EL ERROR FATAL DE ISRAEL: Cómo la Libertad de un Soldado Creó al Monstruo del 7 de Octubre

Es una mañana cegadora en el desierto del Negueev. El aire tiembla por el calor y la tensión acumulada durante 1941 días. En una carretera solitaria cerrada herméticamente por la policía militar, una caravana de autobuses con las ventanas oscurecidas avanza lentamente hacia la frontera con Egipto. No transportan turistas, no transportan mercancías.

En su interior, sentados en un silencio denso y cargado de odio, hay más de 400 hombres y mujeres. Algunos llevan 20 años en prisión, otros solo unos pocos, pero todos comparten una característica indeleble. Tienen sangre en sus manos, mucha sangre. Si pudieras mirar a través de esos cristales tintados, verías los rostros que han protagonizado las pesadillas de una nación entera durante décadas.

Allí está la mujer que condujo al terrorista suicida a la pizzería es barro llena de niños. Allí están los planificadores de masacres en autobuses escolares. Allí están los expertos en explosivos que convirtieron cafeterías en mataderos. En total, Israel está a punto de abrir las puertas de sus celdas de máxima seguridad para liberar a un ejército.

1027 prisioneros condenados por terrorismo, asesinos convictos que suman colectivamente cientos de cadenas perpetuas. Al otro lado de la frontera, en el lado egipcio, un solo hombre espera. Está pálido como un fantasma. Está demacrado, pesa poco más de 50 kg y lleva 5 años, 4 meses y 23 días sin ver la luz del sol, viviendo en un agujero bajo la tierra de Gaza.

Lleva unas gafas que le quedan grandes y un uniforme que le cuelga del cuerpo esquelético. El mundo entero contiene la respiración. Los generales israelíes miran sus monitores con el estómago revuelto, sabiendo que están cometiendo un error estratégico garrafal. Los líderes de jamas miran sus relojes con una sonrisa triunfal. La ecuación es matemáticamente absurda, moralmente imposible y estratégicamente suicida.

1027 vidas culpables a cambio de una sola vida inocente. Esta es la historia del intercambio de prisioneros más desequilibrado, polémico y peligroso de la historia moderna. El día en que una nación decidió romper todas las reglas de la guerra para salvar a un solo hijo, sin saber que al hacerlo estaba firmando una sentencia de muerte para su propio futuro. Bienvenidos.

A la sombra de la historia. Hoy no vamos a hablar de batallas de la antigüedad ni de espías de la Guerra Fría. Hoy vamos a diseccionar una herida abierta que todavía sangra. Vamos a analizar el acuerdo Shal. Para muchos fue el acto supremo de solidaridad judía. la prueba de que el Estado cumple su promesa sagrada de no dejar a nadie atrás, cueste lo que cueste.

Para otros, fue una rendición vergonzosa ante el terrorismo que erosionó la capacidad de disuasión de Israel para siempre y preparó el terreno para la guerra actual. En este documental de larga duración entraremos en el búnker donde se tomó la decisión imposible. Analizaremos como la inteligencia más poderosa de Oriente Medio, el Shinbet y el Mossad, fallaron estrepitosamente durante 5 años al poder localizar a un soldado secuestrado a pocos kilómetros de su propia frontera.

Veremos cómo unos padres desesperados movilizaron a la opinión pública mundial, obligando a un primer ministro reacio, Benjamín Netanyahu, a firmar un pacto con el [ __ ] Pero sobre todo analizaremos el precio oculto, porque entre esos 100027 liberados había un nombre que en 2011 pocos conocían fuera de los servicios de inteligencia, pero que hoy el mundo entero teme, Yaya sin descubriremos cómo este intercambio sembró las semillas del 7 de octubre.

¿Cuánto vale realmente la vida de un soldado? ¿Vale la seguridad de millones de civiles? Prepárense para un viaje ético y militar al corazón de las tinieblas. Si te apasionan los documentales que te hacen cuestionar la moralidad de la historia y te cuentan lo que los noticieros no se atreven, suscríbete ahora mismo a la sombra de la historia y activa la campana.

Ayúdanos a seguir produciendo este contenido dándole un me gusta a este vídeo y quiero leerte en los comentarios. Si fueras el primer ministro con la pluma en la mano, habrías firmado el acuerdo uno por 1000. Piénsalo bien antes de responder. Empezamos. Para entender el final catastrófico de esta historia, primero debemos volver al principio, al momento exacto en que el reloj se detuvo.

Amanecer del domingo 25 de junio de 2006. Estamos en el puesto militar de Kerem Shalom, el viñedo de la paz. El nombre es una ironía cruel. Geográficamente es uno de los puntos más calientes del planeta, el vértice exacto donde convergen las fronteras de Israel, la franja de Gaza y Egipto. Es un paisaje lunar de polvo beige, alambradas de espino, torres de vigilancia y un silencio engañoso que pesa sobre los hombros de los soldados.

A laser 5:13 de la mañana, la tripulación de un tanque Mercava Mark Treso, del batallón 71 de la brigada blindada está terminando su turno deguardia. Llevan horas vigilando la nada dentro del gigante de acero de 65 toneladas. El ambiente es claustrofóbico, el aire está viciado. Una mezcla densa de olor a aceite hidráulico, metal frío y el sudor rancio de tres hombres cansados que solo piensan en volver a la base para dormir.

El comandante del tanque es el teniente Hanan Barak, un oficial respetado. El conductor es el sargento Pavel Slutker y el artillero es el cabo Guilad Shal. Guilad tiene 19 años. No es un comando de fuerzas especiales, no es un Rambo, es un chico tímido, extremadamente delgado, con una sonrisa fácil y gafas, fanático de los deportes, que se unió al ejército no por vocación guerrera, sino porque en Israel el servicio es un rito de paso obligatorio.

En ese momento, Shal es simplemente un número más en la inmensa maquinaria de las fuerzas de defensa de Israel. un chico normal en una situación anormal. La inteligencia israelí había emitido una advertencia vaga el día anterior. Un cable urgente había llegado al comando sur. Alta probabilidad de intento de secuestro en el sector, pero la rutina es el peor enemigo del soldado.

La seguridad en la frontera se basaba en la premisa de que la amenaza vendría sobre la tierra. Israel había construido un muro virtual impenetrable con vallas electrónicas inteligentes que detectan el toque de un dedo, sensores de movimiento sísmico y cámaras térmicas de largo alcance. Pero jamás no estaba mirando hacia arriba, estaba mirando hacia abajo.

Durante meses, bajo la cobertura de invernaderos agrícolas situados a cientos de metros de la valla, excavadores palestinos habían estado trabajando como hormigas, con palas manuales y cubos de goma para no hacer ruido metálico. Habían creado un túnel de ataque de casi 800 m de largo, una arteria subterránea reforzada con placas de hormigón y equipada con líneas telefónicas y electricidad que cruzaba silenciosamente por debajo de los sensores israelíes y salía increíblemente justo detrás de la posición del tanque

de Gilad Shal. Mientras la tripulación vigilaba el horizonte, el enemigo estaba literalmente bajo sus pies. A las 054, la Tierra explota. No es una metáfora. La salida del túnel se abre y los militantes de jamás emergencer. Son un comando de élite de las brigadas IS Addin Alcassam. No son una turba desorganizada, es una operación quirúrgica ensayada durante meses con maquetas del tanque Mercava.

Se dividen en tres células de ataque. El primer grupo corre hacia una torre de vigilancia vacía para crear fuego de cobertura. El segundo grupo lanza granadas de mano, pero es el tercer grupo el que tiene el objetivo principal. Se acercan al tanque por la parte trasera, el punto ciego de la bestia de acero.

Un militante se arrodilla, apunta su lanzacohetes RPG7 y dispara. El proyectil vuela a los pocos metros que lo separan del tanque e impacta directamente en el panel trasero del casco. El impacto es devastador. El chorro de cobre fundido del RPG penetra el blindaje llenando el compartimento de la tripulación de humo negro.

metralla al rojo vivo y una onda expansiva que revienta los tímpanos. El sistema automático de extinción de incendios del tanque se activa con un siseo ensordecedor, llenando la cabina de gas a blanco, cegando a los supervivientes. El teniente Hanan Barak y el sargento Pavel Sluter mueren casi instantáneamente o quedan mortalmente heridos por la explosión.

El tanque, la máquina de guerra más segura del mundo, se ha convertido en una tumba de hierro en cuestión de segundos. Gilad Shalid está herido. Tiene metralla en el hombro y una conmoción cerebral severa. Está aturdido, tosiendo en medio del humo. Sale de la torreta o quizás es sacado a la fuerza por la onda expansiva.

Los informes varían, pero ahí está en la arena desarmado y desorientado. En ese momento, la doctrina militar israelí tiene un protocolo no escrito, pero conocido por todos los combatientes, el protocolo Hannibal. La idea brutal es que un soldado muerto es mejor que un soldado secuestrado, porque un secuestro pone en jaque al estado entero.

Se debe disparar para detener el secuestro, incluso a riesgo de herir al compañero. Pero en el caos de Kerem Shalom, entre el humo, el polvo y los gritos en árabe, no hay tiempo para protocolos ni filosofía. Shalcha, está en shock. Los militantes de jamás lo ven. Saben que han encontrado el billete de oro.

No lo ejecutan, lo agarran, lo arrastran rápidamente hacia la valla fronteriza que ha sido volada con cargas explosivas en otro punto para facilitar la retirada rápida. Todo sucede en menos de 10 minutos. Es un blitz creek peatonal. Cuando los refuerzos israelíes llegan al lugar, la escena es desoladora. Encuentran el tanque humeante con el motor todavía al ralentí, dos cadáveres destrozados dentro y un asiento vacío.

El rastro de sangre y las huellas de botas llevan hacia el agujero en la valla y desaparecen en la Arena de Gaza. Elcomandante de la división de Gaza ordena la entrada inmediata de tanques y helicópteros apache. Se activa el código Hannibal por radio. Soldado secuestrado. Soldado secuestrado. Las palabras resuenan en la red de comunicaciones militar provocando un escalofrío en cada oficial que las escucha.

Pero es demasiado tarde. El túnel ha hecho su trabajo. Gilad Shal ha desaparecido en el laberinto urbano de uno de los lugares más densamente poblados de la tierra. Los secuestradores ya están bajo tierra o mezclados con la población civil. jamás emite un comunicado pocas horas después. No piden dinero, no piden armas, piden la liberación de todas las mujeres palestinas encarceladas y de todos los menores.

Es solo el comienzo de la subasta. Saben que tienen la mano ganadora. Saben que Israel tiene una sensibilidad extrema, casi patológica, hacia la vida de sus soldados. saben que pueden pedir la luna. Mientras tanto, Gilad es bajado a las profundidades, literalmente. Según se sabría años después, fue movido constantemente en las primeras horas, sedado y aterrorizado, hasta ser entregado a la custodia de una unidad sombra de jamás.

Hombres a los que se les prohibió tener contacto con sus propias familias. Hombres que vivían como fantasmas para custodiar al prisionero más valioso de Oriente Medio. Gilad Shalid fue desconectado del mundo sin cruz roja, sin cartas, sin luz del día. El ejército israelí, las poderosas FDI lanza la operación lluvia de verano días después bombardean puentes, estaciones eléctricas y edificios de jamás.

Entran con infantería de élite. Buscan puerta por puerta, pero Gaza es un pajar hecho de hormigón y túneles y Shal es una aguja invisible. La fuerza militar bruta por primera vez en mucho tiempo se revela inútil. Los tanques pueden destruir edificios, pero no pueden encontrar a un hombre escondido en un sótano desconocido.

No pueden disparar para liberarlo si no saben dónde está. El capítulo del secuestro termina con una imagen que perseguirá a Israel. La frontera sellada de nuevo, el humo negro elevándose sobre Gaza y en el norte de Israel en un pueblo tranquilo llamado Mitspejila. Unos oficiales de notificación con uniforme de gala llaman a la puerta de Noam y Aviva Shalth.

Al abrir esa puerta comenzaba una pesadilla nacional que duraría 5 años. El reloj de arena había comenzado a correr, pero la arena era sangre, el silencio. Eso fue lo peor. Después del caos inicial del secuestro, el fuego de los tanques y los gritos por radio, un silencio sepulcral cayó sobre el caso Shal.

Un silencio que duraría 5 años, 4 meses y 23 días. Durante este tiempo, la guerra por Gilad Shalbó con artillería. ni bombardeos aéreos, sino con nervios, espionaje y una presión psicológica diseñada para romper la voluntad de una nación entera. Fue una partida de ajedrez jugada en la oscuridad absoluta, donde un bando tenía todas las piezas y el otro tenía los ojos vendados.

Israel activó inmediatamente toda su formidable maquinaria de inteligencia. El Shinbet, la agencia de seguridad interna, convirtió la franja de Gaza en su obsesión monomaníaca. Desplegaron su red tecnológica completa, drones Geron y Hermes volando en círculos perpetuos sobre los tejados de Gasa, grabando cada movimiento, satélites espía o fec reorientando sus lentes para buscar cambios en el terreno, y la unidad 800 200, los genios de la ciberinteligencia, interceptando millones de llamadas telefónicas, correos electrónicos y

mensajes de texto. Buscaban un patrón, un error, una entrega de comida inusual, una compra extraña de medicamentos, un guardia que llamara a su novia y dijera algo que no debía, pero jamás había aprendido. Habían estudiado a su enemigo con la misma intensidad. Bajo la dirección de sus jefes militares crearon una burbuja de silencio analógico impenetrable.

La unidad sombra, encargada de custodiar a Gilad operaba como si estuviera en el siglo XIX. Los guardias no usaban teléfonos móviles, no usaban internet, no tenían radios. Las órdenes se transmitían en papel, escritas a mano y entregadas por mensajeros que no conocían el contenido. Era una célula hermética dentro de una organización terrorista.

La inteligencia israelí, capaz de hackear reactores nucleares en Irán o asesinar a científicos en el centro de Teerán, se encontró impotente ante un sótano anónimo en Kanunis. Estaban tecnológicamente ciegos. Para llenar el vacío de información y torturar a la sociedad israelí. Jamás inició una campaña de guerra psicológica magistralmente orquestada.

Sabían que no podían ganar militarmente a Israel, pero podían derrotarlo emocionalmente. Lanzaban migajas de esperanza calculadas al milímetro. En junio de 2007, un año exacto después del secuestro, difundieron una grabación de audio. La voz de Gilad sonaba trémula, mecánica, leyendo un guion preparado por sus captores.

“Mi salud se está deteriorando. Necesito hospitalización.”Era mentira, pero funcionó. Israel se estremeció. Los padres escucharon la voz de su hijo y la nación lloró con ellos. Pero fue en 2009 cuando jamás elevó la apuesta y cambió el juego para siempre. A cambio de la liberación de 20 prisioneras palestinas, entregaron un vídeo de prueba de vida.

El mundo entero vio a Gilad Shalera vez en 3 años. La imagen se quemó en la retina de millones de israelíes. Gilad aparecía sentado en una silla de plástico blanca contra una pared blanca y desnuda. Sostenía un ejemplar del periódico palestino Palestín para fechar la imagen. Estaba pálido, casi translúcido por la falta de sol.

Tenía ojeras profundas y estaba extremadamente delgado. Sus codos parecían cuchillos bajo el uniforme, pero estaba lúcido. Al final del vídeo sonrió tímidamente a la cámara. Ese vídeo de 2 minutos y 40 segundos fue un arma más potente que cualquier misil. Al ver a el niño vivo, vulnerable y asustado, la presión pública en Israel pasó de ser una preocupación latente a una histeria colectiva imparable.

Ya no era una cuestión militar, era una emergencia humanitaria nacional. Aquí entra en escena el factor humano más poderoso de esta historia. Noam y Aviva Shalt, los padres. Antes del secuestro eran personas tranquilas, introvertidas, que vivían en Mitegila, un pequeño pueblo en las montañas de Galilea. No eran activistas, no eran políticos, pero la desesperación los transformó en líderes de un movimiento de masas.

Entendieron que el gobierno, primero bajo Ehud Holmert y luego bajo Benjamín Netanu estaba atrapado en un cálculo frío de estado. Liberar a asesinos incentivaría más secuestros. Era la lógica racional. Así que los Shal decidieron romper esa lógica apelando al corazón sangrante de la nación. Montaron una carpa de protesta permanente frente a la residencia del primer ministro en Jerusalén.

Juraron no irse de allí, lloviera o nevara, hasta que su hijo volviera a casa. La carpa se convirtió en un lugar de peregrinación. Miles de israelíes pasaban cada día. Celebridades, rabinos, generales retirados, escolares. Se imprimieron millones de pegatinas amarillas para los coches con el lema Gilat todavía está vivo.

Organizaron la marcha del millón caminando durante 12 días desde su casa en el norte hasta Jerusalén, arrastrando a cientos de miles de personas en una columna humana que paralizó el país. El mensaje era simple y devastador para el gobierno. Rompisteis el contrato. El contrato social israelí no escrito dice que si el Estado obliga a un joven de 18 años a ir a la guerra, el estado hará lo que sea para traerlo a casa.

Vivo o muerto, al dejar a Guilad pudrirse en Gaza durante años, el estado estaba traicionando a sus propios hijos. Las madres de Israel miraban a Gilad y veían a sus propios hijos soldados. La presión sobre Netañahu se volvió insoportable, asfixiante. Las encuestas decían que el 79% de los israelíes apoyaban un acuerdo de intercambio a cualquier precio.

Mientras la calle hervía, en habitaciones de hotel secretas y llenas de humo en el Cairo y Berlín se desarrollaba la negociación real. Lejos de las cámaras, espías y diplomáticos jugaban al póker con vidas humanas. El mediador clave fue Gerard Conrad, un superespía del servicio de inteligencia alemán, BND, un hombre misterioso conocido en el mundillo como Mr.

Hesbola por sus éxitos anteriores en intercambios de prisioneros. Conrad llevaba mensajes físicos entre los enviados del Mossad y los representantes de Jamás, ya que las dos partes se negaban a hablar directamente. La exigencia de jamás era brutal. Presentaron una lista de nombres. No era una lista de negociación, era un ultimátum.

Exigían la liberación de los responsables de los atentados más sangrientos de la segunda intifada. Hombres que habían volado el hotel Park en Netaña durante la cena de Pascua, hombres que habían enviado bombas humanas a discotecas llenas de adolescentes. Israel decía, “No.” Jamás decía, “Entonces Guilat se queda.” Israel ofrecía liberar a 500 prisioneros de bajo perfil.

Aás respondía, “Queremos a los pesados, a los generales del terror o nada.” jamás tenía el tiempo a su favor. Su líder en el exilio, Jalet Mehal, y sus líderes en Gaza, sabían que la sociedad israelí democrática y hipersensible a los medios, se quebraría antes que ellos. Sabían que cada día que Gilat pasaba en ese agujero, el precio subía y tenían razón.

En 2011, la región entera se incendió. La primavera árabe derrocó a Mubarak en Egipto, el aliado clave de Israel en la frontera. El régimen sirio empezó a tambalearse. La incertidumbre geopolítica era total. Netanahu necesitaba cerrar la herida abierta de Shal antes de que una nueva guerra hiciera imposible su rescate o antes de que el soldado muriera de enfermedad o tristeza, lo que habría sido un golpe político fatal para el primer ministro.

Las estrellas se alinearon para eldesastre cuando el jefe del Shimbed, Joram Cohen y el jefe del Mossad, Tamir Pardo, volvieron del Cairo con la lista final. aceptada por jamás. Hubo un silencio helado en la sala del gabinete. Los nombres en esa lista eran una abominación. Era liberar al [ __ ] para salvar a un ángel.

Entre esos nombres, marcado en rojo, estaba el de un hombre que llevaba 22 años estudiando a Israel desde dentro de sus prisiones. Un hombre con un tumor cerebral curado por médicos judíos y un odio incurable en el alma. Su nombre era Yahya Sinar y su liberación estaba a punto de ser firmada. Nos trasladamos al 11 de octubre de 2011.

Estamos dentro de la sala más protegida de Jerusalén, la sala de reuniones del gabinete de seguridad de Israel. El aire acondicionado zumba con un sonido bajo y constante, pero no logra enfriar el ambiente. Los ministros, hombres curtidos en guerras y crisis políticas, están sudando. Sobre la larga mesa de madera ovalada no hay mapas de invasión ni planes de bombardeo.

Hay carpetas, cientos de páginas con fichas policiales, fotos de prontuario y descripciones de crímenes que harían vomitar a una persona normal. El acuerdo final está sobre la mesa. La proporción desafía toda lógica matemática 1 a 1.027. Pero no es la cantidad lo que hiela la sangre de los presentes.

Es la calidad del mal que están a punto de desatar. Para entender por qué esta reunión fue tan traumática, tenemos que hacer zoom y mirar a los ojos a algunos de los nombres que Benjamín Netanu está a punto de firmar para liberar. No son soldados enemigos capturados en combate, son arquitectos del genocidio civil. El primer nombre que salta de la página es Ahlam Tamimi.

Tamimi no es una militante cualquiera, era una estudiante universitaria y periodista. Jordana con una sonrisa encantadora. El 9 de agosto de 2001, ella fue el cerebro y los ojos detrás del atentado en la pizzería Sbarro en el centro de Jerusalén. Ella eligió el objetivo porque sabía que a esa hora estaría lleno de familias. Ella disfrazó al terrorista suicida IS Aldin Shuil Almasri con una funda de guitarra llena de explosivos y clavos.

Ella lo condujo en taxi hasta la puerta, le dio la señal y se marchó tranquilamente antes de la explosión. Murieron 15 personas, siete eran niños. Una familia entera, los Shive Shurder, fue borrada del mapa. Tamimi nunca mostró arrepentimiento. Años después, en una entrevista grabada desde la cárcel israelí, el periodista le informó que el número de niños muertos no era tres, como ella creía. sino ocho.

La cámara captó su reacción. Una sonrisa amplia, genuina, de pura satisfacción. Ocho. Gracias a Dios, exclamó esa mujer. La mujer que sonreía al saber que había matado a ocho niños, estaba en la lista para ser liberada y enviada a Jordania, donde sería recibida con flores y programas de televisión en su honor.

Pero había un nombre en esa lista que resonaba con la fuerza de una profecía [ __ ] Un nombre que los jefes del Shinbet conocían bien, pero que el público ignoraba. El prisionero número 76 TR cco Yahya Ibrahim Hassan Singuar. En 2011, Singuar no era el líder supremo de jamás que conocemos hoy. Era un prisionero de alto rango, respetado y temido, conocido como el líder de los reclusos de jamás.

Su apodo lo decía todo, el carnicero de Kan Junis. Pero la ironía es que no ganó ese apodo matando judíos, lo ganó en los años 80 matando palestinos. Singward era el jefe de la MA, la unidad de seguridad interna de jamás, encargada de purgar a colaboradores. Se jactaba de haber enterrado a gente viva y de haber obligado a otros a cabar sus propias tumbas.

Era brutalidad en estado puro, pero la historia de Singwar tenía un giro que hace que el acuerdo sea aún más doloroso. Años antes, mientras cumplía sus cuatro cadenas perpetuas en una celda israelí, Singwar empezó a sufrir dolores de cabeza terribles y visión borrosa. Perdió el conocimiento. fue llevado al hospital de la prisión y luego al centro médico Soroca en Berseba médicos israelíes le hicieron una resonancia magnética, diagnóstico, un tumor cerebral agresivo, sin cirugía inmediata moriría.

Los médicos judíos, siguiendo el juramento hipocrático y las leyes del Estado que obligan a tratar a los prisioneros, lo operaron. Le abrieron el cráneo, le extirparon el tumor y le salvaron la vida. Le dieron antibióticos, le dieron cuidados postoperatorios y lo devolvieron a su celda sano. Israel le salvó la vida al hombre que años más tarde juraría destruir a Israel.

Y ahora ese hombre estaba en la lista de imprescindibles de jamás. Su hermano Mohamed Singuar, uno de los secuestradores de Shalid, había dejado claro, sin Yahya no hay Guilad. El debate en el gabinete fue feroz, casi violento. Benny Begin, ministro y hijo del legendario Menachen Begin, un hombre de principios de hierro, golpeó la mesa.

No podemos hacer esto. Estamos firmando la muerte de futuros israelíes. Estamosincentivando el próximo secuestro. Merdagan, el exjefe del Mossad, que acababa de retirarse, había advertido en privado, este acuerdo es una victoria estratégica para el terrorismo. Estamos demostrando que Israel es débil, que se nos puede doblegar, pero la presión exterior era un tsunami emocional.

Afuera, la calle gritaba. Las madres de Israel querían a Gilat en casa. El etos de las fuerzas de defensa de Israel. Nunca dejamos a un hombre atrás. Estaba en juego. Netanu miró a sus ministros. Sabía que sus votantes de derecha dura lo odiarían por esto. Sabía que estadísticamente, según los informes de inteligencia que tenía en la mano, al menos el 60% de los liberados volverían al terrorismo activo.

Pero también vio la foto de Gilat, flaco y pálido. Recordó la carpa de los padres. recordó que las elecciones estaban cerca y que el país estaba fracturado. Con una mano pesada, Netanyahu tomó la pluma. La votación final fue 26 ministros a favor, tres en contra. El pacto estaba hecho. Cuando la noticia se filtró, la sociedad israelí se partió en dos como un cristal golpeado por una bala.

Las familias de las víctimas del terrorismo agrupadas en la organización Almagor presentaron una petición urgente al Tribunal Supremo de Justicia para detener el intercambio. Fue una escena desgarradora, digna de una tragedia griega. En la sala del tribunal, padres que habían perdido a sus hijos en autobuses y discotecas gritaban a los jueces con fotos de sus muertos en las manos.

La sangre de mi hijo está en las manos del hombre que van a liberar mañana. No tienen derecho a soltarlo. Mi hijo no volverá porque el hijo de Shal sí vale 1000 asesinos. Gritaban que la vida de Jilad Shal era sagrada. Sí, pero ¿qué pasaba con la justicia? ¿Qué mensaje se enviaba a los terroristas del futuro? El Tribunal Supremo, con el corazón encogido y los rostros sombríos, rechazó las peticiones.

Dictaminaron que el intercambio era una decisión política y de seguridad, no judicial. El gobierno tenía la autoridad soberana para indultar criminales por razones de estado. No podían intervenir. El mecanismo se puso en marcha. Fue irreversible. En las prisiones de Ketsiot y Hasharon. El sonido cambió. Del silencio carcelario se pasó a cánticos eufóricos de Allahu Akbar.

Los prisioneros hacían las maletas, se abrazaban. Yyya salió de su celda. Hablaba hebreo fluido, aprendido durante sus 22 años de encierro, leyendo los periódicos israelíes y viendo la televisión israelí. Conocía la mente de su enemigo mejor que muchos políticos israelíes. Al subir al autobús de la Cruz Roja que lo llevaría a la libertad, Singar no miró atrás con gratitud por la cirugía que le salvó la vida.

Miró hacia adelante con fría planificación. Había aprendido la lección más importante de su vida. El secuestro funciona. Israel tiene un punto débil. el valor infinito que le dan a una sola vida. Y él planeaba explotar ese punto débil hasta sus últimas consecuencias. El pacto estaba sellado. El [ __ ] había conseguido su parte del trato.

Su ejército de veteranos volvía a casa. Ahora faltaba ver si cumpliría su palabra y devolvería al soldado con vida. Porque hasta el último segundo en la pista de aterrizaje, nadie en Israel estaba seguro de si Gilad bajaría de ese coche en una pieza o si todo era una trampa final macabra. El día del intercambio, 18 de octubre de 2011, fue una jornada de esquizofrenia nacional.

Las pantallas de televisión de todo el mundo se partieron en dos, mostrando dos realidades paralelas que no podían ser más distintas. En el lado israelí la escena era íntima, frágil y silenciosa. Gilad Shalth fue entregado a las autoridades egipcias y luego cruzó a la base aérea de Telnov. La primera imagen de él bajando del vehículo quedó grabada en la historia.

pálido, esquelético, con la mirada perdida, pero vivo. Caminaba con dificultad. Al pie de la escalerilla lo esperaba Benjamín Netanyahu. El primer ministro le estrechó la mano y dijo, “Hola, Gilad, bienvenido a casa.” Pero el momento que rompió al país no fue ese. Fue cuando Gilad vio a su madre aviva.

No hubo gritos, solo un abrazo desesperado, torpe y eterno. En ese instante la política desapareció. Para millones de israelíes que lloraban frente a sus televisores, el precio astronómico parecía justificado. Habían salvado a su hijo. Pero simultáneamente, a pocos kilómetros de allí en Gaza, la escena era una explosión de triunfo militar y fanatismo.

Los autobuses verdes con los prisioneros liberados entraron en la franja como si fueran cuadrigas romanas victoriosas. Fueron recibidos por una marea humana de 200,000 personas. El horizonte era verde por las banderas de jamás. No había remordimiento ni vergüenza por los crímenes cometidos. Había adoración. Yahya Singar, todavía con su uniforme de prisionero, subió a un escenario gigante montado en la ciudad de Gaza. Levantó la mano ante lamultitud rugiente. No habló de paz.

No habló de reconstrucción, agarró el micrófono y con la autoridad de un profeta armado, prometió, “No dejaremos a ningún prisionero en las cárceles de la ocupación. Este es solo el comienzo. Sabemos el camino.” El camino era el secuestro. El acuerdo Shalth no fue visto por Amás como un gesto humanitario de Israel, sino como la prueba definitiva de su debilidad.

habían doblado la mano de la superpotencia regional y entonces empezó el recuento de los daños. La factura comenzó a llegar primero a plazos y luego toda de golpe. El efecto boomerang fue casi inmediato. Los informes de inteligencia posteriores confirmaron los peores temores del Shinbet. Cientos de los liberados en el acuerdo volvieron a la actividad terrorista activa.

No se retiraron. se convirtieron en comandantes. En junio de 2014, 3 años después del acuerdo, tres adolescentes israelíes Guilader, Naftal y Frankel y ella, Alifra, fueron secuestrados en un cruce de Sis Jordania. La operación fue dirigida y financiada por una célula de jamás en Gaza. ¿Quién estaba detrás de la logística? Hombres liberados en el acuerdo Shal.

El secuestro y asesinato de esos tres chicos desencadenó la operación Margen Protector. 50 días de guerra. Murieron 73 israelíes y más de 2200 palestinos. La línea de sangre era directa. Sin el acuerdo Shal, esos comandantes habrían estado en la cárcel y esa guerra quizás nunca habría ocurrido. Pero la consecuencia más catastrófica, la que cambiaría la historia de Oriente Medio para siempre, tardó 12 años en madurar en la oscuridad.

Yayas ascendió meteóricamente en la jerarquía de jamás. Su prestigio como el prisionero liberado que doblegó a Netañahu era inmenso. En 2017 fue elegido líder supremo de jamás en la franja de Gaza. Singuar era diferente a los líderes anteriores. No era un político de hotel de lujo como Ismail Hanie. era un operador de túneles.

Usó su conocimiento íntimo de la sociedad israelí, aprendido durante sus 22 años en prisión, leyendo Jediot Aronot y viendo los noticieros del Canal 12 para planificar su obra maestra. Sabía que Israel confiaba ciegamente en su tecnología. Sabía que Israel estaba dividido políticamente y sabía, gracias al precedente de Shal que Israel haría cualquier cosa por sus rehenes.

Así llegamos al 7 de octubre de 2023. Al amanecer, bajo las órdenes directas de Singwar, miles de militantes rompieron la valla fronteriza. No fue un ataque al azar, fue la culminación de una estrategia que nació el día que Singwar bajó de ese autobús en 2011. Más de 100 israelíes fueron masacrados en un solo día.

Mujeres violadas, ancianos quemados vivos, bebés asesinados. Fue el día más sangriento para el pueblo judío desde el holocausto y lo más doloroso. 240 personas fueron secuestradas y llevadas a los mismos túneles donde Gilad Shalid había estado. La ironía es tan cruel que parece una ficción macabra. Israel liberó a 100027 prisioneros para salvar la vida de una soldado.

12 años después, uno solo de esos liberados, Singuar, orquestó la muerte de 100 personas. La matemática de la muerte es implacable. El precio de la vida de Gilad Shaleron solo los terroristas liberados, fue el futuro de la nación. Hoy Gilad Shalve una vida tranquila y anónima. Se casó. trabaja, intenta ser invisible. Él no tiene la culpa, fue una víctima de las circunstancias.

Pero su nombre, Shalid, ha dejado de ser sinónimo de esperanza para convertirse en un trauma nacional, una advertencia escrita en sangre. El acuerdo Shal cambió la doctrina israelí para siempre. mató la inocencia estratégica del país. Hoy, cuando los soldados israelíes entran en Gaza, muchos llevan una orden no escrita en su mente.

El protocolo Hannibal, aunque oficialmente revocado, sigue vivo en el espíritu. Mejor morir luchando que ser llevado a un túnel, porque saben que el precio de su rescate podría ser la destrucción de su país. Al final de este viaje nos quedamos mirando la balanza de la justicia. Y el peso es insoportable. En un platillo de la balanza hay una imagen hermosa.

Un joven abrazando a su madre después de 5 años de infierno. Es la victoria de la humanidad, de la compasión, del valor de una vida. En el otro platillo hay un mar de fuego, escombros y cadáveres que se extiende desde el kibutbeeri hasta las ruinas de Gaza. Hoy valió la pena. Esa es la pregunta que persigue a Israel cada noche.

Si le preguntas a la madre de Guilad, la respuesta siempre será sí. Pero si le preguntas a las madres de los 1200 muertos del 7 de octubre, la respuesta es un silencio desgarrador. La historia no perdona los errores de cálculo y a veces la sombra de un solo acto de misericordia es tan larga y oscura que termina apagando la luz de toda una generación.

Yahya, el hombre al que los médicos judíos salvaron del cáncer y los políticos judíos liberaron de la cárcel, nos enseñó una lección final y terrible. Enel implacable tablero de Oriente Medio, la compasión sin fuerza no es una virtud, es un suicidio en memoria de todas las víctimas del terrorismo, antes, durante y después del acuerdo.