Se quedó ahí parado un largo rato, mirando la piedra, sintiendo el peso de todos aquellos años. Luego se arrodilló y por primera vez desde aquella noche en 1748 lloró no porque la amara, no porque buscara redención, sino porque finalmente entendía que su pecado no había sido solo el acto de tomarla contra su voluntad, ni el dejarla enfrentar sola las consecuencias.
Su pecado había sido creer que podía vivir como si ella nunca hubiera existido. Y ese pecado, como Jacinta había dicho tantos años atrás, se pagaba todos los días con cada recuerdo, con cada remordimiento. Don Vicente murió dos años después solo en la hacienda vacía. Y cuando lo enterraron en el pequeño cementerio familiar junto a sus padres y su hermano, nadie habló de Jacinta, ni del niño que nunca nació, ni de la sangre derramada en la plaza.
Pero las piedras sin nombre detrás de los viejos barracones seguían ahí silenciosas contando una historia que nadie quería escuchar. Una historia de un pecado que se pagó con sangre, con la sangre de quienes no tenían voz para defenderse, ni poder para elegir, ni siquiera el derecho a ser recordados. Y así quedó sellado en esa tierra para siempre el testimonio de que algunos pecados no se perdonan con oraciones ni con penitencias, solo se pagan y se siguen pagando generación tras generación hasta que alguien se atreva a decir sus nombres en
voz alta. Aunque ese día en San Jerónimo del Monte nunca llegó.















