De los barrios de inmigrantes al trono de América

De los barrios de inmigrantes al trono de América | Frank Sinatra
Rompió todas las leyes de la naturaleza, incluso antes de dar su primer respiro. Sobrevivió a pesar de la medicina, construyó un imperio a pesar de sus orígenes y se convirtió en la voz de todo un país, a pesar de todo lo que realmente era. Una cicatriz en su rostro y millones de mujeres perdieron la cabeza, una firma en un contrato y hombres con sombrero y acento italiano salían de noche a resolver problemas.
¿Qué clase de persona se necesita para tener a la mafia trabajando para ti, al presidente necesitándote y al mundo entero llorando cuando te vas? Vean las historias de Carlos Valverde y Fran Sinatra. Fue en la noche del 12 de diciembre de 1915 cuando Natalia Garaventa comenzó a sentir los dolores del parto.
No hubo tiempo de llegar al hospital. Las contracciones avanzaban demasiado rápido y el niño venía mal colocado. En el piso de la calle Monroe Street en Hoboken, estado de Nueva Jersey, los médicos tuvieron que recurrir a los forceps para sacarlo adelante. El instrumento le dejó marcas profundas en la mejilla izquierda, en el cuello y en la cabeza, y además le perforó el tímpano del oído izquierdo.
Cuando por fin consiguieron extraerlo, el niño no respiraba. Los médicos lo dieron por perdido. Fue la abuela materna quien tomó al recién nacido, lo llevó bajo el agua frifo y lo sostuvo allí con una determinación que ningún manual médico prescribía. Y funcionó. El niño lanzó un grito. Ese fue el primer sonido de la futura estrella más grande de América.
Los médicos le dijeron a Natalia que nunca volvería a quedarse embarazada. Aquel niño dañado, aquel hijo único, se llamaría Francis Albert Sinatra. En casa lo llamarían Frank. Lo que nadie supo entonces es que aquellas heridas del cimiento lo acompañarían toda la vida y que con el tiempo dejarían de ser una desgracia para convertirse en una ventaja.
La cicatriz del rostro le daría un aire de hombre que ha vivido de verdad. La perforación del tímpano lo mantendría alejado de los frentes de guerra cuando llegara el momento, pero eso estaba muy lejos todavía. En 1915, Fran Sinatra era solo un bebé italiano en un barrio de inmigrantes y nadie apostaba nada por él.
Hoboken era entonces una ciudad dura, apretada contra la orilla del río Hudson, frente a la silueta de Manhattan. Llegaban barcos cargados de europeos que buscaban una vida mejor y muchos de ellos se quedaban allí mismo en las calles estrechas de Nueva Jersey, porque el dinero no alcanzaba para cruzar el río. Los italianos formaban una comunidad compacta con sus propias leyes, sus propias lealtades y sus propios métodos para resolver los problemas.
La familia Sinatra era parte de ese mundo. El padre de Frank, Antonino Martino Sinatra, conocido como Marty, era un hombre de pocas palabras y muchos trabajos. Había participado en combates de boxeo para ganar algo de dinero, trabajado en los astilleros y ejercido de caldero. La vida le había enseñado que un hombre de origen humilde tenía que ganarse cada centímetro de terreno a golpes y así se lo transmitía a su hijo.
Si alguien te insulta, decía Marty, le rompes la cabeza o al menos lo intentas. Pero la figura dominante de la familia no era él, era Natalia, a quien todos llamaban Dolly, porque era menuda y guapa como una muñeca. Aunque tenía el carácter de quien no necesita que nadie la defienda. Dolly había crecido en el norte de Italia, en una familia con más recursos que la de Marti y era considerablemente más educada que él.
Cuando llegó la ley seca a Estados Unidos en 1917, Dolly vio la oportunidad y la aprovechó sin dudarlo. Se puso a dirigir un Barcleandestino mientras Marti custodiaba los camiones de los contrabandistas. Todo ello bajo la protección de la mafia italiana, que por aquel entonces ya controlaba buena parte del barrio y tenía ambiciones de llegar mucho más lejos.
Dolly consiguió establecer contactos con personas influyentes y llegó a ser militante del partido demócrata. Incluso intentó ser alcaldesa de Hoboken. Muchos artículos de la época señalaban que detrás de esa ambición política estaban los mismos hombres que controlaban el negocio del alcohol ilegal. En aquel mundo, las conexiones criminales y las conexiones políticas eran con frecuencia las mismas conexiones.
Frank creció en ese ambiente sin que nadie lo llamara de otra manera. Era el único hijo y eso significaba que todo era para él. Mientras los niños de familias numerosas heredaban la ropa de sus hermanos mayores, Frank siempre iba impecable. Los padres y la abuela le daban dinero sin tener que compartirlo con nadie.
Con el tiempo, Dolly y Marty ganaron suficiente como para comprarse una casa de tres plantas y un automóvil, lo que en aquella época y en aquel barrio equivalía a una riqueza casi escandalosa. En la escuela, Frank era un desastre, no en el sentido de un niño problema, sino en el sentido de un niño que sencillamente no estaba allí.
Faltaba a clase con una regularidad que habría desesperado a cualquier maestro. se escapaba con sus amigos a recorrer la ciudad, cogía el tren hasta Nueva York y volvía por la noche diciendo que todo iba estupendamente en el colegio. Solo había dos cosas que de verdad le interesaban en el instituto. La primera eran los bailes.
Frank no se perdía una sola fiesta. Se planchaba el traje, lustraba los zapatos, se anudaba la corbata con cuidado y salía a bailar con esa seriedad elegante que ya entonces lo distinguía. La segunda eran las chicas. Cada una que pasaba por su lado era una posibilidad y Frank las perseguía todas como una energía que no desplegaba en ninguna otra actividad.
Había, sin embargo, algo más. Desde muy joven, Frank tenía una voz que llamaba la atención. En las esquinas del barrio, mientras sus amigos aprovechaban el corrillo de curiosos para meterles la mano en los bolsillos, Frank cantaba. Era un sistema que funcionaba. Él atraía a la gente. Ellos aligeraban los bolsillos de los espectadores.
No era exactamente una carrera artística, pero era un comienzo. Un día, según cuenta la leyenda familiar, uno de los hombres que se acercó al grupo no era un espectador corriente, era alguien con peso en el barrio, del tipo que no necesitaba que nadie le explicara qué estaba pasando. Le devolvieron su cartera y el hombre escuchó cantar a Frank.
un momento antes de marcharse, prometió que lo escucharía en un local de verdad si seguía por ese camino. Fue una de esas conversaciones casuales que de vez en cuando cambian el rumbo de una vida. Frank no tardó mucho en conseguir un puesto como camarero cantante en un local popular de Nueva Jersey. Cantaba bien, mucho mejor de lo que servía las mesas, y la dirección terminó despidiéndolo entre lágrimas, porque era imposible mantener a alguien así detrás de una bandeja.
Intentó también el periodismo, ya que Dolly le consiguió un trabajo en la redacción de un periódico local. Pero para ser periodista hacía falta haber terminado los estudios secundarios, de los que Frank había aguantado apenas 47 días antes de abandonar. Fue entonces cuando Marty lo echó de casa. Si no quería trabajar como un hombre, que se fuera a buscar su propio camino.
Frank se fue a Nueva York y allí fracasó. Pasó meses recorriendo clubes y teatros intentando conseguir contratos. o contactos sin que nadie le prestara demasiada atención. Cuando el dinero se acabó, volvió a casa con la derrota guardada en el bolsillo y la cabeza llena de planes que todavía no sabía cómo ejecutar.
Fue entonces cuando Dolly y Marty hicieron algo que cambiaría el curso de todo. Le compraron un micrófono caro y llamaron a las personas adecuadas para que Frank pudiera actuar en los restaurantes y clubes que la comunidad italiana controlaba en la zona. No fue un gesto sentimental. Fue una inversión calculada de una madre que sabía perfectamente lo que su hijo era capaz de hacer y lo que hacía falta para que el mundo lo descubriera.
Frank tenía 19 años, un micrófono nuevo y las conexiones de su familia. Por primera vez en su vida, las circunstancias no trabajaban en su contra. Las heridas del nacimiento que casi lo mataron, el tímpano roto, los shames en el rostro, la infancia entre hombres que no preguntaban demasiado antes de actuar. Todo aquello que parecía una condena resultaría ser la materia de la que estaba hecho.
El chico que no respiró al nacer estaba a punto de encontrar su voz. El 30 de diciembre de 1942, el presentador Benny Goodman se acercó al micrófono del cine Paramount de Nueva York. con la indiferencia de quien cumple un trámite. Acababa de terminar su propia actuación. El público aún aplaudía y él dijo simplemente, “Y ahora, Fran Sinatra, sin florituras, sin presentación elaborada, un número adicional en el programa, alguien para entretener al público mientras se acomodaba. Goodman.
Lo que ocurrió a continuación lo dejó sin palabras. Desde el fondo de la sala comenzó a llegar un sonido que no era aplauso ni era música. Era algo parecido a un rugido colectivo agudo y sostenido, que fue creciendo hasta convertirse en un estruendo ensordecedor. Las mujeres en las primeras filas se pusieron de pie.
Algunas lloraban, otras se aferraban a sus vecinas de asiento. Goodman, uno de los músicos más famosos de América en aquel momento, miraba a aquel joven delgado de orejas algo separadas y no lograba entender qué estaba viendo. Ese chico flacucho decía después, ese chico flacucho hizo que todo el mundo perdiera la cabeza. Pero para llegar a aquella noche en el Paramount, Fran Sinatra había recorrido un camino largo y lleno de tropiezos que empezó en los restaurantes de mala muerte de Nueva Jersey y pasó por varios intentos fallidos de hacerse un nombre.
Tras el fracaso en Nueva York y el regreso a casa paterna, Frank entendió que necesitaba dos cosas, un modelo a seguir y una oportunidad real. El modelo lo encontró en Bean Crosby, el cantante más popular de América en la primera mitad del siglo XX. Crosby había inventado una manera de cantar que rompía con todo lo anterior.
Mientras los vocalistas de su época gritaban para que se les oyera desde el último rincón de la sala, Crosby cantaba en voz baja, casi íntima, como si le estuviera contando algo al oído a una sola persona. era el primer Grand Kuner, el primero que entendió que el micrófono no era un amplificador, sino un instrumento y que la proximidad podía ser más poderosa que el volumen.
Frank lo observó con atención. copió su manera de estar en el escenario, quieto y elegante, sin aspavientos, dejando que la voz hiciera todo el trabajo. Pero supo desde el principio que no podía limitarse a hacer una copia de Crossby. Tenía que encontrar algo propio y lo encontró en el jazz, que en aquellos años era la música que definía el espíritu de América, la música de los clubs nocturnos, del humo y del whisky y de las conversaciones que no terminan nunca.
Del jaz aprendió a respirar, a pausar, a saber cuándo callar. De los músicos de jazz aprendió que la elegancia no está en hacer mucho, sino en saber exactamente cuánto es suficiente. En 1935, Frank formó parte de un cuarteto conocido como Los Cuatro de Hoboken, con el que empezó a ganar cierta presencia en las emisoras de radio locales.
El grupo era competente, pero desde el principio quedaba claro cuál era la figura principal. Frank sonreía de una manera que las cámaras no podían ignorar. Se movía con una naturalidad que sus compañeros no tenían. Y cuando cantaba, las mujeres en el público reaccionaban de una forma que no tenía nada que ver con la reacción que provocaban los otros tres.
Él lo sabía y sabía también que mientras siguiera en el grupo, esa ventaja tendría un límite. Fue en esa época cuando conoció a Nancy Barbato. Era una chica de ojos oscuros y carácter tranquilo que escuchó a Frank cantar en una de sus actuaciones y decidió que aquel joven extravagante y lleno de planes descabellados valía la pena.
Frank le habló de su futuro como el mayor cantante del mundo y Nancy, lejos de reírse, prometió que recorrería ese camino con él. Era una promesa generosa, porque lo que Nancy no sabía entonces es que recorrer ese camino con Fran Sinatra significaría también soportar sus constantes infidelidades, sus estallidos de temperamento y su incapacidad congénita para conformarse con lo que tenía, porque Frank no dejó de ser un mujeriego ni un solo día de su vida.
Mientras cortejaba a Nancy con palabras de amor y promesas de fidelidad, mantenía romances paralelos con otras chicas del barrio. Uno de aquellos enredos lo llevó ante un juez acusado de haber seducido a una joven bajo promesa de matrimonio. Resultó que la chica estaba casada y Frank salió del asunto sin condena, pero el episodio marcó el tono de lo que vendría.
Su agente tendría que apagar incendios durante décadas. Frank dejó el cuarteto cuando consideró que ya había acumulado suficiente visibilidad como para actuar en solitario. Pasó una temporada cantando en la radio y trabajando como camarero cantor en un local de carretera en Anglewood Clips, Nueva Jersey, donde cobraba $1 por semana.
Era un empleo humillante para alguien que se veía a sí mismo como el futuro rey de la música americana. Pero Frank lo aceptó porque entendía que necesitaba seguir cantando, seguir perfeccionando algo, aunque fuera ante una docena de clientes indiferentes que masticaban filetes. En 1939, Frank y Nancy se casaron.
Pocos meses después, Nancy anunció que estaba embarazada. Las oraciones de Frank para que el universo le diera más tiempo antes de convertirse en padre no fueron escuchadas, pero tampoco estuvo presente en el parto. En el momento en que nació su hija Nancy, Frank estaba en Nueva York intentando hacerse notar.
Ese mismo año entró a formar parte del conjunto de Harry James, uno de los grandes directores de Big Bang de la época. Con James, Frank actuó como vocalista principal y empezó a grabar sus primeras canciones. El propio James había reconocido desde el principio que aquel chico de Hoboken tenía algo difícil de definir, algo que iba más allá de la calidad técnica de su voz.
No tardaron en cruzarse con Tommy Dorsy, cuya orquesta era considerablemente más popular y pagaba considerablemente mejor. Tommy Dorysey era un trombonista de talento excepcional y un hombre de negocios sin contemplaciones. Cuando ofreció a Frank unirse a su big band, también le presentó un contrato que lo ataba de por vida a condiciones leoninas.
Un tercio de todos sus ingresos futuros iría a parar a Dorsy, independientemente de si Frank actuaba con la orquesta o por su cuenta. Frank lo firmó porque necesitaba el dinero, porque tenía una hija que alimentar y una carrera que construir, y porque entendía que con Dory ganaría la visibilidad que no podía conseguir. Solo de Dorsy, Frank aprendió algo que ningún profesor de canto le hubiera podido enseñar.
observaba al trombonista tocar durante horas y quedaba fascinado por su capacidad para sostener largas frases musicales sin que se notara el momento en que respiraba. Dory parecía fundirse con su instrumento hasta el punto de que el sonido no se interrumpía nunca. Frank empezó a practicar la misma técnica con su voz.
Aprendió a respirar por las comisuras de la boca mientras cantaba, a sostener las notas más allá de lo que cualquier otro vocalista era capaz, a dar la impresión de que su voz no tenía fondo. Era una técnica tan precisa y tan exigente que años después seguiría practicándola nadando bajo el agua para ampliar la capacidad pulmonar.
Con la orquesta de Dorsy, Frank se convirtió en una figura reconocible en todo el país. Las actuaciones llenaban los clubs más importantes y las mujeres en el público comenzaron a reaccionar de una manera que nadie había visto antes. Había algo en la voz de Frank, en su manera de inclinar ligeramente la cabeza mientras cantaba, en esa mezcla de vulnerabilidad y seguridad que proyectaba, que llegaba a un lugar al que ningún otro cantante había llegado.
Fue entonces cuando Frank contactó con el agente George Evans, un hombre de mandíbula prominente y mirada de depredador que representaba artistas como Duke Ellington. Evans fue al Paramount a ver a Frank y entendió de inmediato lo que tenía entre manos. Organizó el espectáculo con una precisión quirúrgica.
Contrató a grupos de jóvenes para que asistieran a los conciertos y comenzaran a gritar en los momentos precisos, estudiando las partituras para saber exactamente en qué notas el público femenino se volvería incontrolable. Pero lo que Evans no podía fabricar era la reacción genuina de miles de mujeres que llenaban el teatro noche tras noche sin que nadie las hubiera contratado para nada.
La noche del 30 de diciembre de 1942, cuando Benny Goodman pronunció aquellas palabras sin énfasis y Frank salió al escenario del Paramount, lo que ocurrió no fue un fenómeno fabricado, fue algo que llevaba años construyéndose en silencio. En los clubs de Nueva Jersey, en las emisoras de radio locales, en las noches de gira con Dorsy.
Era el momento en que una voz que había estado buscando su escenario, por fin lo encontraba y el escenario respondió como si hubiera estado esperándola toda la vida. La llamaron la Sinatramanía. En toda América surgieron clubes de admiradoras. Alguien fundó una organización llamada La Sociedad entusiasta de las Admiradoras Desmayadas de Sinatra.
Frank recibió el apodo de la voz. Y Nancy, que había prometido acompañarlo en aquel camino, comprendió que lo que se venía encima era mucho más grande y mucho más complicado de lo que cualquiera de los dos había imaginado. En la primavera de 1943, dos hombres se presentaron en el despacho de Tommy Dorsey.
Llevaban trajes caros, hablaban con acento italiano y tenían la clase de mirada que no necesita explicar nada. Le pusieron delante un documento y le dijeron que era el momento de firmar la reisión del contrato con Fran Sinatra. Dory, que no era un hombre fácil de intimidar, escuchó también algo sobre los 12 g de plomo que no dejan a nadie con vida. Firmó.
Así recuperó Fran Sinatra su libertad contractual. La historia circuló en distintas versiones durante décadas. Unos decían que el padrino mafioso Willy Moretti había sido el responsable directo de la visita. Otros añadían detalles que años después inspiraría un escritor llamado Mario Puso para una escena célebre en la que aparece la cabeza de un caballo en una cama.
El propio Frank, cuando le preguntaban al respecto, sonreía y decía que en el maletín solo llevaba una maquinilla de afeitar, artículos de aseo y unas camisas. Nadie le creyó nunca del todo, pero tampoco nadie pudo probar otra cosa. Lo que sí era indiscutible es que a partir de ese momento, Fran Sinatra actuó en solitario con la sinatramanía en pleno apogeo y con la certeza de que su nombre era ya suficiente para llenar cualquier sala de América.
Pero el mundo no estaba pendiente solo de Frank Sinatra. En diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor había llevado a Estados Unidos a entrar en la Segunda Guerra Mundial y el país entero estaba movilizado. Los hombres partían al frente, las mujeres trabajaban en las fábricas y el espíritu nacional exigía que cada ciudadano contribuyera al esfuerzo colectivo.
En ese contexto, la figura de Fran Sinatra resultaba incómoda para muchos. Él cantaba en los mejores teatros del país, llevaba trajes impecables, se rodeaba de mujeres hermosas y al parecer no tenía ninguna intención de un fusil. La razón oficial era médica. El tímpano perforado en el nacimiento lo hacía no apto para el servicio activo.
Un examen en el centro de reclutamiento confirmó el diagnóstico y añadió otro. inestabilidad psiconeurótica, lo que en el lenguaje de la época equivalía a decir que el candidato era demasiado nervioso para la guerra. Frank salió del reconocimiento clasificado como no apto y la prensa lo publicó de inmediato.
La reacción de los soldados en el frente no fue precisamente comprensiva. Mientras ellos luchaban en los campos de batalla de Europa y el Pacífico, el cantante más idolatrado por sus esposas y novias seguía actuando en Nueva York. Bajo los focos, los periódicos recibían cartas furiosas. Cuando Frank llegaba al Paramount, había hombres uniformados que le lanzaban objetos a la entrada.
Él respondía con una altanería que no ayudaba. “Les falta valor para enfrentarse a mí de frente”, decía. Consciente de que la situación era insostenible, Frank acordó con las autoridades militares visitar bases y hospitales para actuar ante las tropas y mantener alta la moral de los soldados. Lo hizo.
Viajó, cantó ante miles de uniformados y, en un momento de descuido le dijo a un periodista que los conciertos estaban pésimamente organizados y que había salido decepcionado. El escándalo fue inmediato. Sus representantes tardaron semanas en controlar el daño. En medio de todo aquello, Frank encontró tiempo para entrar en la política cinematográfica de Hollywood.
En 1944 firmó un contrato con Metro Goldwin Mayer, la productora más poderosa del momento, y se trasladó con Nancy y los niños a Los Ángeles, donde compró una casa grande en un barrio acomodado. Ese mismo año, Nancy dio a luz a su hijo Frank Junior. El padre no estaba presente en el parto. Actuaba en Nueva York.
La carrera cinematográfica de Frank arrancó con papeles musicales en los que básicamente aparecía para cantar un par de canciones, pero en 1945 protagonizó un cortometraje llamado La casa en que vivo, dirigido por Mervin Leroy, en el que interpretaba su propio papel y hablaba abiertamente contra la segregación racial y religiosa en América.
El filme era una declaración de principios en un país donde la discriminación era una realidad cotidiana y Frank lo rodó con una convicción que no tenía nada de actuación. De niño había recibido burlas por su origen italiano y sabía lo que era que el lugar de nacimiento de tus padres fuera motivo de humillación. La crítica aplaudió la película.
La Academia de Hollywood le otorgó un óscar especial. Pero en la América Paranoica de la posguerra, donde la amenaza comunista empezaba a convertirse en obsesión nacional, cantar canciones escritas por un miembro del Partido Comunista equivalía a firmar una declaración de lealtad a Moscú. El compositor de la música del film era Earl Robinson, afiliado al partido.
El letrista había adoptado a los hijos de Julius y Etel Rosenberg, la pareja ejecutada por espionaje a favor de la Unión Soviética. Frank Sinatra, el cantante favorito de América, empezó a ser señalado en ciertos círculos como simpatizante de los rojos. Mientras navegaba entre el escándalo político y el fervor popular, Frank mantenía sus conexiones con el mundo criminal con una naturalidad que desconcertaba a los observadores externos.
Para él, los hombres que controlaban los clubes nocturnos y los restaurantes italianos no eran personajes siniestros, eran los amigos de la familia, los hombres que habían ayudado a su madre a prosperar, las personas que le abrieron las primeras puertas cuando nadie más lo hacía. Sentarse a cenar con ellos no era un acto de complicidad, era simplemente lealtad.
En 1947, un fotógrafo captó a Fran Sinatra en La Habana, sentado a una mesa con Loky Luciano, el gangster más famoso de América, deportado de Estados Unidos y exiliado en Cuba desde donde seguía controlando el crimen organizado a ambos lados del Atlántico. También estaban en aquella mesa Joe y Fichetti y su hermano Roco, primos de Alcapone.
Los periódicos publicaron la imagen y el escándalo fue de proporciones considerables. Frank explicó que el encuentro había sido una coincidencia casual, que simplemente había ido a La Habana a actuar y que no sabía nada de las actividades de aquellos señores. Una explicación que pocos encontraron convincente. Lo que sí era verdad es que Frank Sinatra disfrutaba genuinamente de aquella compañía.
No era solo una cuestión de negocios o de protección. Había en él una fascinación auténtica por los hombres que no pedían permiso, que establecían sus propias reglas. y que se movían por el mundo con una seguridad que no dependía de ninguna institución. En cierto modo, Frank veía en ellos un reflejo amplificado de lo que él mismo quería ser, alguien que jugaba con sus propias cartas.
Mientras tanto, en casa las cosas se complicaban. Frank nunca había ocultado sus aventuras sentimentales y Nancy llevaba años soportándolas con una resignación que tenía más de estrategia que de su misión. Cuando Frank inició un romance abierto con la actriz Marilyn Maxwell, Nancy recurrió a la agente George Evans para que intimidara a la joven con una cláusula de su contrato que le exigía mantener una imagen pública irreprochable.
La táctica funcionó. Maxwell desapareció de escena. Frank encontró inmediatamente una sustituta en la actriz Lana Turner, que era demasiado escandalosa para que ninguna amenaza contractual le afectara lo más mínimo. Frank volvió a pedir el divorcio. Nancy volvió a negárselo. En 1947, Nancy quedó embarazada por tercera vez.
No quería tener ese hijo. Los años de infidelidades habían erosionado algo que no tenía reparación y decidió interrumpir el embarazo. Frank se enteró al regresar de uno de sus viajes y la noticia lo devastó. Hasta el final de su vida se sintió responsable de esa pérdida y nunca habló de ello sin que le cambiara algo en la expresión.
Al año siguiente, sin embargo, Nancy volvió a quedarse embarazada y esta vez el embarazo siguió adelante. En 1948 nació Tina Sinatra, la tercera hija del matrimonio. Frank tampoco estaba presente cuando nació, estaba en otra ciudad cantando. La gran fama de los años 40 tenía un precio que Frank todavía no había pagado del todo.
La sinatramanía seguía llenando teatros, pero los escándalos se acumulaban con una velocidad que empezaba a preocupar hasta los más devotos de sus admiradores. Y bajo aquella superficie brillante, algo empezaba a agrietarse. En marzo de 1950, Frank Sinatra subió al escenario del Copacabana de Nueva York, convencido de que aquella noche marcaría su regreso.
Llevaba meses diciéndose que lo peor había pasado, que los escándalos se olvidarían, que el público seguía siendo suyo. Había elegido el Copacabana porque era uno de los clubes más elegantes de la ciudad, el tipo de lugar donde se actuaba cuando se quería demostrar que se seguía siendo alguien.
Entró al local con paso firme, saludó a los conocidos que encontró en las mesas, se ajustó la chaqueta y salió al escenario. El público apenas levantó la vista. No hubo gritos. ni pañuelos agitados, ni mujeres que se aferraran a sus acompañantes. Los aplausos fueron corteses y escasos, del tipo que se dan por educación cuando no se quiere ser descortés.
Frankie intentó conectar desde el escenario, habló entre canción y canción, hizo bromas, nada funcionó. Los periodistas presentes tomaron notas. Al día siguiente, los titulares decían que Sinatra había perdido el don, pero lo peor todavía estaba por llegar. Pocas semanas después de aquella actuación, en la primavera de 1950, Frank intentó alcanzar una nota alta en otro concierto y en lugar de música, lo que salió de su garganta fue sangre.
Los médicos lo examinaron y diagnosticaron una hemorragia submucosa en las cuerdas vocales. Le prohibieron cantar. Le dijeron que necesitaba reposo absoluto y que el pronóstico era incierto. Para un hombre cuya identidad entera dependía de su voz, aquello equivalía a una sentencia. El hundimiento de Frank Sinatra en los años que van de 1949 a 1952 fue uno de los descensos más espectaculares que se recuerdan en la historia del espectáculo americano.
Fue total y llegó desde varios frentes a la vez, como si el universo hubiera decidido presentarle todas las facturas pendientes al mismo tiempo. El primero de esos frentes era la carrera musical. Columbia Records, el sello con el que Frank había grabado durante años, le comunicó que no renovaría su contrato. Sus discos ya no se vendían como antes.
Las canciones que publicaba no alcanzaban las listas de éxitos. Las emisoras de radio habían empezado a programar otros artistas con más asiduidad. La productora de cine, MGM, rescindió también su contrato. Los films en los que aparecía Frank no recaudaban lo suficiente para justificar su caché. Los contratos de radio cayeron uno tras otro. El segundo frente era la prensa.
Los periodistas, que años antes lo habían elevado con la misma de entusiasmo con el que ahora lo hundían, publicaban artículos sobre su declive con una satisfacción apenas disimulada. Algunos hablaban de él en pasado como si ya fuera un capítulo cerrado. Otros señalaban que había llegado demasiado lejos, demasiado rápido, y que lo que estaba pasando era simplemente la corrección natural de una popularidad inflada.
El tercer frente era Aba Garner. Frank la había conocido en 1948 en un estudio de grabación y desde el primer momento supo que aquella mujer era diferente de todo lo que había conocido antes. Aba Garner era el tipo de belleza que paraliza, como una presencia física que llenaba cualquier espacio en el que entraba y una personalidad que no pedía permiso a nadie.
Había nacido en Carolina del Norte, hija de una familia humilde, y había llegado a Hollywood por accidente a través de una foto que un fotógrafo mandó a una agencia sin que ella lo supiera. Hollywood la había convertido en una de sus grandes estrellas, pero Aba seguía siendo en el fondo la misma chica directa y sin filtros que prefería la compañía de los hombres a las conversaciones de salón.
Frank se obsesionó con ella de una manera que no se parecía a ninguna de sus aventuras anteriores. Con las otras mujeres, Fran llevaba siempre el control. Él elegía cuándo empezaba y cuándo terminaba. Él fijaba los términos. Con Ava era distinto. Aba no necesitaba a Frank Sinatra para nada. tenía su propia carrera, su propio dinero, su propio mundo y esa independencia, esa indiferencia inicial lo volvía loco.
Lo que siguió fue un torbellino que duró años y que los dos protagonistas describían de maneras contradictorias. Se peleaban con una violencia verbal que escandalizaba a quienes estaban cerca. Se reconciliaban con una intensidad que dejaba a los mismos testigos sin palabras. Aba se marchaba y Frank la buscaba.
Frank amenazaba con no volver y volvía a las 24 horas. En más de una ocasión, las discusiones llegaron a un extremo que los periódicos describían con eufemismos mientras los vecinos de los hoteles llamaban a la dirección. Frank llegó a intentar quitarse la vida en varias ocasiones durante aquellos años. Los periódicos publicaban rumores sobre sus intentos de suicidio con la misma frialdad con la que antes publicaban sus listas de éxitos.
Sus amigos más cercanos no sabían cómo manejarlo. Algunos intentaron hablar con él, pero Frank, en ese estado no escuchaba a nadie. Nancy, que había aguantado durante más de una década los romances paralelos de su marido, tomó finalmente una decisión. Llevó el conflicto a los periódicos. concedió una entrevista larga y detallada en la que describió sus años de sufrimiento con una precisión que no dejaba margen a la interpretación.
Y el público americano, que hasta entonces había sido cómplice silencioso de las aventuras de Frank, se puso de su lado de manera casi unánime. Frank y Ava quedaron retratados como los villanos de la historia y su imagen sufrió un daño que tardaría años en repararse. Nancy finalmente accedió al divorcio. En 1951, Frank y Aba se casaron, pero el matrimonio no trajo la paz que Frank esperaba. Aba siguió con su carrera.
que en aquel momento iba mucho mejor que la de él. Se marchaba a rodar a otros países durante meses. Frank, que se había quedado sin contrato discográfico y sin papeles cinematográficos relevantes, la seguía a veces como si fuera su asistente, llevándole bebidas en el rodaje, esperándola en el hotel, leyendo mientras ella trabajaba.
Para un hombre que había llenado el paramount con su sola presencia, aquella situación resultaba humillante de una manera que no lograba articular. En 1952, Columbia Records le comunicó oficialmente que no habría más colaboración. El sello tenía razón desde un punto de vista comercial. Los discos de Frank no se vendían, pero la frialdad del comunicado llegó en un momento en que todo lo demás también se derrumbaba y Frank lo vivió como una sentencia definitiva.
Se encerró en el alcohol y dejó de ver a casi todos sus amigos. En Los Ángeles empezó a actuar en locales pequeños, tres veces por día cuando hacía falta, ante públicos que a veces no llegaban al centenar de personas. El hombre que había provocado desmayos en los mejores teatros de América cantaba ahora para 150 personas en salas de segunda categoría de Chicago.
Fue en ese periodo, en el fondo de aquella depresión, cuando Frank encontró una novela que cambió el rumbo de todo. Se llamaba De aquí a la eternidad. La había escrito un autor llamado James Jones y narraba la vida de los soldados americanos en la base militar de Hawai en los días previos al ataque a Pear Harbor.
Había en ella un personaje secundario, el soldado raso Angelo Mayo, un italiano de Nueva York, pequeño y orgulloso, que se enfrenta al sistema militar con una terquedad suicida y acaba pagando el precio más alto. Frank leyó el libro y supo de inmediato que ese personaje era suyo. No de una manera metafórica. Lo sintió de una manera literal, física, como si alguien hubiera escrito aquellas páginas pensando en él.
corrió la voz de que la novela sería adaptada al cine por la productora Columbia Pictures. Frank empezó a llamar a todos los productores y directores con los que tenía algún contacto, a escribir cartas, a insistir en que nadie podía interpretar a Mayo mejor que él. La respuesta inicial fue una carcajada. Harry Con, el presidente de la productora, llegó a resbalarse de la silla de la risa cuando alguien le mencionó la posibilidad.
Ese payaso quiere hacer de soldado, decía. Nunca he estado en el ejército. Sería un ridículo. Frank siguió insistiendo. Se firmaba en sus cartas como Angelo Mayo para demostrar que hablaba en serio. Y cuando la respuesta seguía siendo un no, Aba Garner tomó una decisión por su cuenta. Sin decírselo, Frank habló con los responsables de la productora y les pidió que le dieran una oportunidad.
Lo que Aba les dijo exactamente nunca quedó del todo claro, pero el resultado fue que Frank Sinatra recibió una llamada para hacer una prueba. Se presentó a la prueba con la desesperación de alguien que sabe que no habrá otra oportunidad. Actuóo sin red, sin la distancia que suelen mantener los actores experimentados entre ellos mismos y el personaje.
Puso en mayo todo lo que llevaba acumulado. La humillación de los últimos años, el miedo, la rabia, el orgullo herido. Los presentes en el plató se quedaron en silencio cuando terminó. El papel era suyo y con él empezaría la historia de un regreso que nadie en aquel momento era capaz de imaginar. El 25 de marzo de 1954 en el teatro RKO Pantajes de Los Ángeles, la ceremonia de entrega de los premios Ócar avanzaba con la cadencia habitual de los grandes actos de Hollywood.
Los estudios habían apostado fuerte por la película De aquí a la eternidad. Una adaptación del director Fred Cineman de la novela de James Jones que narraba la vida de los soldados americanos antes del ataque a Pearl Harbor. La cinta había sido nominada en 13 categorías, un número que por sí solo decía mucho sobre la expectativa que había generado.
Cuando llegó el turno de la categoría de mejor actor de reparto, el presentador abrió el sobre y pronunció un nombre que hizo que una parte del público se pusiera en pie antes de que el ganador hubiera dado un solo paso hacia el escenario. Frank Sinatra recogió el óscar con una expresión que sus amigos más cercanos describieron después como la de un hombre que no termina de creerse lo que está viviendo.
No pronunció un discurso largo. No era el momento para discursos. Era el momento para sostener aquella estatuilla y dejar que el peso real de lo que significaba se asentara despacio. Tres años antes, los periódicos hablaban de él en pasado. Ahora la Academia de Hollywood le entregaba su reconocimiento más alto.
Para entender la magnitud de lo que había ocurrido, hay que retroceder hasta los meses del rodaje que se desarrolló durante la primavera de 1953 en exteriores de Hawai y en los estudios de Columbia Pictures en Los Ángeles. Frank llegó al set con la determinación de alguien que sabe que no tendrá otra oportunidad como aquella y con algo más difícil de fabricar.
la autenticidad de quien ha vivido de verdad lo que el personaje atraviesa. Angelo Mayo era un soldado raso italiano de Nueva York, pequeño y orgulloso, cuya negativa a doblarse ante la autoridad lo llevaba a un enfrentamiento con el sargento de guardia que terminaba de la peor manera posible. No era un papel de lucimiento técnico.
No había grandes monólogos ni escenas diseñadas para mostrar el rango de un actor. Era un papel que exigía verdad en cada gesto, en cada mirada, en cada momento en que el personaje aguantaba el dolor con la mandíbula apretada. Frank trabajó sin red. no tenía el oficio acumulado de sus compañeros de reparto, entre los que figuraban Montgomery Cliff, Bard Lancaster y Débora K.
Lo que tenía era algo que ningún conservatorio de arte dramático puede enseñar. La memoria física de la humillación y el instinto de quien ha sobrevivido a situaciones que habrían doblegado a otros. Cuando Mayo recibía golpes en pantalla, Frank no fingía dolor, convocaba el suyo propio. El director Cineman reconoció después que desde las primeras tomas supo que tenía algo excepcional.
Frank terminaba cada escena y se marchaba al fondo del plató sin esperar comentarios ni aplausos. No necesitaba que nadie le dijera que había estado bien. Lo sabía. Y cuando no lo sabía, lo intentaba de nuevo con la misma concentración. El rodaje duró para Frank algo más de un mes. Cobró $8,000, una cifra modesta comparada con lo que había ganado en los mejores años de su carrera.
Pero el dinero no era lo que estaba en juego. Lo que estaba en juego era la posibilidad de seguir existiendo en el mundo del espectáculo o desaparecer definitivamente en la categoría de los que tuvieron su momento y lo desperdiciaron. Mientras esperaba el estreno de la película, Frank firmó un contrato con Capital Records en unas condiciones que en circunstancias normales habría rechazado sin pensarlo.
Él asumiría todos los gastos de producción, no recibiría ningún pago inicial y dependería exclusivamente de los derechos de autor generados por las ventas. La compañía apostaba poco porque consideraba que el riesgo era alto. Frank aceptó porque no tenía alternativa. Fue en ese periodo, mientras aguardaba el veredicto del público y de la industria, cuando empezó a trabajar con un arreglista llamado Nelson Riddle, que cambiaría para siempre la manera en que sonaba su música.
Ridle era un músico meticuloso y sensible que entendía intuitivamente lo que Frank necesitaba. No acompañamiento, sino conversación. Sus arreglos orquestales no respaldaban la voz de Frank, dialogaban con ella, la envolvían en momentos precisos y le dejaban espacio en otros para que la emoción se desarrollara sin obstáculos. El primer fruto de esa colaboración fue el álbum Canciones para jóvenes enamorados, que salió a principios de 1954 y llegó a las listas de ventas con una facilidad que sorprendió incluso a los más optimistas de Capital Records. Frank
había encontrado su nuevo sonido, más maduro, más oscuro, con una elegancia que no estaba reñida con la vulnerabilidad. Ya no era el chico delgado que hacía desmayar a las adolescentes en el paramount. era algo distinto y más complejo. La película De aquí a la eternidad se estrenó en agosto de 1953 y fue un éxito inmediato de crítica y público.
Las reseñas que mencionaban a Frank eran unánimes en su sorpresa. Nadie esperaba que el cantante famoso por provocar histeria colectiva en los teatros fuera capaz de una actuación tan contenida, tan honesta, tan libre de artificios. Algunos críticos usaron la palabra revelación. Otros hablaron de un actor que había estado escondido dentro del cantante todo ese tiempo, esperando la oportunidad adecuada.
La noche de los Ócar, cuando Frank volvió a su mesa con la estatuilla en la mano, su hija Nancy recordó después que su padre la apretó contra el pecho durante un momento antes de dejarla sobre la mesa, como si necesitara convencerse de que era real. A su alrededor, las personas que lo habían visto hundirse en los últimos años lo miraban con una mezcla de alegría. y de algo parecido al asombro.
Muy pocos en Hollywood habían apostado por una historia así. Los descensos de aquella profundidad no solían tener final feliz, pero la industria reacciona rápido ante el éxito y la industria reaccionó. Los teléfonos de los representantes de Frank empezaron a sonar. Las mismas productoras que habían cerrado sus puertas volvían a abrirlas.
Las mismas emisoras de radio que habían dejado de programarlo retomaban sus canciones. La revista Variety publicó un artículo que calificaba su regreso de Triunfal y la revista Time dedicó una extensa nota en la que describía a Frank Sinatra como una de las personalidades más notables, poderosas, dramáticas, tristes y a veces francamente aterradoras que se encuentran en el campo de visión del público.
Frank aprovechó el impulso como una disciplina que no solía caracterizar otras áreas de su vida. Se encerró en el estudio con Rid durante meses. Controló cada detalle de sus álbumes, la selección de canciones, el orden de los temas, el diseño de las portadas, la temperatura emocional de cada arreglo. Rechazó grabarse en una cabina aislada con auriculares, como era la costumbre creciente en la industria.
Exigía grabar en la sala grande junto a la orquesta completa, porque necesitaba sentir los cuerpos de los músicos, el aire que movían los instrumentos de viento, la vibración del suelo cuando entraban las cuerdas. No era capricho, era su manera de entender la música como algo que ocurre entre personas y no dentro de una máquina.
Con Reid grabó más de 300 canciones a lo largo de los años siguientes, entre ellas algunos de los álbum celebrados de la historia de la música popular americana. El álbum En las horas pequeñas, publicado en 1955, fue considerado por muchos críticos el primer álbum conceptual de la historia, una colección de canciones sobre la soledad y la pérdida, concebida como un viaje emocional continuo y no como una suma de singles independientes.
Antes de los Beatles, antes del rock progresivo, Fran Sinatra y Nelson Ruid habían demostrado que un disco podía ser una obra coherente con su propio arco narrativo. La separación de Aba Garner, que se hizo definitiva en 1957, tras años de idas y venidas, dotó a esa música de una autenticidad que ningún artificio habría podido fabricar.
Frank cantaba sobre la pérdida porque la había vivido. Cantaba sobre el orgullo herido porque lo había sentido. Cantaba sobre los hombres que beben solos en bares vacíos porque él había sido uno de ellos. Y el público lo escuchaba y reconocía en su voz algo que tenía que ver con sus propias experiencias, aunque sus vidas fueran completamente distintas a la de aquel italiano de Hoboken, que había vuelto de entre los muertos para cantar como nadie antes lo había hecho.
El hombre que en 1950 había vomitado sangre sobre un escenario de Nueva York era ahora el artista más solicitado de América. La estatuilla del Óscar seguía en su casa, en un lugar visible, no como trofeo, sino como recordatorio de que el fondo tiene un suelo y que desde el suelo, si uno se empeña lo suficiente, se puede volver a subir.
Sonó el teléfono a las 3 de la madrugada en la habitación del hotel. Fran Sinatra descolgó. Al otro lado había una voz que no preguntaba, que no pedía, que simplemente ordenaba. Levanta tu trasero. Me importa un bledo que seas una estrella. Sal de la cama y haz tu trabajo. En el casino Sans de Las Vegas, alguien acababa de ganar una cantidad considerable de dinero y la respuesta de la casa ante esa situación era llamar a Frank Sinatra para que bajara al salón, se sentara junto al afortunado ganador y cantara mientras el hombre seguía
jugando. La lógica era sencilla y brutal. Nadie abandona la mesa cuando Frank Sinatra está cantando a un metro de distancia. Y mientras el hombre seguía jugando, el casino recuperaba lo que había perdido. Era el mismo mecanismo de siempre. De niño, Fran cantaba en las esquinas de Hoboken mientras sus amigos vaciaban los bolsillos de los espectadores.
Ahora los bolsillos eran más grandes y el escenario era el más extravagante del mundo. Pero el principio no había cambiado. Así era la vida del rey de Las Vegas. La ciudad del desierto de Nevada era en los años 50 y 60 el territorio más extraño y fascinante de América. Había nacido como un espejismo en medio de la nada, hoteles de lujo con piscinas y orquestas y mesas de juego que nunca cerraban, construidos con dinero que nadie preguntaba de dónde venía.
La respuesta, en la mayoría de los casos, era la misma. La mafia italiana había encontrado en Las Vegas su proyecto más ambicioso. Después de perder sus negocios en Cuba con la llegada de Fidel Castro al poder, los grandes jefes del crimen organizado americano habían convertido aquella ciudad del desierto en su cuartel general de entretenimiento y blanqueo de capitales.
Frank Sinatra era la pieza más valiosa de ese tablero. Su nombre en el cartel del casino Sans garantizaba salas llenas y las salas llenas garantizaban que los jugadores siguieran sentados ante las mesas de ruleta y bacarrá mucho más tiempo del que habrían estado sin él. era la atracción que justificaba el viaje, la razón por la que todo el país reservaban habitaciones en hoteles que de otra manera no habrían visitado.
Los propietarios de los casinos, que en casi todos los casos tenían vínculos directos o indirectos con el crimen organizado, entendían perfectamente el valor de ese activo. El hombre que articulaba esa relación era Sam Yancana, conocido también como Momo, el jefe de la familia criminal de Chicago y uno de los ganes más poderosos de América en aquella época.
Jan heredado el control de la organización de Chicago tras la muerte de Loky Luciano y su influencia se extendía desde los sindicatos de trabajadores hasta los estudios de Hollywood, desde las Islas del Caribe hasta las oficinas políticas de Washington. Era un hombre de aspecto anodino y modales cuidados que podía pasar por un contable de mediana edad y que, sin embargo, tomaba decisiones que afectaban a miles de personas con la misma naturalidad con que otros deciden qué pedir en un restaurante.
Janana y Fran Sinatra se habían conocido a través de las redes de contactos que Frank había ido tejiendo desde la infancia y entre ellos se había desarrollado algo que iba más allá de la utilidad mutua. Se admiraban. Jan Kana veía en Frank la versión legal de lo que él mismo era, un hombre que imponía su voluntad al mundo sin pedir permiso.
Frank veía en Yan la versión descarnada de un poder que él mismo anhelaba, pero que no podía ejercer sin consecuencias. Cada uno tenía lo que al otro le faltaba. El casino Calneva, situado en la orilla del lago Tajó, exactamente en la frontera entre California y Nevada, era la expresión más concreta de esa alianza.
Franca aparecía públicamente como uno de los propietarios. Jank era el inversor silencioso, el hombre que aparecía bajo el nombre de doctor para no levantar sospechas, que llegaba en avión privado y era conducido al hotel a través de un túnel secreto que conectaba el sótano con la carretera exterior. La mitad del casino estaba en un estado y la mitad en el otro, lo que creaba una complejidad jurídica conveniente para quienes tenían razones para evitar la jurisdicción de una u otra autoridad.
Frank se rodeó en esos años de un círculo de amigos y colegas que la prensa bautizó como la rata Pac, aunque ellos mismos preferían llamarse El clan. El núcleo lo formaban el actor Homfrey Bogart, el cómico Sammy Davis Jr. Din Martin y el propio Frank. Bogard había sido quien originalmente reunió al grupo en torno a su mesa en Hornby Hills, donde las veladas terminaban invariablemente de madrugada entre bebidas y conversaciones que mezclaban el ingenio con la insolencia.
Cuando Bogart murió de cáncer en 1957, Frank quedó destrozado. Perdía a un amigo y a la figura que había dado cohesión al grupo. Pero el grupo resurgió con nueva energía cuando Frank convenció a sus amigos para protagonizar juntos una película sobre el robo de cinco casinos de Las Vegas en una misma noche.
La película se llamó La cuadrilla de los 11. se rodó mientras el equipo actuaba en el Sans por las noches y se convirtió en un éxito comercial que capturó perfectamente el espíritu de aquella época y de aquel lugar. Las escenas del rodaje y las del casino eran casi indistinguibles. Los mismos hombres, el mismo humor, la misma sensación de que en aquel universo paralelo las reglas normales no aplicaban.
Las veladas en el Sans eran legendarias. Frank actuaba, Din Martin actuaba, Sammy Davis actuaba y entre actuación y actuación improvisaban sketches, se interrumpían mutuamente, se lanzaban puullas, bebían en escena. El público no sabía exactamente qué iba a pasar y esa incertidumbre era parte del atractivo.
Aquellos hombres proyectaban la imagen de personas que se lo pasaban mejor que nadie en el mundo. Y el mundo quería estar cerca de ellos, aunque fuera por una noche y desde la distancia de un patio de butacas. Las mujeres seguían siendo una presencia constante en la vida de Frank. Los empleados del hotel recibían instrucciones estrictas de no hablar de lo que veían.
Y lo que veían era con frecuencia lo suficientemente notable como para justificar aquella discreción. El Sans tenía un sistema de habitaciones preparadas para recibir a invitados con necesidades especiales y Frank era el invitado más especial de todos. Fuera del escenario, Frank podía ser generoso hasta el exceso o violento hasta el escándalo.
Regaló automóviles a amigos que los necesitaban y pianos de concierto a conocidos que simplemente los admiraron en voz alta. Cuando Judy Garland fue agredida en la habitación de un hotel, Frank organizó en pocas horas el apoyo de cinco abogados y 400 policías. Cuando Samy Davis Junior perdió un ojo en un accidente de tráfico, Frank fue el primero en llamar.
El primero en asegurarse de que tenía lo que necesitaba. El primero en hacer que las puertas del hospital se abrieran sin burocracia. Pero la misma noche en que podía demostrar esa generosidad, Frank era capaz de insultar a un camarero con una brutalidad innecesaria, de tirar cartas a la cara de un crupier que no le caía bien, de montar una escena que avergonzaba a todos los presentes.
La diferencia entre un Frank y el otro dependía del alcohol, del humor del momento y de factores que nadie a su alrededor era capaz de predecir confiabilidad. Los empleados de los casinos lo soportaban porque nadie se atrevía a decirle nada a alguien cuya relación con los propietarios era de la naturaleza que todos conocían.
Los amigos lo soportaban porque Frank, en sus mejores momentos, era un compañero incomparable y la prensa lo soportaba porque sus excesos vendían más periódicos que su música. En ese periodo, Frank también amplió sus actividades como productor. Creó su propio sello discográfico llamado Reprice Records, con la idea de tener control total sobre su música y la de sus amigos, y grabó con una productividad que dejaba atónitos a sus colaboradores.
Álbumes conceptuales, discos de swing, grabaciones de estándares del jazz, composiciones nuevas. Nelson Reid seguía siendo su arreglista principal, pero Frank exploraba también con otros músicos, ampliando el rango de un catálogo que ya era el más rico de la música popular americana. La ciudad de Las Vegas le debía más a Franinatra que a ninguna otra persona viva.
Él había sido quien convirtió aquellos hoteles del desierto en destinos de peregrinación cultural, quien había elevado el espectáculo de casino al rango de acontecimiento artístico, quien había dado a aquella ciudad, sin historia ni tradición una identidad que el mundo reconocería durante décadas. Cuando aparecía en el escenario del Sans, la gente que lo veía desde las mesas de juego entendía que estaba asistiendo a algo que no se repetía en ningún otro lugar del planeta.
Pero todo aquel esplendor tenía una cimentación que la luz de los focos hacía difícil ver. El dinero que pagaba a Frank, el dinero que llenaba las cajas de los casinos, el dinero que circulaba en bolsas y maletines por los pasillos traseros de aquellos hoteles de lujo, tenía orígenes que nadie documentaba. y destinos que nadie preguntaba.
Era el reino de Sam Yancana y Frank Sinatra era su embajador más brillante. En el otoño de 1960, Frank Sinatra invirtió una cantidad considerable de dinero y de meses de trabajo en transformar su residencia de Palm Springs en un lugar digno de recibir al presidente de los Estados Unidos. Hizo ampliar la piscina y trasladarla a una posición más conveniente.
Mandó construir canchas de tenis. instaló una línea telefónica de alta seguridad, capaz de conectar directamente con la Casa Blanca. Y en el jardín, con una solemnidad que sus empleados recordarían durante años, ordenó levantar una plataforma de aterrizaje para helicópteros presidenciales. Jack Kennedy le había prometido que se alojaría allí en su próxima visita a California.
Y Frank Sinatra no era el tipo de hombre que construía una plataforma de aterrizaje para un huésped que no iba a llegar. Llegó la visita y Kennedy se alojó en casa de Ban Crosby. El intermediario que se encargó de comunicarle la noticia a Frank fue el actor Peter Loford, cuñado del presidente y miembro periférico de la Rad Pack.
Loford subió las escaleras de la casa de Frank con la expresión de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo y le explicó que los asesores del presidente habían considerado que la visita a Palm Springs resultaba más conveniente en otro domicilio. Frank lo escuchó en silencio, luego lo agarró por la solapa y lo bajó a empujones por la escalera.
Nunca más volvió a hablarle. Después bajó al jardín, cogió un martillo neumático y empezó a desmontar personalmente la plataforma de aterrizaje. Para entender lo que aquella humillación significaba, hay que comprender todo lo que Frank había puesto en juego para llegar hasta ese punto. La relación entre Frank Sinatra y John Kennedy había comenzado en Las Vegas, donde el futuro presidente llegó en varias ocasiones a disfrutar de lo que aquella ciudad ofrecía con discreción cero y entusiasmo máximo. Kennedy sabía exactamente lo que
encontraba en compañía de Frank. Mujeres, alcohol, música y la certeza absoluta de que nada de lo que ocurriera aquella noche aparecería en los periódicos. Los empleados del casino Sans tenían instrucciones claras al respecto. Cuando Kennedy decidió presentarse a las elecciones presidenciales de 1960, vio en Frank algo más que un amigo con acceso a fiestas privadas.
vio una herramienta política de alcance extraordinario. Frank era capaz de movilizar a sectores de la población que los canales habituales de la campaña no alcanzaban, la comunidad italoamericana, los círculos del entretenimiento y sobre todo los votantes de las grandes ciudades del norte, donde la influencia de las organizaciones criminales italianas era todavía un factor real en la política local.
El padre de Kennedy, Joseph, fue más directo que el candidato. Hizo llegar a Frank un mensaje a través de intermediarios. Necesitaban los votos de Chicago y los votos de Chicago dependían de Sam Yancana. Frank era el único hombre que podía hablar con Yancara sospechosa. Le pedían que ejerciera de intermediario entre la familia Kennedy y el jefe de la mafia de Chicago.
Frank aceptó. Las razones eran múltiples y entrelazadas. Creía genuinamente en Kennedy como figura política. pensaba que una presidencia demócrata mejoraría las condiciones de vida de los grupos que habían sufrido la discriminación, entre ellos los negros americanos, cuya causa Frank había apoyado públicamente en repetidas ocasiones.
Había hecho que Sammy Davis Jr., Su amigo pudiera alojarse en los hoteles de Las Vegas, donde actuaba, amenazando con quemar el establecimiento si no le daban una habitación, y había cantado en conciertos de apoyo a los derechos civiles, cuando eso todavía no estaba de moda entre los blancos de Hollywood, pero también le atraía la idea de tener al presidente de los Estados Unidos en deuda con él.
era la culminación de todo lo que había perseguido desde los clubes de mala muerte de Nueva Jersey. No solo la fama, no solo el dinero, sino el poder real, el tipo de influencia que hacía que las cosas ocurrieran. Las conversaciones entre Frank y Jancana fueron discretas, pero sustanciales. Jan garantizó que los votantes de los distritos clave de Illinois apoyarían a Kennedy.
A cambio, esperaba que una presidencia Kennedy significara el fin de la presión del FBI sobre sus operaciones. Era un acuerdo típico de aquella época en la que las fronteras entre política y crimen organizado en ciertas ciudades americanas eran más teóricas que reales. Kennedy ganó las elecciones de noviembre de 1960 por un margen tan estrecho que muchos analistas señalaron Chicago como la clave del resultado.
Jan creía que sin su intervención la victoria no habría sido posible. Frank Sinatra organizó los actos de la gala de inauguración y actuó ante el nuevo presidente con la satisfacción de quien sabe que ha contribuido al resultado. Lo que vino después fue una de las traiciones más espectaculares de la historia política americana.
Robert Kennedy, hermano del presidente y nuevo fiscal general de los Estados Unidos, declaró una guerra abierta y sin cuartel a la delincuencia organizada. Las escuchas telefónicas se multiplicaron. Los agentes del FBI siguieron a los jefes mafiosos de ciudad en ciudad. Samyangana, que había esperado que la Casa Blanca significara aire fresco para sus operaciones, se encontró bajo vigilancia permanente.
En uno de los mensajes interceptados por el FBI, Jancana decía como una amargura sin adornos que él había puesto a Kennedy en la Casa Blanca y que Kennedy lo había traicionado. La misma frase podría haberla pronunciado Fran Sinatra. La negativa de Kennedy a alojarse en su casa de Palm Springs fue el golpe más visible, pero no el único.
El presidente redujo progresivamente el contacto con Frank hasta hacerlo casi inexistente. Sus asesores argumentaban que la asociación con alguien cuyas conexiones con la mafia eran del conocimiento público resultaba políticamente insostenible. La lógica era correcta. La manera en que se ejecutó, sin aviso, sin explicación, sin la mínima consideración por lo que Frank había arriesgado fue para él una herida que no cerró nunca.
Frank respondió con gestos que en otro contexto habrían parecido infantiles, pero que en aquel tenían una carga política real. Dio un concierto gratuito para la población negra de una prisión cercana a Washington y se negó ostensiblemente a visitar la Casa Blanca. cambió su afiliación política del partido demócrata al republicano.
Un giro que sus amigos más antiguos observaron con incredulidad. El hombre que había llorado de emoción el día en que Kennedy ganó las elecciones, votaba ahora por los candidatos del partido contrario. Jan Mientras tanto, esperaba que Frank pudiera hacer algo para aliviar la presión que el FB y ejercía sobre sus operaciones.
Frank intentó tender puentes, habló con personas que conocía en círculos gubernamentales, trató de encontrar una vía que calmara la situación, no encontró ninguna. Yan empezó a verlo como alguien que había prometido más de lo que podía cumplir. Una noche, en el casino Sans, Frank recibió en la habitación un pedido de servicio de habitaciones que no había encargado.
Cuando levantó la cubierta de plata que cubría el plato, encontró la cabeza de un cordero. En el lenguaje no escrito de ciertos ambientes, el mensaje era inequívoco. Frank entendió perfectamente lo que significaba. En el otoño de 1962, los investigadores del organismo regulador de los casinos de Nevada llegaron al Cal Neva para revisar las licencias.
Frank recibió una llamada de un alto funcionario y le dejó claro, en términos que el funcionario recordaría durante años, que no tenía ninguna obligación de someterse a aquella inspección y que quienes la habían ordenado podían esperar una respuesta que describió con la expresión gran sorpresa gorda. El organismo regulador entendió la amenaza tal como estaba formulada y presentó cargos.
Frank fue obligado a renunciar a su licencia para operar casinos en Nevada. Yan perdió su principal apoyo en el lago Tajo. El 22 de noviembre de 1963 en Dallas, tres disparos acabaron con la vida de John Kennedy. Frank se enteró de la noticia mientras estaba en Palm Springs, en la misma casa donde había construido la plataforma de aterrizaje que el presidente nunca usó.
Se encerró durante tres días. No salió, no habló con nadie, no comió prácticamente nada. Cuando por fin abrió la puerta, tenía el aspecto de alguien que ha envejecido de golpe. La muerte de Kennedy no fue para Frank un acontecimiento político. Fue la pérdida de un hombre al que había querido y con quien había peleado, y con cuya muerte desaparecía también la posibilidad de que la historia entre ellos terminara de alguna otra manera.
El presidente que lo había humillado públicamente y el amigo que en otras circunstancias podría haber sido algo más que un aliado conveniente, eran la misma persona y esa persona ya no estaba. Fran salió de su encierro y empezó a donar dinero, a fundaciones para niños enfermos, a organizaciones de derechos civiles, a causas que no le daban visibilidad ni le pedían nada a cambio.
Era su manera de procesar lo que había vivido y era también quizás su manera de saldar cuentas como una historia en la que no siempre había sido el personaje que habría querido ser. El 8 de diciembre de 1963, 16 días después del asesinato de Kennedy, Fran Sinatra Junior salió de su habitación en el hotel Harras de Lake Taho después de una actuación con la orquesta en la que trabajaba como vocalista.
Tenía 19 años y llevaba el apellido de su padre con la incomodidad de quien carga como una herencia demasiado grande. Dos hombres estaban esperándolo en el pasillo. Uno de ellos sacó una pistola. El otro dijo que no hiciera ruido. Frank Junior fue introducido en el maletero de un automóvil y trasladado a un lugar que desconocía.
Cuando la noticia llegó a Frank Senior, algo en él se reorganizó de una manera que nadie a su alrededor había visto antes. El hombre que llevaba años siendo el centro gravitacional de su propio universo, que medía al mundo en función de lo que el mundo podía ofrecerle a él, dejó de pensar en sí mismo con una rapidez que sorprendió a sus colaboradores más cercanos.
Cogió el primer vuelo disponible y se instaló en Los Ángeles para coordinar la respuesta. No actuó en ningún escenario durante las semanas que duró la crisis. No habló con la prensa, no hizo declaraciones. Los secuestradores contactaron a través de un intermediario y pidieron que Frank llamara a un número desde un teléfono público.
Frank fue a una cabina, marcó el número y comenzó a negociar. La conversación avanzó hasta el momento en que los secuestradores estaban a punto de revelar las instrucciones para la entrega del rescate. Y en ese instante, en el momento más crítico de toda la situación, las monedas de 10 centavos se agotaron y la línea se cortó. Frank se quedó de pie en aquella cabina con el auricular en la mano y el silencio al otro lado.
Fuera de sus canciones, pocas veces en su vida había sentido una impotencia tan física, tan concreta. Rogó en silencio que los secuestradores volvieran a llamar y esperó. Volvieron a llamar. La cantidad exigida era $240,000. Frank fue al banco y retiró el dinero. Lo entregó según las instrucciones recibidas. Pocas horas después, Frank Junior apareció en una carretera del área de Los Ángeles sin heridas físicas, pero con la expresión de alguien que ha pasado días en el maletero de un coche sin saber si volvería a ver a su familia. El FB identificó y detuvo a los
responsables en pocos días. El cabecilla resultó ser Barry Kinan, un joven que había estudiado en la misma escuela que Nancy Sinatra, la hija mayor de Frank. Kinan había ojeado el anuario escolar buscando hijos de familias adineradas. Había encontrado la foto de Nancy. Había averiguado que tenía un hermano menor y había ejecutado el plan.
fue declarado posteriormente enfermo mental y no cumplió la condena completa. Frank no volvió a salir a la calle sin llevar en el bolsillo un pequeño saquito de monedas de 10 centavos. Lo llevó consigo durante el resto de su vida hasta el último día. La tecnología cambió, los teléfonos públicos desaparecieron, pero Frank siguió llevando las monedas.
Era su manera de asegurarse de que nada, ninguna circunstancia mecánica o material volvería a interrumpirlo en el momento más importante. El secuestro del hijo produjo en Frank un efecto que ningún terapeuta habría podido fabricar. Por primera vez en décadas, sus hijos pasaron a ocupar un lugar real en su vida cotidiana.
Se acercó a Nancy Junior, a Frank Junior y a Tina con una atención que en los años anteriores había distribuido casi en exclusiva entre su carrera y sus aventuras sentimentales. Los tres jóvenes vieron en la conducta de su padre durante la crisis algo que los reconcilió con él de una manera profunda. El hombre que raramente había estado presente cuando lo necesitaban había actuado cuando de verdad importaba, como un padre sin fisuras.
Pero la vida sentimental de Frank no se detuvo. Nunca se detuvo. En 1964, durante un rodaje en el que participaba como actor, Frank conoció a Mia Farrow. Ella tenía 20 años, él tenía 50. La diferencia era de 30 años exactos y nadie en el entorno de Frank consideró que aquello fuera un detalle menor. Mia Farrow era la hija del director de cine John Farrow y de la actriz Maurino Sullivan.
conocida por sus papeles en las películas de Tarzán de los años 30. Su abuela materna era Paula de Croaset, una periodista de pluma afilada y reputación feroz. Mía había crecido en un hogar culto y cosmopolita. Había trabajado en televisión desde muy joven y se había convertido en una figura reconocible gracias a su papel en una serie de gran popularidad.
Físicamente era todo lo contrario de Aba Garner, delgada, de rasgos frágiles, con una expresión que oscilaba entre la inocencia y una inteligencia que no siempre resultaba evidente a primera vista. Frank la llamaba su pollita. Din Martin, que no era conocido por su tacto, dijo en público que tenía un frasco de pegamento más viejo que la novia de Frank.
El ambiente en torno a la pareja era de una incredulidad apenas disimulada que los propios protagonistas ignoraban con distintos grados de elegancia. Durante un tiempo intentaron mantener la relación en privado, no lo consiguieron. Un fotógrafo los capturó juntos en un yate durante un crucero y la imagen apareció al día siguiente en todos los periódicos del país.
Los comentarios fueron predecibles, algunos irónicos, otros directamente hostiles. Los hijos de Frank, que acababan de reconciliarse con su padre, observaron la situación con una resignación que ya conocían de memoria. Frank y Mia se casaron en julio de 1966 en una ceremonia civil que duró menos de 4 minutos. En el registro de bodas, justo antes de firmar, Fran se inclinó hacia un amigo y le susurró que mirara a la chica que había junto a la puerta, porque prefería imaginarse que se casaba con ella.
La chica junto a la puerta no era Mía Farrow, era Aba Garner, que nunca salía completamente de su cabeza, que seguía ocupando en él un espacio que ninguna otra mujer había llenado del todo y que ninguna otra mujer llenaría jamás. El matrimonio duró menos de 2 años. La ruptura llegó de una manera que resumía bien la naturaleza de los dos protagonistas.
Frank había acordado que Mia protagonizara junto a él una película de suspense. Mia aceptó, pero después decidió aceptar también el papel principal en el bebé de Rose Mary, la película que Roman Polanski estaba a punto de rodar. Los rodajes coincidían. Mía eligió a Polanski. El abogado de Frank apareció en el set del bebé de Rosemary con los papeles del divorcio.
Se los entregó a Mia entre una toma y la siguiente. Frank no estaba presente, no lo habría soportado. Esos años de mediados de los 60 fueron también los años en que el mundo en torno a Frank cambió de una manera que él no supo o no quiso comprender. La generación que había crecido después de la guerra tenía sus propios héroes, su propia música, su propia manera de entender la libertad y la rebeldía.
Los Beatles habían llegado a América en 1964 y en cuestión de semanas habían absorbido el tipo de histeria colectiva que Frank había provocado en el Paramont 22 años antes. El rock and roll y más tarde el rock psicodélico y el fork de protesta definían el espíritu de la época con una urgencia que la música de Frank no compartía.
Frank lo veía con una mezcla de incomprensión y desprecio que no siempre guardaba para sí mismo. Declaró en varias ocasiones que el rock and roll era música para idiotas, que los Beatles eran ruido envuelto en histeria y que aquella generación de jóvenes desaliñados no tenían ni idea de lo que era cantar de verdad. Sus palabras llegaban a los periódicos y los periódicos las publicaban con la satisfacción de quien constata que una leyenda está perdiendo el paso.
Y sin embargo, la ironía era que algunas de las cosas que Frank había inventado, el álbum conceptual, la grabación orquestal como experiencia emocional total, el cantante como personalidad más que como simple intérprete, eran exactamente las herramientas que los artistas de los 60 usaban para construir su propio lenguaje.
Lo que Frank veía como una ruptura era también, en parte una continuación de lo que él mismo había iniciado. En 1969 murió su padre Marty, el hombre silencioso que había boxeado para dar de comer a su familia y que había enseñado a Frank que los hombres del barrio resuelven sus problemas sin pedir ayuda a nadie.
Frank llevaba años sin poder dedicarle el tiempo que habría querido. La muerte de Marty se sumó a un estado de ánimo que ya venía siendo sombrío desde el divorcio de Mia y desde la sensación creciente de que el mundo que él representaba estaba siendo sustituido por algo que no le pertenecía. Grabó dos álbumes que intentaban dialogar con la época, Warot Toown y un disco orquestal de gran ambición conceptual y los dos fracasaron en ventas.
La crítica los recibió con respeto, pero sin entusiasmo. Frank entendió el mensaje. No era el tipo de fracaso que se resuelve con más trabajo o con mejor publicidad. Era el fracaso de un hombre que seguía siendo extraordinario en lo que hacía, pero que hacía algo que el momento ya no pedía con la misma urgencia.
La década terminó dejándole la sensación de que algo irreversible había ocurrido, no en su voz, que seguía siendo lo que siempre había sido, no en su capacidad para llenar teatros que continuaba siendo real, sino en la relación entre él y el espíritu de su tiempo, que se había desajustado de una manera que ya no tenía arreglo.
En el verano de 1969, Paul Anka entró al estudio con una partitura y una letra que había escrito en una noche, inspirado en una melodía francesa que originalmente se llamaba Com Davitude, compuesta por Jack Revu, Jill Sivu y Claud Francois. Anca había escuchado la canción en París, había comprado los derechos y había pasado meses intentando adaptarla al inglés sin encontrar el ángulo adecuado.
Hasta que una noche viendo a Frank Sinatra en televisión se le ocurrió que aquella melodía necesitaba la voz de un hombre que hubiera vivido de verdad lo que la letra decía. Se sentó y la escribió pensando en Frank. La terminó antes del amanecer. La canción se llamó My Way, que en español significa A mi manera. Y era una confesión en primera persona de alguien que miraba atrás hacia una vida llena de contradicciones y no pedía perdón por ninguna de ellas.
Había amado, había sufrido, había cometido errores, había tomado decisiones que otros consideraban equivocadas y lo había hecho a su manera, sin rendirse, sin doblegarse, sin pedir permiso. Frank la grabó en una sola sesión. No necesitó repetirla. Hay canciones que un artista interpreta y hay canciones que un artista encarna.
My Way pertenece a la segunda categoría. Cada vez que Frank la cantaba, no estaba actuando. Estaba contando su propia historia con una exactitud que ningún biógrafo habría podido igualar. El Chicago que había vaciado las alcantarillas de Hoboken, el contrato con Dorysi que lo ataba de por vida, la sangre en el escenario, el Óscar, las noches en el Cal Neva, la plataforma de aterrizaje que demolió con sus propias manos.
Todo eso cabía en aquella melodía de 3 minutos y medio. La canción se convirtió en un fenómeno que superó cualquier previsión. La cantaron otros artistas, desde Elvis Presley hasta Roby Williams, desde los Ex Pistols hasta Shirley Bassy, pero en la voz de ninguno de ellos tenía el peso que tenía en la de Frank, porque ninguno de ellos había vivido lo que Frank había vivido.
La canción no era solo buena, era verdadera. Y la verdad, cuando se sostiene sobre una voz como aquella, tiene una duración que las tendencias musicales no pueden afectar. En la Unión Soviética, donde la música de Frank circulaba de maneras no siempre autorizadas por las autoridades, Mywayi se convirtió en una de las canciones más escuchadas entre quienes soñaban como un mundo diferente.
años después, cuando la política soviética dio un giro histórico y el gobierno de Moscú anunció que dejaría de interferir en los asuntos internos de los países de su órbita, el portavoz del Ministerio de Exteriores, Jenadi Gerasimov, describió el cambio ante los periodistas como la doctrina Sinatra. Dijo que a partir de ese momento cada país haría las cosas a su manera.
El chiste tenía más profundidad de lo que parecía. Frank Sinatra, el hijo de inmigrantes italianos de Hoboken, que nunca terminó el bachillerato, había dado nombre a un momento de la historia política del siglo XX. La otra gran canción de ese periodo llegó unos años después. Nueva York. Nueva York era una composición que Frank grabó en 1978 para la banda sonora de una película de Martines Corsese era una declaración de amor a la ciudad que lo había rechazado la primera vez que se presentó ante ella con las manos vacías y los bolsillos llenos de ambición. Una ciudad que lo
había visto actuar en el Paramont mientras las mujeres perdían el conocimiento en las butacas y que también lo había visto tropezar en la acera de Times Square en las peores noches de su vida. Fran la cantaba como si aquella ciudad y él hubieran sido rivales que con el tiempo habían llegado a un acuerdo de respeto mutuo.
Desde que se estrenó, la canción se convirtió en el himno no oficial de Nueva York y se toca cada año en Times Square durante las celebraciones de Año Nuevo. Pero antes de aquella canción y antes de que la historia lo convirtiera en clásico con vida propia, Frank había tomado una decisión que sorprendió a todos los que lo conocían.
El 13 de junio de 1971, en el Music Center de Los Ángeles, Fran Sinatra dio su concierto de despedida. El aforo estaba completo. Entre el público se encontraban Ronald Rean, entonces gobernador de California, Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional y prácticamente todo el Hollywood que en aquel momento tenía algo que decir.
Frank interpretó las canciones que habían marcado las distintas etapas de su carrera, desde los estándards de los años 40 hasta los grandes álbumes de los 50 y los 60. Cuando llegó el momento de cantar My Way, una parte del público lloró sin disimulo. Cuando terminó, los aplausos duraron varios minutos. Frank salió del escenario con la cabeza alta.
La decisión de retirarse no fue impulsiva. Llevaba meses pensando en ella, convencido de que era mejor irse mientras todavía era capaz de hacerlo en sus propios términos. El escándalo en torno a sus conexiones con la mafia, que los medios habían intensificado en los años anteriores, lo agotaba. La pelea constante con la prensa, que lo seguía con una fidelidad que no distinguía entre admiración y hostigamiento, lo agotaba también.
Y aunque su voz seguía siendo extraordinaria, empezaba a notar que ciertos registros ya no respondían con la facilidad de antes. En esa misma época, en las pantallas de cine apareció una película que lo sacó de quicio de una manera que sus amigos no olvidarían. El padrino, dirigida por Francis Ford Cópola, a partir de la novela de Mario Puso, incluía un personaje llamado Johnny Fontain, un cantante de origen italiano cuya carrera había sido relanzada gracias a la intervención de la mafia.
El paralelismo era tan evidente que Frank lo consideró un insulto personal y amenazó públicamente con destruir a los responsables de la película. El escándalo fue enorme. La mafia, por su parte, tampoco estaba contenta con la representación y manifestó su descontento por los canales que le eran habituales. Hollywood tardó semanas en calmar la situación.
Cuando el padrino ganó tres premios Óscar, incluido el de mejor película, y se convirtió en una de las obras más celebradas de la historia del cine, Frank dejó de comentar el asunto. La retirada de 1971 duró menos de lo que Frank había prometido. Para 1973 ya estaba grabando de nuevo y en 1974 volvió a los escenarios con un álbum titulado All Blue Eyes is back en referencia al apodo que le había dado la prensa por el color de sus ojos.
El regreso fue bien recibido. Frank era demasiado grande para que su ausencia se convirtiera en irrelevancia y demasiado disciplinado como artista para que su vuelta sonara a Desperation. Políticamente, el giro que había iniciado en los años anteriores se consolidó en esta época. Frank se acercó al Partido Republicano y cultivó una amistad con Ronald Rean que duraría hasta el final de sus días.
Cuando Rigan ganó las elecciones presidenciales en 1980, Frank organizó los actos de la gala de inauguración con la misma entrega con que lo había hecho para Kennedy 20 años antes. La diferencia era que esta vez el presidente sí visitó su casa. Tres semanas después de tomar posesión del cargo, Rigan devolvió a Frank su licencia para operar casinos en Nevada, la misma que le habían retirado años atrás en relación con sus vínculos con Yanc.
En ese periodo, Frank también encontró a la mujer que sería su última compañera. Bárbara Marx era una antigua bailarina que había estado casada con uno de los hermanos Marx, los famosos cómicos de Hollywood. Conocía el mundo del espectáculo desde dentro. Tenía carácter propio y no estaba dispuesta a convertirse en una presencia decorativa.
Se casaron en 1976 y Bárbara se instaló junto a Frank con la determinación de alguien que sabe exactamente en qué se está metiendo y ha decidido que vale la pena. Aba Garner, que vivía entonces en Madrid, le dijo a Frank cuando se enteró de la boda que Bárbara era perfectamente adecuada para él en esta etapa de su vida.
Y luego, aparte le dijo a Bárbara que se quedara con él, que ella no iba a quedarse. Era Aba siendo Aba, generosa y cruel al mismo tiempo, sincera hasta donde le convenía hacerlo. El periodo que va de 1977 a 1990 fue el más productivo de la vida adulta de Frank en términos de actuaciones. Dio aproximadamente 1000 conciertos en esos 13 años.
Siguió actuando en Las Vegas, en los grandes teatros de todo el mundo, en giras que lo llevaban de una ciudad a otra con una energía que desconcertaba a colaboradores que tenían la mitad de sus años. En algunos de esos conciertos, algo ocurría que los músicos de su orquesta describían después con dificultad para encontrar las palabras adecuadas.
Frank de repente no era el hombre mayor que había subido al escenario minutos antes. Era el de siempre, el de los mejores años, el que había llenado el paramount mientras el mundo perdía la cabeza. Duraba poco, pero mientras duraba era real. El legado que fue construyendo a lo largo de aquellas décadas era de una dimensión que pocas personas en la historia de la música popular han alcanzado.
Más de 300 canciones grabadas con Nelson Ridle, decenas de álbumes que definieron lo que podía ser un disco de música popular, una carrera cinematográfica que incluyó un Óscar y papeles en películas de referencia y una manera de entender la relación entre un artista y su público que influyó en generaciones de intérpretes que no siempre reconocieron la deuda, pero que la tenían.
David Bwiy, que admiraba a Frank con una intensidad que raramente mostraba en público, había escrito en 1971 una canción llamada Life on Mars, que era en parte un homenaje y en parte una venganza. La historia era la siguiente. Cuando la canción original francesa Com David buscaba adaptación en inglés, una de las versiones descartadas había sido la de un joven bwi que entonces no era nadie.
Polanca fue elegido en su lugar. Bowi, molesto, tomó la progresión de acordes de la canción resultante My Way y construyó sobre ella su propia pieza. El resultado fue una de las canciones más celebradas de la historia del rock. Frank y Bwi, sin haber colaborado nunca directamente, habían producido juntos dos de las grandes canciones del siglo XX a través de un malentendido creativo que ninguno de los dos había planeado.
Esa conexión invisible entre Fran Sinatra y la música que vino después era más profunda de lo que parecía. No era solo influencia en el sentido técnico, era la demostración de que cuando un artista es suficientemente original, su huella no desaparece cuando cambia la moda, se transforma. Aparece en lugares inesperados.
Sigue trabajando mucho después de que el artista haya abandonado el escenario. En 1990, Frank Sinatra estaba sentado frente al televisor en su casa cuando el presentador del informativo anunció que la actriz Ava Garner había fallecido en Londres a consecuencia de una neumonía. Tenía 67 años. Frank perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí, los que estaban con él en la habitación vieron en su cara algo que no habían visto antes, ni en los peores momentos de la crisis con Kennedy, ni en los meses en que había perdido la voz y la carrera al mismo tiempo. Era el rostro de alguien que acaba de perder algo que no era recuperable porque nunca había sido poseído del todo.
Las paredes de su dormitorio en la casa de Malibu estaban cubiertas de fotografías de Aba. En la sala, en el baño, en la terraza que daba al océano Pacífico. Bárbara, su esposa, desde hacía 14 años lo sabía, nunca lo comentó. Era parte del trato no escrito de vivir con Frank Sinatra. Había una habitación en su interior a la que nadie más tenía acceso y en esa habitación siempre había una mujer que no era la que dormía a su lado.
Frank no fue al funeral de Ava, no habría podido soportarlo. Los años 90 fueron los más duros de su vida y no porque su posición en el mundo del espectáculo hubiera disminuido. Su nombre seguía siendo el más reconocido de la música popular americana. Cuando las encuestas preguntaban a los británicos quién era su cantante favorito, Frank Sinatra aparecía por encima de Elvis Presley.
Cuando la Universidad de Nevada le otorgó un doctorado Noris causa, el acto tuvo más cobertura mediática que la mayor parte de los estrenos cinematográficos de aquel año. No era el problema. El problema era que uno por uno que habían compartido su mundo estaban desapareciendo. Sammy Davis Jor murió de cáncer en 1990.
Din Martin, que había estado en un estado de melancolía profunda desde la muerte de su hijo en un accidente de aviación en 1987, murió el día de Navidad de 1995. La madre de Frank, Dolly, la mujer que lo había traído al mundo bajo el agua fría del grifo y que había construido con sus propias manos la red de contactos que hizo posible su carrera.
Había muerto en 1977 cuando el avión que había alquilado se estrelló contra una montaña cerca de Palm Springs. Frank había quedado destrozado, pero las muertes de Samy y de Din fueron de otra naturaleza, porque con ellas desaparecía la última generación de personas que habían conocido el mismo mundo que él y que lo habían vivido desde dentro.
Después de la muerte de Din Martin, Frank entendió que era el siguiente. El último concierto tuvo lugar en febrero de 1995 en Fukuoka, Japón. Al terminar, Frank y los músicos de su orquesta subieron al autobús que los llevaría de vuelta al hotel. Normalmente, después de un concierto, el autobús era ruidoso, lleno de conversaciones y bromas que se prolongaban hasta bien entrada la madrugada.
Esa noche reinó el silencio. Algunos músicos lloraban sin disimulo. Todos sabían que aquello era al final. Y el final de Fran Sinatra no era un asunto privado. Era el fin de una época que ninguno de ellos volvería a ver. Frank regresó a Estados Unidos y se instaló en la pequeña casa que tenía en Malibú, frente al océano.
La casa era sencilla hasta la austeridad. una cama pequeña, un piano, las fotografías de Ava en las paredes. Los que lo visitaban en ese periodo describían un hombre que hablaba mucho del pasado, que recordaba nombres y fechas como una precisión que contrastaba con los problemas que a veces tenía para reconocer caras familiares.
Su hija Nancy lo visitaba con regularidad y comprobaba que los recuerdos seguían intactos, incluso cuando otras facultades empezaban a fallar. Frank no quería que se supiera el estado real de su salud. Lo había dicho siempre. No quería que nadie se alegrara de su debilidad. Llegaba a los hospitales bajo nombres falsos.
Pedía a los conductores de las ambulancias que no usaran las sirenas para no llamar la atención. Cuando los médicos lo visitaban en casa, les pedía que aparcaran a una manzana de distancia para que los fotógrafos que a veces rondaban el vecindario no pudieran documentar las visitas. En los años que siguieron a su último concierto, Frank sufrió una serie de infartos que lo llevaban al hospital con una regularidad que ya nadie en su entorno intentaba ocultar del todo.
Los médicos estabilizaban su estado. Él regresaba a casa, descansaba durante semanas y luego parecía recuperar algo de la energía que lo había caracterizado durante 80 años. Pero cada episodio dejaba un rastro que el siguiente agravaba y los médicos que lo trataban sabían que la cuenta atrás era una cuestión de tiempo.
En la madrugada del 14 de mayo de 1998, Fran Sinatra sufrió un infarto masivo en su casa de los Ángeles. Fue trasladado de urgencia al hospital Sidar Sainai, donde los médicos lograron estabilizarlo durante unas horas. Bárbara estuvo a su lado durante todo ese tiempo hablándole. pidiéndole que siguiera luchando, llorando sin ocultarlo.
Frank la miró en algún momento de esa noche y dijo que creía que estaba perdiendo. Murió a las 11 de la noche del 14 de mayo de 1998. Tenía 82 años. La noticia llegó a los periódicos en la edición de la mañana siguiente y ocupó las primeras páginas de todas las publicaciones del mundo con las que compartía idioma.
En Nueva York los titulares fueron tan grandes como los que se reservan para los grandes momentos de la historia. En Los Ángeles, los estudios de Hollywood decretaron un periodo de duelo. En Las Vegas, las luces del paseo principal se apagaron durante 20 minutos en señal de respeto. 20 minutos exactos.
Luego todo volvió a encenderse con la misma energía de siempre, porque Las Vegas es el único lugar del mundo donde el luto dura exactamente el tiempo acordado. En España y en toda América Latina, la noticia fue tratada con una solemnidad que hubiera sorprendido a quienes pensaban que Sinatra era una figura exclusivamente americana.
Su música había llegado a todos los rincones del mundo hispanohablante décadas antes, en discos que sonaban en radios de provincias y en salones de baile de ciudades que él nunca visitó. Su voz era familiar en hogares donde nadie hablaba inglés, pero donde todos conocían aquella manera de pronunciar las notas, que no necesitaba traducción.
El funeral se celebró el 20 de mayo en la Iglesia del Buen Pastor de Beverly Hills. Asistieron Sofía Loren, Tony Curtis, Laisa Minelli, Angie Dickinson, Nancy Rean y docenas de personas que habían formado parte de su mundo en distintos momentos de su larga vida. Sus hijos Nancy, Frank Junior y Tina estaban en primera fila.
Nancy Senior, la primera esposa, la que había prometido acompañarlo en el camino cuando ambos eran jóvenes y no sabían lo que ese camino significaría en realidad, también estaba presente. Tenía entonces más de 80 años y vivió hasta los 101 años, falleciendo en 2018. Frank fue enterrado en el cementerio Desert Memorial Park de Palm Springs, junto a sus padres.
La lápida es sencilla, de piedra gris. sin ornamentos. Lleva grabado su nombre completo, Francis Albert Sinatra, las fechas de su nacimiento y su muerte, y debajo una frase que él mismo había elegido. Lo mejor está por llegar. Es la misma frase que aparecía en el anillo que llevaba en el dedo cuando murió, junto a una petaca de whisky, un encendedor y un paquete de chicles de cereza que alguien había puesto en el ataúd porque Fran los llevaba siempre encima.
En el bolsillo del traje con el que lo enterraron había también un pequeño saquito de monedas de 10 centavos. Sus hijos siguieron su propio camino en el mundo de la música. Nancy Junior se convirtió en cantante y su canción Estas botas están hechas para caminar sigue acumulando nuevos oyentes décadas después de ser grabada. Fran Junior se dedicó a la dirección de orquesta y llevó la música de su padre a escenarios de todo el mundo durante años.
hasta su propia muerte en 2016. La compañía Universal Music Group publicó después de su muerte varias colecciones de grabaciones inéditas y recopilaciones de sus grandes álbumes que llegaron a públicos que no habían nacido cuando Frank cantaba en el Paramount. Cada pocos años aparece un artículo en alguna revista importante preguntando de qué manera la música de Sinatra sigue influyendo en la cultura popular contemporánea.
Y la respuesta siempre resulta más larga y más compleja de lo que la pregunta sugería. Fran Sinatra fue, en el sentido más literal de la expresión, el último de su clase. No hubo nadie antes que él que hubiera combinado de aquella manera la música popular con el cine, la política con el crimen organizado, la generosidad extrema con la crueldad ocasional, la elegancia impecable con los excesos más desaforados.
Y no ha habido nadie después que haya intentado serlo todo al mismo tiempo con aquella misma convicción de que era posible, de que las contradicciones no tenían por qué resolverse, de que un hombre podía hacer muchas cosas distintas y seguir siendo por encima de todas ellas él mismo. La última frase de My Way lo dice mejor que cualquier biografía.
Lo hice a mi manera. No como una declaración de triunfo, como una simple constatación de un hecho. Fran Sinatra existió en sus propios términos desde la noche en que su abuela lo sostuvo bajo el agua fría hasta la madrugada en que el corazón le dijo que ya era suficiente. Y el mundo que dejó atrás era por esa voz y por esa vida un lugar distinto al que habría sido sin él.
Soy Carlos Valverde. Gracias por acompañarme en este viaje por la vida de uno de los artistas más extraordinarios del siglo XX.