
El aire en las ruinas del casino Aguacaliente huele a concreto viejo y abandono. La temperatura del desierto de Tijuana golpea implacable contra los muros descascarados de lo que alguna vez fue el complejo de entretenimiento más lujoso de toda América. Hoy, el 29 de diciembre de 2025, caminar por estos pasillos vacíos es sentir el peso de un silencio que grita secretos.
No hay pájaros, no hay insectos, solo el viento atravesando ventanas rotas que alguna vez fueron vitrales europeos valuados en millones de dólares. En 1928, este lugar brillaba con la intensidad de 1000 soles. Alfombras persas cubrían 12,000 m² de mármol italiano. Lámparas de cristal checoslovaco colgaban de techos de 8 m de altura.
Las mesas de juego estaban forradas con terciopelo francés y en el bar principal se servía champag moetan chandón, importado directamente desde Francia, esquivando la ley seca estadounidense que había convertido la frontera norte de México en la nueva tierra prometida del vicio. Pero este casino no fue construido por empresarios visionarios ni inversionistas legítimos.
fue levantado sobre un terreno comprado en 1927 por 2 pesos mexicanos por hectárea, 243 haáreas en total pagadas a la Secretaría de Agricultura y Fomento por un hombre que simultáneamente ejercía como jefe de operaciones militares y gobernador del distrito norte de Baja California. Un hombre que ostentaba el poder absoluto sobre cada licencia, cada permiso, cada inspector que se acercara a cuestionar lo que estaba construyendo.
El México de 1920 estaba sangrando. La Revolución Mexicana había terminado oficialmente, dejando un millón de muertos y un país fragmentado por caudillos que habían aprendido que el poder no se gana con ideales, se gana con violencia y se mantiene con dinero. Baja California. Ese territorio olvidado en el extremo noroeste del país, separado del resto de México por el desierto de Sonora, se había convertido en el laboratorio perfecto para un experimento que combinaría política, crimen organizado y capitalismo salvaje.
Entre los muros de este casino fluían tres ríos simultáneos: whisky americano que cruzaba la frontera en automóviles con doble fondo, heroína procesada en laboratorios clandestinos del Valle y dólares estadounidenses que llegaban en maletas desde San Diego, Los Ángeles y San Francisco.
Pero el verdadero río, el más oscuro, era el de la complicidad, porque este casino operaba bajo la protección explícita del hombre que gobernaría México, que inauguraría el Palacio de bellas Artes, que establecería el salario mínimo y que sería recordado en los libros de historia como un constructor modernizador. Antes de continuar adentrando en este lugar donde se forjó una de las traiciones más grandes a los ideales revolucionarios, si aprecias historias sobre los secretos enterrados del poder, suscríbete al canal y activa la campanita. Y dime en los comentarios
desde dónde nos estás viendo y qué hora es ahí ahora. Creemos una comunidad que atraviesa fronteras y usos horarios unidos por la búsqueda de la verdad que los poderosos intentaron sepultar. Su nombre completo era Abelardo Rodríguez Luján. Nació el 12 de mayo de 1889 en San José de Guaimas, Sonora, hijo de Nicolás Rodríguez, comerciante modesto, y Petra Luján.
Fue el cuarto de 11 hermanos en una familia que conocía el hambre. A los 17 años emigró a Estados Unidos, donde trabajó durante 6 años como obrero industrial, aprendiendo inglés con fluidez y adoptando la costumbre americana de firmar como Abelardo L. Rodríguez, usando la inicial del apellido materno. Regresó a México en 1912, en plena revolución, sin más educación que la primaria incompleta y sin más capital que su juventud y su disposición a matar por una causa.
El 1 de marzo de 1913 se enlistó como teniente en las fuerzas del general Álvaro Obregón en el ejército constitucionalista que combatía al presidente Victoriano Huerta. Rodríguez ascendió con una rapidez que solo se explica en tiempos de guerra, deteniente a coronel en 3 años. Participó en la toma de Culiacán en la campaña del vajío, en el sometimiento de levantamientos Jaquis.
Aprendió que en la guerra no solo se ganan batallas, se ganan contactos, lealtades y deudas que después se cobran en especie. En 1921, cuando el polvo de la revolución apenas comenzaba a sentarse, Rodríguez fue nombrado jefe militar del territorio de Baja California. Llegó a Mexicali con el uniforme manchado de sangre revolucionaria y los ojos abiertos a una oportunidad que solo un hombre sin escrúpulos podría ver.
La ley seca estadounidense promulgada el 17 de enero de 1920 había convertido el alcohol en oro líquido y la frontera en el lugar más lucrativo del hemisferio. Pero Rodríguez no inventó el negocio del vicio en Tijuana, simplemente perfeccionó lo que otro hombre había comenzado. Y ahí en la construcción de este casino que costó ,00 de 1928,equivalentes a más de 180 millones de dólares actuales, se esconde un secreto que involucra a la mafia estadounidense, dinero del narcotráfico, sangre revolucionaria y la complicidad de todo
un sistema político que miró hacia otro lado mientras se traicionaban los principios por los que habían muerto un millón de mexicanos. El coronel Esteban Cantú Jiménez había gobernado Baja California entre 1915 y 1920 como un cacique feudal que entendió antes que nadie el valor estratégico de la frontera.
Cantú operaba casinos, controlaba el tráfico de opio proveniente de China, regulaba la prostitución y cobraba mordidas a cada cantina que servía alcohol a estadounidenses sedientos. cuando cayó en desgracia política y fue forzado al exilio, dejó tras de sí un manual de operaciones que Abelardo Rodríguez estudió con la dedicación de un alumno aplicado.
Documentos del Archivo General de la Nación muestran que entre 1921 y 1923, Rodríguez estableció relaciones sistemáticas con tres grupos de poder simultáneos. Los militares revolucionarios que controlaban el gobierno federal, específicamente el general Plutarco Elías Calles, los empresarios estadounidenses que buscaban explotar el turismo del vicio y las organizaciones criminales de California que necesitaban un socio mexicano con poder para proteger sus inversiones.
En 1923, el presidente Álvaro Obregón nombró oficialmente a Rodríguez como gobernador general del territorio norte de Baja California. No era un nombramiento menor. Rodríguez acumulaba ahora tres posiciones simultáneas: gobernador civil, jefe militar y comandante de la zona fronteriza. Era juez, policía y ejecutor.
Controlaba las licencias comerciales, los permisos de construcción, las concesiones de tierras, la aduana, el registro civil. No había decisión en Baja California que no pasara por su escritorio y no había negocio ilícito que pudiera operar sin su bendición explícita. El agua caliente no fue su primer negocio, fue su obra maestra.
Antes había acumulado participaciones encubiertas en el Foreign Club de Tijuana, en cantinas de Mexicali, en Burdeles que operaban las 24 horas atendiendo exclusivamente clientela estadounidense. Según investigaciones del historiador José Alfredo Gómez Estrada, documentadas en su libro Gobierno y casinos, el origen de la riqueza de Abelardo L. Rodríguez.
Para 1927, Rodríguez ya controlaba directa o indirectamente el 60% de los negocios de entretenimiento en la frontera de Baja California. Los socios visibles del casino Aguacaliente eran tres empresarios estadounidenses, We Wirt Bowman, Baron Long y James N. Cropton, conocidos colectivamente como los Border Barons.
Pero el socio invisible, el que hacía posible cada licencia, cada permiso, cada inspección que misteriosamente no encontraba irregularidades era el gobernador Rodríguez. Las memorias de funcionarios de la época preservadas en archivos estatales mencionan reuniones nocturnas en la residencia del gobernador, donde se repartían porcentajes de ganancias en efectivo.
La construcción del agua caliente comenzó en 1927 y se completó en tiempo récord, 18 meses. El complejo incluía un hotel de lujo de cinco pisos con 100 habitaciones, un casino principal de 3000 m² con 40 mesas de juego, un hipódromo con capacidad para 1000, 15,000 espectadores, un campo de golf diseñado por expertos californianos, restaurantes, bares, piscinas y jardines que consumían 5000 l de agua diaria en pleno desierto.
Todo importado, los mármoles de Carrara, Italia, las maderas de Caoba, Honduras, Los Cristales, Checoslovaquia, El Mobiliario, Francia. Pero había otros negocios en las sombras. The History Channel en un episodio de abril de 2023 titulado Embajadores de la mafia documentó las conexiones entre Rodríguez y figuras del crimen organizado estadounidense Charles Lucky Luciano, Meyerlandsky y Alcapone.
Estos nombres no aparecen en ningún documento oficial mexicano, pero aparecen consistentemente en archivos del FBI y en testimonios de agentes de narcóticos estadounidenses que vigilaban la frontera. Luky Luciano, el arquitecto de la mafia moderna estadounidense, había entendido que la prohibición del alcohol era temporal, pero las drogas eran el futuro.
Necesitaba rutas, laboratorios y protección política. Rodríguez le ofrecía las tres cosas. Documentos desclasificados del Departamento del Tesoro estadounidense de 1929 mencionan flujos inexplicables de efectivo cruzando hacia Baja California, coincidentes con cargamentos de opio y heroína que llegan desde San Francisco al puerto de Ensenada.
Entre 1927 y 1929, el ingreso promedio de un trabajador mexicano era de 1.50 pesos diarios. Rodríguez, según registros notariales de compra de propiedades, adquirió en ese periodo terrenos valorados en más de 5000 pesos, el equivalente al salario de 333 trabajadores durante 1000 años. No hay registro de préstamos bancarios, no hay herencias documentadas. El dinerosimplemente aparecía.
En 1928, Rodríguez expandió sus operaciones más allá de Baja California. Estableció conexiones con empresarios de Puebla, donde adquirió el hotel Garcí Crespo, una embotelladora de agua mineral. Compró el rancho Los Dolores, cerca de Santo Tomás, donde estableció producción vinícola. Cada adquisición estratégicamente ubicada en rutas que él mismo controlaría cuando llegara al poder máximo.
Porque Rodríguez no planeaba quedarse en Baja California para siempre. Había aprendido la lección fundamental de la revolución. El poder real no está en gobernar un territorio remoto, está en controlar el país entero. Y su mentor, el general Plutarco Elías Calles, le estaba enseñando cómo llegar ahí.
El 11 de diciembre de 1924, Calles asumió la presidencia de México. Durante su mandato consolidó lo que después se conocería como el Maximato, un sistema donde el verdadero poder no residía en el presidente formal, sino en el jefe máximo de la revolución, que manipulaba las decisiones desde las sombras. Calles observaba a Rodríguez con la satisfacción de un maestro, viendo a su discípulo más prometedor construir un imperio de dinero y complicidades.
El 17 de julio de 1928, a las 14:15 horas en el restaurante La Bombilla del barrio de San Ángel en Ciudad de México, el presidente electo Álvaro Obregón fue asesinado por José de León Toral, un católico fanático que le disparó seis veces a quemarropa. Obregón había ganado las elecciones dos semanas antes y se preparaba para asumir su segundo periodo presidencial.
Su muerte abrió un vacío de poder que Plutarco Elías Calles llenó inmediatamente, no volviendo a la presidencia, sino convirtiéndose en el poder tras el trono. Este asesinato cambió el destino de México y selló el futuro de Abelardo Rodríguez. Calles entendió que no podía reelegirse sin provocar otra guerra civil, pero podía controlar a quien ocupara la silla presidencial.
Así nació el Maximato, el periodo entre 1928 y 1934, donde tres presidentes, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, gobernaron como lo que historiadores llaman sin eufemismos, títeres o peleles del jefe máximo. Para Rodríguez, esta reorganización del poder significaba una oportunidad sin precedentes. Ya no necesitaba esconderse tras prestanombres ni operar sus negocios ilegales desde las sombras de Baja California.
Ahora podía llegar a la cumbre del poder político y desde ahí proteger y expandir su imperio criminal con la inmunidad absoluta que otorga la presidencia. El 20 de enero de 1932, Rodríguez fue designado ministro de Industria, Comercio y Trabajo en el gabinete del presidente Pascual Ortiz Rubio. 6 meses después, el 2 de agosto de 1932, fue promovido a ministro de Guerra y Marina.
Estaba a un paso del poder absoluto y Calles lo sabía. Ortiz Rubio, agobiado por la presión constante del jefe máximo que cuestionaba cada decisión, presentó su renuncia el 2 de septiembre de 1932, un día después de su segundo informe presidencial. La tarde del 2 de septiembre, el Congreso de la Unión se reunió en sesión extraordinaria.
Según el artículo 84 de la Constitución, el Congreso debía elegir un presidente sustituto para completar el periodo 1928-1934. El Partido Nacional Revolucionario, controlado completamente por calles, propuso cuatro nombres. Alberto J. Pani, secretario de Hacienda, Joaquín Amaro Domínguez, militar de confianza, Juan José Ríos, secretario de Gobernación y Abelardo L. Rodríguez.
Cuando el nombre de Rodríguez fue pronunciado en la tribuna, los diputados presentes rompieron en aplausos ensordecedores. No era espontáneo, era una ovación coordinada que enviaba un mensaje claro. Calles había decidido y la decisión era Rodríguez. El voto fue una formalidad. A las 19:30 horas de ese mismo día, Abelardo L.
Rodríguez fue declarado presidente sustituto constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. El 4 de septiembre de 1932, Rodríguez tomó posesión en el Palacio Nacional. Tenía 43 años. No había terminado la educación primaria. Había llegado al país 20 años antes sin un centavo y ahora controlaba el ejército, la policía, las aduanas, el sistema judicial, la emisión de moneda y cada licencia comercial del país.
Pero Rodríguez no era un político ingenuo que creyera que el poder era realmente suyo. Sabía perfectamente que Calles lo vigilaba desde su mansión en Cuernavaca, que cada decisión importante debía consultarse con el jefe máximo, que su gobierno sería exitoso solo si entendía las reglas del juego y Rodríguez las entendía perfectamente.
Durante los siguientes dos años estableció un sistema de gobierno compartido donde él administraba el presupuesto público y la economía mientras calles manejaba la política. los nombramientos clave y las negociaciones con los caudillos regionales. Esta división del poder tenía una ventaja estratégica paraRodríguez.
le permitía seguir expandiendo sus negocios privados bajo el radar de la atención pública que estaba concentrada en los dramas políticos orquestados por calles. Entre 1932 y 1934, mientras Rodríguez inauguraba el Palacio de Bellas Artes, establecía el salario mínimo y reformaba el artículo 3 de Grama Constitucional para implementar educación socialista.
simultáneamente consolidaba su control sobre dos de los casinos más lujosos del centro del país, el Foreign Club en San Bartolo, Naucalpan, Estado de México, y el casino de la selva en Cuernavaca, Morelos. Las memorias de José Vasconcelos, intelectual y opositor político que perdió fraudulentamente las elecciones de 1929 contra Ortiz Rubio, mencionan explícitamente.
Rodríguez aprovechó su estancia en el poder ejecutivo para organizar y operar con ventajas dos grandes y lujosos casinos en el centro del país. Jesús Silva Hersock y Gonzalo N. Santos, figuras políticas de la época, confirmaron en testimonios posteriores que estos casinos operaban con la protección directa de la presidencia.
Pero había algo más inquietante. Documentos de obras públicas de 1933 muestran que Rodríguez autorizó la construcción de dos carreteras específicas. una de 85 km que conectaba su rancho Los Dolores, cerca de Santo Tomás, con el puerto de Ensenada, asegurando mejor transporte para su producción vinícola, y otra de 117 km entre Puebla y Tehuacán, terminada convenientemente en octubre de 1934, dos meses antes de dejar la presidencia, vinculando directamente la ciudad con sus propiedades hoteleras y la embotelladora de agua mineral.
El presupuesto público de México estaba siendo usado para construir infraestructura privada que beneficiaba los negocios personales del presidente. Y nadie decía nada, nadie investigaba, nadie cuestionaba, porque el sistema que Calles había construido y que Rodríguez perfeccionó no era simplemente un gobierno corrupto, era una maquinaria de impunidad, donde el poder político y el crimen organizado se habían fusionado en una sola entidad indistinguible.
El 1 de diciembre de 1934, Lázaro Cárdenas del Río asumió la presidencia de México. Calles lo había elegido personalmente, esperando tener en él otro títere manejable, pero Cárdenas resultó ser un hombre diferente. Durante sus primeros meses mantuvo las apariencias de consulta y respeto hacia el jefe máximo, pero en privado construía alianzas con sindicatos, campesinos y sectores militares que no debían lealtad a calles.
El 10 de junio de 1935, Calles cometió un error fatal. En declaraciones públicas criticó las políticas laborales de Cárdenas, exigiendo el fin de las huelgas y mostrando públicamente que el presidente no tenía autonomía. Cárdenas respondió el 12 de junio pidiendo la renuncia de todo su gabinete y nombrando ministros completamente leales a él.
Era una declaración de independencia. La madrugada del 10 de abril de 1936, soldados y policías rodearon la hacienda Santa Bárbara en Cuernavaca, donde calles dormía. Le dieron 6 horas para abandonar el país. A las 7ero am, Plutarco Elías Calles, el hombre más poderoso de México durante una década, abordó un avión militar con destino a Estados Unidos, exiliado por el presidente que él mismo había puesto en el poder, y con calles cayó todo el sistema del maximato.
Cárdenas ordenó la clausura inmediata de todos los casinos del país. El decreto presidencial del 1 de enero de 1935 declaraba prohibidos los juegos de azar en territorio mexicano. El casino Agua Caliente cerró sus puertas el 2 de enero de 1935. El Foreign Club fue clausurado. El Casino de la selva fue intervenido.
Abelardo Rodríguez observó desde su residencia en Ciudad de México como su imperio del vicio se derrumbaba en cuestión de semanas. Pero a diferencia de calles, Rodríguez no fue exiliado. Cárdenas lo dejó en paz. ¿Por qué? No hay documentos oficiales que expliquen esta decisión, pero historiadores tienen dos teorías.
La primera, Rodríguez había acumulado suficiente documentación comprometedora sobre otros políticos, incluyendo probablemente sobre el propio Cárdenas, como para garantizar su inmunidad mediante un equilibrio de terror mutuo. La segunda más perturbadora, Cárdenas necesitaba concentrarse en reformas estructurales como la expropiación petrolera de 1938 y perseguir a todos los corruptos del maximato.
habría requerido desmantelar completamente el sistema político mexicano, arriesgando otra guerra civil. Rodríguez se retiró formalmente de la vida pública en 1934, pero no de los negocios. Entre 1935 y 1955, según datos compilados por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, Rodríguez fundó o participó en 84 empresas distribuidas en toda la República.
bancos, pesquerías, mineras, cementeras, viñedos, refinerías petroleras, compañías de telecomunicaciones, productoras cinematográficas, casas de artes gráficas, líneas deaviación aseguradoras y documentados en registros notariales, centros nocturnos, que era el eufemismo usado para burdeles. En 1943, Rodríguez regresó a la política como gobernador de Sonora, su estado natal.
Durante su mandato, fundó la Universidad de Sonora y modernizó la infraestructura educativa. Renunció en 1948 alegando problemas de salud. Se retiró definitivamente a California, donde había mantenido propiedades desde los años 20. Pero el casino Agua Caliente, su creación más emblemática, siguió un camino diferente.
Después del cierre de 1935, el edificio fue convertido en escuela por orden de Cárdenas. Primero fue la escuela industrial técnica. Después se fusionó con una preparatoria federal para formar el centro escolar de agua caliente, renombrado en 1970 como escuela preparatoria Lázaro Cárdenas. La ironía era brutal. El casino construido con dinero de la mafia y protegido por un presidente corrupto, ahora educaba a jóvenes mexicanos bajo el nombre del presidente que había cerrado los casinos.
Era el intento del sistema de lavar su propia historia, pero algo extraño comenzó a suceder con el edificio. Los trabajadores contratados para la conversión reportaban incomodidad extrema al trabajar en los sótanos, particularmente en las áreas que habían sido bodegas de licor y cuartos privados del casino.
No reportaban fantasmas, reportaban miedo vceral. El miedo no era irracional. En 1947, durante excavaciones para ampliar los cimientos de la escuela, trabajadores encontraron tres esqueletos humanos enterrados debajo del piso de concreto del área que había sido el casino. No había identificación, no había registros.
El hallazgo fue reportado a autoridades locales que determinaron que los restos tenían más de 15 años y cerraron la investigación sin más averiguaciones. Tres cuerpos. Sin nombres, sin investigación, sin justicia. ¿Quiénes eran? Empleados que sabían demasiado socios que intentaron traicionar a Rodríguez, ¿testigos de operaciones que debían permanecer secretas? No hay respuesta oficial porque nunca hubo investigación seria.
El edificio siguió siendo escuela hasta los años 90, cuando el deterioro estructural lo volvió peligroso. Fue abandonado parcialmente. Hoy en 2025 el complejo es una mezcla de ruinas, áreas ocupadas por instituciones educativas que luchan contra la falta de recursos y secciones completamente vacías donde el viento del desierto silva a través de ventanas sin vidrios.
Abelardo Rodríguez murió el 13 de febrero de 1967 en el Scripts Memorial Hospital de La Joya, California. Tenía 77 años. Sus restos fueron trasladados a su finca el Sausal en Ensenada, donde fue sepultado en una ceremonia privada a la que asistió el presidente Gustavo Díaz Oordaz. Nunca fue investigado criminalmente, nunca fue procesado, nunca devolvió un solo peso de lo que robó.
Nunca explicó de dónde salió el dinero para sus 84 empresas. Nunca respondió por su asociación con la mafia. Nunca aclaró qué sabía de los tres cuerpos bajo el casino. Murió rico, respetado y en completa impunidad. El aeropuerto internacional de Tijuana lleva su nombre. Aeropuerto internacional general Abelardo L. Rodríguez.
Millones de personas cruzan cada año por un terminal que honra la memoria de un hombre que construyó su fortuna sobre casinos ilegales, tráfico de drogas y complicidad con la mafia. La ironía es tan brutal que deja de ser ironía y se convierte en declaración de principios del sistema político mexicano. En Hermosillo, Sonora, existe desde 1946 la Fundación Esposos Rodríguez, organización sin fines de lucro que otorga becas a estudiantes de bajos recursos.
Fue establecida por Rodríguez y su tercera esposa Aida Sullivan Coya, con fondos cuyo origen nunca fue cuestionado. Miles de jóvenes sonorenses han sido beneficiados por dinero que, rastreando su procedencia conduce directamente a los casinos, burdeles y operaciones criminales de la década de 1920. ¿Es posible que algo bueno surja de algo fundamentalmente corrupto? La pregunta incomoda porque obliga a reconocer que el sistema mexicano se construyó sobre una contradicción fundamental.
Los mismos hombres que traicionaron los ideales revolucionarios también construyeron las instituciones que permitieron la modernización del país. Rodríguez estableció el salario mínimo el 5 de enero de 1934, protegiendo a millones de trabajadores mexicanos. También operaba burdeles, donde esas mismas trabajadoras eran explotadas.
Inauguró el Palacio de Bellas Artes el 29 de septiembre de 1934, el recinto cultural más importante de México. También lavaba dinero de la mafia en sus casinos. Fundó la Universidad de Sonora en 1943, democratizando el acceso a la educación superior. También usó el presupuesto público para construir carreteras hacia sus propiedades privadas.
El casino Agua Caliente hoy está dividido en tres destinos. Una sección permanece comoescuela preparatoria donde adolescentes estudian matemáticas y literatura en salones que alguna vez fueron áreas de juego donde se apostaban fortunas. Otra sección fue comprada por empresarios que intentaron convertirla en museo del entretenimiento Vintage, proyecto que fracasó por falta de financiamiento y cerró en 2008.
La tercera sección está completamente abandonada con techos colapsados, grafitis cubriendo murales que alguna vez fueron obras de arte evaluadas en millones y un silencio pesado que los vecinos evitan explicar claramente. Los trabajadores de mantenimiento de la escuela preparatoria en conversaciones extraoficiales mencionan que nadie quiere quedarse después de las 1800 horas en ciertas áreas del edificio.
No porque crean en fantasmas, sino porque el abandono y la historia del lugar crean una sensación de injusticia no resuelta que es psicológicamente opresiva. Es el trauma colectivo de una comunidad que sabe que algo terrible sucedió ahí, que personas murieron, que crímenes quedaron sin castigo y que esa impunidad sigue contaminando el presente.
En 2023, The History Channel produjo un episodio titulado Embajadores de la mafia, donde Abelardo L. Rodríguez fue identificado como el hombre que propició el terreno para los negocios de la mafia en Latinoamérica, dominando los negocios más oscuros de la frontera y llegando a la cima de la política mexicana. El episodio usó documentos desclasificados del FBI que confirman las conexiones entre Rodríguez, Lucky Luciano, Meyerlandski y Alcapone.
Pero en México ese episodio apenas generó discusión. Los libros de texto de educación básica mencionan a Rodríguez en dos líneas. Presidente de México 1932-1934. Estableció el salario mínimo. No hay mención de los casinos. No hay mención de la mafia, no hay mención de la corrupción, es un olvido deliberado, sistemático, institucional.
El patrón se repite con cada figura del poder mexicano del siglo XX. Se destacan las obras públicas, se omiten los crímenes, se celebran las instituciones creadas, se olvidan los métodos usados para financiarlas. Se construye una narrativa nacional donde los padres de la patria moderna fueron visionarios necesarios, no criminales, que deberían haber sido juzgados.
El casino agua caliente no está maldito por fuerzas sobrenaturales. Está maldito por algo mucho más real y perturbador. Está maldito por la impunidad, por la certeza de que el poder en México siempre ha protegido a los suyos. Por el conocimiento de que no importa cuántos documentos se desclasifiquen, cuántos historiadores investiguen, cuántas evidencias emerjan, el sistema siempre encontrará la manera de lavar la historia.
renombrar aeropuertos, establecer fundaciones filantrópicas y convertir casinos criminales en escuelas. Los tres cuerpos encontrados bajo el piso del casino en 1947 nunca fueron identificados, nunca tuvieron funeral, nunca tuvieron justicia. Son el símbolo perfecto de todo lo que México prefiere no recordar. Las víctimas anónimas del poder, enterradas bajo el concreto de la modernidad, olvidadas por un sistema que avanza sin mirar atrás. Abelardo L.
Rodríguez traicionó a México no solamente robando, sino normalizando el robo. No solamente asociándose con criminales, sino demostrando que un criminal puede llegar a la presidencia y salir impune, no solamente enriqueciéndose ilegalmente, sino estableciendo el precedente de que eso es aceptable mientras se construyan algunas escuelas y se inauguren algunos palacios.
Su verdadera maldición no cayó sobre él, cayó sobre nosotros. La maldición de vivir en un país donde la corrupción es estructural, donde la impunidad es sistemática, donde la memoria histórica es selectiva y donde cada generación debe decidir si continúa perpetuando el olvido o finalmente exige verdad, justicia y rendición de cuentas. Si esta historia te impactó, suscríbete al canal y activa las notificaciones para más investigaciones sobre los secretos enterrados del poder en México.
Comparte este video con quienes necesitan conocer la verdad y déjame en los comentarios, ¿conocías esta historia de Abelardo Rodríguez? ¿Qué otros presidentes mexicanos crees que merecen investigación profunda? Porque mientras sigamos nombrando aeropuertos en honor a criminales, mientras sigamos enseñando historia sanitizada en las escuelas, mientras sigamos aceptando que el poder está por encima de la ley, el casino maldito de Abelardo Rodríguez no es solo una ruina en Tijuana, es el espejo de todo un sistema que prefiere el olvido a
la justicia. Y ese es el verdadero secreto que México sigue enterrando.















