¡Oaxaca tiembla! Novio a la novia en plena boda. La verdad oculta es un horror escalofriante  

¡Oaxaca tiembla! Novio mata a la novia en plena boda. La verdad oculta es un horror escalofriante  

 

La llovisna caía desde la mañana empapando los techos de teja de la hacienda de los siete príncipes en el corazón de Oaxaca. Dentro del gran salón, los candelabros de cristal brillaban con una luz cálida y la música suave de una marimba grabada flotaba en el aire. Todos sonreían hasta que un sutil olor metálico y dulzón golpeó las narices y el primer grito desgarró la atmósfera festiva.

La pantalla gigante que debía proyectar los dulces recuerdos de la pareja de repente mostró algo para lo que nadie estaba preparado. Un segundo después, las copas de champag comenzaron a caer al suelo. Las sillas de los invitados se arrastraron con estrépito. La gente corría hacia las salidas como si un huracán los persiguiera.

Sobre el estrado adornado con flores de Sempuchi, el novio permanecía rígido, con una mirada oscura y vacía. Su mano aferraba el cuello roto de una botella de mezcal. La novia se giró, sus labios temblorosos intentando pronunciar el nombre de su futuro esposo, pero su voz fue engullida por el pánico colectivo.

Cuando la música se detuvo por completo, el mundo pareció contener la respiración antes de estallar en un coro de alaridos. Alejandro y el sonido del cristal rompiéndose, un eco que ninguno de los presentes olvidaría jamás. Fue en esa tarde cuando el amor fue ahogado por la vergüenza, la venganza y una decisión mortal.

Esa tarde, el cielo de Oaxaca colgaba nubes grises como un lienzo mojado. La calzaba Porfirio Díaz, normalmente un hervidero de actividad, brillaba bajo la persistente llovisna. Frente a la majestuosa entrada de la hacienda de los siete príncipes, una fila de autos de lujo y camionetas con placas de varios estados se alineaba impecablemente.

Los paraguas con diseños artesanales se abrían y cerraban, y el aroma de los nardos y las tuberosas se mezclaba con el del café de olla que se servía en un pequeño puesto en el vestíbulo. Todo indicaba una sola cosa, una celebración de gran importancia, una familia de renombre, una nueva vida a punto de comenzar.

Dentro, lienzos de manta cruda caían elegantemente desde el techo de vigas de madera. Arreglos de orquídeas y rosas de la región trepaban por las paredes de estuco. El altar cubierto de flores se erguía magnífico. Sillas doradas relucían y una alfombra roja dividía el salón, guiando el camino hacia la promesa de amor eterno.

Detrás del estrado, una pantalla LED gigante mostraba una sesión de fotos de los novios. Alejandro Vargas y Sofía Reyes. Sus sonrisas en la playa de Zicatela, sus miradas buscándose en un café del centro, sus manos entrelazadas. Los primos se tomaban selfies, los tíos discutían el precio de la gabe y las tías ajustaban sus rebos protegiéndose del aire húmedo.

 La música de Marimba, con un toque moderno, fluía suave y educada, calmando los corazones de los invitados, la mayoría de los cuales ya habían pasado el medio siglo de vida. Alejandro, el novio, vestía un traje de lino de color gris claro. Su rostro era apuesto, pero pálido, como el de alguien que no había dormido en toda la noche.

Estaba de pie junto a Sofía, quien lucía deslumbrante en un vestido blanco bordado a mano por artesanas de San Antonino. Acababan de terminar una larga sesión de saludos y felicitaciones. Varios invitados admiraban la elegancia discreta de la fiesta. No era ostentosa, pero sí lujosa de una manera serena. Un maestro de ceremonias, un hombre de mediana edad con una voz cálida, tomó el micrófono e invitó a los asistentes a prepararse para ver un video conmemorativo del viaje de amor de la pareja.

Debería haber sido el momento más seguro y emotivo de la celebración. Nadie sospechaba nada. Entonces las luces se atenuaron y la música bajó de volumen. Un joven técnico llamado Carlos, de pie junto a la consola, asintió a otro miembro del personal. Miró su reloj. La noche anterior había recibido una llamada de un número desconocido, pidiéndole que se asegurara de que el video sorpresa funcionara sin problemas.

Él lo consideró una petición normal de la familia. No sabía que esa llamada era el comienzo de la catástrofe. Al principio, la pantalla mostró un montaje de fotos de Alejandro y Sofía en la costa riendo bajo un cielo azul. Luego, una imagen de Alejandro mirando a Sofía mientras ella se cubría el rostro avergonzada por una broma de sus amigos.

Se oyeron aplausos. Algunas tías se secaron las lágrimas con pañuelos de seda. Las cámaras de los teléfonos de los invitados grababan el ambiente. Risas, susurros cómplices, todo era perfectamente normal. Hasta que la siguiente imagen apareció sin previo aviso. Oscuridad. Una imagen temblorosa, el zumbido de un ventilador.

La cámara, en un ángulo bajo, apuntaba a la cama de una habitación de hotel. Entonces, la silueta de una mujer con un vestido sencillo entró en el cuadro, seguida por un hombre con una chaqueta. Segundos después, un ruido sordo provino de un rincón de la habitación.Los invitados fruncieron el ceño. Alguien murmuró algo.

 La música se detuvo por completo. El operador, presa del pánico, pulsaba botones frenéticamente, pero el archivo seguía reproduciéndose. El rostro de Sofía en el estrado se tensó de repente. Alejandro se quedó petrificado como una estatua de mármol. En las primeras filas, un tío se levantó bruscamente, cruzando los brazos sobre el pecho con la mirada clavada en la pantalla.

Dos abuelas agacharon la cabeza conmocionadas. Un grupo de jóvenes soltó un grito ahogado y se tapó la boca. Carlos, en su rincón, sintió como si toda la sangre se le escapara del cuerpo. Sus palmas estaban empapadas de sudor. Intentó detener la reproducción, pero la consola se negaba a obedecer. Ya fuera por un retraso del sistema o porque el archivo se había bloqueado en la cola de reproducción, el tiempo de repente se ralentizó.

 Cada segundo se sentía como un minuto. Alejandro dio un paso adelante sin ser consciente de lo que hacía. Sofía le agarró la muñeca susurrando su nombre, pero su voz se perdió en el murmullo creciente. Quería explicar algo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. La mirada de los invitados cambió de cálida a cortante, de amistosa a juzgadora.

En un extremo del salón, una prima lloraba en silencio, abrazada por su madre. Cerca del escenario, un jarrón de rosa se volcó, sus pétalos esparciéndose como gotas de sangre sobre la alfombra. En la mesa de honor, el padre de Sofía se levantó a medias, dudando entre intervenir o quedarse sentado. Su madre apretaba su bolso con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Un vecino anciano le susurró a un técnico que cortara la electricidad, pero eso solo habría apagado las luces de emergencia, empeorando el caos. El maestro de ceremonia se quedó sin palabras, aferrando un micrófono que ahora era inútil. Las cámaras de los móviles se giraron hacia el escenario.

 Las manos temblaban, pero no dejaban de grabar. Alejandro miraba la pantalla que seguía vomitando imágenes que nunca debieron ser de consumo público. Sus ojos se oscurecieron. Una avena palpitaba en su 100. El mundo a su alrededor se desvaneció, dejando solo el resplandor de la pantalla LED y el ciseo de los altavoces. Agarró una botella de mezcal de una mesa cercana.

El corcho ya había sido retirado durante el brindis. Su mano giró y el cuello de la botella golpeó el borde de la mesa. El cristal se agrietó. En ese instante, algunos invitados gritaron su nombre, suplicándole que se detuviera. Sofía retrocedió un paso, su vestido de novia rozando la alfombra. Su rostro era una máscara de terror pálido.

Un segundo después, el caos estalló. Sillas cayeron, copas se hicieron aicos. Varias personas intentaron sujetar a Alejandro, pero fue demasiado tarde. Se oyó un golpe seco seguido de un gemido ahogado y luego un silencio aterrador que precedió a docenas de gritos. Carlos finalmente logró presionar el botón de emergencia.

La música se cortó, pero ya no servía de nada. Un invitado salió corriendo gritando por seguridad. Otros encendieron las luces de sus cámaras, apuntando más directamente, ya fuera para ayudar o simplemente por el SOC. En cuestión de segundos, el salón de bodas pasó de ser un lugar de promesas sagradas a la escena de un desastre.

Las flores de nardo caían como una lluvia silenciosa sobre el suelo resbaladizo. Varias mujeres se pegaron a las paredes, incapaces de mirar. Un hombre mayor comenzó a rezar en voz baja, su voz temblorosa resonando en el vestíbulo. La recepcionista llamaba a los servicios de emergencia. Sus palabras entrecortadas.

Los guardias de seguridad bajaron las cortinas para evitar que los curiosos se agolparan. Pero la noticia ya se había filtrado a través de los teléfonos y el boca a boca. Las sirenas se acercaban desde el sur cortando el aire húmedo. Un equipo de la policía estatal con chalecos oscuros entró primero, seguido por el equipo de la Fiscalía General del Estado.

 Órdenes breves volaron por el aire. Aseguren el escenario. Despejen la ruta de evacuación. Retengan a todos los invitados hasta nuevo aviso. El comandante Javier Morales, que acababa de llegar, lanzó una mirada rápida al escenario y luego ordenó cerrar el perímetro desviando el acceso al salón. Las luces de las patrullas se reflejaban en los charcos, creando una escena que parecía demasiado real, sacada de una película de terror.

El teniente Ricardo Solís se abrió paso entre la multitud. Su voz era firme, pero tranquilizadora, pidiendo a los testigos clave que se alejaran del centro del pánico. Le pidió a una mujer histérica que se sentara y respirara hondo mientras otros oficiales extendían la cinta amarilla. En un rincón, Alejandro estaba sentado en el suelo con la mirada perdida.

Su mano derecha todavía sostenía el cuello roto de la botella. La izquierda temblaba. Nadie se atrevía a acercarse, exceptodos oficiales que repetían su nombre en voz baja. Él se giró como alguien que despierta de una pesadilla y dejó el trozo de botella en el suelo sin poner resistencia. En el escenario, los restos de la fiesta dejaban una marca que no sería fácil de borrar.

 Cintas blancas salpicadas, la alfombra roja húmeda, ramos de rosas con los tallos rotos. Sofía yacía en medio de la multitud que de repente había enmudecido. Una invitada que era enfermera, le tomó el pulso rápidamente y negó con la cabeza con pesar. Un oficial extendió una sábana blanca para cubrirla. Los cuerpos de los invitados se inclinaron y un murmullo de oraciones flotó entre los hoyosos.

No había palabras para describir la línea divisoria entre el antes y el después de ese momento. Carlos estaba de pie mirando la consola aún encendida. La pantalla LED se había apagado sola, volviendo a negro. Fue entonces cuando se dio cuenta. En la ranura USB había una pequeña memoria negra que no era la suya.

Su corazón dio un vuelco. Quería gritar que algo había estado mal desde la noche anterior. Hablar de la llamada telefónica que le ordenó probar el video y del sobre que habían dejado en su consola, pero su lengua estaba paralizada. Solo pudo levantar la mano y señalar el dispositivo cuando el teniente Solís se acercó.

Afuera, la llovisna se convirtió en una lluvia más densa. La gente se congregaba bajo los toldos, susurrando sobre lo que acababa de ocurrir, sobre cómo una fiesta pudo convertirse en una pesadilla por una sola proyección en una pantalla. Algunos acosaban, otros defendían y algunos simplemente se rendían al silencio.

Dentro, la policía comenzaba a reconstruir la cronología inicial y en medio del aroma a nardos que se desvanecía, una pregunta pesada flotaba en el aire. ¿Quién había encendido la primera chispa? La noche anterior a la boda, el cielo de Oaxaca estaba oscuro y sin estrellas. El aire, húmedo y pesado, parecía presagiar que algo terrible esperaba en la oscuridad.

En la casa de la familia Vargas, en la colonia Reforma, el ambiente era de ajetreo. La familia extendida preparaba los últimos detalles para la calenda. Las tías cocinaban en la enorme cocina mientras los hombres instalaban un toldo adicional en el patio. En medio de esa bulliciosa actividad, Alejandro Vargas estaba sentado solo en la sala, mirando fijamente la pantalla de su laptop.

El reloj marcaba las 9:47 de la noche. El sonido de una notificación de correo electrónico rompió el silencio. Una dirección extraña apareció en su bandeja de entrada. La verdad siempre [email protected]. El asunto del correo era escueto. Mira esto antes de que sea demasiado tarde. Alejandro dudó por unos segundos, su dedo índice suspendido sobre el mouse.

Pensó que era spam, tal vez una felicitación de broma de algún amigo. Sin embargo, una curiosidad vaga, mezclada con una ansiedad inexplicable lo llevó a abrir el mensaje. Dentro solo había una frase, “¿Todavía quieres casarte con esta mujer después de saber quién es en realidad?” Y debajo un archivo de video adjunto de pequeño tamaño.

Alejandro tragó saliva, abrió el archivo, el zumbido de un ventilador. La cámara inclinada grababa la esquina de una habitación de hotel que reconoció, un hotel en el centro de la Ciudad de México, donde Sofía se había alojado en un viaje de trabajo el mes anterior. En el video aparecía Sofía junto a otro hombre.

No había sonidos fuertes ni pruebas concluyentes, pero era lo suficientemente explícito como para que la sangre de Alejandro se helara en sus venas. Su corazón latía descontroladamente. Lo reprodujo una, dos, 10 veces. Cada segundo se sentía como un cuchillo rasgando su corazón. “No es posible”, murmuró. Esa no es ella. No puede ser.

Pero el rostro en la pantalla era demasiado claro. Sus gestos, su voz, incluso la pequeña pulsera que Sofía siempre usaba, todo era idéntico. Alejandro se levantó sin aliento. Caminó de un lado a otro de la habitación. Su cabello estaba revuelto, sus ojos rojos. Afuera, los cohetes de un niño vecino estallaron haciéndolo sobresaltar.

cerró la laptop, la abrió de nuevo. Cerrar, abrir. Quería borrar el video, pero sus dedos no le obedecían. Unos minutos después transfirió el archivo a una pequeña memoria USB negra que encontró en el cajón de su escritorio. Quizás en su mente solo quería guardar la prueba para confrontar a Sofía más tarde, pero el dolor y la humillación que hervían en su pecho se transformaron en una idea peligrosa.

Miró la foto de la sesión preboda colgada en la pared de la sala. Allí, él y Sofía sonreían ampliamente a la orilla del mar. sintió que algo se rompía dentro de él. Las risas fuera de la casa, la música de la cocina, todo sonaba lejano, como si viniera de otro mundo. Pasaba la medianoche, Alejandro salió de la casa sin decir una palabra.

 Caminó por las calles solitarias hacia el sur. El cielo era de un gris negrusco.Las luces de la calle se reflejaban en los charcos. se detuvo frente a un cibercafé 24 horas llamado Netsun. Adentro, un joven empleado veía una película en una pequeña pantalla. “¿Sigue abierto?”, preguntó Alejandro con voz plana. “Sí, adelante.

Está tranquilo esta noche.” Alejandro se sentó en la cabina más alejada, encendió la computadora, insertó la memoria USB. La pantalla mostró una carpeta vacía, a excepción de un único archivo de video. Escribió algo en la barra de búsqueda, como editar videos rápidamente. No entendía realmente lo que quería hacer.

 Después de unos minutos, cerró todas las pestañas y se quedó mirando el archivo. Luego, escribió un breve mensaje en el blog de notas. Mañana todos sabrán quién eres en realidad. Pero no lo envió, solo miró las palabras durante mucho tiempo antes de borrarlas. Su cabeza se sentía pesada, su mente nublada entre el amor, la ira y la sensación de haber sido traicionado.

Salió del cibercafé casi al amanecer. Su rostro estaba líbido. Mientras tanto, en otro lugar, Sofía Reyes no podía dormir. Estaba de pie en el balcón de su apartamento, contemplando las luces parpadeantes de la ciudad en la distancia. Su teléfono había vibrado varias veces. Los mensajes de Alejandro seguían sin respuesta.

Sabía que su prometido había estado inquieto durante los últimos dos días, pero no sabía por qué. Sofía se miró en el espejo. Su rostro estaba cansado. “Mañana todo habrá terminado”, se dijo a sí misma. “comenzaré una nueva vida.” Pero había una sombra persistente que le oprimía el pecho.

 El recuerdo de Mateo Herrera, el hombre al que había amado antes de conocer a Alejandro. lamentaba su último encuentro con Mateo unos días antes. Una reunión que ella pensó que era solo una despedida, pero que resultó ser un boomerán que lo destruiría todo. Sofía no sabía que alguien los había estado siguiendo ese día.

 Valentina Cruz, una amiga de la universidad que solía ser cercana a Mateo, estaba sentada en su habitación en la colonia Roma mirando la pantalla de su teléfono con los ojos hinchados. Frente a ella, su laptop abierta mostraba una carpeta de video que acababa de transferir desde su teléfono. Sus manos temblaban. Sobre la mesa había una vieja foto de ella, Mateo y Sofía, tres amigos riendo en el campus de la UNAM, una época en la que el amor era inocente y aún no se había convertido en veneno.

Valentina susurró en voz baja. Lo elegiste a él, Mateo. Pero ella también te traicionó. Sus lágrimas cayeron sobre el teclado. Abrió un nuevo correo electrónico, escribió una dirección falsa y guardó el borrador. Pero esa noche no envió nada, solo miró el reloj que marcaba las 2:10 de la madrugada y cerró la laptop pensando que lo olvidaría todo, pero la imagen de Sofía en el video la atormentaba.

Ella no merece ser feliz”, murmuró débilmente. La mañana llegó con un cielo nublado sobre la casa de Alejandro. Los familiares llegaban, todos ocupados, todos riendo. Nadie sabía que en la habitación del segundo piso, el futuro novio estaba sentado solo al borde de la cama, agarrando una pequeña memoria USB como si fuera un arma.

 Afuera, la voz de su madre lo llamó. Alejandro, ¿ya estás listo? El coche de los novios ya llegó, hijo. Alejandro respondió en voz baja. Sí, en un momento bajo. Se miró en el espejo. En su reflejo había un hombre completamente nuevo, frío, desconectado del mundo. Guardó la memoria USB en el bolsillo interior de su saco, se levantó y salió de la habitación.

Al otro lado de la ciudad, Valentina estaba de pie frente al mismo cibercafé. Netsound miró hacia adentro, asegurándose de que solo había un cliente. Se sentó en una cabina cerca de la ventana, abrió su correo y esta vez presionó el botón de enviar. En 3 segundos, el archivo de video que debería haber permanecido enterrado en el pasado voló hacia la dirección de Alejandro Vargas.

Después de enviarlo, Valentina cerró la laptop, respiró hondo y susurró, “Ahora que la justicia haga su trabajo.” No sabía que la justicia que ella imaginaba se convertiría en muerte. Esa noche la lluvia cayó suavemente, reflejando las luces de la calle en el pavimento mojado. Y detrás de cada gota, el tiempo parecía contar hacia atrás, hacia la tragedia del día siguiente, cuando la pasión, el pecado y el arrepentimiento chocarían bajo el deslumbrante resplandor de las luces de la fiesta.

 Las sirenas eran ensordecedoras. Las luces rojas y azules bailaban en las paredes de cristal de la hacienda de los siete príncipes, reflejándose en los charcos de lluvia que aún no se habían secado. El aire de esa tarde se sentía pesado. El olor a sangre y a nardo se mezclaba en una combinación que oprimía el pecho de cualquiera que lo respirara.

El equipo de la policía estatal se abrió paso entre la multitud con paso rápido. Todos atrás. No toquen nada, resonó la voz de un oficial.Los invitados, aún en Socolpaban cerca de la salida. Algunos lloraban, otros simplemente miraban al vacío hacia el escenario, donde las telas blancas estaban manchadas de un rojo tenue.

 El comandante Javier Morales llegó el último. Su rostro era duro, mojado por la lluvia. En cuanto puso un pie en el suelo del salón, supo que esto no era una simple pelea de recién casados. Era un asesinato en medio de una fiesta. Algo que haría temblar a todo Oaxaca durante semanas. Protejan el área del escenario.

Que nadie se acerque, ordenó rápidamente. El teniente Ricardo Solís, un detective joven, ágil y meticuloso, dirigió inmediatamente a un pequeño equipo hacia el estrado. Vio a Alejandro Vargas sentado en el suelo. El rostro vacío, las manos aún temblando. Frente a él, su traje claro tenía una mancha roja. En su mano, el cuello roto de la botella brillaba bajo las luces LED.

 “Suelte el arma, señor Vargas”, dijo Solí con calma. No hubo resistencia. El hombre solo miró al frente y luego colocó el trozo de cristal en el suelo lentamente. “Yo yo la maté”, murmuró sin expresión. Su voz era baja, casi inaudible. Solis hizo una seña. Dos oficiales lo esposaron con cuidado y lo guiaron lejos de la multitud.

No hubo gritos ni protestas. Todo parecía transcurrir en una pesadilla demasiado real. Al otro lado, los paramédicos se inclinaban sobre el cuerpo de Sofía Reyes. Su vestido blanco ahora estaba empapado, teñido, ya no brillaba. Un médico susurró brevemente, “No hay pulso.” Un oficial cubrió su cuerpo con una sábana blanca.

Los invitados que la conocían, compañeros de trabajo, parientes lejanos, lloraban histéricamente. El comandante Morales se frotó los ojos por un momento. Había manejado muchos casos, pero ver a dos personas que debían pronunciar sus votos sagrados separadas por la muerte en su día feliz era diferente. Respiró hondo y miró a Solís.

Asegura todo lo que pueda ser evidencia. Que no quede nada. Solis asintió y comenzó su rutina de investigación. Cada segundo en la escena del crimen era ahora oro puro. Marcó la ubicación del fragmento de botella, tomó fotografías de los ángulos de la habitación y anotó la posición del cuerpo. Cerca de la consola del operador, vio a Carlos, el técnico, temblando.

“¿Tú manejaste el video?”, preguntó Solis, su tono firme pero tranquilo. Carlos tragó saliva. Sí, señor, pero yo no sabía lo que contía. ¿Quién le dio el archivo? Anoche recibí una llamada. Dijeron que era de la familia. Me pidieron que probara el video conmemorativo. No sospeché nada. Incluso me dieron un sobre diciendo que era una sorpresa para los novios y que no le dijera a nadie.

Solí se enarcó una ceja. ¿Todavía tienes el número que te llamó? Carlos asintió lentamente mostrando el historial de llamadas. El número no tenía nombre, solo una serie de dígitos desconocidos. Solis fotografió rápidamente la pantalla del teléfono y lo entregó al equipo forense. Mientras tanto, otros oficiales revisaban la computadora en la mesa del operador.

“Señor, hay una memoria USB negra todavía conectada al puerto”, exclamó un técnico. Solí se acercó, se puso guantes de látex, retiró la memoria USB con cuidado y la examinó bajo la luz de una linterna. Marca desconocida, unos 16 GB, le dijo al personal forense. La memoria fue inmediatamente guardada en una bolsa de pruebas, etiquetada y sellada.

El comandante Morales llamó a Solís a un lado. Por experiencia, dijo en voz baja, casos como este rara vez son tan simples como parecen. Si ese era un video personal, ¿quién pudo meterlo en el sistema de proyección? No cualquiera podría hacerlo. Solis asintió. También sospecho. Tal vez el archivo fue entregado al técnico sin su conocimiento.

Revisaré los registros de la computadora. Mientras el equipo forense comenzaba su trabajo, el exterior se volvía más caótico. Docenas de curiosos se paraban en la acera grabando desde lejos. La policía tuvo que instalar una segunda línea amarilla alrededor del edificio y cerrar todos los accesos. A lo lejos, el llamado a la oración del mediodía se mezclaba con el murmullo de la lluvia que volvía a caer.

Adentro, Alejandro fue llevado a una habitación separada para un interrogatorio preliminar. Solís entró unos minutos después. El hombre mantenía la cabeza gacha, el cabello revuelto, las manos esposadas al frente. Sobre la mesa, un vaso de agua intacto. Alejandro, necesitamos saber qué pasó exactamente. ¿Puedes ayudarnos? Alejandro levantó la vista, su mirada vacía, y luego asintió lentamente.

Yo solo quería que todos supieran quién era ella. No tenía la intención de matarla. ¿Quién te envió ese video? No lo sé. Un correo electrónico anónimo. Me lo enviaron anoche. ¿Todavía está en tu laptop? Alejandro asintió de nuevo. Sí, lo copié a esa memoria USB para reproducirlo durante la fiesta.

 Pensé que solo era para humillarla, no para. Su frase quedó inconclusa.Sus ojos se enrojecieron, su voz se quebró. Perdí el control. Todo se volvió negro. Solís lo observó durante un largo rato. Luego tomó una breve nota en su libreta. En su interior sabía que había algo más grande que simples celos. un correo electrónico anónimo, una memoria USB misteriosa, una llamada falsa al técnico.

Todo parecía demasiado planeado para ser una coincidencia. En otra sala, el comandante Morales celebraba una reunión rápida con sus oficiales. Primer paso, aseguren todas las grabaciones de CTV del salón, especialmente de la sala de operadores y la puerta trasera. Segundo, coordinen con el equipo de delitos cibernéticos para analizar el archivo en esa USB.

¿Quién es el remitente cuando se creó? ¿Hay algún metadato que podamos extraer? ¿Entendido, comandante? Respondió un joven oficial. Y tercero, continuó Morales, tomen declaración de todos los testigos en la primera fila, desde la familia de los novios hasta el personal de la banda. Nadie se va a casa todavía.

Solí salió de esa habitación y regresó al escenario. Los invitados restantes habían sido dirigidos a una zona de espera. A algunos se les dio agua y mantas. Entre ellos, una mujer de mediana edad lloraba mientras decía, “Vi lo que había en esa pantalla oficial, pero estoy segura de que no era Sofía. Esa niña era buena.

 No pudo haber hecho algo así.” Solis la calmó, anotó su nombre, señora Elena, tía por parte de Sofía. Cuando la situación comenzó a calmarse, un oficial forense llamó a Solís. “Señor, encontramos algo debajo de la mesa del operador.” Levantó una pequeña bolsa de plástico que contenía un sobre blanco y húmedo. Dentro billetes de 500 pesos doblados.

Este debe ser el sobre que mencionó el técnico. Solis asintió. Guárdalo. Revisaremos las huellas dactilares. Al caer la tarde, la lluvia cesó, pero el cielo permaneció gris. Todas las pruebas habían sido recolectadas: el fragmento de botella, la memoria USB negra, el sobre, laptop de Alejandro y las grabaciones de CTV.

Una ambulancia llevó el cuerpo de Sofía al servicio médico forense para la autopsia, mientras que Alejandro fue trasladado a la fiscalía para un interrogatorio más profundo. Cuando todos los vehículos se retiraron del área del salón, el comandante Morales se quedó bajo un toldo, contemplando el magnífico edificio, ahora silencioso y frío.

 Los candelabros todavía se balanceaban ligeramente por la vibración de las puertas al cerrarse. En el suelo, los pétalos de nardo se pegaban a un charco de sangre casi seco, una imagen que permanecería en su mente durante mucho tiempo. Solís dijo en voz baja, ¿sabes qué es lo más peligroso en el amor? Solís miró a su superior.

¿Qué, comandante? No es la mentira, es la verdad revelada en el momento equivocado. Solís no respondió, solo miró la calle mojada frente a ellos, escuchando débilmente la radio de la policía llamando a la unidad 21. Repara el informe inicial. Necesitamos identificar el origen de la USB y del correo electrónico del remitente.

Esto apenas comienza en algún lugar, en alguna parte. Alguien miraba la pantalla de un teléfono leyendo una breve noticia en un portal local. Tragedia en día de bodas. Novia muere en plena recepción. Esa persona apagó la pantalla. Sus labios se movieron lentamente en un gesto a medio camino entre el arrepentimiento y la satisfacción.

La lluvia volvió a caer, ocultando su rostro. La noche cayó rápidamente sobre Oaxaca. El edificio de la hacienda de los siete príncipes había sido sellado. La cinta amarilla de la policía se extendía por todas las puertas. En el laboratorio forense de la fiscalía, el teniente Ricardo Solís miraba la pantalla de una computadora que ahora mostraba el contenido de la memoria USB negra.

 Solo un archivo dentro, un video MP4 de 1 minuto y 58 segundos. No hay cortes ni señales de edición”, dijo un técnico digital. Los metadatos indican que este archivo fue grabado 3 días antes del incidente. Las coordenadas GPS apuntan a una ubicación en la Ciudad de México. Solís tecleó rápidamente. Entonces, el video es auténtico.

La pregunta es, ¿quién lo grabó? El comandante Javier Morales estaba de pie detrás de él, con los brazos cruzados. rastrea también quién fue el último en manipular este archivo. Tenemos que saber quién envió ese correo. Ya lo hemos rastreado, comandante, respondió un miembro del equipo de delitos cibernéticos.

El correo se envió desde una cuenta anónima de Gmail creada solo 4 horas antes de ser enviada. La dirección IP proviene del cibercafé Netsun en la calzada por Firio Díaz. Morales frunció el ceño. El mismo cibercafé al que Alejandro fue la noche anterior. Correcto. Pero a una hora diferente. El remitente lo envió alrededor de las 9:47 de la noche.

 Solís observó la grabación de CSTV del cibercafé que acababan de obtener. En el video, una mujer con un sombrero y una chaqueta color crema entraba sola. Elegía unacomputadora en la esquina. Se sentó solo durante 15 minutos tecleando rápidamente. Luego se fue. No se veía su rostro, ya que un cubrebocas lo cubría casi por completo.

Una mujer, murmuró Solis. Complexión delgada de aproximadamente 1.60 de estatura. Morales observó en silencio. Averigüemos quién es. Consigan todas las grabaciones de las cámaras exteriores del cibercafé. Quizás se grabó la placa de su vehículo. Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, Alejandro seguía en silencio.

Cada vez que Solis entraba, él solo repetía una frase. Recibí ese correo electrónico la noche antes de la boda. Nada más. No recuerdo la dirección del remitente. No sé quién está detrás. Solis miró esos ojos vacíos, sintiendo que todavía quedaba algo allí, una mezcla de confusión y odio hacia sí mismo.

 A la mañana siguiente llegaron los resultados de la autopsia de Sofía Reyes, herida en la ciena izquierda por un golpe con un objeto contundente consistente con el fragmento de botella encontrado. No había signos de defensa. Probablemente ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Solis cerró el informe. Sentía una pesadez en el pecho. A las 9 de la mañana, el equipo de la unidad científica llegó con nuevas noticias.

En la superficie de la memoria USB se encontraron huellas dactilares finas pertenecientes a Alejandro y otra huella dactilar que no había sido identificada. Claramente no es del técnico Carlos. Esta huella es pequeña, probablemente de una mujer, dijo el oficial de laboratorio. La mujer del cibercafé, murmuró Solí.

Todas las piezas comenzaban a encajar. Por la tarde, Solís y dos miembros de su equipo regresaron a Netsound. El propietario, un hombre mayor, les mostró el registro digital de clientes. Las cámaras de estacionamiento habían grabado una motoneta roja deteniéndose exactamente a las 9:45 de la noche. La placa era AB341X.

Solí envió inmediatamente los datos a la oficina de tránsito. En cuestión de minutos obtuvieron un resultado. El vehículo pertenecía a Valentina Cruz, de 27 años, con domicilio en la colonia Roma. Ese nombre también aparecía en la lista de invitados a la boda de Sofía. En la parte inferior, Valentina, amiga de la universidad.

Morales miró la nota durante un largo rato. Amiga de la universidad de la víctima. Interesante. Solís añadió y estudió en la misma facultad que Mateo Herrera, el hombre del video. Un breve silencio se apoderó de la habitación. Morales miró a Solís. Trae a Mateo aquí. Esta noche veremos cuál es su conexión con Valentina.

Esa noche, Mateo Herrera llegó a la comisaría con el rostro cansado. No se resistió, de hecho dijo en voz baja, sabía que me llamarían. Frente a los investigadores, Mateo explicó todo. Su encuentro con Sofía tres días antes de la boda, el sentimiento de culpa y que había visto a una mujer sentada en una mesa detrás de ellos en el café donde se reunieron.

“Creo que nos reconoció”, dijo. No dejaba de mirarnos. Solis preguntó rápidamente, “¿Sabes quién era?” Mateo dudó un momento. Si no me equivoco, era Valentina, una amiga nuestra de la universidad. Solía ser muy cercana a mí, pero después de que empecé a salir con Sofía, nuestra relación se enfrió.

 Solís cerró la carpeta lentamente. Todas las piezas ahora apuntaban a un solo nombre. miró la foto de la CSTV, la mujer con sombrero en el cibercafé y susurró, “Valentina Cruz, ¿qué hiciste exactamente esa noche?” Una lluvia fina caía fuera de la comisaría. En la pantalla de la computadora, el cursor parpadeaba junto al nombre de Valentina Cruz.

Primera sospechosa potencial. Una historia de locura apenas comenzaba a desvelarse y los investigadores sabían que detrás de la tragedia en el salón de bodas todavía había alguien que no había enfrentado la justicia. Por la tarde, el cielo de Oaxaca parecía pesado y húmedo. Dos patrullas se detuvieron frente a una modesta casa de huéspedes en la colonia Roma.

Del primer coche, el teniente Ricardo Solís bajó con dos agentes. Tocaron la puerta suavemente, pero con firmeza. Valentina Cruz. La puerta se abrió lentamente. Una joven de rostro pálido apareció detrás. El cabello recogido de cualquier manera, los ojos hinchados y las manos temblorosas sosteniendo una taza de café.

Sí, soy Valentina”, respondió en voz baja. Somos de la Fiscalía del Estado. Le pedimos que nos acompañe para dar su declaración sobre el caso de la hacienda de los siete príncipes. Valentina no se opuso. Dejó la taza, tomó una chaqueta y asintió lentamente. En el coche solo miraba por la ventana. La sombra de los árboles pasando rápidamente se reflejaba en sus ojos vacíos.

En la sala de interrogatorios, el ambiente era de un silencio denso. La grabadora de voz comenzó a girar. Solí se sentó al otro lado de la mesa abriendo una carpeta que contenía fotos de la memoria USB negra, capturas de las STV del cibercafé y la imagen de la motoneta roja con la placa AB341X.

Valentina, tenemos suficientes pruebas de que usted envió el correo electrónico con el video a Alejandro Vargas la noche antes de la boda”, dijo Solís con un tono plano. Valentina miró las fotos durante un largo rato. Sus labios temblaban. “Yo no maté a nadie”, dijo. “Lo sabemos”, respondió Solí. “Pero el correo que envió desencadenó la muerte de alguien.

Queremos saber por qué lo hizo. Valentina respiró hondo. Sus manos se aferraban con fuerza en su regazo. No podía soportar verlos felices susurró casi inaudible. Amaba a Mateo desde la universidad, pero él eligió a Sofía. Solís la miró sin decir nada. Valentina continuó con voz ronca. Los tres éramos muy unidos.

Pensé que después de que rompieran todo habría terminado, pero cuando supe que Sofía se iba a casar con otro hombre, sentí rabia, no hacia ella, sino hacia el destino. Las lágrimas comenzaron a caer. Luego los vi reunirse de nuevo en el café. Estaba sentada en la mesa de atrás observando. No sé por qué la seguí hasta el hotel.

Solo quería pruebas de que Sofía no era tan buena como todos pensaban, que también era humana y podía cometer errores. Y entonces la grabaste, dijo Solí. Valentina asintió lentamente con la cabeza gacha. Guardé el video durante tres días. Pensé que no haría nada con él, pero esa noche vi sus fotos de preboda en las redes sociales llenas de comentarios como La pareja perfecta.

Me sentí enferma. Envié el video. Pensé que la verdad hable por sí misma. La verdad que enviaste mató a alguien, replicó Solis bruscamente. Valentina se cubrió el rostro con las manos soyosando. No sabía que Alejandro la mataría. Pensé que solo cancelaría la boda. No, no, esto Solís la observó durante un largo rato.

 ¿Por qué lo enviaste desde un cibercafé? ¿Por qué no desde tu casa? Tenía miedo de que me rastrearan, respondió con honestidad. Creé una cuenta nueva, lo envié desde el cibercafé y luego borré todo. Pensé que estaría a salvo, pero resultó que no. sonrió con amargura entre sus lágrimas. La puerta de la habitación se abrió. El comandante Morales entró con paso tranquilo.

“Señorita Cruz”, dijo con voz profunda. “Quizás usted no apuñaló a nadie, pero encendió un fuego y ese fuego consumió tres vidas.” Valentina levantó la vista lentamente. Las lágrimas aún caían. Lo sé, comandante. Cada noche escucho la voz de Sofía gritando en mi cabeza. No puedo dormir. Lo lamento. Entonces, ayúdenos, dijo Morales con firmeza.

¿Alguien más sabía de ese video además de usted? Valentina negó rápidamente con la cabeza. Nadie, solo yo, pero dudó un momento. Hay algo extraño. La llamada telefónica al técnico del salón, Carlos. Esa no fui yo. Nunca llamé a nadie para que pusiera ese video. Ni siquiera sabía a qué hora se iba a proyectar. Solís miró a Morales.

Intercambiaron una breve mirada. Había alguien más detrás de todo esto. Alguien que conocía el contenido del video, la hora de la fiesta, y se aseguró de que el video apareciera en la pantalla. Morales cerró la carpeta lentamente. Investigaremos quién está detrás de esa llamada. Valentina bajó la cabeza, sus hombros temblaban.

Cuando los oficiales la escoltaron fuera de la habitación, sus pasos eran inestables. La sombra de su cuerpo en la pared parecía larga y delgada, como un pecado que no desaparecería aunque hubiera confesado. Afuera empezaba a oscurecer. Las luces de la calle se encendían reflejando un tono anaranjado en las ventanas de la comisaría.

Y entre esa luz, Solí supo que el misterio no había terminado. Todavía había otra sombra escondida detrás de la escena, esperando su momento para ser revelada. La lluvia caía de nuevo esa noche. En la Fiscalía de Oaxaca, las luces de la sala de investigación seguían encendidas, aunque el reloj se acercaba a la medianoche.

El teniente Ricardo Solís estaba sentado frente a una computadora mirando la lista de llamadas entrantes en el teléfono de Carlos, el técnico del salón. El número desconocido aparecía solo una vez a las 9:23 de la noche, un día antes de la tragedia. sin nombre, sin mensajes, pero en la grabación de la conversación recuperada del servidor del operador se oía la voz de una mujer tranquila pero firme.

Señor Carlos, por favor, asegúrese de que mañana se pueda proyectar el video de recuerdo de los novios. Ya lo envié a través de alguien del comité. No olvidé probarlo a las 9 de la mañana. Es una sorpresa de la familia Solis. miró la pantalla del portátil durante un largo rato. La voz no coincidía con la de Valentina.

Su tono era más maduro, tranquilo y medido. No estaba nerviosa ni emocional. La reprodujo varias veces y luego miró al comandante Morales, que estaba de pie detrás de él. No es Valentina, comandante”, dijo convencido. “No tiene ese acento. Es alguien que conocía los detalles del evento y tenía acceso al comité organizador.

” Morales asintió. Averigua quién de la familia tuvocontacto con el equipo técnico. Esa misma noche, el equipo de investigación llamó a dos organizadores del lado del novio. Una de ellas, una mujer llamada Maya, la coordinadora del evento, recordó algo. Ah, sí. Alguien me contactó esa noche. Dijo que era de la familia de Sofía y pidió una copia del archivo de video para revisarlo.

Pensé que era normal, así que se lo di en una nueva memoria USB que trajo un mensajero. Un mensajero preguntó Solish rápidamente. Sí. Un joven de unos 20 años con cubrebocas y gorra. Dijo que era personal de la familia. No sospeché nada. Solis miró a Morales. Tal vez esta sea la misma persona que llamó a Carlos.

Morales añadió, entonces alguien se aseguró deliberadamente de que el video apareciera sin involucrar directamente a Valentina. A la mañana siguiente, el equipo de forencia digital examinó los metadatos de la llamada. El resultado, el número estaba registrado a nombre de Isabela Montero, una empleada de una organizadora de eventos que había trabajado en una empresa donde Sofía había sido cliente.

El número solo estuvo activo durante dos días y luego fue desactivado. Solís y su equipo rastrearon inmediatamente la última dirección conocida de Isabela en un municipio cercano. Su casa era pequeña, la puerta estaba cerrada con llave. Un vecino dijo que se había ido hacía dos días, supuestamente fuera de la ciudad, pero la mañana después de que salió la noticia de la tragedia, la vi tirar algo en el contenedor de basura grande frente a la casa.

 Los oficiales revisaron el contenedor. Dentro encontraron trozos de una tarjeta sin rota, un cubrebocas y el recibo de compra de una memoria USB de la misma marca que la encontrada en el salón. Solís miró los objetos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Intentó borrar sus huellas, murmuró. Pero, ¿por qué lo hizo? Bajo las órdenes de quién.

 Por la tarde apareció un informe de antecedentes. Isabela Montero, 32 años, exemple de marketing en una empresa de organización de eventos que había rechazado un proyecto de la familia de Sofía. Dos meses antes fue despedida por acusaciones de negligencia y había publicado un estado en sus redes sociales.

 Algunos se casan sobre el sufrimiento de otros. Que Dios les quite la máscara. Solís leyó la publicación con la mandíbula apretada, así que es una venganza personal. Morales añadió, “Sí, pero su método es demasiado pulcro para una simple venganza. sabía a quién contactar, el momento exacto e incluso conocía el contenido del video.

 ¿De dónde? Solís miró el tablero de pruebas en la pared. Fotos de Valentina, Sofía, Mateo y ahora Isabela. Una línea roja los conectaba a los cuatro como una telaraña. Quizás lo supo por Valentina, dijo lentamente. Podrían haberse conocido en las redes sociales. Valentina publicó algo, Isabela lo vio y luego actuó. Morales asintió levemente.

Entonces, vamos tras Isabela. Envía una alerta a todos los puertos y terminales. No dejes que salga del estado. Esa noche, en una pequeña terminal de autobuses en los límites de la ciudad, una mujer con sombrero y chaqueta color crema estaba sentada en una banca. En su mano izquierda, una pequeña maleta. En la derecha, un teléfono cuya pantalla estaba encendida.

En la pantalla, un mensaje no enviado ya está hecho. Se destruirán entre ellos como querías. La mujer miró el mensaje durante un largo rato y luego presionó el botón de borrar. El autobús con destino a Puebla se detuvo frente a ella. Se levantó y subió sin mirar atrás. En Oaxaca, Solís recibió la noticia de un oficial en la terminal.

Puede que acabemos de perder a nuestro objetivo. Apretó el puño. No, no llegará lejos. Y en la noche oscura, cubierta por la llovisna, una cosa se hizo cada vez más clara para el equipo de investigación. La tragedia en la hacienda de los siete príncipes no fue simplemente el resultado de celos ciegos, sino un juego retorcido, orquestado por alguien que entendía perfectamente cómo encender el fuego en el corazón humano.

El cielo nocturno de Oaxaca todavía estaba húmedo cuando la sirena de una patrulla rompió el silencio dirigiéndose hacia el oeste. El teniente Ricardo Solís estaba sentado en el asiento delantero con los ojos fijos en el último informe que acababa de llegar por radio. Objetivo. Mujer con sombrero crema vista en la terminal, posiblemente en ruta a Puebla.

Rápido, que no se escape. Ordenó. El coche giró bruscamente, pasando un semáforo en rojo y salpicando agua. Mientras tanto, dentro del autobús interurbano que salía de la ciudad, Isabela Montero estaba sentada en el último asiento. Su rostro oculto tras un cubrebocas, el sombrero calado hasta las cejas. Sus manos agarraban con fuerza un teléfono con la pantalla rota.

 Dentro solo quedaba un borrador de mensaje que nunca enviaría. Todo ha terminado. El autobús avanzaba con dificultad, pero Isabela sabía que no había escapatoria lo suficientemente lejos.En su mente, las voces del pasado resonaban, las duras palabras de su jefe al despedirla, la oferta de trabajo que la acusaba de robar un proyecto y la noticia de la boda de Sofía, que fue la culminación de todo su dolor.

 En la central de policía, el comandante Morales recibió una llamada. Unidad dos informa. Encontramos un boleto de autobús a nombre de Isabela Montero en una agencia cerca de la terminal. Comprado a las 9 de la noche. Continúe en la persecución. Solís, encárgate personalmente, respondió brevemente. Aproximadamente una hora después, el autobús se detuvo en una pequeña área de descanso para una inspección de rutina.

Oficiales vestidos de civil subieron mostrando una foto. Disculpen, ¿hay algún pasajero con estas características? El conductor miró hacia atrás. Sus ojos se encontraron con una mujer en la esquina. En el momento en que sus miradas se cruzaron, Isabela se levantó de un salto y se dirigió rápidamente hacia la puerta trasera.

“Deténgase”, gritó un oficial. Pero Isabel asaltó cayendo sobre unos arbustos mojados al costado de la carretera y corriendo hacia un campo de plátanos. La lluvia comenzó a caer con más fuerza, envolviendo la noche en un estruendo. Solís llegó justo cuando la noticia llegó a la radio. “La perseguiremos por el camino del norte.

” bajó del coche caminando por el suelo resbaladizo con dos agentes. Las linternas atravesaban la oscuridad, iluminando huellas de zapatos en el barro. Unos minutos después, un destello de luz se vio más adelante. Isabela se detuvo al borde de un pequeño río. El agua corría con fuerza debido a la lluvia. Su respiración era agitada.

Sus ojos buscaban desesperadamente una salida. Solí se acercó lentamente. Isabela, ya no tienes a dónde huir. Ríndete. Isabela se giró. Su rostro estaba pálido, pero su mirada llena de rabia. Usted no sabe lo que me hicieron, oficial. Sé lo suficiente. Pero hiciste que tres personas se destrozaran por tu venganza.

 Respondió Solí. Venganza. Isabela ríó amargamente. Solo quería que supieran lo que se siente ser humillada, desechada como basura. Sofía me robó mi cliente. Valentina me envió ese video. Yo solo lo canalicé a la persona que merecía saberlo. Y eso causó la muerte de alguien. La voz de Solí se elevó por encima del sonido de la lluvia.

 Isabela miró el río turbulento con los ojos vacíos. Esa muerte no es mi responsabilidad. Todos ellos empezaron esto. Un relámpago iluminó el cielo en la distancia. Solí se acercó lentamente, pero Isabela retrocedió un paso. Su talón resbaló en el borde de Tierra Lodosa. En un instante, su cuerpo perdió el equilibrio y cayó al río caudaloso.

Isabela Solí saltó instintivamente, pero la corriente era demasiado fuerte. Dos oficiales corrieron a buscar una cuerda, pero la mujer ya había sido arrastrada por la corriente. Solo su sombrero quedó enganchado en una caña de bambú cerca de la orilla. La lluvia se intensificó. Solí se quedó quieto con la respiración pesada.

miró la corriente negra y densa que se llevaba un secreto que quizás nunca sería respondido por completo. Unas horas después, el cuerpo de Isabela fue encontrado a 2 km del lugar de la caída. En el bolsillo de su chaqueta, la policía encontró un teléfono roto y un trozo de papel mojado con la inscripción. No me arrepiento.

El mundo solo está equilibrando el dolor. En la oficina, el comandante Morales miró el informe final con el rostro sombrío. No era una asesina, pero fue la instigadora. Sin ella, la tragedia nunca habría ocurrido. Solisa asintió lentamente. A veces la venganza no necesita un cuchillo. Basta con un mensaje y una persona herida.

Esa noche la lluvia cesó, pero dentro de la sala de investigación el silencio se sentía como el eco de un pecado que no se había extinguido por completo. Tres días después de que se encontrara el cuerpo de Isabela Montero, el cielo de Oaxaca volvió a estar despejado. Sin embargo, en la sede de la fiscalía, el ambiente seguía siendo sombrío.

El teniente Ricardo Solís estaba sentado en la sala de archivos mirando una gruesa pila de expedientes frente a él. En la portada, en letras grandes, caso Hacienda de los Siete Príncipes, cerrado. El comandante Morales entró en silencio con dos tazas de café negro. “La fiscalía ha cerrado el caso,” dijo con voz plana.

Valentina Cruz será juzgada el próximo mes y Alejandro hizo una pausa corrigiéndose. Alejandro Vargas está oficialmente detenido bajo cargos de homicidio. Solisa asintió e Isabela fue declarada muerta por accidente. Pero el informe forense es claro. No hay señales de que intentara salvarse. Eligió saltar. Solís miró por la ventana.

El sol de la tarde se filtraba por las persianas reflejándose en la mesa de metal. Tres mujeres, una muerta en el altar, una atrapada en la cárcel, una eligió ahogarse, pero todas por la misma razón, el amor convertido en venganza. Moralesbió su café. El amor, sí, amenudo más peligroso que una bala. Unas horas más tarde, Solí se dirigió al área de detención para ver a Valentina Cruz.

Estaba sentada detrás de los barrotes, su rostro pálido pero tranquilo. Su cabello ahora estaba corto, sus ojos vacíos. ¿Cómo estás? Preguntó Solí en voz baja. Valentina miró al frente sin expresión. Todas las noches sueño. A veces Sofía sonríe, a veces me mira con sangre en la cara. No sé que es real.

 ¿Sabes que Isabela está muerta? Valentina asintió lentamente. Me lo dijo mi abogado. Ella fue la que contactó al técnico, ¿verdad? Usó el video que le enviaste para destruirlos a ambos, pero al final ella también se destruyó. Valentina guardó silencio durante un largo rato. Creía que sabía lo que era perder, pero resulta que apenas lo estoy descubriendo ahora. Se miró las manos.

Quisiera disculparme, pero no queda nadie para escucharme. Solís miró a la mujer con una mezcla de ira y lástima. Lo único que puedes hacer ahora es ser honesta en el juicio y contigo misma. Al menos deja que la verdad cierre esta herida. Valentina sonrió débilmente. La verdad, cada uno tiene su propia versión, teniente.

Pero si pudiera elegir, me gustaría que el tiempo retrocediera al día antes de que encendiera la cámara de mi teléfono. Solís la dejó sin decir una palabra. Al salir, el eco de sus pasos resonó en el pasillo. Sabía que no había victoria en este caso. Solo personas que se hieron mutuamente hasta que no quedó nada.

Esa noche en su oficina miró el tablero del caso que aún colgaba. La foto de Sofía con su vestido blanco, Alejandro con el rostro sombrío, Valentina en la sala de interrogatorios y el retrato de Isabela del Archivo forense. Cuatro rostros, cuatro caminos hacia la perdición. El comandante Morales entró con el informe final.

 El tribunal cerrará el expediente la próxima semana. Los medios han dejado de escribir, pero quiero una última cosa, Solís, escribe tu conclusión. personal. Mi conclusión. Solís levantó una ceja. Sí, no un informe técnico. Quiero tu opinión como ser humano. Solí se quedó en blanco por un momento, luego escribió lentamente en una hoja vacía.

 Este caso no trata sobre un asesinato, sino sobre cómo los seres humanos pierden el control de sus corazones. Un video, un click fue suficiente para encender un fuego que consumió toda la cordura. No hay un verdadero culpable ni una víctima pura. Solo personas que amaron demasiado, odiaron demasiado y no supieron cuándo detenerse. Dejó la pluma y cerró la carpeta.

Afuera, el viento de la noche soplaba las hojas de un jazmín que había caído en el patio de la oficina. El aroma de la flor era sutil, recordando la ceremonia de boda que nunca concluyó. Morales estaba de pie en el umbral, mirando a su subordinado. ¿Sabes, Solís? Cada vez que manejo un caso como este, me doy cuenta de una cosa.

 La gente puede perdonar a un asesino, pero es difícil perdonar la traición. Solisa asintió lentamente. Y cuando eso sucede, no hay ley que pueda ser más rápida que la ira. Ambos guardaron silencio. Afuera, la noche caía lentamente, tragándose los últimos restos de luz. Y en la hacienda de los siete príncipes, ahora vacía, las flores que una vez adornaron el altar todavía dejaban un rastro de fragancia, la huella de un amor que se convirtió en una herida eterna.

Esa mañana el cielo de Oaxaca estaba ligeramente nublado. Frente al edificio del Tribunal Superior de Justicia, docenas de periodistas y ciudadanos se congregaron esperando el primer juicio del caso de la hacienda de los siete príncipes, que había sacudido a toda la región. La policía vigilaba cada esquina, asegurándose de que no hubiera desorden.

Dentro de la sala del tribunal, el aire se sentía pesado. Los asientos del público estaban llenos. En el banquillo de los acosados, Alejandro Vargas estaba sentado en silencio con las manos esposadas. Su rostro estaba demacrado, sus ojos hundidos. Un uniforme de prisión gris reemplazaba el traje de novio blanco que una vez vistió.

No muy lejos de él, Valentina Cruz también estaba sentada con la cabeza gacha, vestida con sencillez, su rostro sin maquillaje. El tribunal entró en la sala. El sonido del mazo de madera resonó con fuerza. Se declara abierta la sesión del caso número 420/al 2024 contra los acusados Alejandro Vargas y Valentina Cruz.

 El fiscal se puso de pie y leyó la acusación. Su voz era fuerte, pero sin emoción. que el 25 de octubre de 2023, el acusado Alejandro Vargas agredió intencionalmente hasta causar la muerte de la víctima Sofía Reyes en su propia boda, que dicho acto fue impulsado por la ira tras recibir un video enviado por la acusada Valentina Cruz.

 Cada palabra se sentía como un golpe en el pecho de Alejandro. inclinó la cabeza profundamente, sus manos apretadas sobre la mesa. Detrás, algunos de los invitados que conocían a la familia de la víctima derramaban lágrimas.Cuando llegó el turno de la defensa, el abogado de Alejandro se levantó. Mi cliente no es un asesino a sangre fría, su señoría, es víctima de la manipulación, víctima de las mentiras y la venganza de otros.

perdió el control porque fue devastado por la humillación pública. El juez principal miró a Alejandro. ¿Es cierto que recibió ese video la noche antes de la boda? Alejandro asintió lentamente. Sí, su señoría. Y fue usted quien lo reprodujo en el evento sí, pero no tenía la intención de matar. Yo solo quería que ella sintiera la misma vergüenza que yo.

 La voz de Alejandro se quebró al final de la frase. La sala permaneció en silencio por unos segundos. Luego fue el turno de Valentina de ser llamada al banquillo de los testigos y acosada. Caminó lentamente con la cabeza gacha. Sus manos temblaban al sostener el micrófono. Yo envié ese correo electrónico dijo con voz temblorosa.

Yo provoqué ese odio, pero no sabía que todo terminaría así. El fiscal la miró fijamente. ¿Por qué lo hizo? Valentina se secó una lágrima. Porque fui una tonta. Porque no pude aceptar la realidad de que la persona que amaba era feliz con alguien más. Varias personas en la sala bajaron la vista. Esa simple frase atravesó las firmes paredes de la moralidad porque cualquiera conocía el dolor de la pérdida.

El juez volvió a preguntar, “¿Conocía a Isabela Montero?” Valentina asintió lentamente. Ella me contactó, fingió que le importaba. Dijo, “Deja que la verdad salga a la luz. No sabía que usaría el video para provocar una tragedia. El juicio continuó durante horas. Se leyeron pruebas forenses, grabaciones de CSTV y declaraciones de testigos.

Cuando se mostró la memoria USB negra, la tensión en la sala volvió a aumentar. Varias personas cerraron los ojos, no queriendo recordar el contenido del video que había destruido tres vidas. Cerca de la tarde, el juez golpeó el mazo por última vez. Después de considerar todas las pruebas y testimonios, el tribunal declara al acusado Alejandro Vargas culpable de homicidio cometido en un estado de emoción violenta.

Se le condena a 20 años de prisión. La acusada Valentina Cruz es declarada culpable de difusión de contenido privado que causó daño moral y social. Se le condena a 7 años de prisión. Un soy colectivo estalló en la sala. Alejandro solo cerró los ojos. Sus labios se movían lentamente como si rezara. Valentina lloró desconsoladamente.

 Sus hombros se sacudían violentamente. Antes de ser escoltado fuera, Alejandro miró a la familia de Sofía sentada en la primera fila. “No pido perdón”, dijo en voz baja. “Pero quiero que sepan que lo lamento.” El padre de Sofía no respondió. solo se puso de pie, inclinó la cabeza y salió de la sala.

 Valentina también se giró para mirar a Alejandro mientras los llevaban al vehículo de traslado. Sus miradas se encontraron por un breve instante. Dos personas que habían perdido, dos almas que no podían volver al pasado. No hubo palabras, solo una mirada llena de arrepentimiento. Fuera del edificio, el cielo volvía a llovisnar. Los periodistas corrían para tomar fotos.

Los flashes de las cámaras brillaban, pero para Solís, que estaba de pie en las escaleras del tribunal, todo parecía silencioso. Miró al cielo y murmuró, “La ley puede cerrar casos, pero no puede cerrar heridas.” Y entre el sonido de la lluvia cayendo sobre el techo del vehículo blindado, las dos personas que una vez desataron la tormenta fueron llevadas, dejando atrás un mundo que ya no tenía lugar para su amor.

 Tres meses después del juicio final, el caso de la hacienda de los siete príncipes fue oficialmente archivado. Ya no había noticias en la televisión, ni conversaciones en los cafés o en las redes sociales. Pero para el teniente Ricardo Solís, la sombra de la tragedia seguía pegada a su mente como una mancha. Esa noche estaba sentado solo en su oficina mirando el expediente del caso que ya comenzaba a acumular polvo.

Afuera llovía suavemente. Cada gota en la ventana le recordaba el día en que Alejandro golpeó a Sofía, los gritos de pánico de los invitados y el rostro destrozado de Valentina al escuchar el veredicto. Encendió la lámpara de su escritorio y reabrió la última nota de su informe personal, la que nunca envió. Nadie era verdaderamente malvado en esta historia, solo personas que perdieron la guerra contra sus propios corazones.

Solís cerró la carpeta y se levantó. Tomó su chaqueta y salió caminando por la calle hacia la hacienda de los siete príncipes. El salón de bodas, ahora vacío, estaba en venta porque los dueños no podían soportar la mala reputación. Las luces exteriores del edificio estaban apagadas. Solo el gran letrero con el nombre seguía en pie, ligeramente inclinado.

Solís entró en el salón que una vez estuvo lleno de risas. El suelo que antes brillaba ahora estaba cubierto de polvo. En la esquina del escenario, la mancha de sangredescolorida aún era visible bajo la luz de la luna. se quedó allí un largo rato. En su imaginación era como si volviera a ver a Sofía sonriendo con su vestido blanco, a escuchar la música de la boda y de repente los gritos reemplazando la melodía.

“Todo esto pudo evitarse”, murmuró si tan solo uno de ellos se hubiera detenido a pensar sin emociones. El sonido de unos pasos lo hizo girar. Un hombre de mediana edad estaba en la puerta. Era el señor Reyes, el padre de Sofía. Su rostro parecía más viejo que la última vez que Solís lo vio en el tribunal. “Señor Reyes, no sabía que venía aquí a menudo”, dijo Solís.

El hombre sonrió débilmente. Vengo cada mes. Limpio las flores y enciendo una vela. Quizás solo sea el hábito tonto de un padre. No es tonto, señor. Quizás es su manera de encontrar la paz. Se sentaron en un banco de la primera fila. El sonido de la lluvia en el techo resonaba suavemente. En ese momento odiaba a todos, dijo el señor Reyes en voz baja.

 Odiaba a Alejandro, odiaba a Valentina, incluso me odiaba a mí mismo por no poder proteger a mi hija. Pero con el tiempo me di cuenta de que el odio no revive a nadie. Solis miró al hombre en silencio. “Fui a la prisión hace dos semanas”, continuó el señor Reyes. “A ver a Alejandro. Estaba delgado, pero sus ojos estaban tranquilos.

No se defendió, solo dijo, “Gracias por venir, señor. Sé que no merezco ser perdonado. En ese momento, no sé por qué, ya no pude sentir ira.” Un largo silencio envolvió el salón. La pequeña vela en la mano del señor Reyes parpadeaba con el viento. Si todos supieran lo que se siente perdonar, dijo en voz baja, quizás este mundo no tendría tantas tragedias.

Solís bajó la vista. Perdonar es lo más difícil, señor, pero también es la única forma en que podemos seguir viviendo. Cuando el señor Reyes se fue, Solí se quedó sentado solo en el oscuro salón. miró hacia el techo alto, donde antes colgaban los candelabros de cristal. Ahora solo quedaba una estructura de metal polvorienta.

Sacó su teléfono y abrió las viejas fotos de evidencia. En la pantalla, una imagen de Sofía con su vestido blanco y Alejandro sonriendo a su lado. La miró durante un largo rato y luego la borró de su galería. “Ya es suficiente”, susurró. Es hora de dejar de recordar. Solí salió al patio. El aire de la noche era frío pero reconfortante.

Vio una flor de jazmín creciendo cerca de las escaleras, probablemente una planta silvestre que creció de los restos de la decoración. Arrancó un pétalo y lo sostuvo en su mano. A lo lejos, la ciudad de Oaxaca brillaba tranquilamente, como si nunca hubiera sido testigo de la sangre y las lágrimas en este lugar.

Solis miró al cielo y cerró los ojos. “No hay una verdad absoluta”, murmuró. Solo la elección de dejar de odiar o seguir ardiendo en la venganza. Se alejó del edificio lentamente, dejando que el sonido de la lluvia se desvaneciera detrás de él. El caso de la hacienda de los siete príncipes había terminado, pero su lección seguiría viva, que el amor puede salvar, pero también puede destruir si los seres humanos olvidan