El DT lo mandó al banco y Maradona lo dejó en ridículo con este gesto

Barcelona, septiembre de 1983. Martes por la mañana el campo de entrenamiento del Camp. El césped está húmedo por el Rocío nocturno. Hay neblina ligera que viene del mar. Son las 9:30 de la mañana y todos los jugadores del Barcelona están en el campo. Todos, excepto uno. Diego Armando Maradona llega 10 minutos tarde, camina despacio desde los vestuarios.

Lleva el chándal del club, pero no se lo ha puesto bien. La chaqueta está medio abierta. La zapatilla sin atar del todo. Tiene 22 años, mide 1,65 m, pesa 72 kg y es la transferencia más cara de la historia del fútbol. El Barcelona pagó 7 millones de dólares por el hace 14 meses. En el centro del campo está César Luis Menotti.

Tiene 44 años, cabello largo hasta los hombros, bigote poblado, cigarrillo en la mano incluso durante los entrenamientos. Menotti fue el técnico que llevó a Argentina al título mundial en 1978. Es un hombre de ideas, de filosofía, de fútbol total. También es un hombre de ego.

Cuando Diego cruza la línea lateral del campo, Menotti lo mira. No dice nada. Solo mira, los demás jugadores siguen haciendo ejercicios de calentamiento, pero todos están atentos. Todos saben que algo está pasando desde hace semanas. La relación entre Diego y Menotti debería ser perfecta. Menotti fue quien lo convocó por primera vez a la selección argentina cuando Diego tenía 16 años.

Fue quien lo defendió de las críticas cuando era un adolescente jugando contra hombres. fue quien lo llevó al mundial juvenil de 1979, donde Argentina ganó todo y Diego fue la estrella. Pero eso fue hace 4 años. Ahora todo es diferente. Menotti llegó al Barcelona en el verano de 1983, contratado para reemplazar a Udolatec.

La directiva del club pensó que sería la combinación perfecta. El técnico argentino que entiende el juego de Diego, que sabe cómo sacar lo mejor de él. Lo que no entendieron es que Menotti no vino a Barcelona para estar bajo la sombra de nadie, ni siquiera de Diego. Bernuster está cerca de Diego, es mediocampista alemán, tiene 23 años, juega en el Barcelona desde 1980.

Suster es técnico, elegante, un futbolista de clase mundial. También es conflictivo, difícil, orgulloso. Suster observa a Diego caminar hacia el grupo y sonríe. No es una sonrisa amable. Suster y Diego deberían ser aliados. Son los dos mejores jugadores del equipo. Pero desde que Menotti llegó hay una división clara.

Menotti prefiere Asuster. Lo hace capitán en algunos partidos. le da libertad total en el campo. Mientras tanto, Diego recibe instrucciones constantes, correcciones públicas, críticas veladas en conferencias de prensa. “Llegas tarde, Diego”, dice Menotti sin levantar la voz, pero lo suficientemente alto para que todos escuchen.

Diego no responde. Se une al grupo y empieza a trotar. Sus movimientos son lentos, sin ganas. No es el Diego que deslumbró al Camp No en su primer año. No es el Diego que marcó aquel gol imposible contra el Real Madrid en la final de la Copa del Rey hace unos meses. Este es un Diego cansado, frustrado, herido.

Las semanas anteriores han sido difíciles. Diego arrastra una lesión en el tobillo izquierdo desde mayo. En la final de la Copa del Rey contra el Real Madrid, después de marcar ese gol memorable, Goikchea le entró con una patada brutal que le rompió el tobillo. La cirugía fue complicada, la rehabilitación lenta y dolorosa. Diego volvió a entrenar hace apenas dos semanas, pero no está al 100%.

Menotti lo sabe, todos lo saben, pero Menotti tiene sus propios planes. El sábado hay partido. Barcelona contra el Español en el derbi catalán. Es uno de los partidos más importantes de la temporada. El Camp no estará lleno. La prensa estará atenta. La directiva estará nerviosa. Imenotti ya ha tomado una decisión.

Diego no jugará de titular. La noticia no es oficial todavía, pero circula entre los jugadores desde ayer. Algunos la escucharon del médico del equipo, otros la dedujeron de los entrenamientos tácticos de la semana. Diego será suplente. Quizás entre en el segundo tiempo. Quizás ni siquiera eso. La razón oficial es médica.

Diego no está recuperado del todo. Es arriesgado ponerlo 90 minutos, pero todos saben que hay algo más. Menoti quiere demostrar algo. Quiere demostrar que él es el técnico, que sus decisiones están por encima de cualquier nombre, que en su equipo no hay intocables. Ni siquiera Diego Armando Maradona. El entrenamiento continúa.

Ejercicios de pases, ejercicios de posesión. Trabajo táctico. Diego participa, pero está en otro lugar mentalmente. Cada tanto se toca el tobillo izquierdo. Cogea ligeramente cuando nadie lo mira o cuando cree que nadie lo mira. Lobo Carrasco está cerca. Tiene 24 años, extremo izquierdo, español. Formado en las inferiores del Barcelona.

Carrasco admira a Diego desde que llegó al club. Lo ha visto hacer cosas imposibles con la pelota. Lo ha visto ganar partido solo, pero también lo havisto sufrir. Los rivales lo marcan con violencia. Los árbitros miran hacia otro lado. La prensa catalana lo critica constantemente y ahora su propio técnico lo está dejando afuera.

¿Cómo estás? Le pregunta Carrasco en voz baja durante una pausa. Diego lo mira, sonríe apenas. Bien, lobo, bien, pero no está bien. Y Carrasco lo sabe. A las 11 de la mañana, Menotti reúne a los jugadores en el centro del campo. Va a anunciar el equipo titular para el sábado. Es algo que normalmente se hace en privado, en el vestuario, pero Menotti tiene su forma de hacer las cosas.

Le gusta el drama, le gusta el control. Pumpido en el arco. Empieza Menotti. Gerardo en defensa central con Migueli. Julio Alberto lateral derecho. Manolo, lateral izquierdo. Diego escucha, sabe lo que viene en el medio. Víctor, Suster, Marcos. Diego no cambia de expresión. Algunos jugadores lo miran de reojo.

Adelante, Carrasco, Kini y Rojo. Menotti termina, no dice nada más, no explica, no justifica, solo mira a Diego por un segundo, después se da vuelta y camina hacia el área técnica. El silencio dura apenas unos segundos, pero se siente eterno. Los jugadores no saben qué hacer. Algunos asienten, otros miran al suelo.

Suster sonríe otra vez. Esa sonrisa que irrita a medio vestuario. Diego no dice nada. Se queda parado donde está, con las manos en la cintura mirando el césped. Respira profundo una vez, dos veces. Después levanta la cabeza y mira hacia Menotti, que está a 20 met de distancia, hablando con el preparador físico.

Y entonces Diego empieza a caminar. No camina hacia Menotti, camina hacia el círculo central del campo donde están los balones de entrenamiento. Toma uno, lo pone en el suelo y empieza a hacer jueguitos. Toque con la derecha, toque con la izquierda. muslo, pecho, cabeza. El balón nunca toca el suelo. Los movimientos son fluidos, naturales, perfectos.

Es como si el tobillo lesionado no existiera, como si la frustración no existiera, como si nada más importara, excepto ese balón y ese momento. Los jugadores dejan de hacer lo que estaban haciendo. Uno por uno se detienen y miran. Carrasco deja de trotar. Suster deja de estirarse. Víctor, el mediocampista se queda con el balón en las manos.

Menotti deja de hablar y se vuelve. Diego sigue ahora hace algo más complejo. Eleva el balón con el empeine izquierdo, lo deja caer sobre el hombro, lo balancea, lo pasa al otro hombro, lo baja por la espalda sin verlo, lo atrapa con el talón derecho, lo eleva otra vez y lo sostiene en la nuca. Todo sin que el balón toque el suelo, todo con una facilidad insultante.

No hay música, no hay público, no hay cámaras, solo hay 30 hombres en un campo de entrenamiento en Barcelona, pero lo que están presenciando es arte, es poder, es una declaración. El mensaje es claro. Puedes dejarme en el banco. Puedes preferir a otros. Puedes tomar las decisiones que quieras. Pero esto, lo que estoy haciendo ahora, nadie más aquí puede hacerlo.

Nadie en este país puede hacerlo. Quizás nadie en el mundo puede hacerlo. Carrasco siente un escalofrío. Años después, cuando sea comentarista de televisión, recordará este momento. Dirá que vio a Diego hacer cosas increíbles en partidos, pero que nada se compara con lo que hizo ese día en el entrenamiento. No por la dificultad técnica, sino por el contexto, por la rabia contenida, por la dignidad en medio de la humillación.

Diego finalmente deja que el balón caiga al suelo, lo toca suavemente con el interior del pie derecho. El balón rueda lentamente hacia un costado. Diego no mira a Menotti, no mira a Suster, no mira a nadie, simplemente se da vuelta y camina hacia los vestuarios. Son las 11:15 de la mañana. El entrenamiento debería continuar hasta las 12:30, pero Diego se va.

Cruza el campo con las manos en los bolsillos, entra al túnel, desaparece. Menoti no dice nada, no lo llama, no lo detiene. Se queda parado donde está con el cigarrillo en la mano mirando el túnel por donde Diego acaba de irse. Por primera vez en toda la mañana, Menotti no parece seguro de sí mismo. Los demás jugadores se miran entre sí.

Nadie sabe qué hacer. El preparador físico intenta retomar el entrenamiento, pero la energía ha cambiado. Todo se siente vacío ahora, como si lo importante ya hubiera pasado. En el vestuario, Diego se ducha, se cambia y se va del estadio sin hablar con nadie. Sube a su coche, un Mercedes que le regaló el club cuando fichó y maneja hacia su apartamento en la zona alta de Barcelona.

Durante todo el trayecto no enciende la radio. No piensa en el partido del sábado, solo piensa en una cosa. Quizás sea hora de irse de este lugar. Los días siguientes son tensos. Diego entrena, pero con el mínimo esfuerzo. Llega, hace lo que tiene que hacer, se va. No habla con la prensa, no habla con Menotti, apenas habla con sus compañeros.

La directiva del Barcelona está preocupada. El presidente José Luis Núñez tiene conversaciones privadas con Menotti.Le pide que reconsidere, que ponga a Diego en el equipo titular, que no arriesgue perder al jugador más importante del club. Pero Menotti es terco, orgulloso, no va a cambiar su decisión. Diego será suplente el sábado.

Punto final. Llega el sábado 24 de septiembre de 1983. Barcelona contra Español. Derby catalán. El Camp no está lleno. 90,000 personas en las gradas. Banderas. Cánticos. Tensión. Los hinchas del Barcelona llevan toda la semana leyendo rumores en la prensa. Jugará Maradona. está lesionado. Realmente hay problemas con Menotti.

Cuando se anuncia la alineación titular y el nombre de Diego no aparece, hay un murmullo en el estadio. Confusión, decepción. Algunos Silvan, no a Diego, a Menotti. Diego está en el banquillo. Lleva el chandal del Barcelona. Está sentado al final, lejos de Menotti. Tiene los brazos cruzados, la expresión neutra, pero por dentro está hirviendo.

El partido empieza. Barcelona domina. Suster tiene el balón constantemente. Carrasco genera peligro por la izquierda. Kini está activo en el área, pero falta algo. Hay posesión, hay llegadas, pero no hay magia. No hay ese momento de genialidad que cambia un partido. No hay Diego. Minuto 30, el Español contraataca.

Pase largo. Error defensivo. ¡Gol! 0 a 1. El Camp No queda en silencio. Menotti se lleva las manos a la cabeza. Los jugadores se miran entre sí. En el banquillo, Diego no cambia de expresión. Termina el primer tiempo. 0 a un. Los jugadores entran al vestuario. Menotti está furioso. Grita, da instrucciones. Exige más intensidad, más velocidad, más agresividad.

Pero no dice nada sobre hacer cambios. No dice nada sobre Diego. Segundo tiempo. Minuto 50. Otro error. Otra contra. 0 a dos. El camp no estalla. No en celebración, en furia. Los silvidos son ensordecedores. Algunos hinchas gritan el nombre de Diego. Maradona. Maradona. Maradona. Menotti finalmente cede.

Hace señas a Diego. Es hora de entrar. Diego se quita el chandal lentamente. No tiene prisa. Se para al borde del campo esperando la indicación del árbitro. Cuando finalmente entra, el camp no explota en aplausos. Es el aplauso más fuerte de la tarde. Suster sale cuando cruza al lado de Diego. No lo mira.

Diego tampoco lo mira a él. Minuto 52. Diego toca su primer balón. Un pase simple a Carrasco, nada especial, pero el camp no aplaude como si hubiera marcado. Minuto 55. Diego recibe en el medio campo. Gira, ve espacio, arranca, pasa a un defensor, pasa a otro, llega al área, dispara. El arquero del español desvía a corner. El estadio está de pie. Minuto 63.

Tiro libre para Barcelona a 25 m del arco. Diego pone el balón. Todos en el estadio saben lo que viene. La barrera se forma. El árbitro pita. Diego toma carrera. Tres pasos. Impacto. El balón sale como un proyectil. Se eleva. Se curva. El arquero estira, pero no llega. La pelota entra en el ángulo superior derecho. ¡Gol! Uno a dos.

Diego corre hacia la esquina. Sus compañeros lo abrazan. El Camp es un hervidero, no solo porque es gol, porque es justicia, porque es vindicación, porque es Diego demostrando otra vez que no importa quién lo dude, él siempre responde en el campo. Minuto 78, centro al área, cabezazo de Kini, gol 2 a 2, el Barcelona empata.

Menotti respira. Pero sabe que esto no lo salvó. Él lo salvó Diego. El partido termina 2 a dos. No es una victoria, pero es un rescate. Diego jugó apenas 40 minutos, marcó un gol. Fue el mejor jugador del partido. Los periódicos del domingo lo dirán. Los hinchas lo saben. Menotti también lo sabe, aunque no lo admita.

En el vestuario después del partido, Diego no celebra, no habla, se ducha, se cambia y se va. No hay conferencia de prensa, no hay declaraciones, solo silencio. Menotti da una rueda de prensa breve. Le preguntan por qué Diego empezó en el banquillo. Menotti habla de gestión de lesiones, de rotaciones, de pensamiento a largo plazo. Nadie le cree.

Los periodistas catalanes lo atacan. Algunos piden su renuncia, otros dicen que ha perdido el control del vestuario. Los días siguientes la tensión no disminuye. Diego sigue entrenando, pero la relación con Menotti está rota. Ya no hay comunicación, solo frialdad. La directiva del Barcelona intenta mediar, pero es inútil.

Algo se quebró ese martes en el entrenamiento cuando Diego hizo esos jueguitos en medio del campo. O quizás se quebró antes. Quizás nunca hubo nada que quebrar. A finales de octubre, Menotti presenta su renuncia. Oficialmente es por razones personales. Oficialmente es una decisión mutua con la directiva, pero todos saben la verdad.

Menotti perdió la batalla. No contra el Barcelona, contra Diego. Terry Benables llega como nuevo técnico inglés, moderno, pragmático. Benables entiende algo que Menotti nunca quiso aceptar en el Barcelona de 1983. Diego Armando Maradona no es un jugador más, es el jugador y un técnico inteligente trabaja con eso, no contra eso.

Convenables, Diego vuelve a ser titular, vuelve a sonreír,vuelve a disfrutar del fútbol, pero la herida sigue ahí. Barcelona nunca se sintió como casa para él. Los ataques de los rivales continúan, las lesiones se acumulan. La prensa catalana es implacable. En junio de 1984, apenas un año después del incidente con Menotti, Diego deja el Barcelona.

Se va al Napoli, un equipo de una ciudad pobre en el sur de Italia, donde lo recibirán como a un dios, donde escribirá la historia más bella de su carrera, donde será amado sin condiciones. Pero ese día de septiembre de 1983, cuando hizo esos jueguitos en medio del campo de entrenamiento del Camp, Diego no sabía nada de eso.

No sabía que se iría. No sabía que encontraría su verdadero hogar en Napoli. Solo sabía una cosa. Nadie, absolutamente nadie, le iba a decir que no era suficientemente bueno. Lobo Carrasco, décadas después, lo recordará así en una entrevista. Ese día vi algo que nunca olvidaré. Vi a un tipo que acababa de ser humillado públicamente por su técnico, que estaba lesionado, que estaba solo, y que en lugar de rendirse o quejarse, simplemente agarró una pelota y nos recordó a todos por qué era Maradona.

No dijo una sola palabra, no tuvo que hacerlo. La pelota habló por él y ese fue el día que entendí que los verdaderos campeones no necesitan responder con palabras. responden con lo único que saben hacer mejor que nadie. En el caso de Diego, eso era tocar una pelota. Menotti nunca habló públicamente sobre ese episodio.

En entrevistas posteriores, cuando le preguntaban sobre su tiempo en Barcelona, era breve. Decía que fueron meses difíciles, que el contexto era complicado, que había presiones desde todos lados. Nunca mencionaba ese entrenamiento. Nunca mencionaba la decisión de dejar a Diego en el banco.

Quizás porque sabía que había sido un error o quizás porque sabía que había algo más grande que un simple error táctico. Porque ese día, en ese campo de entrenamiento, no fue solo un técnico tomando una decisión sobre un jugador. Fue el ego enfrentándose al genio. Fue el sistema enfrentándose a la excepción. Fue alguien intentando controlar lo incontrolable y lo incontrolable ganó como siempre gana.

Hoy cuando la gente recuerda a Maradona en Barcelona, habla de aquel gol en la final de la Copa del Rey contra el Real Madrid. Habla de la brutal entrada de Goechea. Habla de los dos años turbulentos antes de irse a Italia. Pero casi nadie habla de ese martes de septiembre, de ese entrenamiento, de esos jueguitos que no eran solo jueguitos, eran un mensaje, eran una declaración de independencia.

Eran Diego diciendo, sin palabras lo que siempre dijo con su fútbol. Pueden intentar controlarme, pueden intentar limitarme, pueden intentar ponerme en mi lugar, pero cuando tengo una pelota en los pies, no hay lugar donde ponerme, solo hay cielo. Y ese día, durante 5 minutos en un campo de entrenamiento vacío con 30 testigos silenciosos, Diego tocó el cielo.

No porque hiciera algo que nunca había hecho antes, sino porque lo hizo en el momento exacto, de la manera exacta, con el mensaje exacto. A veces las mayores victorias no se consiguen en estadios llenos ni en finales históricas. Se consiguen en una mañana de martes, cuando nadie más está mirando, excepto los que importan, cuando no hay cámaras, no hay narrativas, solo hay verdad.

La verdad de ese día fue simple. César Luis Menotti era un gran técnico, pero Diego Armando Maradona era Diego Armando Maradona. Y eso no se puede entrenar, no se puede controlar, no se puede dejar en el banco, solo se puede presenciar y agradecer.