
Cómo el Mossad Mató al Líder de Al-Qaeda en el Corazón de Irán
Es la noche calurosa del 7 de agosto de 2020 en Pazdarán, uno de los barrios más exclusivos y vigilados del norte de Teerán, hogar de diplomáticos, generales de la Guardia Revolucionaria y secretos de Estado. Un Renault L90 sedán blanco, circula tranquilamente por la calle, ajeno al hecho de que la fecha en el calendario no es una coincidencia, sino una sentencia.
Al volante va un hombre de barba grisácia conocido por sus vecinos como Jabib Daud, un supuesto profesor de historia libanés vinculado a Jesbolá. A su lado, en el asiento del pasajero, viaja su hija Mariam, una viuda joven de 27 años. Parecen una familia normal regresando a casa después de la cena, pero nada es lo que parece en esta calle. Habib Daud no existe.
Es una identidad fantasma creada por la inteligencia iraní para ocultar a uno de los hombres más buscados del planeta, Abdullah Ahmed Abdullah, alias Abu Muhammad Almasri, el segundo al mando de Alcaeda, y el cerebro maestro detrás de los atentados a las embajadas de Estados Unidos en 1998. Durante 17 años ha vivido bajo la protección secreta del régimen iraní, creyéndose intocable en el corazón de la capital chiita.
Sin embargo, mientras el coche reduce la velocidad cerca de su casa, el zumbido de un motor de motocicleta rompe el silencio. Una moto con dos ocupantes vestidos de negro se desliza por el punto ciego del conductor. No hay gritos, no hay advertencias. El pasajero de la moto levanta una pistola equipada con un silenciador profesional.
Cinco disparos secos y metálicos suenan en rápida sucesión. Puft, puft, puft. Cuatro balas atraviesan el cristal y destrozan a los ocupantes. La quinta impacta en un coche cercano. La moto acelera y desaparece en el laberinto de Teerán antes de que los casquillos toquen el asfalto. Exactamente 22 años después de que Almasri ordenara matar a cientos de personas en África, la justicia ha llegado sobre dos ruedas en territorio enemigo.
El asesinato de Abu Muhammad Almasri en el centro de Teerán es una de las operaciones de inteligencia más audaces y desconcertantes del siglo XXI. Una historia que parece desafiar la lógica geopolítica básica. Durante años, los analistas occidentales creyeron que Irán, una teocracia chiita y Alcaeda, extremistas sunitas que odian a los chiitas, eran enemigos naturales.
Pero la muerte de Almasri expuso una alianza de conveniencia oscura y pragmática. Irán albergaba a la cúpula de Alcaeda como una póliza de seguro contra Estados Unidos, permitiéndoles vivir en un lujoso arresto domiciliario mientras planeaban operaciones globales. La eliminación de Al Masry no fue obra de los Navy Seals ni de un dron Reaper estadounidense, sino de agentes del Kidon, la unidad de asesinatos del mosad israelí actuando bajo petición directa de Washington.
Fue una operación quirúrgica en territorio hostil ejecutada sin dejar huellas dactilares, que envió un mensaje escalofriante al régimen de los hayatolás. Podemos matar a quien queramos, donde queramos, incluso en vuestro barrio más seguro. Durante tres meses, Irán encubrió el asesinato inventando una historia sobre un profesor libanés ficticio para no admitir que habían estado protegiendo al asesino de miles de americanos.
y que su contrainteligencia había fallado estrepitosamente. Esta es la crónica de cómo los espías israelíes rastrearon a un fantasma durante décadas y ejecutaron una venganza histórica en el aniversario exacto de sus crímenes. Si te interesan las alianzas secretas del terrorismo, las operaciones encubiertas de alto riesgo y como el Mossad opera detrás de las líneas enemigas, suscríbete ahora.
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Abdullah Ahmed Abdullah, conocido en el submundo del jihadismo global como Abu Muhamad al Masri, no era un simple peón en el tablero del terror. Era un gran maestro, un estratega cerebral y meticuloso que había estado presente en la fundación misma de Alcaeda junto a Osama Bin Laden en las cuevas de Afganistán. Nacido en Egipto y forjado en el fútbol profesional antes de cambiar el balón por el fusil Kalashnikov, Almasri se convirtió en el jefe de planificación operativa de la organización.
Su obra maestra del horror se reveló al mundo el 7 de agosto de 1998. A las 10:30 de la mañana, dos camiones bomba cargados con toneladas de explosivos detonaron casi simultáneamente frente a las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y Daralam, Tanzania. La devastación fue apocalíptica. Los edificios de hormigón se convirtieron en polvo y metralla,matando a 224 personas e hiriendo a más de 4000.
La mayoría de las víctimas no eran diplomáticos estadounidenses, sino civiles africanos que pasaban por la calle o trabajaban en oficinas cercanas. Al Masri fue el arquitecto logístico de esta masacre. Fue él quien supervisó la fabricación de las bombas, el movimiento de los operativos y la financiación de las células locales.
Ese día su nombre fue grabado con sangre en la lista de más buscados del FBI con una recompensa de ,000es dólares por su cabeza, convirtiéndose en un hombre marcado que tendría que vivir mirando por encima del hombro el resto de sus días. Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 y la invasión estadounidense de Afganistán, la estructura central de Alcaeda se enfrentó a una amenaza existencial con los bombarderos B52 pulverizando las montañas de Torabora y las fuerzas especiales cazando a los líderes árabes en cada valle, Al Masri y
otros miembros de la cúpula, incluido Saif Al Adel, el jefe de seguridad, y varios hijos. de Vin Laden tomaron una decisión estratégica desesperada y contrainttuitiva. Huir hacia el oeste cruzando la frontera hacia Irán. A primera vista parecía un suicidio. La República Islámica de Irán, una teocracia chiita revolucionaria y Alcaeda, una organización extremistas unitas alafista, eran enemigos teológicos mortales.
Los talibanes y los iraníes habían estado al borde de la guerra en 1998. Sin embargo, en el oscuro mundo de la Real Politic de Oriente Medio, el enemigo de mi enemigo es mi amigo, o al menos mi herramienta, la fuerza CUTS de la Guardia Revolucionaria Islámica IRGC, dirigida por el astuto general Kassem Soleimani, vio una oportunidad de oro.
En lugar de arrestar y entregar a los terroristas a Estados Unidos o ejecutarlos como herejes, decidieron acogerlos. No fue un acto de caridad, sino una jugada maestra de chantaje geopolítico. Al mantener a la cúpula de Alcaeda bajo su control, Irán obtenía una póliza de seguro viviente. Garantizaban que Alcaeda nunca atacaría objetivos dentro de Irán y al mismo tiempo tenían una carta de negociación valiosa para usar contra Washington en el futuro.
Así comenzó la extraña y secreta vida de Abu Muhamad Almasri en la jaula de oro, Persa. Inicialmente, las condiciones fueron duras. Los líderes de Alcaeda y sus familias pasaron tiempo bajo arresto domiciliario estricto en complejos militares y casas seguras en el este de Irán, interrogados y monitoreados constantemente.
Pero con el paso de los años y especialmente tras ciertos intercambios de prisioneros secretos, como el canje de un diplomático iraní secuestrado en Yemen 2015, las restricciones se relajaron notablemente. Almasri fue trasladado a Teerán, al exclusivo distrito de Pasdarán, un enclave de riqueza y poder donde vivían los altos funcionarios del régimen.
La inteligencia iraní le construyó una leyenda operativa perfecta. A partir de entonces sería Jabib Daud, un profesor de historia libanés refugiado afiliado a Jesbolá, que vivía una vida tranquila de retiro académico. Se le permitió moverse con relativa libertad, conducir su propio coche, ir de compras a los bazares locales y llevar una vida suburbana aparentemente normal.
Sus vecinos lo veían como un hombre educado y piadoso, sin tener la menor idea de que el anciano que compraba pan era el responsable de la muerte de cientos de personas en África y el mentor estratégico de la jihad global. Bajo esta identidad falsa, Almasri no estaba inactivo, aunque oficialmente retirado.
Y bajo la vigilancia del Ministerio de Inteligencia iraní Moise, las agencias de espionaje occidentales sabían que seguía siendo un nodo vital en la red terrorista. Desde su villa en Teerán se cree que mantenía comunicaciones discretas con la filial de Alcaeda en Siria y con el liderazgo central en Pakistán, actuando como un consejero emérito y un gestor de crisis.
Su importancia se vio reforzada por sus lazos familiares. Su hija Mariam, una joven inteligente y radicalizada que había crecido en la fuga, se casó en Irán con Hamza Bin Laden, el hijo favorito de Osama y el heredero ungido de la organización. Esta unión dinástica consolidó la posición de Almasri como el guardián del legado de Bin Laden.
Incluso después de que Hamsa fuera eliminado en una operación estadounidense en la región de Afganistán, Pakistán, Mariam permaneció al lado de su padre en Teerán, compartiendo su exilio dorado y su destino. La presencia de Almasri en Irán era un secreto a voces en la comunidad de inteligencia.
La CIA lo sabía, el Mossad lo sabía y los iraníes sabían que ellos lo sabían. Pero había una regla tácita de enfrentamiento. Atacar en suelo iraní era cruzar una línea roja que podría desencadenar una guerra. Sin embargo, para el año 2020 la dinámica había cambiado. La administración Trump había adoptado una política de máxima presión contra Irán, Israel.
bajo la direccióndel jefe del Mossad, Josie Cohen, estaba llevando a cabo una guerra en la sombra cada vez más agresiva contra el programa nuclear y los activos iraníes, como el robo del archivo nuclear en 2018. La inteligencia israelí que monitoreaba constantemente a Jabib Daud, notó patrones de rutina que lo hacían vulnerable. Sabían que conducía su Renault L90 blanco sin escolta armada visible, confiado en la protección implícita de su anfitrión.
Para Estados Unidos, Almas R era una cuenta pendiente desde 1998, un fantasma que se había escapado demasiadas veces, pero Washington no tenía la capacidad operativa para ejecutar un asesinato en las calles de Teerán, sin arriesgarse a un desastre diplomático o militar masivo. Necesitaban un actor que tuviera la capacidad de infiltración, la voluntad política y la negación plausible para apretar el gatillo.
La petición se transmitió a Telviv. El Mossad aceptó el contrato. No se trataba solo de hacer un favor a su aliado americano. Eliminar al número dos de Alcaeda servía a los intereses de seguridad de Israel al debilitar a una organización enemiga y simultáneamente humillar a Irán, demostrando que su capital no era segura para nadie.
La fecha elegida para la ejecución no fue aleatoria. Se marcó en el calendario el 7 de agosto, el 22o aniversario exacto de los atentados en África. Era un mensaje simbólico brutal. La justicia puede tardar décadas, pero tiene una memoria perfecta. Mientras Almasri paseaba por las calles arboladas de Pasdarán, creyéndose protegido por la guardia revolucionaria, un equipo de vigilancia del Kidon ya estaba estudiando sus rutas, sus horarios y los puntos ciegos de las cámaras de seguridad, preparando el escenario para que el pasado finalmente
lo alcanzara a la velocidad de una bala. La planificación operativa para eliminar a un objetivo de alto valor en el corazón de una capital enemiga como Teerán no es una tarea que se improvise en semanas. Es una sinfonía de inteligencia que requiere meses, a veces años de preparación meticulosa por parte de las divisiones más secretas del Mossad.
Una vez que la luz verde política fue transmitida desde Jerusalén, activando el protocolo de asesinato selectivo, la maquinaria de la unidad Caesarea, operaciones especiales y su brazo ejecutor, el quidón, la bayoneta, comenzó a girar en silencio. El desafío táctico era inmenso. Gerán no es Dubai ni Beirut. Es una ciudad bajo vigilancia constante, saturada de cámaras de reconocimiento facial, controles de la Guardia Revolucionaria IRGC y una red de informantes del Basij en cada esquina.
Enviar a un equipo de oficiales israelíes con pasaportes falsos al terreno, como se hizo en la operación de Dubai en 2010, se consideró un riesgo suicida e innecesario. En su lugar, el Mossad optó por una estrategia híbrida que había perfeccionado durante la década anterior en su guerra contra los científicos nucleares iraníes, la utilización de activos locales, reclutaron y entrenaron a operativos dentro de Irán, posiblemente miembros de grupos opositores, disidentes o profesionales del crimen organizado con rencor al régimen para que fueran las
manos que apretaran el gatillo. Mientras que la mente de la operación, la inteligencia en tiempo real y la dirección táctica permanecía segura en una sala de mando en Telavives de kilómetros de distancia. El objetivo Abu Muhamad Almasri vivía bajo la identidad de Jabib Daud, un profesor de historia libanés en la calle Pasdarán.
Durante meses, los ojos del Mossad en el terreno construyeron un patrón de vida exhaustivo del objetivo. Sabían a qué hora apagaba las luces, qué marca de pan compraba y, lo más importante, su rutina de conducción de los viernes por la noche. Descubrieron que Al Masri, confiado en su anonimato y en la protección del estado iraní, solía salir a conducir su sedán Renault L90 blanco sin escolta visible.
A menudo acompañado por su hija Mariam, la viuda de Hamsa bin Laden. Esta información era crucial. El Mossat decidió que el método de ejecución sería el clásico drive by en motocicleta. Esta táctica ofrece ventajas cinéticas insuperables en un entorno urbano denso. permite a los atacantes acercarse al objetivo atrapado en el tráfico, disparar a quemarropa asegurando la letalidad y luego zigzaguear entre los coches para una huida rápida imposible de seguir para un vehículo policial de cuatro ruedas.
Se seleccionó una motocicleta ligera y rápida, y el equipo de asalto practicó la maniobra en lugares remotos hasta que la coreografía de acercamiento, disparo y aceleración se convirtió en memoria muscular pura. El arma elegida fue una pistola semiautomática, probablemente una vereta calibre pun2 o 9000N, equipada con un supresor sónico, silenciador de alta calidad y un recogedor de casquillos improvisado o la disciplina de no dejar evidencia balística fácil.
La fecha del 7 de agosto de 2020 amaneció calurosa ypolvorienta en Teerán. Mientras la ciudad se preparaba para el fin de semana en el centro de mando del Mossad la tensión era eléctrica. Los analistas de la unidad 800 y 200 monitoreaban las comunicaciones de la policía y los servicios de emergencia iraníes para detectar cualquier alerta temprana, mientras que los controladores de la misión mantenían contacto seguro con el equipo de asalto en el terreno.
A medida que caía la noche y las luces de las farolas de vapor de sodio teñían de naranja las calles de Pasdarán, el Renault L90 blanco de Almasri salió de su garaje. Eran poco antes de las 210 horas. Al volante iba el arquitecto del terror de 1998. A su lado, su hija Matam, una mujer de 27 años que no era considerada una simple civil inocente por las agencias de inteligencia, sino una operativa radicalizada, entrenada en los campos de Afganistán y preparada para asumir un rol de liderazgo en la organización. El coche
avanzó lentamente por la calle, con las ventanillas subidas y el aire acondicionado funcionando, aislando a sus ocupantes del ruido de la ciudad. No tenían idea de que estaban siendo seguidos por una sombra mecánica. El momento de la ejecución llegó cuando el Renault redujo la velocidad cerca de la intersección de la calle Boston.
La motocicleta, con dos hombres vestidos de oscuro y cascos integrales que ocultaban sus rostros, salió de una calle lateral o aceleró desde atrás. El conductor de la moto maniobró con precisión quirúrgica, colocándose en el lado izquierdo coche, justo en el punto ciego del retrovisor, y luego avanzando hasta quedar paralelo a la ventanilla del conductor.
El pasajero de la moto, el tirador, no dudó. levantó la pistola silenciada con ambas manos para estabilizar el tiro. A una distancia de menos de un metro, el cristal de la ventanilla no ofreció ninguna protección. Cinco disparos secos y rítmicos rompieron la noche. La física de la emboscada fue devastadora. Cuatro de las balas atravesaron el vidrio templado y alcanzaron a los objetivos.
Almasri fue impactado múltiples veces en el pecho y la cabeza, muriendo casi instantáneamente sobre el volante. Su hija Mariam también recibió impactos fatales. La quinta bala, quizás desviada por el movimiento o el retroceso, erró el blanco y se incrustó en un coche cercano, un pequeño daño colateral que serviría más tarde a los investigadores forenses.
Todo el ataque duró menos de 3 segundos. Antes de que el Renault, ahora sin control, rodara unos metros hasta detenerse contra la acera, la motocicleta ya estaba acelerando a fondo, desapareciendo por las callejuelas laterales del distrito, fundiéndose con el tráfico anónimo de la metrópolis. En la calle paz darán. El silencio regresó por un momento solo para ser rotos segundos después por los gritos de los transeútes que se acercaron al coche detenido.
Lo que encontraron fue una escena espeluznante. Dos personas, un hombre mayor y una mujer joven, desplomados en los asientos delanteros, cubiertos de sangre y vidrios rotos. El motor del Renault seguía en marcha al ralentí. Los vecinos, creyendo que se trataba del amable profesor Jabib Daud y su hija, llamaron a la policía y a las ambulancias en estado de shock.
Cuando las primeras patrullas de la policía iraní llegaron al lugar, trataron el incidente inicialmente como un crimen común o un ajuste de cuentas local. Pero muy pronto, agentes de civil del Ministerio de Inteligencia y de la Guardia Revolucionaria llegaron y acordonaron la zona con un hermetismo inusual.
Al inspeccionar los cuerpos y verificar las identidades, el pánico se apoderó de los oficiales iraníes. No era un profesor libanés. El hombre muerto era el invitado secreto más valioso del régimen, la palanca de presión contra Occidente, asesinado bajo sus propias narices en su barrio más seguro. La limpieza de la escena del crimen comenzó de inmediato, no para encontrar a los culpables, sino para ocultar la identidad de las víctimas.
Los cuerpos fueron retirados rápidamente y llevados a una morgue militar segura. Los agentes iraníes confiscaron los teléfonos y cámaras de los testigos y ordenaron silencio absoluto a los vecinos. Sabían que acababan de sufrir una derrota de inteligencia humillante. Israel había entrado en su casa, había matado a su protegido en el aniversario exacto de sus crímenes contra Estados Unidos y se había marchado sin dejar rastro.
Para el Mossad, la confirmación visual de la muerte, Target Down, llegó probablemente a través de las mismas redes sociales o comunicaciones interceptadas de los servicios de emergencia. En Tel Avivraciones ruidosas, solo el cierre de un expediente que había estado abierto durante 22 años. La misión estaba cumplida.
Pero ahora comenzaba la segunda fase de la operación, la batalla por la narrativa. Irán no podía admitir que Almasri estaba muerto porque eso significaría admitir que Almasri estaba allí.Así que en un giro orueliano decidieron que el muerto seguiría siendo Jabib Daud, un personaje de ficción, enterrando al terrorista real bajo una lápida falsa, esperando que el mundo no hiciera demasiadas preguntas sobre quién era realmente el hombre del Renault Blanco en las horas posteriores a la ejecución en la calle Pasdarán, mientras los equipos de limpieza manguereaban la
sangre y los vidrios rotos del asfalto, El régimen iraní se enfrentó a un dilema existencial que era incluso más peligroso que la propia brecha de seguridad. La muerte de Abu Muhammad Almasri no era simplemente un asesinato, era una prueba forense irrefutable de una de las acusaciones más graves y antiguas de Washington, que la República Islámica de Irán, la autoproclamada vanguardia del chiismo revolucionario, estaba albergando y protegiendo activamente a la cúpula de Alcaeda, sus supuestos enemigos teológicos sunitas.
Admitir que el número dos de la organización terrorista había sido asesinado bajo su protección en un barrio de lujo de Teerán sería una catástrofe diplomática y propagandística. destruiría la narrativa de Irán como víctima del terrorismo sunita y validaría las sanciones estadounidenses. Además, sería una humillación interna devastadora admitir que el Mossad podía entrar y salir de su capital como Pedro por su casa.
Ante esta realidad inaceptable, el Ministerio de Inteligencia y la Guardia Revolucionaria activaron el protocolo de gestión de crisis estándar de los regímenes totalitarios, negar la realidad y construir una alternativa ficticia. Decidieron que el hombre muerto en el Renault Tel90 no sería Almasri. Esa misma noche, la maquinaria de propaganda estatal, a través de la agencia oficial de noticias Irna y los canales afiliados a Gesbola, comenzó a difundir la noticia de que elementos contrarevolucionarios habían asesinado a un profesor de
historia libanés llamado Abib Daud y a su hija Mariam. La construcción de la leyenda de Jabib Daud fue un esfuerzo torpe pero insistente. Los medios estatales publicaron biografías breves y vagas, describiéndolo como un académico respetado y miembro de Gesbola, que había servido a la causa de la resistencia.
Sin embargo, para cualquier investigador con acceso a Google o a archivos académicos en Beirut, la mentira se desmoronaba en segundos. No existía ningún historiador prominente llamado Habib Daoud en el Líbano. No había registros de sus publicaciones, ni fotos de conferencias, ni estudiantes que lloraran su muerte. Era un fantasma digital.
A pesar de la fragilidad de la coartada, el régimen se aferró a ella con tenacidad. Se organizó un funeral discreto, pero solemne, donde se enterraron los cuerpos bajo lápidas con nombres falsos, sellando el secreto bajo tierra. Durante semanas, el silencio funcionó. Los medios occidentales, distraídos por la pandemia global de COVID-19 y las turbulentas elecciones presidenciales en Estados Unidos, apenas prestaron atención a un tiroteo más en Oriente Medio.
Alcaeda, por su parte, también mantuvo un silencio sepulcral para la organización terrorista. Reconocer que su vicecomandante había muerto cómodamente instalado en el corazón del imperio hereje chiita era políticamente suicida. socavaría su legitimidad ante sus propios reclutas sunitas radicales, que consideran a los chiitas como apóstatas peores que los infieles occidentales.
Así se formó una extraña alianza de silencio entre la víctima Alcaeda, el anfitrión Irán y los verdugos Israel y E u donde nadie tenía prisa por decir la verdad. El secreto se mantuvo intacto durante tres meses, flotando en el limbo de los informes clasificados de inteligencia que solo circulaban en las tabletas seguras de la Casa Blanca y el cuartel general del Mossad Englot.
Pero en el mundo del espionaje, la información es un arma que se dispara cuando causa más daño. A mediados de noviembre de 2020, justo después de las elecciones estadounidenses y en medio de la transición de poder, la historia se filtró deliberadamente a la prensa. El 13 de noviembre, el New York Times, en un artículo explosivo firmado por los veteranos corresponsales de seguridad nacional Adam Goldman, Eric Schmith, Farna Fasiji y Ronen Bergman, detonó la bomba mediática.
Citando a funcionarios de inteligencia anónimos, el diario reveló al mundo la verdadera identidad del hombre del Renault Blanco. No era un profesor de historia, era Abu Muhamad al Masri, el cerebro de los atentados de 1998. El artículo detallaba la operación conjunta israelí estadounidense y exponía la farsa de Abib Daud. La revelación fue un terremoto geopolítico.
Desnudó ante la opinión pública mundial la hipocresía estratégica de Teerán y confirmó que la guerra contra el terror había entrado en una fase nueva y más oscura de asesinatos selectivos tercierizados. La reacción de Irán ante la publicación fue una mezcla de furia y negaciónparanoica. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Said Katibsade, emitió un comunicado mordaz acusando a Estados Unidos e Israel de intentar vincular a Irán con tales grupos mediante la mentira y la filtración de información falsa a los medios.
Calificó el informe del New York Times como un guion de Hollywood fabricado para justificar más agresiones contra la República Islámica. Irán no tiene presencia de miembros de Alcaeda en su suelo”, insistió a pesar de la evidencia acumulada durante años por la ONU y múltiples agencias de inteligencia. Sin embargo, la negación oficial sonaba hueca.
Los detalles de la operación eran demasiado específicos y el hecho de que nadie en el Líbano hubiera reclamado el cuerpo del supuesto profesor Daú era una prueba condenatoria por omisión. En los foros jihadistas encriptados, el rumor comenzó a correr como la pólvora. El jeque había caído.
La credibilidad de Irán en el mundo musulmán Sunita sufrió un golpe, pero su reputación de seguridad interna sufrió uno peor. La confirmación de que agentes enemigos podían ejecutar un golpe en el distrito de Pasdarán hizo que otros líderes terroristas refugiados en el país comenzaran a dormir con un ojo abierto. La confirmación final y oficial llegó en enero de 2021, en los últimos días de la administración Trump.
El secretario de Estado, Mike Pompeo, en una conferencia de prensa diseñada para cimentar la política de máxima presión, declaró públicamente que Almasri había muerto. Pompeo utilizó la muerte del terrorista para argumentar que Irán se había convertido en el nuevo Afganistán para Alcaeda, una base segura desde la cual planear ataques globales.
Alcaed tiene una nueva base de operaciones. Es la República Islámica de Irán”, dijo Pompeo validando la operación de agosto. Aunque algunos analistas vieron esto como una hipérbole política para dificultar el retorno de la administración Biden al acuerdo nuclear, el hecho central, la muerte de Almasri en Teerán, ya era innegable.
La operación había logrado un objetivo doble, táctico, al eliminar a un líder terrorista veterano capaz de planear ataques sofisticados y estratégico al quemar la carta de la negación plausible de Irán. La mentira del profesor Jabib había sido expuesta y con ella la naturaleza cínica de las alianzas en el Oriente Medio Moderno.
El fantasma había sido cazado y su muerte había arrancado la máscara a sus protectores, dejando al descubierto una red de complicidades que nadie quería ver, pero que ya nadie podía ignorar. La eliminación de Abu Muhamad al Masri en el asfalto de la calle Pasdarán no solo dejó una mancha de sangre física en el pavimento de Teerán, dejó un vacío de poder abismal en la cima de la jerarquía de Alcaeda, un vacío que obligó a la organización a enfrentarse a su realidad operativa más incómoda y peligrosa.
Con la muerte del número dos, la línea de sucesión apuntaba inevitablemente hacia un solo hombre. Saf al Adel. Al igual que Al Masri, Aladel es un veterano de la vieja guardia, un excoronel de las fuerzas especiales egipcias con una reputación de crueldad calculadora y brillantez táctica. Pero la ironía macabra del destino y la geopolítica es que Saf Aladel también reside en Irán.
Es el último de los fantasmas de Teerán. La muerte de su predecesor y compañero de exilio envió una señal inequívoca al nuevo Emir en la sombra. Su refugio ya no es un santuario, sino una trampa mortal potencial. Saif Aladel se encuentra ahora en la posición paradójica de tener que dirigir una jihad global sunita desde el corazón de una teocracia chiita que lo desprecia teológicamente, pero lo utiliza estratégicamente, sabiendo que en cualquier momento, si el cálculo político de los Ayatolás cambia o si el Mossad decide volver a visitar
el vecindario, su vida vale menos que la bala que lo matará. La operación del 7 de agosto transformó su existencia. Cada motocicleta que pasa cerca de su ventana, cada vecino nuevo, cada fallo en su línea telefónica es ahora un presagio de muerte inminente. El liderazgo de Alcaeda ha quedado descabezado y lo que es peor psicológicamente asediado, obligado a operar bajo una paranoia paralizante que limita drásticamente su capacidad para coordinar ataques complejos al estilo del 11S. Más allá de la dinámica interna
de la organización terrorista, el asesinato de Almasri consolidó la doctrina del brazo largo de la inteligencia israelí como una realidad geopolítica ineludible. Durante décadas, los líderes terroristas operaron bajo la asunción de que existían zonas de inmunidad, países o regiones donde la política internacional impedía que los drones estadounidenses o los comandos israelíes actuaran.
Teerán era la joya de esa corona de impunidad. Al cruzar esa línea roja, sin sufrir represalias militares masivas, el Mossad reescribió las reglas del juego. El mensaje enviado a los enemigos deIsrael y Estados Unidos fue brutal en su simplicidad. No hay fronteras, no hay soberanía y no hay tiempo que pueda protegerlos.
Si estás en la lista, eres un cadáver ambulante, ya sea en un búnker en Gaza, en un ático en Beirut o en una villa protegida por la Guardia Revolucionaria en Irán, esta capacidad de proyección de fuerza, utilizando activos locales y ejecutando ataques de huellas cero, sin dejar evidencia forense israelí directa, ha creado un efecto disuasorio masivo.
Los líderes de Jamás y Jesbolá, que antes viajaban a Teerán para reuniones de coordinación con una sensación de seguridad absoluta. Ahora saben que están siendo observados incluso cuando toman el té con sus patrocinadores iraníes. La operación Pasdarán demostró que la inteligencia humana umind de Israel ha penetrado tan profundamente en la sociedad iraní que puede convertir las calles de la capital enemiga en su propio coto de casa privado.
Sin embargo, la operación también plantea interrogantes inquietantes sobre el futuro de la lucha antiterrorista y la estabilidad regional. La confirmación de que Irán actúa como el nuevo Afganistán para Alcaeda, proporcionando un puerto seguro logístico y de mando, complica enormemente cualquier intento futuro de normalización diplomática o negociaciones nucleares.
Para los halcones en Washington y Jerusalén, la presencia de Safal Aladel en Irán es la prueba definitiva de que el régimen es un estado patrocinador del terrorismo incorregible con el que no se puede negociar de buena fe. Para Teerán, la humillación de agosto de 2020 ha impulsado una purga interna paranoica dentro de sus servicios de inteligencia, buscando topos y traidores, lo que a su vez ha llevado a una represión aún mayor contra la disidencia interna.
La muerte de Almasri no acabó con el terrorismo, simplemente desplazó las piezas en el tablero, forzando a los actores a adaptarse a un entorno más hostil y encubierto. Alcaeda, aunque debilitada y fragmentada, sigue viva, mutando hacia franquicias regionales en África y el Sáel, que operan con más autonomía y menos dependencia de la dirección central atrapada en Irán.
La hidra ha perdido una cabeza importante, pero el cuerpo sigue moviéndose. Finalmente, hay una dimensión humana y de justicia histórica que a menudo se pierde en el análisis frío de la estrategia y el espionaje. para las familias de las 224 víctimas de los atentados de las embajadas en Kenia y Tanzania.
Y para los miles de heridos que todavía llevan las cicatrices de aquel 7 de agosto de 1998, la muerte de Abu Muhammad Almri ofrece un cierre sombrío pero necesario. Durante 22 años vivieron sabiendo que el hombre que asesinó a sus padres, hijos y hermanos estaba viviendo cómodamente, protegido por un estado, disfrutando de lujos mientras ellos visitaban cementerios.
La ejecución Teerán no devuelve la vida a los muertos, ni reconstruye los edificios, pero restablece un equilibrio moral fundamental en el universo. La idea de que los actos monstruos tienen consecuencias, incluso si esas consecuencias tardan una generación en llegar. La justicia, en este caso, no vino con un mazo de juez en un tribunal de la, sino con el cañón silenciado de una pistola en una noche oscura.
Es una justicia imperfecta, violenta y extrajudicial. Pero en el mundo despiadado del terrorismo internacional, a menudo es la única justicia disponible. El fantasma de Teerán ha sido exorcizado y aunque la guerra en las sombras continúa, esa noche de agosto demostró que la memoria de las víctimas es más larga y persistente que la impunidad de sus verdugos.
Al final, Almasri descubrió que no importa cuán lejos corras o cuán poderoso sea tu protector, si derramas suficiente sangre inocente, el pasado siempre encuentra una manera de alcanzarte, a veces en la forma de dos luces de motocicleta acercándose por el espejo retrovisor.















