Su madre lloró en su funeral — 12 años después, ella lo vio viviendo en la ciudad

La lluvia caía sobre el cementerio de Girirona aquella tarde de noviembre de 1989. Teresa Puik, con 48 años y el rostro surcado por lágrimas que no cesaban, observaba el ataúd de madera oscura mientras lo descendían a la tierra húmeda. Dentro, según le habían dicho, descansaban los restos carbonizados de su hijo Mark, de 24 años, muerto tres días atrás en un terrible accidente en la carretera Negundes.
El cura pronunciaba las últimas palabras del responso cuando Teresa sintió que sus rodillas cedían. Su hermana Carmen la sostuvo con firmeza. Tranquila, Teresa, tranquila”, susurró, aunque sus propios ojos estaban enrojecidos por el llanto, el accidente había ocurrido en la madrugada del domingo. Según la Guardia Civil, el Renault 5 de Mark había salido de la carretera a gran velocidad, chocado contra un árbol y explotado inmediatamente.
El fuego había sido tan intenso que el cuerpo quedó irreconocible. La identificación se realizó mediante los documentos encontrados en la escena. el Denny de Mark, su cartera con fotografías familiares y el reloj que Teresa le había regalado por su 21 cumpleaños. No queda nada que podáis ver, les había dicho el forense del Instituto de Medicina Legal Contacto Profesional.
Es mejor que lo recordéis cómo era. Teresa había aceptado esas palabras porque no tenía fuerzas para cuestionarlas. Mark era su único hijo, el niño que había criado sola después de que su marido los abandonara cuando el pequeño tenía 6 años. Habían sido un equipo, madre e hijo contra el mundo, y ahora ese mundo se había derrumbado.
Los meses siguientes pasaron en una niebla de dolor. Teresa visitaba la tumba cada domingo sin falta, llevando flores frescas y hablando con la lápida como si Mark pudiera escucharla. Le contaba sobre el trabajo en la tienda de telas donde había trabajado durante 30 años, sobre las vecinas del edificio, sobre la prima Nuria que siempre preguntaba por él.
Hoy hace 6 meses”, le dijo a la piedra fría en mayo de 1990, “Medio año sin ti, Filmeu. No sé cómo he llegado hasta aquí.” Pasó un año, luego dos, luego cinco. Teresa envejeció rápidamente, como si el peso del luto la estuviera consumiendo desde dentro. Su cabello se volvió completamente gris. Las arrugas se profundizaron alrededor de sus ojos.
Dejó de cocinar las comidas elaboradas que tanto le gustaban a Mark, conformándose con sopas simples y pan. En 1995, 6 años después del accidente, Teresa finalmente reunió el coraje para vaciar el pequeño piso que Mark había alquilado en el barrio del Mercadal. Había estado pagando el alquiler desde su muerte, incapaz de enfrentar la tarea de desmantelar la vida de su hijo.
Cuando finalmente entró, encontró el lugar exactamente como Mark lo había dejado. Ropa tirada en el sofá, platos sucios en el fregadero, facturas sin pagar apilada sobre la mesa. Entre esos papeles, Teresa encontró algo que la perturbó. Eran avisos de cobro de cantidades importantes, algunas de varios millones de pesetas, nombres que no reconocía, números de teléfono sin identificar.
Había también recibos de casas de empeño donde Mark había dejado joyas que Teresa no sabía que poseía. ¿En qué estabas metido, Mark?, murmuró sosteniendo los papeles con manos temblorosas. Pero enterró esas preguntas junto con las facturas. ¿Qué importancia tenía ahora? Su hijo estaba muerto. Los años continuaron su marcha implacable.
1996, 1997, 1998, 1999. El nuevo milenio llegó con celebraciones por toda España, pero Teresa lo recibió sola en su piso mirando viejas fotografías de Mark cuando era niño. En la imagen favorita de Teresa, Mark tenía 8 años y sonreía mostrando un diente que acababa de caérsele, sosteniendo un helado en el puerto de Palamos durante unas vacaciones de verano.
“Tendrías 35 años ahora”, le dijo a la fotografía en la víspera de Año Nuevo del 2001. “Quizás estarías casado. Quizás me habrías dado nietos.” Fue en marzo de 2001 cuando su prima Nuria la llamó desde San Marty de Yemena, un pequeño pueblo en la comarca de la Garrocha, a unos 40 km de Girona. “Teresa, hace siglos que no vienes a visitarme”, dijo Nuria con su voz animada.
“Venga, mujer, necesitas salir de esa ciudad. Aquí el aire es puro, los campos están verdes. Te hará bien.” Teresa había rechazado invitaciones similares durante años, pero algo en la insistencia de Nuria la convenció. Quizás era hora de intentar vivir de nuevo, aunque fuera solo un poco. De acuerdo, aceptó finalmente.
Iré este fin de semana. El sábado por la mañana, Teresa tomó el autobús interbano que serpenteaba por las carreteras rurales de la Garrocha. El paisaje era hermoso, verde y ondulante, salpicado de masías antiguas y pequeños pueblos de piedra. San Martín de Yemena era uno de esos pueblos que parecían detenidos en el tiempo con su iglesia románica, sus calles estrechas y su plaza del mercado, donde los agricultores vendían productosfrescos cada sábado.
Nuria la recibió con un abrazo fuerte y té caliente. Pasaron la mañana poniéndose al día, hablando de familia, de vecinos, de las pequeñas trivialidades que componían la vida diaria. Por primera vez en 12 años Teresa sintió algo parecido a la paz. Ven, vamos al mercado”, sugirió Nuria después del almuerzo.
“Necesito comprar verduras para la semana y quiero que pruebes el queso que hace el Mikel de Camp Prat. Es espectacular.” Teresa aceptó poniéndose el abrigo ligero. No tenía forma de saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, que en menos de una hora su mundo cuidadosamente reconstruido volvería a hacerse añicos.
El mercado de San Martín de Yemena era pequeño pero bullicioso. Los puestos de madera se alineaban en la plaza vendiendo de todo. Verduras frescas, quesos artesanales, embutidos, pan recién horneado. El olor a romero y tomillo flotaba en el aire primaveral. Teresa caminaba junto a Nuria, quien charlaba animadamente con los vendedores que conocía desde hacía años.
“Mira, Teresa, este es el queso del que te hablaba”, decía Nuria, señalando un puesto donde un hombre mayor cortaba muestras de queso de cabra. Teresa sonreía educadamente, dejando que su prima eligiera mientras ella observaba a la gente moverse por el mercado. Había familias jóvenes con niños, ancianos con sus carritos de compra, turistas sacando fotografías de la iglesia medieval que dominaba la plaza y entonces lo vio.
Al otro lado del mercado, junto al puesto de frutas, había un hombre de espaldas seleccionando naranjas. Llevaba una camisa de cuadros azules y pantalones de trabajo desgastados. su postura, la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza mientras examinaba la fruta, la manera en que sus hombros se movían, todo era dolorosamente familiar.
El corazón de Teresa se detuvo. No podía ser, era imposible. El hombre se giró para pagar al vendedor y Teresa vio su perfil, la forma de su mandíbula, la curva de su nariz, el cabello castaño oscuro, ahora con algunas canas en las cienes. Durante 12 años, Teresa había memorizado cada detalle del rostro de su hijo en fotografías y ahora ese rostro estaba aquí vivo, respirando, contando monedas de 100 pesetas para pagar unas naranjas.
Mark, susurró Teresa, tan bajo que ni siquiera Nuria la oyó. Dio un paso adelante y luego otro. Sus manos temblaban, su respiración se había vuelto superficial. Nuria seguía hablando con el quesero ajena a la conmoción de su prima. El hombre recogió su bolsa de naranjas y se volvió completamente hacia donde estaba Teresa. Por un instante, sus ojos se encontraron a través de la plaza del mercado.
15 m de adquines antiguos separaban a madre e hijo. Los ojos del hombre se abrieron con shock y horror absoluto. Su rostro palideció de forma instantánea. La bolsa de naranja se le escapó de las manos cayendo al suelo con un golpe sordo. Varias naranjas rodaron por los adoquines. “Mark!”, gritó Teresa, su voz rompiendo el silencio.
Varias personas en el mercado se volvieron para mirar. El hombre, Mark, su hijo, que había estado muerto durante 12 años, retrocedió como si lo hubieran golpeado físicamente. Negó con la cabeza sus labios formando una palabra silenciosa que Teresa no pudo distinguir. Luego, de repente, se giró y echó a correr. No, espera, Mark.
Teresa corrió tras él, su voz aguda de desesperación. La gente se apartaba mientras la mujer mayor perseguía al hombre más joven a través del mercado. Mark corrió por un callejón lateral, sus pasos resonando contra las paredes de piedra. Teresa lo siguió jadeando, su corazón latiendo dolorosamente en su pecho.
No era rápida, no a sus 60 años, pero la adrenalina la impulsaba hacia delante. “Por favor, hijo”, suplicaba mientras corría. El callejón desembocaba en una calle residencial estrecha. Para cuando Teresa llegó allí, Mark había desaparecido. Giró en círculos mirando desesperadamente en todas direcciones. Casas de piedra con contraventanas cerradas la rodeaban.
No había señal de él. No, no, no soyaba Teresa. Estaba aquí. Lo vi. Era él. Nuria la alcanzó momentos después, respirando pesadamente. Teresa, ¿qué demonios ha pasado? ¿Por qué has salido corriendo así? Teresa se volvió hacia su prima, lágrimas corriendo por sus mejillas. Era Mark. He visto a Mark. Nuria palideció.
Teresa, cariño, Mark está muerto. Hace 12 años que era él, insistió Teresa. Lo he visto con mis propios ojos. Estaba comprando naranjas y cuando me vio huyó. Nuria, mi hijo está vivo. Su prima la tomó del brazo gentilmente. Estás alterada. Vamos a casa. Te prepararé una tila. A veces, cuando echamos mucho de menos a alguien, creemos ver. No.
Teresa se soltó bruscamente. No estoy loca. No he confundido a un extraño con mi hijo. Era Mark. Cada línea de su cara, la forma de sus ojos, incluso la manera en que se mueve. Una madre conoce a su hijo Nuria. Nuria la miraba con preocupacióncreciente. De acuerdo. De acuerdo. Pero piénsalo un momento. Si realmente fuera Mark, ¿por qué habría fingido su muerte? ¿Por qué estaría escondiéndose en un pueblo pequeño? No tiene sentido.
No lo sé, admitió Teresa limpiándose las lágrimas con manos temblorosas. Pero voy a averiguarlo. ¿Dónde está la comisaría de los mozos de escuadra más cercana? Teresa, no puedes ir a la policía diciendo que has visto a tu hijo muerto. Van a pensar que has perdido la razón. No me importa lo que piensen”, dijo Teresa con voz firme.
“Sé lo que he visto y si hay aunque sea una posibilidad de un millón de que Mark esté vivo, tengo que saberlo. ¿Me ayudarás o tendré que ir sola?” Nuria suspiró profundamente. “Hay una comisaría en Girona. Pero Teresa, prepárate para que te digan que es imposible.” “Quizás lo sea”, respondió Teresa, su mandíbula apretada con determinación.
“Pero necesito estar segura. Después de 12 años llorando a mi hijo, merezco estar absolutamente segura. La comisaría de los mozos de escuadra en Girona era un edificio moderno de cristal y hormigón, muy diferente de las estructuras antiguas que dominaban el casco viejo de la ciudad. Teresa entró con Nuria a su lado, sus manos aún temblando ligeramente mientras se acercaba al mostrador de recepción.
“Buenos días”, saludó el agente de guardia, un hombre joven con el uniforme impecable. “¿En qué puedo ayudarlas?” Teresa respiró hondo. Necesito hablar con alguien sobre un caso de persona desaparecida, o más bien de alguien que se supone que murió hace 12 años, pero que creo haber visto vivo esta mañana.
El agente levantó las cejas. Un momento, por favor. Descolgó el teléfono interno y habló en voz baja. Minutos después apareció un inspector de unos 50 años, cabello gris bien peinado y expresión seria, pero no desagradable. Soy el inspector Ramón Soler. Vengan conmigo, por favor. Las condujo a una pequeña sala de entrevistas con una mesa, cuatro sillas y un grabador en la esquina.
Teresa se sentó secándose las palmas sudorosas en su falda. Cuénteme qué ha ocurrido,”, dijo Soler con tono profesional, pero amable, sacando un cuaderno. Teresa le contó todo. La muerte de Mark en 1989, el funeral, los 12 años de luto, la visita a San Martí de Yemena, el encuentro en el mercado. Soler tomaba notas sin interrumpir, su expresión neutra.
“¿Está segura de que era su hijo?”, preguntó cuando Teresa terminó. “¿No podría haber sido alguien con un parecido casual?” “Inspector, soy su madre. Lo llevé en mi vientre durante 9 meses. Lo crié durante 24 años. Conozco su cara mejor que la mía propia. Era Mark. Soler se recostó en su silla. Señora Puik, entienda mi posición.
Está describiendo una situación muy inusual. Según los registros oficiales, Mark Pig Ferrer murió el 5 de noviembre de 1989 en un accidente de tráfico en la N segunda. Su cuerpo fue identificado e incinerado, perdón, enterrado. ¿Cómo explica esto? No puedo explicarlo, admitió Teresa. Por eso estoy aquí.
Necesito que investiguen si estoy equivocada. Si solo era alguien que se parecía a Mark, entonces me iré y aceptaré que finalmente he perdido la cordura. Pero si hay aunque sea una pequeña posibilidad. Soler suspiró. ¿Tiene alguna fotografía reciente de su hijo? De antes del accidente, me refiero. Teresa sacó de su bolso una fotografía que siempre llevaba consigo.
Mostraba a Mark a los 23 años sonriendo en las ramblas de Barcelona durante un viaje que habían hecho juntos. “Puede quedársela”, dijo Teresa. “Tengo copias.” Soler examinó la foto con atención. “Haré algunas consultas. ¿Puede darme una descripción del hombre que vio hoy? Unos 35 o 36 años, exactamente la edad que tendría marca ahora.
Cabello castaño con algunas canas. 1,75 aproximadamente. Complexión delgada pero fuerte, como alguien que hace trabajo físico. Llevaba ropa de trabajo, camisa de cuadros azules, pantalones vaqueros gastados. Compraba naranjas en el mercado de San Martí. Los vendedores del mercado quizás lo conozcan”, observó Soler. “Si es residente del pueblo, probablemente compra allí con regularidad.
” “Exactamente lo que pensé”, dijo Teresa animándose ligeramente. El inspector hizo más anotaciones. “Voy a ser franco con usted, señora Puy. Este caso es extraordinariamente inusual. Si su hijo realmente fingió su muerte, estaríamos hablando de múltiples delitos graves, fraude, falsedad documental, posiblemente algo peor dependiendo de las circunstancias.
Necesito acceder a los archivos del accidente original, ver qué evidencia se usó para la identificación. “Haga lo que tenga que hacer”, dijo Teresa firmemente. “Solo quiero la verdad.” Soler pasó los siguientes tres días investigando. Recuperó el expediente archivado del accidente de 1989, un documento polvoriento guardado en el sótano de archivos.
Habló con el guardia civil que había atendido la escena del accidente, ahora retirado y viviendo enFigueres. Contactó con el Instituto de Medicina Legal para revisar el informe forense original. Lo que descubrió le perturbó profundamente. La identificación del cuerpo carbonizado se había basado únicamente en documentos encontrados en la escena.
El DNI de Mark Puck, una cartera con fotografías familiares, un reloj grabado. No se había realizado ninguna comparación dental porque la familia había rechazado verlo, que consideró una coincidencia plausible dada. No había huellas dactilares utilizables debido al daño por fuego. No existía prueba de ADN en 1989. Esa tecnología aún no era común en España.
En resumen, nadie había verificado realmente que el cuerpo carbonizado fuera Mark Puig. Simplemente habían asumido que lo era basándose en evidencia circunstancial. El cuarto día, Soler llamó a Teresa. Necesito que venga a la comisaría. He encontrado algo importante. Teresa llegó en menos de una hora.
Soler la esperaba en su despacho con carpetas extendidas sobre el escritorio. He estado investigando el accidente original comenzó y he descubierto que el coche involucrado un Renault 5 matrícula B4A TC32 KL estaba registrado a nombre de Mark Pik. Pero hay algo extraño. Dos semanas antes del accidente, Mark reportó el coche como robado. Teresa parpadeó. Robado. Sí.
presentó una denuncia en esta misma comisaría el 22 de octubre de 1989. Dijo que el coche había desaparecido del aparcamiento de su edificio durante la noche. Nunca fue recuperado hasta que apareció destrozado en la N segundo. ¿Qué significa eso? Potencialmente significa que su hijo reportó el coche como robado.
Luego de alguna manera, lo recuperó o siempre supo dónde estaba y lo usó para escenificar su muerte. Soler hizo una pausa. Pero hay más. He enviado a una gente a San Martí de Yemena para hacer preguntas discretas. Los vendedores del mercado conocen al hombre que usted describió. Lo llaman Paumartí. Vive en una macía a las afueras del pueblo desde hace unos 11 años.
Trabaja en los campos. Hace trabajos ocasionales de construcción. Está casado. Tiene dos hijos pequeños. Teresa sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Casado, con hijos. Según los vecinos del pueblo. Sí. Se casó hace unos 7 años con una mujer local llamada Monserrat Roca. Tienen un hijo de 6 años y una hija de cuatro.
Por todos los testimonios es un hombre tranquilo, trabajador, buen padre y vecino. Y nadie cuestionó nunca de dónde venía, cómo llegó al pueblo. Soler consultó sus notas. Aparentemente llegó en 1990, poco después de que usted enterrara a su hijo. Le dijo a la gente del pueblo que venía de Barcelona que quería una vida más tranquila.
Trabajó primero como jornalero en varias masías. Luego alquiló una pequeña propiedad. Era reservado sobre su pasado, pero eso no es inusual. Mucha gente se muda al campo buscando un nuevo comienzo. Necesito verlo de nuevo dijo Teresa. Necesito confrontarlo. Señora Puik, si este hombre realmente es su hijo y fingió su muerte, no podemos simplemente presentarnos allí.
Necesitamos pruebas sólidas antes de hacer acusaciones. He solicitado acceso a los registros de Pau Martí, su DNI, cualquier documentación que exista sobre él. Pasaron dos días más. Soler trabajó incansablemente, tirando de hilos, haciendo llamadas, navegando por la burocracia española. Lo que descubrió pintó un cuadro cada vez más claro de fraude elaborado.
Pao Martí había obtenido su DNI en 1990 presentando un certificado de nacimiento que Soler rastreó hasta una pequeña parroquia en Los Pirineos. El certificado parecía legítimo a primera vista, pero cuando Soler contactó con la parroquia, descubrieron que el registro había sido falsificado, insertado en sus libros en algún momento a finales de 1989.
Alguien tuvo acceso a los archivos parroquiales y añadió un falso registro de nacimiento”, explicó Soler a Teresa. Con eso pudo solicitar un DNI bajo la identidad de Pau Martí. En 1990, antes de la informatización completa de los registros, era más fácil hacer esto. Pero, ¿cómo supo cómo hacerlo? Mark trabajaba en un taller mecánico.
No tenía conocimientos de falsificación de documentos. Eso es lo que necesitamos averiguar. Hay otra pieza del rompecabezas que me preocupa. Soler abrió otra carpeta. El cuerpo del accidente. Si no era Mark, ¿quién era? Teresa palideció. Dios mío, no lo había pensado. Alguien más murió en ese coche. Exactamente.
Y Mark, si realmente orquestó esto, es responsable de esa muerte o al menos de ocultar la identidad de la víctima durante 12 años. Soler se inclinó hacia delante. Señora Pu necesito que piense cuidadosamente. Mark tenía amigos cercanos. Alguien que pudiera haber estado involucrado en esto.
Teresa pensó durante un largo momento. Había un chico, Jordi Costa. Eran amigos desde el instituto, inseparables. Jordi también trabajaba en mecánica en un taller diferente. Venía a casa a cenar a veces. Era un buen chico,siempre sonriendo. Recuerda cuando vio a Jordi por última vez. vino al funeral de Mark. Estaba destrozado, llorando.
Dijo que no podía creer que Mark se hubiera ido. Teresa se detuvo, una horrible comprensión cruzando su rostro. Oh, Dios, ¿crees que tiene alguna fotografía de Jordi? Teresa rebuscó en su memoria. Creo que hay una en el álbum de fotos en casa de una barbacoa que hicimos hace años. Puedo traérsela.
Esa misma tarde Teresa trajo el álbum. La fotografía mostraba a Mark y Jordi, ambos de unos 20 años con cervezas en la mano, sonriendo a la cámara. Eran de complexión similar, altura parecida, ambos con cabello castaño oscuro. Suficientemente parecidos, murmuró Soler, especialmente si el cuerpo estaba carbonizado más allá del reconocimiento, investigó a Jordi Costa. Lo que encontró fue perturbador.
Jordi había desaparecido exactamente al mismo tiempo que el accidente de Mark. Su familia había presentado una denuncia de persona desaparecida el 6 de noviembre de 1989, un día después del accidente. Jordi nunca fue encontrado. El caso seguía oficialmente abierto, aunque archivado por falta de pistas.
“Necesito hablar con la familia de Jordi Costa”, dijo Soler. “Esto es más grande de lo que pensaba. Los padres de Jordi, Josep y Mercé Costa, ahora en sus 70, vivían en el mismo piso del barrio de San Narcis, donde habían criado a su hijo. Cuando Soler les explicó la situación, ambos se quedaron en estado de shock. ¿Estáis diciendo que nuestro hijo podría haber muerto en ese accidente?, preguntó Mercé, su voz temblorosa.
Que hemos pasado 12 años buscándolo cuando todo este tiempo estaba. Es solo una teoría en este momento, dijo Soler con cuidado. Pero necesitamos exumar el cuerpo enterrado bajo el nombre de Mark Pck para hacer pruebas de ADN. Si coincide con el ADN de ustedes, entonces sabremos con certeza. Josep cerró los ojos.
Haced lo que tengáis que hacer. Necesitamos saber. La exhumación se programó para la semana siguiente. Requería una orden judicial que Soler obtuvo presentando toda la evidencia que había recopilado. Teresa estuvo presente en el cementerio cuando abrieron la tumba 12 años después de haber enterrado a quien ella creía que era su hijo.
El ataúd estaba deteriorado pero intacto. Los restos óse fueron transportados al Instituto de Medicina Legal. Se tomaron muestras de ADN tanto de Teresa como de los Costa. Los resultados tardaron una semana en llegar. Cuando lo hicieron, confirmaron lo que Soler había sospechado. El cuerpo enterrado en la tumba de Mark Puik era en realidad Jordi Costa.
Con la confirmación del ADN, Soler tenía suficiente evidencia para obtener una orden de arresto. Un equipo de mozos de escuadra se dirigió a La Maía en las afueras de San Martí de Yemena al amanecer de un martes gris de abril. La casa era modesta, una antigua construcción de piedra restaurada rodeada de campos de trigo.
Había un huerto bien cuidado, gallinas picoteando en un corral, una camioneta vieja aparcada en el camino de Grava. Parecía la encarnación misma de la vida rural tranquila. Soler llamó a la puerta. Una mujer de unos 30 años abrió el cabello recogido en una coleta delantal sobre su ropa.
Su rostro mostró confusión al ver a los policías uniformados. Monserrat Roca. preguntó Soler. Sí, ¿qué ocurre? Necesitamos hablar con su esposo, Pau Martí. Está en el granero preparándose para ir a los campos. ¿Ha pasado algo? Por favor, llámelo. Monserrat, claramente asustada ahora, gritó hacia el granero. Pau, hay policía aquí que quiere verte.
Un momento después apareció el hombre que Teresa había visto en el mercado, Mark Puch, viviendo como Pau Martí durante 12 años. Cuando vio a los mozos, toda expresión abandonó su rostro. Sabía exactamente por qué estaban allí. Mark Pck Ferrer dijo Soler formalmente. Queda detenido por los delitos de fraude, falsedad documental, usurpación de identidad y ocultación de cadáver.
Tiene derecho a permanecer en silencio. Tiene derecho a un abogado. Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Monserrat jadeó. Mark, ¿de qué estáis hablando? Mi marido se llama Pau. Dos niños pequeños aparecieron en la puerta, observando con ojos grandes mientras los policías esposaban a su padre. Mark los miró con expresión atormentada.
“Lo siento”, susurró. “Lo siento mucho.” Lo llevaron a la comisaría de Girona. Teresa esperaba allí en la misma sala de entrevistas donde había comenzado todo esto semanas atrás. Soler le había advertido que no tenía que estar presente, que podría ser demasiado doloroso, pero Teresa había insistido.
Necesito escuchar lo de su boca, había dicho. Necesito saber por qué. Mark introducido en la sala con esposas. Cuando vio a su madre sentada al otro lado de la mesa, sus ojos se llenaron de lágrimas. “Mamá”, dijo con voz quebrada. Teresa no respondió, simplemente lo miró con una expresión que mezclaba dolor, rabia y algoparecido a la curiosidad clínica.
Después de 12 años llorando a su hijo, ahora lo tenía frente a ella vivo y culpable. “Siéntate”, ordenó Soler. Mark se sentó, su mirada alternando entre su madre y la mesa. Soler encendió la grabadora. “Mark Puik Ferrer, confirma tu verdadera identidad para el registro”. Mark asintió. Soy Mark Puik Ferrer, nacido el 14 de marzo de 1965 en Girona.
¿Por qué fingiste tu muerte en 1989? Mark respiró profundamente, sus manos esposadas temblando sobre la mesa. Estaba en problemas, graves problemas. Debía dinero, mucho dinero a gente peligrosa. Usureros del barrio. Había empezado pidiendo prestado un poco solo para salir de un apuro, pero los intereses se acumularon. Al final debía casi 10 millones de pesetas.
Me amenazaron con matarme si no pagaba. ¿Por qué no acudiste a la policía? Preguntó Soler. Tenía miedo y había hecho cosas, estafas menores para intentar conseguir el dinero. Cheques falsos, tarjetas de crédito robadas. Si iba a la policía, acabaría en prisión de todos modos. Y Jordi Costa. Mark cerró los ojos, lágrimas escapando por las comisuras. Jordi era mi mejor amigo.
Le conté todo. Le pedí ayuda. Él sugirió que desapareciera, que empezara de nuevo en otro lugar. Yo estaba desesperado, así que acepté. Reporté mi coche como robado. Luego se lo di a Jordi para que lo guardara en un almacén que conocía. ¿Qué pasó la noche del accidente? Jordi iba a conducir el coche a un desguace en Barcelona, donde un amigo suyo podía deshacerse de él sin hacer preguntas.
Iba a ser el último favor que me hacía antes de que yo desapareciera. Pero algo salió mal. Hubo un accidente real. El coche se salió de la carretera, chocó. Explotó. Mark sozaba abiertamente. Ahora Jordi murió. Mi mejor amigo murió haciéndome un favor. Teresa finalmente habló su voz helada. Y dejaste que lo enterraran como si fuera tú.
Dejaste que su familia lo buscara durante 12 años mientras tú vivías tranquilamente en el campo. Lo sé, gritó Mark. Dios, lo sé. He vivido con esa culpa cada día. Pero cuando vi que todos pensaban que yo había muerto en el accidente, vi una salida. Los usureros pensarían que estaba muerto. La policía dejaría de buscarme por las estafas. ¿Podría empezar de nuevo? ¿Y tu madre? Preguntó Soler. Tu familia.
Mark miró a Teresa con expresión desgarrada. Pensé que sería mejor para ella creer que había muerto en un accidente que saber la verdad sobre lo que había hecho, sobre los problemas en los que estaba metido. Pensé que le estaba ahorrando dolor. Teresa se levantó bruscamente, su silla raspando contra el suelo. Ahorrarme dolor.
He pasado 12 años visitando una tumba, 12 años llorando a un hijo que estaba vivo. ¿Tienes idea de lo que eso hace a una madre? Lo siento, soy Mark. Lo siento muchísimo. Tu disculpa no significa nada”, dijo Teresa, su voz temblando. “Nada en absoluto. El juicio de Mark Puig comenzó 6 meses después. Los cargos eran extensos: fraude, falsedad documental, usurpación de identidad, ocultación de cadáver.
Aunque no fue acusado directamente de la muerte de Jordi Costa, ya que el accidente había sido genuino, la fiscalía argumentó que su complicidad en el plan y su posterior ocultación de la verdadera identidad de la víctima constituían delitos graves. La sala del juzgado estaba llena. Teresa se sentó en el lado de la acusación, flanqueada por Josep y Merce Costa, los padres de Jordi, que finalmente habían podido enterrar a su hijo correctamente.
Monserrat, la esposa de Mark, que había descubierto que su matrimonio entero estaba basado en mentiras, no asistió. Se había llevado a los niños a vivir con su familia en Barcelona iniciando procedimientos de divorcio. Mark se declaró culpable de todos los cargos. Su abogado defensor presentó circunstancias atenuantes.
El miedo genuino a los usureros, la juventud e inmadurez de Mark en el momento de los hechos, el hecho de que no había planeado la muerte de Jordi y había vivido 12 años con remordimiento. La fiscal, sin embargo, fue implacable. El acusado no solo fingió su muerte y defraudó al sistema. condenó a dos familias a años de sufrimiento innecesario.
Teresa Puik lloró a un hijo vivo. Josep y Mercé Costa buscaron a un hijo que estaba enterrado bajo otro nombre. Dos niños pequeños han descubierto que su padre es un fraude. Monserra Roca descubrió que su matrimonio era una mentira. El alcance del daño causado por las acciones egoístas de Mark Puik es incalculable.
Los Costa dieron testimonio, describiendo los 12 años de búsqueda infructuosa, de esperanza que se convertía lentamente en desesperación, de nunca poder hacer el duelo apropiadamente, porque siempre había una posibilidad de que Jordi estuviera vivo en algún lugar. Teresa también testificó. Con voz controlada, pero cargada de emoción, describió las visitas semanales a la tumba, las conversaciones unilaterales con unalápida que contenía a la persona equivocada, la forma en que su vida se había detenido el día del supuesto accidente. “Cuando vi a mi hijo en ese
mercado”, dijo Teresa, “sentí durante un segundo la mayor alegría imaginable. Mi hijo estaba vivo, pero esa alegría se convirtió casi instantáneamente en horror al comprender lo que significaba, que había elegido dejarme creer que estaba muerto, que cada lágrima que derramé durante 12 años fue innecesaria, que me robó 12 años de su vida, 12 años en los que podríamos haber sido familia.
Mark escuchó todo esto con la cabeza gacha, lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas. El juicio duró tres semanas. Al final, el juez dictó sentencia. Mark Puig Ferrer, los delitos que has cometido demuestran una asombrosa falta de consideración por los demás. Actúaste por miedo y desesperación.
Esto lo acepto, pero las consecuencias de tus acciones han destrozado múltiples vidas. Es la sentencia de este tribunal que cumplas 8 años de prisión. Adicionalmente, se te ordena pagar restitución a la familia Costa por los gastos de búsqueda y sufrimiento emocional y a tu madre por el fraude relacionado con el funeral y entierro.
Mark aceptó la sentencia sin protesta. Fue llevado a la prisión de Girona para comenzar su condena. Teresa salió del juzgado sintiéndose extrañamente vacía. La justicia se había servido, pero no le proporcionó el cierre que esperaba. Josep Costa la alcanzó en los escalones del juzgado.
Señora Puig, dijo, “sé que esto ha sido terrible para usted también. Jordi y Mark eran amigos. Esto es una tragedia para ambas familias.” Teresa asintió. Lo siento muchísimo por su pérdida y lamento que mi hijo fuera responsable de tanto sufrimiento para ustedes. No es su culpa, dijo Merce Costa tomando la mano de Teresa. Usted también es una víctima en todo esto.
Pasaron dos años. Teresa finalmente vendió el nicho en el cementerio de Girona, donde Jordi Costa había sido enterrado erróneamente. Los Costa trasladaron los restos de su hijo a su parcela familiar. Teresa visitó a Mark en prisión tres veces durante el primer año, luego dejó de ir. Las conversaciones eran demasiado dolorosas, llenas de disculpas de Mark Teresa no sabía si podía perdonar.
En 2003, Mark cumplió 5 años de su sentencia y fue liberado en libertad condicional por buen comportamiento. Salió de prisión a un mundo que había cambiado mucho desde 1989. España ahora usaba euros en lugar de pesetas. Internet estaba en todas partes. Su esposa se había divorciado de él.
Sus hijos, que apenas lo recordaban, vivían con su madre, que les había cambiado los apellidos. Mark contactó con Teresa poco después de su liberación. Quedaron en un café neutral en Girona. Fue la primera vez que se veían desde el juicio. “Gracias por venir”, dijo Mark. A los 38 años parecía mucho mayor, encanecido prematuramente, líneas profundas alrededor de sus ojos.
No sé por qué lo hice”, admitió Teresa. “Parte mí quiere odiarte, otra parte solo ve a mi hijo. No espero que me perdones”, dijo Mark. Solo quería decirte en persona sin abogados ni jueces que lo siento, que cada día desearía poder retroceder el tiempo y hacer las cosas de manera diferente. Desearía haber acudido a ti cuando estaba en problemas en lugar de huir.
Desearía que Jordi siguiera vivo. Desearía no haber causado tanto dolor. Teresa bebió su café lentamente. ¿Qué vas a hacer ahora? No lo sé. Intentar reconstruir algo de vida, supongo. Trabajar. Quizás algún día poder tener algún tipo de relación con mis hijos, aunque sea pequeña. Hizo una pausa. ¿Y tú? Seguir viviendo, dijo Teresa simplemente.
Es todo lo que puedo hacer. Se separaron en la calle fuera del café. Mark se alejó en una dirección, Teresa en otra. No se abrazaron, no hicieron planes para volver a verse, pero algo había cambiado ligeramente. Un primer paso tentativo hacia algo que quizás algún día podría parecerse al perdón.
Teresa caminó de vuelta a su piso, donde ya no había fotografías de marca en las paredes, donde la habitación, que había sido suya de niño se había convertido en un cuarto de costura. Su hijo no estaba muerto, pero tampoco estaba realmente vivo para ella. No de la manera que había sido. Existía en algún espacio intermedio un fantasma con latido del corazón.
Y Teresa, que había enterrado a su hijo dos veces, una en el cementerio y otra en su corazón, siguió adelante con la tarea de vivir un día a la vez. La historia de Mark Puik y Teresa nos enseña verdades dolorosas sobre las consecuencias de nuestras decisiones y el costo del engaño. Primero, demuestra como el miedo puede llevarnos a tomar decisiones que causan infinitamente más daño que los problemas originales que intentábamos evitar.
Mark tenía miedo de los usureros, miedo de la prisión, miedo de decepcionar a su madre, pero en su intento de escapar de estos miedos creó un sufrimiento mucho mayor para todoslos involucrados. La historia también ilustra el impacto devastador que tienen nuestras acciones en aquellos que nos aman.
Teresa pasó 12 años en un luto innecesario. Los Costa buscaron a su hijo durante 12 años cuando todo el tiempo yacía en una tumba bajo otro nombre. Monserrat y sus hijos descubrieron que su familia estaba construida sobre mentiras. El daño causado por una sola decisión egoísta se extendió como ondas en un estanque, tocando innumerables vidas.
Hay también una lección sobre la importancia de pedir ayuda. Mark tenía una madre que lo amaba, amigos, recursos comunitarios, pero eligió el camino solitario del engaño, en lugar de la vulnerabilidad de admitir que necesitaba ayuda. Si hubiera confiado en Teresa, si hubiera acudido a las autoridades, quizás Jordi seguiría vivo y dos familias no habrían sido destrozadas.
Finalmente, esta historia nos recuerda que algunas heridas nunca sanan completamente, incluso con la verdad revelada. Incluso con justicia servida, Teresa nunca recuperará esos 12 años perdidos. Mark nunca podrá borrar el dolor que causó. El perdón si llega es un proceso lento y doloroso que puede durar toda una vida.
Para aquellos que enfrentan problemas abrumadores, no huyan. No construyan castillos de mentiras que inevitablemente se derrumbarán. Busquen ayuda, por difícil que parezca. El camino a través del problema puede ser duro, pero el camino alrededor de él mediante el engaño es infinitamente peor. Y para todos nosotros, recordemos que nuestras acciones tienen consecuencias que se extienden mucho más allá de nosotros mismos.
Cada decisión que tomamos afecta a aquellos que nos aman, a aquellos que confían en nosotros, a aquellos cuyas vidas tocan las nuestras. La responsabilidad hacia los demás no es opcional, es fundamental para lo que significa ser humano.















