
La maldición de los Zapata, Clara Zapata, 1861, Veracruz. Boda bañada en sangre. Bienvenidos a un nuevo relato. Si aún no te has suscrito al canal, te invito a que lo hagas ahora para no perderte más historias como esta. Y cuéntame en los comentarios desde dónde nos ves y a qué hora.
Me encanta saber que hay alguien del otro lado escuchando estas historias. Ahora sí, comencemos con esta oscura historia del México del siglo XIX y parte uno. El puerto de Veracruz bullía bajo el sol implacable de marzo. Era el año de 1861 y la ciudad portuaria vivía días de incertidumbre política mientras el presidente Benito Juárez intentaba consolidar su gobierno liberal tras años de guerra civil.
Pero en la casona de los Zapata, ubicada en la calle de la Mercedes cuadras del malecón, la política parecía un asunto lejano. Lo que importaba era la boda. Lara Zapata tenía 23 años y era considerada la joya de la familia. Su padre, don Sebastián Zapata, había amasado una fortuna considerable como intermediario entre los productores de azúcar de las haciendas cercanas y los comerciantes europeos que llegaban al puerto.
No era un hombre de abolengo antiguo ni de linaje español puro, pero su dinero hablaba con voz fuerte en una ciudad donde el comercio lo era todo. La casona de los Zapata era una construcción típica del puerto. Muros gruesos encalados de blanco, balcones de hierro forjado con vista a la calle y un patio interior con una fuente de cantera que nunca dejaba de murmurar.
El segundo piso, donde se ubicaban las habitaciones familiares, permanecía fresco, incluso en los días más calurosos, gracias a los altos techos con vigas de madera y las persianas de cedro, que filtraban la luz del Golfo de México. Clara se encontraba frente al espejo de su habitación, mientras su madre, doña refugio, supervisaba los últimos ajustes del vestido de novia.
Era una prenda magnífica, satén blanco importado de Francia, encajes de brujas y pequeñas perlas cocidas a mano en el corpiño. El vestido había llegado en un barco mercante apenas dos semanas atrás y su costo había sido el tema de conversación en todas las tertulias del puerto. “Estás preciosa, hija”, murmuró doña refugio con lágrimas en los ojos.
Era una mujer menuda de piel morena clara y cabello negro recogido en un moño apretado. A sus 45 años conservaba cierta belleza marchita como una flor que había conocido mejores días. Don Miguel es un hombre afortunado. Clara sonríó débilmente. Miguel Álvarez de Toledo era un comerciante español de 38 años que había llegado a Veracruz 10 años atrás.
alto de barba oscura cuidadosamente recortada y modales refinados, había cortejado a Clara durante casi un año con la aprobación entusiasta de don Sebastián. Miguel tenía contactos en La Habana, Cádiz y Barcelona. Su matrimonio con Clara no solo unía a dos personas, sino que consolidaba una alianza comercial que podría hacer de los Zapata una de las familias más poderosas del puerto.
Pero Clara no amaba a Miguel, lo respetaba, lo encontraba agradable, incluso apreciaba su conversación educada y sus atenciones, pero su corazón nunca había latido con fuerza por él. En cambio, durante los últimos meses había desarrollado sentimientos confusos y perturbadores por alguien completamente inapropiado, Tomás Villarreal, el hijo de un antiguo socio de su padre que había caído en desgracia.
“Mamá”, preguntó Clara suavemente mientras su madre ajustaba el velo de encaje. “¿Qué pasó realmente entre papá y don Fernando Villarreal?” Doña Refugio se quedó inmóvil. Sus dedos dejaron de moverse sobre el velo y su rostro palideció ligeramente. Fue solo un instante, pero Clara lo notó. Eso es cosa del pasado, Clara.
No es momento para hablar de negocios respondió su madre con voz tensa. Hoy es tu día. Pero Tomás, no quiero oír ese nombre, interrumpió doña refugio con dureza inusual en ella. Los Villarreal ya no son parte de nuestras vidas. Tu padre tomó las decisiones que debía tomar. Ahora tú harás lo mismo al casarte con don Miguel.
Clara guardó silencio, pero un nudo se formó en su garganta. Sabía que algo terrible había ocurrido entre las dos familias. Hacía 5 años, Fernando Villarreal había sido el socio más cercano de su padre. Juntos habían construido un imperio comercial que controlaba gran parte del tráfico de azúcar y café en la región, pero algo había salido mal.
Una noche, tras una reunión de negocios en la casona, don Fernando había salido furioso, jurando que don Sebastián le pagaría por su traición. Dos semanas después, don Fernando había muerto. Oficialmente había sido un accidente. Su caballo lo había derribado mientras cabalgaba de regreso de su hacienda en paso de ovejas.
Pero los rumores en el puerto contaban otra historia. Algunos decían que el caballo había sido deliberadamente asustado. Otros murmuraban sobre sobornos y documentos falsificados. Lo cierto eraque tras la muerte de Fernando Villarreal, don Sebastián había quedado como único dueño de todos los contratos y propiedades que antes compartían.
La viuda de don Fernando, doña Hortensia, había intentado pelear legalmente por lo que consideraba la herencia de su esposo, pero los tribunales locales habían fallado a favor de don Sebastián. Los Villarreal habían perdido todo, su casa en el puerto, su hacienda, sus contactos comerciales.
Hortensia y su hijo Tomás habían sido obligados a mudarse a una casa humilde en el barrio de la Huaca, donde sobrevivían con lo poco que les quedaba. Clara había visto a Tomás por última vez hacía tres meses en la iglesia de la parroquia. Sus miradas se habían cruzado durante la misa dominical. Y en los ojos del joven había visto algo que la había perseguido desde entonces, dolor, rabia y un anhelo que la había estremecido hasta los huesos.
Tomás había sido su amigo de infancia antes de que todo se derrumbara entre sus familias. Recordaba tardes jugando en el patio de la hacienda Villarreal, corriendo entre los campos de caña, mientras sus padres discutían negocios. Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Era su hermano menor, Rafael, un muchacho de 19 años con el rostro de su padre, pero la mirada inquieta de alguien que aún no ha encontrado su lugar en el mundo. “Lara, papá dice que ya casi es hora. Los invitados están llegando a la iglesia”, anunció Rafael. Su voz sonaba extraña, tensa. “¿Estás lista?” Tan lista como puedo estar”, respondió Clara intentando sonar animada.
Rafael entró a la habitación y cerró la puerta tras él. Miró a su madre y luego a su hermana con expresión preocupada. “¿Pasa algo, Rafael?”, preguntó doña Refugio. El joven vaciló. Vi a alguien afuera frente a la casa. Era Tomás Villarreal. El silencio que siguió fue denso como el aire antes de una tormenta.
Clara sintió que su corazón se aceleraba. Doña Refugio cerró los ojos como si estuviera orando. ¿Qué hacía? Preguntó Clara con voz apenas audible. Solo miraba la casa. Estaba de pie en la esquina bajo la sombra de los laureles. Cuando me vio, no se movió, solo me miró fijamente y luego se fue caminando hacia el malecón.
Rafael se pasó una mano por el cabello oscuro. Había algo en su cara clara. Parecía, no sé, parecía un hombre que ha tomado una decisión terrible. Doña Refugio tomó aire profundamente y se acercó a su hija, colocando ambas manos en sus hombros. Escúchame bien, Clara. Lo que pasó entre tu padre y los Villarreal fue por negocios. Así funcionan las cosas en este mundo.
Tu padre protegió a esta familia, nos aseguró un futuro. Hoy te casas con Miguel y con eso sellaremos nuestra posición. No hay lugar para dudas ni para el pasado. Su voz se suavizó levemente. Sé que tuviste cariño a Tomás cuando eran niños, pero eso fue hace mucho tiempo. Son personas diferentes ahora. Clara asintió lentamente, aunque sus pensamientos eran un torbellino.
¿Qué hacía Tomás frente a su casa el día de su boda? había venido a verla una última vez o había algo más oscuro en su visita. Desde abajo llegaban ya los sonidos de los preparativos finales. La familia se reuniría en la casa antes de partir en carruajes hacia la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, donde don Miguel la esperaba junto al altar.
La ceremonia estaba programada para las 5 de la tarde, aprovechando la luz dorada del atardecer que hacía de Veracruz un lugar casi mágico cuando el calor del día comenzaba a ceder. “Es hora, señoritas”, anunció la vieja criada Jacinta desde el pasillo. Jacinta había estado con la familia Zapata desde antes de que Clara naciera.
Era una mujer indígena de Tlacotalpan, con el rostro surcado de arrugas profundas y ojos negros que parecían ver más de lo que decían. Don Sebastián está impaciente. Clara tomó una última respiración profunda frente al espejo. La joven que la miraba desde el cristal llevaba el vestido más hermoso que jamás había visto. Pero sus ojos verdes reflejaban una mezcla de resignación y miedo que ningún encaje podía ocultar.
Bajó las escaleras lentamente, sosteniendo el largo vestido para no tropezar. En la sala principal la esperaba su padre. Don Sebastián Zapata era un hombre de 52 años, corpulento, con bigote negro recortado a la usanza francesa y ojos pequeños, pero astutos. Vestía un traje negro impecable con chaleco de seda y una leina de oro que cruzaba su amplio pecho.
Al ver a su hija descender, sus ojos se humedecieron. Mi niña”, murmuró con voz ronca, “estás hermosa. Tu abuelo estaría orgulloso de ver esto.” El abuelo de Clara, don Esteban Zapata, había sido un arriero que transportaba mercancías entre Veracruz y Ciudad de México. Había muerto cuando don Sebastián era joven, dejándole poco más que una mula y deudas.
Todo lo que la familia tenía ahora lo había construido don Sebastián con sus propias manos y según él con supropia astucia. Y Clara sabía que su padre era capaz de cualquier cosa para proteger lo que había construido. “Gracias, papá”, respondió Clara, permitiendo que su padre tomara su mano enguantada. Hoy es un gran día para los Zapata,” continuó don Sebastián mientras caminaban hacia la puerta principal donde esperaban los carruajes.
Con esta unión, nuestra familia será respetada en todo el Golfo. Miguel tiene conexiones que nos abrirán puertas en Europa. Nuestros hijos tendrán oportunidades que nosotros nunca tuvimos. Clara notó como su padre evitaba mencionar a los Villarreal como si nunca hubieran existido, pero ella no podía quitarse de la mente la imagen que Rafael había descrito.
Tomás, de pie bajo los laureles, mirando la casa con ojos llenos de decisiones terribles. Los carruajes arrancaron en procesión hacia la iglesia. Veracruz desfilaba por las ventanillas. Casas coloridas con balcones de hierro, vendedores ambulantes gritando sus mercancías, el olor salado del mar mezclándose con el aroma de tortillas recién hechas y pescado frito.
Las calles empedradas hacían que el carruaje se sacudiera constantemente y Clara se aferraba al brazo de su padre mientras su mente vagaba. Parte dos. La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción se alzaba imponente en el centro del puerto con su fachada de cantera blanca y su campanario que dominaba el horizonte. Era un edificio del siglo X con gruesas paredes que habían resistido huracanes, piratas y revoluciones.
En su interior, las columnas dóricas sostenían bóvedas decoradas con frescos descoloridos que representaban escenas bíblicas y el altar mayor resplandecía con pan de oro aplicado por artesanos indígenas generaciones atrás. Para cuando Clara llegó, la iglesia estaba repleta. Los bancos de madera oscura crujían bajo el peso de más de 200 invitados.
Toda la sociedad comercial de Veracruz había acudido. Comerciantes españoles con sus esposas enyadas, funcionarios del gobierno liberal recién instalado, capitanes de barco mercante con sus uniformes almidonados y ascendados de las zonas cercanas. Las mujeres lucían sus mejores vestidos de seda y algodón fino. Abanicos de Nácar se movían incesantemente contra el calor que el edificio de piedra no lograba contener del todo.
Y el aroma mezclado de perfumes europeos y flores tropicales creaba una atmósfera casi mareante. Don Miguel Álvarez de Toledo esperaba junto al altar acompañado de su padrino, un comerciante catalán llamado Josep Martí. Miguel vestía un impecable traje negro con levita, pantalón de rayas y un chaleco bordado.
Su barba estaba perfectamente recortada y su cabello negro peinado hacia atrás con pomada. Cuando vio entrar a Clara del brazo de su padre, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina de satisfacción. No era un hombre apuesto en el sentido clásico, pero tenía cierta prestancia, una seguridad en sí mismo que venía de años de éxito comercial.
La música del órgano llenó el espacio cavernoso mientras Clara avanzaba lentamente por el pasillo central. Los rostros de los invitados se volvían para mirarla, algunos con admiración, otros con envidia apenas disimulada. El vestido blanco parecía flotar sobre las piedras del piso y el velo de encaje creaba un halo etéreo alrededor de su rostro.
Pero mientras Clara caminaba, sus ojos recorrían nerviosamente las filas de bancos. buscaba algo, alguien, y entonces lo vio. Tomás Villarreal estaba de pie al final de la iglesia, medio oculto detrás de una columna. Vestía un traje oscuro que había visto mejores días y su rostro delgado estaba demacrado, como si no hubiera comido bien en semanas.
Pero eran sus ojos lo que hizo que Clara tropezara ligeramente. Ardían con una intensidad que la atravesó como un cuchillo. No era odio lo que veía allí, o al menos no solo odio, era algo más complejo, más doloroso. Era el rostro de un hombre que había perdido todo y que había venido a presenciar como la persona que alguna vez amó sellaba su destino con el enemigo.
Don Sebastián sintió el tropiezo de su hija y apretó su brazo con más fuerza. “Tranquila”, murmuró casi inaudiblemente. “ya casi llegamos.” Clara apartó la mirada de Tomás y la fijó en Miguel, que la esperaba con expresión expectante. El sacerdote, el padre Anselmo García, un hombre mayor con sotana negra y expresión severa, se preparaba para iniciar la ceremonia.
El padre Anselmo era conocido en el puerto por su rigidez moral y sus sermones sobre el pecado y la redención. No era un hombre fácil de complacer, pero don Sebastián había hecho una generosa donación a la iglesia para asegurarse de que la ceremonia fuera perfecta. La misa nupsial comenzó con las palabras rituales en latín.
El padre Anselmo hablaba con voz resonante que rebotaba en las bóvedas de piedra. Clara respondía mecánicamente, sus labios formando las palabras apropiadas mientras su mente estaba en otro lugar. Sentía la presencia de Tomás a susespaldas como un peso físico. Cuando llegó el momento de los votos, Miguel tomó las manos de Clara.
Sus palmas estaban cálidas y ligeramente sudorosas. Clara Esperanza Zapata Torres, comenzó Miguel con voz firme y clara. Aceptas ser mi esposa. Prometes serme fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de tu vida. Clara abrió la boca para responder, pero en ese momento se escuchó un ruido extraño desde el fondo de la iglesia.
Era como si alguien hubiera derribado algo. Los invitados comenzaron a murmurar y volver sus cabezas. El padre Anselmo frunció el seño con irritación. “¿Aceptas?”, repitió Miguel, apretando ligeramente las manos de Clara. “Acepto”, dijo Clara finalmente, su voz sonando extrañamente distante, incluso para ella misma.
Miguel Álvarez de Toledo y Mendoza, continuó el padre Anselmo, aceptas a Clara Esperanza Zapata Torres como tu esposa prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida. Acepto, respondió Miguel sin vacilación. El padre Anselmo continuó con las bendiciones rituales.
Se trajeron los anillos, dos bandas de oro que habían sido forjadas por el mejor joyero de Veracruz. Miguel deslizó el anillo en el dedo de Clara con movimiento suave y practicado. Clara hizo lo mismo, sintiendo como si sus dedos pertenecieran a otra persona. “Lo que Dios ha unido, proclamó el padre Anselmo con solemnidad, que no lo separe el hombre.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén, respondieron los presentes al unísono. Puedes besar a la novia, anunció el sacerdote. Miguel levantó el velo de Clara con cuidado y se inclinó para besarla. Fue un beso casto, apropiado para la ocasión, pero que a Clara le pareció interminable. Cuando finalmente se separaron, los invitados aplaudieron y el órgano rompió en una marcha triunfal.
Ahora eran marido y mujer. La procesión de salida fue más rápida que la entrada. Clara tomó del brazo a Miguel y caminaron por el pasillo mientras los invitados los felicitaban desde sus bancos. Pero cuando pasaron junto a la columna donde había visto a Tomás, Clara notó que ya no estaba allí. El espacio estaba vacío. Afuera, el sol comenzaba a descender sobre el Golfo de México, tiñiendo el cielo de naranjas y rosas intensos.
El aire era más fresco ahora, con la brisa marina trayendo olor a sal y algas. Los carruajes esperaban para llevar a los novios y a los invitados más importantes a la casona de los Zapata, donde se celebraría el banquete nupsial. Estás radiante, querida”, dijo Miguel mientras ayudaba a Clara a subir al carruaje principal, decorado con listones blancos y flores de azarha.
“Espero que seas feliz.” Clara lo miró y vio sinceridad en su rostro. “Miguel era un buen hombre, pensó. No era culpa suya que ella no pudiera amarlo como debía. No era culpa suya que el fantasma de otra familia, de otro destino posible, la persiguiera incluso en su día de bodas. “Gracias, Miguel”, respondió ella suavemente.
“Haré lo posible por ser una buena esposa.” El carruaje arrancó, seguido por una larga procesión de vehículos que llevaban a los invitados. Las calles de Veracruz estaban llenas de gente común que se detenía para ver pasar la caravana nupsial. Algunos gritaban felicitaciones, otros simplemente observaban con curiosidad.
En el puerto, donde las diferencias entre ricos y pobres eran tan marcadas como la línea entre el mar y la tierra, una boda como esta era un espectáculo que no se veía todos los días. La casona de los Zapata había sido transformada para la ocasión. El patio interior, normalmente austero, ahora estaba decorado con cientos de flores tropicales, bugambilias moradas, aves del paraíso anaranjadas, orquídeas blancas importadas especialmente.
Largas mesas cubiertas con manteles de lino blanco se extendían bajo los arcos del corredor, cargadas con fuentes de plata que pronto contendrían la cena. Don Sebastián había contratado a los mejores cocineros del puerto y los aromas que salían de la cocina eran una promesa de manjares, pescado a la veracruzana, arroz blanco perfumado, mole negro de Oaxaca, lechón asado y dulces de todas clases.
Los músicos ya estaban instalados en una esquina del patio, un conjunto de arpa, guitarras y violines que tocaban sones jarochos y balses europeos. Las notas alegres llenaban el aire mientras los invitados comenzaban a llegar y a ocupar sus lugares. Clara fue llevada a su habitación para cambiarse el vestido de novia por algo más apropiado para la cena.
Su madre y dos criadas la ayudaron a quitarse la pesada prenda y a ponerse un vestido de seda verde esmeralda que realzaba el color de sus ojos. Cuando bajó de nuevo, Miguel la esperaba con una copa de champán francés en cada mano. “Por nosotros”, brindó él entregándole una copa por un futuro próspero.Clara bebió sintiendo como las burbujas le hacían cosquillas en la nariz.
El champán era delicioso, dulce y seco a la vez. Nunca había bebido algo tan refinado. El banquete comenzó con discursos. Don Sebastián se puso de pie. su voz potente llegando a todos los rincones del patio. Amigos, familiares, distinguidos invitados, comenzó. Este es un día de gran alegría para la familia Zapata.
Mi hija Clara, la luz de mi vida, se ha unido en matrimonio con don Miguel Álvarez de Toledo, un hombre de honor y de empresa. Esta unión no solo une a dos personas, sino a dos familias, a dos historias, a dos futuros. Los invitados aplaudieron educadamente. Don Sebastián continuó, su rostro enrojeciendo ligeramente por la emoción y el brandy que ya había consumido.
He trabajado toda mi vida para darle a mi familia lo que nunca tuve. He luchado, he tomado decisiones difíciles, he hecho sacrificios, pero todo ha valido la pena para ver este día. Clara, mi niña, que seas muy feliz, Miguel. cuida de ella como el tesoro que es. Más aplausos. Miguel se levantó y también dio un breve discurso, agradeciendo a don Sebastián por confiarle a su hija y prometiendo honrar a la familia Zapata.
Su español tenía ese leve acento catalán que lo delataba como extranjero, pero sus palabras eran educadas y apropiadas. La comida fue servida en múltiples tiempos. Primero llegaron las ostras frescas del Golfo servidas sobre hielo picado, luego una sopa de mariscos espesa y aromática. El pescado a la veracruzana era la especialidad.
Huachinango fresco cubierto con una salsa de tomate, alcaparras, aceitunas y chiles jalapeños, cocinado a la perfección. Los invitados comían con apetito mientras el vino español fluía libremente. Clara apenas probaba la comida. Su estómago estaba hecho un nudo. Sonreía cuando era necesario. Respondía a las felicitaciones con frases apropiadas, pero su mente estaba en otra parte.
No podía dejar de pensar en Tomás, en su presencia en la iglesia, en su ausencia. Ahora, cuando el sol finalmente se ocultó completamente, se encendieron antorchas y lámparas de aceite alrededor del patio. La luz dorada y parpade creaba sombras danzantes en las paredes encaladas. Los músicos comenzaron a tocar piezas más animadas y algunos invitados se levantaron para bailar.
Miguel extendió su mano hacia Clara. ¿Me concedes este baile, esposa mía? La palabra esposa sonó extraña en sus oídos, como si perteneciera a otra persona. Pero Clara tomó su mano y dejó que la guiara al centro del patio. Bailaron un bals y Miguel era sorprendentemente buen bailarín, guiándola con suavidad pero firmeza.
Otros parejas se unieron a ellos y pronto el patio se llenó de cuerpos en movimiento, telas ondeantes y risas. Era cerca de las 10 de la noche cuando Rafael se acercó a Clara durante una pausa en el baile. Su hermano parecía nervioso, sus ojos moviéndose constantemente como si buscara a algo o a alguien.
“Clara, necesito hablar contigo”, susurró urgentemente. “A solas, Rafael, es mi boda. No puedo simplemente desaparecer. Es importante, por favor.” Había algo en su tono que hizo que Clara accediera. Le dijo a Miguel que necesitaba un momento para arreglarse y siguió a Rafael hacia el interior de la casa, lejos del ruido de la fiesta.
Se detuvieron en la biblioteca de don Sebastián, una habitación pequeña con estantes llenos de libros de contabilidad y algunas obras literarias. Rafael cerró la puerta y se volvió hacia su hermana con expresión angustiada. Vi a Tomás Villarreal de nuevo. Hace una hora estaba afuera de la casa. ¿Qué? Clara sintió que su corazón se aceleraba. ¿Qué hacía? No lo sé.
Pero no estaba solo. Había otros hombres con él, tres o cuatro. No pude verlos bien en la oscuridad. Estaban hablando, planeando algo y Clara Rafael vaciló. Uno de ellos tenía algo en la mano, algo que brillaba. Creo que era un cuchillo. Parte tres. El mundo pareció detenerse para clara. El ruido de la fiesta desde el patio se convirtió en un murmullo lejano, como si estuviera bajo el agua.
un cuchillo, hombres planeando algo afuera de su casa en la noche de su boda. ¿Se lo dijiste a papá?, preguntó Clara, su voz saliendo más aguda de lo normal. Rafael negó con la cabeza. No he tenido oportunidad. Además, ¿qué le voy a decir? Que vi sombras en la calle, que uno de ellos podría haber tenido un arma.
Papá dirá que estoy imaginando cosas, que bebí demasiado vino. Clara se llevó una mano a la frente. Su mente trabajaba frenéticamente tratando de darle sentido a todo esto. Tomás en la iglesia, Tomás afuera de la casa, Tomás con hombres armados. ¿Qué estaba planeando? ¿Algún tipo de confrontación con su padre? ¿Alguna locura desesperada por interrumpir la boda, aunque ya era demasiado tarde o algo peor? Rafael, ¿hay guardias en la casa, ¿verdad?, preguntó Clara.
Don Sebastián siempre tenía al menos dos hombres armados vigilando la propiedad,especialmente durante eventos grandes como este. Sí, pero están en la entrada principal. La casa tiene muchas formas de entrar si alguien realmente quiere hacerlo. Las ventanas del segundo piso, el muro del jardín trasero, la puerta de servicio de la cocina.
Rafael se pasó ambas manos por el cabello desordenándolo. Clara, ¿qué crees que quiere Tomás? Clara pensó en los ojos de Tomás en la iglesia, en la manera en que la había mirado. No era la mirada de un hombre que simplemente quiere despedirse, era la mirada de alguien que ha tomado una decisión definitiva, irreversible. “Creo que quiere venganza,”, dijo Clara en voz baja.
“contra papá por lo que le hizo a su familia. ¿Pero qué exactamente le hizo papá?”, preguntó Rafael. “Nunca nos han contado la historia completa. Solo sabemos que don Fernando murió y que hubo problemas con los negocios. Era cierto, los detalles de la ruptura entre don Sebastián y Fernando Villarreal habían sido cuidadosamente ocultados de Clara y Rafael.
Pero Clara había escuchado fragmentos de conversaciones entre criados. Había visto documentos en el escritorio de su padre que mencionaban apropiación indebida y falsificación de firmas. Había oído a su madre llorar una noche, rogándole a don Sebastián que no hiciera eso, aunque Clara nunca había sabido qué era eso específicamente.
No lo sé con certeza, admitió Clara, pero creo que papá hizo algo terrible, algo que llevó a la ruina y posiblemente a la muerte de don Fernando. Un golpe súbito en la puerta los hizo saltar a ambos. Era Jacinta, la vieja criada, con expresión preocupada. Niña Clara, don Miguel la está buscando y don Sebastián quiere hacer otro brindis, anunció. Luego bajó la voz.
¿Qué hacen aquí encerrados? La gente va a hablar. Ya vamos, Jacinta, respondió Clara, obligándose a sonar normal. Se volvió hacia Rafael. Habla con los guardias. Diles que refuercen la vigilancia. No menciones a Tomás específicamente. Solo di que papá quiere más seguridad durante la fiesta. Rafael asintió y salió rápidamente.
Clara se tomó un momento para componerse frente a un pequeño espejo en la biblioteca. Su rostro se veía pálido, sus ojos demasiado grandes. Se pellizcó las mejillas para darse algo de color y regresó al patio. La fiesta continuaba en pleno apogeo. Varios invitados ya mostraban signos de haber bebido demasiado.
Las risas eran más fuertes, las conversaciones más animadas. Don Sebastián estaba en el centro de un grupo de comerciantes contando una historia que los hacía reír a carcajadas. Miguel charlaba con Josep Martí y otros catalanes cerca de la fuente. Cuando Miguel vio a Clara, se disculpó con sus compañeros y se acercó a ella.
¿Dónde habías sido? Te busqué, dijo sin reproche en su voz, solo curiosidad genuina. Necesitaba un momento de aire fresco, mintió Clara. Todo esto es un poco abrumador. Miguel sonrió comprensivamente. Lo entiendo, es mucho, pero pronto podremos retirarnos. Solo un par de horas más de cortesías. Y luego dejó la frase sin terminar, pero el significado era claro.
Esa noche sería su noche de bodas. Miguel había alquilado una habitación en el mejor hotel del puerto, el hotel diligencias, para su primera noche como matrimonio. Mañana partirían en barco hacia la Habana para su luna de miel. Clara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire de la noche. Había estado evitando pensar en ese aspecto del matrimonio.
Su madre le había explicado vagamente qué esperar con eufemismos torpes sobre deberes matrimoniales y complacer a su esposo. Pero la idea de estar a solas con Miguel, de permitirle intimidades que aún le parecían abstractas y atemorizantes, le revolvía el estómago. Miguel, dijo Clara impulsivamente, tomando su mano.
Eres feliz con este matrimonio? Miguel pareció sorprendido por la pregunta. Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas? Es solo que apenas nos conocemos. En realidad, hemos pasado tiempo juntos, sí, pero siempre con carabina, siempre en situaciones formales. No sé si realmente me conoces. Miguel estudió su rostro con expresión pensativa.
Tal vez tengas razón, pero tenemos toda una vida para conocernos. El amor Clara a veces viene después del matrimonio, no antes. Nuestros padres se casaron así, nuestros abuelos también, y muchos fueron felices. Y los que no lo fueron aprendieron a vivir con ello, respondió Miguel con pragmatismo que aclara le pareció tanto honesto como deprimente.
Pero yo tengo esperanzas de que nosotros seamos de los afortunados. Me agradas, Clara. Eres inteligente, educada, hermosa. ¿Qué más podría pedir un hombre? Amor, pensó Clara, pasión, conexión real, pero no dijo nada de eso. En cambio, sonríó débilmente y dejó que Miguel la guiara de vuelta hacia los invitados.
Era casi medianoche cuando Clara se dio cuenta de que no había visto a su padre en un rato. Don Sebastián había estado bebiendo copiosamente durante toda la noche, surostro cada vez más rojo, su voz cada vez más fuerte, pero ahora no estaba en el patio. Clara buscó con la mirada y finalmente vio a su madre, doña refugio, de pie junto a la puerta que llevaba al estudio privado de don Sebastián.
Su expresión era tensa. Clara se excusó con Miguel y se acercó a su madre. Mamá, ¿dónde está papá? En su estudio. Necesitaba un momento a solas, respondió doña refugio, pero había algo en su voz que no sonaba bien. Clara, tu padre ha bebido mucho esta noche. Está emotivo. Emotivo. ¿Cómo? Doña refugio vaciló.
Está hablando de cosas del pasado, de decisiones que tomó. Creo que la boda lo tiene nostálgico, o culpable, pensó Clara. Se disculpó con su madre y se dirigió hacia el estudio. La puerta estaba entreabierta y desde dentro llegaba la voz de su padre, aunque no había nadie más con él. Estaba hablando solo.
Clara empujó la puerta suavemente. El estudio era una habitación oscura, forrada de madera, con un gran escritorio de caoba y estantes llenos de libros de contabilidad. y documentos. Don Sebastián estaba sentado en su silla, una copa de brandy en una mano y en la otra un documento viejo amarillento por el tiempo.
“Papá!”, llamó Clara suavemente. Don Sebastián levantó la vista. Sus ojos estaban vidriosos por el alcohol, pero había en ellos algo más. Una tristeza profunda, casi desesperada. “¡Clara, mi niña”, murmuró. Mi hermosa niña, estás casada ahora. Ya no eres mía. Siempre seré tu hija”, respondió Clara entrando al estudio y cerrando la puerta tras ella, se acercó a su padre.
“¿Qué estás leyendo?” Don Sebastián miró el documento en su mano como si lo hubiera olvidado. Esto esto es un recordatorio de lo que tuve que hacer para llegar hasta aquí. ¿Qué es? Su padre extendió el papel hacia ella. Clara lo tomó con cuidado. Era un documento legal fechado 5co años atrás que transfería la propiedad de la hacienda San Rafael de Fernando Villarreal a Sebastián Zapata.
La firma de Fernando al pie del documento parecía temblorosa, forzada. “Papá”, dijo Clara lentamente, sintiendo como la verdad comenzaba a tomar forma en su mente. “¿Obligaste a don Fernando a firmar esto?” Don Sebastián bebió un largo trago de su brandy antes de responder. Fernando era un tonto dijo finalmente su voz amarga.
Invirtió todo en un cargamento de café que nunca llegó. El barco se hundió en una tormenta frente a Cuba. Perdió todo. Vino a mí rogando, literalmente rogando, por un préstamo para salvar su hacienda. Le di el dinero, pero con condiciones. Si no podía pagarlo en 6 meses, la hacienda sería mía. Firmó el acuerdo sin leerlo bien. Estaba desesperado.
Pero no pudo pagar, concluyó Clara. No, y yo ejecuté el contrato. Era mi derecho legal. Don Sebastián se sirvió más Brandy con mano temblorosa. Fernando no lo aceptó. dijo que yo había saboteado su cargamento, que yo había pagado a alguien para hundir el barco. Era mentira clara, pura paranoia de un hombre arruinado. Y su muerte.
Don Sebastián cerró los ojos. Fue un accidente. Su caballo se asustó, cayó y se rompió el cuello. Yo no tuve nada que ver con eso, pero había algo en la manera en que lo dijo, en cómo evitaba mirarla a los ojos, que hizo que Clara dudara. Realmente había sido un accidente o don Sebastián había tomado medidas para asegurarse de que Fernando no pudiera seguir peleando.
Tomás está aquí, dijo Clara abruptamente. Rafael lo vio afuera con otros hombres armados. La expresión de don Sebastián cambió instantáneamente. La melancolía ebria se evaporó, reemplazada por algo duro y peligroso. ¿Cuándo? Hace una hora. Rafael me lo dijo. Cree que están planeando algo. Don Sebastián se puso de pie con sorprendente rapidez para un hombre que había bebido tanto.
Caminó hacia su escritorio, abrió un cajón y sacó una pistola. Era un revólver de percusión. bien cuidado y obviamente cargado. “Papá, ¿qué vas a hacer?”, preguntó Clara alarmada. “Proteger a mi familia”, respondió su padre comprobando el arma. “Si ese muchacho Villarreal quiere problemas, los tendrá, pero no arruinará tu boda.
No después de todo lo que invertí en esto. No puedes simplemente salir y dispararle. Hay cientos de testigos aquí. Arruinarías tu propia reputación. Don Sebastián la miró y Clara vio en sus ojos la misma determinación fría que había construido su fortuna. Su padre era capaz de cualquier cosa cuando se trataba de proteger lo que consideraba suyo.
Entonces me aseguraré de que no haya testigos dijo simplemente. Parte cuatro. El corazón declara la tía tan fuerte que temía que su padre pudiera escucharlo. Don Sebastián guardó la pistola bajo su levita con movimiento practicado, como si hubiera hecho esto antes. “Probablemente lo había hecho,”, pensó Clara con un escalofrío.
“El mundo de los negocios en el puerto de Veracruz no era para los débiles o los escrúpulos excesivos. “Papá, por favor!”, imploróClara tomando su brazo. No hagas nada precipitado. Tal vez Tomás solo vino a, no sé, a decir a Dios, a hacer las paces. Los hombres que vienen a hacer las paces no traen armas, respondió don Sebastián secamente, y no se esconden en las sombras.
Tu hermano tiene razón en preocuparse. Salieron del estudio juntos. El patio seguía lleno de invitados festejando, ajenos a cualquier tensión. Los músicos tocaban ahora un son guasteco alegre y varias parejas bailaban con entusiasmo, cada vez menos coordinado por el alcohol. Nadie notaba nada inusual. Don Sebastián encontró a uno de sus hombres de confianza, un tipo grande y moreno llamado Bernardo, que trabajaba como capataz en los muelles.
Le habló al oído demasiado bajo para que Clara escuchara. Bernardo asintió seriamente y desapareció hacia la entrada principal de la casa. Rafael apareció entonces aún nervioso. Papá, reforcé la guardia como dijiste. Hay cuatro hombres en el perímetro ahora. Bien. Don Sebastián miró a sus dos hijos. Clara, ve con tu esposo.
Actúa normal. Rafael, quédate cerca de las puertas. Si ves algo sospechoso, cualquier cosa, me avisas inmediatamente. ¿Qué vas a hacer? Preguntó Rafael. Voy a dar un paseo fuera, ver si nuestro joven amigo Villarreal anda todavía por aquí. Don Sebastián ajustó su levita para ocultar mejor el bulto de la pistola.
Si es así, tendremos una conversación de hombre a hombre. Yo voy contigo, dijo Rafael rápidamente. No, tu lugar es aquí, cuidando a tu hermana y a los invitados. Don Sebastián puso una mano pesada en el hombro de su hijo. Confía en mí, muchacho. He manejado situaciones peores que un joven resentido con ideas de venganza.
Antes de que Clara pudiera protestar más, su padre había desaparecido entre la multitud, dirigiéndose hacia la salida. Clara sintió una oleada de náusea. Todo esto estaba mal. Su boda, que debía ser un día de alegría, se había convertido en algo oscuro y peligroso. Clara, la voz de Miguel interrumpió sus pensamientos.
Su esposo se acercaba con dos copas de champán. ¿Dónde te habías metido? Van a partir el pastel pronto. El pastel, por supuesto, la última gran ceremonia de la noche antes de que los novios pudieran retirarse. Era una creación impresionante de cinco pisos, cubierto con merengue blanco y decorado con flores de azúcar.
Debió costar una fortuna. Estaba con mi padre, respondió Clara tomando la copa, aunque no tenía ganas de beber. Miguel, ¿te puedo preguntar algo? Si supieras que tu padre había hecho algo terrible, algo que arruinó a otra familia, ¿qué harías? Miguel frunció el seño, sorprendido por la pregunta. ¿De dónde viene esto? Solo responde, por favor.
Miguel pensó por un momento. Supongo que dependería de qué tan terrible fuera ese algo. Los negocios son complicados, Clara. A veces hay víctimas. No siempre es justo, pero así es el mundo. Si mi Padre actuó dentro de la ley, aunque el resultado fuera duro para otros, entonces hizo lo que tenía que hacer.
Y si actuó fuera de la ley, entonces tendría que enfrentar las consecuencias. Miguel la estudió cuidadosamente. Esto tiene que ver con los Villarreal. Clara se sorprendió. ¿Conoces esa historia? Todo el mundo en el puerto la conoce, al menos en versiones. Tu padre y Fernando Villarreal eran socios. Hubo un desacuerdo. Fernando murió.
Tu padre prosperó. Miguel hizo una pausa. Hay quienes dicen que tu padre maniobró de manera cuestionable, pero nunca se probó nada. Los tribunales fallaron a su favor. Los tribunales locales, señaló Clara, jueces que probablemente hacían negocios con mi padre. Miguel se encogió de hombros. Así funcionan las cosas aquí.
No me gusta, pero es la realidad. Clara, ¿por qué me preguntas esto ahora en nuestra boda? Porque Tomás Villarreal está afuera con hombres armados y mi padre acaba de salir a confrontarlo. La expresión de Miguel cambió drásticamente. ¿Qué? ¿Por qué no me dijiste antes? Te lo estoy diciendo ahora. Miguel dejó su copa bruscamente en una mesa cercana.
Quédate aquí. Voy a buscar a tu padre. No, Miguel, es peligroso. Precisamente por eso, respondió él. Y había una determinación en su rostro que Clara no había visto antes. Eres mi esposa ahora. Tu seguridad y la de tu familia es mi responsabilidad. Antes de que Clara pudiera detenerlo, Miguel había desaparecido en la misma dirección que había tomado don Sebastián.
Clara se quedó allí, sintiéndose completamente impotente. A su alrededor la fiesta continuaba. Doña Refugio estaba al otro lado del patio charlando animadamente con las esposas de otros comerciantes, completamente ajena al drama que se desarrollaba. Los invitados reían, bebían, bailaban. El mundo seguía girando mientras el de Clara se desmoronaba.
Rafael apareció a su lado. Clara vi a papá salir con Bernardo y también vi a Miguel seguirlos. Lo sé. No pude detenerlo. Los hermanos se miraron compartiendo un momento de comprensión silenciosa.Luego, casi simultáneamente, ambos empezaron a caminar hacia la salida. “Si mamá pregunta, dile que fui a cambiarme de zapatos”, murmuró Clara mientras salían del patio hacia el zaguán de la entrada.
La calle frente a la casona estaba oscura, iluminada apenas por unas pocas lámparas de aceite. Los guardias contratados por don Sebastián estaban en sus posiciones, pero no se veía señal de don Sebastián, Miguel o Bernardo. Clara y Rafael salieron a la calle, sus ojos tratando de ajustarse a la oscuridad. Allá”, susurró Rafael señalando hacia el final de la cuadra, donde la calle giraba hacia el malecón.
Había varias figuras en movimiento, formas oscuras contra el cielo, apenas iluminado por una luna menguante. Se acercaron cuidadosamente, manteniéndose cerca de las paredes de las casas. Clara se recogió el vestido para evitar que arrastrara por el empedrado sucio. Podía escuchar voces ahora, aunque no distinguía las palabras.
Cuando doblaron la esquina, vieron la escena que se desarrollaba. Don Sebastián estaba de pie en medio de la calle Angosta con Bernardo a su lado. Frente a ellos había cuatro hombres. Incluso en la penumbra, Clara reconoció la figura delgada de Tomás Villarreal. Los otros tres eran desconocidos para ella, hombres rudos, probablemente trabajadores del puerto o peones de alguna hacienda con el aspecto de quienes habían conocido tiempos duros.
Miguel estaba unos pasos atrás observando con tensión visible en sus hombros. “No tienes ningún derecho a estar aquí esta noche”, decía don Sebastián con voz fuerte y autoritaria. Mi hija se casó hoy. Es un día de celebración. Si tienes algún asunto conmigo, ven a mi oficina mañana y lo discutiremos como personas civilizadas. Civilizadas.
La voz de Tomás era áspera, cargada de años de amargura, como la manera civilizada en que arruinaste a mi padre, como la manera civilizada en que robaste todo lo que teníamos. Yo no robé nada. Tu padre firmó contratos legales. No es mi culpa que no supiera manejar sus propios asuntos. Mentira! Gritó Tomás dando un paso adelante.
Sus compañeros lo imitaron formando una línea amenazante. Tú saboteaste el cargamento de café. Sobornaste al capitán del barco para que dejara pudrir la mercancía en la bodega. Tengo testigos. testigos que probablemente puedes comprar por unas cuantas monedas”, respondió don Sebastián desdeños, “Tu padre era un hombre débil, Tomás.
No podía aceptar que había fallado, así que necesitaba culpar a alguien. Me eligió a mí. Mi padre murió por lo que le hiciste. La voz de Tomás temblaba ahora, emoción pura filtrándose. Se rompió el cuello cuando su caballo se asustó. Pero ese caballo había estado montado cientos de veces.
Nunca se asustaba hasta esa noche, la noche después de que tu capataz visto cerca de nuestros establos. Don Sebastián no respondió inmediatamente y en ese silencio Clara sintió la confirmación de algo horrible. Su padre había estado involucrado en la muerte de Fernando Villarreal. Tal vez no directamente, tal vez nunca habría podido probarse, pero lo había hecho.
No tengo nada más que decirte, dijo finalmente don Sebastián. su mano moviéndose sutilmente hacia su levita, hacia donde estaba oculta la pistola. Vete a casa, muchacho. Olvida el pasado. Construye tu propio futuro. Mi futuro murió con mi padre, respondió Tomás. Y ahora Clara pudo ver que efectivamente sostenía algo en su mano derecha.
un cuchillo largo de los que se usan para cortar caña, pero puedo asegurarme de que tú no disfrutes el tuyo. Todo sucedió muy rápido. Tomás se lanzó hacia adelante con un grito desgarrador. Uno de sus compañeros lo siguió. Don Sebastián sacó la pistola, pero Bernardo fue más rápido, interponiéndose entre su patrón y los atacantes.
El primer hombre chocó contra Bernardo y ambos cayeron al suelo en un enredo de extremidades. Tomás esquivó a Bernardo y siguió directo hacia Don Sebastián. El disparo de la pistola resonó como un trueno en la calle estrecha, haciendo eco contra las paredes. Pero don Sebastián, alterado por el alcohol y la acción repentina, falló.
La bala se incrustó en la pared de adobe de una casa cercana. Miguel se lanzó hacia adelante tratando de interceptar a Tomás. Los dos hombres colisionaron y Miguel logró agarrar la muñeca de Tomás impidiéndole usar el cuchillo. Forcejearon violentamente, girando en un abrazo mortal. Los otros dos hombres que acompañaban a Tomás ahora se movían sacando sus propias armas.
Don Sebastián trató de disparar de nuevo, pero uno de ellos lo golpeó en el brazo haciéndole soltar la pistola que cayó con estrépito en el empedrado. Clara gritó sin poder contenerse. Rafael corrió hacia delante, pero Clara lo agarró del brazo. No te van a matar, le rogó. En el suelo, Bernardo luchaba con el hombre que lo había derribado.
Eran de tamaño similar, pero el atacante parecía tener la ventaja, presionando las manos deBernardo contra el suelo. Miguel y Tomás seguían forcejeando. El cuchillo brillaba peligrosamente entre ellos, ambos luchando por controlarlo. Miguel era más grande y mejor alimentado, pero Tomás tenía la desesperación de un hombre que no tiene nada que perder.
Don Sebastián, sin su pistola, enfrentaba ahora a dos hombres. Uno de ellos lo golpeó en el estómago haciéndolo doblarse. El otro levantó un palo grueso, preparándose para golpearlo en la cabeza. Entonces, desde la casona llegaron más hombres. Los otros guardias que Rafael había apostado, alertados por el disparo, venían corriendo.
Eran cinco, todos armados con garrotes y dos con pistolas. La marea cambió instantáneamente. Los atacantes de don Sebastián se dieron cuenta de que estaban superados en número y comenzaron a retroceder. El que estaba con Bernardo logró liberarse y echó a correr. Los dos que habían golpeado a don Sebastián hicieron lo mismo, desapareciendo en la oscuridad de las calles adyacentes.
Solo quedaron Tomás y Miguel aún luchando por el cuchillo. “Tomás, vámonos!”, gritó uno de los hombres que huían. “Llegaron más.” Pero Tomás no escuchaba o no le importaba. Toda su atención estaba en el cuchillo en llegar a don Sebastián. con un movimiento desesperado, logró liberar una mano y golpeó a Miguel en la cara con el puño.
Miguel se tambaleó hacia atrás soltándolo. Tomás se giró hacia don Sebastián levantando el cuchillo. Clara vio todo como si ocurriera en cámara lenta. Su padre en el suelo, indefenso. Tomás acercándose con el arma en alto, la cara de Tomás contorsionada por años de dolor y odio. Y entonces sonó otro disparo. Tomás se detuvo en seco. El cuchillo cayó de su mano.
Lentamente miró hacia abajo, donde una mancha roja se extendía por su camisa blanca. se tambaleó, sus rodillas se dieron y cayó al suelo. Miguel estaba de pie a unos metros, sosteniendo la pistola de don Sebastián, el cañón a un humeante. El silencio que siguió fue absoluto, incluso el ruido distante de la fiesta parecía haberse detenido.
Clara corrió hacia adelante sin pensar y se arrodilló junto a Tomás. La herida estaba en su pecho, justo debajo del corazón. La sangre brotaba oscura y abundante. Los ojos de Tomás la encontraron y en ellos Clara vio sorpresa, dolor y algo más suave, una especie de paz triste. “Clara”, susurró él, su voz apenas audible.
“Siempre, siempre fuiste demasiado buena para esto, para toda esta podredumbre. Tomás, no hables. Vamos a buscar un médico. Clara presionó sus manos contra la herida, tratando inútilmente de detener la hemorragia. Su vestido verde se empapaba de sangre. No hay tiempo. Tomás tosió y sangre apareció en sus labios. Solo quiero que sepas que nada de esto fue tu culpa.
Tú no elegiste a tu padre. Yo no elegí al mío, pero ambos, ambos pagamos por sus pecados. Tú no tenías que venir aquí, no tenías que hacer esto, lloró Clara. Sí tenía respondió Tomás, sus ojos comenzando a perder enfoque. Era lo único que me quedaba, vengar a mi padre, hacer que el tuyo sufriera, aunque fuera un poco de lo que nosotros sufrimos.
Pero fallé en eso también fallé. Su respiración se volvía más trabajosa, más superficial. Don Sebastián se había puesto de pie, apoyándose en Bernardo, observando la escena con expresión inescrutable. Miguel estaba inmóvil, la pistola aún en su mano, su rostro pálido por lo que había hecho. “Lo siento”, susurró Clara las lágrimas corriendo por sus mejillas.
“Siento todo lo que te pasó. Siento que nuestras familias terminaran así.” Tomás intentó sonreír, pero fue más una mueca. No llores por mí, Clara. Yo yo elegí esto. Sabía que probablemente no sobreviviría esta noche, pero al menos, al menos moriré sabiendo que intenté hacer lo correcto. Matar a mi padre no era lo correcto, dijo Clara, aunque su voz carecía de convicción.
Tal vez no, pero era lo único que podía hacer. La mano de Tomás encontró la de Clara, apretándola débilmente. Dile a mi madre, dile que lo siento, que no quise dejarla sola, pero no podía. No podía seguir viviendo con esta rabia dentro de mí. Me estaba consumiendo. Su agarre se aflojó. Su pecho subió una última vez y luego se quedó quieto.
Los ojos de Tomás Villarreal, que habían ardido con tanta intensidad apenas momentos antes, ahora miraban sin ver hacia el cielo estrellado de Veracruz. Clara se quedó allí arrodillada junto al cuerpo, sosteniendo su mano mientras la sangre de él manchaba su vestido de novia. No podía moverse, no podía pensar. Solo podía sentir el peso aplastante de todo lo que había llevado a este momento.
Rafael se acercó y puso una mano en su hombro. Clara, tenemos que irnos. La gente va a venir. Van a hacer preguntas. Tenía razón. Ya se escuchaban voces desde la casona, invitados preguntándose qué había sido ese ruido, qué estaba pasando. Don Sebastián se movió rápidamente, su mente ya trabajando enel control de daños.
Bernardo lleva el cuerpo al almacén del muelle. Nadie debe verlo aquí, ordenó con voz firme, como si no acabara de ver morir a un hombre. Miguel, limpia esa pistola y guárdala. Tú actuaste en defensa propia. En defensa de tu suegro, cualquier autoridad lo entenderá. Miguel asintió mecánicamente aún en shock. Y Clara, don Sebastián, se volvió hacia su hija, su voz suavizándose apenas un poco.
Ve a cambiarte ese vestido, lávate y nunca, nunca hables de lo que pasó aquí esta noche. ¿Cómo puedes? Clara no pudo terminar la frase. ¿Cómo podía su padre ser tan frío, tan calculador? Incluso ahora porque tengo que proteger a esta familia, respondió don Sebastián. Tomás Villarreal tomó su decisión, pagó las consecuencias.
Ahora nosotros seguimos adelante. Parte cinco. Clara se tambaleó de regreso hacia la casona, ayudada por Rafael. Sus manos aún estaban cubiertas de sangre, el vestido arruinado, se movía como en trance, su mente incapaz de procesar completamente lo que acababa de presenciar. Entraron por la puerta trasera de servicio para evitar a los invitados.
Jacinta estaba allí esperando como si hubiera sabido que algo terrible había ocurrido. Al ver a Clara, la vieja criada hizo la señal de la cruz. Ay, niña,” murmuró tomando a Clara del brazo. “Ven, vamos arriba. Hay que limpiarte.” En su habitación, Jacinta ayudó a Clara a quitarse el vestido arruinado. La sangre se había secado en algunas partes, pegándose a su piel.
Jacinta trajo agua tibia y comenzó a lavar a Clara con movimientos suaves, pero eficientes, como si hubiera hecho esto antes. “¿Sabías?”, preguntó Clara de repente, su voz ronca. “¿Sabías lo que mi padre le hizo a don Fernando?” Jacinta no respondió inmediatamente. Siguió lavando la sangre de los brazos de Clara con movimientos circulares cuidadosos.
“En esta casa, niña, he visto muchas cosas en todos estos años”, dijo finalmente la anciana. Tu padre es un hombre ambicioso. La ambición a veces exige sacrificios, sacrificios de otros. Eso es todo. Así justificas lo que hizo. No justifico nada, solo digo lo que es. Jacinta vertió más agua, lavando ahora las manos de Clara.
Don Fernando era un buen hombre, pero débil. Tu padre es fuerte, pero despiadado. En este mundo la fuerza gana. No es justo, pero es verdad. Tomás murió, dijo Clara, y al decirlo en voz alta, la realidad finalmente la golpeó por completo. Comenzó a temblar, todo su cuerpo sacudiéndose con sozosos que no podía controlar.
Murió por culpa de mi padre. Miguel lo mató. Jacinta envolvió a Clara en una manta gruesa y la sostuvo mientras lloraba. El joven Tomás eligió su camino. Vino aquí buscando venganza y la venganza casi siempre termina en sangre. Tu esposo lo defendió a tu padre. Eso es lo que dirán las autoridades y probablemente es la verdad. Pero nada de esto hubiera pasado si mi Padre hubiera sido honesto, si no hubiera robado, si no hubiera Sí. Sí.
Sí. interrumpió Jacinta. Puedes pasarte toda la vida diciendo, “Sí, no cambiará nada. Lo que pasó, pasó. Ahora tienes que decidir qué vas a hacer tú.” Clara se secó las lágrimas con el dorso de la mano. ¿Qué puedo hacer? Estoy casada con Miguel. Él mató a Tomás. Mi padre es responsable de todo esto y yo.
Yo no soy nadie. Solo soy una pieza en sus juegos. Eres más que eso,”, dijo Jacinta firmemente, obligando a Clara a mirarla a los ojos. “Eres una mujer con su propia mente, su propio corazón. Puedes elegir qué tipo de persona quieres ser. No puedes cambiar a tu padre, pero puedes elegir no ser como él.” Clara se quedó en silencio, dejando que las palabras de Jacinta se asentaran.
Abajo la fiesta había terminado abruptamente. Se escuchaban voces de invitados despidiéndose, preguntándose qué había causado tanta conmoción. Doña Refugio probablemente estaba inventando alguna excusa, alguna historia que mantuviera las apariencias. Un golpe suave en la puerta las interrumpió. Era Miguel. Clara llamó desde el pasillo.
Puedo entrar. Jacinta miró a Clara, que asintió débilmente. La criada abrió la puerta y salió, dejándolos solos. Miguel se veía terrible. Se había cambiado de ropa, pero su rostro estaba ceniciento, sus ojos hundidos. Había lavado sus manos, pero Clara podía ver manchas de sangre que había pasado por alto bajo sus uñas.
Clara, “Yo”, comenzó, pero se detuvo sin saber qué decir. “Mataste a un hombre”, dijo Clara simplemente. “Lo sé.” Miguel se sentó en una silla cerca de la cama donde Clara estaba envuelta en la manta. No tenía opción. Iba a matar a tu padre. Vi el cuchillo. Vi sus intenciones. Actué por instinto. “¿Te arrepientes?” Miguel pensó por un largo momento, “Me arrepiento de que tuviera que pasar, pero no me arrepiento de haber protegido a mi familia, porque eso es lo que eres ahora, Clara, familia, y yo protejo lo que es mío.” Había algo posesivo en la
manera en que lo dijo, que hizo que Clara se estremeciera. No era amor loque escuchaba en su voz, era sentido de propiedad. Ella era su inversión, su alianza comercial hecha carne. ¿Y ahora qué?, preguntó Clara. Ahora seguimos adelante, respondió Miguel, haciéndose eco de las palabras de don Sebastián. Los hombres de tu padre se han encargado del del cuerpo.
Mañana partiremos a la Habana como planeamos. Para cuando regresemos de nuestra luna de miel, esto habrá quedado atrás. Así de simple. Así de simple. Miguel se puso de pie y se acercó a Clara. Extendió una mano hacia su rostro, pero ella se encogió instintivamente. Él dejó caer la mano. Sé que esta no es la noche de bodas que imaginabas, ni yo tampoco, pero clara tenemos que encontrar una manera de seguir adelante.
Estamos casados. ¿Nuestras vidas están unidas ahora? ¿Un sangre? preguntó Clara amargamente. Si es necesario, respondió Miguel con honestidad brutal. Este es el mundo en el que vivimos. No es limpio ni bonito, pero es el que tenemos. Se quedaron en silencio por un momento. Desde abajo llegaban los últimos sonidos de los invitados marchándose.
La gran boda de los Zapata había terminado, no con alegría, sino con muerte. Descansa esta noche”, dijo finalmente Miguel. “Yo dormiré en otra habitación. Mañana hablaremos de nuestros planes de viaje.” Salió cerrando la puerta suavemente tras él. Clara se quedó sola, envuelta en su manta, mirando por la ventana hacia las estrellas que brillaban indiferentes sobre Veracruz. No durmió esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos de Tomás perdiéndose en la muerte. veía la sangre, escuchaba el disparo. Su mente reproducía una y otra vez los eventos, buscando algún momento donde todo pudiera haber sido diferente. Si don Sebastián hubiera sido honesto con Fernando Villarreal, si Tomás hubiera elegido la paz en lugar de la venganza.
Si ella hubiera tenido el valor de negarse a casarse con Miguel, sí, sí, sí. Pero ningún sí cambiaba la realidad. Tomás Villarreal estaba muerto. Su sangre manchaba las manos de su esposo. Su padre había construido su fortuna sobre traición y posiblemente asesinato. Y ella, Clara Zapata ahora de Álvarez de Toledo, era cómplice de todo esto por su silencio.
Cuando el sol comenzó a salir sobre el Golfo de México, pintando el cielo de rosas y dorados, Clara tomó una decisión. No sería como su padre, no construiría su vida sobre los huesos de otros, pero tampoco sería una víctima pasiva. Encontraría una manera de vivir con integridad dentro de las limitaciones de su situación. Quizás no podía deshacer el pasado, pero podía influir en el futuro.
Se levantó de la cama y se vistió con un vestido sencillo de viaje. Cuando Jacinta vino a ayudarla, Clara tomó las manos de la anciana. Necesito que hagas algo por mí”, dijo Clara. “Encuentra a la madre de Tomás, a doña Hortensia. Dale esto.” Sacó una bolsa pequeña de un cajón de su cómoda. Contenía todas las joyas que había recibido como regalos de boda, piezas valiosas de oro y perlas.
Dile que lo siento, que no puedo devolverle a su hijo, pero que al menos esto le ayudará a sobrevivir. Jacinta miró la bolsa y luego aclara con algo parecido al orgullo en sus ojos viejos. Tu padre se enojará si descubre que diste esto. Mi padre tiene suficiente de qué preocuparse, respondió Clara. Y son mis joyas.
Puedo hacer con ellas lo que quiera. Jacinta asintió y escondió la bolsa entre los pliegues de su vestido. El resto del día pasó en una neblina. Don Sebastián había manejado la situación con su habitual eficiencia despiadada. Le había dicho a los invitados que había habido un intento de robo, que los guardias lo habían manejado, que no había nada de qué preocuparse.
La mayoría aceptó la explicación sin cuestionarla. En Veracruz era más seguro no hacer demasiadas preguntas. Las autoridades vinieron brevemente. Un oficial aburrido tomó declaraciones de don Sebastián y Miguel. Defensa propia, concluyó rápidamente. Un criminal había intentado atacar a un ciudadano prominente. El ciudadano se había defendido.
Caso cerrado. Clara sospechaba que había intercambiado dinero, pero no preguntó. El cuerpo de Tomás oficialmente nunca había estado allí. Los hombres de don Sebastián se habían encargado de eso. Clara no quería saber dónde estaba ahora. Tal vez en el fondo del Golfo, con pesos atados a sus pies, tal vez enterrado en alguna fosa anónima fuera de la ciudad.
De cualquier manera, Tomás Villarreal había desaparecido como si nunca hubiera existido. Doña Hortensia, su madre, informaría de su desaparición eventualmente, pero sin cuerpo, sin testigos dispuestos a hablar, el caso quedaría sin resolver. Solo otra tragedia en una ciudad llena de ellas. Parte seis. El barco que los llevaría a La Habana partió al mediodía siguiente.
Era un vapor mercante español que hacía la ruta regularmente, transportando azúcar, café y pasajeros. Miguel había reservado un camarote privado, uno de los mejores delbarco, con ventanas que daban al mar y una cama de matrimonio sorprendentemente cómoda para un navío. Clara estaba de pie en la cubierta, observando como Veracruz se hacía más pequeño en la distancia.
podía ver el campanario de la iglesia donde se había casado apenas dos días antes. Podía ver la cazona de su familia, aunque desde esta distancia era solo una mancha blanca, entre otras manchas blancas. Podía ver las calles donde había crecido, donde había jugado de niña, donde había presenciado la muerte de un hombre que una vez fue su amigo.
¿Estás bien?, preguntó Miguel, uniéndose a ella en la varanda. No, respondió Clara honestamente. No creo que vuelva a estar bien por mucho tiempo. Miguel no trató de consolarla con mentiras, al menos le daba eso. “La primera noche que pasamos juntos debería haber sido diferente”, dijo él después de un momento. “Debería haber sido romántica, especial.
” En cambio, en cambio estuvo manchada de sangre. Terminó Clara. Sí. Miguel suspiró. Clara, sé que no me amas. Sé que este matrimonio fue más un acuerdo de negocios que un romance, pero quiero que sepas que te respeto y que haré todo lo posible por hacerte feliz dentro de lo razonable y que es razonable para ti. Una casa hermosa, seguridad financiera, hijos eventualmente, fidelidad de mi parte.
hizo una pausa. No te pediré que me ames, Clara, pero sí te pido que me des una oportunidad de ganarme al menos tu afecto. Clara lo miró. Miguel era un hombre práctico, quizás excesivamente, pero había algo de decencia en él. También había matado a Tomás, sí, pero lo había hecho para proteger a su familia.
Eso era más de lo que muchos hombres harían. Yo también haré un esfuerzo”, dijo Clara finalmente. “No por mi padre, no por negocios, sino porque si voy a vivir el resto de mi vida contigo, prefiero que sea soportable al menos.” Miguel sonríó levemente. Esa es probablemente la cosa más honesta que alguien me ha dicho en años. Pasaron el resto del viaje en una tregua incómoda, pero funcional.
Miguel le mostró la Habana cuando llegaron, una ciudad vibrante, más grande y cosmopolita que Veracruz, llena de edificios coloniales magníficos y una mezcla embriagadora de culturas. Se alojaron en un hotel lujoso, visitaron teatros y restaurantes finos. Miguel le compró vestidos caros y la llevó a conocer a sus socios comerciales.
Y por las noches compartían una cama. Clara cumplió con sus deberes matrimoniales, sin pasión, pero sin resistencia. Miguel era considerado al menos no brutal. Con el tiempo encontró que podía tolerarlo, incluso ocasionalmente encontrar algo de placer físico en el acto, aunque su corazón nunca estuvo realmente en ello.
Regresaron a Veracruz tres meses después. Clara estaba embarazada para entonces, un hecho que llenó de alegría tanto a Miguel como a don Sebastián, un heredero. La continuación de las líneas Zapata y Álvarez de Toledo. La vida continuó. Clara tuvo un hijo al que llamaron Sebastián en honor a su abuelo. Luego una hija refugio como su abuela.
Miguel prosperó en los negocios expandiendo sus operaciones a Tampico e, incluso Nueva Orleans. Don Sebastián eventualmente se retiró dejando que Miguel manejara la mayor parte de las operaciones. Doña Hortensia Villarreal murió 5 años después de la boda de Clara, oficialmente de fiebre amarilla, pero la gente murmuraba que había sido más bien de corazón roto, habiendo perdido todo. Marido, hijo, fortuna.
Clara asistió discretamente a su funeral, dejando flores anónimas en su tumba. Los años pasaron. Clara se convirtió en una matrona respetada en la sociedad de Veracruz. Era conocida por su caridad, por su trabajo con los pobres, por su insistencia en que sus hijos fueran educados con valores de honestidad e integridad.
Si la gente notaba la ironía, dada la reputación de su padre y la manera en que su familia había adquirido su fortuna, nadie lo mencionaba abiertamente. Don Sebastián murió en 1870, rico y respetado, rodeado de su familia. En su lecho de muerte llamó a Clara a solas. Hija dijo con voz débil, su cuerpo traicionado finalmente por décadas de excesos.
Sé que nunca me perdonaste por lo de los Villarreal. Clara no dijo nada, era verdad. Pero todo lo que hice, continuó su padre, lo hice por esta familia para que tuvieras oportunidades, para que tus hijos tuvieran un futuro. Construiste ese futuro sobre los huesos de otros, respondió Clara suavemente. Y nunca te arrepentiste.
Don Sebastián cerró los ojos. El arrepentimiento es un lujo de los débiles. Yo hice lo que tenía que hacer y pagaste el precio”, dijo Clara, mirando al hombre que una vez había sido fuerte y ahora era solo un cascarón frágil. Viviste con riqueza, pero sin paz. Moriste rodeado de familia, pero sin su amor real. Valió la pena, papá.
Don Sebastián no respondió. Tal vez no podía. murió esa noche y fue enterrado con todos los honores que el dineropodía comprar. Miguel vivió hasta 1885, muriendo de un ataque al corazón a los 62 años. Para entonces él y Clara habían llegado a un entendimiento mutuo. No era amor, nunca lo fue, pero había respeto y compañerismo.
Clara lloró en su funeral, no por amor romántico perdido, sino por la pérdida de un socio en la vida que a pesar de todo, había tratado de ser decente con ella. Clara vivió hasta 1901, muriendo a los 63 años. En sus últimos días, rodeada de sus hijos y nietos en la vieja casona, que una vez había pertenecido a su padre, pensó a menudo en aquella noche terrible de marzo de 1861.
Pensaba en Tomás Villarreal, el muchacho que había amado en secreto, que había muerto buscando una venganza que nunca debería haber sido necesaria. Pensaba en cómo su sangre había manchado su vestido de novia. Como sus últimas palabras habían sido de perdón para ella. Pensaba en su padre, un hombre que había ganado el mundo, pero perdido su alma en el proceso.
pensaba en Miguel, quien había vivido atrapado entre el pragmatismo y la decencia, tratando de hacer lo correcto dentro de un sistema corrupto, y pensaba en sí misma, en las elecciones que había hecho, en las que no había hecho, en cómo había tratado de vivir con integridad mientras participaba en un mundo construido sobre traición y violencia.
Había tenido éxito, no lo sabía con certeza. Había criado hijos buenos. Eso lo sabía Sebastián. Hijo era honesto en los negocios, rehusando usar las tácticas de su abuelo. Refugio había casado con un médico y dedicaba su tiempo a cuidar a los enfermos pobres. Quizás eso contaba para algo.
En su lecho de muerte, Clara pidió que la enterraran con una cosa, un pañuelo bordado que Tomás le había regalado cuando eran niños antes de que todo se volviera oscuro y complicado. Lo había guardado en secreto todos estos años. un recordatorio de que había existido un tiempo de inocencia antes de que el mundo les mostrara sus verdaderos colores.
Cuando murió, fue en paz o al menos en algo parecido a la paz. Había vivido la vida que le había sido dada. había hecho lo mejor que pudo dentro de sus limitaciones. Si eso era suficiente, solo Dios podría juzgarlo. Nun la historia de Clara Zapata se convirtió en una de esas leyendas locales en Veracruz, susurrada en tertulias y recordada en los libros de historia local como una nota al pie.
La boda bañada en sangre la llamaban, aunque los detalles exactos se perdieron con el tiempo, distorsionados por la memoria y la imaginación. Algunos decían que había sido una maldición sobre la familia Zapata, que todos sus descendientes sufrieron por los pecados del patriarca. Otros decían que era una historia de amor trágico de una joven obligada a casarse con un hombre mientras amaba a otro.
Otros más la veían como una parábola sobre la codicia y sus consecuencias, pero la verdad, como siempre, era más compleja. Era una historia sobre elecciones y sus consecuencias, sobre cómo la ambición de un hombre puede destruir familias enteras, sobre cómo la venganza, aunque comprensible, rara vez trae la paz que promete sobre cómo vivimos atrapados en sistemas que no creamos.
pero de los cuales somos responsables. Era, en última instancia una historia muy humana y las historias humanas rara vez tienen finales completamente felices o completamente trágicos. Son simplemente historias de personas tratando de sobrevivir, de encontrar significado, de dejar algo detrás cuando finalmente se van. La casona de los Zapata aún existe en Veracruz, aunque ha cambiado de manos varias veces a lo largo de los años.
Es ahora un museo pequeño dedicado a la historia comercial del puerto. Los visitantes caminan por los mismos corredores donde Clara caminó. se paran en el mismo patio donde se celebró aquella fatídica boda. Y si escuchan con atención en las noches tranquilas cuando el viento sopla del Golfo, algunos juran que pueden escuchar el eco de música antigua, risas de hace mucho tiempo, y el disparo fantasmal de una pistola que cambió el destino de una familia para siempre.
Así termina la historia de Clara Zapata, la novia que se casó en sangre y vivió en sombras, tratando de encontrar luz en un mundo oscurecido por las ambiciones de hombres que no conocían límites. de su historia sirva de recordatorio de que nuestras acciones tienen consecuencias que se extienden más allá de nuestras propias vidas, tocando a generaciones futuras de maneras que nunca podemos predecir completamente y que en Veracruz, como en todas partes, detrás de las fachadas hermosas y las fortunas impresionantes, a menudo se esconden historias de sacrificio, dolor
y sangre que nunca se lava. del todo.















