Cuando Cantinflas terminó de filmar El analfabeto en 1961, sabía que acababa de crear algo peligroso. No era una comedia más, era una bomba, una película tan brutal, tan honesta, tan devastadora en su crítica al sistema educativo mexicano que el gobierno hizo todo lo posible por enterrarla.
Pero lo que nadie esperaba era que Cantinflas hubiera filmado una segunda versión, una versión secreta. una versión tan explosiva que permaneció oculta durante 32 años y cuando finalmente se descubrió. Bueno, eso cambió la historia del cine mexicano para siempre. Enero de 1961, Cantinflas estaba en su estudio casero, rodeado de papeles, guiones rechazados, cigarrillos a medio fumar.
Llevaba tres semanas intentando escribir su próxima película. Su productor, Santiago Reachi, entró con dos cafés. Mario, los estudios están presionando. Necesitan el guion. Necesitan saber de qué va a tratar la próxima. Cantinflas no levantó la vista. Ya sé de qué va a tratar. Y del analfabetismo en México.
Santiago casi escupe el café. ¿Qué? Lo que escuchaste, una película sobre un hombre que no sabe leer ni escribir. Sobre cómo el sistema educativo mexicano ha fallado a millones. Sobre cómo el gobierno presume de progreso mientras el 60% del país es analfabeta. Santiago se sentó lentamente. Mario, eso es político, muy político.
Los estudios no van a aprobar eso. El gobierno no va a permitirlo. Por eso lo vamos a hacer. ¿Estás loco? ¿Te van a censurar o peor? Cantinflas finalmente levantó la vista. Sus ojos tenían esa mirada. Esa mirada que Santiago conocía bien, la mirada que significaba que no había manera de hacerlo cambiar de opinión.
Santiago, ¿sabes cuántas cartas recibo cada semana? No sé, cientos. Mailes. ¿Y sabes qué dicen la mayoría? Cantinflas. Mi padre nunca aprendió a leer. Se avergüenza. Se siente menos que humano. Oh, Cantinflas. Mi madre tiene 50 años y no sabe escribir su nombre. Llora cuando tiene que firmar con una X. Se levantó, caminó hacia la ventana.
Tenemos un país donde millones de personas viven en la sombra del analfabetismo, donde no pueden conseguir trabajo porque no saben leer, donde los estafan porque no pueden leer contratos, donde viven con vergüenza, con humillación, con el sentimiento de ser invisibles. Se volteó hacia Santiago y el gobierno hace como que no existe.
Construyen monumentos, hacen desfiles, presumen el milagro mexicano, mientras millones de mexicanos no pueden leer un periódico. Entiendo tu pasión, Mario, pero esto puede destruir tu carrera. Mi carrera no vale nada si no la uso para algo que importa. Santiago suspiró. Conocía esa terquedad. Había trabajado con Cantinflas suficientes años para saber que cuando tomaba una decisión no había vuelta atrás.
Está bien, hagámoslo. Pero tiene que ser inteligente, tiene que ser cantinflas, comedia con mensaje, no sermón. Exacto. Vamos a hacerlos reír tanto que no se den cuenta de que estamos llorando por dentro. Pasaron dos meses escribiendo el guion. La historia era simple, pero devastadora. Inocencio, un hombre adulto que nunca aprendió a leer, llega a la ciudad buscando trabajo.
Enfrenta humillación tras humillación. Es engañado, robado, ridiculizado, todo porque no puede leer. Pero en lugar de ser deprimente, el guion era hilarante. Las situaciones absurdas del analfabetismo se convertían en comedia física brillante. Cantinflas haría lo que mejor sabía hacer, hacer reír mientras partía corazones.
Presentaron el guion a los estudios en marzo. La respuesta fue inmediata. No, no. preguntó Santiago incrédulo. Ni siquiera van a leerlo completo. El ejecutivo del estudio, un hombre llamado Ernesto Alonso, cerró el guion. No necesito leerlo completo. Ya sé de qué va. Y les voy a decir algo, esto no se va a hacer.
No en este estudio, no en ningún estudio en México. ¿Por qué? Exigió Cantinflas. Porque el gobierno nos llamó. Nos dijeron muy claramente que cualquier película que difame el progreso educativo de México no recibirá permisos de filmación y sin permisos no hay película. Eso es censura. Llámalo como quieras. Es la realidad. Cantinfla separó.
Y si lo hacemos independientes, sin estudio, con mi propio dinero. Alonso sonríó con condescendencia. con tu propio dinero. Mario, una película cuesta medio millón de pesos. Tienes medio millón de pesos guardados. Los conseguiré bien, pero te advierto, aunque la hagas, ningún cine la exhibirá.
El gobierno controla las licencias de exhibición. Una palabra de ellos y tu película se queda en una lata oxidándose. Salieron del estudio derrotados, pero no rendidos. En el coche de vuelta, Santiago preguntó, “¿Realmente tienes medio millón de pesos?” No, entonces voy a conseguirlos. Aunque tenga que vender mi casa, aunque tenga que hipotecar todo, esta película se va a hacer.
Mario, piensa en Valentina, en tu hijo. Si pierdes todo. Si no hago esta película, ya lo perdí todo, porque habré perdidomi razón de ser. Llegaron a casa. Valentina lo esperaba en la sala, una mirada a su cara y supo que las noticias eran malas. Rechazaron el guion. El gobierno presionó a los estudios.
No la quieren hacer. Valentina cerró los ojos. Mario, tal vez es una señal. Tal vez deberíamos hacer algo más seguro. Otra comedia ligera, algo que no cause problemas. Vale, no puedo hacer eso. No, esta vez se arrodilló frente a ella. tomó sus manos. ¿Recuerdas a mi madre? ¿Recuerdas cómo lloraba cada vez que tenía que firmar documentos con una X? ¿Recuerdas la vergüenza en sus ojos?” Valentina asintió, lágrimas formándose.
Ella nunca aprendió a leer, mi padre tampoco. Crecieron en Tepito, donde la escuela era un lujo que no podían pagar y vivieron toda su vida sintiéndose menos, sintiéndose invisibles, sintiéndose tontos cuando eran brillantes. Su voz se quebró. Hago esta película por ellos, por todos los ellos, por los millones que viven con esa vergüenza silenciosa, por los que firman con X y mueren un poquito por dentro cada vez. Valentina lo abrazó.
Entonces hazla. Vende lo que tengas que vender. Yo te apoyo siempre. A la mañana siguiente, Cantinflas hipotecó su casa, vendió dos de sus coches, pidió préstamos a amigos. En tres semanas había juntado 600,000 pesos, más que suficiente para hacer la película, pero no suficiente para lo que vendría después.
Porque mientras Cantinflas reunía dinero y empezaba a filmar en secreto, el gobierno mexicano estaba planeando algo, algo que no solo destruiría la película, sino que intentaría destruir a Cantinflas mismo. Y el hombre detrás del plan era alguien que Cantinflas consideraba amigo, o al menos eso creía. Abril de 1961. En un estudio pequeño en las afueras de la Ciudad de México, Cantinflas comenzó a filmar el analfabeto en secreto.
No fue fácil. Tenía que filmar de noche para evitar inspectores del gobierno. Tenía que pagar al equipo en efectivo para que no hubiera registros. Tenía que rodar escenas de ciudad escondidas, pretendiendo que era documental. Era como hacer una película de resistencia. como ser un guerrillero del cine. El director Miguel M.
Delgado estaba nervioso. Mario, si nos cachan, nos cierran todo. Pueden arrestarnos por filmación sin permisos. Que lo intenten. Mientras tanto, seguimos filmando. La película tomaba forma y era brillante. La escena de la oficina de empleos donde Inocencio no puede llenar la solicitud. La humillación mezclada con humor físico.
El público iba a reír y luego iba a sentirse culpable por reír. La escena del restaurante donde no puede leer el menú. Pide lo que todos piden y le traen el platillo más caro y larante y devastador. La escena del banco donde firma un préstamo sin poder leer las letras pequeñas termina debiendo 10 veces más de lo que pensaba. cómico y trágico.
Cada escena era una obra maestra de equilibrio, risa y llanto, humor y dolor. Pero había una escena, una escena que Santiago insistía en que no filmaran. Es demasiado Mario, es demasiado directo. Es un ataque frontal al gobierno. Era la escena del discurso político. Inocencio asiste a un meeting donde un político promete educación para todos.
Pero cuando Inocencio pide ayuda para aprender a leer, el político lo ignora. Sus asistentes lo sacan del miting. La escena terminaba con inocencio mirando un cartel que dice, “Vota por el progreso, pero él no puede leerlo. Esta escena es suicidio profesional”, advirtió Santiago. Entonces que sea mi suicidio, pero va en la película.
La filmaron completa sin censura. Mayo de 1961. Terminaron de filmar 4 semanas de trabajo secreto, clandestino, ilegal. Ahora venía la parte difícil, editar y conseguir distribución. Pero entonces pasó algo. Un día, mientras editaban en el estudio, llegó un visitante inesperado, Jaime Torres Bodet, el secretario de educación pública de México.
Todos en el estudio se congelaron. Este era el hombre con poder para destruir la película con una llamada telefónica. “Señor secretario, saludó Cantinflas tratando de sonar calmado. ¿Qué lo trae por acá?” Torres Bodet era un hombre culto, un intelectual, un poeta. No era el típico político burócrata. Me enteré de su película Cantinflas, sobre el analfabetismo.
Ah, sí. Y quiero verla. Verla completa ahora. antes de que la termine de editar. Era una orden, no una petición. Santiago susurró, “No podemos negarnos. Si nos negamos, sospechará que es peor de lo que cree.” No tenían opción. Prepararon la sala de proyección. Torres Bodet se sentó solo en el centro. Apagaron las luces. Comenzó la película.
Cantinflas no podía quedarse adentro. salió al pasillo fumando nerviosamente. “Nos va a destruir”, murmuró Santiago. “Va a salir furioso y van a hacer que arresten a todos.” “O tal vez”, dijo Cantinflas, “tal vez es diferente. Tal vez realmente le importa la educación. Eres demasiado optimista.
Soy demasiado desesperado.” 90 minutos después, lapuerta de la sala de proyección se abrió. Torres Bodet salió. Su cara no mostraba emoción. Caminó directamente hacia Cantinflas y entonces hizo algo inesperado. Extendió su mano. Señor Moreno, esa es la película más importante que he visto en mi vida. Cantinflas no podía creerlo. Perdón.
Llevo 5 años como secretario de educación. 5 años peleando por más presupuesto, más escuelas, más maestros. y el presidente, los otros secretarios, el Congreso, todos me dicen que el analfabetismo no es prioridad, que hay cosas más importantes. Sus ojos se humedecieron, pero usted en 90 minutos mostró mejor que 1000 reportes lo que el analfabetismo le hace a una persona.
La humillación, la impotencia, la invisibilidad. Tomó las manos de Cantinflas. Esta película puede cambiar México, puede hacer que la gente vea lo que yo he estado tratando de hacerles ver por años. Entonces, no va a censurarla. Censurarla. Voy a promoverla. Voy a hacer que se proyecte en escuelas. Voy a usarla en la campaña de alfabetización que estoy lanzando.
Era demasiado bueno para ser verdad, señor secretario, pero el presidente, otros ministros dijeron que cualquier película que critique al gobierno. Que se jodan. El shock fue total. Un secretario de estado diciendo groserías. Torres Bodet sonrió al ver sus caras. ¿Qué? ¿Pensaban que los políticos no decimos groserías? Solo que usualmente las decimos en privado, pero esta vez lo digo en serio, que se jodan.
Esta película es más importante que sus egos políticos. Se dio la vuelta para irse, luego se detuvo. Una cosa más, Cantinflas. Hay una escena, la del discurso político, donde el político ignora a Inocencio. Sí, sáquela. El corazón de Cantinfla se hundió. Ahí estaba la censura. Pero esa escena es crucial para Sáquela de la versión que vamos a distribuir públicamente. Versión pública.
Torres Bodet sonrió misteriosamente. Haga dos versiones. Una versión pública sin esa escena. Esa la puedo defender, esa puedo pelear para que se distribuya. Hizo una pausa y una versión privada con todo, con la escena del político, con todo lo que quiera decir. Guarde esa versión en algún lugar seguro para cuando México esté listo para verla.
¿Y cuándo será eso? No lo sé. 10 años, 20, 30. Pero algún día este país estará listo para ver la verdad completa y cuando ese día llegue su película estará esperando. Se fue. Cantinflas y Santiago se quedaron ahí. Boqui abiertos. Acabamos de conseguir un aliado en el gobierno”, preguntó Santiago incrédulamente.
“Creo que sí, aunque nos pidió autocensura, pero inteligente. Dos versiones, una que podemos distribuir, otra que preserva tu visión completa.” Cantinflas asintió lentamente. “Hagámoslo.” Pero Torres Bodet no les dijo algo, algo crucial. Otros miembros del gabinete ya sabían de la película y estaban furiosos. Y uno de ellos, el secretario de Gobernación, había jurado destruir no solo la película, sino a Cantinflas mismo, y su plan ya estaba en marcha. Junio de 1961.
El analfabeto fue editada en dos versiones, tal como pidió Torres Bodet. La versión A para distribución pública. Sin la escena del político, más segura. La versión B, completa sin censura, guardada en la bóveda de Cantinflas. Prepararon el estreno para julio. Los cines aceptaron proyectarla con el respaldo del secretario de educación.
Todo parecía ir bien, demasiado bien. Una semana antes del estreno, Cantinflas recibió una llamada a las 3 de la mañana. Bueno, Cantinflas, soy Jaime Torres Bodet. Tenemos un problema. ¿Qué pasó? El secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, acaba de emitir una orden. Ningún cine puede proyectar tu película.
Dice que promueve desorden social y que difama al gobierno. ¿Qué? Pero usted dijo, “Lo sé lo que dije, pero Díaz Ordaz tiene más poder que yo y odia tu película. La vio sin mi permiso y enloqueció. ¿Y ahora qué hacemos? pelear. Mañana hay reunión de gabinete. Voy a defenderla frente al presidente, pero necesito que entiendas. Díaz Ordas es vicioso. No pelea limpio.
¿Qué puede hacerme? Todo. Auditorías de impuestos, investigaciones falsas, arrestos por violaciones inventadas. Ha destruido a periodistas, a empresarios, a cualquiera que lo desafía. Entonces, estoy en peligro. Sí, pero tu película también vale la pena el peligro. ¿Sigues queriendo pelear? Cantin Flash miró a Valentina que había despertado con el teléfono.
Ella asintió. Sigo queriendo pelear. Bien, te llamo después de la reunión. Colgo. La espera fue agonizante. Todo el día siguiente Cantinflas caminó por su casa como león enjaulado. A las 7 de la tarde el teléfono sonó. Lo logramos. Parcialmente, parcialmente. El presidente autorizó que la película se proyecte, pero con condiciones.
Primero, solo en cines de ciudad no rurales. Segundo, con advertencia al inicio, diciendo que es ficción y no representa la realidad educativa de México. Tercero, exhibición limitada.Pero hay más. Díaz Ordaz logró algo. Convenció al presidente de que te investigue Hacienda. van a auditar todos tus impuestos de los últimos 10 años, pero yo pago mis impuestos.
Lo sé, pero van a buscar cualquier error, cualquier inconsistencia, cualquier cosa para multarte o arrestarte. Es acoso legal. Y no puede parar eso. No, eso está fuera de mi jurisdicción. Lo siento, Cantinflas. Ganamos la batalla de la película, pero la guerra apenas comienza. Julio de 1961. El analfabeto se estrenó con todas las restricciones, pero algo extraordinario pasó. La gente hizo filas de cuadras.
Los cines se llenaron completamente. Tres funciones diarias, todas sold out. La película era un fenómeno. Los críticos la alabaron. Una obra maestra de comedia con conciencia social. El público lloró y rió. Cantinflas. nos muestra quiénes somos realmente. Pero más importante, empezó un movimiento. Grupos de alfabetización se organizaron por todo el país.
Voluntarios se ofrecieron a enseñar a leer gratis. Iglesias, sindicatos, universidades lanzaron campañas. El analfabeto no era solo una película, era un llamado a la acción y el gobierno odiaba cada segundo de ello. Díaz Oordaz intensificó su ataque. Auditores de Hacienda llegaron a la casa de Cantinflas con cajas de documentos.
Necesitamos revisar cada recibo, cada contrato, cada transacción de los últimos 10 años. Les tomó tres semanas. Buscaron errores, no encontraron nada significativo, pero Díaz Ordaz no se rindió. Si no podemos hundirlo legalmente”, le dijo a su asistente, “lo hundiremos socialmente.” Comenzó una campaña de desprestigio, artículos plantados en periódicos pro gobierno.
Cantinflas usa el analfabetismo para enriquecerse. La película que divide a México. Hubo amenazas llamadas anónimas a medianoche. “Deja de hacer películas políticas o tu familia pagará”. Cantinflas instaló seguridad, contrató guardaespaldas, vivía con miedo constante. Valentina lloraba por las noches. Mario, esto tiene que parar. Van a matarte.
O peor, van a matar a nuestro hijo. No puedo parar ahora. La película está funcionando. La gente está despertando. ¿Y qué vale más? ¿Despertar a México o mantener viva a tu familia? no tenía respuesta para eso. Agosto de 1961, cinco semanas en exhibición, la película había recaudado 2 millones de pesos. Un éxito rotundo.
Pero entonces Díaz Oordaz jugó su carta final. Llamó a todos los dueños de cines. Personal 1525 mente, señores, tienen una elección. Pueden seguir proyectando el analfabeto o pueden seguir teniendo licencias de operación el próximo año. Ustedes deciden. No era una sugerencia, era una amenaza. Uno por uno, los cines cancelaron la película.
Problemas técnicos, remodelaciones inesperadas, mantenimiento urgente, mentiras transparentes, pero efectivas. En una semana, el analfabeto desapareció de todos los cines. Cantinflas llamó a Torres Bodet. Jaime, ¿viste lo que hizo Díaz Sordaz? Lo vi y no puedo hacer nada. Tiene al presidente de su lado.
Lo convencieron de que tu película está causando inestabilidad social. Es mentira. Lo sé, pero la verdad no importa cuando el poder decide lo contrario. Cantinflas colgó. Derrotado. Santiago llegó a su casa esa noche. Mario se acabó. La película tuvo su momento. Hicimos lo que pudimos. No es suficiente. ¿Qué más podemos hacer? Controlan los cines, controlan los medios, controlan todo.
Cantinfla se quedó en silencio largo rato. Luego sus ojos se iluminaron. No controlan todo. ¿Qué quieres decir? No controlan las plazas públicas, no controlan las escuelas, no controlan las iglesias. Mario, ¿qué estás planeando? Vamos a proyectar la película gratis en plazas, en escuelas, en cualquier lugar con una pared blanca y gente dispuesta a ver. Gratis.
Perderás dinero y Díaz Sordaz te arrestará por proyecciones sin permiso. Que lo intente. Vamos a hacer esto como guerrilla. Proyección relámpago. Llegamos, proyectamos, nos vamos antes de que llegue la policía. Estás completamente loco. Probablemente estás conmigo. Santiago suspiró. Sonríó. Siempre estoy contigo, hermano, aunque sea una locura.
Y así comenzó lo que después se conocería como la campaña clandestina. Durante tres meses, Cantinflas y un pequeño equipo de guerrilleros del cine proyectaron el analfabeto en secreto por todo México. Pero lo que estaban a punto de descubrir en una pequeña aldea en Oaxaca iba a cambiar no solo la película, sino el rumbo de todo el movimiento.
Y todo comenzó con una niña de 8 años que no podía leer su propio nombre. Septiembre de 1961. Cantinflas, Santiago y un técnico llamado Pepe viajaban por México en una camioneta vieja con un proyector portátil y rollos de película escondidos bajo mantas. Era ridículo, era peligroso, era necesario. Su método era simple.
Llegar a un pueblo, contactar al maestro o al cura local, preguntar si querían ver la película. Si decían sí, proyectaban al anochecer en la plazaprincipal















