Cómo 8 Pilotos DESTRUYERON el Plan de Saddam y Salvaron a Israel de un Holocausto Nuclear

Son las 15:55 de la tarde. El sol del desierto golpea el asfalto de la pista con una violencia que distorsiona el horizonte. El aire huele a quereroseno quemado y a caucho caliente. Ocho aviones F16 con la pintura de camuflaje del desierto todavía brillante y nueva están alineados en la cabecera de la pista.

Parecen depredadores agazapados, listos para saltar. Pero si te acercas notas algo aterrador. Los aviones están deformados, están hinchados, obesos. Bajo sus alas cuelgan tanques de combustible externos gigantescos y dos monstruos de acero negro. Bombas Mark 84 de 900 kg cada una. Los neumáticos de los trenes de aterrizaje están aplastados contra el suelo, soportando un peso para el que no fueron diseñados.

En la cabina del último avión, el número ocho, está el teniente Ilan Ramón. Es el piloto más joven del escuadrón. Tiene solo 26 años. No es un veterano con cicatrices. Es un chico con un mapa doblado en la rodillera y una foto de su esposa en el panel de instrumentos. Ramón suda bajo su casco y no es solo por el calor.

Sabe una verdad estadística que le hiela la sangre. Al ser el último de la formación, él será el blanco de toda la artillería antiaérea cuando lleguen al objetivo. Los analistas de inteligencia le han dicho la verdad a la cara. Tus probabilidades de volver a casa son, siendo optimistas, del 50%. En el bolsillo de su traje de vuelo lleva tres cosas: un paquete de dátiles para tener energía, un fajo de dinares iraquíes y una pistola cargada.

La orden es clara. Si es derribado, no debe ser capturado vivo por la Guardia Republicana de Saddam. La radio está en silencio absoluto. Nadie habla. Una sola palabra transmitida podría alertar a los puestos de escucha en Jordania o Arabia Saudita y abortar la misión. El líder del escuadrón, Cev Ras, hace una señal simple con la mano desde su cabina.

Ocho postquemadores se encienden al unísono. Llamas azules de 5 m escupen fuego contra el asfalto. Los aviones corren por la pista luchando contra la gravedad. Pesan tanto que casi no logran levantar el vuelo antes de que termine el asfalto. Se elevan agónicamente rozando las dunas y giran hacia el este, hacia lo desconocido.

No llevan suficiente combustible para combatir, no llevan equipo de interferencia electrónica, solo llevan una misión suicida. Volar 1600 km sobre territorio hostil. entrar en la ciudad más protegida del mundo árabe y destruir el sueño atómico de un dictador antes de que sea demasiado tarde. Bienvenidos a la sombra de la historia.

Hoy no vamos a hablar de guerras antiguas. Vamos a subirnos a la cabina de un caza para vivir segundo a segundo la operación aérea más audaz, peligrosa y controversial de la era moderna. Esto es la operación ópera. En 1981, el mundo estaba distraído con la guerra fría. Pero en Bagdad, Saddam Hussein estaba construyendo un monstruo.

Con la ayuda de ingenieros franceses e italianos, estaba levantando un reactor nuclear llamado Osiraak. Sadam decía al mundo que era para energía pacífica, pero la inteligencia israelí sabía la verdad oscura. Irak estaba a meses de tener la bomba atómica y su primer objetivo sería Telaviv. El primer ministro de Israel, Menachem Begin, un hombre atormentado por haber visto a su familia morir en el holocausto, juró una cosa ante su gabinete: “Nunca más.

No permitiremos que nuestros enemigos tengan armas de destrucción masiva. No esperaremos a que el humo salga de las cámaras de gas para actuar. Pero había un problema técnico insuperable. El reactor estaba fuera del alcance de los aviones israelíes y peor aún estaba a punto de entrar en funcionamiento. Una vez que el uranio estuviera caliente, bombardearlo sería un crimen de guerra.

La nube radiactiva mataría a miles de civiles en Bagdad. Israel tenía una ventana de oportunidad de pocas semanas. Tenían que atacar, pero para hacerlo tendrían que violar el espacio aéreo de dos naciones enemigas y realizar un vuelo que los expertos calificaban de imposible. En este documental de larga duración descubriremos los secretos de la planificación.

Veremos cómo los pilotos aprendieron a volar con los vapores de gasolina, rozando las dunas de Arabia Saudita a 30 m de altura para esconderse de los radares americanos a Wax. Analizaremos la doctrina beín, una política de ataque preventivo que cambió las reglas del juego en Oriente Medio para siempre. ¿Fue un acto de legítima defensa o un acto de terrorismo de estado? Si te gustan las historias donde la realidad supera a la mejor película de acción, suscríbete ahora mismo a la sombra de la historia. Ayúdanos a contar la verdad

dándole un me gusta a este vídeo y dinos comentarios, si fueras el líder de un país pequeño y un dictador prometiera borrarte del mapa, ¿ataías primero o esperarías a la diplomacia? piénsalo bien. Despegamos para entender por qué ocho jóvenes pilotos israelíes estaban dispuestos a inmolarse en el cielo deIrak una tarde de domingo.

Primero tenemos que entender al monstruo que estaba creciendo en la tierra y tenemos que entender la hipocresía internacional que lo alimentaba. A finales de los años 70, Saddam Hussein no era el paria mundial que conocemos hoy. Para Occidente era el hombre fuerte, laico, el valuarte necesario contra el fundamentalismo islámico que acababa de tomar el poder en Irán.

Saddam era un cliente VIP en las capitales europeas. Era recibido con alfombra roja en París y Roma. Pero Saddam tenía una ambición secreta que iba más allá del petróleo o el territorio. Quería convertirse en el nuevo Saladino. Quería ser el líder indiscutible del mundo árabe y sabía que en el siglo XX el liderazgo real solo se conseguía con una cosa, el átomo.

En 1975, Saddam viajó a Francia. Fue recibido con honores de estado por el entonces primer ministro Jack Shirac. Saddam visitó el centro de investigación nuclear de Cadarache en la Provenza. Se paseó con su uniforme militar entre científicos en batas blancas. No le interesaba la electricidad.

Irak flotaba sobre un mar de petróleo. Le interesaba el poder. Allí mismo firmó un acuerdo de cooperación nuclear. Francia le vendería dos reactores nucleares, clase Osiris. Sadam, en un alarde de ego nacionalista, bautizó al proyecto como Tamus 1, en honor al mes babilónico en que su partido, Baas, tomó el poder. Pero los franceses, con un cinismo irónico, apodaron al proyecto Osiraak, una mezcla de Osiris e Irak.

El reactor se construiría en Altuaita, un complejo fuertemente vigilado a solo 17 km al sur de Bagdad, en una curva del río Tigris. Sobre el papel era un reactor de investigación civil, pero los analistas del Mossad en Tel Aviv empezaron a ver detalles en los planos que no encajaban. Primero, el reactor funcionaba con uranio altamente enriquecido al 93%.

Un material que es esencialmente combustible para bombas, no para energía. Segundo, Saddam había insistido en la construcción de una cámara subterránea secreta bajo el reactor, blindada con plomo, que no tenía ningún uso civil aparente. Era el lugar perfecto para irradiar plutonio. En Telviv, las luces rojas se encendieron en el cuartel general del Mossad.

El jefe del Mossad, Jits Hoffi, intentó detener el proyecto en las sombras. Israel no quería una guerra abierta, prefería el arte sutil del sabotaje. Comenzó una guerra de espías, brutal y silenciosa en suelo europeo. La noche del 6 de abril de 1979, en un hangar de la empresa Senim en la Seine Surmer, cerca del puerto francés de Tolón, ocurrió algo extraño.

núcleos del reactor. Piezas masivas de metal de alta precisión que estaban listas para ser embarcadas hacia Irak en pocos días volaron por los aires. Un comando de siete hombres se infiltró en la fábrica, neutralizó a los guardias sin matarlos y colocó cargas explosivas plásticas en puntos estructurales clave.

La explosión destruyó el 60% de los componentes. Nadie reivindicó el ataque. Pero en Bagdad y París, todos sabían quién había dejado su tarjeta de visita. Fue el Mossad. Un mensaje claro, no construyan esto. Pero Saddam no se detuvo. Tenía dinero ilimitado. Presionó a Francia. Amenazó con cortar contratos petroleros. Puso más millones sobre la mesa y los componentes fueron reparados y enviados.

Entonces el Mossat se volvió más oscuro. Pasaron del sabotaje industrial al asesinato selectivo. En junio de 1980, el Dr. Yjia el Mashad, el principal científico nuclear egipcio que había sido contratado por Saddam para dirigir el programa. estaba en París gestionando envíos de uranio. El mashad era el cerebro del proyecto.

Una noche fue encontrado muerto en su habitación del hotel Meridián. Había sido golpeado y degollado. La única testigo, una prostituta francesa que supuestamente había visto a alguien en el pasillo, murió atropellada por un coche fantasma días después. Fue una advertencia brutal. a la comunidad científica internacional.

Si trabajas para Saddam, eres un objetivo militar. Pero nada funcionó. La paranoia y la obsesión de Sadam solo aumentaron. construyó un muro de defensa aérea alrededor de Altuaita, que rivalizaba con el del Kremlin. Desplegó baterías de misiles soviéticos S 6 y cañones antiaéreos CSU234 guiados por radar. Creó una fortaleza inexpugnable.

Declaró que el reactor era el corazón de la nación. Para principios de 1981, la inteligencia militar israelí Amán trajo la noticia definitiva al escritorio de Menachem Begín. El informe era aterrador. El reactor se activará entre julio y septiembre de este año. Los franceses están terminando la carga de combustible. Esto cambiaba todo.

Una vez que el reactor estuviera activo, se volvería caliente. Estaría lleno de material radiactivo letal. Si Israel lo bombardeaba después de esa fecha, la explosión liberaría una nube tóxica sobre Bagdad. Los vientos llevarían la radiación sobre la población civil.matarían a 100,000 personas inocentes. Israel se convertiría en un estado paria, criminal, comparado con los nazis.

La ventana de oportunidad se estaba cerrando como una guillotina. La diplomacia había fallado. Francia e Italia ignoraron las súplicas de Israel. Estados Unidos pedía paciencia. El sabotaje había el proyecto, pero no lo había matado. Menchenbí, un hombre viejo, enfermo y atormentado por los fantasmas de la historia judía, convocó a su gabinete secreto.

Miró a su jefe de estado mayor, Rafael Eitan, y le hizo una sola pregunta. La pregunta que definiría el futuro de Oriente Medio. ¿Podemos destruirlo físicamente sin provocar una guerra regional total? ¿Es militarmente posible llegar hasta allí y volver? Eitan, un general que no conocía el miedo, miró sus botas y respondió con honestidad brutal. Tenemos los aviones.

Tenemos a los mejores pilotos del mundo, pero la distancia es imposible. Las leyes de la física están en nuestra contra. Si van, hay una alta probabilidad de que tengan que volver planeando o eyectarse en el desierto. Bigin se quitó las gafas. Recordó a su padre asesinado por los nazis. Recordó la promesa de nunca más.

No habrá otro holocausto bajo mi guardia. Háganlo. Destruyan la bestia de Bagdad antes de que nazca. Así se firmó la orden. La operación ópera había nacido, pero para cumplirla Israel tendría que planificar el ataque aéreo más complejo y arriesgado desde la Segunda Guerra Mundial. Octubre de 1980, bajo el suelo de Tel Aviv, en el búnker de mando de la Kiria, el cuartel general de las fuerzas de defensa de Israel, el aire está viciado por el humo de tabaco y la electricidad estática.

Los hombres reunidos alrededor de la mesa de mapas no son políticos con trajes caros, son ingenieros con camisas arremangadas y pilotos de combate con ojeras profundas. Tienen un problema que sobre el papel parece irresoluble. El jefe de Estado Mayor, Rafael Raful Eitán, un hombre rudo que prefiere trabajar en su granja que estar en una oficina, mira el mapa gigante de Oriente Medio colgado en la pared.

Su dedo índice traza una línea recta desde la base aérea de Etion, en el extremo sur de Israel hasta el complejo de Altuguai, en las afueras de Bagdad. La distancia es de 100 km de ida y 11 km de vuelta. Total 2,200 km de vuelo sobre territorio hostil. Para la aviación de combate de 1980, esto es una pesadilla logística.

Es como pedirle a un coche de Fórmula 1 que cruce el desierto del Sahara sin parar en una gasolinera. Israel tiene una fuerza aérea formidable. Tiene los F15 Eagle, los reyes de la superioridad aérea. Tiene los F4 Phantom, los viejos caballos de batalla de la guerra del 73. Pero ninguno sirve para esto. Los F4 consumen demasiado combustible y son tan grandes que los radares jordanos verían su firma térmica desde el momento del despegue.

Los F15 tienen el alcance necesario, pero no están diseñados para bombardear objetivos pequeños con la precisión quirúrgica requerida. Si fallan por 10 m, el reactor sobrevive. Parece un callejón sin salida. La operación ópera está a punto de ser cancelada antes de nacer por culpa de la física básica. Pero entonces interviene la ironía del destino.

Años antes, el Sha de Irán, entonces un aliado estratégico de Estados Unidos, había encargado una flota de cazas revolucionarios, los General Dynamics F16 Fighting Falcon. Eran aviones pequeños, monomotores, ágiles como una avispa y diseñados para el combate cerrado. Pero en 1979 la historia dio un giro violento. La revolución islámica derrocó al sha.

Los Ayatolás tomaron el poder en Teerán y Estados Unidos canceló inmediatamente la entrega de armas. De repente, el Pentágono tenía 75 aviones nuevos, letales y huérfanos aparcados en una pista en Texas. Israel levantó la mano. Los queremos todos. Cuando los primeros F16 llegaron a Israel en julio de 1980, los ingenieros de la Fuerza Aérea se lanzaron sobre ellos con manuales técnicos y calculadoras.

Lo que descubrieron cambió la ecuación de la guerra. El F16 tenía una eficiencia de combustible milagrosa. Era ligero y potente. Los analistas de misión hicieron los cálculos una y otra vez buscando el número mágico. Descubrieron que sí era posible llegar a Bagdad, pero solo si se cumplían una serie de condiciones suicidas.

Primero, tendrían que quitar todo el equipo no esencial. Nada de sistemas de guerra electrónica pesados para interferir radares, nada de radios extra. Segundo, los pilotos tendrían que volar a una velocidad y altitud específicas calculadas al milímetro para reducir la fricción del aire.

Tercero, tendrían que cargar dos tanques de combustible externos gigantes de 100 L, cada uno bajo las alas, además del tanque central. Incluso con todo esto, el margen de error era literalmente cero. Los cálculos decían que los aviones aterrizarían de vuelta en Israel con apenas 300 lbles restantes en los tanques. En el idioma de lospilotos, eso es vapor.

Es menos de 2 minutos de vuelo. Si había viento en contra a la vuelta, caerían al desierto. Si tenían que usar el post quemador para escapar de un Migir aquí caerían. Si tenían que dar una vuelta extra sobre el objetivo para apuntar mejor, caerían. Era una misión de billete de ida disfrazada de operación militar. El general David Ibry, comandante de la Fuerza Aérea, sabía que no podía ordenar a cualquier piloto que hiciera esto.

Necesitaba voluntarios. seleccionó a la élite de la élite ocho hombres. El líder del escuadrón sería el teniente coronel Seev Ras, un hombre conocido por su calma sobrenatural bajo presión extrema. El número dos sería Amos Jadlin, quien décadas más tarde se convertiría en jefe de la inteligencia militar de Israel.

Y al final de la lista, en la posición más ingrata y peligrosa, el número ocho, el teniente Ilan Ramón. Ilan Ramón tenía solo 26 años, no tenía experiencia en combate real, era el bebé del grupo, pero fue elegido por una razón técnica vital. Era un genio de la navegación. Él fue el oficial que había pasado noches enteras sin dormir, calculando las tablas de consumo de combustible.

Conocía el sistema de navegación inercial del avión mejor que los ingenieros que lo construyeron. Ramón sabía, mejor que nadie, que sus probabilidades de volver eran del 50%. Al volar en la posición ocho, la cola de la formación, él pasaría sobre el reactor cuando las defensas antiaéreas iraquíes ya hubieran despertado por las primeras explosiones.

Él sería el blanco de toda la ira de Bagdad. aceptó la misión sin dudar. El entrenamiento comenzó en secreto absoluto. Durante meses, los ocho pilotos vivieron una doble vida esquizofrénica. Desayunaban con sus esposas e hijos sin decir una palabra sobre su destino, y luego volaban al desierto del Neguev para practicar lo imposible.

Volaron misiones simuladas sobre el mar Mediterráneo, rozando las crestas de las olas a 30 m de altura para simular el vuelo bajo radar. Aprendieron a volar en formación cerrada, ala con ala, en silencio de radio total. Una sola palabra por la radio alertaría a los puestos de escucha estadounidenses y árabes en la región. tenían que comunicarse con señas de manos a 900 km porh.

Pero el mayor desafío, el momento en que la teoría chocó con la realidad, llegó el mismo día de la misión. Domingo 7 de junio de 1981, base aérea de Edson. Los equipos de tierra recibieron una orden que violaba todos los manuales de seguridad de la aviación militar y civil. Se llamó Hot Refueling, repostaje en caliente.

Para maximizar cada gota de combustible llenaron los tanques de los aviones mientras los motores ya estaban encendidos en la pista justo antes del despegue para no gastar ni un litro en el rodaje. Pero no solo los llenaron, los sobrellenaron. Bombearon combustible JP8 hasta que el líquido estuvo a punto de rebosar por las válvulas de alivio de presión.

La física del metal estaba al límite. Los aviones cargados con dos bombas Mark 84 de 900 kg cada una, dos cer0 libras, dos misiles Sidewinder para autodefensa y tres tanques de combustible externos repletos pesaban casi el doble de su peso de diseño normal para combate. Los mecánicos observaron con terror como los neumáticos de los F16 se deformaban visiblemente bajo el peso brutal.

parecían aplastados contra el asfalto caliente del desierto. La panza de las bombas estaba a centímetros del suelo. Si un neumático reventaba durante la carrera de despegue a 300 km pecho, el avión lleno de combustible y explosivos no solo se estrellaría, se convertiría en una bola de fuego nuclear que borraría la mitad de la base y mataría a todos los pilotos en la pista.

Minutos antes de subir a las cabinas, el jefe de Estado Mayor, Rafael Eitán, reunió a los ocho hombres en la sala de briefing para la última charla. El ambiente era fúnebre, no hubo gritos de ánimo ni discursos de película. Eitan les entregó a cada uno paquete extraño, casi medieval. Contenía dátiles, una fuente de azúcar rápida si tenían que caminar días por el desierto, botellas de agua y fajos de dinares iraquíes reales.

Les dio una orden final escalofriante, mirando a cada uno a los ojos. Si son derribados, huyan hacia el desierto. Intenten contactar con los rebeldes cdos en el norte, si es posible, pero no esperen un rescate inmediato. Estarán solos. Luego Ean hizo una pausa y soltó la frase que Ilan Ramón recordaría el resto de su vida.

El futuro del Estado de Israel y quizás la existencia del pueblo judío depende de lo que hagáis en las próximas tres horas. Si falláis, vuestros hijos vivirán bajo la sombra de un hongo nuclear Iraquí. No hay segunda oportunidad, no hay plan B. Los pilotos caminaron hacia sus aviones bajo el sol abrasador de las 15:30.

El calor era tan intenso que se podía ver el vapor del combustible saliendo de las válvulas. Ilan Ramón subió la escalerilla del F16 número 243.Se abrochó el arnés de cinco puntos. Miró la foto de su familia que había pegado con cinta adhesiva en el panel de instrumentos. Sabía que las matemáticas estaban en su contra.

Sabía que su avión pesaba demasiado para volar según la física convencional, pero bajó la cúpula de cristal y encendió el motor. El rugido de la turbina ahogó sus pensamientos. La planificación había terminado. Las matemáticas de la muerte estaban echadas. Ahora solo quedaba rezar y volar. 1601 horas. El silencio del desierto se rompe.

Los 8 F16 rugen por la pista de Esión. El despegue es agónico. Los pilotos tiran de la palanca, pero los aviones, lastrados con toneladas de combustible y acero, se niegan a subir. Se comen casi toda la pista. Finalmente, las ruedas se separan del asfalto en el último segundo posible. No suben hacia las nubes, hacen lo contrario.

Como piedras lanzadas al agua, los ocho casas caen hacia el suelo y se estabilizan a una altitud suicida. 30 m, 100 pies. Para entender la locura de esto, imaginen volar a 1000 km porh a la altura de un edificio de ocho pisos. El suelo pasa tan rápido que se convierte en un borrón de colores. A esa velocidad y altura no hay margen para el error humano.

Un estornudo, un segundo de distracción mirando un mapa, una ráfaga de viento inesperada y el avión se estrellaría contra el suelo antes de que el cerebro del piloto pudiera procesar el accidente. Los aviones se dirigen al sur y cruzan la frontera hacia el espacio aéreo de Jordania. Y aquí, en los primeros minutos de la misión, ocurre una de las coincidencias más extraordinarias y aterradoras de la historia militar.

Una casualidad que casi aborta la operación. Mientras los Jets israelíes cruzan sobre el Golfo de Áava volando bajo para esconderse del radar, abajo en las aguas azules del Mar Rojo, hay un yate de lujo anclado. En la cubierta de ese yate está de vacaciones el rey Hussein de Jordania.

El rey no es solo un monarca, es un piloto experimentado. Conoce el sonido de los motores, escucha el rugido, mira hacia arriba y ve con sus propios ojos la silueta inconfundible de 8 F16 israelíes con pintura de camuflaje del desierto volando en formación de ataque hacia el este, hacia Arabia Saudita, hacia Irak. El rey Hussein entiende al instante lo que está viendo.

Sabe que Israel no vuela así para un entrenamiento. Sabe que van a bombardear el reactor. Corre al puente de mando del yate, agarra la radio y transmite un mensaje urgente en código a su cuartel general en Amán. Aviones israelíes en rumbo de ataque hacia el este. Alerten a Bagdad. El mensaje fue enviado.

La señal salió. Pero el destino o la incompetencia burocrática intervino. El mensaje llegó al cuartel general Jordano, pero se perdió en la cadena de mando. Quizás fue el cambio de turno. Quizás pensaron que el rey exageraba o quizás los códigos de comunicación con Irak no eran compatibles. La advertencia nunca llegó a los operadores de radar iraquíes.

Los aviones israelíes siguieron volando, ignorantes de que habían sido descubiertos visualmente por un jefe de estado enemigo. Entran en el espacio aéreo de Arabia Saudita. El paisaje cambia. Se convierte en un infierno rojo y monótono de dunas y rocas. El calor dentro de las cabinas empieza a subir. El sistema de aire acondicionado de los F16 lucha contra la temperatura exterior del desierto.

Los pilotos sudan dentro de sus trajes. G. El silencio de radio es absoluto. Durante más de una hora nadie dice una palabra. Solo se escuchan sus propias respiraciones pesadas a través de las máscaras de oxígeno. La navegación es manual. No usan radar para no emitir señales electrónicas que puedan ser captadas por los aviones espía aax estadounidenses que patrullan la zona.

Tienen que navegar a la antigua mirando el mapa de papel en sus rodillas, mirando el reloj y buscando hitos en el suelo. A los 4 minutos girar en la roca con forma de. A los 12 minutos cruzar el cauce seco es agotador. La tensión mental de mantener la formación ala con ala a esa velocidad y altura agota sus reservas de energía.

Comen los dátiles que les dio Eitán. Beben agua caliente. En la cola de la formación, el teniente Ilan Ramón está luchando su propia batalla. Al ser el último, su avión recibe todas las turbulencias sucias. Jetwash. generadas por los siete motores que van delante de él. Su F16 se sacude violentamente como un bote pequeño en una tormenta.

Ramón tiene que luchar físicamente con la palanca de mando para mantener el avión nivelado y no estrellarse contra las dunas. Sus músculos se tensan. Mira sus indicadores de combustible. Los números bajan más rápido de lo que le gustaría. Cada litro quemado es un kilómetro menos de esperanza para el regreso.

Pasan 60 minutos, 70 minutos, 80 minutos. Están profundamente dentro de territorio enemigo. Si los interceptan ahora, no tienen combustible para combatir. Serían patos de feria.Pero el cielo está vacío, el desierto duerme, los radares iraquíes están apagados o miran hacia el este, hacia Irán, con quien están en guerra. Nadie espera un ataque desde el oeste, desde la retaguardia segura.

De repente el paisaje cambia, el desierto rojo da paso al verde. Ven palmeras, ven agua. Es el río Éufrates, luego el Tigris. Están en Mesopotamia, la cuna de la civilización. Están a minutos de Bagdad. A las 17:34, el líder del escuadrón, CEV Ras, rompe el silencio de radio por primera vez en 90 minutos.

Su voz es calmada, casi aburrida para no transmitir pánico. Pronuncia una sola palabra clave, dune. Duna significa que tienen el objetivo a la vista. Il Lan Ramón levanta la vista del radar. A lo lejos, brillando bajo el sol de la tarde que empieza a caer, ve algo que parece fuera de lugar en medio del paisaje agrícola.

Es una cúpula blanca, perfecta, de hormigón reluciente. Parece un huevo gigante rodeado de muros de tierra altos y baterías antiaéreas. Es el reactor Tamus 1 oirac, el corazón del miedo. Ramón siente una descarga de adrenalina. Ya no es un ejercicio, es real. Los pilotos activan los interruptores maestros de armamento. Master arm on.

Las luces verdes en sus paneles se vuelven rojas. Los F16 aceleran. La formación se rompe ligeramente para prepararse para el ataque. Saben que en los próximos segundos el cielo tranquilo se convertirá en un infierno de fuego antiaéreo. Saben que tienen que matar a la bestia antes de que la bestia despierte. Zeevras respira hondo, tira de la palanca hacia atrás con fuerza.

Su avión rompe la altitud de seguridad. asciende verticalmente hacia el cielo azul, exponiéndose a todos los radares de Bagdad. La fuerza G lo aplasta contra el asiento. Sube hasta los 2000 m para ganar energía potencial. Es la maniobra popup, la antesala del bombardeo. El vuelo fantasma ha terminado. La guerra ha comenzado. 17:35 horas. Domingo.

El cielo sobre Bagdad es de un azul límpido. En el complejo de Altuaita, los soldados iraquíes encargados de las baterías antiaéreas están relajados. Algunos están cenando. Los radares giran perezosamente, pero nadie mira las pantallas. La guerra está en el este contra Irán. Aquí en el corazón de la capital se sienten intocables, pero a 2000 m sobre sus cabezas la muerte acaba de llegar.

El líder CF Ras alcanza el vértice de su ascenso. Su F16 cuelga por un momento en el aire casi sin peso. Luego invierte el avión. Pone la cabina mirando hacia el suelo. La gravedad lo atrapa. El avión cae en picado en un ángulo de 35 gr. A través de suud, la pantalla transparente frente a sus ojos, Ras ve como la cúpula blanca del reactor crece rápidamente.

Un pequeño círculo verde, la retícula de puntería, baila sobre el hormigón. Ras aguanta la respiración para estabilizar la mano. Su pulgar acaricia el botón rojo en la palanca de mando. A 3500 pies de altura suelta in dentro. Transmite por radio dos bombas Marc 84 de 900 kg se desprenden de las alas.

El avión, repentinamente 1800 kg más ligero, salta hacia arriba. Ras tira de la palanca con violencia, activando el postquemador y lanzando bengalas térmicas, flares, para confundir a cualquier misil infrarrojo que pudiera despertar. Abajo las bombas golpean la cúpula, no explotan al contacto, tienen espoletas retardadas, perforan la capa de hormigón armado como si fuera mantequilla, atraviesan el techo y siguen bajando hasta el corazón del reactor.

Una fracción de segundo después, el infierno. La cúpula se infla desde dentro como un globo a punto de reventar. Luego implosiona una columna de humo gris, fuego y escombros de acero sale disparada hacia el cielo. El factor sorpresa ha terminado. El nido de avispas ha sido pateado. Las sirenas ahullan en todo Bagdad.

Las baterías antiaéreas CTSU23 empiezan a escupir fuego trazador al cielo. Los misiles SAM se activan. Pero los israelíes tienen una táctica brutal. No atacan todos a la vez. Atacan en fila india con intervalos de 5 segundos, uno tras otro. Los aviones pican, sueltan y escapan. El segundo avión acierta. El tercero también.

El reactor ya no es una cúpula, es un cráter humeante. El humo negro se eleva ocultando el objetivo. Para cuando llega el turno del número ocho, el teniente Ilan Ramón, el escenario ha cambiado drásticamente. Ramón no ve una cúpula blanca limpia, ve una nube de humo negro y fuego y ve el cielo lleno de líneas de luz letales. La artillería antiaérea Iraquí está disparando frenéticamente al aire, creando una cortina de acero flac que él debe atravesar.

Es el momento de la verdad estadística. Él es el último. Todos los cañones le apuntan a él. Ramón podría haber abortado, podría haber soltado las bombas en el desierto y escapado. Nadie le habría culpado. El objetivo ya estaba destruido. Pero la orden era destrucción total. Ramón empuja la palanca y entra en el picado. Se sumerge en el humo.

Su computadora de tiro le indica el puntode impacto teórico, pero él tiene que confirmar visualmente. A través de un hueco en la humareda, ve una pared del reactor que todavía está en pie. Alinea el avión. Las balas trazadoras pasan silvando a metros de su cabina. Ignora el instinto de supervivencia que le grita huye.

Espera un segundo más. Un segundo eterno. Suelta. Siente la sacudida de la liberación. Alfa grita. Tira de la palanca con tanta fuerza que su visión se nubla por las fuerzas G grises. Su traje anti G se infla para apretarle las piernas y mantener la sangre en el cerebro. Sube como un cohete bailando entre las explosiones de los proyectiles de 57 mm. Mira hacia atrás.

Donde antes estaba el orgullo nuclear de Saddam Hussein. Ahora solo hay ruinas. De las 16 bombas lanzadas por el escuadrón, 14 han impactado directamente dentro de la estructura. La precisión ha sido sobrenatural, pero la euforia dura 10 segundos. Ahora empieza la segunda pesadilla, el regreso. Los ocho aviones se reagrupan a gran altitud, a 40,000 pies.

Ya no pueden volar bajo. No tienen combustible para luchar contra la fricción del aire denso. Tienen que volar alto y recto para economizar. Pero al volar alto son visibles para todos los radares de Oriente Medio. Son ocho puntos brillantes en las pantallas de Siria, Jordania, Arabia Saudita e Irak. Y ahora vuelan hacia el oeste, lo que significa que tienen el sol de la tarde dándoles directamente en la cara, cegándolos.

Los pilotos miran sus indicadores de combustible con terror. El combate sobre el objetivo, el uso de post quemadores para escapar de los misiles y las maniobras violentas han consumido el precioso margen de seguridad. Las luces de advertencia de Fuel Low empiezan a parpadear en algunas cabinas. Están a 1000 km de casa. Escuchan por la radio el caos.

Los controladores aéreos jordanos gritan órdenes confusas. Los iraquíes piden interceptores. Pero la confusión es total. Nadie cree que los israelíes sean tan audaces. Los árabes piensan que quizás son aviones propios o americanos. La audacia es su mejor camuflaje. El vuelo de regreso se hace eterno. 90 minutos de silencio y ansiedad matemática.

Cada piloto hace cálculos mentales. Si bajo la velocidad un 2%, ahorro un 1% de combustible, pero tardo más en llegar. Finalmente ven la costa del Mar Muerto, luego el desierto del Negev. La pista de Edon aparece como una línea salvadora en la arena. Aterrizan uno a uno. No hay combustible para dar una vuelta de honor. Aterrizan directo.

Cuando el F16 de Ilan Ramón toca el asfalto y se detiene en la zona de aparcamiento, el motor se apaga casi de inmediato. Los equipos de tierra corren hacia los aviones, abren las cúpulas. Los pilotos bajan empapados en sudor, con las piernas temblando por la adrenalina y el agotamiento. Se abrazan.

No hay palabras, solo gritos guturales de alivio. Han vuelto todos. Los ocho. Cuando los mecánicos revisan los tanques de Ramón, palidecen. Le quedaban apenas unos litros. Si la misión hubiera durado 2 minutos más, se habría estrellado antes de llegar a la pista. Habían volado 2 minutos en el infierno y habían vuelto con el olor del combustible en los tanques.

Conclusión: el juicio de la historia. Al día siguiente, el mundo despertó con la noticia. La condena fue unánime y feroz. La ONU emitió la resolución 487 condenando el ataque como una violación clara de la Carta de las Naciones Unidas. Ronald Rigan, furioso por haber sido mantenido en la oscuridad, suspendió temporalmente la entrega de Más F16 a Israel.

Incluso la oposición política en Israel criticó a Begin acusándolo de usar el ataque para ganar las elecciones inminentes. Pero Menachen Begin en una conferencia de prensa histórica defendió su decisión con la pasión de un hombre que ha mirado al abismo. No seremos pasivos ante aquellos que nos amenazan con armas de destrucción masiva.

Hay una línea roja. No habrá otro holocausto nunca más. Esta filosofía se convirtió en la doctrina begín. Israel se reserva el derecho de atacar preventivamente cualquier intento de sus enemigos existenciales de obtener armas nucleares. Una doctrina que sigue vigente hoy proyectando su sombra sobre Irán.

La historia, con su ironía cruel acabó dando la razón a los pilotos. 10 años después, en 1991, cuando Estados Unidos invadió Irak en la operación tormenta del desierto, descubrieron lo cerca que había estado Saddam de la bomba. El secretario de defensa de EEU, Dick Chiny, envió una foto satelital en blanco y negro del reactor destruido al general David Diby con una nota manuscrita.

Con gratitud y aprecio nos hicisteis el trabajo mucho más fácil. Para Ilan Ramón, el héroe más joven, el destino tenía reservado un final trágico en el cielo, pero mucho más alto. Se convirtió en el primer astronauta de Israel. En 2003, el transbordador espacial Columbia se desintegró al reentrar en la atmósfera, matándolo a él y a su tripulación.

Pero aquella tarde de junio de 1981,Ramón y sus siete hermanos demostraron que cuando la supervivencia de una nación está en juego, las leyes de la física y la política pueden doblarse con voluntad, coraje y precisión.