El Dueño de la Hacienda Entregó a su Hija Obesa al Esclavo… Nadie Imaginó lo que Haría con Ella

La Hacienda San José de los Laureles se levantaba como una fortaleza de piedra y cal en las tierras  calientes de Veracruz, rodeada de cañaverales que se extendían hasta donde la vista alcanzaba  bajo el sol implacable del trópico. Era el año 1738 y don Rodrigo de Mendoza y Salazar reinaba  sobre aquellas tierras con mano de hierro.

Un hombre corpulento  de 53 años, cuyo rostro curtido por el sol reflejaba la dureza de quien había construido  su fortuna sobre el sudor ajeno. La hacienda prosperaba gracias al trabajo de más de 80  esclavos africanos que molían la caña, hervían el guarapo y producían el azúcar que llenaba las  arcas del hacendado, hombres y mujeres encerrados cada noche en el real, ese conjunto de chozas  cercadas donde transcurría toda su existencia.

Entre esos muros de la casa principal vivía  también la vergüenza secreta de don Rodrigo, su hija Beatriz,  una joven de 23 años cuyo cuerpo había crecido desmesuradamente desde la infancia, alcanzando  un peso que la sociedad colonial consideraba monstruoso. Beatriz había sido confinada a las  habitaciones traseras de la casona desde que cumplió 15 años, cuando su padre  comprendió que ningún español de Alcurnia aceptaría desposarla, y que su presencia en las  reuniones sociales de Xalapa o Veracruz sólo provocaba murmullos y miradas de lástima. La

muchacha pasaba sus días en una habitación amplia pero sofocante, atendida únicamente por  dos esclavas mulatas que le llevaban bandejas interminables de comida, porque don Rodrigo  había decidido que si su hija no podía ser hermosa según los cánones de la época,  al menos no pasaría hambre.

Si te está gustando esta historia, no olvides suscribirte al canal,  y déjanos un comentario diciéndonos desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo nos ayuda a seguir  trayéndote más historias como esta. En el trapiche de la hacienda trabajaba Tomás,  un esclavo de 31 años, nacido en el Ingenio, hijo de un africano de la costa de  Guinea y una mulata criolla.

Era un hombre alto, de complexión fuerte forjada por años de cargar  sacos de azúcar y alimentar el fuego de las calderas, con una inteligencia silenciosa que  había aprendido a ocultar tras una máscara de obediencia. Tomás  sabía leer y escribir, habilidades prohibidas que le había enseñado en secreto el antiguo  capellán de la hacienda antes de morir, un jesuita compasivo que creía que todos los hombres tenían  alma, sin importar el color de su piel.

Esa educación clandestina lo había convertido en  alguien diferente entre los esclavos. Un hombre que soñaba con la libertad, pero que conocía  demasiado bien el precio de la rebeldía en aquellas tierras donde los cimarrones eran perseguidos sin  piedad. Una tarde de julio, cuando el calor convertía el aire en una masa  densa y pegajosa, don Rodrigo mandó llamar a Tomás a la casa principal.

El esclavo subió las escaleras  de piedra con el corazón acelerado, porque ser convocado al interior de la casona rara vez traía  nada bueno. En el despacho lleno de muebles de caoba y mapas de las tierras,  el hacendado lo observó con esos ojos calculadores que evaluaban a los hombres como si fueran ganado  o herramientas.

Tomás dijo con voz áspera, he tomado una decisión que cambiará tu vida y la  de mi hija Beatriz. Serás su esposo. Las palabras cayeron sobre el esclavo  como un balde de agua helada, porque en aquella sociedad donde los matrimonios entre esclavos e  indígenas ya causaban escándalo, la idea de casar a un esclavo negro con la hija de un hacendado  español era algo inaudito, una transgresión que desafiaba todos los códigos  sociales de la nueva España.

Don Rodrigo explicó su plan con la frialdad de quien resuelve un  problema logístico. Beatriz necesitaba un marido, alguien que la cuidara y le diera compañía,  pero ningún español la aceptaría. Tomás era inteligente, fuerte y,  sobre todo, no estaba en posición de negarse. El matrimonio se celebraría en la capilla de la  hacienda, en una ceremonia privada sin invitados, y a cambio Tomás recibiría su libertad y una  pequeña parcela de tierra cuando don Rodrigo muriera,  siempre y cuando cumpliera con sus deberes maritales y mantuviera a Beatriz feliz.

—Si la maltratas o intentas huir —advirtió el hacendado con una sonrisa que no alcanzaba sus  ojos—, te haré azotar hasta que la piel se te caiga del cuerpo, y luego te venderé a las minas de  Zacatecas donde morirás en seis meses. Tomás asintió en silencio, porque sabía que no tenía  opción, que era simplemente otra forma de esclavitud disfrazada de matrimonio, pero tambiénporque una chispa de esperanza se encendió en su pecho. La libertad, aunque fuera lejana y condicionada, era más de lo que la mayoría de los esclavos podían soñar. El matrimonio se celebró una semana después, al amanecer, cuando la niebla todavía cubría los cañaverales, y los esclavos apenas comenzaban su jornada. El padre Ignacio, el nuevo capellán que

había reemplazado al jesuita, ofició la ceremonia con evidente incomodidad, tartamudeando las  palabras latinas del sacramento, mientras don Rodrigo observaba desde el primer banco de la  capilla. Beatriz apareció vestida con un traje blanco que había pertenecido a su madre muerta,  la tela tensa sobre su cuerpo voluminoso, el rostro oculto tras un velo que no podía esconder  las lágrimas que corrían por sus mejillas.

Tomás la miró por primera vez con verdadera atención y  vio no a la hija del hacendado, sino a otra prisionera, alguien tan atrapada como él en las  decisiones crueles de otros. Cuando el padre les ordenó que se tomaran de las manos, Tomás sintió  los dedos fríos y temblorosos de Beatriz, y algo en su interior se ablandó, una compasión que no  esperaba sentir.

La vida matrimonial comenzó en la misma habitación  trasera donde Beatriz había pasado los últimos ocho años de su vida. Don Rodrigo había ordenado  que colocaran un catre adicional, pero la primera noche Tomás se sentó en el suelo,  apoyado contra la pared, observando a su nueva esposa que lloraba en silencio sobre la cama.  —No voy a tocarte —dijo finalmente, rompiendo el silencio agobiante—. No de esa manera, no si tú no quieres.

Beatriz levantó la vista, sorprendida, porque había asumido que su padre le había entregado un esclavo  que la usaría como las esclavas eran usadas en los reales, sin  consideración ni ternura. —¿Por qué? —preguntó con voz ronca de tanto llorar. —Porque ambos somos  prisioneros aquí —respondió Tomás— y los prisioneros deben cuidarse entre sí.

Los días se  convirtieron en semanas, y las semanas en meses, mientras en la habitación trasera de la hacienda  se desarrollaba una relación extraña y contra toda lógica. Tomás seguía trabajando en el trapiche  durante el día, regresando cada noche con el cuerpo dolorido y cubierto de hollín, pero en  lugar de hundirse en el sueño, pasaba horas conversando con Beatriz.

Descubrió  que la joven tenía una mente aguda, que había leído los pocos libros que su padre guardaba en  la biblioteca, que anhelaba conocer el mundo más allá de los muros de la hacienda. Le enseñó las  letras que el jesuita le había enseñado a él, trazando palabras en hojas de papel que robaba  del despacho de don Rodrigo, y ella le enseñó sobre las cuentas y los números, sobre cómo llevar  registros de la producción de azúcar.

Poco a poco la desconfianza dio paso a algo más profundo,  una intimidad construida sobre conversaciones nocturnas y risas compartidas,  sobre la comprensión mutua de dos personas que el mundo había decidido que no tenían valor.  Una noche de noviembre, cuando las lluvias golpeaban los techos de Texas de la Casona,  Beatriz tomó la mano de Tomás y la colocó sobre su mejilla.

«Gracias por tratarme como una  persona», susurró. Nadie lo había hecho antes. Tomás sintió que algo se rompía dentro de él,  todas las barreras que había construido para sobrevivir en la esclavitud, y por primera  vez en su vida de adulto, lloró. Esa noche se convirtieron en marido y  mujer en el sentido más verdadero, no por obligación o estrategia, sino por una conexión  genuina que había crecido en la oscuridad de aquella habitación.

Beatriz descubrió que podía  ser deseada, que su cuerpo no era sólo un objeto de vergüenza, sino un territorio de placer  y ternura, mientras Tomás encontró en ella no sólo una compañera, sino una cómplice en sus sueños  de libertad. Los meses siguientes trajeron cambios sutiles, pero significativos a la dinámica de la  hacienda.

Don Rodrigo, satisfecho de que su hija pareciera  más feliz y de que Tomás cumpliera con sus obligaciones sin causar problemas, aflojó un  poco las restricciones. Permitió que Beatriz saliera ocasionalmente al patio interior,  siempre acompañada por Tomás, y el esclavo aprovechó esas salidas para observar cuidadosamente  la rutina de los mayordomos y capataces.

Había algo en la forma en que don Rodrigo tosía  últimamente, en cómo su rostro se había vuelto más pálido y sus manos temblaban al sostener la  copa de vino, que le decía a Tomás que el hacendado no viviría  muchos años más. Compartió estas observaciones con Beatriz y juntos comenzaron a hacer planes,  a soñar con el día en que ella heredaría la hacienda y él obtendría su libertad prometida.

Pero los sueños tienen una forma cruel de estrellarse contra la realidad de la nueva  España del siglo XVIII. En febrero de 1739, don Rodrigo sufrió un ataque violento que lo dejópostrado en su cama, con medio cuerpo paralizado y la lengua trabada.

Los médicos de Veracruz fueron convocados, pero no pudieron hacer más que sangrar al  hacendado y rezar por su alma. Durante tres semanas agonizó, mientras en los pasillos de la casona,  los parientes lejanos comenzaron a aparecer como buitres, sobrinos y primos que nunca habían  mostrado interés en don Rodrigo, pero que ahora olían  la herencia.

El más prominente era don Alfonso de Mendoza, un primo segundo del Hacendado que  vivía en la Ciudad de México y que llegó con una comitiva de abogados y escribanos,  documentos polvorientos que supuestamente probaban que él era el heredero legítimo de las tierras. Cuando  don Rodrigo finalmente murió en una madrugada de marzo, con los pulmones llenos de líquido y el  rostro contorsionado por el dolor, Beatriz se encontró de repente vulnerable como nunca antes.

Don Alfonso se instaló inmediatamente en la casa principal y convocó  a todos los sirvientes y esclavos al patio para anunciar los nuevos arreglos. Su mirada se posó  sobre Beatriz con desprecio apenas disimulado, y cuando ella mencionó el testamento de su padre,  el acuerdo sobre la libertad de Tomás, don Alfonso soltó una carcajada áspera.

—¿Qué testamento? —preguntó Consorna. —Mi primo estaba senil en sus últimos años,  y ese matrimonio grotesco es prueba de ello. Un esclavo casado con una española es una  abominación que anularé de inmediato. Ordenó a los capataces que separaran a la pareja,  que devolvieran a Tomás al real con los demás esclavos y que encerraran a Beatriz en sus  habitaciones por su propio bien.

Esa noche, mientras los guardias arrastraban a Tomás de  vuelta al real y Beatriz gritaba desde su ventana con desesperación, algo se quebró  definitivamente en el corazón del esclavo. Durante meses había creído que podría haber un camino  hacia la libertad que no implicara violencia, que su inteligencia y paciencia serían recompensadas,  pero ahora veía la verdad desnuda.

En aquella sociedad, un hombre negro no  era nada, ni siquiera cuando estaba casado con la hija del hacendado. Los otros esclavos en el  real lo recibieron con una mezcla de compasión y resignación, porque todos habían visto variaciones  de la misma historia, promesas rotas y esperanzas aplastadas. Pero en  los ojos de Tomás había ahora algo nuevo, algo que no había estado ahí antes, una determinación fría  y calculadora, la comprensión de que si la libertad no podía ganarse con obediencia, tendría que  arrancarse con las propias manos. Don Alfonso resultó ser un amo aún más cruel que don

Rodrigo. Aumentó las cuotas de producción del trapiche, redujo las raciones de comida que se  distribuían a los esclavos cada domingo y estableció castigos brutales por las infracciones  más mínimas. Un esclavo llamado Gabriel fue azotado hasta quedar inconsciente por llegar  diez minutos tarde al trabajo, y una mujer embarazada fue obligada a trabajar en los  cañaverales bajo el sol hasta que colapsó.

El ambiente en la hacienda se volvió tenso y  opresivo. El aire mismo parecía cargado de una electricidad peligrosa. Los esclavos susurraban  en la oscuridad del real sobre huidas y rebeliones, sobre los palenques de cimarrones que existían en  las montañas, sobre la posibilidad de quemar todo hasta los cimientos. Tomás escuchaba esas  conversaciones, pero no participaba abiertamente, porque sabía que  los informantes eran comunes y que don Alfonso no dudaría en hacer un ejemplo con cualquiera  que oliera a rebeldía. En cambio, comenzó a planear en silencio, utilizando la inteligencia

que había cultivado durante años. Observó las rutinas de los guardias,  notó cuándo cambiaban los turnos, identificó las debilidades en la vigilancia nocturna y,  sobre todo, encontró formas de comunicarse con Beatriz, mensajes escritos en trozos de papel  que escondía en las canastas de comida que las esclavas llevaban a la casa principal.

Palabras codificadas que sólo ella podría entender.  Beatriz, mientras tanto, vivía su propio infierno en la casona.  Don Alfonso había decidido que la mejor solución para el problema que ella representaba  era enviarla a un convento en Puebla, donde las monjas podrían encargarse de  ella lejos de la vista pública.

Los preparativos para el viaje estaban en marcha, y la joven sabía  que una vez que cruzara las puertas de ese convento nunca volvería a salir, que pasaría el resto de  sus días encerrada en celdas aún más pequeñas que su habitación actual. La desesperación la  llevó a una decisión radical. Si iba a perder todo de todas formas, prefería arriesgarse a la  libertad o morir en el intento.

Cuando recibió el mensaje de Tomás proponiendo un plan de escape,  no dudó ni un segundo en aceptar. El plan era arriesgado hasta el punto  de la locura. Tomás había hecho contacto a través de una red cuidadosa de esclavos que trabajaban endiferentes haciendas de la región con un grupo de cimarrones que operaban en las montañas cerca  de Orizaba.

Estaban dispuestos a aceptar fugitivos, pero el viaje hasta allí era peligroso,  atravesando territorio donde los cazadores de esclavos patrullaban constantemente. Necesitarían  provisiones, armas, si era posible, y sobre todo, un momento de distracción lo suficientemente grande como para escapar sin ser detectados inmediatamente. Tomás  propuso algo que hizo que varios de los esclavos que estaban en el secreto se santiguaran con horror,  incendiar el trapiche durante la noche, crear el caos suficiente para que él y Beatriz pudieran  huir en la confusión. La noche elegida fue el último sábado de abril, cuando

don Alfonso había organizado una cena con otros hacendados de la región para celebrar su toma de  posesión de San José de los Laureles. La casa principal estaba llena de invitados, las copas  de vino corrían libremente y la vigilancia se había relajado porque todos  los capataces estaban ocupados sirviendo a los españoles.

Tomás esperó hasta pasada la medianoche,  cuando incluso los guardias nocturnos habían comenzado a cabecear en sus puestos. Entonces,  con la ayuda de tres esclavos de confianza, roció aceite de lámpara por todo el trapiche,  empapó las vigas de madera seca y prendió fuego a la estructura. Las llamas se elevaron rápidamente,  devorando la madera vieja y reseca con una voracidad espantosa.

Los gritos de fuego resonaron  por toda la hacienda y en cuestión de minutos el caos se había apoderado del lugar.  Los invitados de don Alfonso salieron tambaleándose de la casa principal, medio borrachos y aterrorizados,  mientras los esclavos corrían en todas direcciones, algunos tratando de apagar el incendio, otros aprovechando la confusión para huir hacia los campos.

En medio de ese  pandemonio, Tomás se deslizó hacia la casa principal por la entrada de servicio, evitando a  los guardias que habían abandonado sus puestos para combatir las llamas. Encontró a Beatriz,  esperándolo en su habitación, vestida con ropa oscura que había confeccionado en secreto durante  las últimas semanas el rostro pálido pero determinado está segura preguntó tomás dándole  una última oportunidad de retractarse porque sabía que lo que estaban a punto de hacer, cambiaría sus vidas para siempre. Ella lo tomó de la mano con fuerza

y asintió. Juntos bajaron las escaleras de servicio, atravesaron la cocina donde las  ollas todavía humeaban con los restos de la cena, y salieron al patio trasero justo cuando  una de las paredes del trapiche colapsaba con un rugido ensordecedor, lanzando chispas hacia  el cielo nocturno.

Corrieron hacia los cañaverales, internándose en la oscuridad vegetal, mientras  detrás de ellos la hacienda ardía y los gritos de confusión se mezclaban con el crepitar de las  llamas. Tomás conocía cada sendero de aquellas tierras, había trabajado en esos campos  durante toda su vida y guió a Beatriz con seguridad incluso en la negrura más absoluta. Ella jadeaba  por el esfuerzo. Su cuerpo no estaba acostumbrado a ese tipo de actividad física, pero se negaba a detenerse, impulsada por una mezcla de terror y esperanza.

Detrás de ellos podían escuchar ya los ladridos de los perros que don Alfonso había soltado,  las voces de los capataces organizando partidas de búsqueda. Caminaron toda la noche, adentrándose cada vez más en el territorio salvaje que separaba las  haciendas de las montañas.

Al amanecer, exhaustos y con los pies sangrando, llegaron a un arroyo  donde Tomás les hizo caminar dentro del agua durante horas para confundir a los perros.  Beatriz tropezó varias veces, cayendo de rodillas en el lecho pedregoso,  pero cada vez Tomás la levantaba con ternura, susurrándole palabras de aliento. Ya casi  llegamos, mentía, porque en realidad todavía les faltaban días de camino, pero ella necesitaba  esa esperanza para seguir adelante.

Al tercer día de huida, cuando ya habían  agotado las escasas provisiones que llevaban y Beatriz apenas podía caminar, encontraron las  primeras señales del palenque cimarrón. Eran marcas sutiles, ramas rotas de cierta manera,  piedras apiladas en patrones específicos que indicaban que estaban siendo  observados.

Esa noche, cuando acamparon en una cueva pequeña, fueron rodeados por sombras  silenciosas, hombres negros y mulatos armados con machetes y lanzas, rostros curtidos por años de  vivir en las montañas. El líder del grupo, un hombre llamado Esteban, que había escapado de una  mina hacía una década, miró a la pareja con desconfianza. —¿Traes una española a nuestro  refugio? —preguntó a Tomás con voz dura.

—¿Estás loco? Tomás explicó su historia mientras Beatriz  permanecía en silencio, consciente de que su  vida dependía de las palabras de su marido. Habló del matrimonio forzado, de la promesa rota,del amor que había crecido en la oscuridad de la habitación trasera, del incendio y la huida.  Los cimarrones escucharon con rostros impasibles, y durante largos minutos después de que Tomás  terminara, nadie dijo nada.

Finalmente, una mujer mayor llamada Josefa, que era curandera del Palenque,  se acercó a Beatriz y la examinó con ojos penetrantes. «Ella sufre», dijo simplemente.  «Puedo ver el peso de su dolor. Déjenlos quedarse, pero si nos traicionan, morirán. La vida en el palenque era dura de maneras que Beatriz nunca había imaginado. No había habitaciones con paredes de piedra ni camas suaves, sólo chozas construidas con ramas y hojas, pisos de tierra que se volvían lodo cuando llovía.

La comida era escasa,  principalmente raíces, frutas silvestres y carne de animales cazados en el bosque.  Pero había algo ahí que Beatriz nunca había experimentado en la hacienda. Dignidad. Los  cimarrones vivían según sus propias reglas, sin amos que los azotaran o los vendieran,  y esa libertad, aunque precaria y constantemente amenazada, valía todos los sacrificios.

Tomás se adaptó rápidamente a la vida del palenque. Su fuerza y conocimiento de las  técnicas agrícolas lo convirtieron en un miembro valioso de la comunidad. Ayudó a expandir los  cultivos ocultos de maíz y frijol que mantenían. Enseñó a algunos de los más jóvenes a leer y  escribir, transmitiendo el regalo que el jesuita le había dado años atrás.

Beatriz, por su parte,  encontró su lugar trabajando con Josefa, aprendiendo sobre las plantas  medicinales que crecían en las montañas, sobre cómo tratar fiebres y heridas. Su cuerpo,  que siempre había sido objeto de vergüenza, se volvió simplemente un cuerpo más, ni  mejor ni peor que el de cualquier otra persona en el palenque.

Los meses pasaron y la pareja comenzó  a sanar de las heridas que la sociedad colonial les había infligido. Beatriz adelgazó debido a  la dieta austera y el trabajo físico constante, pero más importante que eso, su espíritu floreció.  Aprendió a reír sin vergüenza, a caminar con la cabeza alta,  a participar en las decisiones comunitarias del palenque donde su opinión era tan válida como  la de cualquier otro.

Tomás, liberado finalmente de las cadenas físicas y mentales de la esclavitud,  se convirtió en un hombre diferente, más sereno pero también más feroz en su defensa de la libertad.  Pero la paz del palenque siempre era frágil.  Don Alfonso, furioso por la pérdida de su trapiche y obsesionado con recuperar a Beatriz por una cuestión de honor familiar,  había contratado a cazadores de esclavos profesionales para rastrear a los fugitivos.

Durante más de un año, las partidas de búsqueda peinaron las montañas,  acercándose cada vez más al palenque.  Los dimarrones tuvieron que mudarse tres veces,  abandonando cultivos y refugios cuidadosamente construidos,  siempre un paso adelante de sus perseguidores.  gloriosamente construidos, siempre un paso adelante de sus perseguidores.

La confrontación final llegó en una mañana de octubre de 1740, cuando una partida de cazadores encontró finalmente  el palenque. Eran quince hombres armados con mosquetes y espadas, liderados por un mestizo  sanguinario llamado Vargas, que se había hecho una reputación cazando cimarrones.  Los cimarrones, alertados por sus centinelas, tuvieron apenas tiempo suficiente para preparar  una defensa.

Se desató una batalla brutal en el claro donde estaba el palenque, el aire llenándose  con el humo de la pólvora y los gritos de los heridos. Tomás luchó como un hombre  poseído, blandiendo un machete que había forjado él mismo, protegiendo a Beatriz, que se había  refugiado con otros no combatientes en una cueva cercana. Vio caer a Esteban con un disparo en el  pecho, vio a Josefa ser arrastrada por dos cazadores, y algo primordial se despertó en él toda la rabia  acumulada durante años de humillación y esclavitud.

Se abalanzó sobre los hombres que sujetaban a la  curandera, su machete cortando el aire con precisión mortal. La batalla duró menos de una  hora, pero cuando terminó, el suelo estaba empapado de sangre. Los cimarrones,  superados en número y armamento, habían perdido, pero habían vendido sus vidas caras. Ocho de los  quince cazadores yacían muertos o moribundos, incluyendo a Vargas que había recibido un golpe  de machete en el cuello.

Los siete sobrevivientes, aterrorizados por la  ferocidad de la resistencia, huyeron de regreso hacia las haciendas, arrastrando a los pocos  cimarrones que habían logrado capturar. Tomás sobrevivió a la batalla con múltiples heridas,  la más grave una estocada en el costado que había perforado el pulmón. Beatriz salió de su escondite  y lo encontró recostado contra un árbol, tosiendo sangre, pero con los ojos todavía llenos de esadeterminación feroz. Lo cargó con una fuerza que no sabía que poseía, arrastrándolo hacia la cueva donde los pocos sobrevivientes del palenque se

habían reagrupado. Durante tres días Tomás luchó contra la muerte, mientras Beatriz aplicaba todo  lo que había aprendido de Josefa, limpiando sus heridas con infusiones de hierbas, forzándolo a  beber agua cuando la fiebre lo consumía. Los demás cimarrones sobrevivientes  habían huido más profundo en las montañas, dejando a la pareja sola en una cueva escondida.

Beatriz no durmió durante esas tres noches, manteniéndose despierta con pura fuerza de  voluntad, hablándole a Tomás incluso cuando él no podía responder, recordándole todos los  momentos que habían compartido, todas las razones para seguir luchando. En la madrugada del cuarto  día, Tomás finalmente abrió los ojos con claridad.

La fiebre había cedido y aunque estaba débil,  la herida en su costado había comenzado a sanar. Miró a Beatriz, que se  había quedado dormida sentada junto a él, el rostro marcado por la exhaustión y la preocupación,  y sintió una oleada de amor tan intensa que le dolió más que cualquier herida física.  Beatriz susurró, y ella despertó inmediatamente, lágrimas brotando de sus ojos  cuando vio que estaba consciente. Los siguientes meses fueron una prueba de supervivencia pura.

La pareja tuvo que abandonar la cueva y adentrarse aún más en las montañas, hacia territorios donde ni siquiera los cazadores de esclavos se atrevían a ir.  Sobrevivieron a base de raíces, insectos y ocasionalmente pequeños animales que Beatriz  aprendió a cazar con trampas rudimentarias.

El cuerpo de Tomás sanó lentamente, dejando  cicatrices profundas que serían un recordatorio permanente de la batalla. Una tarde de febrero  de 1741, mientras exploraban un valle remoto buscando agua, encontraron algo inesperado.  Las ruinas de una misión franciscana abandonada hacía décadas. Las paredes de adobe estaban  parcialmente derrumbadas, pero el techo de algunas estructuras  todavía se mantenía en pie.

Era el refugio más sólido que habían tenido desde el palenque,  y decidieron establecerse ahí. Usando las habilidades que Tomás había aprendido en la  hacienda y la determinación de Beatriz, comenzaron a reconstruir partes de la misión,  de Beatriz, comenzaron a reconstruir partes de la misión, creando un hogar verdadero por primera vez en sus vidas.

Trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer, despejando escombros,  reparando techos, plantando semillas que habían recolectado en el bosque. Era una vida dura y  solitaria, pero había una paz en ella que ninguno había conocido antes. No había  amos que servir, ni parientes crueles que complacer, ni sociedad que juzgar su amor como grotesco o  inapropiado.

Eran simplemente Tomás y Beatriz, dos almas que habían encontrado consuelo mutuo en  medio de un mundo brutal.  En los meses que siguieron, la misión abandonada se transformó en un pequeño oasis de normalidad.  Beatriz cultivó un huerto con vegetales y hierbas medicinales,  mientras Tomás construyó corrales y logró domesticar algunas cabras salvajes que pastaban en el valle.

Por las noches, bajo las estrellas que brillaban con una claridad imposible en las tierras bajas, se sentaban juntos en el  pórtico de la antigua capilla y hablaban sobre sus sueños para el futuro. Fue durante una de  esas noches cuando Beatriz anunció que estaba embarazada. La noticia llenó a Tomás de una mezcla de alegría  y terror, porque traer una vida a ese mundo salvaje parecía tanto un milagro como una  irresponsabilidad.

Pero cuando vio la luz en los ojos de Beatriz, cuando sintió su mano guiar la  suya hacia su vientre, donde una nueva vida crecía, supo que ese hijo  sería la prueba definitiva de que su amor era real, que no eran sólo dos víctimas de las  circunstancias, sino arquitectos de su propio destino. Los meses del embarazo fueron difíciles,  porque Beatriz no tenía acceso a parteras experimentadas ni a la atención médica que  existía incluso en las haciendas.

Tomás hizo todo lo posible, aplicando los conocimientos  fragmentarios que habían aprendido de Josefa, preparando infusiones y asegurándose de que  Beatriz descansara lo suficiente. Había momentos de pánico, cuando ella sufría dolores que parecían  anormales o cuando el bebé no se movía durante horas, y Tomás se encontraba rezando a un Dios  en el que no estaba seguro de creer, suplicando que protegiera a su familia.

El parto llegó en  una noche de tormenta en agosto de 1741, cuando los relámpagos iluminaban  el valle y el trueno hacía temblar las paredes reconstruidas de la misión. Beatriz trabajó  durante 18 horas, su cuerpo luchando por traer nueva vida al mundo, mientras Tomás sostenía su  mano y le hablaba palabras de amor y fortaleza. Cuando finalmenteel bebé emergió, un niño de piel morena y pulmones poderosos, Beatriz lloró de alivio y júbilo.

Tomás  cortó el cordón umbilical con manos temblorosas, y cuando sostuvo a su hijo por primera vez, sintió  que todos los horrores que habían soportado, todas las  cicatrices físicas y emocionales, habían valido la pena para llegar a ese momento. Nombraron al  niño Mateo por el evangelista cuyo nombre significaba regalo de Dios, aunque ninguno de  ellos era particularmente religioso.

Cuidar al bebé en condiciones tan primitivas fue un desafío  constante, pero también le dio un nuevo propósito a sus vidas. Beatriz lo amamantaba bajo el sol de  la mañana, cantándole canciones que su propia madre le había cantado antes de morir, mientras  Tomás expandía el huerto y los corrales, determinado a crear un  hogar estable para su familia. Los años pasaron con una quietud que ninguno había esperado.

Mateo creció en el valle, un niño salvaje y libre que aprendió a caminar en los campos de la misión  y a hablar con las cabras antes que con los humanos. Tomás le enseñó a leer y escribir  usando palos en la tierra, transmitiendo el legado del jesuita a una tercera generación,  mientras Beatriz le enseñó sobre las plantas y cómo sanar heridas.

El niño nunca conoció la  esclavitud, nunca entendió realmente por qué sus padres vivían escondidos del mundo, porque para  él ese valle era todo el universo que necesitaba. Pero el mundo exterior no los había olvidado  completamente. En 1745, cuando Mateo tenía cuatro años, un grupo de indígenas otomíes que vivían  en las montañas descubrió la misión.

Tomás estaba preparado para  defenderse, esperando hostilidad o traición, pero los otomíes resultaron ser gente pacífica que  simplemente estaba curiosa sobre los extraños que habían reconstruido las ruinas. A través de gestos  y las pocas palabras en náhuatl que Tomás había aprendido  de otros esclavos en la hacienda lograron comunicarse.

Los otomíes trajeron noticias  del mundo exterior. Don Alfonso de Mendoza había muerto dos años antes, devorado por una enfermedad  del hígado que los médicos no pudieron curar. La hacienda San José de los  Laureles había pasado a manos de un sobrino joven que no tenía interés en perseguir fugitivos del  pasado. Estaba demasiado ocupado tratando de reconstruir el trapiche que Tomás había quemado.

Los cazadores de esclavos ya no patrullaban las montañas con la misma intensidad porque había  asuntos más urgentes en las tierras bajas. La noticia debería haberlos llenado de alivio,  pero Tomás y Beatriz sintieron más bien una extraña melancolía. Habían construido su vida  entera alrededor de esconderse, de sobrevivir, y ahora que el peligro inmediato había pasado,  tenían que confrontar una pregunta diferente.

¿Qué vida querían realmente? Beatriz miraba a su hijo  corriendo entre las cabras y se preguntaba si era justo criarlo tan aislado, sin otros niños con  quienes jugar, sin educación formal ni oportunidades más allá de ese valle.  Los otomíes, viendo la lucha interna de la pareja, les hicieron una oferta, podían unirse a su  comunidad en las montañas donde vivían varias familias que se habían alejado de las presiones  de la vida colonial.

No era exactamente volver al mundo, pero tampoco  era el aislamiento total de la misión. Después de semanas de deliberación, Tomás y Beatriz  aceptaron. La integración en la comunidad otomí fue más fácil de lo que esperaban. Los indígenas  habían visto suficiente crueldad de parte de los españoles como para no juzgar  a una pareja mixta que había escapado de la opresión.

Mateo prosperó rodeado de otros niños,  aprendiendo tanto español como otomí, convirtiéndose en un puente entre mundos.  Tomás usó sus habilidades de lectura y escritura para ayudar a la comunidad en sus tratos ocasionales  con las autoridades coloniales, redactando peticiones y documentos que protegían las  tierras comunales.

Beatriz encontró su verdadera vocación como curandera, combinando lo que había  aprendido de Josefa con el conocimiento herbolario de las mujeres otomíes.  Viajaba entre las rancherías dispersas por las montañas, atendiendo partos y curando enfermedades,  ganándose un respeto que nunca había conocido en su vida anterior. Su cuerpo, que alguna vez fue  motivo de vergüenza en los salones de Veracruz, se convirtió en un instrumento  de sanación y compasión. Los años se acumularon, trayendo nuevos hijos.

Una niña llamada Clara en  1747 y otro niño, Diego, en 1750. La familia creció junto con la comunidad, participando en las festividades, otomíes,  las siembras colectivas, las decisiones comunales. Tomás nunca olvidó su tiempo como esclavo. Las  cicatrices en su cuerpo eran recordatorios constantes, pero logró construir una vida  que iba más allá de ese trauma.

Enseñó a sus hijos sobre su historia,sobre las injusticias de la esclavitud y la importancia de la libertad, pero también les  enseñó que era posible sanar, que el amor podía sobrevivir incluso en las circunstancias más  brutales. En 1760, cuando Tomás tenía 52 años y Beatriz 45, recibieron una visita inesperada. Un hombre  anciano llegó a la ranchería Otomí preguntando por ellos específicamente. Era el padre Ignacio,  el capellán que había oficiado su matrimonio forzado en la Hacienda San José de los Laureles más de dos  décadas atrás.

El sacerdote había envejecido dramáticamente, su pelo completamente blanco y  su espalda encorvada por los años. El padre Ignacio trajo noticias perturbadoras. Había  comenzado una investigación eclesiástica sobre la validez del matrimonio entre Tomás y  Beatriz, instigada por parientes lejanos de la familia Mendoza que querían anular la unión  retroactivamente para resolver cuestiones de herencia.

Pero el sacerdote había venido no  como emisario de la iglesia, sino como hombre de conciencia. Confesó que durante años había  cargado con la culpa de haber participado en ese matrimonio forzado, creyendo que había sido  cómplice de una crueldad. Ver a la pareja ahora, rodeados de sus hijos y claramente felices,  le había dado una comprensión diferente.

«He viajado durante semanas para encontrarlos»,  dijo el anciano sacerdote con voz quebrada, «porque necesitaba decirles que me equivoqué.  Su amor es más real que la mayoría de los matrimonios que he bendecido en las iglesias  de Veracruz. Ustedes son la prueba de que Dios obra de maneras misteriosas,  que incluso en las circunstancias más oscuras puede florecer algo hermoso.

El padre Ignacio  se quedó con ellos durante una semana, conociendo a los niños, compartiendo comidas en la ranchería,  participando en las rutinas diarias de la comunidad. Antes de  partir, bendijo formalmente a la familia en una pequeña ceremonia que reunió a toda la comunidad  otomí, declarando que ante los ojos de Dios, el matrimonio de Tomás y Beatriz era sagrado e  indisoluble.

Les dejó también documentos que había preparado en secreto,  testificando sobre la validez del matrimonio original y sobre el paradero de ciertos bienes  que legalmente le pertenecían a Beatriz como hija de don Rodrigo. Esa información planteó  nuevas preguntas. ¿Deberían intentar reclamar alguna parte de la herencia de don  Rodrigo? Sus hijos merecían oportunidades que no podían obtener viviendo en las montañas,  educación, tierras, un futuro más seguro.

Pero volver significaba exponerse de nuevo a una  sociedad que los había perseguido, arriesgarse a que las autoridades coloniales cuestionaran la  libertad de Tomás o intentaran separarlos de nuevo. Después de muchas deliberaciones, Tomás y Beatriz  decidieron no reclamar nada. La verdadera herencia que querían dejar a sus hijos no era tierras o  dinero, sino la libertad que ellos habían luchado tan duro por obtener.

Les enseñaron  que el valor de una persona no estaba en su apellido ni en sus posesiones, sino en su carácter  y su capacidad de amar. Mateo, Clara y Diego crecieron sin conocer la opresión de la esclavitud  o el peso de la vergüenza social, libres para ser  quienes realmente eran.

Tomás murió en 1770, a los 62 años, rodeado de su familia en una cabaña  que él mismo había construido en las montañas otomíes. Su cuerpo estaba marcado por las cicatrices  de una vida de trabajo duro y violencia, pero su rostro en el momento de la muerte estaba sereno. Beatriz lo sostuvo durante sus últimas horas, susurrándole las mismas palabras que él le había dicho en aquella primera noche como esposos.

«Gracias por tratarme como una persona. Fue enterrado en una pequeña parcela con vista al valle, un lugar donde podía descansar finalmente en paz». Beatriz vivió otros 18 años, convirtiéndose en una matriarca respetada de la comunidad.  Siguió practicando como curandera hasta que sus manos se volvieron demasiado temblorosas para preparar medicinas.

Vio a sus hijos crecer y formar sus propias familias. Vio a sus nietos aprender a caminar  en las mismas montañas donde ella y Tomás habían encontrado libertad. Nunca regresó a las tierras  bajas. Nunca volvió a ver Veracruz o la hacienda donde  había pasado sus primeros años.  Cuando Beatriz murió en 1788, a los 72 años, fue enterrada junto a Tomás bajo un árbol  de encino que ellos mismos habían plantado décadas atrás.

La comunidad otomí organizó una ceremonia que mezclaba elementos católicos e  indígenas, honrando a una mujer que había trascendido las barreras de raza y clase para  vivir una vida de servicio y amor. Sus hijos y nietos permanecieron en las montañas, llevando  consigo la historia de cómo dos personas rotas por la crueldad del sistema  colonial habían encontrado sanación en los brazos del otro. Décadas después, cuando México finalmenteabolió la esclavitud en 1829, los descendientes de Tomás y Beatriz todavía vivían en aquellas

montañas. La historia de la pareja se había  convertido en una leyenda local, contada alrededor de las fogatas en las noches frías, una historia  sobre el poder del amor, para resistir incluso las instituciones más brutales. Los bisnietos  de Tomás conservaban un pequeño cofre con los papeles que el padre Ignacio había dejado, documentos que probaban que su bisabuelo había sido un hombre libre, que su matrimonio con Beatriz había sido legítimo, que su familia tenía derecho a existir. La hacienda San José de los Laureles eventualmente se desmoronó, abandonada durante las guerras de

independencia, los cañaverales reclamados por la selva, el trapiche que Tomás había quemado nunca  completamente reconstruido. Donde alguna vez estuvieron los reales de esclavos, donde 80  hombres y mujeres africanos vivieron y murieron en servidumbre, ahora sólo  quedaban ruinas cubiertas de vegetación.

Pero en las montañas, en una pequeña ranchería donde los  descendientes de otomíes y africanos vivían juntos, la memoria de Tomás y Beatriz permanecía viva,  un testimonio de que incluso en los tiempos más oscuros de la  historia colonial mexicana, el espíritu humano podía encontrar formas de resistir, amar y  finalmente ser libre.

La historia de lo que Tomás hizo con el cuerpo de Beatriz no fue el acto de  violencia que los chismosos de la época imaginaron, ni la  explotación que don Rodrigo probablemente anticipó cuando forzó el matrimonio. Lo que Tomás hizo fue  tratarla con dignidad, verla como un ser humano completo en lugar de un objeto de vergüenza,  y construir con ella una vida que desafiaba todas las expectativas de la nueva España del siglo XVIII.

Transformó su cuerpo no físicamente, sino simbólicamente, de un objeto de desprecio social a un templo de amor, resistencia y nueva vida. Y ese acto de humanización mutua, en una sociedad construida sobre la  deshumanización sistemática, fue lo que verdaderamente los dejó helados a todos.