¡Shock en Veracruz! Alumna embarazada por su maestro: la dolorosa verdad sale a la luz
Bajo la luz tenue del pasillo, el olor penetrante a desinfectante se mezclaba con un aroma metálico, un edor a algo que había salido terriblemente mal. Hacía tres noches, tres largos días desde que Sofía Reyes había desaparecido, una joven de 18 años llena de vida, vista por última vez entrando al elevador después de su clase de regularización de química.
La imagen era nítida en la mente del teniente, las puertas del elevador cerrándose, la luz indicadora marcando el descenso y luego, apenas unos segundos después, marcando el ascenso de nuevo. Su rastro parecía haberse quedado atrapado entre dos pisos, suspendido en un vacío inexplicable. Había susurros en las paredes estériles de laboratorio.
Había una mancha que nadie había podido explicar y la sonrisa amable de un profesor que de repente se había vuelto helada. Javier Mendoza se encontraba en el umbral de aquella habitación impecablemente limpia, sintiendo como le sudaban las palmas de las manos. Aquella noche no fue una simple desaparición. Aquella noche albergaba una decisión cruel.
Planeaba con una calma escalofriante. Ejecutaba con el conocimiento y las herramientas que debían preservar la vida, no arrebatarla. ¿Quién podía diseñar una ausencia de manera tan pulcra? ¿Quién podría concebir que un cuerpo humano pudiera desvanecerse como polvo soplado por el viento? La primera lluvia de septiembre azotaba la ciudad de México desde la madrugada.
En la avenida Álvaro Obregón, en el corazón de la colonia Roma, las luces de neón de los cafés y las galerías se reflejaban en los charcos, y el aroma a café recién hecho de los pequeños locales se mezclaba con el olor a asfalto mojado y el humo de los vehículos. Esa noche, el teniente de la policía de investigación, Javier Mendoza, estaba de pie frente a un edificio de tres pisos de fachada por Firiana, el Instituto Galileo, un prestigioso centro de regularización para los hijos de las familias más adineradas de la ciudad.
Sin embargo, detrás de aquellos muros color ocre, un misterio crecía como un hongo en la humedad. La desaparición de Sofía Reyes, una hermosa estudiante de 18 años, hija única del magnate de la construcción, Ricardo Reyes. Hacían ya tres días desde aquella noche de martes. El celular de Sofía estaba apagado, sin un solo mensaje, sin un rastro digital.
La última cámara de vigilancia la había captado a las 9:15 de la noche, presionando el botón del elevador. Llevaba su uniforme escolar, una mochila negra colgada al hombro. Después de eso, nada. La grabación de la planta baja no existía. La cámara estaba convenientemente descompuesta. Una coincidencia demasiado perfecta para ser solo eso. Una coincidencia.
Teniente, la familia de la víctima lo está esperando”, dijo uno de sus oficiales. Javier tomó una respiración profunda, se ajustó la corbata que le apretaba el cuello y entró en la sala de juntas improvisada. Allí, Ricardo Reyes estaba sentado con una mirada afilada y el rostro tenso, mientras que su esposa Isabel lloraba en silencio, secándose las lágrimas con un pañuelo de seda.
Frente a ellos, una fotografía grande mostraba a Sofía sonriendo con el laboratorio de la escuela como fondo. No me importa cómo trabajen. La voz de Ricardo era áspera, cargada de una autoridad acostumbrada a dar órdenes. Les doy una semana. Encuentren a mi hija viva o muerta. Si no, hablaré directamente con el fiscal general. Javier lo miró sin parpadear, su rostro impasible.
Estamos haciendo todo lo posible, señor Reyes. Por favor, ayúdenos con la última información que tengan. Isabel levantó la vista, sus ojos enrojecidos. Esa noche, Sofía dijo que tenía una clase extra de química con el profesor Arturo Vargas. dijo que la clase terminaba a las 9. Normalmente volvía a casa de inmediato, pero esa noche nunca regresó.
Ese nombre, Arturo Vargas, resonó en la mente de Javier mientras lo anotaba en su libreta. Era un profesor de química de renombre, adorado por sus alumnos y respetado por los padres. Incluso había sido galardonado como maestro del año en un foro de educación nacional. Un hombre de 35 años, de apariencia pulcra, con gafas y una sonrisa que siempre parecía sincera y amable.
Su esposa Elena, estaba en el último trimestre de su embarazo. A ojos de la sociedad, su familia era la imagen de la perfección. Javier decidió que debía hablar con él en persona. A la tarde siguiente se presentó en el Instituto Galileo. El aula del tercer piso todavía olía a productos químicos.
etanol, amoníaco y un leve rastro de vinagre. Arturo lo recibió cortésmente. Su rostro mostraba una fatiga genuina. Yo también estoy ayudando en la búsqueda, teniente. Les pedí a mis alumnos que difundieran la noticia en redes sociales. Espero que Sofía aparezca pronto. Cuénteme todo desde el principio, por favor, pidió Javier.
La clase terminó a las 9 en punto. Sofía se quedó para preguntar sobre un par de problemas.La ayudé y a las 9:15 se despidió para bajar. Yo me quedé limpiando el laboratorio. Mi esposa me necesita en casa. Su embarazo ya tiene 9 meses. Javier observaba el lenguaje corporal de Arturo. Sus manos estaban tranquilas.
No había signos de nerviosismo. Todo sonaba perfectamente normal. Luego, Arturo le entregó una memoria USB con la grabación de la cámara del pasillo. En la pantalla de la laptop se veía a Sofía caminando hacia el elevador mirando su teléfono. Las puertas se cerraron. No hay nada extraño, dijo Arturo. Solo que la cámara de la planta baja se descompuso dos días antes.
Ya lo había reportado a la administración del edificio. Javier asintió lentamente, pero su mente trabajaba a toda velocidad. Había demasiadas coincidencias en este caso, una chica rica, un profesor modelo, una cámara rota y un lapso de tiempo muy corto en la noche. Su equipo de investigación peinó los alrededores del edificio.
Al otro lado de la calle, un pequeño puesto de café de olla regentado por doña Elvira seguía abierto. La anciana, envuelta en un reboso, miraba la lluvia caer. “Sí, claro que la vi”, dijo al ver la foto de Sofía. Esa noche una muchachita con uniforme salió como a las 9:20. Muy bonita, se notaba que era de buena familia.
Pero antes de que saliera, había un hombre flaco con los ojos altones como de drogadicto que no dejaba de dar vueltas frente al edificio. Después de que la chica pasó, él se metió en el callejón de alado. ¿Cuánto tiempo los vio?, preguntó Javier. Como unos 20 minutos. Después de eso cerré el puesto. El primer testigo era claro, un hombre delgado con aspecto de consumidor de drogas.
Javier ordenó inmediatamente a sus hombres que registraran el estrecho callejón al este del edificio. Una cámara de seguridad de una casa vecina captó algo, pero la imagen era borrosa. Se veía la figura de Sofía entrando en el callejón, seguida por otra sombra. Después de eso, oscuridad, no había imágenes de su salida.
El callejón se ramificaba en varios pasillos que conducían a una densa zona de vecindades. La noche siguiente, Javier lideró una redada en la colonia Doctores, un lugar conocido por ser punto de reunión de adictos. En una ruinosa vecindad encontraron a un hombre que coincidía con la descripción. Mateo, apodado el flaco.
Cuerpo esquelético, ojos enrojecidos y un olor penetrante a solventes. Yo no la maté. Yo no la maté, gritó histéricamente cuando lo rodearon. Solo encontré su mochila en un basurero. Debajo de su catre, la policía encontró una mochila negra de la misma marca que la de Sofía. dentro un cuaderno de química y un bolígrafo con las iniciales SR.
No había celular, no había dinero, exactamente como se veía en la grabación de la cámara de seguridad. La noticia del arresto se extendió como la pólvora. Los titulares en línea decían, “La policía captura al culpable de la desaparición de Sofía Reyes. Un drogadicto de la doctores.” La opinión pública respiró aliviada.
Pero Javier sentía una opresión en el pecho. Todo había sucedido demasiado rápido, demasiado fácil. En la sala de interrogatorios, el flaco temblaba. La vi esa noche. Sí. Iba a robarle el celular, pero recibió una llamada y se dio la vuelta. Regresó a la avenida principal. Me asusté y me fui. A la mañana siguiente encontré la mochila en un contenedor de basura.
La tomé. Pensé que la habían tirado. Javier lo miró a los ojos. Había un miedo genuino en ellos. El miedo de un hombre insignificante atrapado en algo que lo superaba, no la mirada de un asesino. Lanzó el expediente sobre la mesa. Si no fuiste tú, entonces, ¿quién? Murmuró para sí mismo. La lluvia arreciaba afuera.
Las sirenas de la policía resonaban a lo lejos. En la mente de Javier, una frase se repetía como un eco. Todo es demasiado pulcro, demasiado limpio. Y por alguna razón, la imagen de laboratorio de química en el tercer piso volvió a su mente demasiado limpio, con un penetrante olor a desinfectante. Miró la foto de Sofía sobre su escritorio.
La sonrisa de la chica parecía viva, como si lo mirara directamente a los ojos. Javier respiró hondo. De acuerdo, susurró. Empecemos de nuevo desde cero. Javier no pudo dormir esa noche. En su oficina, las fotografías, las grabaciones de las cámaras y las transcripciones de los interrogatorios estaban esparcidas por todas partes.
Todo formaba una línea de tiempo que no tenía sentido. Sofía Reyes desapareció entre dos pisos y la cámara en el punto exacto donde debería haber salido estaba rota. Demasiada coincidencia. A la mañana siguiente regresó al Instituto Galileo. El cielo de la Ciudad de México seguía gris.
El edificio parecía tranquilo, como si no albergaran ningún pecado. En el vestíbulo, la recepcionista lo saludó con una sonrisa forzada. El profesor Vargas ya llegó. Sí, teniente, respondió ella. Arturo Vargas apareció unos minutos después, vestido con una camisa grisimpecable y llevando un termo de café. Teniente Mendoza, ¿alguna novedad? No muchas, respondió Javier secamente.
Quería verificar algunos detalles sobre la noche del martes. Arturo bajó la mirada. Su expresión era la de alguien cansado de repetir la misma historia. Sofía se fue a las 9:15. Después de eso, limpié el laboratorio y me fui a casa. Estaba solo, completamente solo. No había guardias ni personal, nadie más, solo yo.
La respuesta fue demasiado tajante. Javier asintió, sus ojos observando cada pequeño gesto, el movimiento de sus manos, la respiración contenida, la mirada que de vez en cuando se desviaba hacia las escaleras que llevaban al tercer piso. Después de despedirse, Javier fingió irse, pero esperó en su coche al otro lado de la calle.
A las 10 de la noche, una luz encendió en el laboratorio del tercer piso. La silueta de una persona se dibujó detrás de la persiana. Era Arturo. Estaba sentado en su escritorio sin hacer nada, simplemente mirando fijamente a la pared durante casi una hora. Luego la luz se apagó. Extraño. Al día siguiente, Javier asignó a dos de sus hombres para que vigilaran el lugar.
El informe llegó la noche siguiente. Arturo regresaba al laboratorio casi todas las noches. Se sentaba solo en la oscuridad, sin encender la computadora, sin llevar documentos, simplemente se quedaba en silencio. ¿Está esperando algo? murmuró Javier o se está asegurando de que algo no vuelva a aparecer. Al mismo tiempo, los medios de comunicación comenzaron a indagar en la vida personal de la familia Vargas.
Un periodista encontró fotos antiguas de Arturo con sus alumnos, incluida Sofía. En una de las fotos, Sofía estaba de pie junto a él, sonriendo con timidez. Sus miradas se cruzaban, demasiado cálidas para ser solo la de un profesor y una alumna. Poco después, Javier fue llamado a la oficina del comandante. Mendoza, deja de centrarte en el profesor Vargas por ahora.
No hay pruebas. Concéntrate en el drogadicto. Este caso ya ha causado suficiente revuelo. Pero, señor, basta. No podemos acusar a un maestro ejemplar sin fundamentos. La orden dejó a Javier en silencio, pero su instinto se negaba a detenerse. Sabía que algo en ese tercer piso contenía la respuesta. El viernes por la noche regresó al edificio con el pretexto de una inspección de seguridad.
Lo acompañaban dos bomberos. Inspección de seguridad del edificio, les dijo a los guardias. Al llegar al tercer piso, Arturo pareció sorprendido. Una inspección sorpresa, teniente. Sí, procedimiento de rutina, sonrió Javier fríamente, especialmente en una sala llena de productos químicos. La puerta de laboratorio se abrió y el olor a desinfectante golpeó su nariz de inmediato.
El suelo brillaba. Las mesas de metal no tenían una mota de polvo, incluso las rejillas de ventilación estaban impecables. Demasiado perfecto. Javier caminó lentamente, cada paso resonando en la sala vacía. Este lugar está impecable, comentó Arturo. Soltó una risa nerviosa. Me gusta la limpieza. También es por la seguridad de los estudiantes.
Javier observó el estante de productos químicos. Todas las botellas estaban ordenadas con etiquetas nuevas, pero había un hueco vacío entre una fila de garrafas de 5 L. Lo miró durante tanto tiempo que Arturo tragó saliva. Profesor Vargas, ¿puedo ver la lista de las últimas compras de productos químicos? Claro, un momento.
Abrió su laptop y mostró un archivo de Excel. Javier recorrió la pantalla con la mirada. etanol, hidróxido de sodio, ácido acético. Y entonces sus ojos se detuvieron. Ácido sulfúrico concentrado, 100 L. La fecha de compra era un día después de que Sofía fuera declarada desaparecida. El sonido de la lluvia volvió a oírse tras la ventana.
Javier miró a Arturo. Su rostro permanecía tranquilo, pero su tono se volvió gélido. 100 litros es una cantidad enorme para las necesidades de una clase de preparatoria, ¿no crey? Arturo esbozó una sonrisa forzada, pero la comisura de sus labios temblaba. Oh, eso es para un proyecto experimental del equipo de la olimpiada de química para el próximo año.
El equipo de la olimpiada, Javier, ladeó la cabeza. Según tengo entendido, la competencia de este año acaba de terminar. Un silencio denso se apoderó del aire. Solo se oía el goteo de la lluvia afuera. Arturo bajó la mirada apretando los puños debajo de la mesa. Javier sabía que acababa de tocar una fibra sensible. Bueno, gracias, profesor Vargas, dijo finalmente.
Hemos terminado por hoy. Al salir de la sala, Javier se detuvo un momento en el umbral, mirando hacia el interior de aquel laboratorio inmaculado. Un escalofrío le recorrió la espalda. Sabía que esa sala no era solo un lugar de aprendizaje, era un lugar donde se ocultaba un secreto de una manera muy muy científica.
Al salir del Instituto Galileo esa noche, Javier se dirigió directamente a su coche. La lluvia golpeaba el parabrisas. Los lintiaparabrisas se movían conlentitud, pero sus pensamientos giraban a una velocidad vertiginosa. 100 L de ácido sulfúrico, una cantidad absurda para un laboratorio escolar.
Y el rostro de Arturo cuando escuchó su última pregunta pálido, casi sin color. El instinto de Javier le gritaba que algo terrible había sucedido en esa habitación. A la mañana siguiente convocó a sus dos investigadores de confianza, el sargento Morales y el oficial Peña. Necesitamos una forma de volver a entrar en ese laboratorio sin una orden de registro, dijo en voz baja.
Una orden oficial será difícil de conseguir, teniente. No hay pruebas físicas, respondió Morales. Entonces encontraremos esas pruebas primero. comenzaron a rastrear las tiendas de productos químicos de la ciudad. En un almacén en la zona industrial de Vallejo, el propietario admitió haber enviado ácido sulfúrico al Instituto Galileo el 15 de septiembre, un día después de la desaparición de Sofía.
“El pedido lo hizo directamente el profesor Vargas”, dijo el dueño. Dijo que era para un experimento de sus alumnos de la olimpiada. Javier examinó la nota de compra viendo la firma de Arturo, perfecta, con tinta azul, demasiado perfecta. Esa tarde, de vuelta en la oficina, volvió a ver todas las grabaciones del edificio. La cámara del elevador mostraba lo mismo.
Sofía entrando a las 9:15, presionando el botón para bajar, la puerta cerrándose. Pero esta vez Javier ralentizó la reproducción ampliando la imagen del panel de indicadores. Unos segundos después de que la luz de descenso se encendiera, cambió a ascenso. Dos minutos más tarde, la puerta del elevador se abrió en el tercer piso. Nadie salió, pero la cámara del pasillo no apuntaba directamente a la puerta del elevador.
“Nunca salió de este edificio”, murmuró Javier. Regresó al tercer piso. Esa noche llamó a Morales. Monta una vigilancia discreta. “Céntrate en Arturo y su laboratorio.” Morales asintió. Si está limpio, lo sabremos. Y si no, si no encontraremos algo. Durante tres noches consecutivas, Arturo regresó al laboratorio a las 10 en punto.
Se sentaba solo, a veces simplemente mirando la mesa, a veces sosteniendo algo en sus manos y luego secándose las lágrimas. Javier lo observaba desde lejos. Su presentimiento se hacía más pesado. Este hombre no está trabajando le dijo a Peña. Está atormentado. Mientras tanto, el equipo forense analizó los datos de consumo eléctrico del edificio.
La noche de la desaparición de Sofía, el uso de electricidad en el laboratorio se disparó drásticamente entre las 10:30 de la noche y la medianoche, como si un aparato de gran potencia hubiera estado encendido, quizás un sistema de ventilación industrial, quizás un calentador químico. Este hecho reforzó la convicción de Javier de que el laboratorio era la verdadera escena del crimen.
Sin embargo, sin un cuerpo, sin sangre, todo eran meras conjeturas. Necesitaba algo tangible. Al día siguiente, Javier visitó una clínica privada donde los estudiantes del instituto solían hacerse chequeos. Se hizo pasar por un administrativo de la escuela que verificaba los registros. Después de revisar la lista de pacientes, sus ojos se detuvieron en el nombre Sofía Reyes.
Tres semanas antes de su desaparición. Consulta por embarazo. Miró la hoja de resultados. Positivo. Una tenue marca en la esquina del papel. El mundo a su alrededor pareció enmudecer. Salió de la clínica con paso pesado. La lluvia había vuelto a caer, tan fuerte como si quisiera ahogar toda la ciudad.
Dentro de su coche, Javier apretó la fotocopia del resultado de la prueba. Ahora la última pieza comenzaba a encajar. una relación secreta entre profesor y alumna, un embarazo no deseado y 100 L de ácido sulfúrico, cuyo propósito era un misterio aterrador. Esa noche se sentó solo en su oficina mirando el pizarrón de la investigación en la pared.
Las fotos de Sofía, Arturo, el laboratorio, la nota de compra y las capturas del elevador estaban dispuestas como un gran rompecabezas. En el centro del pizarrón pegó una pequeña nota. Nadie desaparece sin dejar rastro. Javier sabía que su siguiente paso rozaría los límites de la ley, pero sin él la verdad nunca saldría a la luz. Encendió un cigarrillo, exhaló el humo lentamente y se dijo a sí mismo, “Mañana por la noche abriremos ese piso.
Lo que sea que esté escondido ahí, no permanecerá limpio para siempre.” La lluvia no había cesado desde la tarde. A las 11 de la noche, el Instituto Galileo estaba completamente a oscuras. Salvo por la tenue luz del estacionamiento frontal, Javier estaba de pie detrás del edificio, vestido con una chamarra negra y guantes de látex.
En su mano, una tarjeta de acceso que había tomado prestada discretamente del técnico del edificio. “Solo necesitamos 10 minutos”, le susurró a Morales, que esperaba en una patrulla sin insignias. El elevador estaba apagado, así que subieron por la escalera de emergencia.Cada peldaño crujía rompiendo el silencio.
En el tercer piso, el olor a desinfectante los recibió tan fuerte como antes. Pero esta vez Javier percibió algo más, un olor tenue, como a metal y aire quemado. La puerta del laboratorio estaba cerrada. Javier deslizó una ganzúa. Un pequeño clic resonó. La puerta se abrió. La habitación seguía impecablemente limpia.
Pero algo era diferente. La mesa de acero en el centro de la sala había sido movida ligeramente y debajo de ella el suelo parecía más brillante, como si hubiera sido pulido recientemente. “Revisa el área de ventilación”, dijo Javier en voz baja. Morales encendió una pequeña linterna de luz ultravioleta. La luz púrpura barrió las paredes, las mesas, el suelo.
No había nada. Hasta que elas de luz llegó a una esquina cerca del fregadero de metal. Había una mancha tenue que brillaba casi invisible. Residuo orgánico murmuró Morales. Alguien intentó limpiarlo, pero no desapareció del todo. Javier se arrodilló pasando un paño blanco por la superficie del suelo.
El paño adquirió un tono amarillento. Lo acercó a su nariz. Olía a un aroma agudo. ido sulfúrico, dijo con frialdad. Se dirigieron al armario de almacenamiento de productos químicos. En la parte inferior escondidos había varios galones vacíos. La etiqueta era la misma, H2SO4 concentrado. Parte de las etiquetas parecía corroída, como si un líquido las hubiera salpicado.
Javier contó rápidamente 10 galones vacíos, cada uno de 10 L. El resto de los 100 L registrados en la factura. miró a su alrededor. Al fondo de la sala, cerca de la pared trasera, había una pequeña puerta con la inscripción, acceso técnico, drenaje. Javier tiró de la manija. Estaba cerrada con llave. Miró a Morales, quien inmediatamente sacó una llave maestra.
Dos minutos después, la cerradura giró. La puerta se abrió con un lento chirrido. El aire del interior era húmedo y frío. Una escalera de metal descendía a un espacio estrecho, una especie de sala de control para el sistema de desechos. Javier encendió su linterna y bajó lentamente. Las paredes de cemento estaban mojadas.
Abajo había un gran tanque gris con una tubería que conducía al drenaje de la ciudad. Alrededor de la boca de la tubería había manchas de óxido de color negro violáceo. “Este lugar nunca ha sido inspeccionado”, dijo Javier. Morales lo miró con horror. “Si realmente arrojó algo aquí, no digas nada.
” Javier enfocó la linterna en el suelo alrededor del tanque. Había un pequeño fragmento brillante incrustado en el cemento. Lo recogió examinándolo bajo la luz. A primera vista parecía un trozo de cerámica blanca, pero cuando lo frotó la superficie era lisa y densa. No era cerámica común. Teniente, ¿qué es eso?, preguntó Morales. Javier lo apretó en su mano.
Lo sabremos mañana. Esto va directo al laboratorio forense. Cerraron la habitación, dejándolo todo como estaba. Al salir al estacionamiento trasero, el reloj marcaba casi la 1 de la madrugada. Javier miró hacia la ventana de laboratorio en el tercer piso. La lluvia goteaba del techo, reflejando la luz de la calle. Si lo que pienso es correcto, dijo en voz baja, no es solo un asesino.
Es un científico que usó su conocimiento para borrar su pecado. Morales lo miró con duda. Teniente, si esto es verdad, nos enfrentamos a algo mucho más grande que un simple caso de desaparición. Javier encendió un cigarrillo mirando la brasa roja en la punta. No importa cuán grande sea, la verdad siempre deja una marca.
Nuestro trabajo es encontrarla. A lo lejos, el primer llamado a la oración de una mezquita cercana resonó débilmente. Javier supo que esa noche era solo el comienzo, un pequeño fragmento del horror más largo que esperaba detrás de las paredes estériles de ese laboratorio. Esa mañana el laboratorio de ciencias forenses de la Fiscalía de la Ciudad de México todavía estaba en silencio.
Javier llegó con una pequeña bolsa de evidencia etiquetada. Dentro el fragmento blanco del tamaño de una uña que había encontrado cerca del tanque de drenaje. La doctora Campos, la jefa de forenses, examinó el objeto bajo el microscopio. Interesante, dijo en voz baja. No es cerámica, no es cemento, es porcelana dental, ya tipo que se usa para las carillas estéticas.
¿Se puede determinar si es del maxilar superior o inferior?”, preguntó Javier rápidamente. “Necesitamos más pruebas, pero por la curvatura podría corresponder a un canino o un incisivo.” Javier miró la foto ampliada del microscopio. La superficie era lisa, pero un borde estaba quemado. Claramente el resultado de una reacción química fuerte.
Si esto es de verdad una carilla dental, solo una persona podría ser la dueña.” dijo en voz baja Sofía Reyes. Inmediatamente verificó los archivos de una clínica dental en Polanco, un lugar frecuentado por los hijos de familias adineradas. En los registros de pacientes estaba el nombre de Sofía Reyes.
La última anotación, colocación de una carilla de porcelana en el canino superior izquierdo. Javier apretó el puño. El rompecabezas estaba casi completo. Regresó a su oficina y se quedó mirando el pizarrón de la cronología. La línea de tiempo ahora estaba conectada. 12 de septiembre, Sofía desaparece. 13 de septiembre, Arturo compra 100 L de ácido sulfúrico.
16 de septiembre, el consumo de electricidad de laboratorio se dispara. Y ahora un fragmento de porcelana dental encontrado en el sistema de drenaje. No había cuerpo, pero había pruebas suficientes para demostrar que alguien había intentado eliminar un cuerpo humano con productos químicos. Esta tarde, Javier convocó a su equipo a la sala de juntas.
Ya tenemos un fragmento de diente, restos químicos y una cuartada que se desmorona. Ahora necesitamos un motivo. Morales lo miró. Una relación personal quizás. Javier asintió. Tengo el presentimiento de que es más que una simple relación académica. comenzó a revisar el teléfono y las redes sociales de Sofía que la familia había entregado.
En una carpeta de mensajes privados había un contacto guardado sin nombre, solo con el emoji de un átomo. El último mensaje fue enviado una semana antes de su desaparición. Tenemos que hablar. No puedo seguir escondiendo esto. El número pertenecía a Arturo Vargas. Javier miró la pantalla. Su mandíbula se tensó.
Es suficiente. Se puso de pie. Mañana por la mañana, revisen todas las clínicas privadas de la ciudad. Busquen registros que muestren si Sofía las visitó tres semanas antes de desaparecer. Dos días de búsqueda. El resultado llegó de una pequeña clínica en la calle de Durango. La joven doctora se puso nerviosa al ver la orden judicial.
Sí, es cierto. Sofía vino aquí. Una prueba de embarazo, dijo finalmente. El resultado fue positivo. Javier sostuvo el resultado de la prueba durante un largo rato. Cada letra parecía golpear su convicción. Una relación prohibida entre profesor y alumna. La joven probablemente exigió responsabilidad y alguien eligió silenciarla para siempre.
Esa noche en su oficina Javier miraba la ventana mojada por la lluvia. El motivo estaba claro. Las pruebas comenzaban a aparecer. Ahora necesitamos una forma de acorralarlo. Morales asintió. Prepararemos una orden de registro oficial. Pero, teniente, si sabe que nos estamos acercando, podría intentar eliminar cualquier otro rastro.
No tendrá tiempo”, respondió Javier con frialdad. “Mañana por la mañana lo arrestaremos antes de que pueda hacer otra limpieza.” Miró el pizarrón por última vez esa noche. La foto de Arturo en la esquina superior, su rostro amable, la sonrisa de un maestro ejemplar. Ahora parecía la máscara que ocultaba a un monstruo.
Javier apagó su cigarrillo en el cenicero. “El juego ha terminado”, murmuró. Ahora es mi turno de demostrar quién es más inteligente. Esa mañana el aire en la ciudad de México era húmedo y pesado. Javier estaba de pie frente al Instituto Galileo con su equipo. La orden de arresto estaba en su mano, firmada directamente por el fiscal.
Después de semanas de contenerse, el momento había llegado. “Hagámoslo rápido y limpio,”, ordenó. No le den oportunidad de tocar nada en el laboratorio. A las 10 en punto, Arturo llegó como de costumbre con su maletín y su termo de café. Su sonrisa seguía siendo amable con el guardia del edificio, sin saber que cinco oficiales lo esperaban en el vestíbulo.
En cuanto presionó el botón del elevador, Javier se adelantó. Profesor Arturo Vargas. Su voz era tranquila pero firme. Queda detenido por su presunta implicación en el homicidio de Sofía Reyes. Arturo se quedó paralizado. Su rostro se volvió pálido. Sus ojos parpadearon rápidamente. ¿Qué? ¿De qué habla, teniente? Lo entenderá en la fiscalía.
Ahora, por favor, acompáñenos. Dos frías esposas se cerraron alrededor de sus muñecas. Por primera vez, su sonrisa desapareció. En la sala de interrogatorios, Arturo estaba sentado rígido. Su camisa estaba empapada de sudor. Javier lo observó en silencio durante un largo rato antes de hablar. 100 lido sulfúrico comprados un día después de la desaparición de Sofía.
El recibo de entrega. su firma. También encontramos residuos químicos y un fragmento de porcelana dental en el sistema de drenaje debajo de su laboratorio. Arturo bajó la cabeza. Eso no prueba nada. Un laboratorio necesita productos químicos. ¿Cierto? Pero, ¿por qué el consumo de electricidad de laboratorio se disparó hasta la medianoche de ese mismo día? ¿Por qué la cámara del elevador muestra a Sofía subiendo de nuevo al tercer piso después de que usted dijo que se había ido a casa? ¿Y por qué estaba embarazada
de seis semanas antes de desaparecer? La última frase hizo que Arturo se sobresaltara. Sus labios temblaban, su mirada estaba perdida. Yo yo no sé de qué está hablando. Javier colocó una foto sobre la mesa, la imagendel resultado de la prueba de embarazo y el fragmento de diente ampliado. ¿Quieres saber qué es esto? Es la única parte de Sofía que queda.
Un largo silencio llenó la habitación. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado. Arturo se mordió el labio inferior. Una gota de sangre brotó. Yo no la maté”, dijo en voz baja. “Entonces, ¿qué pasó?” Arturo cerró los ojos. Durante unos segundos no hubo respuesta. Luego sus hombros comenzaron a temblar. Solo quería que todo terminara.
Su voz se quebró. Amenazó con contárselo a todo el mundo, a mi esposa, a la escuela, a mis alumnos. Perdí el control. Javier lo miró. fijamente, así que la mató. Arturo negó con la cabeza rápidamente y luego la bajó. No fue mi intención. Solo le tapé la boca para que no gritara. No me di cuenta.
No me di cuenta de que había dejado de respirar. Y después de eso entré en pánico. Pensé que si no había cuerpo no habría pruebas. Yo sabía cómo hacerlo desaparecer. Yo se detuvo. Sus lágrimas comenzaron a caer. Usé el ácido. Morales, que estaba de pie detrás de la silla, contuvo el aliento. La habitación pareció congelarse. Javier se reclinó lentamente en su silla. Su voz era casi un susurro.
Sabías exactamente lo que hacías, Arturo. Calculaste cada paso. Arturo levantó la vista, sus ojos enrojecidos. Lo lamento. No quería matarla. Solo quería que mi carrera, mi familia, permanecieran intactas. Javier se levantó y recogió la carpeta con las pruebas. Y ahora lo has perdido todo. Tu carrera, tu familia y lo que te quedaba de humanidad.
hizo una seña a dos oficiales. “Llévenlo a los separos.” Mientras lo esposaban de nuevo, Arturo susurró, “Su voz apenas audible, ¿cómo la encontraron? Borré todo.” Javier lo miró por última vez. ¿Sabes de química? Pero olvidaste una cosa. El ácido no puede disolver la justicia. Arturo bajó la cabeza.
Esta vez ya no había rastro de la sonrisa del maestro ejemplar en su rostro, solo la sombra de un hombre ahogado en el pecado que él mismo había creado. La sala de interrogatorios era fría y olía a metal. En el centro, Arturo estaba sentado, encorbado, con ambas manos esposadas sobre la mesa. La única luz del techo caía directamente sobre su pálido rostro.
Javier estaba de pie al otro lado de la mesa, ya no presionando, solo esperando. Pasaron varios minutos antes de que Arturo comenzara a hablar. Su voz era débil, pero clara. Esa noche vino después de que terminó la clase. Todos los demás alumnos se habían ido. Pensé que hablaríamos un momento. Quería convencerla de que se calmara.
¿Carlas sobre qué? Preguntó Javier. Sobre su embarazo, Arturo miró al suelo respirando hondo. Lloraba, estaba furiosa. Dijo que se lo contaría a sus padres y al director de la escuela. Tuve miedo. Traté de calmarla, pero me empujó y empezó a gritar. Yo solo, solo le tapé la boca con la mano. Tragó saliva. Unos segundos después se desplomó.
La llamé por su nombre, pero no respondía. Sacudí sus hombros. Su cuerpo estaba frío. Javier permaneció en silencio. La pluma en su mano dejó de escribir. ¿Y qué hizo después? Arturo cerró los ojos. Entré en pánico. Llevé su cuerpo al cuarto trasero. Cerré todas las persianas. Solo tenía un pensamiento, nadie podía saberlo.
Tenía ácido que sobró de un experimento anterior. Sabía que podía disolver tejido orgánico. Me puse una máscara, guantes y vertí un poco en su mano. La piel se quemó al instante. Supe que no podía parar. La voz de Arturo comenzó a temblar. Disolví su cuerpo poco a poco en un contenedor de metal. El olor era insoportable.
Casi me desmayo, pero seguí hasta el amanecer. Cuando terminé, solo quedaba un líquido espeso. Le añadí hidróxido de sodio para neutralizarlo. Luego abrí el desagüe y dejé que todo fluyera hacia abajo. Javier lo miró durante un largo rato y pensó que eso lo borraría todo. Arturo bajó la cabeza. Eso creí. Limpié la habitación una y otra vez con desinfectante.
Cambié las losetas del suelo debajo de la mesa. Tiré todas las herramientas en un contenedor industrial. No había rastro, estaba seguro. Tomó una respiración profunda, casi susurrando. Pero cada noche escuchaba un ruido en la ventilación, como si alguien golpeara suavemente. Pensé que era solo mi culpa. Regresaba al laboratorio cada noche.
Me sentaba allí esperando que el ruido se detuviera. La habitación volvió a quedar en silencio. Javier cerró su carpeta y miró al hombre frente a él. Dices que te arrepientes. Arturo asintió. Las lágrimas cayeron sobre la mesa. Tu arrepentimiento llega demasiado tarde. Esa chica confiaba en ti, Arturo. Vino esa noche porque pensó que la ayudarías.
Arturo lloró en silencio. Sus hombros se sacudían. Sé que merezco ser castigado, pero puedo ver a mi hijo solo una vez. Javier lo miró impasible. ¿Quieres ver a tu hijo? Está bien, pero recuerda, cada vez que vea su rostro, recuerda que ese niñonació el mismo día que tú borraste a otra niña de este mundo.
Arturo bajó la cabeza sin decir nada más. Los oficiales entraron y se lo llevaron. El sonido de las esposas resonó débilmente cuando la puerta se cerró. Javier se quedó solo en la habitación durante unos segundos, luego apagó la luz. En su mente todavía resonaba la voz de Arturo. Solo quería que todo terminara. Sabía que esta historia nunca terminaría de verdad, ni para Arturo ni para él, porque una vez que alguien ve la maldad tan de cerca, una parte de esa oscuridad siempre se queda contigo.
A la mañana siguiente, el laboratorio forense estaba lleno de actividad. Un equipo técnico trabajó toda la noche en el sistema de drenaje del Instituto Galileo bajo la supervisión de Javier. Lodo, residuos líquidos y sedimentos fueron recolectados en contenedores sellados. Un olor agudo llenaba el aire. “Teniente, encontramos algunos fragmentos adicionales”, dijo la doctora Campos sosteniendo unas pinzas.
En la punta, un pequeño trozo de color grisáceo brillaba. Esto es un metal precioso. Según un análisis rápido, tiene un alto contenido de platino. Podría ser de un arete o alguna joya. Javier observó el objeto durante un largo rato. Sofía tenía unos aretes en forma de estrella de platino, como este. También encontraron diminutos gránulos de fosfato de calcio que no se habían disuelto por completo, restos de microestructuras óseas.
Esas pruebas, junto con los resultados de ADN del fragmento de porcelana dental cerraron el caso sin dejar lugar a dudas. Todo apuntaba a un hecho. Sofía Reyes había muerto y su cuerpo fue destruido en el laboratorio de Arturo Vargas. La noticia estalló a la mañana siguiente. El titular del periódico local, maestro ejemplar, resulta ser un asesino.
Se resuelve el caso de la estudiante desaparecida. Los medios nacionales no tardaron en mostrar el rostro de Arturo, antes conocido como un educador modelo, ahora en todas las pantallas de televisión con las manos esposadas. Javier estaba sentado en su coche de servicio escuchando las noticias con una mezcla de emociones.
Su teléfono no dejaba de vibrar. Periodistas, sus superiores, incluso la familia de la víctima. eligió el silencio. En su mente lo que veía no eran los grandes titulares, sino la imagen de una joven de pie en un elevador, con una sonrisa nerviosa antes de que las puertas se cerraran por última vez. Afuera, la familia de Sofía lloraba frente a la fiscalía.
Isabel, su madre, se desmayó al escuchar los detalles de la confesión de Arturo. Su padre, Ricardo Reyes, permanecía rígido como una estatua, su rostro vacío. No quiero que lo castiguen rápido dijo en voz baja a un reportero. Quiero que viva lo suficiente para recordar lo que hizo. Esa tarde Javier asistió a la reunión final con el equipo de investigación.
Todas las pruebas habían sido clasificadas. El fragmento de porcelana dental con el ADN de Sofía, los restos de platino del arete, los residuos de ácido y base en las tuberías, las notas de compra de los químicos, la confesión por escrito. El comandante miró a todo el equipo. Este caso sentará un precedente.
No quiero más filtraciones. El público ya está lo suficientemente conmocionado. Javier asintió, pero su corazón seguía inquieto. Sabía que la ley cerraría el caso, pero la sensación de justicia rara vez es tan limpia como un veredicto judicial. Esa noche, después de que todo terminó, Javier regresó solo al Instituto Galileo.
El edificio estaba cerrado con cinta policial, silencioso, sin vida. Subió al tercer piso y se paró frente a la puerta del laboratorio. Dentro todo seguía igual, limpio, ordenado, sin rastro de vida. miró la mesa de acero en el centro y se imaginó como el silencio se convirtió en un grito ahogado esa noche.
Luego, su mente volvió a Arturo en la sala de interrogatorios, llorando y suplicando por una última reunión con su hijo. “Los humanos,” murmuró Javier, pueden desarrollar la ciencia para salvar vidas, pero también pueden usarla para destruir lo más inocente. Afuera, el sonido de un trueno resonó en el cielo de la ciudad.
Javier miró hacia la calle mojada, reflejando las luces. El caso estaba cerrado en el papel, pero en su mente la historia no había terminado, porque detrás de cada número de expediente había una persona desaparecida y otra que se había convertido en un monstruo. Apagó la luz del pasillo dejando la habitación en la oscuridad, un lugar que alguna vez fue un espacio de aprendizaje y que ahora solo guardaba el eco mudo de una verdad que había hervido hasta la superficie.
Dos meses después, el juzgado de la Ciudad de México estaba abarrotado de periodistas. Afuera, una multitud se congregaba, algunos con pancartas que decían justicia para Sofía. El aire era pesado, pero la atmósfera en la sala del tribunal era aún más tensa. Javier estaba sentado en la última fila junto a algunos de sus investigadores.
No había venido como testigo, sino como alguien que necesitaba ver el final de un viaje que lo había atormentado durante semanas. Cuando la puerta se abrió, dos guardias escoltaron a Arturo Vargas. Estaba más delgado, su rostro demacrado, sus ojos vacíos. No quedaba nada de la figura del profesor amable que alguna vez fue aclamado por sus alumnos. Simplemente caminó lentamente con la cabeza gacha y las manos esposadas.
En la zona de visitantes, la familia de Sofía lo miraba sin decir palabra. Ricardo Reyes apretaba la mano de su esposa, su mandíbula tensa. El fiscal leyó los cargos. Homicidio calificado con premeditación. Alteración de la escena del crimen y uso indebido de sustancias peligrosas. Cada palabra resonaba en la sala.
Javier vio a Arturo cerrar los ojos cuando se pronunció la frase disolvió el cuerpo de la víctima con ácido. Una por una, las pruebas se mostraron en la pantalla, la foto del fragmento de porcelana dental, los residuos de metal del arete, las grabaciones del elevador y los resultados de las pruebas químicas. Cada imagen era una bofetada a la realidad de que la verdad no siempre es sangrienta, a veces esconde en el silencio de un laboratorio limpio.
Luego, el fiscal llamó a la doctora Campos como périto. Explicó como el ácido puede destruir el tejido biológico y como ese pequeño fragmento aún contenía el ADN de la víctima. Su voz era tranquila, pero la sala del tribunal murmuraba. Algunas personas se taparon la boca conteniendo las náuseas. Cuando llegó el turno de hablar de Arturo, la sala quedó en completo silencio.
Miró al jurado con los ojos vacíos. No puedo borrar lo que hice. Su voz era baja, ronca. No tenía la intención de matarla. Tenía miedo. Perdí el control. El juez principal lo miró fijamente. Su miedo le costó la vida a una joven que confiaba en usted. Eso no es perder el control. Fue una elección. Esa frase cerró cualquier posibilidad de defensa.
El juicio duró solo 2 horas, pero se sintió como un día entero. Cuando el juez leyó el veredicto, todos se pusieron de pie. Con base en las pruebas y la confesión del acosado, el tribunal sentencia al acosado Arturo Vargas a cadena perpetua. El martillo golpeó la mesa. Al instante, la sala estalló en una mezcla de llanto y gritos de rabia.
Arturo bajó la cabeza. Sus ojos se cerraron con fuerza. No hubo protesta. Solo susurró débilmente. Lo merezco. Javier cerró los ojos. No sintió alivio ni celebró. La ley había hablado, pero el peso en su pecho seguía siendo el mismo. Frente a él, las vidas de dos familias estaban destrozadas. Una había perdido a una hija, la otra a un padre.
Después de que terminó el juicio, Javier salió por una puerta trasera. En el pasillo solitario se detuvo y miró el cielo gris de la Ciudad de México. Los periodistas todavía gritaban afuera buscando comentarios, pero él no dijo una palabra. Sabía que su trabajo había terminado, pero también sabía que no hay victoria en casos como este.
El atardecer caía cuando llegó a su coche. Morales estaba sentado en el asiento del copiloto encendiendo el motor. Se acabó. Teniente. Javier miró por la ventana, observando a la multitud que aún permanecía bajo el sol abrasador. Para esa familia, esto apenas comienza. El coche se alejó del juzgado. En el espejo retrovisor, Javier todavía veía la sombra de la sala del tribunal y la figura de Arturo, con la cabeza gacha detrás de las esposas.
En su corazón, rezó en silencio para que la justicia realmente sanara y no solo castigara. Varias semanas después de la sentencia, la Ciudad de México recuperó su ritmo. Las lluvias habían cesado, pero para Javier, el sonido de la lluvia todavía resonaba en sus oídos, como aquella noche en que abrió por primera vez la puerta de ese laboratorio.
El caso de Arturo Vargas se cerró oficialmente. Los expedientes fueron archivados y el nombre de Sofía Reyes ahora solo existía en pilas de informes y una pequeña placa conmemorativa en su escuela. Sin embargo, Javier no podía olvidarlo. Cada vez que pasaba por la avenida Álvaro Obregón, su mirada se fijaba en el edificio de tres pisos que ahora estaba vacío.
El letrero del Instituto Galileo se había desvanecido, pero en la ventana del tercer piso, la misma persiana blanca todavía colgaba. Se movía ligeramente con el viento, como si alguien todavía esperara detrás de ella. Un día decidió detenerse. Subió al tercer piso solo, sin ninguna razón oficial. La puerta del laboratorio todavía estaba sellada con cinta amarilla, pero él solo se quedó de pie frente a ella, mirando.
A través del vidrio esmerilado, podía ver la sombra de la mesa de metal y las botellas de productos químicos ordenadas. Allí, una tragedia había comenzado y terminado. Unos pasos suaves sonaron detrás de él. Era Morales con dos vasos de café. “Todavía no puedes dejarlo ir, ¿verdad?”, dijo en voz baja. Javier asintió.
“He visto muchos casos,asesinatos, robos, venganzas, pero este fue diferente, demasiado tranquilo, demasiado limpio. Y el culpable no era un criminal de la calle, sino alguien en quien se confiaba. La confianza, teniente, siempre es la puerta más fácil de abrir”, respondió Morales. Se quedaron un largo rato frente a la puerta en silencio.
Luego Javier volvió a hablar. A menudo pienso en que hace que alguien llegue tan lejos. No fue solo el miedo a perder su carrera. Quizás fue porque olvidó que la ciencia sin corazón es solo un arma. Morales miró el rostro de Javier. Y nosotros, nosotros solo somos los que llegamos después de que todo está destruido, barriendo los restos, esperando que todavía haya algo que salvar.
El sol de la tarde se filtraba por la ventana, proyectando una luz naranja en la pared. Javier dejó su café en el suelo y susurró como si hablara con alguien invisible. Lo siento, Sofía. Llegamos tarde, pero te encontramos. El mundo sabe lo que te pasó. miró la cinta policial por última vez, luego cortó un pequeño trozo y lo guardó en su bolsillo como recordatorio.
Un recordatorio de que la verdad puede llegar tarde, pero siempre llega. Cuando salieron del edificio, el atardecer se tragaba el cielo. A lo lejos, el edificio parecía una sombra gris en medio de la buliciosa ciudad. Ya no era un lugar de aprendizaje, sino un monumento silencioso a un pecado que no podía ser borrado.
En el coche, Morales encendió la radio. La suave voz de un locutor anunciaba noticias ligeras, lejos de la tragedia. Javier miró por la ventana y dijo en voz baja, “La justicia puede cerrar un expediente, pero no puede cerrar un corazón. Algunos casos nunca terminan realmente, simplemente se convierten en parte de nosotros.
El coche avanzaba lentamente entre las luces de la ciudad. En el espejo, el Instituto Galileo se hizo cada vez más pequeño hasta desaparecer por completo.















