MASACRE EN CAMPO DE FÚTBOL DEJA 11 MUERTOS Y MENSAJE NARCO
No era una emboscada, no era una fiesta clandestina, era un partido de fútbol amateur un domingo por la tarde en una comunidad de Salamanca, Guanajuato. El silvatazo del segundo tiempo apenas había sonado cuando el campo se convirtió en un campo de guerra. Disparos, gritos, gente corriendo sin saber hacia dónde.
En solo minutos, 11 personas quedaron sin vida. Pero lo más inquietante no es solo la cifra, sino a quiénes mataron y por qué estaban ahí. Quédate hasta el final porque este ataque no fue al azar y lo que se esconde detrás conecta carteles, escoltas privados y una guerra que no se ha detenido en años. Minutos después de las 5 de la tarde, cuando el partido ya estaba avanzado y el ambiente era el de cualquier domingo comunitario, dos camionetas irrumpieron de forma repentina en el complejo deportivo Emiliano Zapata. De ellas descendieron
al menos ocho hombres armados con movimientos coordinados y sin señales de improvisación. No hubo gritos, no hubo advertencias, no hubo discusión previa. Todo ocurrió con una frialdad que dejó claro que no se trataba de un arrebato, sino de una acción planeada. Sin pronunciar una sola palabra, los atacantes comenzaron a disparar.
Más de 100 detonaciones rompieron el silencio del lugar en cuestión de segundos. Los disparos no distinguieron entre jugadores y espectadores. El campo de fútbol, que minutos antes era un espacio de convivencia, se convirtió en un escenario de caos absoluto. El sonido seco de las armas se mezcló con gritos de auxilio y el eco de balas impactando en el suelo y las gradas improvisadas.
El pánico fue inmediato y total. Personas cayendo al suelo al intentar huir, otras buscando refugio detrás de bardas o vehículos. Familias enteras corrieron sin rumbo fijo tratando de protegerse y proteger a los suyos. Niños se escondieron entre el pasto seco, paralizados por el miedo, mientras a su alrededor el tiempo parecía haberse detenido. Nadie entendía estaba pasando.
Solo sabían que debían sobrevivir. Cuando finalmente llegaron los policías municipales y los paramédicos de la Cruz Roja, el ataque ya había terminado. El silencio posterior fue tan pesado como los disparos que lo precedieron. Siete cuerpos yacían sin vida a un costado del campo, tendidos uno junto al otro, mientras otros heridos eran atendidos de emergencia.
La escena dejaba una pregunta imposible de ignorar. ¿Quién entra así a plena luz del día sabiendo que todos lo verán si no es para mandar un mensaje claro y brutal? Cuando las autoridades comenzaron a revisar los cuerpos tendidos junto al campo, un detalle alteró por completo el rumbo de la investigación. No se trataba únicamente de jugadores o asistentes al partido.
Al menos cinco de las víctimas presentaban la misma vestimenta, camisa negra y pantalón táctico color beige, una indumentaria que no pasa desapercibida y que no corresponde a la de simples aficionados. Pronto se confirmó que esos hombres pertenecían a una empresa de seguridad privada. No estaban ahí por casualidad ni como parte del público.
Su presencia respondía a una función específica, proteger a alguien. No eran jugadores, no estaban celebrando, estaban trabajando. Sin embargo, hasta el momento las autoridades no han revelado a quién custodiaban ni por qué se encontraba en ese lugar, lo que ha alimentado aún más las sospechas. El hallazgo de estos escoltas abatidos uno junto al otro reforzó la idea de que el ataque no fue indiscriminado, sino dirigido.
La cantidad de disparos, la coordinación del comando y la selección del lugar apuntan a un objetivo concreto. El partido de fútbol pudo haber sido solo el escenario perfecto para acercarse sin levantar sospechas. Entre las víctimas también había civiles que nada tenían que ver con seguridad ni con posibles disputas criminales.
Un vendedor de refrescos perdió la vida en el lugar, convirtiéndose en el símbolo más crudo de la violencia que alcanzó a quienes solo buscaban ganarse el día. Su muerte estremeció a la comunidad y dejó flotando una pregunta inquietante. ¿Era realmente un partido de fútbol o una reunión vigilada por razones que nadie ha querido explicar? Con el paso de las horas y mientras las autoridades mantenían silencio sobre los posibles responsables, comenzó a circular una versión extraoficial que cambió por completo la lectura del ataque. De
acuerdo con fuentes cercanas a la investigación, los elementos de seguridad privada abatidos en el lugar no estaban ahí por rutina, sino para proteger a un presunto integrante de un grupo criminal rival que habría asistido al partido. Esta hipótesis cobró fuerza cuando se supo que en las inmediaciones del campo fue localizada una cartulina con amenazas presuntamente dirigidas contra el cártel Jalisco Nueva Generación.
El contenido exacto no ha sido confirmado oficialmente, pero el simple hecho de su presencia refuerza la idea de que el ataque no buscaba pasardesapercibido, sino dejar una advertencia clara y pública. Las autoridades no han validado esta versión en sus comunicados, limitándose a confirmar el número de víctimas. Sin embargo, la mecánica del ataque resulta difícil de ignorar.
Más de 100 disparos ejecutados a plena luz del día en un espacio abierto y concurrido con un comando que entró y salió sin enfrentar resistencia inmediata. Todo apunta a un golpe planeado para generar impacto y miedo. La presencia de escoltas privados, la selección del lugar y la violencia desmedida llevan a una pregunta inevitable.
Si el objetivo principal logró huir o no se encontraba exactamente donde los agresores esperaban, el mensaje se envió de todas formas. Si el objetivo escapó, ¿por qué el mensaje fue tan brutal? Las líneas de investigación apuntan hacia un hombre que hasta hace poco no figuraba con fuerza en el mapa criminal, pero que ahora comienza a imponerse a través de la violencia. La risa.
No se trata de un grupo improvisado ni de una banda aislada. Su aparición está marcada por ataques directos, mensajes explícitos y una estrategia diseñada para infundir miedo desde el primer momento. De acuerdo con los reportes, La Marisa es una célula vinculada al cártel de Santa Rosa de Lima, una organización que ha operado durante años en Guanajuato.
Sus mensajes suelen ir firmados con un símbolo muy concreto, un triángulo con una M en el centro, una marca que busca dejar claro que no se trata de una excisión ni de una traición interna, sino de la misma estructura criminal operando bajo una nueva identidad. Este cambio de nombre no es casual. Especialistas señalan que estas transformaciones suelen responder a reacomodos internos, disputas territoriales o nuevas estrategias de control.
Cambiar la firma permite enviar un mensaje doble, continuidad para los aliados y advertencia para los rivales. En otras palabras, el poder sigue ahí, solo ha cambiado la máscara. A esto se suma un dato especialmente inquietante. Informes previos indican que este grupo habría recurrido a exmilitares extranjeros presuntamente para ejecutar incursiones rápidas, ataques precisos y retiradas inmediatas tras sembrar el terror.
Un método que apunta a una profesionalización de la violencia y eleva el nivel de riesgo para la población civil. Estamos presenciando el nacimiento de una nueva etapa de violencia en Guanajuato, más organizada y más letal que las anteriores. La masacre ocurrida en el campo de fútbol no puede entenderse como un hecho aislado.
Salamanca llevaba semanas inmersa en una escalada de violencia que ya había encendido las alertas entre autoridades y habitantes. Tan solo un día antes, en ese mismo municipio, seis personas fueron ejecutadas en distintos puntos, confirmando que la ciudad se encontraba en un punto crítico. En las semanas recientes, los hechos se han acumulado de forma alarmante.
Un artefacto explosivo fue localizado cerca de una refinería de Pemex, un suceso que elevó la preocupación a nivel estatal y federal. Aunque el explosivo fue retirado sin detonar, el mensaje fue claro. Los grupos criminales están dispuestos a llevar la violencia a zonas estratégicas, incluso aquellas vinculadas a la infraestructura nacional.
A esto se suma la desaparición de seis personas privadas de la libertad, de quienes hasta hoy no se tiene información oficial. En apenas 3 semanas, más de 40 asesinatos han sido registrados en Salamanca, una cifra que refleja la magnitud del problema. Lo más doloroso es que tres menores de edad han perdido la vida en ataques armados, evidenciando que la violencia ya no distingue entre objetivos y víctimas colaterales.
El impacto en la vida cotidiana es evidente. Negocios han bajado sus cortinas por miedo a las extorsiones. Familias han modificado sus rutinas y las autoridades locales han reconocido públicamente que sus capacidades han sido rebasadas. La pregunta surge de forma inevitable y preocupa a toda la comunidad. Si todo esto ocurre a plena luz del día, ¿quién controla realmente el territorio? Guanajuato continúa encabezando las cifras de homicidios en el país, sexenio tras sexenio, gobierno tras gobierno, sin que los discursos oficiales logren
traducirse en una paz real para sus habitantes. La Masac de Salamanca no es un hecho aislado ni una anomalía estadística, es la confirmación de una violencia estructural que se ha normalizado y que sigue cobrando vidas en espacios donde antes solo había comunidad y convivencia. Lo ocurrido en ese campo de fútbol es el reflejo de una guerra que nunca se detuvo, solo cambió de forma.
Hoy los ataques ya no se esconden en la noche ni en zonas apartadas. Ocurren a plena luz del día frente a familias, frente a niños, frente a testigos que entienden que el mensaje va más allá de las víctimas directas. El objetivo es sembrar miedo y demostrar control. Si crees que estas historias deben contarse sin maquillaje ni silencio, dale like alvideo.
Comenta qué crees que realmente ocurrió en ese campo de fútbol. Suscríbete para no perderte nada. Yeah.















