
Caso Real en Sonora: La esclava Frida vio una figura detrás del patrón (1891)
Caso real en Sonora. La esclava Frida vio una figura detrás del patrón. 1891. Hola a todos. Bienvenidos una vez más a este canal donde exploramos los casos más oscuros y perturbadores de la historia mexicana. Si aún no te has suscrito, te invito a que lo hagas ahora mismo y actives la campanita para no perderte ningún episodio.
Y cuéntame en los comentarios, ¿desde dónde nos ves? ¿Qué hora es en tu país en este momento? Me encanta saber que nos acompañan desde todos los rincones del mundo. Ahora sí, comencemos con esta historia que ocurrió en el inhóspito desierto de Sonora en 1891, cuando México vivía bajo el férreo control del régimen porfirista.
Parte un. El sol de junio caía como plomo derretido sobre la hacienda San Rafael, enclavada en las áridas llanuras del norte de Sonora, a dos jornadas de hermosillo. El paisaje era cruel y monótono, tierra rojiza cubierta de mezquites retorcidos, cactos columnares que se alzaban como centinelas silenciosos y un horizonte que temblaba bajo las olas de calor.
En aquella región fronteriza, donde el desierto se extendía hasta perderse en Arizona. La vida transcurría según las reglas implacables del patrón don Sebastián Montoya, un hombre de 52 años cuya fortuna se había construido sobre el trabajo de peones endeudados, mineros explotados y sirvientes que vivían en condiciones apenas superiores a la esclavitud.
La hacienda San Rafael era un complejo de edificios de adobe y piedra que se distribuían alrededor de un patio central donde crecía un solitario álamo que todos llamaban el árbol del patrón. La casa principal de dos pisos con balcones de hierro forjado y ventanas protegidas por gruesas rejas, dominaba el conjunto como un castillo feudal.
Allí vivían don Sebastián, su esposa doña Carmela, una mujer menuda y silenciosa de 40 años, y su hijo Rodrigo, un joven de 23 años de temperamento explosivo y afición desmedida al mezcal y las cartas. Al otro lado del patio se extendían las caballerizas, el granero, la herrería y las habitaciones de los sirvientes. Construcciones más humildes donde vivían acinadas cerca de 30 personas.
Entre ellas se encontraba Frida, una joven de 19 años, de piel morena, cabello negro y lacio, recogido en una trenza perpetua y ojos oscuros que parecían cargar un peso invisible. Frida había nacido en la propia hacienda, hija de Ulalia, quien había muerto de fiebre puerperal tres días después del parto.
Nadie sabía ni preguntaba quién era su padre, aunque circulaban rumores en voz baja que nadie se atrevía a confirmar. Desde los 8 años, Frida trabajaba en la casa grande. Comenzó barriendo patios y lavando ropa en el lavadero comunal, pero conforme creció y demostró ser diligente y callada, fue promovida al servicio doméstico interno.
A sus 19 años era responsable de servir las comidas, limpiar las habitaciones principales y atender las necesidades inmediatas de la familia Montoya. vivía en una pequeña habitación junto a la cocina, un cuarto sin ventanas de apenas 2 met²ad, donde apenas cabía un catre de madera y una caja donde guardaba sus escasas pertenencias, dos vestidos de manta, un rebozo gastado y una estampita de la Virgen de Guadalupe que había pertenecido a su madre.
La vida en San Rafael transcurría con la regularidad mecánica de una maquinaria bien engrasada. Los peones salían al amanecer hacia los campos de algodón y los corrales de ganado. Las mujeres trabajaban en la cocina, el lavadero o la elaboración de conservas y quesos. Don Sebastián administraba sus propiedades desde un despacho en la planta baja de la Casa Grande, un cuarto oscuro atestado de libros de cuentas, mapas de propiedades y una caja fuerte alemana de hierro macizo donde guardaba los documentos más importantes y el
efectivo que usaba para pagar deudas y sobornos. Don Sebastián era un hombre corpulento, de espaldas anchas y manos grandes, manchadas por el trabajo duro de su juventud, cuando él mismo había sido capataz antes de heredar tierras de un tío lejano. Su rostro curtido por el sol mostraba una expresión perpetuamente severa, con cejas espesas que se unían casi en el centro y una boca que rara vez sonreía.
Vestía siempre con pantalones de montar, botas altas de cuero y camisas blancas de lino que contrastaban con su piel bronceada. Llevaba un revólver colt al cinto, un recordatorio constante de su autoridad indiscutible. Su carácter era tan duro como el paisaje que lo rodeaba. Los castigos corporales eran frecuentes para quienes no cumplían con las cuotas de trabajo y más de un peón había sido expulsado sin paga por insolencia o pereza.
Don Sebastián creía firmemente en el orden jerárquico que sostenía el porfiriato. Los de arriba mandaban, los de abajo obedecían y cualquier cuestionamiento de ese orden natural era una amenaza que debía ser aplastada sin piedad. Su esposa, doña Carmela, era su exacto opuesto. Pequeña y frágil, vestida siempre de oscuro conmantillas que ocultaban su cabello prematuramente gris.
Parecía haberse encogido con los años hasta casi desaparecer. Hablaba poco, comía menos y pasaba la mayor parte del día en la capilla privada de la hacienda un pequeño oratorio dedicado a San Rafael Arcángel. Los sirvientes murmuraban que doña Carmela había perdido tres hijos antes de que naciera Rodrigo y que las pérdidas habían quebrado algo en su interior.
Se persignaba constantemente y sus labios se movían en plegarias silenciosas mientras caminaba por los pasillos con pasos de fantasma. Rodrigo Montoya, el hijo único que había sobrevivido, era una fuente constante de tensión en la hacienda. Alto y delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás con brillantina, tenía los ojos claros de su madre, pero el temperamento volcánico de su padre magnificado por la arrogancia de quien nunca ha conocido límites.
Había estudiado dos años en un colegio de Guadalajara, pero fue expulsado por peleas y deudas de juego. Desde su regreso a San Rafael, 3 años atrás, se dedicaba a beber. apostar en las peleas de gallos de las rancherías cercanas y aterrorizar a los sirvientes con bromas crueles y amenazas veladas. La relación entre padre e hijo era explosiva.
Don Sebastián despreciaba lo que consideraba debilidad y falta de disciplina en Rodrigo, mientras que el joven resentía el control férreo y la mezquindad emocional de su padre. Las cenas familiares, celebradas cada noche a las 8 en punto en el comedor principal eran campos de batalla silenciosos donde la tensión se podía cortar con cuchillo.
Era precisamente durante una de esas cenas cuando Frida vio algo que cambiaría el curso de su vida y de la historia de la hacienda San Rafael. La noche del 23 de junio de 1891 transcurría con la pesadez característica del verano sonorense. A pesar de que el sol ya se había ocultado tras las montañas distantes, el calor persistía espeso y sofocante.
Las cigarras cantaban sin descanso en los mezquites y algún coyote aullaba en la lejanía. En el comedor de la casa grande, iluminado por un candelabro de bronce con velas de cebo, la familia Montoya cenaba en un silencio tenso. Don Sebastián ocupaba la cabecera de la larga mesa de Nogal. A su derecha estaba doña Carmela, que apenas tocaba su plato de carne guisada con frijoles.
A su izquierda, Rodrigo bebía vino tinto con una regularidad preocupante, llenando su copa cada vez que se vaciaba. Frida, parada junto al aparador, esperaba atenta la señal para retirar los platos o servir más agua. Este mes hemos tenido pérdidas en el ganado”, dijo don Sebastián cortando un trozo de carne con movimientos precisos.
“Faltan seis reses, o hay cuatreros o el capataz es un incompetente.” Rodrigo soltó una risa breve y amarga. “¿Y qué vas a hacer? Colgar al capataz como hiciste con Jerónimo el año pasado?” Doña Carmela se santiguó discretamente. Don Sebastián clavó el cuchillo en la mesa con un golpe seco que hizo temblar los platos.
Lo que hice con Jerónimo fue justicia. Robó tres sacos de maíz. En esta hacienda no se tolera el robo. Era un anciano de 70 años, murmuró Rodrigo sin levantar la vista de su copa. Era un ladrón, replicó don Sebastián con voz de acero. Y si tú tuvieras algo de disciplina y vergüenza, estarías ayudando a administrar estas tierras en lugar de desperdiciar tu vida en cantinas y casas de mala muerte.
El rostro de Rodrigo se encendió de furia. Se puso de pie tan bruscamente que su silla cayó hacia atrás con estrépito. Vergüenza. Tú no tienes moral para hablar de vergüenza. Todos saben cómo construiste tu fortuna. Todos saben lo que haces. Don Sebastián se levantó también con los puños apretados sobre la mesa.
Su rostro había adquirido un tono púrpura. Sal de aquí antes de que te arranque la lengua inútil. Rodrigo escupió en el suelo, tomó la botella de vino y salió del comedor dando un portazo que retumbó por toda la casa. Doña Carmela lloraba en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo. Don Sebastián respiraba con dificultad, tratando de controlar su rabia.
Finalmente se volvió hacia Frida, que había permanecido inmóvil junto al aparador durante todo el intercambio. “Retira esto”, ordenó con voz cortante, “y tráeme café en el despacho.” Frida asintió sin decir palabra y comenzó a recoger los platos con manos temblorosas. Doña Carmela se levantó en silencio y salió del comedor rumbo a su habitación.
Cuando Frida terminó de limpiar la mesa y preparar la bandeja con el café, ya eran casi las 9 de la noche. Cargó la bandeja con cuidado, caminó por el pasillo iluminado por quinqués de aceite y se detuvo frente a la puerta del despacho de don Sebastián. La puerta estaba entreabierta. Frida tocó suavemente con los nudillos.
Adelante”, gruñó la voz del patrón desde el interior. Frida empujó la puerta con el hombro y entró al despacho. Era una habitación grande, pero abarrotada, conestanterías llenas de libros que nadie leía, archiveros de madera oscura, mapas enrollados en las esquinas y un escritorio macizo donde don Sebastián estaba sentado revisando un libro de cuentas a la luz de una lámpara de quereroseno.
La caja fuerte alemana ocupaba un rincón cerrada con su enorme cerradura de combinación. Las ventanas protegidas por rejas de hierro estaban abiertas para permitir la entrada del escaso aire nocturno. “Déjalo en el escritorio”, ordenó don Sebastián sin levantar la vista. Frida se acercó y depositó la bandeja con cuidado. En ese momento, mientras se disponía a retirarse, levantó la mirada y su corazón se detuvo detrás de don Sebastián, entre las sombras que la lámpara no alcanzaba a iluminar completamente, había una figura.
Era alta, vestida de oscuro, con un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro. La figura estaba completamente inmóvil, como una estatua a menos de 2 metros del patrón. El corazón de Frida comenzó a latir con violencia. Quiso gritar, advertir, pero su garganta se había cerrado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sus manos comenzaron a temblar.
Don Sebastián, notando su parálisis, levantó la vista con irritación. ¿Qué te pasa, muchacha? ¿Por qué me miras así? Frida abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Señaló con un dedo tembloroso hacia las sombras detrás del patrón. Don Sebastián giró bruscamente en su silla, siguiendo la dirección de su dedo. Frunció el ceño escudriñando la oscuridad.
¿Qué? No hay nada ahí. Te volviste loca. Pero Frida seguía viendo la figura. Ahora estaba segura. Era un hombre, o al menos tenía forma humana y aunque no podía distinguir su rostro, sentía que la miraba directamente a ella, atravesándola con una intensidad que la helaba hasta los huesos. “Yo yo vi”, tartamudeó Frida retrocediendo hacia la puerta.
Don Sebastián se levantó con impaciencia y caminó hacia el rincón donde Frida había señalado. No había nada, solo las sombras proyectadas por los muebles y la luz irregular de la lámpara. Estúpida, masculó don Sebastián, te estás volviendo histérica como todas las mujeres de esta casa. Lárgate y no me molestes con tus tonterías. Frida no necesitó que se lo repitiera.
Salió del despacho casi corriendo, cerró la puerta tras ella y se apoyó contra la pared del pasillo, respirando con dificultad. Su corazón latía tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Cerró los ojos tratando de calmarse, pero la imagen de aquella figura oscura permanecía grabada en su mente con nitidez aterradora.
No sabía qué había visto, no podía explicarlo, pero una certeza absoluta se instaló en su alma. Algo terrible estaba por suceder en San Rafael y ella, de alguna forma que no comprendía, estaba conectada con ello. Esa noche Frida no pudo dormir. Se quedó en su catre, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando los sonidos nocturnos de la hacienda, los pasos de los vigilantes en el patio, el relinchar ocasional de los caballos, el crujido de las vigas de madera expandiéndose con el calor residual del día.
Y cada vez que cerraba los ojos, veía de nuevo aquella figura inmóvil, vigilante, esperando. A las 5 de la mañana, cuando el primer gallo cantó y el cielo comenzó a aclararse con la luz grisácea del amanecer, Frida se levantó y salió al patio a sacar agua del pozo. El aire era fresco, casi frío, un breve respiro antes de que el sol comenzara su castigo diario.
Otras sirvientas ya estaban en movimiento, encendiendo los fogones de la cocina y preparando el desayuno de la familia y los trabajadores. Fue entonces cuando escuchó el grito, era un alarido agudo, desgarrador, que venía de la casa grande. Frida soltó el cubo de agua que cayó de vuelta al pozo con un chapoteo y corrió hacia la casa junto con varios sirvientes más.
El grito se repetía cada vez más histérico. Era la voz de doña Carmela. Cuando entraron a la casa, encontraron a la señora en el pasillo con el cabello suelto y descuidado, el camisón blanco arrugado, gritando y señalando hacia el despacho de su esposo. Sus ojos estaban desorbitados y de su boca salía un balbuceo incoherente.
Jacinto, el capataz, llegó corriendo desde los establos, seguido por otros hombres. Sin esperar permiso, empujó la puerta del despacho. El espectáculo que encontraron dentro heló la sangre de todos los presentes. Don Sebastián Montoya estaba desplomado sobre su escritorio, con la cabeza girada en un ángulo antinatural y los ojos abiertos, vidriosos, mirando hacia la nada.
Un fino hilo de sangre seca bajaba desde su oreja izquierda hasta su cuello y se había acumulado en un pequeño charco sobre los papeles del escritorio. La lámpara de quereroseno seguía encendida, consumiendo sus últimas gotas de combustible. La puerta de la caja fuerte estaba abierta de par en par, completamente vacía, y sobre el escritorio, junto a la mano derecha inerte del patrón,descansaba una taza de café, la misma taza que Frida había llevado la noche anterior.
El café ni siquiera había sido probado. Estaba intacto, con una fina película en su superficie que demostraba que llevaba horas ahí. Don Sebastián Montoya había muerto durante la noche en su propio despacho mientras todos en la hacienda dormían y nadie había escuchado nada. Part. El caos se apoderó de la hacienda San Rafael en cuestión de minutos.
Los gritos de doña Carmela habían despertado a todos los habitantes del complejo y pronto una multitud de peones, sirvientes y trabajadores se agolpaba en el patio frente a la casa grande, murmurando entre sí y tratando de comprender lo que había sucedido. Jacinto el capataz, un hombre de 45 años con rostro de piedra y cicatrices que contaban historias de violencia, asumió el control de la situación con la autoridad de quien está acostumbrado a dar órdenes.
“Retrocedan todos”, gritó desde la puerta del despacho. “Nadie toca nada, ustedes dos”, señaló a dos peones robustos. Vayan al pueblo y avisen al alcalde y al juez que vengan de inmediato. Esto es un asunto de autoridad. Los hombres asintieron y salieron corriendo hacia los establos para ensillar caballos. El pueblo más cercano, San Miguel de Orcasitas, estaba a dos horas de camino a galope tendido.
Jacinto se volvió hacia el interior del despacho, donde el cuerpo de don Sebastián permanecía en la misma posición macabra en la que había sido encontrado. Varios hombres se habían asomado con curiosidad morbosa, pero el capataz los echó con brusquedad. Fuera. Esto no es un circo. Regresen a sus labores. En el pasillo, doña Carmela había sido conducida de vuelta a su habitación por dos sirvientas mayores que trataban de calmarla con té de tila y rezosurrados.
La señora no dejaba de llorar y repetir el nombre de su esposo entre soyosos entrecortados. Rodrigo, el hijo, apareció finalmente bajando las escaleras con paso torpe y rostro pálido. Obviamente había pasado la noche bebiendo y apenas acababa de despertar por el alboroto. Cuando Jacinto le informó de la muerte de su padre, el joven se tambaleó y tuvo que apoyarse contra la pared.
¿Qué? ¿Qué dices? No puede ser. Anoche su padre está muerto, don Rodrigo, repitió Jacinto con tono grave. En su despacho, parece que fue durante la noche. Rodrigo entró al despacho empujando al capataz y se detuvo en seco al ver el cuerpo de su padre. A pesar de la relación tormentosa que habían mantenido, el impacto fue evidente.
El color abandonó completamente su rostro y sus manos. comenzaron a temblar. Se acercó lentamente al escritorio como hipnotizado y extendió una mano temblorosa hacia el hombro de don Sebastián, pero Jacinto lo detuvo. No lo toque, don Rodrigo. Las autoridades tienen que verlo primero. ¿Quién fue?, preguntó Rodrigo con voz quebrada.
¿Quién hizo esto? Jacinto señaló con la barbilla hacia la caja fuerte abierta. Robaron todo lo que había ahí. Su padre guardaba dinero, documentos de propiedad, escrituras. Todo desapareció. Rodrigo giró bruscamente y miró a los hombres reunidos fuera del despacho con ojos inyectados en sangre y furia creciente. “Fue uno de ustedes”, gritó.
Uno de ustedes, malditos peones, lo mató por el dinero. Un murmullo de protestas se elevó entre los trabajadores. Jacinto levantó una mano para calmar los ánimos. Nadie sabe nada todavía, don Rodrigo. Las autoridades investigarán. Pero se detuvo vacilante. Rodrigo lo miró con ojos febriles. Pero, ¿qué? Habla.
Jacinto se aclaró la garganta incómodo. Sabía que lo que iba a decir provocaría una reacción violenta, pero era su deber reportar todo. La última persona que estuvo aquí anoche con su padre fue Frida. La sirvienta le trajo café después de la cena. Todas las miradas se volvieron hacia Frida, que había permanecido al fondo del pasillo, apartada de la multitud, con la espalda pegada a la pared y los brazos cruzados sobre el pecho, como tratando de protegerse.
Cuando escuchó su nombre, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo que la había acompañado toda la noche se transformó en terror absoluto. Rodrigo avanzó hacia ella con paso decidido y Frida vio en sus ojos algo peor que la furia, una necesidad desesperada de culpar a alguien, de encontrar un chivo expiatorio que pagara por la muerte de su padre y por la culpa que él mismo cargaba por su última discusión con el difunto.
“Tú”, dijo Rodrigo con voz envenenada. Fuiste la última en verlo vivo. ¿Qué hiciste, india? ¿Lo envenenaste? ¿Le abriste la puerta a los ladrones? Frida negó frenéticamente con la cabeza, incapaz de articular palabra. Su boca se abría y se cerraba como la de un pez fuera del agua, pero no salía ningún sonido.
El pánico la había paralizado por completo. “Habla”, rugió Rodrigo, agarrándola del brazo con fuerza brutal. Confiesa lo que hiciste. Yo no hice nada, don Rodrigo”, logró decir finalmente Frida con voztemblorosa. Solo le llevé el café como me ordenó. Lo dejé en el escritorio y salí. Lo juro por mi madre muerta. Mentirosa. Rodrigo levantó la mano como para abofetearla, pero Jacinto intervino sujetando el brazo del joven con firmeza.
Don Rodrigo controle, las autoridades decidirán. No podemos hacer justicia por nuestra propia mano. Rodrigo se zafó con violencia, pero se contuvo. Respiraba agitadamente con las fosas nasales dilatadas como un toro a punto de embestir. Señaló a Frida con un dedo acusador. Enciérrenla. Que nadie la deje salir hasta que llegue el juez.
Si trató de escapar, dispárenle. Dos hombres se acercaron a Frida y la sujetaron por los brazos. La joven no opuso resistencia, estaba demasiado aterrada para moverse. La condujeron a través del patio hacia el granero, donde había un pequeño cuarto que se usaba ocasionalmente como almacén. Era un espacio sin ventanas, húmedo y lleno de sacos de maíz apilados contra las paredes.
La empujaron adentro y cerraron la puerta con un grueso candado. Frida escuchó cómo arrastraban un pesado barril contra la puerta como seguridad adicional y luego las voces de sus captores alejándose. se quedó sola en la oscuridad casi completa con solo un finísimo rayo de luz filtrándose por una rendija entre las tablas del techo. Se dejó caer sobre los sacos de maíz y finalmente pudo llorar.
Lloró por miedo, por impotencia, por la injusticia de verse acusada de algo que no había hecho. Pero sobre todo lloró porque sabía que nadie la creería. Era solo una sirvienta, una mujer sin familia ni protección en una sociedad donde la palabra de un patrón valía infinitamente más que la de 100 trabajadores. Y mientras lloraba en la oscuridad, una pregunta la atormentaba una y otra vez.
¿Qué había sido aquella figura que vio detrás de don Sebastián? ¿Había sido real o solo producto de su imaginación? ¿Y si había sido real? ¿Quién era? y por qué ella había sido la única en verla. Las horas pasaron con lentitud agónica. En el granero, Frida no tenía forma de saber qué hora era. El calor aumentaba gradualmente conforme el sol ascendía, convirtiendo su prisión improvisada en un horno sofocante.
El olor a maíz fermentado y tierra húmeda se mezclaba con su propio sudor. Tenía la garganta seca y los labios agrietados, pero nadie vino a traerle agua ni comida. Afuera escuchaba el movimiento constante de la hacienda, voces, pasos. el golpeteo de herramientas, el relinchar de caballos. La vida continuaba indiferente a su sufrimiento.
Finalmente, cuando el sol debía estar en su cenitar por el intenso calor, escuchó voces nuevas acercándose. Eran voces de autoridad, voces que daban órdenes y esperaban ser obedecidas. se incorporó con dificultad, mareada por la deshidratación y el encierro, y esperó conteniendo la respiración.
La puerta se abrió bruscamente, dejando entrar una bocanada de aire caliente, pero fresco en comparación con el ambiente viciado del interior. La luz cegadora del mediodía la hizo cerrar los ojos con un gemido. Cuando logró enfocar la vista, vio a tres hombres de pie frente a ella. Jacinto el Capataz, un hombre corpulento de unos 60 años con bigote blanco y traje negro que debía ser el juez, y otro más joven, delgado, con lentes redondos y una libreta en la mano, probablemente un secretario o escribano.
“Levántate”, ordenó el hombre del traje negro con voz grave y cansada. Frida obedeció tambaleándose ligeramente. El juez la examinó con ojos entrecerrados, evaluándola como se evalúa una reado. Finalmente asintió hacia Jacinto. “Tráiganla al despacho. Quiero interrogarla.” Ahí donde ocurrió el crimen, la condujeron de vuelta a la casa grande.
El cuerpo de don Sebastián había sido finalmente retirado y cubierto con una sábana en una habitación contigua, donde ya lo velaban con velas y rezos. En el despacho todo permanecía exactamente como había sido encontrado esa mañana. los papeles desparramados, la taza de café intacta, la caja fuerte vacía, con su puerta oscilando levemente con la corriente de aire.
El juez, cuyo nombre era don Evaristo Mendoza, se sentó en la silla del difunto patrón con la solemnidad de quien representa la ley y el orden. El escribano se ubicó a su lado con la pluma lista sobre la libreta. Frida fue colocada frente al escritorio como una acusada ante el tribunal. Rodrigo estaba presente, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y expresión sombría.
Doña Carmela había querido estar presente, pero finalmente decidió permanecer junto al cuerpo de su esposo. Jacinto se quedó cerca de la puerta vigilante. “Declara tu nombre completo”, ordenó el juez. Frida. Solo Frida, señor, no tengo apellido. Edad, 19 años. Oficio sirvienta doméstica de esta hacienda. El juez asintió y miró al escribano para asegurarse de que tomaba nota de todo.
Luego volvió su atención a Frida y su voz adoptó un tono más duro. Se te acusade haber causado o facilitado la muerte de don Sebastián Montoya, patrón de esta hacienda ocurrida en la noche del 23 de junio. ¿Qué tienes que decir? Yo no hice nada, señor juez, respondió Frida con voz temblorosa pero clara. Solo cumplí con mi trabajo.
Le llevé café al patrón como me ordenó. Lo dejé en el escritorio y salí. Eso fue todo. ¿A qué hora fue eso? Poco después de las 9 de la noche, señor. ¿Y qué pasó exactamente? Relata todo con detalle. No omitas nada. Frida respiró hondo tratando de ordenar sus pensamientos. Sabía que su vida dependía de cómo contara la historia.
El patrón cenó con su familia. Como siempre, hubo una discusión entre él y don Rodrigo. Después de la cena, el patrón me ordenó que le llevara café a su despacho. Preparé el café, lo puse en la bandeja y vine aquí. La puerta estaba entreabierta. Toqué y el patrón me dijo que pasara. Entré, dejé la bandeja en el escritorio y se detuvo.
El corazón le latía con fuerza. Debía mencionarlo de la figura. ¿Le creerían o pensarían que estaba loca o mintiendo? ¿Y qué? Presionó el juez con impaciencia. Continúa. Vi algo, señor, dijo Frida finalmente, con voz apenas audible. El juez se inclinó hacia adelante con interés súbito. ¿Qué viste? una figura detrás del patrón, un hombre, creo, alto, vestido de oscuro con sombrero, estaba completamente inmóvil en las sombras.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación. Rodrigo se enderezó bruscamente con expresión de incredulidad y furia. El juez intercambió una mirada con Jacinto que frunció el seño confundido. Un hombre, repitió el juez lentamente. En este despacho y qué hizo don Sebastián cuando lo viste? El patrón giró y miró hacia donde yo señalaba, pero dijo que no había nada, que yo estaba loca.
Me ordenó que me fuera y eso hice. Salí y cerré la puerta. Mentiras, estalló Rodrigo. Está inventando esa historia ridícula para desviar la culpa. El juez levantó una mano para silenciarlo. Don Rodrigo, por favor, ya tendrá oportunidad de hablar. Se volvió de nuevo hacia Frida. Estás diciendo que viste a un hombre en este despacho? Un hombre que supuestamente tu patrón no pudo ver.
Yo sé lo que vi, señor”, insistió Frida con lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas. “Había alguien ahí, tan real como usted, está sentado en esa silla ahora.” “Y reconociste a ese hombre. ¿Viste su cara?” “No, señor.” Estaba en las sombras y llevaba el sombrero muy bajo, pero sé que me miraba. Lo sentí.
El juez se reclinó en la silla pensativo, miró la taza de café en el escritorio, luego la caja fuerte vacía y finalmente de vuelta a Frida. Después de que saliste del despacho, ¿a dónde fuiste? Directamente a mi cuarto, señor. No hablé con nadie. Me acosté, pero no pude dormir en toda la noche. Estaba asustada.
¿Por qué asustada? Por lo que había visto, sentía que algo malo iba a pasar. ¿Y escuchaste algo durante la noche? ¿Algún ruido, algún grito o algo fuera de lo común? No, señor. Todo estuvo en silencio hasta que doña Carmela gritó en la mañana. El juez asintió y se volvió hacia Jacinto. Capataz, ¿usted verificó las puertas y ventanas esta mañana? Sí, señor juez, respondió Jacinto.
La puerta principal del despacho estaba cerrada con llave desde adentro. Tuvimos que forzarla. Las ventanas también estaban cerradas con las rejas en su lugar y la llave estaba en el bolsillo del pantalón de don Sebastián. El juez frunció el seño, claramente desconcertado, se volvió hacia Rodrigo. Don Rodrigo, su padre tenía enemigos.
Alguien que quisiera verlo muerto. Rodrigo soltó una risa amarga. Mi padre tenía docenas de enemigos. Era un hombre duro. Despidió trabajadores. Castigó severamente a los peones. Tuvo disputas con vecinos por linderos de tierra. La lista es larga. ¿Alguien en particular? ¿Alguna amenaza reciente? Rodrigo dudó un momento, luego asintió lentamente.
Hace tres semanas, mi padre mandó azotar a un peón llamado Trinidad Vega. Lo acusó de robar una herramienta. El hombre juró venganza antes de ser expulsado de la hacienda. El juez tomó nota mental de esto y miró al escribano para asegurarse de que lo registrara. ¿Y dónde está ahora ese Trinidad Vega? No lo sé”, respondió Rodrigo.
Se fue hacia el norte, según dijeron. Tal vez cruzó a Arizona o tal vez regresó anoche para cumplir su venganza”, sugirió el juez. Frida escuchaba todo esto con creciente desesperación. Sentía como se tejía una red de acusaciones y sospechas a su alrededor y no sabía cómo defenderse. El interrogatorio continuó durante otra hora.
El juez repitió las mismas preguntas de diferentes formas tratando de encontrar contradicciones en la historia de Frida, pero ella se mantuvo firme. Había llevado el café, había visto la figura, había salido y no sabía nada más. Finalmente, el juez se puso de pie y declaró, “Por el momento, Frida quedará bajo custodia en la haciendahasta que se completen las investigaciones.
Nadie debe hablar con ella sin mi permiso. Interrogaré al resto del personal para ver si alguien vio o escuchó algo inusual anoche.” Se volvió hacia Rodrigo con expresión grave. “Don Rodrigo, mi pésame por su pérdida. Su padre era un hombre respetado. Le aseguro que encontraremos al responsable y se hará justicia.
Rodrigo asintió sin decir nada. Su rostro era una máscara de emociones contradictorias, dolor, ira, culpa y algo más. Algo que Frida no pudo identificar, pero que la inquietó profundamente. La devolvieron al granero, donde pasaría las siguientes 48 horas en un limbo de incertidumbre y terror. Parte tres.
El juez Evaristo Mendoza era un hombre metódico y experimentado que había servido en el sistema judicial de Sonora durante más de 30 años. Había visto de todo, asesinatos pasionales, robos violentos, linchamientos, disputas de tierras que terminaban en sangre. El caso de don Sebastián Montoya presentaba características que le resultaban familiares y a la vez profundamente inquietantes.
La muerte de un acendado rico siempre generaba complicaciones políticas. Don Sebastián había tenido conexiones con funcionarios del gobierno estatal, había contribuido económicamente a campañas políticas y mantenía relaciones comerciales con gente poderosa en Hermosillo y Guaimás. Su asesinato no podía quedar impune y el juez Mendoza sabía que había presión desde arriba para resolver el caso rápidamente y de manera que satisfiera tanto a la ley como a los intereses de quienes movían los hilos del poder. Durante los dos
días siguientes, el juez estableció su cuartel general en el comedor de la hacienda San Rafael y comenzó una serie de interrogatorios exhaustivos a todos los habitantes del lugar. Su escribano, un joven llamado Aurelio Campos, tomaba nota meticulosa de cada testimonio. Jacinto el Capataz ayudaba a organizar las entrevistas y a mantener el orden, porque la tensión en la hacienda había aumentado exponencialmente.
Los trabajadores murmuraban entre sí, formándose facciones. Algunos defendían a Frida, afirmando que era imposible que una muchacha tan callada y obediente hubiera cometido tal crimen. Otros la condenaban, alegando que los sirvientes siempre resentían secretamente a sus patrones y que Frida había visto la oportunidad perfecta para vengarse y enriquecerse.
El primer interrogado fue Rodrigo Montoya. El joven había pasado la noche del velorio bebiendo mezcal en su habitación, alternando entre llanto desconsolado y arrebatos de furia. Cuando se presentó ante el juez, tenía aspecto demacrado, ojos rojos e hinchados, barba de dos días, ropa arrugada.
Se dejó caer pesadamente en la silla frente a Mendoza y esperó con expresión osca. “Don Rodrigo”, comenzó el juez con tono formal. Necesito que me relate exactamente qué hizo usted después de salir del comedor la noche del 23 de junio. Rodrigo se pasó una mano por el cabello grasiento. Salí encolerizado después de la discusión con mi padre.
Fui a mi habitación, tomé una botella de vino y me senté en el balcón a beber. Estuve ahí hasta pasada la medianoche. Luego me acosté y no desperté hasta que escuché los gritos de mi madre en la mañana. ¿Alguien puede confirmar esto? No. Estaba solo. Nadie me molestó. Escuchó algo inusual durante la noche, pasos, voces, puertas que se abrían.
Rodrigo negó con la cabeza. Nada, pero estaba bebiendo y estaba muy alterado. No presté atención a nada más. El juez estudió al joven con atención. Había algo en su lenguaje corporal que le resultaba sospechoso. La forma en que evitaba el contacto visual, como sus manos temblaban ligeramente, la tensión en sus hombros.
Don Rodrigo, no puedo evitar notar que usted tuvo una discusión muy fuerte con su padre apenas horas antes de su muerte. Una discusión en la que usted le recriminó ciertas cosas sobre cómo había construido su fortuna. ¿Puede explicar a qué se refería con eso? Rodrigo se puso tenso de inmediato.
Sus ojos mostraron un destello de pánico. No fue nada. Palabras dichas en el calor del momento. Yo estaba borracho y enojado. Mi padre y yo siempre discutíamos. No significaba nada. Pero usted le gritó, “Todos saben lo que haces. ¿Qué es lo que hace o hacía su padre que mereciera tal acusación?” El silencio se extendió incómodo.
Finalmente, Rodrigo respondió con voz tensa. Mi padre era un hombre de negocios duro. Hacía lo necesario para mantener la hacienda productiva. A veces eso implicaba decisiones que otros podrían cuestionar, pero eran legales. Yo solo estaba resentido porque él me comparaba constantemente con su propia fortaleza y me encontraba insuficiente.
El juez decidió no presionar más en ese momento. Había tocado un nervio y era mejor dejar que Rodrigo se sintiera seguro antes de volver al ataque. Cambió de tema. Su padre tenía efectivo u objetos de valor en la caja fuerte. Sí. guardaba alrededor de 5,000 pesos enmonedas de oro y plata, escrituras de propiedades, algunos documentos legales importantes y algunas joyas que habían pertenecido a mi abuela.
Todo desapareció. ¿Quién conocía la combinación de la caja fuerte? Solo mi padre y posiblemente Jacinto, el capataz. Mi padre confiaba en él. El juez asintió y despidió a Rodrigo. A continuación llamó a Jacinto. El capataz entró con su habitual porte militar, se sentó erguido y esperó las preguntas con expresión neutra.
Era un hombre difícil de leer, entrenado para no mostrar emociones. Jacinto, ¿cuánto tiempo lleva trabajando para don Sebastián? 23 años, señor juez, desde que la hacienda era apenas un tercio de su tamaño actual. ¿Diría usted que era un patrón justo? Jacinto consideró la pregunta cuidadosamente antes de responder.
Era un patrón exigente, pero justo dentro de su propio código. Esperaba trabajo duro y lealtad, y los recompensaba con empleo constante y techo. A los que lo traicionaban o robaban los castigaba severamente. Como Trinidad Vega. Exactamente. Trinidad robó una sierra de la herrería. Había advertencias previas.
Don Sebastián decidió hacer un ejemplo. ¿Qué le hicieron? 50 latigazos en el patio frente a todos. Luego fue expulsado sin paga pendiente. El juez hizo una anotación. ¿Cree que Trinidad podría haber regresado para vengarse? Jacinto frunció el seño pensativo. Es posible. Trinidad era orgulloso y violento cuando bebía, pero tengo dudas.
¿Por qué? Porque para entrar al despacho, abrir la caja fuerte y matar a don Sebastián sin que nadie escuchara nada, requiere de alguien que conociera bien la casa, los movimientos nocturnos, la ubicación exacta de la caja fuerte. Trinidad era solo un peón. Nunca había entrado a la casa grande. Entonces, ¿quién cree usted que pudo haber sido? Jacinto dudó.
Era evidente que tenía una teoría, pero le costaba verbalizarla. Señor juez, hay algo que debo decirle. Don Sebastián tenía complicaciones en su vida personal. Explíquese. Había mujeres, varias, entre las sirvientas. Don Sebastián se aprovechaba de su posición. Algunas aceptaban porque no tenían opción.
Otras, bueno, eran forzadas. Había quejas, pero nunca oficiales. Nadie se atrevía a denunciarlo. El juez sintió que finalmente comenzaba a atisvar algo importante. Frida era una de esas mujeres. Jacinto negó enfáticamente con la cabeza. No que yo sepa. Frida era muy joven cuando don Sebastián la promovió al servicio interno.
Él generalmente se fijaba en mujeres mayores, viudas o casadas, cuyos esposos trabajaban en los campos y no podían protegerlas. Pero hay un rumor. Continúe. Se dice que Frida es hija de don Sebastián, que su madre, Eulalia, fue una de sus conquistas hace 20 años. Por eso don Sebastián siempre la mantuvo cerca.
Le dio trabajos menos pesados. Nunca la castigó físicamente como a otros. Protección paternal, quizás mezclada con culpa. Esta revelación cayó como una bomba. El juez Mendoza se inclinó hacia adelante con renovado interés. Frida sabe esto no lo creo. Nadie se lo ha dicho directamente, pero en una hacienda los secretos nunca permanecen completamente ocultos.
Es posible que haya escuchado rumores. Y Rodrigo, él sabe que Frida podría ser su media hermana. Eso no lo sé, señor juez. El juez agradeció a Jacinto y lo despidió. La información había cambiado completamente el cariz del caso. Si Frida era hija de don Sebastián, eso le daba un motivo potencial, resentimiento por ser tratada como sirvienta mientras el hijo legítimo disfrutaba de todos los privilegios.
Pero también le daba un motivo a Rodrigo, celos, resentimiento por tener que compartir la herencia con una bastarda. Durante el resto del día, el juez interrogó a una docena de sirvientes más. Sus testimonios fueron consistentes en lo esencial. La noche del 23 había sido tranquila. Nadie había visto ni escuchado nada inusual y todos estaban profundamente conmocionados por la muerte del patrón.
Varios mencionaron que Frida era una muchacha callada y trabajadora que nunca causaba problemas. Otros, sin embargo, con expresiones de malicia apenas disimulada, insinuaron que Frida se creía mejor que las demás y que siempre tenía esa mirada rara como si supiera cosas que los demás no sabían. Al caer la tarde del segundo día, el juez decidió hacer una inspección minuciosa del despacho.
Llevó consigo a Jacinto y a Aurelio el escribano. Examinaron cada rincón de la habitación con detenimiento, el escritorio con sus cajones llenos de documentos comerciales, la caja fuerte vacía, las estanterías polvorientas, las ventanas con sus rejas de hierro. “¿Cómo se abre esta caja fuerte?”, preguntó el juez con una combinación de números respondió Jacinto.
Don Sebastián era el único que la conocía. La había comprado en Guaimas, traída desde Alemania. El juez examinó la cerradura. No había señales de forzamiento. Quien había abierto la caja conocía lacombinación. Es posible que alguien observara a don Sebastián abrirla y memorizada la secuencia. Difícil, señor juez.
Don Sebastián era muy cuidadoso. Siempre se aseguraba de estar solo cuando la abría. Y si alguien lo torturó para que revelara la combinación. No había señales de tortura en el cuerpo, solo la sangre seca en la oreja, que el médico que examinó el cadáver dijo que era consistente con un golpe fuerte en la cabeza, posiblemente con un objeto contundente.
El juez se arrodilló y examinó el suelo alrededor del escritorio. No había manchas de sangre aparte de las del escritorio mismo. Examinó la taza de café que seguía en su lugar. Ahora con el líquido completamente evaporado, dejando un residuo oscuro en el fondo. Este café fue analizado. No hay nadie en la región con conocimientos para hacerlo, señor juez.
Tendríamos que enviarlo a Hermosillo y para entonces cualquier evidencia se habría degradado. El juez suspiró frustrado. En casos urbanos habría recursos, expertos, tecnología. Aquí en medio del desierto tenía que confiar en su experiencia y su instinto. Se acercó a las ventanas y las examinó. Las rejas estaban firmemente sujetas con tornillos oxidados que claramente no habían sido removidos en años.
Las ventanas mismas estaban cerradas desde adentro con pestillos. Era imposible que alguien hubiera entrado o salido por ahí. Y la puerta, dijiste que estaba cerrada con llave desde adentro. Así es, señor juez. La llave estaba en el bolsillo de don Sebastián. Tuvimos que forzar la cerradura para entrar. El juez se rascó la barbilla perplejo.
Todo apuntaba a que don Sebastián había sido asesinado en una habitación cerrada desde adentro, sin posibilidad aparente de que el asesino hubiera entrado o salido. Era un enigma que desafiaba la lógica. A menos que,”, murmuró el juez, “¿Hay alguna otra salida de este despacho? ¿Algún pasadizo secreto? ¿Alguna conexión con otras habitaciones?” Jacinto negó con la cabeza.
Esta es una construcción sólida, señor juez. No hay pasadizos. Las paredes son de adobe de medio metro de grosor. El juez golpeó las paredes de todos modos, escuchando atentamente por si detectaba algún hueco, pero todo sonaba sólido. Levantó la alfombra gastada que cubría el suelo de tierra apisonada, pero no había trampillas ni aberturas.
Finalmente, exhausto y frustrado, el juez se dio por vencido por ese día. salió al patio de la hacienda, donde el sol del atardecer pintaba todo de tonos dorados y rojizos. Los trabajadores regresaban de los campos, cansados y silenciosos. El ambiente en la hacienda era pesado, cargado de sospechas mutuas y miedo. Todos miraban a todos con desconfianza.
El juez decidió que necesitaba volver a hablar con Frida, esta vez con un enfoque diferente. La mandó traer del granero al atardecer del segundo día. Cuando la joven entró al comedor escoltada por dos hombres, el juez notó el deterioro en su apariencia. Rostro demacrado, labios agrietados, ojos hundidos con ojeras profundas.
Le indicó que se sentara y ordenó que le trajeran agua y algo de comida. Frida bebió con desesperación, derramando agua por las comisuras de sus labios. El juez esperó pacientemente hasta que ella hubo comido un pedazo de pan y recuperado algo de compostura. “Frida”, comenzó el juez con voz más suave que en el primer interrogatorio.
“Necesito que me digas la verdad sobre algo muy importante. ¿Sabías tú que don Sebastián era tu padre?” Frida levantó la vista bruscamente con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Su reacción parecía genuina. Negó con la cabeza lentamente. No, señor, nunca, nunca nadie me lo dijo. Mi madre murió cuando yo nací. Nadie me habló nunca de mi padre.
Pero debiste haber escuchado rumores. En una hacienda todos saben todo. Frida bajó la mirada y sus mejillas se colorearon levemente. Escuché cosas, sí, murmullos, pero nunca quise creerlo. Era demasiado complicado. Yo solo quería trabajar y no causar problemas. ¿Y cómo te hacía sentir eso? servir en la casa de quien posiblemente era tu padre, viendo como su hijo legítimo tenía todo mientras tú no tenías nada.
Frida levantó la vista de nuevo y esta vez había lágrimas en sus ojos. Me hacía sentir vacía, señor juez, como si no fuera nadie, como si no tuviera derecho a existir. Pero nunca, nunca odié al patrón por eso. Si era mi padre o no, él me dio trabajo y techo. Había muchachas que estaban peor que yo. El juez la observó largamente tratando de determinar si mentía.
Su instinto le decía que no. Había algo en la tristeza de Frida que parecía demasiado profunda y antigua para ser fingida. Háblame de nuevo de esa figura que viste detrás de don Sebastián. Cierra los ojos y recuerda, ¿qué más puedes decirme de ella? Frida obedeció, cerrando los ojos y frunciendo el seño con concentración. Permaneció así por largo rato y cuando volvió a hablar, su voz era un susurro tembloroso.Era alto, más alto que el patrón.
Vestía de oscuro, todo de negro o muy oscuro. El sombrero tenía ala ancha. No pude ver su rostro porque estaba en sombras, pero había algo en la forma en que estaba parado, completamente inmóvil, como una estatua, como si no respirara. Y sentí sentí que me miraba con odio, con un odio tan intenso que me heló la sangre.
Podría haber sido Trinidad Vega. ¿Lo conocías? Sí, señor. Trinidad era bajo y robusto. Esta figura era alta y delgada. Rodrigo. Entonces, Frida abrió los ojos y negó enfáticamente. Don Rodrigo es alto, pero reconocería su forma de pararse, su manera de moverse. Esta figura era diferente. Era alguien que yo no conocía, o al menos eso creo.
El juez suspiró. Cada respuesta generaba más preguntas. finalmente decidió tomar un riesgo. Frida, voy a ser honesto contigo. Este caso es extraordinariamente difícil. Don Sebastián fue asesinado en una habitación cerrada desde adentro. No hay signos de entrada forzada. La caja fuerte fue abierta con la combinación correcta y tú fuiste la última persona que admite haber estado con él.
Todo apunta hacia ti, pero mi experiencia me dice que las cosas no son tan simples. Necesito que pienses muy cuidadosamente. Hay algo, cualquier cosa, por insignificante que parezca, que puedas recordar de esa noche. Frida cerró los ojos de nuevo y una lágrima rodó por su mejilla. Cuando volvió a hablar, su voz estaba cargada de emoción.
Había un olor, señor juez, un olor extraño en el despacho. No era el olor habitual de libros viejos y tabaco que siempre había. Era algo diferente, como tierra mojada y algo más que no puedo identificar. Y cuando vi la figura por un instante, tuve la sensación de que no era la primera vez que la veía, como si la conociera de algún lugar, de algún recuerdo distante, pero no puedo precisar de dónde.
Esta información intrigó al juez. Un olor a tierra mojada en pleno verano del desierto sonorense, cuando no había llovido en meses. Y la sensación de Frida de conocer a la figura de algún lugar. Eran pistas tal vez, pero pistas hacia qué. Esa noche el juez Mendoza se quedó solo en el comedor bebiendo mezcal y revisando sus notas a la luz de una lámpara.
Tenía piezas de un rompecabezas que no terminaban de encajar. un padre muerto, un hijo resentido, una posible hija ilegítima, un trabajador expulsado con sed de venganza, una habitación cerrada, una caja fuerte abierta sin forzar, una figura misteriosa vista por una sola persona. ¿Qué conectaba todo esto? Finalmente tomó una decisión. Al día siguiente interrogaría a la última persona que aún no había hablado en profundidad, doña Carmela la viuda.
Parte cuatro. Doña Carmela Montoya había permanecido recluida en su habitación desde el descubrimiento del cuerpo de su esposo, saliendo solo para acompañar el velorio y el entierro que se había realizado con rapidez debido al calor. El ataúd Sebastián había sido sepultado en el pequeño cementerio de la hacienda bajo un mesquite retorcido que ofrecía algo de sombra.
El padre Anselmo, un anciano sacerdote que venía una vez al mes desde San Miguel de Orcaitas a celebrar misa en la capilla de San Rafael, había oficiado una ceremonia breve pero solemne. Los trabajadores habían asistido en masa, más por obligación que por afecto genuino hacia el difunto patrón. Ahora, en la mañana del tercer día, el juez Mendoza se presentó ante la puerta de la habitación de doña Carmela. y tocó suavemente.
Una voz débil le indicó que entrara. La habitación estaba en penumbra con las cortinas corridas para bloquear la luz brutal del sol. Olía a incienso y cera de vela. Doña Carmela estaba sentada en una mecedora junto a la ventana, vestida completamente de negro, con un rosario entre sus manos temblorosas.
Su rostro, siempre pálido, parecía ahora traslúcido, casi fantasmal. “Doña Carmela,”, dijo el juez con respeto. “Lamento profundamente molestarla en estos momentos de dolor, pero necesito hacerle algunas preguntas sobre su esposo.” La mujer asintió débilmente, sin levantar la vista del rosario. “Haga lo que deba hacer, señor juez.
Solo quiero que encuentre al culpable y se haga justicia. ¿Puede decirme qué hizo usted la noche del 23 de junio después de la cena? Me retiré a mi habitación después de la discusión. No podía soportar más gritos. Me arrodillé a rezar como hago todas las noches y luego me acosté. Tomé unas gotas de láudano que el médico me recetó para dormir.
Dormí profundamente hasta el amanecer. No escuchó nada durante la noche. Nada, señor. El láudano me deja completamente inconsciente. ¿A qué hora tomó el laáudano? Debieron ser las 10 de la noche, más o menos. El juez hizo una anotación mental. El laudano explicaba por qué doña Carmela no había escuchado nada, pero también significaba que no podía proporcionar una coartada sólida para ella misma.
Doña Carmela, debo hacerle una preguntadelicada. ¿Usted sabía que su esposo tenía relaciones con otras mujeres de la hacienda? La mecedora se detuvo. Un largo silencio llenó la habitación. Finalmente, doña Carmela habló con voz cargada de amargura reprimida durante años. Todos en esta hacienda sabían eso, señor juez.
Yo no era la excepción. Mi esposo era un hombre de apetitos fuertes y poca consideración por los votos matrimoniales. Hace mucho tiempo dejé de luchar contra eso. Me refugié en la oración y en la esperanza de que Dios lo juzgara en el más allá, ya que yo no podía juzgarlo en esta vida. Y no sintió resentimiento, rabia.
Doña Carmela levantó finalmente la vista y el juez vio en sus ojos algo que no esperaba. No dolor, no tristeza, sino un vacío profundo y antiguo. Sentí todo eso y más, señor juez, pero una se acostumbra. El matrimonio cristiano es un sacramento sagrado e indisoluble. Yo cumplí con mi deber como esposa. Le di un hijo. Mantuve su casa en orden.
Rezaba por su alma. ¿Qué más? podía hacer. ¿Sabía usted que Frida podría ser hija de su esposo? Esta vez la reacción fue más visible. Las manos de doña Carmela se crisparon sobre el rosario y sus labios se apretaron en una línea fina. Lo sospechaba. Eulalia, la madre de Frida, fue una de las primeras.
Esto fue antes de que yo perdiera a mis otros hijos. Cuando Frida nació y Eulalia murió, Sebastián se aseguró de que la niña fuera cuidada. La protegió más que a otros sirvientes. La señal era clara para quien quisiera verla. ¿Y cómo se sentía usted al tener que ver a la posible hija bastarda de su esposo todos los días sirviendo en su propia casa? Doña Carmela cerró los ojos y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
Era una humillación constante, señor juez, pero también sentía pena por la muchacha. Ella no tuvo culpa de las circunstancias de su nacimiento y era es una buena muchacha, callada, trabajadora, respetuosa. A diferencia de mi propio hijo, el juez se inclinó hacia adelante con interés. ¿Qué quiere decir con eso? Rodrigo es mi sangre, mi único hijo que sobrevivió y lo amo con el amor de madre, pero no soy ciega. Es débil, impulsivo, resentido.
Su padre lo aplastó con su dureza y yo no tuve fuerza para protegerlo. Rodrigo creció odiando a su padre y todo lo que representaba. ¿Cree usted que Rodrigo podría haber matado a su padre? El silencio que siguió fue largo y pesado. Cuando doña Carmela finalmente respondió, su voz era apenas un susurro.
No quiero creerlo, pero no puedo decir que sea imposible. La noche de la cena, la discusión fue peor que nunca. Rodrigo estaba borracho y furioso. Mi esposo lo provocó deliberadamente, como siempre hacía. Vi odio en los ojos de mi hijo esa noche, señor juez. Un odio que me aterrorizó. ¿Sabe usted la combinación de la caja fuerte de su esposo? No, Sebastián nunca me la dijo.
No confiaba en nadie con esas cosas. Y Rodrigo tampoco. Mi esposo decía que Rodrigo era demasiado irresponsable para manejar dinero. El juez se puso de pie y se acercó a la ventana, corriendo ligeramente la cortina para mirar hacia el patio. Los trabajadores seguían con sus rutinas diarias, pero había una tensión palpable en el ambiente.
Sabía que tenía que resolver el caso pronto, antes de que la situación explotara. Una última pregunta, doña Carmela. Su esposo tenía enemigos fuera de la hacienda. ¿Alguien con quien tuviera disputas serias? Doña Carmela reflexionó antes de responder. Había un hombre, don Esteban Quiroga, dueño de la hacienda vecina al este. Él y mi esposo tenían una disputa legal por un terreno en la frontera entre sus propiedades.
El caso había estado en los tribunales durante 3 años. Las cosas se habían puesto desagradables. Hubo amenazas mutuas. ¿Qué tipo de amenazas? Don Esteban acusó a mi esposo de desviar agua de un arroyo que alimentaba sus tierras. Mi esposo lo acusó de mandar a sus vaqueros a asustar a nuestro ganado. En una ocasión, hace 6 meses, hubo un altercado donde Esteban vino personalmente a confrontar a mi esposo.
Hubo empujones, insultos. Jacinto tuvo que separarlos. Don Esteban gritó que mi esposo pagaría por su avaricia. Fueron sus palabras exactas. Esta era información nueva y potencialmente crucial. El juez agradeció a doña Carmela y salió de la habitación con renovada energía. Tenía ahora otro sospechoso que investigar.
Esa misma tarde, el juez Mendoza, acompañado por Aurelio, el escribano, y dos alguaciles que habían llegado de San Miguel de Orcasitas esa mañana, cabalgó hasta la hacienda La Providencia, propiedad de don Esteban Quiroga. El viaje tomó poco más de una hora a través del desierto polvoriento.
La providencia era similar en estructura a San Rafael, aunque quizás algo menos próspera. Don Esteban Quiroga resultó ser un hombre de unos 50 años, corpulento, de rostro curtido y bigote espeso. Recibió al juez con frialdad apenas disimulada en el patio de su hacienda. Juez Mendoza dijo contono desafiante. Supongo que viene por lo de Sebastián Montoya. Así es, don Esteban.
Necesito hacerle algunas preguntas. No tengo nada que ocultar. Yo no maté a ese desgraciado, aunque no voy a fingir que lamento su muerte. La franqueza brutal de Quiroga tomó al juez por sorpresa, pero decidió seguirle el juego. ¿Dónde estaba usted la noche del 23 de junio? Aquí en mi hacienda cené con mi familia, luego jugué cartas con mi capataz y dos vaqueros hasta pasada la medianoche.
Después me fui a dormir. Puedo darle los nombres de todos los que estuvieron conmigo y ninguno de ellos es su empleado que podría mentir para protegerlo. Quiroga sonrió sin humor. Son mis empleados, sí, pero también son hombres de honor. No mentirían en un asunto de asesinato. Además, ¿por qué arriesgaría mi vida y mi reputación matando a Montoya? Nuestra disputa estaba en los tribunales.
Yo iba ganando el caso. En 6 meses habría recuperado legalmente lo que él me robó. Sin embargo, usted lo amenazó públicamente hace meses. Palabras de enojo, juez, todos las dicen. Cuántos hombres en este estado han dicho, “Voy a matar a ese desgraciado sin que realmente lo hagan.” Montoya era un hombre despreciable que se había granjeado enemigos por docenas.
Si van a investigar a todos los que lo amenazaron alguna vez, van a necesitar años. El juez tuvo que admitir que Kiroga tenía razón. Aún así, interrogó a los hombres que supuestamente podían darle coartada. Todos confirmaron que don Esteban había estado en la providencia toda la noche. A menos que todos estuvieran mintiendo.
En una conspiración perfectamente coordinada, Quiroga parecía estar fuera de sospecha. Frustrado, el juez regresó a San Rafael al anochecer. se estaba quedando sin pistas y sin tiempo. El gobernador del estado había enviado un telegrama exigiendo resultados. La presión política aumentaba y mientras tanto, Frida seguía encerrada en el granero, consumiéndose en la desesperación y el miedo.
Esa noche el juez decidió hacer algo poco ortodoxo. Pidió permiso a Rodrigo para pasar la noche en el despacho de don Sebastián. El joven accedió, aunque parecía desconcertado por la petición. El juez quería experimentar la atmósfera del lugar, tratar de comprender qué había pasado realmente esa noche. Se instaló en el despacho con una lámpara de aceite, una botella de mezcal y sus notas.
La habitación estaba exactamente como la había encontrado, excepto que el cuerpo había sido retirado. Se sentó en la silla del difunto don Sebastián y trató de imaginar los últimos momentos del ascendado. Don Sebastián había cenado, había discutido violentamente con su hijo, había ordenado café. Frida le había traído el café alrededor de las 9.
Él debía haber seguido trabajando en sus libros de cuentas. En algún momento entre las 9 de la noche y las 5 de la mañana, alguien o algo había entrado, lo había golpeado en la cabeza, había abierto la caja fuerte y había huído llevándose el contenido. Pero, ¿cómo? Las ventanas estaban cerradas con rejas. La puerta había sido cerrada desde dentro con la llave en el bolsillo del muerto.
Era imposible, a menos que El juez se levantó bruscamente. Había tenido una idea. Comenzó a examinar el despacho de nuevo, esta vez con una teoría específica en mente. movió muebles, golpeó paredes, examinó el techo y finalmente, después de casi dos horas de búsqueda, encontró algo. En el rincón más alejado del despacho, oculto detrás de un archivero pesado, había una pequeña puerta en la pared de adobe.
Era tan baja que había que agacharse para pasar. Estaba pintada del mismo color que la pared y casi invisible a simple vista. El juez empujó el archivero con esfuerzo y logró abrir la puerta. Del otro lado había un pasadizo estrecho y oscuro. Con la lámpara en alto, el juez entró al pasadizo.
Era claustrofóbico, apenas lo suficientemente ancho para que un hombre delgado pasara de lado. El techo era tan bajo que tuvo que caminar agachado. El pasadizo olía a tierra húmeda y moo. Siguió adelante unos 20 metros hasta que el pasadizo terminaba en una escalera de piedra que subía. Subió con cuidado y llegó a otra puerta pequeña.
La abrió y se encontró en una habitación que reconoció de inmediato. Era una despensa abandonada en el segundo piso de la casa, un cuarto que había estado cerrado con llave durante años, según le habían dicho. El juez sonrió con satisfacción amarga. Ahí estaba la respuesta al misterio de la habitación cerrada. Había un pasadizo secreto que conectaba el despacho con el resto de la casa.
El asesino había usado ese pasadizo para entrar y salir sin ser detectado. Pero esto generaba nuevas preguntas. ¿Quién conocía la existencia del pasadizo y quién sabía la combinación de la caja fuerte? Solo alguien muy cercano a don Sebastián podría haber sabido ambas cosas. El juez regresó al despacho a través delpasadizo, empujó el archivero de vuelta a su lugar y se sentó a pensar.
Las piezas finalmente comenzaban a encajar en su mente, formando un patrón horrible pero coherente. La mañana siguiente convocó a todos los habitantes principales de la hacienda al comedor, Rodrigo, doña Carmela, Jacinto, y ordenó que trajeran también a Frida. Cuando todos estuvieron reunidos, el juez se puso de pie con expresión grave.
“He descubierto cómo fue asesinado don Sebastián”, anunció. “Y creo saber quién lo hizo.” Parte cinco. El silencio que siguió al anuncio del juez era tan denso que parecía solidificarse en el aire. Todos los presentes en el comedor se miraron entre sí con mezcla de miedo, curiosidad y, en algunos casos, culpa apenas disimulada.
Frida, de pie junto a la puerta flanqueada por dos guardias, tenía el rostro demacrado y los ojos enrojecidos por las noches de insomnio y terror. Rodrigo estaba recostado contra la pared, con los brazos cruzados tratando de proyectar indiferencia, pero con una tensión visible en sus hombros. Doña Carmela permanecía sentada con las manos entrelazadas sobre su regazo y la mirada perdida en algún punto del suelo.
Jacinto, el capataz, se mantenía erguido junto a la ventana con su habitual expresión impenetrable. El juez Mendoza caminó lentamente alrededor de la mesa mientras hablaba, como un profesor dando una lección. Este caso me ha atormentado durante tres días”, comenzó. Parecía imposible de resolver.
Un hombre asesinado en una habitación cerrada desde dentro, sin signos de entrada forzada, con una caja fuerte abierta por alguien que conocía la combinación. La principal sospechosa era Frida, la última persona que admitió haber visto a don Sebastián con vida, pero había elementos que no encajaban con esa teoría.
Hizo una pausa y miró directamente a Frida. Frida, tú dijiste que viste una figura detrás de don Sebastián, una figura alta, vestida de oscuro, con sombrero de ala ancha. Todos pensamos que estabas mintiendo o que habías imaginado cosas, pero anoche descubrí que probablemente estabas diciendo la verdad. Un murmullo de sorpresa recorrió la habitación.
Frida levantó la vista con esperanza renovada, brillando en sus ojos. Anoche encontré un pasadizo secreto en el despacho de don Sebastián, continuó el juez. un pasadizo que conecta el despacho con una despensa abandonada en el segundo piso. Ese pasadizo explica cómo el asesino pudo entrar y salir sin ser visto, dejando la puerta principal cerrada desde dentro para crear la ilusión de un crimen imposible.
Rodrigo se separó de la pared bruscamente. Un pasadizo en la casa de mi padre. Eso es imposible. Yo crecí aquí y nunca supe de ningún pasadizo. Precisamente, dijo el juez, el pasadizo era un secreto muy bien guardado. Solo personas muy cercanas a don Sebastián podrían haberlo conocido, lo cual reduce dramáticamente el número de sospechosos.
El juez se volvió hacia Jacinto. Capataz, usted trabajó para don Sebastián durante 23 años. participó en ampliaciones y remodelaciones de la casa. ¿Sabía usted de la existencia de ese pasadizo? Jacinto sostuvo la mirada del juez sin pestañear. No, señor juez, si existía, don Sebastián nunca me lo mencionó. ¿Y usted, don Rodrigo? Ya le dije que no.
¿Para qué querría mi padre un pasadizo secreto? El juez sonríó levemente. Esa es una excelente pregunta. Investigué un poco con los trabajadores más antiguos. Resulta que ese pasadizo fue construido hace 25 años cuando don Sebastián apenas estaba consolidando su poder en la región. Eran tiempos violentos. Había bandidos, revolucionarios, disputas de tierras que terminaban en sangre.
Don Sebastián construyó el pasadizo como ruta de escape en caso de que la casa fuera atacada. Con los años cuando la región se pacificó, el pasadizo cayó en desuso y fue olvidado. Se tappió la entrada de la despensa, se escondió la entrada del despacho detrás de muebles. Pero alguien lo recordó, intervino doña Carmela con voz temblorosa.
Alguien que lo usó para matar a mi esposo. Exactamente, confirmó el juez. Y ese alguien también conocía la combinación de la caja fuerte. Ahora bien, don Sebastián era extremadamente cuidadoso con esa información. Según todos los testimonios, solo él conocía la combinación. Pero hay una forma en que alguien cercano podría haberla averiguado.
El juez sacó de su bolsillo un pequeño cuaderno de cuero gastado. Encontré esto anoche en uno de los cajones del escritorio oculto bajo un falso fondo. Es el diario personal de don Sebastián. Lo he leído completo. Es revelador en muchos aspectos, pero hay una entrada particular que me llamó la atención. Abrió el cuaderno en una página marcada y leyó en voz alta: 15 de marzo de 1891.
He decidido cambiar la combinación de la caja fuerte. La anterior se había vuelto demasiado obvia. Las fechas de nacimiento de Rodrigo y Carmela. Cualquier ladrón inteligente podríaadivinarla. La nueva combinación será significativa solo para mí. Los tres números que marcaron mi ascenso en este mundo. 18 4723.
El juez levantó la vista del cuaderno. Don Sebastián no explicó qué significaban esos números, pero yo puedo hacer una conjetura educada. 18. su edad cuando llegó a Sonora sin un centavo en el bolsillo. 47 El año en que heredó las tierras de su tío. 1847 y 23 el número de trabajadores que tenía cuando comenzó su imperio.
Cerró el cuaderno con un golpe seco. Quien leyera este diario tendría la combinación de la caja fuerte y quien conociera la casa íntimamente podría haber descubierto el pasadizo secreto explorando o preguntando a los trabajadores más antiguos. El juez se volvió bruscamente hacia Rodrigo, clavándole una mirada acusadora.
Don Rodrigo, usted tuvo una discusión violenta con su padre la noche de su muerte. Usted tenía motivos, resentimiento acumulado durante años, la necesidad de heredar rápidamente antes de que su padre cambiara su testamento, quizás deudas de juego que solo el dinero de la caja fuerte podría pagar. Usted conocía la casa mejor que nadie.
Pudo haber encontrado el pasadijo. Pudo haber leído el diario de su padre. tuvo oportunidad y motivo. Rodrigo palideció y retrocedió un paso, negando frenéticamente con la cabeza. No, yo no lo maté. Lo juro por Dios. Es cierto que peleábamos, que lo odiaba a veces, pero nunca, nunca podría haberlo matado.
Era mi padre. ¿Dónde estaba usted entre las 9 de la noche y la medianoche del 23 de junio? Ya se lo dije en mi habitación bebiendo solo, sin testigos que puedan confirmar su cuartada. ¿Y qué hay del dinero de la caja fuerte? Gritó Rodrigo desesperado. Si yo lo hubiera robado, ¿dónde está? Registren mi habitación.
No encontrarán nada. Era un buen punto. El juez había ordenado registros discretos de las habitaciones de todos los sospechosos y no se había encontrado el dinero ni los documentos robados en ninguna parte, lo cual significaba que el asesino había escondido el botín en algún lugar fuera de la casa o lo había sacado completamente de la hacienda.
El juez dejó que Rodrigo se retorciera en su angustia por un momento más. Luego se volvió hacia doña Carmela. Doña Carmela, usted me dijo que tomó laudano la noche del crimen y que durmió profundamente, pero el laáudano también puede ser usado para fingir sueño cuando en realidad se está despierto.
Usted tenía motivos tan fuertes como su hijo, de humillaciones, de infidelidades públicas, de ser tratada como un mueble en su propia casa. Y usted como esposa tendría acceso a las habitaciones privadas de su esposo, a sus papeles, a sus secretos. Doña Carmela levantó la vista lentamente y por primera vez desde que el juez la conocía, vio algo parecido a la ira en sus ojos.
Me está acusando, señor juez, a mí soy una mujer cristiana. El matrimonio es sagrado. Jamás habría levantado la mano contra mi esposo, sin importar cuánto sufriera. Dios es testigo de mi inocencia. Dios es testigo de muchas cosas, doña Carmela, pero yo necesito pruebas terrenales.
El juez caminó de vuelta al centro del comedor y miró a cada uno de los presentes con expresión grave. La verdad es que cualquiera de ustedes pudo haberlo hecho. Rodrigo, doña Carmela, incluso Jacinto, quien conocía íntimamente el funcionamiento de la hacienda y tenía acceso a información que otros no tenían. Y sin embargo, hay un elemento que no he podido explicar satisfactoriamente.
Se volvió hacia Frida, la figura que Frida vio detrás de don Sebastián. ¿Por qué ella pudo verla cuando el propio don Sebastián girándose no vio nada? Hay dos explicaciones posibles. O Frida mintió sobre lo que vio para desviar sospechas de sí misma o realmente vio algo que don Sebastián no pudo ver.
El juez hizo una pausa dramática. Y si fue lo segundo, ¿qué explicación podría haber? ¿Una alucinación? un truco de la luz y las sombras o algo más. Frida dio un paso al frente con voz temblorosa pero urgente. Señor juez, yo sé lo que vi. Era real, tan real como usted está ahí parado. Pero hay algo más que no dije antes porque tenía miedo de que pensaran que estaba completamente loca. Habla, ordenó el juez.
Cuando vi esa figura, tuve un recuerdo, un recuerdo de cuando era muy pequeña, tal vez de cinco o 6 años. Había un hombre que venía a veces a la hacienda, un hombre alto, siempre vestido de oscuro, siempre con sombrero. Los trabajadores le tenían miedo, susurraban que era el cobrador. Yo no entendía significaba eso, pero recuerdo que mi madre, antes de morir me hizo prometerle que si alguna vez veía a ese hombre, me escondiera y no saliera hasta que se fuera.
Un silencio helado cayó sobre la habitación. Jacinto se había puesto rígido como una estatua. Doña Carmela se había llevado una mano a la boca. Rodrigo miraba a Frida con expresión de total confusión. El cobrador, repitió el juez. ¿Qué oquién es el cobrador? Jacinto, el capataz habló por primera vez en largo rato y su voz sonaba extrañamente hueca.
Es una leyenda local, señor juez. Una historia que los trabajadores cuentan para asustar a los niños. Dicen que cuando un hombre poderoso construye su fortuna sobre la sangre y el sufrimiento de otros, tarde o temprano viene el cobrador a exigir el pago. Es solo una superstición. ¿Y cómo es ese cobrador según la leyenda? preguntó el juez, alto, vestido de negro, con sombrero de ala ancha.
Nunca habla, nunca se le ve el rostro, simplemente aparece cuando es tiempo de cobrar la deuda. El juez frunció el seño. Incrédulo. Me está diciendo que algunos creen que don Sebastián fue asesinado por un fantasma, por una entidad sobrenatural. Yo no creo en esas cosas, señor juez, dijo Jacinto rápidamente.
Pero hay trabajadores que sí creen y si Frida vio algo que parecía encajar con la descripción del cobrador, tal vez su mente, sugestionada por los cuentos que escuchó de niña, interpretó las sombras como esa figura. Era una explicación racional, pero dejaba un sabor amargo en la boca del juez.
Había algo que no cuadraba, algo que escapaba a la lógica pura. Muy bien, dijo finalmente. Dejemos de lado por el momento la cuestión de la figura misteriosa. Concentrémonos en hechos concretos. Tenemos un pasadizo secreto. Tenemos una caja fuerte abierta con la combinación correcta. Tenemos múltiples personas con motivo y oportunidad.
Lo que no tenemos es evidencia definitiva que señale inequívocamente a un culpable. El juez se sentó pesadamente en una silla visiblemente frustrado. Por lo tanto, voy a tomar una decisión. Voy a posponer las acusaciones formales por 72 horas más. Durante ese tiempo realizaré más investigaciones. Interrogaré de nuevo a todos.
Buscaré el dinero y los documentos robados. Y advierto a todos los presentes, si el culpable está en esta habitación, es mejor que confiese ahora, la justicia de Dios puede ser misericordiosa, pero la justicia de los hombres será implacable. Nadie habló. El juez suspiró y despidió a todos, excepto a Frida, a quien indicó que se quedara.
Cuando estuvieron solos, el juez se acercó a ella y habló en voz baja. Frida, voy a ser honesto contigo. No creo que hayas matado a don Sebastián. Creo que eres víctima de circunstancias y de tu mala suerte de haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, pero necesito que me ayudes. Piensa muy cuidadosamente. Hay algo más.
cualquier detalle, por pequeño que sea, que puedas recordar de esa noche o de los días previos. Frida cerró los ojos concentrándose intensamente. Cuando los abrió de nuevo, había un destello de algo en su mirada. Hay una cosa, señor juez, no sé si sea importante. Dos días antes de la muerte del patrón, vi a don Rodrigo saliendo del despacho de su padre muy tarde en la noche.
Yo estaba en la cocina terminando de lavar los platos. Lo vi pasar por el pasillo y llevaba algo bajo el brazo envuelto en una tela. Cuando me vio, se sobresaltó y escondió lo que llevaba. me dijo que me fuera a dormir y no le dijera a nadie que lo había visto ahí. Me amenazó con despedirme si abría la boca. El juez se enderezó de golpe.
¿Y qué crees que llevaba? No lo sé, señor, pero era del tamaño de un libro. Un libro grueso, el diario. Rodrigo había estado en el despacho de su padre. posiblemente había encontrado y leído el diario. Había descubierto la combinación de la caja fuerte. La pieza faltante del rompecabezas finalmente encajaba, pero el juez era lo suficientemente experimentado para saber que una teoría, por lógica que fuera, no era lo mismo que una prueba.
Necesitaba algo más concreto. Necesitaba evidencia que pudiera presentar ante un tribunal y que resistiera el escrutinio legal. Esa noche, el juez Mendoza tomó una decisión arriesgada. ordenó a sus alguaciles que vigilaran discretamente a Rodrigo. Si el joven era culpable y se sentía presionado por la investigación, eventualmente cometería un error.
Tal vez intentaría huir. Tal vez intentaría recuperar el dinero escondido, tal vez intentaría destruir evidencia. Durante dos días la vigilancia no produjo resultados. Rodrigo se comportaba de manera normal dentro de lo que cabía esperar. Asistía al despacho de su padre para comenzar a hacerse cargo de la administración de la hacienda.
Comía con su madre, bebía por las noches. No intentó salir de los límites de San Rafael. Pero en la madrugada del sexto día después del asesinato, uno de los alguaciles despertó al juez con urgencia. Señor juez, D. Rodrigo acaba de salir a caballo. Va hacia el oeste, hacia las montañas. El juez se vistió rápidamente y montó su caballo.
Junto con los dos alguaciles, siguió a Rodrigo a distancia prudente. El joven cabalgaba con prisa, mirando frecuentemente hacia atrás, como si temiera ser seguido. Después de una hora de cabalgata, llegó a un pequeñocañón rocoso, desmontó y comenzó a escalar por un sendero empinado. El juez y sus hombres lo siguieron a pie, manteniéndose ocultos entre las rocas.
Finalmente, Rodrigo llegó a una pequeña cueva natural en la pared del cañón. Entró y emergió momentos después con una bolsa de lona que claramente pesaba bastante. La abrió y el brillo inconfundible de monedas de oro y plata destelló bajo la luz del amanecer. Rodrigo Montoya”, gritó el juez saliendo de su escondite con los alguaciles, apuntando sus rifles hacia el joven.
Queda arrestado por el asesinato de su padre, don Sebastián Montoya. Parte seis. Rodrigo palideció y dejó caer la bolsa. Las monedas se derramaron por el suelo rocoso con un tintineo metálico que resonó en el silencio de la mañana. Por un instante pareció que intentaría huir o resistirse, pero la vista de los rifles lo disuadió.
Se dejó caer de rodillas, con las manos temblando y lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas. “Yo yo solo quería recuperar lo que era mío”, murmuró con voz quebrada. Él iba a desheredarme. Lo escuché hablando con un abogado. Iba a dejarme sin nada y darle todo a a ella, ¿a Frida? Preguntó el juez acercándose lentamente.
Rodrigo asintió con amargura. Mi media hermana bastarda. Mi padre planeaba legitimarla, reconocerla oficialmente. Iba a dividir la herencia entre nosotros dos. Tal vez incluso darle a ella la mayor parte por ser la hija olvidada. Después de todo lo que yo sufrí, todas las humillaciones iba a terminar sin nada mientras una sirvienta se quedaba con mi patrimonio.
Los alguaciles esposaron a Rodrigo mientras el juez recuperaba la bolsa con el dinero robado y comenzaba a examinar su contenido. Además de las monedas, había documentos de propiedad, escrituras, algunos papeles legales y un sobresellado con el sello de cera de don Sebastián. Cuéntame exactamente qué pasó esa noche”, ordenó el juez, “y si mientes, te aseguro que la orca será tu destino.
” Rodrigo respiró profundamente derrotado, y comenzó su confesión. Dos noches antes entré al despacho de mi padre mientras él estaba cenando. Buscaba algo, cualquier cosa que pudiera usar como leverage contra él. Encontré su diario escondido en el escritorio. Lo leí. Ahí estaban todos sus secretos. Las mujeres que había forzado, los trabajadores que había explotado hasta la muerte, las propiedades que había robado usando artimañas legales y la combinación de la caja fuerte.
También sus planes de legitimarme a Frida. hizo una pausa con la voz quebrándose. Algo se rompió dentro de mí cuando leí eso. Toda mi vida había sido el hijo legítimo, el heredero, y nunca fue suficiente para él. Me comparaba constantemente con su propia fortaleza y me encontraba insuficiente. Y ahora iba a poner a una bastarda a mi nivel o incluso por encima.
No podía permitirlo. Entonces, ¿plaste matarlo? No, inmediatamente. Durante dos días lo pensé. Bebí. Traté de encontrar otra solución, pero no había otra salida. Si esperaba a que cambiara su testamento, sería demasiado tarde. Esa noche, durante la cena, lo provoqué deliberadamente. Quería que todos escucharan nuestra pelea, que todos supieran que estaba enojado.
Así, si algo le pasaba, parecería más una venganza de un trabajador o un enemigo externo que algo planeado por mí. ¿Cómo conociste el pasadizo secreto por accidente? Hace años, cuando era niño, jugaba en el despacho cuando mi padre no estaba. Moví el archivero buscando algo que se me había caído detrás y descubrí la puerta.
Exploré el pasadizo. Sabía que terminaba en la vieja despensa del segundo piso, pero nunca le dije a nadie. Era mi secreto. El juez asintió. Las piezas finalmente encajaban perfectamente y esa noche Rodrigo cerró los ojos como si reviviera el momento. Después de la cena fui a mi habitación como dije, bebí, sí, pero no hasta emborracharme completamente.
Necesitaba mantener algo de claridad. Esperé hasta las 11 de la noche. Para entonces, mi madre había tomado su láudano y estaba profundamente dormida. Los sirvientes estaban en sus habitaciones. La casa estaba en silencio. Su voz se volvió un susurro apenas audible. Salí de mi habitación descalzo para no hacer ruido. Subí al segundo piso.
Entré a la despensa abandonada. La puerta estaba cerrada con llave, pero yo había robado esa llave años atrás. Entré al pasadizo, bajé hasta la salida en el despacho. Antes de abrir escuché, “Mi padre estaba trabajando en sus libros de cuentas. Lo escuchaba pasar páginas, hacer anotaciones y luego abrí la puerta lentamente.
El archivero había sido corrido ligeramente hacia un lado. No sé si por Frida cuando estuvo ahí o si mi padre lo había movido. Pude ver dentro del despacho. Mi padre estaba sentado en su escritorio de espaldas a mí. Había una lámpara encendida. Tomé un candelabro pesado de bronce que había en el suelo del pasadizo, un objeto que había quedado olvidado ahí desde hacía años.
El juez podía visualizar la escena perfectamente. Rodrigo emergiendo de las sombras, acercándose silenciosamente a su padre, sentado e indefenso. “Me acerqué por detrás”, continuó Rodrigo con voz ahogada. Mi padre no me escuchó, nunca supo que estaba ahí. Levanté el candelabro y y lo golpeé una vez fuerte en la cabeza. Cayó hacia delante sobre el escritorio.
Hubo sangre, pero no mucha. No se movió. Verifiqué su pulso. Estaba muerto. Y entonces abriste la caja fuerte. Sí. Usé la combinación que había leído en su diario. Se abrió fácilmente. Tomé todo el dinero, todos los documentos importantes. Lo metí todo en una bolsa que había traído. Cerré la caja y dejé la puerta abierta para que pareciera un robo.
Y el café que Frida había traído todavía estaba ahí en el escritorio. Mi padre no lo había probado. Pensé en tirarlo para que no pareciera extraño, pero luego se me ocurrió que si lo dejaba ahí, reforzaría la idea de que había sido asesinado poco después de que Frida saliera del despacho, que ella había sido la última en verlo vivo. Así que deliberadamente la incriminaste.
Rodrigo asintió miserablemente. Lo siento, ella no tuvo nada que ver, pero yo estaba desesperado. Necesitaba que las sospechas cayeran sobre alguien más. Frida era perfecta. No tenía familia, no tenía defensores poderosos. Nadie lucharía demasiado por ella. El juez sintió náuseas ante la frialdad con la que Rodrigo había sacrificado a una inocente para salvar su propio pellejo.
Y después regresé por el pasadizo con la bolsa, subí a la despensa, salí al pasillo del segundo piso. Todo seguía en silencio. Bajé a mi habitación. Escondí la bolsa en un armario temporalmente. A la mañana siguiente, cuando todos estaban conmocionados por el descubrimiento del cuerpo, salí en medio de la confusión y escondí el dinero y los documentos en esa cueva que conocía desde niño.
Pensé que sería seguro ahí hasta que las cosas se calmaran y pudiera recuperarlo gradualmente sin levantar sospechas. y cerraste la puerta del despacho desde adentro antes de salir por el pasadijo. Sí. Mi padre siempre cerraba su despacho con llave cuando trabajaba ahí en la noche. Cerré con llave y dejé la llave en el bolsillo de su pantalón.
Así parecería que había cerrado él mismo antes de ser asesinado, aunque eso era imposible. Lógicamente quería crear confusión. El juez Mendoza miró al joven con una mezcla de desprecio y algo que podría haber sido lástima. Rodrigo Montoya había matado a su propio padre, no por pasión, no por legítima defensa, sino por codicia pura y resentimiento acumulado.
Era un caso que ensuciaría a todas las familias involucradas por generaciones. “¿Y qué me dices de la figura que Frida vio?”, preguntó el juez. Ella insiste en que vio a alguien detrás de tu padre cuando entró con el café. Rodrigo frunció el ceño genuinamente confundido. Eso no lo entiendo. Cuando yo estaba en el pasadizo, antes de salir vi a Frida entrar al despacho.
Me quedé completamente inmóvil en las sombras al fondo. La puerta del pasadizo estaba apenas entreabierta, quizás unos centímetros. Es posible que ella viera mi silueta entre las sombras. Estaba vestido de oscuro como siempre y llevaba puesto mi sombrero de ala ancha porque iba a salir después a esconder el dinero y no quería que me reconocieran si alguien me veía.
Ahí estaba la respuesta final. Frida había visto efectivamente una figura detrás de don Sebastián Rodrigo escondido en el pasadizo, esperando el momento perfecto para atacar. Don Sebastián al girarse no había visto nada porque Rodrigo había cerrado rápidamente la puerta del pasadizo al notar que había sido detectado. Para don Sebastián, su hijo estaba en su habitación bebiendo.
Nunca imaginó que la figura en las sombras era su propio heredero planeando su muerte. “Una última pregunta”, dijo el juez. ¿Sentiste algún remordimiento? ¿Alguna duda mientras lo hacías? Rodrigo permaneció en silencio por largo rato. Cuando finalmente habló, su voz era apenas audible. Sentí alivio. Durante toda mi vida, mi padre fue como una montaña aplastándome.
Cada día bajo su sombra me hacía más pequeño, más insignificante. Cuando lo golpeé, cuando lo vi caer, por primera vez en mi vida me sentí libre. Sentí que finalmente podría respirar. Hizo una pausa y una lágrima rodó por su mejilla. Pero ahora, viendo hacia atrás, me doy cuenta de que nunca fui libre. Estaba tan atado a él en el odio como lo había estado en el miedo.
Lo maté y aún así su sombra sigue ahí, más oscura que nunca. Nunca escaparé de ella. Aunque me perdonaran, aunque me perdonaran, aunque me dejaran libre”, continuó Rodrigo con voz quebrada. Nunca podría vivir con lo que hice. Su rostro, la sorpresa en sus ojos cuando me vio por última vez, me perseguirá hasta mi propia muerte.
El juez Mendoza ordenó a los alguaciles que llevaran a Rodrigo de vuelta a la hacienda.El joven no opuso resistencia. parecía casi aliviado de que todo hubiera terminado, de que el peso de su secreto finalmente hubiera sido levantado de sus hombros. Cuando regresaron a San Rafael, la noticia de la confesión y el arresto se extendió como pólvora por toda la hacienda.
Los trabajadores se congregaron en el patio, murmurando entre sí con expresiones de shock y horror. Que un hijo hubiera matado a su propio padre era algo que violaba todos los códigos morales, incluso en una sociedad acostumbrada a la violencia. Doña Carmela recibió la noticia en su habitación.
Cuando el juez le informó personalmente, la mujer simplemente cerró los ojos y comenzó a rezar en voz baja. No lloró, no gritó, no protestó. Era como si algo dentro de ella se hubiera roto definitivamente, dejándola en un estado de entumecimiento emocional del que quizás nunca se recuperaría. Había perdido a su esposo y ahora perdería también a su único hijo.
Estaba completamente sola en el mundo. El juez ordenó que trajeran a Frida del Granero, donde aún permanecía encerrada. Cuando la joven apareció demacrada y temblorosa, el juez le habló con voz solemne. Frida, quedas completamente exhonerada de todas las acusaciones. El verdadero asesino de don Sebastián Montoya ha confesado y ha sido arrestado.
Eres libre. Frida tardó un momento en procesar las palabras. Cuando finalmente comprendió, sus rodillas se dieron y cayó al suelo llorando. Eran lágrimas de alivio, de liberación, de un terror que finalmente se disipaba. Varias sirvientas corrieron a ayudarla, abrazándola y llorando con ella. El juez permitió que la escena se desarrollara por unos minutos antes de continuar con los asuntos legales que debían resolverse.
Llamó a Jacinto el capataz y le dio instrucciones detalladas sobre cómo mantener el orden en la hacienda durante los días siguientes. Rodrigo sería trasladado a Hermosillo para ser juzgado formalmente. El juicio sería rápido dada la confesión y el veredicto era predecible. culpable de parricidio, uno de los crímenes más graves según las leyes mexicanas.
La sentencia probablemente sería muerte por fusilamiento. Esa tarde, mientras el sol comenzaba a descender tiñiendo el desierto de tonos dorados y púrpuras, el juez Mendoza se permitió un momento de reflexión sentado en el patio bajo el viejo álamo. Aurelio, su escribano, se acercó con sus notas completas del caso.
Señor juez, ¿puedo hacerle una pregunta? Adelante. Sobre lo que dijo Frida acerca de ver una figura y luego descubrir que era don Rodrigo en el pasadizo, ¿no le parece extraño que ella lo describiera como el cobrador esa leyenda local? ¿Por qué su mente hizo esa conexión? El juez consideró la pregunta cuidadosamente. Las leyendas y supersticiones existen por una razón, Aurelio.
A menudo son formas que encuentra la gente sencilla para explicar verdades que no puede expresar directamente. Frida vio algo oscuro, algo amenazante, algo que representaba un ajuste de cuentas. Su mente, condicionada por las historias que escuchó en su infancia, lo interpretó como el cobrador y, en cierto sentido, no estaba equivocada.
Rodrigo vino a cobrar lo que consideraba su deuda, la herencia, la libertad, la venganza por años de humillación. Pero ella lo describió antes de saber que don Sebastián moriría esa noche, como si hubiera intuo lo que iba a pasar. A veces la gente sencilla percibe cosas que nosotros con toda nuestra educación y racionalismo no podemos ver.
Llámalo intuición, llámalo sensibilidad a las señales sutiles del comportamiento humano. Frida sintió que algo terrible estaba por suceder porque captó algo en ese momento. La tensión en el aire, la inmovilidad antinatural de la figura en las sombras, algo que su mente consciente no pudo identificar, pero que su instinto reconoció como amenaza mortal.
Aurelio asintió pensativo y se retiró a terminar sus documentos. El juez se quedó solo bajo el árbol, contemplando la hacienda que ahora enfrentaba un futuro incierto con don Sebastián muerto y Rodrigo condenado. ¿Qué pasaría con San Rafael? ¿heredaría doña Carmela? ¿Y qué rol jugaría Frida en todo esto? Una semana después, cuando los trámites legales estaban más avanzados y Rodrigo había sido trasladado a la prisión de Hermosillo, el juez Mendoza hizo un último descubrimiento que añadió una capa final de complejidad al caso.
Entre los documentos recuperados de la cueva, donde Rodrigo había escondido el dinero, había un sobre sellado que el juez no había abierto inmediatamente. Ahora, sentado en su habitación de la pequeña fonda de San Miguel de Orcasitas, donde se alojaba, rompió el sello y extrajo los papeles del interior.
Era el testamento de don Sebastián Montoya, fechado dos semanas antes de su muerte. El juez leyó el documento con creciente asombro. Don Sebastián había hecho exactamente lo que Rodrigo temía. Había reconocido oficialmente a Frida como su hija yhabía dividido su herencia en partes iguales entre ella y Rodrigo. Pero había más.
El testamento incluía una carta personal dirigida a Frida que don Sebastián aparentemente planeaba entregarle cuando todo estuviera legalizado. El juez rompió el sobre interior con la carta y leyó, “Frida, hija mía.” Estas palabras llegan demasiado tarde. Lo sé. Debía haberte reconocido desde el principio, haberte dado el apellido y la posición que te correspondían por derecho.
En lugar de eso, te mantuve en las sombras, trabajando como sirvienta en tu propia casa, viendo desde lejos lo que debió haber sido también tuyo. No espero, perdón, no lo merezco. Su madre, Eulalia, fue la única mujer a la que realmente amé en mi vida, aunque fui demasiado cobarde para reconocerlo públicamente. Cuando ella murió al darte vida, algo en mí se rompió. Te culpé injustamente.
Te ignoré, pero nunca pude alejarme completamente de ti. Cada vez que te veía trabajando en silencio, cumpliendo con tus deberes, sin quejarte, veía en ti la fortaleza y la dignidad que tu madre tuvo y que yo nunca tuve. Este testamento corrige parcialmente una vida de injusticias. La mitad de todo lo que construí ahora es tuyo. Úsalos. sabiamente.
Sé mejor de lo que yo fui. Sé más valiente con tu corazón de lo que yo fui con el mío. Tu padre que llegó a quererte demasiado tarde. Sebastián Montoya. El juez dobló la carta lentamente, sintiendo un peso en el pecho. La tragedia de San Rafael era aún más profunda de lo que había imaginado. Don Sebastián, el tirano brutal, había guardado en su corazón endurecido un resto de humanidad, un amor tardío y torpe que nunca supo expresar hasta que fue demasiado tarde.
Y Rodrigo, cegado por su resentimiento y codicia, había matado a su padre sin saber que el viejo finalmente había planeado hacer justicia, aunque fuera parcialmente. El juez tomó una decisión. Viajaría de vuelta a San Rafael una última vez para entregar personalmente el testamento y la carta a Frida. Era lo menos que podía hacer.
Tres días después, el juez Mendoza se encontró de nuevo en el patio de la hacienda San Rafael. Había pedido ver a Frida en privado. La joven llegó con expresión aprensiva, aún no completamente recuperada del trauma de su encarcelamiento y las acusaciones falsas. El juez la condujo a un banco bajo el álamo y le entregó la carta y el testamento. “Le esto,” dijo simplemente.
Frida abrió el sobre con manos temblorosas. Mientras sus ojos recorrían las líneas escritas por la mano de don Sebastián, las lágrimas comenzaron a caer silenciosas por sus mejillas. Cuando terminó, permaneció inmóvil por largo rato con la carta apretada contra su pecho. ¿Es real?, preguntó finalmente con voz quebrada.
Realmente era mi padre y realmente me quería a su manera torpe y tardía. Sí, respondió el juez. No fue el padre que merecías. No te dio lo que necesitabas cuando lo necesitabas. Pero al final trató de hacer lo correcto. ¿Y ahora qué pasa?, preguntó Frida. ¿Qué hago con todo esto? El testamento es legal y será ejecutado, explicó el juez.
Rodrigo, cuando sea condenado, perderá su derecho a heredar por haber asesinado al testador. Según la ley, la herencia completa pasará a ti. Serás dueña de la hacienda San Rafael y todas las propiedades asociadas. Serás una mujer rica y poderosa. Frida lo miró con expresión de completo desconcierto, como si le hubieran dicho que podía volar.
Pero yo no sé cómo manejar una hacienda. No sé leer ni escribir bien. No sé de negocios ni de leyes. Aprenderás, dijo el juez con una leve sonrisa, o contratarás a personas que sí saben. Jacinto el capataz es honesto y competente, puede ayudarte y yo mismo te recomendaré un abogado en Hermosillo que puede asesorarte.
Pero la decisión más importante la tienes que tomar tú. ¿Qué clase de patrona serás? ¿Repirás los patrones de tu padre o crearás algo diferente? Frida miró hacia la casa grande, luego hacia las habitaciones de los trabajadores y finalmente hacia el cementerio donde estaba enterrado don Sebastián. Cuando volvió a hablar, su voz tenía una firmeza nueva nacida del fuego del sufrimiento.
Seré diferente. No quiero que nadie más sienta lo que yo sentí. No ser nadie, no tener voz, vivir en el miedo constante. Esta hacienda cambiará. Será un lugar donde la gente pueda trabajar con dignidad y recibir pago justo, donde los niños puedan ir a la escuela en lugar de trabajar en los campos, donde nadie tenga que venderse por sobrevivir.
El juez asintió aprobadoramente. Entonces, don Sebastián, inadvertidamente habrá hecho algo bueno al final. Su muerte y tu herencia tal vez rediman algo de todo el sufrimiento que causó. Seis meses después, el juez Mendoza recibió una carta en su oficina en Hermosillo. Era de Frida. La carta estaba escrita con caligrafía torpe pero legible.
evidencia de que la joven estaba cumpliendo su promesa deeducarse, decía, “Estimado señor juez, le escribo para informarle que la hacienda San Rafael está cambiando. Contraté un maestro que viene tres veces por semana a enseñar a leer y escribir a los niños y a los adultos que quieran aprender. Aumenté los salarios de todos los trabajadores en un 30% y construí casas nuevas para las familias más grandes.
Doña Carmela sigue viviendo aquí. Está frágil y triste, pero me permitió cuidarla. A pesar de todo, la considero familia. Creo que es lo que mi padre, don Sebastián hubiera querido. Don Rodrigo fue ejecutado el mes pasado, según supe. No fui a presenciar su muerte, no sentí alegría ni venganza, solo una tristeza profunda por todo lo que pudo haber sido y no fue.
A veces, en las noches, camino por el despacho donde mi padre murió. El pasadizo secreto sigue ahí, pero lo he sellado permanentemente. No quiero que existan más secretos en esta casa. Todo debe ser claro, abierto, honesto. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hacía. Gracias por buscar la verdad incluso cuando era complicada e incómoda.
Sin su determinación, yo estaría muerta o en prisión por un crimen que no cometí. Le mando mis respetos y gratitud. Frida Montoya. El juez dobló la carta y la guardó en un cajón especial donde mantenía los documentos de los casos que más lo habían marcado. El caso de San Rafael había sido uno de los más complejos de su carrera.
un asesinato en habitación cerrada, múltiples sospechosos con motivos válidos, supersticiones locales, secretos familiares y, finalmente, una solución que era a la vez lógica y trágica, pero también había sido un caso con un final inusualmente esperanzador. De la oscuridad y la violencia de San Rafael había emergido algo nuevo, una joven mujer que había sufrido toda su vida y que ahora tenía la oportunidad de crear algo mejor.
No todos los casos terminaban así. El juez se sirvió un vaso de mezcal y brindó en silencio hacia el poniente, donde el sol se hundía detrás de las montañas distantes, tiñiendo el cielo de Sonora con los colores del fuego. Lurp epílogo. Años después, cuando los historiadores regionales escribían sobre el periodo del porfiriato en Sonora, la hacienda San Rafael era mencionada como una notable excepción, un lugar donde las reformas sociales se habían implementado décadas antes de la revolución, donde los trabajadores tenían derechos y
dignidad, donde la educación era valorada. Nadie recordaba exactamente cómo había comenzado esa transformación. Los documentos oficiales mencionaban a Frida Montoya, la patrona progresista que había heredado la hacienda bajo circunstancias misteriosas. Pero los detalles del asesinato de don Sebastián se habían perdido en el tiempo, convirtiéndose en una leyenda local más mezclada con otras historias de violencia y redención del viejo norte mexicano.
Los trabajadores más ancianos, sin embargo, contaban una historia diferente a sus nietos en las noches frescas del desierto. Hablaban del cobrador, esa figura oscura que venía a reclamar las deudas de sangre de los poderosos. Decían que don Sebastián había construido su fortuna sobre el sufrimiento de otros y que cuando la cuenta se hizo demasiado grande, el cobrador finalmente llegó.
Algunos decían que el cobrador había tomado la forma del propio hijo de don Sebastián, convirtiéndolo en instrumento de la justicia cósmica. Otros insistían en que había sido algo más, algo que Frida había visto esa noche y que nunca había podido explicar completamente. La verdad, como siempre, en estas tierras donde el desierto guarda sus secretos y el pasado nunca muere del todo, estaba en algún lugar entre los hechos documentados y las leyendas susurradas.
Lo único cierto era que en junio de 1891, en una hacienda remota del desierto sonorense, un hombre había muerto, un hijo había confesado y una mujer había encontrado su voz y su lugar en un mundo que nunca se lo había ofrecido. Y tal vez, solo tal vez, eso era suficiente justicia para un tiempo y un lugar donde la justicia era escasa y la vida era dura como la tierra misma que la sostenía.
La fin. Y así termina la historia del caso real en Sonora, donde la esclava Frida vio una figura detrás del patrón en 1891. Una historia de secretos familiares, venganza, codicia y finalmente redención. Espero que te haya mantenido en suspenso hasta el final. Si te gustó esta historia, no olvides dejar tu comentario y compartir con otros amantes de las historias de misterio histórico.
Nos vemos en el próximo caso.















