
Caso real en Guerrero. La esclava sorjuana escribió un diario que nadie quiso quemar. 1871. Hola a todos, bienvenidos a un nuevo relato de nuestro canal. Si es tu primera vez aquí, no olvides suscribirte y activar la campanita para no perderte ninguna historia. Y tú que ya nos acompañas, déjanos saber en los comentarios desde dónde nos estás viendo y a qué hora.
Nos encanta saber que nos escuchan desde todos los rincones del mundo. Ahora sí, prepárense porque la historia de hoy nos lleva hasta las montañas de Guerrero en 1871, donde una mujer atrapada en la esclavitud decidió escribir la verdad y esa decisión le costó todo. Parte uno. El aire en las montañas de Guerrero tenía un sabor distinto en septiembre de 1871.
No era solo la humedad que subía desde los valles, ni el olor a tierra mojada después de las lluvias tardías. Era algo más denso, más oscuro, como si el peso de los siglos se hubiera asentado sobre aquellas tierras y no tuviera intención de marcharse. La hacienda de San Cristóbal de los Arrayanes se alzaba en un valle estrecho, rodeada de pinos y encinos centenarios, con sus muros de adobe y cal que parecían fusionarse con la montaña misma.
Desde lejos, bajo la luz del amanecer, la hacienda podía parecer hermosa, casi pastoral, pero quienes vivían dentro de sus muros sabían que aquella belleza era una mentira cuidadosamente construida. Don Teodoro Salazar y Mendoza había heredado la hacienda de su padre en 1855, justo cuando las leyes de reforma comenzaban a redistribuir las tierras de la iglesia y a sacudir los cimientos del viejo orden colonial.
Pero en lugares como San Cristóbal de los Arrayanes, las leyes eran apenas susurros que llegaban tarde y distorsionados. Don Teodoro seguía gobernando sus tierras como un señor feudal, con mano de hierro y la certeza absoluta de que ninguna ley escrita en la Ciudad de México podría cambiar lo que él consideraba el orden natural de las cosas.
Tenía 52 años en 1871. El bigote canoso perfectamente recortado, los ojos grises y fríos como el acero y una reputación que se extendía por toda la región. Era un hombre que nunca olvidaba una deuda ni perdonaba una ofensa. La hacienda prosperaba con la producción de maíz, frijol y aguardiente de caña, pero su verdadera riqueza residía en algo que oficialmente ya no existía en México, el trabajo forzado.
Después de la abolición de la esclavitud en 1829 y la posterior legislación liberal, la esclavitud formal había desaparecido del papel. Sin embargo, en las zonas rurales más aisladas, el sistema de peonaje por deudas mantenía a decenas de familias atadas a la tierra con cadenas invisibles, pero igual de fuertes que las de hierro.
Los peones debían dinero a la tienda de raya, a la capilla, al patrón por adelantos que nunca terminaban de pagar, y sus hijos heredaban esas deudas como si fueran apellidos. Entre esos peones había una mujer que todos conocían simplemente como Juana. Nadie recordaba su apellido completo o tal vez nunca lo había tenido, pero todos la llamaban sorjuana con una mezcla de burla y respeto.
El apodo había surgido años atrás cuando alguien la descubrió escribiendo en un cuaderno desgastado bajo la luz de una vela. “Mira a la monjita ilustrada”, había dicho uno de los capataces con sarcasmo, como la otra sorjuana, ¿verdad? El nombre se quedó, pero el tono de burla había ido transformándose con el tiempo en algo más complejo, más temeroso.
Porque Juana no solo sabía leer y escribir habilidades extraordinariamente raras entre los peones, sino que escribía constantemente, llenando páginas y más páginas con una letra apretada y urgente. Juana tenía 38 años en septiembre de 1871. Su rostro mostraba la dureza de una vida de trabajo bajo el sol, la piel curtida, las manos callosas, la espalda ligeramente encorbada por años de cargar bultos de maíz y leña.
Pero sus ojos permanecían alertas, inteligentes, con una intensidad que incomodaba a quienes la miraban directamente. había llegado a la hacienda siendo apenas una niña de 6 años, traída junto con su madre desde Oaxaca después de que su padre muriera en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Su madre había sido vendida, aunque oficialmente se decía transferida por deudas, a don Sebastián Salazar, el padre de Teodoro, y Juana había crecido en San Cristóbal de los Arrayanes sin conocer otro mundo.
Juana había tenido una ventaja extraordinaria. Don Sebastián, en uno de sus raros momentos de capricho benevolente, había permitido que el viejo cura de la hacienda, el padre Anselmo, enseñara a leer a algunos de los niños peones. El padre Anselmo, un franciscano de ideas extrañamente progresistas para su tiempo y lugar, había visto algo especial en aquella niña silenciosa de ojos intensos.
le había enseñado no solo a leer el catecismo, sino también a escribir correctamente, a entender textos complejos. Incluso le había prestadoalgunos libros prohibidos que guardaba escondidos en su celda. Juana había devorado cada palabra, cada idea, cada ventana a un mundo más allá de los muros de la hacienda.
El padre Anselmo había muerto en 1863 durante la intervención francesa de una fiebre que se lo llevó en tr días. Pero para entonces Juana ya tenía las herramientas que necesitaba y había comenzado a usarlas de una manera que nadie había anticipado. Escribía un diario, no un diario personal de sentimientos y reflexiones abstractas, sino un registro meticuloso, detallado, implacable de todo lo que ocurría en la hacienda.
Nombres, fechas, acontecimientos. ¿Quién golpeaba a quién? ¿Quién robaba? ¿Quién violaba? ¿Quién asesinaba? Y sobre todo, ¿qué hacía don Teodoro Salazar y sus hombres de confianza cuando creían que nadie los veía, que nadie podía testimoniar contra ellos, porque los testigos eran analfabetos, estaban aterrorizados o ambas cosas? Juana escribía en cualquier papel que pudiera conseguir márgenes de periódicos viejos, hojas sueltas de libros de contabilidad desechados, incluso trozos de papel de envoltura alisados cuidadosamente.
Cocosía las páginas con hilo de Enequén para formar cuadernos improvisados que escondía en diferentes lugares, dentro del colchón de paja, bajo las piedras sueltas del piso de su jacal, envueltos en ule y enterrados en el huerto. Escribía por las noches a escondidas, consumiendo centímetros preciosos de vela que debía robar de la capilla.
escribía con una urgencia casi religiosa, como si supiera que cada palabra registrada era un acto de resistencia, una forma de decirle al mundo o al futuro que aquello había sucedido, que había sido real, que las víctimas habían existido. El 15 de septiembre de 1871, México celebraba el aniversario de la independencia.
Pero en San Cristóbal de los Arrayanes la celebración era apenas un pretexto para que don Teodoro ejerciera su magnanimidad pública. Mandó sacrificar dos vacas, permitió que se distribuyera aguardiente entre los peones e incluso organizó una pequeña fiesta en el patio principal de la hacienda. Las mujeres prepararon tamales y mole, los hombres tocaron guitarras y violines, y por unas horas la hacienda pareció un lugar de alegría genuina.
Pero Juana observaba desde la periferia, como siempre, con su mirada penetrante que no perdía detalle. Esa noche, después de que la mayoría de los peones se retiraron a sus jacales borrachos y exhaustos, Juana se quedó ayudando a limpiar el patio. Fue entonces cuando escuchó las voces que salían del despacho de don Teodoro.
La ventana estaba entreabierta para dejar salir el humo de los puros y Juana se acercó con el pretexto de recoger basura cerca del muro. Lo que escuchó la dejó helada. Dentro del despacho estaban don Teodoro, su hijo mayor Guillermo, de 26 años y tres hombres más. Jacinto Rosas, el capataz principal de la Hacienda, un hombre brutal con fama de nunca haber perdido una pelea. El Dr.
Eusebio Montiel, el médico del pueblo cercano de San Miguel del Monte, que visitaba la hacienda regularmente, y don Fermín Ugarte, el juez municipal, un hombre pequeño y nervioso que parecía perpetuamente aterrorizado de disgustar a don Teodoro. Problema decía don Teodoro con su voz grave y autoritaria, es ese maldito agriensor que mandaron de Chilpancingo.
Dice que viene a verificar los límites de la propiedad según los nuevos registros liberales. Pero todos sabemos lo que eso significa. Quieren quitarme la tierra de Santa Rita, las 150 haectáreas que mi padre compró legalmente hace 30 años. Esas tierras nunca fueron de la iglesia, don Teodoro. Intervino el juez Ugarte con voz temblorosa.
Su padre las compró directamente a No me importa a quién se las compró mi padre, estalló don Teodoro golpeando el escritorio. Son mías. Mi familia ha trabajado esas tierras por generaciones. Ningún burócrata muerto de hambre de la capital va a venir a quitarme lo que es mío por derecho. ¿Qué propone entonces? Preguntó el Dr. Montiel, encendiendo un puro con calma estudiada.
El agrimensor llega pasado mañana, dijo don Teodoro. Va a hospedarse en la posada de Dolores en San Miguel. Necesito que ese hombre desaparezca. un accidente, un asalto en el camino, cualquier cosa que no pueda rastrearse hasta mí. Hubo un silencio tenso. Finalmente, Jacinto Rosas habló con su voz áspera. Yo me encargo. Conozco el camino de la sierra que usan los contrabandistas.
Puedo hacer que parezca que lo asaltaron los bandidos. Hay varias pandillas operando en la zona. Nadie va a sospechar. Bien, dijo don Teodoro, pero necesito que sea limpio, sin testigos, sin cabos sueltos y ustedes, se dirigió al juez y al doctor, se asegurarán de que cualquier investigación se archive rápidamente.
Doctor Montiel, usted firmará el certificado de defunción. Juez Ugarte, usted cerrará el caso como un asalto común. Estamos claros. Los dos hombres asintieron, aunque eljuez parecía a punto de vomitar. Papá, habló Guillermo Salazar por primera vez. ¿Estás seguro de que esto es necesario? Matar a un funcionario del gobierno podría traernos problemas peores.
Los problemas se resuelven con dinero y con miedo, respondió don Teodoro fríamente. Y yo tengo ambos en abundancia. Además, ¿quién va a investigar realmente? El gobierno en la capital apenas puede controlarse a sí mismo. Están demasiado ocupados peleando entre liberales y conservadores como para preocuparse por un agrimensor muerto en las montañas de Guerrero.
Juana sintió que el corazón le latía tan fuerte que temió que pudieran oírlo. se alejó lentamente con las piernas temblorosas, llevando su canasta de basura con manos que apenas podía controlar. Esa noche en su jacal, a la luz de una vela robada, Juana escribió cada palabra que había escuchado. escribió los nombres, las fechas, el plan completo y por primera vez en años de llevar su diario secreto, sintió verdadero terror, porque sabía que lo que acababa de documentar no era solo otro abuso de poder, otra injusticia cotidiana, era un asesinato premeditado.
Y si alguien descubría que ella lo sabía, que lo había escrito, ella sería la siguiente en desaparecer. El agriensor se llamaba licenciado Amadeo Cortés y llegó a San Miguel del Monte el 17 de septiembre de 1871, exactamente como don Teodoro había predicho. Era un hombre joven, no más de 30 años, con el entusiasmo y la ingenuidad de quien cree que la ley y la justicia son fuerzas reales que pueden cambiar el mundo.
Traía consigo mapas oficiales, documentos con sellos gubernamentales y una confianza absoluta en que su autoridad como representante del gobierno federal lo protegería de cualquier amenaza. Se hospedó en la posada de doña Dolores Ramírez, una viuda robusta de 50 años que manejaba el único establecimiento decente del pueblo.
Esa primera noche, el licenciado Cortés cenó Poole y habló animadamente con otros huéspedes sobre sus planes de modernizar el registro de propiedades en toda la región. Habló de justicia, de progreso, de cómo las viejas estructuras feudales debían dar paso a un México nuevo. Algunos lo escuchaban con esperanza. Otros, que conocían mejor la realidad del poder en aquellas montañas, lo miraban con una mezcla de lástima y horror, como quien ve a un hombre caminando alegremente hacia un precipicio.
Al día siguiente, el 18 de septiembre, el licenciado Cortés contrató un guía local, un joven llamado Porfirio, que ocasionalmente trabajaba en la hacienda Salazar, y salió temprano hacia San Cristóbal de los Arrayanes para notificar formalmente a don Teodoro sobre la inspección de límites que realizaría al día siguiente. El camino serpenteaba por las montañas, bordeando barrancos profundos cubiertos de vegetación.
atravesando arroyos de agua cristalina y bosques de pinos donde el sol apenas penetraba. Juana vio al licenciado Cortés cuando este llegó a la hacienda cerca del mediodía. Era un hombre delgado, de traje oscuro, ya polvoriento por el viaje, con anteojos redondos y un maletín de cuero que cargaba como si contuviera tesoros invaluables.
Don Teodoro lo recibió con la cortesía fría y formal. que reservaba para las autoridades. Le ofreció agua fresca, le mostró la casa principal, escuchó sus explicaciones sobre los nuevos procedimientos de registro con una expresión impasible. Pero Juana, que estaba sirviendo el agua y los bocadillos, vio algo en los ojos de don Teodoro que la aterrorizó.
Una calma absoluta, la misma expresión que ponía cuando ya había tomado una decisión irreversible. El licenciado Cortés partió de la hacienda alrededor de las 3 de la tarde, prometiendo regresar al día siguiente para comenzar la inspección formal. Don Teodoro lo despidió cordialmente desde el portal, pero en cuanto el funcionario desapareció por el camino, el asendado llamó a Jacinto Rosas con un simple gesto de cabeza.
No hacían falta palabras. El plan estaba en marcha. Juana pasó el resto de ese día y toda la noche en una agonía de indecisión. Debía advertir al licenciado Cortés. ¿Cómo no podía simplemente aparecer en San Miguel del Monte y contarle todo a un extraño? ¿Quién le creería? Era una peona analfabeta a ojos del mundo, una mujer sin nombre ni posición.
Y aunque mostrara su diario, ¿quién podría verificar que lo que había escrito era verdad? Además, si intentaba advertirlo y era descubierta, su muerte sería inevitable. Y no solo la suya, también podrían matar a su hijo. Porque Juana tenía un hijo, Tomás, de 16 años. El padre había sido uno de los capaces de la hacienda, un hombre que la había forzado cuando ella tenía 22 años y que había muerto dos años después en una pelea de borrachos.
Tomás trabajaba ahora en los campos, un muchacho callado y observador que había heredado la inteligencia de su madre, pero no su habilidad para leer yescribir. Juana nunca había querido enseñarle, temerosa de que compartir ese conocimiento solo trajera más peligro. Si ella moría, ¿qué sería de Tomás? El 19 de septiembre amaneció con una niebla densa que cubría las montañas como un sudario.
El licenciado Amadeo Cortés salió de la posada de Doña Dolores a las 7 de la mañana, acompañado nuevamente por el joven Porfirio. Llevaba su maletín, sus mapas y la confianza radiante de quien cree que la ley está de su lado. Tomaron el mismo camino del día anterior, ascendiendo por las veredas empinadas hacia San Cristóbal de los Arrayanes.
Nunca llegaron a la hacienda. Parte dos. La noticia llegó a San Miguel del Monte al caer la tarde del 19 de septiembre. Un arriero que había estado transportando carbón por los caminos de la sierra encontró el cuerpo del licenciado Amadeo Cortés al lado del camino, aproximadamente a dos leguas del pueblo, en un tramo donde el sendero se estrechaba peligrosamente al borde de un barranco.
El cadáver estaba cubierto de sangre con múltiples heridas de cuchillo en el pecho y abdomen. Su maletín había desaparecido junto con su reloj de bolsillo, su dinero y sus documentos oficiales. Del joven Porfirio, el guía, no había rastro alguno. El arriero, un hombre llamado Secundino Flores, que conocía bien el peligro de involucrarse en asuntos turbios, cargó el cuerpo en su mula y lo llevó directamente a la casa del juez municipal, don Fermín Ugarte.
Este, pálido como la cera y con manos temblorosas, ordenó trasladar el cadáver a la pequeña morgue improvisada que funcionaba en el sótano de la iglesia del pueblo. Luego mandó llamar inmediatamente al Dr. Eusebio Montiel. El doctor llegó una hora después, examinó superficialmente el cuerpo y dictó su veredicto con una velocidad sospechosa.
El licenciado Cortés había sido víctima de un asalto por parte de bandidos. Las heridas eran consistentes con un ataque violento con arma blanca, la causa de muerte, de sangramiento masivo por múltiples lesiones en órganos vitales. El certificado de defunción fue firmado esa misma noche. El juez Ugarte, cumpliendo su parte del pacto, abrió y cerró una investigación formal en menos de 24 horas.
Conclusión oficial: robo y asesinato por malhechores desconocidos, probablemente una de las bandas de salteadores que operaban en la región. Caso cerrado. Pero en el pueblo los murmullos comenzaron casi inmediatamente, porque aunque muchos habitantes de San Miguel del Monte vivían aterrorizados por el poder de don Teodoro Salazar, no todos eran ciegos ni estúpidos.
Sabían que el licenciado Cortés había ido a San Cristóbal de los Arrayanes con un propósito específico que amenazaba los intereses del hacendado más poderoso de la región. Sabían que el Dr. Montiel y el juez Ugarte eran prácticamente empleados de don Teodoro y sabían que en aquellas montañas la justicia oficial rara vez coincidía con la verdad.
En la hacienda, la noticia fue recibida con una mezcla de alivio discreto y tensión contenida. Don Teodoro no hizo ningún comentario público sobre el asunto, pero Juan anotó como Jacinto Rosas, el capataz apareció en la hacienda el 20 de septiembre con arañazos frescos en las manos y una mirada aún más oscura de lo habitual, y observó como don Teodoro le entregó discretamente una bolsa que sonaba con el peso de las monedas de plata.
Esa noche Juana añadió una nueva entrada a su diario. 19 de septiembre de 1871. El licenciado Amadeo Cortés fue asesinado en el camino por Jacinto Rosas, siguiendo órdenes directas de don Teodoro Salazar. El Dr. Montiel firmó certificado falso. El juez Ugarte cerró investigación. El joven Porfirio Guía, ha desaparecido.
Nadie busca su cuerpo. Pero la historia del licenciado Cortés era apenas un episodio más en el registro acumulado de Juana. Sus cuadernos contenían años de testimonios silenciosos. El peón, que había sido golpeado hasta la muerte por intentar escapar de la hacienda en 1867. La muchacha de 14 años violada por Guillermo Salazar en 1869 y luego casada forzosamente con un viudo de 50 años para ocultar el escándalo, el incendio accidental que había destruido los jacales de tres familias que habían protestado por los abusos en la tienda
de raya, las deudas fabricadas, los castigos arbitrarios, los robos sistemáticos disfrazados. de adelantos y préstamos. El diario de Juana era un monumento a la injusticia y ella sabía que mientras lo mantuviera escondido, mientras nadie supiera de su existencia, estaba relativamente a salvo. El conocimiento era peligroso solo si se compartía, pero el peso de ese secreto estaba comenzando a aplastarla, porque cada nueva entrada en su diario era un recordatorio de su propia cobardía, de su complicidad por silencio, de todas
las veces que había presenciado el mal y no había hecho nada más que escribirlo. A finales de septiembre llegó a la hacienda un visitante inesperado, elpadre Cristóbal Belarde, un sacerdote joven que había sido enviado por el obispado de Chilpancingo para sustituir al anciano padre Abundio, quien llevaba décadas oficiando misas en San Cristóbal de los Arrayanes y en San Miguel del Monte.
El padre Abundio había muerto en agosto y su sustituto era un hombre completamente diferente en temperamento y convicciones. El padre Cristóbal tenía 35 años, había estudiado en el seminario de Puebla y traía consigo ideas progresistas que incomodaban profundamente a don Teodoro. En su primer sermón en la capilla de la hacienda habló sobre la dignidad inherente de todos los seres humanos ante los ojos de Dios, sobre la obligación moral de los ricos de cuidar a los pobres no como propiedad, sino como hermanos, sobre la injusticia del
sistema de peonaje, que aunque no lo dijo explícitamente, todos sabían que estaba denunciando. Don Teodoro salió de la misa con el rostro rígido de furia contenida. Después del servicio, llamó al padre a su despacho y le dejó clara su posición. Padre Belarde, este no es el seminario de Puebla.
Aquí las cosas funcionan de una manera particular que ha servido bien a todos durante generaciones. Le sugiero que se concentre en las almas y deje la administración de la hacienda a quienes entienden cómo funciona el mundo real. Pero el padre Cristóbal no era fácil de intimidar. Don Teodoro respondió con calma firme, mi obligación es con Dios primero y con mi conciencia después.
Si veo injusticias, no puedo callarme. Eso sería traicionar mi vocación. La tensión entre el hacendado y el sacerdote se hizo palpable en las semanas siguientes. Y fue precisamente esa tensión la que llevó a Juana a tomar una decisión que cambiaría todo. El padre Cristóbal había establecido la costumbre de escuchar confesiones los sábados por la tarde en la pequeña capilla de la hacienda.
Juana, que había asistido a misa toda su vida más por obligación que por convicción, decidió aprovechar la oportunidad. El 7 de octubre de 1871 se arrodilló en el confesionario oscuro y empezó a hablar. No confesó pecados en el sentido tradicional. En cambio, comenzó a contar lo que había visto, lo que sabía, lo que había documentado.
El padre Cristóbal escuchó en silencio durante largos minutos su respiración apenas audible del otro lado de la celosía de madera. Cuando Juana terminó, el silencio se extendió aún más. Finalmente, el sacerdote habló con voz cuidadosa. Hija mía, lo que me estás contando es extraordinariamente grave.
Si es verdad, es verdad, padre, interrumpió Juana, cada palabra y tengo pruebas, lo he escrito todo. Otro silencio. Luego, has escrito todo. ¿Tú sabes leer y escribir? Sí, padre. El padre Anselmo me enseñó cuando era niña. ¿Y dónde están esos escritos? Juana adudó. Era el momento de la verdad, el momento de cruzar una línea de la que no habría retorno.
Escondidos, Padre, en varios lugares. Pero puedo mostrárselos si usted promete hacer algo con ellos, porque yo no puedo, no tengo voz, nadie me escucharía. Pero usted, Juana, dijo el Padre con voz tensa, “lo que me estás pidiendo es extremadamente peligroso para ti y para mí. Don Teodoro no es un hombre que tolere amenazas a su poder.
Si descubre que has estado documentando sus crímenes, ya sé lo que me pasará, padre”, dijo Juana con una calma que ella misma encontró sorprendente. He vivido con ese miedo durante años, pero el licenciado Cortés está muerto y Porfirio también, estoy segura. Aunque nadie busca su cuerpo, y antes de ellos hubo otros y después de ellos habrá más, a menos que alguien haga algo, a menos que alguien hable.
El padre Cristóbal respiró profundamente. Tráeme uno de esos cuadernos, solo uno, para que pueda verificar lo que dices. Si es tan grave como afirmas, buscaremos la manera de llevarlo a las autoridades apropiadas en Chilpancingo. Pero debes ser extremadamente cuidadosa. No le digas a nadie de esto. A nadie, ¿entiendes? Juana asintió, aunque el padre no podía verla en la oscuridad del confesionario.
Sí. Padre, gracias. Esa noche Juana desenterró uno de sus cuadernos del huerto, uno que cubría los acontecimientos de 1870 a 1871, incluyendo el asesinato del licenciado Cortés. lo envolvió cuidadosamente en un pedazo de tela encerada y lo escondió entre su ropa. Al día siguiente, durante la misa dominical, mientras los demás comulgaban, se acercó al padre en la sacristía con el pretexto de pedirle una bendición para su hijo enfermo.
Le entregó el paquete discretamente, sus dedos apenas tocándose por un segundo. El padre Cristóbal escondió el cuaderno bajo su sotana y asintió casi imperceptiblemente. Juana salió de la sacristía con el corazón latiendo salvajemente, sintiendo a la vez un terror paralizante y una extraña sensación de liberación.
Después de años de guardar secretos, de cargar sola con el peso del conocimiento, finalmente habíacompartido su carga. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que Guillermo Salazar, el hijo de don Teodoro, había estado observando. Guillermo, quien a diferencia de su padre brutal, tenía una inteligencia fría y calculadora, había notado algo extraño en el comportamiento de Juana.
La había visto hablando extensamente con el padre en confesión. Algo inusual para una mujer que normalmente apenas murmuraba las fórmulas rituales. La había visto acercarse a la sacristía con una urgencia contenida y había notado el intercambio fugaz de algo entre ella y el sacerdote. Guillermo no sabía exactamente qué había pasado, pero su instinto le decía que había presenciado algo significativo y decidió vigilar tanto a Juana como al padre Cristóbal con atención renovada.
El padre Cristóbal leyó el cuaderno de Juana esa misma noche encerrado en su modesta habitación con una vela como única iluminación. Lo que leyó lo dejó helado. La letra de Juana era clara y educada, mejor de lo que hubiera esperado de una peona. Pero el contenido era devastador. Nombres, fechas, descripciones detalladas de crímenes que iban desde el abuso y la explotación hasta el asesinato directo.
Y todo meticulosamente documentado, con una precisión que habría hecho honor a un escribano judicial. El padre sintió el peso terrible de la responsabilidad cayendo sobre sus hombros. ¿Qué debía hacer con esta información? ¿A quién podía acudir en una región donde el juez local, el doctor y prácticamente todas las autoridades estaban en el bolsillo de don Teodoro, tendría que llevarlo a Chilpancingo, a las autoridades estatales.
Pero, ¿cuánto poder tenía don Teodoro incluso allí? ¿Y qué pasaría con Juana mientras tanto, si intentaba protegerla siendo demasiado obvio, solo llamaría la atención sobre ella? Durante los días siguientes, el padre Cristóbal actuó con normalidad en apariencia, celebrando misas, visitando enfermos, realizando las funciones habituales de su ministerio.
Pero en privado comenzó a hacer planes. Decidió que viajaría a Chilpancingo en dos semanas. durante su descanso mensual programado y llevaría el cuaderno directamente al gobernador del estado. Era arriesgado, pero parecía la única opción viable. Mientras tanto, Juana continuó su rutina diaria en la hacienda, tratando de actuar como si nada hubiera cambiado.
Pero algo había cambiado en su interior. La decisión de hablar, de confiar en alguien, había roto una presa emocional que había estado conteniendo durante años. Se sorprendió a sí misma sonriendo, sin razón aparente mientras trabajaba en los campos. Sentía como si un peso inmenso se hubiera aligerado ligeramente, como si finalmente hubiera comenzado a caminar hacia algún tipo de justicia, aunque fuera lento y peligroso.
Pero Guillermo Salazar también se había puesto en movimiento. Con la paciencia de un depredador, comenzó a seguir discretamente a Juana, observando sus movimientos, tratando de entender qué hacía cuando pensaba que estaba sola. Y el 15 de octubre su paciencia dio frutos. Esa noche, después de que la mayoría de la hacienda se había retirado a dormir, Guillermo vio a Juana salir de su jacal con una vela y dirigirse hacia el huerto.
La siguió manteniendo distancia, escondido entre las sombras de los árboles. La vio arrodillarse junto a un manzano viejo, mover algunas piedras del suelo y sacar un paquete envuelto en tela. la vio desarrollarlo cuidadosamente y extraer algo que parecía un cuaderno o libro y la vio escribir inclinada sobre las páginas, completamente absorta en su tarea.
Guillermo se quedó observando durante varios minutos, su mente trabajando rápidamente, así que eso era, la peona sabía escribir y estaba escribiendo algo que consideraba tan importante o tan peligroso que necesitaba esconderlo. ¿Qué podría estar documentando una esclava analfabeta? O así habían asumido todos que requiriera tanto secreto.
Cuando Juana terminó de escribir, envolvió nuevamente el cuaderno y lo volvió a enterrar cuidadosamente, recolocando las piedras y cubriendo el área con hojas secas para disimular cualquier señal de excavación. Luego regresó a su jacal. Guillermo esperó unos minutos para asegurarse de que ella no volvería.
Luego se acercó al manzano, movió las piedras, desenterró el paquete y lo abrió. A la luz de su propia vela, comenzó a leer. Lo que leyó lo dejó atónito, página tras página de acusaciones detalladas contra su padre, contra él mismo, contra todos los hombres de poder de la región. el registro meticuloso de cada crimen, cada abuso, cada asesinato y escrito con tal claridad y precisión que no había manera de descartarlo como fantasías de una mujer ignorante.
Esto era evidencia, evidencia documentada que podría destruir a su familia si alguna vez llegaba a las manos equivocadas. Guillermo sintió una mezcla de furia y algo cercano a la admiración. ¿Cómo había logrado esta mujer, esta peona,que todos habían subestimado completamente, construir un registro tan devastador? ¿Dante cuánto tiempo había estado observando, documentando, guardando secretos? Y más importante, ¿cuántos de estos cuadernos existían? ¿Había solo uno o había más escondidos en otros lugares? Guillermo cerró el cuaderno y lo volvió
a enterrar exactamente como lo había encontrado. No podía simplemente destruirlo. Eso alertaría a Juana de que había sido descubierta y ella podría huir o advertir a otros antes de que pudieran contener el daño. No, esto requería un enfoque más cuidadoso, más estratégico. regresó a la casa principal y fue directamente al despacho de su padre, aunque era pasada la medianoche.
Don Teodoro estaba todavía despierto, revisando libros de contabilidad a la luz de un quinqué. “Padre”, dijo Guillermo sin preámbulos, “tenemos un problema grave, muy grave.” Parte 3. Don Teodoro Salazar levantó la vista de sus libros de contabilidad, observando la expresión tensa en el rostro de su hijo.
En todos sus años había aprendido a distinguir entre las preocupaciones menores y las verdaderamente peligrosas, y algo en la postura de Guillermo le indicó que esto era lo segundo. “Habla”, ordenó cerrando el libro con un golpe seco. Guillermo relató exactamente lo que había visto a Juana escribiendo en secreto, los cuadernos enterrados, el contenido devastador que había leído.
Mientras hablaba, observó como el rostro de su padre se transformaba, pasando de la incredulidad inicial a una furia fría y calculadora que Guillermo conocía bien y que siempre precedía a actos de violencia extrema. ¿Estás completamente seguro de lo que viste? preguntó don Teodoro con voz peligrosamente calmada. Completamente.
Leí varias páginas, nombres, fechas, descripciones detalladas, incluso mencionaba el asunto de lagrimensor. Todo está documentado. Don Teodoro se levantó bruscamente y comenzó a caminar por el despacho, sus manos apretadas detrás de la espalda. Esa perra. Todos estos años pensamos que era simplemente otra peona más, callada, obediente, y mientras tanto estaba construyendo un arsenal contra nosotros.
La pregunta, dijo Guillermo cuidadosamente, es, ¿qué hacemos ahora? Si simplemente la matamos, alguien podría encontrar los cuadernos. Necesitamos saber dónde están todos antes de actuar. Don Teodoro se detuvo mirando a su hijo con una expresión de aprobación calculadora. Pensaste bien en no destruir el cuaderno que encontraste. Tienes razón.
Primero necesitamos recuperarlos todos. ¿Cuántos dijo que había? No lo dijo específicamente, pero por las referencias en lo que leí ha estado escribiendo durante años. Podría haber varios escondidos en diferentes lugares. Entonces, primero descubrimos dónde están todos. Luego eliminamos tanto los cuadernos como a la mujer.
Don Teodoro volvió a sentarse, su mente ya trabajando en el problema. Pero hay algo más que me preocupa. ¿Con quién ha hablado? Una mujer no guarda secretos así durante años sin algún propósito. ¿A quién planeaba entregarle esos cuadernos? Guillermo frunció el seño, pensando, “He notado que ha estado pasando más tiempo cerca del nuevo sacerdote, el padre Belarde, se confesó con él hace unos días y la confesión duró mucho más de lo normal.
Los ojos de don Teodoro se entrecerraron peligrosamente. Ese cura entrometido debía haberlo echado desde la primera semana. ¿Crees que ella le confió los cuadernos? es posible, o al menos le habló de ellos. Entonces tenemos dos problemas, dijo don Teodoro, la mujer y el cura. Y debemos manejar ambos con cuidado.
Un peón muerto no levanta muchas preguntas, pero un sacerdote eso podría traer atención no deseada del obispado. Durante los días siguientes, padre e hijo diseñaron su estrategia cuidadosamente. decidieron que primero intentarían determinar exactamente cuántos cuadernos existían y dónde estaban escondidos, vigilando discretamente a Juana para ver si accedía a otros escondites.
Mientras tanto, también vigilarían al padre Cristóbal para determinar si él tenía alguno de los cuadernos en su posesión. Para esta tarea reclutaron a Jacinto Rosas, el capataz brutal que ya había demostrado su lealtad asesinando al licenciado Cortés. Jacinto organizó una vigilancia discreta, pero constante de ambos objetivos.
Uno de sus hombres, un mestizo, callado llamado Vicente, que trabajaba como jardinero en la hacienda, fue asignado para seguir los movimientos de Juana sin ser detectado. Otro, un hombre llamado Pascual, que frecuentaba el pueblo, comenzó a rondar cerca de la casa donde se hospedaba el padre Cristóbal. Pero Juana, que había sobrevivido durante años, manteniendo sus secretos en una de las haciendas más opresivas de Guerrero, tenía instintos extraordinariamente agudos para el peligro.
A los pocos días de su confesión con el padre Cristóbal, comenzó a sentir que algo había cambiado. Notó miradas más prolongadasde lo normal, presencias donde antes no las había, pequeñas alteraciones en los lugares donde escondía sus escritos, piedras movidas ligeramente de posición, tierra que parecía haber sido removida, aunque ella no la había tocado.
El 20 de octubre, mientras trabajaba en el huerto, Juana vio a Vicente, el jardinero, observándola desde cierta distancia, con una atención que iba más allá de la mera coincidencia. Sus instintos le gritaron peligro. Esa noche no fue a ninguno de sus escondites habituales. En cambio, se quedó en su jacal, acostada en su petate, pero completamente despierta escuchando.
Y cerca de la medianoche escuchó lo que había temido, pasos cautelosos fuera de su jacal, moviéndose hacia el huerto. Al amanecer siguiente, verificó discretamente sus escondites. El del huerto había sido claramente alterado. Las piedras estaban en posiciones ligeramente diferentes. La tierra removida más de lo que ella la había dejado.
Alguien había descubierto ese cuaderno y si habían descubierto uno, buscarían los otros. Juana sintió el pánico amenazando con abrumarla. Tenía seis cuadernos en total escondidos en diferentes lugares de la hacienda. Uno en el huerto, ahora comprometido. Uno bajo el piso de su jacal, uno en el viejo granero abandonado. Uno en la capilla, escondido detrás de una estatua de San Miguel, uno enterrado cerca del arroyo y uno, el más reciente que había entregado al padre Cristóbal.
Necesitaba moverlos, esconderlos en lugares nuevos, pero hacerlo ahora, cuando claramente estaba siendo vigilada, solo confirmaría las sospechas. Durante dos días, Juana no hizo nada fuera de lo común, forzándose a mantener su rutina diaria mientras su mente trabajaba frenéticamente buscando una solución. Luego, el 22 de octubre, llegó su oportunidad.
Don Teodoro organizó una expedición de casa en las montañas que duraría tres días, llevándose consigo a Guillermo, a Jacinto Rosas y a varios de los hombres que habían estado vigilándola. La hacienda se quedaba con una presencia mínima de supervisión. Esa noche, Juana actuó rápidamente, recuperó cuatro de sus cuadernos de sus escondites originales, dejó deliberadamente el del huerto donde estaba, asumiendo que ya había sido descubierto y leyendo, y los trasladó a nuevas ubicaciones.
Uno lo cosió dentro de su propio colchón de paja. Otro lo escondió en el fondo de un costal de maíz en el almacén. Un tercero lo envolvió en ule y lo ató bajo el puente de madera que cruzaba el arroyo. Y el cuarto lo entregó a la única persona en la hacienda en quien confiaba completamente, su hijo Tomás.
Escucha con mucha atención”, le dijo a Tomás en voz baja en la oscuridad de su jacal, “lo que te voy a dar es más valioso que el oro y más peligroso que una serpiente. Dentro de este paquete está escrita la verdad sobre lo que pasa en esta hacienda. Si algo me sucede, tienes que llevarlo con el padre Belarde, ¿me entiendes? No importa lo que pase, no importa quién te lo pida o te amenace, no dejes que nadie más vea esto.
Tomás, que había heredado la inteligencia de su madre, pero que hasta ese momento no había comprendido la magnitud del peligro que ella enfrentaba, tomó el paquete con manos temblorosas. Mamá, ¿qué está pasando? ¿Por qué me dices esto? Porque he hecho algo que debía haber hecho hace años”, respondió Juana tocando suavemente el rostro de su hijo.
“He dicho la verdad y en este lugar decir la verdad es el crimen más grande de todos. ¿Van a hacerte daño?” Juana no mintió. probablemente, pero al menos habré hecho lo correcto. Esconde este cuaderno donde nadie pueda encontrarlo. Y si yo desaparezco, llévalo al Padre. Prométemelo. Te lo prometo.
Susurró Tomás, lágrimas corriendo por sus mejillas. Al día siguiente, mientras don Teodoro y sus hombres aún estaban en la expedición de casa, Juana buscó una manera de contactar al padre Cristóbal. no podía ir directamente a verlo en el pueblo. Eso sería demasiado obvio. En cambio, aprovechó que una de las mujeres de la hacienda Dolores tenía que llevar huevos y verduras al mercado de San Miguel del Monte.
Juana se ofreció para acompañarla algo que no levantaría sospechas, ya que a menudo ayudaba con las entregas. En el pueblo, mientras Dolores vendía los productos en el mercado, Juana se escabulló discretamente hacia la modesta casa donde se hospedaba el padre Cristóbal. Tocó suavemente a la puerta. El padre abrió sorprendido de verla y rápidamente la hizo pasar.
“Juana, no deberías estar aquí”, dijo con preocupación. Si te ven, lo sé, padre, pero es urgente, ¿saben? No sé cómo, pero descubrieron los cuadernos. Me están vigilando. El padre Cristóbal palideció. ¿Estás segura? Completamente. Encontraron uno de los escondites. Solo es cuestión de tiempo antes de que vengan por mí. El padre cerró los ojos brevemente, respirando profundamente.
Juana, yo tengo el cuaderno que me diste. Ya había hecho planes parallevarlo a Chilpancingo la semana que viene, pero si lo que dices es cierto, quizá debería adelantar el viaje. No, padre, dijo Juana rápidamente. Si se va ahora de manera repentina, don Teodoro sospechará. tiene espías en el pueblo.
Debe mantener sus planes normales, actuar como si nada hubiera cambiado. Pero necesito pedirle algo. Si yo desaparezco antes de que pueda irse, mi hijo Tomás tiene otro cuaderno. Él se lo traerá. Prométame que lo protegerá y que llevará ambos cuadernos a las autoridades en Chilpancingo. Te lo prometo, dijo el Padre tomando las manos de Juana entre las suyas.
Pero Juana, tal vez deberías venir conmigo ahora. Podemos salir de inmediato, ir directamente a Chilpancingo. No puedo, interrumpió Juana sacudiendo la cabeza. No sinto más. Y si desaparecemos ambos ahora, don Teodoro sabrá que fuimos con usted. Los alcanzarían en el camino. No debo esperar hasta que esté segura de que Tomás está a salvo y entonces entonces haré lo que deba hacer.
¿Qué vas a hacer? Preguntó el padre con temor. Juana no respondió directamente. Solo recuerde su promesa, padre. Los cuadernos deben llegar a Chilpancingo. La verdad debe salir a la luz. Eso es lo único que importa. Ahora se despidieron rápidamente y Juana regresó al mercado donde Dolores estaba terminando de vender los productos.
En el camino de regreso a la hacienda, Juana observó el paisaje, las montañas que la habían aprisionado toda su vida, el cielo de octubre despejado y azul, los pinos que se mecían con el viento, y sintió una extraña paz. Había tomado su decisión, había dicho su verdad y aunque el precio fuera su vida, al menos habría significado algo.
Don Teodoro y sus hombres regresaron de la expedición de casa el 25 de octubre al atardecer, trayendo consigo dos venados y un jabalí. Pero el acendado no venía de buen humor. La expedición había sido un pretexto para discutir estrategias con Jacinto Rosas, lejos de oídos indiscretos, y ambos estaban frustrados por la falta de progreso en localizar todos los cuadernos de Juana.
Solo encontramos el del huerto”, reportó Jacinto esa noche en el despacho de don Teodoro. Mis hombres revisaron su jacal cuando ella estaba en los campos, pero no encontraron nada más. O los escondió en lugares que aún no conocemos, o los movió después de que descubriera que habíamos encontrado el primero.
“¿Y el cura?”, preguntó don Teodoro, “¿Qué sabemos de él? Pascual dice que el padre salió de su casa solo una vez durante nuestra ausencia para celebrar misa en la capilla del pueblo. No se reunió con nadie sospechoso, pero Jacinto dudó. Pero, ¿qué? Pascual dice que vio a la mujer Juana en el pueblo hace tres días.
Estaba con dolores entregando productos, pero desapareció del mercado durante casi media hora. Pascual no pudo seguirla sin ser obvio, pero fue a ver al cura. Completó don Teodoro con voz baja, casi un gruñido. No hace falta ser adivino. Si ella sospecha que la estamos vigilando, lo más lógico es que haya ido a advertirle.
Guillermo, que estaba recostado en una silla en un rincón del despacho, se incorporó lentamente. Entonces, ya no estamos ante un problema contenido en la hacienda. Ahora es un problema que se está moviendo entre aquí y el pueblo, entre la hacienda y la iglesia. Eso lo complica todo. Lo que complica todo, escupió don Teodoro, es que hemos dejado que esto crezca tanto.
Tendría que haber cerrado la boca de esa mujer hace años, pero la subestimé. Eso no vuelve a ocurrir. Se giró hacia Jacinto. Mañana por la noche la traes sin escándalo, sin testigos, que parezca que se fue o que se cayó al río, lo que quieras. Pero antes de deshacerte de ella, la vamos a hacer hablar.
nos dirá dónde están todos sus malditos cuadernos y con quién ha hablado exactamente. Y el cura, preguntó Guillermo. El cura es más delicado, respondió su padre frotándose la frente. No podemos matarlo sin levantar sospechas fuera de aquí, pero sí podemos neutralizarlo. Aún no sé cómo, pero ya se me ocurrirá. Por ahora lo prioritario es la mujer.
Sin ella los cuadernos son solo papeles y muchos papeles se pierden para siempre en estas montañas. Esa noche el aire en San Cristóbal de los Arrayanes se sintió más pesado de lo normal, como si incluso el viento se negara a moverse. Juana, ajena a la reunión específica que se llevaba a cabo en el despacho, no era ajena al peligro.
Desde que había visto alterado el escondite del huerto, vivía como quien duerme con un ojo abierto, incluso de día, pero no sabía que el plazo se había agotado y que para don Teodoro ya no era una peona más, sino un enemigo a eliminar. Tomás, por su parte, no pegó un ojo. Tenía el paquete envuelto en trapo oculto bajo una tabla floja del piso del jacal, justo donde su madre le había enseñado a ocultar granos cuando escaseaba el maíz y los capataces revisaban.
No sabía exactamente qué contenía ese cuaderno, pero intuía queera algo capaz de mover montañas o cuando menos de hacer temblar a los hombres que parecían intocables. Al amanecer del día siguiente, la vida en la hacienda siguió su rutina aparente. Los campanazos marcaban la hora del reparto de tareas. Los hombres se dirigieron a los campos, las mujeres a los lavaderos, a las cocinas, al huerto.
Juana trabajó todo el día con una calma que era apenas una máscara sobre el temblor constante en sus manos. Fue al caer la noche, cuando el cielo ya estaba encendido de estrellas y la hacienda se sumía en esa penumbra rota solo por unas pocas lámparas de aceite, cuando Jacinto decidió sorprenderla. Parte cuatro. Juana regresaba de la cocina con un balde de agua cuando lo vio recargado en la pared de su jacal, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Jacinto Rosas, el capataz, tenía esa forma de ocupar el espacio que convertía cualquier rincón en territorio suyo, alto, de hombros anchos, el bigote espeso y los ojos pequeños y negros como cuentas. Sonreía, pero era una sonrisa que Juana conocía bien, la sonrisa del hombre que ya decidió lo que va a hacer y solo aguarda el momento.
Buenas noches, Juana, dijo Jacinto, como si la saludara en medio del día en el campo. Buenas noches, don Jacinto, respondió ella bajando la vista, aunque su mente vibraba en alerta. El patrón quiere hablar contigo ahorita. Juana asintió algo helado recorrerle la espalda. La frase en sí misma no tenía nada de extraordinario.
El patrón podía mandar llamar a quien fuera cuando fuera, pero la hora, tan entrada la noche, con la mayoría de los peones ya en sus jacales, convertía esa orden en algo distinto. No era para darle un premio ni para repartir comida. Ahorita, don Jacinto, todavía tengo que Te dije que ahorita. La sonrisa desapareció.
La mano de Jacinto se tensó sobre el cinturón donde colgaba el machete. Juana alzó por fin la mirada y lo observó fijamente un segundo. No había manera de negarse sin firmar su sentencia de muerte allí mismo. Asintió brevemente, dejó el balde a un lado de la puerta y comenzó a caminar delante de él hacia la casa grande.
Tomás, que estaba a unos metros, recostado en la sombra de una barda, vio la escena. vio la postura de Jacinto, la rigidez del cuerpo de su madre, y supo en un parpadeo que algo muy malo estaba a punto de ocurrir. Dio un paso hacia delante, impulsado por un impulso casi físico de interponerse, pero la mirada de Juana lo detuvo.
Una mirada rápida, intensa, que decía más que 1000 palabras, “No te acerques, no hagas nada, guarda silencio.” Tomás se quedó clavado en el suelo, los puños cerrados. observando como su madre era llevada hacia la casa principal, no sabía qué hacer, no podía seguirlos de frente. Pensó en correr hasta el jacal y sacar el cuaderno que escondía, pero algo en su pecho le gritó que lo más urgente era ver qué le ocurría a su madre.
se movió entre sombras, pegado a los muros, buscando una ruta que le permitiera acercarse sin ser visto. Mientras tanto, Juana caminaba por el patio empedrado hacia la puerta del despacho. El cielo sobre San Cristóbal de los Arrayanes parecía más bajo de lo normal, cargado como si las montañas se hubieran acercado unos metros.
podía oír su propio pulso en los oídos, un tambor desesperado. Jacinto tocó la puerta del despacho con los nudillos. ¿Quién es? Se oyó la voz grave de don Teodoro. Soy yo, patrón. Traje a la mujer. Pasen. Jacinto abrió y empujó ligeramente a Juana por la espalda. Ella entró. El despacho olía a tabaco, a papel viejo y a cuero.
Las paredes estaban forradas de estanterías con libros de contabilidad, algunos tomos de derecho, mapas enrollados. Detrás del escritorio don Teodoro se erguía con una postura tranquila, casi indolente. A un lado, apoyado en una repisa, Guillermo la observaba en silencio. Cerraron la puerta. Siéntate”, dijo don Teodoro señalando una silla frente al escritorio.
Juana permaneció de pie. “Prefiero quedarme parada, patrón.” “Te dije que te sientes”, repitió él sin alzar la voz, pero con ese tono que en la hacienda nadie desobedecía. Juana, sabiendo que estaba rodeada, se sentó lentamente. El silencio que siguió fue largo, pesado. Don Teodoro la observaba como si estuviera evaluando una red.
Me han dicho algo muy curioso de ti, empezó al fin con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito. Resulta que no eres tan tonta como todos creíamos. Resulta que sabes leer y escribir. Juana no respondió. Mantener la boca cerrada era lo único que aún estaba en sus manos. También me han dicho, siguió el ascendado, que te gusta mucho escribir, que escribes tanto que hasta entierras lo que escribes como si fueran tesoros.
Es cierto, Juana. Ella mantuvo la vista baja. No sé de qué habla, patrón. Guillermo dio un paso al frente, un cuaderno en la mano, el cuaderno del huerto. Entonces, esto dijo Guillermo, ¿no es tuyo? Juan asintió como sialguien le hubiera arrancado el aire de los pulmones. Reconoció el cuaderno de inmediato, el lomo cosido con hilo de enquen, la tapa de cartón improvisado.
Reconoció también su letra, visible en las páginas abiertas que Guillermo sostenía. Por un segundo, el terror fue tan intenso que sintió que se mareaba. “Lo encontramos donde lo escondiste”, añadió Guillermo con voz suave, casi amable, que contrastaba con la dureza de sus palabras. “En el huerto junto al manzano, muy bien enterrado.
Pero ya sabes cómo es esta tierra, Juana. Tarde o temprano todo sale a la superficie.” Don Teodoro se inclinó hacia delante sobre el escritorio. No vamos a perder el tiempo con mentiras. Sabemos que has estado escribiendo. Sabemos que esto, señaló el cuaderno, es solo uno de varios. Y queremos saber cuántos más hay, dónde están y con quién los has compartido.
Juana apretó las manos sobre su regazo para que no se notara el temblor. Pensó en Tomás. pensó en el padre Cristóbal. El peligro ya no era solo para ella. No hay más cuadernos dijo, sabiendo que no sonar convincente, pero sin otra salida que negar. Ese es solo uno. Es es mi cuaderno de oraciones, patrón.
El padre Anselmo me enseñó a escribir oraciones. No es nada malo. Guillermo soltó una carcajada breve y seca. Oraciones repitió. Qué interesante. Entonces estas oraciones dicen textualmente, abrió el cuaderno y leyó. 19 de septiembre de 1871. El licenciado Amadeo Cortés fue asesinado en el camino por Jacinto Rosas, siguiendo órdenes directas de don Teodoro Salazar.
Cerró el cuaderno de golpe. Esos son oraciones, Juana. El silencio se volvió más pesado aún. Juana sintió que el sudor le corría por la espalda. Ha sido muy lista, dijo don Teodoro. Más lista de lo que nadie te daba crédito. Pero ese juego se terminó. Si cooperas, quizá todavía haya una forma de que esto no termine de la peor manera para ti y para tu hijo.
Si no cooperas, te juro por la memoria de mi padre que lo vas a lamentar. La palabra hijo fue lanzada como un cuchillo. Juana levantó la cabeza por primera vez, clavando los ojos en los de él. No le haga nada a Tomás”, dijo por instinto más que por cálculo. Eso depende de ti, respondió don Teodoro. Vamos a hacer las cosas simples.
Primera pregunta, “¿Cuántos cuadernos como este has escrito?” Juana dudó. Si decía un número alto, entenderían que quedaban muchos por encontrar. Si decía uno solo, no le creerían. Seis, respondió finalmente, decidiendo que la verdad parcial era mejor que otra mentira evidente. Seis cuadernos como ese.
Guillermo y su padre intercambiaron una mirada rápida. Esa confirmación les celó la sangre y al mismo tiempo les dio una certeza útil. Segunda pregunta. ¿Siguió don Teodoro sin perder el hilo, ¿cuántos están todavía en la hacienda? Cinco, respondió Juana, y al decirlo supo que había cometido un error, porque al contar el que estaba en manos del padre lo incluía en la cifra general, pero al decir en la hacienda, no tuvo tiempo de corregirse.
Guillermo la observó con atención. Tenía la mente entrenada para escuchar fisuras en los discursos. “Has dicho seis en total y cinco en la hacienda”, señaló. ¿Dónde está el sexto? Juana maldijo en silencio su lengua. Tomó aire. Lo lo perdí, murmuró. Hace años. Se mojó con la lluvia. Se deshizo. Guillermo dio un paso más hacia ella.
No eres buena mintiendo, Juana. Eres buena escribiendo, vigilando, recordando, pero mintiendo no tanto. La mirada de Guillermo se clavó en su rostro buscando cualquier mínimo gesto. ¿Cuándo fue la última vez que saliste al pueblo? Juan asintió que el suelo se inclinaba. Hace tres días con dolores. Llevamos verduras al mercado.
Y en ese paseo no fuiste a ver a nadie, insistió Guillermo. No entraste a ninguna casa. No, señorito,” dijo Juana apretando los dientes mientras hablaba. Guillermo sonrió apenas, una mueca que no alcanzó los ojos. “Pascual te vio entrar a la casa del padre Belarde, estuviste ahí casi media hora. ¿Qué le fuiste a llevar?” La sala parecía encogerse.
Juana entendió en un instante que ya no era cuestión de ocultar, sino de resistir lo más posible. Fui a confesarme”, respondió. “so soy una mujer de pecado. Fui a hablar con Dios.” “¡Ah!” Musitó Guillermo. Y Dios ahora se esconde en cuadernos cocidos con hilo de Enequén. Don Teodoro, que había escuchado sin apartar la mirada, golpeó el escritorio con la palma abierta.
“Basta, no tengo paciencia para estos rodeos.” Jacinto. El capataz se adelantó desde la puerta donde se había mantenido en la sombra. Patrón, llévala al almacén viejo. Amarren bien manos y pies. Nadie entra. Nadie sale sin mi permiso. Esta noche vamos a sacarle la verdad a golpes si hace falta y que alguien vigile al muchacho, al hijo.
No quiero que se nos escape. Los ojos de Juana se abrieron de par en par. No por miedo a los golpes, había conocido el dolor desde niña, sino por el peligro sobre Tomás. “Por favor,patrón”, dijo abandonando la máscara de serenidad. “Él no tiene nada que ver. Es un chamaco. No sabe leer ni escribir. No sabe nada.
” Don Teodoro la miró con frialdad. Si no sabe, aprenderá rápido cuando vea lo que te pasa por meterte donde no te llamaron. Jacinto se acercó por detrás y la sujetó del brazo con fuerza, levantándola casi de la silla. Juana forcejeó instintivamente, pero sabía que era inútil. Mientras la arrastraban hacia la puerta, sus ojos buscaron a Guillermo, buscando quizá una grieta de compasión.
Lo que encontró fue una mirada escrutadora, calculadora, pero no completamente inhumana. Había en él una incomodidad sutil, como la de quien está cruzando una línea que no pensó cruzar tan pronto. Tomás, escondido tras unos barriles en el pasillo que llevaba al despacho, vio a su madre salir sujeta por Jacinto. Su boca se llenó de un sabor metálico.
Quiso gritar, lanzarse, morder lo que fuera, pero la mirada de Juana, un segundo antes de que la puerta se cerrara, volvió a decirle, “No, sobrevive, guarda el cuaderno.” Juana fue llevada al almacén viejo, una construcción de adobe detrás del granero principal que se usaba cada vez menos. Allí almacenaban herramientas rotas, sacos viejos, toneles vacíos.
Era el lugar perfecto para ocultar gritos si llegaba a ser necesario. La ataron a una columna central con sogas ásperas que le mordían la piel de las muñecas. Jacinto hizo un nudo tras otro con la práctica de quien ha atado caballos y hombres por igual. Si cooperas”, dijo con una voz que pretendía ser razonable, “te ahorras mucho dolor.
Si no, pues ya sabes cómo es esto.” Juana no respondió. Se mordió el labio hasta romperlo para no decir nada. Afuera, Tomás corrió casi a ciegas hacia el jacal, cerró la puerta por dentro, se lanzó al suelo y levantó la tabla floja. sacó el paquete envuelto en trapo. Sus manos temblaban tanto que casi lo dejó caer.
Lo abrió solo lo suficiente para ver las páginas llenas de letra apretada. No pudo leerlas, pero sintió el peso de aquellas palabras como si fueran plomo. Recordó la instrucción de su madre. Si algo me sucede, ve con el padre. No importa la hora, no importa el miedo. Se asomó por la pequeña ventana de su jacal.
La noche estaba avanzada, pero en el patio aún se veían sombras moviéndose, hombres bebiendo, dos perros merodeando, la silueta de Jacinto regresando del almacén viejo hacia la casa grande. No podría salir por la puerta principal, lo verían. Entonces recordó algo junto a la cerca de piedra que marcaba el límite de la hacienda. Hacia el sendero del río había un tramo donde las piedras se habían caído durante las lluvias recientes.
El mismo se había colado por ahí un par de veces para nadar a escondidas. Esa era su salida. Tomás envolvió nuevamente el cuaderno, lo ató con un cordel y se lo fajó por dentro de la camisa pegado a la piel. Abrió la puerta del jacal apenas un palmo observó. Nadie a la vista inmediata. Salió agachado, pegado a la pared, avanzando entre sombras conocidas, esquivando charcos de luz que salían de las ventanas de la casa principal.
Cada paso era un mundo. Tardó casi 10 minutos en cruzar un espacio que de día no le habría llevado ni uno. Al llegar a la cerca de piedra, se deslizó hacia el tramo derrumbado y se dejó caer hacia el otro lado, raspándose las manos al apoyar sobre rocas húmedas. El sonido de los grillos y del río cercano lo recibió como un abrazo. Corrió.
corrió por el sendero que llevaba a San Miguel del Monte, guiado solo por la memoria de tantas idas y venidas diurnas. De noche el camino era otro. Las sombras de los árboles eran más densas, las piedras parecían moverse bajo sus pies, las ramas se enganchaban en su ropa. Pero Tomás no se detuvo. Cada vez que tropezaba, pensaba en su madre atada en el almacén, en Jacinto, en la voz de don Teodoro, y seguía.
Le tomó casi una hora llegar a las afueras del pueblo, sudado, jadeante, con las piernas ardiendo. Las casas de San Miguel del Monte dormían bajo un silencio espeso, roto solo por algún perro distante. La casa donde se hospedaba el padre Cristóbal estaba junto a la iglesia, una construcción de adobe de un piso con techo de teja.
Tenía la puerta de madera vieja con una cruz tallada a mano. Tomás llegó. y golpeó al principio con timidez, luego con desesperación. “Padre, padre Belarde”, susurró primero, luego casi gritó. Pasaron unos largos segundos sin respuesta. Tomás golpeó más fuerte. “Padre, por favor.” Adentro se escuchó movimiento, un crujido de cama, pasos rápidos.
Al poco, la puerta se abrió apenas unos centímetros. apareció el rostro somnoliento y desconcertado del sacerdote. ¿Quién empezó a decir hasta que lo reconoció? Tomás, ¿qué haces aquí a estas horas? ¿Qué pasó? Tomás se abalanzó hacia él, casi empujando la puerta. Es mi mamá, dijo con la voz quebrada. La agarraron. Jacinto se la llevó al almacén. Elpatrón ya encontró un cuaderno.
Mi mamá dijo que si le pasaba algo se lo trajera a usted. El padre abrió por completo la puerta y lo hizo entrar cerrando de inmediato tras él. La lámpara de aceite que había encendido a la carrera proyectaba sombras grandes en las paredes. “Siéntate, hijo”, dijo. Aunque Tomás no obedeció, seguía de pie temblando.
¿Tienes el cuaderno? Tomás asintió y sacó el paquete de debajo de la camisa. Se lo entregó al sacerdote. Sus manos, ahora que por fin lo soltaba, parecían de otra persona. El padre Cristóbal desenvolvió el trapo con cuidado. Vio las páginas, la misma letra apretada, la misma forma de coser las hojas que el primer cuaderno.
Sintió una mezcla de admiración y espanto. ¿Saben? en la hacienda que tú lo traes?”, preguntó, “No, yo me salí por la cerca donde se cayó la barda. Nadie me vio, creo.” Tomás se pasó el dorso de la mano por la cara. “Padre, la van a matar. Yo sé que la van a matar. Usted tiene que hacer algo, por favor.” El sacerdote caminó de un lado a otro con el cuaderno en la mano como una fiera enjaulada.
era consciente de la gravedad de la situación, pero también de los límites muy reales de su poder. Podía denunciar, podía acudir a autoridades, pero todo eso tomaba tiempo, papeles, viajes. Juana no tenía tiempo. Si voy ahora mismo a la hacienda a pedir que la liberen, dijo en voz alta, casi pensando más que hablando.
Lo más probable es que digan que estoy loco o que intenten callarme también. Y si llamo al juez Hugarte, él ya está del lado de Salazar, no hará nada. Entonces, no hagan nada con ellos, replicó Tomás con una lucidez desesperada. Haga algo usted, ayúdeme a sacarla. Conoce otro camino. No, usted sabe cosas que nosotros no. El padre lo miró y por un momento el joven campesino dejó de ser solo un muchacho asustado y se convirtió en un espejo incómodo.
En ese rostro veía él mismo la pregunta que lo había perseguido desde que leyó el primer cuaderno. ¿De qué sirve saber la verdad si uno no está dispuesto a arriesgar algo por ella? ¿Hay alguna otra entrada al almacén? Preguntó el padre. Tomás negó con la cabeza. Solo la puerta grande y una ventanita pequeña, alta, pero siempre hay alguien cerca a estas horas.
Y el río pasa lo suficientemente cerca. Tomás parpadeó tratando de entender a dónde quería llegar. Hay un canal, pasa detrás del almacén, pero está la barda. El padre tomó una decisión que sabía que cambiaría su vida para bien o para mal. Ven conmigo”, dijo tomando una capa y dejando la lámpara apagada. No vamos a ir a tocar la puerta de la hacienda.
Vamos a verla desde afuera. No prometo nada, Tomás, pero por lo menos no te dejaré solo en esto. Tomás quería algo más concreto, pero en ese momento cualquier cosa que no fuera la indiferencia era un salvavidas. asintió y volvieron a internarse en la noche. Parte cinco. La caminata de regreso fue aún más difícil que la ida para Tomás.
El cansancio se le había acumulado en las piernas, la adrenalina comenzaba a bajar y el peso de la realidad era una carga extra. El padre Cristóbal avanzaba detrás de él, más pesado, menos acostumbrado a esos caminos nocturnos, pero movido por una determinación que no había sentido desde hacía años. No hablaban. El silencio entre ellos iba lleno de imágenes.
Juana atada, Jacinto con sus manos grandes, don Teodoro con su mirada fría. El sacerdote apretaba contra su pecho bajo la capa los dos cuadernos que ahora estaban en su poder, como si el contacto físico con esos testimonios lo obligara a no retroceder. Al aproximarse a la hacienda, tomaron un desvío por el lado del río, tal como Tomás había sugerido.
El sonido del agua corriendo le sirvió de guía en la oscuridad. El canal que derivaba parte del cauce del río pasaba a espaldas de las bodegas y almacenes, justo donde menos iluminación había. Ahí susurró Tomás, agachándose detrás de unos matorrales, señaló una silueta más oscura, el volumen rectangular del almacén viejo.
Se alcanzaba a ver en la parte superior del muro más cercano al canal una pequeña ventana enrejada. No hay nadie afuera”, dijo el padre entrecerrando los ojos. Eso no significa que no haya dentro. Siempre hay por lo menos un hombre en el patio explicó Tomás. Pero más al frente, cerca de la casa grande, aquí casi nadie pasa de noche.
El sacerdote se acercó un poco más, agazapado. La cerca posterior de la hacienda era más baja en esa zona, hecha de piedras apiladas con poca argamasa. Con un poco de esfuerzo, un hombre podía treparla. Se quedó un momento en silencio, midiendo la distancia, calculando riesgos. No era un hombre acostumbrado a escalar bardas ajenas de madrugada, pero tampoco era un hombre que se hubiera ordenado para cerrar los ojos ante el mal.
“¿Sabes si tu madre está justo en este almacén?”, preguntó Tomás. Asintió. “Vi que la llevaron para acá. No la han sacado bien. El padre se quitó la capa y se latendió a Tomás. Guarda esto y pase lo que pase, si escuchas ruido, si ves luces, tú sales corriendo hacia el monte. ¿Entendido? No intentes ayudarme. Tu trabajo ya lo hiciste trayéndome los cuadernos y avisándome.
Lo demás corre por mi cuenta. Tomás apretó la tela entre sus dedos. No quiero dejarla sola. Ni yo, respondió el Padre, pero alguien tiene que sobrevivir para contar lo que pasó por si esto sale mal. Esa será tu tarea si Dios no nos ayuda. El sacerdote se acercó a la cerca y comenzó a trepar. Las piedras se movían bajo su peso, desprendiendo pequeños cascajos.
Se raspó la palma de la mano y se llenó de polvo la sotana, pero consiguió pasar al otro lado sin hacer demasiado ruido. Cayó de rodillas conteniendo un quejido, se levantó y se dirigió hacia la sombra del almacén pegado al muro. La ventana era pequeña, apenas un rectángulo de medio metro de ancho, a más de 2 m del suelo, protegida por rejas de hierro errumbroso.
Se veía una leve luz titilante del otro lado, como de un candil lejano. El padre se acercó hasta quedar justo bajo la abertura. Juana, susurró en voz tan baja que dudó que pudiera oírlo. Juan, ¿estás ahí? Del otro lado, al principio, solo se escuchó el silencio denso del adentro. Luego, después de unos tensos segundos, una voz muy baja respondió, “Padre.
” El corazón del sacerdote dio un vuelco. Soy yo. Estoy afuera. Detrás del almacén. Hubo un crujido de cuerda, un rose de tela. Juana se movía lo más que le permitían las ataduras. “Gracias a Dios”, murmuró ella. “Tomás llegó con usted.” “Sí, tengo los cuadernos”, afirmó el padre. “Juá, ¿cómo estás atada? a una columna por las muñecas.
No puedo moverme casi nada. ¿Qué va a hacer? La pregunta lo golpeó con fuerza. Él mismo no tenía un plan claro más allá de comprobar que seguía con vida. “Quería verte asegurarme de que de que sigues aquí”, dijo, odiándose por lo débil que sonaba aquella justificación. “Y decirte que tus escritos están en mis manos.
Pase lo que pase, no se perderán.” Se hizo un silencio breve. Luego la voz de Juana sonó más firme de lo que el Padre habría esperado. Padre, usted no vino hasta aquí para decirme solo eso, replicó. Lo conozco. Usted vino porque se está preguntando si puede hacer algo más, pero escúcheme, si intenta sacarme ahora, lo van a matar a usted también y a Tomás. Ellos no van a dejar testigos.
No se arriesgue en vano. El padre apretó los dientes. No puedo dejarte, murmuró. Claro que puede, contradijo Juana en tono casi suave. Para eso le di mis cuadernos, para que mi vida valiera algo, incluso si la pierdo. Lo supe desde que escribí la primera palabra. Esto iba a terminar conmigo muerta. No necesito que usted muera conmigo.
Necesito que usted viva para ir a Chilpancingo, para contar lo que nadie quiere oír, para entregar estos papeles a alguien que no le tenga miedo a don Teodoro. Juana, todavía hay tiempo, insistió el padre. Puedo intentar romper las rejas, cargarme por la barda, luchar con Jacinto, con los hombres de Salazar. No sea ingenuo, padre.
Usted no es un soldado, es un hombre de palabra. Use esa palabra para lo que sirve. Del otro lado de la pared, el padre apoyó la frente contra el adobe frío. Todo en él se revelaba ante la idea de retirarse. Pero Juana hablaba con la serenidad de quien ya cruzó ese puente. Sus palabras eran como una sentencia que no admitía recurso.
Tomás, empezó a decir el sacerdote, Tomás tiene algo que yo ya no tengo. Interrumpió Juana. tiempo, futuro. Usted va a cuidar que ese futuro no se pierda. Eso es más importante que mi vida. Ya viví bastante, ya vi demasiadas cosas. Él todavía no. Por favor, no me lo mate de buena fe. Hubo un silencio que pareció más largo de lo que era.
El canal seguía murmurando tras ellos ajeno. Juana, dijo por fin el Padre con la voz quebrada, prometo por Dios que haré todo lo posible para que lo que escribiste no se pierda, que los nombres que anotaste no queden limpios por el olvido. Pero te juro también que no dejaré de buscar justicia por ti. Puede que tarde años, puede que me cueste mi puesto, mi seguridad, pero no voy a callarme.
Juana soltó una leve risa que no era de alegría, sino de reconocimiento. Por eso le confié mis palabras, respondió, ahora váyase. Si lo encuentran aquí, todo se pierde. Uno de los hombres pasa cada tanto a ver si sigo amarrada. No tardan. El padre dudó un segundo más. Entonces, en un acto casi impulsivo, se subió a una piedra cercana, estiró el brazo lo más que pudo y rozó con la punta de los dedos la reja.
“¿Puedes alcanzar aquí?”, susurró. Se escuchó un movimiento dificultoso. Luego, unos dedos ásperos lastimados por las sogas, tocaron apenas el hierro del lado de adentro. No se tocaron piel con piel, pero fue suficiente, un contacto mínimo, simbólico. Que Dios te guarde, murmuró el padre. Escriba bien mi nombre, padre, respondió ella, Juana, nada más. Lo de Sor fueburla de ellos. Yo solo soy Juana.
El padre asintió, aunque ella no pudiera verlo. Se bajó de la piedra, retrocedió agachado hasta la barda posterior y se escabulló nuevamente hacia el lado del río. Del otro lado, Tomás lo esperaba con los ojos clavados en la oscuridad. ¿La vio?, preguntó antes siquiera de que el Padre terminara de cruzar.
Sí, respondió el sacerdote jadeando un poco por el esfuerzo. Está viva. Pero Tomás no necesitaba escuchar el resto de la frase. Lo leyó en su rostro. Apretó la capa entre sus puños hasta casi romper la tela. “¿No la va a sacar?”, preguntó con un tono que mezclaba acusación y súplica.
El padre lo miró directo a los ojos. Podría haberle mentido decirle que lo intentaría al día siguiente, que buscarían ayuda. Pero Juana acababa de pedirle lo contrario. No puedo sacarla sin condenarnos a los dos, dijo con brutal honestidad. Ella lo sabe y me ha pedido que me concentre en sacar esto. Tocó el pecho donde bajo la ropa llevaba los cuadernos.
No es la respuesta que quieres, Tomás. Lo sé, pero es la única que puede servir de algo a largo plazo. Tomás sintió una furia caliente subirle por el cuerpo. Quiso insultarlo, decirle cobarde, pero las palabras no salieron. En su lugar, las lágrimas le llenaron los ojos desenfocando las sombras. Entonces, ¿qué hago yo?, preguntó casi en un gemido. Me regreso a verla morir.
Te regresas para que ellos crean que no te has ido, replicó el Padre agarrándolo por los hombros. Y escuchas, observas, sobrevives. Lo que pase esta noche, Tomás, lo vas a recordar. Un día, cuando yo esté ante un juez o ante un periódico, puede que necesite que tú mismo hables, que digas, “Así pasó, así la mataron. Esa será tu venganza.
No es la que quieres, pero es la que puedes tener. El muchacho respiraba entrecortadamente. Era demasiado para un chico de 16 años, demasiado para cualquier edad quizá. Pero en las montañas de Guerrero, la infancia terminaba pronto. ¿Y usted qué va a hacer ahora?, preguntó limpiándose la cara con el dorso de la mano.
Voy a regresar al pueblo, a mi casa, como si nada, respondió el padre. Mañana al amanecer saldré de camino a Chilpancingo. Antes de tiempo, sí, pero con una excusa creíble. Diré que tengo que visitar a un enfermo grave en la capital o algo por el estilo. Llevaré tus cuadernos conmigo y empezaré una guerra que no sé si puedo ganar, pero la empezaré.
Tomás asintió con la cabeza, pero su cuerpo entero decía otra cosa. Decía que no aceptaba, que no se resignaba. y sin embargo no tenía alternativa. Se separaron en el punto donde el canal se desviaba hacia el monte. El padre regresó rumbo a San Miguel del Monte con el corazón más pesado que los cuadernos que cargaba.
Tomás, en cambio, hizo el camino inverso, trepó de nuevo la barda derrumbada, entró a la hacienda como un ladrón en su propia casa y se deslizó hasta su jacal sin ser visto. Se acostó quitarse la ropa y se quedó mirando el techo de palma sin dormir. A lo lejos, en algún lugar de la hacienda, creyó oír una vez un grito ahogado.
Podría haber sido el viento, podría haberlo sido. Al amanecer, el cuerpo de Juana apareció flotando en el canal de riego. La encontraron dos niñas que iban a lavar ropa río abajo. El agua la empujaba lentamente enredando su falda en unas raíces. Una de las niñas soltó un alarido que hizo eco en toda la ribera. Los hombres sacaron el cuerpo al barranco, cerca de un recodo del canal.
Tenía las muñecas en carne viva marcadas por sogas. Había moretones en los brazos, en el cuello. Un golpe seco en la 100. Indicaba que le habían pegado con algo duro. Pero lo que encendió murmullos entre los peones no fueron las marcas visibles, sino algo más. Los ojos de Juana estaban abiertos, fijos, como si no hubiera tenido tiempo de cerrarlos antes de que el agua la recibiera.
Jacinto fue uno de los primeros en llegar. Miró el cuerpo con expresión neutra, como quien revisa una bestia muerta. Resbaló. Dijo en voz alta para que todos escucharan, seguro vino a lavar o a sacar agua de madrugada y se cayó. Ya ven cómo está resbaloso el borde. Nadie dijo nada, pero muchos miraron casi al mismo tiempo hacia la casa principal, donde en lo alto del portal se recortaba la figura de don Teodoro, rígida, observando la escena como si fuera un caso más de accidente de trabajo. Tomás llegó corriendo,
empujando gente hasta que vio a su madre tendida en la orilla. Por un momento el mundo se redujo a esa imagen. La piel de Juana ya pálida, el cabello pegado al rostro, las manos hinchadas por el agua. Se lanzó hacia ella, pero Jacinto lo detuvo sujetándolo por los hombros. Ya no hay nada que hacer, chamaco, dijo el capataz. Tu mamá se fue, resígnate.
Dios sabe por qué hace las cosas. Tomás se revolvió. quiso golpearlo, pero otros dos hombres lo sujetaron. No querían que hiciera algo que lo condenara allí mismo. Una hora después, el juez Hugartellegó desde el pueblo llamado por protocolo. Miró el cuerpo, miró el canal, hizo algunas preguntas vagas. El Dr.
Montiel junto a él se inclinó, tocó la piel fría y dictó: “Muerte por ahogamiento, posible trauma craneal por golpe al caer. Nadie mencionó las marcas de Soga. Nadie preguntó qué hacía Juana Sola, descalza en el canal antes del amanecer. Nadie preguntó por qué la última en haberla visto había sido Jacinto la noche anterior.
El entierro fue al día siguiente en el pequeño cementerio detrás de la capilla de la hacienda, una fosa común más, una cruz de madera con el nombre Juana, escrito con cal. Tomás no lloró en el entierro, ya no le quedaban lágrimas. se quedó parado como una columna mientras el cura local, el viejo padre Abundio ya no estaba, pero el joven padre Cristóbal no había sido llamado.
Don Teodoro no permitió que fuera él quien oficiara. Decía unas palabras mecánicas. El sacerdote del pueblo, un hombre gris y cansado, habló de resignación, de aceptar la voluntad de Dios. Tomás sintió una furia oscura crecerle en el pecho. La voluntad de Dios pensó, no ata muñecas con soga ni lanza cuerpos a un canal. Eso tiene otros nombres.
Don Teodoro, Guillermo y Jacinto observaron a distancia. El ascendado mantenía ese rostro de piedra que había aprendido a usar desde joven. Guillermo, en cambio, parecía más tenso. Sus ojos se detenían de vez en cuando en Tomás. evaluándolo como se evalúa a un animal que puede volverse peligroso. Esa misma tarde, mientras el polvo recién echado sobre la fosa aún estaba suelto, el padre Cristóbal salía de San Miguel del Monte en dirección a Chilpancingo.
Llevaba envuelto en tela y atado bajo la sotana los dos cuadernos de Juana. no dijo a nadie su verdadero propósito. La versión oficial era que iba a atender un llamado del obispado. Se alejó de las montañas con el corazón dividido en dos. Una parte lo empujaba hacia adelante, hacia la ciudad, hacia las oficinas del gobernador, donde podría exponer los crímenes de la hacienda.
La otra parte se quedaba atrás en la tierra recién removida sobre el cuerpo de Juana en los ojos secos de Tomás. Sabía que el camino sería largo, no solo en distancia. Parte 6. Chilpancingo en 1871 era una ciudad en transición a medio camino entre la vida provinciana y la turbulencia política nacional. Las guerras de Reforma, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano, la restauración republicana, todo eso había dejado cicatrices visibles e invisibles.
Las calles eran una mezcla de polvo, casonas semiderruidas, oficinas recién pintadas con letreros oficiales, hombres de sombrero ancho discutiendo política en las esquinas. El padre Cristóbal llegó tras dos días de viaje en Mula. Cansado, con la espalda dolorida y las manos crispadas de tanto sujetar las riendas.
No había dormido bien en ninguna de las posadas de camino. Cada vez que cerraba los ojos, veía el almacén viejo, la ventana enrejada, la voz de Juana pidiéndole que se fuera. Al llegar a la ciudad, no fue directamente al palacio de gobierno. Sabía que irrumpir, sin preparación alguna, con acusaciones tan graves, era arriesgarse a que lo tomaran por loco o peor por agitador político.
En lugar de eso, buscó primero al vicario general de la diócesis, un hombre llamado Monseñor Hilario Castañeda, a quien conocía de vista de sus años de seminario. Monseñor Castañeda era un hombre obeso, de mejillas rosadas, que gustaba del chocolate espeso y de las conversaciones largas, pero que no era precisamente conocido por su valor frente al poder civil.
Sin embargo, era el canal legítimo dentro de la estructura eclesial. Saltárselo significaba enemistarse con la jerarquía desde el principio. El padre pidió audiencia, la obtuvo con relativa velocidad gracias a su condición de sacerdote en activo, y se sentó frente a la amplia mesa de madera, donde el monseñor revisaba papeles, sellos, cartas.
“Padre Belarde”, dijo Castañeda afable. “tenía entendido que usted estaba asignado a la zona de San Miguel del Monte. ¿A qué debo esta visita inesperada, monseñor?”, empezó el padre inclinando levemente la cabeza. “Vengo por un asunto grave, muy grave. Tiene que ver con la hacienda de San Cristóbal de los Arrayanes y con su propietario, don Teodoro Salazar.
El rostro del vicario se tensó apenas. El nombre no le era desconocido. Los Salazar eran una familia con peso económico y por extensión con influencia en círculos políticos y eclesiásticos. Le escucho”, dijo acomodándose en la silla. El padre Cristóbal respiró hondo, sacó el primer cuaderno de debajo de su sotana y lo colocó sobre la mesa.
“Monseñor, lo que voy a contarle no es chisme ni rumor, es testimonio escrito año tras año por una mujer de la hacienda que fue testigo directa de los abusos, las violencias, los crímenes que ahí se cometen. Su nombre era Juana. Hace tres días apareció muerta en el canal de riego.
Oficialmente fueahogamiento accidental, pero yo sé, y estos cuadernos prueban que la mataron por lo que escribió el monseñor. Miró el cuaderno como si fuera algo sucio que alguien había puesto sobre su mantel. Lo tocó con un dedo con delicadeza. Una peona que escribe diarios dijo escéptico. Suena poco común. Lo era, afirmó el padre. El antiguo cura de la hacienda le enseñó a leer y escribir.
Ella documentó durante años lo que veía: golpizas, violaciones, asesinatos, incluido el de lagrimensor Amadeo Cortés, enviado del gobierno, que oficialmente fue víctima de bandidos. Aquí abrió el cuaderno en una página marcada. Está detallado cómo fue en realidad. Monseñor Castañeda comenzó a leer. Al principio sus ojos pasaban por las líneas con una condescendencia distraída, pero conforme avanzaba, su expresión cambió. La ceja se le frunció.
La mano dejó de sostener tan suavemente el papel. Pasó a la siguiente página, luego a otra. El silencio en la habitación se volvió espeso. ¿Cuántos de estos cuadernos tiene?, preguntó finalmente sin levantar la vista. “Dos, respondió el padre, seis fueron escritos. Uno fue encontrado por el hijo de don Teodoro.
Otro está todavía oculto o quizá ya destruido. Estos dos tocó la tela donde estaba envuelto el segundo. Cubrían el último año y parte de los anteriores. Contienen suficientes detalles como para abrir una investigación seria. El monseñor cerró el cuaderno con cuidado, como quien cierra una herida que aún supura. Padre Belarde, dijo con un suspiro, esto que me trae es dinamita.
No solo son acusaciones graves contra un ascendado con recursos, son también acusaciones contra autoridades civiles de la región, juez, médico, quizá hasta policías. Meterse en esto es complicado. Lo sé, replicó el padre. Pero una mujer ha muerto por esto y no es la primera ni será la última si no se hace algo. Usted me ordenó en su diócesis para que atendiera almas, para que denunciara el pecado, para que defendiera al débil.
Eso intento hacer. No puedo volver a San Miguel del Monte y seguir dando misa como si nada. sabiendo lo que sé. El monseñor se recargó en el respaldo, mirando al techo como buscando ahí una respuesta que no llegaba. tenía en su cabeza la lista de donaciones que la familia Salazar hacía a la iglesia, las veces que don Teodoro había financiado reparaciones a capillas, fiestas patronales.
Tenía también, aunque no lo dijera, el miedo muy humano a enfrentarse a un hombre con conexiones en el gobierno local. “Permítame hablar con el señor gobernador”, dijo finalmente. “No podemos movernos solo desde la iglesia. Esto involucra asuntos civiles, asesinatos, corrupción de funcionarios. Si el gobernador está dispuesto a abrir una investigación formal, estos cuadernos serán una prueba importante.
¿Y si no está dispuesto?, preguntó el padre. El monseñor lo miró conociendo el trasfondo de esa pregunta. Entonces, padre, tendrá que decidir qué tanto está dispuesto usted mismo a exponerse, respondió sin rodeos. Podría ir a la prensa, podría hacer una denuncia pública, pero eso le ganaría enemigos poderosos, no solo a usted, también a la diócesis.
No tomaré esa ruta a la ligera. El padre apretó la mandíbula. No era la respuesta que quería, pero al menos no era un rechazo absoluto. ¿Cuánto tiempo tomará esto?, insistió. Unos días, dijo el monseñor, mientras tanto, sería mejor que usted no regrese a San Miguel del Monte. Diga que está en retiro espiritual preparando ejercicios.
No queremos que Salazar sospeche que se está moviendo algo en su contra antes de tener un plan claro. El Padre asintió, se levantó, inclinó la cabeza y salió de la oficina con una sensación ambigua. Había dado un paso importante, sí, pero ahora quedaba atrapado en el pantano de las burocracias y los miedos institucionales.
Mientras tanto, en San Cristóbal de los Arrayanes la vida seguía, o eso intentaban. Tomás se convirtió en una sombra en la hacienda. Trabajaba cuando se lo ordenaban. Respondía lo mínimo indispensable. evitaba cualquier contacto innecesario. En las noches se quedaba sentado frente al jacal, mirando hacia el canal donde habían encontrado a su madre.
Los demás peones lo miraban con una mezcla de lástima y cautela. Sabían que un muchacho en esa situación podía volverse imprudente, y la imprudencia, con patrones como los Salazar se pagaba caro. Jacinto no dejó de vigilarlo. Tenía órdenes de don Teodoro. Si ves que el chamaco se sale del huacal, mételo en cintura.
No quiero héroes en mi hacienda. Guillermo, en cambio, mantenía una distancia calculada. observaba de lejos analizando. Había algo en Tomás que le recordaba en forma retorcida a sí mismo, esa mezcla de rabia contenida e inteligencia silenciosa. Sabía que ese tipo de resentimiento podía volverse con los años más peligroso que cualquier arma.
Una noche, unas semanas después de la muerte de Juana, Guillermo se acercó aljacal del muchacho, lo encontró sentado en la entrada mirando la oscuridad. Tomás, dijo cruzándose de brazos. El joven levantó la vista desconfiado. No respondió. Necesito hablar contigo continuó Guillermo.
No como tu patrón, sino como alguien que entiende lo que es perder a un padre. Yo también lo perdí, joven. Sé lo que se siente. Tomás apretó los dientes. Mi mamá no se cayó al canal, dijo sin rodeos. Usted lo sabe. Guillermo sostuvo su mirada. Ese era un muchacho que ya no tenía nada que perder, pensó. Lo que yo sepa o deje de saber, no cambia las cosas, respondió.
Lo que sí puede cambiarlas es lo que tú decidas hacer con tu vida a partir de ahora. ¿Y qué cree que voy a hacer? Escupió Tomás. Dar las gracias, seguir trabajando como si nada, dejar que las cosas sigan igual. Puedes hacer eso dijo Guillermo encogiéndose de hombros. O puedes largarte de aquí en cuanto tengas oportunidad, buscar trabajo en otra hacienda, en otra región, irte a la costa, a la ciudad.
Este valle no es el único lugar en el mundo. Tomás lo miró como si hubiera dicho una tontería monumental. No puedo irme, replicó. Tengo deudas, las de mi mamá, las mías. Usted sabe cómo funciona esto. No soy libre. Soy de la hacienda. Las deudas se pueden negociar, respondió Guillermo. Si trabajas bien, si no causas problemas, si demuestras lealtad, con el tiempo se pueden perdonar.
Tomás soltó una risa amarga. Lealtad, repitió, ¿a quién? ¿A su padre? ¿A Jacinto? ¿A usted? Guillermo se agachó un poco quedando a la altura de él. Te lo diré claro, Tomás. Yo no me hago ilusiones sobre lo que se ha hecho en esta hacienda. No soy ciego, pero tampoco soy mi padre. Él cree que el mundo se sostiene a punta de miedo.
Yo sé que eso no dura para siempre. Se avecinan cambios, aunque a él no le guste. El gobierno no siempre va a estar tan distraído. Los periódicos comienzan a hablar de abusos, de peonaje, de reformas. Tarde o temprano, lo que hacemos aquí será juzgado. Y yo prefiero tener cerca a gente que, aunque me odie, entienda que es mejor estar vivo cuando venga ese juicio.
Tomás se quedó callado, no porque estuviera de acuerdo, sino porque estaba procesando la idea de que uno de los Salazar hablara de juicio y cambio. ¿Qué quiere de mí?, preguntó finalmente, “Que no te mates solo por orgullo”, respondió Guillermo con franqueza, “Que no te lances contra Jacinto, contra mi padre, con un machete o una piedra, perderías y sería una muerte inútil.
Si de verdad quieres que tu mamá no haya muerto en vano, sobrevive, aprende, escucha, espera el momento en que valga la pena arriesgarse.” “¿Y cuándo va a ser ese momento?”, insistió Tomás. Guillermo se incorporó. Cuando alguien de afuera golpee la puerta, dijo, “y créeme, muchacho, alguien golpeará. No sé si será el gobierno, un juez justo, un periodista o ese cura testarudo que tanto me molesta, pero alguien vendrá y ese día gente como tú tendrá que decidir de qué lado está.
” dejó esa frase flotando como un desafío y se fue. El tiempo comenzó a pasar, años no días. En Chilpancingo, el expediente contra los Salazar se movía lentamente, como casi todo en la burocracia de la época. El gobernador recibió al monseñor Castañeda, leyó extractos de los cuadernos, frunció el seño, habló de lo delicado del tema, de la necesidad de corroborar testimonios, de no enemistarse gratuitamente con los asendados que sostenían la economía regional.
Se nombró a un visitador para que en teoría investigara la hacienda de San Cristóbal de los Arrayanes. El visitador, un licenciado de mediana edad, acostumbrado a moverse entre favores y promesas, tardó casi un año en presentarse en la zona. Cuando al fin lo hizo, anunció su llegada con antelación. Se hospedó en la casa de un amigo de los Salazar.
Fue agasajado en una cena abundante en la hacienda. recorrió los campos, habló con peones seleccionados por Jacinto que sabían exactamente qué decir. El padre Cristóbal, que había regresado a la región tiempo atrás, pero que ahora estaba mal visto por muchos, no fue invitado a esa inspección. Sus intentos, por acercarse al visitador fueron bloqueados.
Sus cartas a la diócesis, preguntando por el avance del caso, recibieron respuestas vagas, pero no todo era estancamiento. Los cuadernos de Juana, o al menos copias de ellos, habían llegado a manos de un periodista en la Ciudad de México gracias a un amigo del Monseñor que trabajaba en un pequeño periódico liberal.
En 1873 apareció en un diario capitalino una serie de artículos firmados con seudónimo sobre los horrores del peonaje en las montañas del sur. No mencionaban por nombre a San Cristóbal de los Arrayanes, pero describían con claridad sistemas de abuso muy similares. Hablaban de una mujer peona que había escrito un diario, de un agrimensor asesinado, de un cura que había intentado denunciarlo.
Los artículos no llevaron de inmediato a una revoluciónni a una intervención militar, pero despertaron cierta indignación en círculos ilustrados. Se discutió en cafés, se leyeron en tertulias. Algunos diputados liberales, sensibilizados por el tema, comenzaron a hablar de nuevas leyes para limitar el peonaje. En Guerrero, la noticia de los artículos llegó distorsionada y tarde, pero llegó.
Guillermo consiguió un ejemplar del periódico semanas después de su publicación. Lo leyó en su despacho, solo reconociendo entre líneas la historia de su propia casa. se quedó mirando un buen rato la frase, “Una mujer sin apellido, a quien todos llamaban simplemente Juana, dejó escrito el testimonio más implacable que se conserva sobre la esclavitud disfrazada de deudas en nuestro país.
Por primera vez aquel nombre, Juana estaba impreso, aunque fuera sin apellidos, aunque fuera sin detalles específicos, más allá del valle donde ella había vivido y muerto. Por primera vez, alguien fuera de aquellas montañas sabía que había existido. Guillermo guardó el periódico en un cajón que nunca dejaba que Jacinto tocara.
Era un gesto pequeño, pero en su mente se convirtió en una forma mínima de reconocer algo, que lo que habían hecho no sería enterrado para siempre bajo canales y actas falsas. Tomás, por su parte, siguió viviendo en la hacienda, creció, se volvió hombre. Nunca aprendió a leer en papel, pero se convirtió en un lector experto de gestos, de silencios, de rumores.
Sabía cuando Jacinto estaba más nervioso que de costumbre, cuando Guillermo presionaba a su padre para hacer cambios, cuando los hombres del gobierno venían y hablaban en voz baja en el despacho. Una tarde de 1875, el padre Cristóbal lo llamó a la sacristía de la pequeña iglesia del pueblo.
Tomás tenía ya más de 20 años, el rostro endurecido, las manos grandes por el trabajo. Sus ojos, sin embargo, seguían teniendo la intensidad del adolescente que había corrido de noche con un cuaderno fajado al pecho. “Tomás, dijo el padre, quiero que veas algo.” sacó de una caja forrada en tela un ejemplar amarillento del periódico capitalino.
Este artículo se publicó hace 2 años, no sé si alguien te lo leyó. Tomás negó con la cabeza. Si quieres te lo leo ofreció el sacerdote. Tomás asintió con un nudo en la garganta que no esperaba. Se sentó en una banca mientras el padre abría el periódico y comenzaba a leer en voz alta. Las palabras describían cosas que él había visto, olores que conocía, voces que había oído.
Pero dicha así en lenguaje de ciudad, la historia parecía otra, casi legendaria. Cuando el padre llegó al fragmento que hablaba de una mujer sin apellido llamada simplemente Juana, la voz se le quebró. Tomás bajó la cabeza apretando los puños. Las lágrimas que no habían salido en el entierro comenzaron a caer ahora, años después, al escuchar cómo la historia de su madre salía de la boca de un hombre de letras registrada en tinta.
“No dice su apellido”, murmuró Tomás cuando el padre terminó. “Ni que yo existo, ni que usted estuvo esa noche en el canal.” No, concedió el sacerdote, pero dice lo esencial, que lo que ella vio no se perdió, que alguien en la capital sabe que en estos valles se mata y se explota. Falta mucho, pero es un comienzo. Tomás levantó la vista.
¿Y de qué sirve un comienzo?, preguntó. Mi mamá sigue muerta. Jacinto sigue golpeando a quien quiere. Don Teodoro sigue cobrando deudas que no se acaban. ¿Qué cambia? El padre se quedó pensando sin buscar consuelo fácil. “Te diré algo que quizá no te guste,”, respondió al final. “Hay cambios que uno no ve en vida.
” Juana no escribió para ver un resultado inmediato. Escribió porque no soportaba que nadie supiera. Ahora alguien sabe. Tal vez mis superiores no hicieron lo suficiente. Tal vez yo tampoco. Pero esos papeles están ahí afuera, no se pueden desescribir. Tomás respiró hondo. Había una parte de él que quería agarrarse de esa idea como de una tabla en medio del mar.
Otra parte quería arrojarla al fuego por insuficiente. Ambas partes convivían en el mismo pecho. “¿Guardó usted los cuadernos?”, preguntó de pronto. “Los originales.” El padre asintió. “Los originales están en lugar seguro”, dijo. “Los leyeron aquí. Hicieron copias parciales para no exponer a la diócesis directamente, pero yo me quedé con ellos.
No confío en que otras manos los valoren como se debe. Y puedo ver uno pidió Tomás con una osadía nueva, solo tocarlo. El sacerdote dudó apenas. Luego abrió otra caja más pequeña forrada con un paño blanco. Sacó el cuaderno menos dañado, el que cubría los años previos al asesinato de lagrimensor. Lo puso sobre la mesa.
Tomás lo miró como se mira un relicario. No podía leer las palabras, pero reconocía la letra de su madre, esa forma particular de apretar los trazos, de inclinar apenas la pluma. Pon la mano aquí”, sugirió el padre apoyando su propia palma sobre la tapa. No necesitas leer para entender que estoes parte de tu historia.
Tomás posó la mano sobre el cuaderno. Sus dedos callosos contrastaban con la suavidad del cartón. se quedaron un momento en silencio. “Un día, dijo Tomás sin despegar la mano, cuando mis hijos o mis nietos me pregunten por la abuela que no conocieron, les diré esto, que no se cayó, que escribió, que por eso la mataron, que por eso su nombre salió en un periódico.
No es justicia, pero es algo.” El padre asintió sintiendo en esas palabras algo que se parecía a la esperanza, aunque fuera pequeña y tosca. Los años siguieron su marcha. La hacienda de San Cristóbal de los Arrayanes no cayó en un día ni en un escándalo. Se fue erosionando. Las leyes cambiaron lentamente. El peonaje comenzó a ser cuestionado no solo en discursos, sino en decretos.
Las sequías de finales de los 70 golpearon la producción. Los Salazar, como tantas familias de terratenientes, tuvieron que adaptarse o quebrar. Don Teodoro murió a mediados de la década de 1880 de una fiebre súbita, rodeado de contables y papeles. Nunca fue juzgado por ninguno de los crímenes que Juana había asentado en sus cuadernos.
Para muchos en la región murió como había vivido, patrón fuerte, hombre respetado y temido. Guillermo heredó la hacienda, pero no el mismo poder absoluto. Los tiempos habían cambiado. Había más ojos sobre el campo, más rumores, más discursos desde la capital sobre modernización y derechos. Guillermo, que había leído una y otra vez aquel viejo artículo de periódico, tomó decisiones que su padre habría considerado cobardes.
Poco a poco redujo las deudas artificiales, permitió que algunas familias se fueran sin perseguirlas. Suscribió contratos más claros. No lo hizo por bondad pura, lo hizo porque entendió mejor que su padre que el mundo viejo había empezado a resquebrajarse. Jacinto, en cambio, no cambió. Siguió siendo el mismo hombre de puño rápido y mente simple, hasta que una noche de 1882, borracho, intentó abusar de la hija de un peón.
El hombre harto lo enfrentó con un cuchillo. No fue un acto heroico planeado, fue un estallido. Jacinto murió de sangrado en el patio sin confesar nada a nadie. Tomás estuvo allí, lo vio caer. No sintió alegría pura ni alivio completo. Sintió, más bien como si un capítulo se cerrara. Uno de los nombres más oscuros del cuaderno de su madre se había borrado de la tierra, aunque no del papel.
El padre Cristóbal envejeció en la región. Nunca llegó a obispo ni a cargos altos. Para muchos, en la diócesis era ese cura problemático que se había metido con un asendado y había causado dolores de cabeza. Para otros era el único que había intentado hacer algo. Siguió predicando sobre justicia, sobre el valor del testimonio.
De vez en cuando sacaba los cuadernos de Juana y leía fragmentos a jóvenes sacerdotes como recordatorio de lo que significaba realmente cuidar a los pobres. A finales del siglo XIX, un historiador aficionado de Chilpancingo, curioso por los artículos de los años 70 sobre el peonaje, buscó al viejo sacerdote para pedirle detalles.
El padre, ya cansado, pero lúcido, le mostró los cuadernos. El historiador los copió, los estudió, los citó en una obra que casi nadie leyó en ese momento, pero que décadas más tarde sería rescatada por investigadores de la revolución. Fue en ese proceso ya entrado el siglo XX, cuando alguien por fin escribió el nombre completo en una nota a pie de página, Juana López, apodada Sorjuana por los peones de la Hacienda, autora de un diario en el que se consignan de primera mano abusos del sistema de peonaje en Guerrero, circa 18651871,
Juana López, un nombre Y debajo una frase del historiador, “Su diario, que nadie se atrevió a quemar a pesar del peligro que representaba, constituye uno de los testimonios más valiosos sobre la violencia rural en el México del siglo XIX. Nadie en San Cristóbal de los Arrayanes” leyó esa nota en su momento.
La hacienda ya había cambiado de manos. Los Salazar habían perdido parte de sus tierras. Muchas familias se habían dispersado, pero la existencia de esa frase significaba algo que Juana, en su jacal iluminado por velas robadas, quizá había esperado sin atreverse a creerlo, que sus palabras no morirían con ella. En el valle, la historia de la juana que escribía se volvió leyenda oral.
Los viejos la contaban a los niños junto al fuego. La mujer que sabía letras, que anotaba todo, que por eso la tiraron al canal. Algunos detalles se deformaban, otros se añadían, le atribuían discursos que quizá nunca pronunció. La llamaban la juana, que quiso ser como la monja poeta o la esclava que le escribió al gobierno.
Pero en el fondo el núcleo se mantenía. Alguien alguna vez se había atrevido a poner por escrito lo que todos veían y callaban. Tomás, ya viejo, con los cabellos blancos y la piel surcada, se convirtió en uno de los guardianes de esa historia. No aprendió a leer, pero memorizó párrafos enterosque el padre Cristóbal le había leído de los cuadernos.
los repetía casi palabra por palabra, como si fueran oraciones. Cuando sus nietos le preguntaban si de verdad su abuela había sido famosa, él sonreía de lado. No fue famosa como esas gentes que salen en los periódicos todos los días, respondía, pero en un cuaderno viejo, en una ciudad lejos de aquí, su nombre está escrito.
Y eso para alguien como ella, que nació sin papeles y sin más apellido que el de nadie, es mucho decir. En 1910, cuando estalló la Revolución Mexicana, muchos jóvenes de la región se levantaron contra haciendas y caciques. Algunos de ellos habían crecido escuchando la historia de Juana. La repetían en fogatas, en campamentos, como ejemplo de que la injusticia no era nueva y de que el coraje podía adoptar formas distintas, a veces un rifle, a veces una pluma.
Un joven maestro rural ya en los años 20 consiguió por accidente un ejemplar de aquel viejo libro de historiador donde se citaba el diario de Juana López. Lo leyó fascinado. Decidió entonces incorporar un fragmento adaptado de ese testimonio en sus clases de historia local. Convirtió a Juana en ejemplo de sujeto histórico popular, aunque él no usaba esos términos.
Para sus alumnos, ella era simplemente la mujer que escribió lo que nadie se atrevía a decir. Así, de boca en boca, de cuaderno en cuaderno, de aula en aula, la historia de Juana pasó a formar parte de la memoria subterránea de Guerrero. No era una estatua en una plaza ni una calle con su nombre. Era algo más discreto y quizás más duradero.
Una voz que regresaba cada vez que alguien hablaba de peones, de haciendas, de abusos. El canal donde la encontraron fue entubado décadas después. La hacienda se fragmentó en parcelas como tantas otras producto de repartos agrarios. Las columnas del almacén viejo se vinieron abajo, pero bajo esas ruinas, en papeles ya frágiles, en copias cada vez más borrosas, seguían sus palabras.
19 de septiembre de 1871. El licenciado Amadeo Cortés fue asesinado en el camino por Jacinto Rosas, siguiendo órdenes directas de don Teodoro Salazar. Lo que ella escribió con miedo, con rabia, con precisión de testigo. Siguió ahí terco, como una daga que nadie había podido desclavar del todo del cuerpo de la historia.
En la sierra de Guerrero se dice aún en voz baja casi como un rezo laico, que las cosas comienzan a cambiar de verdad el día en que alguien se atreve a escribir lo que todos saben pero nadie quiere leer. Y que en 1871 una esclava sin apellido lo hizo primero en un diario que nadie, ni siquiera sus asesinos, se atrevió a quemar.















