La Doña del Mercado Vendía Tacos Baratos — Nadie Notó Que Usaba Carne de sus propias hijas

La Doña del Mercado Vendía Tacos Baratos — Nadie Notó Que Usaba Carne de sus propias hijas

¿Alguna vez has mirado tu comida y te has preguntado de dónde viene realmente lo que estás a punto de llevarte a la boca? Alejandro Fuentes, un joven periodista de Ciudad de México, solo quería escribir una historia sobre los famosos tacos del mercado, esos con sabor único que atraían filas de clientes hambrientos cada mañana.

El aroma a carne especiada y el murmullo del mercado escondían algo terrible, una mirada penetrante de la vendedora cuando preguntó por la fotografía de dos jovencitas. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad y a qué hora estás escuchando esta historia, porque después de conocerla, tal vez nunca vuelvas a ver de la misma manera a esa amable vendedora de comida que te saluda cada día.

Acompáñeme y descubra la historia completa. En el corazón de Ciudad de México, el mercado de San Juan bullía de actividad como cada mañana de 1953. El olor a especias, frutas maduras y carne fresca se entremezclaba con el murmullo constante de comerciantes y clientes que negociaban precios bajo el calor húmedo de julio. Entre los puestos de colores vivos y lonas descoloridas por el sol destacaba uno en particular tacos de la doña Mercedes.

Alejandro Fuentes, un joven periodista del Diario Universal, recorría los pasillos estrechos del mercado en busca de historias para su columna semanal sobre la vida cotidiana en la capital. Había escuchado rumores sobre los tacos de la doña Mercedes, cuya popularidad crecía tras día. La gente hacía fila desde temprano para probar aquella carne que, según decían, tenía un sabor único imposible de encontrar en ningún otro puesto.

“Son los mejores tacos de la ciudad y a un precio que nadie puede igualar”, comentó un hombre que esperaba su turno. “La doña tiene un secreto, eso es seguro, pero nadie se atreve a preguntarle. La doña Mercedes era una mujer de unos 60 años de complexión robusta, piel curtida por el sol y manos ásperas que trabajaban con la agilidad de quien lleva décadas en el oficio.

Su rostro, enmarcado por un rebozo negro, rara vez mostraba una sonrisa completa. Sus ojos, negros y penetrantes, observaban a cada cliente con una intensidad inquietante. Alejandro se acercó al puesto y pidió tres tacos. Mientras esperaba, observó el pequeño altar improvisado en una esquina del local.

Velas negras, flores de cempazuchil ya marchitas y la fotografía descolorida de dos jóvenes. ¿Son sus hijas?, preguntó Alejandro intentando iniciar conversación. La doña lo miró fijamente con una expresión que heló la sangre del periodista. Mis niñas, respondió secamente, se fueron hace muchos años. Dios las tenga en su gloria.

Cuando Alejandro probó el primer taco, entendió inmediatamente por qué causaban sensación. La carne, tierna y jugosa, tenía un sabor que no podía comparar con nada que hubiera probado antes. ¿Qué tipo de carne usa doña Mercedes?, preguntó intrigado. La mujer soltó una risa seca mientras limpiaba sus manos en el delantal manchado. Receta familiar joven.

Secretos que una se lleva a la tumba. Al marcharse, Alejandro notó algo perturbador, un pequeño dije de oro que colgaba junto al altar. Podría jurar que era idéntico al que llevaba puesto una de las jóvenes en la fotografía. La incomodidad se instaló en su pecho mientras se alejaba del puesto con el sabor de aquella carne extraña aún presente en su paladar.

Esa tarde, en su pequeño apartamento en la colonia Roma, Alejandro no podía quitarse de la cabeza a la doña Mercedes y sus misteriosos tacos. Algo en aquella mujer le provocaba una inquietud que no lograba explicar. decidió que volvería al día siguiente, esta vez no como cliente, sino como periodista en busca de una historia que presentía escondía algo mucho más oscuro de lo que aparentaba.

La madrugada del jueves, Alejandro despertó sobresaltado. Había soñado con la doña Mercedes. En su pesadilla, la mujer picaba carne mientras tarareaba una canción de cuna, pero lo que cortaba sobre la tabla no era res ni cerdo, sino algo que Alejandro no quería reconocer. se levantó empapado en sudor frío y decidió que ese día investigaría más a fondo.

En la hemeroteca del periódico, Alejandro revisó archivos de años atrás. Después de horas de búsqueda, encontró una pequeña nota de 1947. Desaparecen dos hermanas en el barrio de la Merced. El artículo mencionaba a Teresa y Consuelo Vega, de 17 y 19 años, hijas de Mercedes Vega, una vendedora ambulante de comida.

La policía había investigado sin encontrar rastro de las jóvenes, concluyendo que probablemente habían huido con pretendientes. “Las hijas de la doña”, murmuró Alejandro sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Esa misma tarde regresó al mercado, pero esta vez se dirigió a los puestos cercanos al de Mercedes.

Una anciana que vendía hierbas medicinales accedió a hablar con él siempre y cuando no mencionara su nombre. “La Mercedes no siempre tuvo esepuesto tan próspero”, susurró la anciana mirando nerviosamente a su alrededor. Antes apenas sobrevivía vendiendo tacos de soya. Nadie los compraba porque sabían a cartón. Pero un día, después que sus hijas desaparecieron, todo cambió.

¿Qué pasó con sus hijas?, preguntó Alejandro, sintiendo que se acercaba a algo terrible. La anciana se persignó antes de continuar. Se dice que las niñas querían irse con unos muchachos de Veracruz. La Mercedes se puso como loca. Gritaba que ningún hombre le quitaría a sus hijas, que primero muertas. Y después, después vinieron los tacos nuevos y nunca más se supo de las niñas.

Algunos dicen que se fueron, otros que La mujer guardó silencio abruptamente cuando vio acercarse a un cliente. No debería andar preguntando estas cosas, joven. En este mercado las paredes oyen. Alejandro caminó hasta el puesto de la doña Mercedes, quien estaba sirviendo a una fila de clientes hambrientos. Mientras esperaba, observó el pequeño espacio detrás del mostrador.

Una cortina de cuentas separaba el área de servicio de lo que parecía ser un almacén. Por un instante, la cortina se movió y Alejandro pudo ver parcialmente el interior, ganchos de carnicero, una mesa metálica grande y lo que parecían ser enormes refrigeradores antiguos. Cuando llegó su turno, la doña lo reconoció de inmediato.

El periodista curioso dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Regresó por más tacos o por más preguntas. Ambos”, respondió Alejandro sosteniendo la mirada de la mujer. “Me interesa conocer su historia para mi columna del domingo, la vendedora de los mejores tacos de México. La doña” entrecerró los ojos evaluándolo. “Las historias viejas es mejor dejarlas en paz, joven.

Algunas tienen dientes que muerden a quien las despierta.” Mientras hablaban, Alejandro notó algo perturbador en las manos de Mercedes. Una cicatriz peculiar que recorría su palma izquierda. La misma cicatriz que aparecía en la mano de una de las jóvenes de la fotografía. “Bonito anillo”, comentó la doña señalando la mano de Alejandro.

Oro puro, ¿verdad? Como el que usaba mi Teresita. Algo en su tono hizo que Alejandro sintiera un miedo primitivo, instintivo, sin embargo, mantuvo la compostura. Me gustaría entrevistarla, doña Mercedes, mañana, quizás cuando cierre el puesto. Mañana, asintió la mujer pasándole un taco extra. Este va por cuenta de la casa para que sueñe bonito esta noche, periodista.

La lluvia caía implacable sobre la ciudad aquella noche, convirtiendo las calles en ríos y ahogando los sonidos habituales bajo su constante repiqueteo. Alejandro no podía dormir. El taco que la doña le había regalado permanecía intacto sobre su mesa. Algo le impedía comerlo, una aprensión que no lograba explicar racionalmente.

Un golpe en su puerta lo sobresaltó. Eran casi las 11 de la noche y no esperaba visitas. Al abrir encontró a una mujer mayor, empapada y temblorosa, envuelta en un rebozo desilachado. “Usted es el periodista que hace preguntas sobre Mercedes Vega”, susurró con voz quebrada. Alejandro la invitó a pasar y le ofreció una toalla y café caliente.

La mujer se presentó como Dolores Ríos, antigua vecina de Mercedes en la Merced. “He venido porque alguien debe hablar después de tantos años”, dijo Dolores, mirando constantemente hacia la ventana como temiendo ser observada. “Lo que voy a contarle es algo que he guardado por miedo. Miedo a Mercedes, miedo a que nadie me creyera. Entre soyosos, entrecortados, Dolores relató que hace 6 años vivía en un cuarto contiguo al de Mercedes y sus hijas.

Las jóvenes, Teresa y Consuelo, trabajaban como costureras en una fábrica cercana y soñaban con escapar de la pobreza. Habían conocido a unos muchachos de Veracruz que les prometieron matrimonio y una vida mejor, explicó. Planeaban irse sin decirle nada a su madre, pues sabían que ella nunca lo permitiría. ¿Qué ocurrió la noche que desaparecieron?, preguntó Alejandro tomando notas frenéticamente.

Dolores se persignó tres veces antes de continuar. Era domingo. Escuché gritos terribles, como nunca antes. Mercedes había descubierto los planes de fuga. Las niñas lloraban, suplicaban. Después, un silencio que meó la sangre. La anciana tomó un sorbo de café con manos temblorosas. Al día siguiente, Mercedes dijo a todos que sus hijas se habían marchado durante la noche, pero yo vi cómo arrastraba algo pesado envuelto en sábanas hacia su patio trasero, donde tenía un horno para hacer carnitas. está sugiriendo que Alejandro

no pudo terminar la frase. Tres días después, Mercedes empezó a vender tacos nuevos. Decía que era una receta especial, carne marinada por días. La gente hacía fila para probarlos. Dolores comenzó a llorar desconsoladamente. Nunca dije nada. ¿Quién me creería? Además, Mercedes me miró un día y me dijo, “Las paredes son delgadas, dolores.

Se escucha todo lo que ocurre del otro lado. Supe que era una amenaza.Al mes me mudé lejos, pero nunca pude olvidar.” Alejandro sintió náuseas al escuchar el relato. “¿Por qué viene ahora a contarme esto? Porque ayer vi a Mercedes en el mercado. Me reconoció, me sonrió y dijo, “Dolores, qué flaca estás! Deberías probar mis tacos.

Tengo miedo, señor periodista. Si le ha contado a alguien sobre sus sospechas, yo seré la siguiente. Después de que Dolores se marchara, Alejandro permaneció despierto, atormentado por las imágenes que el relato había sembrado en su mente. Si lo que la mujer decía era cierto, significaba que durante 6 años centenares de personas habían estado comiendo.

El pensamiento era demasiado horrible para completarlo. decidió que necesitaba pruebas. No podía acusar a nadie de algo tan monstruoso basándose únicamente en el testimonio de una anciana asustada. Mañana, durante su entrevista, buscaría la forma de entrar a la trastienda de la doña Mercedes. Necesitaba ver por sí mismo.

El viernes amaneció con un cielo plomizo que amenazaba tormenta. Alejandro llegó temprano al mercado de San Juan antes de que la mayoría de los locales abrieran. Necesitaba observar a la doña Mercedes preparando su mercancía. se ocultó entre los puestos cerrados frente al local de Mercedes, quien acababa de llegar y comenzaba sus preparativos matutinos.

La mujer encendió primero las velas de su pequeño altar, besó la fotografía de sus hijas y murmuró algo que parecía una oración. Luego desapareció tras la cortina de cuentas. Alejandro se movió sigilosamente hasta situarse en un ángulo que le permitiera ver parcialmente el interior. Lo que vio le heló la sangre.

La doña sacaba de un refrigerador antiguo varios paquetes envueltos en papel encerado. Al abrir uno, apareció carne de un color rojizo oscuro que Mercedes comenzó a picar con meticulosa precisión. La carne más tierna es la de los muslos. escuchó decir a la mujer que aparentemente hablaba sola, “¿Verdad, mis niñas? Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Alejandro.

¿Estaba realmente presenciando lo que creía? ¿O acaso las palabras de Dolores habían sembrado en él una idea tan macabra que ahora su mente interpretaba cualquier acción de Mercedes como prueba de un crimen atroz? La doña continuó preparando su puesto, colocando las salsas, cortando cilantro y cebolla, calentando las tortillas.

Sus movimientos eran mecánicos, precisos, como un ritual practicado miles de veces. A mediodía, Alejandro regresó como cliente fingiendo normalidad. “Vine por esa entrevista a doña Mercedes”, dijo con una sonrisa forzada. Claro, joven, pero ahora estoy muy ocupada. Venga cuando cierre. A las 6, respondió la mujer, escrutándolo con aquellos ojos negros que parecían perforar hasta el alma.

Le gustó el taco que le regalé ayer. Alejandro mintió diciendo que había estado delicioso. La doña sonrió mostrando unos dientes amarillentos. Es bueno alimentarse bien. Usted está muy flaco. Durante el resto de la tarde, Alejandro investigó más sobre el pasado de Mercedes Vega. Habló con comerciantes antiguos del mercado, con vecinos de la Merced.

Incluso visitó la comisaría donde supuestamente se había reportado la desaparición de las hermanas Vega. En todos lados encontró fragmentos que unidos formaban una historia perturbadora. Una madre obsesivamente posesiva con sus hijas. El súbito cambio en su fortuna tras la desaparición de las jóvenes, los rumores nunca investigados seriamente.

A las 6 en punto, Alejandro volvió al puesto de tacos. La doña Mercedes estaba limpiando su parrilla con movimientos circulares. La mayoría de los otros puestos ya habían cerrado. “Pase, joven periodista”, invitó Mercedes señalando hacia la trastienda. “Podemos hablar más cómodos allá atrás mientras termino de limpiar.

” Alejandro sintió un nudo en el estómago. Entrar voluntariamente en aquel espacio que había vislumbrado por la mañana requería más valor del que creía tener, pero era su oportunidad de encontrar pruebas. La trastienda era un espacio reducido y sofocante. El olor a grasa y especias se mezclaba con algo más. Un olor dulzón y penetrante que Alejandro no lograba identificar.

En un rincón, los refrigeradores antiguos zumbaban monótonamente. Una mesa metálica ocupaba el centro del espacio con manchas oscuras que el tiempo no había logrado eliminar completamente. “Siéntese.” Ordenó más que invitó Mercedes señalando un pequeño banco. “¿Qué quiere saber exactamente para su artículo?” “Todo,”, respondió Alejandro sacando su libreta.

¿Cómo empezó su negocio? Su famosa receta secreta. La doña sonrió enigmáticamente. Los secretos son para guardarlos, joven. Si se cuentan, dejan de ser secretos. Mientras hablaba, Mercedes continuaba limpiando sus utensilios, incluido un cuchillo de carnicero de hoja ancha que reflejaba la luz mortesina de la única bombilla que iluminaba el espacio.

“Hablé con Dolores ríos”, dijo Alejandroabruptamente, observando la reacción de la mujer. Los ojos de Mercedes se ensombrecieron. Sus manos, que no habían dejado de moverse, se detuvieron. Dolores siempre tuvo mucha imaginación. Respondió finalmente con una voz que parecía venir de ultratumba y una lengua demasiado larga.

También visité la merced, continuó Alejandro intentando mantener firme su voz. Hablé con antiguos vecinos, con la policía. Nadie vio salir a sus hijas aquella noche, doña Mercedes. La mujer se volvió lentamente hacia él con el cuchillo aún en la mano. Mis niñas decidieron irse joven. ¿Quién puede culparlas? La vida con una madre vieja y pobre no era lo que soñaban, pero dejaron todas sus pertenencias, incluso sus documentos de identidad.

¿A dónde quiere llegar?, preguntó Mercedes acercándose un paso. Quiero la verdad, respondió Alejandro sosteniendo su mirada. ¿Qué pasó realmente con Teresa y Consuelo? ¿Por qué nadie las ha visto en 6 años? ¿Qué carne usa realmente en sus tacos, doña Mercedes? Un silencio espeso, como melaza, envolvió la trastienda. Solo se escuchaba el zumbido de los refrigeradores y la respiración cada vez más agitada de Mercedes.

“Mis niñas nunca me abandonarían”, susurró finalmente la mujer con una sonrisa perturbadora. “Ellas están siempre conmigo. Me lo prometieron.” La lluvia comenzó a caer con fuerza, golpeando el techo de lámina de la trastienda como dedos impacientes. Mercedes se había sentado frente a Alejandro, aún sosteniendo el cuchillo, con una expresión indescifrable en su rostro curtido por los años.

“Usted no entiende lo que es el amor de una madre”, dijo finalmente con voz sorprendentemente suave. “Yo di la vida por mis hijas. Las crié sola cuando su padre nos abandonó. Trabajé hasta sangrar para darles de comer, para que estudiaran, para que no terminaran vendiendo su cuerpo como tantas otras. Alejandro permaneció en silencio, permitiendo que la mujer continuara.

Y así me pagaron, prosiguió Mercedes con un tono que oscilaba entre la tristeza y la rabia, planeando huir con dos marineros que les prometieron el cielo y las estrellas. Mentiras. Les habrían robado su virtud y luego las habrían abandonado, como su padre me abandonó a mí. La doña se levantó y caminó hacia los refrigeradores.

Les dije que no permitiría que se marcharan, que primero muertas. Su voz se quebró. No entendieron que lo decía por amor. Un escalofrío recorrió la espalda de Alejandro. ¿Qué hizo, doña Mercedes? La mujer abrió uno de los refrigeradores y extrajo un paquete envuelto en papel encerado. Lo desenvolvió con delicadeza, casi con reverencia, revelando un trozo de carne oscura.

Las niñas dijeron que se irían esa misma noche. Habían empacado sus cosas en secreto. Mercedes acariciaba la carne mientras hablaba como quien acaricia a un ser querido. Teresita siempre fue la rebelde. Me gritó que prefería morir antes que seguir viviendo conmigo. Y yo yo solo quería protegerlas. Alejandro sintió náuseas. La confesión que estaba presenciando superaba sus peores temores.

Primero fue Teresita, continuó Mercedes con una voz monocorde, como si relatara algo mundano. Le clavé el cuchillo mientras dormía. Ni siquiera gritó mucho. Consuelo intentó escapar, pero siempre fue más lenta que su hermana. La doña colocó el trozo de carne sobre la mesa metálica junto a Alejandro. Lloré toda la noche, abrazada a mis niñas.

¿Qué haría ahora? No podía enterrarlas, no tenía dónde. Y entonces recordé lo que mi abuela me enseñó en el pueblo. Nada debe desperdiciarse. Alejandro estaba paralizado por el horror, incapaz de levantarse o hablar. Al principio fue por necesidad, explicó Mercedes, regresando a su asiento. Tenía que deshacerme de los cuerpos.

El horno que usaba para las carnitas fue perfecto. La carne alcanzó para semanas y la gente la gente hacía fila para probarla. Está confesando que alimentó a la gente con la carne de sus propias hijas. logró articular Alejandro sintiendo que iba a desmayarse. Mercedes lo miró como si no entendiera su horror.

Mis niñas por fin sirvieron para algo bueno. Por primera vez trajeron dinero a la casa en lugar de gastarlo. Por primera vez la gente las apreciaba. Un trueno estremecedor coincidió con las palabras de Mercedes, como si el cielo mismo se horrorizara ante tal confesión. Pero eso fue hace 6 años, dijo Alejandro reuniendo valor.

¿De dónde ha sacado la carne desde entonces? La sonrisa que se dibujó en el rostro de la doña eló la sangre del periodista. La necesidad agudiza el ingenio joven. México está lleno de gente que nadie extraña. Borrachos, prostitutas, niños de la calle. La carne es carne al final. Y tengo una reputación que mantener. Alejandro.

comprendió con horror el alcance de lo que estaba escuchando. Mercedes Vega no solo había matado y servido a sus propias hijas, sino que había continuado con su macabra receta, utilizando a otras víctimas anónimas durante años.”Usted es un monstruo”, susurró. Soy una comerciante exitosa”, respondió Mercedes con orgullo perverso.

“Y ahora tengo un problema.” Levantó el cuchillo observando como la luz se reflejaba en su hoja. “Usted sabe demasiado, joven periodista, y está muy flaco. Necesita alimentarse mejor.” El tiempo pareció detenerse en aquella trastienda sofocante. Alejandro, comprendiendo el peligro inminente, buscaba desesperadamente una salida.

Mercedes se había levantado y bloqueaba el único acceso hacia el mercado, ahora prácticamente desierto. No tiene que hacer esto dijo Alejandro intentando ganar tiempo mientras retrocedía lentamente. Su secreto morirá conmigo. Mercedes soltó una risa áspera que reverberó en las paredes metálicas. Mentiroso. Los periodistas viven para contar historias.

Mi historia sería demasiado jugosa para guardarla, ¿no cree? Un relámpago iluminó brevemente la estancia proyectando sombras grotescas. En ese instante, Alejandro vio algo que le heló la sangre. En la pared detrás de Mercedes, parcialmente oculto por un trapo sucio, colgaba un calendario marcado con cruces rojas y nombres, nombres de personas, fechas de adquisición, un registro macabro de sus víctimas.

Nadie me creerá”, intentó nuevamente Alejandro, calculando la distancia hasta la salida. “Pensarán que es una historia sensacionalista, una invención para vender periódicos. ¿Por qué arriesgarme?”, respondió Mercedes, aproximándose con el cuchillo en alto. Además, la carne joven siempre es la más tierna. Mis clientes lo agradecerán.

En un movimiento desesperado, Alejandro agarró la pesada mesa metálica y la empujó hacia Mercedes. La mujer, sorprendida por la repentina reacción, tropezó hacia atrás, dando a Alejandro un precioso segundo para correr hacia la cortina de cuentas. “No escaparás!”, gritó Mercedes, recuperando el equilibrio con una agilidad sorprendente para su edad.

Nadie escapa de la doña. Alejandro irrumpió en el área principal del puesto de tacos, ahora a oscuras. La lluvia caía torrencialmente fuera, convirtiendo los pasillos del mercado en riachuelos. A tientas buscó la salida hacia el pasillo central. Mercedes lo seguía, cuchillo en mano, murmurando palabras ininteligibles que se mezclaban con el repiqueteo de la lluvia.

Mis niñas tienen hambre, repetía con voz desquiciada. Siempre tienen hambre. El periodista alcanzó el pasillo principal, desierto y mal iluminado. Sus pisadas resonaban en el suelo mojado mientras corría hacia la salida más cercana. El mercado normalmente bullicioso se había convertido en un laberinto siniestro de puestos cerrados y sombras amenazantes.

Detrás de él, Mercedes avanzaba implacable. “¿Te gustaron mis tacos, periodista?”, gritaba. “Ahora te toca ser parte de ellos.” Alejandro dobló en una esquina y se topó con una reja cerrada. estaba atrapado. Se giró para enfrentar a su perseguidora, que avanzaba lentamente, saboreando el momento, con el cuchillo brillando en la penumbra.

“No debiste preguntar, muchacho”, dijo Mercedes aortando distancia. “Hay secretos que es mejor no conocer.” En ese instante crítico, Alejandro recordó algo. El mercado tenía una salida trasera que usaban los proveedores para descargar mercancía. Si lograba llegar hasta allí. Fingiendo rendición, Alejandro levantó las manos. Tiene razón, doña Mercedes.

Fui un tonto al investigar. Nadie sabe que estoy aquí. Nadie me buscará. La mujer sonrió mostrando sus dientes amarillentos. Al menos morirás sabiendo la verdad. es más de lo que tuvieron mis otras ingredientes. Cuando Mercedes estaba a apenas 2 met, Alejandro tomó una caja de verduras de un puesto cercano y la arrojó con todas sus fuerzas.

La caja impactó en el rostro de la mujer, quien ahuyó de dolor. Aprovechando la distracción, Alejandro corrió en dirección contraria hacia donde recordaba que estaba la salida de proveedores. El corazón le latía desbocado mientras sorteaba puestos y cajas, guiándose apenas por la tenue luz de emergencia.

Detrás los gritos furiosos de Mercedes se mezclaban con el ruido de la tormenta, creando una sinfonía macabra. Por fin divisó la puerta metálica que daba al callejón trasero. Empujó con todas sus fuerzas, pero estaba cerrada con candado. La desesperación lo invadió mientras escuchaba los pasos de Mercedes cada vez más cercanos.

No hay escapatoria, periodista, canturreó la voz de la mujer ahora a escasos metros. Nadie escapa de la doña. Alejandro miró a su alrededor frenéticamente y vio una ventana estrecha a 2 m de altura. Sin pensarlo dos veces, apileé cajas y escaló hasta alcanzarla. El cristal estaba roto en una esquina, lo que le permitió forzarlo completamente.

Mientras se arrastraba por la estrecha abertura, sintió un dolor agudo en su pierna. Mercedes había logrado alcanzarlo y le había hecho un corte profundo con el cuchillo. “¡Te tengo!”, gritó triunfante la mujer intentando sujetarlo. Con un últimoesfuerzo desesperado, Alejandro se impulsó hacia afuera, cayendo pesadamente sobre el callejón inundado.

El dolor era intenso, pero el miedo era más fuerte. Se levantó y cojeando se alejó bajo la lluvia torrencial perdiéndose en la noche de Ciudad de México. El dolor punzante en su pierna despertó a Alejandro. Se encontraba en una pequeña habitación de hospital con un vendaje que cubría la profunda herida causada por el cuchillo de la doña Mercedes.

Los recuerdos de la noche anterior regresaron en oleadas. La confesión monstruosa, la persecución desesperada, su escape por la ventana del mercado. Un oficial de policía esperaba junto a su cama. Se presentó como inspector Ramírez de la división de homicidios. Alguien había encontrado a Alejandro desangrándose en una calle cercana al mercado y había llamado a una ambulancia.

Necesito que me explique qué hacía en el mercado de San Juan a esas horas, señor Fuentes, dijo el inspector con una mirada escéptica. ¿Y cómo obtuvo esa herida? Alejandro relató toda la historia, su investigación sobre los tacos de la doña, el testimonio de Dolores Ríos, la macabra confesión de Mercedes y su intento de asesinarlo. Mientras hablaba, notó como la expresión del inspector pasaba de la incredulidad al horror.

“Lo que me está contando es imposible”, murmuró finalmente Ramírez pasándose una mano por el rostro. Es demasiado monstruoso. Es la verdad, insistió Alejandro. Tienen que detenerla antes de que siga matando. En su trastienda tiene un calendario con nombres de víctimas y los refrigeradores están llenos de evidencia. El inspector Ramírez tomó notas detalladas, aunque su expresión delataba cierta reserva.

“Señor Fuentes, investigaremos su denuncia con la seriedad que merece. Sin embargo, debe entender que lo que describe es tan atroz que necesitaremos pruebas contundentes. Hay testigos, respondió Alejandro con urgencia. Dolores ríos, antiguos vecinos de la merced y está mi herida causada por ella cuando intentaba escapar.

Una herida no prueba canibalismo ni asesinato en serie”, señaló el inspector. “Pero le aseguro que iremos al mercado hoy mismo, esa misma tarde, mientras Alejandro permanecía en el hospital recuperándose, un equipo policial encabezado por Ramírez llegó al mercado de San Juan. Para su sorpresa, el puesto tacos de la doña Mercedes estaba cerrado con un improvisado letrero que anunciaba cerrado por enfermedad.

Los comerciantes vecinos informaron que Mercedes no había abierto ese día algo insólito, pues la doña era conocida por su puntualidad y constancia. Nadie recordaba que hubiera faltado un solo día en los últimos años. Con una orden judicial apresurada, la policía forzó la entrada al local.

Lo que encontraron confirmó la historia de Alejandro. En la trastienda, los refrigeradores contenían carne humana en distintos estados de preparación. El calendario marcado con nombres y fechas colgaba de la pared. Algunas anotaciones se remontaban a 6 años atrás. “Dios mío”, exclamó uno de los oficiales saliendo a vomitar.

El inspector Ramírez, pálido pero determinado, ordenó sellar toda la zona como escena del crimen. Avisen a servicios forenses y localicen a Mercedes Vega inmediatamente. Emitan una alerta en toda la ciudad. La noticia se propagó como fuego por Ciudad de México. Los periódicos de la tarde ya mostraban titulares sensacionalistas.

Horror en el mercado, tacos de carne humana. La caníbal de San Juan. ¿Cuántos comieron carne humana sin saberlo? En el hospital, Alejandro recibió la visita de su editor, quien llegó agitado y con un ejemplar del extra que acababan de imprimir. “Eres la sensación del momento, fuentes”, exclamó mostrando el periódico cuyo titular principal rezaba, “Periodista del Universal descubre horrendo caso de canibalismo.

No lo hice por la noticia”, respondió Alejandro Sombrío. Esa mujer mató a sus propias hijas y luego siguió matando para mantener su negocio. Es un monstruo, un monstruo que sigue libre, recordó el editor. La policía ha registrado su vivienda en la Merced, pero no hay rastro de ella. Esta información inquietó profundamente a Alejandro.

Mercedes Vega era una mujer peligrosa, ahora acorralada. ¿Dónde podría esconderse? Y más importante aún, vendría a buscar al hombre que había revelado su secreto. Tres días después del descubrimiento en el mercado de San Juan, Alejandro fue dado de alta del hospital. Su pierna aún dolía al caminar, pero los médicos aseguraron que sanaría completamente con el tiempo.

La policía había asignado un oficial para su protección, dada la naturaleza del caso y el hecho de que Mercedes Vega seguía prófuga. La ciudad entera parecía obsesionada con el caso. En cada esquina se hablaba de la caníbal del mercado, como la habían apodado los periódicos. Las teorías se multiplicaban. Algunos decían que había escapado a la frontera norte, otros que se había suicidado, algunos más asegurabanhaberla visto en diversos lugares de la capital.

Es como si se hubiera esfumado”, comentó el inspector Ramírez durante una visita a Alejandro en su apartamento. “Hemos revisado cada rincón de sus propiedades conocidas, interrogado a todos sus contactos. Nada. ¿Qué han descubierto sobre las víctimas? preguntó Alejandro, quien a pesar del horror no podía dejar de pensar como periodista.

La evidencia forense confirma al menos 12 víctimas distintas en los últimos 2 años, basándonos en los restos encontrados en su local. Ramírez encendió un cigarrillo visiblemente perturbado y el análisis de los huesos encontrados bajo el piso de su antigua casa en la merced confirma la identidad de sus hijas. Las mató en 1947, tal como confesó.

Alejandro sintió un escalofrío. 12 víctimas en dos años. ¿Cómo pudo pasar desapercibida? Elegía cuidadosamente, explicó Ramírez. Indigentes, prostitutas, migrantes sin familia, gente que nadie reportaría como desaparecida. Algunos casos coinciden con denuncias, pero nunca se conectaron entre sí. Esa noche Alejandro no pudo dormir.

La imagen de Mercedes, persiguiéndolo con el cuchillo, se repetía en sus pesadillas. Cada sonido lo sobresaltaba. Cada sombra parecía contener la silueta amenazante de la doña. A la mañana siguiente, decidió volver a trabajar. Necesitaba mantener su mente ocupada. Su editor le había ofrecido escribir una serie de artículos sobre el caso, aprovechando su perspectiva única como testigo y casi víctima.

“La gente quiere saber todo”, insistió el editor. “¿Cómo la descubriste? ¿Qué te dijo exactamente? ¿Cómo escapaste? Es la historia del año, fuentes.” Alejandro aceptó a regañadientes. Escribir sobre lo ocurrido quizás le ayudaría a procesar el trauma. se instaló en su escritorio en la redacción del Universal y comenzó a teclear su primer artículo, Confesiones de una caníbal, mi encuentro con Mercedes Vega.

Mientras trabajaba, una joven secretaria se acercó con un sobre. Lo dejaron para usted en recepción, señor Fuentes. El sobre no tenía remitente. Alejandro lo abrió con cautela y extrajo una hoja de papel doblada. Al desplegarla, su corazón se detuvo. Las niñas siguen hambrientas, periodista. Pronto nos veremos.

La caligrafía temblorosa, pero inconfundible era de Mercedes Vega. Alejandro reportó inmediatamente el mensaje a la policía. El inspector Ramírez ordenó reforzar la vigilancia y analizar el sobre en busca de huellas o pistas sobre el paradero de Mercedes. No salgas solo bajo ninguna circunstancia, advirtió Ramírez. Está jugando con usted, intentando aterrorizarlo.

Lo está consiguiendo, admitió Alejandro. Durante los días siguientes, continuó trabajando en sus artículos sobre el caso que habían disparado las ventas del periódico. La historia había captado la atención nacional e incluso internacional. Periodistas de Estados Unidos y Europa llamaban solicitando entrevistas con el hombre que sobrevivió a la caníbal.

Una semana después del primer mensaje, Alejandro recibió otro, esta vez dejado directamente sobre su escritorio dentro de la redacción, burlando toda seguridad. Extraño mis tacos, periodista. La carne sabe mejor cuando está asustada. Tienes miedo. El inspector Ramírez estaba perplejo. Debe tener cómplices, teorizó. No hay otra explicación para que pueda moverse tan libremente sin ser detectada. Cómplices.

¿Quién ayudaría a una asesina caníbal? Cuestionó Alejandro. Quizás alguien que no sabe la verdad, un familiar, un amigo que cree que es inocente y está siendo perseguida injustamente. Esta posibilidad abrió nuevas líneas de investigación. La policía comenzó a rastrear posibles conexiones familiares de Mercedes, personas que pudieran estar protegiéndola.

Mientras tanto, Alejandro continuaba recibiendo mensajes amenazantes. En su apartamento, en el periódico, incluso uno fue entregado al hospital donde estuvo internado. La sensación de estar siendo vigilado constantemente lo atormentaba. Una noche, mientras regresaba a su apartamento escoltado por un oficial, notó una silueta familiar entre la multitud.

Por un instante, creyó ver a Mercedes Vega observándolo fijamente desde la acera opuesta. Cuando señaló el lugar al policía, la figura había desaparecido. “Está jugando conmigo”, dijo Alejandro al inspector Ramírez al día siguiente. “Quiere que sepa que puede alcanzarme cuando quiera o tal vez quiere que cometas un error”, respondió Ramírez, “Que te aísles, que te vuelvas vulnerable. no le daremos ese gusto.

A finales de octubre, la obsesión de Ciudad de México con la caníbal del mercado comenzaba a menguar ligeramente, reemplazada por los preparativos para el día de muertos. Sin embargo, para Alejandro Fuentes, la pesadilla continuaba. Los mensajes amenazadores habían cesado súbitamente hacía dos semanas, lo que en lugar de tranquilizarlo, aumentó su inquietud.

El silencio de Mercedes Vega me preocupamás que sus amenazas”, confesó al inspector Ramírez durante una de sus habituales reuniones. Es como si estuviera planeando algo o quizás ha abandonado la ciudad, sugirió Ramírez, aunque sin mucha convicción. Hemos ampliado la búsqueda a nivel nacional. Su rostro está en cada comisaría del país. Alejandro negó con la cabeza.

No se irá sin vengarse. Me lo prometió. Esa misma tarde, mientras revisaba correspondencia en su escritorio, Alejandro encontró un sobre diferente. No contenía amenazas, sino una invitación. Si quieres terminar lo que empezaste, ven al panteón de Dolores la noche de día de muertos, junto a la tumba de mis niñas.

Ven solo o no me encontrarás. En lugar de entregar inmediatamente el mensaje a la policía, Alejandro lo contempló largo rato. Era una trampa obvia, pero también una oportunidad para acabar con aquella pesadilla. Tras meditarlo, decidió compartir la información con Ramírez, pero con una propuesta. Usémoslo contra ella.

Hagámosle creer que iré solo, pero preparemos un operativo. El inspector consideró la idea. Es arriesgado, fuentes. Estaría usándolo como cebo. Ya lo soy, replicó Alejandro. La diferencia es que esta vez nosotros estableceremos las condiciones del encuentro. Después de largas deliberaciones, la policía aceptó el plan. Establecerían un operativo encubierto en el Panteón de Dolores para la noche de día de muertos, cuando miles de personas visitarían el cementerio para honrar a sus difuntos.

El gentío nos dará cobertura, explicó Ramírez a su equipo. Agentes vestidos de civil se mezclarán con los visitantes. Fuentes llevará un micrófono oculto y estará vigilado en todo momento. Alejandro pasó los días previos al día de muertos en un estado de tensa anticipación. repasaba mentalmente cada posible escenario, cada palabra que diría a Mercedes cuando la enfrentara nuevamente.

No era solo miedo lo que sentía, también una extraña determinación, un deseo de cerrar aquel capítulo macabro de su vida. La noche del 2 de noviembre llegó envuelta en el aroma de flores de Senasuchi Licopal. El panteón de dolores resplandecía con miles de velas y ofrendas coloridas. Familias enteras recorrían los senderos entre tumbas, algunas cantando, otras rezando, todas honrando a sus muertos.

Siguiendo las instrucciones del mensaje, Alejandro se dirigió a la sección más antigua del cementerio, donde supuestamente estaban enterradas las hijas de Mercedes. Un agente de policía disfrazado de trabajador del panteón le había indicado la ubicación exacta. La tumba era modesta, una simple lápida de piedra con los nombres de Teresa y Consuelo Vega y la fecha de su supuesta muerte en 1947.

Alguien había dejado una ofrenda reciente, velas negras, flores de sempasuchil y perturbadoramente dos pequeños tacos envueltos en papel encerado. Alejandro se estremeció. Mercedes había estado allí recientemente. Estaría observándolo en ese preciso momento. He venido como pediste, Mercedes, dijo en voz alta, sabiendo que el micrófono transmitiría sus palabras a los agentes cercanos.

Terminemos con esto. Solo el murmullo lejano de los visitantes y el crepitar de las velas respondieron a su llamado. Alejandro permaneció junto a la tumba, sintiendo como los minutos se estiraban interminablemente. De pronto, una voz familiar surgió de entre las sombras. “El periodista valiente”, dijo Mercedes Vega, emergiendo de detrás de un mausoleo cercano. “Has venido solo como te pedí.

” La mujer parecía haber envejecido décadas en pocas semanas. Su rostro estaba demacrado, sus ropas sucias y arrugadas. Sin embargo, sus ojos negros mantenían aquel brillo perturbador y en su mano derecha sostenía el mismo cuchillo de carnicero con el que había intentado matarlo. “Sabía que vendrías”, continuó Mercedes acercándose lentamente.

“La curiosidad siempre ha sido tu perdición, periodista. Todo ha terminado, Mercedes”, respondió Alejandro, manteniéndose firme. “La policía conoce tus crímenes. Han encontrado los restos, las pruebas. No tienes escapatoria.” La doña soltó una risa áspera. Escapatoria. No busco escapar, muchacho. Solo quiero terminar lo que empecé.

¿Por qué me citaste aquí? Preguntó Alejandro intentando ganar tiempo para que los agentes se posicionaran. ¿Por qué no simplemente intentaste matarme como a los otros? Mercedes miró la tumba de sus hijas con una expresión indescifrable. Porque tú eres diferente. Tú conociste mi historia. Tú entendiste. Su voz se quebró ligeramente.

Quería que mis niñas te conocieran antes de que te unieras a ellas. Con un movimiento sorprendentemente ágil para su edad, Mercedes se abalanzó sobre Alejandro, cuchillo en alto. El periodista logró esquivarla por poco, cayendo hacia atrás sobre la tumba. “Ahora!”, gritó Alejandro, dando la señal a los agentes ocultos.

En segundos, figuras emergieron de entre las tumbas cercanas, pero para horror de Alejandro no eran policías.Eran tres hombres desconocidos que se interpusieron entre él y los agentes que corrían hacia ellos. “Creíste que vendría sin protección”, se burló Mercedes. “Estos muchachos han disfrutado mis tacos durante años. Les dije que la policía me perseguía injustamente.

Están dispuestos a defenderme. El caos se desató en el cementerio. Los cómplices de Mercedes atacaron a los agentes mientras la mujer intentaba nuevamente alcanzar a Alejandro con su cuchillo. En medio de la confusión, Mercedes logró acorralar a Alejandro contra un mausoleo. “Mis niñas tienen hambre”, susurró alzando el cuchillo.

Les prometí que esta noche cenarían periodista. En ese instante crítico, un disparo resonó en el cementerio. Mercedes se tambaleó sorprendida mientras una mancha oscura se expandía en su pecho. Cayó de rodillas aún sosteniendo el cuchillo. El inspector Ramírez emergió entre las tumbas. su arma aún humeante. “Se acabó Mercedes Vega”, declaró acercándose cautelosamente.

La doña levantó la mirada hacia Alejandro con una sonrisa perturbadora en sus labios. “Esto no termina aquí, periodista”, murmuró. “Las niñas, las niñas siempre tendrán hambre.” Con sus últimas fuerzas, Mercedes intentó clavar el cuchillo en su propio corazón, pero Ramírez logró detenerla. Dos agentes la sujetaron mientras otro aplicaba presión sobre la herida.

“Quiero que viva”, dijo Ramírez. “Quiero que enfrente a la justicia por cada una de sus víctimas”. La captura de Mercedes Vega en el Panteón de Dolores marcó el final de una pesadilla para Ciudad de México, pero apenas el comienzo de un largo proceso judicial que capturaría la atención nacional durante meses. La mujer sobrevivió a la herida de bala y fue trasladada a un hospital penitenciario donde permanecería bajo estricta vigilancia hasta su juicio.

Sus cómplices, tres hombres que trabajaban en el mercado de San Juan, confesaron haber ayudado a Mercedes a conseguir algunas de sus víctimas, aunque juraron desconocer el verdadero uso que daba a los cuerpos. Las investigaciones revelaron que la doña había construido toda una red de complicidades a lo largo de los años, comprando silencios con dinero o amenazas.

Para Alejandro Fuentes, los meses siguientes fueron de intenso trabajo periodístico y gradual recuperación psicológica. Su serie de artículos sobre el caso de la caníbal del mercado le valió reconocimiento nacional e internacional. Recibió ofertas para escribir un libro y hasta propuestas para adaptar la historia al cine, aunque estas últimas las rechazó por considerarlas morbosas.

y sensacionalistas. No quiero que esta historia se convierta en un espectáculo”, explicó en una entrevista. Detrás de cada víctima había una persona real, una vida truncada. Merecen respeto, no explotación comercial. En febrero de 1954 comenzó el juicio contra Mercedes Vega. A sus años, la doña enfrentaba múltiples cargos de asesinato, en primer grado, profanación de cadáveres y canibalismo.

El caso no tenía precedentes en la historia judicial mexicana. Alejandro asistió como testigo clave, relatando ante el tribunal su encuentro con Mercedes y la confesión que había escuchado en aquella trastienda sofocante. Durante su testimonio, evitó mirar directamente a la acusada, quien permanecía impasible con la mirada fija en algún punto indeterminado más allá de la sala.

Solo una vez sus miradas se cruzaron cuando Alejandro describía el altar dedicado a las hijas asesinadas. Por un instante creyó ver en los ojos de Mercedes no la maldad que esperaba, sino un vacío infinito, como si la mujer que había cometido aquellos actos monstruos ya no habitara realmente aquel cuerpo envejecido.

El juicio se prolongó por semanas con testimonios escalofriantes de forenses, policías y vecinos. La evidencia era abrumadora. análisis de los restos encontrados en el puesto y en la vivienda de la merced, el calendario macabro con nombres de víctimas, los testimonios de los cómplices y, finalmente, la confesión completa que Mercedes había hecho a Alejandro.

Para sorpresa de muchos, Mercedes Vega se declaró culpable de todos los cargos. Su abogado defensor, asignado por el Estado, intentó sin éxito construir un caso basado en la insanidad mental. Mi clienta actuó bajo un trastorno psicótico severo tras el trauma de perder a sus hijas, argumentó, contradiciendo la evidencia de que las propias hijas habían sido sus primeras víctimas.

El último día del juicio, cuando se le concedió la palabra antes de la sentencia, Mercedes habló por primera vez. Su voz, débil pero clara, resonó en la sala en completo silencio. “No me arrepiento”, dijo simplemente. “Mis niñas nunca pasaron hambre gracias a lo que hice. Y la gente, la gente hacía fila para probar mis tacos. Nunca antes me habían apreciado tanto.

El juez la condenó a la pena máxima, cadena perpetua en una institución psiquiátrica penitenciaria. Mientras los guardias sela llevaban, Mercedes buscó con la mirada a Alejandro y le dedicó una última sonrisa enigmática que lo perseguiría en pesadillas durante años. Semanas después del veredicto, Alejandro recibió una carta en la redacción del Universal.

El remitente era el Instituto Psiquiátrico Penitenciario, donde Mercedes cumplía su condena. Dudó en abrirla, temiendo encontrar nuevas amenazas, pero finalmente su instinto periodístico prevaleció. La carta escrita con caligrafía temblorosa contenía solo una frase: “Todos comieron de mis tacos, periodista. Todos tienen un poco de mis niñas dentro.

La ciudad entera es ahora mi familia. Alejandro quemó la carta esa misma noche. Un año después, mientras investigaba un caso no relacionado, Alejandro visitó el mercado de San Juan. El antiguo puesto de tacos de la doña Mercedes había sido demolido y reemplazado por un local que vendía flores.

Nadie parecía querer recordar lo que allí había ocurrido. Sin embargo, mientras recorría los pasillos, escuchó a dos ancianas conversar. Dicen que cuando cierran el mercado, a veces se escucha a una mujer cantando canciones de cuna, comentó una. Y el olor, añadió la otra persignándose a veces. regresa ese olor a los tacos de la doña tan sabrosos que eran.

Alejandro se alejó rápidamente con el estómago revuelto. Sabía que los rumores y leyendas urbanas eran inevitables después de un caso tan impactante. La historia de Mercedes Vega ya formaba parte del folklore oscuro de Ciudad de México. Esa noche, en su apartamento, mientras preparaba la cena, Alejandro se detuvo súbitamente sosteniendo un cuchillo de cocina.

Por un instante recordó las palabras finales de la carta de Mercedes. Todos tienen un poco de mis niñas dentro. ¿Cuántas personas habían comido en el puesto de la doña durante aquellos 6 años? ¿Cuántas habían regresado día tras día elogiando aquel sabor único, aquel secreto culinario que nadie lograba descifrar? Alejandro dejó el cuchillo y apagó la estufa.

Esa noche, como muchas otras desde su encuentro con Mercedes Vega, decidió no cenar. El verdadero horror comprendió no era solo lo que Mercedes había hecho, sino cómo había involucrado involuntariamente a toda una ciudad en su macabro ritual. Cada persona que había disfrutado de aquellos tacos se había convertido, sin saberlo, en cómplice de sus crímenes.

La ciudad entera es ahora mi familia. había escrito la doña y de algún modo perturbador era cierto. Si has llegado hasta aquí, cuéntame en los comentarios qué emoción te ha dejado esta historia. Terror, asco o quizás una profunda inquietud sobre lo que realmente consumes. Me intriga saber cuál fue el momento que más te perturbó.

la confesión de Mercedes, el calendario de víctimas o ese final donde toda una ciudad se convierte en cómplice involuntario. ¿Qué habrías hecho tú en lugar de Alejandro cuando descubrió la verdad en aquella trastienda? Escribe tacos en los comentarios si crees que investigarías hasta el final como él lo hizo o si preferirías alejarte para siempre del caso.

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