Veracruz tiembla: hallan bodega con decenas de cuerpos. La verdad detrás es escalofriante. ¡Horror!

El calor en la zona industrial al este de Veracruz era una navaja al rojo vivo ese mediodía, pero no era el solo que helaba la sangre. Desde la rendija de la puerta de acero de una bodega de pintura blanca, largamente abandonada, emanaba un olor dulzón y metálico que no pertenecía a este mundo.
Era denso, casi tangible, una película grasosa que se adhería a la garganta. Un gato callejero saltó de improviso desde un montón de escombros, corrió sin emitir sonido y se perdió en el silencio. Solo el susurro del viento arrastraba aquel edor, acercándolo a las fosas nasales de cualquiera que se atreviera a permanecer allí. Un hombre de mediana edad, empujando un carrito de chatarra, se detuvo en seco.
Tragó saliva, su mirada fija en la puerta que parecía vibrar levemente, como si guardara un secreto que suplicaba ser liberado desde las entrañas de la oscuridad. Cuando su mano temblorosa rozó el candado oxidado, su valor se desmoronó. Detrás de esa lámina de metal, un coro de muerte esperaba perfectamente organizado, silencioso y definitivo.
Y en el instante en que el portón se abrió lo suficiente, un grito ahogado desgarró la quietud de la tarde. No era uno ni dos. Una formación de bolsas negras le devolvió la mirada sin ojos, como ataúdes flexibles que contenían historias que nadie deseaba escuchar jamás. El parque industrial a Sombras siempre tenía mediodías que se sentían más viejos que la hora que marcaba el reloj.
El concreto de las calles estaba agrietado con hierbajos amarillentos brotando de las fisuras como venas resecas. El chirrido de las láminas de metal bajo el sol era una queja larga y constante. En la canícula de agosto de 2023 el aire se había estancado, denso y pesado. El olor a ule quemado, diésel y polvo era la normalidad.
Sin embargo, en aquel día Ciago, un aroma distinto cortó la rutina como un cuchillo helado. Su nombre era Ramiro, aunque todos en el parque lo conocían como don Ramiro, el vigilante del estacionamiento, cuyo turno comenzaba cuando el sol apenas se levantaba sobre los manglares lejanos. Su cabello ya plateaba en las cienes, pero sus pasos aún eran firmes.
Conocía el sonido de cada tráiler, la costumbre de cada chóer, incluso el crujido particular de la puerta de aquella vieja bodega de pintura blanca en el bloque más oriental, la que llevaba años deshabitada. Esa bodega era como una herida antigua cerrada en falso, pero desde la madrugada un olor extraño había comenzado a flotar, tan sutil como un susurro.
Para el mediodía, ese susurro se había convertido en una bofetada densa, dulzona y con un toque a quemado. Se mezclaba con una nota química que dejaba un sabor amargo en la lengua. Jan Ramiro se cubrió la nariz con un pañuelo gastado intentando reírse de su propio miedo. Ha de ser un perro muerto, murmuró para sí, pero en el fondo de su corazón sabía que la carroña de un animal nunca provocaba ese zumbido en los oídos ni esa revuelta en el estómago.
Se paró a varios metros de la puerta de acero. El candado estaba cubierto de mo, la cadena opaca por el salitre. Sin embargo, algo no encajaba. La cadena parecía haber sido movida recientemente. El polvo en el suelo, justo en el umbral, mostraba una leve marca rectangular y alargada, como si las ruedas de un diablillo pesado hubieran sido arrastradas lentamente.
Y desde las rendijas de la puerta, una corriente de aire frío se deslizaba hacia afuera. Un frío que no tenía sentido en medio de la sequía y el bochorno. Oiga, don Ramiro, ¿usted también lo huel? La voz suave provino de Marisol, la vendedora de raspados que solía instalarse cerca de la caseta de vigilancia. Su rostro estaba pálido y el hielo en el vaso que sostenía se derretía a una velocidad alarmante.
“No te acerques”, respondió don Ramiro. “Mitad por protegerla, mitad porque él mismo deseaba mantener una distancia prudente entre su persona y aquel olor. Pero la curiosidad es un caballo salvaje. Una vez que se desboca, no hay quien lo detenga.” En cuestión de minutos, dos o tres trabajadores más se habían congregado a una distancia segura, intercambiando miradas como buscando un excusa para marcharse, pero en cambio esperando.
Don Ramiro miró su reloj de pulsera, un viejo casio con la correa agrietada. La manecilla corta apuntaba al 12, la larga al dos. Pleno día. Sopesó la situación y decidió hacer lo que debió haber hecho desde que el olor lo golpeó por primera vez. pedir ayuda. Caminó hacia la caseta de seguridad hablando con una voz más baja de lo habitual, como si temiera que alguien lo escuchara desde el interior de la bodega.
Dos guardias de seguridad del complejo, Héctor y un joven llamado Carlos, llegaron con linternas y una cinta amarilla de precaución, de las que se usan cuando hay maquinaria pesada operando. No tenían la llave de la vieja bodega. Según los registros, llevaba vacía casi una década. El dueño se había mudado a EstadosUnidos, o eso decían, pero los guardias de seguridad siempre tienen un plan para las emergencias.
Héctor sacó una cizalla del tamaño de su antebrazo. Cuando las mandíbulas de la herramienta mordieron el metal oxidado, el sonido que produjo fue como un gemido metálico. La puerta se movió unos centímetros. Desde esa apertura, el aire que escapó era notablemente más frío que el del exterior, trayendo consigo una peste aún más penetrante.
Carlos apuntó su linterna hacia el interior. El as de luz rebotó en algo negro, liso y perfectamente alineado, como una hilera de sarcófagos modernos. En ese mismo instante, los ojos de Carlos se abrieron como platos. se volvió hacia Héctor. No hubo palabras, solo un entendimiento mutuo de que estaban frente a algo que no era obra de un simple descuido.
“No toques nada. Llama a la policía”, dijo Héctor con la voz ronca. El teléfono sonó en la comandancia del sector. La respuesta fue rápida, como si ya estuvieran preparados para lo peor. En poco tiempo, el sonido de las sirenas cortó el calor del mediodía. Dos patrullas de la policía estatal entraron al parque industrial, seguidas por una ambulancia y una camioneta del servicio médico forense.
La gente comenzó a salir de las sombras de otras bodegas, congregándose detrás de la distancia de seguridad que los oficiales imponían. Rostros curiosos que lentamente se transformaron en máscaras de náusea contenida. El capitán a cargo, Javier Mendoza, se presentó brevemente y comenzó a dirigir a su equipo con la eficiencia de una coreografía ensayada durante años.
Se extendió la cinta amarilla. Se pidió a los curiosos que retrocedieran. La puerta de la bodega se abrió de par en par. Cuando la luz del día barrió el sucio suelo de concreto, la escena golpeó con una claridad brutal. Bolsas negras, gruesas y selladas, estaban dispuestas en dos filas. Un número difícil de adivinar a simple vista, pero definitivamente más de las que deberían existir en cualquier lugar.
Cada bolsa tenía una pequeña etiqueta con números y una fecha, pero sin nombres. Algunas de las bolsas estaban hinchadas como si contuvieran un secreto putrefacto impaciente por escapar. Una paramédico del semefo cerró los ojos por un instante, respiró hondo y luego asintió en dirección al capitán Mendoza. Comenzamos la identificación preliminar”, dijo.
Los peritos forenses, ataviados con trajes blancos de protección se movían con una rapidez contenida, como si cada paso fuera una oración para no encontrar algo aún peor. Fuera del cordón, la multitud se hacía más densa. Los susurros se multiplicaban como insectos. Alguien mencionó que la bodega solía ser un almacén de productos congelados.
Otro juró haber visto un camión sin insignias detenerse de madrugada y marcharse sin hacer ruido. Marisol, la vendedora de raspados, se sentó en la banqueta abrazando su pequeño carrito. El hielo derretido ahora era solo un charco de agua dulce que goteaba lentamente. Jan Ramiro permanecía en su lugar original un poco más atrás tratando de recordar si la noche anterior había escuchado el ruido de algún motor.
Su mente reproducía los eventos como una vieja cinta de cassete, un destello de faros a lo lejos, el sonido de neumáticos pesados sobre el camino de terracería trasero y la sombra de dos figuras con chamarras gruesas en un clima caluroso, algo que no era normal. Sintió un escalofrío recorrerle la columna, uno que no tenía nada que ver con el viento.
Una mujer con el cabello recogido en una coleta, portando una bolsa de mensajero y una libreta. se mantenía en silencio entre los reporteros improvisados que alzaban sus teléfonos móviles. Su nombre era Elena Vargas. No trabajaba para la televisión, sino para un portal de noticias independiente que a menudo publicaba las historias que a los poderosos no les gustaba que se contaran.
Sus ojos, agudos y analíticos, sopesaban la escena midiendo la distancia entre los hechos y los rumores. Desde el interior de la bodega, una de las bolsas fue movida. El sonido del plástico grueso al deslizarse fue escalofriante. Los peritos no la abrieron, solo fotografiaron la etiqueta, anotaron su posición y midieron la temperatura del aire a su alrededor.
“El frío no es normal”, murmuró un técnico señalando un medidor. Apuntó a una sección de la pared que sobresalía ligeramente, una línea que no era simétrica, como si hubiera algo detrás, pero nadie la tocó todavía. El procedimiento era el pilar que evitaba que el pánico se derrumbara. El capitán Mendoza se acercó a don Ramiro y a los dos guardias de seguridad.
¿Quién fue el primero en notar el olor?, preguntó. Dan Ramiro levantó la mano. Su voz era baja, pero firme mientras relataba los sucesos de la mañana, el mediodía y los destellos de la noche anterior. Mencionó la marca del diablillo, el aire frío que salía de la rendija y las dos figuras con chamarras gruesas.
Mendoza tomó notas rápidas y luego se volvió hacia otro oficial. Quiero las grabaciones de las cámaras de la entrada principal toda la semana pasada y revisen la bitácora de todos los camiones registrados. El sol comenzó a descender alargando las sombras. Al final de la calle de concreto llegó un vehículo diferente. No era una patrulla ni una ambulancia.
Llevaba equipo pesado, cajas con la etiqueta forense avanzado. De él descendió una mujer con gafas de montura delgada. Su expresión era serena pero decidida. La doctora Sofía Navarro, una experta forense cuyo nombre aparecía con frecuencia en los informes periciales, pero rara vez en las pantallas de televisión.
saludó brevemente, evaluó la escena con una mirada y luego asintió como si activara un reloj interno. “Empiecen por los bordes. No toquen el centro de la formación”, le dijo a su equipo. Observen el patrón. Quien quiera que haya organizado esto, quería que viéramos algo o precisamente que no viéramos algo más.
Esa frase cayó como una piedra en un estanque en calma. creó pequeñas ondas en los rostros de quienes la escucharon. Elena Vargas escribió esas palabras textualmente. Don Ramiro sintió algo que no podía nombrar, una mezcla de miedo, rabia y una curiosidad que de repente se convirtió en una carga.
En el cielo, un sopilote trazaba círculos como midiendo la valentía de los humanos que estaban abajo. Mientras tanto, a lo lejos, el llamado a la oración de una iglesia cercana rompió el calor y los murmullos. La gente guardó silencio por unos segundos. Luego el mundo reanudó su movimiento, más lento, más cauteloso. La cinta amarilla se mecía con una brisa ligera y la bodega de pintura blanca permanecía allí como una mandíbula a medio abrir.
Nadie sabía que esa era solo la primera puerta de un capítulo mucho más oscuro. Detrás de ella había pasillos que aún no podían imaginar. Pero en ese momento el este de Veracruz solo sabía una cosa. El olor había llamado y los humanos habían acudido. Porque así somos los humanos. Nos tapamos la nariz, pero seguimos caminando hacia adelante, esperando encontrar respuestas, temiendo descubrir la verdad.
En la caseta de seguridad, un técnico comenzó a descargar las grabaciones. La pantalla mostraba fragmentos de noches atravesadas por tráileres, motocicletas y guardias aburridos bostezando. Elena Vargas se mantenía cerca esperando ese pequeño detalle que encendería la mecha de su historia.
Juan Ramiro miraba fijamente la bodega, recordando cada crujido de puerta que había oído en su vida. Y por alguna razón, el silencio de esa tarde sonaba como nombres que nunca llegaron a ser pronunciados. En medio de todo, solo una cosa era absolutamente cierta. Algo en esa bodega blanca quería permanecer oculto. Y ese día, por primera vez, su escondite había sido vulnerado.
El técnico de informática hizo un gesto al capitán Mendoza, sus ojos fijos en el monitor de la caseta de seguridad. El zumbido del CPU era el único sonido en la pequeña habitación. La imagen granulada por la escasa luz de los postes del parque industrial mostraba la noche anterior. La marca de tiempo indicaba las 2:43 de la madrugada.
La calle del complejo estaba desierta. No había pasado ningún vehículo en varios minutos hasta que de repente dos grandes faros aparecieron desde la entrada este. Un camión de caja blanca. sin logotipos de ninguna empresa, avanzó lentamente. La placa estaba cubierta de lodo, casi ilegible. La cámara captó el momento en que el camión se detuvo justo frente a la bodega de pintura blanca.
Dos individuos bajaron de la cabina. Ambos llevaban chamarras gruesas con capuchas que ocultaban sus rostros. Sus movimientos eran rápidos, eficientes. Uno de ellos sacó un pequeño control remoto de su bolsillo. La puerta de la bodega, que supuestamente estaba sellada con un candado, se deslizó hacia arriba unos centímetros, como si hubiera sido preparada de antemano.
La doctora Navarro, de pie detrás del técnico, entrecerró los ojos. “Deténlo ahí”, dijo. La imagen se congeló. señaló la pantalla directamente al brazo derecho de uno de los hombres encapuchados. Amplía esa parte. Cuando la imagen se hizo más clara, se vio una delgada línea roja en la manga de la chamarra. No era un logotipo, sino algo parecido a un cincho de plástico rojo enrollado.
Un símbolo o una marca de identificación entre ellos, murmuró Mendoza. Nadie sabía. Adelanta 10 segundos”, ordenó la doctora. El camión se meció ligeramente mientras la puerta trasera se abría. La sombra de una gran caja era visible en el interior. Los dos hombres sacaron algo que parecía pesado, de forma alargada y envuelto en plástico negro.
Lo transportaron al interior de la bodega y salieron sin mirar atrás. Después el camión abandonó el lugar. El reloj en la pantalla marcaba las 3:11. Solo 28 minutos. Tiempo suficiente para un trabajo memorizado. Revisa las noches anteriores pidió ladoctora Navarro. El técnico retrocedió la grabación noche tras noche. El mismo patrón surgió.
Siempre un camión de caja blanca, siempre dos o tres individuos vestidos de forma similar, siempre deteniéndose frente a la bodega que supuestamente estaba vacía. Sofía Navarro suspiró. Esto no es un accidente, es una operación recurrente. Miró al capitán Mendoza. Tenemos que registrar esa bodega a fondo.
Sospecho que hay una habitación que aún no hemos encontrado. Mendoza asintió y dio una orden a dos de sus hombres para que trajeran un escáner térmico. En cuestión de minutos, el equipo forense estaba de vuelta en la bodega. El aire en el interior era aún más pesado. Los rayos del sol poniente se colaban por las rendijas del techo, creando columnas de polvo que giraban como humo.
La doctora Navarro examinó cada pared, cada diferencia en el tono de la pintura, cada patrón de humedad que no debería estar allí. Aquí, dijo señalando la pared del fondo a la izquierda. La temperatura de esta sección es 2 grados más baja que la del resto. Mendoza golpeó suavemente la pared. El sonido era diferente, hueco.
Podría haber un espacio vacío detrás, murmuró. Hizo una seña. Un oficial tomó una pequeña barreta y comenzó a hacer palanca. En la parte inferior de la pared se escuchó un crujido sordo. Trozos de yeso cayeron, revelando una delgada rendija. Desde ella se escapó una ráfaga de aire helado, mezclado con un olor químico aún más fuerte.
Todos se detuvieron un momento. Sofía se asomó a la rendija. Sus pupilas se contrajeron. Habrá despacio. Asegúrense de que la cámara esté grabando. La pared falsa finalmente se abrió lo suficiente para que una persona pudiera pasar. Apuntaron las linternas hacia el interior. La luz chocó contra paredes de metal oxidado. En un rincón había una mesa de madera destartalada.
Sobre ella, un par de guantes de látex y una libreta raída. El suelo parecía húmedo, brillando bajo la luz tenue. Al otro lado, seis bolsas negras estaban alineadas sin etiquetas. Uno de los peritos trabó saliva y entró. El sonido de sus botas se pegaba al suelo resbaladizo. Dios mío. Su voz se quebró. Sofía entró también.
Las manos dentro de las bolsas estaban atadas con los mismos cinchos de plástico rojo. La piel estaba rígida por el frío. “Tomen fotos, no muevan nada todavía,”, ordenó rápidamente. Mendoza respiró hondo. “¿Por qué esconder estás y no las otras?” Porque la sala principal era solo una distracción”, respondió Sofía en voz baja.
Estas son el verdadero núcleo. Encontraron una pequeña tabla de madera en la pared. Tenía números y fechas escritos con un marcador rojo. La última fecha era de hacía solo dos semanas. Significa que esta actividad seguía en curso. “Es reciente”, concluyó Mendoza. Afuera, Elena Vargas esperaba. había olfateado el rastro de una gran historia en el momento en que vio al equipo forense salir con los rostros tensos.
sabía que fuera lo que fuera que hubieran encontrado, no era el final, sino el comienzo de una oscuridad mucho más profunda. A lo lejos, el sol comenzó a ocultarse y el canto de los grillos reemplazó el zumbido de los generadores. La bodega blanca parecía la misma, pero todos los que estaban allí sabían que el edificio acababa de revelar una pequeña parte de su secreto y cada nuevo secreto siempre tenía un precio más aterrador de lo que se imaginaba.
El equipo forense comenzó a instalar su equipo en la habitación secreta. El olor a químicos y descomposición se fusionó en una mezcla nauseabunda que hacía inútiles las mascarillas. Una lámpara portátil iluminó la vieja mesa de madera en el rincón. Sobre ella descansaba la libreta raída con las páginas medio deshechas por la humedad.
La doctora Navarro la tomó con guantes, abriéndola con sumo cuidado para que el papel no se desintegrara. La escritura en el interior era irregular, una mezcla de números, símbolos y algunas frases cortas en tinta roja escritas con mayúsculas. No puede haber fallas. El envío debe estar limpio antes del amanecer. Sofía miró la frase durante un largo rato y luego se la mostró a Mendoza.
No son notas al azar, dijo en voz baja. Son instrucciones. Mendoza se agachó junto a la pila de seis bolsas negras. Todas iguales, sin etiquetas, sin marcas. Abrió ligeramente la cremallera de una de ellas. El edor se intensificó al instante, pero lo que le cortó la respiración no fue el aroma.
La mano de la víctima estaba atada con un cincho de plástico rojo, idéntico al que se veía en la grabación de la cámara de seguridad. En la muñeca izquierda de la víctima había restos de un brazalete de identificación de hospital casi borrado. Esto no es un asesinato aleatorio, afirmó Sofía con rotundidad. Hay un sistema. Seleccionan, registran y luego envían.
Miró hacia la pared. Había un garabato apenas visible en el cemento. Números dispuestos verticalmente como un calendario de entregas.Algunos estaban tachados, otros no. Los peritos mapeaban cada detalle. Mientras tanto, fuera de la bodega, el cielo se tiñó de naranja. Elena Vargas seguía de pie detrás de la cinta policial, anotando todo desde la distancia.
Sabía que la policía estaba manejando la información con hermetismo, pero su instinto le decía que esto era mucho más grande que el simple hallazgo de unos cuerpos. Alrededor de las 6 de la tarde, un sedán negro sin insignias se detuvo frente al puesto de mando. De él descendió un oficial de alto rango vestido de civil.
Su rostro era frío e inexpresivo. Se presentó como el comandante Ricardo Morales, un enlace de la Fiscalía General del Estado. “A partir de ahora, todos los hallazgos se me reportan a mí primero”, dijo con voz plana. Mendoza dudó por un momento, pero Sofía intervino. Seguiremos trabajando según el protocolo, comandante.
Este no es un caso ordinario. Morales solo la miró y luego sonrió levemente. Lo sé. Precisamente por eso. No dejen que se filtre nada. Poco después, dos peritos trajeron los resultados preliminares de las bolsas de la habitación secreta. Tres hombres adultos, dos mujeres y un adolescente. Todos presentaban heridas similares en las muñecas y marcas de inyección en el brazo derecho.
No murieron en este lugar. Fueron trasladados, anotó Sofía rápidamente. Mendoza señaló una tubería de metal que atravesaba el suelo en una esquina de la habitación. Esa tubería no es de ventilación normal, dijo. Sofía se inclinó para examinarla. era bastante ancha y se dirigía hacia el subsuelo. Quizás sea un desagüe o algo para verter productos químicos.
Sofía dio la orden de traer una cámara endoscópica. Cuando la pequeña lente se introdujo en la tubería, la pantalla del monitor mostró una imagen que silenció a todos los presentes. En el fondo del tubo, a unos 2 m de profundidad, se veía un charco de líquido oscuro que reflejaba la luz de la linterna. A su alrededor había varios objetos no identificados con la forma de grandes trozos de plástico.
Mendoza se frotó la cara tratando de contener las náuseas. Si eso no es plástico, estamos viendo algo mucho más demencial de lo que imaginamos. Sofía miró la pantalla. Su voz era baja, pero firme. Esto no es solo un almacén, es un lugar de procesamiento. Afuera, el llamado a la oración de la tarde resonó en el aire, pero dentro de esa habitación, el tiempo parecía haberse detenido.
El equipo trabajó rápidamente tomando muestras de líquido y fotografiando cada detalle. Uno de los peritos encontró una pequeña etiqueta debajo de la mesa. Audias a Sofía miró la inscripción. Sus ojos se agrandaron. Logística del Golfo, sociedad anónima dijo. Era el nombre de una empresa de envíos que había quebrado hacía 5 años.
Todos se miraron. El silencio se convirtió en una pesada toma de conciencia. Esta bodega era parte de una red antigua que seguía activa. Mendoza se enderezó. Tenemos que averiguar quién tuvo acceso a esa empresa por última vez y quién sigue usándola ahora, añadió Sofía. Afuera, Elena Vargas se apoyó en una valla metálica.
No conocía los detalles del interior, pero tenía un mal presentimiento. Miró el cielo anaranjado que comenzaba a oscurecer. El viento de la tarde traía el olor a hierro oxidado y polvo caliente. En su interior, susurró, algo aquí no ha terminado. Y justo cuando la noche cayó por completo, en la pantalla de una de las cámaras de seguridad traseras de la bodega apareció una silueta.
Estaba de pie, inmóvil, bajo un gran árbol de amate, alta, vestida de negro. Su rostro no era visible. miró hacia la puerta de la bodega, ahora fuertemente custodiada, y luego lentamente se dio la vuelta y se desvaneció en la oscuridad. La noche cayó por completo sobre el parque industrial La Sombra. Los reflectores de la policía atravesaban una fina niebla, creando sombras alargadas entre los contenedores vacíos.
La atmósfera era silenciosa, pero tensa, como si hasta el aire contuviera la respiración. En el puesto de mando, Mendoza acababa de recibir un informe del guardia apostado en la parte trasera. Capitán, se vio a alguien parado bajo el árbol de amate cerca de la valla norte, alto como de 180. Chamarra negra, ya desapareció.
Mendoza miró inmediatamente a Sofía. es la misma persona de las grabaciones. Sofía asintió lentamente. Si regresó al lugar es porque tiene una razón. Algo quedó aquí. Sin esperar, Mendoza ordenó a dos equipos pequeños que peinaran la parte trasera de la bodega. se movieron rápidamente, armados solo con linternas y sus armas de servicio.
El sonido de sus pasos rompía el silencio del terreno arenoso. De repente, los grillos dejaron de cantar, una señal de que algo se movía entre los matorrales. El primer oficial se detuvo. Capitán, hay huellas, botas recientes. Mendoza se agachó [música] tocando la tierra. El lodo todavía está húmedo. Acaba de pasar por aquí. Sofía barriólos alrededores con su linterna.
En el tronco del árbol de amate había un rasguño, como un símbolo, dos líneas cruzadas formando una X. Debajo, clavado en la corteza, había un pequeño trozo de metal. Lo sacó con cuidado. Era un colgante delgado con las iniciales AP grabadas. Sofía observó el objeto durante un largo rato. Adrián Peña murmuró.
Ese nombre había aparecido en los viejos registros de la fundación vinculada a logística del Golfo. Un extécnico de laboratorio que desapareció hace 5 años, justo después de un caso de supuesta negligencia médica. Mientras tanto, dentro de la bodega, uno de los técnicos digitales encontró una grabación adicional de la cámara trasera.
La imagen era borrosa, pero lo suficientemente clara. La misma figura con chamarra negra había entrado en el área perimetral varias horas antes de que el equipo forense encontrara la habitación secreta. Se quedó un largo rato mirando la puerta de la bodega y luego pareció dejar algo en el suelo antes de marcharse.
Capitán, creo que dejó un mensaje, dijo el técnico. Mendoza regresó rápidamente al lugar. Bajo la luz de las linternas encontraron una pequeña caja envuelta en plástico negro. Sofía la abrió con cuidado. Dentro había una memoria USB plateada y un trozo de papel húmedo. La escritura estaba borrosa, pero aún legible.
Si leen esto, significa que ellos saben que están demasiado cerca. La verdad no termina aquí. Miren en el puerto. Mendoza y Sofía intercambiaron una mirada. El puerto. Sofía asintió rápidamente. Logística del Golfo solía tener una bodega en el puerto de Veracruz. Podría ser el siguiente punto. Llevaron inmediatamente la memoria USB al puesto digital.
Los archivos estaban encriptados, pero una carpeta estaba abierta. Contenía un mapa de rutas de envío con una línea roja que conectaba el este de Veracruz con el puerto y luego se ramificaba a otras dos ciudades, Córdoba y Orizaba. En cada punto había una fecha y una hora escritas con pulcritud, como un registro logístico de rutina.
“Esto no es solo un lugar de almacenamiento”, dijo Sofía en voz baja. “tien un sistema de distribución.” Mendoza suspiró profundamente y nosotros apenas hemos encontrado la puerta de entrada. De repente, la radio de campo crepitó. La voz de un oficial desde el lado norte sonaba apresurada. Capitán, encontramos algo en los matorrales detrás del pequeño arroyo.
Hay una choa abandonada. La luz está encendida. Mendoza dio una orden de inmediato. No entren, esperen a que llegue. 5 minutos. Cuando llegaron, la choa estaba casi en ruinas, pero en su interior había una mesa de trabajo, varias botellas de productos químicos y un rollo de cinchos de plástico rojo del mismo tipo utilizado para atar a las víctimas.
En el suelo, una mancha oscura y seca formaba un rastro que se dirigía hacia el arroyo. Sofía se arrodilló examinando la mancha. Él estuvo aquí quizás hace solo unas horas. Mendoza observó los alrededores. Si Adrián Peña realmente sigue vivo, conoce toda esta operación o es parte de ella, replicó Sofía, mirando la oscuridad del arroyo que fluía lentamente.
Hubo un momento de silencio. El viento nocturno soplaba entre las hojas secas, trayendo un vago olor a podredumbre desde el agua. A lo lejos, las sirenas de la policía se oían cada vez más cerca, pero eso solo hacía que el ambiente se sintiera más solitario. Mendoza miró hacia el norte en dirección al puerto.
Tenemos que movernos hacia allá antes de que limpien todo. Sofía cerró su libreta forense. Esta misma noche, dijo con firmeza. Ambos se alejaron de la chosa, seguidos por un pequeño equipo que recogía las pruebas. A lo lejos, la figura de la chamarra negra observaba en silencio desde detrás de un bosquecillo de bambú. En su mano sostenía algo que brillaba débilmente, una llave de metal con las mismas iniciales grabadas.
LDG. De madrugada, el camino hacia el puerto de Veracruz estaba húmedo por el rocío y el aire olía a sal y mar. Tres vehículos tácticos avanzaban sin sirenas, solo con las luces interiores encendidas. En el vehículo principal, Mendoza y la doctora Navarro iban en silencio observando un mapa digital en una tableta.
La línea roja del mapa de la memoria USB terminaba exactamente en las coordenadas de una antigua bodega perteneciente a logística del Golfo. “Ese lugar cerró hace 5 años”, dijo Mendoza en voz baja. “Pero alguien sigue pagando la electricidad”, respondió Sofía mirando por la ventanilla. Los vehículos se detuvieron.
El equipo se desplegó rápidamente. La bodega era enorme, con paredes de acero corroído, pero desde la rendija inferior de la puerta principal se filtraba una luz azulada. Mendoza hizo una señal. Dos oficiales se acercaron y cortaron el candado con una herramienta especial. Cuando la puerta se abrió un poco, una ráfaga de aire helado salió de golpe con un olor similar al de la primera bodega, pero más fuerte y penetrante, como unamezcla de formol y sal marina.
Sofía respiró hondo. Cuidado, podría haber químicos activos adentro. Entraron lentamente. El suelo estaba húmedo y las huellas de un diablillo marcaban un camino recién utilizado. A la derecha, varias mesas de metal estaban alineadas con equipo médico, pequeños tanques de oxígeno, guantes de látex, botellas de líquido sin etiqueta.
Al fondo de la sala [música] había un enorme refrigerador industrial. Su puerta estaba ligeramente entreabierta. Mendoza se acercó y la abrió despacio. Bajo la luz tenue se veían cinco bolsas negras de tamaño similar. Tocó el exterior. Estaban congeladas igual que en la sombra, murmuró. Sofía iluminó la parte trasera del refrigerador.
Había una pizarra de datos colgada con fechas y un código de el lote Li07. La última fecha es de hace 3 días. Significa que estuvieron activos hasta esta semana, dedujo Sofía. Mendoza examinó una mesa de metal en el centro. Había una carpeta raída con el sello de la Fundación Ancla de la Vida. La abrió y encontró una lista de nombres y breves historiales médicos.
A la derecha, algunos nombres estaban tachados en rojo, otros circulados en azul. Es la misma lista de la primera bodega, dijo Sofía. miró una pizarra en la pared. Había varias fotos pequeñas pegadas, todas de personas mayores, algunas todavía con batas de paciente de hospital. Bajó la cabeza, su voz apenas un susurro.
Están robando los cuerpos de ancianos, quizás incluso antes de que mueran. Pasos pesados se oyeron desde atrás. Uno de los oficiales informó, “Capitán, encontramos otro sótano. La puerta de acero está cerrada.” Mendoza asintió. La abrimos. Una escalera estrecha descendía a la oscuridad. El edor se hizo insoportable.
Cuando la puerta de acero se abrió, descubrieron una habitación que parecía un laboratorio. Había un gran tanque con un líquido amarillo verdoso en su interior. Algo flotaba, no cuerpos enteros, sino trozos de órganos. Sofía contuvo la respiración, su rostro tenso. Están separando las partes del cuerpo. Esto no es solo almacenamiento de cadáveres, es recolección de órganos.
Mendoza miró a su alrededor sobre una mesa de acero inoxidable, una pequeña cámara de vigilancia seguía encendida. Presionó el botón de reproducción. La grabación mostraba a dos personas con matas blancas moviendo algo hacia el tanque, ayudados por una figura con chamarra negra en segundo plano. Sofía miró fijamente la pantalla.
Ahí está Adrián Peña. El tatuaje en su muñeca era claramente visible. No estaba huyendo dijo Mendoza. Es parte de la operación. Peor aún, añadió Sofía. Él la dirige. Mientras seguían viendo la grabación, la radio crepitó de repente. Capitán. Movimiento afuera. Se acerca un vehículo desde el oeste. Mendoza dio una orden inmediata.
Apaguen todas las luces. Cúbranse. Desde una rendija en la pared vieron dos camiones de caja blanca detenerse en el patio de la bodega. Cuatro hombres bajaron, todos con chamarras gruesas y cubrebocas. Comenzaron a descargar cajas largas del camión. Mendoza se pegó a la estrecha ventana conteniendo el aliento.
Vienen a recoger el resto de la mercancía. Sofía tomó una pequeña radio. No podemos esperar. Si se dan cuenta de que estamos aquí, la evidencia podría desaparecer. Mendoza pensó rápido. Equipo uno, rodeen por el norte. Equipo dos, preparen una captura silenciosa. No dejen escapar ese camión. Minutos después, el aire nocturno se rompió con el primer grito. Policía, no se muevan.
Sin embargo, uno de los hombres saltó inmediatamente a la cabina del camión y encendió el motor. Sus dos compañeros dispararon hacia los reflectores, sumiendo todo en la oscuridad por un instante. En medio del caos, el primer camión logró salir a toda velocidad hacia la carretera del puerto. Mendoza corrió hacia su vehículo táctico.
Persíganlo. Mientras tanto, Sofía permaneció dentro de la bodega mirando la pantalla del monitor que todavía mostraba el rostro de Adrián Peña en el video. Sabía que la persecución era solo el principio porque el hombre de la chamarra negra aún no había terminado. Y afuera, en la lejanía del puerto iluminado por luces anaranjadas, el motor del camión resonó largamente como una sombra que llamaba a la muerte una vez más.
El camión de caja blanca se abría paso a toda velocidad por las oscuras calles del puerto. Los faros de los vehículos policiales proyectaban sombras fugaces de los enormes barcos atracados a lo lejos. Mendoza aferraba el volante de su vehículo táctico, su voz tensa. No dejen que salga del área del puerto. Cierren todos los accesos del oeste.
La radio del tablero crepitó. Puesto tres. Listo, capitán. La salida principal está bloqueada. Bien, no le pierdan de vista, respondió Mendoza seca, en el asiento trasero miraba un pequeño monitor que mostraba el rastreo GPS de las unidades de patrulla. Se dirigen hacia los viejos almacenes de contenedores.
“Ese lugar ha estado vacío durante años”, dijo ella. Mendoza echó un vistazo al espejo retrovisor. Entonces, ahí es donde planean terminar. Adelante. El camión giró bruscamente hacia el muelle, chocando contra una pila de cajas metálicas que salieron volando. Dos oficiales que intentaban bloquear el paso tuvieron que saltar para esquivarlas. El humo y el polvo llenaron el aire.
Mendoza pisó el acelerador. Mantengan la distancia. Podrían llevar químicos o una bomba de frío. Segundos después, el camión se detuvo abruptamente cerca de un viejo almacén de contenedores. Dos hombres saltaron disparando contra la policía. Los disparos resonaron rebotando entre las paredes de acero.
Mendoza se agachó detrás de la llanta de su vehículo. Captúrenlos vivos si es posible. Sofía también bajó, sosteniendo una pequeña cámara forense para grabar cada movimiento en medio del caos. Un hombre armado fue alcanzado en el hombro y cayó al suelo. El segundo corrió hacia el interior del almacén. Mendoza y dos agentes lo persiguieron.
Las linternas danzaban en los pasillos estrechos. El polvo flotaba en el aire. Al final de un pasillo, el hombre se detuvo y se giró. Su cubreboca se había caído. Su rostro era joven, sus ojos vacíos. Levantó una pistola, pero Mendoza fue más rápido. Un disparo al suelo. El rebote del metal hizo que el hombre cayera.
La policía lo inmovilizó de inmediato. ¿Quién los dirige?, preguntó Mendoza con dureza. El hombre solo soltó una risa corta, sus labios sangrando. Llegan tarde. El último envío ya salió. Esta madrugada Mendoza miró a Sofía que acababa de llegar. Envió a dónde, pero el hombre no respondió. Sus ojos se cerraron lentamente y la sangre brotó del costado de su cuello.
Un disparo pequeño no era de ellos. Alguien había disparado desde afuera. Sofía lo revisó rápidamente. Bala limpia. Un francotirador. Mendoza salió corriendo del almacén buscando la dirección del disparo. A lo lejos, en la cima de una pila de contenedores, se recortaba la silueta de una persona de pie, erguida, con una chamarra negra.
El rostro cubierto por una máscara. En su mano izquierda sostenía un rifle pequeño, en la derecha un control remoto metálico. Adrián, gritó Mendoza, pero la figura solo lo miró por un instante y luego presionó un botón en el control. Una fuerte explosión sacudió el costado del almacén. El fuego envolvió la parte trasera del camión que habían estado persiguiendo.
Los oficiales gritaron. Algunos retrocedieron cubriéndose el rostro. Sofía corrió para acercarse, pero Mendoza la detuvo. No son químicos. Podría haber otra explosión. Desde lo alto de los contenedores, la figura de Adrián los observó en silencio antes de saltar hacia el lado oscuro del puerto.
Las sirenas de otras unidades comenzaron a llegar, pero la sombra ya se había desvanecido. Minutos después, el fuego fue controlado. Ya camión solo quedaba un esqueleto carbonizado. Sin embargo, algo bajo el metal quemado llamó la atención de Sofía. Una pequeña caja de acero intacta encajada bajo el chasí. La abrió con cuidado. Dentro había una pila de documentos y tarjetas de identificación de pacientes de hospitales de varias ciudades, Veracruz, Córdoba e incluso Puebla.
Todos los nombres estaban marcados con el código de lote li 09. Sofía miró a Mendoza. Esta es la lista del envío al que se refería. Y si es cierto, esta madrugada habrá otro camión transportando a las próximas víctimas. Mendoza cerró la caja con fuerza. Lo detendremos esta noche. Ordenó a todos los equipos que peinaran cada ruta del puerto hacia la autopista del Este.
El reloj marcaba la 1:45 de la madrugada, la misma hora de las grabaciones de la primera bodega. El viento marino traía el olor a combustible quemado y metal. Mendoza se quedó de pie mirando hacia el norte. Mientras tanto, a lo lejos, las luces de otro camión parecían moverse lentamente hacia la entrada del puerto.
Sofía levantó la radio. Su voz era cortante. Objetivo a la vista. Segundo camión avistado en el sector 4. Todas las unidades en alerta. Mendoza empuñó su arma. Esta vez lo atrapamos vivo y en el silencio previo al amanecer, el motor de ese camión volvió a sonar, marcando un nuevo capítulo en una cacería que aún no había terminado.
Las luces del segundo camión cortaban la oscuridad del puerto, avanzando lentamente hacia la puerta este. Mendoza y su equipo, ocultos detrás de una pila de contenedores, esperaban la señal. Sofía miró su reloj. 2:45 de la madrugada. Sigue el mismo patrón”, susurró. Mendoza levantó una mano dando la señal. Dos patrullas ya habían bloqueado la salida.
Cuando el camión se acercó, el motor se detuvo de repente. Un silencio tenso. Un hombre bajó. Llevaba una chamarra negra. La sombra cubría su rostro, pero su figura era alta, erguida. Sus pasos serán firmes. Viene solo susurró uno de los agentes. Mendoza preparó su pistola.No disparen hasta que yo lo ordene. El hombre caminó hacia la parte trasera del camión y abrió la puerta lentamente.
A la luz de los postes del puerto se veían seis bolsas negras perfectamente alineadas en el interior. Las miró por un momento y luego sacó un encendedor del bolsillo. Sofía reaccionó al instante. Va a quemar la evidencia. Mendoza gritó. Policía, no se mueva. El hombre se giró. Su rostro fue visible por primera vez.
Ojos agudos, la mitad de la cara cubierta por un cubrebocas. Pero un pequeño tatuaje en su muñeca derecha confirmó su identidad. Adrián Peña sonrió débilmente y dejó caer el encendedor encendido al suelo del camión. Mendoza disparó acertando directamente al encendedor. La chispa se apagó antes de tocar el material inflamable.
El equipo se abalanzó. Dos oficiales lograron sujetar a Adrián, pero él se defendió con rapidez. Sus movimientos eran los de alguien entrenado. Un golpe certero impactó en el casco de un policía. Otro pateó el arma de la mano de Mendoza. Una breve pelea se desató en medio de la solitaria calle del puerto.
Sofía corrió hacia el camión sacando una de las bolsas. Era pesada. Cuando la abrió un poco, se quedó helada. Dentro no había un cadáver, sino el cuerpo de una persona todavía fresco que parecía haber sido inyectado recientemente con un líquido congelante. “Está vivo”, gritó Sofía. “¡Rápido, llamen a una ambulancia!” Adrián se giró por un instante.
Sus ojos ardían. “Ustedes no entienden.” Todos ellos fueron elegidos. No, asesinados. Mendoza derribó a Adrián al suelo, apuntándole con la pistola a la cabeza. Elegidos, ¿para qué? Adrián sonrió débilmente. Para salvarse de este mundo sucio. Nosotros rescatamos la mejor parte de ellos. Esa frase quedó suspendida en el aire.
Sofía lo miró fijamente. ¿A esto le llamas rescate? Adrián soltó una risa ahogada. Es mejor ser eterno en un laboratorio que morir olvidado en la calle. De repente, el rugido de otro motor se escuchó desde atrás. Otro camión apareció sin luces delanteras, avanzando a toda velocidad hacia ellos. Mendoza gritó que bloquearan el camino, pero el camión no disminuyó la velocidad.
chocó contra una pila de contenedores y el metal que caía levantó una espesa nube de polvo ocultando la vista. En medio del caos, Adrián pateó arena a la cara de Mendoza y escapó hacia el muelle. Sofía hizo un disparo de advertencia. La bala rebotó en el asfalto mojado. Adrián se detuvo, pero siguió corriendo, saltando a un pequeño puente que conducía a un viejo barco anclado al final del puerto.
Mendoza lo persiguió, su respiración agitada mezclándose con el sonido de las olas rompiendo contra el concreto. En la cubierta del viejo barco, Adrián se detuvo de cara al mar. El viento nocturno agitaba su cabello. Se había quitado la máscara. Llegaron demasiado rápido, dijo. Pero no pueden detener esta red. Yo solo soy uno de muchos.
Mendoza se acercó lentamente. Dime quién está detrás de todo esto. Adrián, puedes seguir con vida si hablas. Adrián miró el mar con una expresión vacía. Vida rió suavemente. Yo morí hace 5 años. cuando me convirtieron en parte de su experimento. Antes de que Mendoza pudiera acercarse más, Adrián retrocedió dos pasos y se arrojó al mar negro.
Adrián Mendoza corrió al borde del barco, pero solo vio las olas rompiendo y burbujas de aire. No había rastro de su cuerpo. Sofía llegó segundos después. Saltó. Mendoza miró el agua con impotencia o lo rescataron. Todavía no lo sabemos. Se quedaron en silencio. Los primeros rayos de sol comenzaron a aparecer en el horizonte, iñendo el mar de un rojo pálido.
Las sirenas de las ambulancias se acercaban. Detrás de ellos, el equipo médico comenzaba a evacuar a las víctimas del camión. Una de ellas todavía respiraba. Sofía observó el sol que se alzaba lentamente. Llegó el amanecer. Pero la oscuridad no ha terminado. Mendoza miró el mar y creo que Adrián tampoco. Esa mañana el puerto de Veracruz todavía estaba envuelto en una fina niebla.
La cinta policial rodeaba el camión destrozado. Los oficiales se movían rápidamente evacuando las bolsas negras y revisando cada rincón del viejo barco donde Adrián había saltado. Pero el mar permanecía en silencio. Ningún cuerpo había aparecido. Mendoza estaba de pie en el muelle, mirando la superficie tranquila del agua.
“Sigan buscando en un radio de 2 km. No puede haber ido lejos.” Sofía se acercó con una carpeta que contenía los documentos encontrados en el segundo camión. Encontramos algo. El logotipo de la Fundación Salud Eterna es el nuevo nombre de la Fundación Ancla de la Vida, la organización que apareció en los registros de la primera bodega.
Debajo del logo hay una lista de envíos con un sello oficial y la firma del mismo doctor, doctor Mateo Beltrán. Ese nombre apareció en los informes de la fundación hace 5 años”, dijo Sofía. Fue el fundador original de logísticadel Golfo antes de que se convirtiera en una empresa de logística médica. Después de eso desapareció.
Mendoza asintió. “Así que él es el cerebro detrás de todo esto.” “Todavía es una suposición”, respondió Sofía, pero toda la evidencia apunta hacia él. Mientras tanto, en el laboratorio forense improvisado en el puerto, una de las víctimas rescatadas del camión comenzaba a recuperar la conciencia. Era un hombre mayor, su cuerpo débil, con una aguja de infusión todavía en la mano.
Cuando Mendoza se acercó, intentó hablar. No confíen en ellos. Su voz era un susurro ronco. Nos llevaron. Dijeron que era para un tratamiento gratuito del asilo, pero en cuanto llegamos nos metieron en una habitación fría. No había doctores. Mendoza se inclinó. ¿Quién los llevó? El hombre miró al techo, sus ojos vidriosos, gente con batas blancas.
Tenían un lobo de cuidado eterno en el pecho. El mismo lobo que aparecía en uno de los documentos que Sofía sostenía. Es un programa de asistencia médica de la Fundación Salud Eterna”, murmuró ella. Horas después, en la sede de la Fiscalía General, se celebró una reunión de emergencia. Todas las fotos, mapas y documentos estaban pegados en una gran pizarra.
Líneas rojas conectaban el este de Veracruz, El Puerto y Córdoba. En el centro, escrito en mayúsculas, estaba el nombre Mateo Beltrán. Mendoza expuso el informe. Adrián Peña no era el líder, era un extécnico de laboratorio de la fundación que fue utilizado como herramienta. El objetivo es claro, recolectar órganos humanos de pacientes ancianos y personas desaparecidas para luego venderlos a través de una red médica ilegal.
Un oficial de alto rango golpeó la mesa. Tenemos pruebas contundentes. Sofía colocó la memoria USB de Adrián sobre la mesa. En ella hay un registro digital del flujo de fondos desde el extranjero a una cuenta a nombre de Mateo Beltrán. Todas las transacciones coinciden con las fechas de envío de los lotes. La sala quedó en silencio.
Nadie se atrevió a hablar. Finalmente, Mendoza dijo en voz baja, “La fundación sigue operativa. Tenemos que ir a su sede antes de que borren todo.” Esa tarde, un convoy policial se dirigió a un moderno edificio de oficinas en la zona de Boca del Río. En la entrada, un letrero de bronce decía: “Fundación Salud Eterna.
” El ambiente parecía normal. La recepcionista sonrió cortésmente, ajena a lo que estaba por suceder. Mendoza mostró una orden judicial. Somos de la fiscalía. Todas las instalaciones serán registradas. El pánico comenzó a extenderse. Algunos empleados susurraban, otros intentaban apagar sus computadoras. Sofía y el equipo digital subieron directamente al tercer piso, una sala etiquetada como laboratorio de administración médica.
Allí encontraron un enorme servidor todavía activo. Los datos en su interior, miles de listas de pacientes, horarios de envío e incluso un inventario de órganos con códigos especiales. Esta es la prueba principal, dijo Sofía. Todo está almacenado aquí. De repente, la pantalla de una computadora parpadeó. Apareció un mensaje.
Llegan demasiado tarde. El centro de operaciones ha sido trasladado. Al próximo amanecer el proyecto comenzará en un nuevo lugar. Mendoza apretó los puños. Él sabía que veníamos. Mateo Beltrán sigue activo y nos está observando. Sofía miró la pantalla durante un largo rato y luego dijo en voz baja, “Entonces el próximo amanecer podría ser la batalla final.
Afuera del edificio, el cielo comenzó a oscurecer. Los últimos rayos de sol se reflejaron en las ventanas de laboratorio, marcando el final de un largo día y el comienzo del capítulo más peligroso de este caso. La noche cayó rápidamente. El cielo de Veracruz comenzó a ser bañado por una lluvia ligera. Desde el puesto de mando temporal en la fiscalía, Mendoza observaba una gran pantalla que mostraba el mapa de rastreo del servidor de la Fundación Salud Eterna.
El último punto de conexión había aparecido en la zona de Anton Lizardo, una región costera al sur de la ciudad, todavía poco desarrollada y rodeada de manglares. El servidor estuvo conectado por 2 minutos antes de apagarse, dijo uno de los técnicos. Hay unas coordenadas adicionales. Podría ser la ubicación del nuevo centro de operaciones.
Sofía, de pie junto a Mendoza, analizó el mapa. Anton Lizardo está cerca de una zona de reserva. Poca gente pasa por ahí. El lugar perfecto para esconderse. Sin esperar, Mendoza formó un equipo de asalto. Dos vehículos tácticos y una unidad médica se dirigieron al lugar. El viento nocturno traía el olor a tierra mojada.
El camino lodoso ralentizó los vehículos. Después de casi una hora de viaje, llegaron frente a un complejo de edificios abandonados, una antigua planta de hielo. Las paredes estaban cubiertas de musgo, pero desde el interior se veía una luz tenue. Mendoza dio la señal de silencio. Entraremos por dos flancos. No usen las luces principales.El equipo se desplegó.
Sofía pegó un sensor térmico a la pared. La aguja se movió rápidamente. “Hay una sala activa en el sótano”, susurró. Encontraron una puerta de acero medio oculta detrás de una pila de escombros. Un zumbido de maquinaria se oía débilmente desde el interior. Mendoza abrió la puerta lentamente. Un largo pasillo se extendía iluminado por una luz blanca y tenue.
Al final se oían pasos y el sonido de algo metálico siendo arrastrado. Sofía sacó una pequeña cámara y se asomó. El sótano se parecía más a un laboratorio que a una vieja fábrica. Había tres mesas de operaciones, tanques de vidrio con un líquido amarillento y varios cuerpos cubiertos en camillas. En el centro de la sala, un hombre con una bata blanca estaba de pie.
Su cabello era canoso, pero su mirada era penetrante. “Es Mateo Beltrán”, susurró Mendoza. Mateo miró hacia el pasillo antes de que Mendoza pudiera salir. “Llegan rápido”, dijo con calma, pero no lo suficiente para detener la ciencia. Mendoza salió apuntando con su pistola. “Levante las manos, doctor. El juego ha terminado.
” Mateo sonrió débilmente. ¿Creen que esto es un juego? Ustedes solo ven la muerte. Yo veo una nueva vida. Rescatamos los cuerpos humanos de la descomposición. Los hacemos eternos. Sofía dio un paso adelante. Eternos. Usted los asesina. Mateo señaló un tanque de vidrio. Todos ellos ya estaban muriendo antes de llegar aquí.
Les dimos un propósito a lo que quedaba de sus vidas. Mendoza apretó el gatillo a la mitad. ¿Dónde está Adrián? Mateo lo miró durante un largo rato. Era mi mejor alumno. Demasiado emocional. Lástima que eligió traicionar a su maestro. De repente, desde el otro lado de la sala, se oyeron pasos rápidos. Una figura alta apareció. Llevaba una chamarra negra, la mitad de su rostro cubierta por cicatrices.
Adrián Peña, empapado, pero vivo. Suficiente, doctor, dijo con voz plana. Tu experimento termina aquí. Mendoza lo miró sorprendido. ¿Sigues vivo? Adrián no respondió. Sus ojos solo miraban a Mateo con un odio profundo. Mateo se burló. ¿Crees que puedes redimir tus pecados entregándote a ellos? Eres tan sucio como yo, Adrián.
Adrián se acercó lentamente. Quizás, pero esta noche yo lo cierro todo. En un instante, Adrián presionó un botón en el bolsillo de su chamarra. Las luces del techo parpadearon. Un pequeño sonido de sirena se escuchó desde suelo. Sofía se dio cuenta. Instaló explosivos. Mendoza gritó, “¡Todos afuera! ¡Ahora! Mateo intentó huir hacia unas escaleras, pero Adrián lo detuvo.
“Tú no vas a ninguna parte.” Sofía jaló a Mendoza hacia la puerta mientras algunos oficiales intentaban sacar a las víctimas. En medio del caos, la voz de Adrián se escuchó débilmente a través del humo. Asegúrense de recuperar los datos del servidor. No dejen que continúen. La primera explosión sacudió la habitación. El suelo vibró.
Tuberías de metal reventaron arrojando vapor caliente. Mendoza se giró por un instante y vio a Adrián y a Mateo todavía enfrentados antes de que una pared se derrumbara entre ellos. El equipo corrió hacia afuera justo antes de que el fuego devorara la puerta de acero. Una segunda explosión sacudió la noche de Anton Lizardo, haciendo que las aves huyeran de los manglares.
Minutos después estaban de pie fuera de la fábrica, que ahora era una pira funeraria. Sofía, en silencio observaba las llamas que lamían el cielo. “Nadie pudo haber sobrevivido ahí dentro”, dijo uno de los oficiales. Mendoza miró los escombros ardientes. Si Adrián dijo la verdad, todos los datos están en un servidor de respaldo.
Tenemos que encontrarlo antes de que esta red resurja. El fuego siguió ardiendo.















