Policía fingió su muerte en 1987 — 15 años después su esposa halla su paradero  

Policía fingió su muerte en 1987 — 15 años después su esposa halla su paradero  

 

Él era policía, inspector, el tipo de hombre que persigue a los malos. Pero en abril de 1987, Javier Morales desapareció de su casa en Cádiz sin llevarse nada, ni ropa, ni dinero, ni arma. Una semana después encontraron su coche en el fondo del puerto, cerrado desde dentro, sin cuerpo. Todos dijeron suicidio, todos menos su esposa Carmen.

Ella pasó 15 años buscándolo, 15 años mostrando su foto en cada ciudad, cada pueblo, cada rincón de España. Y entonces, un día, mientras revisaba sus viejas cosas por última vez, encontró algo, un sobre amarillo escondido en su agenda. dentro un certificado de defunción de un hombre que murió un mes antes de que Javier desapareciera.

 Un hombre con su mismo nombre, su misma fecha de nacimiento y una nota escrita con la letra de Javier, nueva identidad. Úsala si es necesario. Carmen entendió entonces que su marido no estaba muerto. Él había planeado desaparecer. Pero, ¿por qué un policía fingiría su propia muerte? ¿Qué amenaza era tan grande que abandonaría a su esposa sin decir adiós? Y cuando Carmen finalmente lo encontró vivo, bebiendo café tranquilamente en Sevilla, ¿podría alguna vez perdonar 15 años de dolor? La mañana del 3 de abril de 1987 amaneció nublada en Cádiz.

Carmen Morales se despertó a las 6 en punto como cada día, y extendió su brazo buscando el calor de su marido. La cama estaba fría, vacía. Javier llamó incorporándose sobre los codos. Silencio. Carmen se levantó de un salto, poniéndose la bata azul celeste que colgaba del respaldo de la silla. Salió al pasillo de su piso en el barrio de la viña.

 El olor a café recién hecho solía impregnar la casa a estas horas, pero hoy solo había silencio. Javier Amor volvió a llamar esta vez más fuerte. Nada. Fue entonces cuando vio la puerta de la calle Tretasal entreabierta. Su corazón dio un vuelco. Javier Morales era inspector de la Policía Nacional desde hacía 12 años. Jamás dejaba la puerta abierta. Jamás.

 Carmen corrió hacia la cocina. El desayuno estaba a medio preparar. Una taza de café volcada sobre la mesa, el líquido marrón goteando al suelo. Pan me dio cortar. La radio encendida emitiendo las noticias de la mañana. Javier, esto no tiene gracia”, dijo Carmen, sintiendo como el miedo se arrastraba por su columna vertebral.

Comprobó el dormitorio, el baño, el pequeño despacho donde Javier revisaba documentos, nada. Su uniforme colgaba del armario, su arma reglamentaria estaba en la caja fuerte, sus llaves, su cartera, su documentación, todo en su sitio, todo menos él. A las 7:30, Carmen llamó a la comisaría de Cádiz. preguntó por el compañero de Javier, el agente Roberto Campos.

 Carmen, ¿qué ocurre? Roberto atendió inmediatamente al teléfono. Es Javier, ha desaparecido. Me levanté y no estaba. La puerta estaba abierta. Roberto, el café volcado. Algo no va bien. Tranquila, voy para allá ahora mismo. Roberto llegó 15 minutos después con otros dos agentes. Inspeccionaron el piso minuciosamente. No había señales de forcejeo ni de lucha. La puerta no estaba forzada.

 Era como si Javier simplemente se hubiese desvanecido en el aire. ¿Habíais discutido?”, preguntó Roberto con delicadeza. “No, todo estaba bien. Cenamos juntos, vimos la tele, nos acostamos como cualquier otra noche. ¿Alguna amenaza?” casos complicados en los que estuviera trabajando. Carmen pensó un momento.

 Javier llevaba meses trabajando en un caso delicado, algo relacionado con tráfico de drogas en el puerto. Le había visto preocupado las últimas semanas, más callado de lo habitual. Estaba en ese caso del puerto, dijo Carmen. Llevaba semanas con eso. Parecía preocupado. Roberto y los otros agentes intercambiaron miradas significativas.

Vamos a investigar”, prometió Roberto. Encontraremos a Javier. Pero no lo encontraron. Pasaron las horas, después los días. La Policía Nacional movilizó todos sus recursos. Javier Morales era uno de los suyos. Comprobaron hospitales, morgues, estaciones de tren y autobús. Interrogaron a confidentes, traficantes, todos los contactos que Javier había cultivado durante años.

Nada. Carmen apenas dormía. se quedaba despierta en el sofá esperando que la puerta se abriese, esperando oír la voz de su marido diciendo que todo había sido un malentendido terrible. Pero la puerta nunca se abrió. Una semana después del desaparecimiento, dos pescadores encontraron algo en las aguas del puerto.

 Un coche, un Seat Bisa azul marino. El coche de Javier lo sacaron del agua con grúas. Las ventanillas estaban cerradas, las puertas bloqueadas desde dentro, pero no había cuerpo. El impacto pudo haber roto un cristal”, explicó el inspector Jefe García Carmen. La corriente pudo haberse llevado el cuerpo mar adentro. “¿Estáis diciendo que Javier se suicidó?” Carmen sintió la habitación girar.

 No podemos descartar nada. Pero el coche estaba cerrado desde dentro, Carmen. No hay señales de que alguien más estuviese implicado. Mimarido no se suicidó. Carmen gritó, Javier no era así. Jamás me haría esto. García apoyó una mano en su hombro. Lo siento mucho, Carmen. De verdad. Encontraron más evidencias. La chaqueta de Javier en el asiento del pasajero, su reloj de pulsera en la guantera, su placa policial sobre el salpicadero.

Todo apuntaba a un suicidio. Carmen se negó a creerlo. Durante semanas, durante meses, luchó contra esa versión. contrató a un detective privado, José Luis Ramos, un expicía que aceptó investigar el caso. “El problema, señora Morales,”, dijo Ramos tras semanas de trabajo, “es que todas las pruebas apuntan a suicidio.

 El coche cerrado, las pertenencias dentro, ninguna señal de lucha. Si Javier fue asesinado, quien lo hizo fue extremadamente cuidadoso. O Javier fingió su muerte, Carmen”, dijo de repente. Ramos la miró con sorpresa. ¿Por qué haría eso? No lo sé, pero conozco a mi marido. No se suicidó. En julio de 1987, 4 meses después de la desaparecimiento, la Policía Nacional declaró oficialmente a Javier Morales fallecido.

 Carmen se negó a celebrar un funeral sin cuerpo. No voy aenterrar una caja vacía le dijo a Roberto. Mientras no haya un cuerpo, hay esperanza. Pero la esperanza es algo difícil de mantener cuando todo el mundo te dice que tu marido está muerto. Los años pasaron. Carmen siguió viviendo en el mismo piso de la viña, incapaz de mudarse, incapaz de deshacerse de las cosas de Javier.

 Su ropa seguía en el armario, sus libros en las estanterías, sus tazas de café en la cocina. La familia de Carmen le suplicaba que siguiera adelante. Han pasado 5 años, Carmen. Tienes que aceptarlo. Pero Carmen no podía, no sin saber la verdad. En 1992, 5 años después de la desaparecimiento, Carmen tomó una decisión.

 Si la policía no iba a seguir buscando, ella lo haría. Dejó su trabajo como administrativa en el ayuntamiento y comenzó a dedicar todo su tiempo a la investigación. Creó un archivo detallado de todo lo relacionado con el caso de Javier. Visitó el puerto docenas de veces hablando con estibadores, marineros, cualquiera que pudiera haber visto algo aquella noche.

¿Por qué sigues torturándote? le preguntó su hermana mayor Isabel una tarde mientras tomaban café en la cocina. “Porque sé que está vivo, Carmen” respondió con firmeza. “Lo siento aquí, se tocó el pecho. Si estuviera muerto, lo sabría.” Isabel suspiró. Carmen, amor, a veces tenemos que aceptar cosas que no queremos aceptar.

 No voy a rendirme, no hasta saber la verdad. Carmen se obsesionó con el caso en el que Javier estaba trabajando antes de desaparecer. La operación estrecho, como se llamaba, una investigación sobre una red de tráfico de jachí desde Marruecos. Javier había estado infiltrado, trabajando con confidentes, reuniendo pruebas. Consiguió acceso a algunos documentos del caso a través de Roberto, quien seguía siendo su aliado.

 Los documentos revelaban que Javier estaba cerca de identificar a los líderes de la red. Muy cerca. ¿Crees que lo mataron?, preguntó Roberto una noche sentados en el salón de Carmen. O lo amenazaron o le dieron a elegir entre su vida y la nuestra. ¿De quién hablas? ¿De mí? ¿De ti? ¿De cualquiera a quien Javier quisiera proteger? Roberto se frotó la cara con las manos. Carmen, eso suena a película.

La vida real no funciona así. Ah, no. Tú eres policía, Roberto. Sabes lo que esta gente es capaz de hacer. Roberto no pudo rebatirlo. En 1995, 8 años después de la desaparición, Carmen recibió una carta anónima. Llegó sin remitente, Matellos de Sevilla. Dentro una sola frase escrita a máquina, deja de buscar.

 Él está donde tiene que estar. Carmen llevó la carta inmediatamente a la comisaría. La analizaron en busca de huellas dactilares, de ADN, de cualquier pista, nada. Papel común, tinta común. sobre común. “Alguien te está amenazando”, dijo el inspector García ahora, comisario. “Debes tener cuidado, Carmen.” “Cuidado, Carmen. Casi río.

Llevo 8 años buscando. Si quisieran hacerme algo, ya lo habrían hecho, a menos que no quisiesen llamar la atención. Tu búsqueda es molesta, Carmen, pero no peligrosa. Si te pasara algo ahora, todos sospecharíamos.” Carmen guardó la carta en su archivo, no como amenaza, sino como prueba. Prueba de que alguien sabía algo.

 Prueba de que Javier no se había suicidado. Los años 90 fueron duros. Carmen vivía con una pensión modesta y los ahorros que iban menguando. Rechazó ofertas de trabajo estables porque no quería comprometer su búsqueda. Sus amigos empezaron a alejarse, cansados de oírla hablar siempre de lo mismo. “Pareces una loca”, le dijo Isabel en 1997.

10 años después. Carmen, mírate, has perdido peso, tienes ojeras, vives como una ermitaña. Esto es vida. No voy a vivir hasta saber qué pasó con mi marido. Y si nunca lo sabes, ¿vas a desperdiciar toda tu vida buscando fantasmas? Carmen no respondió porque en el fondo no sabía la respuesta. En 1998,11 años después, Carmen tuvo un sueño.

Soñó que Javier estaba vivo, viviendo en algún lugar lejos de Cádiz. En el sueño, él la miraba desde lejos, pero no se acercaba. Como si tuviera miedo o culpa despertó sudando con el corazón acelerado. ¿Dónde estás? Susurró a la oscuridad. ¿Por qué no vuelves? Roberto seguía visitándola regularmente. Se había convertido en inspector ascendiendo en los rangos.

 A menudo traía comida. Se aseguraba de que Carmen comiera algo. “Deberías rehacer tu vida”, le dijo una tarde en el año 2000. “Han pasado 13 años, Carmen.” No puedo. ¿Por qué no? Porque sigo casada legalmente, emocionalmente, en todos los sentidos. Mientras Javier esté vivo en algún lugar, yo sigo siendo su esposa. Roberto suspiró, pero no insistió más.

En enero de 2002, 15 años después de la desaparición, Carmen decidió hacer una última cosa. Iba a revisar todo el piso, cada rincón, cada caja, cada objeto de Javier que había guardado. Si había alguna pista, alguna señal que hubiera pasado por alto, la encontraría. Carmen comenzó su búsqueda metódica en el despacho de Javier.

 Había evitado tocar muchas cosas durante todos estos años, como si alterar su espacio pudiera hacer que él no volviera. Pero ahora, con 52 años, cansada de esperar, necesitaba respuestas. El despacho era pequeño, apenas 3 m², un escritorio de madera oscura, una estantería llena de libros sobre criminología y derecho, un archivador metálico de dos cajones.

Carmen abrió el primer cajón. Documentos viejos, recibos, facturas pagadas. Nada interesante. El segundo cajón estaba lleno de carpetas con casos antiguos que Javier había traído a casa. Carmen los revisó uno por uno, leyendo nombres que ya no significaban nada, delitos resueltos hace décadas.

 En el fondo del cajón, debajo de todas las carpetas, encontró una pequeña agenda de piel marrón. No la había visto antes. La sacó con cuidado. Las primeras páginas contenían números de teléfono, direcciones, nombres. Carmen reconoció algunos. compañeros de trabajo, familia, amigos. Pero a medida que avanzaba los nombres se volvían desconocidos.

 Apodos, el rubio, Manolo, el del puerto, Cojo, confidentes, pensó Carmen, informantes de Javier. Siguió pasando páginas hasta llegar casi al final. Allí, escondida entre las últimas hojas, encontró un sobre amarillo, delgado, doblado por la mitad. Con manos temblorosas, Carmen lo sacó.

 No tenía ninguna marca, ningún nombre. Lo abrió con cuidado. Dentro había un documento, una fotocopia de un documento oficial del registro civil. Carmen entrecerró los ojos para leer la letra pequeña. Certificado de defunción. Su corazón se detuvo, pero cuando leyó el nombre no era Javier Morales, era Javier Sánchez Romero. Fecha de nacimiento, 15 de marzo de 1950.

Misma fecha que Javier. Lugar de nacimiento Jéscha de defunción, 28 de febrero de 1987. Un mes antes de que Javier desapareciera, Carmen releyó el documento tres veces intentando entender por qué Javier tenía el certificado de defunción de alguien con su misma fecha de nacimiento. Entonces lo vio en la esquina inferior del documento escrito a mano con la letra de Javier, nueva identidad.

 Úsala si es necesario. Carmen dejó caer el papel como si quemara. Nueva identidad. Javier había planeado desaparecer. No fue secuestrado, no fue asesinado, no se suicidó. Él se fue voluntariamente. Carmen sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se dejó caer en la silla del escritorio, incapaz de respirar correctamente. 15 años.

 15 años buscando, llorando, esperando, y él había planeado irse. La rabia vino primero, roja, hirviente, consumiéndola por dentro. Apretó el documento en su puño, arrugándolo. Quería gritar, romper cosas, quemar todo el maldito despacho. Pero entonces la rabia dio paso a otra cosa.

 Curiosidad, necesidad de entender por qué. Carmen alizó el documento sobre el escritorio. Lo examinó nuevamente Javier Sánchez Romero, muerto en Jerez hacía 15 años. ¿Quién era este hombre? ¿Cómo obtuvo Javier su certificado de defunción? Miró la hora, las 3 de la tarde. Todavía había tiempo. Agarró su bolso, metió el documento dentro y salió del piso prácticamente corriendo.

 Tomó el autobús hasta el centro de Cádiz y entró en la primera cabina telefónica que encontró. llamó a Roberto. Roberto, necesito que me hagas un favor. Urgente. Carmen, ¿qué pasa? ¿Estás bien? Necesito que investigues a alguien. Javier Sánchez Romero nació el 15 de marzo de 1950 en Jerez.

 Murió el 28 de febrero de 1987. ¿Quién es ese? No lo sé, pero creo que Javier usó su identidad. Silencio al otro lado de la línea. Carmen, ¿de qué estás hablando? Encontré un documento en el despacho de Javier, un certificado de defunción de este hombre y una nota de Javier diciendo nueva identidad.  Roberto susurró. Carmen, ¿estás segura? Completamente.

 ¿Puedes averiguar algo sobre este hombre? Damehasta mañana. Te llamo. Carmen colgó y volvió a casa caminando. Su mente era un torbellino. Si Javier había planeado desaparecer, si había conseguido una nueva identidad, eso significaba que había estado vivo todo este tiempo, viviendo en algún lugar con otro nombre, otra vida.

 ¿Por qué? ¿Por qué haría algo así? Esa noche Carmen no durmió. Se quedó sentada en el sofá mirando viejas fotografías de ella y Javier. Su boda en 1975, vacaciones en Málaga, Navidades con la familia. En cada foto, Javier sonreía, parecía feliz. Había sido todo mentira. Al día siguiente, a las 10 de la mañana, Roberto llamó a la puerta.

 Encontré algo! Dijo sin saludar siquiera. Se sentaron en la cocina. Roberto sacó una carpeta de su maletín. Javier Sánchez Romero, soltero sin hijos, trabajaba como mecánico en Jerez. Murió en un accidente de tráfico en febrero del 87. Fue enterrado en el cementerio municipal de Jerez.

 Tumba sin visitas, sin familia cercana. La víctima perfecta para robar su identidad. Carmen dijo. Exacto. Mismo nombre de pila, misma fecha de nacimiento. Con el certificado de defunción y algunos documentos falsificados, Javier podría haberse convertido en este hombre. ¿Pero por qué? Carmen casi gritó, “¿Por qué haría esto?” Roberto cerró la carpeta.

“Carmen, tengo una teoría y no te va a gustar. Dímela.” La operación estrecho. El caso en el que Javier trabajaba, se cerró abruptamente un mes después de su desaparición. Los grandes peces escaparon. Nunca hubo arrestos significativos. Carmen sintió un frío recorrerle la espalda. ¿Estás diciendo que Estoy diciendo que alguien de la policía estaba protegiendo a esos traficantes y si Javier descubrió quién era, su vida corría peligro.

 Entonces huyó, se creó una nueva identidad y huyó para protegerse y para protegerte a ti. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Carmen. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no me llevó con él? Porque si desaparecías, tú también levantarías sospechas. Tu dolor tenía que ser real. Tu búsqueda tenía que ser real para que nadie sospechara.

 Carmen se cubrió la cara con las manos. 15 años de dolor real, 15 años de búsqueda desesperada. Todo para mantenerla farsa. Si está vivo, Carmen dijo levantando la cabeza, los ojos rojos pero determinados. Voy a hoy a encontrarlo y va a tener que explicarme por qué me abandonó. Roberto asintió. Vamos a encontrarlo. Juntos.

 Durante los siguientes meses, Carmen y Roberto trabajaron en secreto. No podían involucrar a la policía oficialmente, no había alguien corrupto dentro. Tenían que ser cuidadosos. Comenzaron con lo básico. Si Javier había asumido la identidad de Javier Sánchez Romero, necesitaría documentos, DNI, seguridad social, tal vez incluso un pasaporte.

Roberto usó sus contactos en el Registro Civil para rastrear cualquier actividad bajo ese nombre después de 1987. Fue un proceso lento, tedioso, pero finalmente encontraron algo. Mira esto. Roberto le mostró a Carmen un documento en su piso una tarde de mayo. En julio de 1987, 4 meses después de que Javier desapareciera, alguien renovó el DNI de Javier Sánchez Romero en la oficina de Sevilla. Sevilla, Carmen repitió.

 La carta anónima tenía matacellos de Sevilla. Exacto. Creo que se mudó allí. Es lo suficientemente grande para perderse, pero lo suficientemente cerca para, no sé, mantener un ojo en las cosas. En mí. Carmen sintió una mezcla de rabia y esperanza. Tal vez viajaron a Sevilla al día siguiente. Era una ciudad de casi un millón de habitantes.

Encontrar a una persona allí sería como buscar una aguja en un pajar, pero tenían un punto de partida, la oficina del DNI donde se había renovado el documento. Mostraron una foto de Javier a los empleados. Habían pasado 15 años, pero valía la pena intentarlo. Una mujer que trabajaba allí desde los años 80 miró la foto durante largo rato.

 Este rostro me resulta familiar, dijo finalmente, pero han pasado muchos años. ¿Qué nombre usaba? Javier Sánchez, dijo Carmen. Mmm, no estoy segura. Lo siento. Fue desalentador, pero no se rindieron. Comenzaron a visitar barrios, a mostrar la foto en bares, tiendas, plazas. Preguntaban si alguien conocía a Javier Sánchez.

 Después de dos semanas, en un pequeño bar en el barrio de Triana, un camarero miró la foto y asintió. Sí, conozco a este tipo. Viene aquí a veces, bebe café, solo, lee el periódico, no habla mucho. El corazón de Carmen casi se detiene. ¿Cuándo fue la última vez que lo viste? La semana pasada, creo. Viene los martes y viernes por la mañana. Era jueves.

 Carmen y Roberto decidieron esperar. Se hospedaron en un hotel cercano y el viernes por la mañana a las 8 estaban sentados en una mesa del bar fingiendo leer el periódico. Las horas pasaban lentamente. Carmen no podía concentrarse en nada. Sus ojos saltaban hacia la puerta cada vez que se abría. A las 11, cuando ya empezaban aperder la esperanza, la puerta se abrió.

Y allí estaba él, Javier Morales, 15 años mayor, el cabello completamente gris, una barba espesa que no tenía antes, vestía ropa sencilla, pantalones marrones y una camisa blanca, pero era él. Carmen lo habría reconocido en cualquier lugar. Sus piernas se convirtieron en gelatina. Roberto la sujetó del brazo. Espera susurró.

 Deja que se siente. Javier se acercó a la barra, pidió un café solo y un periódico. Se sentó en una mesa del rincón dándoles la espalda. Carmen no podía apartar los ojos de él. Después de 15 años, ahí estaba, vivo, tranquilo, bebiendo café como si nada. La rabia volvió ardiente e incontrolable. Se levantó de la mesa antes de que Roberto pudiera detenerla.

 Caminó directamente hacia Javier y se detuvo justo detrás de él. Hola, Javier”, dijo con voz temblorosa. Él se congeló la taza de café a medio camino hacia sus labios. Lentamente, muy lentamente, se giró. Sus ojos se encontraron. Carmen vio shock, miedo, culpa, todo en un instante. Carmen susurró con voz ronca. 15 años, Carmen, dijo las lágrimas corriendo por su rostro. 15 años te busqué.

 15 años lloré por ti y estabas aquí bebiendo café. Javier dejó la taza en la mesa, las manos temblando. Yo no sabía. ¿Qué no sabías? ¿Que tu esposa te buscaría, que tu esposa sufriría? ¿Qué pensaste, Javier? La gente en el bar comenzó a mirarlos. Roberto se acercó, puso una mano en el hombro de Carmen.

 “Creo que deberíamos hablar en privado”, dijo Roberto con firmeza. Javier asintió pálido. Mi piso está cerca. Podemos ir allí. Caminaron en silencio las tres manzanas hasta un edificio modesto en una calle secundaria. Javier vivía en un segundo piso, un apartamento pequeño de un dormitorio limpio pero espartano, sin fotos, sin decoración.

 El hogar de un hombre que no quiere ser encontrado. Se sentaron en la pequeña sala Carmen y Roberto en el sofá, Javier en una silla frente a ellos con las manos entrelazadas, la cabeza baja. Explícate, dijo Carmen. Ahora Javier respiró profundamente. No fue por elección, Carmen, o al menos no de la manera que crees.

 Encontré el certificado de defunción. Encontré tu nota sobre nueva identidad. Lo planeaste todo. Sí, admitió Javier. Lo planifiqué porque no tenía otra opción. Siempre hay opciones, ¿no? Cuando te dicen que van a matar a tu esposa si no desapareces. El silencio cayó como un peso muerto. Carmen miró a Roberto, luego de vuelta a Javier.

¿Qué? Javier se levantó y caminó hacia la ventana dándoles la espalda. Cuando habló, su voz era apenas un susurro. La operación estrecho. Estaba cerca de desmantelar toda la red. tenía nombres, evidencia, conexiones. Iba a presentarlo todo en marzo del 87. Habría sido el caso de mi carrera. Lo sé, dijo Carmen. Roberto me lo contó.

 Lo que Roberto no sabe, lo que nadie sabe, es que el día antes de que desapareciera, recibí una llamada en casa. Tú estabas en el trabajo. Era una voz masculina que no reconocí. Javier se giró para mirarlos. me dijo que sabía lo que estaba haciendo, que tenía todas mis pruebas y que si no abandonaba la investigación, si no desaparecía completamente, te matarían, Carmen, lenta y dolorosamente, y me obligarían a ver.

 Carmen sintió que el mundo se inclinaba. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no fuiste a tus superiores? Porque el hombre que llamó me dijo algo más. me dijo que tenían a alguien dentro de la comisaría, alguien de alto rango y que si hablaba con alguien te matarían de todas formas.  Roberto, susurró. Me dieron 24 horas, continuó Javier.

 24 horas para desaparecer. Ya tenía preparada la identidad de Javier Sánchez. La había conseguido meses antes como respaldo por si acaso. Pensé que si desaparecía, si hacía que pareciera un suicidio, te protegería. ¿Y el coche en el puerto? Preguntó Roberto. Lo llevé allí yo mismo a las 2 de la madrugada usé mi chaqueta como lastre para hacer parecer que alguien había estado dentro. Dejé mi reloj, mi placa.

Luego nadé hasta la orilla y me fui. Nadaste. Carmen casi rió de incredulidad. En marzo el agua estaba helada. Estaba desesperado y entrenado. Sabía que podía hacerlo. Carmen se levantó del sofá caminando por la pequeña sala. Así que simplemente te fuiste. Me dejaste pensar que estabas muerto.

 Era la única manera de mantenerte a salvo. Si yo desaparecía, si todos pensaban que estaba muerto, no había razón para hacerte daño. Eras solo una viuda en duelo. Yo era tu esposa. Carmen gritó. Tu esposa, Javier. No confiabas en mí. No podías decirme la verdad y enfrentarlo juntos. Y habríamos acabado los dos muertos.

 Javier gritó de vuelta. No lo entiendes. Esta gente no bromeaba. Tenían poder, recursos, contactos dentro de la policía. Si me quedaba, morías. Si huíamos juntos, nos habrían encontrado. Esta era la única manera. Y estos 15 años, Carmen sintió las lágrimas arder en sus ojos.Estos 15 años de dolor no significaron nada para ti. Lo significaron todo.

 La voz de Javier se quebró. Cada día, Carmen, cada maldito día pensé en volver, en buscarte, en explicártelo, pero no podía arriesgarme. No podía arriesgar tu vida. Pero enviaste esa carta, Roberto Intervino. En 1995, la carta anónima diciéndole que dejara de buscar. Javier asintió. Sí, oí que seguías investigando, que no habías renunciado.

 Tenía miedo de que llegaras demasiado cerca, de que alguien se diera cuenta. Pensé que si te asustaba dejarías de buscar, pero no lo hizo. Roberto señaló. No. Javier miró a Carmen con algo parecido al orgullo en sus ojos. No lo hizo porque mi esposa es la mujer más terca del mundo. No me halagues ahora. Carmen se limpió las lágrimas. No tienes ese derecho.

Silencio. Roberto se aclaró la garganta. Javier, ¿quién era el corrupto en la comisaría? No lo sé. Javier admitió. Nunca descubrí su identidad. Podría haber sido cualquiera. ¿Y la red de traficantes siguen activos? No tengo idea. Llevo 15 años desconectado de todo eso. Trabajo como contable en una pequeña empresa. Vivo solo.

 No me meto en problemas. Carmen se sentó de nuevo exhausta. ¿Y ahora qué? No lo sé. Javier dijo honestamente. No esperaba que me encontraras. No tengo un plan. ¿Quieres volver? Carmen preguntó su voz apenas audible. A tu vida real. A mí. Javier la miró durante largo rato. Más que nada en el mundo. Pero tú me quieres de vuelta.

 Después de lo que hice, después del dolor que causé, podrías perdonarme. Carmen no respondió de inmediato. Miró al hombre que había sido su marido, el hombre que había fingido su muerte, que la había dejado sufrir durante 15 años. Pero también vio al hombre que había arriesgado todo por protegerla, que había vivido en el exilio para mantenerla a salvo.

 “No lo sé”, dijo finalmente. “Todavía estoy procesándolo todo, pero no vine hasta Sevilla para darte la espalda. Vine por respuestas y ahora que las tengo, necesito tiempo para decidir qué hacer con ellas.” Javier asintió entendiendo. Tómate todo el tiempo que necesites. Roberto intervino. Mientras tanto, necesitamos averiguar si todavía corres peligro.

 Si esos traficantes siguen activos, si el corrupto sigue en la comisaría. Yo puedo investigar”, dijo Roberto discretamente, sin levantar sospechas. Bien, Javier estuvo de acuerdo y yo me quedaré aquí esperando. Carmen se levantó para irse. En la puerta se detuvo y miró a Javier una última vez.

 15 años, Javier, me debes 15 años. Lo sé, él respondió. Y pasaré el resto de mi vida intentando compensártelos. Carmen salió sin decir nada más. Los meses siguientes fueron extraños. Carmen volvió a Cádiz, pero viajaba a Sevilla cada dos semanas para ver a Javier, no como marido y mujer, sino como dos extraños intentando conocerse de nuevo.

Tomaban café en aquel bar de Triana, paseaban por el río, hablaban de los años perdidos. Carmen le contaba sobre su vida, sobre cómo había sobrevivido, sobre las noches en vela y los días vacíos. Javier escuchaba con dolor visible en sus ojos. Él le hablaba de su vida en Sevilla, el trabajo monótono, las noches solitarias, las veces que estuvo tentado de volver, pero se contuvo.

 El sacrificio diario de estar lejos de ella. ¿Saliste con alguien más? Carmen preguntó una tarde, la pregunta colgando pesada entre ellos. No. Javier respondió sin vacilación. ¿Cómo podría? seguía casado contigo. En mi corazón siempre estuve casado contigo. Yo tampoco salí con nadie, Carmen admitió, aunque la gente me lo sugería todo el tiempo.

 Mientras tanto, Roberto investigaba, usó contactos antiguos, revisó archivos cerrados, hizo preguntas cuidadosas. Después de 4ro meses, los reunió a ambos en un restaurante discreto en Sevilla. “Tengo noticias”, dijo poniendo una carpeta sobre la mesa. La red de tráfico fue desmantelada en 1993, no por la policía de Cádiz, sino por la Guardia Civil.

 Una operación grande que arrestó a docenas de personas. “¿Y el corrupto?”, preguntó Javier. “Murió. Inspector jefe Ramón Vega. Tuvo un infarto en 1991. Nadie supo que estaba involucrado hasta que encontré cuentas bancarias ocultas durante mi investigación. Javier cerró los ojos procesando la información. Entonces, ya no corro peligro.

 No, confirmó Roberto. La amenaza ya no existe. Puedes volver. El silencio se instaló en la mesa. ¿Puedo? Javier miró a Carmen. Puedo volver. Carmen miró al hombre que había sido su marido, 15 años mayor, marcado por la culpa y el aislamiento. Pero todavía era Javier, todavía era el hombre del que se había enamorado 30 años atrás.

 No sé si las cosas pueden volver a ser como antes dijo Carmen lentamente. Demasiado ha pasado. Demasiado dolor. Lo sé. Javier asintió. No espero que todo vuelva a la normalidad, pero podemos intentarlo empezar de nuevo. Carmen pensó durante largo rato. Pensó en los 15 años de soledad, pero también pensó en los 12años de matrimonio antes de eso.

 Los buenos recuerdos, el amor que había compartido. Podemos intentarlo, dijo finalmente, pero va a tomar tiempo. Mucho tiempo. Tengo todo el tiempo del mundo, Javier dijo tomando su mano sobre la mesa. El regreso de Javier a Cádiz fue discreto. No hubo anuncios oficiales, no hubo explicaciones públicas.

 Oficialmente Javier Morales seguía muerto. Javier Sánchez Romero era quien volvía. Alquilaron un pequeño apartamento juntos separado del antiguo piso de la viña. Un lugar nuevo sin los fantasmas del pasado. Fue difícil. Hubo noches cuando Carmen se despertaba y sentía rabia por todo el tiempo perdido. Hubo días cuando Javier se sentía tan culpable que apenas podía mirarla a los ojos.

 Pero también hubo momentos buenos, cenas tranquilas, paseos por la playa, conversaciones largas sobre el futuro. Un año después, en abril de 2003, 16 años después de su muerte, Javier y Carmen renovaron sus votos en una ceremonia privada. Solo Roberto como testigo no fue el gran matrimonio que habían tenido en 1975, pero fue sincero, real.

 Prometo no volver a desaparecer, dijo Javier con lágrimas en los ojos. Y yo prometo no dejarte ir. Carmen respondió, no fue un final de cuento de hadas. El daño causado por 15 años de separación no desapareció mágicamente. Hubo terapia, hubo conversaciones difíciles, hubo días malos, pero eligieron luchar por su matrimonio, eligieron perdonar, eligieron empezar de nuevo.

 Roberto ascendió a comisario en 2005. Su primera acción oficial fue cerrar permanentemente el caso de Javier Morales, clasificándolo como suicidio confirmado. La verdad sobre Javier Sánchez permaneció en secreto, conocida solo por tres personas. En 2010, 23 años después de la desaparición original, Carmen y Javier se mudaron a un pequeño pueblo en la costa de Huelva, lejos de Cádiz, lejos de Sevilla, lejos de los recuerdos. Vivían una vida tranquila.

Javier trabajaba como asesor en una cooperativa de pescadores. Carmen daba clases de español a extranjeros. Eran conocidos como los Sánchez, una pareja mayor que había llegado hace unos años. Nadie sabía su verdadera historia. Nadie sabía del policía que fingió su muerte, de la esposa que nunca se rindió, del documento oculto que reveló la verdad.

En las noches, sentados en su terraza viendo el atardecer sobre el Atlántico, a veces hablaban sobre aquellos años oscuros. ¿Te arrepientes? Carmen preguntó una tarde. De haberte dejado sufrir. Sí, Javier respondió. Pero de haberte protegido nunca. Y si tuvieras que hacerlo de nuevo, Javier pensó durante largo rato. Te lo diría.

Encontraría la manera de decirte la verdad. Juntos habríamos encontrado otra solución. Sí, Carmen estuvo de acuerdo. Juntos y así vivieron el resto de sus días, no en la perfección, sino en la comprensión. No sin cicatrices, sino con la determinación de no dejar que esas cicatrices los definieran.

 El policía que fingió su muerte y la esposa que nunca dejó de buscar habían encontrado finalmente su camino de vuelta el uno al otro. M.