
¡45 del CJNG ACORRALADOS EN TECATE! Ejército los cazó hasta el muro FRONTERIZO
Las cámaras térmicas de los drone militares no confundieron sombras ni animales nocturnos. A más de 1000 m de altura, los sensores captaron algo imposible de ignorar. 45 firmas de calor avanzando en formación, separadas por metros exactos, cargando fusiles largos y mochilas pesadas. No caminaban como migrantes, no se dispersaban como contrabandistas improvisados.
Se movían como una columna entrenada, una serpiente incandescente deslizándose por los cerros de Tecate rumbo al norte hacia la frontera. Era la madrugada del 24 de enero y la neblina típica de Baja California cubría los valles como un manto engañoso. Abajo el terreno parecía silencioso. Arriba, en las pantallas del centro de mando, el mapa estaba vivo.
Cada paso de esos 45 hombres quedaba registrado en tiempo real. El ejército mexicano no estaba patrullando, estaba cazando. La inteligencia militar llevaba días siguiendo movimientos irregulares en las brechas que conectan la zona rural de Tecate con los pasos clandestinos hacia Estados Unidos. No buscaban polleros ni cargadores aislados.
Buscaban algo mucho más grande, una columna armada del CJNG que pretendía posicionarse en la franja fronteriza para controlar el tráfico de drogas sintéticas y asegurar rutas estratégicas. A las 5:2 de la mañana, los drones confirmaron el objetivo. Un convoy de camionetas todo terreno avanzaba sin luces, confiando en su conocimiento del terreno y en la oscuridad.
No sabían que cada giro, cada alto, cada desviación estaba siendo transmitida a un centro de mando donde oficiales de inteligencia ya habían trazado el final del recorrido. La orden fue clara y fría, no atacar de inmediato. Primero, cerrar salidas. Unidades motorizadas del ejército apoyadas por infantería de montaña, comenzaron a desplegarse en silencio.
Los caminos de terracería que bajaban hacia la carretera federal fueron bloqueados uno por uno. El diseño era quirúrgico, convertir el terreno en un embudo. Hacia abajo, acero y fusiles, hacia los lados, barrancos. La única salida posible era hacia arriba, hacia lo más difícil de la sierra. El primer contacto ocurrió en un punto conocido por los lugareños como El Paso del Coyote.
Las camionetas del CJMG llegaron confiadas y se encontraron de frente con luces cegadoras, vehículos militares cruzados y una orden amplificada por altavoces, rendición inmediata. La respuesta fue el pánico y el plomo. Los icarios abrieron fuego con fusiles automáticos intentando romper el cerco. Las balas trazadoras cortaron la madrugada, rebotando en rocas y blindaje, pero la reacción militar fue exactamente lo contrario al caos, fuego de precisión.
En segundos, los soldados inutilizaron los vehículos de punta y de retaguardia, motores destruidos, convoy inmovilizado. En ese momento, los 45 hombres entendieron algo crucial. Sus camionetas ya no eran escape, eran trampas. La decisión fue instantánea y desesperada. Abandonaron los vehículos, soltaron armas pesadas, cargadores, chalecos y corrieron cerro arriba.
Creían que el monte los protegería. Creían que la frontera sería su salvación. No sabían que el ejército ya los esperaba ahí arriba. Desde el cielo, los drones no perdieron ni una sola firma térmica. Desde las crestas paralelas, tiradores electos comenzaron a hostigar sin buscar el enfrentamiento directo.
No era exterminio, era dirección forzada. Cada disparo empujaba a la columna hacia donde el mando quería. una zona abierta, sin cobertura, sin salida. La cacería en los cerros había comenzado. El terreno de Tecate no perdona. Subidas engañosas, rocas sueltas, matorrales que desgarran la piel. El aire frío quemaba los pulmones, las botas resbalaban.
El cansancio empezó a separar al grupo. Algunos comenzaron a quedarse atrás, otros tropezaban, caían, se lesionaban. Arriba, sin que ellos lo supieran, fuerzas especiales ya habían sido insertadas por helicóptero, desplegándose silenciosamente a lo largo de la línea fronteriza. El muro no era una meta, era el yunque.
Los radios del CJNG, interceptados en tiempo real, transmitían jadeos, gritos, órdenes contradictorias. Pedían rutas de escape que no existían. Preguntaban por apoyos que nunca llegaron. El grupo empezó a fracturarse y mientras el sol comenzaba a asomar por el horizonte, iluminando los cerros de Tecate, la superioridad táctica ya estaba decidida.
Ellos seguían corriendo, el ejército seguía cerrando y el final estaba a metros del muro. Con las primeras luces del amanecer, la ventaja pasó definitivamente al ejército. La neblina comenzó a disiparse y el terreno quedó expuesto como una radiografía brutal de la huida. Desde el aire, los drone térmicos ya no solo detectaban calor, ahora mostraban desorden, figuras separándose, puntos que se detenían demasiado tiempo.
El cansancio estaba haciendo su trabajo mejor que cualquier bala. Los 45 hombres ya no avanzaban como columna. Se habían convertido en pequeños grupos dispersos, algunos detres, otros de cinco, otros completamente solos. El entrenamiento irregular y la falta de resistencia física empezaron a notarse. Varios tropezaban constantemente, otros vomitaban por el esfuerzo, algunos más se quedaban sentados apenas unos segundos, segundos que bastaban para que una patrulla los alcanzara.
Los tiradores del ejército no disparaban para matar, disparaban para negar rutas, para obligar a cambiar de dirección, para empujar. Cada estampido seco en las rocas cercanas era un mensaje claro. Por ahí no. El cerco se cerraba metro a metro. Abajo, el grupo perseguidor, el martillo, mantenía presión constante.
No corrían, avanzaban. Paso firme, respiración controlada, armas siempre listas. Arriba el yunque esperaba en silencio, desplegado a lo largo del muro fronterizo, observando cada movimiento desde posiciones elevadas. Los primeros colapsos ocurrieron poco después de las 7 de la mañana. Dos sicarios, completamente exhaustos, se dejaron caer junto a un arbusto espinoso.
Uno soltó el fusil sin decir palabra. El otro levantó las manos antes siquiera de que un soldado se lo pidiera. Fueron asegurados sin golpes, sin gritos, sin espectáculo, solo esposas, revisión rápida y evacuación controlada cerro abajo. Ese patrón se repitió una y otra vez. La huida dejó de ser una maniobra y se convirtió en una desbandada.
Los líderes de la célula perdieron control total. En las comunicaciones interceptadas ya no había órdenes tácticas. Solo insultos, reproches y pánico. Algunos preguntaban desesperados cuánto faltaba para llegar al muro. Otros exigían apoyo aéreo que jamás existió. A las 8:11, el núcleo duro, aproximadamente 18 hombres, logró alcanzar la parte más alta del cerro.
Frente a ellos apareció la realidad que no habían querido aceptar. El muro fronterizo, alto, oxidado, flanqueado por terreno abierto y sin cobertura, y delante de él, perfectamente posicionadas las fuerzas especiales del ejército mexicano. No hubo gritos, no hubo negociación. Los soldados ya estaban ahí desde horas antes, con ametralladoras ligeras montadas, tiradores cubriendo flancos y rutas laterales completamente bloqueadas.
La escena era matemática. 45 hombres habían sido reducidos a un espacio de menos de 50 m con el muro a la espalda y fusiles apuntando desde arriba y desde abajo. Algunos icarios amagaron con levantar sus armas. El aviso fue inmediato. Disparos de precisión impactaron las rocas a centímetros de sus pies.
No para herir, para advertir. El mensaje fue inequívoco. Cualquier movimiento significaba muerte inmediata. Uno a uno, comenzaron a soltar los fusiles, luego los cargadores, después los chalecos. Finalmente se arrodillaron y se tiraron al suelo con las manos en la nuca. La imagen era demoledora. Horas antes se movían con arrogancia armada.
Ahora yacían vencidos por el terreno, la estrategia y el tiempo. Mientras tanto, el resto de la célula era capturado en distintos puntos de la ladera. Algunos lloraban, otros suplicaban agua, varios presentaban esguinces, golpes severos o deshidratación. A todos se les brindó atención básica. El ejército no ejecutaba.
controlaba. El aseguramiento fue metódico. Armas largas, cargadores de disco, radios tácticos, mochilas con munición, documentos con rutas y referencias. Todo quedó registrado. Nada se dejó atrás. La fila de detenidos descendiendo el cerro, escoltada por soldados era visible desde la carretera. Un desfile silencioso que funcionaba como mensaje para cualquiera que observara desde lejos.
La sierra ya no era refugio. Abajo los camiones militares esperaban. El traslado hacia las instalaciones federales en Tijuana estaba listo. Cargos por delincuencia organizada, portación de armas de uso exclusivo del ejército y ataque a las vías de comunicación ya estaban preparados. Lo ocurrido en los cerros de Tecate no fue un enfrentamiento más.
Fue una demostración clara de lo que ocurre cuando una organización criminal se enfrenta a disciplina, inteligencia y paciencia táctica. Y aún faltaba entender por qué este golpe cambia el equilibrio en la frontera. Con los 45 detenidos ya bajo custodia, el operativo no se detuvo. Al contrario, entró en su fase más silenciosa y estratégica, la explotación de la información.
Cada arma asegurada, cada radio incautado y cada documento recuperado en la montaña era una pieza de un rompecabezas mayor que el ejército llevaba meses armando en la frontera norte. Los peritos militares comenzaron el análisis inmediato de los equipos de comunicación. Radios configurados en frecuencias encriptadas, teléfonos con aplicaciones de mensajería segura y mapas digitales almacenados sin conexión revelaron algo clave.
La célula no estaba improvisando una huida, estaba reubicándose. El objetivo no era solo cruzar la frontera, sino establecer un punto de presión en el corredor Tecate Tijuana, una zona vital para el tráfico de drogas sintéticas. Eso explica lamagnitud del despliegue. 45 hombres armados, bien equipados, moviéndose en formación táctica.
No son halcones ni transportistas, son fuerza de ocupación. iban a tomar terreno, no a esconderse. El ejército entendió esto desde el primer momento y por eso la orden fue clara. Desarticular la célula completa, no dispersarla. Permitir que aunque fuera un tercio escapara habría significado semanas después una nueva ola de violencia, cobros, ejecuciones y disputas territoriales.
La captura íntegra del grupo tuvo un impacto inmediato. En las horas siguientes, sensores y patrullajes no detectaron movimiento criminal significativo en los pasos serranos habituales. Los halcones desaparecieron, las brechas quedaron vacías. El silencio que siguió no fue casualidad, fue miedo. La noticia se propagó rápido en el bajo mundo, no como comunicado oficial, sino como rumor temido.
Los cazaron desde el aire, no pudieron correr, los encerraron contra el muro. En la lógica criminal, ese tipo de relatos pesan más que cualquier boletín de prensa. A nivel táctico, la operación dejó varias lecciones claras. La primera, el uso de drones térmicos cambió completamente la dinámica del combate en montaña. La noche, que tradicionalmente favorecía a los criminales, se volvió su peor enemiga.
No había matorral, roca o barranco que ocultara una firma de calor en movimiento. La segunda, la resistencia física volvió a ser decisiva. Mientras los sicarios colapsaban por agotamiento, las tropas de infantería mantuvieron el ritmo durante horas. No hubo prisa, hubo constancia. En operaciones así, el que se acelera pierde.
La tercera lección fue psicológica. La persecución constante, sin enfrentamiento directo prolongado, desgasta más que una balacera. Saber que te observan, que te empujan hacia una trampa y que cada error reduce tus opciones, rompe la voluntad. Muchos se rindieron no por miedo a morir, sino porque entendieron que no había salida.
En los interrogatorios iniciales comenzaron a surgir datos preocupantes. La célula había recibido órdenes de moverse con rapidez porque otras rutas estaban siendo comprometidas. El cerco militar en Baja California se estaba estrechando y el intento de huida fue en realidad un movimiento desesperado para salvar lo que quedaba de la estructura regional.
El decomiso del Arsenal confirmó esa urgencia. fusiles de alto poder, munición suficiente para varios enfrentamientos prolongados y equipo diseñado para controlar territorio urbano y rural. Nada de eso corresponde a una retirada discreta, era preparación para guerra abierta. La frontera de Tecate, históricamente vista como una zona secundaria frente a otros cruces más mediáticos, quedó expuesta como un punto crítico que estaba a punto de convertirse en foco de violencia.
La operación evitó eso antes de que ocurriera. Mientras los detenidos eran puestos a disposición de la fiscalía, el ejército reforzó presencia en la sierra, no como ocupación permanente, sino como mensaje, patrullajes visibles, sobrevuelos constantes, control de brechas. La intención era clara, no permitir el reagrupamiento.
La población local percibió el cambio de inmediato. Rancheros y habitantes de comunidades cercanas reportaron días de tranquilidad inusual. Menos vehículos sospechosos, menos hombres armados cruzando senderos, menos miedo. Pero en el análisis estratégico, el golpe va más allá de Tecate. Perder 45 hombres entrenados en un solo evento obliga a cualquier organización criminal a replantear su forma de operar.
Reclutar, entrenar y equipar a ese número no es inmediato. Reemplazar liderazgo todavía. La frontera no se cerró por completo, pero se volvió más cara para el crimen, más riesgosa, menos predecible. Y eso en este tipo de guerra es una victoria silenciosa pero profunda. Aún así, la pregunta clave seguía en el aire. ¿Qué pasará ahora con el equilibrio criminal en la región? Eso es lo que se empieza a revelar en la siguiente parte.
Con la célula desmantelada y la sierra bajo control operativo, el verdadero impacto del golpe comenzó a sentirse donde no hay cámaras, en las comunicaciones internas del crimen organizado. Las intercepciones posteriores revelaron un patrón claro: silencio, confusión y órdenes contradictorias. Nadie sabía exactamente quién debía asumir el control del corredor que acababa de quedar vacío.
En estructuras criminales como el CJNG, la pérdida simultánea de mandos medios y tropa no solo es una baja numérica, es un colapso organizativo. Los mandos superiores, lejos del terreno, dependen de reportes constantes para tomar decisiones. Cuando esos reportes se cortan de golpe, la reacción no es inmediata, es torpe y lenta.
Eso fue exactamente lo que ocurrió tras la cacería en Tecate. Durante las siguientes 48 horas, los movimientos detectados en la región fueron mínimos. No hubo intentos de rescate, no hubo contraataques, no huborepresalias visibles. El cártel entró en modo defensivo intentando entender que había fallado y lo que falló fue todo. La inteligencia, la logística y la lectura del terreno.
El ejército aprovechó esa ventana crítica. Se ejecutaron recorridos de reconocimiento profundo en brechas secundarias, se aseguraron campamentos abandonados y se localizaron puntos de observación que los criminales usaban como alconeo avanzado. Cada hallazgo confirmaba lo mismo. La célula estaba en fase de expansión, no de retirada.
Habían acumulado víveres, combustible y municiones para varios días. planeaban quedarse. Ese dato es clave porque explica la urgencia con la que intentaron llegar al muro. No huían del operativo del día, huían del colapso de toda su red en Baja California. Al perder contacto con sus enlaces, decidieron correr antes de quedar aislados.
En términos militares, la operación fue un ejemplo de como la presión constante es más efectiva que la confrontación frontal. No hubo una gran batalla campal que pudiera escalar políticamente o poner en riesgo a civiles. Hubo desgaste, cerco y asfixia táctica. Para los criminales, el mensaje fue devastador. Ya no basta con conocer el terreno, ya no basta con moverse de noche, ya no basta con dispersarse.
El control aéreo y la coordinación interinstitucional eliminaron esas ventajas una por una a nivel regional. Otras organizaciones tomaron nota. La frontera norte es un tablero donde todos observan los movimientos del otro. Cuando una célula completa cae sin disparar una sola bala en zona urbana, el efecto disuasivo es inmediato.
Algunos grupos optaron por replegarse. Otros fragmentaron sus operaciones en células más pequeñas, menos visibles, pero también menos eficientes. El resultado es el mismo, menos capacidad ofensiva. Mientras tanto, los detenidos comenzaron a enfrentar la realidad jurídica. Delincuencia organizada, portación de armas de uso exclusivo del ejército, ataques a las vías de comunicación y conspiración para el control territorial.
Las penas potenciales son largas, pero más importante aún, los procesos abrieron la puerta a colaboraciones que podrían revelar rutas, contactos y refugios en ambos lados de la frontera. Para las fuerzas armadas, Tecate se convirtió en un caso de estudio, no por el número de detenidos, sino por la forma inteligencia previa, detección temprana, cierre de salidas y persecución prolongada sin precipitación.
Una operación diseñada para no fallar. Y eso es lo que más inquieta al crimen organizado, no el enfrentamiento, sino la certeza de que el Estado está aprendiendo, ajustando y replicando. La frontera, por primera vez en mucho tiempo, no fue una puerta de escape, fue una pared final. Pero toda victoria táctica trae una consecuencia inevitable, el reacomodo del enemigo.
Y ese reacomodo ya comenzó. El verdadero final de la cacería no ocurrió en los cerros de Tecate ni frente al muro fronterizo. Ocurrió en los días posteriores cuando el silencio se volvió el lenguaje dominante del crimen organizado en la región. Las rutas que antes estaban activas quedaron desiertas.
Las brechas que solían tener movimiento nocturno pasaron noches completas sin una sola firma térmica detectada. Ese silencio no es paz, es miedo operativo. Las organizaciones criminales funcionan sobre una premisa básica, saber antes que el Estado. Cuando esa premisa se rompe, todo el modelo colapsa. La operación del 24 de enero dejó claro que el ejército no solo sabía dónde estaban, sino como pensaban moverse, cuando intentarían huir y qué harían al verse superados.
Eso es devastador. Para el CJNG, perder 45 hombres en un solo evento no es solo una baja numérica, es perder confianza interna. Es que los reclutas se pregunten si vale la pena cargar un fusil para terminar exhaustos, acorralados y esposados frente a un muro que no conduce a ninguna parte. Es que los mandos medios empiecen a dudar de la información que reciben y de quienes se las proporcionan.
El efecto dominó es inmediato. Paranoia, depuraciones internas, errores por exceso de desconfianza. En ese escenario, el crimen se vuelve torpe. En términos estratégicos, la operación marcó un cambio claro. Ya no se trata solo de reaccionar a la violencia, sino de anticiparla y sofocarla antes de que toque a la población civil.
No hubo balaceras en zonas urbanas, no hubo persecuciones en carretera con riesgo para terceros. El combate ocurrió donde debía ocurrir, lejos de la gente. Eso también envía un mensaje político y social potente. Se puede actuar con fuerza sin caos. Se puede desarticular una célula completa sin convertir una ciudad en campo de batalla.
Para Tecate, el impacto fue inmediato. Comerciantes, rancheros y habitantes de la zona serrana reportaron una calma que no se sentía desde hacía meses. Menos retenes ilegales, menos camionetas sospechosas, menos disparos lejanos por la noche. No es el fin del problema, pero sí unrespiro real.
Del lado institucional, la operación confirmó algo clave. La coordinación entre inteligencia aérea, fuerzas terrestres y mando táctico funciona cuando se ejecuta sin filtraciones ni protagonismos. No hubo comunicados grandilocuentes antes del resultado. Primero se actuó, luego se informó. Así es como se gana terreno. La frontera, durante años vista como la salida natural del crimen, se convirtió en su punto de quiebre.
El muro, símbolo de tantas discusiones políticas, ese día no fue un obstáculo migratorio, fue un límite operativo, un punto donde se acabaron las opciones. El mensaje final es claro y contundente. No hay cerro lo suficientemente alto, ni noche lo suficientemente oscura, ni frontera lo suficientemente cercana cuando el Estado decide actuar con inteligencia, paciencia y disciplina.
Los 45 detenidos son ahora un expediente judicial, pero también son un aviso. La cacería de Tecate no fue un accidente, fue una demostración. Si quieres seguir entendiendo cómo se mueven estas operaciones, cómo se planean y qué consecuencias reales tienen en el equilibrio del poder criminal, suscríbete y acompáñanos.
Aquí no repetimos titulares, analizamos lo que ocurre cuando la estrategia se impone al caos. Porque mientras el crimen se esconde, la inteligencia observa y cuando observa bien, no falla.















