¡Shock en Michoacán!! Hallan 49 cuerpos en el fondo del lago; resulta que eran..

La densa neblina de la madrugada se aferraba a las aguas del lago de Patscuaro, en el corazón de Michoacán. El aire cargado de humedad calaba hasta los huesos. No se oía nada, salvo el susurro del viento que hacía temblar suavemente las hojas de agueguete en la orilla. Pero detrás de ese silencio milenario flotaba un olor, un edor nauseabundo y extraño, pesado como carne en descomposición mezclada con el lodo del fondo.
Un anciano, don Mateo Cruz, se erguía en su barca de madera, un cayuco que conocía cada corriente del lago como la palma de su mano arrugada. Pensó que su red, inusualmente pesada, había atrapado una carpa trofeo, un premio para el mercado de la mañana. Pero mientras la jalaba, su corazón se detuvo por un instante.
Yao agua emergió un costal de yute marrón y raído, y cuando una de sus esquinas se rasgó, una mano humana se asomó. Pálida, rígida, ataba firmemente con un cincho de plástico azul. Don Mateo retrocedió. Su grito ronco rompió la niebla, convocando a la gente de Janicio en un instante. La paz ancestral del lago se transformó en un infierno recién despertado.
El ulular de sirenas, las luces de las torretas y los soyosos ahogados se mezclaron en una cacofonía de espanto, pero nadie lo sabía aún. Aquella mañana era solo el comienzo de un secreto oscuro que llevaba mucho tiempo enterrado en el lecho del lago. Aquella madrugada, la neblina descendió como un velo blanco, cubriendo toda la superficie del lago de Patscuaro.
Sus aguas parecían un espejo de obsidiana, pero el aire sobre ellas transportaba un frío antinatural, un frío que no provenía del clima, sino de algo invisible y terrible. En el centro del lago, un pequeño callo de madera se deslizaba lentamente. Sobre él, de pie, estaba don Mateo Cruz, un pescador purepecha, cuya vida durante más de medio siglo había estado ligada a esas aguas.
Sus manos viejas, surcadas por las cicatrices de redes y anzuelos, conocían el lenguaje de las mareas. Su piel curtida por el sol era oscura, pero sus ojos eran agudos como los de un halcón que ha memorizado cada onda, cada reflejo. “Parece que la temporada de pesca buena ha vuelto”, murmuró para sí mismo, lanzando la red con un movimiento fluido y experto.
La red cayó perfectamente, extendiéndose como un paraguas gigante sobre la superficie plateada del lago. Don Mateo comenzó a jalarla lentamente, siguiendo el ritmo de su respiración pesada. Pero esta vez algo se sentía diferente. La cuerda de la red parecía ser tirada hacia abajo por algo con una fuerza muerta, implacable.
Se detuvo un momento y tiró de nuevo. Pesaba. Pesaba demasiado para ser un pez. Quizás la red se atoró en una roca o un tronco viejo, pensó. Aunque una sensación de malestar crecía en su pecho, contuvo la respiración y jaló una vez más con toda la fuerza de su cuerpo anciano. El sudor perlaba a su frente a pesar del aire gélido.
Cuando la red comenzó a emerger, vio algo de un color marrón sucio enredado entre los hilos. Un costal de yute atado con una fuerza brutal se acercó agachándose en el borde de la inestable barca tratando de liberar el saco de la red. Pero en el momento en que una esquina del costal se abrió un poco, su mirada se congeló.
Una mano humana se extendía hacia él, pálida como la cera, con los dedos rígidos apuntando al cielo plomizo. En la muñeca todavía se enroscaba un cincho de plástico de un azul eléctrico. Don Mateo se echó hacia atrás instintivamente. Su callco se tambaleó casi volcándose. Su respiración se volvió un jadeo entrecortado.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenos de un terror que nunca había conocido en toda su vida. Dios santo, susurró con voz rota. Quiso gritar, pero el sonido quedó atrapado en su garganta, ahogado por la niebla. Unos segundos después, logró encontrar su voz, un bramido dirigido a la orilla lejana. Auxilio. Hay un muerto.
Su voz resonó rebotando contra las colinas que rodeaban el lago. Los habitantes de Santa Clara del Lago, el pueblo en la orilla, escucharon el grito y corrieron hacia el muelle. Algunos llevaban linternas, otros lámparas de gas. Entre ellos estaba Miguel el Zorro Ortiz, el encargado de la radio comunitaria, que acababa de encender su equipo para el reporte matutino.
Vio a don Mateo a lo lejos, su rostro una máscara de pánico y supo que algo terrible había sucedido. Cuando arrastraron la barca a la orilla, todos guardaron silencio. El costal fue depositado sobre la tierra húmeda. Nadie se atrevía a tocarlo. Solo se oía el canto de los grillos y el goteo del agua desde la red.
Finalmente, el jefe de tenencia hizo una seña. Ábranlo un poco. Tenemos que estar seguros. Un joven con las manos temblorosas deshizo el nudo del costal. Tan pronto como la tela se abrió, una edora podredumbre golpeó con fuerza, haciendo que todos retrocedieran cubriéndose la nariz. Dentro, el cuerpo de un hombre joven yacía rígido.
Su rostro estaba pálido, sus ojosentreabiertos y en sus labios todavía había restos de lodo seco. El pecho de la víctima estaba húmedo, como si hubiera sido sacado del fondo del lago apenas unas horas antes. No había signos de heridas graves, solo un pequeño bulto en el costado de la cabeza, como el causado por un objeto contundente.
Todos se quedaron en silencio. El viento dejó de soplar. Una quietud aterradora descendió sobre la orilla del lago. John Mateo se sentó en el suelo abatido, sujetándose la cabeza. “Yo yo solo estaba pescando”, dijo con voz temblorosa. “Pero lo que encontré fue un hombre.” Esa noche las lámparas de gas colgaban a lo largo de la orilla del lago, su luz amarillenta temblando con la brisa.
A lo lejos se veían luces rojas y azules atravesando la niebla, patrullas de la Fiscalía del Estado llegando desde Morelia. De una de ellas bajó un hombre de rostro duro y mirada penetrante, el comandante Arturo Vargas. Era conocido por su firmeza y su calma, un veterano de casos que habían hecho temblar al estado.
Sin embargo, al ver el costal en el suelo, incluso él guardó silencio por un momento. Aseguren el perímetro. Que ningún civil se acerque”, ordenó sec. Sus hombres se movieron con rapidez. Los aldeanos observaban desde la distancia, susurrando. Algunos lloraban en voz baja, otros rezaban. Una anciana dijo con voz temblorosa, “Este lago ha estado en silencio mucho tiempo, pero parece que todavía guarda almas en pena.
” Vargas la escuchó, pero no respondió. Sabía que el miedo podía hacer que cualquiera creyera en fantasmas, pero a sus ojos esto no era una maldición, era un crimen humano. Poco después, la doctora Elena Ríos, médica forense del Semefo de Morelia, llegó con un pequeño equipo. Se arrodilló junto al costal, examinando el cuerpo con cuidado.
Masculino, edad aproximada de 30 años. sin heridas de arma blanca, un fuerte golpe en la cabeza, los hinchos azules en manos y pies. Atado de forma muy precisa, casi profesional, Vargas tomaba notas rápidas en su libreta de campo. Revisaremos el fondo del lago mañana por la mañana. Si hay uno, podría haber más.
La doctora Ríos miró la superficie del agua, tranquila como un cristal negro. Los lagos guardan muchas cosas, comandante. A veces no solo agua. La noche se hizo más profunda. La niebla volvió a descender, más espesa. En la oscuridad, la luz de las lámparas se reflejaba en el agua, creando sombras que parecían figuras de pie sobre la superficie.
Miguel Ortiz miró en esa dirección, murmurando en voz baja, como si estuvieran esperando a que alguien los encuentre a todos. Y esa noche, entre el sonido de los grillos y el susurro de las hojas, el lago de Patsquaro guardó el primer secreto de una historia que sacudiría a todo Michoacán. A la mañana siguiente, la niebla aún no se había disipado por completo cuando el equipo de buzos llegó a la orilla del lago.
El aire frío era penetrante y el olor a lodo, mezclado con la gasolina de las lanchas, impregnaba el ambiente. El comandante Arturo Vargas estaba de pie junto a la doctora Elena Ríos. ¿Dónde lo encontró el pescador? Concentre la búsqueda en el punto donde don Mateo tiró la red ayer dijo con firmeza. Usén cuerdas de marcación cada 2 met. El agua del lago parecía serena, pero Vargas sabía que debajo de su superficie podría haber algo más que lodo y peces.
Tan pronto como el primer buzo se sumergió, se escuchó el suave murmullo de las burbujas. 5 minutos, 10 minutos. Luego una voz a través de la radio. Comandante, encontramos algo. Todos se tensaron. Cuando el buzo emergió, llevaba en sus manos otro costal de un mismo color marrón raído, atado con el mismo cincho de plástico azul.
Cuando el costal fue abierto lentamente, otro rostro pálido apareció. Ojos entreabiertos, piel ya grisácea. La doctora Ríos exhaló pesadamente. Segunda víctima, idéntica a la primera varón, alrededor de 30 años. Vargas no dijo nada, solo miró el lago durante un largo rato. Continú en la búsqueda por toda la zona. En la siguiente hora, el agua, antes tranquila, se convirtió en un campo de silencio y horror.
Cada vez que un buzo subía, lo hacía con un nuevo costal en la mano. Cuatro, siete, 12, 20. Los aldeanos que observaban desde lejos comenzaron a entrar en pánico. Varias mujeres lloraban histéricamente. Algunos se arrodillaron para rezar. Miguel Ortiz, desde su puesto de radio intentaba calmarlos, pero su propia voz temblaba. Debemos confiar en que la policía encontrará la verdad.
Hacia la tarde, una llovisna comenzó a caer. El lodo se pegaba a las botas de los oficiales, pero nadie se detuvo. Cuando el costal número 49 fue levantado, todos guardaron un silencio sepulcral. 49 cuerpos, todos hombres. Rostros difíciles de reconocer, manos y pies atados con pulcritud macabra. La doctora Río se paró en medio de la fila de costales que yacían sobre la tierra mojada.
Fueron asesinados casi al mismo tiempo dijo en voz baja.No hay signos de veneno. Todos murieron por un golpe contundente en la cabeza. Vargas miró hacia el lago, que volvía a estar en calma. Su superficie ahora parecía un espejo oscuro, como si escondiera un pecado que se negaba a revelar. Respiró hondo. Esto no fue un accidente, dijo con voz dura. Esto fue una masacre.
Mientras tanto, a lo lejos, Sofía Cruz estaba de pie, inmóvil, bajo un paraguas raído. Su rostro estaba pálido, sus ojos hinchados. La noche anterior, su hermano mayor no había vuelto a casa. Cuando vio la hilera de costales, sus rodillas flaquearon. Un joven policía se acercó y le sujetó el hombro.
Disculpe, señorita, aún no podemos confirmar la identidad de las víctimas. Sofía lo miró con lágrimas corriendo por sus mejillas. Pero si uno de ellos es mi hermano, por favor no lo dejen solo aquí. Vargas, que la escuchó se acercó lentamente. Lo averiguaremos. lo antes posible. Se lo prometo. Esa noche, la cinta amarilla de la policía se extendía a lo largo del lago.
Los reflectores de las patrullas se reflejaban en el agua, creando sombras que parecían cuerpos aún moviéndose bajo la superficie. En el puesto de mando temporal, Vargas observaba un mapa extendido sobre la mesa. Marcó la ubicación del hallazgo de los costales y escribió una nota. Todos hombres. Edad productiva, sin identificación.
Patrón de atadura idéntico. La doctora Ríos entró llevando muestras de la cuerda y la tela del costal. Este tipo de cincho azul no es de fabricación local. Se usa comúnmente en minas o grandes fábricas. Vargas frunció el seño. Minas. Sí, respondió la doctora en voz baja. Si eso es cierto, nos enfrentamos a algo mucho más grande de lo que imaginamos.
El viento nocturno soplaba trayendo el aroma del agua y el odo. Fuera de la carpa, los aldeanos todavía hacían vigilia, encendiendo pequeñas fogatas, temerosos de que el lago vomitara más secretos. Y en medio de la niebla que se espesaba, el lago de Patscuaro volvió a la calma, una calma que hacía que todos a su alrededor se sintieran observados.
A la mañana siguiente, la lluvia había cesado, pero el cielo sobre el lago seguía siendo de un gris plomiso. En el puesto de mando, el comandante Vargas estaba sentado mirando el informe preliminar. El café en su taza se había enfriado. Releyó la lista de víctimas provisional. Todos hombres entre 20 y 40 años sin identificación.
Ni uno solo llevaba cartera o documentos. La doctora Ríos entró sosteniendo una bolsa de plástico transparente con un objeto pequeño dentro. Encontramos esto entre el lodo del fondo del lago dijo. Vargas lo tomó. Dentro de la bolsa había un trozo de plástico duro del tamaño de la palma de una mano.
Estaba descolorido, pero aún se podía leer una inscripción borrosa. Mina K. Vargas miró el objeto durante un largo rato. La K. ¿De qué? ¿Quién sabe? Pero el tipo de plástico es como el de una etiqueta de seguridad industrial. Esto no es algo que encontrarías en una casa, respondió la doctora. Vargas asintió lentamente. Sabía que cada pequeño detalle podía ser una llave.
Tenemos que averiguar cuántas minas activas hay en esta región. Fuera de la carpa, el ambiente era tenso. Algunos aldeanos se acercaron a llevar comida al equipo, pero sus rostros todavía estaban llenos de miedo. Un hombre de mediana edad se aproximó. Comandante, dijo en voz baja. En los últimos dos meses, muchos jóvenes de los pueblos vecinos se fueron a trabajar a una mina de oro en dirección a la sierra por el rumbo de Tacámbaro.
Nunca volvieron. Vargas se enderezó de inmediato. Una mina de oro. ¿Dónde? Una mina del pueblo, decían. Pero la gente rumora que es un proyecto grande. Alguien trajo unos folletos que decían minera el progreso dorado. Ese nombre se clavó en la mente de Vargas. Inmediatamente lo anotó en su libreta. Si había una conexión, entonces las víctimas no eran solo de aquí.
Mientras tanto, el teniente Javier Mendoza, su segundo al mando, llegó con nueva información. Recorrimos el camino del lado norte del lago, comandante. Encontramos huellas de un camión pesado en el lodo. Son recientes, quizás de menos de una semana. Puso una foto sobre la mesa. Se veían claramente las marcas de las ruedas y restos de lodo que goteaban hacia un sendero forestal.
Vargas miró la foto mientras opesaba la situación. ¿Hacia dónde se dirigen esas huellas? hacia las colinas de Tacámaro, en la zona de una antigua mina que cerró en 2013. La doctora Ríos los miró a ambos. Si esto es correcto, es posible que el lugar donde arrojaron los cuerpos sea solo el final de una larga cadena.
Vargas se puso de pie. Vamos a revisar ese lugar esta tarde. No esperemos a mañana. Al caer la tarde, las nubes volvieron a espesarse. El viaje hacia el bosque fue difícil por un camino resbaladizo y lleno de raíces. El olor a hojas podridas llenaba el aire. Después de una hora, llegaron a una cabaña vieja con paredes de lámina oxidada.
La puerta de madera colgaba torcida como si no hubiera sido tocada en años. Mendoza encendió una linterna barriendo con la luz el interior de la habitación. En el suelo había costales vacíos, idénticos a los encontrados en el lago. En una esquina, un gran balde contenía lodo seco con un olor metálico. Vargas se agachó para examinar una gran roca frente a la puerta.
Había una mancha rojiza y seca. La doctora Río se arrodilló frotando un poco con un paño. El color no desapareció. Esto es sangre”, dijo en voz baja. Hubo un silencio instantáneo. El viento de afuera entró trayendo el aroma del bosque húmedo. Vargas se irgió mirando a su alrededor. Este lugar fue usado. No es solo una cabaña abandonada.
Miró hacia la pared y vio restos de clavos y cuerdas rotas colgando. “Los ataron aquí antes de llevarlos al lago”, murmuró Mendoza. Caminó hacia la parte trasera de la cabaña y encontró una pequeña tabla de madera medio rota. En ella, pintaba con letras rojas desbaídas, estaba la letra K. Se la mostró a Vargas, la misma letra que en el trozo de plástico, comandante.
Vargas miró la tabla durante un largo rato. La lluvia comenzó a caer de nuevo, goteando sobre las grandes hojas de los árboles sobre sus cabezas. cerró los ojos por un momento, conteniendo la ira que comenzaba a subir. “Mina K, dijo en voz baja. Y esta es la cabaña K.” En su radio de mano se escuchó la voz de Miguel Ortiz desde el pueblo informando algo desde su transmisor de onda corta.
Comandante, anoche capté una señal de radio extraña desde el norte del bosque. Una voz de hombre decía, “El envío está listo para esta noche por el puente de madera de El Grande.” Vargas miró a Mendoza. “Esa es la misma ruta, ¿verdad?” “Sí, señor”, respondió con tensión. Vargas apretó la radio.
Bien, cerraremos esa ruta esta noche. Si es verdad que alguien pasa por ahí, sabremos quién sigue operando. La lluvia caía con más fuerza. A lo lejos, el sonido de un trueno retumbó. La vieja cabaña permanecía en silencio en medio de la selva, pero para Vargas era como un testigo mudo de un crimen mucho más oscuro de lo que podía haber imaginado.
Y allá afuera, detrás de la niebla del bosque michoacano, alguien estaba escuchando cada uno de sus pasos. La noche cayó rápidamente en la sierra de Tacámaro. La lluvia había dejado un penetrante aroma a tierra mojada. En el puesto de mando, el comandante Vargas estaba sentado frente a un mapa desplegado. La radio crepitaba a su lado.
La voz de Miguel Ortiz se escuchó débilmente por el altavoz. La señal ha vuelto a aparecer, comandante. Es la misma voz. Mencionaron el puente de El Grande y un envío esta noche. Vargas miró su reloj. Las 8 de la noche hizo una seña al teniente Mendoza y a otros dos oficiales. Nos movemos ahora. No enciendan las luces hasta que lleguemos al puente.
El camino hacia el puente de madera de el grande estaba en completa oscuridad, iluminado solo por pequeñas linternas. El suelo estaba emarrado. El croar de las ranas y el canto de los grillos se mezclaban con el sonido de sus botas pesadas. Cuando llegaron, un débil ruido de motor se escuchó desde el norte.
Vargas levantó la mano indicando silencio. Detrás de una curva aparecieron las luces de un camión. El camión avanzaba lentamente, sin placas. En la parte trasera se veía un montón de bultos cubiertos por una lona negra. Vargas observó atentamente esperando el momento adecuado. Cuando el camión cruzó la mitad del puente, dio una señal rápida.
Dos patrullas bloquearon el camino desde ambas direcciones. “Alto, policía!”, gritó Mendoza. El camión se detuvo bruscamente. Dos hombres saltaron de la cabina e intentaron huir, pero fueron reducidos de inmediato. Vargas abrió la lona negra conteniendo la respiración. Debajo no había costales con cuerpos, sino equipo de minería cubierto de lodo y varios sacos pequeños llenos de tierra mezclada con rocas que parecían tener betas de oro.
“Esto no es un envío ordinario”, murmuró Vargas. Levantó uno de los sacos, pesado y húmedo. En un extremo vio un trozo de cincho de plástico azul, idéntico a la cuerda encontrada en los cuerpos de las víctimas. Uno de los conductores temblaba durante el interrogatorio. Solo me ordenaron transportar la mercancía, señor. Desde el campamento de la mina Ken Canal Stari.
¿Quién te dio la orden? Un hombre llamado Ricardo Montoya. El nombre hizo que la habitación quedara en silencio. Vargas miró a Mendoza. Anota ese nombre. Vamos a investigar quién es. A la mañana siguiente, Vargas y Mendoza se dirigieron a Patscaro, donde supuestamente estaba registrada la oficina de minera El Progreso Dorado. El edificio resultó ser una vieja casa de alquiler.
El letrero con el nombre estaba oxidado y la puerta cerrada con candado. La dueña de la casa apareció detrás de una reja. Esa casa ha estado vacía por dos meses, oficial. Antes venían tres hombres, casi siemprede noche, con maletines y computadoras, y luego se iban. Nunca volvieron. Vargas miró a su alrededor.
Vio un montón de folletos esparcidos por el suelo. Tomó uno que todavía estaba intacto. En él estaba escrito en letras grandes, minera el progreso dorado, mina de oro para el pueblo. Salario alto, comida y alojamiento incluidos. miró a Mendoza. La evidencia es clara. Esto no es una empresa, es una trampa. Por la tarde llegó el informe de la doctora Ríos.
El análisis de la muestra de tierra en los costales de las víctimas coincidía exactamente con el tipo de roca de la zona de la antigua mina en la colina de Cerro Pelón, a solo 2 km de la cabaña ensangrentada. “Así que estaban excavando en una mina prohibida”, dijo Mendoza. Vargas asintió y cuando la operación se cerró, se deshicieron de todos los trabajadores para que no hubiera testigos.
Esa noche, en el puesto de mando, la lluvia volvió a caer. Sofía Cruz llegó con un sobreraído que había encontrado en la habitación de su hermano. Dentro había un folleto idéntico con el logo de Minera, el Progreso Dorado. Las manos de Sofía temblaban al entregárselo. Mi hermano dijo que iba a trabajar temporalmente en esta mina.
“Solo quería reparar el techo de la casa”, dijo con voz queda. Vargas la miró con empatía. Nos aseguraremos de que todos ellos obtengan justicia, incluido tu hermano. Cuando Sofía se fue, Vargas miró el gran mapa sobre la mesa. Las líneas rojas indicaban la ruta del bosque hacia la antigua mina. “Usaban un sistema cerrado”, dijo en voz baja a Mendoza.
Los trabajadores eran reclutados de noche y luego desaparecían. No hay registros oficiales. Mendoza lo miró seriamente. Entonces, ya no estamos buscando a un asesino común y corriente, comandante. Vargas asintió. Exacto. Estamos cazando a una red de tráfico de personas. Un relámpago iluminó el exterior de la carpa. Las luces parpadearon.
La lluvia golpeaba el techo de lona como el tic tac de un reloj. Bajo el estruendo, Vargas miró el trozo de plástico con la inscripción Mina K, que ahora colgaba en el tablero de pruebas. Para él, esa letra K no era solo el símbolo de una mina, era la marca de una herida profunda que comenzaba a abrirse en el corazón de la sierra michoacana.
Y esa noche supo que la cacería apenas había comenzado. A la mañana siguiente, una espesa niebla volvió a cubrir las colinas de la sierra. El aire era húmedo, la tierra aún resbaladiza por la lluvia de la noche. El comandante Vargas lideró un pequeño equipo de cinco personas, incluidos el teniente Mendoza y la doctora Ríos, hacia la ubicación de la antigua mina en Cerro Pelón.
Detrás de ellos, Sofía Cruz se unió al equipo médico llevando equipo de documentación. El sendero que siguieron estaba lleno de ramas rotas y lodo. Mendoza caminaba al frente con el arma lista. Las huellas del camión todavía son visibles”, dijo. Pasaban por aquí con frecuencia. Vargas observó las marcas de las ruedas aún frescas. Estamos en su camino.
Tengan cuidado, no se separen. Después de casi dos horas de caminata, llegaron a una pequeña meseta rodeada de árboles altos. Allí se encontraban varias estructuras de lámina, viejas y oxidadas. Un letrero de madera carcomido que decía mina del pueblo cerrelón. Clausurada 2013. Todavía colgaba en la puerta de entrada.
El viento soplaba suavemente, haciendo que las láminas se movieran, produciendo un chirrido agudo en medio del silencio. Mendoza abrió una de las puertas. El interior estaba oscuro y polvoriento, pero el olor a metal y diésel aún era fuerte. La doctora Ríos iluminó el suelo con su linterna. Había manchas oscuras en varios puntos.
Se arrodilló y tocó la superficie. Esto es sangre. No tiene mucho tiempo. Vargas miró a su alrededor. En un rincón vio un pequeño armario de metal entreabierto. Lo abrió lentamente. Dentro había una pila de documentos húmedos, varias páginas con listas de nombres y firmas. En la parte superior, el logo de Minera, el progreso dorado todavía era visible.
Esta es su lista de trabajadores, dijo Mendoza. Vargas asintió. o la lista de víctimas. Un ruido de pasos afuera los hizo girar rápidamente. Un oficial que estaba de guardia llamó en voz baja, “Comandante, ¿hay algo detrás de los edificios?” Salieron apresuradamente. Detrás de unos arbustos se veía un camino que descendía hacia un pequeño valle.
Al final había una choosa de madera con tambos de aceite vacíos enfrente. En el suelo circundante había costales vacíos y cinchos de plástico azul esparcidos. La doctora Ríos examinó uno de los tambos. Un olor a metal y sangre podrida emanó de él. “Usaron este lugar para limpiar los restos de los cuerpos antes de desecharlos”, dijo en voz baja.
Sofía, que estaba a poca distancia, miró el suelo del valle. Entre las hojas algo brillaba cubierto de lodo. Se arrodilló limpiándolo lentamente y luego se quedó paralizada. Era un collar de plata con una pequeñaletra grabada en él. Dije, “¡Ah!” Sus manos temblaban. “Este es de mi hermano Abel.” Vargas se acercó lentamente, miró el collar, reconoció la forma por una foto que Sofía le había mostrado la noche anterior.
Su rostro se tensó, pero su voz se mantuvo tranquila. Lo llevaremos. Es una prueba contundente de que tu hermano fue traído aquí. Mendoza miró a su alrededor anotando la posición de cada objeto. Todas las señales apuntan a una cosa, comandante. No solo los empleaban ilegalmente, los mataban para encubrir esta mina clandestina.
Vargas lo miró fijamente. Y todavía no sabemos quién dirige todo esto. En ese momento, la radio de Vargas crepitó. La voz de Miguel Ortiz sonaba apurada. Comandante, recibí noticias de los lugareños. Un camión grande pasó por el camino de Uruapan hace un momento. Dicen que uno de los conductores mencionó el nombre de El Tigre de la Sierra.
Vargas se quedó helado por un segundo. Había escuchado ese nombre en algunos informes antiguos. Un ex supervisor de minas ilegales en Sonora que desapareció sin dejar rastro. Era conocido por su crueldad y falta de piedad. Mendoza lo miró. Podría ser que la persona a la que llaman Ricardo Montoya y el tigre de la Sierra sean la misma.
Vargas asintió lentamente. Y si es verdad que está aquí, esta mina no es solo una operación clandestina, es una red criminal a gran escala. El cielo comenzó a oscurecerse. El sonido de un trueno resonó a lo lejos. Vargas dio una orden rápida. Nos retiramos esta noche. Mañana prepararemos un equipo de asalto completo.
Lo quiero vivo. Regresaron por el camino resbaladizo hacia el puesto de mando. La lluvia comenzó a caer con fuerza, empapando su ropa y equipo, pero nadie hablaba. En sus cabezas solo un nombre daba vueltas, el tigre de la sierra. La figura sombría que ahora se había convertido en la clave de todas las muertes en el lago de Patsquaro.
Y lejos, en medio del bosque, en una cabaña donde aún ardía una lámpara, un hombre corpulento con una larga cicatriz en el rostro afilaba un machete. En su pecho, el tatuaje de la cabeza de un tigre brillaba bajo la luz de la lámpara de aceite. Sonrió levemente, como si ya supiera quién venía a buscarlo. La lluvia no había cesado desde la noche anterior.
En el puesto de mando temporal, la lámpara de gas se balanceaba con el viento. El comandante Vargas estaba de pie frente a un gran mapa lleno de líneas rojas. Cada punto marcaba una ubicación que habían encontrado y todos formaban un camino hacia un solo lugar al norte de Cerro Pelón. Allí, según todas las pistas, se encontraba el centro de la mina secreta de El Tigre de la Sierra.
El teniente Mendoza entró con una carpeta mojada. Comandante, llegó el informe de Hermosillo. El nombre de Ricardo Montoya está registrado como exupervisor de una mina de oro ilegal en Sonora. Le apodaban el tigre por el tatuaje en su pecho y su reputación violenta. Vargas miró la carpeta durante un largo rato.
Eso significa que este hombre vive en la clandestinidad, moviéndose de una mina ilegal a otra. Mientras preparaban la estrategia de asalto, la doctora Ríos examinaba varias fotos de las víctimas sobre la mesa. Señaló las marcas de heridas idénticas en las muñecas. Cinchos azules con un nudo doble. Este tipo de nudo se usa en las grandes minas para atar sacos de mineral.
Vargas asintió. Así que cada cuerpo fue atado con las herramientas de su propio trabajo. De repente, un oficial entró corriendo en la carpa. Comandante. Unos aldeanos encontraron a alguien en la orilla del río debajo de la colina. Está vivo, pero gravemente herido. Vargas y Ríos partieron de inmediato con un pequeño equipo.
Después de media hora por un camino resbaladizo, llegaron a una pequeña choa de bambú donde los aldeanos cuidaban al hombre. Su cuerpo estaba delgado, su piel quemada por el sol, sus pies y manos llenos de heridas. En sus muñecas todavía había marcas de los hinchos azules. ¿Cuál es tu nombre? preguntó Vargas suavemente con voz ronca, el hombre respondió, Carlos Carlos Jiménez.
La doctora Ríos le tomó el pulso de inmediato. Ha perdido muchos líquidos, pero está consciente. Después de darle agua, Carlos comenzó a contar su historia con voz débil. Hace tres meses fui reclutado para trabajar en una mina por gente que decía ser de minera el progreso dorado. Nos prometieron un gran salario, pero después de entrar al bosque todo cambió.
Nos obligaron a trabajar día y noche cavando la tierra con nuestras propias manos. Comíamos solo una vez al día. Vargas anotaba cada palabra. ¿Cuánta gente había allí? Decenas, quizás 100. Muchos murieron al caer en los pozos de la mina. A los que se resistían los golpeaban. Luego por la noche llegaba un camión.
Decían que iban a enviar mineral, pero sabíamos que esos costales no llevaban piedras. La doctora Ríos miró a Vargas, su rostro tenso, igual que en el lago. Carlos continuó con los ojos llorosos.La última noche nos reunieron a todos. El tigre estaba furioso porque se rumoreaba que la policía se estaba acercando.
No quería testigos. Nos hicieron comer arroz que tenía un sabor amargo. Muchos se desmayaron al instante. Yo vomité. Fingí estar inconsciente. A través de una rendija en las tablas, vi con mis propios ojos cómo ataban los cuerpos de mis compañeros y los metían en los costales. La voz de Carlos temblaba. Corrí hacia el bosque mientras estaban ocupados.
Caminé tres días sin rumbo hasta que caí en el río. Vargas le dio una palmada en el hombro. Hiciste lo correcto, Carlos. Ahora descansa. Nosotros nos encargaremos del resto. La doctora Ríos miró el rostro de Vargas. Su testimonio es suficiente para probar que todos los asesinatos fueron sistemáticos. Vargas asintió.
A partir de esta noche ya no buscamos pruebas, buscamos al culpable. De vuelta en el puesto de mando, Vargas reunió a todos sus hombres. Nuestro objetivo es el tigre. Mañana al amanecer asaltaremos la ubicación principal de la mina al norte de la colina. Asegúrense de que todas las comunicaciones sean seguras y que ningún civil se involucre.
Atraparemos a el tigre de la sierra vivo. Mendoza lo miró. ¿Y si está armado, comandante? Vargas respondió con frialdad. La justicia no debe temer a las balas. Fuera de la carpa, la lluvia comenzó a amainar. El viento trajo un lejano murmullo desde la colina, como el sonido de una máquina que seguía trabajando en las entrañas de la tierra.
Vargas miró en esa dirección con los ojos afilados. sabía que detrás de ese sonido el tigre de la sierra estaba esperando. Quizás ya sabía que iban a por él. Y bajo el cielo oscuro de Michoacán, la operación Ojo de la Sierra había comenzado oficialmente. Al amanecer, una densa niebla cubría la ladera de Cerro Pelón, ocultando todo lo que se movía debajo.
En el puesto de mando, el comandante Vargas estaba de pie frente a su escuadrón. Su rostro era tenso pero tranquilo. En su mano, un pequeño mapa doblado. Entraremos desde dos direcciones. El equipo Alfa, por el camino del río al este, liderado por Mendoza. El equipo Bravo conmigo por la ladera oeste.
Nuestro objetivo es encontrar la mina principal y asegurar a el tigre de la sierra vivo. No hubo gritos, solo asentimientos breves. Todos sabían que esta operación era de alto riesgo. Alrededor de las 5 de la mañana comenzaron a moverse. El sonido de sus pasos se hundía en la tierra fangosa. El canto de los grillos y el susurro del viento eran la única música en medio del bosque.
A lo lejos se escuchaba un débil zumbido de maquinaria pesada. Era la señal de que estaban cerca. Mendoza, que lideraba el equipo del río, informó por radio en un susurro. Vemos un humo ligero hacia el noroeste, posiblemente la ubicación de la mina activa. Vargas respondió en voz baja. No se acerquen todavía. Esperen mi señal.
Cuando llegaron a la cima de la colina, la vista debajo los dejó sin aliento. En un valle, luces tenues parpadeaban entre los árboles. Decenas de chosas de lámina estaban dispersas al azar. El humo de una chimenea de metal se elevaba hacia el aire. El sonido de las máquinas se mezclaba con el de martillos y gritos ásperos. La mina todavía estaba activa.
Vargas bajó sus binoculares. No saben que estamos aquí. Esta es nuestra oportunidad. La doctora Río susurró detrás de él. Es posible que todavía haya trabajadores vivos, comandante. Vargas asintió. Esa es la prioridad principal. El equipo descendió por la ladera lentamente. Cada paso estaba calculado. Al frente, dos oficiales neutralizaron al primer guardia con dardos tranquilizantes.
No hubo más sonido que el del viento mientras se acercaban al área de la mina. El olor a diésel y tierra se mezclaba de forma penetrante en el aire. Dentro de la chosa más grande se veían varios hombres con uniformes negros transportando grandes costales hacia la entrada de un túnel. Entre ellos se encontraba un hombre alto.
Su rostro estaba parcialmente cubierto por un pañuelo. En su pecho, el tatuaje de la cabeza de un tigre era claramente visible bajo la luz de una lámpara. Mendoza susurró por la radio. Confirmación visual. Objetivo a la vista. El tigre está en la ubicación. Vargas apretó los puños. Esperaremos a que entre al centro de la mina. Después atacaremos.
Pero el destino rara vez sigue un plan. Uno de los guardias descubrió de repente una huella de bota en el lodo cerca de una cerca de bambú. Se agachó, iluminó el suelo con una linterna y luego miró hacia los arbustos donde se escondía el equipo de Vargas. Un instante después gritó, “¡Hay gente! La policía.” El silencio se convirtió en caos.
El sonido de los disparos estalló rompiendo la mañana. Los pájaros volaron de los árboles. Vargas dio la señal de inmediato. Asalto. El equipo se movió disparando al aire para crear distracción. El humo espeso de los generadores de la mina dificultaba la visión. Vargascorrió entre los sacos, abriéndose paso hacia el edificio principal.
Dentro, el tigre de la sierra ya estaba listo con un arma. Su mirada era fría. “Finalmente, vienes tú mismo”, dijo con una risa corta. Vargas la apuntó con su pistola. “Ya no tienes donde esconderte, Montoya.” Él sonrió de lado. “No me escondo. Yo gobierno aquí.” Los disparos volvieron a sonar. Mendoza y dos oficiales contenían a los guardias afuera mientras Vargas se enfrentaba directamente al hombre tatuado.
Se rodearon el uno al otro como dos depredadores listos para atacar. El tigre disparó primero. La bala golpeó una pared de metal. El eco resonó con fuerza. Vargas rodó hacia un lado, devolviendo el fuego y viéndolo en el hombro. El hombre retrocedió. La sangre brotaba de la herida, pero la sonrisa en sus labios no desapareció.
¿Crees que me rendiré? Jamás. No, pero esta noche no escaparás. La doctora Ríos y dos paramédicos entraron por la parte de atrás, rescatando a varios trabajadores delgados que estaban atados en un rincón. Mientras tanto, la batalla afuera continuaba. Mendoza logró neutralizar a tres guardias, pero un camión intentó escapar por el camino del río.
“Que no escapen”, gritó Vargas por la radio. Se escuchó una pequeña explosión en dirección este. Humo negro se elevó hacia el cielo. Los motores de la mina dejaron de sumar. En ese momento, Vargas miró a el tigre que ahora estaba acorralado frente a la boca de la mina. El hombre lo miró con odio. ¿Crees que arrestarme detendrá esto? Nuevas minas crecerán en otros lugares.
El mundo necesita sangre para su oro. Vargas se acercó apuntándole con la pistola. Quizás, pero esta noche tu sangre es suficiente para detener a una generación de demonios. Un paso más y el tigre intentó levantar su arma, pero Vargas fue más rápido. Un disparo resonó. El cuerpo del hombre cayó al suelo. Su arma fue arrojada al borde del pozo de la mina.
El sonido de los motores se detuvo por completo. Solo se oía el murmullo del agua del río debajo de la colina, como si el bosque finalmente pudiera respirar de nuevo. Vargas se hirió en medio del polvo y el humo, mirando el cuerpo del hombre que ahora yacía inmóvil. Detrás de él, Mendoza llegó sin aliento. Área asegurada, comandante.
Todos los trabajadores a salvo. Vargas solo respondió en voz baja. No todos, pero suficientes para empezar a hacer justicia. La niebla de la mañana comenzaba a disiparse, pero el olor a diésel y sangre aún flotaba en el aire de la mina. El humo negro de la pequeña explosión en el lado este se desvanecía lentamente.
El comandante Vargas permanecía inmóvil frente a la boca de la mina, observando el cuerpo del tigre de la sierra, quecía inerte en el suelo húmedo. Su mirada estaba vacía, pero no había victoria en el rostro de Vargas, solo un profundo agotamiento. Objetivo neutralizado informó el teniente Mendoza bajando su arma.
Todas las áreas están seguras. No queda resistencia. Vargas miró a su alrededor. Varios oficiales ayudaban a sacar a los trabajadores que aún vivían. Sus rostros estaban pálidos, sus cuerpos delgados. Algunos cojeaban. La doctora Ríos estaba ocupada vendando heridas. Sus manos temblaban, pero eran rápidas. La mayoría sufre de deshidratación severa y trauma”, dijo brevemente.
“Debemos evacuarlos de inmediato.” Vargas asintió. “Llama al equipo médico del puesto de abajo. Usé la ruta del río. El camino por tierra es demasiado difícil.” Sofía Cruz, que había permanecido detrás todo el tiempo, se acercó lentamente al cuerpo del tigre. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos lo miraban con frialdad.
Este fue quien mató a mi hermano. Vargas la miró por un momento. Él lideraba todo, pero tu hermano murió porque mucha gente guardó silencio. Sofía suspiró profundamente. Sus lágrimas cayeron, pero no por debilidad. Entonces, que el mundo sepa quiénes son los que guardaron silencio. Encendió su pequeña cámara y comenzó a grabar la escena.
Mientras tanto, desde la boca de la mina se escuchó el sonido de agua corriendo mezclado con el de rocas cayendo. Mendoza se giró. Ese pozo es inestable, comandante. Podría colapsar en cualquier momento. Vargas miró hacia la oscuridad profunda que lo tragaba todo. Que se cierre. Que todo lo que escondieron sea enterrado allí.
Unas horas más tarde, una caravana de vehículos y ambulancias descendía hacia el pueblo. Dentro de uno de los camiones, las víctimas rescatadas yacían en camillas. Mendoza estaba sentado junto a Carlos Jiménez, el primer testigo que encontraron. El hombre miraba por la ventana con los ojos vacíos. “Se acabó”, dijo Mendoza en voz baja.
Él negó con la cabeza débilmente. Nunca se acabará. Hay muchos como nosotros en otros lugares. Mendoza miró hacia adelante sin poder responder. En otro vehículo, Vargas estaba sentado en silencio junto a la doctora Ríos. El camino era irregular, pero sus pensamientos eran más pesados que las rocas.
“Cuánta gente ha muerto por la codicia”, murmuró la doctora. Ríos miró hacia afuera. Demasiados para contarlos, pero esta mañana al menos salvamos a algunos. Vargas solo asintió. En el espejo retrovisor vio a Sofía grabando la fila de trabajadores rescatados. Esos rostros eran débiles, pero estaban vivos. Esa era razón suficiente para seguir de pie. Cuando llegaron al puesto principal, la lluvia volvió a caer.
El cielo estaba gris, pero el aire se sentía más ligero. Las ambulancias estaban alineadas. El personal entraba y salía con equipo médico. Un oficial se acercó a informar, “Comandante, toda la evidencia ha sido asegurada. Documentos, listas de nombres, equipo de minería.” Vargas asintió. Asegúrate de que todo sea enviado directamente a Morelia.
No quiero que se pierdan nada en el camino. Por la tarde, después de que todas las víctimas fueran llevadas al hospital, el puesto volvió al silencio. Solo quedaba el sonido de la lluvia y el viento entre las carpas. Vargas se sentó solo en una silla de madera mirando el mapa húmedo sobre la mesa.
Mendoza llegó con una taza de café negro. Comandante, acabo de hablar con Carlos. ¿Está dispuesto a testificar en el juicio. Vargas suspiró profundamente. Bien, pero asegúrate de que esté bien protegido. Alguien tan cruel como el tigre de la Sierra debe tener cómplices que todavía andan sueltos. Mendoza lo miró seriamente. Si todavía hay, los perseguiremos hasta el fin del mundo.
La doctora Ríos apareció con un impermeable en la mano. Acabo de examinar a todas las víctimas. Hay algo extraño. Vargas se giró. ¿Qué? La mayoría tiene pequeñas marcas de pinchazos en el cuello, como de una inyección. Sospecho que les daban un sedante antes de meterlos en los costales. Vargas guardó silencio por un momento.
Su rostro se endureció. Eso significa que había personal médico de su lado. Sí, dijo Ríos en voz baja. Y eso significa que esta red es mucho más grande de lo que pensábamos. El silencio se apoderó de la carpa, solo el sonido de la lluvia goteando sobre el techo. Vargas se levantó y miró hacia el bosque cubierto de niebla.
Detrás de toda esa calma, sabía que todavía había sombras que no habían sido tocadas. “Esta lucha no ha terminado”, dijo en voz baja. Mendoza lo miró extrañado. ¿Qué quiere decir, comandante? Vargas miró directamente hacia la colina. El tigre de la sierra puede que esté muerto, pero su madriguera aún no ha sido destruida.
El viento sopló suavemente, trayendo el olor a tierra y metal. A lo lejos, un relámpago volvió a iluminar el cielo, como si el propio bosque recordara que el mal nunca se extingue por completo. Tres días después de la operación en Cerro Pelón, el cuartel general temporal de la policía en Santa Clara del Lago estaba lleno de informes.
Afuera, la lluvia aún caía, pero el ambiente era diferente. Los aldeanos comenzaban a salir de sus casas con más confianza. Los niños corrían por el patio amarrado. Sin embargo, dentro de la carpa de mando, la tensión no había desaparecido. El comandante Vargas estaba sentado frente a una pila de archivos. Delante de él, un gran mapa abierto con puntos rojos que se extendían desde Cerro Pelón hasta la frontera boscosa de la cuenca del Balsas.
Golpeó suavemente el mapa con la punta de un lápiz. Esta es la ruta de entrada y salida de los materiales de la mina. Y miren, todo termina en un solo lugar, un almacén de logística en la zona fronteriza. El teniente Mendoza, de pie a su lado, frunció el ceño. Ese almacén pertenece a una empresa de transporte, comandante, pero sus registros de permisos son extraños.
Hace tr meses, la propiedad cambió a un nuevo nombre, un tal Iván Montoya. Vargas levantó la vista con los ojos afilados. Montoya. Sí, señor. El mismo apellido que Ricardo Montoya, alias el tigre de la Sierra. La habitación quedó en silencio al instante. La doctora Ríos, que estaba compilando el informe forense, dejó de escribir.
Podría ser un familiar o su sucesor. Vargas suspiró profundamente. Sea lo que sea, significa que esta red no ha terminado. El tigre puede estar muerto, pero alguien ya está listo para ocupar su lugar. Esa misma mañana, un pequeño equipo se dirigió hacia la cuenca del Balsas. El camino era accidentado, resbaladizo y rodeado de acantilados verdes.
Después de un viaje de 2 horas, llegaron a un gran edificio de lámina que parecía un almacén común. Pero desde detrás de las paredes se oía el zumbido de un generador. Vargas hizo una señal para detenerse. No entren directamente. Revisaremos por detrás. Mendoza y dos oficiales rodearon el lado oeste. A través de una rendija en las tablas vieron un gran camión con el logo de transporte en Tauro, un nuevo nombre de empresa que nunca antes habían oído.
Dentro del camión se veían grandes costales similares a los utilizados en la mina. La doctora Ríos miró por una pequeña rendija.Miren, esos costales son idénticos a los que encontramos en el lago. El cincho de plástico azul. Vargas asintió lentamente. Siguen operando, pero de forma más discreta. Mientras se preparaban para entrar, de repente oyeron pasos detrás de ellos.
Un hombre de mediana edad con una chaqueta negra apareció levantando las manos. No disparen, solo soy un conductor. Vargas le apuntó con su arma. ¿Quién es tu jefe? El hombre bajó la cabeza con la voz temblorosa. No sé su nombre, pero la gente lo llama la sombra del tigre. Suele venir de noche en una camioneta negra sin placas.
Mendoza miró a Vargas. Así que hay un sucesor, comandante. Vargas guardó silencio por un momento y luego hizo una seña. Deténganlo. Llévenlo al puesto. Lo resolveremos allí. Pero antes de que pudieran moverse, el motor de un camión dentro del almacén rugió de repente. Alguien había arrancado el vehículo. Vargas gritó, “¡Cúbrans!” El sonido de los disparos estalló desde la puerta principal.
Las balas golpearon las paredes de lámina, rebotando ruidosamente. Mendoza corrió hacia un lado, devolviendo el fuego rápidamente. Dos hombres armados salieron del almacén, disparando a ciegas. Vargas corrió agachado, tomando posición detrás de un tambo de metal. Disparó a uno de los atacantes en el hombro. El hombre cayó.
El otro corrió hacia el camión e intentó huir. “Que no escape”, gritó Vargas. El camión aceleró hacia el río rompiendo una cerca de bambú. Vargas lo persiguió junto con Mendoza. El lodo salpicaba. Justo antes de que el camión cruzara un puente de madera, Mendoza disparó a la llanta delantera. El camión volcó hacia un lado, estrellándose contra un gran árbol con un fuerte estruendo.
Un humo espeso se elevó. Vargas se acercó lentamente apuntando con su arma. Desde el interior del camión salió un hombre joven. Su rostro estaba cubierto de sangre y polvo. En el lado izquierdo de su pecho, un pequeño tatuaje de la cabeza de un tigre a medio terminar. Vargas lo miró fijamente. ¿Quién eres? El hombre sonrió débilmente.
Soy su sucesor. ¿Creías que el tigre moriría sin dejar un cachorro? Vargas lo sacó bruscamente. El hijo de Ricardo Montoya. El hombre solo rió entre dientes. Puedes arrestarme a mí, pero no a todos nosotros. Esta sierra todavía es nuestra. Antes de que Vargas pudiera responder, el hombre se desmayó. En el bolsillo de su chaqueta encontraron un pequeño teléfono satelital.
Mendoza abrió el último mensaje en la pantalla. Envía la mercancía antes del amanecer. La ruta marítima está lista. Vargas miró el mensaje durante un largo rato, su rostro duro y frío. No solo están en el bosque, ya han llegado al mar. La doctora Ríos llegó. Todavía sin aliento. Comandante, si ese mensaje es correcto, tenemos menos de un día antes de que todo sea trasladado.
Vargas miró hacia el río que fluía con fuerza hacia el oeste. Entonces los detendremos allí y acabaremos con todos los rastros del tigre de una vez por todas. El cielo comenzó a oscurecerse de nuevo. Un relámpago lejano iluminó la cima de la colina. La última operación estaba a punto de comenzar. El cielo de la tarde en la costa de Lázaro Cárdenas era gris.
Las olas golpeaban las rocas con un sonido pesado mientras un viejo buque de carga estaba atracado en un muelle de madera solitario. En su casco, unas letras desbaídas decían km estrella del mar. Debajo de la cubierta, la luz tenue de una lámpara revelaba filas de grandes costales, los mismos con los hinchos azules. El sello de la mina.
El comandante Arturo Vargas estaba de pie en un acantilado sobre el puerto, sosteniendo unos binoculares. A su lado, el teniente Mendoza anotaba la hora y la posición. Han llegado tres vehículos, comandante. Están empezando a mover los costales al barco. Vargas bajó los binoculares. Eso significa que el mensaje del teléfono satelital era correcto.
Mueven la mercancía esta noche. La doctora Ríos miraba el mar oscuro debajo. Esa mercancía no es solo mineral. Podrían ser los cuerpos de las víctimas que no tuvieron tiempo de desechar. Vargas la miró por un momento y luego dijo en voz baja, “No podemos esperar refuerzos. Si ese barco zarpa, todo desaparecerá.
” Presionó la radio. Todas las unidades listas en sus posiciones. No ataquen hasta que de la señal. La noche cayó lentamente. El viento del mar traía olor a sal y aceite. En silencio, los trabajadores en la sombra bajaban los costales uno por uno. Desde la distancia apareció un hombre joven con una chaqueta negra.
Su tatuaje era claramente visible bajo la luz de una lámpara, una pequeña cabeza de tigre en el lado izquierdo del pecho. Era él, Iván Montoya, el hijo del tigre de la sierra. Vargas observaba sus movimientos a través de los binoculares. Confirmación visual del objetivo. Está supervisando la carga. El mismo. Mendoza revisó su reloj.
Atacamos ahora. Vargas negó con la cabeza. Esperen a que todos suban al barco. Losatraparemos a todos a la vez. Pasó media hora. El motor del barco comenzó a funcionar. Las luces del muelle se atenuaron. Fue entonces cuando Vargas dio la señal. Ahora una explosión de luz de los reflectores rompió la oscuridad.
Policía, bajen las armas, gritó Vargas por un megáfono. La respuesta fue inmediata. Disparos. Los guardias en el barco dispararon hacia la orilla. Las balas golpearon las rocas soltando chispas. Vargas y Mendoza se cubrieron detrás de una caja de madera, devolviendo el fuego con disparos precisos. Equipo Bravo, corten la ruta de escape trasera del barco! Gritó Vargas por la radio.
Entendido, señor. Nos acercamos en un bote inflable. En la cubierta, Iván Montoya arrastró un gran barril de gasolina. “Quémenlo todo”, gritó a sus hombres. “Si yo caigo, no quedará nada. Vargas escuchó el grito. Mendoza, no dejes que vuele el barco. Ambos bajaron por una escalera de roca, esquivando los disparos.
Las olas golpeaban con fuerza, haciendo que sus pies resbalaran. La doctora Río se quedó atrás, ayudando a dos rehenes que estaban atados en el muelle. Tan pronto como llegaron a la cubierta inferior, Vargas pateó una puerta de acero y entró. El olor a gasolina era abrumador. En el centro de la habitación, Iván estaba de pie sosteniendo una pequeña antorcha, su rostro lleno de polvo y rabia.
“Alto”, gritó Vargas apuntándole con la pistola. Iván sonrió. “¿Crees que matando a mi padre todo terminó? Solo estoy continuando lo que él empezó.” “Lo que tu padre empezó fue una tuma para seres humanos”, respondió Vargas con frialdad. y tú terminarás en el mismo lugar. Ivá levantó la antorcha. Entonces arderemos juntos. Pero antes de que pudiera lanzarla, Mendoza disparó a la mano de Iván.
La antorcha cayó sobre el suelo de madera y las llamas se extendieron rápidamente. El sonido de la gasolina siando. Fuera! Gritó Vargas. arrastró a Iván, que gritaba de dolor, mientras Mendoza apagaba el fuego con un paño húmedo. Un humo espeso llenó el espacio. Salieron justo cuando la parte inferior del barco explotó ligeramente.
El agua del mar se disparó hacia el cielo. El equipo bravo llegó desde el mar, lanzando una cuerda al costado del barco que se hundía. Todos a salvo. Suban rápido. Unos minutos después lograron alejarse antes de que el barco se hundiera por completo. Desde la distancia, la luz del fuego se reflejaba en la superficie del mar como un sol rojo moribundo.
Iván Montoya estaba sentado en el suelo del bote con las manos esposadas. Miraba el fuego que consumía el barco con los ojos vacíos. ¿Crees que la justicia ganó esta noche, comandante?, dijo débilmente, “Pero el oro seguirá siendo buscado, la sangre seguirá siendo derramada.” Vargas lo miró con indiferencia.
“Quizás tengas razón, pero esta noche el mar ha lavado los pecados de tu padre y los tuyos” llegaron a la costa al amanecer. Los primeros rayos de sol aparecieron en el horizonte, iluminando los rostros cansados de todos. Las víctimas fueron rescatadas. La red de la mina ilegal fue destruida y el nombre de El Tigre de la Sierra terminó oficialmente en el océano.
La doctora Ríos estaba de pie en la arena mirando el sol. “Finalmente”, susurró. Vargas se paró a su lado, mirando el mar ahora en calma. “No hay un final para la justicia, doctora. Solo una pausa antes de que llegue otra oscuridad. A lo lejos, Mendoza arriaba una pequeña bandera de la policía en el muelle quemado.
El viento del mar soplaba trayendo el olor a sal y cenizas. M.















