
Amán, Jordania, 25 de septiembre de 1997, 10:30 de la mañana. Chaled Mas, el jefe del buró político de jamás, camina hacia su oficina. Es un día soleado. Detrás de él, dos turistas canadienses se acercan. Uno de ellos lleva un dispositivo extraño en la mano cubierto por una venda que parece una lata de refresco o un aparato médico.
El plan es de ciencia ficción, rociar una dosis letal de lebofentanil, un opiáceo sintético potentísimo directamente en el oído de Masl. El veneno está diseñado para no dejar rastro. Masal sentirá un mareo, se irá a casa, se echará una siesta y nunca despertará. Los forenses certificarán un paro cardíaco natural, el crimen perfecto.
Pero el destino tiene otros planes. Justo cuando los agentes se abalanzan sobre él, la hija pequeña de Masl corre tras su padre gritando, “¡Papá!”. El chóer de Mas se gira. El agente del Mossat, nervioso, activa el dispositivo. El spray golpea la oreja de Masall, pero no es limpio. Hay un forcejeo. Los turistas huyen corriendo.
Mas se toca la oreja, siente un zumbido extraño, como una picadura eléctrica. No sabe que acaba de recibir una sentencia de muerte química que tardará 48 horas en ejecutarse. Pero los agentes no llegan lejos, no son capturados por un equipo SWAT, sino por un solo hombre enfurecido. El guardaespaldas de Masl, que los persigue a pie por las calles de Amán, se pelea a puñetazos con ellos y los reduce ante la mirada atónita de los transeútes.
En ese momento, Israel no solo ha fallado, ha desatado una pesadilla. Los agentes tienen pasaportes canadienses falsos. Están en una cárcel Jordana. Mas está muriendo en un hospital. Y el rey Hussein de Jordania, el único aliado árabe de Israel, lanza un ultimátum que hiela la sangre en Telabiv. Si Mas muere, vuestros agentes mueren.
Los ahorcaré en la plaza pública y romperé el tratado de paz. Lo que sigue es la llamada telefónica más humillante que un primer ministro israelí ha tenido que hacer jamás. Llamar a sus científicos para decirles, “Empaquetad el antídoto. Tenemos que salvar a nuestro enemigo. Bienvenidos a la sombra de la historia.
Hoy desclasificamos el fiasco más grande del espionaje israelí. En este documental de larga duración viviremos el intento de asesinato de Caled Mas. Viajaremos al despacho de Benjamin Netanyahu. Veremos cómo, presionado por los atentados suicidas en Jerusalén, ordenó una venganza espectacular, pero silenciosa, ignorando las advertencias de sus propios espías.
sobre operar en suelo jordano. Entraremos en los laboratorios del Mossad, analizaremos el veneno secreto, una toxina derivada del fentanilo, diseñada para matar lentamente sin ser detectada en una autopsia estándar, un arma digna de James Bond que acabó siendo su perdición. Seguiremos la persecución en Amán.
Veremos como dos agentes de élite entrenados para matar fueron derrotados por la mala suerte y un guardaespaldas palestino con mucha rabia, convirtiendo una operación encubierta en un incidente internacional. Y finalmente seremos testigos de la humillación final. El momento surrealista en que un médico del Mossad tuvo que volar a Jordania con el antídoto en un maletín y el precio exorbitante que Israel tuvo que pagar para recuperar a sus hombres, liberar al fundador de Jamás, el jeque Ahmed Yasin.
Esta es la historia de cómo Israel intentó cortar una cabeza de la Hidra y acabó alimentándola con esteroides. Para entender este antídoto, primero hay que probar el veneno. Si te gustan las historias donde la arrogancia se paga cara, suscríbete al canal ahora mismo y activa la campana.
Ayúdanos a evitar el desastre. Dale un me gusta, like a este vídeo y dinos comentarios, ¿crees que Israel hizo bien en entregar el antídoto o debieron dejar morir a Mas y afrontar las consecuencias? El spray está cargado. Cuidado con el viento. Jerusalén, 30 de julio de 1997. El verano de la ira y la venganza. Para comprender como una de las agencias de inteligencia más legendarias y sofisticadas del mundo, acabó cometiendo un error de principiante en las calles de Amán.
Primero debemos respirar el aire denso cargado de miedo y furia que impregnaba Jerusalén en el verano de 1997. A las 13:15 horas del 30 de julio, el mercado de Mahane YJuda no era un escenario político, sino el epicentro de la vida cotidiana. Este mercado es el sistema nervioso central de la clase trabajadora de Jerusalén Oeste. Es un laberinto vibrante de callejones estrechos, algunos cubiertos por techos de chapa y otros expuestos al sol inclemente, donde se mezclan los aromas intensos de especias como el zahatar, el comino y la cúrcuma, con el olor
metálico del pescado fresco sobre hielo y la dulzura de los rugelach. recién horneados. A esa hora, el mercado estaba en su punto álgido, abarrotado de madres haciendo la compra semanal, ancianos jugando al backgamon y soldados de permiso comiendo falafel. En ese instante, dos hombres vestidos contrajes oscuros y corbatas, una vestimenta incongruente con el calor abrasador del verano y el ambiente informal del mercado, se adentraron en la multitud.
Eran terroristas suicidas de jamás, enviados con una misión clara de destrucción masiva. Se posicionaron estratégicamente en el pasillo principal, separados por unos 40 m, para asegurar el máximo radio de muerte y dificultar la oída de las víctimas. Con segundos de diferencia detonaron sus cargas. No eran bombas limpias.
Los chalecos explosivos habían sido diseñados con una crueldad meticulosa. Estaban rellenos de metralla casera, clavos oxidados, tornillos, tuercas y rodamientos de acero. Según los informes forenses posteriores, gran parte de esta metralla había sido sumergida previamente en veneno para ratas y productos químicos anticoagulantes.
El objetivo no era solo matar por la explosión, sino asegurar que las heridas de los supervivientes se infectaran gravemente y que las hemorragias fueran difíciles de detener en los hospitales. El doble estruendo sacudió los cimientos de Jerusalén. El resultado fue una escena dantesca, un cuadro de horror puro.
16 civiles murieron instantáneamente, sus cuerpos destrozados entre los puestos de verduras. Más de 170 personas resultaron heridas, muchas de gravedad. La sangre roja y espesa se mezclaba en el suelo con el jugo de los tomates aplastados, la harina blanca de las panaderías y el polvo gris de los escombros. Las sirenas de las ambulancias empezaron a ullar desde todos los rincones de la ciudad, creando una sinfonía de dolor que penetraba las paredes de las oficinas gubernamentales.
En la oficina del primer ministro, Benjamin Bibi Netanyahu sintió el impacto político casi tan fuerte como la onda expansiva física. Netañahu estaba en una posición precaria. Era su primer mandato como primer ministro. Había sido elegido en 1996, apenas un año antes, tras el traumático asesinato de Ysac Rabin con una plataforma electoral muy clara, paz con seguridad.
Era el líder más joven en la historia de Israel, el primero nacido en el Estado judío después de su fundación en 1948. un excomando de la unidad de élite Sayeret Matcal y graduado del MIT. Se había presentado como el hombre fuerte, el halcón, que detendría las concesiones y aplastaría el terrorismo. Había prometido a los israelíes que bajo su guardia los autobuses dejarían de explotar y los niños estarían seguros.
Pero el mercado de Mahane YJuda acababa de demostrar con sangre y fuego que jamás no le tenía miedo y que su doctrina de seguridad estaba fallando. La presión sobre Netanyahu era insoportable y venía de todas direcciones. Sus rivales políticos de la izquierda lo acusaban de haber estancado el proceso de paz de Oslo, provocando la violencia.
Su base electoral, la derecha israelí y los colonos, exigían una respuesta militar contundente y venganza inmediata. En las reuniones de seguridad e emergencia celebradas esa misma tarde, el ambiente era tóxico y desesperado. Los generales y jefes de inteligencia presentaban las opciones militares estándar, bombardeos aéreos en la franja de Gaza, redadas masivas en Sisjordania, bloqueos de carreteras.
Netañahu, frustrado, golpeó la mesa. No quiero lo de siempre. No quiero represalias vacías. que solo traigan condenas de la ONU. Quiero algo que les duela de verdad. Quiero cortarles la cabeza. Quiero una respuesta que haga temblar a los líderes de jamás donde quiera que se escondan. El primer ministro exigió una lista de objetivos de alto valor, high value targets, para su eliminación inmediata.
El jefe del Mossad, Dani Yatom, presentó las opciones disponibles. La mayoría de los líderes militares de Jamás, como el escurridizo Mohamed Dave, vivían como fantasmas en la franja de Gaza. Se movían por una red de túneles subterráneos, cambiaban de casa cada noche y vivían rodeados de civiles y escudos humanos.
Atacarlos requeriría una invasión militar masiva o ataques aéreos con un riesgo inaceptable de matar a decenas de inocentes, lo que solo traería más presión internacional. Pero había otra opción, el liderazgo político. Los hombres de los trajes, los que no fabricaban las bombas, pero recaudaban los fondos en los países del Golfo, los que daban las órdenes estratégicas desde la comodidad del exilio y servían como la cara diplomática de la organización.
El dedo acusador de la inteligencia israelí se posó sobre Jordania. En Amán, la capital del reino Hachemita, vivía Ced Mas. Mas era el jefe del buró político de Jamás. era el cerebro financiero y estratégico. Vivía abiertamente en Amán bajo la protección tácita del rey Hussein, dirigiendo la organización desde una oficina que oficialmente se dedicaba a actividades culturales y de caridad.
Aquí es donde la operación entró en el terreno de lo prohibido, cruzando una línea roja que la mayoría de los estrategas consideraban sagrada. Jordania no era un país enemigo. Apenas3 años antes, en 1994, el rey Hussein de Jordania y el primer ministro Yits Rabin habían firmado un tratado de paz histórico.
Jordania se había convertido en el segundo país árabe en reconocer a Israel. Era un aliado estratégico vital, un estado tapón que protegía la frontera oriental de Israel. La cooperación entre el Mossad y la Muhaabarat, el servicio de inteligencia jordano, era estrecha, diaria y crítica para la seguridad regional. Operar en Amán, violando la soberanía del rey Hussein para llevar a cabo un asesinato extrajudicial en sus calles era una locura diplomática.
Si los pillaban, no solo sería un incidente internacional, sería visto como una traición personal de Netahu al rey Hussein, un insulto al honor árabe que podría romper el tratado de paz. Varios jefes de inteligencia advirtieron a Netanu, señor, el riesgo es demasiado alto. Amán es territorio amigo. Si esto sale mal, perderemos a Jordania.
El rey Hussein nunca nos lo perdonará. Pero Netañahu, impulsado por la furia de los atentados y la necesidad política de mostrar fuerza, desestimó las advertencias. Entonces, asegura de que no nos pillen. Hacedlo de manera que nadie sepa que fuimos nosotros. No quiero una bomba, no quiero un tiroteo, quiero que parezca natural, quiero una muerte silenciosa.
La orden de muerte silenciosa cambió por completo la naturaleza operativa de la misión. El Mossad no podía enviar a un equipo de asalto clásico. Si Mas aparecía muerto con tres balas en el pecho, todos sabrían que fue Israel. La muerte tenía que ser ambigua, tenía que parecer un fallo cardíaco, un derrame cerebral masivo o una muerte súbita inexplicable.
El encargo pasó al Instituto de Investigación Biológica de Israel en Nes Siona. Nes Siona es uno de los lugares más secretos de Israel, donde los científicos trabajan en las sombras desarrollando defensas y cuando es necesario, armas ofensivas. Descartaron venenos clásicos como el cianuro o el arsénico porque dejan rastros evidentes en una autopsia.
Necesitaban algo mucho más sofisticado. La solución fue un derivado sintético modificado del fentanilo, conocido en los círculos clasificados como levofentanil. En 1997, el fentanilo no era la droga callejera conocida que es hoy. Era un opiáceo médico de uso restringido, extremadamente potente. El levo fentanil, diseñado por Israel, tenía características aterradoras, potencia extrema, una dosis microscópica, era suficiente para inducir una depresión respiratoria fatal.
Absorción dérica podía penetrar a través de la piel o las mucosas llegando al torrente sanguíneo en minutos. Indetectabilidad forense. Esta era la clave. El compuesto estaba diseñado para metabolizarse y degradarse rápidamente en el cuerpo, para cuando la víctima muriera y se realizara la autopsia horas después, el veneno habría desaparecido, dejando solo los signos clínicos de un paro cardíaco natural.
Para administrarlo, los ingenieros del Mossad desarrollaron un dispositivo especial. Era un cilindro presurizado, pequeño y ergonómico, diseñado para caber en la palma de una mano. La cuartada visual era que la gente llevaría el brazo vendado, simulando una lesión. El dispositivo estaría escondido dentro del vendaje con la boquilla asomando apenas entre los dedos.
El plan táctico era simple. Dos agentes de la unidad Kidon, bayoneta, la élite de los asesinos del Mossad, se acercarían a Mas por detrás. Uno de ellos agitaría discretamente la lata para preparar la presión. Al pasar justo a su lado, apuntaría al oído de Mas y activaría el spray. El líquido entraría en el canal auditivo. Mas sentiría un poco de frío y horas después moriría en su cama.
Los agentes seleccionados adoptaron identidades falsas, Sean Kendall y Barry Beats, turistas canadienses. Canadá era la cobertura perfecta, un país amable y neutral. El equipo entrenó la maniobra cientos de veces en Telviv. El 25 de septiembre, Netañahu dio la luz verde final. Estaba convencido de que iba a acest asestar un golpe maestro.
No sabía que estaba enviando a sus hombres a una trampa creada por su propia arrogancia. Amán, Jordania, 25 de septiembre de 1997, 10:25 de la mañana. La calle Wasfial, también conocida popularmente como la calle de los jardines, estaba empezando a despertar con la energía habitual de una mañana laborable en Amán.
Es una zona de clase media alta, una mezcla ecléctica de edificios de oficinas revestidos de piedra blanca, caliza típica de Jordania, tiendas de electrónica, farmacias y cafeterías donde los hombres fuman narguile. El sol brillaba con fuerza, proyectando sombras nítidas sobre el asfalto caliente, frente al edificio de oficinas donde jamás tenía su sede operativa, disfrazada discretamente bajo un nombre genérico de ayuda humanitaria, un Hyundai verde de alquiler estaba aparcado con el motor en marcha.
Dentro, dos agentes del Mossad del equipo de apoyo esperaban con las manos sudorosassobre el volante, vigilando constantemente los espejos retrovisores. Su trabajo era simple, pero vital. esperar a los ejecutores, recogerlos en cuestión de segundos y desaparecer hacia la frontera o hacia un piso franco antes de que nadie se diera cuenta de lo ocurrido.
En la acera, los dos agentes principales de la unidad Kidón, los ejecutores, paseaban simulando ser turistas despistados, disfrutando del clima jordano. Sus pasaportes falsos los identificaban como Sean Kendall y Barry Beats. Llevaban una vestimenta deliberadamente informal para mezclarse con el ambiente relajado de la ciudad, pantalones cortos tipo cargo, camisetas de algodón y gorras de béisbol para ocultar parcialmente sus rostros de las cámaras de seguridad y del sol.
Uno de ellos, el agente encargado de dar el golpe letal, tenía el brazo izquierdo envuelto en un vendaje médico abultado y sostenía una botella de refresco Coca-Cola en la mano derecha para parecer aún más casual, pero bajo el vendaje sus dedos estaban tensos alrededor del cilindro metálico cargado con levo fentanil.
La adrenalina corría por sus venas. Llevaban semanas preparándose para este solo instante. A las 10:30 en punto, tal como preveía la inteligencia israelí, un coche negro se acercó al edificio. Era el vehículo de Cebet Mahal. Los agentes intercambiaron una mirada rápida e imperceptible. Todo parecía estar alineado para una ejecución perfecta. El coche se detuvo.
Mas abrió la puerta. Pero entonces la ley de Murphy golpeó con la fuerza de un martillo, introduciendo una variable que ningún informe de inteligencia había predicho. Del asiento trasero del coche de Mas no solo salieron guardaespaldas o asistentes, salió una niña pequeña o quizás dos, según algunas versiones contradictorias de los testigos presenciales.
Eran los hijos de Masl, que ese día acompañaban a su padre. El plan original y los protocolos estrictos del Mossad estipulaban claramente solo el objetivo, sin daños colaterales, sin testigos cercanos, especialmente niños. La presencia de civiles tan próximos aumentaba exponencialmente el riesgo de que el spray fallara debido al movimiento impredecible, golpeara a un inocente o de que la operación fuera detectada por el caos que generan los niños.
Sin embargo, los agentes ya habían iniciado la maniobra de aproximación final. Estaban a menos de 10 m. Su mentalidad estaba en modo túnel. Abortar ahora era extremadamente arriesgado. Si se daban la vuelta bruscamente o cambiaban el paso, llamarían la atención del chóer. En una fracción de segundo, tomaron una decisión que lamentarían el resto de sus vidas.
decidieron seguir adelante. Un error de juicio fatal nacido de la presión por cumplir la misión. Mas caminó hacia la entrada del edificio. Su conductor y guardaespaldas principal, Mohamed Abuaif, un hombre leal y corpulento, estaba distraído descargando unas bolsas del maletero, pero mantenía un ojo entrenado en el entorno.
Los agentes canadienses aceleraron el paso sutilmente para interceptar a Mas justo antes de que cruzara la puerta de cristal del edificio. Se colocaron detrás de él entrando en su burbuja personal, rompiendo la distancia de seguridad. Cuando estuvieron a menos de un metro, el agente con el dispositivo levantó la mano vendada, apuntando la boquilla oculta hacia el oído izquierdo de Masl.
El dispositivo que había sido diseñado en laboratorio para ser completamente silencioso hizo un ruido. Quizás fue la presión acumulada por el calor de Amán o un fallo en la válvula. Fue un ciseo audible, similar al sonido de abrir una lata de refresco agitada o el escape de un aerosol.
En el bullicio de la calle quizás no se habría notado, pero la proximidad al oído de Mashall amplificó el sonido. Mas, alertado por el ruido repentino justo detrás de su cabeza, giró el cuello instintivamente hacia la izquierda. Ese movimiento reflejo salvó su vida al menos temporalmente. Debido al giro de la cabeza, el chorro de lebofentanil no entró limpio y directo en el canal auditivo, como estaba planeado para una absorción máxima.
Parte del líquido letal le roció el cuello, el lóbulo de la oreja y quizás una parte entró en el oído, pero no la dosis masiva y directa al tímpano que garantizaba una muerte segura y rápida. Aún así, la cantidad que tocó su piel era suficiente para matar, aunque tardaría más tiempo en hacer efecto. Mas sintió un escalofrío inmediato, como una descarga eléctrica estática o la picadura de un insecto grande.
Se llevó la mano a la oreja frotándose. ¿Qué pasa? ¿Qué ha sido eso? Gritó mirando a los extraños. Los agentes del Mossat no se detuvieron para comprobar el resultado o pedir disculpas. Bajaron la cabeza y aceleraron el paso, intentando poner distancia rápidamente, pero sin correr para no delatarse. Pero no contaban con Mohamed Abuaif.
El guardaespaldas palestino, vio la escena desde el coche. No entendió exactamentequé había pasado. No vio pistolas, no vio cuchillos, no vio sangre. Pero su instinto de protección se disparó. vio a dos extranjeros acercarse demasiado a su jefe, hacer un movimiento extraño y luego huir apresuradamente. Eso fue suficiente.
En lugar de quedarse a atender a Mas, que parecía estar bien, solo aturdido y frotándose la oreja, Abuaif hizo algo que el Mossad no había previsto en sus simulaciones. salió a la caza, ignorando cualquier protocolo de quedarse con el VIP, Abuaif echó a correr tras los agentes. Los israelíes, al darse cuenta de que eran perseguidos, rompieron su cobertura de turistas tranquilos y entraron en pánico.
Empezaron a correr hacia su Hyundai verde de huida que los esperaba en la esquina. Lograron subir al coche y el conductor arrancó chirriando ruedas, quemando neumático en el asfalto. Abuaif no se rindió, corrió hacia la carretera y logró anotar mentalmente parte de la matrícula. Según algunas versiones dramáticas del evento, detuvo un coche que pasaba, se subió y gritó al conductor civil, “Sigue a ese coche.
Han intentado matar a Khalid Mahal.” La persecución por las calles de Amán fue breve, caótica y desesperada. Los agentes del Mossad en el Hyundai se dieron cuenta de que lo seguían y de que su coche había sido quemado, identificado. El pánico empezó a apoderarse del equipo. Conducir un coche identificado por una ciudad hostil era una sentencia de muerte.
serían interceptados por la policía en cualquier momento. Tomaron una segunda decisión desastrosa. Decidieron abandonar el vehículo y separarse a pie, pensando que podrían perder a su perseguidor en el laberinto de callejones y mezclarse con la gente gracias a su apariencia occidental. Frenaron el coche en una calle lateral, bajaron y empezaron a caminar rápido, intentando parecer normales de nuevo.
Pero Abuaif, jadeando, sudando y furioso, tenía una vista de águila y una determinación de hierro. Los localizó caminando por la calle, saltó del coche y corrió hacia ellos. se lanzó sobre los dos agentes. Fue una pelea brutal, sucia y sin técnica en plena calle. Dos agentes de élite del Kidon, entrenados en craft maga y asesinato silencioso contra un guardaespaldas palestino enfurecido que luchaba con la fuerza de la desesperación.
Abu Saaif recibió golpes. Sangraba por la cabeza, pero logró agarrar a uno de ellos y empezó a gritar pidiendo ayuda. La pelea atrajo inmediatamente la atención de los transeútes jordan. Ayuda. Son judíos. Han intentado matar a Mas. Son asesinos. Gritaba Abuaif, sabiendo que esa acusación movilizaría a la multitud.
La gente empezó a rodearlos formando un círculo hostil. Un oficial de policía jordano que patrullaba la zona intervino, pistola en mano. Los agentes del Mossad, magullados, con la ropa rasgada y rodeados, intentaron desesperadamente mantener su cobertura. Somos turistas canadienses, no sabemos qué pasa. Este loco nos ha atacado sin motivo.
Gritaban en un inglés con acento norteamericano perfecto. Pero el policía no se lo tragó del todo. Vio el dispositivo extraño que había caído al suelo, la venda falsa medio deshecha y, sobre todo, el miedo en sus ojos. No era el miedo de un turista confundido, era el miedo de alguien que sabe que ha sido descubierto.
El oficial los esposó a todos, incluido a Abuíf al principio, y los llevó a la comisaría de policía más cercana para interrogarlos. Mientras tanto, en la oficina de Jamás, la tragedia química empezaba a desarrollarse. Chaled Mahal, que había subido a su despacho pensando que solo había sido un incidente extraño, estaba sentado en su escritorio intentando trabajar.
“Siento un zumbido muy fuerte en la cabeza”, dijo a sus colegas. “Estoy muy cansado, siento que me falta el aire.” Empezó a vomitar. Sus párpados pesaban toneladas. Su respiración se volvía superficial y lenta. Lo llevaron de urgencia al Hospital Islámico de Amán. Los médicos estaban desconcertados. No había heridas de bala, no había sangre, no había signos de infarto clásico, pero sus constantes vitales se desplomaban minuto a minuto.
El veneno estaba apagando su sistema nervioso central, célula a célula. estaba muriendo y nadie sabía por qué. En la comisaría, el jefe de policía revisó los pasaportes canadienses. Parecían auténticos, pero entonces el cónsul canadiense en Amán fue llamado para asistir a sus ciudadanos. El diplomático los miró, habló con ellos unos minutos y enseguida notó algo raro.
Su comportamiento, sus respuestas evasivas, no encajaba. Llamó a Otagwa. Canadá confirmó en minutos, “Esos pasaportes son falsos o robados. Esos hombres no son nuestros.” La noticia llegó al palacio real como un rayo. El rey Hussein estaba almorzando cuando le informaron. Turistas con pasaportes falsos atacando a un líder de jamás en mi capital.
El rey, un hombre astuto que había sobrevivido a decenas de intentos de asesinato, ató cabos al instante. Son israelíes.Netañahu me ha traicionado. La furia del rey fue volcánica. Sentía que Israel lo había apuñalado por la espalda. Habían usado su tratado de paz como una cortina de humo para cometer un asesinato en su propia casa.
ordenó al ejército rodear la embajada de Israel en Amán. Nadie entra, nadie sale. Y envió un mensaje a Telviviaría el curso de la historia. Si Jaled Masal muere, vuestros hombres mueren con él y la paz muere también. Tenéis 24 horas. Amán, Jerusalén, Washington DC, 26 y 27 de septiembre de 1997. En la unidad de cuidados intensivos del Hospital Islámico de Amán, el tiempo se había convertido en el enemigo más letal.
Ced Mahal se estaba apagando. Las máquinas de soporte vital pitaban rítmicamente, marcando la cuenta atrás, no solo de un hombre, sino de la estabilidad de toda la región. Los médicos jordanos trabajaban frenéticamente, pero luchaban contra un fantasma. Los pulmones de Masal se negaban a oxigenar la sangre.
Su ritmo cardíaco era errático. Habían probado con epinefrina, con esteroides, con todo el arsenal estándar de una sala de emergencias, pero nada funcionaba porque no sabían contra qué luchaban. El levo fentanil estaba haciendo su trabajo, apagar los interruptores del cerebro que le dicen al cuerpo, “Respira.
” A pocos kilómetros de allí, en el palacio real de Ragadán, el ambiente era gélido, casi fúnebre. El rey Hussein, un hombre conocido por su cortesía diplomática y su calma bajo presión, estaba en un estado de furia fría que aterrorizaba a sus propios consejeros. Se sentía personalmente violado. Había arriesgado su capital político, firmando la paz con Israel tres años antes.
Había llamado hermano Ayitzakrabin. Y ahora Benjamin Netañahu había enviado un escuadrón de la muerte a su capital, profanando su hospitalidad y poniéndolo en una posición imposible frente a su propio pueblo y el mundo árabe. El rey se negó a el teléfono. Las llamadas desde la oficina del primer ministro en Jerusalén se acumulaban sin respuesta.
Dile a Bibi que no tengo nada que hablar con él”, dijo el rey a su jefe de gabinete. “Dile que si Mahal muere, el tratado de paz muere con él y dile que prepararé la soga para sus agentes en la plaza pública. Quiero un juicio televisado.” En Jerusalén, el pánico empezaba a filtrarse por las paredes del gobierno.
Benjamín Netañahu estaba acorralado. La operación silenciosa se había convertido en un estruendo global. La inteligencia militar le informaba que las tropas jordanas estaban movilizándose alrededor de la embajada de Israel en Amán, donde se sospechaba que el resto del equipo del Mossad, cuatro agentes de apoyo, se había refugiado. Si los soldados jordan asaltaban la embajada, sería un acto de guerra.
Israel estaba solo. Europa estaba escandalizada por el uso de pasaportes falsos. Canadá había retirado a su embajador en protesta. La única salida estaba al otro lado del Atlántico. El presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, fue informado de la crisis. Su reacción fue explosiva. Clinton, que había invertido años en el proceso de paz, vio como todo su trabajo estaba a punto de irse por el desagüe por una operación chapucera, llamó a Netanahu.
No fue una llamada diplomática, fue una reprimenda brutal. ¿En qué demonios estabas pensando, Vivi?, le gritó Clinton, según fuentes de la Casa Blanca. Este hombre es nuestro aliado. Has puesto en peligro todo el Medio Oriente. Tienes que arreglar esto ahora. Netanyahu intentó justificarse hablando de la sangre en el mercado de Mahane YJuda. Pero Clinton lo cortó.
No me importa. Si el rey quiere el antídoto, le das el antídoto. Si quiere la luna, le das la luna. Pero saca a tus hombres de allí y salva ese tratado. Netaña capituló. No tenía opción. La supervivencia del Estado de Israel como entidad diplomática estaba en juego. Ordenó al jefe del Mossad, Daniatom, que preparara una misión de emergencia, pero esta vez no era para matar, sino para sanar.
En una maleta de seguridad blindada, los científicos de Nes Siona empaquetaron la única cosa que podía revertir los efectos del levofentanil, un antagonista o piácio específico, probablemente una forma pura y concentrada de naloxona, junto con las instrucciones químicas precisas. El vuelo fue el más tenso en la historia del Mossad, un pequeño jet privado despegó de Telviv rumbo a Amán.
A bordo iba un oficial de inteligencia de alto nivel, Mishka Ben David, y un médico del Mossad. Al aterrizar en Amán, no fueron recibidos con honores, sino con sospecha armada. Fueron escoltados por la guardia real Jordana directamente al hospital o a un punto de encuentro secreto. El encuentro entre los médicos fue surrealista.
El jefe médico del rey Hussein miró al médico israelí con desprecio. “Mo, ¿cómo sabemos que esto no es más veneno para rematarlo?”, preguntó. Exigieron la fórmula química exacta del veneno. El Mossad se resistióinicialmente. Revelar la fórmula era entregar un secreto de estado, admitir el desarrollo de armas químicas ofensivas.
Pero la vida de Mas se apagaba por segundos. Finalmente, Israel se dió. Entregaron la fórmula. La escena en la UCI fue digna de una película de humor negro. Un médico del Mossad, el representante de la agencia que había intentado asesinar al paciente 24 horas antes, estaba ahora de pie junto a la cama, guiando a los médicos jordanos sobre cómo administrar la cura.
Inyectaron el antídoto. El silencio en la sala era absoluto. Esperaron un minuto, 2 minutos. Lentamente, como Lázaro, el pecho de Ced Mahal comenzó a moverse con más fuerza. Sus párpados temblaron. El monitor cardíaco recuperó un ritmo sinusal normal. El líder de Camás abrió los ojos confundido, rodeado de sus enemigos, que ahora eran sus salvadores.
Israel había salvado la vida del jefe de Jamás, pero la pesadilla de Netañau no había terminado. El rey Hussein, un estratega brillante, se dio cuenta de que tenía la mano ganadora en esta partida de póker geopolítico. No se conformaba con salvar a Mas y devolver a los agentes israelíes. Quería cobrar un precio de sangre por la humillación sufrida.
El rey lanzó su segunda exigencia, una que golpeó a Israel más fuerte que el fiasco del veneno. Quiero al jeque, quiero a Ahmed Yasin. El jeque Ahmed Yasin no era un prisionero cualquiera. era el fundador espiritual de Jamás, un anciano tetrapléjico, casi ciego, con una voz chillona, pero un carisma magnético que inspiraba a miles de jóvenes a convertirse en bombas humanas.
Cumplía cadena perpetua en una prisión israelí por ordenar el secuestro y asesinato de soldados. Para la sociedad israelí, Yasín era el rostro del mal absoluto. Liberarlo era una humillación impensable. era escupir en la cara de las víctimas del mercado de Mahane YJuda. Netanyahu se negó rotundamente. Es imposible.
Mis votantes me comerán vivo. No puedo liberar al líder de los asesinos. Pero el rey Hussein fue inflexible. Su mensaje fue claro. Sin Yasin en Amán, los agentes del Mossad no vuelven a casa. Y quizás la embajada de Israel en Jordania deje de existir mañana. El ministro de asuntos exteriores de Israel, Ariel Sharon, el Halcón, intentó negociar sugiriendo liberar a otros prisioneros, pero la presión de Clinton volvió a ser decisiva.
Estados Unidos necesitaba a Jordania como aliado clave contra Saddam Hussein en Irak. no podían permitir que Israel arruinara la alianza estratégica. Clinton presionó a Netañau con una fuerza irresistible. Suéltalo, Vivi, no tienes cartas. El primo de octubre de 1997 ocurrió lo impensable. En una prisión de máxima seguridad en el desierto del Negueev.
Los guardias entraron en la celda del jeque Ahmed Yasin, lo sacaron de su cama, lo sentaron en su silla de ruedas. y lo subieron a una furgoneta blindada. El jeque, confundido, pensó que lo trasladaban de prisión. Fue llevado a un aeródromo donde lo esperaban dos helicópteros militares jordanos que habían aterrizado en suelo israelí con permiso especial.
El jeque, sonriendo con sus encías desdentadas, fue subido al helicóptero. Minutos después cruzaba la frontera hacia Jordania como un héroe conquistador. La televisión mundial transmitió las imágenes en pantalla partida, mostrando el contraste brutal de la derrota israelí. En un lado de la pantalla, los agentes del Mossad, liberados de la cárcel Jordana, bajaban de un avión en Telaviva escondiendo sus rostros, avergonzados y derrotados.
En el otro lado, a plena luz del día y con bandas de música, el jeque Yasin era recibido en Amán por el rey Hussein con honores casi de jefe de estado, y junto a él un Caled Mas totalmente recuperado, sonriendo y abrazando a su mentor espiritual. En una rueda de prensa surrealista que dio la vuelta al mundo, Mahal tomó el micrófono, agradeció a Dios y lanzó la frase que perseguiría a Netañahu durante décadas.
Intentaron apagar la llama de la resistencia, pero Alah convirtió su veneno en medicina. Han encendido un incendio que nunca podrán apagar. Israel había pagado el precio más alto de su historia operativa. Habían fallado en la misión táctica. habían revelado su arma secreta, habían dañado gravemente sus relaciones diplomáticas y lo peor de todo, habían liberado al símbolo más potente de sus enemigos, dándole a jamás una victoria de propaganda que ni 1 bombas podrían haber logrado.
El fiasco de Amán de 1997 no terminó esa noche en el aeropuerto como una onda expansiva invisible. Sus consecuencias reescribieron la historia del conflicto palestino israelí durante las siguientes dos décadas. El regreso de los agentes del Mosada a Israel no fue el fin, sino el comienzo de una purga dolorosa. En el cuartel general del Mossad en Glilot, las luces permanecieron encendidas durante semanas.
Se formó una comisión de investigación independiente, la comisión Siechanoer, para diseccionar el fracaso.El informe final fue devastador. Criticó la arrogancia de la planificación, la falta de planes de contingencia adecuados y la ceguera política de operar en un país aliado. Como resultado directo, Danny Yatom presentó su dimisión como jefe del Mossad.
fue el fin de una era y el comienzo de una profunda reestructuración en la agencia. El Moosad, que había gozado de una reputación de invencibilidad casi mítica tras operaciones como En TVE o la cólera de Dios, había sido humillado por un spray defectuoso y un guardaespaldas aficionado, pero el verdadero impacto se sintió en las calles de Gaza.
Elke Ahmed Yasin, liberado gracias al error de cálculo de Netañahu, regresó a la franja de Gaza poco después, tras una gira triunfal por el mundo árabe, donde recaudó millones de dólares para jamás. Su silla de ruedas se convirtió en un trono móvil. Su liberación fue interpretada por los palestinos como una señal divina de que Israel era vulnerable, de que se le podía doblegar.
Bajo su liderazgo espiritual revitalizado, jamás creció exponencialmente en poder e influencia. Tres años después del fiasco, en septiembre de 2000, estalló la segunda intifada. Esta sublevación fue mucho más violenta que la primera. Fue una guerra de autobuses explosivos y restaurantes destrozados.
Y la voz que guiaba moralmente a los suicidas. La voz que les decía que el martirio era el camino al paraíso, era la del hombre que Israel había liberado para salvar a sus espías. Israel se dio cuenta con horror de que había soltado a un león para salvar a un ratón. 7 años después del fiasco del veneno, el gobierno israelí, liderado ahora por Ariel Sharon, decidió que el precio pagado había sido demasiado alto.
Decidieron corregir el error de 1997, pero esta vez la estrategia fue diametralmente opuesta. Ya no habría espías disfrazados de turistas. Ya no habría venenos silenciosos ni intentos de muerte natural. La sutileza había muerto en Amán, ahora imperaba la fuerza bruta. El 22 de marzo de 2004, al amanecer, el jeque Ahmed Yasin salía de la oración de la mañana en una mezquita del barrio de Sabra en Gaza.
Sus seguidores empujaban su silla de ruedas. En el cielo casi invisible, un helicóptero de ataque AH64 apache de la Fuerza Aérea Israelí fijó el objetivo. El piloto presionó el botón. Tres misiles Hellfire descendieron a velocidad supersónica. No hubo necesidad de antídoto. No hubo margen para la negociación diplomática.
El hombre que Israel había salvado involuntariamente en 1997 fue vaporizado en 2004. La operación fue ruidosa, sangrienta y definitiva. ¿Y qué fue de Ked Mahal, el hombre del oído envenenado? Sobrevivir al intento de asesinato le otorgó un aura de invencibilidad dentro de jamás. Se le conocía como el mártir vivo.
Desde su exilio en Damasco y posteriormente en Dohaja, Qatar, Mas consolidó su poder. Se convirtió en el líder indiscutible del Buró político durante los siguientes 20 años. Desde sus oficinas de lujo dirigió las estrategias de jamás durante múltiples guerras contra Israel, 2008, 2012, 2014. Fue él quien negoció el intercambio del soldado Gilad Shalid por más de 1000 prisioneros palestinos en 2011.
Otra victoria simétrica para el grupo. Mas vivió sabiendo que cada latido de su corazón era un regalo de la tecnología médica de sus enemigos. Su oreja izquierda intacta era un recordatorio constante del fracaso israelí. Para el Mossad, la lección de Amán se grabó a fuego en su ADN operativo. La unidad Quidón cambió drásticamente sus protocolos.
Nunca más volvieron a intentar un asesinato con veneno de contacto en una calle pública a plena luz del día en un país con relaciones diplomáticas. Aprendieron que la complejidad técnica es enemiga del éxito. Volvieron a métodos más seguros y controlables. Bombas en reposacabezas de coches como Conimat Mugn, disparos desde motocicletas en movimiento como con los científicos nucleares iraníes o accidentes simulados en habitaciones de hotel cerradas, como el caso de Mahmud Al Mabu en Dubai en 2010.
Aunque ese también tuvo sus problemas con las cámaras. Políticamente, el fiasco fue una mancha que persiguió a Benjamin Netañahu durante años. Perdió las elecciones de 1999 frente a Ehud Barack. en gran parte porque su imagen de mis seguridad había quedado destrozada por la humillación en Jordania, aunque Netanyahu demostró ser un superviviente político nato y volvió al poder una década después, convirtiéndose en el primer ministro más longevo de Israel, el nombre de Chaled Mas siempre sería su némesis personal, el cabo suelto que nunca pudo atar. Hoy,
si visitas el museo de inteligencia en Telviv, no encontrarás la lata de spray que se usó en Amán. Es un objeto de vergüenza, no de orgullo. Pero en las academias de espionaje de todo el mundo, desde Langli hasta Moscú, la operación contra Mashal se estudia como el caso de estudio perfecto de la ley de lasconsecuencias no deseadas.
Israel quería eliminar a un burócrata del terror para detener la violencia. Al intentarlo, crearon un mártir viviente. Enfurecieron a su único aliado árabe. Perdieron a sus mejores espías. Humillaron a su primer ministro y liberaron a su peor enemigo, quien inspiró la muerte de cientos más. A veces, en la guerra de las sombras, la mejor manera de matar a un enemigo es dejarlo en paz y esperar a que cometa sus propios errores.
Pero en la olla a presión de Oriente Medio, la paciencia es un lujo que nadie parece poder permitirse. Y así el ciclo de sangre continúa, alimentado por venenos fallidos y misiles certeros. La historia tiene un sentido del humor macabro e implacable. Israel le regaló a Chaled Mas lo que más odiaba, tiempo.
Y con ese tiempo él construyó una guerra que tres décadas después todavía no ha terminado. Gracias por investigar este desastre con nosotros. Si crees que la realidad supera a la ficción en el mundo del espionaje, suscríbete a la sombra de la historia. Comparte este vídeo para que los errores del pasado no se repitan o quizás para entender por qué siempre se repiten. Shalom.















