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GASTÓ 52 € EN SEMILLAS DE GIRASOL Y LAS PLANTÓ JUNTO A LOS PASTOS DE SUS VACAS… TODOS DIJERON QUE ESTABA TIRANDO EL DINERO, HASTA QUE DOS AÑOS DESPUÉS UN EQUIPO DE INVESTIGADORES RECORRIÓ MÁS DE 300 KM PARA VER QUÉ ESTABA OCURRIENDO EN AQUELLAS FRANJAS

PARTE 2

La primera sorpresa fue que una parte salió mal.

Eso casi nunca aparece en las historias después.

En la zona alta germinaron mal.

Falta de humedad.

Pájaros.

Una preparación deficiente.

Probablemente las tres cosas.

En otra sección las plantas nacieron demasiado densas.

Tuvieron que aclararse.

Cerca del camino, en cambio, la franja funcionó razonablemente.

A principios de julio había plantas altas.

No todas iguales.

Algunas casi me superaban.

Otras apenas llegaban a la cintura.

Rafael apareció.

—Bueno.

—Qué.

—Admito que son girasoles.

—Gran avance.

—¿Y ahora?

—Ahora miro.

—¿Qué?

—Todo.

Empecé una libreta.

No escribía:

“la finca mejora.”

Escribía cosas concretas.

“8 julio. Muchas abejas entre 08:00 y 11:00.”

“12 julio. Después de tormenta, menos surco visible dentro de franja 2; comprobar.”

“15 julio. Ganado descansa con frecuencia cerca del extremo occidental por la tarde.”

“17 julio. Hierba inmediatamente pegada a girasol más baja en algunos puntos.”

Aquella última observación me molestó.

Esperaba lo contrario.

Pero tenía sentido.

Los girasoles también utilizaban:

agua.

luz.

nutrientes.

No estaban ayudando automáticamente a la hierba que tenían al lado.

En algunos lugares competían.

En otros, la vegetación situada algo más lejos parecía mantenerse mejor.

¿Era por sombra parcial?

¿Suelo diferente?

¿Casualidad?

No lo sabía.

La parte de insectos era evidente.

Abejas.

abejorros.

sirfidos.

mariquitas.

mariposas.

También pájaros.

Más de los que recordaba en aquellas cercas.

Pero insectos bonitos no pagaban la factura del heno.

Seguía sin saber si aquello tenía alguna utilidad económica.

Lo más extraño eran las vacas.

Durante las tardes muy calurosas algunas empezaron a utilizar con frecuencia las proximidades de la franja occidental.

No entraban en los girasoles.

Estaban protegidos.

Se colocaban cerca.

Especialmente cuando el sol bajaba.

Pensé:

sombra.

Pero la sombra era estrecha.

No suficiente para todo el rebaño.

También podía influir el viento.

O simplemente que aquella zona quedaba cerca del agua y siempre había sido utilizada.

Así que no escribí:

“LOS GIRASOLES CALMAN VACAS.”

Escribí:

“Más animales próximos a franja 3 entre 17:00 y 19:00. Comparar.”

Tomás me vio contando.

—¿Qué haces?

—Vacas.

—Ya sabes cuántas tienes.

—Quiero saber dónde están.

—¿Se pierden?

—No.

Se quedó mirando.

—Tu padre estaría preocupado.

—Mi padre contaba hasta los tornillos.

—Eso también.

Una tarde apareció Inés Maldonado.

Cuarenta y seis años.

Técnica de una oficina agraria comarcal.

Habíamos hablado unas semanas antes sobre el estado de los pastos.

Vio los girasoles.

—¿Esto qué es?

—Una mala idea de cincuenta y dos euros.

—Parece demasiado organizada para ser mala idea.

Le enseñé la libreta.

Leyó.

No dijo:

“Has descubierto algo.”

Dijo:

—Sigue.

—¿Por qué?

—Porque estás anotando también lo que no funciona.

Aquello fue la primera señal de que quizá la pregunta merecía otro año.

PARTE 3

El verano de 2007 terminó sin milagros.

Compré heno.

Bastante.

Vendí cuatro vacas.

No porque los girasoles hubieran fracasado.

Porque las cuentas seguían diciendo que treinta y una eran demasiadas para la situación de la finca.

Me quedé con veintisiete.

Aquello fue doloroso.

Pero necesario.

También dividí algunos pastos en sectores más pequeños para controlar mejor cuándo entraban los animales y cuánto tiempo descansaban las parcelas.

No inventé el pastoreo rotacional.

Había existido mucho antes que yo.

Simplemente empecé a aplicarlo de forma más disciplinada.

Los girasoles formaban únicamente una pieza.

Pequeña.

En otoño dejé parte de los tallos temporalmente, siempre donde no crearan problemas.

Otros se retiraron.

Observamos cómo quedaba el suelo.

Inés vino después de una lluvia fuerte.

La franja situada en el borde erosionado había reducido visiblemente la formación de pequeños canales en la zona ocupada por vegetación.

No significaba que las raíces del girasol hubieran “curado” la ladera.

La cobertura vegetal, los tallos y la mayor rugosidad del terreno simplemente dificultaban que el agua corriera tan deprisa por aquel punto.

Más arriba seguía habiendo erosión.

—Esto sirve —dije.

Inés respondió:

—Aquí parece ayudar.

—Eso he dicho.

—No.

Tú has dicho “esto sirve”.

Yo he dicho “aquí parece ayudar”.

—Sois insoportables los técnicos.

—Nos pagan por arruinar frases bonitas.

Tomamos muestras básicas de suelo.

No había transformaciones espectaculares después de una sola temporada.

Eso era importante.

El porcentaje de materia orgánica no había saltado mágicamente.

La humedad variaba mucho según día y profundidad.

Algunas diferencias que yo creía ver desaparecían cuando medíamos.

Otras permanecían.

Inés propuso hacer algo mejor al año siguiente.

No plantar girasoles alrededor de toda la finca.

Repetir franjas.

Mantener controles.

Medir:

cobertura.

infiltración.

temperatura superficial.

humedad en puntos definidos.

presencia de insectos.

y uso del espacio por el ganado.

—¿Por qué tanto?

—Porque si tienes razón en algo, quiero saber en qué.

Esa frase me gustó.

En 2008 gasté más.

No cincuenta y dos euros.

Ciento cuarenta y seis entre semilla, pequeños materiales y protección de algunas zonas.

Tampoco sembré únicamente girasol.

Con asesoramiento introdujimos en determinadas franjas una combinación más diversa de especies apropiadas para el sitio y dejamos otras solo con girasol para comparar.

No quería demostrar que “el girasol” era mágico.

Quería entender qué función cumplía una franja bien cubierta frente a un borde desnudo.

Rafael volvió a reír.

—Ahora ya no compras flores.

Compras colección.

—Exacto.

—¿Cuándo pones rosas?

—Cuando vendas tu tractor para financiarlas.

Dejó de preguntar.

PARTE 4

El segundo verano fue el que cambió la conversación.

No porque las plantas crecieran más.

Porque yo tenía datos.

Cada semana, a horas similares, anotaba dónde estaba el ganado.

No durante todo el día.

No tenía tiempo.

Hacía observaciones cortas.

Después comparaba.

En determinadas tardes muy calurosas las vacas utilizaban de forma desproporcionada dos sectores cercanos a los bordes vegetados más altos.

No siempre.

No todas.

Pero suficiente para resultar interesante.

Inés instaló pequeños termómetros y registradores prestados.

La temperatura cerca de la franja, en puntos de sombra parcial y protegidos del viento, podía ser menor durante determinados momentos.

A pocos metros la diferencia desaparecía.

Eso importaba.

No estábamos refrigerando el pasto.

Habíamos creado un microambiente estrecho.

En una zona, además, la franja interrumpía un viento seco frecuente.

En otra no.

Y allí el comportamiento del ganado era diferente.

—Entonces no son los girasoles —dije.

Inés respondió:

—Son los girasoles y no son los girasoles.

—Explícate.

—La estructura que crean.

Altura.

cobertura.

flores.

raíces.

Pero si plantaras otra especie con estructura y adaptación adecuada, algunas funciones podrían repetirse.

—Entonces mi idea no es especial.

—Eso es una buena noticia.

No entendí al principio.

Después sí.

Una idea útil no necesita ser irrepetible.

En insectos las diferencias eran todavía más evidentes.

Las franjas florales concentraban polinizadores.

También aparecían más insectos depredadores en determinados muestreos.

Eso no significaba que fueran a eliminar todas las plagas.

Pero el borde ya no era una línea biológicamente vacía.

En suelo:

las franjas con cobertura tenían mejor protección superficial.

En algunos puntos la infiltración medida con pruebas sencillas era mayor que en suelo desnudo y compactado.

En otros la diferencia era pequeña.

La humedad del pasto situado justo junto a los girasoles no siempre era mejor.

A veces era menor.

Competencia.

Otra lección.

Una mañana Tomás apareció con una libreta.

—Quiero verlo.

—¿Qué?

—Lo del agua.

Sonreí.

—Pensé que eran flores.

—También.

Hicimos una prueba después de lluvia.

Él observó.

—No corre igual.

—No.

—¿Por las raíces?

—Por varias cosas.

Cobertura.

suelo menos desnudo.

estructura.

probablemente raíces.

—¿Entonces el año que viene planto toda la finca?

—No.

Tomás me miró.

—¿Por qué no?

—Porque todavía no sabemos qué ocurriría.

—Tú plantaste.

—Poco.

—Qué conveniente.

—Exactamente.

Tomás rio.

Aquella fue la primera vez que alguien que se había burlado vino a preguntar cómo probarlo.

No cómo copiarlo.

Cómo probarlo.

PARTE 5

La visita universitaria empezó con un correo electrónico.

Inés había enviado fotografías y algunos datos a un grupo que trabajaba con sistemas de pastoreo, biodiversidad funcional y márgenes agrícolas.

Un profesor respondió.

Después pidió más registros.

Meses más tarde llamó.

—¿Podemos visitar la explotación?

Pensé que serían dos personas.

Llegaron cinco.

Habían recorrido algo más de trescientos kilómetros desde Córdoba.

Rafael vio la furgoneta universitaria.

Me llamó.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Hay científicos en tu puerta.

—Tampoco son extraterrestres.

—¿Vienen por los girasoles?

—Por las franjas.

—Yo sabía que aquello era raro.

—Tú dijiste que era absurdo.

—Raro y absurdo no son incompatibles.

El equipo pasó dos días.

No llegaron, miraron las vacas y dijeron:

“Nunca hemos visto algo así.”

Eso habría sido ridículo.

Preguntaron.

Mucho.

¿Cómo había elegido zonas?

¿Qué había hecho antes allí?

¿Había cambiado la carga ganadera?

Sí.

¿Había modificado el pastoreo?

Sí.

¿Había reducido animales?

Sí.

¿Había diferencias de suelo previas?

Probablemente.

¿Tenía datos anteriores?

Pocos.

Eso limitaba cualquier conclusión.

Instalaron muestreos más rigurosos.

Transectos desde la franja hacia el interior.

Medición de cobertura.

infiltración.

humedad.

temperatura.

diversidad vegetal.

insectos.

También observaron comportamiento del ganado.

Uno de ellos, Javier Cadenas, me preguntó:

—¿Qué esperabas cuando sembraste?

—Que no se me siguiera yendo tierra por algunos bordes.

—¿Nada del ganado?

—No.

—¿Ni insectos?

—Esperaba abejas.

No esto.

—¿Qué es “esto”?

Miré.

—Que llevéis ocho horas haciendo agujeros en mi finca.

Se rio.

Los resultados preliminares fueron mucho menos espectaculares que los rumores del pueblo.

Y mucho más interesantes para mí.

Las franjas bien establecidas mostraban:

mayor cobertura del suelo que los bordes desnudos anteriores.

menos señales de erosión superficial en ciertos sectores.

mayor presencia y diversidad de varios grupos de insectos asociados a las flores.

diferencias locales en temperatura y exposición al viento.

Algunas mejoras de infiltración en determinados puntos.

Pero no encontraron una transformación generalizada del pastizal.

Ni mayor humedad universal.

Ni un crecimiento superior de hierba en todas las zonas vecinas.

Mucho menos podían afirmar que los girasoles habían aumentado por sí solos el peso del ganado.

El comportamiento de las vacas sí era interesante.

Durante ciertos periodos calurosos utilizaban más algunas zonas con borde alto y sombra parcial.

Pero el equipo insistió:

eso podía estar relacionado con estructura, orientación, viento, cercanía a recursos y otras variables.

No únicamente con una flor amarilla.

Javier me dijo:

—Lo importante no es que hayas encontrado una planta milagrosa.

—Menos mal.

—Lo interesante es que convertiste un borde degradado en otra cosa.

—¿En qué?

—En estructura.

Hábitat.

cobertura.

Una zona funcional.

Me quedé pensando.

Cincuenta y dos euros no habían cambiado la finca.

Habían cambiado una línea que antes no hacía casi nada.

Eso era suficientemente bueno.

PARTE 6

Los vecinos se decepcionaron con la explicación científica.

Querían:

“GIRASOLES HACEN ENGORDAR VACAS.”

No podían tenerlo.

Tomás preguntó:

—Entonces ¿para qué han venido trescientos kilómetros?

Javier respondió:

—Precisamente para separar lo que ocurre de lo que creemos que ocurre.

Tomás miró a Teresa.

—Eso no vende periódicos.

Yo me reí.

Durante los años siguientes no convertimos todos los límites en muros de girasol.

Al contrario.

El diseño cambió.

Algunas franjas desaparecieron porque competían demasiado o eran incómodas para manejo.

En otras se redujo anchura.

En determinadas zonas utilizamos mezclas de especies con asesoramiento técnico.

En otras mantuvimos vegetación espontánea útil en lugar de sembrar.

Algunos sectores necesitaban simplemente dejar de estar desnudos.

No necesitaban girasol.

También plantamos árboles donde tenía sentido a largo plazo, siempre fuera de zonas problemáticas para cercados y con protección.

Nada de aquello fue rápido.

Mientras tanto, la explotación cambió por razones mucho mayores.

Mantuve el rebaño alrededor de veintiséis o veintisiete madres según campañas.

Ajusté carga.

Mejoré reservas de forraje.

Dividí pastos.

Cambié algunos puntos de agua.

Descansé parcelas.

Empecé a decidir con más frecuencia cuánto ganado podía mantener la finca en un año malo, no únicamente en una primavera buena.

Los costes de alimentación dejaron de subir tan brutalmente algunos años.

Pero no porque los girasoles produjeran pienso gratis.

Porque había cambiado el sistema entero.

Cuando alguien decía:

—Teresa salvó la finca con cincuenta y dos euros.

Yo respondía:

—Ojalá.

Los cincuenta y dos euros compraron semillas.

El resto costó años.

PARTE 7

Rafael terminó sembrando su primera franja en 2012.

Llegó con dos sacos.

—¿Dónde los pongo?

—No sé.

—Tú llevas cinco años.

—En mi finca.

—¿Qué necesitas saber?

—Qué problema quieres resolver.

—Quiero lo mismo que tú.

—Eso no es un problema.

—Quiero menos erosión.

—¿Dónde?

Me llevó a una parcela.

El agua bajaba por una esquina después de tormentas.

Miramos.

Yo dije:

—Antes de sembrar nada, habla con Inés.

Quizá el problema está más arriba.

Rafael pareció ofendido.

—Pensé que me enseñarías los girasoles.

—Aprendí algo mejor.

—Qué.

—No empezar por la solución.

No le gustó.

Pero llamó.

Resultó que parte del problema estaba relacionado con concentración de escorrentía desde un camino.

Modificar aquello y mantener una franja vegetal ayudó más que llenar el borde de flores sin entender el agua.

Meses después Rafael reconoció:

—Habría plantado mal.

—Sí.

—No hace falta disfrutarlo.

—Muchísimo.

Nuestra relación mejoró.

También cambió el pueblo.

No se llenó de girasoles.

Eso habría sido otra forma de copiar sin pensar.

Algunas explotaciones introdujeron bordes vegetados.

Otras conservaron setos.

Algunos agricultores no cambiaron nada.

Perfectamente válido.

Cada finca tenía:

suelo.

ganado.

agua.

maquinaria.

objetivos.

No existía un uniforme ecológico que todos debieran ponerse.

El equipo universitario volvió varias veces durante tres años.

Después el proyecto terminó.

Nunca publicaron:

“UNA GANADERA DESCUBRE EL SECRETO DEL GIRASOL.”

Produjeron algo mucho más modesto sobre el funcionamiento de márgenes vegetados en sistemas mediterráneos ganaderos y la necesidad de estudiarlos según diseño y contexto.

Yo aparecía como explotación colaboradora.

Nada más.

Me gustaba.

PARTE 8

En 2026 tengo sesenta y tres años.

La finca sigue siendo de ganado.

Eso también sorprende a algunas personas.

Vienen esperando un jardín enorme.

Hay flores.

Pero hay muchas más:

vacas.

cercas.

bebederos.

pasto.

estiércol.

barro.

Y trabajo.

Conservo una pequeña parcela experimental cerca de donde empezó todo.

Cada primavera siempre hay algo de girasol.

No exactamente el diseño de 2007.

Ese ya no existe.

Ahora hay un borde más diverso.

Parte sembrado.

Parte espontáneo.

Una pequeña línea de arbustos.

Espacios abiertos para manejar la cerca.

La franja que más funcionó no fue la que más girasoles tenía.

Fue la que terminó integrándose mejor con el resto de la finca.

Una mañana llegó un grupo de estudiantes.

Una chica me preguntó:

—¿Aquí gastó cincuenta y cinco euros?

—Cincuenta y dos.

—Pensé que eran cincuenta y cinco.

—Los titulares redondean.

—¿Y los investigadores vinieron desde trescientos kilómetros?

—Más o menos.

—¿Porque las vacas estaban más tranquilas?

—En parte porque teníamos observaciones interesantes.

No porque las vacas hubieran descubierto meditación.

Risas.

—¿Es verdad que los girasoles hicieron que el suelo retuviera mucha más agua?

—En algunos bordes mejoramos cobertura e infiltración respecto a zonas degradadas.

Pero no puedes plantar girasoles y asumir que has creado una reserva de agua.

—¿Y las raíces?

—Las raíces pueden crear poros y explorar profundidad.

Después, cuando se descomponen, pueden dejar canales.

Pero eso depende muchísimo del suelo y del manejo.

—¿Y los insectos?

—Ahí sí vimos cambios claros en las franjas florales.

Más actividad y diversidad de distintos grupos durante floración.

—Entonces controlaban plagas.

—Algunos insectos depredadores estaban presentes.

Eso no significa que te puedas olvidar de vigilar problemas.

Una estudiante parecía frustrada.

—Todo tiene una condición.

—Sí.

—Entonces ¿cuál fue el gran descubrimiento?

Sonreí.

—Que no hubo uno.

Silencio.

Les enseñé la primera libreta.

“52 €.”

“Germinación mala parcela alta.”

“Hierba junto a girasol más baja.”

“Más abejas.”

“Menos erosión visible después de tormenta en franja 2.”

“Vacas próximas a franja 3 por la tarde.”

—¿Por qué guardó lo malo?

—Porque si solo escribes lo que confirma tu idea, no estás aprendiendo.

Estás preparando publicidad.

Seguimos caminando.

Las vacas estaban en una parcela alejada de los girasoles.

Una estudiante señaló.

—Hoy no están cerca.

—Hoy hace veintidós grados.

—Claro.

—Y tienen sombra de encinas allí.

—Entonces el girasol no importa.

—Hoy, para decidir dónde descansar, probablemente muy poco.

La estudiante se rio.

—Cada respuesta empeora la historia.

—Y mejora la finca.

Llegamos al antiguo borde erosionado.

Todavía podía distinguirse.

Pero estaba cubierto.

No por un milagro.

Por diecinueve años de:

vegetación.

reparaciones.

cambios de circulación.

manejo del agua.

descanso.

Y correcciones.

Rafael, ahora con cincuenta y ocho, apareció en su tractor.

Gritó:

—¡Diles que estabas loca!

—¡Ven a decírselo tú!

Bajó.

Los estudiantes lo rodearon.

—¿Usted se rio?

—Muchísimo.

—¿Y después plantó girasoles?

Rafael me miró.

—Sí.

—¿Funcionaron?

—Los primeros, fatal.

Los estudiantes rieron.

—¿Por qué?

—Porque copié la planta y no el razonamiento.

Señaló a Teresa.

—Ella tenía una erosión concreta.

Yo planté donde me parecía bonito.

—¿Y después?

—Aprendí.

Una chica preguntó:

—Entonces ¿usted cree que Teresa tenía razón?

Rafael pensó.

—Creo que tenía derecho a gastar cincuenta y dos euros en averiguarlo.

Aquella respuesta me gustó tanto que la escribí esa noche.

Durante años la gente me preguntó cuánto dinero me habían ahorrado los girasoles.

Nunca pude dar una cifra seria.

Porque al mismo tiempo:

reduje ganado.

cambié pastoreo.

mejoré reservas.

ajusté agua.

modifiqué alimentación.

y cambiaron los precios.

Atribuir todo a una franja amarilla habría sido mentir.

Pero sí puedo decir qué hicieron aquellos cincuenta y dos euros.

Me obligaron a mirar los bordes.

Hasta entonces yo pensaba que una finca estaba compuesta por las partes que producían:

el pasto.

las vacas.

el cereal.

Después entendí que los márgenes también trabajaban.

Bien o mal.

Un borde desnudo podía:

perder suelo.

concentrar agua.

sobrecalentarse.

no ofrecer refugio.

Una franja vegetada podía cumplir otras funciones.

No siempre.

No en cualquier sitio.

No gratis.

Pero podía.

Esa idea modificó mi forma de ver las sesenta y tres hectáreas.

Ya no preguntaba únicamente:

“¿Qué produzco aquí?”

También:

“¿Qué función necesito que cumpla este lugar?”

A veces la respuesta era:

pasto.

Otras:

sombra.

paso.

protección.

infiltración.

floración.

refugio.

Nada.

Sí.

Nada también podía ser una decisión.

No todo metro cuadrado tenía que producir una mercancía.

Mi padre habría discutido conmigo.

Era de otra generación.

Pero creo que habría entendido las cuentas.

Porque al final nunca abandoné las cuentas.

Los girasoles no salvaron la explotación.

Yo tampoco salvé la explotación sola.

La finca sobrevivió porque tomamos muchas decisiones:

algunas buenas.

otras malas.

Y porque dejamos de buscar una única intervención que resolviera diez problemas.

Los cincuenta y dos euros fueron importantes por una razón diferente.

Eran suficientemente pocos para permitirme fracasar.

Eso es algo que ahora digo a los jóvenes.

No:

“plantad girasoles.”

Digo:

“cuando podáis, diseñad una prueba tan pequeña que una respuesta negativa no os arruine.”

Una estudiante me preguntó una vez:

—¿Y si funciona?

Respondí:

—Entonces tampoco corras.

Repítelo.

Mide.

Cambia una cosa.

Mira dónde deja de funcionar.

Porque el momento más peligroso de un experimento no siempre es cuando fracasa.

A veces es cuando funciona una vez y decides que has descubierto una ley.

Al caer la tarde camino todavía por aquella cerca.

Ya no hay treinta y una vacas.

Hay veintiséis.

Número que cambia según años.

Algunas franjas tienen flores.

Otras simplemente hierba alta.

Las encinas dan mucha más sombra que cualquier girasol.

Las abejas siguen llegando.

También avispas.

moscas.

pájaros.

insectos que sé nombrar.

y muchos que no.

La finca no parece un laboratorio.

Nunca lo fue.

Es una explotación ganadera donde, durante unos años, varias personas midieron con más atención de lo normal lo que ocurría en sus bordes.

Eso fue suficiente para aprender algo.

En la primera página de aquella libreta todavía está la broma de Rafael:

“FLORES PARA LAS VACAS.”

Nunca la borré.

Debajo escribí años después:

“NO.

FLORES PARA HACER PREGUNTAS.”

Y debajo de eso:

“Las vacas ya tenían bastante trabajo.”

Cuando alguien cuenta hoy que investigadores recorrieron más de trescientos kilómetros para estudiar unos girasoles de cincuenta y dos euros, la historia suena a descubrimiento extraordinario.

No lo fue.

Fue algo más útil.

Una ganadera con poco dinero eligió cuatro bordes malos.

Plantó.

Dejó controles.

Observó.

Aceptó que algunas zonas empeoraban.

Midió otras.

Pidió ayuda cuando dejó de entender.

Y cuando llegaron investigadores, no encontraron una respuesta perfecta.

Encontraron una finca suficientemente bien observada como para hacer mejores preguntas.

Aquello terminó valiendo mucho más que cincuenta y dos euros.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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