
Durante tres noches seguidas, los vecinos de la calle del Mineral escucharon soyosos que venían del sótano de la casona de los Valdivia. Soyosos de niña. Nadie tocó la puerta, nadie preguntó porque en la Nueva España del año de 1743 había cosas que era mejor no ver. Bienvenidos a este recorrido por uno de los casos más perturbadores de la historia colonial de Guanajuato.
Antes de comenzar, te invito a dejar en los comentarios desde dónde nos estás escuchando y la hora exacta en este momento. Nos interesa profundamente saber hasta qué lugares y en qué momentos del día o de la noche llegan estos relatos documentados que el tiempo intentó enterrar junto con sus víctimas. El caso de Blanca de la Rosa comenzó como una desaparición más en una ciudad donde las niñas pobres se esfumaban sin dejar rastro.
Pero lo que se descubrió meses después reveló algo mucho más oscuro que un simple rapto. Reveló un sistema de creencias tan retorcido, tan profundamente arraigado en la superstición y la codicia que convertía el cuerpo de una niña de 6 años en una mercancía. Porque blanca no era una niña cualquiera. Su piel era blanca como la cal.
su cabello del color de la plata pura. Y en una sociedad que veía en cada anomalía física una señal divina o demoníaca, su condición la convirtió primero en un prodigio, luego en una amenaza y, finalmente, en una víctima. Esta es la historia de cómo la superstición colonial mexicana justificó un horror que duró 212 días.
Guanajuato, en el año de 1743 era una ciudad que sangraba plata. Las minas de la valenciana, San Cayetano y rayas extraían del vientre de la tierra más de 200,000 marcos de plata cada año, una cifra que convertía a esta región en el corazón palpitante del virreinato de la Nueva España. Pero esa riqueza tenía un costo humano brutal.
Miles de indígenas y mestizos descendían cada mañana a las entrañas de la tierra. Respirando aire envenenado por el mercurio y el azufre, muriendo lentamente de males que los médicos coloniales no sabían nombrar. La ciudad era un hervidero de contrastes. Las calles empedradas del centro, donde las familias españolas vivían en cazonas de cantera rosa, con patios de arcadas y fuentes de talavera, contrastaban brutalmente con los barrios de las laderas, donde las choas de adobe y Teja se apilaban unas sobre otras, como si
quisieran escapar del polvo mineral que lo cubría todo. El aire mismo tenía dos olores, incienso de copal y asajar en las calles principales, sudor y pólvora en las bocaminas. En esa época, la nueva España vivía bajo el reinado de Felipe V. Pero la verdadera autoridad en ciudades como Guanajuato la ejercían tres poderes.
La corona a través del alcalde mayor, la Iglesia a través del obispado y los dueños de las minas, cuya riqueza los hacía prácticamente intocables. Era una sociedad estratificada de forma brutal. En la cúspide los españoles peninsulares, luego los criollos nacidos en América, pero de sangre española pura.
Después los mestizos y en el fondo los indígenas, considerados poco más que bestias de carga con alma. La medicina colonial de ese tiempo era una mezcla extraña de conocimientos heredados de los árabes, creencias católicas sobre la enfermedad como castigo divino y supersticiones indígenas que los evangelizadores nunca lograron erradicar del todo.
que creía que ciertas enfermedades podían curarse con amuletos, que la sangre de vírgenes tenía propiedades purificadoras, que los cuerpos diferentes, los marcados por Dios con señales visibles contenían poderes que podían transferirse. Y fue en ese contexto de riqueza minera, estratificación brutal y superstición médica, donde nació Blanca de la Rosa.
Su madre, María Concepción de la Rosa, era una mujer mestiza de 22 años que trabajaba moliendo maíz en el molino de la calle de Belén, a cinco cuadras de la plaza Mayor. ganaba dos reales por jornada de sol a sol, apenas suficiente para mantener a sus tres hijos. Su padre, un minero llamado Sebastián Cruz, había muerto 3 años antes en un derrumbe en la mina de San Cayetano.
Su cuerpo nunca fue recuperado, simplemente quedó sepultado bajo toneladas de roca. María quedó sola con tres niños, José Antonio de 7 años, Blanca de 6 y el pequeño Miguel de apenas tres. Vivían en una habitación de adobe en el barrio de la presa, en la ladera norte de la ciudad. La vivienda medía aproximadamente cuatro varas de largo por tres de ancho.
El suelo era de tierra apisonada. Las paredes encaladas con cal que María misma preparaba cada tres meses para ocultar la humedad que brotaba de los muros. En una esquina, un petate donde dormían todos juntos. En la otra, un fogón de tres piedras donde María cocinaba tortillas y atole de maíz cuando había junto a la única ventana, un pequeño altar con una imagen de la Virgen de Guadalupe tallada en madera, herencia de la abuela materna de María ytres velas de cebo que se encendían solo los domingos.
Blanca había nacido en esa habitación en la madrugada del 8 de diciembre de 1737. Y desde el momento en que la partera la sacó del vientre de su madre, todo el mundo supo que esa niña era diferente. Su piel no tenía el tono moreno claro, típico de los mestizos. Era blanca, completamente blanca, como la cera de las velas de la iglesia.
Su cabello, en lugar de negro como el de sus hermanos, era de un rubio tan claro que parecía plateado, y sus ojos, en vez del café oscuro de su madre, eran de un azul tan pálido que casi parecían transparentes. La partera, una anciana llamada Josefa Mendoza, se santiguó tres veces al ver a la recién nacida. Es una señal”, murmuró.
Esta criatura ha sido tocada por algo que no es de este mundo. Las vecinas que habían acudido al parto se miraron entre sí con una mezcla de asombro y temor. Algunas dijeron que la niña era un ángel, otras que era una advertencia divina. Y hubo quienes en voz más baja sugirieron que quizás era obra del María, exhausta después de un parto de 14 horas, tomó a la niña en sus brazos y la miró con una mezcla de amor y miedo que nunca la abandonaría.
La llamó Blanca porque no había otro nombre posible. Durante los primeros años, Blanca creció como cualquier niña del barrio. Ayudaba a su madre a moler maíz. Jugaba con sus hermanos en la calle de tierra. Aprendió a hacer tortillas antes de cumplir 5 años, pero nunca pudo ser invisible. Su apariencia la convertía en el centro de todas las miradas.
Algunos la miraban con curiosidad. otros con superstición y unos pocos con una codicia que María nunca supo interpretar hasta que fue demasiado tarde. Blanca era, según todos los testimonios, una niña extraordinariamente dulce. Tenía la costumbre de cantar mientras molía maíz, canciones que su abuela le había enseñado en Nahwatl, mezcladas con villancicos que escuchaba en la iglesia.
Su voz, decían las vecinas, era como el agua de manantial. Tenía miedo a la oscuridad y a los truenos. Y cuando llovía, se acurrucaba junto a su madre y no se despegaba de ella hasta que el cielo se aclaraba. Soñaba con aprender a leer. Una vez le preguntó a su madre si las niñas como ella podían ir a la escuela del convento.
María le respondió que no, que esas escuelas eran solo para niñas de familias españolas. Blanca no volvió a preguntar. La mañana del 22 de abril de 1743 amaneció con un cielo despejado y un calor inusual para esa época del año. María se levantó antes del alba como siempre y preparó a tole de maíz para sus tres hijos.
Blanca se despertó cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la ventana. Llevaba puesto su único vestido de manta blanca con un bordado azul en el cuello que María había cosido con sus propias manos. En el cabello, un listón del mismo tono azul que su hermano José Antonio le había regalado en su último cumpleaños.
desayunaron en silencio, como era costumbre en una casa donde cada bocado de comida era un regalo escaso. A las 7 de la mañana, María se marchó al molino. Le pidió a José Antonio que cuidara a sus hermanos. El niño de 7 años, acostumbrado a esa responsabilidad, asintió con seriedad. Blanca le dio un beso en la mejilla a su madre.
Regresa pronto”, le dijo. María le acarició el cabello plateado. Antes del anochecer prometió, “Fue la última vez que se vieron.” Alrededor de las 10 de la mañana, una mujer que blanca no había visto nunca se acercó a la casa. Llevaba un reboso de lana oscura que le cubría casi todo el rostro y un vestido que, aunque sencillo, era de mejor calidad que los que usaban las mujeres del barrio.
Sus manos estaban limpias, sin las marcas del trabajo pesado. José Antonio, que jugaba en la calle con Miguel, la vio detenerse frente a su puerta. ¿Está tu madre?, preguntó la mujer. Su voz era suave, educada. Fue al molino, respondió el niño. La mujer asintió. Y la niña de cabello claro está. José Antonio sintió algo extraño en esa pregunta, algo que no supo identificar, pero que le erizó la piel.
Está adentro”, dijo con cautela. La mujer sonrió. “Necesito hablar con ella. Tu madre me pidió que la llevara a recoger unas hierbas para una señora enferma. Me dijo que la niña conoce las plantas.” Era mentira. Blanca no conocía las plantas medicinales, pero José Antonio tenía 7 años y no tenía razón para dudar de un adulto que hablaba con tanta seguridad.
Blanca salió de la casa. La mujer la miró de arriba a abajo con una expresión que el niño no supo interpretar. Ven, niña, será rápido. Blanca miró a su hermano. José Antonio asintió. Ve, pero vuelve antes de que oscurezca. Blanca sonrió. Vuelvo pronto dijo. Y echó a andar junto a la mujer del reboso oscuro, bajando por la calle de tierra hacia el centro de la ciudad.
Dos horas después, cuando Blanca no había regresado, José Antonio comenzó a preocuparse. A las 3 de la tarde, cuando el sol yaquemaba las calles empedradas, el niño dejó a Miguel al cuidado de una vecina y salió a buscar a su hermana. Preguntó en cada casa. Nadie había visto a una niña de cabello plateado caminando con una mujer de rebos oscuro.
Cuando María regresó del molino, poco antes de las 6 de la tarde, encontró a José Antonio llorando en la puerta de la casa. Se la llevó una mujer, soyaba, dijo que tú se lo habías pedido. María sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Yo no pedí nada a nadie”, susurró y en ese momento comprendió que su hija había sido raptada.
María Concepción de la Rosa corrió a la Plaza Mayor. Eran las 6:30 de la tarde cuando llegó, descalza y con el cabello suelto, a la casa del alcalde mayor, don Rodrigo de Estrada y Mendoza, un español peninsular de 52 años que administraba justicia en nombre del virrey. Los guardias no quisieron dejarla pasar.
El señor alcalde no recibe a gente de tu clase sin cita previa”, le dijeron. María se arrodilló en el saguán y gritó hasta que su voz se quebró. “Mi hija!” Se llevaron a mi hija. Finalmente, un escribano de nombre Bernardo Aguirre salió a atenderla. Tomó nota de la denuncia en un libro de actas. Blanca de la Rosa, 6 años de edad, cabello rubio casi blanco, ojos azules pálidos, tes muy clara.
Desaparecida desde las 10 de la mañana del 22 de abril, le preguntó si tenía enemigos, si alguien le debía dinero, si su hija había tenido problemas con alguien. María respondió que no a todo. Somos gente de bien. No tenemos nada que nadie pueda querer. El escribano cerró el libro. Haremos lo que podamos, señora. Pero debe comprender que en Guanajuato desaparecen niños todos los meses.
Muchos se pierden en las minas. Otros son llevados por familiares lejanos. Algunos simplemente se van. María sintió como la desesperación le apretaba el pecho. Mi hija no se fue, se la llevaron. El escribano suspiró. Volveremos a hablar si hay noticias. No hubo noticias. Durante las siguientes dos semanas, María recorrió cada calle de Guanajuato.
Preguntó en mercados, iglesias, posadas, molinos, lavanderías. Mostró a todo el mundo las señas de su hija, una niña de 6 años, muy blanca, con cabello como plata. Algunos la miraban con lástima, otros con indiferencia y unos pocos desviaban la mirada con una rapidez que solo podía significar una cosa. Sabían algo.
El 11 de mayo, 19 días después de la desaparición, apareció el primer artículo en el observador guanajuatense, un periódico local que se publicaba dos veces por semana. El titular decía, “Niña de singular apariencia desaparecida en el barrio de la presa. Familia solicita información.” El artículo, breve y casi insultantemente frío, describía a Blanca como una menor de edad de características físicas inusuales, cuya familia reclama su paradero.
No mencionaba la palabra rapto, no usaba la palabra urgente, la trataba como si fuera un objeto perdido, no una niña arrebatada de su hogar. Los rumores comenzaron a circular. Algunos decían que Blanca había sido vendida por su propia madre a una familia rica que no podía tener hijos. Otros susurraban que la niña se había escapado porque la maltrataban.
Hubo quienes afirmaron haberla visto en una carreta rumbo a la Ciudad de México, aunque nadie pudo dar detalles concretos. Y estaba la versión más oscura, la que se murmuraba en las pulquerías y los portales, que alguien con mucho dinero y mucho poder la había tomado para usarla en algún ritual. Porque en la Nueva España, donde la superstición era tan fuerte como la fe, existía la creencia de que los cuerpos diferentes tenían propiedades mágicas.
Y Blanca, con su piel de cera y su cabello de plata, era el cuerpo más diferente que muchos habían visto en su vida. María dejó de trabajar. No podía concentrarse en moler maíz mientras su hija estaba perdida. Las vecinas le llevaban tortillas y frijoles. El párroco de la iglesia de San Roque, Fray Domingo Velázquez, organizó una colecta para ayudarla.
Se reunieron tres pesos con 50 centavos. Era una miseria, pero María lo aceptó con lágrimas en los ojos. José Antonio, el hermano mayor, desarrolló un silencio que asustaba. Dejó de jugar, dejó de sonreír. Cada noche se quedaba despierto hasta que su madre se dormía y entonces salía a caminar por las calles vacías, buscando a su hermana en cada sombra.
Una madrugada, un vigilante nocturno lo encontró llorando frente a la casa de un comerciante español. “¿Qué haces aquí, muchacho?” “Busco a mi hermana”, respondió. La mujer que se la llevó venía de una casa como esta. El vigilante lo llevó de vuelta a su hogar. Le dijo que si seguía vagando de noche, terminaría en la cárcel.
María comenzó a enfermar. Perdió peso de forma alarmante. Su cabello, antes negro y brillante, comenzó a llenarse de canas. Tenía 23 años, pero parecía de 40. Las vecinas la veían hablar sola mientras caminaba por las calles.Murmuraba el nombre de su hija como una letanía. Blanca. Blanca. Blanca. La casa cambió.
María mantenía el petate de blanca exactamente como lo había dejado. El vestido que la niña había usado el día anterior a su desaparición seguía doblado en la misma esquina. Nadie podía tocar nada que hubiera pertenecido a la niña. Las vecinas que visitaban la vivienda decían que el aire se sentía pesado allí, como si la tristeza tuviera peso físico y se acumulara contra las paredes.
Una de las sirvientas de una casa cercana, una mujer llamada Teresa Morales, dejó de trabajar allí a las tres semanas de la desaparición. Cuando le preguntaron por qué, respondió algo extraño. Hay cosas que es mejor no saber. Nadie entendió qué quiso decir. Los meses pasaron junio, julio, agosto. El caso de Blanca de la Rosa comenzó a desvanecerse de la memoria colectiva.
Otros sucesos ocuparon la atención. Un derrumbe en la mina de la valenciana que mató a 18 hombres, una epidemia de viruela en el barrio de Marfil, el nombramiento de un nuevo obispo. Solo María seguía buscando. Y entonces, en la primera semana de septiembre, algo cambió. Un comerciante de telas llamado Ignacio Rivas, que viajaba regularmente entre Guanajuato y Querétaro, se presentó ante el escribano Bernardo Aguirre.
Traía información, información que había estado guardando porque tenía miedo. He visto algo dijo, “Algo que creo que tiene que ver con la niña desaparecida.” Aguirre tomó su pluma. Hable. Ribas explicó que dos semanas antes había hecho una entrega de telas en una casona de la calle de San Sebastián a cuatro cuadras de la Plaza Mayor.
La casa pertenecía a don Gaspar de Valdivia, un español peninsular de 63 años que había hecho fortuna como comerciante y prestamista. Valdivia vivía con su esposa, doña Inés de Sárate, de 58 años, y con una sobrina lejana que fungía como ama de llaves. Cuando entré a la casa continuó Rivas, escuché algo, un llanto muy débil, como si viniera de abajo, del sótano quizás.
Aguirre levantó la vista. preguntó qué era ese sonido. Pregunté. Don Gaspar me dijo que era una de las criadas que estaba enferma, pero el llanto no sonaba como el de una mujer adulta, sonaba como el de una niña. El escribano anotó cada palabra. ¿Por qué no denunció esto antes? Ribas bajó la mirada. Don Gaspar es un hombre poderoso.
Tiene conexiones con el obispado y con el alcalde mayor. Si me equivoco, si lo acuso sin pruebas, puedo perder todo. Hizo una pausa, pero no he podido dormir. Cada noche escucho ese llanto. Aguirre llevó la denuncia al alcalde mayor Rodrigo de Estrada. Estrada leyó el informe con expresión indescifrable. Gaspar de Valdivia, murmuró, es un hombre respetable, un pilar de esta comunidad.
No puedo ordenar un registro de su casa basándome en el llanto que un comerciante dice haber escuchado. Aguirre insistió. Señor alcalde, la descripción de la niña desaparecida coincide con algo muy específico. Una niña albina. No hay muchas en Guanajuato. Estrada cerró el expediente. Necesito más que sospechas.
Pero la noticia se filtró, como siempre pasaba en Guanajuato, donde los secretos tenían vida breve. A los tres días el rumor circulaba por toda la ciudad. Gaspar de Valdivia tenía escondida a la niña Albina. María Concepción de la Rosa escuchó el rumor en el mercado. Esa misma tarde se presentó en la casa de la calle de San Sebastián.
Tocó la puerta con los puños. Gritó el nombre de su hija hasta quedar fónica. Los guardias del alcalde tuvieron que sacarla de allí casi arrastras. Y fue entonces cuando algo inesperado sucedió. Una de las criadas de la casa Valdivia, una mujer indígena llamada Juana Teles, de 35 años, desertó de su puesto. Simplemente dejó su trabajo una madrugada y se presentó ante el párroco Fray Domingo Velázquez.
llegó llorando, temblando. Padre, necesito confesar algo, algo terrible. El párroco la escuchó en el confesionario y lo que Juan Atées le contó fue tan perturbador que el religioso rompió el secreto de confesión. fue directamente al alcalde mayor. En la casa de Gaspar de Valdivia, dijo Juana, había un sótano que casi nadie conocía, un espacio bajo la cocina, accesible por una trampilla oculta bajo un tapete.
Y en ese sótano, desde hacía meses, vivía una niña, una niña de cabello casi blanco. ¿Por qué está allí? Preguntó el párroco. Juana tardó en responder. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro. Don Gaspar está enfermo. Tiene un mal en los pulmones que ningún médico ha podido curar. Doña Inés consultó a un curandero, un hombre que vino de la ciudad de México y ese hombre les dijo que la única cura era la sangre de un cuerpo puro, un cuerpo tocado por Dios, un cuerpo diferente.
El párroco sintió que la náusea le subía por la garganta. ¿Qué hacen con esa niña? Juana cerró los ojos. Le sacan sangre cada semana, a veces dos veces por semana. Don Gaspar la bebemezclada con vino y hierbas. cree que lo está curando. El 17 de noviembre de 1743, 199 días después de la desaparición, el alcalde mayor Rodrigo de Estrada ordenó finalmente el registro de la Casa Valdivia.
Lo hizo acompañado de seis guardias armados, el escribano Aguirre, el párroco Velázquez y un médico cirujano llamado Dr. Matías Herrera. Llegaron a las 9 de la mañana. Don Gaspar de Valdivia abrió la puerta personalmente. Era un hombre alto, delgado hasta la enfermedad, con la piel amarillenta y los ojos hundidos.
¿A qué se debe esta intrusión? Preguntó con voz ronca. Estrada mostró la orden. Tenemos información de que en esta casa se encuentra una menor desaparecida. Valdivia negó con la cabeza. Es absurdo. Soy un hombre de bien. Pueden revisar la casa. Y así lo hicieron. Recorrieron cada habitación, la sala principal con sus muebles de caoba tallada y sus cortinajes de tercio pelo, el comedor con su mesa de 12 puestos, las recámaras con sus camas de dosel y sus arcones de cedro, la cocina con su fogón de hierro y su despensa llena de
sacos de trigo y frijol. No encontraron nada. Hasta que el párroco Velázquez, recordando las palabras de Juan Atées, se arrodilló en la cocina y comenzó a golpear el suelo con los nudillos. Escuchaba, buscaba un espacio hueco y lo encontró. Bajo un tapete de lana tejida había una trampilla de madera. Doña Inés, que hasta ese momento había permanecido en silencio, gritó, “¡No! ¡No abran eso, pero ya era tarde.
Dos guardias levantaron la trampilla. Una escalera de piedra descendía hacia la oscuridad. Un olor a humedad y a algo más. Algo dulzón y nauseabundo subió por el hueco. El doctor Herrera fue el primero en bajar llevando una lámpara de aceite. El alcalde mayor lo siguió. Después el párroco. El sótano era pequeño.
Aproximadamente tres varas de largo por dos de ancho. Las paredes eran de piedra sin encalar. El suelo de tierra húmeda, no había ventanas. El único aire venía de la trampilla. En una esquina había un jergón de paja podrida y sobre ese jergón, encogida como un animal herido, estaba blanca de la rosa. Tenía 6 años y 11 meses.
Pesaba menos de 15 libras. Su piel, antes blanca como la cera, ahora era traslúcida. Se le veían las venas azules bajo la dermis. Su cabello plateado estaba sucio y enredado. Tenía los ojos cerrados, no se movía. El doctor Herrera se arrodilló junto a ella, le tomó el pulso. Está viva murmuró. Apenas fue entonces cuando vieron sus brazos.
Ambos brazos, desde las muñecas hasta los codos, estaban cubiertos de cortes. Pequeños cortes paralelos, decenas de ellos, algunos ya cicatrizados, otros recientes, apenas cerrados con costras oscuras. En la pared junto al jergón había manchas, manchas de sangre seca que formaban un patrón grotesco. El alcalde mayor subió las escaleras tambaleándose.
Vomitó en el patio. El párroco Velázquez se quedó junto a la niña. Le habló con voz temblorosa. Blanca, Blanca, ya estás a salvo. Nadie va a hacerte daño. La niña abrió los ojos. Esos ojos azules pálidos que alguna vez habían brillado con curiosidad infantil, ahora estaban vacíos. Miró al párroco sin reconocerlo, sin reconocer nada.
“Tengo frío”, susurró. “Fueron las primeras palabras que pronunció en 199 días. Los guardias subieron a la niña con cuidado extremo. El doctor Herrera la envolvió en su propia capa. Pesaba tan poco que un solo hombre pudo cargarla sin esfuerzo. Arriba en la cocina, los guardias habían arrestado a Gaspar de Valdivia y a su esposa Inés de Sárate.
También detuvieron a Lama de llaves, Catalina Soto, de 42 años, que había participado activamente en el cautiverio. En un armario de la cocina encontraron los instrumentos. Una navaja de barbero, una escudilla de cerámica, frascos de vidrio con líquido rojizo y un cuaderno. Un cuaderno donde Catalina Soto había llevado un registro meticuloso de cada sangría.
El escribano Aguirre leyó una de las entradas. Su voz temblaba. 29 de abril. Segunda extracción. Tres onzas de sangre del brazo izquierdo. La niña lloró mucho. Doña Inés dice que debemos ser más cuidadosos para que no se desangre demasiado rápido. Don Gaspar bebió la sangre mezclada con vino de Jerez y raíz de valeriana.
Dice sentirse mejor. Otra entrada. Fechada el 18 de junio. Décima extracción. 4 onzas. La niña ya no llora, solo tiembla. Le di un poco de atole para que recupere fuerzas. Don Gaspar insiste en que la sangre debe ser fresca, que si pasan más de 2 horas pierde su poder. Y la última entrada del 15 de noviembre, vi extracción.
Solo pude sacar dos onzas. La niña está muy débil. Temo que no sobreviva a la próxima. Pero don Gaspar dice que su tos ha mejorado, que el tratamiento está funcionando. El alcalde mayor, Rodrigo de Estrada leyó el cuaderno completo esa noche. Al terminar escribió en su propio informe oficial, “He servido a la corona durante 30 años.
He visto crímenes de toda índole, perojamás en todos mis años había encontrado una maldad tan fría, tan sistemática, tan disfrazada de racionalidad. Estos individuos no actuaron con pasión ni con locura. actuaron con método, con la convicción de que un cuerpo diferente era menos humano, que la vida de esa niña valía menos que el bienestar de un hombre enfermo.
Blanca fue llevada a la Casa de la Misericordia, un hospital regentado por las monjas franciscanas. El doctor Herrera redactó un informe médico que se conservó en los archivos diocesanos. La menor presenta desnutrición severa. Peso estimado 15 libras. Altura normal para su edad, pero extremadamente delgada. Ambos brazos presentan múltiples laceraciones en diferentes estados de cicatrización.
Se cuentan al menos 32 incisiones distintas. Algunas muestran signos de infección. La niña presenta signos de trauma severo, no habla, no establece contacto visual, tiembla constantemente, se orina cuando alguien se acerca. Pronóstico físico favorable si se le proporciona alimentación adecuada. Pronóstico mental reservado.
María Concepción de la Rosa llegó al hospital corriendo. Cuando vio a su hija se derrumbó. Intentó abrazarla, pero Blanca gritó. Un grito agudo, animal, como si cualquier contacto humano le causara dolor físico. Las monjas tuvieron que llevar a María a otra habitación. Necesita tiempo”, le dijeron.
Su hija necesita tiempo para recordar que no todos quieren hacerle daño. El juicio contra Gaspar de Valdivia, Inés de Sárate y Catalina Soto comenzó el 3 de enero de 174. se llevó a cabo en el palacio de gobierno ante el juez don Antonio de Villavicencio, enviado especialmente desde la Ciudad de México por orden del birrey. La sala estaba abarrotada.
Más de 200 personas se apiñaban para ver a los acusados. Don Gaspar de Valdivia fue el primero en declarar. Entró con paso inseguro, tosiendo en un pañuelo manchado de sangre. El juez le preguntó si se declaraba culpable. Valdivia respondió con una voz que intentaba ser firme, pero se quebraba. No soy culpable de ningún crimen.
Soy un hombre enfermo que buscó una cura. ¿Una cura que requería torturar a una niña de 6 años? preguntó el fiscal don Luis de Cervantes. Valdivia miró hacia el suelo. No la torturé, solo tomé lo que necesitaba para vivir. Un curandero de reputación me dijo que la sangre de un cuerpo tocado por Dios tenía propiedades curativas.
Esa niña era claramente diferente. Su apariencia era una señal. No es mi culpa que Dios la marcara de esa forma. El murmullo de indignación recorrió la sala. El fiscal presentó el cuaderno de Catalina Soto como evidencia. Leyó varias entradas en voz alta. Cada vez que mencionaba la palabra extracción, los asistentes reaccionaban con horror.
Doña Inés de Sarate lloró durante todo su testimonio. Insistió en que solo quería salvar a su esposo. Es mi deber como esposa. Haría cualquier cosa para que no muera, incluso matar lentamente a una niña, preguntó el fiscal. Inés no respondió. Catalina Soto, el ama de llaves, fue la más fría de los tres. Declaró sin mostrar arrepentimiento.
Yo obedecía órdenes de mis patrones. Es mi deber servir a la familia Valdivia. Si ellos me pedían que sacara sangre de la niña, yo lo hacía. No me corresponde cuestionar. El testimonio más desgarrador fue el del Dr. Matías Herrera. Describió el estado en que encontraron a Blanca. Explicó que las extracciones repetidas de sangre habían puesto a la niña al borde de la muerte.
Una o dos extracciones más, dijo, y habríamos encontrado un cadáver. También declaró el párroco Fly Domingo Velázquez. habló de la confesión de Juan Ateles, de cómo el miedo había mantenido el silencio en esa casa durante meses. Y finalmente, aunque no estuvo presente físicamente, se presentó un testimonio escrito de Blanca de la Rosa.
Las monjas franciscanas habían trabajado con ella durante semanas. Poco a poco, con paciencia infinita, lograron que la niña hablara, que contara lo que había vivido. El escribano del tribunal leyó el testimonio en voz alta. La sala quedó en silencio absoluto. Me llevaron a una casa grande. Me dijeron que mi madre vendría a buscarme, pero no vino.
Me metieron en un lugar oscuro abajo de la tierra. Tenía frío todo el tiempo. Tenía hambre. Una señora venía, me cortaba el brazo con un cuchillo, dolía mucho. Yo gritaba, ella me decía que me callara o me iba a doler más. Ponía un tazón debajo de mi brazo. Mi sangre caía en el tazón. Ella se lo llevaba arriba.
Al principio venía cada muchos días. Después venía más seguido, a veces dos veces en una semana. Dejé de gritar, dejé de tener hambre. Solo quería dormir. Pensé que me iba a morir. Quería que mi mamá me encontrara, pero ya no llegaba. Un día escuché voces arriba, voces que no conocía. Y entonces abrieron la puerta y había luz.
Cuando el escribano terminó de leer, varias mujeres en la sala lloraban. El juez Villavicencio tuvo que pedir unreceso. La sentencia se dictó el 18 de febrero de 174. Gaspar de Valdivia fue declarado culpable de rapto. Secuestro. Tortura y tentativa de homicidio. Sentencia. 20 años de prisión en el presidio de San Juan de Ulua en Veracruz.
Confiscación de todos sus bienes. Inés de Sárate fue declarada culpable de complicidad en todos los cargos. Sentencia. 15 años de prisión en el convento de Santa Clara de la Ciudad de México en régimen de reclusión perpetua. Catalina Soto fue declarada culpable de tortura y lesiones graves. Sentencia 12 años de trabajos forzados.
Pero hubo algo más, algo que el juez Villavicencio añadió al final de la sentencia. Este tribunal reconoce que los acusados actuaron bajo una superstición arraigada. Creyeron que el cuerpo de una niña diferente podía usarse como medicina. Esta creencia, aunque no justifica ni disculpa sus actos, revela un problema más profundo en nuestra sociedad.
El hecho de que personas educadas de posición social elevada puedan creer que un ser humano puede ser reducido a un objeto curativo, indica que nuestra educación está fallando. Por tanto, este tribunal ordena que se lea esta sentencia en todas las iglesias de Guanajuato. que se entienda que ningún cuerpo humano, por diferente que sea, es menos sagrado que cualquier otro.
La sentencia se cumplió parcialmente. Gaspar de Valdivia murió en prisión a los 8 meses, en octubre de 174. Su enfermedad pulmonar empeoró rápidamente. Según el reporte del médico del presidio, murió ahogándose en su propia sangre. Inés de Sárate cumplió 7 años en el convento antes de morir de fiebre tifoidea en 1751.
Catalina Soto cumplió su sentencia completa. Salió de prisión en 1756. Nadie sabe qué fue de ella después. Pero lo que nunca se investigó a fondo fue la identidad del curandero, el hombre que supuestamente les dio la idea de usar sangre de una niña albina. Ni Gaspar, ni Inés, ni Catalina quisieron revelar su nombre.
Dijeron que no lo recordaban, que era un hombre mayor que vino de la ciudad de México. Nada más. El escribano Aguirre en sus notas personales escribió algo inquietante. Sospecho que ese curandero nunca existió o que si existió sigue operando en algún otro lugar. Porque la superstición sobre los cuerpos diferentes no nace en una sola mente.
Es un veneno que se transmite. ¿Cuántos otros han escuchado esa misma recomendación? ¿Cuántas otras niñas o niños diferentes han desaparecido por la misma razón? ¿Fue Blanca de la Rosa la única víctima o había un patrón más grande que nadie quiso ver? ¿Cuántos otros cuerpos considerados tocados por Dios fueron convertidos en medicina por la codicia y la superstición? Si quieres conocer la verdad sobre lo que los archivos revelaron después, no olvides suscribirte al canal y activar la campanita, porque lo que estás a punto de descubrir
sobre el alcance real de esta práctica en la Nueva España hará que te cuestiones cuánta oscuridad esconden los documentos coloniales. Blanca de la Rosa pasó tr meses en la casa de la misericordia. Las monjas la alimentaron con caldos y atole, le vendaron los brazos, le cantaban canciones para que durmiera. Poco a poco, muy lentamente, la niña comenzó a recuperar peso.
Su cabello plateado, antes opaco y quebradizo, recuperó algo de brillo. Las cicatrices en sus brazos comenzaron a palidecer, pero había daños que no se podían curar con comida ni con vendajes. Blanca no volvió a hablar con normalidad hasta cumplir 11 años. Cuando lo hacía era en susurros. No podía tolerar que la tocaran.
Si alguien intentaba abrazarla, entraba en pánico. Tenía pesadillas cada noche. Pesadillas donde estaba de nuevo en el sótano oscuro, donde sentía el filo de la navaja cortando su piel. María intentó reconstruir una vida con sus hijos. Volvió a trabajar en el molino, pero algo en ella había muerto durante esos 199 días.
Ya no sonreía, ya no cantaba. José Antonio, que tenía 8 años cuando recuperaron a su hermana, se convirtió en un niño silencioso y vigilante. Cada vez que Blanca salía de la casa, él la seguía. No la dejaba sola ni un momento. La familia se mudó del barrio de la presa. Nadie quería vivir en la casa donde había empezado la tragedia.
Se fueron a vivir a un cuarto más pequeño en el barrio de Marfil, del otro lado de la ciudad. intentaron empezar de nuevo. Pero Guanajuato es una ciudad pequeña y las historias terribles no se olvidan. Blanca era señalada en las calles. Ahí va la niña que le sacaban sangre. Murmuraban. Algunos niños la seguían y le gritaban, “¡Niña blanca, niña En 1749, cuando Blanca tenía 12 años, un benefactor anónimo pagó para que fuera enviada a un convento en Querétaro.
Allí, lejos de Guanajuato y de los Recuerdos, pasó los siguientes 8 años. Las monjas la educaron, le enseñaron a leer y escribir, le enseñaron a bordar y a cocinar. Y sobre todo le enseñaron que no todos los seres humanos eran monstruos. En 1757,a los 20 años, Blanca de la Rosa salió del convento. Se casó con un carpintero llamado Francisco Medina, un hombre mestizo de 25 años que la trató con una ternura que ella nunca había conocido.
Tuvieron cuatro hijos. Vivieron en un pueblo pequeño cerca de Querétaro. Blanca trabajó como partera. Ayudó a traer al mundo a más de 200 criaturas. Nunca volvió a Guanajuato. Murió en 1811 a los 74 años. en su lecho de muerte, rodeada de sus hijos y nietos, dijo algo que su hija mayor, Josefa, anotó en una carta que se conservó en los archivos familiares.
Durante mucho tiempo creí que era mi culpa, que mi apariencia era un castigo, que merecía lo que me pasó. Pero con los años comprendí algo. No fui yo quien estaba mal, eran ellos y todos los que creyeron que podían usar mi cuerpo porque era diferente. Si alguien lee esto algún día, que sepa que sobreviví, que viví, que amé, que fui feliz y que ningún monstruo pudo quitarme eso.
María Concepción de la Rosa murió en 1762, a los 42 años. Su corazón, dicen los registros médicos de la época, simplemente se detuvo. Como si después de tantos años de dolor hubiera decidido que ya había sufrido suficiente. Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de San Roque. José Antonio y Miguel, sus otros dos hijos, le pusieron una lápida sencilla que decía, “Madre que nunca dejó de buscar.
La casa de Gaspar de Valdivia, en la calle de San Sebastián, fue confiscada por la corona. Durante años nadie quiso vivir allí. Circulaban rumores de que por las noches se escuchaban llantos de niña. En 1753 fue demolida. En su lugar se construyó una capilla dedicada a San Judas Tadeo, patrono de las causas perdidas.
Hoy esa capilla ya no existe. En ese terreno hay un edificio de departamentos, pero en los archivos del obispado hay una placa conmemorativa que dice, “En este lugar se cometió una gran injusticia, que nunca se olvide. El caso de Blanca de la Rosa no cambió las leyes de la Nueva España, pero sí cambió algo en Guanajuato.
El obispo de la diócesis, don Clemente de Echeverría, ordenó que cada año, el 22 de abril, aniversario de la desaparición de Blanca, se celebrara una misa especial en todas las iglesias de la ciudad. una misa por los niños vulnerables y olvidados. Esa tradición se mantuvo hasta la independencia de México. En 1928, un historiador local llamado Ernesto Villaseñor encontró el expediente del caso mientras investigaba en los archivos del Palacio de Gobierno.
Quedó tan impactado que escribió un libro titulado La niña de plata. Un crimen colonial. El libro fue publicado en 1930. Causó revuelo. Muchos lo consideraron demasiado perturbador. Algunas familias descendientes de españoles intentaron que se prohibiera, porque según ellos pintaba una imagen injusta de la sociedad colonial.
Villaseñor recibió amenazas anónimas. Una noche alguien incendió su oficina. Se perdieron muchos de sus documentos, pero el expediente original del caso Blanca de la Rosa estaba guardado en los archivos diocesanos y sobrevivió. En una entrevista para el periódico El Heraldo de Guanajuato, publicada el 3 de mayo de 1930, Villaseñor dijo algo que resuena hasta hoy.
Me preguntan por qué insisto en contar historias tan oscuras del pasado. ¿Por qué no dejar que se olviden? Mi respuesta es simple, porque esas historias nunca terminaron de ocurrir. Hoy, en 1930, seguimos viviendo en una sociedad que considera que algunos cuerpos valen más que otros, que algunos niños importan más que otros.
Mientras sigamos pensando así, casos como el de Blanca de la Rosa seguirán sucediendo. Quizás no de la misma forma, quizás no con navajas y sótanos, pero seguirán sucediendo. Y tenía razón, porque cuando Villaseñor profundizó su investigación, encontró algo que lo dejó helado. En los archivos de la Inquisición de la Nueva España, localizados en la Ciudad de México, había registros de al menos otros cinco casos similares entre 1720 y 1780.
En Oaxaca, en 1732, un niño con polidactilia, es decir, con seis dedos en cada mano, desapareció. Su cuerpo fue encontrado meses después en un barril de sal. Le faltaban ambas manos. La investigación concluyó que habían sido cortadas para uso en prácticas de hechicería. En Puebla, en 1746, una niña con labio leporino fue raptada de un orfanato.
Nunca se encontró. Pero un curandero local fue arrestado años después por poseer reliquias de niños marcados por Dios. En Zacatecas en 1753 gemelos y ameses nacidos de una familia indígena, fueron robados del hospital donde estaban siendo tratados. Se descubrió que un médico español los había vendido a un coleccionista de curiosidades anatómicas en Europa.
En Querétaro, en 1761, un adolescente albino de 14 años desapareció. Su familia denunció. La investigación nunca prosperó. Pero un comerciante fue arrestado meses después intentando vender polvo de hueso de ángel como medicina. Y en Veracruz, en 1778,una niña con enanismo fue raptada del puerto.
Su caso se cerró como fuga voluntaria. Años después, un marinero confesó en su lecho de muerte haberla visto en un circo ambulante en España, exhibida como la muñeca viviente de las Indias. Villaseñor documentó todos estos casos y llegó a una conclusión devastadora. El caso de Blanca de la Rosa no fue un hecho aislado, fue parte de un sistema, un sistema donde los cuerpos diferentes eran vistos como recursos, como mercancías, como objetos de fascinación, experimentación o superstición.
Cuántos casos más nunca fueron denunciados. Cuántas familias pobres, indígenas o mestizas perdieron a sus hijos sin que nadie llevara un registro. Cuántos niños desaparecieron y simplemente fueron olvidados porque sus vidas no importaban lo suficiente. Si quieres saber qué encontraron los investigadores modernos cuando revisaron los archivos médicos de la época colonial, asegúrate de estar suscrito al canal y de activar las notificaciones, porque lo que descubrieron sobre las prácticas médicas y supersticiosas de
ese tiempo te va a hacer reconsiderar todo lo que creías saber sobre la medicina colonial. En el año 2003, un equipo de antropólogos forenses de la UNAM excavó el terreno donde estuvo la casa Valdivia. Estaban buscando restos arqueológicos de la época colonial para un proyecto de preservación histórica. Lo que encontraron los dejó sin palabras.
Bajo lo que había sido el sótano, a 2 metros de profundidad hallaron huesos humanos, huesos pequeños de niños, al menos tres individuos diferentes, ninguno mayor de 12 años. El análisis forense reveló marcas de cortes en los huesos de los antebrazos. marcas consistentes con extracciones repetidas de sangre. Y lo más perturbador, las marcas databan de diferentes épocas.
Algunos huesos eran de principios del siglo XVII, otros de mediados de ese siglo. La conclusión fue escalofriante. Blanca de la Rosa no fue la primera víctima en esa casa. probablemente fue la última la que tuvo la suerte de ser rescatada. El informe forense publicado en 2005 incluía esta línea final. Los restos encontrados sugieren una práctica sistemática que pudo haber durado décadas.
Es probable que la familia Valdivia o quienes vivieron en esa propiedad antes que ellos utilizaran niños con características físicas inusuales para prácticas médicas supersticiosas durante un periodo prolongado. La pregunta ya no es si esto ocurrió. La pregunta es, ¿en cuántos otros lugares de la Nueva España ocurrió lo mismo? En 2012, una periodista de investigación llamada Gabriela Sánchez publicó un artículo en la revista Nexos titulado Los niños diferentes, mercancía colonial.
En él documentaba como durante todo el periodo colonial los niños con albinismo, polidactilia, enanismo o cualquier otra condición visible eran especialmente vulnerables. Citaba documentos del santo oficio que mostraban procesos contra curanderos que comerciaban con partes de cuerpos marcados. Registros de venta de niños curiosos a coleccionistas europeos, testimonios de familias indígenas que perdieron hijos y nunca recibieron justicia.
El artículo causó conmoción, también generó amenazas. Sánchez recibió mensajes advirtiéndole que dejara de remover el pasado, que esas historias solo servían para hacer quedar mal a las familias tradicionales. En una entrevista posterior, Sánchez dijo, “Me dicen que esto es historia antigua, que ya pasó, pero cuando veo las estadísticas actuales de niños indígenas desaparecidos en México, niños que nadie busca con la misma urgencia que se busca a un niño de clase media urbana, me pregunto, ¿realmente es historia
antigua o es un patrón que nunca terminó. Hoy en el Museo Regional de Guanajuato hay una pequeña sala dedicada a Blanca de la Rosa. recibe copias del expediente judicial, fragmentos del cuaderno de Catalina Soto, el testimonio de la niña. Y en la pared principal que dice Blanca de la Rosa, 1737 hasta 1811, víctima de la superstición y la crueldad, sobreviviente de la barbarie.
Su historia nos recuerda que ningún cuerpo humano puede ser reducido a un objeto, que la diferencia no es una maldición y que la justicia, aunque llegue tarde, debe llegar siempre. Cada año, el 22 de abril, organizaciones de derechos humanos y grupos que trabajan con niños con discapacidades o condiciones físicas visibles organizan una marcha en Guanajuato.
Marchan desde el lugar donde estuvo la casa Valdivia hasta el palacio de gobierno. Llevan velas, leen los nombres de niños que han desaparecido en México en el último año y al final alguien lee en voz alta el testimonio de Blanca para que no se olvide. Gracias por acompañarnos en este recorrido por uno de los casos más perturbadores de la historia colonial de Guanajuato.















