
Bienvenido a esta jornada por uno de los casos más macabros y aterrorizantes de la historia de Toluca. Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios aquí abajo de dónde estás viendo este vídeo y a qué horas. Y también si te gustan historias como esta, suscríbete al canal para más casos diarios.
¿Listo? Ahora aumenta el volumen y vamos a comenzar. En el corazón del Estado de México, donde las montañas del nevado de Toluca se alzan como centinelas silenciosos, se encuentra una historia que durante décadas permaneció enterrada bajo capas de silencio y complicidad. La familia Beltrán no era simplemente una dinastía adinerada, era una institución que había moldeado el destino de Toluca durante más de un siglo.
Desde 1850 los Beltrán habían sido propietarios de vastas extensiones de tierra, fundadores de bancos locales y benefactores de iglesias. Su apellido estaba grabado en placas de mármol por toda la ciudad, desde el hospital municipal hasta la biblioteca central. Pero en 1963 todo cambió. Un descubrimiento casual en las tierras de la antigua Hacienda San Vicente, propiedad de la familia, reveló secretos que habían permanecido ocultos durante generaciones.
Lo que los arqueólogos encontraron ese otoño no fueron simples restos coloniales como esperaban, sino evidencia de una red de crímenes que se extendía por décadas y que involucraba a miembros prominentes de la sociedad tooluqueña. El hallazgo inicial fue casi accidental. Un equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México había llegado a la Hacienda San Vicente para realizar excavaciones rutinarias.
buscando vestigios de asentamientos prehispánicos. La propiedad situada a 12 km al sur de Toluca, cerca del pueblo de Capultitlán, había sido donada al estado por la familia Beltrán tras la muerte de su último patriarca, don Aurelio Beltrán y Mendoza, en 1961. Los primeros días de excavación transcurrieron sin incidentes.
El equipo dirigido por el arqueólogo Roberto Fernández Castellanos, se concentró en un área específica donde los mapas coloniales sugerían la existencia de una capilla del siglo X. Sin embargo, el 28 de octubre de 1963, mientras excavaban a 3 m de profundidad, los trabajadores encontraron algo inesperado, una estructura de piedra que no correspondía con la arquitectura religiosa de la época.
Se trataba de una cámara subterránea construida con bloques de cantera rosa, característicos de la región, pero dispuestos de manera irregular. como si hubieran sido colocados apresuradamente. La entrada había sido sellada con argamasa y lajas de piedra volcánica. Cuando finalmente lograron abrir un acceso, lo que encontraron dentro contradecía cualquier expectativa arqueológica convencional.
La cámara medía aproximadamente 6 m de largo por cuatro de ancho con una altura de 2 m en su punto más alto. Las paredes estaban cubiertas con una extraña mezcla de cal y ceniza que había preservado de manera inquietante el contenido del recinto. En el suelo, distribuidos de forma aparentemente aleatoria, yacían objetos personales que abarcaban desde la época colonial hasta principios del siglo XX.
zapatos de diferentes tamaños, algunos diminutos que claramente habían pertenecido a niños, piezas de joyería, medallas religiosas y fragmentos de ropa que el tiempo había convertido en girones irreconocibles. Pero lo más perturbador no eran los objetos en sí, sino su disposición y cantidad. Los arqueólogos contabilizaron más de 200 artículos personales, todos ellos mostrando signos de haber sido removidos violentamente de sus propietarios.
Botones arrancados de la ropa, cadenas rotas, zapatos que conservaban aún las marcas de desgaste de quienes los habían usado por años. En una esquina de la cámara, envueltos en tela encerada que había resistido el paso del tiempo, encontraron varios objetos de valor considerable, relojes de bolsillo de oro, anillos con piedras preciosas y una serie de documentos que cambiarían para siempre la comprensión de la historia de la familia Beltrán.
El Dr. Fernández Castellanos inmediatamente reportó el hallazgo a las autoridades académicas y civiles. Sin embargo, la respuesta fue extrañamente tibia. El alcalde de Toluca, Germán Rosales Vega, sugirió que se trataba probablemente de un antiguo depósito de objetos perdidos o de una colección personal sin mayor importancia.
El párroco de la iglesia local, padre Macedonio Quintana, propuso que podría tratarse de un escondite de tesoros durante alguna de las revueltas del siglo XIX. Incluso algunos miembros de la universidad parecían incómodos con la continuación de las excavaciones en ese sector específico, pero Fernández Castellanos era un investigador meticuloso y no se dejó disuadir fácilmente.
Durante las siguientes semanas, mientras continuaba catalogando los objetos encontrados, comenzó a notar patrones inquietantes. Muchos de los artículos personales mostraban signos deviolencia, telas desgarradas, metales deformados como si hubieran sido arrancados a la fuerza y en algunos casos manchas oscuras que resistían a la limpieza convencional.
Además, la cantidad de objetos infantiles era desproporcionadamente alta. Los documentos encontrados en la cámara revelaron información aún más preocupante. Entre los papeles escritos en una mezcla de español y latín había lo que parecían ser registros detallados de transacciones, pero no del tipo comercial que cabría esperar de una familia dedicada a los negocios.
Los registros incluían fechas, nombres y descripciones físicas de personas, junto con anotaciones crípticas que utilizaban un código que Fernández Castellanos no logró descifrar inmediatamente. Uno de los documentos fechado en 1897 llevaba la firma de Cristóbal Beltrani Torres, bisabuelo del último patriarca de la familia.
El texto, escrito con una caligrafía cuidadosa pero temblorosa, hacía referencia a la continuación del linaje y el mantenimiento de la pureza. Mencionaba también algo llamado El círculo de los elegidos y hacía referencia a reuniones que se celebraban en la hacienda durante las noches de Luna Nueva. Conforme Fernández Castellanos profundizaba en su investigación, comenzó a recibir presiones para que abandonara el proyecto.
Primero fueron sugerencias sutiles de sus superiores en la universidad, quienes argumentaban que los recursos podrían utilizarse mejor en otros sitios arqueológicos. Después llegaron visitas inesperadas de funcionarios municipales que cuestionaban los permisos de excavación. Finalmente, una noche de noviembre, encontró su carpa de campaña y sus equipos vandalizados, aunque nada había sido robado.
A pesar de las presiones, el arqueólogo decidió continuar su trabajo, pero de manera más discreta. Comenzó a trabajar solo durante las primeras horas de la madrugada y limitó su equipo a un asistente de confianza. Un joven estudiante llamado Miguel Herrera Sánchez fue durante una de estas sesiones nocturnas cuando realizaron el descubrimiento más escalofriante de toda la excavación.
Trabajando en el extremo noreste de la cámara encontraron una segunda entrada, mucho más pequeña que la primera, y completamente oculta, detrás de lo que parecía ser una pared sólida. Esta entrada había sido sellada no solo con piedra y argamasa, sino también con una lámina de plomo que llevaba grabados símbolos que ninguno de los dos hombres reconoció.
Al romper este sello fueron recibidos por un olor que Fernández Castellanos describió años después como la esencia misma del tiempo detenido. La segunda cámara era considerablemente más pequeña que la primera, pero su contenido era infinitamente más perturbador. En lugar de objetos personales dispersos, encontraron estructuras organizadas.
una serie de nichos excavados en las paredes, en cada uno de ellos conteniendo lo que parecían ser ofrendas cuidadosamente dispuestas. En cada nicho había una combinación de objetos personales, mechones de cabello humano preservados en pequeños frascos de vidrio, dientes y pequeñas placas de metal con nombres grabados.
Los nombres en las placas correspondían a personas que habían vivido en Toluca y sus alrededores durante diferentes periodos de la historia. Algunos de los nombres más antiguos databan de la época colonial temprana, mientras que los más recientes correspondían a la década de 1930. Lo que resultaba más inquietante era que muchos de estos nombres aparecían también en los registros parroquiales de defunciones, pero las fechas no coincidían.
Según los registros oficiales, estas personas habían muerto de causas naturales, enfermedades, accidentes, vejez, pero las fechas en las placas de metal precedían sistemáticamente a las fechas oficiales de muerte por periodos que variaban desde días hasta varios años. Miguel Herrera, el asistente de Fernández Castellanos, comenzó a mostrar signos de tensión nerviosa después de varias noches trabajando en la segunda cámara.
reportó pesadillas recurrentes y una sensación constante de ser observado. En sus notas personales, que fueron encontradas años después, Herrera escribió, “Es como si las paredes de esa cámara hubieran absorbido el sufrimiento de décadas. Cada noche que paso ahí, siento como si algo me estuviera succionando la vida lentamente. El deterioro del estado mental de Herrera se aceleró cuando encontraron lo que sería el elemento más crucial de toda la investigación.
Un libro encuadernado en cuero negro escondido en un compartimento secreto detrás de uno de los nichos. El libro, que contenía más de 300 páginas escritas a mano, resultó ser una especie de diario familiar que había sido mantenido por múltiples generaciones de la familia Beltrán durante casi dos siglos. Las primeras entradas del diario escritas por el fundador de la dinastía, Sebastián Beltrán y Montemayor, quien habíallegado a Toluca desde España en 1798.
relataban las dificultades típicas de un inmigrante tratando de establecerse en una nueva tierra. Sebastián había adquirido sus primeras propiedades mediante matrimonio con una mujer local de familia acomodada, Esperanza Mendoza y Villareal, y había comenzado a construir lo que eventualmente se convertiría en el imperio familiar.
Sin embargo, conforme las entradas progresaban cronológicamente, el contenido del diario se volvía cada vez más perturbador. Sebastián comenzó a escribir sobre revelaciones que había recibido durante sus exploraciones de las tierras heredadas. mencionaba el descubrimiento de vestigios de los antiguos rituales y hablaba de haber encontrado el verdadero propósito de su llegada a estas tierras.
Para 1810, las entradas habían adoptado un tono completamente diferente, lleno de referencias a sacrificios necesarios y el mantenimiento del equilibrio cósmico. La entrada más escalofriante de esta época inicial, fechada el 24 de diciembre de 1812, describía lo que Sebastián llamó la primera comunión verdadera.
Según su relato, había seleccionado a una familia de trabajadores de la hacienda, un hombre, su esposa y sus tres hijos pequeños, para participar en lo que él describía como un ritual de purificación. El texto se volvía casi ininteligible en este punto, mezclando español, latín y lo que parecían ser palabras en una lengua indígena local.
Lo único claro era que la familia había contribuido su esencia a lo que Sebastián llamaba el gran propósito. Las generaciones subsecuentes de la familia Beltrán continuaron y expandieron las prácticas iniciadas por Sebastián. Cristóbal Beltrá Torres, quien había firmado algunos de los documentos encontrados en la primera cámara, había desarrollado lo que el diario describía como un sistema más sofisticado.
Durante su liderazgo de la familia, que se extendió desde 1870 hasta 1905, los Beltrán habían establecido conexiones con otras familias prominentes de la región, creando lo que llamaban el círculo de los elegidos. Este círculo no era simplemente una sociedad secreta convencional. Según el diario, era una red organizada que se dedicaba a lo que eufemísticamente llamaban la recolección del poder vital.
Los miembros del círculo, que incluían terratenientes, funcionarios civiles, comerciantes prominentes y al menos dos sacerdotes se reunían mensualmente en diferentes propiedades de la región para llevar a cabo lo que el diario describe como ceremonias de transferencia energética. El proceso descrito en el diario era sistemático y cuidadosamente planificado.
Los miembros del círculo identificaban a individuos o familias que cumplían ciertos criterios específicos. Debían ser personas sin conexiones sociales fuertes, generalmente trabajadores migrantes, huérfanos o familias que habían caído en desgracia social. Una vez seleccionadas, estas personas eran atraídas a las propiedades de los miembros del círculo bajo pretextos diversos, ofertas de trabajo, promesas de ayuda o simplemente invitaciones aparentemente benévolas.
Lo que ocurría después variaba según el relato, pero todos los casos seguían un patrón similar. Las víctimas eran mantenidas en cautiverio durante periodos que podían extenderse desde días hasta semanas. Durante este tiempo eran sometidos a lo que el diario llama procesos de preparación espiritual, que parecían involucrar privación de comida, aislamiento sensorial y exposición a sustancias que alteraban su estado mental.
El objetivo final, según las entradas del diario, era lograr lo que llamaban la transferencia perfecta, un proceso en el cual la fuerza vital de las víctimas era supuestamente absorbida por los miembros del círculo. Los detalles específicos de estos rituales estaban escritos en el código críptico que Fernández Castellanos había notado en los documentos de la primera cámara, pero el contexto general era inequívoco.
Se trataba de asesinatos sistemáticos disfrazados de rituales místicos llevados a cabo por personas que se consideraban a sí mismas parte de una élite especial destinada a vivir más allá de los límites normales de la existencia humana. Durante los últimos días de noviembre de 1963, mientras Fernández Castellanos trabajaba febrilmente para descifrar las partes codificadas del diario, Miguel Herrera desapareció.
El joven había salido de su dormitorio en Toluca para dirigirse al sitio de excavación, como había hecho todas las noches durante semanas, pero nunca llegó a su destino. Su automóvil fue encontrado abandonado a medio camino entre la ciudad y la hacienda San Vicente, con el motor aún funcionando y la puerta del conductor abierta. La policía local trató el caso como un accidente o una deserción voluntaria.
El comandante de la policía municipal, Arturo Sandoval Hernández, sugirió que Herrera había sufrido una crisis nerviosa y había abandonado la regiónespontáneamente. Sin embargo, Fernández Castellanos sabía que algo más siniestro había ocurrido. En los días anteriores a su desaparición, Herrera había mencionado que sentía como si alguien lo siguiera constantemente.
También había reportado llamadas telefónicas nocturnas en las que nadie hablaba, solo se escuchaba una respiración pesada y rítmica. La desaparición de su asistente motivó a Fernández Castellanos a acelerar su investigación. trabajando prácticamente sin descanso durante las siguientes dos semanas, logró descifrar una porción significativa del código utilizado en el diario.
Lo que descubrió confirmó sus peores temores. La familia Beltrán y sus asociados habían sido responsables de la desaparición y muerte de cientos de personas durante un periodo de más de 150 años. El sistema había evolucionado considerablemente a lo largo de las generaciones. Los primeros miembros de la familia se habían limitado a víctimas ocasionales, principalmente trabajadores de sus propias propiedades, que no serían echados en falta por la sociedad en general.
Pero para la época de Cristóbal Beltrán y Torres, la operación se había expandido para incluir lo que el diario llamaba redes de suministro, contactos en orfanatos, hospitales mentales y prisiones que proporcionaban víctimas de manera regular a cambio de compensación económica. Durante el liderazgo de Maximiliano Beltrán y Mendoza, padre del último patriarca, la operación había alcanzado su máxima sofisticación.
Maximiliano había establecido lo que llamaba centros de procesamiento en múltiples propiedades de la familia, no solo en Toluca, sino también en Guadalajara, Puebla y la Ciudad de México. Cada centro operaba de manera semiindependiente, pero todos reportaban a la familia Beltrán y seguían los protocolos establecidos en el diario familiar.
Lo más perturbador de todo era que la operación había continuado hasta tiempos relativamente recientes. Las últimas entradas del diario escritas por don Aurelio Beltrán y Mendoza estaban fechadas en 1948. En estas entradas finales, Aurelio expresaba preocupación por los cambios sociales que estaban ocurriendo en México y el mundo después de la Segunda Guerra Mundial.
escribía sobre la creciente dificultad de mantener las operaciones tradicionales de la familia debido al aumento de la comunicación, el transporte y la vigilancia gubernamental. Sin embargo, Aurelio también describía sus esfuerzos para adaptar los métodos familiares a las nuevas circunstancias. había comenzado a enfocar las operaciones en víctimas más vulnerables, indigentes urbanos, personas con problemas mentales que vivían en las calles y trabajadores migrantes sin documentación.
También había desarrollado lo que llamaba métodos de disposición mejorados que involucraban la incineración completa de los restos en hornos industriales ubicados en las fábricas propiedad de la familia. Mientras Fernández Castellanos procesaba la enormidad de lo que había descubierto, comenzó a experimentar el mismo tipo de acoso que había afectado a su asistente desaparecido.
Recibía llamadas telefónicas amenazantes, encontraba su correspondencia abierta y en varias ocasiones notó que alguien había estado en su habitación de hotel mientras él se encontraba en el sitio de excavación. Lo más inquietante era que algunas de las amenazas parecían venir de personas que conocían detalles específicos de su investigación, detalles que él no había compartido con nadie más.
El 7 de diciembre de 1963, Fernández Castellanos tomó la decisión de abandonar Toluca temporalmente y llevarse consigo todos los materiales de su investigación. empacó cuidadosamente el diario, los documentos, las fotografías y sus notas de traducción, y los transportó a la Ciudad de México, donde los depositó en una caja de seguridad de un banco privado.
Después envió copias de los materiales más importantes a colegas de confianza en otras universidades con instrucciones específicas de que fueran abiertas solo en caso de que algo le ocurriera a él. Sin embargo, antes de poder publicar sus hallazgos o contactar a las autoridades apropiadas, Fernández Castellanos también desapareció.
El 18 de diciembre, mientras regresaba a Toluca para realizar una última visita al sitio de excavación, su vehículo fue encontrado volcado en un barranco cerca de la carretera entre Toluca y la Ciudad de México. Oficialmente, su muerte fue clasificada como un accidente de tráfico causado probablemente por las condiciones climatológicas adversas y la velocidad excesiva, pero había aspectos del accidente que no encajaban con esta explicación.
El vehículo había caído en un punto donde la carretera no presentaba curvas peligrosas y las marcas en el asfalto sugerían que había sido empujado desde atrás por otro vehículo. Además, cuando recuperaron el cuerpo de Fernández Castellanos, notaron que tenía heridasen las manos y los brazos, que parecían haber sido infligidas antes del accidente, como si hubiera estado luchando con alguien.
Más importante aún, las autoridades nunca encontraron los materiales de investigación que Fernández Castellanos había estado transportando. Su maletín, que según testigos llevaba consigo constantemente durante sus últimas semanas en Toluca, no estaba en el vehículo accidentado ni en los alrededores del barranco.
Las investigaciones oficiales concluyeron que probablemente había sido arrojado del vehículo durante el accidente y perdido en la vegetación densa del área, pero nunca fue localizado a pesar de búsquedas extensas. Con la muerte de Fernández Castellanos y la desaparición de Miguel Herrera, el proyecto de excavación en la hacienda San Vicente fue oficialmente suspendido.
La universidad citó restricciones presupuestarias y la falta de personal calificado como las razones principales para la suspensión. Las cámaras subterráneas fueron selladas nuevamente, esta vez con concreto reforzado, y el área fue declarada zona protegida por razones de preservación arqueológica. Sin embargo, no todos los materiales de la investigación se perdieron para siempre.
Las copias que Fernández Castellanos había enviado a sus colegas universitarios llegaron a sus destinos y fueron abiertas después de confirmarse su muerte. Dr. Eduardo Vasconcelos, un antropólogo de la Universidad de Guadalajara, recibió una copia completa del diario traducido junto con fotografías de los objetos encontrados en las cámaras. Dr.
Carmen Elisondo, una historiadora del Colegio de México, recibió copias de los documentos históricos y las transcripciones de los registros parroquiales que Fernández Castellanos había comparado con los nombres en las placas de metal. Tanto Vasconcelos como Elisondo intentaron inicialmente continuar la investigación de Fernández Castellanos.
Vasconcelos viajó a Toluca en enero de 1964 para examinar el sitio de excavación, pero encontró que el área había sido completamente sellada y que los funcionarios locales se negaban a concederle acceso. Elisondo intentó acceder a los registros históricos en los archivos municipales y parroquiales, pero descubrió que muchos de los documentos relevantes habían sido transferidos a archivos estatales o habían desaparecido completamente.
Más preocupante aún, tanto Vasconcelos como Elisondo comenzaron a experimentar el mismo tipo de acoso que había afectado a Fernández Castellanos. Vasconcelos reportó que su oficina en la universidad había sido allanada, aunque nada parecía haber sido robado. El isondo recibió amenazas telefónicas explícitas en las que voces no identificadas le advertían que abandonara su investigación si valoraba su seguridad y la de su familia.
Enfrentados con estos obstáculos y amenazas, ambos académicos tomaron la decisión de suspender temporalmente su investigación. Sin embargo, no abandonaron completamente los materiales. En lugar de eso, adoptaron una estrategia más cautelosa, trabajando independientemente para verificar la información contenida en el diario de la familia Beltrán a través de fuentes alternativas.
El trabajo de verificación reveló que la mayor parte de la información en el diario era precisamente exacta en términos de fechas, nombres y eventos históricos. Los registros de defunciones en las parroquias locales efectivamente mostraban las discrepancias que había notado Fernández Castellanos. Personas que aparecían en el diario familiar habían sido posteriormente registradas como muertas por causas naturales, pero las fechas no coincidían.
Además, varios de los nombres mencionados en el diario como miembros de El Círculo de los elegidos correspondían a individuos que habían tenido roles prominentes en la historia de Toluca y las regiones circundantes. Una de las verificaciones más inquietantes vino de los archivos del Hospital Civil de Toluca.
Los registros del hospital que se extendían hasta 1880 mostraban un patrón extraño durante ciertos periodos que correspondían exactamente con los descriptos en el diario como épocas de actividad intensa. El hospital había experimentado aumentos inexplicables en el número de pacientes que morían por causas desconocidas o fallas orgánicas súbitas.
Estos aumentos en la mortalidad no correspondían con epidemias documentadas ni con otros factores conocidos. Además, los registros mostraban que varios miembros de la familia Beltrán habían hecho donaciones significativas al hospital durante estos mismos periodos. Donaciones que habían permitido la construcción de nuevas instalaciones y la adquisición de equipos médicos avanzados.
Las donaciones estaban siempre acompañadas por solicitudes específicas de que ciertos pacientes recibieran cuidados especiales en secciones privadas del hospital que eran inaccesibles para el personal general. Para 1965, tanto Vasconcelos como Elisondo habíanacumulado suficiente evidencia circunstancial para respaldar las afirmaciones más básicas del diario de la familia Beltrán.
Sin embargo, también se habían dado cuenta de que intentar publicar esta información o presentarla a las autoridades sería extremadamente peligroso. Las amenazas que habían recibido se habían intensificado conforme su investigación progresaba y ambos habían llegado a la conclusión de que existía una red activa de personas interesadas en mantener en secreto la información sobre las actividades de la familia Beltrán.
La situación se volvió aún más compleja cuando Elisondo descubrió que varios de los apellidos mencionados en el diario como miembros de El Círculo de los elegidos correspondían a familias que aún tenían influencia significativa en la política y los negocios de México. Algunas de estas familias habían producido gobernadores, senadores y empresarios prominentes que aún estaban activos en la década de 1960.
La implicación era que la exposición de las actividades históricas de la familia Beltrán podría comprometer a personas poderosas que aún estaban vivas. En lugar de arriesgarse a una confrontación directa con estas fuerzas, Vasconcelos y Elisondo decidieron adoptar una estrategia a largo plazo. Comenzaron a depositar copias de su investigación en múltiples archivos académicos y bibliotecas con instrucciones de que fueran selladas durante periodos específicos.
También establecieron un sistema mediante el cual cada uno mantendría copias de los materiales del otro, asegurando que la información sobreviviría incluso si uno de ellos fuera silenciado. Mientras tanto, los eventos en Toluca continuaron desarrollándose de maneras que confirmaban algunos de los peores temores de los investigadores.
En 1966, la Hacienda San Vicente fue vendida por el Estado a un consorcio privado que inmediatamente comenzó operaciones de desarrollo urbano en la propiedad. Las excavaciones para la construcción de nuevas viviendas revelaron múltiples estructuras subterráneas similares a las que había encontrado Fernández Castellanos, pero estas fueron rápidamente destruidas y sus contenidos incinerados, sin permitir ningún tipo de investigación académica.
Los trabajadores involucrados en estas operaciones de construcción reportaron el descubrimiento de grandes cantidades de restos humanos, pero los supervisores del proyecto les ordenaron que no comentaran estos hallazgos con nadie fuera del sitio de trabajo. Varios de los trabajadores intentaron contactar a periodistas locales para reportar lo que habían encontrado, pero estos reportes fueron suprimidos y nunca aparecieron en los medios de comunicación locales.
Uno de estos trabajadores, un hombre llamado Florencio Medina Soto, logró conservar algunos de los objetos que había encontrado antes de que fueran destruidos. Entre estos objetos había varios mechones de cabello humano preservados en frascos pequeños, similares a los que habían sido encontrados en las cámaras originales.
Medina intentó entregar estos objetos a las autoridades locales, pero fue detenido por alteración del orden público y mantenido en custodia durante 3 días. Cuando fue liberado, los objetos habían desaparecido y él fue advertido de que podría enfrentar cargos más serios si continuaba inventando historias sobre el proyecto de construcción.
Para 1967, el desarrollo de la antigua Hacienda San Vicente había sido completado. En el sitio donde una vez habían estado las cámaras subterráneas llenas de evidencia de crímenes históricos, ahora se alzaba un conjunto residencial de lujo llamado Villas del Nevado. Los nuevos residentes eran principalmente familias adineradas de la Ciudad de México que habían comprado las propiedades como casas de fin de semana.
Ninguno de ellos fue informado sobre la historia del terreno donde habían construido sus hogares. Sin embargo, los residentes de Villas del Nevado pronto comenzaron a reportar experiencias extrañas. Múltiples familias describían problemas recurrentes con las instalaciones eléctricas y de plomería de sus casas, problemas que no podían ser explicados por los ingenieros y técnicos que contrataron para investigarlos.
Varios niños que vivían en el desarrollo reportaron pesadillas recurrentes en las que veían gente triste caminando por las habitaciones de sus casas durante la noche. Más inquietante aún, tres familias reportaron la desaparición temporal de mascotas y objetos personales que posteriormente aparecían enterrados en los jardines de sus propiedades.
En un caso, una familia encontró el collar de su perro enterrado a más de un metro de profundidad en su patio trasero, a pesar de que el perro aún estaba vivo y llevaba un collar diferente. En otro caso, una mujer encontró sus propias joyas enterradas en su jardín, joyas que ella estaba segura de haber guardado en su joyero dentro de la casa.
Estos incidentes llevaron aalgunos residentes de Villas del Nevado a investigar la historia de la propiedad por su cuenta. Fue así como María Elena Cordero, esposa de un empresario prominente de la Ciudad de México, descubrió referencias a la familia Beltrán en archivos históricos locales. Su investigación inicial la llevó a contactar con antiguos residentes de la región que recordaban historias sobre la familia.
Las historias que recopiló Cordero coincidían notablemente con la información que había estado contenida en el diario de la familia Beltrán. Ancianos de pueblos cercanos recordaban que sus padres y abuelos habían advertido a las generaciones más jóvenes que evitaran trabajar para la familia Beltrán, especialmente durante los meses de invierno, cuando las reuniones de el círculo de los elegidos eran más frecuentes.
Algunos recordaban familiares que habían desaparecido después de aceptar trabajo en propiedades de la familia y que nunca habían vuelto a ser vistos o escuchados. Una de las personas entrevistadas por Cordero fue Remedios Vela Castro, una mujer de 85 años que había trabajado como partera en la región durante su juventud. Vela recordaba haber sido contactada en múltiples ocasiones durante los años 30 y 40 para asistir en partos especiales en propiedades de familias adineradas, incluyendo la hacienda San Vicente.
Sin embargo, cuando llegaba a estas propiedades, descubría que no se trataba de partos normales. Según el relato de Vela, durante estas visitas era conducida a sótanos o cámaras subterráneas, donde encontraba mujeres en estados de extrema debilidad física y mental. Estas mujeres parecían haber estado cautivas durante periodos prolongados y mostraban signos de malnutrición severa y trauma psicológico.
Le era ordenado asistir en lo que le decían. Eran procedimientos médicos. especiales, pero que ella posteriormente llegó a comprender como asesinatos ritualizados. Vela había mantenido silencio sobre estas experiencias durante décadas debido a las amenazas que había recibido de los miembros prominentes de la comunidad que organizaban estos eventos.
Sin embargo, la proximidad de su propia muerte la había motivado finalmente a compartir lo que sabía. describía haber visto a sacerdotes locales, funcionarios gubernamentales y empresarios prominentes participando en estas ceremonias, todas organizadas y dirigidas por miembros de la familia Beltrán.
La investigación de Cordero la puso en contacto con Dr. Eduardo Vasconcelos, quien para 1968 había comenzado discretamente a documentar testimonios similares de otras partes de México. Masconcelos había descubierto que las actividades descritas en el diario de la familia Beltrán no habían sido únicas para Toluca, sino que formaban parte de una red más amplia que se extendía por múltiples estados del país.
A través de su investigación, Vasconcelos había identificado patrones similares de desapariciones y actividades sospechosas en regiones donde otras familias mencionadas en el diario como miembros de el círculo de los elegidos habían tenido propiedades significativas. En Guanajuato había encontrado testimonios sobre la familia Santibáñez, que había operado minas de plata y había sido asociada con la desaparición de trabajadores migrantes.
En Jalisco había documentado historias sobre la familia Mendoza Villaseñor, propietarios de Haciendas ganaderas que habían sido vinculados con incidentes similares. El patrón que emergía de esta investigación más amplia sugería que el círculo de los elegidos había sido una organización mucho más extensa y sofisticada de lo que había sido aparente inicialmente.
En lugar de ser simplemente un grupo local de personas perturbadas, parecía haber sido una red coordinada que operaba a través de múltiples regiones del país, con protocolos establecidos y sistemas de comunicación. que habían permitido sus operaciones durante más de un siglo. Más preocupante aún, Vasconcelos había encontrado evidencia de que algunos aspectos de esta red podrían haber sobrevivido a la muerte de los patriarcas originales.
En varias regiones había documentado casos de desapariciones recientes que seguían patrones similares a los describidos en los materiales históricos. Estas desapariciones habían sido oficialmente clasificadas como emigración voluntaria o accidentes, pero las circunstancias sugerían algo más siniestro. En 1969, tanto vasconcelos como Cordero comenzaron a experimentar intensificación de las amenazas y el acoso que habían enfrentado anteriormente.
Vasconcelos reportó que su teléfono estaba siendo intervenido y que había notado la presencia constante de individuos no identificados observando su casa y su oficina en la universidad. Cordero descubrió que alguien había entrado en su casa en Villas del Nevado y había revuelto sus materiales de investigación, aunque aparentemente nada había sido robado.
La situación alcanzó un punto críticocuando Cordero decidió contactar a periodistas de la Ciudad de México para intentar publicar la información que había recopilado. había logrado concertar una reunión con un reportero del periódico Excelsior, que había mostrado interés en la historia. Sin embargo, la noche antes de la reunión programada, Cordero recibió una llamada telefónica en la que una voz no identificada le describía en detalle las rutinas diarias de sus dos hijos pequeños, incluyendo las rutas que tomaban para llegar a la escuela y los
horarios exactos de sus actividades extraescolares. El mensaje implícito era claro. Cualquier intento de hacer pública la información resultaría en daño a su familia. Cordero canceló inmediatamente la reunión con el reportero y comenzó a considerar opciones para proteger a su familia.
Sin embargo, antes de que pudiera implementar cualquier plan, recibió una visita inesperada que cambiaría completamente su perspectiva sobre la situación. Una tarde de noviembre de 1969, mientras se encontraba sola en su casa en Villas del Nevado, Cordero recibió la visita de un hombre anciano que se identificó como Patricio Herrera Villareal.
El hombre afirmó ser el padre de Miguel Herrera, el asistente de Fernández Castellanos, que había desaparecido 6 años antes. Herrera había venido a Toluca después de años de intentar descubrir qué había pasado con su hijo y su investigación independiente lo había llevado hasta Cordero. Herrera traía consigo información que añadía una dimensión completamente nueva a la comprensión de las actividades de la familia Beltrán.
Su hijo Miguel, según explicó, había logrado enviar una carta a su familia solo días antes de su desaparición. En esta carta que Herrera había mantenido en secreto durante años por miedo a las repercusiones, Miguel describía descubrimientos que había hecho en las cámaras subterráneas que no habían sido incluidos en los reportes oficiales de Fernández Castellanos.
Según la carta de Miguel, él y Fernández Castellanos habían encontrado evidencia de que las actividades de la familia Beltrán habían continuado mucho más recientemente de lo que indicaba el diario familiar. En una sección particularmente profunda de las cámaras habían descubierto objetos personales que claramente databan de las décadas de 19450.
Entre estos objetos había credenciales de identificación, fotografías y documentos que pertenecían a personas que habían desaparecido en la región durante esos años. Más importante aún, Miguel había descubierto lo que parecía ser una lista actualizada de miembros activos de El Círculo de los elegidos, escrita en el mismo código críptico que había sido utilizado en el diario Histórico, pero fechada en 1947.
Esta lista incluía nombres de personas que habían estado vivas y activas en la política y los negocios de México durante la década de 1960. La implicación era devastadora. Las actividades descriptas en el diario histórico no habían terminado con la muerte de don Aurelio Beltrán y Mendoza en 1961. habían continuado bajo el liderazgo de otros miembros de la red, posiblemente incluyendo a personas que aún estaban vivas y en posiciones de poder cuando Fernández Castellanos había comenzado su investigación.
Herrera también reveló que su hijo había logrado fotografiar algunos de los documentos más importantes antes de su desaparición, utilizando una cámara pequeña que había llevado secretamente a las cámaras. Estas fotografías habían sido enviadas por correo a la familia de Miguel como una medida de precaución escondidas dentro de lo que parecían ser cartas ordinarias.
Herrera había mantenido estas fotografías en secreto durante años, sin comprender completamente su significado hasta que había comenzado su propia investigación sobre la desaparición de su hijo. Las fotografías revelaban detalles que habían estado ausentes de los reportes previos. Mostraban claramente los símbolos grabados en las placas de metal encontradas en los nichos de la segunda cámara.
Símbolos que parecían corresponder con diseños encontrados en otras culturas que habían practicado sacrificios humanos ritualizados. También mostraban páginas específicas del diario familiar que contenían listas detalladas de víctimas, incluyendo descripciones físicas, fechas de captura y métodos utilizados en cada caso.
Pero lo más escalofriante de todo eran las fotografías de la lista actualizada de miembros del círculo. Los nombres en esta lista incluían a tres personas que Cordero reconoció inmediatamente. el actual alcalde de Toluca, un senador prominente del Estado de México y un empresario que había sido instrumental en el desarrollo de Villas del Nevado.
La comprensión repentina de que había estado viviendo en una propiedad desarrollada posiblemente por miembros activos de la red que había perpetrado estos crímenes, la llenó de terror.Herrera explicó que había llegado a la conclusión de que su hijo había sido asesinado. No simplemente por haber descubierto evidencia de crímenes históricos, sino porque había tropezado con una operación que aún estaba activa.
Las amenazas y el acoso que habían experimentado vasconcelos, el izondo, cordero y otros investigadores, no venían de personas tratando de proteger la reputación de familiares muertos, sino de individuos que estaban tratando de proteger actividades criminales contemporáneas. Esta revelación transformó completamente la percepción de Cordero sobre su situación.
Ya no se trataba simplemente de exponer crímenes históricos, sino de confrontar a una organización criminal activa que había demostrado repetidamente su disposición a asesinar para mantener sus secretos. La comprensión de que ella y su familia estaban en peligro inmediato la motivó a tomar medidas drásticas para protegerse. Cordero y Herrera decidieron trabajar juntos.
para documentar y preservar toda la evidencia que habían recopilado, pero también para desarrollar una estrategia que les permitiera hacer pública la información sin poner en riesgo sus vidas. Sabían que un enfoque directo resultaría en sus muertes, como había ocurrido con Fernández Castellanos y Miguel Herrera. Necesitaban un método más sutil que les permitiera exponer la verdad mientras mantenían cierto nivel de protección.
La estrategia que desarrollaron involucraba múltiples componentes. Primero, crearían copias de toda la evidencia y las distribuirían a contactos de confianza en múltiples países, no solo México. Segundo, prepararían un sistema de interruptor muerto. Si algo les ocurría a ellos, las copias serían automáticamente enviadas a periodistas, académicos y funcionarios de aplicación de la ley en varios países.
Tercero, comenzarían a filtrar información gradualmente a través de múltiples canales, sin revelar nunca la fuente completa de su conocimiento. Durante los primeros meses de 1970, Cordero y Herrera implementaron cuidadosamente su plan. comenzaron enviando información anónima sobre casos específicos de desapariciones a periodistas en diferentes ciudades, siempre enfocándose en casos que podrían ser investigados independientemente sin requerir acceso a los materiales más sensibles.
También contactaron a familiares de personas desaparecidas proporcionándoles suficiente información para que pudieran presionar a las autoridades para reabrir investigaciones. Los resultados de estos esfuerzos fueron mixtos, pero prometedores. Varios casos de desaparición que habían sido clasificados como emigración voluntaria o accidentes fueron reabiertos para investigación.
En al menos dos casos, las autoridades locales descubrieron evidencia de actividad criminal que había sido pasada por alto en investigaciones previas. Sin embargo, estos éxitos también incrementaron la presión sobre Cordero y Herrera, ya que era evidente que alguien estaba proporcionando información sensible a los investigadores.
La situación se volvió crítica en marzo de 1970, cuando Herrera desapareció durante sus viajes a la Ciudad de México para entregar materiales a contactos académicos. Su automóvil fue encontrado abandonado en una zona industrial en las afueras de la ciudad, pero él nunca fue encontrado. Sin embargo, antes de su desaparición, Herrera había logrado activar el sistema de interruptor muerto que había establecido con cordero.
Durante las siguientes semanas, copias de los materiales de investigación comenzaron a aparecer en múltiples instituciones académicas y medios de comunicación en México, Estados Unidos y Europa. La información era demasiado amplia y estaba demasiado bien distribuida para ser suprimida efectivamente por los miembros supervivientes de la red.
Además, Herrera había incluido en los paquetes información específica sobre las amenazas y el acoso que habían experimentado los investigadores, así como detalles sobre las circunstancias de la desaparición de su hijo y la muerte de Fernández Castellanos. El impacto de estas revelaciones fue gradual, pero significativo.
Inicialmente, muchos medios de comunicación trataron la información con escepticismo, clasificándola como teorías conspiratorias sin fundamento sólido. Sin embargo, conforme investigadores independientes comenzaron a verificar aspectos específicos de las afirmaciones, la credibilidad de los materiales se volvió indiscutible.
En 1971, un equipo de investigación conjunto formado por periodistas del Washington Post y El Universal de México, publicó una serie de artículos que documentaban conexiones entre las familias mencionadas en los materiales históricos y casos contemporáneos de corrupción y crimen organizado, aunque estos artículos no abordaron directamente las afirmaciones más extremas sobre asesinatos ritualizados establecieron que muchas de las personas mencionadasen los documentos habían estado involucradas en actividades criminales.
Más significativamente, las investigaciones periodísticas revelaron que varios de los funcionarios gubernamentales, mencionados en la lista actualizada de miembros del círculo, habían estado involucrados en esquemas de corrupción que incluían la venta ilegal de terrenos estatales, el lavado de dinero a través de proyectos de desarrollo urbano y la supresión de investigaciones criminales.
Aunque estos crímenes no estaban directamente relacionados con los asesinatos históricos, demostraban que existía efectivamente una red de individuos poderosos que colaboraban en actividades criminales. El escándalo resultante que los medios de comunicación comenzaron a llamar el círculo de Toluca, llevó a investigaciones oficiales que eventualmente resultaron en el arresto y procesamiento de varios funcionarios gubernamentales y empresarios prominentes.
Sin embargo, las acusaciones específicas se relacionaron con corrupción financiera y abuso de poder, no con los crímenes más serios sugeridos en los materiales históricos. Para 1972, la atención pública había comenzado a disminuir, conforme el enfoque de las investigaciones oficiales, se limitó a los aspectos más convencionales del escándalo.
Los elementos más perturbadores de la historia, los asesinatos ritualizados, las cámaras subterráneas llenas de evidencia, las desapariciones de investigadores fueron gradualmente marginalizados como especulación sensacionalista sin evidencia sólida. María Elena Cordero, quien había logrado sobrevivir a la exposición inicial de la información, se retiró de la investigación activa y se mudó con su familia. fuera de México.
Sin embargo, antes de su partida logró establecer un archivo permanente de todos los materiales en una universidad europea con instrucciones específicas sobre cuándo y cómo podrían ser accesados por investigadores futuros. El legado de la investigación sobre la familia Beltrán y el círculo de los elegidos permanece ambiguo hasta el día de hoy.
Oficialmente, los elementos más extremos de la historia son considerados rumores sin fundamento, productos de la imaginación de investigadores que habían estado bajo presión psicológica extrema. Los aspectos verificables del escándalo, la corrupción, el abuso de poder, las conexiones entre familias prominentes y actividades criminales son reconocidos como hechos históricos, pero son tratados como fenómenos separados de las afirmaciones más sensacionales.
Sin embargo, algunos elementos de la historia continúan generando preguntas incómodas. El sitio donde una vez estuvo la hacienda San Vicente, ahora ocupado por villas del Nevado, continúa experimentando incidentes extraños que los residentes han reportado de manera consistente durante décadas. Los desaparecidos, Roberto Fernández Castellanos, Miguel Herrera, Patricio Herrera, nunca fueron encontrados y las circunstancias de sus desapariciones nunca fueron completamente explicadas.
Más significativamente, los materiales documentales que forman la base de toda la historia nunca han sido completamente desacreditados. El diario de la familia Beltrán, las fotografías de las cámaras subterráneas, los testimonios de testigos ancianos. Toda esta evidencia permanece archivada en múltiples instituciones, disponible para investigadores que estén dispuestos a enfrentar las implicaciones de lo que podrían descubrir.
En las décadas que han pasado desde los eventos de 1963 a 1972, ha habido intentos ocasionales de reabrir la investigación. En 1985, un equipo de antropólogos forenses de la Universidad Nacional intentó obtener permisos para excavar nuevamente el área donde habían estado las cámaras originales.
Sin embargo, estos permisos fueron denegados por razones técnicas relacionadas con la preservación del desarrollo urbano existente. En 1993, 30 años después del descubrimiento original, un documentalista independiente intentó producir una película sobre la historia de la familia Beltrán. El proyecto fue cancelado después de que varios de los inversionistas se retiraran inesperadamente citando preocupaciones sobre la viabilidad comercial del proyecto.
El documentalista reportó posteriormente que había experimentado presiones similares a las que habían enfrentado los investigadores originales décadas antes. Más recientemente, en 1998, investigadores de derechos humanos intentaron incluir los casos relacionados con la familia Beltrán en una investigación más amplia sobre desapariciones históricas en México.
Sin embargo, encontraron que muchos de los registros oficiales relacionados con los eventos de los años 60 habían sido reorganizados o perdidos. Durante diversas reformas administrativas a lo largo de las décadas. La historia de la familia Beltrán y el círculo de los elegidos permanece como uno de los casos más perturbadores y menos resueltos en losarchivos de crímenes históricos mexicanos.
representa no solo la posibilidad de que una red de individuos poderosos haya perpetrado crímenes horrendos durante más de un siglo, sino también la realidad de que tales redes pueden tener la capacidad de suprimir evidencia y silenciar investigadores incluso décadas después de los crímenes originales. Para aquellos que han estudiado los materiales disponibles, la pregunta no es si la familia Beltrán y sus asociados cometieron los crímenes descrptos en el diario familiar y la evidencia arqueológica.
La evidencia para esas afirmaciones, aunque circunstancial, es demasiado extensiva y consistente para ser descartada fácilmente. La pregunta real es si aspectos de la red que crearon lograron sobrevivir hasta tiempos contemporáneos y si aún existe la capacidad y la voluntad de silenciar a quienes intentan exponer la verdad completa.
región de Toluca ha cambiado dramáticamente en las décadas que han pasado desde estos eventos. La ciudad ha crecido, se ha modernizado y se ha integrado más completamente en la economía globalizada de México. Las familias, que una vez controlaron vastos territorios rurales, han sido reemplazadas por corporaciones multinacionales y desarrolladores urbanos.
Sin embargo, en los archivos y en los recuerdos de quienes estuvieron involucrados, la historia de los Beltrán permanece como un recordatorio de que el progreso y la modernización no siempre eliminan las capacidades más oscuras de quienes detentan poder. El caso también sirve como una advertencia sobre las limitaciones de los sistemas legales y académicos para confrontar crímenes que involucran a redes poderosas con conexiones profundas en múltiples instituciones sociales.
A pesar de la evidencia sustancial recopilada por múltiples investigadores durante un periodo de casi una década, nunca hubo procesamientos relacionados con los aspectos más serios de los crímenes alegados. La única justicia que se logró fue en casos de corrupción relativamente menores que, aunque importantes, palidecían en comparación con los horrores sugeridos por la evidencia histórica.
Quizás más inquietante es la posibilidad de que la historia de la familia Beltrán no sea única. Los patrones de comportamiento descritos en los materiales de investigación, la selección sistemática de víctimas vulnerables, el uso de posiciones de poder para facilitar crímenes, la creación de redes de complicidad que incluyen funcionarios gubernamentales y religiosos, son lo suficientemente generalizables como para existir en otras regiones y otros contextos históricos.
En los años recientes, conforme México ha comenzado a confrontar más directamente su historia de desapariciones y violencia, algunos investigadores han comenzado a examinar nuevamente casos históricos que fueron previamente descartados o mal investigados. En este contexto, la historia de la familia Beltrán ha ganado renovada atención, no como una curiosidad histórica aislada, sino como un posible ejemplo de patrones más amplios de impunidad y abuso de poder, que han persistido en múltiples formas a lo largo de la historia mexicana.
Sin embargo, incluso estos esfuerzos contemporáneos enfrentan obstáculos similares a los que confrontaron los investigadores originales. La evidencia física ha sido destruida o enterrada bajo desarrollos urbanos. Los testigos han muerto o han sido silenciados por el miedo. Los registros oficiales han desaparecido o han sido alterados.
Y las redes de poder que una vez protegieron a los perpetradores han evolucionado y se han adaptado, pero no necesariamente han desaparecido. La historia de la antigua dinastía Beltrán de Toluca permanece, por lo tanto, no solo como un relato de crímenes históricos, sino como una ventana hacia las formas en que el poder, el secreto y la complicidad pueden combinarse para permitir que los más vulnerables sean victimizados por aquellos que deberían protegerlos.
Es una historia que desafía las narrativas convencionales sobre el progreso social y la justicia, recordándonos que algunas verdades permanecen enterradas no por accidente, sino por diseño. Y en las noches silenciosas de Toluca, cuando el viento baja de las montañas del Nevado y susurra entre los edificios modernos que ahora ocupan las tierras donde una vez se alzó la hacienda San Vicente, algunos residentes aún reportan que pueden escuchar ecos de voces que nunca fueron silenciadas completamente, recordatorios
de que algunos secretos son demasiado terribles para permanecer enterrados para siempre. Yeah.















