
DEJADO PARA LOS BUITRES: Rodolfo Fierro y Pancho Villa NO PERDONAN
El sol del desierto de Coahuila caía como plomo derretido sobre la tierra seca de San Pedro, un pueblo donde todavía existían hombres de palabra y mujeres de fe inquebrantable. Era el año de 1915 cuando México sangraba por cada herida de la revolución, cuando la línea entre héroe y villano era tan clara como la diferencia entre el agua limpia y el veneno.
Pero en ese pueblo aparentemente bendecido por Dios, caminaba un demonio con traje de autoridad. Su nombre era Perfecto Ramos, alcalde respetado, hombre de misa dominical. padre de familia ejemplar ante los ojos del pueblo. Pero detrás de esa máscara de decencia se escondía un Judas moderno, un traidor que vendía almas mexicanas por monedas de oro federal.
Perfecto Ramos no era un hombre alto. Medía apenas 1660, con hombros caídos y manos suaves que nunca habían conocido el peso de la pala o el mango del machete. Usaba anteojos redondos que brillaban como ojos de lechuza cuando contaba dinero a la luz de las velas. Su bigote delgado, recortado con precisión obsesiva, temblaba cuando mentía y mentía cada vez que abría la boca.
Vestía siempre de negro, como si ya cargara el luto de los hombres que mandaba matar. Sus zapatos boleados reflejaban el sol del mediodía, pero nunca reflejaron ni una pizca de honor o decencia humana. Tenía 42 años. cuando comenzó a vender nombres de revolucionarios a los federales. 42 años de vivir entre gente honrada, sin aprender ni una gota de honor.
Su voz era suave, casi femenina, el tipo de voz que usaba para convencer a las viudas de que todo estaría bien mientras planeaba entregarlas al siguiente pelotón de fusilamiento. sonreía mostrando dientes manchados de tabaco barato. Y esa sonrisa era lo último que muchos hombres buenos vieron antes de ser traicionados.
Órale, compadre. Si quieres ver como este hijo de perra pagó cada gota de sangre que derramó, dale like a este video ahora mismo. Suscríbete al canal porque lo que viene es la venganza más brutal que Pancho Villa y Rodolfo Fierro ejecutaron en toda la revolución. y comenta desde qué ciudad nos estás viendo para que sepamos que la memoria de la justicia verdadera sigue viva en todo México.
Porque esta historia no es un cuento de hadas, es un recordatorio de que hubo un tiempo donde la justicia no llegaba en carruaje del gobierno corrupto. Llegaba a caballo con mauser en mano y sed de venganza justa en el corazón. Durante meses, el alcalde Ramos vendió información a un capitán federal llamado Arturo Mendoza, un cerdo uniformado que comandaba un destacamento de 80 hombres estacionados en piedras negras.
Cada nombre que Ramos escribía en papel sellado con el escudo del municipio valía 100 pesos oro, 100 pesos manchados con la sangre de mexicanos que solo querían ver a su patria libre de tiranos y ladrones. La lista de muertos por culpa de Perfecto Ramos era larga como camino al infierno.
Don Sebastián Flores, fusilado por esconder rifles villistas en su establo, los hermanos Aguirre colgados de un mesquite por dar de comer a revolucionarios hambrientos. El maestro Bonifacio Luna, torturado hasta la muerte por enseñar a leer a los hijos de los peones. Doña Esperanza Ruiz, violada y asesinada por los federales después de que Ramos revelara que su esposo era mensajero de Villa, 23 nombres, 23 almas entregadas al demonio federal por 2,00 pesos oro.
Pero la traición más imperdonable, la que hizo que hasta el [ __ ] se tapara los ojos de vergüenza, fue cuando Ramos vendió a la familia Contreras Completa. Era marzo de 1915. Las noches todavía eran frías en Coahuila, ese frío del desierto que teclaba agujas en los huesos. La familia Contreras, don Rodrigo, su esposa Lucía y sus cuatro hijos, Joaquín de 14 años, María de 12, los gemelos Carlos y Antonio de 9 y la pequeña Rosa de apenas 6 años vivían en un rancho a las afueras de San Pedro.
Eran gente trabajadora, de esas familias que rompen la espalda cultivando tierra ingrata para sacar adelante un pedazo de tortilla y frijoles. Don Rodrigo Contreras era hombre de convicciones. Cuando Villa necesitaba esconder armas, municiones o caballos, don Rodrigo abría las puertas de su rancho sin hacer preguntas. Mi general, le había dicho una vez a Villa, mi vida y la de mi familia están al servicio de México libre.
Palabras proféticas que se volverían trágicamente ciertas. Perfecto Ramos descubrió el secreto de los Contreras porque era rata que olía todo desde su oficina en el palacio municipal. vio los movimientos nocturnos, escuchó los rumores, ató cabos con la precisión de una víbora calculando dónde clavar los colmillos. El 15 de marzo de 1915, Perfecto Ramos escribió una carta al capitán Mendoza.
La escribió con tinta china negra sobre papel fino, con letra elegante y pulcra que contrastaba con la suciedad moral de cada palabra. La carta decía, “Estimado capitán Mendoza, en el rancho La esperanza de la familia Contreras se esconden actualmente 40rifles Mauser, 2000 cartuchos y ocho caballos destinados a las fuerzas villistas.
El jefe de familia, Rodrigo Contreras, es simpatizante activo de Francisco Villa. Sugiero acción inmediata antes de que muevan el arsenal. La compensación acordada debe ser depositada en la cuenta habitual. Respetuosamente, Perfecto Ramos, alcalde de San Pedro. Perfecto Ramos selló la carta con la rojo, rojo como la sangre que estaba por derramarse, y la envió con un mensajero de confianza.
Dos días después recibió respuesta. Los federales atacarían el rancho La Esperanza la noche del 18 de marzo. Esa noche la luna llena brillaba como moneda de plata sobre el desierto de Coahuila. Era una de esas noches donde el silencio pesa más que piedra de molino, donde hasta los coyotes se callan como si supieran que algo terrible está por suceder.
Las 11 de la noche, la familia Contreras dormía. Don Rodrigo roncaba suavemente después de un día entero arreglando cercas. Lucía soñaba con el bautizo de Rosa que se celebraría el próximo domingo. Los niños descansaban en sus petates inocentes, ajenos al infierno que se acercaba cabalgando desde piedras negras.
El capitán Mendoza llegó con 40 federales armados hasta los dientes. Rodearon el rancho en silencio militar perfecto, cerrando cada escape posible. A la señal del capitán, prendieron fuego a la casa por los cuatro costados simultáneamente. El fuego se extendió como furia divina sobre madera seca y techo de palma. Las llamas rugieron tragándose todo, paredes, muebles, recuerdos, vidas.
El humo negro subió hacia la luna llena como oración desesperada que nunca llegó al cielo. Don Rodrigo despertó tosiendo con los pulmones llenos de humo negro. intentó llegar a sus hijos, pero el fuego ya había devorado el pasillo. Lucía gritaba tratando de alcanzar a Rosa. Los gemelos lloraban abrazados en una esquina mientras las llamas los rodeaban.
María intentó romper una ventana, pero las rejas de hierro que don Rodrigo había instalado para proteger a su familia ahora eran su prisión mortal. Joaquín estaba en el establo cuando comenzó todo. Había salido a chequear una yegua preñada que estaba inquieta. Cuando vio las llamas, corrió hacia la casa gritando como animal herido.
Los federales lo detuvieron apuntándole con rifles. “Déjame salvar a mi familia”, suplicaba Joaquín con lágrimas, cortando surcos en su cara llena de ollín. “Por favor, déjenme entrar. Un federal lo golpeó con la culata del rifle. Joaquín cayó al suelo sangrando, pero siguió arrastrándose hacia el infierno que consumía a los suyos.
Y ahí, parado a 30 m de distancia, iluminado por las llamas que devoraban vidas inocentes, estaba Perfecto Ramos. El alcalde había llegado para testimoniar el arresto de traidores, según le dijo al capitán Mendoza, pero la verdad era otra. Quería asegurarse de cobrar su pago. Quería ver con sus propios ojos que la información valía los 100 pesos oro por cabeza que le habían prometido.
Perfecto Ramos sacó un pañuelo blanco y limpió sus anteojos mientras escuchaba los gritos agonizantes que salían de la casa en llamas. Después, con movimientos calculados y fríos como hielo del norte, sacó una bolsa de cuero de su saco. El capitán Mendoza se acercó y depositó las monedas.
100 pesos oro por don Rodrigo, 100 por Lucía, 100 por cada uno de los niños, 600 pesos oro. El precio que Perfecto Ramos puso a seis vidas mexicanas. El traidor contó las monedas una por una, mordiéndolas para verificar que fueran genuinas, mientras a sus espaldas una familia entera moría quemada viva. Las monedas sonaban en sus manos como cascabeles de serpiente.
Cuando terminó de contar, Perfecto Ramos sonrió. Esa sonrisa [ __ ] que helaba la sangre. guardó la bolsa en su saco, se ajustó el sombrero y le dijo al capitán, “Placer hacer negocios con usted, mi capitán. Cuando necesite más información, sabe dónde encontrarme.” Dio media vuelta y caminó hacia su caballo mientras la casa terminaba de derrumbarse en un rugido de madera y tragedia. No miró atrás ni una sola vez.
Joaquín lo vio todo. Tirado en el suelo, sangrando impotente, vio al alcalde, el hombre que sonreía en misa, que saludaba a su padre en la plaza, que había bautizado a Rosa apenas 6 años atrás, contar monedas de oro mientras su familia ardía. Ese momento quedó grabado en el alma de Joaquín Contreras como marca de hierro al rojo vivo.
La imagen de Perfecto Ramos sonriendo, contando monedas, caminando tranquilamente, mientras el mundo de un niño de 14 años se convertía en cenizas y dolor. Los federales se marcharon dejando solo ruinas humeantes y un adolescente destruido. Cuando las llamas finalmente se apagaron, al amanecer, Joaquín entró a lo que quedaba de su hogar.
Encontró seis cuerpos carbonizados abrazados en el centro de lo que había sido la sala. Su familia había muerto junta tratando de protegerse unos a otros hasta elúltimo segundo. Don Rodrigo cubría a Lucía. Lucía cubría a Rosa. Los gemelos se abrazaban. María los abrazaba a todos. Joaquín cayó de rodillas y aulló como lobo herido, un aullido que salió desde lo más profundo de su alma rota, un grito de dolor tan puro que hasta las piedras del desierto lo sintieron.
Esta es la historia de cómo ese niño de 14 años cabalgó hacia la justicia, de como Pancho Villa y Rodolfo Fierro cobraron venganza por seis almas inocentes, de como un traidor llamado Perfecto Ramos aprendió que en el norte de México quien siembra crueldad cosecha justicia y de cómo los buitres del desierto de Coahuila tuvieron el festín más merecido de toda la revolución mexicana.
Los primeros rayos del sol tocaron las ruinas del rancho La esperanza con crueldad obscena, iluminando lo que nunca debió ser visto por ojos humanos. El humo todavía subía en columnas delgadas desde los escombros negros. El olor a carne quemada, mezclado con madera carbonizada flotaba en el aire quieto del amanecer como maldición eterna.
Joaquín Contreras tenía 14 años y acababa de envejecer 50 más en una sola noche. Estaba sentado sobre lo que había sido el portal de su casa, cubierto de ceniza y sangre seca de la herida en su cabeza. Sus ojos, antes brillantes con la inocencia de la juventud, ahora eran huecos vacíos donde solo habitaba el dolor más profundo que puede experimentar un ser humano.
En sus manos sostenía un pedazo de tela quemada. Era lo que quedaba del vestido azul de su hermana María, el vestido que ella misma había abordado durante meses para usarlo en la fiesta del pueblo. Joaquín apretaba esa tela como si fuera lo único que lo mantenía conectado a la cordura. El viento del desierto comenzó a soplar, levantando cenizas que danzaban como fantasmas alrededor del muchacho.
Algunos decían después que ese viento traía voces, los últimos gritos de la familia Contreras pidiendo justicia desde donde quiera que las almas van cuando mueren de forma tan brutal. Joaquín se levantó tambaleándose. Sus piernas apenas lo sostenían, pero había algo más fuerte que el dolor físico moviéndolo ahora. Era esa furia que hierve en el estómago, que sube por la garganta como bilis amarga, que transforma a un niño en algo más peligroso, un niño con nada que perder.
Caminó entre los escombros hasta encontrar lo que buscaba. La caja de metal donde don Rodrigo guardaba sus documentos importantes había sobrevivido al fuego. Adentro, protegido por el metal, estaba el rosario de su madre. cuentas de madera que ella rezaba cada noche pidiendo protección para su familia y la única fotografía que tenían, la familia Contreras completa tomada hace dos años en piedras negras por un fotógrafo ambulante.
Joaquín guardó el rosario y la fotografía en su camisa junto a su corazón que latía con furia contenida. Después buscó entre las ruinas hasta encontrar lo que su padre escondía en el establo. Un rifle viejo, oxidado, pero funcional. Y cinco balas. Cinco balas. Una para cada miembro de su familia muerta.
La sexta bala sería para él mismo después de matar al traidor. Pero primero necesitaba enterrar a los suyos. Durante todo ese día y parte de la noche, Joaquín cabó. Acabó con una pala que encontró medio derretida, con las manos cuando la pala se rompió, con piedras cuando las manos sangraban demasiado. Cabó en la tierra dura del desierto que parecía resistirse a recibir a los muertos, como si supiera que esas almas no merecían estar bajo tierra, sino en el cielo más alto.
Hizo seis agujeros separados, uno para cada uno. Porque aunque habían muerto abrazados, merecían descansar con dignidad individual. Bajó los cuerpos con una delicadeza que partía el alma. Primero a Rosa, tan pequeña que parecía una muñeca de trapo quemada. Después a los gemelos, que incluso en la muerte seguían tomados de la mano.
Luego a María, cuyo cabello largo había desaparecido, pero cuyo corazón valiente quedaba grabado en la memoria. Después a Lucía, su madre, la mujer que lo había traído al mundo y que había muerto tratando de salvar a sus otros hijos. Y finalmente a don Rodrigo, el hombre más honrado que Joaquín conocería jamás. Mientras cubría el último agujero con tierra, Joaquín habló.
Su voz sonaba rota como vidrio molido. Padre, madre, hermanos míos, les juro por esta tierra que los cubre, por el Dios que nos mira desde arriba, por la sangre contreras que corre en mis venas. El que hizo esto va a pagar. Perfecto Ramos va a pagar con cada gota de sangre que derramó, con cada lágrima que causó, con cada momento de terror que ustedes vivieron.
El viento sopló fuerte, como si los muertos escucharan y aprobaran. No sé cómo, no sé cuándo, pero ese hijo de perra va a sufrir y cuando sufra voy a acordarme de cada uno de ustedes. Voy a cobrar su venganza, aunque me cueste la vida. Joaquín hizo seis cruces con palos quemados y las clavó en cada tumba.
Noeran cruces bonitas ni trabajadas, eran toscas negras de ollín. torcidas, pero eran hechas con amor y dolor, y eso las hacía más sagradas que cualquier cruz de iglesia. Cuando terminó, ya era de noche otra vez. Joaquín se sentó entre las tumbas de su familia y por primera vez, desde que todo comenzó, lloró. Lloró como llora un niño que perdió todo.
Lloró hasta que no quedaron más lágrimas. Solo soyosos secos que rasgaban su garganta. Mientras tanto, a 15 km de distancia en San Pedro, perfecto Ramos dormía tranquilamente en su cama de colchón de plumas. El alcalde había llegado a su casa pasada la medianoche después de cobrar su pago. Su esposa, refugio, ni siquiera despertó cuando él entró. Perfecto.
Guardó la bolsa de monedas en su escritorio personal, en el cajón secreto donde acumulaba el oro de la traición. Esa mañana, Perfecto Ramos se levantó temprano como siempre. Se lavó la cara con agua fría de la jofaina, se peinó el bigote ralo con aceite perfumado, se vistió con su traje negro dominical. Era domingo, día de misa.
Refugio le preparó café y pan dulce. ¿Dormiste bien perfecto?”, preguntó ella mientras le servía. “Como bendito”, respondió él con una sonrisa y no mentía. “Dormir después de mandar matar a seis personas no le quitaba el sueño. Al contrario, el peso de las monedas en su cajón secreto lo arrullaba mejor que cualquier nana.” A las 9 de la mañana, Perfecto Ramos caminó hacia la iglesia del pueblo con su Biblia bajo el brazo.
Saludaba a todos con sonrisa amable y palabras dulces. Buenos días, doña Carmen. Que Dios la bendiga, don Felipe. Qué bonita mañana nos regaló el Señor. El pueblo de San Pedro lo veía pasar y pensaba, “¡Qué hombre tan decente nuestro alcalde! Qué bendición tenerlo. Si supieran, la misa comenzó a las 10 en punto.
El padre Anselmo, un anciano de 70 años que llevaba 40 administrando los sacramentos en San Pedro, dirigió el servicio con voz temblorosa, pero llena de fe. Perfecto Ramos se sentó en la primera fila como siempre, cantó los himnos, rezó el Padre Nuestro con voz clara, comulgó con expresión de devoción absoluta.
Cuando el padre Anselmo mencionó en sus oraciones por los difuntos de nuestra comunidad, Perfecto Ramos agachó la cabeza solemnemente hasta se persignó tres veces. Después de misa, en el atrio de la iglesia, se corrió la noticia como pólvora seca. Alguien había visto humo la noche anterior viniendo de la dirección del rancho La Esperanza.
Don Melchor, un ranchero vecino, había ido a investigar esa mañana y encontró todo quemado. La familia Contreras completa susurraba la gente. Todos muertos. Dicen que fueron los federales. Perfecto. Ramos escuchaba las conversaciones con cara de profunda tristeza. Qué tragedia, decía moviendo la cabeza. Qué familia tan honrada era don Rodrigo.
Que Dios los tenga en su gloria. Una viuda se acercó llorando. Don Perfecto, ¿usted sabe algo? Los federales dijeron porque atacaron a los Contreras. Perfecto Ramos la tomó de las manos con gesto paternal. Señora, los caminos del Señor son misteriosos. Quizás don Rodrigo estaba involucrado en cosas peligrosas.
Ya sabe cómo es esta guerra. Uno nunca sabe quién es quién. La viuda asintió tragándose las lágrimas. Nadie sospechaba. Nadie imaginaba que el hombre que los consolaba era el mismo que había firmado la sentencia de muerte. Esa tarde, Perfecto Ramos organizó una colecta en el palacio municipal para ayudar al pobre Joaquín Contreras, si es que sobrevivió.
Recolectaron 85os. Perfecto. Se quedó con 60 y guardó 25 en un sobre que nunca llegó a manos de Joaquín. Los días pasaron. El pueblo lloró a la familia Contreras con el dolor sincero de gente buena que pierde a los suyos. Se hizo una misa de cuerpo presente con seis ataúdes vacíos. El padre Anselmo lloró de verdad mientras bendecía los féretros.
Perfecto Ramos estuvo ahí en primera fila, vestido de negro riguroso, hasta puso cinco pesos para las flores. Cuando terminó la ceremonia, se acercó a cada doliente ofreciendo consuelo con palabras que sonaban huecas como tambor sin parche. Nadie sabía dónde estaba Joaquín. Algunos decían que había muerto también.
otros que se había vuelto loco de dolor y vagaba por el desierto. Los más optimistas pensaban que había huído a Estados Unidos para empezar una vida nueva, lejos de la tragedia. Pero Joaquín no había huído. Joaquín estaba cazando. Durante una semana completa, el muchacho se quedó escondido en las ruinas de su rancho, observando, aprendiendo, planeando.
Su cuerpo sanaba lentamente de las heridas, pero su alma estaba rota de forma irreparable. Y de esa alma rota nació algo peligroso, un propósito único y absoluto. Joaquín sabía que él solo no podía hacer justicia. Un niño de 14 años con un rifle oxidado y cinco balas no podía enfrentarse a los federales ni al alcalde protegido por la autoridad corrupta. Necesitaba ayuda.
Necesitabaalguien que no le tuviera miedo a nada ni a nadie. Necesitaba a Pancho Villa. Las historias de Francisco Villa llegaban a San Pedro como leyendas vivas. Decían que era un hombre de 2 m de altura que podía partir un caballo a la mitad con un machetazo. Decían que sus ojos brillaban en la oscuridad como ojos de lobo. Decían que era la reencarnación de Cuautemoc vengando siglos de injusticia.
Decían que protegía a los pobres y castigaba a los tiranos con furia divina. Joaquín no sabía cuáles historias eran ciertas y cuáles eran exageración de cantina, pero sabía una cosa con certeza absoluta. Villa era el único hombre en todo México que podría y querría vengar a su familia. El problema era encontrarlo.
Los revolucionarios villistas se movían como fantasmas por el norte de México. Atacaban haciendas, robaban trenes, emboscaban federales y desaparecían en el desierto antes de que alguien pudiera seguirles el rastro. Villa podía estar en Chihuahua hoy y en Durango mañana. Encontrarlo era como encontrar una gota específica de agua en el río Bravo.
Pero Joaquín tenía algo que los demás no tenían, desesperación absoluta. Y la desesperación convierte a los hombres en sabuesos que no descansan hasta encontrar lo que buscan. Una noche, mientras Joaquín limpiaba su rifle en las ruinas de su casa, escuchó cascos de caballo. Apagó la pequeña fogata que había encendido y se escondió entre los escombros, rifle listo.
Dos jinetes se acercaron. A la luz de la luna, Joaquín reconoció a uno. Era Macario Juárez, un ranchero de un pueblo vecino conocido por simpatizar con los revolucionarios. El otro hombre era más joven, con cananas cruzadas en el pecho y sombrero norteño. Joaquín Contreras, llamó Macario en voz baja.
Sé que estás ahí, muchacho. Venimos en paz. Venimos a ayudar. Joaquín salió lentamente de su escondite, rifle apuntando. ¿Cómo sé que no son federales? Macario se bajó del caballo con manos arriba. Porque si fuéramos federales ya estarías muerto, chamaco. Vine porque me enteré de lo que pasó y porque sé que estás buscando venganza.
El hombre joven también se bajó. Me llamo Roberto. Soy Dorado de Villa. Don Macario me mandó llamar cuando se enteró de la tragedia. Dime, ¿qué pasó exactamente? Joaquín bajó el rifle. Por primera vez en días sintió algo parecido a la esperanza. Durante una hora completa, Joaquín contó todo, cada detalle, desde cómo su padre escondía armas para villa, hasta la noche del fuego, hasta ver a Perfecto Ramos contar monedas mientras su familia ardía.
Habló con voz cortada por el dolor, pero firme en cada acusación. Roberto escuchaba con expresión cada vez más oscura. Cuando Joaquín terminó, el dorado escupió al suelo con asco. Perfecto, Ramos. Ese nombre ya estaba en nuestra lista de sospechosos, pero no teníamos pruebas. Ahora las tenemos. ¿Pueden matarlo? Preguntó Joaquín con urgencia desesperada.
¿Podemos hacer algo mejor que matarlo? Respondió Roberto con sonrisa sin humor. Podemos llevarte con Villa y Villa decidirá cómo paga este traidor. Pero te advierto, muchacho, lo que Villa hace con los traidores no es bonito, es brutal, es lento, es doloroso. ¿Tienes estómago para eso? Joaquín pensó en su hermana Rosa de 6 años quemándose viva.
Pensó en su madre muriendo tratando de salvarla. pensó en su padre luchando inútilmente contra llamas que devoraban todo. “Tengo estómago para lo que sea necesario”, dijo Joaquín. “Aunque tenga que ver a ese hijo de perra sufrir durante días, aunque tenga que ayudar yo mismo, lo que sea.” Roberto asintió. Entonces, prepárate, chamaco.
Mañana al amanecer cabalgamos hacia el campamento del general Villa y cuando lleguemos vas a conocer lo que es la justicia verdadera del norte. Esa noche, por primera vez la tragedia, Joaquín Contreras durmió. No fue un sueño profundo ni tranquilo. Soñó con fuego y gritos, pero también soñó con algo nuevo, venganza.
Y en San Pedro, perfecto Ramos, también dormía. Soñaba con el oro que seguiría acumulando, con los nuevos nombres que podría vender, con la vida cómoda que la traición le proporcionaba. No sabía, no podía imaginar que a 200 km de distancia, en un campamento revolucionario escondido en las montañas de Chihuahua, su nombre acababa de llegar a oídos del hombre más peligroso de México.
Y Pancho Villa nunca olvidaba un nombre, especialmente el nombre de un traidor. El desierto nunca olvida. Y villa era la memoria del desierto. El amanecer llegó pintando el cielo de Coahuila con tonos rojos y naranjas, colores de sangre y fuego que parecían un presagio de lo que vendría. Joaquín Contreras se levantó antes de que el sol tocara el horizonte, como si su cuerpo supiera que este día marcaría el inicio de algo que no tenía vuelta atrás.
Roberto El Dorado ya estaba despierto preparando los caballos. Le había traído a Joaquín uno color a la joven pero fuerte, con ojos inteligentesque miraban al muchacho como si entendieran el dolor que cargaba. Se llama relámpago dijo Roberto mientras ajustaba la montura. Fue de un federal que ya no lo necesita. Ahora es tuyo. Joaquín acarició el cuello del animal.
Era la primera vez en días que tocaba algo vivo y caliente que no fuera dolor. El caballo relinchó suavemente como dándole la bienvenida a su nuevo dueño. “¿Cuánto tardaremos en llegar al campamento de Villa?”, preguntó Joaquín mientras montaba. Su cuerpo todavía dolía de las heridas, pero el dolor físico era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.
“Tres días de cabalgata dura, respondió Roberto. Pasaremos por territorios peligrosos, federales patrullando, bandidos que no distinguen entre revolucionarios y civiles, y lo peor de todo, el desierto mismo. Pero si cabalgamos rápido y paramos poco, llegaremos vivos.” Macario se acercó y le entregó a Joaquín una cantimplora llena y un morral con ceesina seca y tortillas.
Vete con Dios, muchacho, y cuando veas al general Villa, dile que Macario Juárez de San Antonio manda saludos. Dile que aquí en Coahuila seguimos firmes con la revolución. Joaquín tomó la mano del viejo ranchero y la apretó con fuerza. Don Macario, si no regreso, si algo me pasa en el camino, por favor cuide las tumbas de mi familia.
No dejen que el desierto se las trague. Macario tenía lágrimas en los ojos. Yo mismo pondré flores cada semana, chamaco. Te lo juro por mi madre santa, pero tú vas a regresar. Vas a regresar y vas a ver justicia. Los dos jinetes partieron cuando el sol apenas asomaba. Los cascos de los caballos levantaban polvo que brillaba dorado con la luz del amanecer.
Joaquín no miró atrás. Mirar atrás significaba ver las tumbas de su familia otra vez. Y si las veía, tal vez no tendría fuerzas para seguir. El primer día de cabalgata fue silencioso. Roberto era hombre de pocas palabras, acostumbrado a la soledad del desierto y los silencios largos entre hombres que han visto demasiada muerte.
Joaquín tampoco tenía ganas de hablar. Cada paso del caballo lo alejaba de lo único que había conocido en sus 14 años. Pero también lo acercaba a algo que lo mantenía con vida, la promesa de venganza. Cabalgaron por caminos polvorientos que serpenteaban entre mezquites retorcidos y nopales, que parecían manos petrificadas suplicando al cielo.
El sol del desierto caía como martillo sobre Yunque, golpeando sin piedad. Joaquín sentía la piel de su cara arder, los labios partirse, la garganta secarse hasta sentir que tragaba arena, pero no se quejó. El dolor del sol era nada. El verdadero dolor vivía en su pecho, en el espacio vacío donde antes habitaban seis personas que lo amaban.
Al mediodía pararon bajo la sombra escasa de un mezquite solitario. Roberto compartió ceesina y agua con Joaquín. Comed despacio, advirtió, en el desierto comer rápido te enferma y necesitas fuerza para lo que viene. ¿Qué viene?, preguntó Joaquín entre mordidas. Roberto miró hacia el horizonte con ojos entrecerrados. Esta noche pasamos por territorio donde los federales patrullan.
Si nos ven, nos persiguen y si nos alcanzan, morimos. Así de simple. Joaquín tocó el rifle que cargaba terciado en la espalda. Tengo cinco balas. Cinco balas no son nada contra un pelotón federal, chamaco. Si nos atacan, lo único que nos salvará es la velocidad de estos caballos. ¿Sabes galopar de noche? Aprendí a montar antes de aprender a caminar, respondió Joaquín.
Y era verdad, don Rodrigo lo había subido a un caballo cuando tenía apenas 3 años. Mi padre decía que un hombre del norte que no sabe montar no es hombre completo. Roberto sonrió por primera vez. Tu padre era sabio y estaría orgulloso de lo que estás haciendo. Esas palabras pegaron en Joaquín como puñal en las costillas. ¿Estaría orgulloso don Rodrigo? ¿O estaría decepcionado de que su hijo único sobreviviente buscara venganza en vez de empezar una vida nueva? Joaquín apartó esos pensamientos.
No había espacio para dudas, solo para justicia. Cuando el sol comenzó a bajar, los dos jinetes apuraron el paso. Roberto conocía cada piedra, cada arbusto, cada curva del camino. Lo había recorrido docenas de veces llevando mensajes entre células revolucionarias, transportando armas, escapando de federales.
La noche cayó rápido, como siempre cae en el desierto. Un momento es de día y al siguiente está sumergido en oscuridad. La luna creciente daba apenas suficiente luz para ver el camino. Las estrellas brillaban con intensidad, que solo existe lejos de las ciudades, miles de puntos de luz que parecían testigos silenciosos del viaje de venganza.
Joaquín escuchó los primeros disparos cerca de la medianoche. Pop, pop, pop. Sonido inconfundible de rifles Mauser. Venían del norte a tal vez 2 km de distancia. Roberto levantó la mano pidiendo silencio y detuvo su caballo. Joaquín hizo lo mismo. Los dos se quedaron inmóviles, apenas respirando,escuchando.
Más disparos, después gritos, después un silencio que pesaba más que los gritos. Federales ejecutando a alguien, susurró Roberto. Probablemente revolucionarios capturados o campesinos sospechosos de ayudar a la causa. Es lo que hacen. Matan de noche para que el pueblo despierte con el mensaje de terror en la mañana. Joaquín sintió la furia crecer en su estómago como serpiente enroscándose.
Cuántas viudas, cuántos huérfanos. Cuántas familias destrozadas por hombres que se creían dioses solo porque tenían rifles y autoridad corrupta. “Seguimos,”, ordenó Roberto. “No podemos ayudarlos. Si vamos, morimos también. Y tú necesitas llegar vivo con Villa.” Era lógica fría, pero verdadera. Joaquín apretó las riendas hasta que los nudillos se le pusieron blancos, pero obedeció.
Los dos jinetes rodearon la zona de los disparos cabalgando en silencio, cada uno con su propio tormento de impotencia. El segundo día fue peor. El sol ardía con furia vengativa, como castigándolos por atreverse a cruzar el desierto. Roberto racionaba el agua con disciplina militar, solo dos tragos cada dos horas, porque el siguiente pozo estaba a 40 km de distancia.
Joaquín sentía la lengua hinchada, los labios partidos sangrando, el sudor le empapaba la camisa, pero se secaba instantáneamente dejando manchas de sal. Los ojos le ardían del polvo que el viento levantaba constantemente. Relámpago. El caballo empezaba a mostrar cansancio, con la cabeza más baja y el paso menos seguro.
“Aguanta, muchacho”, le susurraba Joaquín al animal. Aguanta como yo aguanto. Los dos tenemos que llegar. Al mediodía del segundo día llegaron al pozo. Era un agujero rodeado de piedras en medio de la nada, alimentado por un manantial subterráneo que los arrieros usaban desde tiempos de las primeras expediciones españolas. El agua estaba turbia pero fresca.
Roberto dejó que los caballos bebieran primero como debe hacer todo buen jinete. Después llenó las cantimploras y finalmente se permitió beber él mismo. Joaquín hizo lo mismo, aunque cada célula de su cuerpo gritaba por agua. Villa enseña que el caballo vale más que el hombre, explicó Roberto. Sin caballo el hombre muere en el desierto.
Sin hombre el caballo sobrevive. Nunca lo olvides. Mientras descansaban, Joaquín se atrevió a hacer la pregunta que lo atormentaba. ¿Cómo es, Villa? De verdad es como dicen las leyendas. Roberto se recostó contra una piedra, jalando el sombrero sobre los ojos para protegerse del sol. Es más y es menos chamaco.
Las leyendas lo pintan como gigante invencible. La verdad es que es hombre de carne y hueso, pero qué hombre. Hizo una pausa larga. He visto a Villa cargar contra ametralladoras federales sin pestañear. He visto matar a 20 hombres con sus propias manos, pero también lo he visto llorar cuando muere un dorado. Lo he visto repartir su última tortilla con viudas hambrientas. Es complicado.
Y fierro. Dicen que es el demonio mismo, Rodolfo Fierro. Roberto Silvó bajo. Ese sí da miedo, chamaco. Es la mano derecha de Villa, su ejecutor personal. Cuando Villa ordena muerte, fierro la entrega. Dicen que una vez ejecutó a 300 prisioneros federales él solo, uno por uno, durante toda una noche. Nunca se cansó, nunca tembló, solo ejecutó.
Joaquín sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor. ¿Y crees que Villa me ayudará? ¿Crees que le importará lo que le pasó a mi familia? Roberto se incorporó y miró a Joaquín directamente a los ojos. Escúchame bien, Joaquín Contreras. Villa odia tres cosas más que nada en este mundo. Los asendados que explotan a los pobres, los gringos que intentan robar México y los traidores que venden a su propia gente.
Tu perfecto Ramos es el tercer tipo, el peor tipo. Cuando Villa escuche tu historia, no va a descansar hasta ver a ese traidor pagar. Te lo garantizo. Esas palabras le dieron a Joaquín la primera chispa de verdadera esperanza desde la noche del fuego. Cabalgaron toda esa tarde y parte de la noche. Roberto empezaba a reconocer el territorio. Estaban cerca.
Al tercer día, al amanecer, llegaron a las estribaciones de la Sierra Madre. El paisaje cambió de desierto plano a colinas rocosas cubiertas de pinos y encinos. El aire se volvió más fresco, más respirable. Órale, compadre. Si quieres saber como Joaquín finalmente conoció al mismísimo Pancho Villa y como el centauro del norte juró venganza por esta familia masacrada, dale like a este video ahorita mismo.
Suscríbete al canal porque lo que viene está bien cabrón. Villa no perdona traidores y Fierro va a demostrar por qué le dicen el carnicero del norte. Y comenta desde qué ciudad nos estás viendo para que sepamos que la sed de justicia sigue viva en todo México. A media mañana, Roberto levantó la mano indicando parada.
Ya llegamos al primer puesto de vigilancia. A partir de aquí, cada árbol puede tener un dorado escondido con rifle apuntándonos. Sihaces movimientos bruscos, nos matan antes de que puedas explicar. Como invocados por las palabras de Roberto, tres hombres armados salieron de entre los árboles. Llevaban cananas cruzadas, sombreros norteños y expresiones que no daban lugar a bromas.
Sus rifles apuntaban directo a los dos jinetes. “Alto ahí!”, gritó uno. “Identifíquense o son hombres muertos!” Roberto levantó las manos. mostrando las palmas vacías. Soy Roberto Sánchez, dorado del general Villa. Vengo escoltando a Joaquín Contreras de San Pedro, Coahuila. Trae información urgente para el general.
El líder de los vigilantes se acercó con el rifle todavía apuntando. Estudió a Roberto con ojos de águila. Conozco a Roberto Sánchez, pero necesito la contraseña de esta semana. Carranza es perro del gringo”, dijo Roberto sin dudar. El vigilante bajó el rifle y sonrió. Esa es. Bienvenido de vuelta, compadre. ¿Qué trae el chamaco? Historia de traición que le va a hervir la sangre al general.
¿Dónde está el campamento? A 3 km subiendo por el cañón. El general está ahí con fierro y como 50 dorados. Llegaron ache de Chihuahua. Los vigilantes los dejaron pasar. Joaquín sentía el corazón latirle cada vez más rápido. 3 km. En 3 km conocería al hombre que podría darle lo único que necesitaba, justicia.
El campamento villista estaba escondido en un claro natural rodeado de pinos altos. Había como 70 hombres, algunos limpiando rifles, otros cocinando sobre fogatas, algunos durmiendo bajo la sombra de los árboles después de lo que obviamente había sido una cabalgata larga. Y en el centro del campamento, sentado sobre un tronco junto a una fogata, estaba él, Pancho Villa.
No medía 2 met, como decían las leyendas, medía tal vez 175. No tenía ojos que brillaran en la oscuridad. Tenía ojos café, inteligentes, que parecían poder leer el alma de un hombre con una sola mirada. No era joven, tenía ya casi 40 años, pero se movía con energía de hombre de 20. Llevaba el uniforme simple de revolucionario, camisa kaki, pantalón oscuro, botas altas de montar.
Su sombrero norteño descansaba a su lado. Su bigote espeso y negro dominaba su rostro. En su cinturón cargaba dos pistolas Colt 45 y a su lado, recargado contra el tronco, estaba su rifle Mauser personal, el arma que, según las leyendas, nunca erraba un tiro. Junto a Villa estaba otro hombre que inmediatamente dio escalofríos a Joaquín.
Era más joven que villa, delgado pero con músculos de alambre de púas. Tenía cara angulosa, casi esquelética, con ojos que parecían no sentir absolutamente nada. Este tenía que ser Rodolfo Fierro. Roberto desmontó y se acercó con respeto. Mi general, traigo a Joaquín Contreras de Coahuila. tiene información sobre un traidor que ha entregado a 23 revolucionarios a los federales. Villa levantó la vista.
Sus ojos encontraron a Joaquín todavía montado en relámpago. Bájate, muchacho. Aquí nadie habla montado y dame tu rifle. No permito armas cargadas cerca de mi campamento hasta que sepa quién eres. Joaquín desmontó con piernas temblorosas. entregó su rifle a un dorado que lo inspeccionó rápidamente. Caminó hacia la fogata sintiendo que cada ojo del campamento estaba sobre él.
Villa señaló un lugar a su lado. Siéntate. Te ves como si hubieras cabalgado desde el infierno. Roberto, tráele agua y comida al chamaco. Joaquín se sentó, las piernas apenas sosteniéndolo. De cerca Villa era aún más imponente, no por su tamaño físico, sino por la pura presencia. Era como estar sentado junto a una fuerza de la naturaleza apenas contenida en forma humana.
Ahora dijo Villa con voz profunda y clara, cuéntame tu historia y no me mientas ni exageres. Puedo oler la mentira a kilómetros de distancia. Joaquín respiró hondo y comenzó a hablar. contó todo desde el principio, cómo su padre ayudaba a los revolucionarios, como Perfecto Ramos vendía información a los federales, cómo los federales rodearon su casa aquella noche [ __ ] cómo escuchó a su familia morir quemada mientras él no podía hacer nada.
y contó el momento que lo definió todo. Ver a perfecto Ramos parado bajo la luz del fuego contando monedas de oro mientras seis personas inocentes morían. La voz de Joaquín se quebró varias veces. Las lágrimas corrieron por su cara, dejando surcos limpios en el polvo que la cubría, pero siguió hablando hasta terminar la historia completa. Cuando finalmente se cayó, el silencio en el campamento era absoluto.
70 hombres duros, acostumbrados a la muerte y la violencia, escuchaban con caras de piedra, pero ojos que ardían con furia contenida. Villa no había movido un músculo durante todo el relato. Ahora se levantó lentamente, caminó hasta el borde del campamento mirando hacia las montañas. Joaquín vio sus manos apretarse en puños tan fuerte que los nudillos se pusieron blancos.
Cuando Villa se dio vuelta, su cara era máscara de furia controlada. “Fierro”, dijo con voz que sonaba comotrueno distante. Rodolfo Fierro se levantó. Diga a mi general. Perfecto Ramos, alcalde de San Pedro, Coahuila. 23 revolucionarios muertos, una familia de seis quemada viva. Todo por 2,300 pesos oro. Villa escupió al suelo.
Este hijo de perra no merece muerte rápida, merece sufrir. ¿Qué ordena mi general? Villa miró a Joaquín. Muchacho, párate. Joaquín se levantó con piernas temblorosas. Joaquín Contreras, mírame a los ojos. Joaquín obedeció. Los ojos de Villa eran como carbones encendidos. Te voy a hacer una pregunta y quiero la verdad absoluta.
¿Quieres ver a Perfecto Ramos muerto o quieres verlo sufrir? Joaquín, no titubeó. Quiero verlo sufrir. Quiero que sienta cada segundo de terror que sintió mi familia. Quiero que suplique por muerte que no llega. Quiero que se arrepienta de cada moneda que contó. Villa asintió lentamente. Bien, porque eso es exactamente lo que va a pasar. Se volteó hacia Fierro.
Necesitamos infiltrar San Pedro, investigar a este traidor, confirmar todo y cuando tengamos las pruebas, lo sacamos de su casa, de su vida cómoda y le enseñamos lo que pasa cuando vende sangre mexicana. Sí, mi general, ¿cuándo salgo? Ahora. Lleva a tres hombres de confianza. Toma dos semanas para investigar todo.
Quiero saber cada nombre que vendió, cada peso que cobró, cada traición que cometió. Y cuando regreses, vamos a planear la venganza más memorable que este traidor haya visto jamás. Fierro sonríó. No fue sonrisa alegre, fue sonrisa de depredador que acaba de oler sangre. Con permiso, mi general. Joaquín, cuando regrese, perfecto Ramos va a pagar por tu familia.
Te lo juro por la Virgen de Guadalupe. Villa se acercó a Joaquín y puso una mano pesada sobre su hombro. Muchacho, te quedas aquí en el campamento. Vas a entrenar con los dorados. Vas a aprender a disparar bien ese rifle tuyo. Vas a comer y descansar. Y cuando llegue el momento de cobrar venganza, vas a estar ahí. Vas a ver con tus propios ojos cómo ese traidor paga cada gota de sangre que derramó.
Joaquín sintió algo romperse dentro de su pecho. Era el dique que había estado conteniendo toda la emoción. Cayó de rodillas frente a Villa y sollozó como niño, porque eso era un niño que había perdido todo. Villa lo dejó llorar. No dijo palabras vacías de consuelo, solo mantuvo su mano en el hombro del muchacho, firme como roca, mientras Joaquín liberaba días de dolor acumulado.
Cuando los soyosos finalmente pararon, Villa ayudó a Joaquín a levantarse. En el norte de México, chamaco, la palabra de un hombre vale más que todo el oro de las haciendas. Te doy mi palabra. Perfecto Ramos va a pagar y los buitres del desierto van a tener el festín más merecido de su [ __ ] existencia. Esa noche Joaquín durmió por primera vez sin pesadillas, porque por primera vez desde la tragedia tenía algo más poderoso que el dolor.
Tenía esperanza y tenía a Pancho Villa de su lado. Rodolfo Fierro partió del campamento esa misma noche con tres dorados cuidadosamente seleccionados. No eran los más jóvenes ni los más ruidos. Eran lobos viejos que sabían moverse en silencio, que podían pasar por comerciantes o arrieros sin levantar sospechas.
Hombres que habían infiltrado pueblos federales docenas de veces y siempre regresaban vivos. Fierro no era hombre de muchas palabras. Mientras encillaba su caballo, un pinto nervioso que solo él podía montar, le dijo a Joaquín una sola cosa. Cuando regrese, muchacho, vas a saber todo sobre el demonio que mató a tu familia, cada mentira que dijo, cada traición que cometió.
Y cuando Villa le ponga las manos encima, vas a presenciar justicia verdadera. Joaquín vio a los cuatro jinetes desaparecer entre los pinos tragados por la oscuridad de la noche serrana. Se quedó ahí parado largo rato, escuchando el eco de los cascos, hasta que el silencio lo consumió todo. Los días que siguieron fueron extraños para Joaquín.
El campamento villista funcionaba como organismo vivo. Hombres que venían y se iban con mensajes, provisiones, que llegaban de ranchos simpatizantes, entrenamientos constantes. Villa dirigía todo con eficiencia militar, mezclada con cercanía paternal hacia sus dorados. El general cumplió su promesa.
Puso a Joaquín bajo el cuidado de Don Cresencio, un veterano de 50 años. que había peleado desde los primeros días de la revolución. Crescencio tenía cicatrices que parecían mapa de batallas. Una bala federal le había arrancado dos dedos de la mano izquierda. Otra le había dejado ciego del ojo derecho. Un machetazo de un rural le cruzaba desde la ceja hasta la mandíbula.
Muchacho, le dijo Crescencio la primera mañana de entrenamiento, ese rifle tuyo es basura oxidada. Vamos a conseguirte un mouser de verdad y te voy a enseñar a usarlo como hombre del norte. Durante dos semanas, Joaquín aprendió. Aprendió a limpiar un rifle hasta que brillara como plata. Aprendió a disparar apuntando con ambos ojosabiertos, respirando entre disparos, sintiendo el retroceso y compensándolo.
Aprendió a cabalgar pegado al cuello del caballo para presentar menos blanco. Aprendió a dormir con un ojo abierto y el rifle al alcance de la mano. Pero sobre todo, aprendió a esperar. Esperar es lo más difícil cuando la venganza hierve en las venas. Cada día que pasaba sin noticias de fierro era tortura. Joaquín imaginaba a perfecto Ramos caminando libre por San Pedro, sonriendo en misa, contando más oro de más traiciones.
La impotencia lo carcomía como ácido. Villa lo notó. Una noche se sentó junto a Joaquín en la fogata. Te consume por dentro, ¿verdad? La espera. Joaquín asintió sin confiar en su voz. La venganza es caliente, te quema por dentro, dijo Villa mirando las llamas. La justicia es fría, pero dura para siempre.
Fierro está haciendo el trabajo necesario. Cuando actúes con información completa, el golpe es definitivo, sin errores, sin escape. Y si Ramos huye? ¿Y si alguien le avisa que estamos investigando? Villa sonrió sin humor. Fierro es fantasma, muchacho. Nadie sabe que está ahí hasta que es demasiado tarde. Confía en él. Mientras tanto, a 200 kilómetros de distancia en San Pedro, Rodolfo Fierro se había convertido en otra persona.
Se había disfrazado como vendedor ambulante de medicinas. Cargaba un carrito destartalado lleno de botellas con líquidos de colores dudosos que supuestamente curaban desde dolor de muelas hasta impotencia. Era disfraz perfecto. Los vendedores ambulantes iban de pueblo en pueblo, hablaban con todos, escuchaban chismes y nadie sospechaba de ellos.
Los tres dorados que lo acompañaban también se habían infiltrado. Uno se hizo pasar por arriero buscando trabajo, otro por borracho que cantaba corridos en la cantina a cambio de tequila. El tercero simplemente se sentaba en la plaza todo el día tallando madera, observando todo, hablando con nadie. Fierro llegó a San Pedro un martes por la mañana.
El pueblo estaba tranquilo, casi adormecido bajo el sol implacable de Coahuila. Empezó su trabajo inmediatamente, gritando en la plaza, “Medicinas milagrosas! Cura todo mal, barato, barato. Las mujeres se acercaban curiosas. Fierro les vendía sus pósimas con labia de estafador profesional, pero mientras hablaba de remedios hacía preguntas.
¿Y cómo está el pueblo, señora? Tranquilo, ¿los federales molestan mucho? Ay, los federales vienen seguido, se quejaba una viuda. Buscan revolucionarios, dicen. Han matado a varios del pueblo. De veras, qué tragedia. Y el alcalde no hace nada. La viuda bajaba la voz como si compartiera secreto peligroso.
Don Perfecto dice que coopera con las autoridades, que es por nuestro bien, pero hay quien dice se callaba mirando alrededor. ¿Qué dicen, señora? Fierro se inclinaba con interés genuino. Dicen que sabe demasiado, que los federales siempre llegan justo cuando hay revolucionarios escondidos. Coincidencias. muy convenientes. Fierro asentía pensativo. Qué curioso.
Esta conversación se repitió docenas de veces durante la primera semana. Las mujeres del pueblo, siempre más perceptivas que los hombres, siempre con oídos en todas partes, compartían sus sospechas. Nadie tenía pruebas, pero todos sentían que algo estaba podrido en San Pedro. El dorado disfrazado de borracho trabajaba otro ángulo.
En la cantina, entre tragos de tequila malo y canciones desafinadas, escuchaba las conversaciones de los hombres. Una noche, después de que el cantinero cerró, el dorado fingió estar tan borracho que no podía caminar. El cantinero, hombre mayor llamado don Rutilio, lo ayudó a sentarse afuera. Usted es buen hombre, don Rutilio. Balbuceó el dorado.
No como ese alcalde que dicen que vende a su propia gente. Don Rutilio se tensó. ¿Quién dice eso? Todo el mundo lo sabe, compadre. Todo el mundo. 23 muertos en 6 meses. ¿No le parece mucho? El cantinero miró alrededor asegurándose de que estaban solos. No se puede hablar de eso. Es peligroso. Peligroso. ¿Por qué? Porque es verdad.
Don Rutilio suspiró pesadamente. Mire, amigo, yo no sé nada seguro, pero he visto cosas. He visto al capitán Mendoza de los federales venir al pueblo de noche. He visto reunirse con el alcalde Ramos en su casa. He visto alcalde contar dinero después de esas reuniones, dinero que un alcalde de pueblo pobre no debería tener.
El dorado fingió sorpresa ebria. No puede ser. Puede ser y es. Pero si dice que yo le dije algo, lo niego todo. Tengo familia que proteger. Era información valiosa. Pero Fierro necesitaba más que rumores, necesitaba pruebas. Pruebas que pudieran mostrar a Villa, pruebas que justificaran la venganza que iban a ejecutar.
La segunda semana, Fierro cambió de estrategia. descubrió que Perfecto Ramos tenía un vicio. Le gustaba el juego. Cada jueves por la noche, el alcalde se reunía con otros hombres del pueblo a jugar monte en la trastienda de la tienda de abarrotes. Fierro se arregló para ser invitado. Eljueves llegó vestido con su mejor ropa de vendedor exitoso con dinero en el bolsillo que sonaba tentador.
El dueño de la tienda, don Maclovio, lo recibió con codicia en los ojos. Bienvenido, amigo. Trae plata para apostar. Traigo suficiente para limpiarlos a todos, respondió Fierro con sonrisa arrogante. En la trastienda había seis jugadores además de Fierro y uno de ellos era perfecto Ramos. Era la primera vez que Fierro veía al traidor en persona.
Ramos era exactamente como Joaquín lo había descrito, hombre pequeño, con anteojos redondos, bigote ralo, manos suaves. Vestía traje negro a pesar del calor. Sonreía mostrando dientes manchados. Fierro sintió el impulso casi irresistible de sacar su pistola y volarlo la cabeza ahí mismo, pero se controló.
La venganza caliente es satisfactoria. La venganza fría es perfecta. Jugaron durante horas. Fierro dejó que Ramos ganara las primeras manos inflando su ego. El alcalde se volvía más hablador con cada trago de mezcal, más arrogante con cada peso que ganaba. “Usted es nuevo en el pueblo”, le dijo Ramos a Fierro.
“¿Qué lo trae por estos rumbos? El negocio de medicinas, respondió Fierro repartiendo cartas. Voy de pueblo en pueblo. Aquí la gente es generosa. Me gusta. Pues tenga cuidado. Estos tiempos son peligrosos. Hay revolucionarios por todos lados, villistas locos que quieren destruir el orden. Fierro apretó las cartas, pero mantuvo la cara neutral. De veras.
¿Y usted como alcalde qué hace al respecto? Ramos se infló como pavo real. Yo coopero con las autoridades federales. Mantengo este pueblo seguro. Cuando sé de elementos peligrosos, informo a quien corresponde. Qué valiente de su parte, don perfecto. No es valentía, es deber patriótico. Ramos bajó la voz como compartiendo secreto entre hombres.
Y entre usted y yo, amigo, ese deber paga bien. Los federales son generosos con quienes les ayudan. Fierro sintió la sangre hervirle. Ahí estaba. Confesión directa. Este hijo de perra ni siquiera tenía vergüenza de admitir que vendía información. Siguieron jugando. Fierro dejó que Ramos ganara más dinero. El alcalde se emborrachaba, se volvía más suelto de lengua.
empezó a presumir de cuánto ganaba, de cómo los federales dependían de su información, de cómo era indispensable para mantener el orden. Cuando la partida terminó pasada la medianoche, Ramos había ganado 40 pesos. Estaba tan borracho que apenas podía caminar derecho. Fierro se ofreció a ayudarlo a llegar a su casa. “Es usted buen hombre”, balbuceció Ramos apoyándose en fierro.
“Hacen falta hombres buenos en estos tiempos. Fierro lo guió por las calles oscuras de San Pedro, sintiendo el peso obsceno de la ironía. El hombre que vendía revolucionarios estaba siendo escoltado por uno de los revolucionarios más peligrosos de México. Cuando llegaron a la casa del alcalde, una construcción de adobe más grande y mejor mantenida que las demás del pueblo, Ramos se detuvo en la puerta.
Gracias, amigo. Vuelva al juego la próxima semana. Me gusta su compañía. Fierro sonrió sin alegría. No se preocupe, don perfecto. Nos volveremos a ver muy pronto. No tenía idea de cuán pronto ni bajo qué circunstancias. Esa noche, mientras Ramos dormía, su borrachera, Fierro y sus tres dorados se reunieron en secreto afuera del pueblo.
Compararon notas. Las piezas encajaban perfectamente. Ramos vendía información regularmente al capitán Mendoza. Cobraba 100 pesos oro por nombre. Tenía dinero escondido en su casa que no podía explicar con su salario de alcalde. Pero todavía faltaba la prueba definitiva, los documentos, las cartas, la evidencia física que no podía negarse.
Fierro tomó la decisión más arriesgada de la misión. Vamos a entrar a su casa. ¿Cuándo?, preguntó uno de los dorados. Mañana, de día, cuando esté en el palacio municipal trabajando. Era audaz hasta la locura. Entrar a la casa del alcalde en pleno día con su esposa probablemente adentro, con vecinos por todos lados.
Pero Fierro conocía la psicología del cobarde. Los cobardes esconden sus secretos donde creen que nadie va a buscar. en su propia casa bajo su propia nariz. Al día siguiente, viernes, Fierro se presentó en la casa de Perfecto Ramos vendiendo medicinas. Refugio, la esposa del alcalde, abrió la puerta. Era mujer entrada en carnes con cara amable de quien no sabe que está casada con un demonio.
Señora, traigo medicina para el dolor de cabeza que su esposo debe tener después del juego de anoche, dijo Fierro con sonrisa de vendedor. Refugio se rió. Ay, sí, llegó bien tomado el sinvergüenza. Pase, pase, le voy a comprar algo. Fierro entró a la casa escaneando todo con ojos de águila. la sala, la cocina, el pasillo que llevaba a las recámaras.
Refugio lo llevó a la cocina para mostrarle dónde guardaba sus medicinas caseras. Mientras ella buscaba dinero para pagar, Fierro vio la oportunidad. La puerta del estudio de Ramos estaba entreabierta. ¿Puedo usarsu letrina, señora? está al fondo del patio. Fierro salió hacia el patio, pero en vez de ir a la letrina, se deslizó al estudio.
Tenía tal vez 2 minutos antes de que refugio sospechara. El estudio era pequeño, un escritorio viejo, estantes con libros, ninguna caja fuerte visible. Fierro abrió cajones rápidamente, papeles del municipio, correspondencia normal, nada incriminatorio. Después vio el retrato de un santo en la pared. Santo Judas, qué ironía.
Fierro movió el retrato y ahí estaba, un hueco excavado en la pared de adobe y adentro una caja de metal. La abrió. documentos, decenas de documentos, cartas firmadas por perfectos Ramos dirigidas al capitán Mendoza. Listas de nombres con precios al lado, recibos de pago y lo más condenatorio, un registro meticuloso que Ramos llevaba en un cuaderno pequeño.
Fierro lo abrió y su sangre se heló. Ahí estaban los 23 nombres, cada uno con fecha, cantidad pagada y destino. Sebastián Flores, 100 pesos oro, fusilado, 8 de enero. Hermanos Aguirre, 200 pesos oro, colgados 15 de enero. La lista continuaba hasta llegar a la última entrada, fechada 15 de marzo. Familia Contreras completa, 600 pesos oro quemados en su casa.
Fierro sintió manos temblarle de furia. Este hijo de perra llevaba contabilidad de sus traiciones. Como comerciante honesto llevaba inventario. Había documentado su propia maldad. Con precisión obscena escuchó pasos. Refugio buscándolo. Fierro. Tomó el cuaderno y tres cartas que parecían más incriminatorias, las metió dentro de su camisa, regresó todo lo demás a la caja, cerró el hueco, acomodó el retrato, salió justo cuando refugio asomaba la cabeza. Ya salió de la letrina.
Ya, señora. Discúlpeme la tardanza. El estómago no está bien. Le vendió una botella de medicina para problemas digestivos, que era básicamente agua con menta. Cobró 2 pesos y salió de la casa con el tesoro más valioso escondido contra su pecho. Esa noche, los cuatro revolucionarios abandonaron San Pedro silenciosamente.
Su trabajo estaba hecho. Tenían todo lo que Villa necesitaba. El viaje de regreso al campamento tomó dos días de cabalgata dura. Fierro no descansaba. La urgencia de entregar las pruebas lo consumía. Cuando finalmente llegaron al campamento en la sierra, Villa y Joaquín estaban esperando. Fierro desmontó y caminó directo hacia Villa.
Sin decir palabra, sacó el cuaderno de su camisa y se lo entregó. Villa lo abrió, leyó. Su cara se volvió máscara de granito. Seguía leyendo, pasando páginas y con cada página su mandíbula se apretaba más. Joaquín estaba a su lado. ¿Qué dice mi general? Villa cerró el cuaderno, le dio vuelta y se lo mostró a Joaquín. Lee, lee lo que ese demonio escribió sobre tu familia.
Joaquín tomó el cuaderno con manos temblorosas, encontró la página, leyó en voz alta la voz quebrándose, familia contreras completa, 600 pesos oro quemados en su casa. Se cayó. El silencio que siguió era más pesado que piedra de molino. Entonces Joaquín rugió. Fue grito de dolor puro que salió desde lo más profundo de su alma.
tiró el cuaderno al suelo y cayó de rodillas soyloosando con furia y tristeza mezcladas. Villa recogió el cuaderno, lo guardó cuidadosamente, después puso mano en el hombro de Joaquín y habló con voz que era promesa de muerte. Fierro, prepara la trampa. Vamos a sacar a ese hijo de perra de su casa y cuando lo tengamos le vamos a enseñar que en el norte de México quien vende sangre mexicana paga con su propia sangre, multiplicado por 100. Fierro sonríó.
Ya tengo el plan, mi general, y va a ser perfecto. El plan de fierro era simple, pero brutal en su eficacia. La codicia de Perfecto Ramos sería su perdición. El hombre no podía resistir la tentación de más oro, más traiciones, más sangre convertida en monedas. Villa escuchó el plan completo esa noche alrededor de la fogata.
Cuando Fierro terminó de explicar, el general se quedó pensativo largo rato mirando las llamas danzar. Finalmente asintió. Es perfecto. Ese hijo de perra va a correr directo a la trampa con las alforjas vacías y el corazón lleno de codicia. Fierro ya tenía todo preparado. Durante su infiltración en San Pedro había robado papel oficial del palacio municipal y el sello personal del alcalde.
Ahora, sentado bajo la luz de una lámpara de aceite, comenzó a escribir la carta que condenaría a Perfecto Ramos. La caligrafía tenía que ser perfecta. Letra de oficial federal educado, no de revolucionario. Fierro escribió despacio cuidando cada trazo. Estimado alcalde Perfecto Ramos, soy el teniente coronel Esteban Villareal del Quíncoto Regimiento Federal, recién asignado a Piedras Negras.
El capitán Mendoza me informó de su valiosa cooperación en asuntos de seguridad nacional. Tengo información urgente que requiere su pericia. Hemos identificado una célula villista operando en la región de Jiménez. Aproximadamente 15 revolucionarios escondidos en ranchos desimpatizantes. Necesito nombres exactos, ubicaciones y movimientos.
Dada la urgencia y sensibilidad del asunto, prefiero reunirnos en persona lejos del pueblo para evitar sospechas. Propongo el rancho abandonado Los Sauces en el camino a Jiménez, el martes 8 de abril a las 2 de la tarde. Por esta información especial estoy autorizado a pagar triple de la tarifa normal, 300 pesos oro por nombre verificado.
Traiga toda la información que tenga. La patria se lo agradecerá. Atentamente, Tete, Esteban Villareal, cinco regimiento federal. Fierro relevó la carta tres veces buscando errores. Tenía que ser convincente. Tenía que despertar la avaricia de Ramos sin levantar sospechas. Cuando estuvo satisfecho, la selló con la rojo robado y la guardó en un sobre oficial también robado.
¿Quién la va a entregar?, preguntó Villa. Yo mismo, respondió Fierro, disfrazado de mensajero militar. Entro al pueblo, entrego la carta en mano al alcalde y me voy. Simple, rápido, sin sospechas. Dos días después, un martes por la mañana, un jinete vestido con uniforme federal desgastado llegó al palacio municipal de San Pedro.
Era fierro, irreconocible bajo el uniforme y con bigote falso pegado con resina. Entró al palacio con paso militar seguro. Busco al alcalde Perfecto Ramos. Traigo correspondencia urgente del cincoto regimiento. La secretaria del alcalde, mujer mayor y chismosa, lo miró con curiosidad. ¿De qué se trata? Assunto oficial.
Solo puedo entregarlo en persona al alcalde. Perfecto. Ramos salió de su oficina ajustándose los anteojos. Sí. ¿Qué necesita? Fierro le entregó el sobre. Correspondencia del teniente coronel Villareal. Señor, me ordenó esperar respuesta. Ramos abrió el sobre ahí mismo. Sus ojos brillaron detrás de los anteojos mientras leía.
Fierro lo vio morder el anzuelo en tiempo real, la codicia cruzando su cara como sombra de buitre, 300 pesos oro por nombre, el triple de lo normal. Ramos prácticamente salivaba pensando en las ganancias. “Dígale al teniente coronel”, dijo Ramos con voz temblorosa de excitación, “queé. El martes a las 2 en punto, con toda la información que necesita, Fierro saludó militarmente.
A sus órdenes, señor alcalde. Dio media vuelta y salió antes de que Ramos pudiera hacer más preguntas. Mientras cabalgaba fuera del pueblo, Fierro sonrió debajo del bigote falso. El pez había mordido el anzuelo. Ahora solo faltaba jalarlo del agua y verlo retorcerse en la tierra seca. El rancho Los Sauces estaba a medio camino entre San Pedro y Jiménez, en territorio que no era de nadie, demasiado lejos de ambos pueblos para que alguien escuchara gritos o disparos.
Era el lugar perfecto para lo que Villa tenía planeado. El lunes por la noche, Villa cabalgó hacia los sauces con 30 dorados y Joaquín Contreras. La luna llena iluminaba el camino como si Dios mismo quisiera alumbrar la justicia que estaba por ejecutarse. Llegaron al rancho pasada la medianoche. Los hauses era una construcción de adobe semiderrumbada, abandonada desde que los federales mataron al dueño original 3 años atrás.
Paredes agrietadas, techo con huecos, corrales vacíos donde antes pastaban caballos. Silencio de tumba. Villa inspeccionó el lugar con ojo táctico. Fierro, tú con 10 hombres escondidos en el granero, otros 10 detrás de los corrales. Yo voy a estar adentro de la casa con Joaquín y el resto.
Cuando Ramos entre, cerramos todas las salidas. Que no escape ni su sombra. Los dorados se posicionaron con eficiencia silenciosa de lobos acechando presa. Joaquín temblaba, no de miedo, sino de anticipación. Después de semanas de espera, finalmente iba a ver al asesino de su familia cara a cara. Villa se sentó junto a Joaquín en lo que quedaba del portal del rancho.
Sacó su pistola Colt 45 y comenzó a limpiarla meticulosamente. El ritual era casi meditativo. Cada movimiento preciso, cada pieza inspeccionada con cuidado. “Muchacho”, dijo Villa sin levantar la vista de su arma. “mañana vas a ver cosas que nunca olvidarás, cosas que te van a cambiar.” Cuando le pongamos las manos a Ramos, lo que va a pasar no va a ser bonito ni rápido, va a ser brutal, va a ser largo.
¿Estás seguro que quieres presenciarlo? Joaquín no dudó ni un segundo. Mi general, necesito estar ahí. Necesito que ese hijo de perra sepa que el niño que vio entre las llamas sobrevivió, que la familia Contreras no murió completa, que alguien quedó para cobrar venganza. Villa asintió satisfecho.
Bien dicho, porque mañana Perfecto Ramos va a aprender que en el norte de México la traición se paga con sangre y los buitres nunca rechazan un banquete merecido. La noche pasó lenta como miel fría. Los dorados dormían en turnos, siempre con rifles listos. Joaquín no pudo dormir ni un minuto. Se quedó despierto mirando las estrellas, pensando en su familia.
preparando mentalmente lo que le diría a Ramos cuando lo tuvieran capturado. El amanecer llegó pintando el cielo derojo sangre. Los dorados se posicionaron finalmente. El silencio era absoluto. Ni los pájaros cantaban como si la naturaleza misma supiera que algo terrible estaba por suceder en ese lugar maldito.
A las 2 de la tarde, el sol caía vertical y brutal. El calor hacía temblar el aire y entonces en el horizonte polvoriento apareció una figura solitaria a caballo. Perfecto Ramos. El alcalde cabalgaba con parsimonia, sin prisa, confiado. Vestía su traje negro habitual, a pesar del calor infernal. Llevaba alforjas terciadas en el caballo, vacías, listas para llenarse de oro federal.
Fierro lo observaba desde el granero a través de una grieta en la madera. Apretó su rifle con fuerza contenida. Ya llegó la rata susurró a los dorados que lo acompañaban. Dejen que entre. Cuando villa de la señal, cerramos todas las salidas. Ramos llegó al rancho y desmontó. amarró su caballo al poste del portal y miró alrededor.
Teniente coronel Villareal, llamó con voz que intentaba sonar segura, pero temblaba ligeramente. La puerta del rancho se abrió. Villa salió vestido con uniforme federal que habían quitado a un oficial muerto. A la distancia y con el sol en los ojos, Ramos no podía ver claramente su cara. Pase, alcalde Ramos, dijo Villa con voz que no era la suya, más aguda, más educada, más federal.
Entremos a la sombra para discutir los detalles. Ramos sonrió mostrando sus dientes manchados. Caminó hacia la casa con codicia, brillando en sus ojos detrás de los anteojos. Entró y en ese momento la trampa se cerró como mandíbulas de hierro. Fierro y sus hombres salieron del granero. Los otros dorados emergieron de detrás de los corrales, todos apuntando con rifles, todas las salidas bloqueadas.
Adentro de la casa Villa se quitó el sombrero federal. Ramos lo vio claramente por primera vez y sus ojos se abrieron con terror absoluto. Reconoció instantáneamente la cara del hombre más buscado de México. Pancho Villa! susurró Ramos, la voz quebrándose. El mismo dijo Villa con sonrisa sin humor. Y usted debe ser perfecto Ramos, el traidor de San Pedro, el hombre que vende sangre mexicana por monedas de oro.
Ramos retrocedió, pero Joaquín apareció bloqueando la puerta. El niño que el alcalde había visto entre las llamas tres semanas atrás. El único sobreviviente de la familia Contreras. Ramos se puso blanco como cal. Sus piernas temblaron. Joaquín, o tú pensé que habías muerto. Pues pensó mal, hijo de perra, dijo Joaquín con voz que destilaba odio puro.
Sobreviví y vine a cobrar lo que me debe. Ramos intentó correr, pero dos dorados lo agarraron de los brazos. Lo aventaron al suelo de tierra. El alcalde cayó de rodillas, los anteojos volando de su cara. Villa se paró frente a él, sacó algo de su bolsillo. Era el cuaderno, el registro de traiciones que Ramos llevaba meticulosamente.
23 nombres, dijo Villa abriendo el cuaderno. 23 almas mexicanas que usted vendió por 2,300 pesos oro. Pero la peor traición, Villa encontró la página fue esta. Familia Contreras completa, 600 pesos oro quemados en su casa. Ramos Soyosaba. Yo, yo solo. Los federales me obligaron. Mentira, rugió Villa.
Su voz retumbó en las paredes de adobe como trueno divino. Nadie lo obligó. Usted vendió esas vidas por codicia, por dinero, por oro manchado de sangre. Fierro entró a la casa, llevaba cuerdas y cadenas. Empezamos, mi general. Villa miró a Joaquín. Muchacho, este demonio es tuyo, pero antes de que pague tiene que saber exactamente por qué sufre.
Cuéntale, cuéntale lo que viste esa noche. Joaquín se arrodilló frente a Ramos. Sus ojos, antes llenos de lágrimas, ahora solo contenían furia helada. Y comenzó a hablar. Habló de escuchar a su familia quemarse viva, de ver a Ramos contar monedas mientras Rosa de 6 años moría, de enterrar seis cuerpos carbonizados con sus propias manos sangrantes, de cada noche sin dormir, torturado por los gritos que nunca paran de sonar en su cabeza.
Cuando terminó, hasta los dorados más duros tenían lágrimas en los ojos. Ramos lloraba como niño. Por favor, perdónenme. Tengo familia, tengo esposa. Mi familia también tenía familia. Dijo Joaquín. ¿Dónde estaba tu perdón cuando Rosa suplicaba por su vida? Villa hizo señal a fierro. Amárrenlo bien, lo llevamos al desierto y ahí le vamos a dar el juicio que se merece.
Los dorados ataron a Ramos con cadenas. Lo montaron en un caballo boca abajo como costal de basura. El traidor soyozaba y suplicaba, pero nadie escuchaba. La hora de las súplicas había pasado. La cabalgata hacia el lugar de la ejecución comenzó. 30 dorados, un niño vengador, un traidor condenado y la promesa de justicia que finalmente finalmente sería cumplida.
El desierto los esperaba y los buitres ya comenzaban a reunirse en el cielo como si supieran que pronto habría festín. 20 km dentro del desierto de Coahuila, donde ni los coyotes se atreven a caminar de día, Villa ordenó parada. Había un mezquitesolitario, retorcido, negro, como esculpido por el [ __ ] mismo para este propósito exacto. Bájenlo, ordenó Villa.
Los dorados arrastraron a Ramos del Caballo. El traidor caía de rodillas suplicando, “Por favor, tengo dinero, les doy todo.” Villa se arrodilló frente a él. Perfecto, Ramos, por 23 traiciones, por seis almas quemadas. Te sentencio a muerte lenta. Vas a morir como mueren los traidores. Abandonado, olvidado, comida de buitres.
Fierro comenzó el castigo. Quebró cada dedo de ramos uno por uno mientras el traidor aullaba. Después le cortó la lengua para que no pudiera gritar pidiendo ayuda. Finalmente le arrancó los ojos para que lo último que viera fueran las caras de los hombres que vengaba. Lo amarraron al mezquite con alambre de púas, piernas quebradas sangrando de todas las heridas.
Villa vació las alforjas de ramos. Estaban llenas con las 2300 monedas de oro que había acumulado traicionando. Las esparció alrededor del Mezquite como testigos eternos. “Los buitres decidirán tu castigo final, Judas”, dijo Villa. Joaquín escupió en la cara del traidor. “Esto es por mi familia. Los 30 dorados se alejaron cabalgando.
Dejaron a Perfecto Ramos amarrado, ciego, mudo, rodeado del oro que nunca gastaría. Los buitres llegaron al tercer día. Dicen que Ramos tardó 4 días completos en morir. Hasta hoy esa zona se conoce como la cruz del traidor. Las monedas desaparecieron, pero la leyenda permanece.
En el norte de México todavía se cuenta esta historia. Se cuenta para recordar que hubo tiempos donde la justicia era real, donde los traidores pagaban, donde hombres como Villa no perdonaban la sangre derramada. Dale like si crees que la justicia verdadera nunca muere. Suscríbete para más leyendas revolucionarias y comparte esta historia para que nunca olvidemos que en México quien siembra crueldad cosecha justicia.
La revolución vive compadre y la memoria de los caídos también. Yeah.















